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Raúl Brasca. Autor de cuentos, microficciones y ensayos.

En
1989 fundó, con otros cuatro escritores, la revista Maniático
Textual que estuvo en quioscos y librerías hasta 1994.
Compiló quince antologías, once de ellas de microficciones,
algunas en colaboración con Luis Chitarroni. Su obra ficcional
y ensayística fue publicada en antologías, revistas y
suplementos literarios de Argentina, Alemania, Brasil,
Colombia, España, Honduras, Inglaterra, Italia, México, Perú,
Portugal, Serbia, Suiza, USA y Venezuela. En su país recibió,
entre otros, los premios del Fondo Nacional de las Artes y de
la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. La
Universidad de Carabobo (Venezuela) le confirió la Orden de
Alejo Zuluoga. Fue ponente y conferencista en congresos
internacionales, ha dictado clases magistrales, talleres y
seminarios en varias universidades europeas y americanas y
se desempeñó como jurado en certámenes literarios
nacionales e internacionales. Creó las "Jornadas Feriales de
Microficción" que coordina y conduce anualmente en la Feria
del Libro de Buenos Aires desde 2009. Colabora con
bibliográficas en ADN, revista de cultura del diario La Nación.
De Las aguas madres (Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1994)
LA PRUEBA
“Sólo cuando sea derribado tendrás a mi hija”, había dicho el
brujo. El hachero miró el tallo fino del árbol y sonrió con
suficiencia. Un primer hachazo, formidable, marcó levemente
el tronco. Otro, en el mismo lugar, apenas profundizó la
herida. Bien entrada la noche, el hachero cayó exhausto.
Descansó hasta el amanecer y hachó toda la jornada
siguiente. Así día tras día. La herida se iba profundizando
pero, a la par, el tronco engrosaba. Pasó el tiempo y el árbol
se volvió frondoso; la muchacha perdió juventud y belleza. El
hachero, a veces, alzaba los ojos al cielo. No sabía que el
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brujo conjuraba los vendavales, desviaba los rayos y alejaba
las plagas que carcomen la madera. La muchacha encaneció
y él seguía hachando. Ya casi no pensaba en ella. Poco a
poco, la olvidó del todo. El día en que la muchacha murió no
le pareció distinto de los anteriores. Ahora, ya viejo, sigue su
pelea contra el tronco descomunal. No se le ocurre otra cosa:
el silencio del hacha le produciría terror.
ESPÍRITU AVENTURERO
Conocí todas las selvas, los desiertos y los hielos de la Tierra.
Solo, en el fondo de la caverna más profunda, vi las flores
que mueren cuando se las ilumina y oí el lento gorgoteo de
los líquidos invisibles, la continua digestión del mundo. . Ni los
monstruos de las fosas abisales, ni los seres gelatinosos y
transparentes de los planetas cercanos me son extraños.
Estaba en la plenitud de mis fuerzas cuando agoté el espacio
posible para la aventura. Entonces conocí el aburrimiento, la
desesperación de haberlo visto todo.
Por eso me lancé a navegar en el mar del tiempo. Vi a
Sodoma hundirse entre nubes de azufre y quemarse la
biblioteca de Alejandría, vi a un hombre que inauguraba el
fuego cuando los glaciares demolían el paisaje. Había notado
que, casi insensiblemente, las cosas ocurrían cada vez con
mayor lentitud, pero al principio no le di importancia. Primero
la barba no me crecía, luego el áspid no terminaba de picar a
Cleopatra, después podía seguir el recorrido del relámpago
como había seguido en mi casa el crecimiento de un ciruelo.
Ahora estoy atrapado en el vértice del remolino: en el puro
tiempo. Es terrible para un espíritu como el mío, este estado
en que nada puede ocurrir: ni mi fuga, ni mi muerte.

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SALMÓNIDOS
Es universalmente reconocido que los salmones concurren a
desovar al lugar donde nacieron. Para ello recorren enormes
distancias en el mar y luego remontan el río hasta la naciente.
Allí depositan sus huevos, en el mismo sitio donde sus padres
depositaron los suyos; y también sus abuelos. Me gusta
pensar que hay un único lugar en el mundo, bajo las aguas
de un río que no conozco, hacia donde concurren todos los
salmones de la Tierra en la época de la procreación. Allí Dios
depositó el huevo del primer salmón.
