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¿Qué más?

Luis Fernando de la Calle Pardo

Economía de la extorsión I: alto costo económico y social

La extorsión se ha convertido, en México, en el principal freno de la
inversión, el crecimiento y la productividad. No obstante, no ha recibido todavía
la atención que merece como obstáculo al funcionamiento de la economía, ni se
considera su reducción como prioritaria en las políticas públicas.
Con frecuencia se dice que México ha hecho todo lo que se ha
recomendado en materia de reformas pero que, a pesar de ello, la economía crece
por debajo de lo deseado y posible. La verdad es que sí se han hecho muchas
reformas, varias profundas y transformadoras, pero también, en algunas
ocasiones, se ha reformado a medias o no se han tocado a los grupos de interés
opuestos al cambio. Es claro que el gran pendiente del país es avanzar en el
ámbito del imperio de la ley y el respeto de los derechos de propiedad. No sólo,
ni sobre todo, de los derechos de propiedad privada, sino de los derechos
propiedad del fruto del trabajo, de la creación intelectual, y de la propiedad
pública y comunal.
La principal fuente de violación de estos derechos proviene de la extorsión
que se convierte en una suerte de impuesto prohibitivo, en especial para las
pequeñas y medianas empresas. El costo de este “impuesto” es elevado al hacer
inviables inversiones productivas que, en ausencia de la extorsión, serían
económicamente viables, al tiempo que agudiza la desigualdad ya que las
empresas y grupos más favorecidos son, en los hechos, menos sujetos a la
extorsión.
El costo es elevado no sólo por el impacto de la inversión no realizada,
sino por los efectos dinámicos: sin las inversiones amedrentadas por la extorsión
no se obtienen el avance y transferencia tecnológicos, la creatividad, economías
de escala, economías de enfoque, desarrollo regional, creación de empleos
formales, seguridad social y otros beneficios. Más aún, la ausencia de estos
beneficios obliga al gobierno a gasto social que de otra suerte no tendría que
llevar a cabo en seguridad, salud, educación, infraestructura, pero con una base
gravable pequeña consecuencia de la menor inversión privada. Es decir, la
industria creciente de la extorsión como círculo vicioso que entorpece el
desarrollo.

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Con extorsión, el tamaño del mercado y las posibilidades de distribución
del ingreso resultante son menores. Aunque al principio pudiese parecer que
hay un costo de no participar en ella (trámites más lentos, más difícil encontrar
un lugar para estacionarse, mayor inseguridad) al final, una reducción
significativa de la extorsión implicaría tasas de crecimiento más altas, empleos
formales, mayor competencia, señales de precios que premiarían el esfuerzo y la
inversión y una mayor probabilidad de éxito.
Aunque la extorsión afecta a todos los agentes económicos, lo hace
desproporcionadamente a los más pequeños. Por eso, las empresas pequeñas y
medianas tienden a trabajar en la informalidad donde con frecuencia la extorsión
es de ventanilla única, que en la formalidad donde las posibilidades de extorsión
se multiplican.
Peor aún, las probabilidades de extorsión aumentan con el éxito de las
pequeñas empresas. En cuanto empiezan a desarrollar un nuevo producto o
servicio atractivo para el cliente y sus ventas crecen, se ven sujetas a extorsión de
varios tipos. Una empresaria dedicada a la preparación y envase de salsas para
cocina contaba cómo el éxito generó una avalancha de extorsión: primero de un
líder sindical que emplazó a la empresa a huelga a pesar de no contar ni con la
simpatía, ni con el conocimiento de ninguno de los empleados. Después, por el
municipio por uso del suelo del predio o permiso de construcción, protección
civil, autoridades laborales, sanitarias, ambientales y otras.
El común
denominador de estas interacciones no era proteger los derechos de los
trabajadores, o de los consumidores, o de los ciudadanos, o del medio ambiente,
sino extraer una renta cotidiana.
El problema no para allí. Si se pueden superar los obstáculos relacionados
con la operación, las empresas después se enfrentan con los de transporte,
distribución y comercialización. Esto implica lidiar con el gremio transportista,
policías municipales, estatales, federales, con mayoristas, mercados y puntos de
venta al detalle. En esta cadena también se multiplican las posibilidades de
extorsión.
Para enfrentar esta realidad, las empresas grandes llevan a cabo
importantes inversiones e integración vertical. Por ejemplo, muchas compañías
grandes y exitosas tienen sus propias flotas para el transporte y distribución de
sus productos, mientras que en otros países las empresas utilizan servicios de
terceros para el transporte y distribución y no están integradas verticalmente.
Estas inversiones permiten la expansión de las ventas y crean una ventaja a la
que no pueden aspirar las pequeñas y medianas.

