#30deJulio

Una historia violenta.
Sakuulg Kdvuic / Enrique García Guasco.

NOTA IMPORTANTE: el contenido de esta entrada se puede considerar
perturbador, por lo que no se recomienda la lectura a menores de 18 años, en él
se hace referencia a actividades delictivas, sin hacer apología de los hechos
descritos.

La verdad sea dicha, nunca me ha gustado traducir texto alguno, sería como mentir
con todos los dientes y morderme la lengua, decir que disfruto realmente, pelear e
insultar el texto que está frente a mí en la pantalla de la computadora, desesperarme
hasta el límite, levantarme mil veces con el pretexto de beber agua o ir al baño,
mientras no veo ningún avance en la traducción del mismo, nada de eso me hace
feliz en absoluto, lo puedo asegurar. Ya entrados en gastos, tampoco me gusta
invertirle horas y horas a darle sentido a frases escritas por otro ser humano que no
sea yo y menos en otro idioma, que como cualquiera de ustedes, queridos lectores,
llegan a entender al leer en una lengua ajena pero no son capaces de decir
literalmente en el propio, y que de antemano es complejo contextualizarlas
correctamente, sin embargo, cuando leí éste, hace aproximadamente seis meses,
me pareció una lectura delirante, al mismo tiempo que sucia y estropeada;
condiciones especialmente emocionantes para una mente retorcida como la mía,
también me cautivó, algo que he calificado de muy interesante, es decir, la óptica
que guarda de México, la plasticidad que tenían el conjunto desde geográfico,
climático y psicológico, tanto de la ciudad como de los habitantes de la misma, a la
que por momentos, Sakuulg Kdvuíc, califica en un sentido biológico, a los habitantes
nos llama hormigas, las calles le parecen avisperos que “revolotean”, otras, sin
embargo, alguna suerte de crueldad parece apoderarse de su narración y de forma
infame y despiadada, desde el intestino de los rincones del alma, el autor, se queja
irónico a través del personaje principal de nuestra irrealidad cotidiana.

Me llevó varias semanas lograr hacer contacto con el autor y mayor fue el trabajo
que representó traducirlo de un francés, en ocasiones algo marginal, a un español
despotricado y grosero. Quiero aclarar que absolutamente todos los errores de
traducción son responsabilidad mía, agradezco muchísimo la ayuda que me ha
brindado la familia Lafont para poder acceder a información que me ha resultado
vital para poder contextualizar algunas expresiones usadas en este libro.

Acerca del autor:

Sakuulg Kdvuíc, nació en Zagreb, Croacia, el 26 de junio de 1975, realizó estudios
sobre pensamiento religioso en la Facultad de Teología Católica de la Universidad de
Zagreb, entre el año 1996 y 1999 alterna su actividad teológica, trabajando como
periodista en diferentes publicaciones de su país natal. El 14 de enero del año 2000,
cubre la histórica condena de los veinticinco croatas católicos que fueron
sentenciados a veinticinco años de prisión por el asesinato de cien musulmanes en
Bosnia en el año 1993, en Naciones Unidas, así, en sus propias palabras, decidió “salir
a conocer el mundo” alejándose de la teología, para dedicar su tiempo de lleno a
explorar nuevas fronteras, dedicando su concentración a la redacción de artículos
para los medios croatas desde el exterior. Después de su estancia en Nueva York,
vive en Dallas, Texas durante dos años y medio, pasado algún tiempo, Ciudad Juárez
despierta su curiosidad e investiga, dice que sin sentido amarillista, las muertes de
mujeres en Chihuahua, para 2006 se establece en Ciudad de México, en donde vivirá
durante cuatro años hasta 2010, cuando decide regresar a Europa y establecerse en
París, en donde hoy vive con su esposa e hija de año y medio.

Advierto algunos puntos importantes, este texto originalmente llamado #30Juillet.
Une autre histoire de violance, se publicó en diciembre de 2013 en una editorial
marginal de Lyon, Francia, sin embargo, la organización editorial no conserva reserva
de derechos a su favor, por lo que, me basta y cuento con el permiso por escrito del
autor para reproducirlo íntegramente, y sí usted, bien querido lector, desea obtener
cualquier información le recomiendo se ponga en contacto con el autor, a través de
su correo electrónico: sakuulgkdvuic@writeme.com (en inglés o francés)

- Para todas y todos los habitantes de la Ciudad de México, un lugar delirante.

1.

Periférico sur, Ciudad de México. 11:54 hrs. 30 de
Julio.
El agua, con sus gordas gotas ácidas, cae sobre mis hombros; me detengo un
segundo y me doy cuenta que mi cabeza está empapada, además, el irremediable
vapor que sale de mi nariz me empaña la mirada y un ligero reflejo blanquecino
invade mis lentes, eso es francamente desagradable, esa neblina blanca me llena los
ojos, me impide ver con claridad y en mi interior siento desesperación y la inquietud
me produce náuseas; un caos se cocina en mi cerebro y no entiendo completamente
lo que cruza frente a mi cabeza.

El ambiente huele a tierra mojada, el olor llena mis fosas nasales, el humo
contaminante ha caído al piso bruscamente desplazado por un aroma que produce
la tierra, la contaminación ha invadido el agua en su camino hasta el suelo y, el smog,
ha terminado siendo substituido por ese olor a humedad, como el de un huerto en
abril, mientras los intentos por ver lo que hay frente a mí, resultan inútiles,
infructuosos y hasta ridículos me sumen en una impaciencia que seca mi boca, el
conjunto de frustración y el malestar en el estómago me llevan a darme cuenta que,
el ser que está allí, no soy yo; no puedo ser el que es dueño de mis ideas, no puede
coincidir con mi “yo”, pero en el mundo de las sensaciones, el sudor que recorre frío
mi espalda y perla mi frente, me contradice; se trata de una frente, de una espalda,
de unas manos que no me pertenecen, que me parecen ajenas y amorfas, pero
permanecen a mi alcance, a mi disposición y obediencia.

En ese instante, cobré consciencia de que, ante mis ojos negros y desorbitados, se
encuentran una infinidad de pequeñas piezas sueltas, situadas con una disposición
predeterminada configurada por un destino incierto, primero noté la “existencia” de
la enorme vía con doce carriles que se extiende kilómetros a lo lejos del horizonte,

por momentos me da la impresión de que lo hace perdiéndose en lo infinito de la
cotidianidad, coexistiendo con el resto de piezas sueltas, en un diálogo estéril, pues
éste se trata de algo así como el camino que intenta conducir al cielo prometido a
los que aún lo esperan, a los ilusos y confiados de una mano divina, se trata pues de
la vía para alcanzar un paraíso diluido, lleno de mediocres y pusilánimes que serán
devorados irremediablemente por su propio destino, así, avanzan otros elementos,
tales como los autos, simpáticos trozos metálicos, con neumáticos y humeante
motor integrado que propulsa el destino inesperado en el camino sin final, siempre
concéntrico, las piezas funcionan como una suerte de mecanismo, en constante
movimiento; sí se detuviera se derrumbaría, por ello a diario, aburrida y
constantemente, siempre los seres humanos que toman parte de este escenario,
invariablemente van con la cabeza hueca, pero al mismo tiempo llena de
desesperanza, sin saber que siempre van andando en círculos sin principio ni final.

El periférico, es un circuito que recorre toda la periferia del viejo casco urbano, lejos
del centro histórico en la “Ciudad de los Palacios”; no tiene un principio ni un final.
Me esfuerzo un instante, me sobrepongo al malestar e incomodidad y logro ver con
mayor claridad, la carretera está atestada por automóviles, como siempre y sin
descanso, los vehículos avanzan a una velocidad constante, algo singular tomando
en cuenta, la hora y la cantidad de almas en este sitio que siempre está atestado de
mentes en blanco, que se dirigen sin rumbo envueltos por pedazos de metal que
producen un sonido, similar al del gorgoreo de un panal de abejas agitadas. Respiro,
intentando comprobar con ello que existo, pienso en lo que ellos piensan; me retiro
de ese “juego” antes de poder lograrlo, debe ser imposible tener esa capacidad. Me
doy cuenta, cómo es que ellos, creen que siempre se están estorbando unos a los
otros, lo hacen constantemente, en su rodar sin rumbo gobernados por fuerzas
invisibles; se bloquean, chocan, se confrontan innecesariamente, intentan
demostrar lo indemostrable y lo único que ninguno tiene es un ápice de cordura,
todo eso, lo deben hacer con cierto propósito maligno, o acaso, los “partícipes de los
escenarios” son como hormigas confundidas ante la destrucción de su hormiguero,
en el caso de los insectos, destruir su propia civilización es algo que no se lo
perdonan, pero los humanos no razonan que el destino de uno está
involuntariamente vinculado al del otro, que el significado de civilización es trabajo
conjunto y no demostraciones baratas y esto se puede ver en el tránsito, en los
hospitales, en los gobiernos, en los árboles y seguramente también en el paraíso o
en el infierno… tal vez incluso en las relaciones humanas, sí es que estas existen. Me

apasiona tanto pensar en esto; ¿a dónde “los” lleva un destino desconocido, que
tanto influye en éste, cualquier otro?

De nuevo respiro profundo, como queriendo comprobar que estoy vivo, tengo una
molestia en el estómago, es como un nudo que cruza desde la garganta hasta la parte
del intestino grueso, pero, al menos, aún siento el latir de mi corazón, mientras una
gota de sudor se combina con las de lluvia que corren por mi espalda. Antes, mucho
tiempo atrás, no era “tan consciente” de esto, no hasta que me di cuenta que un día
me iba a morir, al final todos nos morimos; en mi caso, la idea me llegó, así, de
repente, fue un pensamiento que llegó sin aviso e invadió mi mente, la invadió; así
como los pájaros que se posan sobre las fuentes y los charcos, y hacen chapuzones
en el agua, se bañan y beben de ella, sin el permiso previo de nadie, así la muerte
me llegó. Cuando esto sucedió pensé que ese día – el de mi muerte – no estaría tan
lejano, aunque poco importe, pues de eso solo tengo noticia yo, y me lo guardo en
el la memoria, una de la que nadie más tiene recuerdos. Todos los muertos que he
conocido, lo han presentido tiempo antes al desenlace fatal, unos lo escribieron en
sus diarios, o eso dicen los que son su familiares, otros lo dibujaron en sus cuadernos,
y los que compran sus obras, terminan difundiendo el verdadero significado de un
cuadro, que nunca antes había hablado de la muerte hasta entonces. Pero yo ni
escribo, ni dibujo, ni nada de lo que hacen otras personas… Yo me dedico a algo
diferente, algo simple, pero de lo que muy poca memoria debe quedar; mato
personas.

Me lo repito mentalmente, como para no olvidarlo o quizás para buscar un poco de
perdón en mi interior, mientras lo hago, miró fijamente el fondo de la escena, de la
parafernalia que está frente a mí, de la que existe y tienen noticia otros, y en la que
solo soy una pequeña partícula de polvo, un pequeño sobresalto en el
electrocardiograma de un enfermo de taquicardia, una realidad que será un instante
inexistente para mis recuerdos.

Pienso en el paisaje asimétrico y húmedo, mientras me percato cuán inútilmente se
encuentra lleno de formaciones rocosas, ridículas montañas con árboles, igualmente
ridículos, verdes y tupidos, que en conjunto componen una sierra que intenta, en
vano, fundirse con el resto del paisaje, de cielos grises y de enorme nubarrones
curiosamente suspendidos en una delicada composición que llora lluvia, en ella, el

ruido de las gotas que caen, me desconcentran, me hacen volver y aunque vuelvo a
fijar la vista en un punto perdido, el pensamiento se me revuelve, pero poco y
regreso los ojos hasta la escasa vegetación del camellón que se compone entre pinos
y eucaliptos.

En el aire, la contaminación, silenciosa, como todo asesino nocivo, se va viajando
hacia el cielo con las nubes; que fijas en su propio rumbo entre la bruma de la
incertidumbre, se asoman al final de ese largo camino entre la ciudad y sus sierras,
lo hacen como esperando algo que no sucede, como si estuvieran a mucha distancia
de ésta, caótica y cruel ciudad, llena de silencios inexplicables que se escuchan entre
los gritos de las engarrotadas almas presas.

Me oculto, agazapado, algo incómodo, allí tras la pequeña barda del puente
peatonal, estos que usan más los perros que los humanos, en la ciudad que se cae a
pedazos, quedo acurrucado en el espacio reducido que me comprime, en donde se
juntan el aire, el agua y el cielo, en un reducto del que nadie más se acuerda y del
que me he hecho el único dueño, en silencio, repasando lo que he aprendido,
mecánicamente hago una oración y traigo a mí los recuerdos que he decidido
contarme, para no olvidar quién soy, y aunque casi todos ellos están compuestos por
mentiras y frivolidades, ayudan a seguir, así se construye la vida y la coexistencia con
el trabajo. Me mantengo con las rodillas adoloridas y empapadas en el suelo, las
manos, unas que por momentos me parecen tan ajenas, pero que me ofrecen una
engañosa obediencia, mientras sobreviven enclaustradas en los guantes de color
negro. He permanecido, atento y furtivo, sé que lo he hecho durante algo más de
cuarenta y cinco minutos, en los cuales me he privado de fumar algún cigarrillo, de
mirar el cielo con la esperanza de que la lluvia escampe y desconectarme; de mí, de
la muerte, de todo y de todos, incluso me he negado la oportunidad de pensar que
yo no soy, que el que está aquí es otro un desconocido, alguien que puede volar,
pero sobre todo, me he privado de escapar corriendo, negándole así al destino, que
cumpla con su brutal cometido y que yo le dé muerte a un inocente. Suspiro,
mientras me doy cuenta que todo esto, lo hago con desasosiego, con cierto
remordimiento que me hace sentir culpa, pero me mantengo aparentemente
sereno, porque el compromiso me impide distracciones, me frustra y mientras el
curso de los hechos lo hace, mi mente repasa los motivos, los pocos o muchos que
haya tenido de llegar hasta aquí. Caigo en conclusión que en aquel espacio; del que
soy un invasor, como desde el principio de mi historia lo he sido de todos los espacios

posibles, espero sigilosamente, aguardo que se acerque un vehículo negro, uno
grande, de esos que son lujosos y brillan incluso bajo los días de lluvia como éste, me
tomo un momento para mirar el reloj, por momentos se siente cierta tensión y se
teme que el segundero se detenga, se imaginan cosas imposibles, como; sí eso
llegara a suceder sería catastrófico, porque sí el tiempo se detiene me hundiría en
tal estrés eterno, que simplemente, terminaría por matarme de alguna afección
cardíaca, o tal vez, me tiraría del puente en que estoy, me invade un gran temor al
pensar que no podría accionar el gatillo, pero eso no ha sucedido nunca y no tiene
porqué pasar ahora.

Del vehículo negro, del que está de más decir que conozco sus placas, el nombre de
sus ocupantes, su procedencia y destino… No me equivoco, no conozco mucho de
ese pedazo metálico con neumáticos de caucho, ni de lo que contiene su interior,
apenas unas cuantas fotografías, imágenes inanimadas del hombre que lo conduce,
sé su nombre Sergio Ramos, pero es no es nada, tal vez, tenga hijos, probablemente
una esposa y tenga madre, nada de eso sé. Con él, viene un hombre mayor, no sé sí
es bueno o no, si ha matado o violado, no sé si disfruta de torturar a alguien o es uno
más, como cualquier otro que pudiera ver por la calle, no sé quién ha pedido que le
robemos su tiempo, pero los juicios están de más. Yo seré el que elija sus destinos;
de sus ocupantes y del pedazo de chatarra metálica, a partir de ahora nada impedirá
que yo haga mi trabajo, sé que se aproximará por conducto de esta gran avenida, la
más importante del país y esto, será simplemente digno de ser recordado, pero no
lo hago por eso, no desde hace largo tiempo.

Cuando era un adolescente quizás habría sido el motor del impulso de “cualquier”
matón a sueldo, que tu hazaña se convierta en portada de un periódico amarillista,
con un encabezado que haga sentir temor a cualquiera que lo lea, que haga que la
piel de todo el que lo lea se estremezca y que en el fondo, cualquiera que tenga
noticia del suceso de un secuestro o una muerte que tú hayas cometido, sepa muy
en el fondo de su ser, que nadie puede meterse contigo; eso es ganarse el respeto
de los demás, uno que nunca tuviste, que te demostraron, vale tanto como tu vida y
que sin él, puedes morir en cualquier puerta, de cualquier casa, de cualquier calle de
una colonia sin nombre y perecer sin recibir la ayuda de nadie más, porque aquí, la
ley es: “uno se rasca con sus propias uñas”, no hay más, es matar o morir, es hacerse
de fama para ser temido, porque respetado es nunca, aquí es temor o muerte,

además, yo lo hago porque es parte de mi destino, un destino que he de cumplir
para poder trascender.

Las personas comunes, las que no se dedican a este negocio, no logran entender,
cómo es que un secuestro puede funcionar, porqué lo hacemos, cómo elegimos a la
pieza principal. Las respuestas de por medio no son sencillas de responder, pero
todas tienen una finalidad específica en el curso de la vida de las personas, por el
momento me limitaré a decir, que lo más importante es siempre tener a un infiltrado
en las costumbres del individuo que será raptado, ése, es el “informante” y
dependiendo de cuán profesional sea, éste hace un “informe” detallado o
insuficiente, en el que se enumeran las acciones cotidianas del sujeto que se quiere
retener y de los que son cercanos a él o ella, es del informante del que dependemos
todos los que nos dedicamos a este negocio, nada se podría sin él o sin ella y sin la
información que es el bien con mayor valor en nuestra era.

Así es como sabemos lo que sabemos, y puesto que el “informante” ha descrito con
tal precisión las actividades, nos han asegurado que hoy, el viejo al que
secuestraremos, viene de un desayuno importante, al que se ha confirmado su
asistencia e incluso se nos ha informado que ya ha salido del lugar, no tenemos cómo
dudarlo, no hay cómo fallar. A veces, es necesario enfrentarse a problemas de
consistencia, hay que aprender a vivir con las frustraciones que trae consigo el azar,
que a veces, no quiere que el encuentro se dé a tiempo, aunque eventualmente la
víctima se escapa solo temporalmente, por eso y con la finalidad de evitar al máximo
los errores; porque los errores siempre son muy costosos, “alguien” llama y confirma
los hechos, nunca conoces el nombre, solo la voz de esa persona que hace que
parezcan llamadas fortuitas, a las que nunca se les da importancia, en ellas se dice,
el “bulto” va para allá; en ocasiones es la amante, otras un “amigo”, un socio, un
empleado de confianza y siempre la información es simple: “ya salió”, “ya van”,
“como el plan decía. Cuando no te llaman, tú te ves forzado a hacerlo, sólo hay
tiempo de hacer una pregunta, siempre es simple, por cierto algo obvia, ¿ya van a
tal reunión?, ¿el señor, ya salió del desayuno tal?, ¿mi amor vas a acompañarme a
cual lado? el objetivo es no llamar la atención.

Alguien nos ha llamado con información de nuestra presa, nos han dicho que el
anciano viene como se espera, nuestro contacto ha respondido tal y como nosotros

deseábamos, secuestrar, por lo tanto, se puede decir que no es una acción que se
pueda desarrollar sola o solo, depende de un montón de elementos, para que el
“invitado” asista a una reunión, a la que no se le ha forzado a asistir, de alguna
manera, es así como sabemos que nuestra presa va a usar el Anillo Periférico, sin
opción a que se desvié, ni escape, ni nos equivoquemos, así es ésto, es solo cuestión
de tiempo.

La pregunta de mañana en las portadas de los periódicos, no será; ¿Cómo lo han
emboscado?, sino ¿Quién…?, qué ser enfermo tendrá tanta malignidad como para
cometer un crimen a plena luz del día, con miles de testigos; quién quiere que sea
tan evidente y notoria la desaparición de “Fulanito de tal”, en realidad a nadie le
importa el nombre, y siendo francos tampoco les interesa el móvil, les interesa quién
lo hizo, quién lo ha ordenado; entonces, las “buenas consciencias se preguntan, ¿en
manos de quién estamos?, ¿a merced de qué clase de malandrines están nuestros
hijos?, algunos dirán sentados frente a la mesa de su “desayunador”, otros se
limitarán en la oscuridad de su privacidad, a darle vueltas a la pregunta ¿qué
enfermo anda suelto?, otros, los que su conciencia maltrate más, pensarán, ¿será
posible que a mí o a los míos nos suceda algo parecido? Las personas no deberían
temer, no sí se han mantenido en el camino de la rectitud, y es que no es que a las
personas buenas nunca les pasen cosas malas, pero son los menos. Por otro lado, los
periodistas, especialmente los que conducen las noticias nocturnas, calificarán al
hecho de atroz, de artero, hasta dirán que somos cobardes los que hacemos esto,
así son los periodistas, se sienten calificados para darle calificativo a lo que no
entienden. Lo que pocos admiten, porque lo saben, es que muchos de los que les
pagan para que usen esos adjetivos, son los que me contratan a mí para que haga
esto, para personas como yo; los calificativos salen sobrando, además, a últimas
fechas, los comunicadores de esta ciudad se preguntan cosas francamente
estúpidas, con la infame esperanza de que todos los que los ven, les entiendan. Por
eso mis preferidos son los periodistas que escriben, ésos, algunas veces, logran
entender el significado de las cosas, aunque no en su totalidad. Cuando las dicen,
terminan mal y cuando las callan también, pero al menos, se nota que las entienden.

Mientras espero, agazapado, disminuido y mojado como un perro, tengo
pensamientos revueltos en la cabeza, pasan de un lado al otro, como bolas de fuego
intensamente descontroladas, y lo peor, difícilmente regresan a su lugar, son como
un rompecabezas de muchas piezas, en donde reina el desorden y el caos, con

huecos a causa de las piezas faltantes, muchas de ellas… creo que son los recuerdos,
las heridas y las ausencias de las personas; son espacios en blanco de los que no me
he podido librar nunca, pero que apenas cobran sentido, como mucho de mi vida,
en los últimos días; en los que me tomó decidir regresar “al negocio”, toda esa
maraña de ideas, hacen que la cabeza me quiera explotar, y los recuerdos fuera de
orden y de lógica, me invaden la visión y me nublan el juicio; caigo de nuevo en
cuenta, que me encuentro sin afán en este lugar, para cumplir con la ejecución de
un trabajo, de uno más como cualquier otro, una tarea por la que cobro una cuota,
un salario.

Quizás, usted, no lo entiende, permítame explicarle un poco; al principio, quitarle la
vida a alguien más, lo tomas con bastante seriedad, no es fácil, se tiene que ir
tomando cierta práctica, con los años, con la repetición mecánica, se va ganando, se
combina con el cinismo, se va olvidando poco a poco de la culpa, llegas a un punto
en el que lo difícil, es acordarse a cuántos cristianos “te has echado”, para llegar a
ese punto, lo necesitas ver con una visión diferente, hay personas que comen de la
basura, hay otros que mienten para vivir, a esos se les llama desde actores hasta
políticos, hay quienes viven de su cuerpo, y la mayoría hacen lo que hacen por
necesidad, porque el sistema los orilló a ser algo que nunca quisieron ser. Cuando
logré poner en ese plano mi actividad, me di cuenta que, eso es lo que me convierte
en un trabajador más, uno con un salario como cualquier otro, como un obrero que
vende su tiempo a un patrón, un dueño de la vida y del tiempo al cual jamás conocerá
pero con el que intercambia un servicio a cambio de una cantidad de dinero, del
patrón no debe esperar atención alguna, es más, ni le agradecerá por sus finos
servicios, ni le ofrecerá garantías sociales, ni prestaciones de ley, no habrá
vacaciones, ni ahorro para el retiro; no habrá ninguna delicadeza de esas, pero que
puede vivir aceptando las condiciones, porque al final no le queda de otra.

Puede verlo así, sí usted gusta de ser sensible, quizás debería detenerme un segundo
a explicarlo con más claridad, las delicadezas y miramientos de los que le hablé, le
importan poco o nada al obrero, que convertido en un instrumento se lo contrata
por simple oferta de “oferta y demanda”, nosotros somos, cierta clase de artistas, lo
nuestro es diferente, somos especiales, somos elegidos bajo pedido, como un
intérprete importante de algún instrumento musical, allí dentro de la escena es
único, porque hace de su lienzo una obra maestra, pero eso es importante; no es el
caso discutir nimiedades, ya más que acostumbrado a vivir sin esperanzas, ni

reconocimientos, tanto el obrero como el asesino, sin embargo, a uno se lo desprecia
y al otro se le teme y hasta se le admira, y así estamos suspendidos durante mucho
tiempo. A mí ya no me importan los reconocimientos, ni siquiera importa la natural
pretensión del glamour del saludo de un amable del jefe, aunque quién sabe, tal vez
aquel que me ha contratado es la única razón que me tiene con el arma entre las
manos, además, se necesita sobrevivir y aquellos que no sepan a lo que me refiero
habría que preguntárselo a los miles de adolescentes que viven de ser mulas o de los
que matan a sueldo por comer como yo un día empecé.

Matar y morirse se parece bastante, a veces pienso, que cuando matas a alguien,
una parte de ti muere, se va en un rumbo desconocido, quizás acompañando a ese
alguien, del que nunca supiste siquiera su nombre completo, ni si la mañana que lo
baleaste se había despedido de su esposa, si le dio la bendición a hijos, sí hizo las
paces con su madre desde aquel día en que salió de casa, molesto por la ruina en la
que vivía, tampoco llegas a saber si alguien llorará su muerte, tampoco te enteras de
cuánto dañó a otro u otra, sí es que esto es cuantificable por alguna vía, esa parte
que se muere de ti, te deja un hueco, piensas equivocadamente que podrás llenarlo
con amor, pero te equivocas, lo único que lo va llenando es odio, un odio
acompañado por dolor que no te deja, no te abandona y duele permanentemente.
Pero otra parte de ti, sobrevive, come, respira, no vuelve a sonreír, pero igual puede
seguir caminando por las calles sin pavimento de cualquiera de las colonias pobres,
en donde vivir se parece mucho a estar muerto en vida, es andar por el infierno. Con
el tiempo te engañas, dices que eres importante, te “respetan” y te admiran. A veces,
te enteras “de cosas”, el que mataste en esa calle oscura, era un asesino, como tú,
tal vez violó a una niña, a lo mejor mutiló a un hombre… entonces te convences de
que le devuelves, un poco, la vida, al que sufrió daño a manos del malnacido que
terminó en un ataúd de metal, gris y frío, te piensas que todo esto es un intercambio,
uno en el que tomas la vida de un extraño, para salvar un poco al afectado, hasta te
sientes bien, crees que le regresaste un poco de dignidad al que liberaste del
maltrato, pero en el fondo, sabes que un día te va a tocar a ti y que no te salvarás,
como tampoco lo hará, el que se desquita de la ofensa, de la deshonra o del hastío
de vivir con un ser infame, y así, un tanto muerto, sigues tu destino, porque ya qué
más puede pasar. Hoy, estoy aquí siguiendo mi destino.

Las gotas siguen cayendo del cielo, implacables, miro mis guantes negros de tela y
piel, observo el reloj, para asegurarme de que la aguja del segundero avance y luego
el cronómetro, faltan segundos para que se cumpla el plazo, pero mientras, quisiera
contar parte de una historia, la repaso mentalmente; contar historias, eso ya lo he
hecho antes, quizás desde niño y en verdad me habría encantado que alguien las
escuchara, hasta podría haberme dedicado a esto de decirle a los demás cosas sobre
el mundo, pero no fue el camino que fue elegido para mí; advierto, no debe creerse
que es una buena historia, es una muy real, casi palpable, ésta es la tragedia de todos
los que nacimos en una época y en una generación de cuyo olvido se llenaron las
páginas de la historia, es tan común que la podría encontrar, repetida a la calca, en
cualquier esquina con los niños que le piden “para un taco”, en cualquier transporte
público, con el adolescente sin camiseta que subió a ofrecerle unos chicles, o con el
chico que viaja al lado suyo todas las mañana rumbo al trabajo, con la mirada perdida
y el cabello sucio, se replica tantas veces, que hasta puede estar en su casa y ser la
vida de la adolescente que le ayuda en las tareas domésticas o quién sabe si con su
hijo o hija, allí mismo siempre junto a usted. Creo que ya nadie se dedica a contar
“sus” historias, porque nunca hay tiempo de relatar nada, ni de tomarse un segundo,
para saber en quiénes nos hemos convertido.

El arma que tengo entre los brazos, es un instrumento de trabajo con el cuál consigo
hacer mi arte, así lo ha sido desde que tuve la primer pistola entre las manos, eso
fue hace mucho, tanto tiempo que no logro recordar el día que la sostuve una para
matar a otro ser humano, lo he pensado mucho y no he encontrado la respuesta;
buscándola paso muchas noches sin dormir, pienso cuándo fue que asesiné sin
miedo de hacerlo, pero la parte que ha muerto de mi tomó esos recuerdos y se los
llevó. Tal vez fue a alguien que no importaba quién fuera; quizás un desconocido que
por desacato no me obedeció en un vulgar asalto, pero no logro recordarlo y me
consume la culpa y el miedo, sí el alma existe, ¿dónde irá a parar la mía?. Porque,
creo, debió haber una primera vez, para todo lo hay, para lo bueno como para lo
malo; en mi mente apenas recuerdo algunas escenas vagas entre tinieblas del cómo
pasó mi vida, no hay nada seguro de cómo llegué hasta aquí, hasta este punto, y
especialmente, cómo fue que tuve que dedicarme a lo que hice cotidianamente, es
decir, a intimidar y dominar a los demás, todos dicen que pienso mucho, que es cosa
del destino, dicen que en las líneas de la mano siempre está marcado el de cada uno
de nosotros, el de todos y así debemos conformarnos.

En aquellos días, cuando empecé en esto, no había opciones y menos dónde yo nací.
Me llamo Alejandro Mejía, pero casi nadie se acuerda del nombre con el que me
bautizaron mis padres, al menos mi madre, todo mundo prefiere llamarme “el Pasa”,
así ha sido desde hace décadas, lo hacen por mi color de piel, moreno cetrino, tanto
como el color de mi arma un Stealth Recon Scout, un rifle que vino procedente del
país del norte, aunque allá les guste negarlo ciegamente, es un rifle corto, por lo
tanto fácil de ocultar, por eso lo uso en este tipo de misiones urbanas, todos nos
escapamos a la sierra en algún punto; ya no me dedico profesionalmente a esto, se
puede decir que estoy por cumplir un favor, aunque durante mucho tiempo, maté
para comer, a diario, en ese entonces preferí otro tipo de armas, creo que la historia
de mi evolución como matón a sueldo es larga y desventurada, como casi todas.

El viento no es del todo favorable, lo sé porque veo las palmeras del campus
universitario del Tecnológico que está al costado de este puente, me lo hacen saber
con el mecer de las hojas que se baten sin sentido; para alcanzar un objetivo como
el que quiero aniquilar, es imprescindible saber tres cosas, la primera, que el viento
debe estar a tu favor y calcular la velocidad de desplazamiento del vehículo, la
velocidad de la bala que vuela al encuentro del “muerto”, la segunda y muy
importante, tener una vía de escape para evitar caer en una de esas prisiones
sobrepobladas de las que muy pocas veces se sale vivo, aunque, irónicamente la
pena de muerte no exista en México, y la tercera y más importante aún, confiar
ciegamente en tu arma y tu socio, sin ellos estás en el infierno y no necesariamente
muerto.

Antes no era tan común, que las personas contrataran para matar a larga distancia,
el oficio se ha perfeccionado, antes bastaba con tener una motoneta y un arma,
descargar las balas contra un blanco, al que nunca sabías sí dejabas muerto o no, al
blanco lo podías atrapar saliendo de su casa, en una comida de negocios, en un antro
por la noche, algunas veces, los patrones optaban por mandarle alguna amante
barata, que estuviera dispuesta a llevarse un “sustito” por unos cuantos billetes
demás y lo pusiera en el sitio correcto a la hora correcta. Ahora ya no funcionan las

cosas así, es necesario usar más “la cabeza” para saber cómo se van a comportar,
especialmente los ricos, esos siempre son blancos, pero nunca son fáciles.

El intercomunicador suena, es mi socio “el Tinaco”, nadie podría preguntarme cómo
se llama, es un buen “socio”, habla poco, resuelve lo elemental, siempre está a las
vivas y lo más importante, hace pocas preguntas, mientras pienso en esto, “el
Tinaco” gruñe por el radio algunas previsiones técnicas, él esperará debajo del
puente peatonal en el que estoy apostado, el blanco viene a bordo de un Lincoln
negro, hemos quedado de acuerdo que les llamaremos en nombre clave a los dos
ocupantes, uno será “muerto”, en referencia al chófer del que es el blanco y al que
llamaremos “paquete” es un valioso viejo de sesenta y tantos años, que una
conocida del pasado, tiene interés en que se le retenga por algún tiempo y obedezca
sus órdenes.

