Prooémium mortis

Renato Sandoval Bacigalupo
Lima, Ediciones Copé, 2015. 71 págs.
De reciente aparición,
Prooémium
mortis
se
introduce
en
el
caos
iluminado de la creación
celestial. Libro místico de
dimensiones desgarradoras e
iluminatorias que decantan
acaso la visión última de
quien se asoma a los
verdaderos abismos de la
muerte;
dicotómica,
dentada, como grieta o
valva lasciva atrayente,
imán
de
imposibles
denegaciones
hacia
lo
paradójicamente inmortal.
Visiones en versículo blanco; comprenden, si se
quiere, místicos resquicios donde el reflejo del Yo dialoga con
la inconsciencia lunar, enquistada de reflejos y amagues
suprarrealistas; unas veces, declarando hondura universal;
otras, anteponiendo las cuestas somnolientas de quien se
abisma a la clara enumeración de lechos minerales
vitrificados por el fuego de la poesía.
El ser dotado de plenas iluminaciones; aun
confiriendo de luz, a la propia luz del mundo, de la que
podría prescindir.
1

Santa Teresa ―disertaba César Moro en un ensayo,
compilado en Amour à Moro1― en la preclara revelación
agónica del que elige morir cada día para ampararse en la
motricidad de lo inmortal, decía que durante trances oníricos
los objetos y seres poseen su propia luz que las ilumina; y que
esa bella oscuridad de los dormidos prescinde aun de la luz
del sol que le arranca a las cosas simetría, forma,
esplendencia. Iluminar es el sol. ¿Simplificará, Prooémium
mortis, acaso, una introducción a la muerte? ¿Se trata de un
proemio inesperado hacia el fin, que nunca es último en ser al
que eclipsa, aparente(mente)?
En sus andanzas por caminos Zen, el apátrida
rapsoda afrentaba los círculos volátiles, fueguinos. La
levitación era cruel como fantasmagórica; se ahumaba a
siglos, sentaba precipicios en la hórrida transferencia de lo
caduco, que es fenecimiento. Era la plenura avistando el
destierro; era poner develaciones espectrales frente a un
mundo críptico, fantasmagórico como silente.
Cadáveres limpios por una grávida lluvia rompiente,
conducentes hacia el delirio; cual si se tratase de ácidos que
en la combustión de la piel castigada cercara sus designios a
pálidos cadáveres buscando el destierro antes de enfrentar
sus pecados. Proemio-búsqueda de un báculo para hundirse
en tibias aguas del que cede a la divinidad del ser que busca
su fémina ánima inmaculada dentro de un volcán bendito
descansando sus aguas mansas en nosotros.
¡Muéstrame tus salvajes andanzas, Oh alma que
durante el lunar devenir espiritual se ha sentado sobre aguas
mansas como putrefactas!

1

amour à moro. homenaje a césar moro. carlos estela. josé ignacio padilla
editores. lima, 2002. 290 págs.

2

La calada sombra petrifica sus estertores en vaivén,
que se ahílan hacia un zenit creado por andantes manos que
luego de vistas, se esfuman.
Esa voz irrepetible presumiendo continuidad
inextensa por lo inusual de sus larguezas poéticas.
Ya en el verso blanco retratan la herida de una
poética que quiere saltarse el relleno expresivo, para ir de
frente a la esencia; para componer desgarraduras que una
viva y nueva voz ha anclado a lo ancho de cascadas
recorriendo paredes transitorias. Summum verbal que unas
veces aflora la presencia pensada; resumen redondo,
completo. Senectud de formas antiguas presenta
Prooémium… Semeja mantos distendidos de niebla que
alimentan por interceptación las hojas, a lo largo de una
loma de eritrinas, cuyas flores gallináceas retumban el agua
existiendo “campana de agua”2.
Creación de la presencia que por su sola estada con
aquella arma; colinda, pura, con las extensiones más
clarividentes de lo que forma una ligazón acaso compacidad
de vibrátil arcilla estallada en rojos tierra, en carros de
cascajo determinando la cristalográfica de chispas entre el
fuego de lo que no conoce extinción ni verbo diluido: ¡Poesía!
Entre el siglo de un iluminado modernismo, la nueva
expresión de un César Moro relegaba sus zancadas luminosas
de demonio nocturno. Vallejo, durante esa misma conmoción
literaria en boga, ya brillaba con su propio peso. Era el
tiempo de las dipsomanías léxicas, de los adornos en degradé,
desmesurados hasta el estropicio del poema; de
grandilocuencia, de altura literaria barroca, demencial, que
no alcanza ni siquiera a mentar a los objetos, porque les
prorroga aquella simpleza que le reclaman, porque les dota
2

César Calvo.

3

de una luz artificial, incompleta; de envoltura de pavorreal,
de floritura extravagante. En aquellos tiempos el poeta era
una especie de cargador de algún foco escandaloso;
contrapuesto por grupos muy al margen del sistema, que
alababan la experimentación inusual de las formas, de
fondos insondables. Míticos libros objeto plagaban lo divino
que el sistema mandaba esconder; y que la crítica mezquina
ninguneaba: Xavier Abril, Enrique Peña Barrenechea,
Carlos Oquendo de Amat, Emilio Adolfo Westphalen…
¡Moro! Estaba en boga el indigenismo, pero aquella bifronte
caricatura afeada que lo presentaba como víctima del
hacendado flagelador; y no como lo que es hasta ahora:
¡Poesía de la melancolía!
Prooémium mortis; despertar con el cabo de vela en
blanco, frente a los ojos ajenos. Libro que en la suma
desgarradora de los vientos se embarca a llanezas murales
algo marmóreas hundiendo barcas apenas táctiles que con el
ojo despierto son cúmulos; y con el ojo dormido, mismos
cielos a la hora nocturna; suaves vientos sub celestes
avistando la luz universal de los hombres en una sola mano
reunidos.
Jack Farfán Cedrón
Cajamarca, agosto 2016

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