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De hecho, la relativa inmunidad a la extorsión por el tamaño, crea un
incentivo para que cuando una mediana tenga éxito, sea adquirida por una
mayor para que el producto exitoso quede incorporado en una infraestructura
menos susceptible a la extorsión. Este fenómeno reduce las posibilidades de
competencia económica en el mercado. La solución, sin embargo, no consiste en
penalizar las inversiones e integración vertical sino en reducir la prevalente
extorsión.
La extorsión implica también un elevado costo en creación de empleos
formales. Si se la eliminara o redujera, la economía mexicana experimentaría una
explosión de apertura y crecimiento de empresas medianas. Es allí donde se
daría el incremento en la productividad laboral y empresarial necesario para
tener altas tasas de crecimiento del producto interno bruto. El establecimiento de
estas empresas representa la única manera de generar oportunidades de empleo
productivo para trabajadores potenciales hoy en actividades de bajo valor
agregado o dependientes de empleos o programas públicos.
La extorsión es una práctica extendida; se ha vuelto, en muchos casos, una
forma aceptada de operar no circunscrita al crimen organizado. La extorsión
también se da por el abandono de responsabilidades por los gobiernos, que son
ocupadas por otros grupos que extorsionan al ciudadano. Cuando gobiernos no
cumplen con el respeto de los derechos de propiedad, grupos criminales se
apropian de la función de ejercerlos.
El primer paso para superarla consiste en reconocer su presencia constante
en la relación entre ciudadanos, empresas y gobiernos para la obtención de
permisos y la inspección para el cumplimiento de normas de todo tipo en los
ámbitos federal, estatal y municipal. Mucho se había avanzado en la reducción
de la corrupción y extorsión federales, pero se tiene hoy la impresión de que se
regresa a niveles ya superados. En el caso de gobiernos estatales y municipales
hay una percepción generalizada de una creciente extorsión.
No es una casualidad que la extorsión florezca en un clima de impunidad.
Los extorsionadores piensan que, si es una práctica extendida e impune, ellos
también pueden llevarla a cabo. Para revertirla e incluso erradicarla es necesario
no sólo avanzar en la persecución de la extorsión criminal, sino volverla
culturalmente inaceptable y entender que no participar en la extorsión es mucho
mejor para todos en términos económicos.

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Economía de la extorsión II: participación del gobierno