En nuestro itinerario, sabemos que falta muy poco para que complete el recorrido
por los carriles centrales, desde el lugar que viene, a no muchos kilómetros de aquí,
sin escapatoria, todo esto hace que la vía se el camino a su destino, uno sin opciones.
Reviso el reloj y a pesar de la lluvia ligera, puedo ver que el segundero sigue
avanzando, respiro profundo, repaso el plan mentalmente, mientras los vehículos
avanzan en promedio a ochenta kilómetros por hora en los carriles centrales. “El
Tinaco”, está a bordo de la vieja camioneta, pintada con serigrafía de la Comisión de
Aguas Metropolitana1, simula ser un vehículo oficial, que hace una inspección de
una caja de válvulas en la lateral de la importante avenida, no sería raro que fuera
verdadero, es más, hasta parece real, especialmente, con una lluvia de tan larga
duración que se ha registrado los encharcamientos crecen, las personas sienten
cierto temor, hay una atmósfera enrarecida, parece que desde antier no va a acabar
la lluvia; fría, fina y malévola.

Coloco el arma sobre el trípode de apoyo, a éste lo recargo sobre la barda que
delimita mi escondite, un lugar especialmente poco transitado por peatones, pero
que con el escampar del cielo, ha hecho que nadie interrumpa mi operación, aun así
hemos colocado, las cintas amarillas que indican que algún peligro representa subir
por la endeble estructura de las escaleras, nunca reparada de los constantes
impactos vehiculares, a final de cuentas en esta ciudad no es raro que hasta los
puentes se caigan. Las manos me siguen sudando, atrapadas en los guantes de color
negro, me decido a colocar el silenciador del arma, así no habrá sonido que anteceda
a la muerte de mi objetivo. Miro a través de la mira telescópica y puedo ver el Lincoln
negro, se aproxima a velocidad estable, reviso por última vez la dirección del viento,
que ahora se muestra calmo, lo confirmo pues las gotas de la lluvia fina caen parejas
desde el cielo hasta el suelo. Respiro y evito que el pulso se acelere, pienso que es
una de tantas veces que lo he hecho.

La mira telescópica de mi arma, me informa que se encuentra a 1,200 metros de
distancia, tendré apenas segundos para ajustar todas las ecuaciones necesarias, para
disparar y acertar en el pecho del conductor. Son apenas instantes en los que la
aproximación del automóvil se vuelve crucial para despejar cualquier duda, todo
para encontrar el momento correcto de efectuar el disparo, un segundo súbito, en
donde todo pasa rápido, ya he colocado ligeramente adelante del avance del auto la
mira, en un punto indeterminado y que sólo la experiencia me ha hecho saber cuál
es, jalo el gatillo, lo hago suavemente y entonces ha sucedido, la bala viaja
infernalmente hasta el pecho del conductor en el auto en movimiento.

Medio segundo después, quito el ojo de la mira telescópica y puedo ver el desastre
que esperaba. El vehículo negro, se ha estrellado contra el separador central de los
carriles de alta velocidad, no lo ha hecho con mucha fuerza, en realidad sólo la
suficiente para detenerse paulatinamente, pues el conductor ha quedado muerto, o
al menos mal herido, el cuerpo sin vida se quedó con las manos sobre el volante, dos
vehículos que venían sobre el mismo carril, detrás del Lincoln se le han estrellado y
al último de la fila de los tres accidentados, también se le ha impactado otro más,
además, el deportivo de color rojo que ha completado el accidente, ha bloqueado

los dos carriles adicionales del grupo de tres que conforman el espacio central de la
vía rápida.

Mi socio, ha llevado la vieja camioneta hasta lo más cercano al auto accidentado, ha
cruzado el pequeño camellón con árboles que separa del grupo de los otros tres
carriles centrales, los vehículos disminuyen su velocidad, algunos contrariados y
sorprendidos, pues lo más que han podido ver, es apenas un destello producto de
mi arma y acto seguido el vehículo se ha estrellado sin remedio, causando una
carambola que ha bloqueado parcialmente la vía rápida, aún algunos instantes
después, la incertidumbre genera un rechinido de llantas generalizado y cláxones
que suenan buscando librarse de tal calamidad. Mientras yo bajo las escaleras a toda
prisa, “el Tinaco”, ha descendido de la camioneta con su semi-automática, a cada
paso que da dispara una bala contra el parabrisas blindado del auto, esto es para
cubrir la huella de mi bala y que los peritos tarden más en definir su trayectoria, al
llegar hasta el Lincoln negro, ha forzado la portezuela trasera del vehículo, la lluvia
lo hace verse borroso incluso a poca distancia, por la fuerza toma a un hombre de
edad considerable que viajaba en la parte trasera del automóvil al que ambos hemos
disparado, distingo el contorno del corpulento hombre que sustrae a la víctima,
quién, con la mano izquierda somete al anciano de cabeza blanca, que viste camisa
beige y pantalones café tabaco, mientras con la derecha emite un disparo en la
cabecera del asiento del conductor.

Yo enciendo el motor de la camioneta con serigrafía oficial, tras ocupar el asiento del
conductor de la vieja van de modelo ochentero, en instantes, escucho la puerta
corrediza y los gruñidos de mi socio que me indican que debemos escapar lo antes
posible, mientras la vía rápida está bloqueada por los autos accidentados y los
carriles de baja atestados de incrédulos curiosos, que evitan que los cuerpos de
emergencia puedan detenernos, acelero a fondo y la camioneta relincha.

Escapamos de la escena de caos y destrucción, dejando atrás la sorpresa y el fuego,
que provocaban los autos colisionados, entre cláxones que inundaban la atmósfera
y cierto miedo generalizado. A los lejos un ulular de las serenas se escuchan
apresuradas, son ambulancias, patrullas y carros de bomberos.

“El Tinaco”, el paquete y yo escapamos a bordo del vehículo destartalado, nadie
tiene claridad en los hechos; un secuestro a plena luz del día, frente a cientos de
testigos, pero que ninguno podría declarar absolutamente nada contundente.

Veinte cuadras adelante, otro vehículo de características similares nos espera para
ocuparlo, la van con serigrafía oficial será incendiada para evitar que los servicios del
estado puedan rastrear nuestras huellas, al menos no tan pronto como ellos
quisieran, también nos cuidamos de esa manera de que el ADN de nuestro cabello
resuelva nuestra identidad. Son otros hombres los encargados de la labor de quemar
la furgoneta, mientras nosotros seguimos adelante en dirección al sitio pactado para
entregar al “paquete”.

La parte más compleja, había ya tenido lugar, mientras tanto pienso, cómo serán las
próximas horas, ya que “el Tinaco” y yo, transportaremos al “paquete” hasta la Sierra
de Santa Catarina, en dónde lo depositaremos sin mayor contratiempo en el “lugar”,
el sitio es de difícil acceso incluso para las autoridades más altas, quienes
organizaron esto buscan ganar tiempo, se nota a leguas que el hombre mayor es un
pez gordo. Al subir al segundo vehículo, “el Tinaco”, durmió a golpes a nuestra
víctima con ayuda de los puños y la práctica, ahora mi socio se pondrá al volante,
mientras escapamos.

2.

Senado de la República, Ciudad de México, 12:29 hrs.
30 de Julio.
De las puertas del elevador del séptimo piso del Senado de la República, emergieron
dos siluetas de hombres vestidos de azul obscuro, el clásico uniforme de los oficiales
de la Policía Federal.

Desde el fondo del pasillo, Rosario Shafter, la secretaria del Senador Fernando Pérez
Irigoyen, los miró extrañada, notó cómo se acercaban a su escritorio, siempre en
silencio y con esa cara clásica que los policías suelen poner, especialmente, cuando
van a tener un diálogo que jamás terminará bien. Rosario se aferró al bolígrafo, con
tanta fuerza que sus dedos enrojecieron, y esquivó, sólo por momentos, la mirada
de los comandantes, mientras el sonido de sus pisadas se aproximó hasta ella.
Cuando ambos hombres hubieron estado frente a ella, los miró y preguntó
serenamente, en qué podía ayudarlos, siempre en aparente calma.

Los hombres se identificaron, confirmando lo que sus ropas decían, se trataban de
dos comandantes de la división antisecuestro de la Policía Federal, estaban en busca
del jefe de Rosario, el Senador Pérez Irigoyen. Explicaron a la secretaria, que tenían
información muy importante y una noticia urgente qué comunicar personalmente al
Senador. La secretaria, dudó por un instante, levantó el teléfono blanco frente a ella
y marcó varias teclas, mientras miraba a un punto en el espacio, su voz mecánica,
dijo algunas palabras, luego esperó durante instantes.

Llamaba al asistente personal del Senador, un hombre de estatura baja de nombre
Joaquín, él era el único que podría localizar a Fernando Pérez Irigoyen.

Fer, como siempre lo habían llamado en su casa, en la escuela, incluso ahora en el
mundo político, había llegado de forma rápida y estelar al Senado, su carrera había
crecido como la espuma, algunos opinaban que de la mano de la suerte y la buena
estrella, otros tenían otro tipo de teorías respecto a su meteórico crecimiento,
porque siempre la gente habla y piensa más de lo que debería, fuera por su suerte o
por favores con el narco, a sus amistades de la escuela, Pérez Irigoyen era un
carismático, joven y exitoso, político. Siempre había sido un tipo afable, bromista y
muy sociable, para muchos ese había sido el secreto de su éxito, además había
logrado construir muchas relaciones con la finalidad de hacer negocios, todo esto lo
había llevado al puesto que su capacidad como político le había otorgado, así como
sus relaciones, que desde niño habían sido buenas, con el tiempo sólo tuvo que
decidir en qué invertir su tiempo.

Desde el inicio de su gestión como Senador, había podido sacar del olvido varias
reformas de diversas características, ahora tenía encima al sector de las
telecomunicaciones, pues gracias a su habilidad política, había podido impulsar la
aprobación de una serie de medidas en contra de los concesionarios monopólicos de
telecomunicaciones, por ello era considerado uno de los políticos de moda, salía en
alguna portada de revista de negocios y política por mes, no había semana en la que
no le hicieran una entrevista para algún diario de circulación nacional, incluso hacía
entrevistas televisivas, que en secreto, eran sus preferidas.

A nivel personal, Fernando era soltero, al menos lo había vuelto a ser recientemente,
cuando su esposa, le había pedido el divorcio, justo días después de que tomara
posesión como Senador de la República, eso lo había vuelto el soltero codiciado y
uno de los fuertes aspirantes para contender en las “presidenciales” de su partido,
por cierto, la oposición más férrea y con fuerte posibilidad de ganar la presidencia
en la próxima vuelta. Muchos lo consideraban el prototipo de político joven, en
ocasiones él mismo se incluía en ese segmento. Además de ser el soltero codiciado,

presidenciable y afable, cuando debía serlo, hacía labor filantrópica y humanística,
eso enriquecía aún más su amplio portafolio de relaciones, que cultivaba, y
sistemáticamente las procuraba para que todas ellas le fueran de utilidad en “el
momento” correcto, el objetivo era llevarlas a una estrechez más íntima, algo a nivel
personal, lo que lo posicionaba con diferentes segmentos de poder que lo
favorecían.

Desde que había cursado la carrera de leyes en la Facultad de Derecho de Ciudad
Universitaria de la Universidad Nacional, los reflectores habían caído sobre él y un
grupo de estudiantes excepcionales, no sólo por su desempeño académico, sino
porque habían llegado con renovados bríos de familias que habían incursionado en
la política y ahora estaban bien dispuestos a recuperar el poder, a Fer le “habían
echado el ojo”, pero nunca como el gran líder, sino como el segundo, aun así era
común verlo rodeado de mujeres guapas, de empresarios, de embajadores y
sobretodo de aduladores. Desde entonces iniciaron sus intentos por colocarse al
frente “del grupo”, pero nunca fue así, hubo otros dos o tres personajes, que fuera
por abolengo o porque realmente eran brillantes, se mantuvieron al frente, pero él
mismo se consolaba diciendo que no necesitaba ser el primero; para él era cosa de
mantenerse, sin embargo, durante los últimos tres años todos sus sueños se habían
hecho realidad, cristalizándose con su llegada al Senado.

Joaquín, contestó el teléfono, la respuesta del asistente no varió en absoluto a la
normalidad de negar la posibilidad de hablar con el Senador; Rosario, usted sabe de
sobra – le dijo con voz desairada – el Senador está muy ocupado en una reunión
privada, además, ya sabe cómo se me pone cuándo lo llego a interrumpir. Márqueme
en quince minutos y yo le digo qué posibilidad veo de que la atienda. La secretaria
insistió argumentando la presencia de los oficiales de la Policía Federal. El hombre
de baja estatura, dubitativo, evaluó la situación y le respondió que los pusiera en la
línea. Voy a entrar, aunque se encabrone conmigo, al fin que es conmigo y no con
usted Rosario. Lo último no estaba seguro de haberlo pensado o haberlo dicho, sin
embargo, fue hasta la mesa en la que se encontraba el Senador, en la parte del fondo
de Loma Linda, dónde la terraza hace un recoveco y no permitía que nadie lo viera.
Joaquín interrumpió al Senador, quien solamente le hizo un gesto con la mano para

que le diera el teléfono, sentados a la mesa con él, estaban algunos empresarios y
otros políticos, quienes le pedían consejo y ayuda al Senador Pérez Irigoyen. Pasaron
algunos instantes en los que Fernando Pérez, tomó el teléfono y contestó, mientras
escuchaba la voz del otro lado, su expresión cambió radicalmente, un silencio
profundo invadió el espacio.

Su padre ha sido secuestrado, informó el comandante Estrada, se dirigía hacía un
desayuno en la zona del Pedregal, procedente de un evento de caridad en
Xochimilco, sin embargo, no llegó al sitio en donde los esperaban…

El Senador, no escuchó más, él sabía perfectamente el itinerario y la agenda de su
padre, la noche anterior la habían discutido juntos, como frecuentemente lo hacían,
él mismo le había pedido que lo representara en un desayuno de una asociación
local. Sabía además, con quiénes desayunaría, porqué lo haría y cómo lo haría, en
conclusión sabía todo. Pérez Irigoyen, le recordó, al comandante Estrada, que su
padre tenía un chofer, que más que el conductor de su vehículo, era su
guardaespaldas, además le informó que el automóvil de su padre tenía un sistema
de localización satelital, que les permitiría encontrarlo fácilmente.

El comandante Estrada, le hizo saber al Senador, que no sería posible usarlo, le
explicó, que el auto había quedado destrozado en el periférico; en los carriles
centrales – especificó el policía – mientras que el chófer, de nombre Sergio, estaba
muerto en el interior del vehículo. Le dijo también, que el hecho había ocurrido
apenas minutos antes de aquel difícil momento en el que le hablaba, que lo esperaría
en la Torre del Senado de la República, para escoltarlo hasta el lugar de los hechos,
allí tendría oportunidad de explicarle qué se estaba haciendo por el bien de la
investigación. Al finalizar la conversación telefónica, el burocrático investigador,
calificó de “hecho lamentable” el atentado que había sufrido el padre del Senador,
en tono gris y un tanto lúgubre se despidieron.

Fer, se excusó con los comensales de su mesa, el último de ellos le expresó su
desaprobación total en contra del suceso, el Senador, avanzó por las escaleras y se
apresuró a la puerta de cristal del establecimiento, allí su vehículo apareció
intempestivamente, tras él los autos que lo escoltaban siempre. El Mercedes Benz

color gris, con el Senador a bordo, avanzó rápidamente por la avenida Paseo de la
Reforma, mientras la mente de Pérez Irigoyen viajaba por las nubes, y no podía
recordar, cuándo era la última vez que no había sabido qué hacer. La lluvia no
cesaba, mientras avanzaban, de alguna forma un grupo de patrullas de la Policía
Federal, lo detectaron y a partir del viejo edificio del Instituto Mexicano del Seguro
Social, lo escoltaron, mientras el Senador tenía recuerdos de su niñez y veía las calles
semidesiertas por la lluvia.

3.

Club de Golf “La Hacienda”, Atizapán de Zaragoza,
12:38 hrs. 30 de Julio.

Mariela Irigoyen de Pérez, es una mujer que intenta vivir en armonía consigo misma,
en el fondo un poco influenciada por las técnicas orientales de meditación que tantas
de sus amigas practican, aunque no en mucho, porque es religiosamente incorrecto
al menos desde su percepción de la vida y de la regla del catolicismo. En alguna
ocasión le entregaron propaganda de una sesión informativa sobre el budismo.
Molesta rompió el papel y lo tiró a la basura; en su interior se recriminó; cómo pensar
en traicionar su fe y los preceptos de su religión. No fueron pocas las veces que se
quejó de la desobediencia de las otras mujeres que frecuentan la misa del medio día,
por la irreverencia cometida, al escuchar horóscopos o acudir a las sesiones de tarot,
que sin decirle a nadie tanto le gustaban. Tal vez, esto sea, porque ella nunca ha
conocido los problemas como las demás personas, sin embargo, su preocupación
por los otros, por los desprotegidos, es desmedida en sus propias palabras, de allí
que dedique algún tiempo a pedir por los demás a Dios, día a día, cotidianamente.
Así en su mente, en alguna parte privada, llegó a imaginar los problemas, que a
diario, sufrían miles de personas, en esa realidad paralela, cuando la visita, se
imagina las vicisitudes que tienen que atravesar las personas y por momentos sufre
de ataques de pánico al tener que pensar en tanto sufrimiento.

En la cocina de su casa, un platón, con la imagen del Sagrado Corazón de María,
resguarda sus pensamientos y es motivo de su atención en voz baja le dedica algunas
plegarias, le pide porque la ilumine a ella y a los de su familia. Hoy dedicará la
mañana a cocinar algo para la comida, ha sido el día de descanso del servicio,
generalmente, es Hilda quien tiene esta tarea, pero a últimas fechas ha estado muy

rara, incluso Mariela, ha llegado a sospechar que quiere renunciar… pero cómo
podría ser esto, después de que ha trabajado más de veinticinco años con ella,
incluso su hija Rosa, ha sido como una hija para la señora de la casa, pues nació
cuando ya su madre trabajaba para la familia.

Mariela se persigna, frente a la sagrada efigie, no lo hace sistemáticamente, se toma
su tiempo, le da una nueva interpretación al significado de llevar la señal de la cruz
a la frente, todos los días, hoy no es la excepción. Tras de ella, escucha los pasos de
su hija que baja por las escaleras, se dirigirá a la reunión mensual del voluntariado
de una congregación a la que ambas pertenecen, ella le pedirá que la disculpe con
las demás señoras, pues no podrá asistir, porque en el fondo Mariela, espera que
Raúl; su “amado” esposo, secretamente desea con toda la fuerza de su corazón que
éste se digne a comer con ella, aunque de sobra sabe que eso es casi imposible, no
lo ha hecho ni siquiera en una ocasión durante el último mes. Valeria, es hija de Raúl
y Mariela, está en casa aunque está casada desde hace dos años, tiene un
departamento precioso en Santa Fe, pero casi no está allí, porque su marido viaja
casi seis meses al año y los otros seis meses trabaja como burro, sin un minuto de
tiempo para Valeria.

A Valeria no le gusta hablar del tema, pero ella sabe que su matrimonio es más una
farsa, casi como la de declarar impuestos para su marido, sin embargo, no
atormentaría con esas ideas a su madre, la misma que siempre le enseñó que los
maridos se deben aguantar por infames que sean. Ambas mujeres se encuentran,
mientras se miran como buscando algo inexplicable, la una en la otra. La madre
quiere obtener un porqué, la hija intenta decir, no te metas, en un incómodo silencio,
sus miradas se cruzan y optan por sonreír, porque es de lo poco que pueden hacer
ambas sin molestarse la una con la otra.

La monotonía y el desacuerdo, lo insoportable que le parecía a la hija lo “dejada” de
la madre, todo en conjunto había afectado la relación, cuando Valeria era aún
soltera, hubo muchas incógnitas con respecto a la vida de sus padres, pero en
general comprendía que esos no eran “cosas” ajenas para ella, “cosas” que
quedaban en la vida de pareja; había otros asuntos que nunca habían llegado a ser
secretos, entre ellos algunos muy dolorosos, y de los que jamás se habría querido
enterar, pero desafortunadamente lo había hecho, como el hecho innegable de que
su padre tenía una amante, una o tal vez más, pero eso no era importante, lo que le
dolió durante años fue que su madre lo supiera y no hiciera nada para rescatar su
integridad, era algo que no le había podido perdonar a su madre y lo tenía claro.
Durante mucho tiempo de su vida, Valeria dudó, siempre la misma duda razonable;
su madre porqué seguía con su padre, aunque éste la engañara
sistemáticamente…había muchas razones para que lo sospechar que su madre
estaba muerta en vida; como la calificaba en aquellos días de juventud, a veces,
recordaba amargamente cuanto la había molestado la actitud de su madre, que en
el fondo la enfermaba, sacaba de sus casillas y cotidianamente le había restado
respeto, cariño y admiración. Un buen día, apareció un libanés de nombre de
apellido Manzur, se casó con ella tal vez, porque durante el noviazgo fue dulce y
miel, pero una vez que tuvo los documentos de su “propiedad”, la vida a su lado se
volvió un infierno insoportable. Elías era un mujeriego empedernido, siempre se
escudaba en el trabajo, pero ahora ella sabía lo que su madre había sentido, una y
tantas veces, ella estaba perdidamente enamorada de él y no estaba dispuesta a
dejarlo.

Aquella mañana apenas e intercambiaron algunas palabras, pues su madre y ella, no
tenían mucho qué decirse, aunque Valeria en el fondo se sentía culpable por su falta
de comunicación y por ese vacío, uno que tal vez jamás se llenaría de nuevo, no era
capaz de entablar grandes conversaciones, lo que le generaba culpa, pero era
insoslayable y en ese punto poco o nada podía significar para ella, decirle “ahora te
entiendo mamá”, el sentimiento que tenía en contra y el que tenía a favor de su
madre de alguna forma resultaban insufribles ambos.

El teléfono, sonó estrepitosamente, demandante de atención y como quien grita un
clamor extraño y desorientado, el sonido, sacó de concentración a Valeria le despejó
la mente e intentó responder al llamado del auricular, pero Mariela se adelantó para
responder su demandante pedida de atención; al contestarlo, se quedó en silencio y
durante unos segundos escuchó con atención, como quien tiene dificultad para
entender lo que le dicen, los instantes pasaron y conforme eso tenía lugar, la
expresión en la cara de la mujer se fue transformando, pasó del desconcierto al
terror.

De pronto soltó el auricular del teléfono inalámbrico y su cara horrorizada, reflejó el
terrible temor que venía de sus emociones, ese que sólo el miedo puede transmitir,
en esos instantes hubo un silencio aún más profundo del que ya había en la cocina
de la casa, hasta que teléfono cayó al suelo y con el sonido del plástico rompiéndose
terminó junto con ese instante que quedaría en la memoria de ambas mujeres por
el resto de sus vidas.

Ante la mirada atónita y de duda de Valeria, su madre le revela una noticia
aterradora; tu padre, lo secuestraron – dice la mujer mayor con voz ahogada y entre
sollozos ahogados en lágrimas que la compungen – Valeria abraza a su madre,
mientras ruega en secreto que eso no sea cierto.

Menos de un minuto después, el teléfono celular de la mujer mayor, se vuelve loco,
sonando y repiqueteando, Valeria lo toma para contestar, supone que serán los
captores de su padre, sin embargo, toma la previsión de mirar el identificador de
llamadas, es su hermano Fernando. Al otro lado de la línea, una voz tan familiar, con
un tono extrañamente cálido hacia ella, le dice que tiene una noticia terrible qué
darle, ella espera un instante y le responde que han llamado a la casa de sus papás,
que ha respondido su madre y que la tiene hecha un mar de lágrimas, finalmente le
dice que lo saben, que saben que han secuestrado a su padre.

Al encender el televisor, en el canal de noticias, hay una cobertura especial en la que
aparecen tomas obtenidas por el helicóptero de la cadena televisiva en la que se
ilustra el desastre que ha dejado el secuestro de Raúl Pérez Brito.

4.

Residencia Oficial de los Pinos, Ciudad de México
12:54 hrs. 30 de Julio.

El Presidente de la República, Fidel Trevilla, se prepara para dar un mensaje a la
Nación. Mientras lo hace, piensa; no es, por desgracia, la primera vez que un Senador
sufre el secuestro de una persona cercana a él, lo que hace especial el asunto de hoy,
es que Pérez Irigoyen es un político clave en el ajedrez nacional. Así, el Presidente,
se lo confía a su vocero antes de entrar al salón de conferencias, además es el líder
moral del partido opositor, es un hombre con la simpatía de grandes sectores y con
la cercanía de los empresarios, esto podría catapultarlo de facto como el candidato
que las elecciones federales, el Presidente sabe, que ahora más que nunca los
conservadores lo necesitan y esto le viene como anillo al dedo, al famoso, Senador
Pérez para dentro de un año.

Los consejeros de asuntos del Interior, se han reunido quince minutos, previamente
a la llegada del Presidente, para tomar decisiones que tienen que ver con la emisión
de un mensaje en cadena nacional, cuya duración será apenas de sesenta y cinco
segundos, en donde se recuerde el compromiso del Gobierno de la República por
erradicar la violencia y especialmente por generar un clima de orden y paz social.

El Presidente Trevilla, se prepara, la cortinilla del Sistema de Radio y Televisión de la
Presidencia de la República, indica que faltan 13 segundos para entrar al aire, en los
televisores de todo el país, entran comerciales de todas las cadenas de radio y

televisión, han pactado que el mensaje dé inicio a las 12:57 horas. El Presidente, mira
entrar al estudio, al Comisionado Nacional de Seguridad, el Doctor Alejandro
Harlington, lo hace con su andar lento, con un cigarro en la boca que jamás enciende,
el Presidente mira inquisitivamente al hombre mayor, con la cabeza blanca y de
bigotes poblados del mismo color.

El mensaje inicia, mientras el telepronter avanza y palabra por palabra, párrafo por
párrafo se va agotando el mensaje, el Presidente hace un esfuerzo por mantener la
calma, antes de que las cámaras y los micrófonos se cierren, junto con la transmisión,
la situación lo tiene muy molesto, hasta confundido.

Cuando por fin, se encuentra libre de la presión de las cámaras, el Presidente Trevilla
se acerca al Comisionado Nacional de Seguridad, lo toma por el hombro y le dice, en
tono enérgico, ¿Cómo se hace, doctor, para perder al padre de un Senador,
especialmente en estos días, que todo tiene que ver con lo electoral?

Harlington, no sabe qué responder, ni siquiera sabe sí es que existe una respuesta.
De lo único que tenía seguridad era que no existía ningún registro anterior, ninguna
amenaza, tampoco había mucha información, pero desde el primer minuto, él
mismo había puesto todo para encontrar cualquier pista. No había testigos
fidedignos, pues todos estaban confundidos, habían visto disparar a un hombre,
pero con la lluvia no era posible obtener una descripción concreta. El atentado había
ocurrido apenas una hora antes y los exámenes de balística estaban en curso, él
mismo, había sentenciado a los peritos a que le dieran respuestas lo antes posible,
pero aun así sabía qué había fallado.

El Presidente, en su mensaje transmitido por radio y televisión, había hecho especial
énfasis en la importancia de la garantía del Estado por el libre tránsito, así como por

salvaguardar los intereses como la seguridad de la población, anunciaba lo que de
sobra los medios de comunicación habían hecho saber, la desaparición del Señor
Raúl Pérez Brito, así como la muerte de su acompañante, “era un hecho muy
lamentable”. El Presidente cerraba con palabras que refrendaban el compromiso e
interés por que el país funcione en paz y con plena seguridad, calificaba de aislados
los hechos que habían tenido lugar minutos antes y aseguraba que él y todos los que
tenían que ver con la seguridad del pueblo trabajarían incansablemente hasta dar
con los responsables.

El Presidente Trevilla, tomó aire y regresó con Harlington, le dejó claro “que al
asunto” lo quería esclarecido en un máximo de tres días, de no ser así, le pediría su
renuncia firmada, la tendría que dejar en el escritorio de su oficina, porque no
tendría ánimo de verlo. Harlington respiró profundo y asintió con la cabeza, en
completo silencio, luego masculló algunas palabras para asegurarle al Presidente
que tendría resuelto el asunto a la brevedad. El comisionado, miró por un instante
al Presidente y le dejó saber algunas preocupaciones técnicas respecto a los recursos
humanos y el presupuesto, el Presidente se limitó a mirarlo fijamente, luego se
acercó y casi al oído le dijo: “Cueste lo que cueste, lo quiero vivo y en mis manos en
72 horas, ¿me entendiste?”

Harlington, comprendió que el mensaje era, no me importa si es necesario sacar a
los chacales de las cloacas, a buscar pistas, que se paseen por las calles, en busca de
cualquier rastro. Alejandro Harlington, miró fijamente a su asistente y le dijo que
quería que lo mantuviera informado de cualquier mínimo detalle, “que se aproveche
la autorización, que se hable con todos los informantes”. Alejandro, sabía a lo que el
Presidente se refería, pensó que le tomaría apenas unos cuantos minutos juntar al
equipo, que seguramente saldría de una de esas partidas secretas del gobierno.

Harlington caminó unos cuantos pasos, sobre un corredor, en el que al final se
encuentra la oficina del Presidente en la Residencia Oficial, junto a sus allegados se
desplazaron en rumbo a las camionetas que los habían transportado hasta allí,
mientras caminaba, daba instrucciones de localizar y convocar a un “equipo”.

Al salir notó que los helicópteros y las patrullas, poblaban todos los rincones de la
ciudad, era increíble que las cámaras de seguridad pública de una de las ciudades
con más instrumentos de ese tipo, no hubieran captado nada, ningún dato crucial;
la única cámara que hubiera podido dar noticia de algo, estaba descompuesta, las
del Tecnológico del Campus Ciudad de México, le habían informado que las cámaras
habían sido víctimas de vandalismo y se encontraban fuera de servicio. Éste, no ha
sido un ataque al azar, ha sido cuidadosamente planeado y por alguien con mucha
experiencia, pensaba el comisionado mientras abordaba una Suburban, que lo
trasladaría a su oficina en Constituyentes.

Cuando estaba a bordo de la camioneta, algo le dijo, en su interior, que lo que estaba
haciendo, no era suficiente, decidió cambiar el plan, no regresaría a sus oficinas, iría
a la escena del crimen y presionaría a los de balística.

5.

Casa de seguridad, Sierra de Santa Catarina, Ciudad
de México 12:42 hrs. 30 de julio.
El Tinaco y yo arribamos al punto pactado, nos esperaba nuestro contacto, allí nos
explicó que les íbamos a tener que “echar una manita”. No era raro que no los
pidieran, después de todo, esto es lo que hace que seamos profesionales del
secuestro, además, te pedían cualquier clase de favor, de muy distinta índole. La
nueva tarea consistía en vigilar al anciano, era por algunas horas, hasta recibir la
llamada del patrón, en efecto, en este trabajo nunca hay horas precisas, pero qué se
le iba a hacer, de esto hemos vivido toda la vida.

Arrastramos unas sillas desvencijadas, mientras un jovencito, al que pronto supimos
le llamaban “el chucho” comenzó por amarrar a la víctima, el Tinaco lo reprendió
varias ocasiones, pues sus nudos resultaban insuficientes “guangos” para retener a
la víctima forma segura.

El Chucho, miraba al criminal que lo instruía, con admiración y reconocía la destreza
del Tinaco para lo que él mismo llamó “el negocio”.

Tras unos instantes, le pregunté al jovencito por su edad, él simplemente respondió
“trece”. No me prestó mucha atención y hasta puedo decir que me habló
despóticamente, a lo que al notarlo, el Tinaco, de nuevo lo reprendió con severidad,
diciéndole; “muestre respeto al señor, es “el Pasa”, que ha vuelto al “negocio” y
usted es un escuincle mocoso, que poco o nada sabe de lo mucho que este hombre
ha hecho en su vida, pero pregúntele a su padre, pregúntele a sus tíos, quién es el
Pasa y le dirán las muchas mercancías que traficaba, a los muchos hombres que les
ha dado muerte, cuando tenía, justamente, su edad”.

