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CORRER
PARA VIVIR
De los campos de exterminio
de Sudán
a las olimpiadas

LOPEZ LOMONG
CON MARK TABB

Título original: Running for my Life. One Lost Boy's
Journey from the killing Fields of Sudan
to the Olympic Games
Colección: Astor
Director de la colección: Ricardo Regidor
© 2012 by Joseph L. Lomong a/k/a Lopez Lomong
Rights managed by Silvia Bastos, S. L., agencia
literaria
© Ediciones Palabra, S.A., 2013
Paseo de la Castellana, 210 - 28046 MADRID
(España)
Telf.: (34) 91 350 77 20 - (34) 91 350 77 39
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Diseño de cubierta: Raúl Ostos
Edición en ePub: José Manuel Carrión
ISBN: 978-84-9840-942-0

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sin el permiso previo y por escrito del editor.

A mis familias de América y
Sudán del Sur, que siempre han
creído en mí.
Y a todos los niños que se
quedaron. Que mis palabras
sean su voz.

1. ¡Secuestrado!
Cuando llegaron los camiones yo
estaba rezando con los ojos cerrados.
Los oí antes de verlos. Al levantar la
vista vi a los soldados que saltaban
desde la parte de atrás de los camiones.
Parecían nerviosos, como si quisieran
acabar con aquello cuanto antes.
«¡Todos al suelo! ¡Vamos!», gritaban
mientras corrían entre los feligreses. Yo
sabía que nuestro país estaba en guerra.
Todos los meses había algún día en que
mi madre y mi padre nos cogían a mí, a
mis hermanos y a mi hermana y nos
llevaban corriendo en busca de refugio

mientras veíamos a lo lejos las bombas
que arrojaban unos aviones que volaban
a bastante altura. Pero yo no había visto
soldados hasta aquel luminoso domingo
de verano; y nunca había imaginado que
unos soldados fueran a interrumpir una
misa.
Los soldados no paraban de correr y
gritar. Nuestro párroco intentó hablar
con ellos.
—Por favor, no nos hagan esto
ahora… —dijo.
El cabecilla no le hizo caso.
—¡Nos llevamos a los niños! —
gritó.
No entendí en aquel momento qué
quería decir con aquello. No tardaría en

entenderlo.
Mis padres se arrojaron al suelo y
me empujaron junto a ellos. Me
acurruqué al lado de mi madre. Ella me
rodeó con su brazo con tal fuerza que me
hacía daño en las costillas. Todos a mi
alrededor gritaban y lloraban. Me puse a
llorar yo también. Mi madre intentaba
calmarme, pero estaba tan asustada
como yo.
De pronto, sentí una mano en mi
espalda. Levanté la vista y vi a un
gigante. Cuando eres pequeño, los
adultos te parecen gigantes. Llevaba un
fusil colgado a la espalda y una ristra de
munición cruzada sobre el pecho. Mi
madre le suplicó:

—¡No, no, no…! ¡No te lleves a mi
niño!
El soldado no le contestó. Con una
mano apartó el brazo de mi madre y con
la otra me levantó a mí. Me arrastró
hacia los camiones, pasando junto al
enorme árbol alrededor del cual nos
congregábamos para la celebración de
la misa.
—¡Deprisa! ¡Venga! —gritaba.
Otros soldados llevaban a otros
niños, niñas y adolescentes hacia los
camiones, sin parar de dar voces para
que todos fueran más deprisa.
Me volví. Mi madre y mi padre se
habían levantado del suelo y venían
detrás de mí. Las lágrimas les caían por

las mejillas. No eran los únicos. Por
todas partes se veían padres que iban
tras sus hijos llorando y suplicando:
«¡Por favor, no os llevéis a los niños!,
¡por favor, por favor…!, ¡haremos lo
que nos pidáis, pero no nos hagáis
esto!».
Un soldado particularmente grande
se volvió hacia nuestros desesperados
padres, agitó su fusil y gritó:
—¡Un paso más y empezamos a
disparar!
No pude ver qué sucedió después.
Solo sentí que me agarraban y me
lanzaban a uno de los camiones. Reboté
en otro niño y caí sobre la superficie
metálica, caliente y sucia de la caja del

camión, llena de niños de mi parroquia.
Una lona verde cubría la caja, con lo
que no podíamos ver el exterior. La
puerta de atrás del camión se cerró con
un golpe y el camión arrancó.
No lo supe en aquel momento, pero
mi infancia acababa de concluir.
Yo tenía seis años.
***
Estuvimos tres o cuatro horas sin
decir nada, mientras el camión nos
llevaba dando botes por la carretera. Yo
estaba demasiado asustado como para
iniciar una conversación. Supongo que a
los demás les sucedía lo mismo. Al
principio todos estábamos llorando,

pero al cabo de un rato ya nadie lloraba.
Permanecíamos
en
silencio,
preguntándonos qué nos iba a pasar.
La superficie metálica de la caja del
camión me abrasaba los pies descalzos.
Intenté ponerlos sobre los pies de otro
para que se me enfriaran, pero me
empujó para que me apartara. El calor
dentro de aquel camión era insoportable.
Los soldados habían amarrado la lona
muy fuerte en todos los lados para evitar
que saltáramos del camión. El problema
era que la habían amarrado tan fuerte
que no corría ni una gota de aire. El sol
de verano calentaba la parte de arriba
del camión y en el interior hacía cada
vez más calor. La luz que atravesaba la

lona nos daba a todos una tonalidad
verde. El polvo de la carretera que se
colaba por los agujeros hacía más difícil
aún el poder respirar.
El sudor me cubría la cara y se me
metía en los ojos, que me escocían.
Tenía la ropa empapada. El sudor de
aquel montón de niños hacinados en un
espacio tan reducido había convertido
en barro el polvo de la caja del camión.
Era la primera vez que viajaba en
camión. En realidad, era la primera vez
que viajaba en un vehículo de motor. En
mi pueblo todos iban andando a todas
partes. Todos menos yo. Yo no andaba,
corría. Mis padres me llamaban Lopepe,
que en nuestra lengua significa «veloz».

De pequeño, yo hacía honor a mi
nombre y nunca hacía nada despacio.
Cuando mi madre me mandaba a por
agua, bajaba al río como una exhalación
con mi lata de cinco litros y volvía
corriendo todo lo deprisa que podía.
Cuando mi madre necesitaba sal, yo iba
corriendo a pedírsela a un vecino y
volvía a tal velocidad que parecía que
la sal hubiera estado en nuestra choza. A
pesar de ir corriendo a todas partes,
siempre pensé que viajar en camión o en
coche debía de ser mejor aún. Pero,
sentado en la parte de atrás de aquel
camión militar, con aquel calor
asfixiante, solo pensaba en volver
corriendo a mi pueblo, a los brazos de
mi madre.

los juegos con mis hermanos y mi hermana. me di cuenta de que había dos niños echados en el suelo.Entre bote y bote del camión. Y no era solo por el calor. no quería ensuciar mis mejores galas: unos pantalones cortos y una camisa de domingo que mi madre me había puesto para ir a misa. Todavía no era consciente de que mi vida —las carreras con mi padre camino de nuestras tierras. *** . No sé si estaban dormidos o se habían muerto. pero pensé que yo no quería echarme en aquel suelo caliente y sucio. las misas de los domingos bajo los árboles…— se había acabado.

Se oyó el fuerte chirrido de los frenos del camión y nos detuvimos. Cuatro o cinco soldados se subieron al camión. por fin. Estaba tan apretada que sentía el latido de mis pulsaciones en las sienes. algo de aire que nos permitió respirar con normalidad. le puso algo alrededor de la cabeza y lo empujó fuera del camión. No sabía dónde estábamos. Levantaron la parte de atrás de la lona y entró. Antes de que mi cerebro pudiera procesar qué le habían hecho al niño. . Uno de ellos agarró a un niño. un par de manos me agarraron a mí. Todo se volvió oscuridad cuando las manos me pusieron una venta fuertemente anudada alrededor de la cabeza.

Entonces. Otro par de manos me cogió antes de caer al suelo. Detrás de mí oí un grito —«¡En fila!»—. La fila empezó a moverse y yo hacía lo que podía para mantenerme agarrado al que iba delante de mí. aquellas manos me levantaron y me lanzaron por el aire. la mano de otro niño. Noté entonces una mano pequeña en mi espalda. un golpe y un quejido. supuse que habían golpeado a uno con la culata . Esas manos cogieron mi mano derecha y tiraron de ella hasta que tocó una camisa que tenía delante de mí. —¡Agarraos al niño que tenéis delante y no os salgáis de la fila! —gritó alguien. Aunque no veía nada.

Cuando mi padre volvía con las vacas que había llevado a pastar al campo. Pero la realidad —de la que yo no era consciente— es que éramos bastante pobres. lo que nos convertía en una de las familias más ricas del pueblo. Me sentía como si fuera una de las vacas de mi padre. La gente que tenía dinero en Sudán del Sur enviaba a sus .del fusil por salirse de la fila. Me agarré con más fuerza al hombro del que iba delante de mí y empecé a trotar para ir a su ritmo. Teníamos unas doscientas vacas. yo corría junto a ellas con una vara y las golpeaba para que entraran en el corral. No quería recibir el siguiente golpe.

Anduve con los ojos vendados durante un tiempo que a mí se me hizo muy largo. La gente rica no tenía la preocupación de que pudieran secuestrar a sus hijos para llevárselos a sabe Dios dónde. Probablemente no anduvimos mucho más de cincuenta metros. La fila se detuvo un momento y siguió avanzando mucho más despacio.hijos a escuelas de Kenia. Siempre. lejos de una guerra civil que había empezado varias décadas antes de que yo naciera. pero las distancias siempre parecen más largas cuando no puedes ver adónde vas. La guerra siempre es mucho peor para los pobres que para los ricos. La camisa que iba delante de mí se escapó .

Yo estiré el brazo para volver a agarrarla y mantenerme en fila. pero no fue así. Me aparté de la puerta. Estaba muy oscuro para ser mediodía. Pensaba que la luz del sol me iba a cegar. una mano me quitó la venda y otra me dio un empujón en la espalda. por la que seguían entrando más niños empujados . No quería que me golpearan. pero es que no tenía ventanas y solo había una puerta. di un traspié y parpadeé varias veces con fuerza.de mi mano. De pronto. miré a mi alrededor y me vi dentro de un barracón de techo de paja lleno de niños y adolescentes. por las rendijas del techo de paja se colaba algo de luz.

pero no se veían niñas por ningún sitio. Aunque aquel recinto era más pequeño que la sala de estar de la casa donde vivo actualmente.por los soldados. No me sonaba ninguna cara. aunque la mayoría de los que allí estaban iban conmigo a misa. Enseguida me di cuenta de otra cosa: no había ni una niña. No quise ni pensar en lo que habían hecho con ellas. Los soldados se habían llevado a todos los niños y niñas. a pesar de que el barracón ya estaba bastante lleno. éramos cerca de ochenta. Nuestra parroquia estaba en el centro de una . Todos los rostros dentro del barracón reflejaban un estado de aturdimiento.

Abraham y John. si hubiera sido un poco mayor. cuando tienes seis años. Grace. dio la casualidad de que mis hermanos no . a ella pertenecían familias de un área muy extensa. De pie. así sucedía en mi caso. Seguramente. toda tu vida gira en torno a tu familia y tus vecinos más cercanos. me sentía solo y no hacía más que pensar en mi familia. en medio de aquel abarrotado barracón. habría reconocido a alguno. Aquel domingo. Quería jugar con mis dos hermanos. por tanto.zona que incluía varios pueblos y. pero. y con mi hermana. Al menos. Quería ver a mi madre y a mi padre entrando por la puerta para rescatarme.

Abraham es dos años mayor que yo y John y Grace son más pequeños. pero en aquel momento me alegré de que así hubiera sido. pero Abraham habría compartido conmigo aquel cautiverio. No sé cuál fue el motivo por el que quería ir más tarde ni por qué mis padres se lo permitieron. . Abraham iba a llevar a John y a Grace a otra misa que se celebraba más tarde. Quizá hubieran dejado a John y a Grace. En la misma medida en la que echaba de menos a mi familia y ardía en deseos de verlos. me alegraba de que ninguno de ellos hubiera sido secuestrado por aquellos soldados.habían ido a misa con mis padres y conmigo. porque eran muy pequeños.

El instinto de supervivencia empezaba a despertarse. aunque no había comido ni bebido nada desde que había salido de casa con mis padres para ir a misa. No tenía hambre ni sed. pero lo cierto es que lo último en lo que pensaba yo era en comer y beber. porque en ningún momento nos dieron comida ni bebida.*** Intenté apartar de mi cabeza aquellos pensamientos para centrarme en lo que sucedía a mi alrededor. Debió de ser también lo último en lo que pensaban los soldados. . Puede que fuera por la impresión que la situación me había producido — no lo sé—.

Cuando interrumpieron la misa. pensando que hablaba conmigo. —Son soldados rebeldes —dijo un niño detrás de mí. . —¿Cómo lo sabes? —le replicó otro. todos parecían gigantes. pero ya no. no se les podía llamar ya uniformes. Los uniformes estaban muy desgastados y rotos. Había varios que debían de tener la misma edad que los chicos mayores que habían sido secuestrados conmigo. La mayoría de los soldados iban descalzos.Como ya no tenía los ojos vendados. pude observar a los soldados que estaban en la puerta. Me volví.

¿por qué secuestran niños? Era la misma pregunta que me hacía yo. Ahora lo estaba viendo y me di cuenta de que no era tan niño. Si son buenos. ¿por qué nos han cogido? Yo pensaba que estaban de nuestro lado —dijo el segundo. —Eso no tiene ningún sentido —le replicó el otro—. . —Entonces. —Lo están —dijo el primero. Era seguramente uno de los mayores allí dentro. podía tener catorce o quince años.—Míralos. Se ve por la ropa — contestó el primero.

—¿Es que no te das cuenta? —dijo el primero—. Nos han reclutado a la fuerza para que también nosotros seamos soldados. y mucho menos dispararlo? Aquello no tenía sentido. pero yo no entendía nada. Cuando te empujaron dentro desde la puerta te . ¿no? —Yo estaba demasiado asustado como para contestar. No nos han secuestrado. De pie junto a él había otros dos chicos—. El chico que me hablaba debía de tener trece o catorce años. que no podía ni levantar un fusil. Levanté la vista—. Tú eres Lopepe. —Lopepe —dijo alguien. La explicación parecía contentar a ambos. ¿Cómo iba a ser soldado yo. ¿verdad? De Kimotong.

pero no los recuerdo. Seguramente me dijeron sus nombres.reconocí. El chico se presentó y me presentó a sus dos amigos. —Somos también de Kimotong. pero de los nombres de aquellos tres chicos nunca conseguí acordarme. preguntándome todavía quiénes eran aquellos y qué querrían de mí. Tienes un hermano mayor que se llama Abraham. Conocemos a tu familia. —¿Está él aquí también? —No. ¿a que sí? —Sí —contesté. Él y mi otro hermano y mi . Cualquier otro detalle de aquel día está grabado a fuego en mi memoria.

Tú no te separes de nosotros y todo irá bien. —¿En serio? —pregunté—. . —No te preocupes —dijo el chico —. ¿Y por qué os preocupáis por mí? —Porque somos del mismo pueblo. Mucho más. —Vale —dije—. Tres ángeles que no tardarían en hacer mucho más por mí. Solo me han cogido a mí. Gracias. y eso nos convierte en familia. Sonreí por primera vez aquel día.hermana iban a ir a misa más tarde. Por primera vez desde el comienzo de aquella pesadilla sentí que no estaba solo. Dios había enviado tres ángeles a cuidar de mí.

.

En . Y. Soplaba en las manos para intentar calentarlas y. Estábamos tantos dentro del barracón que casi no había sitio para echarse. La vida que me robaron Apenas dormí aquella primera noche en el campo de prisioneros rebelde. cuando no lo conseguía. las ponía en las axilas. Y tampoco había esterillas como las de mi casa para dormir. En Sudán del Sur. pero las noches son muy frescas. aquello era frío. hace calor por el día. para África. donde encontrábamos un hueco. dormíamos sobre el suelo duro y frío. en verano.2.

Al cabo de un rato. los niños nunca se acercan tanto a otro niño. Era la única . En América. y él hizo lo mismo. en aquel barracón. todos estábamos igual. estaba rodeado de niños tiritando de frío. De manera instintiva me acurruqué junto a otro niño y me abracé a él. pero allí no. pero. porque el escaso espacio ya nos tenía como sardinas en lata. no había sido difícil. no nos planteaba ningún problema apretarnos unos contra otros y pasar la noche abrazados. No había forma de entrar en calor.casa tenía una pequeña manta para taparme. por reducido que sea el espacio. estaba rodeado de niños apretujados unos contra los otros.

a la misma hora.». ¿volveremos a ver a nuestras familias?. *** En cuanto oscureció. cuando era . El volumen de las conversaciones iba en aumento a medida que estas se prolongaban y.forma de conseguir algo de calor.. ¿qué nos van a hacer?. más o menos. Eran conversaciones muy similares: «¿Por qué nos han cogido?. los niños empezaron a llorar llamando a sus familias. Todas las conversaciones empezaron. ¿podremos volver a casa algún día?. Nadie se atrevía a hablar en voz alta: susurraban lo más bajo posible.. todos lloraron en algún momento de la noche.

También necesitaba hacer mis necesidades. El barracón permanecía entonces en silencio durante unos minutos. Me dolía el estómago de hambre. Así estuvimos toda la noche. y solo se escuchaban los gemidos de los más pequeños. pero mi estómago me decía que necesitaba comida.demasiado alto. No tenía ganas de comer. pero no me atrevía a . Al poco tiempo volvían a empezar las conversaciones en un volumen muy bajo que iba creciendo en intensidad hasta que el soldado de guardia daba otra voz. uno de los soldados de guardia asomaba la cabeza por la puerta y gritaba: «¡Callaos ahí dentro!».

mi imaginación voló hacia mi familia.preguntarles a los soldados de la puerta dónde estaban las letrinas. Al cerrar los ojos. Mi nariz me dijo que algunos habían decidido aliviarse allí mismo. no pensaría en mi hambre ni en el retrete. en el centro de la choza estaba el fuego que mi madre utilizaba para cocinar durante la época de lluvias y que nos servía para calentarnos durante las noches frías. Yo no había llegado todavía a ese extremo. si estaba dormido. Mi planteamiento era que. Todos estábamos igual aquella primera noche. mis padres dormían a . Cerré los ojos e intenté dormir. Veía nuestra choza de adobe con el tejado de paja.

un lado del fuego. así era más difícil que los más pequeños consiguieran birlar alguna gollería. No tenía miedo ni siquiera por las noches. Parecían enfadadas. al otro. en las que me quedaba dormido mientras escuchaba el ruido de las vacas que se movían por fuera. En la época de lluvias había veces que el agua se colaba dentro de la casa y mojaba el suelo. además. . Me encantaba mi casa. Me despertaban las conversaciones de las vacas entre sí. ese era el motivo por el que la comida se almacenaba en un sitio elevado. Allí me sentía seguro. y mis hermanos y yo. en un costado de la choza había un pequeño almacén. con un espacio en alto donde guardábamos la comida.

mis vacas y mi familia. Empujó un gran cubo de plástico dentro del barracón y cerró de un portazo. había tales empujones y golpes que pensé que no llegaría ni a saber qué había dentro. Mis tres amigos mayores. *** La puerta del barracón se abrió. Todos los niños se abalanzaron sobre el cubo para meter la mano dentro. gritó un soldado. fueron a donde yo estaba. mi fuego. mis tres ángeles.«¿Cómo hablarán las vacas?». me estaba preguntando cuando abrí los ojos y me di cuenta de lo lejos que estaba de mi esterilla. «¡Comida!». .

al menos. Si se prepara en condiciones. pero el grano es similar al del mijo. El sorgo es un alimento muy habitual en África. si no. tiene aspecto de maíz.—Ven con nosotros. Y empezó a abrirse paso a codazos entre la marabunta de niños. El cubo contenía sorgo cocinado. me agarré a él y avancé a medida que él lo hacía. Los soldados no habían hecho ni una cosa ni la otra. en las plantaciones. se ponen los granos a remojo antes de cocinarlos para que se reblandezcan. el sorgo es como una . Lopepe —me dijo uno de ellos. Lo normal es cocerlo hasta que se convierte en una especie de gachas.

La mitad es arena. Lopepe —me dijo mi amigo—. Iba cogiendo los granos de uno en . lo escupí y seguí engullendo granos. pero yo tenía demasiada hambre. —Despacio. Al echar el sorgo en el cubo. los soldados no se habían preocupado siquiera de escurrir el agua sobrante. el aspecto era repugnante. Metí las dos manos en el cubo y saqué todo lo que podía abarcar con ellas. Noté algo duro entre los dientes.papilla blanca: aquello era una masa parduzca. Tienes que comerlo así. Me senté no muy lejos del cubo y empecé a meterme granos de sorgo en la boca todo lo rápido que pude.

Yo había escuchado ese tipo de . Poco después de acabar.uno y metiéndoselos en la boca. El soldado agarró al niño del brazo y lo sacó de un tirón. no puedo más —dijo el niño. Se escuchó entonces el ruido de una vara golpeando al niño. —Sí. ¿de verdad? —dijo el soldado. El soldado de guardia la entreabrió. Se habían puesto malísimos con la comida. que era mayor que yo. Otros niños no tuvieron tanto cuidado. vi a varios retorcerse y gemir de dolor. pero no mucho más. —¿Sí?. Un niño se acercó a la puerta y tocó. —Tengo que hacer mis necesidades —dijo el niño.

—¿Qué te han hecho? —preguntó uno. La sangre caía desde su labio partido y tenía un ojo casi cerrado por la hinchazón. Al cabo de un rato volvió a oírse el mismo ruido en el barracón. —Empezaron a pegarme nada más sacarme fuera —dijo—. pero nunca con niños. los campesinos utilizaban varas para mantener al ganado en fila. El niño gritaba. Se abrió la puerta y el niño entró dando tumbos. Decían que lo que quería era escaparme y que me iban a enseñar lo que hacían ellos con los que intentaban .ruido antes. pero la vara no paró hasta completar diez golpes.

así que las hacíamos dentro. Esta historia no la debieron de oír todos porque hubo más niños que acudieron al soldado de guardia para hacer sus necesidades. A continuación me llevaron hasta el bosque apuntándome con un fusil. El olor era insoportable.escaparse. No tardamos en deducir que no debíamos plantearnos hacer nuestras necesidades fuera del barracón. Hice mis necesidades sin intentar escapar en ningún momento. Me han traído de vuelta apuntándome con el fusil y me han pegado otra vez antes de volver a meterme aquí. pero ¿qué íbamos a hacer? . donde podíamos. No importa. Todos volvieron magullados y sangrando.

empujaban dentro el cubo de comida. intentábamos dormir a pesar del frío. colocábamos el cubo vacío junto a la puerta. todos iguales al primero. sin hacer nada. metían la mano y se lo llevaban. . Los soldados nunca entraban en el barracón. Pasaron los días. hasta que el sol volvía a salir y nos calentaba. desesperados.Nadie quería recibir una paliza por tener que hacer sus necesidades. abrazados unos a otros. siempre la misma: sorgo con arena. Algunos niños. devoraban las dos cosas. Por la mañana. Cuando acabábamos. Entonces. A partir del tercer o cuarto día. El resto del día nos lo pasábamos sentados. hasta que anochecía.

observándolos y preguntándome si pronto yo estaría también como ellos. porque en aquellas condiciones era muy difícil. Al acercarme a ellos. me di cuenta de que aquellos dormilones no se movían lo más mínimo. Estaban muertos.percibí algo nuevo: no todos se levantaban cuando metían la comida. Era la primera vez que los veíamos dentro del barracón. Me entraron ganas de llorar. No tardaron en entrar los soldados. Sacaron fuera a los . aunque me parecía sorprendente que lo consiguieran. Yo nunca había visto un niño muerto. Al principio pensé que aquellos niños estaban dormidos. pero no me atreví. Me senté y me quedé petrificado.

Todos queríamos enterarnos de qué pasaba.niños muertos y cerraron de un portazo. No volví a ver a aquellos niños. si se nos mueren?! —gritó un hombre. Después de varios días con niños muertos. —¡¿Para qué tenemos encerrados a los niños. al despertarme. escuchamos gritos fuera. En más de una ocasión. Todas las mañanas había niños que no se despertaban. pero no fueron los únicos que murieron. iba a buscar a un amigo que había hecho el día anterior y resultaba ser uno de los que no se despertaban. —Creíamos que necesitábamos más . Se hizo el silencio en el barracón.

no vamos a tener que preocuparnos mucho tiempo de ellos… La conversación se acabó. Empezad… ¡ya! —Pero es que algunos son muy pequeños. Al paso que van las cosas ahí dentro. van a estar todos muertos. —¿Y qué hacemos con los demás? —¿Que qué hacéis…? —contestó el hombre—. —¡No es mi problema! —le gritó el hombre—.tiempo para aniquilar su voluntad antes de empezar el entrenamiento —contestó otro. Cinco o . —Como esperéis mucho más. Cogéis a los que tengan fuerza para agarrar un fusil y empezáis a entrenarlos.

allí! —gritó. Mis tres ángeles estaban a mi lado cuando entraron los soldados. se limitó a agarrarme por los hombros. muy enfadados. me giró para ponerme mirando al grupo de los rechazados y me empujó. Un soldado se acercó a mí y ni me miró. y agarró al siguiente. a los mayores los empujaban hacia la puerta para que salieran. A los tres los empujaron hacia la puerta. Uno me miró a los ojos antes de salir del barracón e hizo un gesto de asentimiento . —¡Tú. y al resto los empujaban hacia el fondo del barracón.seis soldados entraron en el barracón. Cada uno agarraba a un niño y lo miraba de arriba abajo.

la mayoría eran mayores que yo. Cuando los soldados acabaron con el último niño. Me uní al grupo de los rechazados.con la cabeza. Nos sentamos y esperamos. salieron fuera y cerraron la puerta. Yo me acerqué a la pared para intentar oír lo que sucedía fuera: lo único que oí fueron gritos y el ruido de gente corriendo de un lado a otro. . entendí que quería decirme que todo iba a ir bien. aunque yo no sabía si volvería a verle. Más tarde escuché disparos. Muchos de los niños que se quedaron dentro se pusieron a llorar. a los que siguieron más gritos y más carreras. Ninguno sabíamos qué iba a pasar.

Al fin y al cabo. —No te preocupes —me dijo uno de ellos—. Era mejor que sentarse a llorar. se abrió la puerta y entraron los niños mayores que se habían llevado por la mañana. En cuanto vi entrar a mis tres ángeles. éramos niños. y me puse a hablar con un niño. aparte de hablar. pero no pasó mucho tiempo antes de que. No todos eran tan habladores como yo. hablar mucho. corrí hacia ellos. Así soy: me encanta hablar. nos pusiéramos a jugar. Al atardecer. .Al cabo de un rato ya no lloraba nadie dentro del barracón. No vamos a ir a ningún sitio sin ti.

Aquella noche el barracón se animó con las conversaciones de los mayores sobre el entrenamiento. no sé cómo se podía hacer una promesa así. después de la única comida que hacíamos. me daba envidia el hecho de que salieran fuera: yo no había salido de aquel barracón desde mi llegada al campo de prisioneros.Aquello me hizo sentirme mejor. Aunque yo no tenía ningún interés en disparar con un fusil. A la mañana siguiente. A algunos les había gustado y se notaba el entusiasmo en su voz cuando contaban cómo habían disparado con un Kalashnikov. a la vista de los acontecimientos. aunque. los .

En mi casa no paraba de dar la lata a mis padres para que me dejaran ayudarles. Como el día anterior. Todas las mañanas limpiaba lo mejor que podía mi pequeño rincón. Cuando le pedía a mi padre que me dejara ir con él a trabajar al campo. Los del primer grupo pasaban el día entrenándose para ser soldados. cogía la porquería que se acumulaba y la quitaba de allí. Eres demasiado . pero tenía que hacer algo para llenar el tiempo. el resto procurábamos mantenernos ocupados. no era mucha. a mí me tocó el segundo grupo.soldados volvieron a entrar en el barracón y separaron a los mayores y fuertes de los pequeños y débiles. me decía: «No.

Quédate en casa con tu madre». yo le estaba esperando. Hay que tener en cuenta que la agricultura en Sudán del Sur no es como la agricultura en Estados Unidos. trabajar con mi padre en el campo. Él tenía razón: yo era demasiado pequeño para la mayoría de las faenas. Trabajar me hacía feliz. que se hace con garrochas. cuando llegaba mi padre.pequeño. Allí todo se hace a mano: desde roturar la tierra y arar. pero hacía lo que podía. Yo no aceptaba un no por respuesta. hasta plantar la semilla y cosechar el . sobre todo. así que me iba corriendo a toda velocidad a las tierras de mi familia y.

Cuando no iba al campo con mi padre. Cuando vine a Estados Unidos y vi —por primera vez en mi vida— los tractores y las cosechadoras. me preguntaba por qué no había máquinas como esas en Sudán.grano. . los niños no deben estar en la cocina. Sal fuera con tus amigos. andaba todo el día detrás de mi madre y le ayudaba en lo que podía. mamá. Si estaba cocinando. nadie pasaría hambre. —No. yo estaba en la cocina preguntándole: —¿Qué puedo hacer para ayudarte? —Lopepe —me contestaba—. Te quiero ayudar — decía yo. Si las hubiera.

Yo estaba muy unido a mi madre y a mi padre. me iba al bosque a coger frutos silvestres.Mi madre me miraba. Yo era un niño muy feliz. El amor que me daban alegraba mis días. Cuando no tenía ningún encargo que darme. inventábamos otros juegos. Cuando nos cansábamos del escondite. dejábamos a las niñas participar de nuestra diversión y jugábamos a los . A veces. sonreía y me decía que revolviera algo que estaba preparando o que fuera a pedirle sal al vecino. sin preocuparnos de nada. Mis amigos y yo pasábamos muchos días jugando al escondite en el bosque hasta que se ponía el sol. No todos los días trabajaba.

y pensaba que todo el mundo vivía como yo. Cuando volvíamos. mientras los niños nos recostábamos en la choza con las piernas estiradas. Yo era un niño pequeño de un pequeño pueblo de un remoto rincón de Sudán. y nos volvíamos al bosque. depositábamos nuestra «caza» delante de ellas. y las niñas hacían como que limpiaban y cocinaban el pedrusco. Los niños nos convertíamos en los hombres de la casa. Era una buena vida.papás y a las mamás. . La caza solía ser un pedrusco de cierto tamaño. les decíamos a las niñas. «Me voy a cazar». tal y como veíamos que hacían nuestros padres al caer la tarde. para descansar de la dura jornada en el bosque.

Enseguida me di cuenta de que. La . Pasaban los días y el número de niños en mi grupo disminuía progresivamente. lo único que quería era llorar. Ya no me quedaba sentado contemplando horrorizado a los niños muertos. pero no porque los soldados se llevaran a algunos a entrenar: nuestro grupo menguaba porque los niños se morían.*** Ahora me encontraba en un sitio muy oscuro y sin nada que hacer. si me dejaba llevar por eso. Si pasaba demasiado tiempo pensando en mi casa. no iba a sobrevivir. en mi mamá y en mi papá.

Al poco tiempo. Conforme pasaban los días. el . había días que no me despertaba has que sacaban a los mayores a entrenar. y a separar los granos de la arena. me acostumbré a ella. Con el tiempo. A lo que nunca me acostumbré fue al olor. Me acostumbré a la mayoría de las cosas del campo. Me acostumbré a quedarme con el grupo de los débiles.muerte era parte de la vida del campo de prisioneros. Me acostumbré al sorgo. Me acostumbré a no sentir el sol en mi piel y a no respirar aire puro. dormía por la noche sin problema. con aquellos que los soldados esperaban que se fueran muriendo.

porque aquellos niños ya estaban esperando para salir a . que al principio eran prisioneros igual que yo. Estaba claro que a muchos de ellos les gustaba la idea de convertirse en soldados rebeldes.hedor se hacía cada vez más insoportable. Pero a mi alrededor sí se produjeron cambios. de mirar a los niños pequeños y débiles no se distinguía en nada de la de los soldados que montaban guardia en la puerta del barracón. Los soldados de guardia no tenían que dividirnos en grupo cada mañana. Los niños mayores. Su forma de andar. de hablar. se iban pareciendo cada vez más a los soldados que nos habían llevado allí.

¿Qué harían entonces conmigo? . Salían a entrenar como los demás. Había otros para los que ya no era algo impuesto.entrenarse y a disparar. La transformación que se había operado en ellos era casi completa: pronto serían soldados. pero para ellos era algo impuesto. dispuestos para ir a luchar. Mis tres ángeles no eran así. La cuestión era qué iba a pasar con los demás cuando el entrenamiento se diera por concluido.

Ya sé que hablo mucho. Huida con los ángeles —Mañana vas a ver a tu mamá. pero no diré una palabra. Lopepe? —No diré ni pío. —Muy bien. ¿eh. Lo prometo. —¿Qué? —dije casi gritando. de verdad. —Mi amigo me miró muy serio—. La mayoría de los niños se habían echado para dormir. pero alguno todavía estaba dando vueltas—. No tendrás que guardar . Es nuestro secreto. No. No puedes decírselo a nadie.3. —¡Sh! No tan alto… —dijo uno de mis tres amigos mayores—. —Echó un vistazo al barracón.

me daba igual un sitio que otro. —Vale —dije. Duerme con nosotros esta noche. aunque. Como dormíamos en el suelo. Para entonces. me repetía una y otra vez.el secreto mucho tiempo —dijo con una sonrisa—. ya estaba acostumbrado a dormir sobre aquel suelo frío. Pero aquella noche estaba tan nervioso que casi no pude dormir. Ven aquí. Cuanto más . Era como si hiciera años que no la veía. «¡Voy a volver a ver a mamá!». solo habían pasado tres semanas desde que los soldados interrumpieran nuestra misa. «¡No tardaré mucho en verla!». en realidad. —Me hizo un gesto para que fuera y me acostara entre los tres—.

más nervioso me ponía y más me costaba dormirme. Mis amigos. Finalmente. Como tenía seis años. debería haber preguntado cómo iba a volver a ver a mi madre. —¡Sh! No hables —susurró uno de ellos. Me despertó alguien que me movía. mis ojos se rindieron al sueño. El cómo no importaba. Abrí los ojos y empecé a decir algo. tan bajo que apenas le oí. Incluso con seis años. no se me ocurrió hacer la pregunta lógica. pero mis ángeles se pusieron el índice en la boca.pensaba en mi casa. mis tres ángeles. Me hizo un gesto para que me . habían dicho que iba a verla y a mí eso me bastaba.

cuando se acostaban todos. todos dormían profundamente. poniendo primero con mucho cuidado un pie al otro lado del niño y pasando después el resto del cuerpo. no quedaba mucho espacio para moverse.pusiera de pie. En el barracón no se movía nadie. Yo hice lo que me indicaba. solo se oían los ruidos de respiración que llenaban el ambiente. todavía dormíamos bastante apretados. El primero pasó por encima de un niño dormido. Aunque durante aquellas tres semanas se habían muerto unos cuantos niños. pero aquello no detuvo a mis tres ángeles. entonces alargó los brazos y el segundo ángel me cogió en .

Mis tres amigos estaban inclinados con los oídos dirigidos hacia la puerta. La operación duró entre diez y quince minutos. Una vez en la puerta. me volvieron a pasar y fueron repitiendo la operación hasta que llegamos a la puerta. Después de lo que me pareció una eternidad. extendió el brazo y abrió la puerta con muchísima . uno hizo un gesto de asentimiento a otro. nos quedamos quietos como muertos. El segundo pasó hasta donde estábamos nosotros y siguió por encima del siguiente niño dormido.los suyos y me entregó al primero. que me depositó en el pequeño espacio libre que había en el suelo a su lado.

Salió uno. aquella puerta no tenía que moverse más de un par de centímetros para empezar a chirriar con estridencia. salió otro y yo me dispuse a dar un salto hacia fuera. y Dios hizo que la puerta no chirriara. Mi amigo abrió la puerta el mínimo imprescindible para que pudiéramos colarnos hacia fuera.suavidad. antes de que el soldado de guardia volviera. no. Uno de mis amigos asomó la cabeza por la puerta y echó un vistazo rápido al exterior. quería salir muy rápido. Normalmente. pero . No había moros en la costa: el soldado que hacía guardia en la puerta había abandonado su puesto. Con nosotros había ángeles de los de verdad. Aquella noche.

me pegué al suelo todo lo que pude. desde hacía tres semanas.mi amigo me hizo un gesto para que me echara en el suelo. salí reptando y respiré el aire de la noche. Nunca ningún olor me había parecido tan dulce como el que me envolvió al salir por aquella puerta. Hice lo que me indicaba. Los dos amigos que ya estaban fuera tiraron de mí y me pusieron entre ellos. Casi no recordaba aquel olor. y era la primera vez. el tercero se unió a . El barracón se había convertido en una letrina hedionda. que el aire puro llenaba mi nariz. No tuve tiempo de disfrutar del momento.

Los otros hicieron un gesto de que habían entendido. ni falta que hacía. Yo no entendí. . Uno me empujó contra el suelo y me dijo moviendo los labios. Mis amigos no parecían darse cuenta. riendo y diciendo palabrotas. pero sin articular sonido: «Sígueme». Empezamos a reptar por el lateral del barracón. como cobras entre la hierba. Ya había cerrado la puerta. Se escuchaba el ruido de gente hablando. que tampoco chirrió esa vez: aquel ruido tan familiar se había convertido en silencio. Uno de mis amigos señaló el lateral del barracón e hizo un barrido en forma de arco con la mano.nosotros enseguida.

No paraban de reptar. Levanté la cabeza y vi unos puntitos de color naranja que brillaban en la noche a unos cuatro o cinco metros. Un soldado se reía. Vi cómo subía e iluminaba el rostro de uno de los soldados. lo encendió y tiró la cerilla al suelo. uno de mis amigos agitaba la cabeza y me decía moviendo los labios: «Pégate al suelo». que acercó la llama a un cigarrillo. Sentí entonces una mano que empujaba mi cabeza hacia abajo. Era como si lo . Escuché entonces el sonido de una cerilla rascándose contra algo. miré hacia un lado. y mis ojos se quedaron fijos en la llama. Asentí y continué reptando detrás de él.

En aquella noche sin luna. No nos importaba. y ellos tampoco nos veían a nosotros. yo reptaba. Los soldados hablaban y reían. pero me quedé paralizado. escuchaba las voces de los soldados cada vez más altas.tuviera encima de mí. Prefería encontrar la muerte intentando escapar que quedarme . nos protegía la oscuridad. Ninguno lo mencionó. Me entraron ganas de levantar la cabeza. Mis amigos tiraron de mí por los dos lados y yo seguí avanzando. pero todos sabíamos que los soldados dispararían contra nosotros si nos descubrían intentando escapar. Yo no los veía — solo veía el cercano resplandor de sus cigarrillos—.

sentado en aquel barracón esperando a que la muerte viniera a buscarme a mí. Era difícil ver nada en aquella oscuridad y no sé cómo mis amigos sabían a dónde teníamos que dirigirnos. al echar un vistazo hacia delante. por el que se metió uno de mis amigos. Cuando llegamos a la valla. Seguimos reptando hacia la valla. Debían de haber pasado unos diez minutos desde que habíamos salido del barracón. vislumbré los difusos contornos de la valla. Ya habíamos superado el barracón y. Me parecía increíble que los soldados . Los latidos del corazón me retumbaban en los oídos. vi un pequeño agujero en la parte de abajo.