TRIÁNGULO CRIMINAL
Vayamos por partes, comisario: de los tres que estábamos en
el boliche, usted, yo y el "occiso", como gusta llamarlo -todos
muy borrachos, para qué lo vamos a negar- yo no soy el que
escapó con el cuchillo chorreando sangre. Mi puñal está
limpito como puede apreciar; y además estoy aquí sin que
nadie haya tenido que traerme, ya que nunca me fui. El que
huyó fue el "occiso" que, por la forma como corría, de muerto
tiene bien poco. Y como él está vivo, queda claro que yo no lo
maté. Al revés, si me atengo al ardor que siento aquí abajo,
fue él quien me mató. Ahora bien, puesto que usted me está
interrogando y yo, muerto como estoy, puedo responderle,
tendrá que reconocer que el "occiso" no sólo me mató a mí,
también lo mató a usted.
PESCANDO
Lo veía allá abajo empequeñeciéndose por la distancia.
Agitaba los brazos como una marioneta en medio de un
enjambre de puntos blancos y su gorra boyaba lejos, solitaria.
Después la imagen empezó a nublarse, ya casi no lo veo.
Trato de hacer memoria. Estábamos en la escollera, él había
intentado proteger sus sardinas de las gaviotas; recuerdo un
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revuelo de alas blancas alrededor de la cabeza y,
confusamente, el aleteo violento que le castigó la cara
cuando un picotazo certero nos separó. Y a él que se
quedaba allí, hueco, debatiéndose. Y yo que me iba -que me
voy- cautivo, por el aire cada vez más seco, mirándolo.
TELEQUINESIA
-Habrá que creer o reventar- le dijo el hombre que salía de la
habitación cuando él entraba.
El terminó de entrar. La mujer esperó que se sentara, cerró
los ojos y, con voz cavernosa, llamó a la mesa provenzal que
estaba en el primer piso. Moviendo ágilmente las patas, como
un perfecto cuadrúpedo amaestrado, la mesa bajó por la
escalera.
-Esto es increíble- exclamó él. Y, antes de que pudiera
explicarse mejor, reventó.
EL POZO
Hacía tres minutos que cavaba en la arena cuando el pozo le
tragó la palita. Desconcertado, el chico miró a la madre. La
mujer lo vio hundirse, corrió, alcanzó a tomarle las manos
aterrada, y se hundió con él. Los otros bañistas aún no
habían reaccionado y el pozo ya devoraba una sombrilla. Se
miraron con estupor, vieron que ellos mismos convergían
hacia allí, y por un instinto soterrado desde siempre que se
acababa de revelar, intuyeron que no podían salvarse. Era
tan natural como el ocaso: el mundo se revertía. Muchos
trataron de huir, despacio, con la misma aprensión sin
esperanza de los animales que buscan esconderse de la
tormenta. Pero la arena se deslizaba más rápido y todos
terminaron cayendo mansamente. A su turno, se derrumbaron
en el pozo casas, ciudades, montañas. Del mismo modo que
la mano invisible da vuelta la manga de una camisa, una
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fuerza poderosa arrastraba hacia adentro la piel del mundo
poniéndolo del revés. Y cuando los últimos retazos
desflecados de mares y tierras fueron engullidos, el pozo se
consumió a sí mismo. No dejó siquiera un hueco fugaz en el
espacio, tan sólo quedó el vacío, homogéneo y silencioso, la
inapelable evidencia de que el mundo había sido el revés de
la nada.
REVELACIÓN DE LA MÚSICA
Sentado al piano sobre la banqueta de terciopelo, el
adolescente estudia "Elegía" de Massenet. La ejecuta una y
otra vez con dulzona morosidad; las notas languidecen como
el propio muchacho que, aburrido, aparta los ojos de la
partitura y recorre vagamente la pared hasta detenerse en la
tela. Allí, un par de flamencos rosados hunden sus largas
patas en un estanque azul de ultramar. El adolescente entra
en el cuadro, irrumpe con violencia entre las aves y, con dos
golpes secos, les quiebra las patas. El sonido de los huesos
quebrantados resuena en la sala de música. Los martillos del
piano enloquecen: un vertiginoso "staccato" de notas azules
salpica la pana de los sillones Luis XV. Las cuerdas se estiran
tanto que emiten graznidos dolorosos. Algunas se cortan con
un estampido y un disonante batir de plumas sobre agua
decrece hasta morir. El muchacho vuelve a su sitio. Palpita de
agitación y lo inquieta un oscuro sentimiento. Ha conocido
una música perversa, agónica y equívocamente sensual. Le
ha parecido soberbia.
PERPLEJIDAD
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la
cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la
cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león
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tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y
podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león
no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos?.
Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso
con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a
las crías?. Cierva, león y cazador se han detenido
simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que,
por una coincidencia sumamente improbable, participan de un
instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media
agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser
animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un
movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la
historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la
vida.
TODO TIEMPO FUTURO FUE PEOR
Anoche se sobrepuso a las balas que lo acribillaron y huyó de
la policía entre la multitud.
Se escondió en la copa de un árbol, se le rompió la rama y
terminó ensartado en una verja de hierro. Se desprendió del
hierro, se durmió en un basural y lo aprisionó una pala
mecánica. La pala lo liberó, cayó sobre una cinta
transportadora y lo aplastaron toneladas de basura. La cinta
lo enfrentó a un horno, él no quiso entrar y empezó a
retroceder.
Dejó la cinta y pasó a la pala, dejó la pala y fue al basural,
dejó el basural y se ensartó en la verja, dejó la verja y se
escondió en el árbol, dejó el árbol y buscó a la policía.
Anoche puso el pecho a las balas que lo acribillaron y se
derrumbó como cualquiera cuando lo llenan de plomo:
completamente muerto.
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FELINOS
Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi
sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista
en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él
tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un
torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha
vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una
mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado
en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca
llena de plumas.
LA PARTICIPACIÓN DEL PÚBLICO
Cuando salió al escenario aquel famoso lanzador de cuchillos
y pidió al público una ayudante, todas las muchachas
levantaron la mano. La elegida se paró contra la placa de
madera con los brazos en cruz y el lanzador preparó cinco
cuchillos que lanzó con inaudita velocidad. Los dos primeros
clavaron a la madera las manos de la muchacha; otros dos le
cortaron las orejas con la precisión de un cirujano, y el quinto
le atravesó limpiamente el corazón. El público aplaudió a
rabiar, pero cuando el siguiente lanzador requirió también una
asistente, las muchachas se hundieron en sus butacas
procurando desaparecer. Sabían que era un principiante.
YO SIEMPRE CONMIGO
Me abandoné a la placidez del sueño y, cuando regresé a la
vigilia, me vi empapado y temblando de miedo. Me perdí
detrás de una mujer y, cuando me di cuenta, estaba desnudo
y sin un centavo. Me dejé flotar en el vaivén de las olas y,
cuando volví en mí, me hacían respiración artificial.
Definitivamente, no puedo dejarme solo.
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ÚLTIMA ELECCIÓN
El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría
con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del
pescador rutinario que hojea una revista, y traga sin dudar el
de un chico que recordará mientras viva los espasmos
terribles de su asfixia.
TRAVESÍA
Caminaban a la par. Se habían jurado lealtad y que dividirían
todo por mitades. Frente al desierto, igualaron el peso de sus
alforjas y se internaron seguros. No los doblegaron la
impiedad del sol ni el rigor de la noche y cuando se les acabó
la comida repartieron el agua en partes iguales. Pero la arena
era interminable. Paulatinamente, el paso se les hizo más
lento, dejaron de hablar, evitaron mirarse. El día en que, con
vértigo aterrador, sintieron que desfallecían, se abrazaron y
así siguieron andando. Cayeron exhaustos al atardecer.
Durmieron. Ya había amanecido cuando uno de ellos
despertó sobresaltado: le faltaba parte de un muslo. El otro,
que lo comía, continuó indiferente, terminó, volvió a tenderse,
y como si completara un gesto irrevocable, atendió a la mano
que su amigo le alargaba y le dio el cuchillo.
AMOR
I
A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido,
claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy
pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se
engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que
hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no
la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que
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perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de
otro equivocado. Somos felices.

II
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le
interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me
estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi
cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me
ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien
que seremos felices lo que dure su fe en que no nos
amamos.
INMOVILIDAD, DRAMATISMO Y BELLEZA
La inmovilidad instantánea de lo que siempre se mueve es
dramática, posee el horror de una muerte inconclusa y la
belleza de la eternidad. Lo eterno sólo puede cristalizar en el
instante, donde la experiencia del tiempo es imposible.
No se trata de captar el instante y fijar la imagen en la retina.
Mucho mejor es que se detenga un instante el flujo de lo que
sucede. El caballo inmóvil en actitud de veloz carrera, el
pájaro congelado en pleno vuelo, la lluvia detenida en el aire.
Y saber que no es vacilación de la mirada.
DUELOS
La monstruosa sirena griega posó sus garras sobre la roca
que emergía del agua, plegó las alas y comenzó a cantar. La
barca puso proa hacia ella.