Su edad, esa última parte de la frase, se quedó en mi interior retumbando, como a
quién una duda, le nace y se le encarna en medio del cerebro. Me quedé con la
mirada perdida, mientras era consciente de que el niño que ahora aprendía las malas
artes de la delincuencia, se disculpaba ante mí y con el otro hombre, allí mientras
eso existía, yo viajaba en una realidad alterna y en mi interior recordaba cómo, yo
mismo, había iniciado mi carrera criminal, sin saberlo, sin identificarlo como algo
malo, hasta mucho tiempo después.

Me limité a decirle al Tinaco, que no importaba, que era natural que el recuerdo se
convirtiera en olvido y que eso no interesaba, la verdad, era que estaba nervioso de
permanecer allí, por un instante, ni siquiera sabía porque había llegado a una casa
de seguridad, porque acaba de dispararle a un hombre que jamás conocí. Ahora
estaba aquí esperando un no sé qué, en no sé dónde y por lo mismo me mantuve
quieto y en silencio.

6.

Barrio de Tepito, Ciudad de México. Años atrás.
Recordé cuando tenía seis años y mi aspiración era la de ser un policía, todo mundo
me miraba de forma extraña cuando lo decía, en esos días yo pensaba que
necesitábamos más uniformados, creía que el mundo era un juego y que existía la
paz en un mundo lleno de buenos y de malos.

Entonces yo no sabía que mi padre y que toda mi familia habían sido ladrones de
cualquier clase, y pienso que mis conceptos obedecían al juicio de mi madre, de esas
fechas para cuando cumplí doce años, pocos son los recuerdos que conservo. Para
ese momento, mi madre había muerto, mi padre presa de las drogas y de otros
vicios, entre ellos el juego, nos había abandonado a nuestra suerte, que por cierto
era poca, a la única familia que alguna vez tuvo; a mi hermano y a mí.

Cuando cumplí catorce, recuerdo que había robado cerca de mil ochocientos espejos
y parrillas de automóviles, también juegos de llantas completos, es un negocio en el
que se evoluciona rápidamente. A los catorce años, había comenzado todo, quizás,
aunque parezca lo contrario, esta no era mi historia, era la historia de todos los que
nacieron en una generación inmersa en la violencia y en el miedo.

Por momentos, me cuesta trabajo pensar que fui yo parte de esa historia, pero sí, yo
era ese jovencito que corría por las calles y que junto a un grupo de vándalos
aterrorizábamos las oscuras calles de la colonia Morelos. Empezar, es siempre fácil,
nunca te das cuenta realmente de que el camino te lleva hacia algo incierto, el

principio, es algo divertido, es un simple espejo, es arrancarlo y correr, es sentir que
el corazón late, mientras las piernas te impulsan, porque todo eso, es volar sin tener
alas. Cuando estás lejos, te das cuenta, superficialmente, que lo has hecho, que has
crecido y que te puedes mantener por ti mismo. Pero pronto la conducta social te
lleva a buscar otro tipo de emociones y especialmente más dinero, y por mal visto
que sea, la única forma que sabes hacerlo es robando… un buen día, en el proceso
de robar a escondidas te encuentras con un arma, la mía, la primera que tuve entre
mis manos, ni siquiera servía, pero eso es algo que nadie más sabe; la presumes, la
cargas contigo a todos lados y así empiezas por amenazar a personas despistadas, a
transeúntes, a personas en los camiones, algunas veces, los golpeas con la cacha del
arma, otras, te conformas con el susto reflejado en sus caras, tal vez, eso es lo que
alimenta tu ánimo, por eso lo haces, porque consigues el respeto que quizás nunca
antes tuviste.

Recuerdo que cuando cumplí quince, obtuve el arma descompuesta, la intercambié
por una parrilla del popular Atlantic de Volkwagen, también tuve que dar un juego
de faros y un alerón, fue la forma de pago y yo acepté gustoso aquella pistola, gané
dinero y respeto de los de mi banda, eso incluía algunos beneficios, y una novia de
esas que no duran mucho.

Fue en esa época, cuando en una ocasión al asaltar a unos transeúntes, de alguna
forma se dieron cuenta que mi arma no podía funcionar, me persiguieron durante
algunas cuadras, por fortuna logré escabullirme, aunque la persecución incluyó
algunos golpes y raspones, tal vez, esa sea la ocasión que más sufrí al dedicarme a
este oficio. Esto se lo conté a uno de mis contactos de esa época, un hombre flaco y
seco, muy alto, apodado el Gorrión, me dijo que era “ridículo que de asaltante, me
hubiera convertido en asaltado”, el Gorrión me ofreció conseguirme un arma de
verdad, una que funcionaría; acepté indudablemente, la satisfacción corría por mis
venas, el pedido tardó tres largas semanas, pero cuando llegó con ella, vi la gloria
abierta, no solo fanfarronearía con un arma descargada e inservible.

Me hice de una caja de balas de calibre .22, era un arma pequeña, pero no tan ligera
como la primera, que por cierto, legué a uno de mis amigos, el más adelantado en
los actos vandálicos. Tardé buena cantidad de noches en encontrar el
funcionamiento de cada uno de los componentes de la pistola, pasaba casi todo el

día limpiándola y observándola, el cañón, el gatillo, el cargador, el seguro, la
recámara y el percutor… hasta cierto punto se volvió mi obsesión. Todos los días y
todas las noches no dejaba el arma lejos de mí, la tenía conmigo, incluso, dormía con
ella en el catre, en un jacal lleno de trapiches, que mi hermano y yo, considerábamos
valiosos.

No accioné el gatillo en contra de ninguna persona, hasta que algunos meses
después de adquirirla, estando en la calle, una mañana de marzo, dos de mis mejores
amigos, me avisaron, que en la plaza del estudiante habían encontrado a mi
hermano muerto. Aquel, fue el día más triste de mi vida, más aún que cuando mi
madre murió o el día en que nuestro padre desapareció. Aquella noche me sentí tan
lleno de amargura y ansiedad, ni el arma entre mis manos hizo que me tranquilizara.
Quedé obsesionado con una sola idea: matar a todo aquel que hubiera tenido algo
que ver con la muerte de mi hermano.

Lloré durante tanto tiempo, que me quedé seco, me quedé vacío, tres días y sus
respectivas noches no hice otra cosa que mecerme en una silla y abrazar el arma
entre mis manos. De los restos de mi hermano, los vecinos de la colonia se hicieron
cargo, fueron enterrados en una vieja tumba del Panteón de Dolores, que una buena
vecina me regaló, todo o casi todos sabían que mi madre había muerto y que mi
padre se había largado a Estados Unidos y que hacía mucho tiempo no sabíamos
nada de él.

Recuerdo que en esa época, dejé de tener fe, dejé incluso de persignarme en todo
los altares de las calles y que quedaron sin ningún significado para mí, aquellas
paredes tapizadas por las imágenes de bulto de santos y vírgenes. No había otra cosa
en qué confiar que no fuera mi arma y en sus balas, esa era toda la justicia que yo
necesitaba.

Pasaron muchas noches antes de que pudiera encontrar a los primeros responsables,
aunque no era tan fácil esconderse, porque en el barrio todo se sabe, todo se oye;
tuve que trabajar mucho, ahora no sólo robaba, también distribuía mercancías,
desde drogas, hasta cargamentos de ropa, electrodomésticos o cualquier cosa a la
que le pudiéramos encontrar un comprador, conseguía trialers que transportaban

cargas especiales o asaltaba los que parecían venir de la frontera norte, los que
atravesaban las carreteras por las noches. Todo esto con el solo objetivo de tener
con qué comprar información sobre los responsables del asesinato de mi hermano.

Fueron meses de mucho sufrimiento y dolor, las almas caritativas, no faltaron; mis
vecinas, mis amigos; hubo quienes intentaron ayudarme a salir de esta vida tan
pinche, fueron muchos los que me recomendaron que dejara el asunto de mi
hermano por la paz. Nunca entendieron como yo, que él, era lo único que había
tenido y que aquella tarde cuando, ante apenas media docena de personas, sus
restos bajaron a la tierra, yo juré venganza y no quedaría satisfecho hasta no
encontrarla.

Con el pasar del tiempo, mi mente se ha vuelto débil y mentirosa, creo que fueron
diez meses después de su muerte que una de las bandas de por allí, del barrio, se
enfrentó con otra de cuyo líder supe le apodaban el Gato, ése, apuntaban varios,
había sido el asesino de mi hermano. Entonces pude mirarlo a lo lejos, a mí nunca
me importó el o los motivos que hubieran tenido entre ellos, sólo sabía, tanto como
hoy sé, que había robado lo más valioso que tenía.

Durante algunas semanas, seguí de cerca los movimientos del asesino, podía
asegurar que lo era, pues en el barrio, sí tres dedos coinciden en señalarte, es seguro
que eres culpable, yo tenía suficientes razones para cazarlo. Me di cuenta, que al
igual que yo y que la mayoría de los de nuestra edad, el Gato, también iba armado.
Los de su pandilla lo creían casi un dios y seguramente darían la vida por él, lo que
hacía complicado mi trabajo, noté con el pasar de los días que no se perdía ningún
evento de lucha libre, en la Arena Coliseo, también pude darme cuenta que a esos
eventos iba acompañado de su novia y sin muchos de los que en la calle siempre lo
acompañaban.

Tras consultar la cartelera del pancracio, supe que en los días siguientes habrían tres
luchas importantes, y que ningún fanático podría perderse, fue entonces, que me
apresuré a vender y cambiar mercancías, trabajé casi todas las noches, hasta
garantizar mi entrada a las tres, así, con dificultad obtuve el beneficio de estar
presente en esas tres noches. Tuve que sobornar a los guardias de la puerta de la

Arena, para poder acceder con el arma y un picahielos, pues sabía que era una
muerte silenciosa y siempre es mucho mejor una así, especialmente, en lugares
tumultuosos.

La primera función fue seis días después de obtener las entradas, en esa sólo llevé el
arma blanca, me oculté bajo una gorra gris y procuré no hacerme notar, la verdad
sea dicha, nadie habría notado que me encontraba allí, aun cuan no hubiese usado
gorra, ni mi actitud hubiera sido tan sospechosamente discreta.

Allí pude comprobar que en efecto el Gato no llevaba a nadie de los de su banda, y
que en realidad disfrutaba el espectáculo, lo sabía bien porque durante el combate
de los luchadores me dediqué a estudiar cada uno de sus gestos, expresiones y gritos
que daba desde su butaca, en la que estaba sentado con una mujer sobre sus
piernas, ella debió haber sido de mi edad, jamás, en todo el largo rato que duró el
espectáculo, recibió la atención de su mirada, él se dedicaba a tocarle las piernas,
mientras gritaba y maldecía en la rítmica escenografía coreográfica que significa la
lucha cuerpo a cuerpo de aquellos acróbatas de grandes dimensiones y peso
exagerado.

Al terminar la función, pude ver que él y sus acompañantes femeninas, salían por la
puerta del costado, es decir, por una puerta destinada a los servicios de la Arena.

En mi segunda visita al espectáculo del pancracio, me concentré en qué sucedía en
el exterior del lugar, si bien sabía que existía vigilancia, el lugar era territorio de
bandas y pandillas, que controlaban desde el comercio de drogas, pasando por los
comercios informales que vendían comida, ropa y otros artículos. No pensaba que
existieran broncas con patrullas y la policía, empezaba a pensar que sería mejor
matarlo al comenzar la función, aunque por momentos corregía mi insolencia y
pensaba que debería ser al finalizar, de suerte, que llegué temprano, en la penúltima
de las noches que sabía estaría allí, estudié las calles grises y oscuras, reconocí el
callejón del costado del edificio en donde entraría, lo noté lleno de basura de los
restaurantes aledaños, guacales apilados con restos de comida, aquel día un
indigente eral huésped de honor de uno de los huecos entre las pilas de basura.

Pensé que aquel día sería el definitivo para hacerlo, sin embargo, algo me hizo pensar
que quizás no sería lo más adecuado, comprendí que no estaba listo aún. Había algo
crucial en todo esto, jamás le había disparado a alguien y eso es trascendental, lo
anterior, descartaba de facto el uso del arma de fuego, como el instrumento con el
que le diera muerto al maldito asesino de mi hermano. Por otro lado, no estaba
seguro de poder acercarme tanto a él, como para poder hacerlo mi presa, teniendo
en cuenta que tuviera una oportunidad, pues el Gato era un hombre
considerablemente más alto y fuerte que yo.

Durante aquel combate, la multitud se emocionaba con cada llave, con cada puesta
de la espalda plana sobre la lona del ring. Mientras yo, me preguntaba, cómo sería
posible matar al gañan que observaba despreocupado todas las acrobáticas
acciones. Todas las siguientes diez noches, tras el segundo combate, repasé, paso a
paso, el movimiento, no faltaba nada desde lo teórico, hasta lo más elemental de la
práctica. Por el día iba hasta un lote baldío y con latas de refresco y cerveza,
practicaba mi puntería.

Al principio, la patada del arma, me provocaba perder el equilibrio, si bien, mi
puntería mejoró sensiblemente con las latas, no era lo mismo, un objeto estático,
inanimado y sin vida desde el principio, que un ser que respira. No sólo el factor
psicológico y emocional jugaba un papel crucial, también estaba, la notable situación
de que sí elegía el dispararle, sólo tendría una oportunidad y de matarlo debía huir,
no sólo de la escena, también de la ciudad y de no hacerlo, la opción era la misma, ir
al infierno.

Los días anteriores a la pelea estelar en la que encontraría su fin el Gato, llevé hasta
aquel lote en el que practicaba y afinaba mi puntería a dos perros viejos y un gato,
del último no tuve noticias, los perros sirvieron para perderle el miedo a matar algo
que respira, aunque aquellos pobres animales, estaban, por así decirlo, con un paso
en el infierno, desde antes de que mis balas los atravesaran.

La noche previa a los acontecimientos, me despedí del triste jacal que había visto mi
desgracia. A mis vecinas, en agradecimiento, les regalé las efigies del santo, que
vestía túnica verde, ese al que tan devotos habíamos sido mis padres, mi hermano y
yo. La poca ropa que había, se la legaba a mi pandilla, a quienes se habían hecho
cargo de los restos de mi hermano les hice saber que podían quedarse con los
muebles, incluida la estufa, que era lo más valioso que teníamos y las pocas fotos
mías, de mi hermano y de mis padres, las quemé yo mismo.

En la cuadra se esparció el rumor de que me iba, muchos se despidieron de mí, yo
siempre sostuve que me iba en dirección a Puebla, lo cual era falso, pero no era una
mentira elegida al azar, no quería que nadie supiera de mi destino, ni yo mismo sabía
qué haría, ni a dónde iría, pero por lo pronto, sabía que a cualquier sitio podría ir,
menos a Puebla. Yo había dicho a mis conocidos que allí, en la Angelópolis, mi madre
tenía una hermana que quería que viviera con ella ante la falta de mis padres y de
mi hermano. En realidad, el único familiar que tenía, era un hermano de mi padre,
pero de él sabía muy poco, la última vez que había escuchado de él, estaba en la
Riviera Maya, haciendo, sabe Dios qué fechorías, eso había dicho mi padre.

Aquella tarde, me vestí de negro, primero por la hora de la salida de la Arena era por
la noche, lo que me daría oportunidad de fundirme con las sombras, incluso de ser
necesario, podría trepar por los tejados de las casas y escabullirme de la policía o de
la banda del Gato. Así escaparía bajo la negra noche defectuosamente alumbrada
por las luces amarillentas de la ciudad. La segunda razón, es que en la ropa negra la
sangre se nota menos, entre la confusión, intentaría escapar sin que nadie tuviera la
certeza de que mi mano había sido la asesina del Gato.

Salí de casa sabiendo que jamás regresaría, con todo el dinero en mi bolsillo derecho,
con el arma de fuego a la cintura, oculta bajo la sudadera negra, en el bolsillo
izquierdo, llevaba el picahielos y decidí dejar la medalla de San Judas Tadeo, que
hasta entonces, me había acompañado a todas partes.

Caminé bajo la lluvia, cuidando de no dar la cara a nadie que me conociera, cada
huella que formaba mi zapato, era borrada por el agua fina que caía del cielo. Al
llegar a la calle estrecha en la que se aglomeraban los vehículos y el tumulto de las

personas, que era cuantioso, me formé en la fila de acceso, con el boleto en la mano
y con las esperanzas constriñéndome el corazón. Al pasar por la revisión, entregué
un billete de denominación alta al que revisaba y con un gesto de complicidad me
dio acceso a la Arena, la que ahora lucía más grande que las ocasiones anteriores.

Ocupé mi asiento, mientras, sentía, como si flotara en las nubes, era una sensación
de lo más extraña; las manos me sudaban, la boca la tenía seca, sentía un nudo en la
garganta y al mismo tiempo, me habría gustado posarme en el centro del
cuadrilátero y gritar con todas mis fuerzas, hasta caer hincado y sin aliento, hasta
curar el dolor insoportable que mi alma sentía en su interior. Sin embargo, una
imperturbable calma se apoderaba de mi expresión exterior.

Había llegado el momento de la verdad, de probarme que yo era digno de esperar
cobrar venganza, sí lo era, me comprobaría que podría hacerme un nombre en el
barrio y en cualquier otro sitio. Esto más allá del nombre, era un asunto de honor,
de madurez, de compromiso con la palabra.

Cada golpe que las espaldas de un luchador daba contra la lona, cada palabra
estruendosa del anunciador, una parte de mí, una muy interior, saltaba… se
sobresaltaba y me hacía estremecer. No sé sí a todos les ocurría lo mismo, pero yo
era lo bastante consciente de lo que estaba haciendo y me llevaba a preguntarme,
qué sería de mi alma. Al terminar la cuenta de tres del réferi; de apellido Tropicasas,
la gente rugía al unísono, coreando el nombre del ganador, el mismo que saldría
instantes después en los hombros de los fanáticos, con cánticos y coros lo vitoreaban
como el más grande de los gladiadores en la historia de la arena, de su mundo, que
se resumía a un cuadrilátero de cuatro por cuatro metros.

El luchador enmascarado, salió en hombros de la multitud que lo aclamaba, bajo las
luces de reflectores y flashes de cámaras que se disparaban enceguecedoramente
sobre él y los que con su victoria lo aclamaban. Me concentré en mi objetivo, pues
sabía que no tendría un mañana, lo vi escabullirse entre la multitud, en dirección a
la puerta del costado, acompañado de nuevo por una mujer, no era la misma en
ninguna ocasión, me abrí paso entre el gentío distraído y agolpado, con la mano en

el revólver, apretando duramente los dientes, como quién saber que chocará contra
algún objeto sólido y es inevitable.

Crucé a velocidad la arena, pude ver cuando se cerraba la puerta de la salida, así que
corrí, la alcancé a abrir antes de que llegara hasta el final de su recorrido y detuve la
pesada placa metálica. Allí pude ver a media luz el caminar de dos sombras, la
masculina, tomaba por la cintura a la femenina, apenas unos siete pasos antes que
yo. Cerré la puerta con fuerza, tras el estruendo que ésta hizo, grité ¡“Gato”!

Y al girar, mientras respondía, con alguna palabra que jamás comprendí, saqué el
arma de mi cintura y sujetándola con todas mis fuerzas, hice dos disparos. Los
chispazos aun puedo recordarlos y sentir el calor en las manos y ese extraño
hormigueo que te da después de la sensación de dispararle a otro ser humano. La
silueta del hombre cayó de rodillas, mientras su acompañante gritaba. Sentí el
impulso de soltar el arma y salir corriendo de allí, lo habría hecho de no ser, porque
la acompañante del asesino de mi hermano, me pidió que no le hiciera daño y pensé
que sería útil alejarme con el único testigo de los hechos, claro está, como mi rehén
y así lo hice, salimos caminando de aquel callejón, hacía la calle principal, en dónde
los cánticos y la histeria que sólo la victoria de un ídolo pueden dar, silenciaron los
disparos y la muerte de un tirano.

Al alejarnos, tomé un taxi y dejé en libertad a mi rehén; yo me fui y no regresaría en
muchos años. Así fue como me inicié, así fue como todo comenzó. El sonido de la
lluvia, me saca de mi ensimismamiento, mientras la voz del Tinaco, replica que
nuestros substitutos, no van a llegar pronto, que será mejor que lo tomemos con
calma, pues la lluvia lo retrasa todo.

7.

Periférico sur, lugar del secuestro, 14:35 hrs. 30 de
julio.

El Senador, de pie, recargado en un árbol, sostiene un cigarro que se consume, la
verdad sea dicha es el viento el que lo va quemando, pues Fernando, nunca antes
había fumado, nunca tampoco había sentido esta terrible sensación de vacío y
miedo.

Con la mirada perdida en el horizonte lleno de montañas y una sierra interminable,
veía cómo pasaban los segundos y los minutos, veía todo el conjunto como si fuera
un hormiguero, cómo pasaban cientos de oficiales y agentes, que desviaban
sistemáticamente el tráfico de la avenida más importante del país, copiosamente se
aglomeraba una fila de tráfico de nueve kilómetros de distancia.

Cada bocanada del cigarro, con el que algo se ahogaba dentro de él, lo hacía pensar
y no sabía exactamente en qué, pero la esperanza seguramente se escapaba, al igual
que cada nube de humo blanco que de su boca salía. Algunos minutos más pasaron,
sin que nada tuviese sentido, ni siquiera, para él que siempre había sabido todo.

De pronto, la voz de un hombre, lo hizo regresar a ese lugar, se trataba del
Procurador de la República, quien había estado coordinando la labor de recusación
de datos. Su nombre, Pablo Gordillo, ex militar, poco más de cincuenta y cinco años,

los ojos negros y profundos, siempre con un aspecto como de enfermo de gripe. El
Procurador, le informó la preocupación del Presidente, pues lo consideraba un
asunto profundamente delicado, el Senador le agradeció sinceramente, le contestó
a cada una de las atenciones que tuvo para con él.

De entre los vehículos, sobresalió uno de color negro, en él viajaban la hermana y la
madre del Senador, con su hermana nunca tuvo una buena relación, incluso se
podría decir que en los últimos tres años, no se habían dirigido la palabra, quizás
habían sido las ocupaciones del Senado o la falta de tiempo por todos esos extras
que crees poder corregir con el tiempo. No hubo ningún diálogo entre ellos, sólo un
abrazo y lágrimas, sollozos que no se escucharon.

El Procurador, permaneció a algunos metros de distancia, dejó que los hermanos, se
expresaran cariño y en parte su frustración, no hubo mucho tiempo, para cuando el
Senador supo, que su madre ya se había enterado a través de una llamada telefónica,
de quien dijo ser el captor de su padre, una voz fría, hueca y vacía de todo
sentimiento, que sonaba en un tono grisáceo. El Procurador, confirmó que ya se
encontraban “sus mejores hombres” trabajando en el rastreo de la llamada
telefónica y que se habían desplazado hasta el domicilio de los padres de Fernando,
con el equipo de rastreo más sofisticado.

El centro de operaciones del rescate, lo colocaremos en una posición cómoda, para
poder proceder de la mejor manera, les indicó el Procurador a los miembros de la
familia del Senador Pérez. Fernando, agradeció las atenciones, que le brindaba el
Procurador y la institución a su cargo, le pidió un momento a solas con su hermana
y su madre. Pablo, recibió una llamada se trataba de uno de sus mejores hombres,
uno de los de mayor confianza que le informaba que habían localizado al individuo
que minutos antes le había solicitado, se encontraba en camino a la sede central de
la Procuraduría, en Avenida Paseo de la Reforma y que podrían verse en persona,
pues les había advertido que con nadie más haría ningún trato. La voz del otro lado
del teléfono, se escuchaba franca y preocupada, tras una breve, pero prudente
pausa, la voz, reanudó su comentario, al tiempo que el Procurador, fumaba un
cigarrillo mentolado y sostenía el teléfono celular con el hombro y la cabeza.

Finalmente y mientras lanzaba la colilla de su cigarro, el Procurador, preguntó sí el
comandante Alejandro Harlington, ya se encontraba informado de los hechos. La voz
que sostenía la conversación, respondió que sí, que el comandante Harlington había
dado su visto bueno, pero que si le era pedida su recomendación él no estaría tan
seguro de que fuera una buena idea. El Procurador, simuló no haber escuchado la
última parte de la conversación, los subalternos jamás se deben escuchar en
momentos de crisis; pensó para sí mismo. Colgó el teléfono y dio algunas
indicaciones al personal de campo, mientras el helicóptero del Jefe de Gobierno,
aterrizaba en el helipuerto del hospital de nutrición, frente a la escena del crimen.
Parte de su comitiva iba llegando por tierra, el sonido ensordecedor del vehículo
aéreo, dejó sordos a casi todos los presentes, aprovechando el caos y la confusión,
el Procurador Gordillo junto con sus más cercanos colaboradores, abordaron sus
vehículos y se dirigieron a la Avenida Paseo de la Reforma.

El Senador Pérez Irigoyen, fue abordado por el Jefe de Gobierno y por su gabinete
de seguridad, quienes le aseguraron que trabajaban incansablemente por encontrar
a su papá, así como que mantendrían la más estrecha colaboración con las
autoridades Federales. La verdad, no podía esperarse menos, pues Manuel Vela
Márquez, Jefe de Gobierno del Distrito Federal, había sido compañero de banca en
la Facultad, del Senador Pérez Irigoyen, y desde entonces, habían mantenido una
estrecha amistad.

Manuel Vela, sabía que aquella sería una tarde complicada y larga, de esas que
cualquier político teme. Los medios de comunicación que cubrían los hechos,
tomaban fotografías y tomas abiertas del infierno en el que se había convertido
aquel espacio, algunos medios habían cortado sus transmisiones para informar de
los hechos en directo. Los minutos seguían avanzando y con eso la duda crecía, cómo
había podido ocurrir algo así, en plena capital, a plena luz del día.

Los elementos de la Policía Federal, les pidieron a los familiares que tras identificar
el cadáver del chófer del padre del Senador, abordaran uno de los vehículos, pues

serían trasladados a un lugar seguro y en dónde, además, se llevaría a cabo el
seguimiento de las peticiones de los secuestradores.

El Senador, su hermana y su mamá, rechazaron ser trasladados en alguna de las
patrullas, en cambio, usarían el Mercedes Benz del Senador, al mismo tiempo, que
podrían escoltarlos. Así se hizo, en cuestión de minutos, tras recoger las pruebas
periciales que consideraron pertinentes y coincidiendo a la partida de la familia del
secuestrado, todos los elementos fueron retirados de la vía y ésta se reabrió.

Mientras se alejaban, el Senador, pudo notar algo que aparentemente se había
pasado por alto, una cinta de las llamadas “peligro” de color amarilla, colocada en
las escaleras del puente peatonal, que bloqueaban el acceso del mismo, unos veinte
metros delante a dónde había quedado el vehículo en el que, por la mañana, viajaba
su padre.

8.

Casa de seguridad, Sierra de Santa Catarina, Ciudad
de México 14:42 hrs. 30 de julio.
Era cierto, me había ganado el respeto de muchos sicarios y patrones en el norte
tanto del lado mexicano, como con alguna incursión a Estados Unidos, allá me
siguieron diciendo el Pasa, tal vez estuve allí por dos o tres años, con el pasar de la
cotidianidad pierdes la claridad de los detalles y mi estancia fue una aventura
estrepitosa. Estoy seguro de que fue poco después de la crisis, que de lo poco que
me queda claro, recuerdo que la devaluación del efecto tequila, esa que nos enseñó
a apretarnos más el cinturón, pues, incluso se pusieron las cosas difíciles para
nosotros, los que nos dedicábamos a la mala vida, fue una situación que le cayó al
país como balde de agua fría.

Debo haber tenido quince o dieciséis, esa es la época de la que me acuerdo como un
errante, viajé por todo el norte de México, recuerdo con nostalgia que en esos días,
en los que atravesaba por la Avenida Cuauhtémoc, en Monterrey corriendo de local
en local para hacer pequeños intercambios, ese lugar siempre tan accidentado, creo
que en aquella época corría todo el tiempo, mi existencia pasaba de prisa y yo corría
para alcanzarla. En esa época de mi vida entré de lleno a hacer apuestas, era difícil
teniendo en cuenta que era un asunto prohibido, como casi todo lo que hasta
entonces había hecho en mi vida, en las apuestas gané dinero, sí no lo niego, pero
no tanto como yo hubiera querido, ese dinero siempre se gana al más alto costo;
jugándose la vida y todo lo demás. Las apuestas siempre provocan inconvenientes y
te meten en muchos problemas con otros que también apuestan y que por alguna
razón ganan menos que tú. Para el segundo año de mi estancia en la Sultana del
norte, yo estaba lleno de enemistades y la protección de la policía, cada día se ponía
más difícil, pues como ya había tenido conflictos con los dos comandantes que
estaban más fuertes en la ciudad, hacía que todos los conflictos de la metrópoli me
los cargaran a mí, mi sola presencia era incómoda para todos.

Tras una bronca, una de muchas por cierto, en un bar, uno de los comandantes me
atrapó y él mismo me lo había advertido, que debía irme, sino ellos, me enviarían a
algún otro sitio, yo sabía que aquellas palabras no eran broma y que era muy serio
desafiarlos. No tuve miedo, pero las tres únicas neuronas que por entonces
habitaban en mi cerebro, me hicieron pensar que “el otro lado” no sería un sitio
cómodo, ni muy próspero que digamos, decidí que respetaría el territorio de estos,
como siempre, en los lugares se tienen amigos y enemigos. Durante mi estancia en
Monterrey, había conocido a personas que se habían convertido, de alguna forma
en mi familia, entre ellos a Guillermo Marín, quien siempre se hacía llamar el Tío. Él
me propondría ir con él en dirección a Tijuana, lugar que, cariñosamente, llamaba el
burdel más grande del mundo. Me decía que tendría un trabajo seguro, al principio
pensé que se trataba de una broma, pero tras su insistencia y el pasar de cierto
tiempo, comprendí que no lo era y que cuando decía que era un buen trabajo, no
me mentía.

Guillermo era un ex militar, que no llegaba a los cuarenta y cinco años, era una buena
persona en el fondo, por mucha cola que tuviera para que la pisaran, había cierto
grado de benevolencia, combinada con locura en él. Lo había conocido mientras
robaba algo a bordo de una motoneta, cuando recién llegué a la ciudad, fue en
alguna de las aglomeradas calles de Monterrey de mediados de los noventa. Desde
entonces me adoptó y me enseñó lo único que sabía hacer, para bien o para mal
ambos estábamos en el destino del uno y del otro, con él perfeccioné el uso del arma,
aprendí a matar de lejos y de alguna forma me ofreció su protección en las calles y
me hizo ser uno de sus asaltantes, por cierto uno muy respetado.

Unas cuantas horas después de las amenazas del comandante Piña, decidí ir a visitar
al Tío, Marín, me recibió en su casa de Garza García, tenía una sala lindísima, toda
blanca, me sirvió algo de alcohol malo, lo sé porque todo mundo se quejaba de lo
tacaño que era, hubo algunos intercambios de ideas y de posturas, su
posicionamiento era el mismo casi siempre, nada que no hubiera sabido antes. Al
terminar, le confirmé mi deseo de irme a Tijuana. Mi tutor, mentor y apoyo en los

últimos tiempos, me miró y con ese clásico acento norteño que lo caracterizaba, me
miró con extrañeza, que provenía del fondo de la retina. Cuando su concentración
volvió a él, me dijo, dudando un poco, sí yo había pensado qué clase de trabajos haría
yo allá. Yo por mi parte, me limité a decir, que cualquier clase de trabajo, que él me
diera, sería bueno para mí, agregué con tono de bondad, que yo sabía hacer mis
cosas y que de todos modos yo me iría con su apoyo o sin él. Luego hubo algunas
objeciones que no valdrían la pena recordar; sin embargo, lo importante era, que él,
me dijo que yo, estaba destinado para un mejor futuro, pues en el fondo, él sabía,
que yo era bueno para algo que muy pocos son buenos, dijo también, que yo era un
asesino de sangre fría, que para hacer lo que yo hacía bien, a otros les tomaba mucho
más tiempo y por lo tanto, eran menos meritorias sus hazañas.

Recuerdo, en el fondo de mi mente, cómo se levantó de su sillón y me miró con
detenimiento, como escudriñándome, sus ojos recorrieron cada milímetro de mi
persona, luego bajo la mirada, se preguntó algo a sí mismo, e incluso estoy seguro
de que se lo respondió sin necesidad de que yo moviera los labios. Luego, me soltó
una pregunta inquietante ¿Y tú, a cuántos ya te chingaste morrito? Algo muy dentro
de mí, se sintió avergonzado, pues no sabía exactamente a cuántos había matado.
Entonces, simplemente lo miré a los ojos y levanté los hombros en señal de
desconocimiento. Él, río estruendosamente, eso siempre pasa mi’jo, tarde o
temprano, no te acuerdas cuántos son… Yo reí sin entender por qué lo hacía.