El alcance de la práctica de la extorsión en muchos ámbitos de la economía
y la vida social no sólo tiene un alto costo, como argumentaba la entrega previa,
sino que se explica por el papel de los gobiernos. Es penoso decirlo, pero sin la
acción del gobierno la práctica de la extorsión sería mucho menor. Esta
participación, además, profundiza el costo social y económico al mermar las
posibilidades del establecimiento del estado de derecho, contaminar la labor
pública, reducir el tamaño de los mercados y desvirtuar el objetivo original de las
reglamentaciones.
Una parte importante del mercado de la extorsión se explica por el costo
de las campañas electorales y el uso de recursos ilícitos. Muchos de los avances
logrados a través del Sistema Nacional de Anticorrupción no tendrán el efecto
deseado si no se logra la transformación de los procesos electorales. Hasta ahora
la fórmula ha sido una carrera de gato-ratón con controles crecientes y auditorías
después de cada periodo electoral para concluir que se requieren más, en lugar
de buscar un proceso mucho menos costoso y más ciudadano. La única manera
de disminuir la corrupción en las elecciones es reduciendo radicalmente su costo
y su naturaleza litigiosa. La mejor estrategia consiste en tener procesos
electorales cortos (semanas de campaña y no meses), permitir que los candidatos
no tengan que renunciar a sus puestos públicos para la campaña (esto reduce el
incentivo para alargarla) e instituir la segunda vuelta electoral para que las
controversias se resuelvan en las urnas y no en los tribunales.
Un sistema electoral caro y el exceso de dinero en las campañas crean un
fuerte incentivo para allegarse de recursos que provienen de la informalidad. Y
en la informalidad, los recursos se obtienen por medio de la extorsión para uso
del suelo (derecho de piso en arroyo y aceras), acceso a la electricidad, placas
para vehículos, seguridad y protección y otros. De hecho, no es casualidad que
el crecimiento de la informalidad haya venido acompañado del proceso de
democratización y de descentralización. La informalidad es una de las
principales fuentes de recursos líquidos para las campañas electorales, lo que
crea un fuerte incentivo para que la clase política no sólo la tolere, sino asegure
su permanencia.
Sin duda, el tipo de extorsión que tiene el efecto más nocivo en la sociedad
y la economía es el secuestro. Por un lado, implica un fuerte desincentivo al
esfuerzo y a la inversión, ya que cuando un trabajador progresa o un empresario
tiene éxito, la probabilidad de sufrirlo se incrementa proporcionalmente.
Además, el secuestro deriva en fuertes externalidades producto de las medidas

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que toman los particulares para protegerse: guardaespaldas, armamento,
vehículos blindados, que en ocasiones terminan convirtiéndose en instrumentos
para otros crímenes e incluso el propio secuestro.
Debiera pensarse que la erradicación del secuestro sería la prioridad de
gobiernos por su alto costo social, económico y humano. Sin embargo, con
frecuencia se sabe que las bandas de secuestradores están relacionadas con las
propias policías y que, cuando las operaciones de privación de la libertad son
coordinadas desde las prisiones, las policías están al tanto, pero son incapaces, o
renuentes, para impedirlas. De esta manera, las autoridades policiacas no sólo
no enfrentan el reto del secuestro, sino que se vuelven copartícipes.
El gobierno también contribuye de una forma importante a fomentar el
mercado de extorsión por medio de la práctica de compra de voluntades y
premio a las manifestaciones y bloqueos. No hay manifestación de cierto calado
que no resulte en una mesa de negociación por medio de la cual se consiguen
concesiones y prebendas injustificadas y para las que muchas veces las
autoridades no tienen competencia. Este gobierno parece ser más propicio que
otros anteriores para caer en este tipo extorsión. Los movimientos magisteriales
en Oaxaca, Michoacán, Guerrero y Chiapas son claros ejemplos de cómo el
premio a la extorsión la hace crecer en forma exponencial. Esto no quiere decir
que se impidan las manifestaciones, ni no se dialogue. El punto es que el premio
se convierte en un poderoso incentivo para la manifestación y hace de ella una
industria sin importar el costo para la sociedad.
En el mundo laboral se da también el fenómeno de la extorsión, aceptado
por autoridades y partidos políticos. Cuando una empresa pequeña o mediana
empieza a crecer y tener éxito, con frecuencia recibe emplazamientos a huelga
por sindicatos que no conocen ni representan a los trabajadores. La sola
amenaza de emplazamiento crea un incentivo perverso para firmar un contrato
de protección con un sindicato blanco. El resultado de este tipo de extorsión es
que el líder sindical cobra una iguala mensual por tener la titularidad del
contrato colectivo de trabajo, al tiempo que nadie representa los derechos de los
trabajadores. Es decir, el régimen laboral promueve la proliferación de
sindicatos de protección como resultado de la posible extorsión a las empresas.
Irónicamente, los que sufren las consecuencias en términos de compensación y
condiciones laborales son los trabajadores que no ven sus intereses debidamente
representados.
La iniciativa de reforma de justicia cotidiana pretende asegurar la libertad
de asociación sindical. Ya se verá, en los resultados, si elimina el incentivo a la
extorsión que promueve a los sindicatos blancos.