Una sirena diferente, con una poderosa cola de pez, surgió
del mar a popa y se tendió en otra roca no muy distante. Era
hermosa y tenía pechos grandes. Sus cabellos verdes
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resplandecían al sol. Cuando hizo oír su canto, la barca
invirtió el rumbo y fue a su encuentro.
La griega no se arredró. Ella pertenecía al aire y el aire
produjo una brisa suave que llenó con su voz los oídos de los
tripulantes y llevó lejos la de su rival. Los remeros bogaron de
nuevo hacia la emplumada, aunque por poco tiempo, porque
el mar respondió con una corriente que orientó la nave otra
vez hacia la bella.
Fue así como el duelo de sirenas se hizo duelo de elementos.
Cuando la barca amenazaba ir hacia la griega, la corriente se
volvía más vigorosa y no la dejaba avanzar. Cuando parecía
desplazarse en el sentido opuesto, un vendaval frenaba las
olas. Pasaron los días. Los remeros, hambrientos y
exhaustos, languidecían sin lograr que la nave se desplazara.
Las dos sirenas, fieles a sus dioses tutelares, seguían
cantando. Cantaron sin cesar hasta mucho después de la
muerte del último tripulante. Sólo cuando la vejez y el ajetreo
del viento y el agua hundieron la barca, la griega remontó
vuelo y la bella volvió a las profundidades. Sin embargo, sus
voces mágicas aún resuenan en ese lugar.
VIDA DE HOTEL
Cuando se disipó el vaho, vio que el espejo reproducía en
detalle un baño igual al que él ocupaba, no ese baño. Vio la
imagen de un hombre desnudo que se le parecía en todo, no
su imagen. Vio que el espanto en la cara del espejo era
idéntico al suyo, pero no era su espanto. Y, cuando abrió la
boca aterrada para gritar, vio que al otro le faltaban dos
incisivos con los que él efectivamente contaba.
—¡Ah! ¿Conque ésas teníamos?—, murmuró.
Y recuperó la calma.
LLAVE
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Fue triste cuando mi padre, sin que ya se lo pidiera, me dio la
llave de la casa. Yo era casi un adulto y él me la dio como
quien pide permiso para envejecer.

HOMBRE QUE PIENSA
Pienso en las migraciones. La magnificencia de una bandada
inmensa de pájaros que de golpe levanta vuelo para recorrer
medio planeta, el intimidante abandonar la caverna de
millones de murciélagos en busca de temperaturas más
benignas, la monumental traslación de las ballenas que
cruzan el océano para reproducirse, la entereza de los
grandes pueblos que atraviesan el desierto para alcanzar una
ribera.
Pienso, más precisamente, en la multitudinaria compañía que
vence a la soledad: en el ruido de muchas alas, en la tibieza
de cuerpos que se abrigan, en la alegría de ir todos en la
misma
dirección.
Porque quiero poder siempre seguir a la manada, no ser
nunca un ave vieja que sucumbirá al invierno, ni un
murciélago al sol que desespera, ni una ballena en la arena
mientras el agua se aleja, ni un hombre triste que ha perdido
el paso y mira impotente cómo se le va el mundo.
SUPERYÓ
Iba por la mitad de la cuadra cuando me vi venir doblando la
esquina. Sin duda yo venía por mí y mi cara me acusaba.
Como siempre que me pasa esto, tuve miedo de mí mismo.
También como siempre, no logré pasarme de largo ni
hacerme rebotar. Irreparablemente, me metí en mí y me
declaré culpable.
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FAMILIA BIEN CONSTITUIDA
Era una familia bien constituida: el hijo le robaba al padre
para pagarle a la mucama que le prestaba su habitación para
acostarse con el jardinero quien, a su vez, estaba sobornado
por el contador, el que le pagaba por no revelar que era el
amante de la madre a la que esquilmaba, sin saber que ella
contaba con la anuencia del padre, que también prefería al
jardinero, a pesar de que era chantajeado por él con la
amenaza de descubrirlo ante su hijo, a sus ojos muy viril, ya
que solía verlo de madrugada salir del cuarto de la mucama,
de quien todos ignoraban que era voyeurista y se pegaba a
los agujeros de las cerraduras más calientes de la casa.
Como a la mucama le convenía el silencio, a la madre sólo le
importaba el amante, el padre contaba con muchísimo dinero
y el jardinero tenía cuerda para rato, la estabilidad familiar
estaba asegurada.
EL SEXO COMO VOLUNTAD Y REPRESENTACIÓN
Cuando los labios del maestro tocaron los suyos, cerró los
ojos. Logró reprimir el estremecimiento que le produjo la otra
lengua introduciéndose rígida, profundamente, en su boca.