Marín, sonrío, como quien encuentra algo que había buscado largo tiempo sin
descubrirlo. Lo sabía desde el primer día que te vi - me dijo, mientras apuraba la
bebida que tenía entre las manos, era aguardiente y lo tenía servido en una taza –
se les nota en la mirada; pues los que matan, así como tú, ya no pueden mirar
derecho, eso es lo que los delata. Sacó de su cartera unos billetes y una tarjeta, me
dijo que me fuera por tierra a Tijuana, que al llegar me presentara en un congal de
nombre “Jake Mate”, un lugar frecuentado por turistas sexuales estadounidenses,
eso evidentemente, lo sabría tiempo después, allí debía buscar al Wally, él sabría
qué hacer conmigo. Aquella misma noche, salí rumbo a Tijuana.

Del viaje sólo recuerdo, entresueños literalmente hablando, algunas paradas y el
aspecto desértico del norte de México, no hablé con nadie durante el trayecto,
muchas personas sufren ante esta situación, yo aprendí a disfrutarlo, mientras

avanzaba en rumbo a mi nuevo destino, me preguntaba, a qué exactamente me
dedicaría al llegar al último punto de habla hispana del continente.

Vi cosas que jamás me había imaginado, conocí un universo de circunstancias
insospechadas, en aquel viaje que nada tuvo de turístico. Me impresionó Juárez, con
sus dunas de arena interminables, con esa ciudad que nunca duerme, en aquellos
años estaba el auge de las armadoras y las maquiladoras, muchas estaban en
construcción y todavía, las muertas, no eran tan públicas como años más tarde.

Al llegar a Tijuana, de inmediato me dirigí al “Jake Mate” en donde me resultó de lo
más difícil encontrar al dichoso Wally, pues para mi poca fortuna, llegué a las doce
del día, y a esa hora, es imposible encontrar en su congal al administrador del
changarro, además, por eso le apodaban Wally, porque todo mundo preguntaba “¿Y
dónde está Wally?”, nombre que recibió en México el popular Waldo de Martin
Handford.

No tuve otra opción que vagar por un buen rato, entre las calles coloridas y hostiles
de Tijuana, entre grupos de turistas de la tercera edad, que hablaban un español
limitado y con entrecortado acento californiano, entre hombres y mujeres muchos
provenientes de cualquier rincón de México y que esperan la oportunidad de poder
cruzar al otro lado de la frontera, con la esperanza del sueño americano. Tijuana, es
una “Sin City” por excelencia, un lugar colorido con la auténtica identidad de la
última frontera latinoamericana, impresionante desde donde la veas. Pero de todo
esto no me daría cuenta en mi primera aproximación, recuerdo que con el dinero
que traía en la cartera compré algo para comer y beber, me dediqué a admirar el
singular paisaje urbano. Lo único bueno que sentí desde el principio, fue que allí
nadie me miraba como un forastero más, en realidad todos lo eran.

Cuando el sol estaba por ponerse, regresé sobre mis pasos, hasta esa esquina
iluminada por las luces de neón verdes del letrero, en esas calles casi vacías, la luz lo
llenaba todo, el pavimento húmedo y enverdecido por la extraña luz marcaba el
camino para todos los clientes, me acerqué hasta la puerta, el hombre que cuidaba
el acceso, me detuvo y me preguntó algo en voz baja, que por cierto no entendí, le
mostré la tarjeta que mi mentor me había dado en Monterrey, le dije por lo bajo,

que buscaba al Wally y que sólo con él hablaría. Me condujo por el bar, hasta unas
escaleras que apenas se podían ver entre las sombras de la penumbra que la
iluminación permitía. Al subir, abrió una puerta de fierro y allí otro hombre lo detuvo,
mientras yo observaba el movimiento dentro del congal.

Tras breves instantes el hombre de la puerta al que le llamaba Gutti, o algo así, le
permitió el paso al que me conducía. Frente a nosotros un hombre sentado en una
silla y tres escritorios, me dio la bienvenida, extendió la mano y pidió a los otros que
se retiraran, me pidió que me sentara, mientras guardaba un fajo de dólares, en el
cajón derecho del escritorio.

Y bien, – me dijo – así que tú eres el chilango, ¿cierto?

Sí, y me envía el General Marín, para que lo apoye en dónde usted me indique.

Mientras decía esto, el hombre colocó sus brazos cruzados y esperó a que yo
terminara mi presentación. Al hacerlo, me miró inquisitivamente, dijo:

Nunca digas los nombres de los patrones, nunca. Yo sé, mejor que tú, el mismo tu
cuento que me estás diciendo pinche chilanguillo pendejo. Dijo también que para él,
cualquier asesino, ladrón o achichincle, es más valioso sí sabe guardar silencio, y
cuando eso pasa, se prescinde de hablar. Observa con cuidado, tú ya no puedes ser
un morrito, si te están ofreciendo esto, es porque tu amigo, el partner de Monterrey,
piensa que eres un chingón. Así que no nos haremos pendejos y te vamos a entrenar,
para que sepas hacer algo más que hablar. Sacó de su escritorio un arma, era una
Glock 17, con silenciador, cosa que jamás había visto en mi vida, me la extendió y la
tomé, en principio no parecía mucha ciencia, sin embargo, advirtió que me
enseñarían a usarla y que por lo pronto no hiciera pendejadas con ella.

El resto de aquella noche, me la pasé pensando en el arma y en qué clase de trabajo,
entrenamientos y vida me esperaban. El Wally, le pidió al Gutti, que me llevara a uno
de los cuartos que estaban en la azotea del bar, no son antes advertirme que las

“palomitas” que iban a vivir junto conmigo, eran de su propiedad, y que sí cumplía
con mis labores, tal vez, algún día me tocaría padrotear alguna. No me inmuté en
absoluto, en aquellos años yo había tenido mujeres, pero jamás había sentido la
necesidad de permanecer con una, las había aprendido a olvidar, en aquellos
entonces, yo admitía que tenía debilidad, pero que era por las armas, esas sí te
hacían volver por ellas. Qué idiota e iluso es uno de joven…

9.
Calderón de la Barca y Masaryk, Polanco. Ciudad de
México. 16:30 hrs. 30 de julio.
Alicia Bahena, era una mujer difícil de perturbar, era así desde hacía muchos años,
tal vez desde joven, alguna ocasión le habían preguntado: ¿A qué le tienes miedo? A
nada, había respondido en esa ocasión, fría y calculadora como era ella, pero en el
fondo, a lo único que podría temer, sabía, era a la muerte del sostén de su vida y sus
lujos.

Raúl Pérez era su amante desde hace más de una década, siempre fue un hombre
guapo, ahora, la edad, lo tenía un poco mermado, pero él sabía que además de lo
guapo que pudiera haber sido, se vendía, como un hombre culto y bien educado,
dueño de una importante empresa de generación eléctrica, alto funcionario del
gobierno durante dos sexenios, eran conclusión el hombre perfecto, casado, pero
¿quién podría quejarse?

Alicia, recorría la amplia sala de su departamento, un departamento en Polanco que
nunca podría haber obtenido de no ser la amante de Raúl, podría curiosear en las
investigaciones, pero allí estarían los hijos y la esposa. La mujer, se había convertido
en una fiera obsesionada, enfundada en un traje sastre negro, como lista para salir
a una reunión ejecutiva; se daba cuenta de la posibilidad de que, su sostén
económico, el mal acompañante de sus días estuviera muerto. La idea la aterraba,
pero procuraba sacársela de la cabeza, al final en cada intento, se daba cuenta, que
no podía, pero lo seguía intentando sin cesar.

La televisión del canal de noticias permanentes, no le había dejado de enajenar la
cabeza, con las imágenes, con los helicópteros, con el mensaje del Presidente,
pensaba: ¿qué sería de él? lo torturarían, lo descuartizarían… cómo podría terminar
aquel hombre, pero sobre todo, qué ¿sería de ella?, la sobrecogía la sola idea de

saberse “vieja” y desamparada, sola y sin el dinero que él le proveía. No es fácil,
entregarle media vida a un hombre, uno qué, te ha hecho vivir de lo mejor y luego…
pum, de repente, ya no tenerlo, pensaba mientras daba vueltas entre los sillones y
el pasillo al comedor, se repetía muchas cosas en la mente, aunque se intentaba
tranquilizar; “es por tu propio bien” se decía a ella misma. Al menos deberían
indemnizarme, sí me deben dar una pensión… ¿pero quién? Los hijos no lo
aceptarían, la esposa menos, nadie sabe de lo nuestro, bueno muy pocos a decir
verdad… ¿pero qué estoy diciendo? En el fondo, no es que no amara al hombre que
la había hecho disfrutar del poder que sólo el dinero tiene; no es que no le guardara
respeto y preocupación por la situación que vivía, pero su condición le impedía tener
toda la claridad. Era el miedo a vivir a la pobreza y a la miseria en la que había vivido
desde niña, de adolescente y hasta que fue una adulta, le paralizaba y no la dejaba
pensar en absolutamente nada más.

Algunas horas antes, había tomado el teléfono, les había marcado a algunos amigos
de Raúl, amigos con los que habían llegado a salir alguna noche, o a comer, incluso
en algún viaje, de esos de negocios, a los que ella tenía derecho a ir. Dos de ellos, ni
siquiera le habían querido contestar el teléfono, otro le había dicho que sabía
exactamente lo mismo que ella, pues no había podido comunicarse con nadie más
allegado y que era difícil saber más. Casi sin esperanza, había recurrido a llamarle a
Julián Alaminos, íntimo amigo de la familia de Raúl y probablemente el más acérrimo
enemigo de la relación que sostenían ellos.

Alaminos, era un viejo y pillo abogado, era por si fuera poco, el padrino de bautizo
(y político) del hijo de Raúl, se conocían desde la facultad, aunque uno abogado y el
otro ingeniero, lo había conocido en un encuentro fortuito, en una comida en la Casa
de las Sirenas a la que había acompañado por pura casualidad a Raúl, desde que
Alicia había visto a Alaminos, ella sabía, que de alguna forma, nunca tendría su
aprobación, aunque secretamente, ella suponía que era porque Alaminos, sentía
alguna clase de atracción y deseo por ella, lo sabía además, por la manera en que la
veía, siempre había una mirada torva al escote, una mirada despistada hacia las
piernas, a escondidas la miraba furtivamente vulgar, obscena, pero de todos modos,
jamás lo aceptaría y eso era algo que Alicia se guardaba, como la mayoría de las
mujeres, sobre lo que los hombres jamás admiten.

El teléfono de Alaminos, lo tenía guardado, desde el último de los tres únicos
encuentros que tuvieron en casi siete años, de hecho, era la tarjeta del abogado,
recordaba la enorme tensión que había tenido que soportar al aceptar esa tarjeta
del licenciado Alaminos, ambos suponían que jamás marcarían el número del uno al
otro, algo que había sucedido durante siete años. Alicia, tomó el auricular y copió el
número telefónico, era relativamente sencillo, notó mientras marcaba, tras unos
instantes, una voz grave y masculina que le respondió extrañada.

Hubo un instante de vacilación antes de responder, pero finalmente Alicia reaccionó,
luego dijo con voz firme y segura: Licenciado Alaminos, seguramente no reconoce
mi nombre, soy la amiga de Raúl Pérez, nos conocimos en un restaurante hace algún
tiempo atrás.

El abogado simuló, dijo no recordarla, pero eso solo fue de primer momento, los
abogados son expertos en los actos de simulación y en fingir demencia, aunque
nunca son lo suficientemente competentes como para engañar a una mujer.
Finalmente, admitió que la conocía, y se limitó en tono “amable” a preguntar qué se
le ofrecía. La mujer volvió a dudar, algo en ella sabía a ciencia cierta qué deseaba del
abogado de voz gruesa, se concentró y arrojó una propuesta audaz; Quiero saber, sí
usted, me puede mantener informada de la situación de mi – entonces si dudó en
llamarlo: marido, novio, amigo… – de Raúl, se arrepintió momentáneamente por
hacer esa pausa y no saber cómo llamarlo, esto fue seguido por un silencio sepulcral.
Alaminos, respiró y finalmente las palabras fluyeron por su boca, ¿Cómo me cree
usted capaz de tal inmoralidad?, reprendió con fuerza, Sépalo…. Señora, yo soy
amigo de la familia, desde hace más de cuarenta años, eso sería fatal, una traición
imperdonable, faltar a la confianza de Mariela, de sus hijos. Debe saber también
usted, que yo soy incapaz de juzgar la actitud de Raúl, pues es un hermano para mí,
pero no considero aceptable la actitud que guarda a su familia.

Alicia tuvo deseos de colgar el teléfono y dejar hablando sólo al abogado, pero se
contuvo, había aprendido que para lograr cualquier cosa, alguien como ella, tenía
que ser tolerante, paciente, y hasta indulgente con las ofensas y los comentarios de
las personas. Dijo, con voz dulce. La primera que sabe que lo que hace está mal, soy
yo, quiero también que sepa que la única responsable de éste embrollo familiar, sé
que soy yo, pero nadie puede juzgar al amor, pues es amor el que nos ha puesto en

esta situación… y precisamente, por ese inconmensurable amor, es que le pido que
haga esto por nosotros, por Raúl y por mí. Alicia hizo una pausa, y de nuevo el
teléfono quedó en silencio, no pudo contener las palabras, que ella bien sabía,
podrían hacer cambiar la opinión del hombre al otro lado del teléfono. Yo se lo sabré
pagar a cualquier costo, dijo cambiando ligeramente el tono de la voz.

Julián Alaminos, simuló no escuchar la última parte de la frase, y artículo una de esas
frases, que sólo puede provenir de un hombre con mucha experiencia, pero con más
mañas que buenos modales. Le pido una disculpa, dijo en tono moderado y hasta
imparcial, éste, que aparece en mi identificador de llamadas, ¿es su número de
móvil?, Alicia respondió que sí, mientras lo confirmó. Alaminos, llamaría cuarenta y
cinco minutos después, para decirle lo que supiera.

10.
Club de Golf La Hacienda, Estado de México. 16:40
hrs. 30 de julio.
La voz hueca y grisácea que se había comunicado con Mariela, diciéndole que su
marido había sido secuestrado, aun no se comunicaba de nueva cuenta. Las horas se
hacían eternas, para la esposa de Raúl, quien no se había separado del hombro de
Fernando, su amado hijo, y él, pacientemente, la había consolado todo el tiempo.
Por la mente de ambos recorrían imágenes de tiempos pasados, a Fernando de su
niñez, con su hermana y sus perros, a Mariela de tiempos en donde la lozanía no le
había sido arrebatada por el tiempo cruel.

No era fácil mantener la calma e intentar vivir, con todo el circo que los agentes
federales habían armado, cientos de personas pasaban continuamente entre la sala
y el comedor, la privacidad se reducía al mínimo, las computadoras y sus pantallas
mostraban localizaciones en mapas que triangulaban posiciones inentendibles, otros
equipos eran armados, aquí y allá, pero el resultado era nulo. El celular con el
número privado del Senador, sonó, Fernando lo miró y en el aparato apareció el
móvil de Julián Alaminos, minutos antes se le había ocurrido llamarlo, casi siempre
que estaba en momentos difíciles lo hacía, Alaminos entendía el mundo incluso
mejor que él, quería pedirle consejo, quería confesarse con Julián, seguro que él
sabría qué hacer, sin embargo, no lo había hecho, se resistiría todo el tiempo que
fuera necesario para no molestar a su padrino; además, no tenía tiempo de nada y
la cabeza le daba vueltas sin control, tal vez era una cuestión de presión y de estrés.
El Senador, respondió el teléfono, una parte de él se sintió aliviada, y con sincero
agradecimiento saludó al viejo abogado, escuchó con atención algunas
recomendaciones que le dio la voz grave y firme al otro lado de la línea, Alaminos le
dijo que querría acompañarlo a él y a la familia en esos momentos, la solicitud de su
padrino de ir hasta a casa de sus padres, llenó, secretamente, a Fernando de
consuelo, la llamada telefónica finalizó con un tú sabes, padrino, que no necesitas
avisar que vienes, serás muy bienvenido especialmente en estos momentos.

Mariela, escuchó la noticia desde el sillón “love seat“ de su sala, mientras tomaba un
té, ahora, la lluvia había cesado y con ello el sonido de todo era mucho más nítido.
Su mente la asaltó, recordó como era las cosas antes, se ensimismó, pudo ver ante
sus ojos, sin cerrarlos, aquellas tardes que sus hijos aun eran niños y se ponían a
hacer la tarea en la mesa del comedor, recordaba, cómo eran los días cuando los
amigos de sus hijos venían a casa, la época de los novios y las novias y recordaba en
especial el día de la boda de Fer, aunque a él no le gustaba recordarlo, ni que se lo
recordaran. En ese entonces qué felices éramos, pensó para sí misma, también una
idea le surgió en la cabeza; siempre pensé que seguiríamos así… cuándo fue que
aceptamos vivir condenados a esta soledad y sufrimiento, ¿cuándo?

Fernando se había divorciado de Lucía, su viejo amor de la preparatoria al llegar al
Senado, se decía frecuentemente que ella lo había cachado con otra mujer en su
oficina, nunca se aclaró el asunto y mucho menos se lo aclararía a su madre, para
Mariela, Lucía era una buena mujer, distinguida, bella, inteligente, incluso devota de
la misma fe que ellos, cuando su hijo y ella se habían casado habían hecho tantos
planes; tener hijos, comprar una casa, viajar aquí y allá, muy poco fue lo que
pudieron hacer juntos, en opinión de la madre de Fernando, con la política se
vinieron abajo. El matrimonio había durado apenas dos efímeros años y de él no
quedaba mucho, ni siquiera recuerdos, al menos eso era lo que aparentaba la
cotidianidad. Pero, secretamente, Fernando seguía pensando en Lucía, pensaba,
como la mayoría de los hombres, mitad enamorados, mitad encaprichados, que ella
era aún recuperable; no sabía ni cómo, ni cuándo podría hacerlo, algo le decía que
sucedería, por lo que no perdía las esperanzas, mientras el tiempo seguía su curso.

Valería, la hermana de Fernando, no cantaba mal las rancheras, tenía un matrimonio
de lo más disfuncional, su marido, un empresario textil, vivía seis meses en el Líbano
y otros seis en cualquier punto de México, había encontrado un sistema infalible,
dejarla por largas temporadas, siempre con el pretexto de que era lo mejor para la
empresa. En la sociedad hipotética en la que había crecido Valería, era imposible
cuestionar las decisiones de los maridos, su madre jamás lo había hecho con su

padre, además, dentro de todo lo malo su “marido” era un buen proveedor, al menos
así le convenía pensarlo y así lo hacía siempre. Fernando había llegado a intentar
intervenir, pero su hermana se lo había impedido sistemáticamente. Al Senador en
lo profundo del alma, le dolía, pero especialmente, consideraba, cuan injusta y
desigual era la vida, pues él que en verdad amaba a Lucía, no se le había perdonado
un pequeño deslisse, que era un affair sin importancia, mientras que su cuñado tenía
libertades incomparables y Valería lo disculpaba por todo.

El Senador, reflexionaba a menudo y siempre de forma imprevista respecto al
asunto, a veces, lo hacía y venía a su mente de forma involuntaria la imagen de su
cuñado, a quien, su hermana, no lo habría dejado por nada, por ningún concepto,
sus faltas eran insuficientes para que ella lo dejara solo y a su suerte, como habían
hecho con él. En la profundidad de su mente, maldijo, miles de veces al malnacido
del marido de su hermana, pero de poco o nada servía; nada cambiaba maldijera o
no a las demás personas. En momentos como éste de mucha tensión, las ideas sobre
Lucía le venían como rayos que apuntaban en dirección de sus ojos y le quemaban
la retina dejándolo ciego, y a veces mudo, fuera de sí.

De pronto, recordó que tenía a su madre al lado, la miró y se preguntó sin querer
responder en qué pensaría ella; Mariela en medio de todo ese caos, de personas que
iban y venían, de cables, teléfonos y computadoras que veía pasar como en cámara
lenta, pensó en la amante de su marido, ella sabía que existía, lo sabía desde que
había empezado su matrimonio, seguramente no era la misma mujer, pero siempre
había una, “una” que cumplía esa misma función, ser el entretenimiento de su
marido, un juguete nuevo, una emoción para aliviar la tensión y la monotonía del
matrimonio. Pero ahora mismo los engaños de su marido, no tenían la menor
importancia, al menos no la misma que antes tuvo, no había una razón para
escandalizarse, ni compartir eso con nadie más, ahora sólo eran recuerdos fugaces
de tiempos añejos, intentos olvidados en un rincón de la mente que siempre es
efímera cuando el presente agobia más que las sombras del pasado. Largo rato
transcurrió, mientras esperaban “otra” llamada del secuestrador.

11.

2da. Calle cerrada de camino a las minas, Sierra de
Santa Catarina, Iztapalapa. Ciudad de México. 17:00
hrs. 30 de julio.
Habíamos comido, lo hacíamos como una familia, el Tinaco, el Chucho, dos hombres
más de los que no supe su nombre, así como una mujer, que según entendí, sería la
encargada de alimentar al hombre secuestrado, el mismo que ahora estaba sentado,
con los ojos vendados y las manos amarradas, no se movía, pero pude notar su
respiración agitada, mientras lo observaba a unos cuantos metros sin hacer ruido.
Imaginé por un instante, que todos los presentes estarían de acuerdo con que nos
retirásemos de la casa, pero justo en medio de la comida, nos dijeron que las cosas
estaban complicadas y que nos recomendaban quedarnos, al menos por un tiempo
más, así el patrón lo exigía, nada nos faltaría con ellos, yo evalué la situación y pensé
que por primera vez, en mucho tiempo, consideraba ésa una idea prudente.

Miré al Tinaco, e inexpresivo como siempre, afirmó con la cabeza, alguien frente a
nosotros, le preguntó, a qué se debía que le llamaran “el Tinaco”, eso fue algo que
consideré inaudito, a nadie se le hace una pregunta así en este mundo, porqué le
llaman de tal o cual manera, por otro lado, para mí, resultaba evidente que el
nombre provenía de que era grande y gordo, como un tinaco de plástico negro, sin
embargo, no dije nada, me limité a escuchar, lo que yo suponía, sería una escueta
explicación de parte del Tinaco.

Nací en los tinacales – dijo, mientras señalaba en una dirección concreta – aquí, en
Santa Catarina, recuerdo cuando aún eran verdes y fértiles los campos, los que ahora
son cerros estériles llenos de construcciones grises y apiñadas. En esa época, nada
era como ahora, los que llegaron a invadir los cerros mataban a machetazos a los

que cruzaban por donde decían que eran sus terrenos. Luego, se detuvo y pensó un
poco, como recordando algo que no tenía muy claro, al final pudo decir. Y cuidado,
te tropezaras con alguna de las piedras que delimitaban las casuchas, te la podías ir
acabando. Y pus, luego sí crecí y me parecí a un tinaco, grandote, gordo y negro.

Yo sonreí, cuando finalizó su relato y encontré en la cara, de ese hombre de manos
cetrinas y ojeras crónicas, algo que parecido a una sonrisa, proveniente de los labios
gruesos y ligeramente morados. Lo miré y lo redescubrí, miré con atención el cabello
necio por origen, los ojos profundos y negros con las cejas poco pobladas, luego
habló diciendo: Yo empecé por necesidad en este negocio, guardó silencio y confesó,
me hubiera gustado poder estudiar y ser una persona diferente, aunque no me
avergüenzo de lo que soy… al final, uno es lo que le alcanza para ser. ¿Y tú Pasa?,
cómo es que empezaste en todo esto, me preguntó, mientras me miraba a los ojos.
El jovencito que había estado comiendo con nosotros, me miró interesado, yo lo
miré, con cierta extrañeza, como quien se pregunta, el porqué de algo inexplicable,
miré a los demás comensales que estaban sentados en la mesa y resolví decirles que
no recordaba cómo había sido, porque en verdad, había sucedido en una vida muy
diferente a la que a últimas fechas tenía, además, dije que había ocurrido hacía
tantos años atrás, que ya no lo recordaba. Les mentí.

La vida no era fácil en Tijuana, durante las primeras semanas mi día empezaba a las
cuatro de la mañana, por alguna razón que nunca pude comprender, salía a correr
por las calles oscuras de aquella ciudad de murales coloridos y calles medio vacías.
Corría siempre con la cabeza oculta bajo una gorra o la capucha de la sudadera. Lo
hacía en compañía de otros hombres que trabajaban al servicio del Wally, íbamos a
desayunar, siempre un licuado de avena y tras eso, se nos encomendaban tareas
físicas.

Debíamos, generalmente, cargar sillas y mesas en el bar, así como cualquier cantidad
de mercancías que llegaban, a veces, también había otras mercancías que llegaban
para ser “servidas” en el establecimiento, por las tardes nos encargábamos de la
seguridad de las calles aledañas y por las noches de sacar borrachos y evitar
desmanes en el “Jake Mate”. Había días en los que poco o nada se podía dormir y,
sin embargo, por alguna razón recuerdo que lo disfrutaba mucho.

Así fue mi vida durante los primeros meses en mi aventura en Tijuana, sería después
del primer semestre de vida en esa disciplina, cuando el Wally en persona, me
encomendaría mi primer trabajo. La tarea consistía en encontrar a un hombre
americano de nombre Robert James, según me dijo el Wally, debía mucho dinero a
la casa y eso era inaceptable, mi tarea, sería llevarlo ante su presencia y hacerlo
pagar a toda costa. Me entregó algunas fotografías, las llaves de una camioneta que
se usaba para llevar las mercancías al bar, que para entonces, tenía más que claro
que era un burdel y picadero, que prostituía menores, y que su clientela principal
estaba compuesta por americanos locos que consideraban que esta tierra sin ley, ni
futuro, estaba hecha para su satisfacción y gozo.

Abordé la camioneta esa misma mañana y salí con mi arma a hacer cumplir al gringo
loco, tenía permiso para usar cualquier técnica para que cumpliera la promesa de
pagarle al Wally. Durante varias horas estuve dando vueltas por las calles en donde
me dijeron que podía encontrarlo, a mediodía, estaba un poco fastidiado de buscar
al vejete deudor, pero al ser mi primer trabajo importante, sabía que no debía
claudicar hasta encontrarlo, por fortuna lo pude encontrar en una farmacia, no era
raro, en aquellos tiempos muchos viejos americanos venían a surtir sus recetas a
México, pues era mucho más barato que hacerlo en California.

Lo seguí tranquilamente hasta una Ford Ranger del año 82, era de color arena, algo
sucia y con algún rayón sin importancia, con vestiduras negras. Cuando abrió la
portezuela del conductor, lo encañoné, mientras le dije que me pasara las llaves del
vehículo y que lo abordara, pero que se recorriera hasta el lugar del copiloto,
despacio, obedeció mis órdenes. Subí, encendí el motor, el hombre de cabeza
blanca, gafas y vestido con una ridícula camisa con estampado de flores, me
preguntó qué le haría, le respondí que yo sólo lo transportaría, para que pagara su
deuda en el “Jake Mate”.

El paseo no duró arriba de diez minutos, en la puerta de descarga, frente al patio de
maniobra, por el que introducíamos las mercancías al bar, detuve la camioneta e hice
sonar la bocina, rápidamente abrieron la puerta y me permitieron el acceso del
vehículo. Ya adentro, en compañía de otros tres de los que trabajan en el “Jake

Mate”, lo amarramos a una silla, en realidad fue entonces que aprendía a hacer
nudos fuertes para resistir la fuerza de los brazos y las piernas de un hombre de 1.80
metros. Apenas terminamos de hacerlo, cuando el Wally bajó de su oficina hasta el
sitio en donde teníamos al deudor, allí nos pidió que nos fuéramos; Su trabajo está
hecho, éste me lo dejan a mí.

Mi primer trabajo, había concluido exitosamente, a partir de entonces me dediqué
a localizar deudores para el Wally, jamás supe que ninguno volviera a salir a la luz de
la calle, ni vivo, ni muerto, pero al menos cuatro docenas de encargos similares a
éste me fueron encomendados en los cuatro años que viví en Tijuana. El pago era
bueno y dependía directamente de la cantidad que adeudaran los fulanos a los que
iba a rastrear por las calles y avenidas, casi siempre del lado mexicano, pero incluso
alguna vez cruzando la frontera. Le cobré a narcos, atracadores, secuestré a
estadounidenses, al menos por algunas horas, recuperé cualquier clase de
mercancías; vivas y muertas, es decir, desde drogas y armas hasta a mujeres. Y por
Dios que ojalá, nunca me hubiera topado con ella. La mujer que ha sido mi perdición.

Yamila, era entonces una ojiazul de dieciséis años, aunque aparentara al menos
veinte, su acento, por esos tiempos lo desconocía y la denunciaba continuamente
como una sureña, así la llamaban, no era la única en el “Jake Mate”, había ya muchas
mujeres de Centro y Sudamérica que ofrecían sus servicios. Yamila me fascinó desde
que la vi, era su cabellera negra, tan intenso, como su cuerpo de tan bellas
proporciones, no era muy alta y eso la hacía aún más hermosa, en una ocasión,
aunque yo la había visto en el bar, como en las asquerosas viviendas que estaban en
la azotea y que uno de esos espacios era ocupado por mí, jamás le había hablado,
nunca si quiera me pasó por la cabeza que llegaría a ser tan importante en mi vida.

En el cuarto año en Tijuana, debe haber sido 1999, yo ya tenía 19 años, casi veinte,
para entonces mi trabajo era todo lo que tenía que ver con la administración del bar,
incluyendo, los servicios especiales, aunque también, seguía encargándome de las
acciones difíciles, como las cobranzas y la recuperación de mercancías. Disfrutaba mi
trabajo, sabía que era bueno en lo que hacía, además, había ahorrado un dinero por
los servicios “extraordinarios” que había desempeñado y hasta había comprado
unos libros, para aprender algo. El Wally era un lector asiduo, cosa rara en un mundo

así, pero al mismo tiempo, en aquellos días él era mi modelo a seguir y pensaba que
sí él había llegado tan alto, yo quería ser como él y podría serlo, así seguía su ejemplo.

Una tarde mientras simulaba leer, pues realmente no era muy bueno en hacerlo, un
grupo de las “palomitas”, como llamábamos a las prostitutas de nuestro congal, se
acercó, la mayoría de ellas gritando y llorando, el Wally fue quien las atendió y sólo
un segundo después, me gritó, sacándome de la poca concentración que tenía, me
advirtió de la situación, pues se habían “levantado” a Yamila y se sabía poco de cómo
encontrarla, sólo teníamos información de que era un Chevrolet Malibú, parecía del
año 69 y de color naranja.

Minutos después yo estaba ya a bordo de la camioneta RAM, buscando por las calles
graffiteadas de Tijuana a la susodicha, quiero decir, un vehículo de color naranja, lo
más seguro era que lo ubicáramos por los barrios marginales, tendríamos seguridad
de eso, sí tan sólo hubiéramos sabido sí las placas eran mexicanas. De la nada, y para
mi suerte, el vehículo descrito, apareció ante mis ojos, pude ver que había personas
forcejeando en la parte posterior, vi las piernas de Yamila a través del medallón del
carro, a la que por entonces sólo llamaba “la Sureña”.

Decidí actuar rápido, me adelanté al vehículo y le cerré el paso con la camioneta,
éste me esquivó subiéndose a una banqueta, en dónde se llevó parcialmente un
puesto de periódicos, supe que no iba a ser fácil detenerlo, el Malibú de color chillón
aceleró, pasó un semáforo en rojo e intentó escapar dando vuelta ala derecha. La
persecución duró algunos minutos, por las calles empinadas, en el cruce de Enrique
González, con Días Mirón, vi la oportunidad de embestir el automóvil con la
camioneta y así lo hice. El auto quedó atrapado entre una pared y la camioneta que
yo conducía, imposibilitado para seguir adelante, el conductor, abrió la portezuela,
los vidrios de éstas eran polarizados lo que no me permitía ver con claridad. Un
instante después, el conductor, salió del costado de la puerta del auto,
disparándome con un revólver plateado, de inmediato me tiré al piso de la
camioneta, mientras, nervioso, buscaba mi arma en el cinturón. Cuando al fin pude
encontrarla, la tomé entre mis manos, y esperé algunos instantes, entonces la puerta
del pasajero de la camioneta se abrió y pude disparar, al abrir fuego, salté del
vehículo y pude ver bajo mi vehículo al hombre que me había disparado con el

revólver, alrededor de él, había un gran charco de sangre, me apropié de su arma y
sigilosamente bajé de la camioneta.