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El gasto en publicidad por parte del gobierno federal y de los gobiernos
estatales en medios impresos y electrónicos se ha convertido también en una
forma de extorsión. Los gobiernos a veces piensan que, para mejorar la
cobertura, deben reasignar o aumentar el gasto en publicidad, pero los resultados
son inversos: a mayor presupuesto de publicidad, mayor el incentivo para
extorsionar. De hecho, la única manera de terminar con esta forma de extorsión
es eliminar el gasto en publicidad. No obstante, ningún gobierno se ha atrevido
a dar este paso.
Otras formas de extorsión en las que participa el gobierno incluyen:

Extorsión a inmigrantes de América Central por parte de
autoridades migratorias y policías. Mucho disminuiría el maltrato
si se les dejara entrar, circular y trabajar libre y legalmente en el
país.
En muchas colonias de la ciudad de México si no se hace una
contribución no voluntaria, no se recoge la basura de las viviendas.
La recolección de basura es un jugoso negocio privado de un
servicio público que el gobierno ha dejado. La mayoría de los
ciudadanos termina aceptando la extorsión, mientras el resto tira la
basura en alguna esquina.
Los franeleros se han convertido en dueños de arroyos vehiculares
y los ambulantes de muchas aceras. La amenaza de cuidar su coche
es también una forma de extorsión. Si los municipios pusieran
parquímetros en las calles con altos índices de estacionamiento,
desaparecerían franeleros, valets y habría menos ambulantes. Los
gobiernos al no querer cobrar por el uso de un bien escaso como el
espacio en la calle no sólo pierden valiosa recaudación, sino que
fomentan la extorsión. Es clave que las autoridades aseguren el
funcionamiento sin corrupción de los parquímetros.
Los permisos de construcción son una importante fuente de
extorsión. Quizá la mejor manera de disminuirla sea que los
permisos se discutan y entreguen por medio de asambleas públicas
en los cabildos.

Desgraciadamente estas modalidades de extorsión no son las únicas; hay
más.

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Economía de la extorsión III: racionalidad económica y propinas

Aunque parezca sorprendente, desde el punto de vista económico, la
extorsión no es necesariamente mala (ver Ronald H. Coase, “Blackmail” en
Virginia Law Review, volumen 74, número 4, mayo de 1988). Si se define como
una concesión a cambio de una amenaza, puede entenderse también como una
transacción de mercado: por ejemplo, “si no me pagas cierta cantidad de dinero,
voy a construir un piso adicional que te tapará la vista a la playa”. Esta
transacción incrementa el bienestar de todos los involucrados: el receptor del
dinero (extorsionista) no utiliza su derecho a un piso adicional, mientras que el
pagador (extorsionado) sigue gozando de la vista y del valor de su propiedad.
De hecho, toda transacción de mercado implica un costo de oportunidad y
una especie de amenaza velada o explícita: se está dispuesto a intercambiar dos
manzanas por una naranja o cinco motocicletas por dos coches, por ejemplo. “Si
no me das la naranja, no te daré mis dos manzanas” sería la amenaza. Las
transacciones de mercado deben cumplir con tres condiciones para que
incrementen el bienestar: una, son voluntarias; dos, las partes tienen derecho al
uso de los bienes o servicios; y, tres, la transacción se da en un ambiente de
competencia.
La extorsión es nociva ya que implica la ausencia de una o varias de estas
tres condiciones. Como se ha argumentado en las entregas previas, la extorsión
se ha vuelto el principal problema económico de México y un freno para la
apertura y expansión de las pequeñas y medianas empresas, un fuerte
desincentivo para la inversión, una reducción relevante del tamaño del mercado,
una merma significativa de recursos que podría recaudar el Estado y una
práctica extendida difícil de erradicar. La solución no radica solamente en más
legislación y su aplicación más severa y menor impunidad, aunque todas ellas
sean importantes. Es fundamental un cambio de mentalidad e incentivos por
parte de los agentes económicos: sin extorsión el mercado es más grande para
todos; la rebanada del pastel para cada uno sería más grande, aunque
proporcionalmente menor para los extorsionadores exitosos.
La extorsión que tanto aflige a la sociedad y a la economía no es,
claramente, una transacción voluntaria: la mayoría de los ciudadanos preferiría
evitar el cohecho para conseguir permisos de construcción municipales si éstos se
emitieran con rapidez, justicia y transparencia. No obstante, los desarrolladores
muchas veces eligen el sistema extorsionador y participan voluntariamente en él
ya que se evitan largas colas, espera e indefinición por parte de las autoridades y
restricciones de todo tipo. Es decir, el problema no es solamente de las