Tampoco la alteró la mano que le abrió el quiimono y
descendió, rozándola apenas, hasta su entrepierna. Había
sido instruida. Primero, los dedos se demoraron en el vello
del pubis. Después, el duro pene se deslizó en la humedad
tibia hasta su puerta y permaneció allí, moviéndose apenas,
sin presionar ni penetrarla. Sólo el afán por complacer al
maestro le daba fuerza para refrenarse. Repitieron el ejercicio
dos veces sin que cambiara el compás de sus respiraciones
ni el del vaivén mínimo del hombre. Satisfechos por el
autocontrol alcanzado, se despidieron.
Pero siguieron pensándose. Ella fue al puerto, a encontrarse
con el changarín de siempre. El maestro, que lo sabía, la
siguió mentalmente desde su habitación. Cuando el cuerpo
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del changarín la cubrió, la mano derecha del yogui comenzó a
subir y bajar despacio; cuando ella abrió paso al pene
desmesurado, el ritmo de la mano se aceleró; cuando el
cuerpo de arriba ya colmaba autoritario la avidez del de
abajo, el yogui jadeaba salvajemente; cuando el vértigo de la
excitación anunció la culminación en los dos hombres, la
muchacha deliraba de gozo. Los tres terminaron a la vez. Ella
fantaseando que era del maestro la dura estaca que la
clavaba en su centro. El changarín, arrebatado por el
orgasmo de ella. El maestro, por el del changarín.
TEORÍA DEL BIEN MORIR
Aseguraba que irse de este mundo es más difícil cuando al
cuerpo se le deben cosas. Vírgenes perseverantes,
pusilánimes atormentados, aprensivos que privándose se
curan en salud, decía, sufren agonías atroces. Por eso, lo
aterraba todo tipo de continencia y se apresuraba a darle al
cuerpo cuanto le pedía sin reparos de clase ni de cantidad.
Pero el cuerpo crecía en sus demandas y siempre iba delante
de su trajinar para satisfacerlo. Consecuente, la primera vez
que logró ponérsele a la par y no deberle nada, lo abandonó
sin aspavientos. La tarde era apacible, dormía la siesta, tenía
treinta años y una sonrisa de alivio.
CINCO PALOMAS
Después de que no respondí la afrenta recibida, la condena
de mi padre me oprimió el pecho. Sabía que no quería
despreciarme pero que no podía evitarlo. Una vez más me
obligué, entonces, a hacer lo que esperaba de mí: partiría en
busca de venganza. Él, como si lo hubiese previsto, ya tenía
preparados el caballo más veloz y las cinco palomas mejor
entrenadas de su palomar: quería estar siempre al tanto y ser
el primero en enterarse cuando hubiera cumplido con mi
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deber.
Me puse en camino y apuré el paso cuanto pude. Atravesé
bosques, crucé ríos y montañas. Más de una vez necesité
detenerme, pero el arrullo incesante de las palomas me
recordaba a mi padre y lo impedía. En un pueblo me dieron
noticias de alguien que respondía a la descripción de quien
buscaba y al fin pude soltar la primera con un largo mensaje
lleno de promesas. Tan solo una remota posibilidad y me
había llenado de esperanza. Sentí urgencia por soltar la
segunda. Lo hice apenas supe que estaba en el buen camino:
confirmado, es él, la venganza está a pocos días de
cabalgata. La tercera partió antes de lo debido cuando avisté
la presumible guarida del que me había infamado; el mensaje
mentía: sé dónde está, estoy agotado pero no descansaré. Lo
cierto era que ya no soportaba las dos palomas que me
quedaban. Sin novedad concreta, solté la cuarta al día
siguiente: pronto no tendrás que avergonzarte de mí.
El infeliz a quien perseguía se sorprendió al verme, le dije:
"No quise ni quiero responder a tu ofensa porque ella no me
alcanzó, pero te mato para dar paz a mi padre". Luego,
escribí el quinto mensaje: tu honor está a salvo. Y mientras la
última paloma se perdía lejos en el aire yo, recién resucitado,
me alejaba sin prisa en el sentido opuesto.
RONDA
La farolera tropezó y en la calle se cayó. Como hacía un
trabajo reservado a los hombres, nadie le alzó la barrera de la
Puerta del Sol y el coronel del que se enamoró no le hizo
caso. Melancólica, distraía sus noches con cálculos mentales
que estaban bien pero que ella siempre creyó que le salieron
mal como todas las otras cosas en la vida.

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