No me cupo duda de que —lo mismo que había hecho con el chirrido de la puerta— Dios también se había encargado de que los soldados no nos oyeran. El ángel hizo que a Pedro se le cayeran las cadenas de las muñecas y le abrió la puerta de la prisión para que saliera sin que ninguno de los guardias se diera cuenta. Dios había hecho lo mismo conmigo y mis tres ángeles aquella noche. cuando los ángeles liberan a san Pedro de la prisión en mitad de la noche. Mi amigo levantó la valla y me hizo . Me acordé de la historia que cuentan los Hechos de los Apóstoles.no oyeran el ruido que hizo la malla metálica cuando pasó.

Me acordé de otra historia de la Biblia que me había contado mi madre.gestos para que pasara por el agujero. volví la vista hacia el barracón y vi los puntos naranja de los cigarrillos en el extremo opuesto del campamento. El siguiente de mis amigos tuvo problemas para pasar: no entiendo cómo consiguieron atravesar un agujero tan pequeño. Pasé sin dificultad. Me había contado que Jesús decía que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico entrara en el cielo: —Y por eso es tan importante que ofrezcamos vacas a Dios en acción de gracias —decía—. . Porque a nosotros lo que nos hace ricos son nuestras vacas.

El tercero de mis amigos consiguió pasar con mucho esfuerzo. . El agujero de aquella valla era el ojo de la aguja por el que yo tenía que pasar para salvarme. En cuanto estuvo fuera. Todos íbamos descalzos y las piedras me hacían cortes en las plantas de los pies. Corríamos sin parar y ni siquiera aminorábamos la marcha cuando atravesábamos algún bosque. dos de ellos me cogieron. Yo movía las piernas todo lo deprisa que podía para no quedarme atrás y. uno por cada lado. y empezamos a correr. me cogían y me llevaban en volandas. cuando no conseguía seguir su ritmo.Sus palabras resonaron en mis oídos aquella noche.

Las ramas me golpeaban las piernas y las espinas me hacían sangrar. me subió a su espalda. A pesar de tener un amigo a cada lado ayudándome. pero lo único que conseguía oír era el latido del corazón en mi pecho y mi intenso jadeo. esperando que pasara algún antílope. Las piernas empezaron a fallarme. y vuelta a correr. donde yo sabía que podía haber un león o un leopardo agazapados. no podía más. Atravesábamos una zona de grandes árboles. Corríamos. corríamos… Agucé el oído para saber si nos seguían los soldados. . me cogió. Uno de los chicos se paró. Yo apenas sentía nada. corríamos.

No podía ni hablar. —Vale —musité. Mis piernas dijeron basta y me caí al suelo. mi amigo me bajó para que yo corriera. Mis amigos me levantaron. seguían corriendo conmigo a la espalda.Mis amigos ni siquiera miraban hacia arriba. y paramos a descansar —dijo uno. La alta hierba de la sabana nos envolvía. pero encontramos una trocha de caza y la seguimos sin parar de correr. —Solo un poquito más. Salimos del bosque y. Habían pasado varias horas . Lopepe. Seguíamos corriendo entre hierba altísima. cuando lo perdimos de vista.

Uno de ellos se desvió un poco del sendero. el tercero iba el último y levantaba la hierba detrás de él para ocultar nuestro rastro a quien . tanta distancia y durante tanto tiempo. Mis amigos bajaron el ritmo. no nuestra fuerza. No sé cómo pudimos correr tan rápido. volvió poco después y nos hizo señas para que le siguiéramos. La única explicación es que nos sostenía la fuerza de Dios. pero seguíamos corriendo.desde que atravesáramos el ojo de la aguja. adentrándose en la hierba. otro me cogió en sus brazos y siguió al primero. El cielo sobre nosotros había pasado de un negro azabache a un negro azulado que anunciaba la proximidad del amanecer.

Me acosté boca arriba. Un mes antes me hubiera puesto a llorar al ver aquello. Acostaos todos con la cabeza apuntando hacia allá. Los cuatro nos dejamos caer en la hierba a unos quince o veinte metros del sendero. . —A descansar —dijo uno. Ahora. no. Empezaba a clarear. que estaban cubiertas de sangre seca. Me miré las piernas. —En aquella dirección —dijo uno de los ángeles señalando hacia un punto distante—. la hierba era mucho más cómoda que el duro suelo del barracón. Unas piernas ensangrentadas eran un bajo precio a pagar por la libertad.pudiera seguirnos.

podemos acabar corriendo en dirección al campamento. No lo vas a volver a ver. —No te preocupes —dijo—. No respondí. Me quedé dormido y soñé con mi casa. Se me cerraban los ojos.—¿Por qué? —pregunté bostezando. —No quiero volver a ver ese sitio en mi vida —dije. Si no tenemos cuidado. . —En cuanto descansemos. Mi ángel sonrió. correremos en esa dirección.

Correr a casa Cuando me desperté ya estaba corriendo. Cuando abrí los ojos. pero no quise escucharlos. Seguramente sucedieron cosas aquella primera mañana de libertad antes de que empezáramos a correr bajo el resplandeciente y abrasador sol de verano africano.4. En . corriendo todo lo rápido que podía por una trocha de caza que discurría entre un mar de hierba en el que surgía de vez en cuando alguna acacia. pero no las recuerdo. ya estaba entre dos de mis amigos. Mis pies bramaban de dolor a cada paso.

Nos pegábamos todo lo que podíamos a la sombra de los escasos árboles que se cruzaban en nuestro camino. Podía soportarlo. pero correr bajo el sol de . y no iba a parar de correr hasta encontrarla. como si intentara aplastarme contra el suelo. Si aquel era el precio a pagar para ser libre. hacía más de un día que no bebía nada. mi madre me estaba esperando. Tenía la lengua pegada al cielo de la boca. adelante. pero no me quejaba: más tiempo había pasado sin beber cuando los soldados rebeldes me secuestraron. El sol me azotaba el cogote. cada porción de sombra suponía un pequeño alivio.algún lugar más adelante.

me preocupaba que tuvieran que . y yo me detuve también. Todos estábamos sin aliento. Cuando vi cómo estaban mis ángeles. encontramos una cueva. Al poco de empezar a bordearlo. me sentí algo mejor. Ojalá hubiera podido correr como ellas: no habría tardado nada en llegar a casa. No sé cómo conseguía seguir. Intenté distraerme con el paisaje para dejar de pensar en la sed y vi una manada de gacelas que brincaban en la lejanía.mediodía era mucho más duro que correr de noche. ajenas a cualquier preocupación. La trocha de caza nos condujo hasta un cerro. Mis amigos se detuvieron en la entrada de la cueva.

Voy a ver qué encuentro. Me dejé caer en el suelo de la . Debemos descansar ahí dentro hasta que empiece a ponerse. —Con este sol no vamos a aguantar mucho —dijo uno—. ¿Crees que las gacelas que hemos visto iban camino de algún sitio donde abrevar? —Merece la pena comprobarlo — dijo el tercero—. —Estoy de acuerdo —dijo otro—. les faltaba aire para poder hablar.ir más lentos por mi culpa. Entonces uno escupió y dijo: —Tenemos que encontrar agua. Lo mismo que yo. Los otros asintieron.

—Aquí tienes —dijo una voz. Mis hermanos estaban jugando y. Me dolía todo el cuerpo. Veía a mi madre junto al fuego y a mi padre entrando después de una jornada en el campo con las vacas. Lopepe. Estábamos esperándote». al verme llegar. Aquellos pies doloridos me estaban llevando a casa. Una mano me agitó y me hizo volver a la realidad. Los pies me abrasaban. Las heridas de las plantas de los pies estaban llenas de polvo mezclado con sangre. pero mi imaginación corría de vuelta a casa. Abrí . pero no me quejé.cueva. Me eché boca arriba y cerré los ojos. sonreían y decían: «Bienvenido a casa.

se fue el tercero. Cuando las sombras se alargaron. El estómago me . Entonces se fue otro y. nos fuimos. Los dos me trajeron más agua. Pasamos el resto del día en la cueva. Había pasado mucho tiempo desde nuestra última comida de sorgo humedecido y mezclado con arena. cuando volvió. El chico que había ido a buscar agua sostenía una especie de hoja de banana enrollada—. No llevábamos mucho trecho recorrido cuando mi estómago empezó a hacer ruido. Bebe.los ojos. Me acercó la hoja a la boca y la inclinó. Yo dormí a ratos. Nunca he vuelto a sentir en el paladar algo tan fresco y maravilloso como aquel trago de agua.

Nos paramos el tiempo necesario para comer todo lo que quisimos. Ni me sorprendió que eso volviera a suceder al día siguiente y dos días después. y seguimos nuestro camino.hacía tanto ruido que los dos que me flanqueaban se echaron a reír. —Dios les daba el maná por la . A esas alturas ya no me sorprendió el hecho de que encontráramos agua y alimento justo cuando los necesitamos. Para entonces ya habíamos visto algún árbol con unos frutos parecidos a las ciruelas. Mi madre me había enseñado la historia de los hijos de Israel. cuando estuvieron deambulando por el desierto durante cuarenta años.

No lo dudé en ningún momento.mañana y. cuando Moisés golpeaba una roca con su vara. Corrimos…. seguimos corriendo. Lo que Dios había hecho por los israelitas en la Biblia. Puede que estuviera lejos de casa. Tres de nosotros esperamos en la hierba mientras uno de mis ángeles reptaba hasta el borde de la carretera para ver si . brotaba agua —me contaba. Apareció la luna. Llegamos a una carretera que teníamos que cruzar. pero Él no me había abandonado. lo había hecho también por mí y por mis amigos en nuestro particular éxodo. El cielo se oscureció y empezaron a verse estrellas.

En cuanto tuvo la certeza de que no nos verían. corrimos hasta que el calor del sol apretó demasiado . A la mañana siguiente. El que iba el último borraba nuestras huellas con una rama. Corrimos toda la noche.venía algún coche. cuando llegábamos a algún oasis. pero nunca vimos coches ni camiones ni signo alguno de presencia humana. lo hizo cada vez que cruzamos una carretera durante los dos días siguientes. parando únicamente para recuperar el aliento o beber. Parecía que éramos las cuatro únicas personas que deambulaban por aquel rincón de Sudán del Sur. cruzamos a toda velocidad. Cruzamos unas cuantas.

exactamente. en cuanto mi cuerpo estuvo tendido en el suelo. No esperamos a que se pusiera para reemprender la marcha. El dolor de los pies y las piernas se había extendido al resto del cuerpo. doce horas después. Me encontraba fatal. Hasta entonces no buscamos un sitio a la sombra para descansar. Volvimos a acostarnos con la cabeza apuntando hacia donde teníamos que dirigirnos cuando empezáramos a correr de nuevo. En el este del África ecuatorial el sol sale siempre a las seis de la mañana y se pone. me quedé sumido en un profundo sueño. no tuve ningún problema para dormirme. Aun así.como para seguir corriendo. como el .

comenzamos a correr cuando el sol había bajado y las sombras se habían alargado. La noche siguiente fue un calco de la anterior y de la de hacía dos días. Cuando empezó a clarear. . Los cuatro estábamos al borde del colapso. a veces. Procurábamos mantenernos al abrigo que nos proporcionaba la hierba todo el tiempo posible.día anterior. nuestras piernas se resistían a moverse. El terreno era el mismo: el inmenso mar de hierba de la sabana. teníamos que esprintar para superar el terreno descubierto de las carreteras que teníamos que cruzar. salpicado por islas formadas por grupos de acacias. pero.

Yo quería parar… ¡necesitaba parar! La descarga de dolor que subía desde las plantas de los pies a cada paso era indescriptible. todo lo rápido que podía. Yo sabía que. A diferencia de . ya no me levantaría. pero no podíamos pararnos. Corría como un zombi. No tengo claro que lo que estábamos haciendo a aquellas alturas pudiera llamarse correr. Con la cabeza baja. correr sobre vidrios rotos no hubiera sido tan doloroso. aunque era lo que pretendíamos. luchaba por dar un paso detrás de otro. Mis amigos avanzaban también a duras penas. No debía de quedar mucho para llegar a mi casa. si me sentaba. Todavía no.

voces de hombre.la primera noche. No hablaban buya. Mis pies eran los que tenían que cargar conmigo. Estaba intentando todavía descifrar aquellas palabras que llegaban flotando en el . ni ninguna de las lenguas que yo había escuchado en mi vida. A la hierba alta siguió el campo abierto. pero no había más opción que cruzarlo: no podíamos volver sobre nuestros pasos. Divisamos un edificio con tejado de chapa y dos camiones y un coche aparcados fuera. mis amigos ya no tenían fuerzas para cargar conmigo en sus espaldas. pero yo no entendía lo que decían. la lengua de mi tribu. Oíamos voces.

No debían de ser. me caí al suelo y no pude . cuando los vi: eran soldados. Demasiado tarde. Sin embargo. intenté correr. estos soldados llevaban uniformes de verdad. Los soldados nos habían visto y venían corriendo hacia nosotros. Mis amigos y yo miramos a nuestro alrededor consternados: no había ningún sitio donde esconderse. por tanto. pero mis piernas cedieron. Los soldados estaban cada vez más cerca. —¡Al suelo! —dijo uno de mis amigos. no los harapos con que se vestían los soldados rebeldes. pero no podíamos correr ningún riesgo.aire. nuestros perseguidores.

Nos habían atrapado. Después de tres noches corriendo por la sabana. Se acercaron tres o cuatro soldados que nos asaetearon a preguntas. por favor… Ellos tampoco entendían nada. allí sentados e incapaces de comunicarnos. Debíamos de parecer cuatro tontos. Cesaron las . Solo queremos volver a casa. nos habían atrapado. Miré a mis amigos: ellos tampoco habían conseguido correr. Yo no entendía ni palabra. Continuaron las preguntas. Uno de mis amigos dijo: —Nos secuestraron los rebeldes.ponerme en pie. Los soldados se abalanzaron sobre nosotros.

Nos habían detenido. señalaban a lo lejos. Aquellos eran soldados kenianos de frontera. pero no eran soldados sudaneses rebeldes ni soldados del ejército sudanés.preguntas y los soldados se pusieron a hablar entre ellos. Identificaban la complexión esquelética y los harapos como rasgos distintivos de los niños que llegaban huyendo de la guerra civil de Sudán. Durante todo el tiempo en que habíamos pensado que corríamos hacia nuestro pueblo. . habíamos estado corriendo en dirección a Kenia. Nos señalaban. pero no utilizaban un tono amenazante con nosotros. en realidad. Y ellos sabían quiénes éramos nosotros. y seguían hablando.

Intenté ponerme de pie. no había manera de hacer reaccionar a las piernas. Por más que lo intentaba. Lopepe — dijo uno de mis amigos—. metió un cazo y me lo ofreció. . No te preocupes. Bajó el cazo a mi altura para que bebiera. lo observé detenidamente —no tenía arena —. Otro hombre nos ofreció un plato con un preparado de cereal. —No estamos en casa. me metí parte en el bolsillo y engullí el resto. ya encontraremos la manera de llevarte con tu madre. pero no pude. pero al menos estamos a salvo. Mis amigos también bebieron.Vino otro soldado con un cubo de agua.

completamente exhausto. Y puedo imaginar cómo me veían ellos. Eso me pareció la frontera de Kenia: la meta en la que nos derrumbamos después de haber corrido la carrera más larga y agotadora del mundo. y la tela que quedaba estaba acartonada por la mezcla de sangre y polvo. Eran como las del corredor que cae al suelo después de atravesar la línea de meta. Un soldado hizo un gesto para que le . ya lo sé. después de haberlo dado todo.—Ya lo sé —dije—. Mi ropa —mis galas de domingo: mi mejor camisa y mis mejores pantalones cortos— estaba hecha jirones. Miré despacio las caras de mis tres ángeles.

Ahora. El camión arrancó y empezó a avanzar por la carretera. Yo me iba arrastrando sobre el trasero. la carretera estaba asfaltada y el camión no daba botes. El camión era parecido a aquel en el que los rebeldes nos habían transportado. . Mis amigos consiguieron ponerse a andar hacia el camión. Los soldados nos subieron a la caja. Se agradecía el aire que corría por la caja del camión y hacía más llevadero el calor.siguiéramos. aunque la pintura parecía mucho más nueva y tanto la caja como la lona que la cubría estaban limpias. era lo máximo que podía hacer. en Kenia. pero nadie amarró la lona por los lados de la caja.

el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. pero no es al campamento rebelde. Cuando se paró me desperté. Me dormí a ratos con el suave traqueteo del camión. Es muy lisa. —¿Cómo lo sabes? —pregunté. —No lo sé —contestó uno de mis amigos—. —Por la carretera —dijo—. El conductor del camión se dirigió hacia un edificio muy distinto de . El camión llevaba por la parte de fuera un cartel con unas letras que no reconocí entonces: eran las siglas de UNHCR[1].—¿Adónde creéis que nos llevan? —pregunté.

Yo nunca había visto una persona así. aunque se parecía mucho a un cuadro que había en la iglesia de campaña a la que iba a misa. Un hombre salió del edificio. Había llegado a Kakuma. Al verlo me quedé boquiabierto. el campo de refugiados que iba a ser mi mundo durante los siguientes diez años. «Ese hombre de piel blanca debe de ser casi como Dios». «¡porque se parece a Jesús!». El acrónimo español es ACNUR (N.los que yo conocía.). del T. no era como las chozas de adobe de mi pueblo. 1 El acrónimo viene de United Nations High Commissioner for Refugees. . pensé.

lo mismo que la electricidad. Todas las familias de mi pueblo se alimentan de lo que producen mediante la agricultura y la ganadería. Kakuma La vida en Kimotong. La mayoría de las casas son de paredes de adobe y tejado de paja. pero estas actividades no tienen nada que ver con lo que se hace en Estados Unidos y . mi pueblo. es prácticamente igual ahora que hace cientos de años. los ordenadores o la televisión. El agua corriente en las casas se considera algo de ciencia ficción.5. Las mujeres van a por agua a un río cercano.

Como ya he dicho. Yo los veía boquiabierto y con los ojos como platos.Europa. volando en lo . No tenemos arados tirados por bueyes. igual que todos los agricultores de esta zona de África. y a mano cosechamos. Plantamos las semillas a mano. mi padre utiliza garrochas para roturar la tierra. El único atisbo del mundo moderno que se podía dar en mi pueblo eran los aviones de pasajeros que lo sobrevolaban a gran altura. y mucho menos tractores o cosechadoras. lo único que sabía es que volaban mucho más alto que los que bombardeaban las poblaciones cercanas. Yo no sabía que esos aviones llevaban gente dentro.

Yo sabía que mis . En el pueblo había muy pocos que supieran. Lopepe —decía—. pero el resto no teníamos tanta suerte por lo que a educación se refiere. En mi pueblo no había escuela. Pero un día tu madre y yo te vamos a mandar al colegio para que aprendas las respuestas a todas tus preguntas. Mis padres no sabían leer ni escribir. —No lo sé. —¿Cómo pueden volar tan alto? — le preguntaba a mi padre.más alto del cielo y dejando tras de sí un rastro de nubecillas. Algunas familias afortunadas de otros pueblos conseguían juntar el suficiente dinero para mandar a sus hijos a un internado en Kenia.

En el momento . De lo primero que me enteré fue de qué significaba ser refugiado. pero se trataba de un sueño imposible. En Kakuma se impartían clases a las que podía acudir cualquier niño del campo. En nuestro pueblo nadie podía permitirse aquel lujo. a mis hermanos y a mi hermana al colegio. Me enteré de que había escuela al poco de llegar.padres soñaban con enviarme a mí. La verdad es que durante las primeras semanas me enteré de un montón de cosas. me pregunté si no sería aquello el colegio del que hablaba mi padre. Cuando los soldados de frontera kenianos nos dejaron en el campo de refugiados de la ONU.

uno acaba en sitios como Kakuma porque no tiene una opción mejor. Aquel no era nuestro hogar: estábamos. y su único deseo es volver a casa. Un campo de refugiados es una especie de tierra de nadie que no se elige. . lejos de casa.en que pisé Kakuma me convertí en un niño sin patria. en otro país… Agradezco. A algunos los habían hecho soldados. otros habían llegado allí porque sus pueblos habían sido destruidos por los combates. Kakuma era una ciudad de tiendas de campaña en la que el grupo más numeroso lo constituían niños como yo: niños de Sudán a los que la guerra civil había separado de sus familias.

peor aún. Sin embargo. Las leyes kenianas no nos permitían salir del campo y . o. podían habernos entregado a los soldados rebeldes. Los soldados de frontera que nos detuvieron a mis tres ángeles y a mí podían habernos obligado a volver al sitio de donde veníamos. nos permitieron quedarnos en su país.no obstante. sobre todo durante la hambruna que azotó a Kenia. Se notaba el resentimiento de la gente que vivía cerca del campo. a Kenia que proporcionara a niños como yo un lugar a donde poder huir de la guerra. el refugiado no tarda mucho en darse cuenta de que no es el único que desea su vuelta al país de origen. Dicho lo cual.

no solo de Sudán. Eritrea. En la actualidad. mis amigos —mis tres ángeles— ya . Kakuma es el hogar de cincuenta mil personas[2]. Burundi. *** Mis pies tardaron tres semanas en recuperarse. veinte años después.establecernos en el país de manera permanente. Kakuma se había concebido como un asentamiento temporal en el que los desplazados pudieran estar a salvo hasta que la guerra de Sudán concluyese. y también era ilegal el que los refugiados trabajaran fuera del campo. Uganda y Ruanda. también de Somalia. la República Democrática del Congo. Etiopía. Para cuando pude andar.

Nunca volví a saber de ellos. estoy seguro de que habían pensado que lo mejor sería comunicar a mi familia dónde estaba. habida cuenta de los problemas que tuve durante nuestra huida. Me desperté una mañana y no estaban. Pero eso nunca sucedió.habían desaparecido. dado que eso era lo que creíamos estar haciendo cuando nos escapamos del campo de prisioneros. Supuse que habrían intentado volver a nuestro pueblo. para que mis padres pudieran ir a por mí. Entiendo que no me llevaran con ellos esta vez. conociéndolos. Nadie ha sabido decirme nada de los tres chicos que me salvaron la vida. He .

Es como si hubieran aparecido en el campo de prisioneros. me hubieran ayudado a escapar y hubieran desaparecido. decidí buscar a otros con los que vivir. hubieran cuidado de mí. Cogí mis pertenencias y me dirigí a otra tienda de niños.intentado dar con ellos en los viajes que he hecho a Sudán en los últimos años. Como los ángeles de la Biblia. pero nadie en mi pueblo o en sus alrededores tiene ni idea de quiénes podían haber sido aquellos chicos. Como ya no tenía a mis amigos. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —me . —¿Puedo vivir con vosotros? Estoy solo —dije.

que es de donde veníamos todos los niños de aquella sección.preguntaron. Y así empecé a tener un nuevo hogar. Era una tienda de diez niños en la sección 58 del campo. la que correspondía a Sudán. según nacionalidades y tribus. Kakuma estaba dividida en secciones. . —Tres semanas. —Me parece muy bien. como lo tenemos todos. El trabajo no me asusta. —¿Tienes cartilla de racionamiento? —Sí. Yo vivía en la franja central del campo. —Tendrás que tener un encargo aquí.

juntábamos la comida de todos. Todos cuidábamos de todos y compartíamos lo poco que teníamos. Cuando volvía a la tienda. enseñaba mi cartilla de racionamiento y recibía un saquito de cereal. era el único modo de evitar que nos la robaran. los trabajadores de la ONU nos llamaban para la distribución de comida. Las horas que seguían a la distribución de comida eran las más peligrosas para los niños más pequeños . un poco de azúcar y un poco de sal.No tardé mucho en considerar a aquellos niños de la tienda mi nueva familia. Una vez al mes. Yo me ponía a la cola con el resto de los niños. aceite.

Nosotros habíamos encontrado la solución para no preocuparnos por aquello: un agujero que habíamos cavado en el centro de la tienda. situadas en otras secciones del campo. cubriéndolo con una tapa que había fabricado uno con barro.del campo. Los chicos mayores — hombres ya de dieciocho o veinte años — de otras tribus. iban de tienda en tienda robando la comida de niños más pequeños y débiles. todos le mirábamos con rostro apesadumbrado y decíamos: «Ya nos la . y lo disimulábamos con tierra que esparcíamos por encima. Cuando uno de los ladrones entraba en la tienda gritando «¡Dadme vuestra comida!». Allí escondíamos nuestro botín.

El matón ponía la tienda patas arriba. Y aquello les proporcionaba algo de lo que muy pocos disfrutaban: dinero real. más deseaba que llegara el día en que yo . Nunca jamás ninguno de nosotros dijo a nadie dónde escondíamos la comida. Cuantas más veces veía cómo aquellos matones se llevaban lo que les daba la gana sin que sus acciones tuvieran consecuencia alguna.han robado…». sino que la vendían fuera del campo. pero nunca encontraba nada. Éramos demasiado listos para cometer un error así. La comida que robaban no se la comían. Me avergüenza tener que admitir que aquellos abusones me daban cierta envidia.

el momento del día en que teníamos más hambre era aquel en que menos necesitábamos nuestra energía. de ese modo. Aun con nuestro sistema de comunidad de bienes. En el campo de refugiados. pero había un día que era diferente. el cereal de que disponíamos solo nos permitía hacer una comida al día. Esa era mi meta en la vida. trabajadores de la ONU salían con unas carretillas fuera del . hacia el mediodía. Todos los martes. Seis días a la semana comíamos de noche. seis días a la semana hacíamos una única comida.fuera lo suficientemente fuerte como para poder hacer lo mismo. Sí. no se podía aspirar a más.

perímetro vallado donde ellos vivían, y
se dirigían a un punto situado en uno de
los extremos del campo. Los niños
conocíamos bien el chirrido de las
ruedas de las carretillas y, en cuanto lo
oíamos, salíamos disparados. Yo no
sabía qué estaba pasando la primera vez
que escuché el chirrido. Los niños de mi
tienda salieron corriendo y gritaban:
«¡Date prisa, Lopepe! ¡Que te lo vas a
perder!». Me puse a correr detrás de
ellos, atravesamos el campo y llegamos
a un foso. Era el foso donde echaban la
basura.
En el momento en que uno de los
trabajadores vació la primera carretilla
en el foso, aquello fue una locura. Los

niños saltaban al foso y revolvían la
basura lo más rápido que podían; había
codazos y peleas; los niños se
comportaban como hienas hambrientas
disputándose los restos de una gacela.
Uno de los niños de mi tienda salió del
foso, me dio un plátano mordisqueado y
me dijo:
—Llévalo a la tienda y asegúrate de
que no le pasa nada.
Hice lo que se me decía. Aquello
formaba parte de mi vida en el campo:
todos teníamos tareas, encargos que
cumplir, y los cumplíamos siempre. Me
preocupé de aquel plátano como si
fueran las joyas de la corona de
Inglaterra.

No tardé muchos martes en pasar de
llevar comida a la tienda a ser uno de
los que saltaban al foso. Aunque era
pequeño, sabía cuidar de mí mismo,
esquivar los codazos y dar yo alguno de
vez en cuando. Mi «familia» trabajaba
en aquel foso como un auténtico equipo:
peleábamos juntos contra otros niños
para conseguir un mango demasiado
maduro, mendrugos de pan, plátanos,
restos de carne…, ¡lo que uno se pueda
imaginar! Aquello era lo que comían los
americanos de la ONU —para nosotros,
todos los blancos eran americanos, daba
igual de qué país vinieran—, pero
siempre tiraban parte, y nosotros
siempre encontrábamos aquellos restos.

Sí, el martes era un día muy especial:
era el día que comíamos bien, el día que
comíamos basura.
La incorporación de la basura a mi
dieta no fue el único aspecto de mi
proceso de adaptación a Kakuma.
Cuando llegué, solo hablaba buya, el
idioma de mi tribu en Sudán. En el
campo todo el mundo hablaba swahili.
Al cabo de unos meses, yo hablaba
swahili como cualquiera de ellos; y, con
el tiempo, se me olvidó el buya.
También tuve que adaptarme al
hecho de que la muerte fuera algo que
formaba parte de la vida diaria. En
Kakuma, morían niños todos los días.
Siempre que se moría un niño, decíamos

que había sido la malaria. Puede que se
hubieran muerto de hambre, ya que no
era fácil comer todos los días —sobre
todo durante la hambruna de Kenia,
cuando la ONU redujo nuestra ración a
la mitad—, pero de eso nadie hablaba.
Tampoco queríamos pensar que podían
haber muerto por la falta de salubridad
del campo; pero lo cierto es que no
había ni una letrina para el elevado
número de niños —un número que se
incrementaba cada día— que vivíamos
allí. Nuestro retrete era el cauce de un
arroyo seco que cruzaba por el medio de
Kakuma. Durante la estación de lluvias,
el agua corría por el arroyo, que se
convertía en nuestro lugar de baño.
Deberíamos haberlo pensado dos veces

antes
de
bañarnos
allí…;
y
probablemente muchos lo pensamos,
pero nos bañábamos igualmente. Los
baños en aquel inmenso retrete
contribuyeron
a
extender
las
enfermedades. De eso no me cabe
ninguna duda.
La malaria acabó con alguno de los
niños de mi tienda, de mi familia.
Cuando eso sucedía, éramos los demás
miembros de la familia los que
llevábamos su cadáver a enterrar. Perdí
muchos amigos así.
Aunque la vida era dura, éramos
felices. Sí, los niños se morían y no era
fácil conseguir comida, pero allí nadie
nos disparaba. Solo hacíamos una

comida al día, pero yo, que había
llegado al campo con seis años, asumí
aquello como algo normal. Tampoco
pensé nunca que la vida me maltratara
por tener que comer basura; más bien,
consideraba una bendición cada pedazo
de comida que encontraba en el
vertedero. No todos los niños del campo
conseguían mantener la misma actitud;
los había que estaban compadeciéndose
todo el día y que no paraban de quejarse
de su desgraciada vida. ¿Qué arregla
uno con quejarse? Después de tanto
llanto y lamento, uno sigue viviendo en
un campo de refugiados, y todas las
quejas del mundo no consiguen que tu
vida mejore. Lo que uno debe hacer es
sacarle el máximo partido a la situación

en la que se encuentra, incluso en un
sitio como Kakuma.
Me resultaba más fácil adoptar una
actitud positiva cuando me mantenía
ocupado, y mis amigos y yo nos
manteníamos ocupados jugando al
fútbol. Alguien había fabricado una
pelota con trapos que había recogido en
el vertedero; no botaba como los
balones de fútbol de verdad, pero, al
menos,
no
tuvimos
nunca
la
preocupación de que se pudiera pinchar.
Casi todos los niños de Kakuma
jugaban al fútbol. A mí me encantaba, y
hacía honor a mi nombre, que significa
«veloz». Superaba a los defensas con tal
rapidez que nadie conseguía pararme, y

me convertí en uno de los máximos
goleadores del campo. Me temo que era
«demasiado» bueno. Los demás me
decían: «Lopepe, nunca pasas el balón a
los de tu equipo…». Yo no hacía caso
porque en el fútbol de lo que se trata es
de marcar más goles que el equipo
contrario, no de pasar el balón. Seguí
jugando como siempre, hasta que el
resto de niños decidieron que se había
acabado. Un día que fui a jugar, el chico
que organizaba los partidos me dijo:
—A partir de ahora, vas a ser
portero.
Al principio, aquello de ser portero
no me gustó nada; desde su posición no
se pueden marcar goles, y lo que a mí

me gusta es marcar goles. Pero ¿qué iba
a hacer yo…? En vez de enfurruñarme,
me dije: «Bueno, ahora eres portero.
Tienes que intentar convertirte en el
mejor portero de Kenia». Y eso es lo
que hice. Tenía entonces once o doce
años —ya no era de los pequeños del
campo— y, aunque todavía no había
pegado el estirón, me movía con rapidez
bajo los palos y lo paraba todo.
***
Kakuma crecía cada vez más. Todos
los días escuchábamos el característico
sonido de los camiones militares que
llegaban con más refugiados. Una cosa
no había cambiado desde que yo estaba
en el campo: en los nuevos grupos, el

número de niños era siempre, y con
mucho, superior al de adultos y familias.
El número de niños que se apelotonaban
en el campo de fútbol era tan grande que
no había manera de jugar un partido.
Para resolver el problema, los mayores
idearon una solución: para poder pisar
el campo de fútbol había que dar antes
una vuelta corriendo alrededor del
campo de refugiados. Kakuma no tenía
una valla que lo delimitara, pero el
perímetro estaba muy claramente
definido. Una vuelta por la parte
exterior de todas las tiendas de todas las
secciones de todas las tribus y países
eran treinta kilómetros. Y corríamos
descalzos y sin agua, en el ambiente
tórrido del desierto keniano.

Aunque para muchos esto pueda
parecer la descripción de una tortura,
para mí, correr aquellos treinta
kilómetros era una liberación que me
permitía evadirme de la dura realidad
del campo. Cuando corría, no pensaba
en mi vacío estómago o en por qué había
acabado yo en aquel lugar. No había
muchas cosas en mi vida que yo pudiera
controlar. La ONU decidía cuándo se
repartía la comida, cuándo se podían
usar los grifos de agua e, incluso,
cuándo tiraban la basura de la que
nosotros comíamos. Pero, cuando corría,
era yo el que controlaba mi vida. Corría
para mí. Ninguno teníamos zapatos, pero
correr descalzo me hacía estar unido a

la tierra sobre la que corría. Era como si
el sendero bajo mis pies y yo fuéramos
una sola cosa.
Correr era mi terapia, pero corría
rápido porque me encantaba el fútbol.
Cuanto antes acababa la vuelta, más
tiempo podía jugar al fútbol. Y, cuando
acaba la vuelta, no iba a beber, porque
no quería perderme tiempo de fútbol
yendo hasta el sitio donde estaban los
grifos. Yo hacía como los camellos, que
beben una vez y pueden aguantar durante
semanas sin volver a beber. Yo era un
camello futbolista.
Cuando no estaba corriendo
alrededor del campo o jugando al fútbol,
iba a la escuela. De lunes a viernes, de

ocho a doce de la mañana, asistía a
clases financiadas por la ONU. No
teníamos aula, sino una enorme tienda de
lona que nos protegía del sol. En la
escuela tampoco nos daban libros de
texto, así que recitábamos la mayoría de
las lecciones. Algunos afortunados
tenían los libros que se habían traído al
campo, pero eran muy pocos. A falta de
libros, yo me solía sentar bajo las
estrellas a recordar las historias que mi
madre me había contado de pequeño. Yo
sabía que, en algún lugar bajo aquel
mismo cielo, estaba mi madre, y ese
pensamiento hacía que me sintiera de
algún modo en contacto con ella.
Tampoco teníamos papel ni lápices.

Solo los tenían unos pocos, que estaban
apadrinados por gente que vivía en la
otra punta del mundo. Yo no tenía esa
suerte, por lo que me quedaba mirando
embobado a los que podían escribir con
bolígrafo y pensaba: «¡Qué maravilla
ser tan rico como para poder llevar un
bolígrafo en el bolsillo! Algún día,
tendré uno». Entre tanto, escribía en la
tierra con un palo. El maestro caminaba
entre las filas de niños para ver nuestro
trabajo. Si no resolvía bien los
problemas o escribía mal las letras, el
profesor me pegaba con una vara:
—¿Por qué has escrito así esa letra?
—preguntaba.
Los varazos hacían que me aplicara

Había pasado de ser un niño del que se preocupaban sus amigos mayores a ser yo el que cuidaba de los pequeños. Los domingos eran estupendos. El domingo. Y fue mucho el tiempo que estuvo conmigo en Kakuma. Mis seis años no duraron mucho. Antes de que me diera cuenta.todo lo que podía. . Era mi día favorito. porque no me gustaba nada que me pegaran con una vara. Yo sabía que Él estaba allí conmigo: eso no lo dudé nunca. era uno de los chicos mayores del campo. No tenía que pensar en la comida ni en otras cosas porque era el día de cantar y alabar a Dios. en vez de ir a clases. íbamos a la iglesia.

el número de refugiados de Kakuma superó los cien mil en julio de 2012 (N. 2 Según datos facilitados por ACNUR. . Las cosas en el campo de refugiados eran así. Nunca esperé otra cosa. la vida era así y así sería siempre.).Nunca cuestioné ese papel protector ni ninguna otra cosa de Kakuma. del T.

no sentía las espinas de las zarzas . ¿Qué va a ser de mí?». no! Me he quedado sin padres. No es que me levantara un día llorando y pensando: «¡Oh. De Lopepe a Joseph No recuerdo el día en que di por hecho que mis padres habían muerto. Mis ángeles me habían dicho que iba a volver a ver a mi madre. Durante el tiempo que estuve preso en el campo de prisioneros rebelde. y el pensar que mi madre me estaba esperando me sostuvo en la sabana. cuando mis pies iban dejando un rastro de sangre con cada paso que daba. no paré de soñar con volver a casa.6.

«¿Por qué no vienen?». Pero aquel camino no nos condujo a casa. sin padre. Todos los días me preguntaba si aquel sería el día en que mis padres vendrían para llevarme a casa. Estaba seguro de que estaban buscándome por todas partes y de que un día su búsqueda les llevaría a Kakuma. pero nunca aparecieron en la entrada del campo. Aparecerían en la entrada del campo y yo volvería a casa. Nos condujo a Kenia y a Kakuma. Los días se convirtieron en semanas.que me desgarraban las piernas porque estaba convencido de que iba camino de mi casa. un lugar lleno de niños como yo. . sin madre. niños sin casa.

. Intenté mirar para otro lado como si no le hubiera oído. ¿por qué no me encuentran?». era de los pequeños. Y me echaba a llorar. ¡Vale! ¿Ves a aquel niño? —Me señaló a un niño que todos conocíamos bien. Lo mismo que yo. Lopepe —fue la respuesta que me dio un día un amigo. Rara vez salía de su tienda. «Si me están buscando. Vale ya. pero plantó su cara a unos centímetros de la mía—. Se pasaba el día. todos los días. Lopepe.preguntaba una y otra vez a quienquiera que me escuchaba durante mis primeras semanas en Kakuma. A diferencia de mí. no iba a vivir mucho tiempo. —No puedes estar todo el día pensando en eso.

Esta es la vida que tienes ahora. —Entonces me sonrió. ten la cabeza ocupada. lo cual me pareció un poco . sumido en un continuo balanceo. Debes asumirlo y mirar adelante o. —¡No hay peros que valgan! —dijo —. Cumple tus encargos.sentado en la tienda. porque te vas a volver loco. acabarás como ese niño. Tienes que centrarte en el aquí y ahora. ve a la escuela. No. No puedes sentarte a esperar algo que no va a suceder nunca. El pasado ha pasado y no va a volver. si no. —Pero… —dije con los ojos arrasados en lágrimas. cada vez más lánguido—. Debes vivir el momento presente.

y yo no quería que a mí me pasara lo mismo. en dirección al . Tú puedes. esos niños siempre acababan cogiendo la malaria. Claro que puedes. No era el único en Kakuma. La respuesta era sencilla.fuera de lugar—. «¿Qué eliges tú. Lopepe?». Tarde o temprano. me pregunté. Tú eres fuerte. Mi amigo me dio una palmada en la espalda y se fue a jugar al fútbol. El niño del balanceo me miró con aquellos ojos suyos llenos de tristeza. Salí corriendo de la tienda tras los pasos de mi amigo. amigo mío. había más niños que se pasaban día y noche llorando por volver a casa. Me quedé sentado mirando al niño del balanceo durante un rato muy largo.