El segundo hombre, bajaba del carro con Yamila sujeta por el cuello, pero mientras
lo hacía, no había escuchado los tres disparos que había emitido mi Glock, con los
que había dado muerte a su compañero, mi arma había sido transformada por el
Wally y tenía un silenciador, además, gracias al consejo del administrador del bar,
siempre usaba balas subsónicas. Me acerqué rápidamente hasta ellos, pues ambos
me daban la espalda, encañoné al hombre y le ordené que la soltara, el infeliz, debió
haber tenido dieciséis años cuando mucho, de forma casi instintiva le gritó a su
compañero, el otro jamás respondió, le ordené que se volteara lentamente y allí,
tendido en el piso en medio del charco de sangre, pudo ver a su amigo muerto.

Así se pagan los crímenes mi amigo – le dije – éstas, son deudas de sangre. El hombre
se quedó inmóvil, su cara pálida, denostaba su temor ante lo inevitable, pues él sabía
mi postura.

¡Hazlo ya!, exclamó tras algunos instantes, yo me rehusé, sabía que tendría que
suplicarme en otra ocasión, algo me lo hacía pensar, así que me limité a dispararle
en una pierna, a la altura de la rodilla derecha, así quedaría marcado de por vida y
se acordaría de quién era el Pasa.

Tomé a Yamila por el brazo con fuerza, la subí al vehículo, que en el parabrisas, tenía
cinco impactos de bala, arranqué el motor y escapé de la escena, lo más rápido que
pude. En el fondo, esperaba ser el héroe de Yamila, pues la había salvado de sus
captores y la regresaría sana y salva “a su casa”. La reacción que tuvo, no la habría
imaginado nadie, pero menos yo, ni en mis peores sueños. Primero me recriminó,
porque casi la mataba al chocar la camioneta en contra del vehículo, después, por
regresarla al maldito infierno del “Jake Mate”, pero sobre todo, me reclamaba, por
no poder hacer nada, porque sabía perfectamente que yo jamás había tocado a
ninguna de las “palomitas” y que eso me hacía implacable para mi trabajo, ella
obviaba que yo era homosexual. Un chico normal, no soporta tantas insinuaciones
sin responder y vos, no sólo no respondés, ni siquiera volteás, se re nota que no te

gustan las minas. Me dijo también, que no intentaría escapar de mí, porque sabía
que yo no tendría empacho alguno en dispararle y dejarla muerta.

No me salvé de algunos de sus puntapiés, pero cuando regresé, por primera vez,
dudé que fuera una buena idea seguir en este trabajo. Durante algunos días, cada
vez que me veía, mascullaba algunas palabras, que nunca creí que hubieran sido
buenas. Yo no sabía qué hacer, algo me obligaba a no acercarme, en mi mente
siempre tuve claro que esto que hacía era un trabajo, y yo no necesitaba otra cosa
en la vida, los lunes que eran el día libre por excelencia para mi, salía a buscar
diversiones, pero me había vuelto un profesional y yo era feliz con eso. Desde ese
evento y las siguientes semanas, me pregunté qué deseaba de la vida, no tenía
muchas respuestas, pues era muy poco lo que conocía y casi siempre había estado
vinculado a esto… a cobrar y herir, matar, no había más, pero en el fondo de mi,
sabía algo, no quería separarme de ella. Cada noche, que ella salía a bailar en las
pistas del “Jake Mate”, me escabullía hasta una de las mesas y observaba
detenidamente, aunque, cuando algún hombre la tocaba, me enfermaba de celos y
me retiraba, mientras pensaba, cómo había podido llegar a ese punto.

Siempre había sentido que mi trabajo era fácil y que yo era bueno en él, incluso,
había llegado a pensar que cuando tenía que accionar mi pistola, lo hacía para algo
siempre positivo. El desprecio de Yamila fue creciendo más y más, hasta que una
noche, antes de que saliera a bailar, las intercepté en las escaleras de fierro y la tomé
por el abdomen, para cargarla en dirección contraria y regresar a nuestras
habitaciones. Le tapé la boca con la mano y le ordené que me escuchara con
atención, le pregunté en tono estridente: Entonces, te quieres ir ¿verdad?, lo tuve
que repetir dos o tres veces, puesto que el ataque de pánico que le había provocado,
no le permitía comprenderme. Ella se arremolinó como gusano y yo la sujeté, cada
vez con más fuerza.

Pues te voy a decir una cosa, le dije, mientras la constreñía contra mí, yo te voy a
ayudar a salirte de esta vida, siempre que te vengas conmigo, porque a mí realmente
me importas, porque te quiero y no sé qué siento cuando estás cerca de mí. ¡De
verdad! Te quiero ayudar, sí dejas de gritar y prometes no decirle nada a nadie, lo
podemos planear juntos. Ella, me miró con sus ojos celestes y me dijo que sí con la
cabeza.

Pensé que me matarías – me dijo asustada – pensé que las chicas le habían dicho al
Wally y que me querían ejecutar.

Carmelo no sabe nada… – por primera vez, desde mí llegada a Tijuana, me atrevía a
decir el verdadero nombre del Wally, lo dije mientras sonreía – no le diré nada,
escaparemos juntos y comenzaremos una vida nueva, tú y yo, sin todas estas
chingaderas.

Ella sonrió y luego me dijo… No sé quién sea ese Carmelo, pero lo último fue muy
lindo y creo que funcionaría. Le dije que Carmelo Pérez, era el nombre real del Wally,
por algunas horas en mí nació una duda, quizás no había sido una buena idea decirle
el verdadero nombre del Wally, pues yo era el único que lo conocía, sin embargo, lo
tomé como una muestra de confianza mutua.

Yamila y yo, escapamos de Tijuana y nuestra historia en el “Jake Mate”, una noche
de julio de 1999, iríamos en rumbo a Cancún, porque era en ese lugar en donde se
podía encontrar una vida nueva, además, queríamos estar lo más lejos posible del
Wally y de Marín.

12.
Centro de procesamiento de datos del CISEN, Ciudad
de México. 17:15 hrs. 30 de julio.
Alejandro Harlington, se encontraba reunido con todos los comisionados de
seguridad, él no era un imbécil, mentalmente se lo repetía de forma incesante, sabía
que el secuestro no había sido un hecho casual, él conocía los métodos y sabía que
había un informante, él no iba a caer en juegos falsos. Sí bien el Presidente Trevilla y
algunos de sus asesores habían querido que la Presidencia dirigiera a la opinión
pública, Harlington, había pedido que se manejara el asunto con discreción y con
inteligencia, sabía también que tenía muchos posibilidades de que alguno de los
Generales que estaban sentados frente a él supieran algo, incluso peor, hubieran
tenido algo que ver, o supiera al menos más de lo que decían. Probablemente
habrían dado facilidades a “alguien”, tal vez, hasta alguno de ellos lo hubiera
planeado intelectualmente, junto con “alguien” que fuera un profesional, un
alborotador.

Mientras cada uno reportaba los avances de investigación, daba datos y revisaba
líneas de investigación, con cierto orden lógico; él los miraba inquisitivamente,
repasaba por la cara de cada uno de esos hombres, mientras que en su mente se
repetía las palabras que él mismo le había dicho a su asistente, camino al edificio,
“somos inteligencia, no somos lo suficientemente pendejos como para no
enterarnos de algo de este tamaño”. Nadie secuestra a plena luz del día a un hombre
importante, nadie desafía así la autoridad del gobierno, al menos, no alguien que no
esté lo suficientemente loco. Pero no está viendo la cara, la sola idea de aceptar eso,
le llenaba la mente de dudas, pero él no podía, ni debía, dudar, es algo que no se
puede permitir uno; pensaba en su mente, mientras seguía con la vista los rostros
de los hombres que tenía frente a sí.

El General Aragón, dijo tener indicios de que esto habría sido orquestado por un
grupo de concesionarios de banda ancha; los hombres de negocios, más afectados
por la reforma impulsada por el Senador Pérez Irigoyen. Harlington, aprobó la
aproximación del General de Estado Mayor, preguntó en dónde podrían indagar más
sobre el paradero del Ingeniero Raúl Pérez. Aragón lo dudó por un segundo, dijo
algunas palabras que no tuvieron sentido para ninguno de los que estaban sentados
en aquella mesa, pero algo lo hizo corregir sus propias dudas, primero respiró, luego
dijo que tendría que ser un contacto del propio Senado de la República, que allí
tendrían que empezar una búsqueda exhaustiva, aunque recordó que eso sería ilegal
por el fuero constitucional de los senadores.

Aragón, dijo tener ideas, pero que aún su gente no podía tener claridad, que lo más
sensato era esperar una nueva llamada de los captores, pero que los protocolos
decían, no era una buena señal que aún no llamara nadie, con tantas horas de
diferencia de la primera llamada, quizás el cautivo estuviera muerto o herido de
gravedad y que sin atención médica sería probable que no sobreviviera, recordó que
eso era lo que provocaba que no llamaran en la mayoría de los secuestros que
empezaban de una forma tan violenta como la que en esta ocasión se dio. Tal vez el
rehén hubiera reconocido a los captores, tal vez, algo hubiera salido mal en el
traslado y entonces habrían tenido que deshacerse de él: es solo una posibilidad –
dijo con voz ensombrecida – no una garantía. Alejandro Harlington, hizo un gesto
con la boca, uno de aceptación de las palabras, pero al mismo tiempo de decepción
e incertidumbre, algo le decía que nada iba bien.

Harlington instó a los militares a trabajar vehementemente, para resolver ésta
situación, una que podría tornarse en un estado de inestabilidad e ingobernabilidad,
mismo al que nadie quería darle espacio, posibilidad de existir. Alejandro Harlington,
sabía que los consejeros del Presidente Trevilla, ya habían hablado con él, el hecho
de que el secuestro fuera tan mediático, a un hombre tan importante de la oposición
como Pérez Irigoyen, lo hacía aún más delicado y políticamente inestable, aunque lo
habían llamado “inadecuado””, había periodistas y coberturas especiales por todas
partes, sin mencionar que además las agencias internacionales presionaban con
entrevistas al Presidente, teniendo en cuenta que apenas semana y media después

de todo esto, se recibiría la visita de Estado de seis presidentes de naciones
latinoamericanas, en el marco de la firma del acuerdo para la colaboración en la
lucha contra el narcotráfico de la región, teniendo como invitados de honor al
Presidente de Estados Unidos, al igual que al Primer Ministro canadiense y el de Gran
Bretaña, esto ponía en severos aprietos al Presidente y a la imagen de un México
“seguro” que había intentado construir en los últimos cinco años.

Harlington, tenía un as bajo la manga, ingresaría a la base de datos del Senado de la
República, iniciarían revisando los servidores, toda la comunicación electrónica:
llamadas telefónicas, mensajes en redes sociales, correos electrónicos y allí
seguramente encontraría las comunicaciones, que de alguna forma, los llevaran a
dar con los enemigos políticos del Senador Pérez Irigoyen, Harlington corrigió
mentalmente su discurso, pensó que no eran solamente enemigos de un individuo,
sino de una nación entera. Los enemigos políticos o empresariales del Senador,
podrían haber mantenido contacto con cualquier miembro de colaboradores de
Fernando. Nadie lo habría notado, nadie excepto los ojos expertos de sus hombres,
así se pondrían manos a la obra, esperarían encontrar algo de la forma más rápida.

Esto era contra la ley, pues significaba la intromisión de un poder en otro, es decir,
el Legislativo sería invadido y vulnerado por el Ejecutivo, pero el Presidente había
sido muy claro, debía encontrar al culpable a cualquier costo, y cuando el jefe dice
eso, eso es lo que se hace. El comisionado de seguridad nacional, al terminar de
escuchar los reportes de los Generales: Ángeles, López Minerva, Aragón y López
Sotelo, concluyó que era insuficiente la información y llamó a su asistente, pues supo
que, en algún lugar del penal del altiplano, tenían al hombre correcto para una tarea
complicada, un chacal que podría saber algo, él siempre sabía algo de todo.

13.

Penal de Alta Seguridad del Altiplano, Almoloya de
Juárez, Estado de México. 17:23 hrs. 30 de Julio.
En la celda marcada con el número 204, del bloque A, habita el reo conocido como
Dagoberto Quesada Mendoza, Julión Mendiola Téllez, Alberto Sarabia Castro,
Guillermo Marín y no se sabe cuántos sobre nombres más, se dice que éste tiene
más alias que días de estar encerrado, fue encarcelado en el año 2004, por las
Fuerzas Federales de Apoyo y condenado a sesenta y cinco años de cárcel, por el
asesinato de treinta y cuatro agentes federales, en al menos doce años, por el
secuestro de siete ciudadanos, en diferentes ocasiones, además de delitos contra la
salud, entre otras nimiedades, él siempre dijo que era un criminal perseguido de
estado, que los delitos que se le imputaban no obedecían a los que realmente había
cometido, se le consideró un cínico, un psicópata y un hombre francamente dañado.
Lo cierto es que muy pocos de los internos han escuchado su voz, la razón es que al
que apodan “el Ciento Ochenta”, aunque otros prefieren llamarlo “El General”,
nunca habla con ellos, dicen que cuando estaba en libertad era muy alivianado,
cuentan que tenía una especie de rango en la sociedad y que por eso le llamaban
“Tío”, pero se le quedó el “Ciento ochenta” por el número de muertos que tiene en
su haber, según los rumores que corren por el penal, nunca hace ejercicio, su vida es
pasar las horas leyendo, Dios sepa qué clase de libros, su celda está repleta de ellos,
siempre le llegan nuevos y en mucha cantidad, nunca habla y consideran que es
peligroso interrumpirlo de su concentración.

Dagoberto, se dice, tiene cuarenta y nueve años y ejercita la mente, entre ocho y
diez horas diarias en el interior de su celda, con una luz deficiente, con la vista fija,
como escurriendo por entre los largos cabellos que caen desde su cabeza, es un reo
especialmente violento, en la única ocasión que salió al patio con sus compañeros,
mordió a uno y casi le arrancó la oreja, su pasatiempo central se reduce a lanzar
cualquier cantidad de improperios cuando alguien se acerca a su celda, los escasos

veinte minutos, que tiene autorizados, semanalmente, a salir al patio, nadie se
acerca a él, ni celadores, ni reos, nadie que esté en su sano juicio, todos saben que
es un psicópata consumado y que no tiene remedio, ni cura, saben también que él
se enorgullece de eso. Saben otra cosa, es un tipo nefasto, pero sobretodo
inteligente. Se dice, que era muy audaz, uno de esos hombres que sin el apoyo de
nadie, creció hasta ser de los más temidos del país.

Lo atraparon en Monterrey, lo acusaron y condenaron de ser el autor intelectual de
los enfrentamientos en donde decomisaron, drogas, armas y en donde murieron
veintidós federales y al menos siete civiles, de su lado, tres sicarios caídos, fue
acusado de una lista interminable de delitos, sus abogados lo pudieron librar de
algunos, entre los que estaban, el de tráfico de personas, trata y otros, que eran
menos notorios o de esos a los que ningún criminal de su altura está dispuesto a
aceptar. El día que lo atraparon, le encontraron un cargamento de cuatrocientos
kilos de cocaína, quedaría confinado en el Penal del Altiplano. Dentro de la cárcel, ya
había tenido varios incidentes violentos, el de la oreja, era el más sonado, dicen que
había masticado la oreja y unos afirmaban que se la había tragado, otros que la había
escupido mientras mostraba la lengua, llena de sangre que escurría hasta su cuello.
Otro, menos sonado, cuando un guardia descuidado, había recibido un golpe en la
cabeza, que le había fracturado el cráneo. Desde entonces lo habían mantenido
aislado.

No era la primera vez que pasaba, en la escuela en su juventud, le fascinaba
aterrorizar a sus compañeros de clase, siendo apenas un niño lo hacía con frecuencia,
jugaba continuamente con la mente de todos los que lo rodeaban, adoraba el
sufrimiento de los otros, especialmente de los que lo miraban como una persona
diferente y es que lo era, desde entonces, había resultado evidente, pero nadie lo
detuvo, quién sabe sí lo habrían podido hacer. Con el tiempo, se descubrió como un
asesino frío, disciplinado, tenía una fortaleza mental especial, no era fácil que
perdiera la concentración, no lo hacía fuera de serie, pero lo hacía poder resistir casi
cualquier cosa, el aislamiento, la pobreza, la miseria, incluso las enfermedades, pues
era extraño que lo atacaran, en la epidemia de escarlatina, en la que perdió a la única
hermana que tenía, él ni siquiera había tenido dolor de cabeza. Ahora se había
dejado crecer el cabello y la barba, ambos entrecanos, descuidados y sucios, le daban
un aspecto, por momentos aterrador, aunque para otros le resultaba más cómodo
poder pasar cerca de él, no tenían que sufrir el escrutinio de sus ojos negros, grandes

y brillosos, especialmente eso; brillosos, tras la cortina de cabello largo y
enmarañado, se asomaban de vez en cuando algunas cicatrices en la cara de piel
morena y con barba poblada, larga y sucia.

Solía comer con las manos, odiaba usar los cubiertos de plástico que le
proporcionaban, las uñas largas y mugrosas, decoraban unas manos delgadas, con
las uñas mordidas y llenas de vellos. En el fondo, odiaba la comida de la cárcel, era
siempre fría, batida y cruda, sabía salada y no tenía aroma, tal vez, era la comida lo
único que lo hacía extrañar la libertad, siempre fue un tipo extrañamente callado,
calculador, desde que entró en la cárcel, pero a veces, en ocasiones muy contadas,
se le podía oír rezar. Cuando no estaba comiendo, estaba pasando las hojas amarillas
de sus libros amontonados, a veces, se le oía recitar en voz alta los diálogos de
Hamlet de Shakespeare, otras se le podía oír murmurar los poemas de T.S. Eliot,
aunque nadie en la cárcel sabía quién era quién, sus lecturas siempre combinadas
en una lógica repetitiva, como si memorizase cada párrafo. A veces, él mismo se daba
cuenta, que musitaba algunas palabras, incluso sin sentido, en tono mecánico, pero
es no importaba, siempre eran para él mismo, para nadie más.

Había una parte en el fondo de él que sabía que algo pasaría, que un día, que por
cierto no estaba muy lejos, alguien cometería una equivocación, alguna clase de
milagro lo pondría en libertad de nueva cuenta; no podía imaginar cómo, ni quién,
ni por qué, pero muy dentro de él lo sabía, guardaba una esperanza que crecía, para
él era más que suficiente tener esa seguridad que provenía de su corazón, más que
de alguna fibra de su retorcida mente, era una corazonada. Quizás alguna
oportunidad de escapar se vería cristalizada, cuando una noche, algún guardia
distraído dejara la puerta abierta de la celda, tal vez un tolete fuera suficiente para
minimizarlo, para obtener un rehén y con ello su libertad.

Mientras eso pasaba, cada día se concentraba en la sola idea: la de salir de aquel
infierno, para ver arder en las llamas de cualquier otro similar, todos los nombres de
los que lo habían encerrado y que guardaba en su cabeza, los repetía cada noche y
su odio crecía, en contra de cada uno de los cerdos que en ella recordaba.

14.
Sierra de Santa Catarina, Iztapalapa, Ciudad de
México, 19:10 hrs. 30 de Julio
Para cuando nos levantamos de la mesa, tras aclarar algunos asuntos, los comensales
sacaron una vieja baraja, con cartas maltrechas de Reyes y Sotas, del fondo de la
mesa provino una voz grave, que al repartir las cartas, me preguntó; ‘‘¿y qué te hizo
regresar, al negocio que tanto habías abandonado, qué te hace volver ahora, mi
Pasa?”

Una voz, dije; mientras sonreía nervioso pues hasta ni siquiera yo mismo sabía el
porqué, respondí sin que mis palabras complacieran a los presentes, a ser franco
aquello no era lo mío, muy pocas cosas lo son. La sonrisa se borró de mis labios y las
respuestas no tuvieron continuidad, se volvieron en palabras tímidas, y algunas
miradas incómodas. No era algo de lo que estuviera convencido de hablar, sin
embargo, la mirada inquisitiva de los demás jugadores, me hizo complacerlos en
cierta medida, decidí ofrecerles datos parciales, nada que alimentara sus
expectativas. Hace 5 días, mi teléfono sonó, dije mientras repartía la baraja que
contenía el mazo, era muy de madrugada, volví a ser una pausa mientras mire a el
tinaco, eran las 3:00 AM, lo sé porque junto a la cama, tengo un viejo reloj de
números rojos luminosos justo junto a mi cabeza, en él consulto cada hora todas las
noches.

Alguien, resolví en privado, al otro lado de la línea me reconoció y yo también, pude
recordar su voz, la misma que seguía siendo suave y aterciopelada, casi perfecta,
angelicalmente entonada, al escucharla, pude notar que yo sabía, perfectamente, a
quién pertenecía. En esos escasos siete minutos, en los que hablamos por teléfono;
me llamó dulcemente por mi nombre, como lo hacía mucho tiempo atrás, su saludo
me resulto tan reconfortante, luego continuó con palabras de afecto y cariño, dijo
que hablaba para pedir un favor, continuó diciendo tantas cosas que me unían a ella,
era una especie de comunión, era como si un solo instante no hubiera pasado el

tiempo, como si aún ayer hubiera despertado junto a ella, el encargo consistía en
reunirme con un intermediario, además, debía hacerlo al día siguiente, en alguna
cafetería, de esas que hay muchas en la ciudad, yo le pedí solo un favor, como en
especie de pago, le dije que deseaba reunirme con quién me contrataba, que no lo
haría por intermediarios, ella dudó por un instante, me dijo que la única parte donde
podía verme era en algún estacionamiento público. Ambos permanecimos en
silencio como tratando de escudarnos el uno con el otro, hubo algún sentimiento
que despertó, en ese preciso instante, fue como si los dos nos pusiéramos de
acuerdo y entonces finalmente decidimos, darnos la oportunidad de despedirnos,
una despedida largamente postergada, que nunca tuvo lugar, y que ahora significaba
todo, terminamos escogiendo el Estadio Azteca, me advirtió que debía ir a pie pues
podrían seguirme, quién o quienes es algo que nunca dijo, pero lograba imaginarme
que nadie bueno. Cuidadoso de no mencionarlo y reservándolo, en exclusiva para
mí, recordé que así lo hice, mientras amanecía me preparé, me preparé mucho como
tenía tanto tiempo de no hacerlo, me decidí a obedecer a cada petición, palabra por
palabra, tal vez, sería porque nunca la pude olvidar, porque mi amor hacía ella era
obsesivo, porque cuando se largó me destruyo, me morí, al menos la mejor parte de
mí, por lo que hubiera sido, decidí acudir a aquella cita como me había propuesto, lo
hice porque la voz que había escuchado era de alguien a quien le tenía mucha
confianza, tal vez más incluso de la qué debería tenerle, decidí no especular mucho
y dirigiendo mi pensamiento, me reencontré con Yamila, aunque desde mi casa en
esa en la que ahora vivo, hasta el famoso estadio hay más de 3 horas de camino no
dude en asistir.

Aunque la respuesta, que cuidadosamente di, no me haya dejado satisfecho del
todo, ni tampoco a mis nuevos amigos allí reunidos, resultaba suficiente para
perdonar la intromisión del pensamiento de terceros a mi vida privada, noté que
algunos me miraban con la mirada perdida y ciega, como queriendo saber los
motivos de mi regreso, detalles específicos, lógicos, del cómo volví a un negocio del
que me había “salido” muchos años antes. Pero siempre pensé que los asuntos
personales debían mantenerse al margen de los comentarios del trabajo, si había
evitado las miradas curiosas y desorbitadas de los otros, era porque no les
complacería; y mientras sostenía la baraja vieja entre mis dedos, repartí las cartas,
sin decir más, no lo haría; era porque los detalles me los quedaba reservados para
mí, era cosa fácil, esa de confundir el trabajo con amistad y no me lo podía permitir,
entonces, en silencio y mientras contaba las cartas que iba dejando sobre la mesa,

recordé cada detalle de ese día, cada instante, cada sensación, mientras consultaba
el par de reyes que tenía entre las manos y cambiaba el resto de mi juego.

Sonreí involuntariamente, noté mis labios contraídos, cuando recordé el vuelco que
me dio el estómago, al momento de repasar en mi mente, cuando conteste por
reflejo mecánico, que había regresado simplemente, por gusto. Los presentes
guardaron silencio un tanto desilusionados, mis palabras les resultaban insuficientes
casi tanto como para mí, me concentre en las carta, mirándolas fijamente y en
secreto, de manera furtiva, pensé en el acento inconfundible, de inmediato, me
remitió a la época en la que vivía en Playa del Carmen, a su lado, allí habíamos
intentado cambiar nuestra forma de vida, aunque ninguno de los dos teníamos
mucha idea de cómo debía ser, pero a partir de entonces, nuestra forma de vivir
tenía que ser alejada de cualquier vagancia, de escondites y armas, ¿cómo íbamos a
poder superar esto?, ¿cómo enfrentarnos a la vida sin hacer nada de lo que siempre
habíamos hecho?, pocas respuestas acudían a nosotros, pero lo intentaríamos, era
el pacto.

Los dos hicimos intentos, ella entró a una clase de Centro de acondicionamiento
físico, la verdad era que Yamila admitía, que jamás había hecho ninguna clase de
ejercicio, pero tenía la voluntad de aprender, una actividad para sobrevivir con
dignidad, así comenzó a dar clases de cardio, de spinning y otras actividades
relacionadas, en algún sitio de aerobics, el sueldo no era bueno y al final no resultó,
recordó que de niña había tomado clases de ballet y así fue cómo solicito empleo en
una pequeña Academia local, descubrió su enorme pasión por enseñarle a niñas, ella
decía que en México ser extranjero, era la muerte o la entrada al Paraíso, pues
siempre le abrían las puertas por ese hecho sin más explicaciones o te miraban con
cierto odio y mezquindad.

Por mi parte, con mis ahorros decidí comprar un pequeño yate, mismo que tuve que
arreglar y lo bautice con el nombre de Yamila. La verdad detrás de la adquisición es
que no era un lujo, se trataba de una herramienta de trabajo, la idea era rentar la
embarcación y vivir de sus rentas, sin cometer ningún ilícito.

Quizás con el tiempo me di cuenta que lo más difícil para dejar de cometer delitos,
es dejar de sentir la sensación de adrenalina, esa que te recorre por todo el cuerpo
constantemente, y de la facilidad con la que se gana la vida al cometer cualquier
clase de fechorías. Creo desde el principio sabes que está mal, pero qué te importa
lo poco o lo mucho que la sociedad diga de ti, lo que haces es lo más emocionante
que hay en la vida. Incluso en algún punto llegas a cobrar consciencia de que es lo
único que la sociedad, Dios o quien tú prefieras, te ha dejado. Y lo aceptas, sin hacer
berrinches ni ponerte en tono caprichoso.

Recordé lo difícil que fueron los primeros meses, en Cancún, las cuentas nos
abrumaban, el pequeño departamento que rentamos albergó muchos sufrimientos,
una época de escasez, pero al mismo tiempo en mis recuerdos siempre recordaré
fue la única temporada de mi vida que me reí como nunca, creo que fue efecto de
algo a lo que yo siempre he sido escéptico, a la esperanza, junto con nuestra
esperanza, nació un amor tan difícil de describir, algo disperso, exuberante como
apasionado e hilarante, lleno de misterios, pero vitalmente controlado por la
necesidad de confirmar que podíamos confiar el uno en el otro, aprendí tanto, desde
compartir las sabanas con una mujer, hasta a sentirme digno de ocupar un espacio
en los pensamientos de ella, con Yamila, aprendí a convivir por las noches con sus
manos y pies fríos, aprendí que su pancita caliente, no tenía comparación y sus
caricias, siempre escasas, eran invaluables; me acostumbré a mirar sus ojos al
despertar, a sentir una seguridad fundada en su presencia. Terminamos
compartiendo, un poco más de cada uno de los dos.

Así durante poco más de un año, nuestro mundo se redujo a nosotros dos, no era
del todo idílico, no como yo lo hubiera querido, hubo momentos en los que llegué a
pensar que habíamos podido salir de aquel mundo en el que nos habíamos conocido.
No me habría podido imaginar todo lo que nos faltaba por vivir.

Aquella madrugada, escuché su angelical voz, no pude evitar que una lágrima, cursi
y despreciable, rodara por mi mejilla. Mientras, las palabras fluían por la línea
telefónica hasta mis oídos, era tan extraño escucharla después de tanto tiempo,
tantos años que yo había registrado en noches sin ella, luchando contra la crueldad
de su ausencia, aquella noche, le pregunté, en medio de un ataque de ansiedad, y
con una parte ajena a mi pensamiento consciente; “¿estás bien?”, pero la pregunta

no obedecía a una mecánica duda que se hace cotidianamente, pues yo esperaba
que ella dijera, un “te necesito”, uno que por más que quisiera engañarme, nunca
salió de su boca.

Yamila era inteligente, se limitó a darme instrucciones, y en el fondo yo sé que notó
algún dejo de desesperación en mi voz, sin decirlo, me pidió que me calmara en ese
lenguaje de complicidad que las mujeres que te conocen bien logran establecer
contigo. Lo hice, más por obligación que gusto.

En esa llamada, me preguntó, cuán dispuesto podría estar a regresar al negocio, yo
con la respiración agitada, le dije que dependía de quién y cómo me lo pidieran, me
dijo que se lo podía imaginar, hasta acudió al chantaje, pero nunca lo abarató, dijo
que sabía que chantaje funcionaría conmigo (de hecho funcionó), por mi parte me
negué a ceder a la primera. Cuando, estaba a punto de colgar, le pedí que no lo
hiciera, que haría lo que me pidiera, pero que quería reunirme con ella. Yamila, se lo
pensó apenas un instante, luego con suma claridad, me dijo, que se trataba de un
secuestro.

Es un hombre importante – dijo con la voz un tanto apagada – pero necesito que me
ayudes, sabés que yo siempre he confiado en vos, hasta con los ojos cerrados, el
cliente es re generoso, aunque nadie, excepto yo debe conocer su nombre, vos lo
entendés, yo sé…

Explicó que el cliente, no los daría todo, que entendía que yo estuviera fuera del
negocio, pero que era yo en la única persona en la que podría confiar. También dijo
que sabía que yo no me negaría, que podría estar segura de que todo saldría a pedir
de boca. Añadió que tendría que reunirme con el que sería el intermediario en una
cafetería en el Centro Histórico de Ciudad de México, él me daría el adelanto y el
informe logístico.

Me lo pensé por un instante, luego finalmente, de mi boca salió un firme y rotundo:
No, le dije que lo haría, siempre que fuera ella y ningún intermediario más. Sólo te
tomará unos cuantos minutos – dije en tono de súplica reprimida – Tú me lo puedes

explicar todo, incluso mejor que un tercero, además, no haré ninguna pregunta,
nada que no me quieras contestar. Le pedí.

Estoy seguro que Yamila, evaluó cuidadosamente cada una de mis palabras y lo que
a probabilidades se transformaban, así accedió, me pidió que fuera solo, que no
llevara auto, que me vistiera discreto y que nos encontraríamos en el
Estacionamiento del Estadio Azteca, a las 14:30 horas del día siguiente, advirtió, que
confiaba en mi puntualidad, se despidió, con el acostumbrado y un tanto frío: “ciao,
un beso”.

No pude dormir el resto de la noche, recordé cuando decidimos huir de Cancún, pues
sospechábamos que Marín andaba tras nosotros dos, sus hombres eran notorios, y
preferíamos evitarnos los conflictos, era momento de regresar a México, había
razones de peso para hacerlo, primero, habían pasado ya años de mi crimen contra
el Gato, nadie me reconocería, Yamila, podría ser menos notoria en un lugar en
donde hubiera mayor cantidad de población y Marín, no tenía una red en el centro
del país, lo sabía de su propia boca. Además, el cambio democrático nos había
esperanzado a vivir mejor, así, vendimos todo lo poco que habíamos comprado,
incluido el yate, las zapatillas de ballet y sofá en donde pasamos nuestras primeras
noches juntos, con eso, dejamos atrás nuestra idílica vida en el Caribe.

Siete años en ese entonces, me parecía mucho tiempo, la muerte del Gato, habría
quedado en el olvido, no lo recordarían, ni a mí tampoco. En el barrio, la vida sigue
y el olvido es el perdón, así como el perdón, es la mejor de las muertes. Un día del
mes de abril de 2001, arribamos al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México,
allí encontré muchas cosas diferentes, Yamila también, pues ella había estado en el
Distrito Federal antes que en Tijuana.

