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Entre nosotros, habita desde hace mucho tiempo una especie realmente curiosa, elanimal teórico, una criatura

que pertenece a una
saga familiar bien nutrida de ilustres miembros. Sobre ellos, sobre esos hombres y mujeres que habitan el puro y aséptico mundo de lo
abstracto, trata el último libro de Sloterdijk. Ahora bien, nada bueno anuncia el pensador alemán; de hecho, es el Nietzsche que revela
su muerte.
Cuando hablamos del animal teórico, lo hacemos de algo que nació en el mismo momento –por lo menos en un sentido simbólico- en el que
lo hace la filosofía y la ciencia, y que no es otro que cuando Tales, por estar mirando fijamente las estrellas mientras andaba, cae a un
pozo seco y queda en él atrapado, al tiempo que soporta las risas de una esclava tracia que había contemplado toda la acción.
Si algo caracteriza al animal teórico, es el deseo de alcanzar un imposible: ser un observador puro. Deseo que se traduce
en toda una práctica que tiene como fin liberar al pensador tanto de su cuerpo como del mundo cotidiano: sólo descorporalizado y
desmundanizado podrá subir por la escalera de los conceptos y llegar a esa verdad pura que, como una mágica corona, le espera.
Estamos acostumbrados a convivir con esta extraña criatura, pero bien pensado, la práctica que define al animal teórico es por completo
inhumana, puesto que le exige desprenderse de dos partes esenciales de sí mismo. Pero a la acusación de inhumanidad, debemos sumar
otra, su imposibilidad. Así el hombre puede practicar esta brutal ascesis, pero en el fondo su realización será
imposible: él no puede librarse ni de su cuerpo ni del mundo en el que está implicado.
El ensayo que hoy tenemos entre manos (Muerte aparente en el pensar, Siruela: 2013), tiene como motivo realizar
la genealogía y el fin de este imposible que ha durado más de dos mil años, y lo hace con la marca Sloterdikj:
contundencia en el discurso, intensidad y lucidez. Pero no todo son buen palabras para el pensador alemán, ya que olvida dar cuenta de
algo que nos parece decisivo, algo cuya omisión oscurece lo enigmático y atractivo de la producción del animal teórico. Hacemos referencia
al hecho de que eso que llamamos un imposible ha dado unos frutos innegables, algo de lo que todos nosotros, nuestra cultura, es deudora.
Y es que ese observador puro no es un ser extraño del que debamos sentir piedad y mucho menos, como le
ocurrió a la esclava tracia, provocar en nosotros risa.
Para explicarnos, vamos a volver a la caída de Tales en aquel pozo, a eso que hemos denominado el punto cero de la historia, ya que de
aquel suceso hay otra versión que difiere, y mucho, de la comúnmente conocida: Tales no se cayó, sino que él mismo, movido
por el deseo de descifrar aquellos puntos brillantes, se metió en aquel pozo seco con el fin de usar su
estructura como un primitivo telescopio. Esta versión la cuenta Gadamer y sin duda encaja mejor con los
futuros logros de este filósofo de Mileto: la predicción de eclipses.
A donde queremos llegar con esta revisión, es al hecho de que la actividad de esos animales teóricos nos ha legado un
conocimiento cuyos consecuencias prácticas y cuya utilidad son innegables. Tales sólo es un ejemplo de los
muchos que hay, porque la historia tanto del la filosofía como de la ciencia está plagada. Así, creemos que
esta extraña paradoja debería ser el punto en el que el ojo intelectual de Sloterdijk se debería haber posado,
porque en definitiva lo que él cuenta es algo sabido, algo de lo que la Filosofía del XX y el XXI ha dado buena
cuenta.
Sin duda, la razón de este olvido tiene que ver con la legitimación de su programa filosófico, un programa brillante y que figura entre los
principales a los que hoy en día nos podemos remitir, pero el resultado es que al final lo que de verdad importaba de toda esta historia ha
quedado en el tintero. Pero eso sí, quien quiera conocer la genealogía y la definición de ese animal teórico de
manera breve e intensa, está ante un libro perfecto.