La añoranza de mi casa no desapareció. vi con claridad que mis padres nunca iban a ir a recogerme. Pero ¿cómo iba a ser un huérfano si mis padres vivían? Mi subconsciente resolvió el dilema: «Mis padres tienen que haber muerto». No tenía hogar y.campo de fútbol. a todos los efectos. En cuanto llegué al campo de fútbol. No me cabía duda. Estaba tan seguro de ello como de que el sol salía . Una vez asumido que nunca volvería a ver mi casa. pero cambió. lo cual me convertía en un huérfano. no tenía padre ni madre. que nunca iba a volver a casa. el planteamiento siguiente era una consecuencia lógica.

La ONU abastecía de agua al campo mediante cuatro grifos donde llenábamos nuestros bidones. En Kakuma no tenía que pedirlo. —Enséñame dónde es —le contesté. Mis padres ya no estaban. Lopepe —me dijo un chico mientras me daba un bidón de veinte litros. Pero cuatro grifos no son muchos para los . pero yo sí.por el este y se ponía por el oeste. —Tienes que hacer cola para el agua todos los días. Y seguía siendo el niño de Kimotong que no dejaba en paz a mis padres hasta que me daban algo que hacer. porque todos teníamos asignadas tareas concretas cada día.

Cuando era pequeño. Durante la estación de las lluvias. No me gustaba que tuvieran que llevarme el bidón. me iba a jugar al escondite con mis amigos. nos íbamos a nadar al arroyo hasta que nos dolían los . tuve que levantarme a media noche. coger el bidón e ir a hacer cola. Con mis seis añitos. así que un chico de los mayores iba a recogerlo. Durante mis dos primeros años en Kakuma. yo era incapaz de cargar con un bidón de aquellas dimensiones lleno de agua. y me decía: «Un día seré lo suficientemente grande como para llevar yo el bidón». al acabar de cumplir mis encargos.miles de personas que vivíamos allí.

con aquellas casitas. . como en Kimotong. es una forma de vida. ya no tenía tiempo para otros juegos que no fueran el fútbol. las guardaba todas juntas en un lugar seguro. Me encargaba también de la distribución de la comida.brazos y después construíamos pequeñas casas en la arena de la orilla. Me encargaba de todas las cartillas de racionamiento de los niños de mi tienda y. Después de cinco o seis años en Kakuma. En Kakuma el fútbol no es un juego. para asegurarme de que ninguno perdía la suya. El resto del tiempo lo ocupaba con el creciente número de encargos que había ido asumiendo. jugábamos a papás y mamás.

uno por tienda. de algún modo. así que calculaba meticulosamente la cantidad exacta que podíamos tomar en cada comida. por lo que hacíamos una sopa con él para sacarle el máximo partido.la ONU repartía comida una vez al mes y yo tenía que conseguir que el cereal durara hasta el reparto siguiente. la carne no daba para todos. . Un pollo no es mucho para diez niños hambrientos. la ONU nos daba un pollo. En Navidad y en Pascua. pero con la sopa me aseguraba de que todos pudieran. saborear el pollo. un error de cálculo hubiera supuesto pasar hambre: en aquel asunto me preocupé muy mucho de no cometer ningún error.

Teníamos que preocuparnos unos de otros para sobrevivir porque la vida en el campo era un continuo juego de supervivencia.Cuantos más encargos tenía. Disfrutaba mucho cuidando de los niños más pequeños. quería crecer. yo mismo me preocupaba de regar las plantas para que el sol del desierto no las agostara. . Una de las muchas agencias humanitarias que venían a Kakuma repartió semillas y me preocupé de que tuviéramos un pequeño jardín junto a nuestra tienda. y buscaba formas de hacer más cosas por mi familia de niños. Pero yo no quería limitarme a sobrevivir. más encargos quería. porque me encanta hacer cosas.

Los primeros años en Kakuma. se estaba operando un cambio en mí: era un chico diferente. Mi visión de la vida en el campo fue evolucionando. me volvía a poner con los tenores. cantaba en la cuerda de tenores. pero en cuanto el cura me escuchaba un par de notas.Poco a poco. De pequeño. cuando crecí. me bastaba con ir a la iglesia los domingos y cantar: me encantaba la iglesia y me encantaba cantar. lo mismo que mi visión de la religión y de mi relación con Dios. Los niños del campo acabamos formando un coro: nos pasábamos el día cantando. intenté ahuecar la voz para que me pusieran en la cuerda de bajos. A medida que pasaba el tiempo en .

tampoco le pedía a Dios que me ayudara en el campo…: la mía era una lucha por la supervivencia y la iglesia contribuía de manera esencial a esa supervivencia. Pero lo mejor de todo era el culto. Era una ventana abierta a un mundo mucho más grande que el reducido ámbito del campo: allí nos llegaban noticias del exterior y era también nuestra oficina de correos.Kakuma. la iglesia ocupaba un lugar cada vez más importante en mi vida. El punto de inflexión llegó el día que el sacerdote nos informó sobre la catequesis que iba a empezar la . Cuando estaba en la iglesia no pensaba ni en el hambre ni en la malaria ni en la dureza del campo.

siguiente semana, para recibir los tres
sacramentos de la iniciación cristiana e
incorporarnos así a la Iglesia católica:
—Tendremos una ceremonia de
bautismo, confirmación y primera
comunión el día de Nochebuena, para
los que completéis la catequesis y
hayáis decidido tomaros en serio vuestra
relación con Dios.
Aquellas palabras llegaron a lo
profundo de mi alma. Veía claramente
que era algo que yo debía hacer. Puede
que me moviera el haber madurado tanto
en muchos otros aspectos de mi vida.
Había
asumido
muchas
responsabilidades en el campo y en mi
familia, y había llegado el momento de

hacer lo mismo en mi relación con Dios.
Sabía que Él estaba siempre conmigo,
pero ahora debía profundizar en mi
relación con Él.
Cuando la primera clase empezó, a
la semana siguiente, ahí estaba yo.
Tampoco esta vez teníamos ni biblias ni
ningún tipo de libro: lo que el cura nos
enseñaba de la Sagrada Escritura era de
manera oral. Yo estaba acostumbrado a
ese modo de instrucción porque mis
padres también me enseñaban así
historias de la Biblia, y en la escuela
aprendía sin libros. En mi cultura, en
Sudán, la mayor parte de las cosas
importantes se han transmitido de
manera oral, cuando no hemos podido

contar con documentos escritos.
Aprender de aquel modo era para mí
algo normal.
Durante las tres o cuatro semanas
previas a la Navidad, el cura nos enseñó
un montón de historias de la Biblia. No
solo eso, también nos enseñó a vivir
cerca de Dios, que es lo que yo quería.
Dado que ya no tenía una madre o un
padre en la tierra, esa relación filial la
quería mantener con Dios.
Las semanas de catequesis pasaron
rápido, y llegó la misa de Nochebuena.
El sacerdote celebró la misa de la
vigilia de Navidad. Yo estaba nervioso,
muy nervioso. Me encantaba la Navidad,
aunque no nos hacíamos regalos ni

hacíamos nada de lo que se acostumbra
a hacer en América en esas fechas; a mí
me encantaba la Navidad por lo que ese
día significaba. Allí estábamos, en
Nochebuena, sentados en la iglesia y
recordando el nacimiento de nuestro
Salvador. Miré al cielo e imaginé cómo
debían de haber vivido aquel
acontecimiento los pastores que
pernoctaban al raso en una noche muy
parecida a aquella. Estaban pendientes
de sus asuntos cuando los ángeles se les
aparecieron para anunciarles el
nacimiento de Jesús. Yo no esperaba
que se me apareciera ningún ángel
aquella noche; solo esperaba que el
sacerdote pronunciara mi nombre y el de
los otros chicos que íbamos a ser

bautizados aquella noche.
El momento llegó:
—Bien, chicos —dijo el cura—.
Vamos allá.
Miré a mis amigos y tragué saliva.
Me puse a pensar en mis clases e intenté
recordar qué tenía que decir y cuándo
tenía que decirlo, pero me había
quedado en blanco. Éramos unos veinte;
avanzamos hacia el altar, y formamos un
semicírculo alrededor. Uno de los
monaguillos
recorrió
la
fila
entregándonos una vela a cada uno; la
cogí y seguí pensando, pero sin
acordarme de nada. Lo único que sabía
es lo que había en mi corazón: que
estaba allí porque había decidido

tomarme a Dios en serio. Todos en el
campo sabrían entonces que yo había
decidido cargar con mi cruz y seguir a
Jesús…, pero no recordaba qué debía
decir cuando el sacerdote se acercara a
mí y me hiciera la correspondiente
pregunta. «¿Qué me va a preguntar?».
Estaba demasiado nervioso como para
acordarme.
La iglesia estaba a oscuras; la única
luz que había era la de las velas del
altar. Uno de los trabajadores del campo
encendió la vela del chico que estaba en
el extremo derecho, quien bajó la vela y
encendió la del que estaba a su lado, y
este la del siguiente, quien, a su vez,
encendió la del siguiente…, y así hasta

el otro extremo del semicírculo. Yo
estaba a la izquierda del que estaba
justo en el medio; cuando me llegó la
llama, acerqué con cuidado la vela para
encenderla; contuve la respiración un
poco y acerqué la llama al que estaba a
mi lado; quería evitar a toda costa
apagar la llama sin querer y estropearlo
todo.
Cuando todas las velas estuvieron
encendidas, el cura se acercó a nosotros;
miré a derecha e izquierda y vi las caras
de mis amigos iluminadas con la luz de
las velas, como si fueran las caras de
ángeles. El sacerdote avanzó hacia el
chico del extremo derecho; un
trabajador iba a su lado con agua y

aceite.
Yo
sentía
el
corazón
retumbándome en los oídos; llevaba
tiempo pensando en aquella noche y en
lo que significaba; que aquello tuviera
lugar durante la Nochebuena le confería
para mí un especial significado: ¿qué
mejor momento para manifestar mi fe en
Jesús que el día de su cumpleaños?
El cura estaba cerca; se había
parado frente a un chico que estaba dos
antes que yo. No conseguí oír lo que
decía. «¿Qué tienes que decir,
Lopepe?». No me acordaba, pero de
repente dejó de importarme: me
preguntara lo que me preguntara, yo le
respondería con lo que tenía en el
corazón.

El cura estaba ya frente al chico que
estaba a mi derecha. Por el rabillo del
ojo, vi cómo el sacerdote metía la mano
en un recipiente, tocaba la frente del
chico, metía la mano en el otro
recipiente y hacía lo mismo.
Entonces el cura se situó frente a mí.
Mi vela iluminaba su cara; me sonrió y
yo hice lo posible por devolverle la
sonrisa. Levantó su mano derecha y me
hizo la señal de la cruz en la frente con
aceite. Sin que mediara pregunta, me
bautizó diciendo:
—Ahora eres Joseph, y yo te bautizo
en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo.
No
es
fácil
describir
la

transformación que experimenté en aquel
momento. San Pablo dice en 2 Corintios
5, 17: «Si alguno está en Cristo, es una
nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha
llegado lo nuevo». Este versículo se
hizo realidad en mí aquella noche: yo
era un chico nuevo con un nuevo
nombre. En la Biblia leemos cómo Jesús
cambiaba a menudo el nombre de sus
discípulos. Cambió el nombre de Simón
a Pedro, y el de Saulo a Pablo. Y el mío
lo había cambiado de Lopepe a Joseph.
Me quedé contemplando mi vela en
medio de aquella noche, mientras
pensaba en lo que sabía de Joseph, José.
En la Biblia hay dos Josés que son bien
conocidos. Uno es el padre de Jesús, un

laborioso trabajador que se ganaba la
vida como carpintero. El otro lo
encontramos en el libro del Génesis.
Como yo, se lo habían arrebatado a su
padre cuando era joven, y lo habían
llevado a Egipto como esclavo; más
adelante, lo habían encarcelado a pesar
de que no había hecho nada malo. Pero,
pasara lo que pasara, Dios siempre
estaba con él. José no se dedicaba a
compadecerse, sino que trabajaba duro;
y, mientras fue esclavo, trabajó con tanto
empeño y se hizo tan merecedor de
confianza que su amo lo puso al frente
de su casa; cuando después lo
encarcelaron, el carcelero mayor hizo lo
mismo porque sabía que José era un
buen trabajador, siempre fiel a la

palabra dada.
De pie delante del altar, con el
aceite en forma de cruz brillándome en
la frente y la cabeza húmeda por mi
bautismo, hice el firme propósito de que
mi vida hiciera honor a mi nombre.
Joseph no era para mí un nombre
cualquiera: era el nombre que Dios
había escogido para mí desde toda la
eternidad.
«Este soy yo. Soy Joseph, seguidor
de Jesús, fiel y laborioso. Ya no soy un
niño perdido. Soy un hombre nuevo».

7. Un nuevo sueño
A finales del verano del año 2000,
una palabra estaba en boca de todos los
refugiados del campo. Era una palabra
que jamás había oído antes. En la
escuela
era
tema
favorito
de
conversación. Cuando daba mi vuelta
corriendo alrededor del campo oía
hablar de aquello una y otra vez. En el
campo de fútbol, los chicos hablaban
como si fueran auténticos expertos. Lo
llamaban «olimpiadas».
—¿No te parecen fantásticas las
olimpiadas, Lopepe? —me preguntó uno
una vez.

—Sí, claro —dije, para no quedar
como un ignorante—, como a todo el
mundo.
—A mí también me lo parecen —
dijo el niño mientras se alejaba
corriendo.
Yo no entendía nada. Llevaba más
de nueve años viviendo en el campo —
tanto tiempo como el que más— y jamás
había oído hablar de las olimpiadas
aquellas hasta entonces. Yo no tenía ni
idea de cómo los demás se habían
enterado, pero el caso es que hablaban
de ello como si lo conocieran de toda la
vida. Por lo visto, un niño que
deambulaba junto al recinto de los
trabajadores de la ONU había oído que

hablaban de las olimpiadas en un boletín
de noticias, y se lo contó a otro niño,
que se lo contó a otro… En menos de lo
que tarda un adolescente americano en
mandar un mensaje de texto a todos sus
contactos, la noticia había llegado a
todos los rincones del campo. No era
necesario entender de qué se trataba
aquello para que a todo el mundo le
pareciera fantástico. Las olimpiadas nos
proporcionaban un nuevo tema de
conversación que rompía la monotonía
del día a día en Kakuma.
Mientras otros niños se entretenían
con las olimpiadas, yo descubrí mi
propio modo de combatir la rutina.
Durante una de mis carreras de treinta

El granjero tenía un coche. pero hasta aquel momento no me había llamado la atención. Llevaba años viéndola. Continué mi carrera en dirección a la casa del granjero y me presenté: —Me gustaría ayudarle. —El granjero se quedó mirándome con una expresión que decía: «¿Ayudarme tú a . Pero no fue aquello lo que me llamó la atención. me di cuenta de que había una granja no muy lejos del campo. Aquella hierba me dio una idea. La hierba alrededor de la casa estaba muy crecida. en aquella parte de Kenia. a pesar de que una vaca pastaba cerca. lo que.kilómetros previas al partido de fútbol. significaba que era rico.

Si lo hago bien. Puedo cuidar de su vaca y cortarle la hierba. —No pido mucho —dije—. cuando estaba en mi casa.mí?»—. no me dé nada. Sé trabajar duro —proseguí—. Estaba harto de que la única novedad en mi vida fuera la basura de los martes. Me encargaba de las doscientas vacas de mi padre. Para mí. . deme lo que considere oportuno. algo productivo. Si no. necesitaba encontrar algo que hacer. no era solo cuestión de dinero. —Yo no pago a nadie para que haga cosas que puedo hacer yo —me contestó. Necesitaba trabajar.

Puedes cuidar de la vaca y cortar la hierba. así que no dije nada a nadie. Acabé de dar mi vuelta alrededor del campo y me fui a jugar al fútbol. Al cabo de unos días.El hombre se quedó pensativo un momento. —Aquí me tendrá —dije. . —Aquí tienes —dijo—. pero eso no significó que no trabajara lo mejor que pude. Empezarás mañana por la mañana. el granjero se acercó hasta donde yo trabajaba. Las normas del campo prohibían trabajar fuera del mismo. Esto es para ti. —De acuerdo.

Apreté la moneda con el puño. —Karibu —dijo. lápices…. Y se fue. El campo contaba con una economía sumergida mediante la cual podía uno adquirir pan. Me vinieron a la cabeza los montones de cosas que podría comprar con mi recién adquirida fortuna. —Asante Sana —dije. caramelos. Metí la moneda en el bolsillo y seguí trabajando. papel. «gracias». ¡lo que a uno se le antojara! Todo aquello que me había parecido fabuloso cuando no tenía dinero. había . en swahili.Y depositó en mi mano una moneda de cinco chelines. «de nada».

¿Quiénes van? . se me acercó un amigo: —¿Quieres venir con nosotros a ver las olimpiadas esta noche? —Sí —dije. no tenía ninguna prisa en fundirlo.perdido parte de su atractivo ahora que disponía de medios para conseguirlo. Un día. las olimpiadas seguían siendo el principal tema de conversación del campo. había decidido guardar la moneda por el momento. como era el primer dinero que había tenido en mi vida. sin tener claro en dónde me estaba metiendo—. mientras jugaba al fútbol. Me gustaba sentir su peso en mi bolsillo y. Entre tanto. Para cuando estuve de vuelta en la tienda.

—Vamos un montón —dijo. vale —le corté—. que voy. Pero ¿dónde vamos a ver las olimpiadas? —Hemos encontrado un sitio. Hay un tío rico que ha dicho que podemos verlas en su casa. Por la tarde. Y empezó a soltarme una retahíla de nombres que tampoco me importaban demasiado. Yo seguía sin tener ni idea de lo que eran. supuse que serían algo . me uní a un grupo de quince chicos y nos fuimos a ver las olimpiadas esas. como el fútbol era el único deporte que yo conocía. sabía que tenían algo que ver con los deportes y. —Vale.

El granjero abrió con gesto desconfiado. Miró a todos los que componíamos el grupo con la puerta entornada.relacionado con el fútbol. Lo que no iba a hacer era preguntar y quedar como el único chico de todo el campo que no sabía lo que eran las olimpiadas. pero no toquéis nada y sentaos en el suelo. —Adelante —dijo—. y me quedé muy sorprendido cuando nos paramos delante de la casa del granjero para el que yo trabajaba. —Abrió la puerta del todo y añadió—: Os costará . Anduvimos unos ocho kilómetros fuera del campo. Uno de los chicos llamó a la puerta. Podéis pasar a ver las olimpiadas.

darme la vuelta e irme.cinco chelines a cada uno. Estuve a punto de decirle al hombre «Déjelo». y la verdad es que tenía unas ganas enormes de enterarme de qué tenían las olimpiadas esas de tan especial para que aquellos chicos entregaran sin dudarlo el dinero que . ¡con los planes que tenía yo para ella! Cuando saqué el dinero. El corazón me dio un vuelco al escuchar aquello. todos los demás ya habían entrado. Todos los demás chicos sacaron el dinero sin dudarlo. yo metí la mano en el bolsillo y acaricié mi querida moneda. pero no tenía ganas de volver a hacer yo solo los ocho kilómetros de vuelta a la tienda.

—Chicos. . Y así lo hicimos. «¿Esto son las olimpiadas?».tanto les había costado ganar. El hombre me miró. se trataba de una caja con cables que le salían por detrás y que se conectaban a una batería de coche. Puse mi moneda en su mano y entré. Las olimpiadas no eran lo que yo había imaginado. Sentaos ahí en el suelo —dijo el granjero. La sala de estar estaba repleta de gente de la zona sentada en sofás y sillas. vosotros estáis demasiado sucios para sentaros en los sofás. Por lo visto. Observé la sala de estar. —Bueno. ¿qué? —dijo.

se pusieron . en una pequeña carretera con líneas blancas pintadas. unas imágenes de tonos negros. y yo con ellos. «¿Y qué tiene esto de especial?». pero que no había visto en mi vida: ¡una televisión! El granjero cambió de canal y las olimpiadas aparecieron en la pantalla. El granjero se acercó a la caja y pulsó un interruptor que esta tenía en la parte de delante. Pero yo no veía fútbol en la pantalla. blancos y grises cobraron vida. Entonces. La caja no era las olimpiadas. la caja era una cosa de la que yo había oído hablar. Todos los chicos vitorearon entusiasmados.pensé. De pronto. los jugadores estaban fuera del campo.

Cuando corría. y los tipos de la pantalla empezaron a correr. Aquello fue un descubrimiento para mí. uno a continuación del otro. yo no pensaba en las duras condiciones del campo ni en el hambre que afligía mi estómago: correr era mi terapia.detrás de una línea blanca. mi liberación. Nunca jamás se me había ocurrido que correr pudiera ser un deporte. disparó al aire. una . Un hombre levantó una pistola. la gente gritaba a los hombres que corrían y. la multitud gritó más fuerte todavía. Miles de personas llenaban las gradas que estaban alrededor de la pista. cuando el ganador cruzó la línea de llegada.

Llegó entonces el que sería para mí el momento cumbre de aquella noche memorable. Aquello me parecía fascinante. Me quedé boquiabierto. correr era un deporte. y. en las olimpiadas. a juzgar por la cantidad de gente que se veía en las gradas. Yo no lo sabía entonces. una vuelta a la pista esprintando. Michael Johnson . Los corredores se situaron en sus puestos para una carrera muy importante. Los comentaristas hablaban sobre todo de un corredor.manera de escapar del mundo que me rodeaba. un deporte muy popular. pero aquella carrera era la de 400 metros lisos. un hombre que se llamaba Michael Johnson. Sin embargo.

el colofón de la trayectoria deportiva de uno de los más grandes atletas de todos los tiempos. Se oyó el disparo. De lo único que yo me daba cuenta en aquel momento era de que las cámaras enfocaban sobre todo a un hombre. Yo no lo sabía entonces. Aquel hombre estaba a punto de cambiar mi vida. como tampoco sabía que aquella era su última carrera. Michael Johnson empezó a correr. tres letras: «USA». un hombre cuya piel era del mismo color que la mía. En su pecho. . Los corredores ya estaban en sus marcas.era el vigente campeón olímpico y récord del mundo de la prueba. Corría con un estilo muy peculiar: la cabeza erguida.

la espalda recta… Todo en él transmitía seguridad. «Yo puedo correr así. la levantó y dio una vuelta de . Los comentaristas dijeron que había ganado la medalla de oro. no me pareció que lo hiciera tan rápido. Cuando lo vi correr en aquella pequeña pantalla de televisión en blanco y negro conectada a una batería de coche. Cogió una bandera que le ofreció uno de los espectadores. la bandera tenía estrellas y bandas. Michael Johnson voló por la pista y atravesó la línea de meta por delante de todos los demás. en un rincón perdido de Kenia. yo no sabía a qué se referían. Seguro que puedo». se envolvió con la bandera orgulloso.

Empezó a escucharse música y. Los tres primeros corredores se pusieron encima de un pequeño estrado y un hombre se acercó a ellos y colgó a cada uno una medalla en el cuello. se iban elevando unas banderas. sucedió algo que me sorprendió mucho.celebración por la pista. muy especial. Mientras sonaba la música y se elevaban las banderas. Entendí que era un momento muy. Después. Yo hice un gesto de incredulidad y me incliné hacia delante para ver mejor la pantalla: «¿Por qué . detrás de los corredores. Michael Johnson hizo algo que un hombre africano no hace jamás: lloraba sin avergonzarse ni intentar ocultarlo.

Pero Michael Johnson acababa de mostrar al mundo su fortaleza y seguridad. me pregunté. porque el granjero se acercó al televisor y lo apagó. Yo no entendía cómo era posible que aquel hombre. manifestara de aquel modo su emoción. En mi cultura. Las imágenes en blanco y negro desaparecieron.llora?». que acababa de ganar una medalla de oro olímpica. aquello era un signo de debilidad. Los kenianos de la zona y mis amigos se metieron la mano en el . —Otros cinco chelines —dijo. ¿Por qué lloraba entonces? No tuve mucho tiempo de seguir con estas consideraciones.

sabía . chicos. Si no hay dinero. Me puse a andar por el camino que conocía tan bien. el recorrido que hacía corriendo todos los días pasaba muy cerca de la granja. pero ninguno se ofreció a pagar los cinco chelines por mí. Cuando el granjero llegó a mí con la mano extendida. no hay olimpiadas. aun de noche. excepto yo. chico —dijo—. Mis amigos me miraron con cara de sentirlo. por lo que. Hacía una noche preciosa y el cielo estaba cubierto de estrellas. —Lo siento. me encogí de hombros. Sonreí—: Os veo en el campo.bolsillo. todos tenían más dinero. —Vale —dije. No me lo tomé a mal.

porque una simple medalla de oro no podía hacer que un hombre llorara. No. aquel hombre de piel como la mía corría por algo más . Al andar iba contemplando el cielo estrellado.perfectamente dónde estaba y cómo volver a mi tienda. Me vino a la cabeza la imagen de Michael Johnson de pie en aquel estrado. que quizá las letras del pecho y la bandera que había llevado alrededor del estadio tuvieran algo que ver… Era evidente que aquel hombre no corría para sí mismo. con las letras «USA» en el pecho y llorando sin avergonzarse. Su reacción —la de un hombre que acababa de ganar una carrera— me hizo pensar que quizá aquello había sido algo más que una mera carrera.

además.grande que él mismo. pero que no me lo pareció: me pareció perfectamente lógico. quería correr con las mismas tres letras . Y ese debía de ser el motivo por el que lloraba. Seguí andando en medio de la noche con estos pensamientos rondándome la cabeza. un sueño que iba a cambiar el rumbo de mi vida: ser corredor olímpico. Tenía un sueño. pero sabía que lo haría. De repente. No sabía cómo. se me ocurrió algo que podía haberme parecido absurdo. Y. Con los ojos de la imaginación veía a Michael Johnson correr aquella carrera una y otra vez. y tuve entonces la seguridad de que algún día yo también correría en las olimpiadas.

en el pecho: «USA». igual que todos los anteriores. en cada zancada veía a Michael Johnson. Quería ser como Michael Johnson. al mediodía di mi vuelta corriendo al campo. y pasé el resto de la tarde en el campo de fútbol. me veía a mí mismo corriendo para USA. Fui a la escuela por la mañana —donde. veía las olimpiadas. Al día siguiente nada había cambiado en Kakuma. Mientras corría mis treinta kilómetros. . hice mis ejercicios escribiendo con un palo en la tierra—. pero yo había cambiado. Y lo que veía al correr también se había vuelto distinto. como siempre. mi cabeza ya no estaba en el fútbol. Era un día más.

a medida que iban llegando refugiados de una guerra civil que no se acababa nunca. Si Dios me había llevado a Kakuma. yo había visto . Sabía que me esperaba una vida más allá del perímetro de Kakuma. Ya no. el campo había marcado los límites de mi mundo: pensaba que siempre viviría allí porque nunca había visto marcharse a nadie. Aquello era todo. siempre. Nuestra vida giraba en torno a la basura de los martes y a la breve evasión de la realidad que se operaba en la iglesia los domingos. Michael Johnson había ensanchado mi horizonte. era por algo.Desde mi llegada a Kakuma. El campo era cada vez más grande. Aquello.

.qué destino me tenía reservado Dios. y estaba seguro de que su ayuda no me iba a faltar.

Escribir para vivir —Estados Unidos quiere que algunos de vosotros abandonéis Kakuma y vayáis a América —anunció el sacerdote un domingo de octubre. Aquello era como si el cura hubiera dicho que Jesús acababa de abrir las puertas del cielo para que entráramos nosotros. De América lo sabía todo . menos de dos meses después de que yo viera la carrera de Michael Johnson en los juegos olímpicos. la única diferencia entre América y el cielo era que para ir al cielo había que morirse antes. Para los que vivíamos allí.8.

«Puedes comer todo lo que te dé la gana». Todos los americanos que visitaban el campo iban limpios. decía otro. como el Jesús de las imágenes que yo . Nosotros estábamos sucios y olíamos mal porque no teníamos dónde asearnos. Los americanos eran blancos y limpios. bien parecidos y bien alimentados.—eso pensaba yo—. blancos. «Puedes trabajar en lo que te gusta». eran altos. decía uno. porque los chicos del campo hablaban de América con la misma vehemencia con la que hablaban de las olimpiadas. «Es un sitio donde tus sueños se hacen realidad»… Y la imagen que daban los americanos que veíamos por el campo de vez en cuando no hacía sino confirmar lo que pensábamos.

Cualquiera puede hacer la . pero sabíamos que se trataba de un sueño inalcanzable.conocía. traducido al swahili por uno de los directores del campo—. Hasta aquel día. Todos los chicos del campo soñábamos con ir a América algún día. Un americano de carne y hueso. se puso en pie y nos explicó los detalles del proyecto: —Tres mil quinientos niños de Kakuma podrán ir a vivir a Estados Unidos —dijo en inglés. Por eso pensaba que los americanos debían de estar muy cerca de Dios y que América debía de ser como el cielo. un mzungu —mzungu significa hombre blanco en swahili—.

pero. evidentemente. Estábamos como locos: «América…. mejor. Recogeremos todas las redacciones que se entreguen durante las próximas tres semanas.solicitud para ser uno de los tres mil quinientos. estallamos. . cuanto antes la entreguéis. —Podéis entregar las redacciones aquí en la iglesia —añadió el cura—. Cuando tengamos vuestras redacciones. Cantamos el himno de despedida y. las leeremos para hacer la selección. concluida la misa. y nosotros las enviaremos a la Embajada americana. Tenéis que escribir una redacción en inglés contando vuestra historia.

«¿Creéis que es verdad lo que ha dicho?». «¿A quiénes seleccionarán?».América…. pero sabía perfectamente que . muy pequeño. América…». Todos querían ser uno de los tres mil quinientos. Y. todos hablaban de América. si pensaban como yo. Se oían preguntas por todo el recinto: «¿Ha dicho el mzungu lo que yo creo que ha dicho?». «¿Cómo se han enterado en América de que estamos aquí?». Tres mil quinientos. pensarían que tenían que ser uno de los tres mil quinientos. Parecía un número muy grande y. Cuando corría cada día alrededor del campo. al mismo tiempo. veía multitudes de niños. Nunca me planteé calcular su número.

me llegaban las historias de aquellos niños. Todos habíamos pasado un auténtico infierno.tres mil quinientos era como una gota en un cubo de agua. en aquel viaje debieron de morir cerca de mil niños: . Muchos de ellos habían dejado de ser niños para siempre. A veces. La guerra civil de Sudán estalló en 1983. pero el infierno de algunos había sido mucho más largo que el mío. de donde tuvieron que volver a huir cuando cambió el gobierno de ese país. para la cantidad de niños de la guerra que había. Fueron a un campo de refugiados de Etiopía. El primer grupo de niños perdidos huyó en gran número poco tiempo después.

camino de Kenia. El resto de niños perdidos eran como yo. A algunos los habían secuestrado y habían huido. ¿Cómo podía Estados Unidos decidir a quién le iba a dar una nueva vida y a quién iba a dejar para siempre en Kakuma? —¡Eh. Lopez! —me llamó uno utilizando el mote que me habían puesto . Todos habíamos sufrido calamidades inimaginables. otros habían abandonado su tierra después de que las bombas o los soldados arrasaran los pueblos donde vivían. niños que habían huido de Sudán durante un conflicto que se prolongaba.muchos se ahogaron o fueron devorados por los cocodrilos cuando intentaban cruzar el río Gilo.

Pero confío en ti. me fui a mi tienda a rezar: «Padre mío.los chicos de Kakuma—. En cuanto salí de la iglesia. estoy seguro de que . ¿vas a escribir la redacción? —Por supuesto —contesté—. ¿Y quién no? —Yo no sé suficiente inglés para escribir una redacción. —Lo que sé es que no voy a permitir que ese pequeño detalle se interponga en mi camino. ¿Tú sí? Me encogí de hombros y sonreí. yo soy incapaz de escribir nada que vaya a ser mejor que lo de los demás chicos del campo. Y no lo permití. Si quieres que vaya a América.

hablaban de América. «Pero ¿qué cuento?». Fuera de la tienda. los chicos corrían y jugaban como cualquier otro día. El hombre había dicho que contáramos nuestra historia. en vez de hablar de juegos olímpicos o de fútbol. la única diferencia era que. quería entregar mi redacción cuanto antes. antes de que se cubrieran las tres mil quinientas plazas.harás que mi redacción destaque entre las demás. no la redacción». me preguntaba. Yo no tenía tiempo para juegos. Eres tú el que me va a llevar a América. Mi historia había empezado en la iglesia y pensé que no era coincidencia que fuera también en la iglesia donde se me había .

Dios me abría la puerta de América. «Dios mío. A pesar de llevar diez años en Kakuma. en la iglesia. el domingo. Diez años después. y había acabado en un campo de prisioneros. Hacía casi diez años que yo había ido a la iglesia un domingo para dar culto a Dios. pero había ido a la iglesia.comunicado la posibilidad de ir a América. el mzungu podía haber ido a la escuela el lunes y habernos hablado allí. fue mi oración. a mi iglesia. Me podía haber enterado en cualquier otro sitio. esto tiene que ser cosa tuya». Para ponerme a escribir necesitaba conseguir un lápiz y papel. seguía haciendo mis ejercicios de clase en la .

escribí e n swahili. Sentado en la tienda intenté poner por escrito mis pensamientos. pero no para aquella redacción. «Hace diez años. me levanté temprano para ir a misa con mi madre y mi padre». uno de los niños apadrinados me proporcionó ambas cosas. y todos nos preocupábamos unos de otros. Era muy difícil conseguir lápiz y papel para las clases.tierra con un palo. «Estábamos rezando cuando llegaron camiones llenos de soldados. En cuanto se supo que yo necesitaba lápiz y papel. Los soldados nos apuntaron con sus fusiles y nos dijeron que nos tiráramos . La mayoría de los niños de mi sección del campo me conocían.

me cogió y me metió en la caja de un camión. En mi memoria se agolpaban detalles del día de mi secuestro en los que no había pensado desde hacía mucho tiempo. Un soldado le apartó el brazo. Nos llevaron a un campo de prisioneros». que me rodeaba con su brazo. los gritos de los soldados.al suelo. . reviviendo todo de nuevo: los camiones. el contacto abrasador de la caja del camión con mis piernas desnudas… «Los soldados me vendaron los ojos dentro del camión y me arrojaron fuera. Era como volver a estar allí. en el que estaban los niños y niñas de mi pueblo. Yo estaba tendido en el suelo junto a mi madre.

«Salimos por el agujero de la valla y empezamos a correr. con tres chicos. por un agujero que había en la valla». Aquella carrera por el desierto .Pusieron mi mano en la espalda de otro niño y nos hicieron avanzar en fila. A muchos niños los golpeaban y yo oía sus gritos de dolor. Expliqué que la puerta no había chirriado y cómo habíamos pasado reptando por delante de los soldados sin que se dieran cuenta. La fila se detuvo y alguien me quitó la venda de los ojos y empujó al interior de un barracón lleno de niños». «Me escapé de noche. Seguí escribiendo sobre el olor y cómo todos los días se moría algún niño.

Seguí escribiendo y la hoja se fue llenando de palabras. Sentado en mi tienda. no obstante. Tenía.para salvar nuestras vidas duró tres días». Yo no estaba nervioso ni pensaba en qué les parecería mi historia a los americanos ni si les resultaría lo suficientemente dura como para que fuera una de las tres mil quinientas elegidas. una idea muy precisa de qué debía incluir en mi escrito y qué no. pero no podía escribirlo todo porque solo disponía de una hoja de papel y se trataba de escribir una redacción. de más cosas me acordaba. Cuanto más escribía. no . no un libro. papel y lápiz en mano.

Era. pero no tenía ningún modo de saber si era bueno o no. Me hubiera encantado poder decir que ese primer borrador era fantástico. aunque no muchas. Aquel escrito era una oración que yo escribía únicamente para Dios. y yo tenía muy claro que no iba a ser capaz de traducir aquello al . solo querían inglés. mi historia. con la esperanza de que me escuchara. Había un pequeño problema: las únicas palabras que utilizaba entonces eran swahili. Cuando acabé de escribir mi historia e n swahili. Los americanos no querían swahili. sin más. la releí un par de veces y cambié alguna cosa. con mis palabras.escribía mi historia para los americanos.

Un amigo me prestó un bolígrafo para que escribiera la versión inglesa. sino también de ver. así que me dirigí a mis amigos. la redacción para cambiar mi vida se convirtió en un proyecto comunitario. con una hoja de papel impoluta. cuando me senté en una improvisada mesa. Lo segundo iba a resultar mucho más fácil que lo primero. Mis amigos se pusieron a mi alrededor. . yo no quería entregar un papelucho lleno de garabatos a lápiz. Durante varios días. necesito ayuda —dije. La redacción tenía que ser no solo agradable de leer. a mi familia de chicos que compartían la tienda conmigo: —Tíos.inglés sin ayuda.

—Me quedé mirando aquellas dos frases un momento y dije—: No tengo ni idea de cómo escribir esto en inglés. ¿qué has escrito? —preguntó uno. yo sé —dijo uno señalando la . —¿Sabes decir eso en inglés? —Creo que sí —dije. —Sí. —¿Qué más? —Wakati nilikuwa mtoto mdogo. Cogí el bolígrafo y escribí: «Dios por fabor ayuda a mi».—Bueno. —Tafadhali Mungu ni saidye. Lopez. Wanabeba bunduki kubwa. wajeishi walikuja wa kanisa yetu boma ya Kimotong nchi yetu wa Sudani.

—¿Con «b» o con «v»? —pregunté. procurando que la caligrafía fuera la mejor posible. Me quedé dudando. —La «b» es esta —dijo mientras escribía en la tierra una «b» con el dedo. —Con «b». —Vale —dije. «Dios por fabor ayuda a mi.primera frase—. ¿cómo es la siguiente palabra? —Pueblo —dijo otro en inglés. y empecé a mover el bolígrafo con sumo cuidado. Cuando yo niño pequeño venir soldados iglesia . Cuando yo niño pequeño venir soldados —dijo en inglés. Y añadió en swahili—: Jo.

traducían las mías en swahili. en algunos casos. el debate sobre cuál sería la mejor . Yo estar con ellos… Nosotros pasar balla. «Kuchukwa watoto wadogo kufundishya jinzi wa wajeishi. Durante las horas que siguieron. Nuestro proyecto comunitario de escritura creativa en inglés dejaba mucho que desear. supuestamente. Mimi ni lukua na wao» se convirtió en «Ellos yevar fusiles grandes.pueblo nuestro Kimotong pais mio Sudan». Cojer pequeños niños para ser soldados. mis amigos decían palabras en inglés que. Correr desierto oscuro 3 dias…». pero no podíamos hacer más.

pero confiaba plenamente en mi familia. ayudamos a traducir del swahili al inglés a otros chicos que también escribían para cambiar su vida. Cuando acabamos con mi redacción. no tenía ni idea de qué significaban la mayoría de las palabras. «todos estaremos en América. «Un día». Ahora me resulta muy gracioso recordar que no fui capaz de entender la redacción que había escrito. Eran . Aquel pensamiento nos hacía esforzarnos mucho más para mejorar nuestras redacciones.traducción al inglés de una determinada palabra se prolongaba durante un rato. tendremos trabajo y comida. y será maravilloso». repetía yo.