Yo, entonces, no sabía que ella hubiera estado en la capital del país, ya que ella nunca
hablaba de su pasado. Fue una tarde, que la encontré hincada, junto a la cama,
sosteniendo un crucifijo de madera oscuro y grande, rezaba con lágrimas en los ojos.
Durante los años que la había conocido, jamás había visto que siquiera se persignara,
era un tema que no me importaba en absoluto, aunque mi madre me había
enseñado las oraciones, tras su muerte o quizás antes, no me habían quedado ganas

de investigar sí eso de rezar y la palabrería celestial servía de algo. Tampoco nos dio
por andar adorando a la Santa Muerte o a San Judas Tadeo, del que un día fuimos
muy devotos, mi hermano, mis padres y yo. Dios, no podría existir, porque en qué
clase de justicia podría permitir todas las barbaridades que suceden cotidianamente,
pensaba tiempo después de mi llegada a Monterrey…

Yamila rezaba fervorosamente, cerraba los ojos y apretaba las manos, una contra la
otra. Intenté alejarme sin hacer ruido, para no interrumpir, mientras lo hacía y me
alejaba, ella levantó la cara y separó las manos. Recuerdo bien el entorno, era la
recámara blanca del pequeño departamento de Cancún, por la amplia ventana que
tenía el sol entraba inundándolo todo, mientras que a lo lejos se podía oír el mar.
Me preguntó si yo creía, mientras con sus grandes ojos señalaba el cristo frente a
ella, no le respondí a la pregunta, me limité a decirle, que si yo creía o no, no
importaba, que yo jamás le prohibiría ni rezar, ni creer; que era algo que en mí, había
quedado en el olvido, en algún lugar del alma del que hacía mucho tiempo no tenía
noticia, ni acceso.

Mientras el sol se ocultaba, por el horizonte infinito, Yamila, me dijo, que en esa
misma fecha, muchos años antes, su padre había muerto, cuando eso había sucedido
ella solo contaba con cinco o seis años, ya no podía recordar cómo había pasado, ni
el rostro de su padre, ni su olor, ni el sonido de su risa, tampoco la sensación de su
piel contra su rostro, pero sabía que desde aquel día, jamás había vuelto a ser feliz.
Aquella soleada tarde, me contó, de cuando su madre se había casado con un
hombre llamado Gabriel, razón por la que Yamila había escapado de la casa de su
madre, recordaba que, aquel despreciable hombre, la había acosado
sistemáticamente, noche a noche durante largo tiempo, también había golpeado y
abusado de su madre, con el tiempo de ambas, hasta centrarse en Yamila, cuando
había cumplido trece años, había decidido no aguantar más y salir del techo de la
casa que había sido de su familia.

Yamila había encontrado refugio en los prostíbulos de la periferia de Buenos Aires,
hasta que rodando, como ella misma describía su vida, había llegado a Bahía Blanca,
allí conoció a uno de los socios del Wally, y de Marín también, le dieron casa, vestido
y sustento, durante varias semanas, incluso le compraron ropa, era una niña apenas,
pero era de una belleza singular. Le ofrecieron venir a México, le dijeron que ganaría

mucho dinero, pero esa no fue la razón sustancial por la que decidió cruzar el mundo
en rumbo al norte, en el fondo, la verdad, es que la hacía sentir terrible dedicarse a
la prostitución, temía encontrar a alguien que pudiera reconocerla, pero no sabía
hacer absolutamente nada más y la necesidades sobrevivir no se puede poner en
duda. Aceptó, no comprendía entonces la magnitud y las consecuencias, fue
trasladada con un grupo significativo de niñas y adolescentes, alrededor de
veintisiete, según ella recordaba.

Cuando llegaron a la Ciudad de México, fueron hacinadas en un cuarto, en una
colonia marginal de la enorme ciudad, decía desconocer la localización, pues siempre
salían de noche y regresaban al amanecer, además, era todo tan oscuro y polvoso,
que pocas ganas le quedaban de aclarar esos detalles. Las pusieron a trabajar, en
condiciones deplorables; ni siquiera agua había en los baños, “no nos podíamos
lavar, era lo más horrible que podés imaginar”. Recordaba amargamente, lo anterior,
la hizo caer en una severa depresión, especialmente, porque vio a muchas de sus
compañeras de viaje sufrir, especialmente, por infecciones y enfermedades que
estaban relacionadas con las deplorables condiciones de higiene. Cada día que
pasaba, le preocupaba más el día que vendría y cómo lo sobreviviría, la nostalgia le
recordaba los siete mil kilómetros que tenía de por medio, entre México y Buenos
Aires, a veces, intentaba consolarse rezando, otras trataba de recordar el rostro de
su padre muerto, pero sus intentos eran en vano, en muchas ocasiones, su mente se
inundó con el terrible sentimiento de culpa de haber dejado a su madre en manos
de un maníaco como Gabriel.

No pasó mucho tiempo, cuando un buen día, les dijeron que las que quisieran irse a
Tijuana, empacaran sus cosas, las pocas que tenían y estuvieran listas. Así había
llegado hasta a mí.

Cinco días antes, había dejado la penumbra de la noche, para salir de entre las
sombras, para encontrarme con aquella mujer, a la que conocía hasta en el gesto
más mínimo. Decidí vestir ropa deportiva de color gris, ir a correr como de costumbre
tres kilómetros, como todas las mañanas desde que ella no vivía más conmigo, salí
con cronómetro en mano, iPod programado y me enajene durante cuarenta y cinco
minutos, como suelo hacerlo a diario corriendo por el Bulevar de los Jinetes, al
regresar al pórtico de mi casa, me encontré con mi vecino, de nombre Gustavo, al

que saludé como de costumbre, recogí el periódico del día y desayuné, por cierto el
mismo cereal que todas las mañanas y una taza de té, me bañé y me rasuré, dejé
algunos pendientes pegados en los Post it’s en la puerta del refrigerador, entre los
que apunté no olvidarme de las traiciones. Revisé el césped y evalué que era
innecesario hacerlo cortar de nueva cuenta esta semana a manos del jardinero.

Escribí algunas notas y me preparé con el atuendo que llevaría aquel día, saco gris,
camisa azul, jeans y zapatos cómodos, evalué ir en tenis, sin embargo, pensé que
sería mejor lo de los zapatos. Del último nivel del armario, saqué mi vieja pistola, la
misma Glock 17 con silenciador, la abastecí de balas, preparé los tres cargadores y
revisé el estado del arma y de mis condiciones, por un instante me cruzó por el
pensamiento, quizás Yamila quería matarme y poco o nada podría defenderme un
arma corta, con poco parque y yo con tanta falta de práctica. Sin embargo, la llevaría,
de algo me podría servir y me defendería mejor pues lo había hecho desde el
momento en que había nacido. A las 8:47 AM volvió a sonar mi teléfono, no lo
contesté.

Salí de aquella casa, ubicada en Retorno Marvella #37, en el Dorado, con rumbo al
estacionamiento del Estadio Azteca. En el trayecto insufrible, por el tráfico, el ruido
y la contaminación, a bordo del auto compacto que suelo usar para desplazarme, me
percaté de que nadie me siguiera, lo hice metódicamente, llegué tras un par de horas
a la Calzada de Tlalpan, allí en el terreno que hacía más de cincuenta años la
emblemática cantina “La Hija de Moctezuma” había ocupado, ahora un centro
comercial había sido construido en el mismo espacio, aprovecharía el
estacionamiento del supermercado para dejar el vehículo y continuar mi traslado
por el Metro, ese tren en el que día a día se trasladan millones de personas, me cuidé
de no llevar nada de bultos, pues el Sistema de Transporte Colectivo, tiene arcos
magnéticos, para verificar que nadie porte armas de fuego, sin embargo, me fue
relativamente sencillo eludir al policía que solicitaba que los usuarios cruzaran a
través del detector de armas, cuando estuve adentro, decidí usar gafas oscuras, pues
también era consciente de que en las estaciones, algunas de las muchas cámaras de
vídeo vigilancia, estaban conectadas a computadoras que verificaban los rostros de
los pasajeros al azar, conectando la información con diversas agencias de seguridad,
fui cauteloso, para que ni el reconocimiento facial, ni el arma que portaba detuvieran
mi progreso. Desde que había vivido en Tijuana, nunca había vuelto a pisar un
ministerio público, no quería hacerlo ahora, no había razón para hacerlo.

Mi trayecto duraría unas cuantas estaciones, luego seguiría a bordo del arcaico Tren
Ligero de la Ciudad de México, ése me dejaría hasta el final de mi recorrido. Me lo
tomé con clama, aunque ahora, cada minuto que quedé atrapado por el tráfico o
cada vez que el Metro se detenía, algún recuerdo me venía a la mente,
especialmente de la noche en la que ella había decidido que lo nuestro había
acabado. Quizás había sido la noche en la que había redescubierto el dolor y la
desesperanza, pues no me había sentido en tal estado de abandono desde que mi
hermano había muerto.

Llegué puntual, como es mi costumbre, hasta el estacionamiento del Estadio de
Santa Úrsula, para entonces hacía años y muchos meses que no había sabido, ni
visto, ni había recibido ninguna clase de noticia de Yamila, en todo ese tiempo, mi
cama había permanecido vacía y sólo ocasionalmente mi sillón había sido el
escenario para matar alguna aventura, que siempre terminaba mal y que en efecto,
no pasaba de eso, una aventura informal.

Instantes después un BMW azul, se aproximó hasta dónde yo, aparentemente,
despistado esperaba algo, la ventanilla del lado derecho de la parte trasera, se abrió,
de ella salió una mano pálida, con las uñas cortas pintadas de rojo, de inmediato la
reconocí. Me acerqué con cierta cautela, Yamila me habló, preguntándome si estaba
sólo, yo le respondí, no de la mejor manera, le dije que obviara verme estando allí
de píe, me pidió que subiera al auto, ignorando mi respuesta de mala gana. Lo hice,
sin mucha voluntad, pero entendía que así eran las cosas, me dijo que me veía más
flaco y que tenía canas, mientras me tomaba el cabello, como explorando las huellas
de su ausencia, como queriendo encontrar bajo la capa de la piel a aquel adolescente
que conoció en aquel bar de mala muerte. Luego, se excusó mientras sonreía, en un
gesto muy particular de ella, finalizó diciendo que ella también se veía vieja y que
tenía canas y arrugas, yo simulé no prestar mucha atención. Me dio un beso en la
mejilla, cuando lo hizo, pude oler el polvo Oscar de la Renta, que usaba desde que
habíamos llegado a México, es un olor dulzón muy característico, me dejó cierto
sabor en la boca. No hice comentarios al respecto, me preguntó qué hacía de mi
vida, no le respondí, la evadí diciendo que pensaba que no había ido a un
interrogatorio.

No, no… en absoluto – dijo con cierta incomodidad – solo quería hacerte las
preguntas, que las buenas costumbres, la cortesía, de alguna forma marca, pero no
quiero molestarte. Por lo visto, vos no cambiás. Se detuvo sin terminar la frase,
luego, la completó pero de diferente manera. Sos el mismo obstinado de siempre,
pero tan tierno como desde el primer día.

Yo la miré profundamente, pero no dije nada, aunque estuve a punto de decir, algo
así como, el mismo matón de poca monta de siempre, pero me contuve, tampoco
ese era el caso. Mirá… – me dijo, mientras sacaba un cigarrillo de su bolso, me
extendió la cajetilla como en un gesto mecánico, yo lo rechacé, sacó un encendedor
y me lo extendió, yo lo encendí, mientras la escuchaba atentamente – no te molesta,
¿verdad? – me preguntó en un son, un tanto burlón – no le respondí, pues ella sabía
que yo no fumaba. Le dije que quería saber cuál era exactamente el asunto, cómo
iba a funcionar, quería hacer un trato y tratar de forma seria las cosas. Cuando
terminé la frase, de entre sus manos me extendió una carpeta negra, la abrí y
descubrí fotografías en blanco y negro, me pidió que las viera con cuidado, así lo hice
y descubrí en todas a un hombre de entre 62 y 65 años de edad, en algunas se le veía
jugando al golf, con otros hombres, uno de ellos lo reconocí, pues se trataba del
Arzobispo de Ecatepec, Enrique Solís Esquinca. La miré de nuevo y le pregunté que
de quién se trataba y porqué lo querían a él. Me explicó que era el padre de un
Senador de la República, pero que no sabía más, sólo eso. No le creí, pero sabía que
tampoco me diría sí sabía otra cosa.

Hubo algunos instantes de silencio, mientras yo veía el resto de las páginas de la
carpeta, no insistí en saber más de él, ni del Senador que era su hijo. Me interrumpió,
diciendo, que me ofrecían un millón y medio de pesos, la tarea era coordinar el asalto
y la sustracción. Lo más importante – me dijo, con mucho énfasis en sus palabras –
es que lo mantengas vivo, por ningún motivo debe salirse de control, pues no
podemos admitir errores, tu presupuesto es alto, tan alto como necesites. La última
condición era que se llevara a cabo el 30 de julio.

Mientras me daba esa información, pensé que un millón y medio era poca cosa,
especialmente tratándose del padre de un Senador, un hombre importante como
éste debía valer más del triple, incluso llegué a pensar que podría estar valuado entre
los diez y doce millones, pero de dólares, pensé en proponer esa cifra, para terminar

percibiendo entre seis y siete, además qué interesaba que estuviera con vida, si
todos los secuestradores saben que vale la posesión, no la vida. En todo caso
mantenerlo vivo garantizaría un rescate mucho más costoso. La miré fijamente a los
ojos y le pregunté, por qué había querido que yo me hiciera cargo, me respondió que
sería sincera y que tenía dos importantes razones.

La primera, en los siguientes cinco días, cualquier otro le diría a las autoridades, a la
familia del Senador o simplemente lo haría por sí mismo, en cambio, yo, yo jamás la
traicionaría, la segunda, porque siempre había tenido las agallas para hacer cualquier
cosa, además quería ayudarme, pues se sentía en deuda conmigo.

No eran dos razones, conté tres, pero ninguna era verídica, la verdad es que ella
temía que las cosas salieran mal, su siguiente comentario me lo confirmó. De ser
necesario – me miró dulcemente, mientras me lo decía – y las cosas no salieran como
las tenemos planeadas, debes matar a tu equipo, especialmente a tu socio, no
queremos que den nombres, ni fechas, no queremos que nos involucre nada a
nosotros. Cuando terminó la frase, sonreí, le dije que no debía preocuparse, además,
moría de ganas por saber quiénes serían mi equipo. Me interrumpió de inmediato,
me dijo que en la carpeta estaba el nombre y las fotografías engargoladas de otros
siete hombres, además del objetivo, algunas era fichas de ingreso de cárceles
federales, nada que no conociera, así que le levanté los hombros y ella se limitó a
decirme; vos elegís.

Transcurrieron algunos segundos y le dije que el dinero no era pago para mí, que ella
sabía que estaba retirado y que sería difícil regresar, así como así, pero antes de que
yo completara la frase, me interrumpió poniéndome su dedo índice, en mis labios y
pasó su pierna por encima de mí; me besó, como hace tanto tiempo no lo hacía
nadie, me murmuró al oído; yo no sé si esto sea tu precio, pero sé que se acerca
mucho.

No pude detenerme, ni pude detenerla, sus labios y sus piernas, hacían que mi
cuerpo vibrara y sus manos recorriendo cada parte de mi ser, hicieron que todo se
resumiera a una explosión de placeres, mi ser no podía obedecer a las órdenes de la
razón, solo llevado por el instinto quedé desprotegido de la fuerza de su embrujo,

mientras yo obediente en todo, me transportaba a mis deseos más profundos,
rendido a la plenitud de mis sentidos, hicieron que sucumbiera a los escasos minutos
que me quiso dar un poco de su amor.

Así, yo obtuve lo que quería de ella, aunque fuera a medias, y ella obtendría lo que
quería de mí. Cerré el trato, lo haría por la cantidad pactada y quería hacerlo, sólo
con un hombre adicional a mí, sería el Tinaco, alguna vez había oído hablar de él,
tenía mucho tiempo de que no hacía eso, pero pensaba que su corpulencia y su mala
cara serían buenas cartas de recomendación, además los delincuentes con los años,
solo pueden volverse más temerarios. Me decidí a tomar algunas notas con el
teléfono celular, al día siguiente, tendría que reunirme con los involucrados, yo
insistía en que no podíamos confiar todo a la carpeta, era necesario hacer
seguimientos y comprobar que la información fuera fidedigna. Yamila, me dijo que
no era necesario. Me extendió la carpeta, me dijo que me relajara, mientras se
acomodaba el vestido.

Sabés, lo más importante es que éste, sea un secuestro digno de televisar, yo sé que
lo podés hacer, así que… pensálo bien y hacé lo que vos sabes hacer.

15
Av. Santa Fe #7399, Ciudad de México. 18:04 hrs. 30
de Julio.

En la amplia estancia de un departamento en el piso veinticinco, con una sala blanca,
un tanto vacía, tomando en cuenta que se trataba de un lujoso edificio en la zona
más moderna del país, un hombre vestido con chamarra de piel en color negro,
jugueteaba con los lentes que se encontraban sobre el escritorio frente a él, mientras
los segundos se consumían él solamente atinaba a girar, sistemáticamente, con el
dedo el par de anteojos sobre la madera que cubría la cubierta del escritorio, aquel
hombre con la cabeza rapada, respira, lo hace con cierto ritmo, intenta controlar su
tono y sus modales, que por cierto nunca han sido muchos, mira de reojo a los otros
dos hombres que lo acompañan, uno vestido con camisa verde militar y el otro con
una playera con un bordado haciendo alusión a un equipo de polo, mientras hace
todo esto, repasa en la mente, cada palabra, cada interjección, en tanto y casi de
forma simultánea, descuelga el teléfono, es uno de esos aparatos singulares, el
auricular tiene cordón, y sin embargo, aunque su apariencia no es la de un teléfono
moderno, lo es, de hecho está interconectado a una computadora, el hombre de
camisa verde militar opera el sistema de comunicación, los dedos le trabajan a la
velocidad de la luz, las teclas apenas pueden seguirle el ritmo, mientras, el otro
hombre, parece ser su asistente, le señalan al hombre, otros indicadores que
transmiten dos computadoras portátiles, le hace señales de que está listo, ambos
hombres de menor edad que el de la cabeza afeitada y vestido de cuero negro,
levantan los pulgares, el hombre marca el número, en el disco del antiguo teléfono,
tras una pausa que dura apenas un instante, su voz se escucha distorsionada, hueca
y lejana, es de suponer que es la causa de algún efecto de las computadoras.

Apenas unos instantes, espera mientras el teléfono marca con los tonos habituales
la llamada que está entrando en otro lugar de la ciudad, al detenerse la agónica y
estresante espera de apenas instantes, una voz un tanto desganada contesta el
teléfono, el hombre de chamarra negra, dice con cierta sonoridad – Escuche con
atención Mariela – dice, mientras se concentra en el monitor que tiene frente a él la
información de lo que debe hablar, el monitor se desliza lentamente, y por un
instante, algo le dice que en el fondo la otra persona que está suspendida al otro
lado de la línea telefónica quiere interrumpirlo, tras una pausa, casi imperceptible
continúa diciendo – usted Mariela, no necesita saber más de mí, excepto las
instrucciones para que su marido esté a salvo y pueda volver a abrazarlo. – En
momentos como éste, es cuando resulta de utilidad tener un monitor del que uno
pueda echar mano para no perder la continuidad, piensa para sí el maleante - Puede
llamarme “Z”, en cualquier caso, muy bien sé que todas las agencias de inteligencia,
incluidas la Procuraduría General de la República y el CISEN, están monitoreando
esta llamada, sé que cada palabra, cada frase, cada respiración la tendrán grabada y
estarán estudiando cada inflexión de mi voz. - En el fondo, todo esto le viene
importando poco a él y a los que en esto están involucrados - También, imagino que
saben que me apodan “el Tío”, así que dejemos de disimular, que siquiera nos
tenemos el más mínimo gesto de confianza y seamos profesionales, seamos serios.

Mientras Mariela intenta contener las lágrimas, los agentes de las agencias de
inteligencia le hacen señas, escriben cualquier palabra que sale de su boca, sobre un
pizarrín blanco con marcador rojo. Cada sollozo difícil de interpretar es gravado y
conservado, cada palabra talandrante del hombre gris, cuyo nombre se ha fijado
como “Z” también es gravada, con la esperanza de encontrar algo; una simple
esperanza para poder continuar con el rastro del hombre secuestrado y de barba
blanca.

- Preste mucha atención, señora – la voz, hizo un cambio de tono al decir la palabra
“señora”, luego continuó diciendo – bueno, en realidad no necesita hacerlo, los de
la división antisecuestros, apuntarán todo en el pizarrón blanco que está frente a
usted, todo lo que yo le diga; pero tranquila que sé, cómo funciona todo eso y por si
acaso quiere que le repita algo, lo haré con gusto.

Mariela, se siente profundamente contrariada, su concentración decae, así como su
ánimo, piensa que si en realidad el secuestrador de su marido conoce tanto del
sistema, tal vez, incluso podría estar en contubernio con alguno de los agentes que
rondan su casa, con total libertad, qué tal sí alguno le ha informado sobre los hechos,
sobre las acciones… Por instantes, Mariela no encuentra fuerza para seguir, no
encuentra un motivo para creer y siente cómo se le va la vida de a poco.

- Mis socios y yo queremos ciento setenta millones de Euros, por la vida, la seguridad
y la integridad de su marido. – la voz hizo una pausa de nuevo, tal como si leyera
algún documento - También, queremos que, usted, su marido, sus dos hijos y sus
respectivos cónyuges se vayan del país, tendrán doce horas a partir de este
momento para hacerlo. La verdad es que usted y sus hijos hacen una bonita familia,
no queremos vernos obligados a eliminarlos a todos, así que le recomiendo que siga
nuestras instrucciones al pie de la letra. Luego la voz dejó escapar una leve sonrisa,
un dejo de sarcasmo que dejaría marcada la psicología de Mariela, todos pudieron
oír ese sonido disparejo que era la sonrisa deformada por el efecto digital de una
computadora, una que estaba situada en una realidad que no podía existir, no para
Mariela; ni para sus hijos. Apenas por unos pocos segundos, ella recordó que muchos
años antes, todo esto habría sido una historia de ficción, pero nada que tuviera que
ver con ellos.

La voz fría y distante, hizo algunas advertencias más, y finalmente, en el mismo tono
sarcástico, se refirió a la situación que en esos instantes prevalecía en la casa de la
familia – Seguramente, en este preciso instante, le instruyen en que, me pida, repetir
las instrucciones, incluso, le dirán que las repita usted, con la esperanza de encontrar
el origen de esta llamada, les daré gusto, repítame usted, qué es lo que le he
indidcado.-

La voz siguió hablando, repitió las instrucciones, con cierta impaciencia y de forma
muy rápida, luego pidió que se las repitiera Mariela, cuando ésta hubo terminado, la
voz hizo una pausa, luego, le advirtió. – Muy bien Marilely… ¿así te dicen de cariño,
cierto? Ahora te dirán que, la llamada proviene de la calle Tlaxcala, en una colonia
cercana al centro de la ciudad, sepa Dios, cuantas patrullas ya estén por llegar al

lugar - los técnicos de la Policía Federal, se miraron desconcertados, pues en efecto
los sistemas de localización confirmaban lo que decía el delincuente al otro lado de
la linea.

-Sabes la sorpresa que se van a llevar cuando los policías que vayan al domicilio,
cuando se encuentren a una pareja de ancianos habitando el departamento del que,
según ellos, ha salido esta llamada. En fin, nunca dejarán de ser crédulos y parásitos
cretinos, ustedes los policías, ¿Me oyeron?... – el hombre que hablaba empezó a
gritar, sugirió comunicar a Raúl con Mariela, le dijo que así, podría asegurarse de que
lo trataban como a un Rey, hasta mejor de lo que lo hace Alicia, su amante lo hacía,
pero luego se contradijo y pensó que no era el momento apropiado. - Te debo colgar
Marilely, no es el único negocio que tengo que solucionar, ¿tú entiendes no?, la vida
es muy cara por estos días y sobretodo es muy corta. – cuando terminó la llamada,
hubo una sensación de vacío, de alguna forma, todos querían una prueba de que
Raúl estuviera bien, sin embargo, nada se los aportaba.

Julián Alaminos, no dijo nada, en el fondo sintió algo de repudio por sí mismo.
Pensaba que probablemente su compadre, estuviera muerto, tal vez estaría en
alguna barranca, en algún río de tantos que en esta ciudad sirven como la última
morada de cientos y cientos de cadáveres nunca recuperados, qué injusto era el
destino; pensaba en silencio, mientras fumaba el último habano que le había
ofrecido a su compadre Raúl, pero el peor error de cualquiera era no aprovechar a
Alicia, quien podría estar implicada y de comprobarlo, tendría necesidad de un
abogado, sí de uno bueno, uno de los pasantes del despacho podría llevar el juicio
con la asesoría de Mouriño, uno de los mejores de su bufete. Al final su compadre,
no solo lo entendería, incluso sería como cuidarla, lo haría a en memoria y además,
el camino al infierno, al final, estaba pavimentado de buenas intenciones.

Alaminos, se terminó el habano y tras eso, decidió llamarle a Alicia Bahena, lo haría
para informarle lo poco que sabía de Raúl, en su mente evaluó la posibilidad de
decirle que lo más seguro seria que Raúl estaba muerto y que irremediablemente;
tendría que aceptarlo y confortarse con saber que ese había sido su destino, Alamios
pensaba mucho, mientras miraba el pasar del reloj y se imaginaba cómo serían los
tortuosos minutos para Raúl, sí es que éste aun estaba vivo. Pero se limitó con Alicia,
no quería hablar sin fundamentos y sin pruebas, no iba a decirle que los

secuestradores tal vez ya habían acabado con la vida del único hombre que se había
hecho cargo de ella, diría en cambio que se habían comunicado con la familia, diría
también que era Mariela con la que habían conversado, que ella lo había hecho bien
y que por fin, sabían con cierta seguridad, que deseaban mucho dinero y que la
situación era delicada, pero que estaba controlada. Así lo hizo, mientras recorrió
hasta el rincón que formaba la sala, sacó de la bolsa del saco su teléfono, buscó el
teléfono de Bahena, lo marcó y esperó, la verdad es que no dijo mucho, Julián supuso
que ella entendía el significado de sus palabras, aunque ella no lo hacía del todo.

El hombre de cabeza rapada, decidió hacer una llamada a la casa de seguridad, en
donde los encargados le informaron que todo estaba en calma. “Z” les pidió que se
quedaran en línea y que colocaran al teléfono a Raúl, pues le interesaba que se
comunicara con su familia, así tras unos instantes “Z” tomó el teléfono de nuevo y
marcó en el disco fijo, un número, mientras sus asistentes, observaban las pantallas
de las computadoras y le indicaban que estaba en línea, en cuestión de instantes, el
tono de llamado entró y sonó tres ocasiones, Mariela volvió a descolgar el teléfono,
mientras un ambiente de tensión llenó la estancia de la casa donde más de media
docena de agentes intentaban ubicar la procedencia de la llamada. Luego, fue
evidente que aquella era una interfase para realizar una comunicación tripartita, el
delincuente, advirtió que tenía una sorpresa, ahora una voz, notoriamente cansada
y débil, se escuchaba además de la distorsionada. La voz cansada, dijo ser la de Raúl,
los que escuchaban la comunicación en la sala de la casa de Mariela, no podrían
asegurarlo, de alguna forma se notaba desgastado; decía estar bien, también
informó que le habían aplicado la insulina que usaba como medicamento, que lo
habían alimentado y que debían estar tranquilos con respecto a su seguridad. Lo
último tranquilizó a la familia, pues era una de sus preocupaciones principales.

“Z” le dijo a la esposa del hombre capturado, que ahora, los Federales, le darían otra
ubicación de la procedencia de la llamada, pero que tampoco confiara en ese
resultado. Le dijo que lo más sensato que podían hacer era seguir las instrucciones
cautelosamente y que así, recuperaría, lo mucho que en las horas anteriores había
perdido. Los agentes que se concentraban en las lecturas que sus instrumentos les
proveían, vieron sorprendidos, que en efecto, ahora la procedencia de la llamada, la
marcaban los rastreadores como procedente de un Fraccionamiento del norte de la
ciudad, pero eso era técnicamente imposible, la distancia era de algo más de
doscientos kilómetros, con respecto a la anterior ubicación, se trataba de un

teléfono fijo, lo cual era de por sí atípico, la distancia que había entre los dos puntos
no se podía recorrer en escasos cuatro minutos, ni siquiera en un helicóptero. Los
instrumentos que tenían en aquella sala, eran los más modernos y mejor calibrados
del país, cómo podía estar pasando esto.

Lo que decía aquella voz, era cierto, cada extracto que había explicado resultaba
como lo describía; la policía había desplegado un macro operativo, en las
inmediaciones de la calle Pintores, en la Colonia Loma Bonita en Tlaxcala, habían
entrado por la fuerza al departamento del que las máquinas decían que provenía la
llamada de los secuestradores, allí solo habían podido encontrar a dos ancianos que
no se explicaban qué hacían medio centenar de policías en su casa. No sabían de
secuestros, ni de secuestradores; las cámaras de seguridad del edificio corroboraron
que nadie había entrado ni salido de ese departamento. Los medios de comunicación
fueron alertados del movimiento, pero al demostrarse que era muy poco probable
que hubiera sido esa la ubicación real de la llamada, de nuevo fue exhibida la
ineptitud de las autoridades.

Otro nutrido grupo de policías se dirigió hasta el Fraccionamiento Electra, en el
Estado de México, aquel era el supuesto punto de la segunda llamada, el resultado
no fue muy diferente, una nave abandonada, sin indicios de que ese fuera el sitio del
secuestro. La policía creyó entonces que eran dos personas diferentes en sitios
alejados, de todos modos tendrían que estar cerca, pero cuál de los polos de la
ciudad, sería el ideal, para retener al secuestrado. La familia estaba desconcertada,
había un sentimiento de desesperanza que inundaba el ambiente, por primera vez,
comprendían que era muy probable que no volvieran a ver jamás a la cabeza de los
Pérez Irigoyen.

Mariela, en un asalto de pánico, habló con Fernando, llevándolo discretamente hasta
la cocina, hablando en voz baja, pero al mismo tiempo desesperada, le dijo, que
debía acceder a las peticiones de los captores, que la vida de su padre estaba en
verdadero peligro y que la ineptitud de la Policía en nada ayudaba, no había ninguna
señal, ni ningún indicio que los tranquilizara, también le hizo ver que no tenía sentido
confiarles algo para lo que evidentemente no estaban capacitados, puesto que los
captores jugaban con ellos y se burlaban cínicamente de posición actual.

-Podemos irnos a la casa de McAllen, allí estaremos por algún tiempo, no hay nada
que valga más, que estar juntos de nuevo, por favor hijo. Haz algo que esté a tu
alcance...- Mariela le dijo a Fernando.

El Senador, suspiró, meditó las palabras en tono de súplicas de su madre y
finalmente, accedió a hacer lo que ella le pedía, aceptarían la voluntad de los
captores de su padre, sin esperanza de que los detuvieran. Fernando le preguntó a
su madre, qué era lo que quería que hicieran, ella se confortó con decir que pagaran
el rescate y salieran del país, el Senador, caminó por sobre el corredor que conduce
a la cocina, se disponía a hacer una llamada telefónica, una voz gruesa lo
interrumpió, Julian Alaminos, hizo notar que era una cifra estratosférica la que los
secuestradores pedían y que no era fácil conseguirla, él en su consejo como abogado,
recomendaba que le permitieran negociar a él personalmente el rescate para
intentar disminuir la cifra total, les recordó que él tenía experiencia en el tema, lo
había hecho en Colombia, además había otras opciones, todas ellas distintas a la
rendición que en ese momento se planteaba la familia. También, indicó que era la
renuncia a la carrera política de Fernando, en rumbo a la candidatura a la Presidencia
de la República, eso era de un costo incalculable; cierta amargura asomó cuando dijo
la última frase. Fernando miró con tensa calma a su padrino, le agradeció
diplomáticamente sus comentarios, pero le insistió en que el bienestar de su familia
no tenía precio.