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autoridades municipales, sino de todos los que participan en el sistema de
otorgamiento de permisos de construcción.
El sistema de extorsión para estos permisos ha resultado en obras de todo
tipo, en toda clase de terrenos, con las más variadas y osadas formas de
arquitectura. La primera vez que un mexicano viaja a un país desarrollado se
asombra de que los edificios y las casas se parezcan en tamaños, colores, formas
y equipamiento. La uniformidad sorprende por su estética (o falta de ella), por
las economías de escala que genera que todas las ventanas sean del mismo
tamaño y rectangulares (no trapezoides), pero le da a uno la impresión de
ausencia de libertad.
El problema es que los permisos municipales de construcción así
otorgados, aunque partieran de una transacción voluntaria, no cumplen con la
segunda condición: el derecho a llevarla a cabo. La uniformidad arquitectural
que se aprecia en países modernos no sólo responde a una intrusión excesiva del
gobierno (en ocasiones sí), sino que refleja el derecho de los demás. Por ejemplo,
el derecho a la luz natural, a la vista, al tránsito (no se permite la construcción de
edificios en el periférico), a la tranquilidad (se respetan los derechos de los
vecinos a que no haya edificios demasiado altos, o antros demasiado ruidosos), a
la estética y la salud (se prohíben los tinacos, pero se asegura la provisión de
agua municipal potable y con suficiente presión). Es decir, ni el funcionario
municipal que extiende el permiso, ni el desarrollador que paga la extorsión
tienen el derecho de que proceda una construcción que viola una o varias
normas. Obviamente, la manera más eficaz de reducir el incentivo a la extorsión
es contar sólo con el número de normas realmente necesarias y que ellas sean de
fácil y transparente cumplimiento.
El uso del poder monopólico es la tercera razón que vuelve a la extorsión
nociva y costosa para la sociedad. El servicio municipal de recolección de basura
es un buen ejemplo. En la ciudad de México, el uso de la extorsión para la
recolección de basura es muy extendido. En muchas colonias, si no paga cada
casa una cuota semanal, el personal del camión se rehúsa a recoger la basura
depositada frente al predio. El ciudadano piensa, ingenua pero correctamente,
que el servicio de recolección de basura está ya cubierto por los impuestos
predial y otros que paga a la ciudad. No obstante, termina allanándose a la
extorsión cuando se acumula la basura frente a su casa u opta por encontrar una
esquina u otra casa donde depositar ilegalmente la suya. Podría pensarse que la
cuota semanal es razonable como contraprestación por un servicio. No obstante,
el camión de basura que pasa frente a su casa tiene poder monopólico, es el único
que lo hace, y por tanto maltrata al consumidor. Si municipios o delegaciones
quieren solapar el cobro de cuotas por recolección de basura, lo mínimo que
deben hacer es permitir la competencia para mejorar el servicio: no dar a un