Volví a la parte de atrás de la iglesia. Dios mío». «Para ti. escucha mi oración». nuestra única salida… «Dios mío. «que llegue a ti mi súplica». y me senté en uno de los bancos de fabricación casera. Empezó a sonar la música y nos pusimos de pie para . Si todos hacían como yo. rezaba yo. dije al depositarla. donde estaba la gente. como si fuera una ofrenda. Dios iba a recibir un montón de ofrendas aquella mañana.nuestro pasaporte a la libertad. porque el cesto estaba hasta arriba: había cientos de redacciones. en un cesto que habían colocado cerca del altar. El domingo siguiente llevé mi redacción a la iglesia.

cantar. . ¿cómo iban los americanos a decidir quién se iba y quién se quedaba? Me aliviaba pensar que no era yo el que tenía que tomar aquella decisión. Dios mío…. pero yo era incapaz de escuchar lo que decía. pero mi pensamiento no estaba en las canciones: yo no apartaba mi vista del cesto. el sacerdote estaba ya en el sermón. Yo rezaba: «La decisión es tuya. todos los niños del campo se habrían ido a América en el primer autobús. El cesto de redacciones había captado completamente mi atención. Si de mí hubiera dependido. tuya». La música había dejado de sonar. Con tantos niños desesperados entre los que elegir.

El que me había traído a Kakuma con mis tres ángeles tenía previsto cuándo y cómo me iba a ir yo de allí. La redacción que había escrito era la mejor que yo podía escribir. Llegó el siguiente domingo y volví a la iglesia. no de los americanos.Sí. El resto era cosa de Dios. la traducción al inglés que habíamos hecho mis amigos y yo era también la mejor de las posibles. y Él decidiría lo que fuera mejor para mí. Cantamos. suya. leyó la . el cura dio su sermón y. Saber que Dios controlaba la situación me ayudó a despegarme de aquel cesto y volver a mi tienda cuando acabó la misa. al final de la misa. Yo ya no podía hacer más.

Los niños perdidos de Sudán. Pasaron más domingos. ¿Sabes cómo nos llaman por ahí? —Negué con la cabeza—. Los niños perdidos no le importan a nadie. En nosotros no piensa nadie. ¿Para qué? Se acercaba la Navidad. No quise discutir.lista de los niños que habían entregado redacción. Pero no dijo quiénes irían a América. pero seguíamos sin noticias de los americanos. la época . —No tenían ninguna intención de llevarnos allá —dijo uno—. Hacía ya varias semanas que yo había depositado mi redacción en el cesto.

—Por favor. La ONU repartió los pollos. pero sin el entusiasmo de otras veces. el hombre nuevo. . Pensaba en lo que haríamos en la tienda con el pollo que nos iban a dar. el trabajador.del año que más me gustaba. el nacimiento de Jesús. No es fácil entusiasmarse con un pollo cuando estás pendiente de si te vas o no a vivir a Estados Unidos. el día que me convertí en Joseph. tuvimos nuestro pequeño festín y nos fuimos a la iglesia a celebrar la Navidad. El corazón se me puso a mil por hora. Entré en la iglesia y noté algo distinto: el mzungu había vuelto. acercaos cuando lea vuestro nombre.

Procuré calmarme y me . más niños. Me levanté del asiento como un resorte. —Joseph Lopepe Lomong —dijo. Todavía no entiendo cómo no pegué con la cabeza en el techo del salto que di.Leyó el primer nombre y un chico se acercó hasta él. el corazón se me paraba —«¡¿Dirá ahora mi nombre?!»— y contenía la respiración. Más nombres. «¿Qué es eso? ¿Qué hay dentro? ¿Buenas o malas noticias?». Mis amigos aplaudieron y me daban palmadas en la espalda para felicitarme. Le entregaron un sobre. más sobres… Yo estaba muy nervioso. Cada vez que el mzungu abría la boca.

—¿Te vas a América? —preguntó un tercero. —Ábrelo —me dijo un amigo. blanco. no iba a poder controlar mis emociones y. Un trabajador me dio un sobre grande. Si eran malas noticias. —¿Qué dice? —dijo otro. —¡Ábrelo. —¿No te vas a América? —escuché a otro. ¡tampoco! . si eran buenas…. Agarré el sobre con fuerza. No podía abrirlo delante de tanta gente. Lopez! —exclamó otro más dándome un leve codazo. Volví al sitio sintiendo el retumbar de mi corazón.acerqué hasta donde estaba el mzungu.

dije una brevísima oración y respiré hondo.A la salida. —¡¿Qué?! —exclamé. que sabía bastante inglés. Volví a la iglesia. Me fui corriendo a un lugar donde pudiera estar solo. Abrí los ojos para leer mi destino. Abrí el sobre con mucho cuidado. se veían chicos con sobre bailando de alegría y chicos sin sobre desolados. estaba . cerré los ojos. «La suerte está echada. Uno de mis amigos. metiendo el dedo por debajo de la solapa. América o Kakuma: ¿qué será?». No entendía nada. Estaba todo en inglés. excepto mi nombre. incapaces de dar un paso. saqué un impreso de aspecto muy oficial.

—¿Me puedes decir lo que dice aquí? Cogió el papel. lo miró y una amplia sonrisa se dibujó en su cara. Lopez! ¡Te vas a América! . —¡Enhorabuena.allí todavía.

Estaba en la tienda con mis amigos. Me levanté de un salto.9. Sin despedidas Oí el ruido del avión antes de verlo. Todos los niños de mi tienda venían pisándome los talones. cuando escuchamos el zumbido de las hélices. A mí y a un par de amigos míos nos habían dicho que estuviéramos preparados en cuanto aterrizara el avión. cogí el sobre blanco que me habían dado en la iglesia una semana antes y salí corriendo en dirección al aeródromo del campo de refugiados. hablando de América. Íbamos a Nairobi . —¡Ahí está! —grité.

aunque las hélices seguían girando. Un mzungu con gorra de béisbol levantó una mano en la que tenía . no necesitaba para nada conocer el motivo. Me reí y metí la directa. Yo no sabía por qué nos entrevistaban. pero. si todo aquello acababa en América. —Voy a llegar antes que tú —me gritó un chico que intentaba adelantarme corriendo. En un campo de refugiados lleno de niños se compite por todo. El avión se paró por completo.para una serie de entrevistas previas a nuestro viaje a América. Corrí hacia la multitud de niños que se apelotonaban a los lados de la pista de aterrizaje.

Me puse a dar saltos.una tablilla con sujetapapeles. Esta vez no era como la del mzungu de los sobres blancos en la iglesia: esta vez sabía que mi nombre estaba en la lista. —¡Aquí. —Cuando diga vuestro nombre. —Por aquí. subís al avión. aquí! —dije. vamos —dijo el mzungu. Mis amigos se alegraban por mí tanto como . Me abrí paso entre el gentío. Dijo varios nombres antes del mío: —Joseph Lopepe Lomong. sonriendo y agitando el sobre por encima de la cabeza.

—Nos veremos después de las entrevistas —le dije a uno de los niños de mi tienda. Los dos levantaron los .yo. —Ya me contarás cómo son —me dijo—. Un par de niños de mi tienda cuyos nombres estaban en la lista ya ocupaban sus asientos. —¡Pronto iremos todos! —le grité mientras corría hacia el avión. Chicos a los que no conocía vitoreaban y aplaudían. Algún día yo también iré. —Busca un asiento —me dijo mientras me señalaba las escaleras que subían a la parte de atrás del avión. le echó un vistazo y me lo devolvió. E l mzungu cogió mi sobre.

pulgares con una sonrisa al verme. No recuerdo en mi vida niños más contentos que los que íbamos en aquel avión. una encantadora señorita se acercó a mí y me explicó cómo abrochar el cinturón de seguridad. Me senté. excepto el camión militar en el que me llevaron secuestrado los rebeldes y el de los soldados kenianos de frontera que me llevaron a Kakuma cuando tenía seis años. no me había montado en mi vida en ningún tipo de vehículo. Yo no me había montado nunca en nada que llevara cinturones de seguridad. Cuando el avión acabó de llenarse. . Las hélices del avión cobraron vida y el avión empezó a moverse lentamente.

había visto pasar los aviones por el cielo. Cuando el avión despegó y se empezó a elevar. De pequeño. se paró un momento y aceleró.giró ciento ochenta grados. llegando a alcanzar una gran velocidad. me di cuenta de que nos íbamos a Nairobi volando. . con mi padre. Miré por la ventanilla y vi cómo Kakuma se iba haciendo cada vez más pequeño. —¡Esto es genial! —le dije entusiasmado al niño que estaba sentado a mi lado. lo cual me sorprendió porque yo pensaba que aquello era un autobús. pero ni en sueños se me había pasado por la cabeza que yo estaría allí arriba algún día.

Seguramente. mi partida habría . una vez en el avión. Las monjas dominicas que trabajaban en el campo de refugiados para Catholic Charities — una de las instituciones que enviaba niños perdidos a Estados Unidos— nos habían dicho que íbamos a Nairobi para que nos hicieran entrevistas y pruebas. De haberlo sabido.No sabía que aquella sería la última vez que iba a ver Kakuma. pruebas. pero yo nunca asocié entrevistas. no volvería nunca más a Kakuma. vacunas y clases preparatorias con el hecho de que. las monjas nos explicaron también que nos quedaríamos en Nairobi hasta que llegara el momento de viajar a Estados Unidos.

En África la familia está por encima de todo. aunque solo fuera para conseguir un trabajo. No me cabía duda de que. ellos habrían hecho lo mismo por mí. Pero debía irme. ganar dinero y enviárselo a aquellos miembros de mi familia que todavía estaban en Kakuma. tener que dejar a mi familia de niños volvía agridulce mi viaje a América. Durante los diez años anteriores. los niños con los que había vivido se habían convertido en mi familia. .sido muy diferente. Aun así. aunque irme a América me hacía una ilusión tremenda. Y. si la situación hubiera sido la contraria. pensar en los que se quedaban me llenaba de tristeza.

viéndolo ahora de manera retrospectiva. los retretes eran poco más que . *** Después de aterrizar en Nairobi. quizá. porque nunca pensé que aquel iba a ser mi último día en Kakuma. y ya no teníamos que hacer nuestras necesidades en el cauce seco de un arroyo. Yo pensaba que no íbamos a vivir allí más de uno o dos días. afortunadamente—. entiendo bien que tuviéramos que pasar allí una temporada. como en Kakuma.Desgraciadamente —o. unos autobuses nos llevaron al Centro de Niños de la ciudad de Juja. pero. En aquella residencia había servicios. no hubo despedidas.

porque pensaba que todos los blancos eran americanos. El personal de Juja nos dio un curso de rudimentos para la vida en Estados . pero en Juja daba igual. «América debe de ser una cosa así». La mayoría del personal de la residencia hablaba inglés. pensaba yo. no americanos. Había calles asfaltadas. Aprender inglés con acento británico me complicó un poco la vida cuando llegué a Estados Unidos.un agujero en el suelo. se utilizaba luz eléctrica para iluminar. pero eso suponía un gran avance con respecto a lo que yo había conocido durante toda mi vida. yo no sabía entonces que eran británicos. Por la noche. abarrotadas de coches y gente.

—Espero que en el sitio donde me toque vivir no caiga mucho de esto —le . En mi clase favorita nos mostraron una extraña sustancia de color blanco. ¡Caray! ¡En mi vida había tocado nada tan frío! ¿Cómo podía vivir la gente en un sitio tan frío? Entonces lo vi claro: «Ya entiendo por qué los americanos son tan blancos… ¡Por el frío y la nieve!». Yo estaba deseoso de cogerla. muy fría: —Esto es nieve —dijo el profesor mientras hacía una bola con nieve que había sacado de una nevera—. Cae del cielo y se amontona en el suelo durante el invierno de América.Unidos. Pasó la bola por toda la clase. Está muy fría.

sin ni siquiera imaginar que los planes de Dios para mí pasaban por enviarme a uno de los lugares donde más nieva de todo Estados Unidos.dije a uno de los chicos. y. Por lo que nos decían en las clases . El caso es que tengo un vago recuerdo de todas aquellas lecciones. Además de aprender qué era la nieve. un montón de cosas más. seguramente. También nos explicaron cómo utilizar el dinero…. en nuestras clases nos explicaban cuestiones tales como la existencia de unas bandas blancas que sirven para pasar por encima y cruzar así la calle sin que te atropelle un coche. menos de una. De todas.

Hakuna matata significa «no hay que preocuparse».preparatorias. En África. no te . Me reí la primera vez que el profesor dijo aquello. reyes. deja de tener importancia. Si uno dice «Estate aquí a las nueve». lo de «llegar puntual» es un concepto extranjero. lo más importante —con mucho— que uno debía saber sobre Estados Unidos era lo siguiente: «En Estados Unidos no funciona el hakuna matata». jueces. niños de un campo de refugiados…—. eso significa para nosotros «Te espero en algún momento antes del mediodía». hakuna matata. sin más. Para todos allí — presidentes. es una filosofía de vida. es mucho más que una expresión pegadiza. Si llegas tarde. El tiempo.

y a las ocho estábamos todos en la zona de . Aquel monitor hablaba en serio. En Estados Unidos no funciona el hakuna matata. todos los niños con los que compartía habitación tenían entrevista a las nueve. nadie espera que vayas a llegar a la hora. en África. Los monitores nos levantaban hacia las seis y media.preocupes. Nadie. no debes llegar tarde. —Si tienes una entrevista. tampoco. Y aquí. Teníamos que llegar puntuales a todas partes. Tuve mi primera entrevista a las nueve de la mañana. excepto nuestros monitores de Juja. Además. Debes llegar antes —me dijo una vez mi monitor—.

teníamos un nombre y sabíamos nuestra edad . Durante el tiempo que pasé en Juja. A veces esperábamos hasta tres horas. Nos habíamos ido del campo de refugiados sin certificado de nacimiento ni ningún tipo de documento. me hicieron cuatro entrevistas repartidas a lo largo de varias semanas. y yo me preguntaba por qué tenía que llegar tan temprano para luego estar allí sentado esperando. Supongo que nos estaban entrenando por si algún día teníamos que hacer alguna gestión en la Dirección General de Tráfico de Estados Unidos.espera. El primer entrevistador me preguntó por mi pasado. donde nos quedábamos hasta que decían nuestro nombre.

pero no había ningún documento que lo certificara. una mujer me condujo por el pasillo a una sala llena de personas con bata blanca.aproximada. Después de la entrevista. En América no dejan entrar a nadie que no lleve consigo un montón de documentos. me metieron en una habitación donde un hombre me sacó una foto para mi documentación oficial. Cuando el fotógrafo concluyó su tarea conmigo. de las personas con bata blanca uno solo puede esperar dos cosas: que te claven una aguja en el . En los edificios oficiales. la primera entrevista sirvió para iniciar el proceso de elaboración de los mismos.

en cuanto llegásemos a América. hablábamos de que. Además de engordar la carpeta que contenía mi documentación. a los ojos de América. Catholic Charities utilizaba aquella información para seleccionar la familia que me acogería en Estados Unidos. Aunque en Kakuma era de los mayores y había asumido responsabilidades de adulto. buscaríamos . me hicieron preguntas más concretas sobre mi historia.brazo para inyectarte algo o que te claven una aguja en el brazo para extraerte algo. En la segunda entrevista. Entre nosotros. No me quedaron muchas ganas de volver a visitar aquella sala. yo seguía siendo un menor.

trabajo. No podía suspender aquellas entrevistas y tener que volver a Kakuma. las preguntas eran del tipo de «¿Por qué quieres ir a América?». Yo contestaba lo mejor que podía. ¡Me iría a Estados Unidos como fuera! Al cabo de unas semanas. aunque. «¿Qué es América para ti?». en esta ocasión. Yo no sabía entonces que —por el hecho de tener solo dieciséis años— lo que me esperaba era muy distinto. «¿Qué harías si tuvieras que irte a vivir a otro país?». y los entrevistadores hacían todo lo que estaba en su mano para que yo estuviera tranquilo y relajado. empezaron . La tercera entrevista fue del mismo tipo que las dos primeras.

solo sabíamos que estaban en América. En cuanto ponían la lista.a partir niños de Juja con rumbo a América. si aparecía el suyo. Atlanta. Todos los miércoles ponían una lista de nombres en el tablón de anuncios de la residencia. chillaban. cantaban y gritaban el nombre de su nuevo hogar en América. sino también refugiados somalíes. Los nombres nos sonaban muy raros —Chicago. no solo niños perdidos de Sudán. Dos de mis amigos fueron de los . Nueva York…— y ninguno de nosotros sabía nada de ellos. los niños se apiñaban alrededor para buscar su nombre. y no necesitábamos saber más.

Les vi subirse al autobús que les llevó al aeropuerto. En la hoja leyó el siguiente anuncio: «Necesitamos familias de acogida para los niños perdidos de . Mientras tanto. un hombre llamado Rob Rogers había cogido la hoja parroquial al entrar en una iglesia cerca de Siracusa.primeros en ver su nombre publicado en la lista. A los pocos días se fueron de Juja definitivamente. Despedirme de ellos fue fácil: —¡Nos vemos en América! —les dije. Yo seguía buscando mi nombre en la lista todos los miércoles y me preguntaba por qué el mío tardaba tanto en aparecer. Nueva York.

Durante los meses que siguieron. y firmó por los dos el documento para convertirse en familia de acogida. y le dijo: —Creo que deberíamos hacer esto. con lo que Bárbara fue sola a la reunión. No obstante. la que se había vuelto un poco loca era ella.Sudán». Más tarde se lo enseñó a su mujer. Bárbara y Rob asistieron a una serie de clases y el estado de Nueva . Rob tenía un viaje de trabajo. Cuando la reunión acabó. Bárbara. accedió a asistir a la reunión informativa que estaba prevista para el jueves siguiente. Bárbara no lo veía nada claro y pensó que Rob tenía que haberse vuelto un poco loco para plantearle aquello. Ese día.

sino americano recién llegado en un vuelo procedente de los Estados Unidos y funcionario del INS. Finalmente. un monitor me citó para la cuarta y última entrevista. recibieron una carta con la acreditación estatal para ser padres de acogida. el entrevistador no solo era americano. Un trabajador social se encargó de realizar el estudio y de comprobar que no tenían antecedentes policiales. Un día.York investigó minuciosamente todos los aspectos de su vida. Yo no sabía nada de aquello. Todo lo que sabía es que mis semanas en Juja acabaron siendo meses y mi nombre seguía sin aparecer en la lista. Esta vez. el servicio de .

Yo sabía que aquella entrevista era muy importante. —¿Sigues en contacto con tu familia de Sudán? —me preguntó. —Bien…. —No. El entrevistador se quedó callado un momento. desde que me secuestraron cuando tenía seis años. ¿querrías que fueran a Estados Unidos? —Están muertos —le espeté con una gran tranquilidad. —Si los encontraras. vale… ¿Por qué no consideras Kakuma y Juja como tu hogar? .inmigración. creo que mi respuesta le había pillado por sorpresa. Ni los he visto ni he sabido nada de ellos.

—Quiero trabajar duro. ¡Me encanta trabajar! . Soy sudanés. No contestó. —¿Qué quieres hacer en América? La cara se me iluminó con una enorme sonrisa. y en esos sitios nunca podré ser más que un refugiado.—Porque la ley me lo impide. Ese tipo de vida no la quiere nadie. —¿Y por qué no es eso suficiente para ti? —Porque quiero hacer con mi vida algo más que limitarme a sobrevivir en un campo de refugiados. —Le miré a los ojos—.

Me rodeaba un grupo de niños. Habían pasado seis meses desde que me subiera al avión en Kakuma. Salí a ver el tablón de anuncios. Un niño somalí recorrió la lista con un dedo y . Creo que eso es todo. —De acuerdo. *** Llegó otro miércoles. Un monitor acababa de poner la lista de los que se irían a Estados Unidos en el siguiente vuelo. y yo empezaba a preguntarme si tendría algún día la misma suerte. La mayoría de mis amigos ya se habían ido a América. sino que bajó la vista hacia el papel que tenía delante.El americano no me devolvió la sonrisa.

mi nombre no estaba. Una vez más. El corazón se me aceleró y me costaba respirar. sus amigos se pusieron a bailar a su alrededor y yo pensé lo mucho que me gustaría ser tan afortunado.empezó a gritar. volví a mirar. Los somalíes se arremolinaban en . Tuve que sentarme. Recorrí la lista con la mirada de arriba abajo y de derecha a izquierda. en el centro mismo de la lista. La lista de nombres tenía aproximadamente el tamaño de un televisor de pantalla plana grande. no sé por qué. empecé por la izquierda y fui leyendo un nombre después de otro. lo vi. De pronto. Pero.

sus amigos les besaban y daban gritos de alegría. Me había convencido de que había leído mal. Tuve que volver a sentarme. volví a mirar la lista. de arriba abajo. «No puede ser». Un par de ellos encontraron su nombre en la lista. me decía a mí mismo. Al . la columna del medio. ¡Y allí estaba! ¡Justo en el centro! Allí estaban las palabras que llevaba seis meses esperando. que mi nombre no podía aparecer justo en el centro. El corazón se me volvió a acelerar y mi sonrisa era tan amplia que me dolían las mejillas. que debía de ser el de otro niño… Cuando se fueron los somalíes.torno a la lista y yo me senté a un lado observándoles.

No vamos a cambiar nada. y tuve que sentarme de nuevo. —Vale —dije—. «Ahora sí». volví al cabo de unos minutos. Me fui. Me fui a la habitación donde dormía y me senté en mi litera. Cuando volví. y me fui otra vez. Las palabras seguían allí. y otra vez. ¡Vale! Y me fui bailando. Nueva York». a la columna del medio. te puedes ir. Me puse tan nervioso que no conseguía mantenerme de pie. Vale.cabo de unos minutos. volví a la lista. el mzungu que había puesto la lista me dijo: —Una vez que has visto tu nombre. Me fui una quinta vez. me . y otra… ¡Y las palabras seguían allí!: «Joseph Lopepe Lomong. Vale. Siracusa. y volví.

me dije. con lo que no era posible celebrar nada… No quise que ese pensamiento arruinara aquel momento de alegría desbordante. «¡Ha llegado el momento de irse a América!». . Ese era el plan de todos los niños que salían de Kakuma. lo habríamos celebrado. Ese era mi plan. Cómo me hubiera gustado compartir aquel momento con mi familia de Kakuma. sino por los que se quedaban. Nos íbamos a Estados Unidos no por nosotros. Si hubieran estado allí. «Cuando llegue a América conseguiré un trabajo que me servirá para ayudar a mis amigos».dije. Pero ellos estaban en el campo.

para que pudieran tener una vida mejor.Enviaría parte del dinero que ganara para contribuir al mantenimiento de mis amigos. eso es una familia. Si no podían ir a América. . yo les enviaría tanta América como pudiera. Ellos hubieran hecho lo mismo por mí. A fin de cuentas.

«Bienvenido a casa. cuando sea. y el resto de mi familia seguía en Kakuma. Casi todos los que iban en el autobús venían de Somalia o de Ruanda. Hablo con quien sea. Joseph» Me encanta hablar. Un proceso similar al que habíamos seguido los niños perdidos los había llevado a aquel centro de paso para refugiados en Juja. .10. Pero en el autobús que me llevó al aeropuerto de Nairobi no tenía a nadie con quién hablar. donde sea. Los amigos que habían viajado conmigo a Nairobi ya se habían ido.

Los somalíes y ruandeses se reían mientras hablaban en idiomas que yo no entendía. La primera vez que me los puse pensé que eran muy modernos. Todas mis pertenencias se reducían a un billete de avión y a una bolsa que me habían entregado los funcionarios del INS antes . Me sentía ridículo con aquellos vaqueros de corte peculiar. al poco tiempo de vivir en Estados Unidos. me di cuenta de que aquel tipo de pantalones solo los llevaban hombres de mediana edad para jugar al golf. No tenía otra ropa. Todos llevaban ropa y zapatos bonitos. mucho más bonitos que la indumentaria de beneficencia que yo me había traído de Kakuma. no tenía equipaje.

«No os separéis de ella ni se la confiéis a nadie». En el aeropuerto. nos bajamos del autobús y fuimos en fila a una zona de espera. Allí. Ella sonrió y. Yo la agarraba con tal fuerza que me dolía la mano. nos dijeron.de subirme al autobús. los mzungu que se encargaban de nosotros nos dieron una barra de pan y una lata de Fanta a cada uno. «No soltéis esta bolsa». —¿Para mí solo? —le pregunté a una de ellos. me . y eso que todavía no había llegado al aeropuerto. Dentro estaban los papeles que me garantizaban la entrada en los Estados Unidos. sin contestarme.

Me senté en el suelo. Me daba remordimientos disponer de tanta comida solo para mí. Sin embargo. pero no sabía qué hacer con el pan. separado de los somalíes y ruandeses. Me bebí la Fanta. con media barra de pan podrían haber comido diez personas. En Kakuma. pero me gustaba. . Lo olí y le di un pequeño mordisco. no conseguí disfrutarlo porque tenía la sensación de que en cualquier momento aparecería un funcionario para reñirme por no haber compartido el pan con nadie. tenía un sabor que no se parecía a nada que hubiera comido antes.hizo un gesto indicándome que me sentara. Nunca había comido pan.

allí en el aeropuerto. Dos refugiados se dieron cuenta de mi asombro y me gritaron algo. Yo observaba cómo le daban un par de mordiscos al pan y tiraban el resto al suelo. y no daba crédito a lo que estaba viendo. Durante diez años. sin desperdiciar ni las migas… Pero. mis amigos y yo solo habíamos hecho una comida al día. la comida no parecía preocuparles lo más mínimo. pero por la cara que pusieron es seguro que no me estaban deseando un buen día. Me fui al extremo opuesto de la zona de espera hasta que .El resto de los refugiados que esperábamos nuestro vuelo no se andaban con tantos miramientos. no entendí qué decían.

No tuve que esperar mucho. Las luces que destelleaban en las puntas de las alas se reflejaban en los cristales de los ventanales. La fila siguió avanzando y me tocó el turno. La fila . Yo tampoco había visto nunca ventanas de cristal. A través de la cristalera vi el avión más grande que había visto en mi vida.los mzungu nos dieran instrucciones. y todos se levantaron y se pusieron en fila. miró la foto de carnet que había en ella y me miró a mí. Un hombre de aire muy funcionarial cogió el impreso I-94 de mi bolsa. Los mzungu dijeron algo en inglés que no entendí. sonrió e hizo un gesto indicándome que avanzara. yo me uní a ellos.

siguió por una puerta que conducía al
exterior. ¡Caray! ¡El avión era
gigantesco! Allí dentro cabía un pueblo
entero.
«¡Suerte! ¡Enhorabuena!», oí que me
decían. Me volví y vi un montón de
gente detrás de una valla. La valla me
recordaba aquella valla por la que mis
amigos y yo nos habíamos escapado la
noche de nuestra huida del campo de
prisioneros rebelde. Los que estaban
detrás de la valla sonreían y me
saludaban con la mano tan emocionados
que me pregunté si no irían ellos
también a América. Yo les saludé con la
mano; todos los que estábamos en la fila
dirigiéndonos al avión les saludamos

con la mano. Aquello parecía una
marcha triunfal.
La fila llegó a la escalerilla que
subía al avión. Miré hacia arriba: el
avión era incluso más alto de lo que me
había parecido. Seguí hasta la
escalerilla; despacio, puse un pie en el
primer peldaño: ¡tenía un pie en África y
otro en América! Sentí una enorme
alegría. Volví la vista hacia la gente de
la valla, les volví a saludar y subí
corriendo por
la escalerilla. Todo el sufrimiento de
Kakuma, el dolor de la guerra civil de
Sudán, mi tierra natal… Todo aquello se
quedaba abajo. Cada peldaño que subía
me llenaba de paz.

—Bienvenido —me dijo, con acento
americano, una mujer muy guapa al final
de la escalerilla—. Encantados de
tenerte a bordo.
Sonreí.
—Gracias —dije con el mejor
inglés que pude.
Me cogió el billete.
—Sígueme —me dijo.
La seguí por uno de los dos pasillos
del avión. ¡Qué cantidad de asientos! En
el centro había filas de cuatro asientos y,
a los lados, junto a las ventanas, filas de
tres. Retrocedimos la mitad de lo que
habíamos andado y me indicó que me
sentara en un asiento que estaba en el
centro junto al pasillo.

—Gracias —dije.
—De nada. Ahora abróchate el
cinturón —dijo.
Me encogí de hombros, ya que no
tenía claro qué debía hacer. La mujer
cogió los dos extremos del cinturón, me
lo abrochó, me dio una palmadita en la
pierna y me dijo:
—Buen vuelo. Nos alegramos de
tenerte con nosotros.
Le sonreí. La mujer se fue y yo me
arrellané en el asiento. Saqué una tarjeta
del bolsillo del asiento de delante: era
un esquema del avión. Fue entonces
cuando me enteré de que aquel avión era
un 747.
A ambos lados, los asientos se

fueron ocupando. Saludé en swahili a la
mujer somalí que se sentó en el asiento
de al lado, pero no me entendió. Dijeron
algo en inglés por la megafonía; el que
hablaba se llamaba a sí mismo capitán:
fue lo único que entendí. Pocos minutos
después, el avión se movió marcha
atrás, se paró y empezó a moverse hacia
adelante. Me incliné para intentar ver
por la ventanilla; se veían algunas luces
al pasar, pero, por lo demás, todo estaba
oscuro. El avión seguía avanzando,
balanceándose ligeramente. El balanceo
y el hecho de no poder ver fuera me
recordaron al camión en el que me
habían metido hacía tantos años. A
diferencia de aquel viaje, en este todo el
mundo sonreía; nadie parecía asustado,

nadie lloraba… ¡Este viaje a América
iba a ser mucho mejor!
El ritmo cambió cuando el avión
giró por última vez y redujo su
velocidad hasta que se detuvo. Entonces,
los motores empezaron a hacer mucho
ruido y el avión fue cogiendo velocidad.
La fuerza de la inercia me echó hacia
atrás en el asiento, cada vez íbamos más
rápido, los motores rugían y se
escuchaba el ruido de las ruedas en
contacto con el suelo de la pista. De
pronto, la parte delantera del avión se
elevó y el ruido de las ruedas cesó:
estábamos en el aire. Hice todo lo que
pude para mirar por la ventanilla. A lo
lejos se veían algunas luces en el

horizonte; el avión se ladeó en dirección
contraria y las luces desaparecieron en
la oscuridad. No importaba: aunque
fuera no se viera nada, yo tenía una
enorme paz porque sabía que volábamos
rumbo a América.
Poco tiempo después de despegar,
las azafatas aparecieron por los pasillos
empujando un carro. Cuando estuvieron
a mi altura, una azafata sacó una bandeja
de comida y se la pasó a la mujer que
estaba sentada junto a mí; sacó otra para
dármela a mí, pero yo no tenía dinero
con que pagar; y, además, me había
comido una barra de pan entera antes de
embarcar. Le hice un gesto con la mano
y dije:

—No, gracias.
—¿Estás seguro? —me preguntó la
azafata.
—Sí —contesté.
El carro continuó su camino por el
pasillo. Todos a mi alrededor tenían su
bandeja de comida. Olía muy bien, pero
yo podía esperar a llegar a América
para comer. América no debía de estar
muy lejos.
Unas horas después de despegar, se
volvió a escuchar la voz de la
megafonía. El avión redujo su
velocidad, hizo un par de giros y
empezó a descender. Por la ventanilla,
yo veía las luces que se movían en las
calles bajo nosotros. El avión aterrizó.

Aquello debía de ser América.
—Bienvenidos a El Cairo —dijo el
capitán.
Yo sí sabía que El Cairo no era
América. Seguíamos todavía en África.
Cuando el avión se paró, fui a
levantarme, pero la azafata me detuvo:
—No, todavía no.
Hice lo que me decían. Se bajó gente
del avión y subieron otros. Finalmente,
se cerraron las puertas, el capitán dijo
algo por la megafonía y volvimos a
despegar.
Al poco de despegar, volvieron las
azafatas con bandejas de comida. Me
hacía ruido el estómago a la vista de
aquella comida, pero seguía sin tener

dinero. Cuando se acercó la azafata
volví a hacerle un gesto con la mano y le
dije:
—No, gracias.
La mujer que se sentaba a mi lado
me dijo en inglés:
—Come.
La azafata me miraba con una
expresión con la que me decía que, por
favor, por favor, cogiera aquella
comida. Pero yo no podía. ¿Cómo iba a
pagarla? Lo último que yo quería era
llegar a América con una deuda por lo
que había comido durante el viaje.
El tiempo del vuelo me lo pasé
sentado en el asiento sin levantarme ni
una vez, sin ni siquiera desabrochar el

cinturón. Seguía agarrando con fuerza la
bolsa del INS: me habían dicho que no
me separara de ella y eso era
precisamente lo que estaba haciendo.
Por la ventana se veía la noche
convertirse en día y el día convertirse en
noche. El viaje a América estaba
durando mucho más de lo que yo había
pensado.
Aterrizamos. «Por fin», me dije,
«¡América!».
—Bienvenidos a Pekín, China —
dijo el capitán.
Aquello seguía sin ser América.
Cuando el avión se paró, permanecí en
mi asiento. No tenía ningún motivo para
bajarme del avión en China. Algunos se

bajaron y otros subieron. Cuando todos
estuvieron en sus asientos, el avión se
separó de la puerta de embarque y
volvió a despegar.
Como de costumbre, al poco tiempo
de despegar, apareció el carro de la
comida.
—No, gracias —volví a decir, como
en las anteriores ocasiones.
Para entonces, tenía mucha hambre.
Pero seguía sin tener dinero. Y, sin
dinero, no se come. Eso lo sabe todo el
mundo.
La
azafata
puso
cara
de
preocupación cuando rechacé su oferta
por tercera vez. Dejó el carro y se fue
hacia el sitio donde almacenaban la

comida. Entre tanto, la mujer somalí me
ofreció un panecillo de su bandeja.
Tenía
demasiada
hambre
para
rechazarlo y me lo zampé.
La azafata llegó cuando ya había
acabado con el panecillo.
—Coge la comida, por favor —dijo.
—No tengo dinero —le dije con mi
mejor inglés.
La azafata me sonrió.
—Gratis —dijo.
«¿Gratis?». Esa palabra sí la
conocía.
—Vale —dije.
Me puso la bandeja delante. No
identifiqué toda la comida, pero, a

aquellas alturas, estaba demasiado
hambriento como para que eso me
preocupara. Me comí el pollo en salsa y
unas patatas. Junto al pan había una cosa
pequeña envuelta en una especie de
papel de plata que yo no había visto
nunca; la desenvolví y me la metí entera
en la boca. Al verme, la mujer somalí
me explicó cómo debía poner aquello en
el pan.
—Mantequilla —me dijo.
Me encogí de hombros y seguí
comiendo. Lo único que no me comí de
la bandeja fue una cosa verde, como
hojas de plantas. Lo probé, pero no
sabía muy bien.
Cuando acabé la bandeja de comida,

la azafata me trajo otra.
—Vale —dije con una sonrisa.
Me lo comí todo a la misma
velocidad que lo de la primera bandeja.
Llevábamos mucho tiempo en el avión y
yo tenía un hambre atroz.
Por la ventana se podía ver que la
noche había vuelto a dejar paso al día.
En el horizonte solo se veía agua;
después supe que, para ir de Pekín a
Nueva York, habíamos volado por
encima del Polo Norte. Los párpados se
me caían, pero hice todo lo posible para
que no me dominara el sueño: no quería
llegar a América dormido.
Por fin, se escucharon por la
megafonía las palabras del capitán que

A lo lejos se veían los enormes edificios de la ciudad. el lugar con el que llevaba soñando tanto tiempo. por la emoción. yo tenía la impresión de seguir volando. Yo no había visto nunca nada igual. Había permanecido todo el tiempo sentado en . Ni siquiera me había levantado para ir al baño ni para nada. Cuando el avión aterrizó.yo estaba esperando oír: —En breve. Aquello era América. El avión se detuvo y me levanté por primera vez desde que saliéramos de Nairobi. aterrizaremos en Nueva York. El avión redujo su velocidad y se ladeó una o dos veces.

Abrí la bolsa y se la acerqué. sacó el impreso I94 y le puso un sello. me dolían las piernas. Cuando me puse en pie. ese impreso me . agarrando aquella bolsa de la que me habían dicho que no me separara. Iba vestido de uniforme y llevaba una placa. pero no me importaba: ¡estaba por fin en América! Los pasajeros se fueron bajando del avión en fila. —Tengo que ver lo que llevas en la bolsa —me dijo. y llegó a un sitio donde había un hombre sentado detrás de un cristal. en la manga tenía cosida una bandera de Estados Unidos. unas escaleras.mi asiento. la fila continuó por un pasillo.

hablaban. Siguiente. Como he dicho. reían. pensaba que el frío de Estados Unidos los volvía blancos a todos. —Ahí tienes —dijo—. Yo pensaba que sí. El resto de inmigrantes y refugiados . Miró mi billete de avión y me condujo hacia otra parte de la terminal. Fue entonces cuando me di cuenta de que no todos los americanos son blancos. La mayoría eran blancos. Yo no sabía muy bien adónde dirigirme.autorizaba a entrar como inmigrante en los Estados Unidos. pero no todos.. los americanos caminaban. A mi alrededor. pero enseguida se acercó un trabajador del aeropuerto para ayudarme..

del avión se habían ido en otras direcciones. A diferencia del vuelo . y me senté a esperar mi vuelo. Busqué un asiento en la zona de espera. me había quedado profundamente dormido. No recuerdo nada desde el momento que me senté hasta que un hombre que trabajaba para la compañía aérea me despertó: —No podemos irnos sin ti —me dijo. yo era el único que iba a Siracusa. Para entonces ya sabía abrochar el cinturón. nada más sentarme. El avión que iba a Siracusa era mucho más pequeño que el que venía de Kenia. Por lo visto. sin soltar mi bolsa. junto a la puerta de embarque.

el único que iba a América por primera vez en su vida. ya habíamos empezado a descender para aterrizar. Yo iba sentado solo y comentaba todas estas cosas en un monólogo interior. su risa me hizo sentir que mi destino era incluso mejor de lo que esperaba. el vuelo de Nueva York a Siracusa no pasaba por China. Detrás de mí había dos chicas que hablaban y se reían mientras veían una película en un reproductor de DVD portátil.anterior. A Dios gracias. en aquel avión yo era el único africano. al poco de despegar. y me pareció que. Por la ventana se veía una tierra verde. No sé por qué. muy verde: yo .

Al salir del pasillo. Me quedé parado un momento. Esta vez no me ofrecieron comida. Aterrizamos y. después supe que aquel pasillo era un túnel articulado para embarcar y desembarcar al que llaman finger. así que seguí la fila. pero sí un pequeño vaso de una bebida con burbujas. La puerta del avión daba a un estrecho pasillo. Yo no sabía muy bien qué hacer. cuando el avión se detuvo. todos los pasajeros se levantaron y fueron saliendo en fila del avión. había un enorme hall.nunca había visto nada tan verde. y busqué con la mirada algún trabajador como el que me había ayudado en el .

La mujer sostenía en alto un cartel con unas palabras en inglés que yo entendí. . tenía un sitio al que podía llamar mi casa. Joseph». muy sonrientes. Justo delante del sitio por el que yo había salido había un hombre y una mujer blancos. Eran solo cuatro palabras. Diez años después de que los soldados rebeldes me arrancaran de los brazos de mi madre. Fue entonces cuando los vi. pero eran las mejores palabras que yo había leído nunca: «Bienvenido a casa.aeropuerto de Nueva York.