El dinero era otro asunto, era mucho dinero, la familia se reunió y evaluó el monto
que podían conseguir. Fernando, concluyó que era momento de cobrar los favores
que se hacían desde su oficina en el Senado, hizo algunas llamadas, en algunas él
personalmente trató el asunto monetario, instruyó también a Rosario Schafter a que
pidiera ayuda a todos a cuantos amigos y políticos tuviera en la agenda de contactos.
En el fondo Fernando sabía que, chantajearía al Presidente Trevilla; cómo hacerlo,
era sencillo, tenía varios pretextos para lograr su objetivo, la primera era el nivel de
inseguridad que el país vivía, toda persona en su sano juicio, terminaría sintiendo un
profundo nudo en la garganta, al reflexionar, que cualquiera podría ser objeto de un
evento tan trágico y traumático como el que ahora vivía su familia y él, así que
bastaría algunas entrevistas televisivas, dos portadas de revista, una primera plana
y dos columnas para dar a conocer el estado de violencia y miedo que la realidad

había alcanzado. Le serían de utilidad, ser el Senador más popular de la oposición y
uno de los pocos que había mantenido una trayectoria muy clara en su labor política,
para transmitirle esas sensaciones a la nación y todo esto en el fondo, el Presidente,
Fernando y tantos otros, lo sabían. Otra sería utilizar como palanca a su amigo, el
Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, en definitiva, él no se negaría y le prestaría
toda su ayuda para obtener el dinero necesario. Pero había un detalle que todos o
casi todos pasaron por alto; los secuestradores dijeron con toda claridad “deberán
abandonar el país, todos los miembros de la familia del Ingeniero Raúl, incluidos, sus
hijos y sus respectivos cónyuges”. ¿Lucía, la ex esposa de Fernando, estaba incluida
en el trato?, qué pasaba con ella que estaba divorciada del Senador, pero resultaba
ridículo preguntarle a los señores secuestradores, qué se hacía en caso de divorcio.
Lucía había logrado rehacer su vida, hacía apenas unas pocas semanas atrás la habían
nombrado directora general de una importante revista de moda, el sueño que había
tenido desde los veinte años, ahora tenía una oficina enorme, dos asistentes, era
invitada a todas las cenas y presentaciones de moda de la ciudad e incluso del país,
es más, había ido al fin de semana de la moda de Milán y por fin se había vuelto
realidad que los diseñadores que había admirado desde adolescente, le concedieran
entrevistas a su publicación, le hablaran de tú y la invitaran a cenar con ellos,
además, tenía una relación con un modelo brasileño que la hacía la envidia del club
de las brujas. Era evidente que a Lucía le sonaría a un arranque de celos, sí Fernando
le pedía ese imposible “acompañarlo a él y a su familia en su huida del país”. Pero
por sorprendente que pudiera parecer, la duda no provenía del Senador, había
nacido en la mente de su hermana, pues al escuchar las palabras de los captores de
su padre, había aguzado la mente y se había concentrado en advertirle a Adbul
Manzur, su marido, le diría que se quedara donde estuviera, pero que por ningún
motivo regresara al país.

Mientras tanto, el Senador, miró el teléfono móvil y por un instante se quedó
inmóvil, era evidente que pensaba qué diría, cómo lo diría y hasta en qué tono.
Marcó la línea privada del Presidente, hacía tiempo que la tenía, por fin al otro lado
del teléfono una voz grave, le respondió con toda la puntualidad y pertinencia que
merecía éste difícil y delicado asunto. Fernando le agradeció la deferencia, le
informó rápidamente de las solicitudes que los secuestradores le habían
demandado, le expresó, que como resultaba evidente, no tenía ni por mucho el
suficiente dinero que los maleantes exigían, que la policia no tenía datos precisos
sobre el paradero de su padre, ni habían podido identificar a los responsables y que
el tiempo, en opinión de los expertos y de su familia, se estaba agotando, finalizó su

exposición; admitiendo el grado de desconsuelo y de desesperación que en ese
momento sentía. Desde el primer instante, el Presidente, pareció entenderlo, era
una comunicación a un nivel más humano que político, algo que cualquier presidente
se puede permitir muy pocas veces. Fidel Trevilla vio el camino abierto a la solución
de sus problemas, para cuando el Senador le pidió ayuda financiera, el Presidente
sólo tuvo que responder que la institución presidencial estaba totalmente dispuesta
a auxiliarle en su difícil situación, le dijo también que él, como Presidente, siempre
iba a estar dispuesto para auxiliar a un patriota, el Senador de nuevo agradeció y
supo que por el dinero no tendría que preocuparse.

Fidel sabía que sí lograba deshacerse de Fernando, él y su partido tendrían una
victoria casi segura, al menos sentirían menos presión y podrían actuar con mayor
congruencia el año siguiente en las urnas. Además, si recuperaban con vida al padre
del Senador, tendrían menos problemas, demostrarían que ellos habían cumplido
con la seguridad a la integridad de los ciudadanos, pensó que su gente podría hasta
rastrear el dinero, que entre tanto ir y venir, lo más seguro era que iba a terminar
repartido entre algunos miembros del gabinete. Fidel Trevilla, le pidió algunos datos
y de inmediato turnó el asunto a “alguien que lo resolvería”, mismo que fue por su
parte canalizado con el secretario particular del Senador.

Antes de cortar la comunicación, llegaron a un acuerdo, que consistía, en que el
dinero sería entregado en la residencia de Las Arboledas, así, en cumplimiento del
acuerdo, dos horas más tarde llegó una camioneta de valores, estaba cargada con
172 millones de Euros, todos los billetes estaban marcados, excepto dos millones,
que se encontraban en bolsas marcadas y que se contaban como adicionales.

16.
Almoloya de Juárez, Estado de México. 18:15 hrs. 30
de Julio.
Alejandro Harlington, había tenido una serie de ideas, como ráfagas, que habían
iluminado su mente y las de su equipo, el General Aragón, uno de los hombres a los
que más confianza le tenía, le había dado un informe detallado sobre las llamadas
en los que la policía federal, había concluido que el llamado “Tío”, se encontraba
recluido en el penal de máxima seguridad de la Palma, en Almoloya de Juárez,
Harlington sabía que eso era apostarle todas las canicas a una carta que no era
segura, pero en ausencia de otra esperanza, no le quedaba otra. Abordaban ya una
aeronave que estaba lista en la azotea del edificio, era un helicóptero Super Puma
del Ejército Mexicano.

Durante el vuelo Alejandro Harlington y el General Aragón, no dijeron mucho, se
limitaron a pensar, cada hombre imaginaba el destino que le depararía, los motivos
por los que hacían esa visita, una que iba dirigida a un criminal que tal vez nada tenía
que ver. Harlington, mientras veía la lluvia ligera que caía en el exterior de la
ventanilla, le preguntó al General que lo acompañaba, qué era lo que pensaba, si
acaso se preguntaba sí hacían lo correcto. El hombre de cabeza blanca y ojos vivos,
le respondió que eso nunca había importado, sí acaso lo pensó alguna vez, se lo
guardó para sí, lo realmente importante era hacer lo que la convicción les obligaba,
entonces y siempre, porque en alguna parte debían encontrar algo que los llevara
con el responsable en cualquier escenario de batalla.

Al casi aterrizar en las cercanías del Penal de Máxima Seguridad, una llamada
telefónica informaba a Alejandro Harlington que la operación de intervención de
comunicaciones del Senado de la República, había sido exitosa y arrojaba una pista
en la que parecía estar involucrado uno de los líderes de la izquierda reunificada. En
una serie de correos electrónicos se mencionaba a un hombre denominado “Marín”,
uno de los tantos alías del sujeto al que iban a buscar, inteligencia había trazado

algunas líneas de conexión, en donde apuntaban a que ese era el mecanismo
intelectual que había construido el atentado más visto en la historia del país.

Tras acceder a la penitenciaría, acompañados por un enorme séquito de
uniformados, Harlington y el General Aragón caminaron por los largos pasillos,
entraron puerta tras puerta en cada uno de los bloques, en donde los reos se
aglomeraban para saber de quién se trataba, porqué esa comitiva avanzaba a ritmo
marcial. El director del centro de reclusión, un hombre bajo de estatura y sobrepeso,
les hizo notar que Dagoberto era un hombre recio, violento y que difícilmente
podrían sacarle información, y sin embargo, puso a disposición de Harlington a sus
mejores hombres para intentarlo, el Comisionado decidió aceptar la propuesta, así
que armados con toletes y pistolas de descarga eléctrica, los hombres del penal
entraron en acción.

Al abrir la celda, un toque de misterio envolvió el ambiente, tras abrir por completo
la puerta de lámina de la celda 204, de entre las sombras emergió una cabellera
entrecana y larga, sucia y enmarañada, de la que dos ojos brillantes, como el fuego
del infierno, escaparon en dirección a los presentes. De golpe los agentes se
detuvieron, como si una fuerza superior hubiera actuado en ellos.

•Aquel que teme ser conquistado seguramente será derrotado. – dijo inspirado el
hombre de la cabellera larga y desaliñada.

Harlington dio un paso al frente, y extendió la mano al recluso, lo miró a los ojos que
se veían a través de la larga y sucia cortina que había entre ellos, vio un poco más
allá y notó las muchas cicatrices que la cara del interno tenían.

•La frase le es atribuída a Napoleón I, ¿cree usted que sea cierto que él la dijo? Intervino el reo de cabellera larga y entrecana, haciendo réplica a sí mismo, en el
acto dejó al Comisionado Harlington con la mano extendida y siguió hablando, como
si se corrigiera a sí mismo.

•Lo realmente importante en las ideas, no es quién las haya dicho, sino por qué,
cómo lo hizo y sí logró el objetivo que buscaba. Ninguna palabra en la vida se dice
sin una intención objetiva, la mente la interpreta correcta o incorrectamente. Eso
depende de las capacidades del interlocutor. – miró a los acompañantes de
Harlington y continuó – El vocabulario es el único límite que tiene el pensamiento, sí
lo puedes nombrar realmente lo puedes idear; la imaginación depende de las
visualización mental que la colectividad de un sitio específico, de un momento
histórico… Pero esa es una explicación compleja para la mayoría de los cerdos con
los que yo trato cotidianamente. – extendió la mano y se presentó con toda la
dignidad. Como intentando corregir su actitud al desprecio antes hecho.

•Entonces usted es el General Guillermo Marín – dijo con cierta sorpresa irónica
Alejandro Harlington – Es un placer.

•Es de suponer que usted lo sabía, no nos hemos encontrado en una calle atiborrada
de personas desconocidas, usted Doctor Harlington, ha venido hasta mí y eso sólo
puede suponer dos cosas, una importante y la otra muy importante, la primera sería
que necesita que haga un trabajo para usted y que no ha encontrado a un fiel
patriota más competente para eso que yo, eso sería importante, porque entonces,
demostraría un principio congruente del Estado Mexicano, ése sería que no se olvida
de los que le hemos servido en momentos difíciles.

•Permítame decirle… – Alejandro Harlington, componía esta frase cuando fue
abruptamente interrumpido por Marín.

•¡No!, permítame usted a mí. – dijo en tono seco y firme el reo – Yo no he ido hasta
su celda a quitarle su tiempo, porque el tiempo Doctor Harlington, es lo más valioso
que posee un ser humano, así que no me venga con cátedras hasta aquí. Usted
necesita algo, le expondré qué otra cosa puede venir a buscar. Usted necesita
información, porque eso es lo único realmente valioso que existe en el mundo. Y
antes de que usted y sus necios acompañantes, le digan que es lo mismo, le aclaro
que no lo es. Sí usted me encarga un “trabajo”, entonces yo saldré de aquí y seré
libre para hacer el encargo, que me hacen las instituciones nacionales, por otro lado,
si sólo quiere información y ha venido usted en persona a esta pocilga entonces,
debemos referirnos a eso, como un “favor” personal y eso lo compromete conmigo
y con los míos. En fin, ahora que le ha quedado claro mi punto, puede continuar,
pero en privado.

Harlington para entonces, se había dado cuenta con qué clase de hombre sería con
el que se entrevistaría, ordenó a su comitiva que se retirase, sólo le pidió al General
Aragón que se conservara a su lado, cuando los otros hombres salieron, Marín miró
escrupulosamente al acompañante del Comisionado, pero no dijo nada más.

Harlington, pudo visualizar el entorno en la celda de apenas tres metros por dos,
descubriendo un olor fétido, tan desagradable que incluso Aragón que había estado
en situaciones difíciles se notaba asqueado, estuvo seguro de verlo arquear en
alguna ocasión. El espacio era oscuro, a excepción de la ventana protegida por
barrotes de grueso metal, por donde apenas unos cuantos rayos de luz entraban, en
un rincón notó el piso brilloso y pudo ver que era el lugar en donde ese hombre hacía
sus necesidades fisiológicas.

El hombre encarcelado se encuclilló y miró fijamente a Harlington, por un instante
esperó a que los dos hombres que permanecían de pie le dijeran algo, luego él
comenzó.

•Les habrán advertido que soy un loco, les dijeron que tuvieran cuidado conmigo,
pero yo no soy un loco, no al menos uno normal; en realidad soy un iluminado –

masculló entre dientes la última parte de la frase – Los locos e iluminados, no somos
tan diferentes, en general ambos torturamos con nuestra mucha sabiduría a los
demás. Pero mi condición, no es el asunto que los tiene aquí caballeros, hay temas
más importantes que nos han sido encomendado por… – El hombre encuclillas que
hablaba entre la cortina de cabello entrecano, largo y sucio, fue abruptamente
interrumpido.

•Yo sé una cosa Marín – habló el General Aragón Zapata – Usted, señor, es un
patriota al igual que yo, ambos juramos defender esta nación de cualquier amenaza
y bien sé que en el fondo, de su excentricidad, sigue habiendo un patriota. Uno como
pocos tengan memoria, por eso hemos venido hasta aquí ya sin tiempo. – Aragón se
detuvo, pues no supo qué más decir. – Necesitamos que nos preste mucha atención.

•Yo le puedo conceder lo que usted me pida Marín – terció el Comisionado
Harlington – Puedo regresarle lo que más aprecia y de lo único que usted adolece:
su libertad, podría incluso regresarle su grado militar y restituir algunos beneficios.
Sí usted, acepta ayudarnos a resolver un rompecabezas en el que de alguna forma
usted está involucrado.

El convicto los miró a ambos hombres por un instante, mientras sus ojos brillaron y
respondió una incoherencia, una que nadie podría haber esperado, se suele decir
que así son los grandes genios o los imbéciles incorregibles.

•Quiero ser Secretario de la Defensa Nacional señores, será la única forma en que
los ayude – dijo, el mafioso, sin hacer ninguna expresión en el rostro.

•¡No me salga con pendejadas Marín! – gritó sin sigilo Alejandro Harlington – le estoy
ofreciendo una vía de salir de aquí, siempre que se comporte y actué racionalmente.
Sí usted realmente me ayuda, lo pondré en libertad antes de hacer un “tris” – el
corpulento comisionado tronó los dedos. – Marín se chupó los labios, hizo una
mueca con la boca y luego exhaló con fuerza – Está bien “padre”, le voy a dar gusto…
nada más para que no digan que son un pinche ojete culero y que no aprendí nada
de éste pinche lugar. Simularé cordura y me comportaré con cierta rectitud, no
mucha tampoco. Pero quiero mi traje de militar y unas botas nuevas – guardó
silencio por un segundo – sí unas botas nuevas y un reloj, uno fino… luego
hablaremos de mi pensión y cosas así. Mi pensión debería crecer en algún
porcentaje. – Aragón lo miró a los ojos y le dijo - Entonces tenemos un trato,
¿verdad? - Marín sonrío y se llevó el dedo índice de la mano derecha a la boca, se
mordió la punta y mordisqueó por unos momentos la uña.

•¿Por qué confiar en un mono del sistema, Harlington? – dijo el reo, mientras se
echaba el cabello hacía atrás con la mano derecha – En todo caso, si no me cumple,
qué ganaría además de la miseria de salir a mendigar a las calles, aquí al menos lo
tengo todo, lo bueno y lo malo. Me he ganado el respeto de los demás… saben que
muerdo. - Cuando completó la frase, abrió y cerró con fuerza la boca para hacer que
sus dientes sonaran en tres o cuatro ocasiones.

•Porque, aunque no me guste, usted Marín es mi única opción – mientras Alejandro
Harlington decía esto, dejó ver su pistola – aunque siempre hay otras y son efectivas.

•No me haga recitar el monólogo de Hamlet, señor, eso a mí no me asusta – se sentó
en el piso húmedo de orines – ahora sí no es mucha molestia, podrían dejarme solo,
les agradezco la visita y sus reconocimientos a mi valioso patriotismo, pero me temo
que no puedo ayudarles, yo ya no me dedico a eso.

•¡El Senador Villa Montesinos, ha confesado que fuiste tú, maldito desgraciado! –
Harlington estalló en gritos y levantando al reo con una mano lo azotó contra la
pared – Tú secuestraste al padre del Senador Pérez Irigoyen. El General Aragón,
detuvo al Comisionado, le pidió que se tranquilizara. El detenido, por su parte, se
reincorporó y estiró sus ropas sucias, se aclaró la garganta y resolvió en decir – ¡Mira
nada más! en mis tiempos, los Senadores tenían fuero… y no se les daban toques
eléctricos para que confesaran… ¡Vaya que no sabemos en qué mundo vivimos!

Luego caminó y se alejó lo más que pudo de Harlington, el reo, se acomodó de nuevo
las ropas y se estiró, para luego sentarse en el piso a unos escasos pasos de su
agresor.

•¡Soy un delincuente! – dijo mientras esbozaba una sonrisa, un tanto nervioso, pero
hasta cierto punto divertido - ¿No se me ve?… estoy en la cárcel, esto créanme no es
un palacio, ni una gran residencia, y la verdad sea dicha hay pocas formas de llegar
hasta aquí, éstas incluyen; secuestrar, matar, traficar drogas y personas, y eso, para
su información, es a lo que me dedicaba, ¡ah y también a hacerle favorcitos al
gobierno! Y precisamente no hay otra razón para que yo esté aquí, más que las
anteriores. – sonrío aún más, con total cinismo – No sería raro que mi nombre
estuviera involucrado en algún incidente de esa naturaleza. – al terminar la frase
levantó la voz y terminó con una frase - De suerte que les pido se retiren, porque no
son bienvenidos en éste recinto.

•Te estoy ofreciendo tu libertad, a cambio de la información que tienes. – le dijo
Harlington, mientras lo señalaba al otro lado de la pequeña celda – ¿Entiendes?

Hubo un instante de silencio, mientras el reo barbado se aprestaba a dar una
respuesta.

•Quiero ser Secretario de la Defensa Nacional… – el reo, rió a carcajadas – Sí
Secretario de la Defensa.

Harlington, miró fijamente y con odio, con tanto que podría haber estallado y
desaparecido por el aire, de haber tenido el Comisionado una vista equipada con
armas.

•Aquí, señor, su autoridad no tiene alcance… – dijo Marín, dirigiéndose a Harlington
– éste es territorio de nadie, pero ese nadie, cuesta de una manera diferente, aquí
el respeto se gana, no importa quién te invista afuera, sí el Presidente o el Papa. Pero
veamos qué es lo que sabe, usted Señor Harlington. – el reo se acercó al Comisionado
y le extendió la mano – General Diplomado de Estado Mayor Guillermo Marín
Santibañez.

•En un correo electrónico ubicado por inteligencia – dijo el General Aragón – Se le
menciona a usted, con nexos con los ejecutores del Secuestro del padre del Senador
Pérez Irigoyen, por eso es que estamos aquí, usted sabe dónde está ese hombre,
pero en lugar de condenarlo por esos delitos, le proponemos devolverle su libertad,
sí usted nos indica el paradero del Señor Raúl Pérez.

•¿Cómo puede estar seguro de que habla con la persona que busca? – dijo mientras
tomaba un libro de pastas color gris – Es decir, no soy Sócrates, Mahoma o Jesucristo.
Dígame, General, ¿qué fue lo que leyó textualmente en ese mensaje?.

•Es usted – dijo Harlington – el mensaje decía que habían hablado con “el Tío” de
Monterrey, en nuestra base de datos hubo muchos delincuentes que se hacían
llamar “Tío”, pero ninguno en Monterrey y que permanezcan con vida.

•Allí su problema Comisionado – dijo el reo, con voz paciente, como la de un maestro
que instruye a sus alumnos – El apodo del “Tío”, no es un simple alías, es un rango
en la escala criminal, es un grado que se consigue, siempre que se logra desplazar al
anterior “Tío”, y déjeme explicarle, que para hoy, existen muchos de los que un día
fueron mis amigos, que creen, que yo estoy muerto. No es momento de entrar en
disertaciones ontológicas. El “Tío” que buscan, es un hombre al que yo conozco bien.

•¿Quién ese ese hombre? – dijo desesperado Harlington – le exijo que me lo diga en
este momento.

•“El Wally”… – Marín hizo una larga pausa – Pero aquí es donde empieza realmente
la negociación, quiero mi libertad y una manera digna de sobrevivir, después de que
éste, que es un favor grande, se acabe.

•Sí, si, eso es un hecho, ahora explíqueme cómo lo podemos encontrar – dijo
Harlington, con tono de desesperación. – Le devuelvo su grado militar y la completa
libertad

•… Entonces lo de ser Secretario de la Defensa, mejor me olvido, ¿verdad? – una
sonrisa macabra emergió de la boca del reo – Tenemos que salir de aquí – y como
había entrado la comitiva, ahora salían con Marín.

Diecisiete minutos después, abordaban el helicóptero Super Puma que los había
hecho llegar hasta el penal.

17.
Club de Golf “La Hacienda”, Atizapán de Zaragoza,
Edo. de México. 18:38 hrs. 30 de julio.
Lucía, la ex esposa del Senador, llegó hasta la casa de los que habían sido sus suegros,
allí, se entrevistó con su ex cuñada, durante largo rato hablaron y al terminar ambas
se abrazaron, para reafirmar su cercanía tras su conversación y por primera vez en
el transcurso de estos eventos tan trágicos, Valeria lloró, lloró como nunca antes, sin
sentirse reprimida, en conclusión sin tapujos. Fernando, estaba sentado en la sala y
las miraba desde lejos, como quién mira un espectáculo de otra raza a la que no
pertenece, por algunos instantes se sintió ofendido, era inaceptable, que su
hermana se tirara al hombro de una desconocida a llorar su amargura, acaso no
estaba él allí para ese fin. No dijo nada y se decidió a dejar de pensar en ese respecto.

Lucía saludó con naturalidad a todos, excepto a Fernando, a quién le dijo: “Qué hay,
qué has hecho”. Él le respondió también escueto, con un “bien, no mucho”, eso lo
molestó más, pues en el fondo lo hería, evidentemente, ella sabía que no estaba
nada bien, pero no tuvo otras palabras para él. Ella entendía lo fuerte que era que
su padre estuviera secuestrado y que no tuvieran noticias de su estado de salud,
entendía también lo estresante de su carrera política, la que siempre pendía de un
hilo y ella allí, sin palabras. Para él lo único que lo podía mantener en el estrecho
espacio de la cordura era que Lucía, al menos, no había llevado al idiota de su nuevo
noviecito.

Pocas cosas podían complicar la situación tanto, como el solo hecho de pensar que
para cuando el siguiente periodo de sesiones ya no sería Senador y aunque suene
casi imposible, tendría que concentrarse en resolver, en qué gastaría su tiempo. Para
él, toda su vida, se había resumido a trabajar para la política, lo había hecho desde
que tenía 16 años de edad. Había tomado la decisión de no estudiar ingeniería, como
lo habían hecho las tres últimas generaciones de su familia, para poder consolidar el
sueño que había tenido, la de servir a su país en la primera magistratura. Ahora que

lo veía, era increíble, cómo un sueño había podido darle un sentido a su vida. Al
romper con el modelo de actividades de los hombres de su familia y el suyo, había
tenido que picar piedra, y aunque siempre tuvo el valioso consejo de su familia, en
especial de su padre, en cierta forma, nunca le resolvió de forma concreta las dudas
de cómo debía comportarse en un mundo en donde todo es difícil, pero
especialmente sobrevivir y mantenerse. Desde la escuela, había participado en todos
los concursos de oratoria que habían organizado, en la facultado ganó todas las
elecciones en las que participó, se decía desde entonces que era un político brillante.
Desde joven supo combinar dos aspectos fundamentales, imagen con un carácter
fluido y ameno. A los veintiséis años había sido electo Diputado Local, por el distrito
en el que había vivido desde niño, para cuando hubo cumplido los veintinueve, lo
nombraron Subsecretario de Programación y Presupuesto de la Secretaria de
Hacienda, a los treinta y tres, lo habían barajeado como los posibles candidatos a la
Gubernatura del Estado de México, por la corriente de la derecha, sin embargo, no
lo habían destapado para no quemarlo, al menos ese era el rumor que corría entre
el sector que más conocía de la política. Al final, el candidato había sido el sobrino
nieto de uno de los fundadores del partido, que había perdido, para ese momento,
muchos especulaban una importante negociación para que la campaña presidencial
fuera totalmente democrática. Sin embargo, el Pérez Irigoyen, había sido nombrado
Senador por el Estado de México por la vía plurinominal, cargo al que había accedido
con apenas 35 años de edad.

Hacía unos meses, se había desatado un rumor que apuntaba a que la derecha
mexicana, ya tenía un candidato sólido y capaz y que no era Pérez Irigoyen, mientras
las semanas pasaban y él intentaba hacer oídos sordos a todos aquellos que hacían
referencia a esa información, el grupo de analistas que trabajaban para él, le
confirmaban que no eran sólo rumores. Ahora, se enfrentaba a perderlo todo, todo
lo que lo definía y todo lo que lo había hecho sentirse alguien que valía la pena ser,
por momentos, lo único que sentía de sí mismo era miedo y decepción.

Por un instante, todos estos pensamientos, lo tomaron por sorpresa y de pronto, se
sintió tirado en el sillón de la sala, en el segundo piso de la casa de sus padres, de la
bolsa del traje, sacó una cajita de pastillas blanca y azul, era Altruline, se tomó la
pastilla completa y sin agua, ya tenía algún tiempo de tomarlas, desde la separación
y posteriormente en el proceso de divorcio, se sentía tan deprimido, tan desolado y
especialmente solo. Y ahora todo esto, miró la cajita y descubrió que aquella mañana

había tomado una caja nueva. Miró las pastillas, como si hubiera querido que ellas
le dieran una respuesta, sintió recelo y animadversión por el medicamento, quizás el
mismo repudio que sentía por sí.

Fue hasta el escritorio de la biblioteca, sacó una hoja en blanco del cajón debajo de
la superficie, tomó una pluma y escribió, al menos creyó hacerlo. Era una carta
dirigida a la opinión pública, las letras no fluían, pero aun así intentó escribirla, pero
su pulso tembloroso y la poca claridad en sus ideas no se lo permitieron. En ella
intentaba dar a conocer las razones de su retiro a la opinión pública, lamentaba que
la vida democrática del país se desmoronara por la inseguridad, argumentaría que
había sido el mayor honor que había tenido en la vida, éste de servir a la Patria.
Encomendaría a los políticos de diferentes facciones, para que transformaran lo
necesario para poder afrontar la crisis de violencia y miedo que hundía a diferentes
regiones del país, las mismas que hacían que el estado rozara en la ingobernabilidad
debido a la falta de paz y justicia social.

Intentó algunas cuantas veces, tras todo ese esfuerzo, una de las cartas le resultó
medianamente legible, en ella terminaba haciéndole saber al pueblo, el enorme
dolor que sentía, por tenerse que retirar, prematuramente, de una carrera, que
decía él, jamás acaba. Al terminarla la leyó, en verdad sentía un dolor casi
indescriptible, en el pecho sentía una opresión que no lo dejaba respirar y solo pudo
aliviarla en parte, cuando unas cuantas lágrimas rodaron por sus mejillas. Era muy
injusto que él había dedicado toda su vida a esa labor, para que ahora lo obligaran a
dejarlo todo.

Se sirvió un caballito de tequila y lo bebió sin respirar, sintió cómo recorría su
garganta y el sabor fuerte de la bebida lo pudo apenas distraer por un instante de
sus pensamientos, pero las lágrimas no lo abandonaron, mientras se sentó, para
seguir bebiendo y escuchando a Lizt, dejó fluir cada gota por sus mejillas en completa
libertad. Tras un buen rato, notó a lo lejos unos grandes y brillantes ojos que lo
observaban, lo miraban desde el fondo de la habitación, Fernando los miró con sus
ojos hundidos y enrojecidos por la bebida y las lágrimas.

•Entiendo que sea difícil – dijo Lucía, que era la dueña de los ojos negros y grandes
que miraban desde lejos al aún Senador – pero no tienes por qué esconderte Fer, es
lógico que estés preocupado por tu papá, todos lo estamos, créeme – lo último lo
dijo, mientras ella le tomaba una pierna – pero él es muy fuerte, como tú.

Fernando la miró y confirmó cuánto gustaba hacerlo, suspiró y le dijo que ojalá él
hubiera sido tan fuerte como su padre. Lucía lo abrazó, como quien abraza a un niño
que acaba de perder un partido de soccer, o como al que se le ha caído un helado
sin haberlo terminado. Fernando pensó que quizás en otro tiempo se habría sentido
ofendido con aquella actitud de Lucía, pero hoy, prefería ese abrazo de lástima y de
compasión, que quedarse sólo y sin ninguna retribución. Él le habría querido decir
tantas cosas, que sin duda, habrían tenido sentido, pero las palabras nunca pudieron
atravesar su garganta. Durante algunos minutos estuvieron abrazados, sin que el
tiempo pasara por ellos, sin que las horas tuvieran un sentido y sin que un solo día
hubiera pasado desde su última noche juntos.

Uno de los hombres de la Procuraduría de la República, subió buscando al Senador,
le informó que el dinero había llegado, era momento de proceder. Pues el cínico “Z”
les había proporcionado un número telefónico, para que lo llamaran cuando tuvieran
el dinero que les exigía. Era tiempo de seguir con el siguiente paso. Fernando sería
el encargado de llamar por teléfono para recibir indicaciones de “Z”, lo haría cuando
al terminar la contabilización de la suma de dinero en la sala de la casa de los padres
del Senador, eran treinta enormes maletas que contenían miles de billetes en
diferentes denominaciones en Euros, todas fueron colocadas en la sala y
sistemáticamente contabilizadas con la ayuda de aparatos para ese fin, una a una
fueron abiertas y selladas de nueva cuenta para garantizar que ningún dinero
pudiera faltar. El dinero debía estar en el lugar más visible posible, decía Fernando a
los que manipulaban las valijas. En apenas minutos y con la ayuda de una veintena
de aparatos contabilizadores de billetes, para conocer el número de éstos, la tarea
fue completada y se certificó que todo estaba en orden.

Fernando, tomó el teléfono y llamó a “Z”, fue un diálogo tenso y acalorado, pero el
Senador que sabía bien de cómo manejar los debates más complicados, salió del

paso sin contratiempos, además, en esta ocasión se limitaría a obedecer, un
concepto que le era casi desconocido.

Cuando “Z” respondió el teléfono, se limitó a decir:

•¿Ya tienen el dinero?

•Sí – respondió el Senador – ahora le pido que suelte a mi padre – dijo con firmeza
el Senador –

•Senador, ¡qué agradable sorpresa! – moduló la voz distorsionada –

•Tiene mi palabra de que mi familia nuclear, se irá del país – Fernando hizo una pausa
y apesadumbrado terminó – incluyéndome a mí y no volveremos en mucho tiempo.

•Su esposa y usted… – dijo maliciosamente el interlocutor, con voz grisácea –

•Mi ex esposa, no tiene porqué aceptar las reglas de éste absurdo juego suyo. Ella
ya no es parte de esta familia – concluyó enérgicamente Fernando –

•¿No es parte de su familia? Y dígame, qué haría en este preciso momento en su
casa, sí cómo usted afirma, no es parte de su familia – una risa se escapó al
interlocutor de Fernando – Yo sé todo Senador, sé quién está, sé quién entra y quién
sale, sé por qué y el cómo. Ahora preste atención – el hombre del otro lado de la
línea, se escuchaba especialmente decidido – siga mis instrucciones y como
seguramente estoy en el altoparlante, ya ella sabe que es requisito que se vaya con
ustedes.

•Primero – dijo “Z” – es necesario que el dinero que llevó la empresa de seguridad,
lo coloquen en el Mercedes del Senador, todo y sin trucos, las valijas cabrán apenas
repartidas entre la cajuela, el asiento trasero y el del copiloto, serán llevadas al
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, al hangar de una empresa privada,
denominada Aerolíneas Lovely Express, a las afueras de esa instalación, se
depositarán las valijas, muy cerca del único avión Cessna, que está en ese punto, allí
el Senador encontrará una nota del lugar en donde deberá recoger a su padre. Su
familia y usted deberán abordar el vuelo que más les convenga, todo esto antes de
las 0:00 hrs.

Fernando repitió todas y cada una de las instrucciones, al final se contentó con colgar
el auricular, con cierta frustración al no poder oponerse a la voluntad del captor de
su padre.

Los preparativos duraron apenas unos cuantos minutos, quedaron de acuerdo que
volarían en dirección a Mc Allen, y que sus objetos de valor les serían enviados en
una mudanza internacional que coordinarían las personas que habían trabajado en
el servicio de la casa.