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camión el monopolio, sino dejar que otros pasen a recogerla para transportarla a
los centros de reciclaje y confinamiento.
Finalmente, vale la pena también hacer una reflexión sobre la propina. Si
el mexicano se sorprende en el extranjero por la uniformidad, los trabajadores
extranjeros en los servicios de hospitalidad, meseros, camareros, conserjes y
choferes, se sorprenden de la generosidad de las propinas del turista mexicano.
En México, la propina es una práctica muy extendida. Como la extorsión,
también tiene una racionalidad económica impecable: permite el control de
calidad en el punto de venta y hace del consumidor el inspector perfecto. El
problema es cuando esta transacción voluntaria lleva a concesiones a las que el
consumidor no tiene derecho de adquirir ni el prestador del servicio a dar. Es
también un buen pretexto para no pagar bien a los trabajadores. Con una
propina generosa se puede conseguir una buena mesa sin reservar,
estacionamiento para el coche en lugar prohibido, que menores entren a sitios o
espectáculos para adultos, saltarse colas y no respetar los derechos de los demás.
La propina, así, es un reflejo de una sociedad que ve con buenos ojos la
extorsión generalizada y síntoma de una red de complicidades contrarias al
estado de derecho. Es también sintomático de que las clases pudientes están
seguras de que pueden comprarlo todo. Quizá pudiere medirse el apego al
imperio de la ley en cada país en proporción a las propinas de sus ciudadanos.
México saldría alto en el medallero.

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Economía de la extorsión IV: ideas para reducirla

La extendida práctica de la extorsión tiene un altísimo costo social y
económico. Es quizá el principal obstáculo para el crecimiento de las pequeñas y
medianas empresas, para la creación de empleos, para la formalización y la
inversión de largo plazo, al tiempo que resulta en una ventaja irreproducible que
apuntala a las empresas grandes, verticalmente integradas y con sistemas de
distribución que las hacen menos vulnerables a ella. Este fenómeno reduce las
posibilidades de la competencia y resta dinamismo a la economía.
La extorsión también representa un alto impuesto que resta capacidad
recaudatoria al gobierno. Además, se ha convertido en el obstáculo más
significativo para ingresar a la formalidad: para que tenga sentido económico
dejar la informalidad es necesario que el nivel de extorsión sea menor al hacerlo;
hoy no lo es. En la informalidad hay ventanilla única, mientras que en la
formalidad las posibilidades de extorsión son múltiples: sindicatos, inspectores
federales, estatales y municipales, policías, autoridades que emiten permisos y
concesiones, medios, competidores y otros más.
Para reducir la extorsión primero es necesario reconocer su prevalencia y
aceptación social. En parte, su extendida práctica responde a la percepción de
que el éxito es mal habido, con lo que “ladrón que roba a ladrón” se convierte en
la perfecta excusa social para extorsionar. Cuesta todavía mucho aceptar el
progreso meritorio de los demás. Muchas veces se escucha decir: ‘Si ha triunfado
debe ser gracias a la protección del gobierno, o contratos públicos desmerecidos,
o porque paga mal a sus trabajadores’. Esta visión permite al extorsionador
justificarse ante los demás. Parte de la solución radica en aceptar que es posible
tener éxito económico basado en el desempeño, inversión y calidad y pagando
todos los impuestos y reparto de utilidades debidos.
En segundo lugar, se requiere una mayor voluntad para no ser sujeto de la
extorsión. Para esto es necesaria menor tolerancia a pagos y a beneficios
indebidos, pero, sobre todo, una acción mucho más efectiva del gobierno contra
los extorsionadores. El principal ejemplo está relacionado con el delito del
secuestro. En varios países se prohíbe el pago de rescates por privación de la
libertad para no fomentar el secuestro. En México esto no es posible por el
número de casos y la participación de las policías en los hechos.
Fuera del ámbito social, se requieren también cambios en políticas
públicas:

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En tercer lugar, es necesario reducir la capacidad de líderes sindicales para
extorsionar a empresas pequeñas y medianas. Para esto, debería revivirse la
propuesta de reforma a los artículos 388 bis y 371 de la ley federal del trabajo. La
redacción planteada para estos artículos en 2012 era revolucionaria: obligaba a
probar la representatividad sindical antes de poder emplazar a huelga, implicaba
la elección directa, secreta e universal del sindicato que tendría la representación,
ponía a consideración de los trabajadores el contrato colectivo de trabajo a firmar
con la empresa y permitía, con mayoría calificada de dos tercios, que los
trabajadores optaran por no contar con contrato colectivo. Si no se puede
adoptar este tipo de reforma de forma generalizada, sería clave que aplicara para
las empresas medianas de hasta 150 trabajadores. El resultado sería una
explosión de inversión y crecimiento de empresas pequeñas y medianas.
En cuarto lugar, es indispensable contar con opciones innovadoras para
reducir la capacidad de extorsión por parte de inspectores. La mejor manera de
encarar este reto es, como se hace en muchos países avanzados, utilizar a las
compañías de seguros como instrumento para asegurar el cumplimiento con
normas de seguridad, protección civil, de pesos y dimensiones y otras. En
Estados Unidos, por ejemplo, el cumplimiento con los requisitos de materiales y
equipo contra incendio se debe mucho más al papel de las aseguradoras que a las
autoridades. En México, se podría legislar para que, cuando una compañía de
seguros certificada garantice que una empresa cumple con todos los requisitos de
protección civil, seguridad, pesos y dimensiones de sus camiones y otros, ya no
sea revisada por autoridades de protección civil, laborales en lo relativo a la
seguridad, SCT y otras. Las autoridades podrían, por supuesto, castigar a las
aseguradoras que burlen la ley y verificar a las empresas que no estén
debidamente aseguradas, pero su capacidad de extorsión disminuiría de manera
significativa.
En quinto lugar, se debe premiar la transparencia por medio de registros
públicos en que se depositen y actualicen todos los documentos corporativos
necesarios para tramitar permisos y participar en licitaciones. Para las empresas
que lo hagan, una especie de 3de3 voluntaria, las autoridades no tendrían
derecho de solicitar ningún documento en ninguna interacción.
En sexto lugar, pero no por eso poco importante, es imprescindible la
transformación municipal. Los municipios son, al mismo tiempo, fuente de
extorsión, sobre todo en el ámbito de los permisos de construcción, pero también
víctimas de extorsión por parte del crimen organizado. Con la estructura actual
la mayoría de los municipios no son autoridades plenamente viables. La crónica
escasez de recursos, la falta de rendición de cuentas y, hasta ahora, la no
reelección condena a los municipios al subdesarrollo institucional propicio para
la extorsión. Para avanzar en este frente se requiere de una gran reforma

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hacendaria y política para promover la recaudación universal del impuesto
predial con fondos compensatorios para complementar de manera proporcional
(hasta varias veces) con el nivel de marginación. Si el predial se convirtiere en
una fuente relevante de recaudación se promovería la rendición de cuentas y
exigencia ciudadana, existiría un incentivo para proteger los derechos de
propiedad (base gravable) y habría un aliciente para que el municipio
promoviera la inversión. Permitiría una especie de acuerdo tácito entre
empresas y autoridades: ‘súbeme el predial, pero ya no me extorsiones’.
Se requiere también limitar la participación de las policías municipales a
tareas que le sean propias y eliminar el uso de armas de alto calibre. El
armamento excesivo, que sólo se ve en municipios mexicanos, constituye un
poderoso incentivo para que el municipio sea extorsionado y su policía
capturada por el crimen organizado.
Finalmente, para reducirla se requiere de una reforma político electoral
que disminuya el incentivo de partidos políticos y candidatos para descansar en
recursos electorales que pueden provenir de la extorsión. Sin una reducción
significativa del costo de campañas, castigos ejemplares contra el uso de dineros
no fiscalizados y un serio esfuerzo educativo por parte del INE para erradicar la
compra del voto, poco se avanzará.

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