11. La tierra prometida Mi nueva familia me recibió en el aeropuerto con abrazos y besos. —Pero nos puedes llamar mamá y papá —dijeron. Un hombre con pinta de funcionario estaba con ellos. Se presentaron como Rob y Bárbara Rogers. Me encantaba pronunciar esas palabras. Intentó coger la bolsa a . Hacía mucho tiempo que no llamaba así a nadie. Mamá y papá era más fácil de recordar. A mí nunca me había abrazado ni besado un blanco. —Vale —dije.

—Tranquilo. Bienvenido a América. El funcionario revisó la documentación que contenía la bolsa y dijo: —Está todo en regla. y así lo hice. —Sí —contesté. Mamá y papá sonrieron e hicieron un gesto para que le diera la bolsa. pero me resistí.la que yo me había aferrado al subirme al autobús camino del aeropuerto de Nairobi. Y se fue con mi bolsa. —¿Tienes equipaje? —me preguntó papá. trabajo para el gobierno —dijo. hacía ya más de treinta horas. .

—Estupendo. Mamá me cogió de la mano cuando empezamos a andar. yo pensaba que sabía mucho inglés. Yo sentía las piernas débiles y estaba bastante atontado. Aunque fuera lucía el sol.No tenía ni idea de lo que significaba la palabra «equipaje». Pues vamos a recogerlo a la cinta —dijo papá. Mamá me hizo varias preguntas. Antes de salir de Kenia. Sabía que «sí» era una palabra que yo podía usar siempre sin resultar maleducado. Mi inglés era muy limitado. mi cuerpo me decía que era media noche. pero dije que sí. pero . Lo último que yo quería era ofender a aquellas personas. pero yo no entendía nada.

Yo asentí con la cabeza. Mamá me llevó fuera. —Dime cuál es la tuya —me dijo papá. El aire era . papá me cogió el billete de avión y lo miró. miró entonces a mamá con un gesto y dijo: —Voy a por el coche. Una maleta detrás de otra pasaba por delante de nosotros en la cinta. Cuando la gente se había llevado casi todas las maletas. No entendía qué hacíamos allí viendo maletas.una cosa es recitar palabras y expresiones en una clase. y otra muy distinta es que te bombardeen con frases complejas dichas con un acento que te resulta incomprensible.

Por la carretera. Llevaba muchas horas respirando el aire reciclado del avión. Bajé la ventanilla y saqué la cabeza. aquel coche no se parecía a ninguno de ellos. Me imagino lo que mamá y papá pensarían en aquel momento. Papá llegó al volante del coche más espectacular que yo había visto en mi vida. tan nuevo. no veía más que árboles muy verdes. mirara a donde mirara. que me sentí como un rey al subirme a él. el coche se veía tan elegante. pero yo no era consciente de . hierba muy verde y un cielo azul precioso. La pintura verde relucía. como los perros. En Kakuma solo se veían camiones del ejército y Jeeps.cálido y olía muy bien.

que mis reacciones no encajaban en lo que se consideraba normal allí. por detrás. Nos acercamos al mostrador. ¿Y qué mejor modo de hacerlo que sacar la cabeza por la ventanilla? —¿Tienes hambre. aunque mi estómago no sentía la necesidad de comer. Aparcamos junto a un restaurante y entramos. Yo quería respirar aquel aire dulce y fresco y absorber el paisaje que se ofrecía a mi vista. Joseph? —me preguntó papá. había fotos de toda la comida del . —Sí —contesté. El olor de tantos tipos de comida diferentes me produjo una especie de dolor de cabeza. encima.

menú. —Para los tres. Aquel debía de ser uno de los mejores restaurantes de toda América. tenía el estómago un poco revuelto después de día y medio viajando en avión. Desenvolví la hamburguesa. ¡Qué cantidad de comida para elegir! Tanta variedad me resultaba mareante. ¿no? —pregunté. Por un lado. Tiempo después me enteré de lo que era un MacDonald’s. Papá pidió una hamburguesa de pollo para mí. Pero. el problema era que al mirar aquel enorme trozo de pollo metido en . para ti solo —contestó. Yo no sabía ni qué era qué. sobre todo. —No. pero me costaba comérmela.

Puedes tirar lo que no quieras. Cuando volvimos a estar en la carretera. No podía estar bien que yo tuviera tanto cuando ellos se tenían que conformar con tan poco. Cogí la hamburguesa y me la llevé al coche. Di varios mordiscos y volví a envolver el resto para más tarde. ¿Quieres . —En casa tenemos comida —dijo papá—. Por supuesto que no podía.el pan me acordaba de cómo los diez niños de mi tienda compartíamos el único pollo que nos daban en Navidad y Pascua. mamá se volvió y me dijo: —Tenemos una sorpresa para ti. Papá se ha encontrado con algunos amigos tuyos aquí en Siracusa.

—Nos preguntó por ti —dijo Simon riéndose—. estaba al aparato. de Kakuma. mientras caminaban por el centro de Siracusa.hablar por teléfono con ellos? —Sí —dije. Me contó que papá se había encontrado con él y otros niños perdidos. ¡y le dijimos que comes como una bestia y que hablas por los codos! Mamá y papá no pudieron comprobarlo hasta pasado un tiempo. Me pasó un teléfono móvil. Era la primera vez en mi vida que hablaba por teléfono. Mi amigo Simon. ¡Qué maravilla era oír swahili! Simon se había ido de Kakuma unos meses antes que yo. .

el más intenso que yo habría podido imaginar. El agua era de un azul intenso. pero en inglés todavía no. La dejamos para coger una carretera secundaria más estrecha. .Me encantaba hablar. y después cogimos otra más estrecha todavía. Llegamos a un alto desde el que se divisaba un lago en el que había muchos barcos y motos de agua. cuando papá detuvo el coche en un caminito que daba al garaje de una casa y dijo: —Ya estamos en casa. Yo estaba absorto contemplando el lago. El viaje a casa nos llevó por una carretera de cuatro carriles. la más lisa que yo había visto nunca.

¿Casa? No. a mí me parecía enorme. al menos. en la orilla del lago. un embarcadero. la distancia de un extremo a otro de la casa —tanto en la fachada como de fondo— era enorme…. La casa era enorme. debía de haber un error. Me parecía increíble… Más allá de la casa se veía una carpa y. detrás. en el caminito había otros tres vehículos. aparte del coche en el que acabábamos de llegar. En Sudán todas las casas son redondas y pequeñas. La casa de mamá y papá era larga y alta. Era imposible que yo fuera a vivir en un sitio así: un sitio tan grande y tan bonito… Para empezar. Joseph. —Vamos. Te voy a enseñar .

Papá se dio cuenta y me acercó a ellas.la casa —dijo papá. me haría subirme a un camión y me llevaría al sitio previsto: alguna residencia del estilo de la de Juja. pero sí reconocí cuatro bicicletas que estaban en un lado del garaje. . —Sí. ¡Caray! ¡Cuántos aparatos! La mayoría de las cosas no sabía ni lo que eran. vale —mascullé. Esa es la de nuestro hijo Rob. Estaba convencido de que en cualquier momento aparecería un funcionario. —Esta es la mía —dijo señalando una—. —Este es el garaje —dijo papá levantando el portón.

esta es la tuya. Después de la bicicleta. había pensado que yo pudiera llegar a tener una. Nunca jamás.aquella es la de mamá. —¿Mía? —Claro. me parecía imposible que mamá y papá pudieran enseñarme nada mejor. si la quieres… Vamos fuera. ni en mis sueños más descabellados. Yo los veía montar en sus bicis cuando salía a correr alrededor de Kakuma. creo que hay algo que te va a interesar. Y esta —añadió mientras daba unas palmaditas en el sillín de una bicicleta completamente nueva—. En Kenia solo tiene bicicleta la gente muy rica. ¡Y aquella .

¿Quién no iba a querer una cosa tan maravillosa? Seguí a mamá y a papá a la parte de atrás de la casa. ¡había suficientes . me había dicho papá. o quizá era debido a que jugábamos al fútbol todo el día. Los trabajadores de la ONU nos trajeron alguna vez balones de verdad. Lo que allí vi me pareció increíble.bici era mía! «Si la quieres». En el campo de refugiados. Papá abrió la puerta de un cobertizo. debido al calor. En el interior de aquel cobertizo. pero no duraban mucho. jugábamos al fútbol todos los días con una pelota hecha de trapos. Bromeábamos sobre lo que debería de ser jugar con un balón de verdad. todos los días.

En la Biblia.balones como para jugar en Kakuma durante todo un año! —Nos dijeron que te gustaba el fútbol. una camisa y un par de zapatos. ¿Valdrá con estos? —dijo papá. Yo estaba en una tierra prometida que manaba bicicletas y balones de fútbol. Treinta y seis horas después estaba rodeado de riquezas que no eran comparables a nada con lo que yo hubiera soñado nunca. los hijos de Israel soñaban con una tierra prometida que manaba leche y miel. «¿Y cómo había llegado allí?». Me quedé con la boca abierta. me preguntaba. un niño perdido de Sudán con un pantalón. Treinta y seis horas antes era un pobre niño. .

Dijo algo sobre enseñarme a utilizar todo aquello. Aquello era demasiado bueno para ser cierto. por si quieres aprender —dijo papá. Mi mente estaba demasiado ocupada pensando en todos los balones de fútbol que estaban allí esperando a que los usara. pero también tenemos algunos balones. pero no le entendí. La cuestión era cuánto tiempo tardarían aquellas personas estupendas en darse cuenta de que había habido un error y en enviarme al sitio que en realidad me . Entonces me mostró las cañas de pescar.—No sé si juegas al baloncesto. Aquel no era mi sitio. la moto de agua y el resto de material deportivo que había en el cobertizo.

aquella pequeña caseta.correspondía. era más grande que las casas que yo había visto en Kakuma. —¿Quieres ver la casa? —preguntó mamá. Aquel cobertizo. —Disculpa el desorden —dijo mamá—. La pregunta me sacó de mi ensimismamiento. . Este es el lavadero. ¿Es que había más cosas que ver? Me sentía incapaz de asimilar más cosas… Anduvimos sobre la hierba más verde que había visto nunca hasta la puerta de atrás de la casa. Yo pensaba me darían una esterilla para dormir y que viviría en la caseta.

Y eso de las burbujas me había gustado. Me parecía estar soñando: la primera bebida con burbujas que había tomado en mi vida era la Fanta que me habían dado en el aeropuerto de Nairobi. así . En América. me había gustado mucho. los lavaderos tienen grandes lavadoras y muchas cosas más. ¿Qué había hecho yo para merecer estar en aquel sitio? Mamá y papá seguían andando. Por lo visto.En Kakuma. el equipamiento de nuestro lavadero se reducía a un cubo de veinte litros. a mamá y a papá también les gustaba. A ambos lados de la habitación había estanterías repletas de comida y botellas de Coca-Cola.

—Y esta es la sala de estar — continuó mamá. Ahí tienes la nevera. Me llamó la atención la televisión. un dormitorio que habitualmente no ocupaba nadie. . Los cables que salían por detrás no estaban conectados a una batería de coche y la pantalla era mucho más grande que la del pequeño aparato en blanco y negro en el que yo había visto correr a Michael Johnson. y la despensa está ahí. —Esta es la cocina —dijo mamá—.que procuré no distraerme y quedarme atrás. La siguiente habitación la llamaban la habitación de la abuela.

—¿Mi habitación? —dije. Subimos un tramo de escaleras y. No entendía por qué mamá y papá no sabían responder a aquella pregunta. —Sí. ¿dónde pensabas que ibas a dormir? No me atreví a contestar. claro —dijo mamá—. Eran gente estupenda. ¿Cómo se les ocurría pensar que un niño perdido como yo podía vivir en su casa? Decidí disfrutar de aquel lugar hasta que recuperaran la cordura y todo se aclarara. pero parecían muy ingenuos. al llegar al descansillo. .—Vamos al piso de arriba. avanzamos por un pasillo. a tu habitación —dijo mamá.

Nuestra habitación está al fondo del pasillo. ¿no? —Sí —dije. —Esta es la puerta que da a tu baño —dijo papá—. Fuera. señalando una puerta a mi derecha—. . abriendo la puerta de una habitación que tenía aproximadamente el tamaño de la tienda en la que yo había vivido con otros diez niños durante diez años— es tu habitación. Entré con mamá y papá en la habitación. Y esta —dijo. Ya sabes cómo funciona la cisterna. —¿Para mí? —Sí —dijo. estaba oscureciendo.—Esta es la habitación de Rob — dijo mamá.

—¿Necesitarás alguna cosa? —dijo mamá. Uno siempre hace sus necesidades fuera de la casa. jamás.Todavía no se habían dado cuenta de que yo decía que sí a todo. Lo cierto es que yo nunca había visto un baño en el interior de una casa. Joseph. —Estupendo. —No. sus necesidades dentro de la casa de otra persona. gracias —dije. y las toallas están en ese armario —dijo papá. —También tienes ducha. y mucho menos en una casa tan bonita como aquella. En África nadie hace nunca. para no «profanarla». Te dejamos .

pero nunca pensé que la abundancia fuera a ser para tanto. pero nunca soñé que me fueran a dejar dormir en su casa. Sí había pensado que debía de haber gente en Estados Unidos que tendría muchísimas cosas. Hasta la . Salieron de la habitación y me dejé caer sobre la cama. ni siquiera una o dos noches.para que descanses. Si nos necesitas. estamos al fondo del pasillo —dijo papá. —Vale —dije. la tierra de la abundancia…. Tenía la cabeza como un bombo por todo lo que había visto y oído desde que había salido del avión. Ya me habían dicho que América era una tierra prometida.

pensé en acostarme en el suelo.cama era de cuento de hadas. Aquella cama era tan blanda que se me hacía incómoda. la cabeza me daba vueltas. Mi cuerpo estaba pidiendo a voces dormir y . Yo había dormido toda mi vida en una esterilla de plástico y no sabía lo que era reposar sobre algo mullido. Tendido en aquella cama tan mullida. pero no quería disgustar a los Rogers. la ONU nos daba esterillas para protegernos de los escorpiones durante la noche. con lo que allí es donde debía acostarme: no podía saltarme las normas la primera noche que pasaba en América. ellos me habían dicho que aquella cama era para mí.

América era mucho más de lo que yo había soñado…. Me quité los zapatos y me metí entre las sábanas. . me tapé los ojos con la manta.yo quería concedérselo. ¡y solo llevaba allí unas horas! Me preguntaba qué más me esperaba. y yo no sabía cómo apagarla. Supuse que en América la gente dormía con la luz dándole en los ojos. pero la luz de la lámpara del techo me daba en los ojos.

aturdido. así que agradecí que mamá me estuviera esperando con comida para . Niño otra vez Me desperté temprano. «Ojalá pudieran estar aquí conmigo mis amigos de Kakuma». Volvía a tener hambre. me levanté. pero lo estaba padeciendo en grado sumo. A eso se unía un tremendo remordimiento de conciencia: mi habitación era tan grande y tan bonita que me parecía mal que todo aquel espacio fuera solo para mí.12. me repetía una y otra vez. No sabía todavía lo que era el jet lag. Cuando oí a mamá y papá andando por la casa.

—Ya…. Joseph. Papá miró a mamá con gesto de perplejidad. No hay problema. pero creo que podemos arreglarlo. —A mí no me mires —dijo mamá—. —Muy bien. Después de desayunar. en casa de los Rogers se comía más de una vez al día. me gustaría correr y luego jugar al fútbol. . ¿Cuánto quieres correr? —Treinta kilómetros. me entraron ganas de hacer algo que no había podido hacer durante los seis meses que pasé en Nairobi: —Papá —dije—.mí. esto… Es que no controlo mucho el sistema métrico. A diferencia de Kakuma.

Jim era el entrenador del equipo de cross del instituto. Papá sacó el móvil de un bolsillo y salió de la cocina. ¿Por qué no llamas a Jim Paccia? Seguro que él lo sabe. Se volvió hacia mamá y dijo: —¡Eso son dieciocho millas! A mamá se le abrieron los ojos . treinta —dije. Volvió a los pocos minutos con cara de susto. —¿Estás seguro de que quieres correr treinta kilómetros? ¿No serán trece? —No.Yo no tengo ni idea de cuánto son treinta kilómetros. Papá se quedó boquiabierto.

pero papá me .como platos. Joseph. se volvió hacia mamá y le dijo—: Jim está viniendo. —Gracias —dije. Yo no entendía que aquello les sorprendiese tanto. Me dirigí a la puerta. pero se acerca. con lo que a mí me parecía que les estaba pidiendo algo muy normal. Si sigues por ella acabarás en la presa. Todo el que quería jugar al fútbol en Kakuma tenía que correr antes treinta kilómetros. —Entonces. Ida y vuelta son catorce millas. que es como un gran muro. No llega a treinta kilómetros. creo que lo mejor es que corras por la carretera que pasa por delante de la casa. —Bien.

Eran de mi talla. —Creo que estas son de tu talla. yo siempre había corrido descalzo. No puedes correr descalzo por la calle —dijo. No entendí por qué me decía aquello. —Espera.detuvo. ni me quejé ni intenté quitármelas: papá había dicho que me las pusiera y yo me las ponía. En Kakuma me habían enseñado que las normas están para cumplirlas. Se acercó a un armario del que sacó un par de zapatillas de deporte de las baratas. sin embargo. pero mis pies no estaban acostumbrados. .

Las zapatillas hacían que sintiera los pies pesados y un tanto descontrolados: impedían el contacto entre las plantas de mis pies y la tierra que pisaba.Salí disparado por la puerta y empecé a correr por la carretera. descalzo me habría abrasado. por muy incómodo que me sintiera corriendo calzado. Al cabo . «Estas malditas zapatillas…». y me di cuenta de que. También notaba que podía correr a más ritmo sin jadear. notaba en los pies el calor del asfalto. más húmedo que el de Kenia. era maravilloso poder volver a correr. Aun así. El aire que me llegaba a los pulmones parecía más pesado. A pesar de las zapatillas.

pero de tronco corto. y estaba flanqueada por árboles enormes. aquellos árboles de Nueva York eran anchos y altos. yo no había visto nunca árboles tan altos.del tiempo me enteré de que me había pasado la vida corriendo a bastante altura y que Siracusa está a menos de ciento veinte metros sobre el nivel del mar. En los jardines se veía gente de raza blanca ocupada en el cuidado de sus parterres de flores o con . Tenía la sensación de que allí podía correr sin parar y no cansarme nunca. Las acacias son árboles de copa ancha. La carretera de la presa pasaba junto a casas preciosas con jardines cuidadísimos.

Los perros ladraban a mi paso. se utilizan como protección. no conozco a nadie allí que no tenga alguna cicatriz por haberse acercado demasiado a un perro. los perros nunca son encantadoras mascotas. En África. En dirección contraria. pero no me importaba. la carretera iba cuesta arriba. lo que me hacía aumentar el ritmo. Cuando me quise dar cuenta. y los hay también salvajes que viven en manadas. Correr me ayudaba a evadirme de problemas y preocupaciones. había llegado a la presa y corría de vuelta a casa. Ni siquiera pensé en el error que habían cometido enviándome a aquella casa ni .máquinas cortacésped.

pasé junto a un hombre que estaba esperando por mí. amigo de los Rogers. Supe que estaba esperando por mí porque en cuanto pasé a su lado se puso a correr a mi altura: —Hola. El hombre empezó a jadear y a .en que no tardarían en venir a buscarme para llevarme a otro sitio: me tenía absorto la sensación que me producían el contacto de mis pies con aquella carretera tan lisa y la caricia de la brisa sobre mi cuerpo. —Hola —dije sin bajar el ritmo. Cuando quedaba algo más de kilómetro y medio para llegar a casa de mamá y papá. soy Jim Paccia. Joseph.

Sí que corres rápido… —dijo entre jadeo y jadeo. desde luego. correr lento es algo que no hago: mis padres me habían apodado Lopepe. No entendí lo que me decía. —¿Quieres una? —preguntó. —¡Caramba!. por algo.. El hombre desapareció detrás de mí. y. y fui directo al cobertizo a por un balón de fútbol. Al escuchar aquello de que corría lento.hablar con dificultad. Seguí corriendo hasta el jardín. Y metí la directa.. «veloz». pensé que me había dicho que corría muy lento. detrás de la casa. Mamá apareció con una botella de Coca-Cola. . pensé: «Te vas a enterar».

y yo quería jugar en uno. Sin embargo. nuestros equipos no parecían tales porque no . me refiero a que los que éramos del sur de Sudán jugábamos contra los de otras partes de Sudán. No le hice mucho caso. El hombre llegó a la casa renqueando al cabo de un rato. o contra los de Somalia o Ruanda. Me encantan las bebidas con burbujas. Había oído que en América tenían equipos de fútbol de verdad. y seguí corriendo por el jardín con la pelota. En Kakuma jugábamos algunos partidos por equipos.Asentí con una sonrisa. practicando los regates que había aprendido en los reñidos partidos que disputábamos en Kakuma.

eras parte del equipo. y al otro… Correr era la única cosa que no me resultaba nueva en América. los equipos americanos siempre tienen su equipación. porque desconocía cosas muy básicas de la vida allí. me habían dicho que hasta llevaban el nombre del jugador en la parte de atrás de la camiseta. La primera lección llegó el segundo día en casa de los Rogers. era como un niño pequeño. partía de cero. Al día siguiente volví a correr. En todo lo demás. Papá vino a mi habitación .teníamos equipaciones. Para mí aquello era lo máximo: si tenías tu nombre en la camiseta. En cierto modo. y al otro.

pero como no sabía tanto inglés me limité a decir: —Gracias. Creo que vas a dormir mejor con esta lámpara encendida que con la del techo. . la puso en la mesilla de noche. lo pulsó y la lámpara del techo se apagó. «¡O sea que es así como funciona! ¡Menos mal! Creo que no hubiera aguantado otra noche más con esa luz dándome en los ojos…». Nunca volví a dormir con la lámpara encendida. La de la mesilla tampoco.con una lámpara. la encendió y se acercó a un interruptor que había en la pared. —Es para ti —dijo—. La enchufó. Eso es lo que me hubiera gustado decir.

No tardé en darme cuenta que el invento aquel de la ducha no era tan maravilloso como había imaginado en un primer momento.La ducha me llevó más tiempo que la luz. Me puse a dar saltitos para intentar lavarme y . Mucho mejor que bañarse con un caldero de agua. ¡Ay! Aquella era el agua más fría que me había mojado nunca. Mamá y papá me habían mostrado la ducha el primer día: —Así sale el agua —dijo papá levantando el mando del grifo. Aquello era fácil de recordar: levantas el mando y empieza a salir agua por arriba. Estupendo. La primera vez que la usé. levanté el mando y entré en la ducha.

decidí volver a los usos tradicionales que yo conocía. pero aquella toalla era como una especie de manta: yo no podía usar una cosa tan bonita para secarme el cuerpo. Mamá me había enseñado las toallas y me había explicado cómo las tenía que usar para secarme. ¡Cómo no iban a estar blancos todos allí! Si se duchaban todos los días con aquella agua tan fría. tiritando y esperando a que se me secara el agua. sin conseguir ni una cosa ni la otra.mantenerme en calor al mismo tiempo. Cerré el grifo y me quedé allí. Después de varios días de duchas gélidas. Fui a la . necesariamente tenían que acabar de aquel color.

En aquel momento entró papá: —¿Qué haces. —Es agua para ducharme. Puedo usar esta. —Ven conmigo y te lo explico — dijo. . —No importa —dije—. Lopez? Para entonces ya le había dicho que mis amigos me llamaban Lopez. —El agua caliente también llega al piso de arriba. Le miré como si se hubiera vuelto loco y me contuve para no decir nada que le pudiera enfadar.cocina y llené de agua caliente una olla bastante grande.

—Gracias. sin conseguir ni una cosa ni la otra. papá —dije. ¡Gracias a Dios! Creo que no hubiera soportado ni una ducha de agua fría más. . Giré el mando hasta la posición más alejada de la del agua helada y entré en la ducha. Bajé la olla a la cocina y volví a subir para ducharme. Durante los días que siguieron.Le seguí al piso de arriba y me enseñó cómo había que girar el mando del grifo para cambiar la temperatura del agua. ¡Ay! Pensé que aquella agua hirviendo me iba a despellejar. Me puse a bailar bajo el agua para intentar ducharme y evitar abrasarme.

Por fin. nadie hace sus necesidades dentro de las casas. di con una posición en la que el agua no estaba ni demasiado caliente ni demasiado fría. Desde aquel día hasta que me fui a la universidad. Los primeros días me costaba mucho decidirme a usar el váter. En África. situándolo en distintas posiciones: unos días me congelaba y otros me abrasaba. al cabo de diez o doce días.estuve probando a girar el mando a un lado y al otro. como he dicho. pero tardé en acostumbrarme a él. especialmente si son tan bonitas como la de mamá y papá. . ¡no se me ocurrió volver a cambiar el mando de posición! El váter aprendí a usarlo más rápido.

Aquello no me dejaba más opción que acostumbrarme a utilizar aquel váter ubicado en el interior de la casa.El problema es que mamá no dejaba de ofrecerme Coca-Colas y yo no dejaba de beberlas. pero el único que tenía permiso para hacer sus necesidades fuera era Rascal. todos los retretes que yo había conocido se reducían a un agujero excavado en la tierra con una tabla encima para no . el perro. Al principio. Hasta entonces. Pensé en ir al jardín. donde todo el que allí vivía podría escuchar lo que sucedía dentro del baño. el tamaño y la forma de la taza —por no hablar del mecanismo de la cisterna— me tenían perplejo.

pero nos arreglábamos. En vez de echarme. Excuso decir que un baño en el interior de una casa es mucho más bonito que un agujero excavado en la tierra.caerte dentro. mamá y papá se preocupaban de que me encontrara allí lo mejor posible. Comunicarme con aquellos chicos era un pequeño problema. Poco a poco me fui haciendo con la casa. Ese día no llegaba y yo no entendía por qué. Los . Casi todos los días invitaban a casa a chicos de mi edad que vivían en el vecindario. aunque seguía esperando el día en que los Rogers descubrirían el error y yo me tendría que ir de allí y buscar un trabajo.

Pasé mucho tiempo aquel verano jugando con mis nuevos amigos. Cuando llovía —y a mí me extrañaba mucho que lloviera en verano—. Mis nuevos amigos me enseñaron un juego que yo no conocía. entrábamos en la casa y jugábamos al Uno y a mancala. quienes me enseñaban palabras en inglés que yo . el mancala es un juego africano. Nunca pensé que me lo fuera a encontrar en América. Originariamente. mis amigos y yo lo jugábamos en Kakuma con piedras y agujeros que hacíamos en la tierra.días de sol jugábamos al fútbol en el jardín y al baloncesto delante de la casa. con un nombre en swahili que significa «construir»: el jenga.

A la semana de llegar.no había oído nunca. Cuando entramos. pero empezaba a necesitar mi propia ropa. Enseguida me explicó mamá que aquellas palabras no debía decirlas nunca. yo . Mamá me llevó a unos grandes almacenes de ropa. mamá me dijo: —Joseph. hay que comprarte ropa. Los primeros días me arreglé con la ropa que ya no usaba Robby. La agencia que había gestionado el proceso de acogida no había informado ni a ella ni a papá de los pormenores de mi historia. Ellos suponían que yo iba a traer mi propia ropa: la realidad era que yo había llegado con lo puesto.

Seguimos recorriendo pasillos. Por defecto. Mamá cogió unos pantalones y me preguntó: —¿Te gustan? —Sí —contesté. la respuesta que yo daba a toda pregunta que me hacían seguía siendo «sí». —¿Y esta? —dijo mostrándome la . —¿Y qué te parecen estos? ¿Te gustan? —Sí.no daba crédito: nunca jamás había visto tanta mercancía junta en un mismo sitio. —¿Y esta camisa? —Sí.

—Entonces.camisa más fea que yo había visto en mi vida. estos pantalones… ¿Te gustan? —me preguntó. —Los apartó y cogió otros que me gustaban mucho más —. —Vale —dije. no tienes que decir sí a todo. —Sí. Necesito que me digas lo que piensas. ¿Y estos? . aunque mi cara decía no. —Ya veo… —Puso entonces a un lado toda la ropa que había cogido y me dijo—: Joseph. —Claro que no. —Sí —dijo mi boca. No pasa nada porque me digas que no.

camisas. Me preocupaba cómo iba a hacer yo para pagar aquello.—¡Sí! —dije. Mamá se dio cuenta y me dijo: —Soy tu madre —dijo—. Esto es lo que hacen las madres. Era la primera vez en mi vida que estrenaba ropa. Toda la ropa que había utilizado antes era la ropa usada que llegaba al campo de refugiados a través de instituciones benéficas o la que había heredado de mi hermano mayor. . Esta vez mi boca y mi cara decían la misma cosa. ropa interior. Me compró varios pantalones. calcetines y un par de zapatos. —Así me gusta —dijo ella.

Como hasta entonces. ¿Te gustaría salir con tu amigo Simon y otros chicos de Sudán? —Sí —dije. ¿Y quién sabe?. decidí disfrutar del momento. pero no acabé de creérmelo. Cuando llevaba un par de semanas en casa de los Rogers. papá me dijo: —Tengo una sorpresa para ti. me dejaban quedarme con toda esa ropa. Al cabo de un rato me encontraba en el centro de Siracusa rodeado de viejos amigos. esta vez de corazón. nos . Aunque no había compartido tienda con ninguno de ellos.No repliqué. quizá cuando los Rogers recuperaran la cordura y me enviaran al sitio que me correspondía.

Hablamos de los viejos tiempos y me contaron lo que les había llegado sobre qué chicos serían los próximos en ir a América. me habían unido a aquellos chicos unos lazos muy especiales. risas y —lo mejor de todo— mucho swahili: no me había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que mis oídos echaban de menos mi idioma. Me costó mucho despedirme cuando papá llegó a recogerme. A doce mil kilómetros de allí. Nos pasamos la tarde entre juegos. Todos menos uno tenían más de veinte años.conocíamos todos de Kakuma. lo cual les hacía demasiado mayores para ser acogidos en una familia. Fue una tarde memorable. así que vivían por su cuenta. .

—Sí. —De nada —dijo él—. —Sí. si quieres. No hablé mucho más de vuelta a casa. Muy bien. Y pensé en lo maravilloso que era reencontrarme con amigos de Kakuma y en la gran suerte que habíamos tenido.—¿Lo has pasado bien? —me preguntó papá en el coche. . Voy a intentar organizarte otra salida para la semana que viene. Gracias —dije. mi inglés era demasiado básico como para poder mantener largas conversaciones. por supuesto. Entonces lo vi nítido. Eso hacía que tuviera tiempo para pensar.

Me estaban restituyendo la infancia de la que se me . Todos nos habíamos quedado sin infancia. Diez años después.Pensé en mi vida con los Rogers y la comparé con la de mis amigos en el centro de Siracusa. Todos éramos niños perdidos. se me daba una oportunidad que no se le daba a ningún otro niño perdido. a ninguno de los que yo conocía. pero gracias a Rob y Bárbara Rogers yo volvía a ser un verdadero niño. La mayoría de los niños de Kakuma habían tenido que abandonar sus hogares o los habían sacado de ellos antes de cumplir los diez años. niño en el sentido más profundo del término. al menos. A mí me habían secuestrado con seis años.

Yo no sabía cuánto duraría aquello. pero veía con claridad que Dios me había concedido algo que no tenía precio.había privado. Papá se dio cuenta. Sonreí mientras hacía un gran esfuerzo por no echarme a llorar. —¿Todo bien? —Sí —dije—. . todo bien… Maravillosamente bien.

Soy el entrenador Jim Paccia. sí. El hombre que había intentado ir a mi altura el día que corrí catorce millas apareció al día siguiente con un paquete bajo el brazo. un objetivo Hay dos personas que cambiaron el rumbo de mi vida para siempre. Dos sueños. Y lo cambiaron durante mi primera semana en América. pero papá y mamá. . me llamo Jim Paccia — dijo—. —Joseph. Yo no sabía quién era. El primero lo cambió a los dos días de llegar.13.

El equipo de cross compite con equipos de otros institutos en carreras de cinco kilómetros.Aquello captó mi atención. En África. Por mí. «entrenador» es un título muy importante. —Me alegro mucho de conocerte — dije. —Yo soy jugador de fútbol —dije. —Entreno al equipo de cross del instituto de Tully. . como si me decía que entrenaba un equipo de curling o de patinaje artístico: yo no tenía ni idea de lo que era un equipo de cross. Le miré con cara de perplejidad. —Es un equipo de corredores — explicó papá—.

el fútbol era el único deporte del que yo sabía algo. después de lo que vi ayer. Tienes un don y sería una pena desperdiciarlo.A pesar de haber visto a Michael Johnson en las olimpiadas del 2000. Pero no hay mucha gente que pueda correr como tú. Yo no quería disgustar a nadie. —Soy un buen jugador de fútbol — dije. deberías estar en el equipo de cross. Me encantaría tenerte en mi equipo. —No me cabe duda —dijo el entrenador— de que eres probablemente uno de esos tipos que destacaría en cualquier deporte. —Joseph —dijo Jim—. así .

le dio la vuelta a la chaquetilla y me quedé con la boca abierta. Las letras refulgían sobre el fondo negro. pero es que yo había pensado en algo más serio —dijo mientras abría el paquete que había traído—. Joseph. Es tuyo. si vienes al equipo de cross.que le dije: —Bueno. he pedido que te hagan esto. Entonces. puedo correr una carrera para ti. Era impresionante. ¡Llevaba en la espalda las letras «LOMONG»! Para un muchacho que . Jim me mostró una camiseta y una chaqueta de chándal del equipo del instituto de Tully. —Ya….

No era una decisión fácil. —¿Puedo ponerme esto para correr una carrera? —pregunté. El entrenador negó con la cabeza. La cara se me iluminó ostensiblemente. La equipación es tuya solo si te comprometes a correr toda la temporada. —No.solo había tenido la ropa usada que le llegaba a través de instituciones benéficas. aquella chaquetilla era lo más bonito que hubiera podido imaginar nunca. Durante . no. para una carrera. pero mis sueños futbolísticos se resistían a abandonarme tan fácilmente.

De hecho. —¿Dos carreras? —dije. Jim no cedía. era un modo de vida. En el campo. claro está. Correr no había sido más que un medio para obtener un fin. Si los chicos mayores no hubieran puesto aquella regla de que había que correr treinta kilómetros antes de jugar. —No. toda la temporada. a excepción. nunca había pensado que correr fuera un deporte. probablemente yo nunca hubiera corrido más que de un lado al otro del campo de fútbol. Esto es lo . el fútbol había sido algo más que un juego para mí.diez años. de lo que hacía el Michael Johnson aquel que yo había visto correr para USA en la televisión.

Correré cross. ya estaba corriendo mi primera carrera. sino por ellos.que te propongo: si corres esta temporada. otra equipación para ti… Me quedé mirando la chaquetilla que él sostenía en sus manos. —Vale —dije—. En menos de dos meses. corres una tercera. que corres la siguiente. ¿Cómo iba a decir que no a algo tan bonito? Ya estaba viendo tres chaquetillas como aquella colgadas en mi armario al acabar el instituto. te doy esta equipación. Mamá y papá habían ido a animarme. Verlos allí me llevó al convencimiento de que aquella carrera tenía que ganarla no por mí. Sabía que su casa no . te doy otra.

había un pequeño problema: aunque mi inglés había mejorado algo. Veía aquella carrera como una oportunidad de mostrarles mi valía y que me consideraran digno de pertenecer a su familia.era mi sitio. En aquella carrera. Aquella carrera era una oportunidad de preservar mi situación en América. todavía no me permitía captar los matices relativos al desarrollo de una carrera de cross de alumnos de instituto. Parece que lo entendieron todos los . u n buggy de golf iría delante para indicar el recorrido a los participantes. No obstante. pero quizá aquella carrera podría servir para hacerme merecedor de su cariño.

corrí más rápido aún y volví a adelantarle. Durante los primeros cuatro kilómetros de la carrera. A los pocos cientos de metros ya lo había adelantado y pensé que no iba a poder alcanzarme. Y no me hubiera alcanzado…. y él volvió a hacer trampas para ponerse delante de mí. tuve que adelantar al buggy tantas veces que.corredores menos yo. Yo pensé que el asunto consistía en llegar a la meta antes que el buggy. al . pero el conductor del buggy hizo trampas y tomó un atajo para ponerse otra vez delante de mí. Sonó el pistoletazo de salida y salí corriendo detrás del buggy como si me fuera la vida en ello. Al verlo.

Jim Paccia fue corriendo hasta mí. dos tipos me adelantaron y la cruzaron antes que yo. pensé. me quedé completamente desfondado. Yo estaba enfadadísimo: podía haber ganado aquella carrera sin problema. antes de caer rendido en la línea de meta. se trata de ganar al resto de corredores. has hecho una gran carrera.final. Te explico la táctica para las . —«¡Genial!». Jim me ayudó a levantarme del suelo y me dijo: —Lopez. Mi enorme ventaja sobre el buggy y el resto de corredores se fue reduciendo y. «¡Y me lo dices ahora!»—. pero no se trata de ganar al buggy. si el del buggy no hubiera hecho tantas trampas.

empecé a correr. acelera todo lo que puedas en la última milla. pero sin distanciarme del grupo de cabeza. Cuando sonó la pistola. Al cabo de una semana tuvimos la siguiente carrera. así que como para intentar hablar. Solo pude asentir con la cabeza para hacerle ver que lo había entendido. Casi no podía respirar. ajustando mi ritmo al de los . mantente ahí y. si te ves con fuerzas.próximas carreras: quiero que corras junto a los que vayan en cabeza. Hice exactamente lo que mi entrenador me había dicho. Competir contra un buggy que hace trampas te deja completamente exhausto.

. durante el primer kilómetro. los demás corredores no me contestaban. me llamo Lopez… ¿Cuánto tiempo lleváis haciendo atletismo?. Jim . Seguí corriendo con ellos y hablando hasta que vi a mamá y papá junto a la señal de la última milla. Así soy: me encanta hablar.». ¿Jugáis al fútbol?. más me miraban como si estuviera loco. Aquel footing en grupo se me hizo tan agradable que me puse a hablar con ellos: «Eh. aproximadamente. chicos. Cuanto más les hablaba. Yo no paraba de hablar... al menos. a pesar de que mi vocabulario en inglés era bastante limitado. no dijeron ni pío.primeros. Sin embargo..

en la que participaban unos cuatrocientos atletas venidos de distintos puntos del norte del estado de Nueva York. chicos —les dije a los que iban en cabeza conmigo—. Mamá y papá iban a todas mis carreras. Tengo que irme. Mamá me gritó algo así como: «¡Vamos. dejé el footing y me puse a correr de verdad. tú puedes!». eran los únicos padres que lo hacían. Me dieron una medalla de .me había dicho que los iba a situar ahí para que yo supiera cuándo tenía que empezar a apretar. Joseph. Dicho lo cual. Me entró la risa. —Eh. Gané aquella carrera. Os veo en la meta. aquellos son mis padres.

Aquel fue un momento muy especial para mí. Papá y yo nos acercamos al jardín delantero de su . —Ven para que la vea —dijo Tom. Yo estaba encantadísimo de poder mostrarle mi medalla. y yo me dejaba querer. Mamá y papá no cabían en sí de gozo. Tom y Fran. —Una medalla de oro —le respondió papá con evidente orgullo. Cuando llegamos a casa. eran muy cariñosos conmigo.oro que no me quité en todo el camino de vuelta a casa. —¿Qué llevas ahí colgado? —me gritó Tom. nuestros vecinos estaban fuera. que tenían unos ochenta años.