Fernando miró inquisitivamente a Lucía y le preguntó si iría con ellos, la guapa mujer
de ojos negros y grandes, lo miró dulcemente, ella le dijo que sí, que los seguiría
hasta el fin del mundo, siempre que fuera por algo como la vida de una persona.
Lucía iría a su casa y recogería sus documentos, después explicaría en su trabajo su

salida del país y a que su novio lo entendería también. Salieron a bordo de diferentes
vehículos, Fernando, conducía el Mercedes Benz, evidentemente sólo, pues apenas
cabían en el auto el dinero y él, motivo suficiente para que además, fuera escoltado
por dos patrullas que lo acompañarían hasta las inmediaciones del aeropuerto. En la
camioneta de su madre, se desplazarían Mariela, Vale y Lucía, su ex esposa, se
retiraría en rumbo a su casa de soltera, en un auto de color rojo, la verían a las 22:00
horas en el aeropuerto.

Durante el camino, la madre y hermana de Fernando, se lamentarían del infortunio
de aquel día negro…

18.
Av. Santa Fe #7399, Ciudad de México. 19:48 hrs. 30
de Julio.

Cuando los agentes se desplegaron y arribaron al sitio, tenían la misión de catear el
domicilio, que marcaban los documentos de identidad fiscal de Carmelo Pérez en la
ciudad de México, sólo habían encontrado un montón de equipo de
telecomunicaciones, algo, por cierto, muy similar a los que usaba la corporación
policíaca, celulares y computadoras portátiles, la mayoría rotas, evidentemente
golpeadas con un martillo u objetos similares, las otras magnetizadas para borrar la
información de los discos duros, encontraron papeles rotos y botes de basura llenos
de información destruida, probablemente alguien las había dicho que podía suceder
esto. En el bote de basura de una de las recámaras, asomó apenas por encima del
borde una pequeña agenda impresa, ésta llamó la atención de uno de los agentes,
que revisó el documento usando guantes de látex, en ella encontró realmente pocos
nombres, todo con increíble orden, incluso, le sorprendió la limpieza con la que
estaba recabada siempre con tinta negra, con caligrafía lenta y pausada, pero sin
ningún rastro que permitiera dar con algo fuera de su lugar, la escasa información
que tenía la libreta estaba ordenada alfabéticamente, alguien muy minucioso había
hecho ese trabajo, el agente miró hoja por hoja, mientras pensaba lo difícil que sería
rastrear cada nombre, cada número, todas las direcciones, de pronto, le llamó la
atención especialmente el único teléfono escrito con tinta roja, tenía otra caligrafía,
además, no estaba en el orden del alfabeto; era un nombre femenino poco común;
Yamila Marconi. Para cuando el Comisionado Alejandro Harlington arribó al lugar, le
mostraron la información que les había llamado la atención a sus agentes, pues en
los escasos minutos transcurridos desde ese hecho, todo el equipo se había
concentrado en la corazonada de ese agente, sin rostro ni nombre, que había
predicho que allí tenían información importante.

Para Harlington, como para el General Aragón, no significó mucho, pero para Marín…
todo fue diferente, de inmediato, le recordó a alguien ese nombre y su mente viajó
a través del tiempo, a la velocidad de la luz, sus neuronas se conectaron, generando
nuevos enlaces y entonces sinapsis construyó un vínculo que apareció en sus ojos,
como si estuviera sucediendo frente a él. El hombre que ahora vestía ropa deportiva
cómoda, pero que se hizo llamar General de inmediato, se quedó ensimismado unos
instantes, mientras veía los edificios contiguos desde el lujoso departamento, de
pronto suspiró como saliendo de su estado de regresión y mirando al General
Aragón, le informó que estaba seguro que sabía de quién se trataba y que les haría
comprender como él.

Guillermo Marín, recordó que aquel nombre, le pertenecía a una jovencita escuálida
que había llegado de la Argentina para trabajar en uno de sus negocios, la había visto
una o dos veces, una en el “Jake Mate”, otra tal vez en alguna fiesta o en cualquier
otro sitio, en realidad eso no tenía importancia, pero la recordaba bien y sería fácil
hacerla caer, pues bastaría hacerle una llamada telefónica. Marín había escuchado
sobre la tecnología que habían dejado medio rota, recordó que en alguna ocasión
había tenido que adquirir algo similar para ejecutar algún pago y engañar al que le
había cobrado. Harlington, pareció no tomarlo enserio, pero Aragón Zapata le
concedió algo de crédito y además, pensó que Marín tenía razón, tenían la misma
línea telefónica de la que seguramente recibiría llamadas frecuentemente, no era
una simple casualidad que aquellos hombres tuvieran su teléfono, además, con un
sintetizador que ocultaría la voz de cualquiera de los tres, convirtiéndolo, en el “Tío”.

Marín les pidió autorización a ambos hombres para ser él el que llevara a cabo ese
trabajo. Harlington accedió a la petición y observaron con atención, cómo Marín
colocaba en funcionamiento con la ayuda de un técnico la línea telefónica, en pocos
minutos y después de mucho esfuerzo lograron que los aparatos funcionaran,
mientras otros técnicos policiacos intentaban recuperar más información de las
computadores, reconstruían papeles al azar, con la esperanza de encontrar cualquier
conexión, cualquier pista. Cuando el teléfono estuvo listo, por el altavoz, se escuchó
el tono de marcación.

Una voz femenina, dijo:

•Aló – esperó en suspenso – ¿Tío?… ¿ahora qué querés? – preguntó con cierta
molestia –

•¿Dónde estás? – preguntó Marín –

•Rumbo al aeropuerto, ya quedó el quilombo resuelto – hizo una pausa en la
conversación y dudó – ya vos lo sabés, ¿no?, me lo acaba de confirmar el jefe todo,
parece que saldrá más rápido de lo planeado. Y bue… ¿vos?

19.

Sierra de Santa Catarina, Iztapalapa, Ciudad de
México. 19:47 hrs. 30 de Julio.

En algún punto, todos pensamos en la muerte, también, de vez en cuando lo
hacemos en la vida. Raúl Pérez, pensaba que su muerte había llegado, que en
cualquier momento terminaría todo de la forma menos pensada. Sería un resumen
inconcluso, como siempre lo fue todo lo que hizo en su vida, pero cómo tendría lugar.
Lo levantarían y le permitirían mirar las caras de sus asesinos, lo arrodillarían y le
dispararían por la espalda. ¿Habría un lugar a dónde ir después de esto?, ¿Alguien
recordaría quién había sido?… había muchas más preguntas que respuestas y en su
mente todo daba vueltas, venían imágenes sin sentido, pensaba en el tiempo y en lo
efímero que es pensar en él sin poderlo disfrutar. Le habría gustado gritar, pedir que
lo alejaran de ese sufrimiento terrible de la consciencia.

Pensó en su familia, pero poco, en el fondo le daba tanta pena terminar así, qué
pensarían sus hijos de él, ¿sufrirían?, le pareció injusto darles otra razón más para
sufrir por él, también pensó en Alicia Bahena, en todas esas noches que ella le había
regalado… bueno no, era un error pensar que se las había regalado del todo, pero
para este punto, carecía de importancia cuán regaladas habían sido las sensaciones,
los besos y las caricias. ¿Habría sido ella la que lo había traicionado?, ella conocía
bien su auto, conocía su agenda, sabía de sus hijos. ¿Habría sido capaz de
entregarlo?, y los segundos, los minutos y las horas pasaban sin sentido, él estaba
suspendido, inmóvil y con las manos atadas, ése era el peor estado en el que lo
podían conservar. Todo aquello le agolpaba el cerebro y le hacía pensar que nada
había valido más que aquellas noches prohibidas, en ese departamento que había
mantenido en secreto durante muchos años, pero los pensamientos eran cíclicos,
volvía tras sus pasos y sospechaba de Alicia, no había más nadie en el mundo que

tuviera interés de capturarlo, tiempo atrás había recibido muchas amenazas,
ninguna se había cumplido, pero ahora no era otra cosa que un viejo decrépito y ya
nadie tenía interés en amenazarlo.

Intentó recordar cuáles eran sus pensamientos aquella mañana lluviosa y
simplemente no pudo, nunca vinieron a él, todo le daba vueltas, llevaba ya mucho
rato allí despierto, pero inmóvil, tal vez más de diez horas, pero era imposible
saberlo, contaba su respiración para saber cuánto tiempo transcurría, pero no podía
estar seguro, nunca antes se había encontrado en ése estado.

De pronto, una mano, le tomó por el hombro, lo arrancó de sus pensamientos y de
su ensimismamiento, por un instante pensó que esa mano lo llevaría afuera y le
dispararía, así iba a terminar, seguramente, aquel hombre dueño de aquella mano
tendría cuidado de no mancharse de sangre, de su sangre; a los asesinos no les gusta
mancharse, pensó. ¿Quién lo recordaría?, ¡Qué imbécil!, me lamento de lo menos
importante, concluyó para sí. Mientras era conducido, casi a rastras, por lo largo del
estrecho corredor hasta el exterior, por el fuerte brazo de su captor. Entonces,
intentó recordar el rostro de sus hijos, lo hizo concienzudamente y con el máximo
de sus esfuerzos, pues él sabía que no volvería a verlos jamás; primero los hermosos
ojos de su hija, negros, profundos, expresivos y vivaces, al menos así eran antes,
hacía tanto tiempo que no podía mirarlos de frente, no sabía cómo eran desde la
última vez que los había podido disfrutar, que se había atrevido a sostener la mirada
frente a ella, ahora se lamentaba de no saber cómo eran los ojos de su hija desde
esa lejana última vez, ¿cuándo habrá sido? hace meses, hace años… ¿hubo alguna
ocasión? Intentó recordar y mientras su cuerpo era arrastrado por el suelo como un
costal inanimado, uno lleno de papas y arrastrado por la fuerza bruta de una mano
que pertenecía a un desconocido, se aferró a sus recuerdos apretando fuerte los
ojos, tanto que alguna lágrima escurrió por su mejilla y llegó a su boca, el sabor
salado, le delató que se trataba de una largamente acumulada lágrima, pensó en lo
mucho que le habría gustado decirle a su hija lo que la amaba y sobre sus hermosos
ojos, volverlos a ver por un instante. La mano lo soltó por un instante y él cayó sin
fuerza, entonces, se aferró aun más a la memoria, recorrió, según su recordaba, el
rostro de su hija con esas cejas pobladas, pensó que ellas eran las que le daban más
personalidad y carácter a su finísima cara, la nariz; esa era singular de mirarla de
frente habrías reconocido que era respingada, de costado era ligeramente aguileña,
la boca; con labios medidos, hacía un gesto, uno único e indescriptible que había que

ella fuera ella, pensó en la boca de su hija con una sonrisa cálida, pero el recuerdo
del conjunto, tampoco pudo aparecer y por un instante, como las nubes en el cielo
de un día ventoso, el recuerdo se disipó. Pensó en Fernando, pero a él prefirió
recordarlo, cuando era un niño, se parecía tanto a él, también pensó en lo mucho
que le habría gustado decirle lo orgulloso que se sentía de él y de hasta dónde había
llegado.

Los que creía, serían sus últimos instantes de vida, se los dedicó a su esposa, la mujer
buena que le había perdonado todas sus infidelidades, todas las aventuras que
habían acabado en eso, en una simple aventura, pero de la que jamás recibió un
reclamo, aún cuando Mariela sabía de la existencia de esas otras mujeres. También
se dio cuenta que no podía recordarla como era ahora, sino como hacía muchos años
atrás la había conocido. Concluyó que llevaba muchos años muerto, pero que no se
había dado cuenta, que lo que siguiera en los próximos instantes solo completaría el
proceso en el que había entrado, quién sabe cuándo.

Raúl se sorprendió un poco, al sentir que era lanzado de nuevo a un vehículo, incluso
tal vez el mismo en el que había sido trasladado antes. No habló, ni siquiera lo
intentó, pero supuso que para sus captores era mejor darle muerte en cualquier
terreno baldío o en cualquier carretera y abandonarlo allí, tal vez, sería liberado, o
terminaría siendo comida para perros hambrientos. Entonces se hundió más en ese
espacio de melancolía, construido por sí mismo, que seguramente sería el sitio final
en el que su mente se estancaría para perderse en el infinito.

Durante el camino, mientras el vehículo iba en movimiento, agazapado en algún
lugar, en un sitio frío del compartimiento de carga de una camioneta, Raúl Pérez, se
sentía culpable, en silencio y para sí mismo, se reprochaba al pensar en su amante,
pero le era inevitable. Pensaba en dónde estaría Alicia, pensaría en él y cómo lo haría,
sí allí acababa su vida, qué sería de ella, se dio cuenta que tenía mucho tiempo que
no le decía “te amo”, no se lo decía a nadie y hubo una sensación de pena en él, una
que fue más fuerte que nunca antes. De nuevo sus hijos vinieron a su recuerdo y se
sintió profundamente inseguro sobre lo que él significaba para ellos. Su hija, había
sido lo más cercano a su adoración, pero no había sido bueno para decírselo nunca,
él daba por hecho que ella lo sabía, pero ahora se daba cuenta que hacía falta
habérselos dicho y Fernando, él era tan especial para su padre, pero tampoco lo

sabía. En silencio les pidió perdón e intentó descansar de ése tortuoso calvario que
era pensar sin sentido. Al final, decidió pensar, pero menos, no quería morir
reprochándose todo lo que no había hecho, pero darse cuenta que había sido un
pésimo padre, un marido malagradecido y el más mísero ser humano en todos los
sentidos, le causaba una gran pena, porque había terminado de la manera menos
esperada, era doloroso y no podía cambiarlo, le pareció ridículo pensar en todo lo
que había tenido al alcance y jamás había hecho nada por hacer y quejarse e intentar
ocuparse de algo que estaba fuera de su posibilidad.

Prestó atención por un segundo y se dio cuenta que se escuchaba el llover del
exterior, recapacitó y recordó cuánto odiaba este tipo de días en los que llovía sin
cesar, notó también que habría de morir sin que nadie tomara su mano para
ayudarlo a bien morir, sin una bendición y sin nadie que lo conociera; mentalmente
se dijo a sí mismo: “¡Qué pinche es la vida!, qué desgraciada y mamona”, lo pensó
con tanta furia, que estuvo seguro de haber hecho algunos ruidos con la boca, se
asustó al pensar que había hablado, que lo había hecho sin querer, pero que lo había
hecho, su cuerpo se estremeció y su respiración se agitó. La tarde iba cayendo y con
ella el día iba muriendo poco a poco, como quién deja de respirar hasta extinguirse.

Por algún motivo que desconocía, recordó el sonido del piano de su casa, cuando su
hija lo tocaba, eso lo tranquilizó y con la música vinieron recuerdos de cuando sus
hijos eran niños, de cuando jugaban en el jardín los fines de semana y se preguntó,
porqué habían tenido que crecer, porqué él se había perdido de tanto, de pronto
hubo imágenes que cruzaron sus ideas de cuando sus hijos montaban a caballo y su
esposa en la época que usaba el cabello largo. No se movió ni un poco y se conformó
con esas escasas imágenes que ahora veía en su mente, pero en las que parecía que
se trataba de la vida de algún otro.

Mientras en la mente del “paquete” tenía lugar esa revolución de imágenes, tal vez
sin sentido, el Tinaco y yo, recibimos una llamada de Yamila, nos instruía para que
fuéramos de inmediato en dirección al Aeropuerto de la Ciudad de México, nos
preguntó el estado de salud del “paquete”, ambos por separado le confirmamos que
él se encontraba bien. Allí nos liquidarían el pago, nos aseguró Yamila.

El Tinaco y el Chucho, que también nos acompañaba, en la vieja van de color naranja,
que había sido elegida de entre tres vehículos que nadie sabía usaríamos,
cascabeleaba un poco pero no tenía la menor importancia, el Tinaco y yo
hablábamos poco pero hacíamos referencia a las condiciones del vehículo y el clima,
el Chucho se quejaba un poco de las malas condiciones mecánicas del automóvil, le
dijimos que debía soportarlo; porque así es este negocio, no debes informar de nada
que pueda ser usado después en tu contra. Mientras el Tinaco conducía, el jovencillo
vigilaba que el “paquete” no diera lata, yo me conformaba con mirar las luces de la
ciudad, mientras caía la noche y viajábamos por las calles estrechas y empinadas de
la Sierra de Santa Catarina en la camioneta, vi a personas andar mojadas por las
calles, siempre parecen apretadas, pensé, en la historia de cada uno de ellos, pensé
en la dirección que llevaban y me imaginé que todo esto era como un hormiguero
defendiéndose del ataque de un grupo de avispas, me di cuenta que cada uno llevaba
una carga, que unos la confunden con una pena, otros con un dolor y luego me di
cuenta que todos eran grises.

Seguimos, hasta salir a la Avenida Zaragoza, para cuando llegamos allí yo andaba
perdido, en Yamila, pensaba en sus manos y en sus senos, me la imaginaba desnuda,
suponía que si la pudiera ver desnuda la tocaría, lo haría suavemente, y mientras ella
suspiraba yo la besaría, pensaba mucho en lo que me haría, en cómo recorrería mi
lacerado cuerpo con sus manos, esperaba que con eso mi alma quedara reparada de
todo el daño que me había causado desde aquel día en el que no había vuelto. De
rato en rato, me confirmaba a mí mismo, que no debía olvidar que ella me había
abandonado cuando vivíamos en Marbella #37, todo porque un hombre poderoso la
había hecho su amante, en ese entonces yo me enfermé de celos y me quedé ciego
de ira e impotencia. Pero había sobrevivido, había podido seguir respirando, aunque
de vez en cuando dudaba cuánto oxígeno tendría en los pulmones, tal vez respiraba
y el elemento vital no me llegaba… pero lo superé.

El Tinaco, me hizo volver a la realidad, ambos debíamos cuidarnos las espaldas, pues
de aquí en adelante, vendría la parte más difícil, es decir, sobrevivir y cobrar, para
cuando al día siguiente el sol brillara por el levante, habríamos iniciado un nuevo
capítulo en nuestras vidas y ya nada sería igual, eso era algo que habíamos discutido
el día que nos habíamos encontrado para conocernos, pues él había oído de mí y yo
lo había hecho de él. Lo miré y le dije, sí estaba consciente de que esa sería la última
tarde que nos veríamos, que había sido un placer conocerlo y que nunca olvidaría

esos días en los que lo había tratado. Él me dijo que vernos, estaba en nosotros, que
quizás la semana que venía nos tomaríamos una copa, en alguna cantina o en algún
congal de los muchos que hay en la ciudad. Yo le respondí que pretendiéramos que
así sería, para facilitar las cosas…

Algo me hizo llevar la mano al cinturón, verifiqué que mi arma, la misma Glock 17
que me había acompañado por tantos años, siguiera allí conmigo, mientras los
últimos rayos del sol, inundaron el cielo grisáceo con visos rojos de la ciudad.

20.
Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México,
Ciudad de México. 20:05 hrs. 30 de julio.

El General Guillermo Marín, sabía que debían alcanzar a Yamila en el Aeropuerto,
Aragón Zapata y Alejandro Harlington, habían colocado a todos los efectivos posibles
en el Aeropuerto, así como la propia seguridad aeroportuaria, que operaba las
cámaras de seguridad y filtros para evitar que Yamila pudiera escapar. De ella tenían
una escueta ficha de ingreso al país, en donde lucía pálida y ojerosa, delgada al
extremo, una adolescente. Marín tenía todo un rompecabezas en la cabeza, pero le
faltaba una pieza, una que por más que lo intentaba no fluía, no estaba disponible,
Guillermo, se repetía constantemente; era apenas una prostituta más, cómo habría
podido meterse en este embrollo, hizo memoria, se esforzó de verdad y recordó que
el Pasa, había escapado con ella, muchos años atrás, Marín pensó en él en tono
nostálgico, pero el ajetreo de la situación lo desconcentró.

Minutos después le llevaron al hombre en ropa deportiva, que se encontraba de pie,
recargado en una pared, revisando algunos documentos, una ficha de ingreso del
Instituto Nacional de Migración. En efecto era ella, en aquella fotografía pequeña,
Marín se la mostró al General Aragón, quien también encontró a una niña, de
inmediato pensó en su hija, que tenía la misma edad de la mujercita que aparecía en
la fotografía, cómo podría haber sucedido que en unos años, esa misma chamaquita
los tuviera de cabeza. Harlington, por otro lado, lo tenía muy claro, tendrían que
seguirla hasta que se encontrara con sus cómplices, no debían detenerla antes de
que eso sucediera, de lo contrario perderían toda pista del dinero y del padre del
Senador Pérez Irigoyen. El Comisionado, se fajó los pantalones y les pidió atención a
todos los agentes disponibles, les dijo que deberían ser pacientes, que sí detenían a
la presunta de forma aislada, el resto de sus cómplices escaparían y no tendrían
noticia del padre del Senador. Que la seguirían usando el sistema de cámaras de la

terminal aérea, diez agentes se vestirían de civiles y se confundirían con el resto de
los pasajeros.

De inmediato el grupo más avanzado de policías se cambió de ropa, se les colocaron
intercomunicadores para mantener constante vigilancia y movilidad, incluso se tomó
la previsión de hacer traer un vehículo sin serigrafía oficial ni torreta, les permitirían
portar su arma de cargo, pero bajo ningún concepto debían disparar y mucho menos
en el interior del Aeropuerto. Los datos faciales de Yamila fueron enviados al C4 para
ser ingresados en el sistema computalizado de seguridad, para que en caso de ser
captada por alguna de las cámaras el sistema emitiera una alerta en el C4 del
Aeropuerto, esto facilitaría el trabajo de localización y seguimiento, los oficiales
uniformados esperarían a que los vestidos de civil formaran un perímetro de
seguridad antes de actuar. Cuando Harlington terminó de explicar todo esto, miró a
Héctor Alejandro Aragón y le dijo:

•Héctor, sé honesto conmigo, ¿todo esto que está pasando, tiene sentido?, quiero
decir, tú que tienes mucha experiencia en inteligencia, tú que has hecho desde hace
tiempo, ¿crees que vayamos por buen camino?

•Es difícil decirlo – dijo el General Aragón – pero debemos continuar, no nos quedan
posibilidades ni suficiente tiempo – luego lo miró fijamente a los ojos y le dijo con
gran resolución – Nada tiene sentido General, nunca.

Cuando los Generales llegaron al centro de mando del Aeropuerto, se coordinaron
rápidamente con los elementos encargados de la seguridad de la terminal aérea. Los
guardias encargados de la seguridad de los viajeros, ya habían instalado en los
programas de búsqueda de sospechosos en los aeropuertos, la fotografía y los datos
de Yamila, era cuestión de esperar a que la tecnología hiciera su trabajo.

No hubo que hacerlo durante mucho rato, de pronto, una de las computadoras
detectó el rostro de la argentina, las alarmas comenzaron a sonar y a determinar la
posición de la sospechosa dentro de la infraestructura de la terminal. Allí estaba, era
ella, la mujer que buscaban salía de una sucursal de HSBC en la zona norte del
Aeropuerto, la misma mujer pálida, de cabello castaño y ojos azules, se dirigía hacia
la terminal dos, se dio la orden de seguirla discretamente. La mujer hablaba por
teléfono constantemente, como si le dieran instrucciones vía celular, estaba
notoriamente nerviosa, mientras hablaba por el teléfono móvil, se acomodaba
constantemente la falda de color verde, su color favorito, así como se quitaba y ponía
unas gafas de sol Dolce & Gabana, que seguramente usaba para cubrir su rostro.
Cómo cambia la gente, pensó Marín, ya no es esa niña debilucha, ahora es una mujer
en todo el sentido.

Yamila se dirigió hasta los lockers del Aeropuerto, allí, recogió un maletín negro,
luego regresó en dirección al estacionamiento, en donde abordó un BMW de color
azul, salió por los túneles cubiertos hasta el estacionamiento, mientras la seguían
seis oficiales de la Policia Federal, de los vestidos de civil, la seguían de cerca, cada
paso, cada movimiento de su liviana cadera, cada sonido producido por sus tacones
era escrutado por todos los oficiales. El vehículo azul en el que viajaba ella, se
encendió y con él las luces, bajó un piso, y salió a la avenida que está al costado del
perímetro del Aeropuerto, tres patrullas, y el vehículo sin torretas ni serigrafías la
siguieron a discreción, uno de ellos tenía una cámara de abordo que enviaba las
imágenes de sus acciones hasta el C4 del Aeropuerto, en donde Marín, Aragón y
Harlington seguían cada una de las acciones.

Tras avanzar algo más de tres kilómetros, el vehículo de lujo color azul, se detuvo en
una calle perpendicular a la avenida, una especialmente oscura, allí esperó algunos
minutos. En el entretiempo la tensión en el C4 subía y Harlington dudó, no estaba
seguro con respecto a qué debían hacer, él insistía en que debían detener a Yamila
y sacarle la información por la fuerza, pero en el momento en el que la discusión
entre los otros dos Generales y él estaba prácticamente decidida por el Comisionado,
la vieja van, en la que viajaba un hombre fuerte, un jovencito y otro, que de
inmediato Marín reconoció, arribó hasta la calle oscura.

Cuando lo vio, el General Marín dijo exaltado; ¡ése!, es “el Pasa”, miren nada más, el
mismo imbécil que dejó todo lo que le dimos y nos traicionó por esa misma puta.
Guillermo Marín, recordaba cómo había reaccionado extrañado aquella tarde
cuando “el Wally” le dijo que su recomendado se le había escapado con una de sus
palomitas, que el muy cabrón, le había dejado vacía la caja y se había llevado la
camioneta, del dinero ni de él se volvió a saber nada en años, pero por alguna razón
Marín sabía que lo volvería a ver algún día, jamás pensó que éste fuera ese día, ni
así. Por un momento el General Guillermo Marín, pensó en que a éste, le debía su
salida de la cárcel.

Harlington insistió en que debían detenerlos en ese preciso instante, pero tanto
Aragón como Marín, le aseguraron que los tenían muy controlados y que no podrían
escapar, era cuestión de esperar para encontrar al líder o poder recabar más datos,
de nuevo y mientras los tres hombres discutían esto en el C4 del Aeropuerto. Yamila
volvió a tomar el teléfono, mientras les entregó a los dos hombres el maletín que
había recogido de los lockers de la terminal aérea. Cuándo ella le entregó el maletín
de color negro al hombre corpulento que había descendido de la camioneta, éste le
hizo señales de negación con las manos, no lo quería recibir, el otro, que había sido
identificado por Marín como “el Pasa”, también movió la cabeza y volvió a subir a la
van de carga. Algo pasaba, pero desde el C4, no se podía entender con claridad qué
era lo que sucedía.

21.
Trayecto del Club de Golf “La Hacienda” al Aeropuerto
Internacional de la Ciudad de México. 19:50 hrs. 30 de
julio.

Lucía, había sido reconvenida por su ex cuñada y la mamá de Fernando de que
viajaran todas juntas, irían a la casa de la ex esposa del Senador, a una cuantas
cuadras de la suya, recogerían lo que fuera necesario. Decidieron incluso escoltar a
Fer en el trayecto hasta el aeropuerto, al menos lo más cercano que fuera posible.
Así lo hicieron, Lucía hizo la pequeña escala necesaria en su casa, cuando salió,
abordó de nuevo la camioneta en la que viajaba su ex cuñada y su ex suegra, se sentó
en la ventanilla del lado derecho, por donde, al arrancar de nuevo, podía ver el
Mercedes Benz de Fernando, con él al volante y dos patrullas que lo escoltaban, miró
con atención y mientras rodaban los kilómetros, miró durante buena parte del
camino a su ex marido, le llamó la atención que parecía que hablaba con alguien,
pero él iba sólo.

Lo siguió mirando con detenimiento, pudo notar que por momentos Fernando
dejaba el volante libre y manoteaba, ese era un gesto muy clásico de él; lo hacía
cuando regañaba a alguien por teléfono, pero con quién tendría que hablar su ex
marido en este preciso momento, con quién que no lo hubiera hecho ya o que no
pudiera hacerlo en la sala de su casa. Las calles comenzaron a convertirse en ríos de
luces blancas y rojas en contra sentido, las lámparas iluminaron el camino, pues la
noche iba cayendo y el tiempo se les agotaba, pensó Lucía. Miró de nuevo al
automóvil del Senador y creyó ver que Fernando, sacaba el teléfono celular de su
saco, en ese mismo instante, el teléfono de Valeria sonó y el sistema de conexión al
vehículo se activó, ahora los altoparlantes de la camioneta servían para escuchar la
conversación, así cada gesto, cada movimiento de las manos, coincidían con cada
inflexión de la voz que maquinalmente hacía Fernando.

Él le pidió a su hermana que no compraran boletos para Mc Allen, sino para Dublín,
dijo que los captores lo habían contactado y que debían hacer un recorrido diferente,
por la propia seguridad de la familia, al mismo tiempo que pidió calma, aseguró que
él regresaría con su padre a como diera lugar.

Las tres mujeres siguieron el camino hasta que en algún punto el Mercedes,
desapareció con su escolta de patrullas federales, así que ellas tendrían que arribar
al mostrador de Lufthansa, como Fernando les había pedido lo hicieran, no al de
American Airlines como originalmente estaba previsto. Se suponía que una comitiva
formada por diferentes funcionarios las esperarían allí, según se había planeado,
pues el secretario particular de Fernando incluso había hecho la compra de los
boletos en rumbo a Texas.

22.
Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, 19:52
hrs. 30 de julio.
El Jefe de Gobierno miraba por el ventanal goteado hacia el horizonte lleno de luces
brillantes, miraba los edificios que se comían el cielo y las sierras y preguntaba qué
sabían del padre del Senador Pérez Irigoyen a algunos de sus asesores. Mientras se
concentraba en el incesante caer de las gotas.

Recordó, cómo algunos días atrás, se había dado la oportunidad y se había reunido
con el Senador de forma informal, en privado, de hecho en el despacho particular de
un amigo en común, logró visualizar en su memoria el andar pausado de Fernando,
recordó que lo había felicitado por el avance en las reformas, especialmente en la de
las telecomunicaciones, la misma que llevaba años “atorada” en el Congreso y
parecía que nadie podría sacarla adelante, Fernando como siempre, le sonrió y le
agradeció el cumplido, se notaba algo cansado y era natural, había tenido más
trabajo que cualquier otro de sus compañeros, había manejado la política a la
perfección haciendo una enorme coalición que había aceptado los riesgos y tomado
el desafío, todo gracias a él.

No había dicho mucho al respecto, recordaba el gobernante, pero como un chispazo
hasta su memoria, vino algo, al principio no supo qué era, vino una parte de la
conversación que había tenido con el Senador en donde le hizo una observación
trascendental, cuando él le había dicho que si estaba preparando la carrera a la
campaña Presidencial;

•Querido Manuel, no nada de eso, tú sabes que yo soy un patriota, un servidor y
nada más que eso; diría Morelos, un siervo, no un dictador. Además, mi querido
amigo, ¿Cuántos Senadores han llegado a ser Presidentes?

El Jefe de Gobierno, recordó que en ese momento él había suspirado y levantado las
cejas en señal de aceptación a dicha condición.

•Aquí entre nos, el partido quiere otras cosas, parece ser que van a decidirse en los
próximos días por abanderar a uno de esos nietos del fundador, – le dijo mientras
bebía un caballito de tequila – uno más, de esos que nunca funcionan con el
electorado, ya vez lo que pasó en el Estado de México, cuando mandaron al nieto de
Ruiz Echegaray para competir… bueno no me quejo, al menos no me quemé yo.

El comentario, venía hilvanado por la experiencia de Pérez Irigoyen en las elecciones
anteriores, el propio Manuel Vela, sabía que esa había sido la historia de la vida del
ahora Senador.

Manuel Vela recordó que habrían hablado mucho rato, pero se mantuvieron
entonces alejados de más temas relacionados con la política. Al final de la reunión,
Fernando se despidió de Manuel, le dijo que seguramente él sería el candidato por
las izquierdas, le dijo que con todo su trabajo, estaba muy cerca de lograr la victoria,
pero que si por alguna razón no podía estar para verlo, tuviera la seguridad de que
le desearía lo mejor, desde muy lejos. Era extraño que hubiera tenido toda esa
claridad, sobre los hechos que estaban teniendo lugar. Aquella tarde que había visto
a Fernando, también le había dicho que él iba a recuperar todo lo que le había
invertido a la política y que nadie le había pagado.

Por un momento, al hombre de corbata amarilla con rojo y traje negro, le cruzó por
la mente decirle a alguien, que nadie había secuestrado a nadie. Pero, recordó, que
en la política, hay algo de vital importancia, disimular los problemas ajenos, además,
esto le quitaba una carga tremenda para la época electoral; uno menos, masculló
para sí. Mientras se servía un old fashion de whisky.