—Sí —dije—. vaya —dijo Tom—. —Ha ganado a cuatrocientos corredores —dijo papá. —¡Cuatrocientos! —exclamó Tom. Algún día correré en las olimpiadas. —Afirmativo —dijo papá. esto es una cosa seria. —Ya verás como acabas corriendo en las olimpiadas con el equipo de Estados Unidos —dijo Fran. Ese es mi objetivo.casa. Las palabras de Fran me hicieron recordar la imagen de Michael Johnson en la televisión de blanco y negro. —Vaya. y Tom observó detenidamente la medalla. .

Correr en las olimpiadas con Estados Unidos había dejado de ser un sueño para convertirse en un objetivo.Hasta aquel momento. *** Mamá tenía otro objetivo para mí. Y yo haría todo lo posible para lograrlo. pero vamos a hacer que te pongas al día y que acabes . Fran me había despertado. me dijo: —Puede que ahora vayas un poco atrasado con tus estudios. y se preocupó de que yo hiciera también todo lo posible para lograrlo. A los pocos días de mi llegada. las olimpiadas habían sido siempre un mero sueño para mí.

acabaría el instituto y completaría mi formación con un título universitario. Así que removió Roma con Santiago para que a . Y después irás a estudiar a la universidad para conseguir un título. ella estaba convencida del valor de la educación. y el resto correría de mi cuenta. Esto es lo que hay. Me gustase o no. y veía en mí la capacidad de alcanzar aquel sueño. No me preguntó qué opinaba yo al respecto.el instituto a la edad que te corresponde. no le cabía duda de que lo único que yo necesitaba era una oportunidad. Y eso fue lo que hubo. Pero yo no tuve la sensación de que tratara de imponerme algo. No se admiten preguntas.

mí se me diera esa oportunidad. Sí. todavía menos. Pero. En aquel momento. el objetivo de mamá parecía un imposible. tenía que empezar en el segundo de los cuatro años que se cursaban en el instituto. yo hablaba muy poco inglés. Si quería acabar mis estudios a la edad que me correspondía. desde el punto de vista académico. y leer. Para empezar. con lo que tiene que cursar el segundo año. me correspondía la etapa de Educación . —Tiene dieciséis años —le dijo mamá al secretario del instituto cuando me fue a matricular—. tenía razón en que eso es lo que me correspondía por edad.

no distinguía una vocal de una consonante. mis destrezas matemáticas no eran mucho mejores. Apenas era capaz de leer cosas tan simples como «Mi mamá me mima. y daba por hecho que yo iba a poner todo . y los sonidos que se correspondían con aquellas letras ininteligibles no respondían a los patrones fonéticos del swahili. El plan que se había trazado para alcanzar mis objetivos académicos requería brevedad en el tiempo e intensidad en el esfuerzo. Mamá pensaba que esos pequeños inconvenientes no debían interponerse en mi camino. Amo a mi mamá». y de ciencias e historia no tenía ni idea.Infantil.

Empezaron a ofrecerlos cuando yo entré en el instituto. además. y yo tenía que descifrarla. en el otoño de ese año.lo que estuviera de mi parte. puso pósits por toda la casa con el nombre de cada cosa. El instituto de Tully no ofrecía cursos de inglés para extranjeros cuando yo llegué a Estados Unidos. gracias a mamá. en julio de 2001. El otro frente en el que mamá luchó también denodadamente fue el de la dirección y el consejo escolar del instituto. Desde el primer día se puso manos a la obra con mi inglés. Todas las mañanas escribía una frase en el pizarrín de imán que había en puerta de la nevera. que no dejó de . Ella no esperaba ni un ápice menos.

Y. con ayuda y todo. Mamá contrató un profesor particular para que me ayudara. había días en que yo pensaba que me iba a estallar el cerebro. en el instituto empezaron a temerla. cuando empezaron las clases. pero. se volvió más insistente aún: cada vez que había un problema. escribía los trabajos en swahili y luego los traducía al inglés. Al principio. hubo alguna noche que me quedé hasta .insistir hasta que en el instituto accedieron a impartirlos. concertaba una entrevista con los profesores para tratar el asunto. Empezó el curso y se me hacía muy difícil seguir el ritmo de las clases. Nunca nadie ha trabajado tanto por mí.

Yo le creía y no cejaba. correr fue mucho más que una terapia: mis compañeros de equipo se . Y. me decía una y otra vez. mi terapia: ¡para correr no necesitaba saber la diferencia entre un sustantivo y un verbo! Con el tiempo. Joseph». no se te va a poner nada por delante». ya lo creo. siempre teníamos entrenamiento de cross. y correr volvía a ser mi válvula de escape. después de las clases. «Tú puedes con esto. Mamá no consentía que me desanimara: «Eres muy listo.las dos de la mañana en el ordenador de la planta baja. Afortunadamente. en cuanto mejore tu inglés. para acabar algún trabajo.

Una de las tareas diarias más complicadas para mí era aclararme con la combinación para abrir mi taquilla en el instituto. Detesto llegar tarde. otra vez a la derecha… me resultaba incomprensible. luego a la izquierda. Mover aquella ruedecita primero a la derecha. había pasado tanto tiempo que llegaba tarde a la siguiente clase. ¡no había forma! Para cuando conseguía abrir la taquilla —si es que lo conseguía—. a nadie se le ocurre entrar en clase después del profesor: llegar tarde es una absoluta falta de respeto .convirtieron en mis mejores amigos. cuando se trata del colegio. donde el tiempo carece de importancia. Incluso en África.

Tom fue quien me ayudó y me enseñó a manejarme. De él aprendí lo que significa la palabra «amistad» en América.hacia su autoridad. capitán del equipo de cross. Tom se convirtió en mi mejor amigo. Tom Carraci. y todavía lo sigue siendo. El primer semestre no fue demasiado . Durante las primeras semanas en el instituto. coges tus libros y te vas a la siguiente clase. me vio una vez peleándome con la taquilla y tuvo una idea: —Lopez. en cuanto acabe la clase. Nunca volví a llegar tarde. yo te la abro. nos vemos en tu taquilla. me sentía muy solo en un lugar extraño.

tenía que acostumbrarme también al ambiente del instituto. tardé en acostumbrarme. los chicos y las chicas no se cogen de la mano ni se besan en público. Bastante tenía yo con hacerme a la dinámica de las clases y al continuo bombardeo en lengua inglesa.bien. Y los profesores también me resultaban extraños. Aunque prefería no recibir un pescozón cada vez que me equivocaba en una operación matemática. Yo no había tenido nunca profesores que no me pegaran cuando cometía un error. aunque en el buen sentido. suspendí varias asignaturas. . Yo no había visto jamás las muestras de afecto que se veían todos los días en los pasillos del instituto de Tully: en África. Además.

A nadie se le ocurrió llevarle la contraria. aprobé lo que había suspendido. y aquello hizo que el instituto empezara a resultarme muy . Durante el verano. La señorita Riley. A final de curso suspendí dos asignaturas. una profesora cambió por completo mi visión de la vida escolar. A mamá no le importó. Mucho antes de aquellos aprobados de verano.Supongo que fueron demasiadas novedades juntas. Se dirigió al instituto para explicarles cómo iban a darme una oportunidad de aprobar las asignaturas en verano. mi profesora de historia. me hizo ver que el mundo real era inmensamente más grande que el que yo tenía en mi cabeza.

Cuando estábamos dando el tema de la Segunda Guerra Mundial. —¿Qué es lo que más te interesa. La señorita Riley se percató de que yo estaba bastante perdido. —Correr —dije—.atractivo. Yo no sabía de qué escribir. tampoco. tuvimos que hacer un trabajo relacionado con la guerra. La respuesta era evidente. Hasta unas semanas antes. Ella encontró el modo de llegar a mí y de que yo viera la relación entre mi educación y mis intereses personales. Voy a correr en . yo no había oído hablar nunca de la Segunda Guerra Mundial. y de la Primera. Lopez? —me preguntó.

Cogió un libro de una estantería y me lo entregó. Tengo que decir que aquel libro y aquella asignatura me hicieron darme cuenta de que mi objetivo olímpico iba . —¿Has oído hablar alguna vez de Jesse Owens? —preguntó. —Creo que te va a gustar conocer su vida. La señorita Riley asintió como si supiera algo que yo no sabía. Negué con la cabeza. ¿Por qué no te lees este libro y haces tu trabajo sobre él? Miré la cubierta. ¡y corredor! —Vale —dije. como yo.las olimpiadas. Jesse Owens era negro.

Jesse Owens fue una inspiración para mí. además. Hitler había concebido aquellas olimpiadas como un escaparate desde el que mostrar la superioridad de la raza aria. era negro. Sí. pero. lo cual irritó todavía más a Hitler. pero Jesse Owens hizo que le saliera el tiro por la culata. Jesse Owens no se amilanó y su gesta envió un mensaje nítido al mundo. yo quería competir en unas olimpiadas. Jesse Owens había participado en las olimpiadas de 1936.mucho más allá del mero deporte. que se celebraron en la Alemania nazi. Jesse Owens era americano. pero iba a hacer mucho más que . Yo quería ser como él.

Lo mismo que mi sueño olímpico. lo demás vendría solo. Estaba decidido. Con eso. necesitaba una buena formación. Para conseguirlo. . lo único que había que hacer era trabajar duro y no permitir que los fracasos me hundieran. Aquel objetivo también lo iba a alcanzar.competir: iba a utilizar mi éxito como atleta para cambiar la vida de otros.

Pasé junto a las acarameladas . pero con el que mejor me entendía de todos era con Rascal.14. Donde más cómodo me sentía era en el equipo de cross. porque correr es un lenguaje en sí mismo. Llevaba solo tres semanas y la dificultad para comunicarme con mis compañeros y profesores me tenía bastante frustrado. el perro: los dos conectamos desde el principio. y yo lo hablaba bastante bien. 11-S El autobús me dejó en el instituto. Con mamá y papá me entendía un poco mejor. Todavía me sentía fuera de lugar.

parejitas que se encontraban junto a la puerta principal. Cambiar al inglés era como sintonizar una emisora de radio con muchas interferencias. Fin de la primera clase. El profesor empezó a hablar y yo intenté sintonizar mi cerebro con el inglés: todavía pensaba y soñaba en swahili. A los cuarenta y cinco minutos volvió a sonar el timbre. Sonó el timbre y fui a mi primera clase. El ambiente . Me dirigí a mi taquilla. avancé esquivando gente por el pasillo y atravesé el grupo de alumnos de primer año —a los de primer año se les distinguía porque eran mucho más pequeños que los demás— que había cerca del gimnasio.

—¿Qué pasa? —le pregunté. aquel día podía percibir que sucedía algo fuera de lo normal. —No lo sé muy bien. aun así. La barrera idiomática y cultural hacía que los días normales se me hicieran raros. pero no me paré a preguntar. He oído que la cosa . pero. la siguiente clase era la de historia. y no quería llegar tarde. Tom me estaba esperando junto a mi taquilla.en el pasillo era distinto. Escuché algo de un accidente de avión. se notaba algo raro. pero yo no tenía ni idea de qué se trataba. Un avión se ha estrellado en Nueva York contra una de las Torres Gemelas. de la señorita Riley. Parecía preocupado.

—Eso es terrible —dije. Pensaba que estaba muy lejos. con lo que debía de estar cerca.ha sido muy grave —dijo. Yo no sabía mucho de accidentes de aviación ni de Nueva York. y se fue. ¿Todo bien? Me tengo que ir a clase. nos vemos —dijo Tom. Cogí mis libros. pero no estaba seguro. Te veo en el entrenamiento. —Yo también. —Sí. —Sí —dijo Tom—. Cerré la taquilla de un portazo y me . Luego pensé que mi vuelo de Nueva York a Siracusa no había durado mucho.

No me gustaba nada llegar tarde a clase. —Carl. —Presente.fui corriendo a clase de la señorita Riley. Sonó el timbre y empezó la clase. Era un día igual a cualquier otro día en el instituto. La señorita Riley pasó lista: —Ann. y. —Presente. cuando uno se llama Veloz. que era lo que procuraba siempre. —Lopez. Llegué antes de que sonara el timbre. . —Presente. no hay excusas.

Creo que me enteré de unos dos tercios de lo que dijo. dichas rápido y con el característico acento americano.—Abrid los libros en la página treinta y siete —dijo la señorita Riley. y se escuchó el ruido de las páginas que se pasaban. . todavía me costaba seguir frases largas y complejas. La señorita Riley empezó a hablar sobre el tema desde la otra esquina de la clase. y yo puse todo mi empeño en intentar entender lo que decía. lo cual era muchísimo más que el cero por ciento que habría entendido tres meses antes. Aunque mis destrezas lingüísticas habían mejorado desde julio.

Cuando hay simulacro dan un toque largo. Todo el mundo dio un bote en el asiento. volvió a sonar otra vez y otra y otra. —¿Simulacro de incendio? —le pregunté al que estaba a mi lado. se paró. nadie . la otra mitad nos quedamos sentados. no intermitente como este. La mitad de la clase estaba de pie.Debíamos de llevar unos quince minutos de clase cuando volvió a sonar el timbre. Eché un vistazo a la clase: todos tenían la misma cara de perplejidad que yo. El timbre sonó por última vez. incluida la señorita Riley. —No parece —dijo—. al timbre le faltaban treinta minutos todavía… Volvió a sonar.

que estaba abarrotado de alumnos. Un grupo de chicas pasaron a nuestro lado llorando. Me puse a observar a la gente y vi que había incluso chicos llorando. Oí que alguien decía algo de un segundo avión. Dejad los libros y vamos saliendo en fila. Entonces se oyó la voz del director por la megafonía: —Que todos los alumnos vayan al salón de actos lo más rápidamente posible. La señorita Riley se puso en pie. Ella se puso delante y salimos al pasillo. —Ya lo habéis oído. Dos que .sabía qué hacer. Dejad los libros en clase y dirigíos ahora mismo al salón de actos.

El gesto en las caras de los que allí estaban me recordaba los días lejanos en que yo y mi familia corríamos a refugiarnos en cuevas.estaban cerca de mí hablaban de un ataque y de guerra. cuando los cazabombarderos sudaneses sobrevolaban nuestro pueblo. En el pasillo se percibía miedo. en el estrado habían puesto unas televisiones orientadas para que . me preguntaba yo. «¿Por qué iba nadie a utilizar esos términos en América?». Yo no tenía ni idea de qué estaba sucediendo. Todos parecían ser conscientes de que algo horrible había pasado. pero debía de ser el único. Entramos en el salón de actos y nos sentamos.

Yo no sabía qué era un terrorista. Identifiqué Nueva York por la imagen que se me había quedado grabada cuando mi avión aterrizó allí en el mes de julio. pero aquella Nueva York no tenía nada que ver con la que yo había visto desde mi avión ni con la que había visto después en televisión: la gente corría aterrorizada por las calles y sobre ellos se veía el humo que salía de las Torres Gemelas del World Trade Center. Los comentaristas de televisión explicaban que los edificios habían sido atacados por terroristas. se fueron apagando las conversaciones. todos tenían los ojos fijos en las pantallas.pudiéramos verlas. pero las imágenes de la pantalla daban una idea clara de qué se .

trataba. y todo lo que había vivido desde mi llegada no hacía sino confirmar esta creencia. Cuando estaba en Kakuma. «¿Cómo ha podido seguirme la guerra hasta aquí?». al . los pueblos de mis amigos de Kakuma sí habían sido arrasados por las bombas. Aunque nuestro pueblo no había sufrido ataques por parte de las tropas gubernamentales. América era sinónimo de paz: allí estabas a salvo de la guerra. pensaba que América era casi como el cielo. Yo miraba la televisión con incredulidad. nadie estaba preocupado por que le pudieran bombardear la casa o. En Estados Unidos. en Sudán no había forma de evitarla.

menos. En las pantallas. pero aquellas escenas hicieron que empezara a dudarlo. el director subió al estrado y dijo: . los periodistas decían que en el edificio podía haber hasta diez mil personas. pero eso no lo sabía nadie aquel martes de septiembre de 2001. Yo pensaba que había dejado atrás la muerte y la destrucción. Estaba equivocado. a mí no me parecía que lo estuvieran. se equivocaban en la cifra. El director del instituto nos tuvo en el salón de actos durante algo más de una hora. Más o menos cuando la primera torre se cayó. la pesadilla era cada vez peor: una de las Torres Gemelas se vino abajo.

excepto yo. no en su país. Los autobuses ya están aparcados en la puerta del instituto. pero no lo veía por ningún lado. Hemos tomado la decisión de suspender las clases para que os vayáis todos a casa. Idos directamente a casa. había un montón de coches y furgonetas. Nadie en el instituto había vivido una guerra antes. Delante del instituto se había formado un monumental atasco: aparte de los autobuses. Busqué mi autobús.—Otro avión ha impactado en El Pentágono. todos iban llorando. era fácil de localizar porque tenía un conejo pintado en un costado. Nadie. Al salir del edificio. le pregunté a uno .

había recordado la conversación con mamá y papá unas . Encendí la televisión y me puse a ver las noticias. no había nadie. me señaló uno y me subí. Gracias a Dios. —No salgas de casa —me dijo—. En el autobús. Cuando llegué a casa. al poco rato. Llamé a mamá y le pregunté qué debía hacer. vi cómo se caía la segunda torre. Papá y yo llegaremos enseguida.de los profesores que estaban dirigiendo el tráfico qué autobús debía coger yo. y me entró un escalofrío. era el autobús correcto. había niños llorando y el pánico reflejado en los rostros: aquello no podía ser América.

esta vez en Pensilvania. Se había estrellado otro avión. yo estaba asustado: aquello parecía mucho peor que las cosas de las que había oído hablar en Sudán. me habían dicho. «Yo podía haber estado allí hace un mes». Se referían a las Torres Gemelas. El teléfono de casa no paraba de sonar. pensé. en la que habíamos hablado de ir a Nueva York: «Te vamos a llevar a los edificios más altos del mundo». Seguí viendo la televisión. y el comentarista decía que el próximo objetivo podía ser la Casa Blanca.semanas antes. Yo ya no aguantaba más: apagué la televisión y salí fuera a esperar a mamá . el humo y el polvo cubrían Nueva York.

había sido atacado. y yo no quería volver a aquello.y papá. Las imágenes de gente huyendo a pie por los puentes de Nueva York me resultaban demasiado familiares. Yo no tenía ni idea de dónde estaba Nueva York. Mi nuevo país. Me di cuenta de que ellos también tenían mucho miedo. Estaban visiblemente afectados. Mamá me abrazó y me preguntó: —¿Estás bien? —Sí —mentí. y pensaba que las Torres Gemelas y El Pentágono podían estar cerca. Recordaba haber visto aviones volando sobre nosotros . Mamá y papá no tardaron en llegar. mi nuevo hogar.

—Vale —dije. y papá encendió la televisión.por la mañana temprano. Pero no dije nada. y ver el comienzo de otra me repugnaba. y empecé a preguntarme si Siracusa no podría ser el siguiente objetivo. —Vamos dentro —dijo mamá. Entramos. La gente lo celebraba. Yo conocía ese nombre: tenía relación con los que bombardeaban los pueblos de Sudán del . Las noticias mostraban imágenes del otro extremo del mundo. y me senté en el sofá a ver la televisión con papá y mamá. Al Qaeda había reivindicado los hechos. Yo no quería verla: ya había vivido una guerra.

—Ya lo sé —dije yo. Es un ataque aislado. . pero nunca va a ser como lo de África.Sur. Sentí como si hubiera vuelto allí de nuevo. —No sabemos en qué acabará esto —añadió mamá—. Cuando veíamos un cazabombardero en Kimotong. buscábamos refugio en las cuevas. Aquí estás a salvo — dijo. yo no sabía dónde había que refugiarse allí en Tully. quizá no hubiera donde refugiarse… ¿Qué haríamos si nos atacaban los aviones? Papá se dio cuenta de que yo estaba asustado: —No te preocupes por lo que veas en la televisión.

Me fijé en ellos.No tienes que preocuparte de que eso vaya a pasar donde estamos nosotros. pero transmitían una seguridad que me hacía sentir que todo iba a ir bien. no tenía nada que . Por terrible que hubiera sido aquel día. Creo que me voy a ir a la cama. Sí. Seguimos viendo las noticias un poco más. —Entiendo —dije. Los dos me abrazaron y me dieron las buenas noches. era evidente que estaban preocupados por los ataques. Sus gestos se correspondían con sus palabras. y entonces les dije: —Estoy cansado. Subí a mi habitación y me metí en la cama.

no había ninguna otra forma de defensa.ver con la guerra en Sudán. Hay personas malas en todas partes. a pesar de todo lo que había visto y oído aquel día. escuchando el murmullo de la televisión que me llegaba desde la planta baja. Durante los días que siguieron. estaba a salvo. sabía que. en . Desgraciadamente. Sin embargo. Allí echado en la oscuridad. la imagen ideal que me había hecho de América como tierra de paz se hizo añicos aquel día. Aquí pude ver al presidente Bush en la televisión. Allí no había más opción que correr a esconderse. pude constatar las diferencias entre América y Sudán. la vida es así: da igual dónde vivas.

no puedo describir con palabras lo que me hizo sentir en aquel momento. No entendí casi nada de lo que les dijo. Cogí una. pero la imagen del presidente allí plantado tenía una fuerza que me impresionó como nada que hubiera visto antes.medio de la desolación de Nueva York. El día que volví al instituto. dirigiéndose a los miembros de los equipos de rescate que se habían congregado a su alrededor. en la parte . con un megáfono en la mano. pero sí puedo decir que verle allí me infundió el convencimiento de que no había nada que temer. habían puesto una mesa en la entrada en la que vendían camisetas.

están tremendamente orgullosos de él. Aquello también era una novedad para mí: me di cuenta de que los americanos aman a su país y. la compré. de mi padre y de lo mucho que se esforzaban por nosotros. Yo nunca me había sentido orgulloso de vivir en Sudán. sus hijos. Todos en el instituto habían comprado una. y todos la llevamos puesta durante toda la semana. Siempre iba muy ufano y orgulloso cuando acompañaba a mi padre al . Yo estaba orgulloso de mi comunidad. nunca pensé que alguien pudiera estar orgulloso de un país. y estaba especialmente orgulloso de mi madre. lo que es más.de delante tenía la leyenda «Unidos podemos» sobre una bandera de Estados Unidos.

después del 11 de septiembre. pero. En aquel momento. No me nacionalicé estadounidense hasta 2007 —el tiempo mínimo para poder nacionalizarme—. un hogar al que esperaba representar algún día para que mi hogar también estuviera orgulloso de mí. Los atentados terroristas unieron al país y a mí me hicieron parte de él. un hogar al que amaba y del que estaba orgulloso. Aquella nueva tierra era mi hogar.campo o a ayudarle con nuestro ganado. yo ya era americano. *** . Pero yo no me había sentido nunca orgulloso de mi país. sí.

La preocupación por la seguridad llevó a extremar las precauciones y a considerar la posibilidad de que los terroristas se introdujeran en el país fingiéndose niños perdidos. cuya entrada en Estados Unidos se pospuso indefinidamente.Los atentados del 11 de septiembre se cobraron una víctima de la que muy pocos tuvieron noticia entonces. Aunque a algunos se les dejó entrar en el país unos meses más tarde. Yo tenía amigos esperando en Kenia. el programa de acogida no volvió a . los Estados Unidos paralizaron el programa que me había llevado a mí y a muchos otros niños perdidos a América. Como consecuencia de los atentados.

Para entonces. Yo tenía amigos que iban a venir a América y no vinieron nunca. no solo por mí. . y los que estaban en la lista para venir en 2001 y no vinieron en los meses posteriores al 11-S tuvieron que volver a empezar todo el proceso desde cero. Este pensamiento me hizo reafirmarme en mi decisión de aprovechar al máximo la oportunidad que se me brindaba. sino también por todos los niños perdidos que se habían quedado. Me podía haber pasado a mí. era demasiado tarde para muchos de los chicos que yo había conocido en Kakuma.retomarse hasta 2004. El proceso de selección se volvió mucho más estricto.

mis entrenamientos d e cross y el estudio en casa. me decía papá. «No .15. era la clave para correr más rápido. me preparaba crujientes tiras de carne de cebra. Mis días giraban en torno al instituto. «Esto tenemos que mantenerlo en secreto tú y yo». según él. ¡Están vivos! Me hice a la vida en el norte del estado de Nueva York. Como parte del ritual previo. y un ingrediente secreto que. Los mejores días eran los que tenía carrera. papá se levantaba temprano para prepararme un desayuno especial: los habituales huevos y tostadas. Los días de carrera.

Me encantaba la cebra. Por supuesto que no quería. pero tardé año y medio en descubrir que el secreto de mi éxito era beicon.querrás que se enteren tus contrincantes y te empiecen a ganar. No sé si es que soy demasiado ingenuo. Comenzó a hacer frío al principio de mi primer otoño en Siracusa. a mí me parecía frío. Los días de carrera bajaba corriendo a la cocina. Después. no cebra. Cuando te has criado en un lugar que está justo encima del Ecuador y que tiene una temperatura media de cuarenta grados durante doce meses al año. me sentaba a la mesa y le pedía a papá: «¡Cebra!». al menos. cualquier temperatura por . ¿no?». en la carrera. arrasaba.

el frío nos dio una tregua. En el África ecuatorial. la temperatura en el norte del estado de Nueva York rara vez sobrepasa los veinte grados. Mamá propuso que aprovecháramos para pasar el día en el lago. —Dudo que se nos presente otra ocasión como esta hasta la primavera — dijo. A mí me parecía que me había ido a vivir al Polo Norte. El concepto de primavera era nuevo para mí. Un sábado.debajo de los veinticinco grados te parece frío polar. El sol brillaba y la temperatura subió: un precioso día de otoño. hay dos estaciones: la estación seca y la de las . A partir de octubre.

Nos subimos a la lancha. pero la explosión de color otoñal que estaba viendo entonces me dejó boquiabierto: no sabía que las hojas se ponían rojas. Papá preparó la lancha mientras mamá se ocupaba de la comida. anaranjadas. La primavera y el otoño no existen. Miraras donde miraras. papá arrancó el motor y empezamos a adentrarnos en el lago.lluvias. A la de las lluvias la llamamos invierno y a la seca. Yo me puse un buen chaquetón: un día cálido de otoño seguía siendo un día frío para mí. verano. amarillas… Yo iba sentado . en verano. se veían montañas cubiertas por una inmensidad de bosques. me habían fascinado aquellos árboles.

Me costaba creer que pudiera haber sitios más bellos y tranquilos en todo el planeta. El calor de los rayos de sol suavizaba el frío de la brisa que soplaba en el lago. porque yo siempre tenía hambre. Joseph? —me preguntó mamá. Mamá se había propuesto compensar lo poco que yo había comido . Ella siempre me llama Joseph. aunque no paraba de comer. Papá y mis amigos me llaman Lopez.contemplando aquel espectáculo mientras papá dirigía la lancha hacia el centro del lago. Era una pregunta absurda. Papá paró el motor. Solo se oía el canto de los pájaros. —¿Tienes hambre.

acercándome la cesta. y disfrutaba haciéndolo. ¿verdad? — . —Qué día más bueno. Metí la mano en la cesta y saqué un enorme trozo de pollo. si no. y a mí me encantaba todo lo que hacía. Mamá era una fantástica cocinera. Menos mal que yo corría unas cuantas millas todos los días. —¿Pollo? —dijo. Me puse cómodo en mi asiento mientras daba buena cuenta de mi pollo. —Sí —contesté. Papá cogió también un trozo. —Mucha hambre —contesté.en Kakuma. hubieran necesitado un remolcador para sacarme a navegar por el lago.

Aquella fue la primera vez que yo les hablé de mi vida en el campo de refugiados. se formaban tormentas de polvo en las que se hacía muy difícil respirar. pero no preguntó nada.dijo. Siempre hacía calor. —Debió de ser duro vivir allí — dijo mamá. —En Kakuma nunca teníamos días así —dije—. Mamá y papá eran escrupulosamente respetuosos con mi . Con el viento. todo estaba muy reseco. solo tierra. Yo me daba cuenta de que ella tenía muchas preguntas. No sé si es porque no crecía o por la cantidad de gente que pisaba aquel suelo. No había hierba.

pasado. después de cuatro meses en casa de los Rogers. y la verdad es que a mí tampoco me gustaba hablar de ello. porque. pasado estaba. Por otro lado. nunca intentaron sonsacarme nada de mi vida anterior. se me . Ahora había empezado una nueva vida en América. tampoco me atrevía a contar muchas cosas. empecé a pensar que quizá no hubiera habido ningún error y que mamá y papá querían que estuviera allí. El caso es que. A medida que avanzaba la temporada de cross. Lo pasado. se darían cuenta de que no me correspondía vivir en un sitio tan maravilloso. si papá y mamá descubrían la verdad sobre mí.

y no se limitaban a estar: me animaban y celebraban cada victoria como si yo fuera su propio hijo. respiré hondo y me puse a hablar. Fue entonces cuando comprendí que su amor y su preocupación por mí eran auténticos. Les conté cómo los soldados me habían arrancado de los brazos de mi madre en la iglesia de . Mamá y papá venían a todas mis carreras. sin perderse una. o casi los únicos. hablar. hablar… Mamá y papá me escuchaban sin moverse de sus asientos. eran los únicos padres que iban a todas las carreras. Siempre estaban allí. Me paré un momento. —Muy duro —dije.fue encendiendo una luz.

Hablé y hablé… Mamá lloraba y papá hacía serios esfuerzos para . lo único que los Rogers sabían de mí es que yo era un niño perdido de Sudán. Les conté la escapada de noche con mis tres ángeles y los tres días que pasamos corriendo por la sabana. Había llegado el momento de contarles mi historia.campaña de Kimotong y me habían llevado al campo de prisioneros. y se la conté con pelos y señales. sin ocultarles nada. Les hablé del día a día en Kakuma y de lo mucho que deseábamos que llegara el martes para darnos el festín de la semana con lo que encontrábamos en la basura. Cuando llegué a América.

Aquel día en el lago. en el reducido espacio de nuestra tienda en Kakuma. Robby —el hijo biológico de mamá y papá— venía de la universidad durante las vacaciones y algún fin de semana. Aquel día empezaron a ser mis padres. Me sentía en casa.contener las lágrimas. pero . Rob y Barbara Rogers dejaron de ser dos encantadores e ingenuos mzungu que me permitían vivir en su casa. Les hizo darse cuenta de mi soledad: yo había pasado de vivir con diez hermanos. Mi historia también les cambió a ellos. Yo sentí un tremendo alivio cuando acabé de contarles mi historia. a ser un hijo único en una casa enorme.

A Robby lo quiero muchísimo y lo considero mi hermano. nunca encontré motivos para ocultarles nada: —Me gustaría que viviera otro niño perdido con nosotros. Al principio. pero desde el momento en que les conté toda mi vida. —¿De verdad? ¿Lo dices en serio? —Claro que lo digo en serio.no era lo mismo. no me atrevía a decir nada a mamá y a papá. —Me parece una gran idea —dijo papá. En mi habitación hay espacio de sobra. . pero yo necesitaba tener a alguien cerca todo el tiempo. Yo no podía creer lo que estaba oyendo.

Yo no entendía qué preparativos podían hacer falta. aparte de poner otra cama en mi habitación.Tardarán en darnos el permiso para acoger otro hijo. —Necesitamos otro armario empotrado —dijo—. La idea de papá de añadir un armario empotrado a mi habitación iba . y quiero que me ayudes. así tendremos tiempo de ir preparando la casa. Pero. pero papá tenía grandes proyectos. ¿Cómo lo ves? ¿Serás capaz? Yo no era consciente de dónde me estaba metiendo cuando articulé mi palabra favorita: —Sí. bueno.

Mi habitación estaba debajo de la parte inclinada del tejado. —Vamos a abrir el tejado y construir un anexo —me explicó papá —. me lo traes. y con eso ampliamos la habitación y tenemos espacio para poder añadir otro armario empotrado.mucho más allá de lo que yo había imaginado. —¿Qué es un anexo? —pregunté. Poyaque significa: po-ya-que estás ahí. . —Cuando necesite algo. —No te preocupes. —¿Como qué? —pregunté. Papá se echó a reír. A ti solo te voy a necesitar como poyaque. lo que hacía que el techo fuera abuhardillado en uno de los lados.

ya me había dado cuenta de un pequeño detalle: si abres un hueco en el tejado de manera que el interior de la casa se quede expuesto a las inclemencias exteriores. a los cinco minutos de comenzar nuestro trabajo. el frío empezó a ser brutal. —Vale —dije. El sábado que empezamos con las obras de ampliación. es mejor hacerlo en verano. De construcción no sabía entonces absolutamente nada —y en la actualidad tampoco es que sepa mucho más—. no obstante. sin entender el chiste. Pero nuestra reforma no la hicimos en . tráeme lo otro… Y soltó una carcajada.tráeme esto.

no sentía los dedos de las manos dentro de los guantes y no tenía muy .verano. de cuando ayudaba a mi padre en el campo. a mi padre nunca le ayudé en invierno. Otra cosa que aprendí también muy rápido es qué es un poyaque: «Pásame el serrucho. Me acordaba de Sudán.. Sin embargo. Para cuando me quise dar cuenta.. estado de Nueva York. ¡no! La hicimos en pleno invierno. sí hay invierno. En Tully. ¡Doy fe! Le pasé a papá el serrucho y esperé instrucciones. Lopez. Me encanta ayudar.». por favor… Necesito el martillo… ¿Están por ahí los tablones de dos por cuatro?. porque en Sudán no hay invierno.

¿Te apetece un chocolate calentito? —Ya lo creo. Lopez? Te necesito. —Pobre Joseph —dijo en un tono muy maternal—. donde estaba mamá. Dejé la taza de chocolate en la encimera. —¡Qué fríííííooooo…! —exclamé. pero parecía que ya tenía allí todo lo que necesitaba. Esperé a que papá me dijera que fuera a por algo. me puse los guantes y me . Y entonces oí a papá gritar: —¿Dónde estás.claro que conservara alguno de los de los pies. así que me escabullí y me fui directo a la cocina. Me puse a beber el chocolate todo lo rápido que su temperatura me permitía.

¿por qué no . Vuelta a ponerme los guantes y vuelta al frío. Este toma y daca entre papá y yo se prolongó durante dos fines de semana más. me miró y me preguntó: —Cuando llegaste.volví al frío para ayudar. papá y yo estábamos recuperando calor en el jacuzzi. Una tarde. A la media hora volvía a estar en la cocina bebiendo chocolate. Sin que viniera a cuento. hasta que la reforma de la habitación estuvo terminada. ¿por qué decías que sí a todo? Cuando necesitabas algo o no sabías algo. Lopez? —volvió a gritar papá. después de todo un día trabajando. —¿Dónde estás.

preguntabas? ¿Por qué decías sí. la verdad. sí. . —¡¿Qué?! —Creía que había habido un error y que por eso yo había ido a parar a un sitio tan bonito. Y pensaba que. me acabaríais echando. como no queriendo molestar? —¿Quieres que te diga la verdad? —le pregunté. ¿Por qué? Me daba mucha vergüenza decírselo. Estaba convencido de que yo no debía estar aquí. y tuve que hacerme violencia para hablar: —Tenía miedo de que os enfadarais y me echarais. si os enfadabais conmigo. —Sí.

Papá me miró con una mezcla de asombro y tristeza. Yo no lo merezco ni merezco a gente tan buena como tú y como mamá. papá. —Escúchame. ¿no? No me atrevía a mirarle a los ojos. tú ya sabes que eso no es así. Eso no lo va a cambiar nada. —Hijo mío. Estaba avergonzado de haber pensado lo que había pensado de ellos. —Lo sé. Esta es tu casa.—¿Cómo se te pudo ocurrir eso? —Porque todo esto es demasiado bonito para ser real. y nada va a cambiar nuestros . y lo será siempre.

sí. sí —dije. Papá me llevó a Siracusa para tener . El estado de Nueva York tiene una disposición que impide que los hijos de acogida se saquen el carné de conducir.sentimientos por ti. Y. supongo que pensarán que el día que nos podamos poner al volante nos vamos a fugar en dirección a Canadá o algo así. si me quedaba alguna duda del lugar que yo ocupaba en aquella familia. No entiendo por qué tienen esa norma. ¿Lo entiendes? —Sí. Ni papá ni yo le veíamos sentido alguno a la prohibición. así que él empezó a hacer gestiones. se desvaneció definitivamente cuando me fui a sacar el carné de conducir.

en realidad.una reunión en la que estarían presentes el trabajador social que llevaba mi caso y el funcionario que se encargaba de las situaciones de acogida en el norte del estado de Nueva York. pero sí sabía que mandaban mucho. Papá les rompió el saque de manera contundente: —Ustedes permiten que estos chicos entren en nuestro país y les dicen que este es su nuevo hogar. La reunión empezó con las explicaciones que los funcionarios le dieron a papá de por qué yo no podía tener carné de conducir. Yo no sabía quién era quién en aquella habitación. . no lo es. pero luego establecen normas con las que les están diciendo que.

pero a papá no le interesaban sus reglas. Allí me di cuenta de lo mucho que me quería papá. Ustedes dirán. Era evidente que a aquellos funcionarios nunca les había hablado nadie en esos términos. O ustedes arbitran una excepción a esta norma para que Lopez pueda tener su carné de conducir. y siguió presionando hasta que cedieron. .Déjenme que les diga lo que voy a hacer yo. Le respondieron balbuciendo referencias a otras de sus normas. jamás. Nadie antes había dado la cara por mí. o voy a buscar un juez que les empapele con un requerimiento judicial de tal calibre que se les van a quitar las ganas de más historias de este tipo.

todos. Todo cambió el día que el estado de Nueva York concedió a mamá y papá el permiso para acoger a otro . Todos eran mayores que yo y trabajaban.A las pocas semanas de acabar la reforma de mi cuarto. una vez cada quince días— con los otros niños perdidos que vivían en la zona. Desde mi llegada a Estados Unidos. pero. Aquella situación no era buena para él. Dominic era de mi edad. debido a un error administrativo al llegar a América. vivía con los chicos mayores en el centro de Siracusa. mamá y papá se habían preocupado de que saliera —al menos. en vez de vivir con una familia. excepto Dominic. hubo novedades.

chico: escogieron a Dominic. Le llevé a nuestro cuarto. los tribunales ratificaron la decisión y Dominic se vino a vivir con nosotros. Tampoco se trataba de entrar en detalles y explicarle que yo me había pasado la mayor parte del tiempo yendo y viniendo a la cocina para tomar chocolate caliente. le mostré la parte que había sido remodelada y le dije: —Eso lo hicimos papá y yo. Cuando llegó Dominic. —¡Qué! ¿Vosotros dos solos? —Sí —contesté orgulloso. —¡Caray! —exclamó Dominic. observando detenidamente la habitación . me encargué de enseñarle la casa.

por ejemplo. cómo funcionaban los interruptores de la luz o cómo regular la temperatura del agua en la ducha. Creo que escuchar aquello hizo a papá el hombre más feliz del mundo. era uno de los pocos niños perdidos a los que habían permitido viajar a América después del 11-S. El año que viene quiero hacer yo también una remodelación con papá. A los pocos meses. y le enseñé a Peter todo aquello que yo tuve que aprender al llegar a América.—. A los tres juntos no se nos ponía nada por delante. Yo volvía a ser el hermano mayor. . se vino a vivir con nosotros un tercer hermano. Peter venía de Kakuma.

También corríamos juntos. Durante la primavera en que Dominic vivió con nosotros antes de que llegara Peter. Antes de que ellos llegaran. Mamá y papá lo hacían para tener un detalle conmigo. las cenas de los viernes se convirtieron en una auténtica fiesta. íbamos en familia a cenar fuera todos los viernes. pero para mí era una auténtica tortura. Pero. cuando llegaron Dominic y Peter. Peter y yo éramos inseparables. él y yo nos hicimos imprescindibles en el equipo de . porque nunca sabía qué pedir. y las fotos no ayudaban lo más mínimo.Dominic. uno escogía y los otros dos exclamaban: «¡Guay! ¡Nosotros lo mismo!».

Yo corría todo lo que me decía Jim Paccia: la milla. el cuarto. Entre Dominic y yo solíamos conseguir unos ochenta puntos para el equipo. En atletismo. y así sucesivamente. igual. 800 metros lisos —dos vueltas a la pista—.atletismo del instituto. seis. el segundo. ocho. cuatro. Hacíamos lo que el entrenador considerara necesario para ayudar al equipo a ganar la competición. relevos 4x800 —en los que yo corría siempre el último relevo—. el tercero. Excuso decir que en los . salto de longitud… ¡Lo que hiciera falta! Y Dominic. los puntos del equipo se contabilizan en función de los puestos en que acaban los atletas que lo componen: el primer puesto supone diez puntos para el equipo. triple salto.

estaba sentado con Dominic y Peter en el jardín de detrás de la casa. ni siquiera en los buenos momentos. Nos habíamos hecho muy buenos amigos y . La vida era estupenda. y se dirigió a mí—: Joseph. Un día. Simon quiere hablar contigo. un momento —dijo. a principios del verano de 2003. Maravillosa. Pero la vida no se detiene.demás equipos empezaron a preguntarse cómo podían hacer para fichar niños perdidos para el equipo de atletismo. el día que llegué a Estados Unidos. Sonó el teléfono y mamá contestó: —Por supuesto. Simon es el niño perdido con el que hablé por teléfono camino de casa.

—¡¿Qué?! Sentí que el corazón se me salía del . —¿A mí? —pregunté—. —Hoy ha ido alguien a buscarte a Kakuma —dijo. ¿Quién va a ir a buscarme a mí a Kakuma? Todos aquellos amigos míos que no estaban viviendo en Kakuma vivían en Estados Unidos. —Tu madre. que era la lengua en que hablábamos siempre. ¿qué haces. amigo mío? — le dije en swahili. por lo que no me extrañó que me llamara. Cogí el teléfono: —Simon.hablábamos a todas horas.

y tu madre les preguntó de quién estaban hablando.pecho y empecé a decir que era imposible porque mi madre estaba muerta. y ellos dijeron que de ti. Me han llamado. —Tu madre ha estado en Kakuma buscándote. aquello era algo de lo que yo me había convencido a mí mismo para sobrevivir en el campo de refugiados. Oyó a dos amigos tuyos que decían que ojalá hubiera estado Lopez jugando al fútbol con ellos. pero me detuve. Me han dado un número de móvil por si quieres llamarla. . Yo no tenía la certeza de que mi madre estuviera muerta. Ella preguntó dónde estabas y ellos le dijeron que estabas en América.

Joseph? —preguntó mamá.Mientras hablaba con Simón. —Es mi madre —dije. Gracias —dije y colgué. me miraba. mi mamá americana. Me costaba creer lo que acababa de oír. —¿Qué pasa. Dirigí la mirada a mamá. mamá. —¿Tu madre? ¿Qué? —preguntó mamá. . No conseguí decir más. con los ojos llenos de lágrimas. Por la expresión de mi cara. y escribí el número en un trozo de papel—. —Vale —dije. se dio cuenta de que mi mundo se estaba tambaleando.

Mi madre no había oído mi voz desde que yo tenía seis años. no de . —No sé si puedo —dije yo.—Mi madre está viva. —Yo te marco el número —dijo ella. soy Lopepe —contesté. Y lo marcó. Ella esperaba oír una voz de niño. Lo siguiente fue escuchar en el teléfono una voz de la que no me acordaba: —¿Lopepe? —Sí. En aquel momento yo tenía dieciocho. Llama ahora mismo —dijo mamá. Este es su teléfono. —Llama.

no es la voz de mi Lopepe. —Lopepe… —Mi madre lloraba en la otra punta del mundo—. soy yo. Las lágrimas corrían por mis mejillas. Mi madre hablaba buya. ¿está…? . madre. Debes de haberte confundido. Lopepe. No entendía casi nada de lo que decía. y yo no había oído buya desde que mis tres ángeles desaparecieran de Kakuma. —Mamá.hombre: —No. Los soldados me arrancaron de tus brazos cuando tenía seis años. Se me quebró la voz. —No podía dejar de llorar—. —Sí. Y mi padre. Lopepe… Estás vivo… —decía mi madre. estoy vivo. no swahili.

y puede que las dijéramos. Los dos nos esforzamos por decir más cosas. Ahora sabía que lo estaban. estoy vivo. . está vivo. —Sí. nos bastaba con escuchar la voz del otro. —¿Estás vivo? —preguntaba mi madre una y otra vez. No importaban las palabras. Durante años me había preguntado si estarían vivos.—No pude acabar la frase. Mi madre y mi padre estaban vivos. —Sí. madre. ¿Dónde estás? —América —dije.

Me hacía la misma pregunta por lo menos diez veces en cada una de las dos conversaciones semanales que manteníamos. «De ahí.16. a las olimpiadas» —¿Cuándo vienes a casa. se me encogió el estómago y se me hizo un nudo en la garganta. Lopepe? —me preguntó mi madre. La primera vez que me lo preguntó. ¿Cómo le dice uno a una madre desesperada que acaba de volver de la tumba que puede que no vuelva a verlo a uno nunca? A aquellas alturas ya había contestado a la pregunta el suficiente .

Lopepe. Ahora no puedo ir a África. esta . No puedo ir a casa. ya te lo he explicado. América está muy lejos. Y después voy a ir a la universidad para completar mi educación. Ahora vivo en América. —No. no. y voy a la escuela. —Madre —le dije—. Tú tienes que venir a casa. —No es posible.número de veces como para controlar mis emociones. no. La idea que mi madre tenía de las distancias era calcada a la que yo había tenido antes de embarcar en el 747 que me llevó a Nueva York vía Pekín: —¿Por qué no vienes hoy a casa? Con ligeras variaciones.

pero ellos no me olvidaron nunca. Después de que los rebeldes me secuestraran en la iglesia. mi madre siguió albergando alguna esperanza de encontrarme con vida y. Acabaron asumiendo que debía de estar muerto y enterraron mis pocas pertenencias. . ahora que me había encontrado. mi familia emprendió mi búsqueda. pero fue en vano.conversación se repetía al final de cada llamada telefónica. Me quería en casa. Pero yo no podía volver a África. el luto concluyó al cabo de unas semanas. Aun después de mi funeral. y no la culpo. Todo el pueblo estuvo presente en mi funeral. yo tenía que volver a casa.

o haber hecho al menos todo lo que estuviera en mi mano por alcanzarlos. Debo de haber heredado algo de la tenacidad que llevó a mi madre a buscar a su hijo muerto durante doce años. porque yo estaba resuelto a no renunciar a mis objetivos hasta alcanzarlos. Dios mismo me había inspirado aquellos sueños: ¿cómo iba a renunciar a ellos? .Todavía no. Mi madre quería que yo volviera a la única vida que ella conocía. pero mi mundo y mis sueños iban mucho más allá del pastoreo de las vacas de mi padre. Volver entonces a Kimotong hubiera supuesto renunciar a mis objetivos de obtener un título universitario y correr en las olimpiadas.

nuestro entrenador. excepto al que los tiene. No . Tom Carraci —el amigo que me había abierto la taquilla todos los días durante el primer año— y yo tomamos la delantera. Jim Paccia. El primer entrenamiento de cross de mi segundo año en el instituto comenzó corriendo cuesta arriba hasta la cima de una colina que había junto a Tully.El problema de los sueños es que le parecen una locura a todo el mundo. que acabó en una auténtica carrera colina arriba. Pero es suficiente con que otra persona crea en ellos para que uno persevere. corría con nosotros. pero un problema en las rodillas le impedía seguir el ritmo que marcábamos Tom y yo.

jadeando e intentando recuperar el resuello. que venía después. —Tom. ¿te he dicho ya que voy a correr en las olimpiadas de 2008? —Sí. un millón de veces. Desde la cima de la colina.recuerdo quién ganó en aquella ocasión: en realidad no se trataba más que de un calentamiento para el verdadero entrenamiento. ¿Y sabes qué?: que. con las manos apoyadas en las caderas. voy a ir a verte correr. No importa . observábamos al equipo de lacrosse entrenando en uno de los campos del instituto de Tully y al equipo de fúbol americano en otro. cuando estés en el equipo olímpico. más o menos —dijo Tom—.

—Si alguien puede conseguirlo. amigos que . Y. Sean.dónde sean las olimpiadas. cuando lo consigas. no me lo voy a perder. miembro del equipo y uno de mis mejores amigos. pero una cosa es creer en uno mismo y otra muy distinta. —¿De verdad? —dije. Aquel fue un momento importante para mí. Cuando corras en las olimpiadas. Tom me miró muy serio. Me vas a tener allí. Yo sabía que tenía capacidad para hacer realidad mi sueño. ese eres tú. tener. yo también voy a ir a verte. había llegado arriba al mismo tiempo que nosotros: —Yo también. además.

Mi sueño se iba a convertir en realidad. lo mismo que Sean. debido a la preocupación de mamá por alimentarme bien. Yo era entonces un estudiante de instituto tirando a flaco… Bueno. a Pekín. —Tienes mi palabra —dijo Tom. . Tenéis que venir conmigo a China. cada vez menos flaco.también crean en ti. Y me dio la mano para rubricar el compromiso. porque. ¡eh! — dije—. en 2008. Quedaban cinco años para 2008. mi cuerpo empezaba a parecerse más al de un jugador de fútbol americano que al de un corredor de fondo. —Os habéis comprometido. Me daba igual.

las cosas fueron incluso mejor: después de ganar en los campeonatos estatales. Acabé duodécimo de mi región. No gané el Foot Locker. Al año siguiente —mi último año de instituto—. quedé entre los seis primeros en los regionales. con lo que viajé a San Diego para competir en el campeonato nacional de Foot Locker para institutos. gané la final de cross de los campeonatos estatales. pero lo hice lo suficientemente bien como para que los ojeadores de las universidades se .*** Durante mi segundo año en el instituto. lo cual me clasificaba para los campeonatos regionales interestatales.

como Oklahoma. podría optar a una beca sin necesidad de cumplir los mínimos establecidos para el SAT. mis notas en el SAT — las pruebas para el acceso a la universidad en Estados Unidos— no llegaban al mínimo requerido para optar a una beca en las mejores universidades.fijaran en mí. Princeton. Tuve ofertas de universidades de prestigio. Pero lo de ir a un colegio universitario cerca de Siracusa. Florida o. Por desgracia. si sacaba buenas notas. incluso. o a cualquier otro centro del norte del . Tenía la posibilidad de ir a algún colegio universitario de la zona para hacer las llamadas asignaturas previas.

no entraba dentro de mis planes.estado de Nueva York. y nuestros planes de cara a la universidad eran idénticos. ya que había que hacer una carrera y dado que la carrera se podía hacer en muchos sitios. . ya había padecido suficiente frío. Después de tres años viviendo en el norte del estado de Nueva York. Dominic y yo acabamos nuestros estudios en el instituto el mismo año. nuestro planteamiento era que. Dicho lo cual. preferíamos un sitio cálido. puestos a hacerla. Por supuesto que pensábamos hacer una carrera: mamá había dejado muy claro que teníamos que conseguir un título universitario y que sobre eso no admitía discusión alguna.

nos hizo subir al coche y se puso a conducir rumbo al sur. así que continuamos con nuestro viaje hacia el sur. en Virginia. Nada más entrar con el coche en el campus.El procedimiento que siguió mamá para buscar universidad a dos niños perdidos que huían del frío fue de lo más científico: durante las vacaciones de primavera. . Mamá había concertado una entrevista en la Universidad Estatal de Norfolk. En Maryland vimos unas cuantas universidades. El segundo día llegamos a Virginia Beach. En los estados de Nueva York o Pensilvania ni nos planteamos parar. pero a mí no me gustó ninguna.

Mamá también nos concertó una entrevista con el entrenador de atletismo. lo académico y encontrar el sitio adecuado para que acabáramos nuestras carreras era mucho más . lo cual también me gustaba.pensé: «Este es mi sitio». pero mantuvo un perfil bajo. en la Universidad Estatal de Norfolk. el tamaño del centro —ni demasiado grande ni demasiado pequeño— era el que a mí me gustaba… Además. No quería distinguirme en un sitio nuevo para mí. el paseo por el campus la despejó: la temperatura era perfecta. precioso. Para ella. el campus estaba verde. Y. si quedaba alguna duda. había mayoría de estudiantes negros.

Después del paseo por el campus. claro. Ella no dijo nada y nosotros. nos fuimos en coche a la playa. al mismo tiempo. estaba África. Bajamos a la arena y yo me quedé contemplando el horizonte: sabía que hacia el este.importante que cualquier otra cosa. . si ella hubiera dicho que yo era el campeón de cross del estado de Nueva York. Y. seguramente el entrenador no nos hubiera dejado salir de allí antes de firmar un documento comprometiéndonos a correr con el equipo en pruebas de cross y de atletismo. al otro lado del Atlántico. Aquello me hacía sentirme unido a mi tierra natal y. tampoco.

A algunos les podrá parecer que eso es una distancia enorme. Siracusa estaba solo a nueve horas por carretera. Lo que hice fue recurrir a un préstamo federal para pagarme yo mis estudios: estaba invirtiendo en mi futuro.suficientemente cerca de mi nuevo hogar como para que mamá y papá pudieran venir a visitarme. pero no a mí. por lo que no me dieron ninguna beca. Mi idea era quedarme allí cuatro años. hasta acabar mis estudios. pero preferí no firmar ningún documento comprometiéndome con el equipo de atletismo. . La Universidad Estatal de Norfolk era el sitio cálido más cercano que habíamos podido encontrar.

a finales de julio de 2001. no obstante. en mayo de 2004. según lo previsto por mamá. aunque no estaban mal si tenemos en cuenta que yo no hablaba inglés cuando llegué a Nueva York. yo estaba muy orgulloso de mis logros. mis notas del instituto dejaban bastante que desear. papá y yo habíamos hablado largo y tendido de este asunto y habíamos llegado a la conclusión de que lo prudente era no correr desde el . Mamá. acabé el instituto en el año que me correspondía.Decidí no correr cross durante el primer curso. la universidad era todo un reto para mí. aun así. Como ya he mencionado. Teniendo en cuenta mis circunstancias.

Así fue como conocí a una de las estrellas del equipo de atletismo de Norfolk. Tom Hightower. pero lo primero era lo primero y. Tom y yo conectamos desde el primer momento. Me recordaba a mis amigos de Kakuma. Mi objetivo eran las olimpiadas de 2008. sino esperar hasta que me adaptara a las exigencias de la vida universitaria. por tanto. debía acabar la carrera en el tiempo que me correspondía: de eso se iba a encargar mamá.principio. porque se preocupaba de Dominic y de mí del mismo modo que los mayores se . entrené como nunca. Aunque no corrí con el equipo de cross.

no tardó en darse cuenta del potencial que yo encerraba. Los tres íbamos a correr a la playa casi todos los días. Sin embargo. Él era estudiante de último año y uno de los mejores atletas de la universidad. y supongo que su primera reacción debió de ser de escepticismo: pensaría que adónde iba aquel novato.preocupaban de los pequeños en el campo de refugiados. diciendo que quería ser corredor de fondo. yo le hablaba a Tom de mis sueños olímpicos. con trazas de jugador de fútbol americano. estábamos Tom y yo en su . Un día. mientras corríamos. un corredor que ni siquiera había intentado entrar en el equipo de cross.

—Te creo. —En dos años puedo solicitar la nacionalidad —le dije—. . Como destacado y veterano corredor del equipo de atletismo. Pero. si quieres correr en unas olimpiadas. y creo que puedes conseguirlo. —¿Por qué dices eso? —le pregunté. Eso no era lo que yo esperaba oír. en vez de sugerirme que fuera a otro sitio.apartamento. y dos años más tarde voy a intentar entrar en el equipo olímpico de Estados Unidos. debía haber intentado convencerme de que entrara en el equipo. Norfolk no es tu sitio. charlando y comiendo pizza.

lo cual es bueno para los corredores de fondo. Es un sitio que está bastante alto. Pero las dotes innatas solas no son suficientes.—Porque esto se te queda pequeño. —¿Y adónde crees que debería ir? —A Arizona. Tienes que ir a una universidad donde te hagan rendir al máximo de tus capacidades. a la Universidad de Arizona del Norte. Hay muchos corredores por ahí que nunca llegan a dar todo aquello de lo que serían capaces. Yo . en Flagstaff. tú eres un corredor fuera de serie. Tienes unas dotes innatas como yo no le he visto nunca a nadie. Tom se dio cuenta de que yo seguía sin entender —. —Por la expresión de mi cara. Lopez.

—No. Es un tipo que sabe lo que hace. Él sí puede llevarte. a las olimpiadas. Ya lo verás. como no has entrado en el equipo aquí este año.estuve allí un verano. Podemos entrenar tú y yo juntos. —Me lo voy a pensar —le dije. . y con eso bastará. —Voy a llamar al entrenador y le voy a hablar de ti. con su entrenador. y no tienes que esperar a que acabe el curso. de ahí. no le llames… Aquí también puedo alcanzar mis sueños. Lo único que yo sabía de Arizona era que hacía calor y que estaba muy lejos de mi casa. Además. tienes libertad para fichar por quien quieras.

no bastará. Lopez. Los dos habíamos sido inseparables desde que llegó a casa. Tienes que ir a la Universidad de Arizona del Norte. Tom tenía razón. Tampoco sabía cómo iba a explicarle a mamá mis planes. Mamá y yo habíamos estado de acuerdo en que la Universidad Estatal de Norfolk era la ideal. aunque en este caso no había motivos para la .—No. pero yo tenía que considerar otras cosas. y lo que tú necesitas es medirte con tíos que te hagan sufrir. Yo no soy tan rápido como tú. Y a Dominic le encantaba: él no se quería ir a la de Arizona del Norte. yo no estaba seguro de que me quisiera ir sin él.

nuestros caminos se acabarían separando. en cuanto le di la noticia de que me estaba planteando el cambio de universidad. Seguíamos siendo hermanos y eso no lo iba a cambiar nada. Eso es lo único que me importa. los dos sabíamos que. Y. tarde o temprano. . por lo que respectaba a Dominic.preocupación porque. siempre y cuando acabes tu carrera. a mí me da lo mismo a qué universidad vayas. Daba igual que compartiéramos apartamento en Norfolk o que viviéramos a cinco mil kilómetros de distancia. sonrió y me dijo: —Joseph.

Al encontrar nuestro historial de victorias. Durante el verano. El entrenador debió de pensar que con ella lo tenía más fácil que conmigo. Yo estaba en casa. porque se puso a venderle la Universidad Estatal de Norfolk para Dominic y para mí. nos quiso inmediatamente en el equipo de atletismo. Mamá cogió el teléfono. El entrenador de Norfolk hizo sus indagaciones cuando vio cómo corríamos Dominic y yo en alguno de nuestros entrenamientos por la zona. una vez concluido el curso. .Pero no todo iba a ser tan fácil. en Siracusa. charlando con mamá y papá. cuando llamó el entrenador. la presión se volvió más intensa.

—Tenemos una beca completa para Lopez —dijo—. Había hablado con el entrenador de su equipo de atletismo. Tienes que hacer lo que consideres que es lo mejor. Mamá le escuchó pacientemente. Ni siquiera había visto la Universidad de Arizona del Norte. sin embargo. —La decisión es tuya. Joseph —me dijo ella—. mis notas en matemáticas no alcanzaban todavía el . quien me quería en el equipo. Se acabaron los préstamos y la preocupación de cómo pagar la universidad. Yo estaba dividido. pero sin pronunciarse en ningún sentido. John Hayes. La beca le cubrirá todo.

vivir junto al mar… Arizona estaba en medio del desierto: por entorno. Me encantaba la universidad. —Joseph. —Dile que me dé cinco minutos. quiere una respuesta. El entrenador de Norfolk volvió a llamar al día siguiente. . Mamá contestó el teléfono. En Norfolk no tenía que hacer nada para que me dieran la beca: solo tenía que firmar abajo. tendría que coger —y aprobar— otra asignatura de matemáticas para que él pudiera asegurarme algo.nivel requerido para que me dieran una beca en esa universidad. el clima. no podía competir con Norfolk.

¡y necesito saberlo ya!». entraba en el salón. Con cinco minutos. —Un minuto —oí que decía. rezando—. «Necesito saber qué quieres que haga. no le dejaba a Dios mucho tiempo para que me diera una respuesta. Él me había llevado a América… «Dios mío.Tengo que rezar —dije. Acto seguido. fue mi oración. donde yo estaba de rodillas. pero yo sabía que Él ya tenía claro su plan para mi vida: a Él debía el don que tenía para correr. y mamá volvió a cogerlo. Él había inspirado mis sueños. A los cinco minutos sonó el teléfono. ¿Qué vas . escúchame».

y. Me voy a la Universidad de Arizona del Norte…. Mamá parecía perpleja por mi respuesta. —No tengo nada que decir. —¿Estás seguro? El tono de su voz denotaba . La Providencia me quiere allí. a las olimpiadas.a hacer? —me preguntó. pero yo me voy a Arizona del Norte. —Dominic se quiere quedar en Norfolk. de ahí. —¿Y si no consigues entrar? —No te preocupes. y deseo que se lo pase muy bien allí. —Dile que le dé mi beca a otro.

Todo va a ir bien. .preocupación. Bajo ningún concepto. —Sí. Las universidades eran para eso. —Sí. —Y vas a acabar tu carrera… — dijo. mamá. Ya verás. pero debía ser también el sitio que me condujera a una titulación universitaria. ¿no? Yo estaba convencido de que mamá se iba a encargar de que no lo olvidara. La Universidad de Arizona del Norte podía ser el sitio que me condujera a las olimpiadas. acabaré mi carrera —dije. Esbozó una sonrisa forzada. Estoy seguro. Me eché a reír.

.

y había ganado la final de 3. Debería de haber estado nervioso. . Mi entrenador. Las cámaras de la cadena de televisión CBS Sports enfocaban todos los ángulos de la pista. John Hayes. Lopez? Sonreí. Unos meses antes.17. para calentar. Las gradas estaban abarrotadas. pero no lo estaba. se acercó a donde yo estaba. ya había soportado la presión de unos campeonatos universitarios de la NCAA. —¿Cómo te encuentras.000 en pista cubierta. El placer de correr Di una vuelta a la pista corriendo muy suave.

no tenía mucha experiencia de 1. Pero no lo estaba. así que tienes que correr con cabeza. Él daba por hecho que yo estaría nervioso. pero había demostrado que estaba muy fuerte y aquella carrera formaba parte de un plan .500. A diferencia de mis rivales.—Genial.500. No hay problema. John meneó la cabeza con una sonrisa. Vas a tener que batirte con atletas muy buenos. Esto es muy divertido — dije. —Recuerda que esta es una carrera táctica —dijo—. La mayoría de esos tipos son especialistas de 1. entrenador —dije—. —Claro. Ni lo más mínimo.

había corrido 800. incluido algún 400 y relevos de 4x800 y 4x400.500 en un meeting contra otra universidad y en el meeting de la liga de atletismo. En la temporada anterior.000 . corrí 1. había corrido un poco de todo. John Hayes me permitía correr todo tipo de distancias para ver cuál se adaptaba mejor a mis características. En la temporada en la que estábamos entonces. además. Y. de manera casi exclusiva. yo me presentaba voluntario a correr cualquier prueba que sirviera para conseguir puntos para el equipo. Después de correr diez kilómetros durante la temporada de cross y 3. Al final de la temporada.más amplio.

Debido a mi inexperiencia. pasando por los medios de comunicación que . Mi entrenador tenía razón: el 1.durante la temporada de pista cubierta. La carrera me gustaba. Ninguno sabía qué podía esperar de mí en aquella distancia. Ese era el motivo por el que iba a correrla en los campeonatos de la NCAA. yo era una incógnita para los demás corredores. porque requiere algo más que pura velocidad o puro fondo: requiere las dos cosas y. pensar muy bien cada una de las cuatro vueltas. el 1. Todos —desde los atletas de los otros equipos hasta los aficionados.500 es una carrera táctica. además.500 me parecía una distancia corta.

la semifinal y llegué a la final. —Recuerda lo que te he explicado —me dijo John—. deseaba mi victoria tanto como yo—. Es una cuestión táctica. Pero tampoco te obsesiones tanto con reservarte para el final que te quedes demasiado atrás. —Se quitó la gorra y se pasó la mano por la cabeza. y esperaba hacer grandes cosas en ella. Tienes que reservarte para los últimos ochenta o noventa metros. Tienes que correr con estrategia. Esa prueba me gustaba. No vayas delante tirando. Lopez.cubrían el evento— se sorprendieron cuando superé las rondas clasificatorias. Sonreí y dije: . Yo no.

Me senté en el área interior de la pista para hacer estiramientos: primero la pierna derecha. porque había tenido lugar en la fiesta familiar de la empresa de papá. —Vale —dijo—.—Sí. Todo era muy distinto a mi primera «carrera» en Estados Unidos: aquello había sido más una carrera popular que una competición. Observé a los tipos contra los que iba a correr. Lo tengo claro. El programa de festejos incluía una carrera de diez kilómetros que en ningún momento había pensado correr. entendido. entrenador. pero papá me dijo: . No te preocupes. luego la izquierda. Te dejo para que sigas calentando.

El calor y la humedad de aquel día de agosto me pasaron factura.—Vamos. pero los gritos de ánimo de mamá lo evitaron: . pero papá tenía unas para mí—: Usa estas zapatillas. y por aquel entonces yo detestaba correr calzado: sentía los pies pesados y lentos. Estuve a punto de abandonar a mitad de carrera. tienes que correr. No me quedaban bien. Yo era incapaz de resistirme a las camisetas y a las Coca-Colas. —Yo no había llevado zapatillas de deporte. y mamá me prometió una Coca-Cola esperándome en la meta. Pero a todo el que participaba le regalaban una camiseta. así que corrí.

Mi cabeza me trasladó allí de nuevo y recordé mis carreras de treinta . aire seco y caliente. tú puedes! Al final.—¡Vamos. lo mismo que en Kakuma. sin nada de humedad. un día de junio en que hacía un calor achicharrante. Joseph. California. donde todos los días eran iguales: temperaturas por encima de treinta y cinco grados. lo cual —teniendo en cuenta que competía contra un grupo de corredores expertos — no estuvo nada mal para un futbolista como yo. acabé tercero o cuarto. nada de humedad. Era un calor seco. Hay atletas que se quejan del calor: a mí me encanta. Ahora estaba en Sacramento.

Cogí mis cosas y me dirigí a la línea de salida. adopté mi máscara de competición: gafas de sol. semblante de .500». Ahora. Su voz resonaba en mi cabeza cuando cogí mi botella de agua y eché un buen trago. Por fuera. se escuchó por la megafonía. nos repetía John a los atletas del equipo como si fuera una salmodia. descalzo. «Manteneos hidratados». «Primera llamada para la prueba de 1. con aquellas ropas de beneficencia hechas jirones… Entonces ni siquiera bebía después de correr: las ganas de jugar al fútbol podían más que la sed. ni se me pasa por la cabeza hacer una locura como esa.kilómetros alrededor del campo de refugiados.

Por dentro. Mi . La carrera para salvar mi vida ya la había corrido hacía mucho tiempo. En Kakuma corría todos los días. la noche que me escapé con mis tres ángeles. sino también para olvidarme de mi estómago vacío y evadirme de la dura realidad de la vida en el campo de refugiados. ¿Cómo no iba a sonreír? Aunque aquella era la carrera más importante que había corrido hasta entonces. no la corría para vivir. aire dominador.tipo duro y resuelto. no podía dejar de sonreír. y eso nos hacía correr aún más rápido. Aquel día iba a correr por el placer de correr. sabíamos que los soldados rebeldes podían abrir fuego contra nosotros en cualquier momento. no solo para poder jugar al fútbol.

. Sentía que Dios me había bendecido como a nadie.500 en pista cubierta.500». Media docena de aquellos corredores tenían posibilidades de ganar la carrera. Y decidí disfrutarlo al máximo. Me quité la chaqueta y el pantalón de chándal y se los lancé a John. A aquella final habían llegado el entonces vigente campeón de 1. Era un grupo muy selecto. Había que correr con cabeza. «Segunda llamada para la prueba de 1. y el campeón de 1. Mis once rivales se acercaron a la línea de salida. Vincent Rono.500 en pista descubierta. Leonel Manzano.pasado solo me proporcionaba motivos para disfrutar del momento.

Cuando llegué al campus. La Providencia había querido que me sintiera atraído por aquel campo profesional. sabía de qué estaba hablando. durante esos dos años. durante una .—¿Estás preparado? —me preguntó. la NAU había significado mucho más para mí. —Sí —contesté. Cuando Tom Hightower me dijo que aquel lugar y John Hayes me llevarían hasta las olimpiadas. descubrí que tenían uno de los mejores programas de formación en dirección de hoteles de todo el país. Pero. Me miré la camiseta azul marino con las letras amarillas en el pecho: «Northern Arizona University».

y el dinero posibilita la construcción de escuelas. Los niños perdidos de Sudán fueron noticia en 2001. Mi éxito como atleta también puede contribuir a que eso se haga realidad.temporada en la que conseguí un trabajillo en un hotel de la cadena Best Western que estaba cerca de mi casa en Tully. Mi objetivo era —y sigue siendo — construir un hotel en Sudán del Sur para atraer así turistas a la zona. más hablará la gente del lugar del que yo procedo. hospitales y pozos de agua. y más patentes quedarán al mundo las necesidades de Sudán del . Cuanto más éxito tenga como atleta un niño perdido de Sudán. pero la gente tiene muy mala memoria. los turistas significan dinero.

podré liderar proyectos para mejorar la situación. agobio es ver a tus amigos morirse de malaria y preguntarte quién será el siguiente. aunque fuera la final de un campeonato. agobio es tener que escribir una redacción de la que depende tu futuro en un idioma que desconoces… Pero una carrera. con la formación recibida en la NAU.Sur. no me producía ningún agobio. Agobio es lo que se siente cuando tienes que hacer durar treinta días la comida que te asigna la ONU. Y entonces yo. Ni siquiera estas consideraciones me produjeron agobio alguno cuando me acerqué a la línea de salida de la final de 1. .500.

Sonó el disparo. con cinco corredores a mi izquierda y seis a mi derecha. Todos se van acercando hacia las calles interiores durante la primera vuelta. justo en el centro de la pista. se oyó por la megafonía. No me preocupé demasiado de apretar durante .500. Respiré hondo. en sus marcas…». me repitió hasta la saciedad.«Tercera llamada para la prueba de 1. John me había advertido de la importancia de situarme bien en carrera: «No dejes que esos tíos te encajonen». «Corredores. «Disfruta». me recordé a mí mismo. Corredores a la línea de salida». y empecé a correr. el sexto. Me situé en la línea.

tranquilo».500 no va a ningún lado. pero tampoco a un paso que hiciera la carrera demasiado lenta. «Tranquilo. Los corredores hacen su interpretación de la carrera a partir de lo que va marcando el que va . no te tenses». me sermoneaba continuamente. Concluimos la primera vuelta a un ritmo en el que me sentía cómodo. el que iba en cabeza no iba a ritmo de liebre. tranquilo. Si me llego a relajar más. pero nunca aguantan. Las liebres aprietan para ponerse en cabeza. «Corre relajado. podía escuchar la voz de John martilleándome en la cabeza. las piernas no me hubieran sostenido.la primera vuelta: la primera vuelta del 1.

En el meeting de cross de la liga Big Sky al que acudí el primer año. Todas lo son. incluso el cross de diez kilómetros. yo no sabía nada de estrategia de carrera: me limitaba a correr todo lo que podía durante el mayor tiempo posible. Por lo visto. El primer puesto de la liga siempre lo ocupaba Weber o la NAU. pero no cuando el equipo más me necesitaba.en cabeza. Aquello funcionó durante casi toda la temporada. John me dijo que fuera al ritmo de Seth Pilkington. Durante mi primera temporada en la NAU. el mejor corredor de la Universidad Estatal de Weber. John Hayes tenía razón cuando decía que aquella era una carrera táctica. el entrenador de Seth . en cierto modo.

Mi segunda temporada también acabó de convencer a John de que el sueño olímpico del que yo le hablaba continuamente era una posibilidad real. Comencé la siguiente temporada totalmente transformado: John Hayes y aquella carrera me acabaron de convencer de que la estrategia es tan importante como la velocidad. Al final. porque durante los primeros siete kilómetros los dos corrimos tan rápido que no conseguimos ningún punto para nuestros equipos. pero yo me sentí culpable por haber corrido de una manera tan estúpida.le dijo a él lo mismo respecto a mí. mi equipo ganó la liga. .

apreté. Antes de la primera curva de la segunda vuelta. pensé. La segunda vuelta sirve para posicionarse.Durante la primera vuelta corrí en el centro del grupo. No era tanto una cuestión de posición como de la distancia que quería mantener con el corredor de cabeza. buen ritmo. me gusta. Me encuentro muy bien». al final no iba a poder . Si dejaba al corredor de cabeza irse demasiado lejos. pero muchos la han perdido ahí. en sesenta segundos. y pasé de la sexta a la cuarta posición. El corredor de cabeza acabó esa vuelta en algo más de cincuenta y ocho segundos. Yo. «Bien. Nadie ha ganado nunca una carrera en la segunda vuelta.

alcanzarle. y yo observaba cada una de sus . Me mantuve en la cuarta posición. por mucho que esprintara. Gané el cross de la liga Big Sky — ocho kilómetros— en 2006 y 2007. yo habría salido detrás de él. porque corría distancias muy diversas. pero mantenía un ritmo constante. pero yo no. cerca del corredor de cabeza. Mi experiencia con distancias tan distintas hacía que tuviera una gran fe en mi sprint. La mayoría de los corredores se especializan. y en 2006 quedé también cuarto en la carrera de 800 de los campeonatos de pista descubierta de la NCAA. Y yo tenía un buen sprint. Si él hubiera atacado.

zancadas. donde las zarzas me hacían sangrar las piernas. Yo. Sentía el calor de la pista bajo mis pies. En el instituto. y cada dos zancadas saltaba para tocar el techo. hasta el perímetro del campo de refugiados. . A lo largo de los años había corrido en muchos tipos de superficie: desde la selva y la sabana. más que correr. daba botes. hasta que un día no me di cuenta de que tenía delante el marco de una puerta y lo siguiente que recuerdo es que me encontraba en la enfermería sin tener ni idea de cómo había llegado allí. el equipo de atletismo corría por los pasillos cuando la nieve y el frío nos impedían entrenar fuera. donde sentía la arena y las piedras en las plantas de mis pies descalzos.

El profesor Hales. había habido mucha gente que me había despejado el camino para que yo no tropezara. de manera que tenía suficiente espacio para reaccionar si alguien tropezaba y se caía delante de mí. por el exterior. me repetía a mí mismo. Me había colocado justo detrás del tercer corredor. pero sí quería pasármelo muy bien. me hacía ir . se acabó esto de correr y saltar: ¡limítate a correr! No es que me hubiera planteado ponerme a dar saltos en aquel 1. No quería rezagarme por un error ajeno. «Relájate y disfruta el momento». En Flagstaff. mi asesor académico.500.Mamá se llevó un susto de muerte: —Joseph.

pero no solo me escuchaban.a su despacho cada vez que me veía desanimado por la carga de trabajo de las clases. y siempre me ayudaba a diseñar un plan para afrontar lo que me superaba. Uno de mis profesores de Gestión de restaurantes de hotel. Wally Rande. Me recordaba mucho a mamá: «Tú puedes». repetía una y otra vez. Tanto él como el profesor Hales me escuchaban pacientemente cuando les hablaba de mis descabellados sueños de ir a las olimpiadas y construir un complejo turístico en Sudán del Sur. hizo también funciones de asesor conmigo. preocupándose de que entendiera bien la materia. sino que también me ayudaban a poner patas a aquellos .

Crucé la línea de salida: empezaba la tercera vuelta. En las dos primeras vueltas habíamos llevado un ritmo de un minuto por vuelta.sueños. Se convirtieron en mi familia de Flagstaff: no hubiera aguantado mucho allí sin ellos. Yo iba a menos de medio segundo del corredor de cabeza. pero no tan rápido como para que resulte difícil mantenerlo. las piernas se debilitan… Yo procuraba centrarme en mi carrera. Las dos primeras vueltas . que es un ritmo muy rápido. que es la vuelta en la que uno debe situarse para lanzar el ataque final. El cansancio empieza a notarse en la tercera vuelta: los pies se vuelven pesados.

La primera vuelta no es relevante. Durante la tercera vuelta corrí suelto. empecé a mentalizarme para el ataque. y recordé la carrera de Michael Johnson en las olimpiadas del 2000: cabeza erguida. alas en las piernas… «Hoy es mi día». Sonó la campana. la segunda es para posicionarse.había corrido relajado. pero concentrado. en la tercera uno se prepara para atacar. Cruzamos la línea de salida. me decía a mí mismo. . para evitar los apelotonamientos que a veces se producen en estas carreras. «Haz tu carrera y ganarás». ¿y qué pasa en la cuarta? En la cuarta. me mantenía en una posición despejada. brazos acompasados.

500 en pista cubierta. conmigo detrás de él. me repetía a mí mismo. me decía a medida que nos acercábamos a la recta final. espera…». Aceleró. Enfilamos la curva. había ido segundo durante la segunda y la tercera vuelta. Delante teníamos la marca de .«¡Dios mío. empezó a ceder. «Un poquito más». se puso el primero. el campeón de 1. El corredor que había ido en cabeza durante las tres primeras vueltas. «Espera…. Yo aceleré también para seguir pegado a él. Leo Manzano. Noté cómo alguien intentaba rebasarme por el exterior y me moví hacia afuera. lo justo para evitar que me cerrara. ayúdame!».

Leo Manzano estaba esprintando muy rápido. En la marca de treinta metros estaba casi .trescientos metros y. En aquella última curva sentí que me quedaba suficiente fuerza en las piernas. pero yo no oía más que el roce del aire en mis oídos y el corazón en el pecho. Quedaban cincuenta metros. «Resérvate para los últimos cien metros». empecé el sprint. Me puse segundo. me había dicho John. Esprinté con todas mis fuerzas y me desplacé un poco hacia el exterior. Él iba una zancada por delante de mí. delante de mí. en cuanto la crucé. Salimos de la curva. Rugía la multitud. Apreté todo lo que pude y Manzano apretó también.

Crucé la línea de meta. veinte metros…. Me levanté y le di la mano a Leo Manzano. paré el cronómetro que llevaba en la muñeca y me dejé caer en el suelo de pura alegría. Mi oración iba mucho más allá de las carreras. yo iba delante… Ya no le volví a ver: con los ojos fijos en la línea de meta. «Gracias. —La tuya también.a la altura de Manzano…. a su altura…. . —Gran carrera —me dijo. Miré al cielo y me santigüé. corrí como nunca en mi vida había corrido por una victoria. Sigue derramando con abundancia tus dones». Dios mío. gracias. seguí unos cuantos pasos más.

Y entonces miré a la cámara y dije—: ¿Has visto. Lopez —dijo el periodista—. Has corrido una carrera increíble. Lejos de allí. Una cámara de televisión de la CBS se acercó. Yo no podía contener mi alegría.El corredor que había acabado en tercera posición me estrechó también la mano. mamá? Gracias por darme esta oportunidad. Fue entonces cuando entendí por qué Michael Johnson había llorado después de ganar un oro olímpico en su última carrera. —Gracias —le contesté. —Enhorabuena. en una sala de estar de .

Para unos campeonatos universitarios. eso es un ritmo de vértigo. en aquella carrera.Tully. Compartimos aquel momento a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia. cuatro corredores habíamos acabado por debajo de 3:38. Después de aquel triunfo. me invitaron a correr con el equipo de atletismo de Estados Unidos en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro. mamá lloraba. otro sueño se hizo realidad: me nacionalicé . en Brasil. También me dijeron que. Nueva York. un par de semanas después de los campeonatos de la NCAA. Yo ya podía representar a Estados Unidos porque.

Una oferta por la que llevaba esperando diecisiete años. .estadounidense el 4 de julio de 2007. Sin embargo. Alguien me había llamado para hacerme una oferta mejor. decidí no correr en los Juegos Panamericanos.

cuando ella se dirigió a mí para preguntarme si era de Kenia. la traté con recelo.18. ¿Quién era aquella niña blanca que venía a hablar conmigo sin más ni más? Entonces me . Nos habíamos conocido un año antes en el local de la asociación de estudiantes. Mi amiga Melissa Kiehlbaugh acababa de volver de otro de sus viajes a Kenia. Reencuentro familiar Volví a ver a mi madre biológica. por primera vez desde que tenía seis años. en la residencia de estudiantes de la NAU en la que vivía. Al principio.

Melissa había llevado unas fotos que me había sacado a mí para enseñárselas a mi madre. para que mis hermanos pudieran ir al colegio en Kenia. Pero. En aquella época. y allí le había sacado fotos a mi madre para enseñármelas a mí. enseguida. mi madre vivía en Kenia con dos hermanos míos a los que yo no conocía. y le hablé también de mis padres biológicos. Mamá y papá mandaban dinero a mis padres todos los meses desde Nueva York. . Peter y Alex.dijo unas palabras en swahili y yo me quedé con cara de «¿qué querrá esta niña blanca?». En su último viaje a Kenia. Aquel primer día le conté mi historia. Melissa y yo nos hicimos buenos amigos.

pero que no recordaba. después de tantos años. en una residencia de estudiantes de Flagstaff. pero ahora ¡puedo verla! Eso te convierte en más que una amiga. Melissa abrió su portátil. Me has traído a mi madre. hizo varios clics y en la pantalla apareció una cara que me resultaba familiar. te convierte en mi hermana. Arizona. sentado en mi habitación. . Había escuchado su voz.Y así fue como pude volver a ver a mi madre. Fui corriendo a mirarme al espejo y observé mi cara detenidamente: ¡estaba viendo a mi madre en mí! Abracé a Melissa tan fuerte que casi la estrangulo. —¡Ahora eres mi hermana! —dije —.

—Soy Mary Carillo de HBO Real Sports —dijo una mujer—. —Sí. Gracias —dije. y les ha interesado tu historia. Nuestros productores te han visto ganar el 1. El atletismo era una tribuna que me permitía hablar de Sudán del Sur y de los niños perdidos. Pero Mary Carillo tenía un .500 de los campeonatos de la NCAA. me harían unas preguntas y me grabarían corriendo. Supuse que un equipo de HBO cogería un vuelo a Arizona. por supuesto. Y tenía que servirme de ella. Nos gustaría hacer un reportaje sobre ti. aceptaba. si tú quieres.Dos años después. Siempre que alguien me pedía que contara mi historia. sonó mi teléfono.

La última vez que había . Era el mismo aeropuerto en el que yo había aterrizado hacía seis años. cuando viajé de Kenia a América. Fue la primera vez que usé mi pasaporte estadounidense. para mí sí la tenía.proyecto mucho más ambicioso en su cabeza. yo embarcaba en un avión en Phoenix. con destino Nueva York. Aunque a la mayoría de la gente eso le parezca algo sin importancia. y mucha. Aeropuerto Internacional JFK. Los tres embarcamos en un avión con destino Londres. Mary me esperaba en el aeropuerto con uno de sus productores. Pocas semanas después de aquella llamada.

Estábamos en Kenia.embarcado en un avión en el JFK. necesitaba acostarme y dormir bien esa noche. Ahora tenía el orgullo de ser americano. salí de un finger que desembocaba en un lugar que no veía desde hacía seis años. El equipo de filmación nos recogería por la mañana y nos llevaría a . ocho horas más tarde. con una bolsa con papeles y ningún tipo de equipaje. yo era un niño perdido. En Londres embarcamos en otro avión y. después de veinte horas de viaje y once zonas horarias. Aunque quería ver a mi madre lo antes posible. El plan de Mary Carillo y HBO era llevarme allí para reencontrarme con mi madre.

En la oscuridad.casa de mi madre. HBO me había reservado habitación en un elegante hotel. Nadie le había dicho a mi madre que yo iba a verla. en la que había vivido seis meses. En aquel entonces yo había pensado que el aspecto. me preguntaba cómo reaccionaría mi madre . los ruidos y los olores de Nairobi debían de ser como los de América. Cuando me acosté e intenté dormirme. con el ruido de Nairobi de fondo. la cabeza se me aceleró. Seis años después ya sabía que no. y no lo iba a saber hasta que yo llamara a su puerta. mucho más elegante que la residencia del Centro de Niños de Juja.

Melissa le había enseñado fotos mías en su último viaje.al verme. y yo sabía que ella no esperaba ver a un niño. que seguían viviendo en Sudán. mis padres los escondieron en cuevas por la noche. tanto tiempo. La primera vez que habló conmigo no se creía que fuera yo porque yo ya no era un niño. para protegerlos de los soldados rebeldes. del niño que había perdido hacía tanto. Mis padres —y todos los padres de la zona— dejaron de llevar a . Cuando me secuestraron. pero no sabía qué pensaría de mí. Pensé también en el resto de mi familia…: mis hermanos Abraham y John y mi hermana Susan.

trabajando los campos y atendiendo el ganado para poder sostener a la familia. Aquello era mucho dinero. Llegó la mañana. deberían buscar en otro sitio. Si los rebeldes querían llevarse muchos niños de una vez. Cuando yo era niño. Mi padre vivía en Sudán. y llegó el equipo de filmación. mientras que mi madre vivía en Juja con Peter y Alex. Mi familia era rica gracias a los doscientos dólares que mi familia americana les enviaba todos los meses. Yo me había levantado temprano y estaba esperándoles.sus hijos a misa y a casi todas partes. Me . solo las familias más ricas podían mandar a sus hijos a Kenia para que fueran a la escuela.

el José del Antiguo Testamento había sido arrebatado a su familia siendo niño. el 4 de julio…. —Así se debió de sentir José el día que su padre llegó desde Canaán —les dije a los del equipo. y todos habían dado por hecho que había muerto. Navidad. Años después de . había soportado muchas penalidades. Eso es lo que Dios había hecho conmigo.sentía como si fuera mi cumpleaños. sino que le mostró cómo había previsto servirse de todo lo malo que le había sucedido para sacar bienes. todas las fiestas concentradas en un día. Dios no solo lo liberó. como esclavo y en la cárcel. Lo mismo que yo.

El barrio en el que vive mi . lo era. y. después de haber creído que no lo volvería a ver nunca. en 2001. Nos subimos a un Toyota Land Cruiser para hacer los treinta kilómetros que separaban nuestro hotel de Juja. mis ojos americanos lo veían de manera muy distinta. José vivió un reencuentro familiar en el que volvió a ver a su padre. La primera vez que había estado en Juja. comparado con Kakuma. En aquel momento comprendí perfectamente cómo se había sentido José: estábamos unidos por algo más que el nombre. me había parecido un sitio muy bonito y moderno.haber comenzado su nueva vida. Ahora.

Unas manzanas antes de la casa de mi madre. por la calle se veían mujeres acarreando bidones de agua de veinte litros. El conductor redujo la velocidad al ver un grupo de niños que se acercaban corriendo al Toyota. Los americanos siempre producen un cierto revuelo en Juja. —¡Un momento! —exclamé—. Para el coche.madre no tiene luz ni agua corriente. un agua que —como supe después— tenían que hervir para poder utilizarla. A esos los conozco. nuestro vehículo empezó a llamar la atención de la gente. especialmente si se trata de un equipo de filmación. El coche se paró y varios niños se .

con lo que debieron de . Lopez. pero era evidente que no tenían ni idea de lo que estaba sucediendo. —Mis hermanos no hablaban inglés. Saqué medio cuerpo por la ventanilla y cogí a uno de los dos entre mis brazos—: ¿Qué pasa. no por mí. —Les hice un gesto para que se acercaran a mí. Sois mis hermanos. Me asomé a la ventanilla y llamé a dos de los chicos que estaban cerca del coche. tío? Soy tu hermano. No me importó. —Os conozco —les dije—.subieron a los estribos y se agarraron a las ventanillas. y lo hicieron. Yo sí sabía quiénes eran ellos y me bastaba. Se habían acercado porque había cámaras de televisión.

porque todavía no tenían muy claro quién o qué era yo. como si yo fuera un famoso.preguntarse quién era aquel yanqui loco. Los dos chicos se quedaron a mi lado. Mary y el productor de HBO me seguían detrás. A medida que avanzábamos. Estábamos lo suficientemente cerca del apartamento de mi madre como para ir andando. Me bajé del coche y Mary me siguió—. —Encantada —dijo Mary. Peter y Alex —dije. Los cámaras iban delante de mí. aumentaba la cantidad de gente que se . aunque no demasiado pegados a mí. Estos son mis hermanos. caminando hacia atrás. aunque mi madre tenía una foto mía que seguro que habían visto.

La comitiva se detuvo y el gentío que me rodeaba se apartó. Fue entonces . se habían enterado de qué pasaba: ¡había vuelto el niño perdido! El niño muerto había vuelto de la tumba. La gente bailaba a mi alrededor. Todos los ojos se volvieron hacia la mujer plantada en la puerta.apiñaba a nuestro alrededor. La fiesta había comenzado. Doblamos una esquina y entramos en una calle mucho más estrecha flanqueada por casas de adobe. muy cerca ya de donde vivía mi madre. los niños iban corriendo a sus casas y volvían tirando de sus padres: aquello acabó siendo un desfile que avanzaba por las calles de tierra.

Ella rodeó mi cuello con sus brazos. Habían pasado más de diecisiete años desde que un soldado me arrancara de aquellos mismos brazos: diecisiete . soy yo. —¡Lopepe! —gritó. agarrándome fuerte. Yo me abalancé hacia donde ella estaba. Me había pasado tanto tiempo contemplando aquellas fotos que reconocía cada arruga—. —Mamá —le dije a aquel rostro que había identificado gracias a las fotos de Melissa. Mamá.cuando la vi. Abracé a sus amigas y seguí abriéndome paso hasta donde estaba ella. Lopez. pero sus amigas y parientes se interpusieron en mi camino.

—¿Qué pasa ahora por tu cabeza? —me preguntó Mary. Es…. esa ceremonia es símbolo de inmenso gozo. —No sé qué decir —contesté—. Y se puso a rociarme el cuello con harina fermentada.largos años durante los que los dos habíamos pensado que el otro estaba muerto. aquí! —gritaba en buya. Me puse de rodillas para que pudiera hacerlo con más facilidad. aquí. describiendo movimientos circulares. es… Es mi familia… No me lo . —¡Aquí. La gente a nuestro alrededor aplaudía y daba gritos de júbilo. En Sudán.

albergaba una leve esperanza de que mi madre y mi padre me encontraran algún día. Aun así. y aquella esperanza nunca se desvaneció del todo. había soñado con ese momento. en Kakuma. en el fondo.puedo creer. si quería sobrevivir en un campo de refugiados. Miré a mi madre e intenté grabar la escena en mi memoria. asumí que habían muerto. y mi sueño se había hecho realidad. De niño. . Pero pronto comprendí que tenía que dejar de soñar. como el tiempo pasaba y no aparecían. No quería olvidar aquella resurrección: había soñado con aquel día. por eso.

Mi madre me condujo dentro de la casa. dio un salto y corrió hacia la gente. algunos miraban por la ventana.Mi madre concluyó la ceremonia de la harina. mientras saltaba. Cada vez había más gente en la calle. aiee —gritaba. Entonces. dio tres vueltas en círculo con la mano detrás de la cabeza. Era su danza de regocijo. se puso a dar saltos y a proferir el grito de alegría sudanés: —Aiee. se abalanzó sobre mí y me volvió a abrazar con fuerza. Mi madre y yo entramos en el reducido dormitorio del apartamento: paredes de . La gente se quedó fuera. aiee. a su apartamento. aiee. que estaba al fondo de un pasillo.

katali». por el momento que estábamos viviendo. katali. juntos de nuevo. Aquel mismo día. pero no pude: la emoción acumulada durante diecisiete años se desbordó. después de tanto tiempo. repetía ella una y otra vez. «Katali. Les enseñé mi . Yo me sentía igual. suelo de cemento. feliz». llorábamos lágrimas de alegría. por los años que habíamos perdido. cogidos de la mano. Yo la miraba y ella me miraba. yo reservaba otra sorpresa para mi familia. Los dos. y de tristeza. Mi madre sudanesa y su hijo americano. feliz. Es decir. Intenté hablar. Me senté junto a mi madre y algunos parientes entraron en la habitación y se situaron a nuestro alrededor.adobe. «feliz.

carrera de los campeonatos de la NCAA en un reproductor de DVD portátil. ni a mis hermanos. mientras yo ponía en funcionamiento el aparato. Cuando . Durante toda la carrera. Les fui explicando la carrera paso a paso en swahili. ni a mis tías. ni a mis tíos. Lo que decían los comentaristas de la CBS no les decía nada ni a mi madre. Estaban tan acostumbrados a las televisiones como lo había estado yo en mis años de Kakuma. levantó los brazos. cuando adelanté a Manzano a veinte metros de la meta. mi madre se estuvo dando palmadas en el pecho con la mano derecha y. así que aquella televisión pequeñita les parecía algo increíble. Todos se colocaron donde pudieran ver.

Me abrazó con fuerza. —Volveré por la mañana —le dije. En la entrevista que me hicieron justo al acabar la carrera. —Para ti.crucé la meta. Entonces. se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja. en dos alejados puntos de la tierra. escuchó una palabra que sí entendía muy bien. *** Cuando se hizo de noche. . volví a mi hotel de Nairobi. Mis palabras habían hecho brotar las lágrimas de dos madres. madre —dije. yo había dicho: «Mamá. Mi madre no quería que me fuera. gracias por esta oportunidad».

Te lo prometo. Al día siguiente. A regañadientes. Nunca se había montado en un avión. HBO lo había organizado todo para que volara de Sudán a Nairobi solo para verme. acabó volando en uno de aquellos aviones que los dos habíamos visto pasar por encima de nosotros. Mañana. Nos volveremos a ver mañana.Me cogió y me abrazó con tanta fuerza que pensé que me iba a romper un hueso —. como yo. Ver a mi padre era ver a mi futuro yo en un espejo. HBO me había preparado una sorpresa. me dejó marchar. Mi padre llegó a casa de mi madre. madre. No vuelvo a América hasta dentro de dos semanas. Nos fundimos en un abrazo en .

medio de la calle. piensas que todo está cerca. si había tardado cuatro años en volver. Entonces mi padre me miró y me preguntó: —¿De dónde vienes? Me reí. —De muy lejos. Tanto mi . América debía de estar muy lejos. Cuando has vivido toda tu vida en el mismo pequeño rincón del planeta. Yo sabía perfectamente que no me entendía. De América. Tardé casi las dos semanas que estuve allí en hacerles entender que tenía que volver a América. si llevaba cuatro años hablando con ellos por teléfono. Se debía de estar preguntando por qué había tardado tanto en volver a casa.

Pero. Cuando conseguí convencerles de que en América tenía trabajo pendiente esperándome. te voy a dejar volver a América. aquí también tenemos trabajo pendiente. El sueño en el que me encontraba inmerso estaba a punto de volverse aún más irreal. antes.madre como mi padre suponían que me iba a quedar con ellos para siempre. por eso. Allí estás bien y. . mi padre me dijo: —Veo que estás con gente buena. Estaba a punto de volver a mi casa.

La segunda parte no la comprendí del todo. y mucho—. Y no es que yo no quisiera volver a ver mi pueblo —claro que quería. pero él no iba a aceptar un no por respuesta. intenté disuadirle.19. —Debo mostrarle al pueblo que estás vivo —dijo—. Y debo convertirte en vivo de nuevo. Volver de la tumba Mi padre tenía asuntos pendientes en nuestro pueblo. pero pensaba que no nos iba a dar tiempo a ir a Kimotong y volver a Nairobi el día que partía mi vuelo a . Yo tenía que coger un avión.

—Solo tengo dos días para este viaje imprevisto. los calendarios y los horarios que se deben cumplir: nada de aquello tenía sentido para mi padre—. —No mucho —contestó mi padre. Mi pregunta mostraba muy a las claras lo americano que yo me había vuelto.Estados Unidos. —Tengo que llegar a tiempo para coger el avión de vuelta a América. Y me lo creí. ¿Nos va a dar tiempo? —pregunté. ¿Cuánto tiempo nos va a llevar? —insistí. Venía de la tierra de los relojes. —No hay problema —dijo mi padre. Los productores de HBO habían contratado un avión para que mi padre .

Él había hecho ese viaje muchas veces y sabía qué había que hacer. sobrevivía a base de noodles. pero ellos volvieron a Nueva York antes de que mi padre empezara a insistir en que yo tenía que ir a nuestro pueblo. Yo era estudiante universitario y. Al día siguiente me encontré encajado entre mi madre y mi padre. durante el curso. en la parte de atrás de un autobús keniano . Yo no tenía dinero para contratar un avión que nos llevara a Kimotong. en un asiento para dos personas. —No hay problema —dijo mi padre. manteca de cacahuete y gelatina.volara desde Kimotong y se reencontrara conmigo en Juja.

y mucho menos un adulto. atadas al techo del autobús. Detrás de mí.abarrotado de gente. Las cabras que no habían tenido la suerte de poder acomodarse en el interior del autobús iban fuera. una familia había sentado a los niños en un tablón apoyado en los asientos de uno y otro lado del pasillo. En el pasillo no cabía ni un niño más. que son el equivalente keniano de la maleta occidental. muchos de los cuales viajaban con algún tipo de animal junto a ellos. entre las cajas y cestas. En cada uno de aquellos asientos dobles había tres y hasta cuatro pasajeros. Las gallinas cloqueaban y se movían por el pasillo entre las piernas de los niños. Aunque todas las ventanillas .

Observé a mis padres. A medida que subíamos hacia el norte y nos adentrábamos en el desierto. aquel viaje era un lujo: acostumbrados a ir andando a todas partes.estaban abiertas. e intentaba estirarlas como podía. . Para ellos. El autobús se balanceaba a un lado y a otro mientras avanzaba sobre restos de carretera. tenía el estómago revuelto y la lengua reseca pegada al paladar. dentro no corría el aire. Yo casi no podía respirar. debido a lo apretado que iba. y el polvo lo iba cubriendo todo. el calor y el polvo aumentaban. poder viajar en autobús les debía de parecer clase business. Me dolían las piernas.

Se volvió a hacer de día. Él estaba acostumbrado a cubrir a pie el trayecto desde allí hasta nuestro .Se hizo de noche. —No mucho —contestó mi padre. Después de cuarenta y ocho horas de autobús. Algunos se bajaban. aunque ya sabía la respuesta. pero a mí me daba la impresión de que los que se subían siempre eran más. El campo de refugiados en el que yo había pasado diez años tomaba su nombre de la población cercana. Las paradas para comer y beber fueron muy pocas. —¿Cuánto queda? —pregunté. En cada parada se subía gente. cerca de la frontera con Sudán. llegamos a la ciudad de Kakuma.

pero se mantenían a distancia. llegamos a Kimotong. Seis horas después. no supe que era ella hasta que se presentó. En medio del gentío estaba mi hermana. que había comenzado antes de que llegáramos: no sé cómo se enteraron de que estábamos llegando.pueblo. pero se enteraron. así que busqué un sitio de alquiler de coches en Kakuma. Yo no disponía de ese tiempo. y yo no entendía por qué. Mi . La gente parecía contenta de verme. Me bajé del coche y contemplé la celebración. el pueblo de mi infancia del que yo no conservaba ningún recuerdo. y contraté un chófer y un guardaespaldas para que nos llevaran a nuestro pueblo.

entre nosotros y la gente. y a otro que trajera los animales que se iban a sacrificar. y pidió a uno que fuera al campo a buscar a mi hermano.padre se puso a dar instrucciones. Yo no tenía ni idea de a qué se refería. Mi hermana le dio un huevo a mi madre. y mi madre lo rompió y lo derramó en el suelo. Hice ademán de acercarme a la gente para unirme a la fiesta. —Primero tenemos que ahuyentar los espíritus —dijo. —Haz tú lo mismo —me dijo mi . pero mi madre me detuvo. Mis padres saltaron por encima del huevo.

comparado con la gigantesca casa de mis sueños. a un lado. como salida de un sueño olvidado. Hice lo que me decía y. me resultaba familiar. —Aquí naciste tú —me dijo mi madre. al otro. y. Una escalera de mano subía a un almacén que había encima de la zona de cocina. En el centro había un lugar para hacer fuego y. La gente entró en la casa. un montón de esterillas apiladas. una zona para cocinar. a besarme… Entramos en una choza con tejado de paja que estaba junto al coche. Todo parecía muy pequeño. entonces. .madre. a abrazarme. la gente empezó a acercarse.

porque a mi alrededor la gente hablaba y reía sin preocuparse de relojes ni de horarios. Me remordía la conciencia cada vez que lo hacía. En Kimotong. Aunque hice todo lo posible por disfrutar de aquella experiencia única. me encontraba dividido entre la emoción del momento y el pensamiento de que tenía que coger un avión. el tiempo no existe. Habíamos tardado casi tres días en . o no existe como existe en América. Sin poder evitarlo.La fiesta que estábamos celebrando en la choza debió de ser como la que celebraron el día que nací: era el hijo que volvía de entre los muertos. yo miraba el reloj a cada poco.

—Ven conmigo —me dijo mi padre. Pero volvía a mirar el reloj. mi hermano John. «No te preocupes. Un grupo de . Alguien entró y le susurró algo a mi padre. me repetía a mí mismo una y otra vez. Dos horas después de nuestra llegada. Llegarás. cuando llegó. la celebración volvió a empezar. porque. Salimos los dos al camino que había delante de la choza. entró en la choza. el hermano al que había perdido hacía tanto tiempo. Este viaje es un don de Dios.llegar allí. Aunque no lo reconocí. y no sabía cómo iba a hacer para llegar a tiempo a Nairobi. Disfrútalo». supuse que era mi hermano.

Entonces. y el anciano le hizo un corte desde el pecho hasta la parte de debajo de la panza. antes de que quisiera darme cuenta. la cabra cayó al suelo. el anciano había cogido otro puñado y había hecho lo mismo por el . Uno de ellos sacó un cuchillo y degolló a la cabra. El hedor… ¡Aquello era indescriptible! Mi estómago americano estuvo a punto de vaciarse. eran los ancianos del pueblo. todo lo que la cabra había comido en los últimos días se desparramó por el suelo. el anciano cogió un puñado de los contenidos del estómago de la cabra y me embadurnó el pecho.hombres se acercaron a nosotros con una cabra blanca. pero. Yo estaba a punto de vomitar por el olor.

además. A la gente que se había congregado a nuestro alrededor. lo que el anciano hacía conmigo parecía gustarles. ahuyenta los malos espíritus. Afortunadamente. Señalando las vísceras de cabra con la mano. A juzgar por la cantidad de entrañas de cabra que habían utilizado conmigo. los brazos y las piernas. frotar a uno con vísceras de cabra es una bendición para el embadurnado y. aquel día llevaba unos vaqueros. pregunté: —¿Cuánto tiempo? . Por lo visto.vientre. pero que muy bendecido. yo debía de estar muy. no los pantalones cortos con los que había ido a ver a mi madre en Juja.

para ellos se trataba de un auténtico festín: el ganado es algo muy preciado. Yo no entendía lo que decían. Los ancianos entregaron la cabra a las mujeres y estas la descuartizaron con gran destreza. Tenía que aguantar con aquello hasta la puesta de sol para que hiciera efecto. pero no había opción. A pesar de las vísceras y el olor. muchos se acercaban a mí y me hacían preguntas.—Hasta que se ponga el sol — contestó mi padre. Aquel día la celebración en el pueblo fue a base de cabra. Las vísceras me habían empapado la camiseta y no me veía capaz de aguantar hasta la puesta de sol. . y rara vez comen carne.

como vivía en Kenia. Por suerte. se convirtió en mi intérprete. Cuando se enteró de que yo volvía a casa. lo hacíamos en swahili. como sabía inglés. ese día había llegado al pueblo Clement. la capital del nuevo estado independiente del Sudán del Sur. porque del buya no recordaba más que unas pocas palabras. mi madre había tenido que aprenderlo para poder manejarse. Aunque hablaba con mi madre todas las semanas. y yo me agarraba al swahili. que venía de Yuba. Trabajaba para una organización misionera traduciendo la Biblia al buya y.mi nivel de buya era similar al de mi inglés cuando llegué a América: me sentía igual que entonces. decidió ir a verme. .

Soy yo. Intenté imaginarme a aquellos niños en América. —¿Te vas a quedar aquí? — preguntaban. jugando con juegos de Lego o videojuegos. me dije. sí. Estaban cubiertos de barro de la cabeza a los pies.—Quieren saber si realmente eres Lopepe —dijo Clement. —Sí. «Así era yo». Mientras Clement traducía mi respuesta. observé detenidamente a unos niños que jugaban cerca de donde nosotros estábamos. —No. yo había sido uno de esos . Tengo que volver a América. Me vino a la cabeza un vago recuerdo de los toros y otros animales que modelábamos con barro.

A la mañana siguiente. dentro de la choza no había sitio para mí. Mi hermana fue al río y volvió con un caldero de agua para que pudiera lavarme. Solo unos pocos afortunados como mis hermanos Peter y Alex iban a Kenia para tener una educación. bajo las estrellas. y no me lo podía creer. me levanté con la intención de volver a Kenia en . En el pueblo no había escuela y ninguno de aquellos niños aprendería a leer y escribir si no se iba de allí.niños. y mis hermanos podían ir porque mis padres americanos se lo pagaban. Llegó la puesta de sol. Aquella noche dormí al raso.

llegaría a tiempo para coger mi avión. Mi padre había enviado el mensaje a todos los pueblos de la zona para que se unieran a nuestra celebración: «Uno de los que habíamos perdido ha vuelto de la tumba». si es que volvió alguno. Mi aparición suponía para el resto de las familias un rayo de esperanza de que su hijo volviera alguna vez de entre los muertos. Muy pocos de los niños que secuestraron conmigo volvieron.coche: si me daba prisa. Al pueblo llegó gente de los alrededores. Lo que a mí me había parecido una gran celebración el día anterior no había sido más que el precalentamiento para el festejo principal. . Pero mi padre tenía otros planes.

que nos había seguido desde el pueblo y se había situado alrededor de la valla por fuera. La gente. Anduvimos hasta uno de los montones. se veían montoncitos de piedras alineados. Al lado había un hombre con un toro blanco. En el interior de la pequeña valla.Mis padres me condujeron fuera del pueblo. Fue entonces cuando lo comprendí todo: ¡estábamos en el cementerio del pueblo y aquel montón de piedras era mi tumba! Mi padre se volvió hacia la gente y . hasta un pequeño cercado del tamaño de una huerta de las que hay en las partes de atrás de algunas casas en Estados Unidos. que estaba en una esquina. nos observaba.

muerto. Esta es su tumba. Entonces. encima de mi tumba. ¡aquel hijo que había muerto ha vuelto! El gentío prorrumpió en una ovación y muchos lloraban. Pero. Lo mismo que el día anterior. su sangre empapaba la tierra.todos se callaron. Empezó a hablar y mi intérprete me iba traduciendo: —Hace muchos años. ahora. El toro se desplomó. el hombre del toro cogió una lanza y. Enterramos sus cosas y guardamos luto durante muchos días. los ancianos abrieron el abdomen del toro con un cuchillo. allí mismo. se la clavó al toro en un costado. nos quitaron a mi hijo. y yo me preparé para lo peor: . Pensábamos que había muerto.

y. deseaba con toda mi alma pasar por lo que fuera necesario para volver a ser contado entre los vivos de mi pueblo. aquella ceremonia era parte de lo que yo soy y seré. Asentí con la cabeza. sin embargo. como niño que había vuelto de la tumba. Aquellas eran las tradiciones de mi madre. Cogió un puñado de vísceras y me frotó con ellas los brazos y las . sin importar a qué país considere mi hogar.el americano que yo llevaba dentro se resistía a que le volvieran a embadurnar con vísceras. de mi padre y de mi gente. como para decirle al anciano que yo ya estaba preparado. Aquel espectáculo y aquel olor hicieron que se me revolviera el estómago.

Después del ritual del toro. mientras la gente observaba. sacó una camisita y unos pantalones cortos. sacó también un par de juguetes y un cinturón típico hecho con cuentas: en la cultura buya esas cuentas tienen el mismo valor simbólico que los diamantes o las perlas. pero comprendí que se trataba de algo valioso por la reacción de la gente cuando mi padre las sostuvo en alto para que las vieran. Con cuidado. Los ancianos retiraron el toro para .piernas. Yo no sabía de qué estaban hechas las cuentas. mi padre cogió una pala y empezó a cavar en mi tumba. ambos estaban hechos jirones por los muchos años que llevaban bajo tierra.

Mi padre no entendía por qué yo permanecía en silencio. Mi padre me hizo un gesto con el que me indicaba que yo debía hablar. Contuve las lágrimas. Lo pensé un poco. Permanecí un momento en silencio para intentar ordenar mis pensamientos: «¿Qué dice uno junto a su propia tumba cuando acaba de regresar del mundo de los muertos?». —Vale —le contesté. Me hubiera gustado hacer lo que decía. —Habla —dijo. Todos los ojos estaban fijos en mí. pero no podía: el torrente de emociones que fluía en mi interior me impedía articular palabra.que se descuartizara y cocinara. tragué .

no deis por perdido a ninguno de los niños que secuestraron conmigo. que está muy.saliva y me lancé—: Estoy muy contento de estar vivo —dije en inglés. y no . y muchos años después fui a Estados Unidos. Clement traducía—. muy lejos: para ir hay que coger un avión. No perdáis la confianza en la vida. fascinados por poder tener entre ellos a alguien que había volado en uno de aquellos jets que pasaban por encima de sus cabezas—. pensé que estaban todos muertos. yo sobreviví en el campo de refugiados de Kenia. No desesperéis. Pensé que no iba a ver nunca más a mi familia. Dios es todopoderoso. que se señalaban el cielo unos a otros. —En este punto se escuchó un rumor entre la gente.

pero Dios me la ha dado. esta es una oportunidad que nunca pensé que iba a tener. donde actualmente estoy estudiando en la universidad. En África. Dios es todopoderoso». »Debo volver a los Estados Unidos. No pude decir más.perdáis la confianza en Él. más de aquellos niños con vosotros. Yo no estaba emocionalmente preparado para hablar durante horas y. No deis por perdido a ninguno. Volveré. La gente parecía sorprendida de que hubiera hablado tan poco. . los discursos duran horas. Ahora debo volver para terminar el trabajo que he comenzado. en quien puede traer. y traerá.

la . contestando a todas las preguntas que me hacían. En el África ecuatorial. La alegría de la fiesta estuvo teñida de tristeza. Se trataba de una celebración muy importante como para andar con prisas. tenía que coger un avión. «Relájate: llegas cuando l l e gue s . La fiesta no había hecho más que empezar. Volví a dirigir otra vez la mirada a mi reloj. Toda la comitiva emprendió el camino de vuelta a mi casa. Las mujeres cocinaron el toro. y yo miraba mi reloj. yo iba detrás. pero me detuve. sin poder evitarlo. y me esperaba un viaje muy largo hasta llegar a donde el avión estaba.sobre todo. Hakuna matata: deja de preocuparte».

parecía que a la niña ya no le quedaba mucho tiempo de vida. La atención sanitaria es muy reducida y solo hay médicos y hospitales en las grandes ciudades. La niña tiene malaria y la madre te está pidiendo medicina para curarla. La madre me suplicaba. A los sitios como Kimotong no llegan muchas veces ni las medicinas más básicas.muerte es una realidad diaria. pero yo no la entendía: —Medicina —me dijo mi intérprete —. —¿Por qué piensa que yo tengo . Se me partió el corazón. Me topé con esta realidad cara a cara cuando una madre se acercó a mí con una niña pequeñita en brazos.

con desesperación. por favor. derrotada… Su niña no sobrevivió a aquel día. murieron veinticuatro niños. Durante los tres días que estuve allí. que no puedo hacer nada por su hija. entonces. Me eché a llorar. triste. Se quedó mirando a Clement y después a mí. Madres desesperadas se acercaban rogándome que curara a sus hijos. «Mi hijo no para . Se fue. —Dile. pero esta no se movió. que no tengo la medicina que necesita. El intérprete se lo dijo a la madre. Me estaba diciendo con los ojos: «Tú eres mi única esperanza».medicina? —Porque vienes de América.

cogí aparte a mi padre: —Padre —le dije—. Quédate un día más. lo cual casi consiguió enfadarme: «¿Cómo pueden celebrar que yo esté vivo cuando otros se están muriendo por una enfermedad que se podría evitar fácilmente?». Me tengo que ir hoy mismo. Negué con la cabeza. El tercer día por la mañana. la celebración por mi resurrección continuaba. ¿Me puedes ayudar?». fue una pregunta que me hicieron en repetidas ocasiones. Tengo que irme hoy. yo no podía hacer nada. padre. —No. no. Y en el otro extremo del pueblo. Por desgracia. no tengo opción. —No.de vomitar. .

Gracias por haberme traído a casa. —De acuerdo —dijo. La fiesta en Kimotong continuó incluso después de que nos hubiéramos ido: no iba a parar hasta que se acabara la . me subí al coche de alquiler que me llevaría a Kenia. —Exhaló un profundo suspiro. y yo le cogí la mano—: Padre mío. Después de muchos adioses y de muchas lágrimas. volveré. Dios quería que yo volviera a ver mi casa. Mi madre y mi padre me acompañaban. te doy mi palabra. Te lo prometo.Pero volveré. gracias por desenterrarme de mi tumba y por mostrarles a todos que estoy vivo. pero también quiere que regrese a América.

me repetía. Yo siempre había querido utilizar mis dones como una plataforma que me sirviera para cambiar la vida de otros. En aquel momento comprendí la dimensión de las necesidades que allí tenían. «Tengo que hacer algo». y puso en un primer plano el sentido de mi vida. especialmente en mi país natal. Yo me iba bamboleando en el coche debido a las profundas roderas de la baqueteada carretera. Pero «algo» es un término muy amplio cuando hablamos de un lugar donde se necesita de todo: .comida. La Providencia me dio especiales luces durante aquel viaje de vuelta a casa. Mi corazón se había quedado en Kimotong.

«¿Dónde puedo encontrar a otros a los que preocupe mi gente tanto como a mí?». ¡cualquier cosa que uno se pueda imaginar! Todo lo que se me venía a la cabeza servía para cambiar la vida de mi gente. me preguntaba. agua potable. «¿Dónde puedo conseguir quien me ayude?». La despedida de mi madre y mi padre fue muy difícil para los tres. medicinas.escuelas. El viaje de vuelta a Juja nos llevó tanto tiempo como el viaje a Kimotong. Las lágrimas fluyeron con profusión. equipamiento agrícola en condiciones…. Mi . Era evidente que yo solo no podía proporcionarles todas aquellas cosas.

—No me quedaban cuentas rojas — . —Espera. tengo que darte algo para que te acuerdes de mí. Antes de que te vayas. —Espera —contestó. —¿Y el avión…? —dije. Al cabo de unos minutos. espera… —dijo ella—.madre se colgó de mí y no quería soltarme. Y se puso manos a la obra con una pasmosa rapidez. —¿Cuándo? —En diciembre. espera. depositó en mi mano el anillo que acababa de confeccionar. —Voy a volver —le aseguré. Te lo prometo. En Navidades.

pensarás en mí. Cuando lleves este anillo. Solo tenía amarillas. Todavía no me lo he quitado. negras y verdes.me explicó—. Me lo puse en el dedo. . El amarillo es como si fuera rojo.

de hecho. habíamos ganado la liga el año anterior. volví a Flagstaff para preparar el semestre de otoño y la temporada de cross. Correr tras un sueño Después de mi viaje a África. pero nuestro objetivo era el título nacional por equipos de los campeonatos de la NCAA. La mayoría de los expertos consideraban que Arizona del Norte era el equipo a batir en la liga Big Sky. Ganar la Big Sky estaba bien. Pero. que iban a celebrarse a final de año en Terre . ya apuntábamos a metas mucho más ambiciosas.20. antes incluso del primer entrenamiento.

también por el equipo.Haute. no solo por mí. . y. Allí corríamos. yo hablaba al equipo de los objetivos que nos habíamos marcado para la temporada. Indiana. jugábamos y hacíamos un montón de tonterías que nos ayudaban a fortalecer el vínculo de equipo entre nosotros. en los momentos serios. Los entrenamientos empezaron como lo hacían siempre: con una acampada en los montes de Flagstaff. Hubiera hecho cualquier cosa por aquellos tipos. Yo quería ganar el título nacional individual. Adoraba a mis compañeros de equipo de la NAU: correr con ellos me hacía recordar las carreras con mis amigos de Kakuma.

mientras que aquellos niños no iban a recibir ninguna educación de ningún tipo. más me . aunque no tenía por qué. pero. Dios me había dado aquella oportunidad y yo debía aprovecharla al máximo. Veía las caras de los niños jugando en el barro. Me sentía culpable. Ahí estaba yo. Cuando corríamos durante mucho tiempo. siento que me libero del mundo. algo había cambiado aquella temporada. la cabeza se me iba a Kimotong.pero. No obstante. sobre todo. corríamos y corríamos… Correr siempre me hace feliz: cuando corro. cuanto más pensaba en ello. ocupado en conseguir un título universitario.

rezaba mientras corría. Sabía que la Providencia no me había llevado hasta un lugar tan lejano únicamente para mi provecho. Por más que lo intentaba. no me había concedido el don de correr solo para que ganara carreras o para apoyar a mi equipo. Sus planes iban mucho más lejos. Las caras de los miembros de mi . «Dios mío.acordaba de aquellos niños. También veía a las madres desesperadas que me traían a sus hijos para que les ayudara. hazme ver qué tengo que hacer». jugando en el barro y sin ningún futuro. «Tengo que hacer algo por ellas». no conseguía quitarme aquella imagen de la cabeza.

cerraba los ojos y podía ver a mi madre. Mi relación con ellos había cambiado después de pasar unos días en su compañía. Pero. pero a mí no me parecía bien pedirles a mamá y papá que siguieran manteniendo a mi familia. Antes. sentía que eran mi familia y que les quería. Cuando Dominic. a mis hermanos. a mi hermana.familia iban pasando por mi mente. después de las dos semanas en África. Peter y yo acabamos en el instituto y nos fuimos a la . El dinero que mis padres americanos les mandaban todos los meses había cambiado sus vidas. a mi padre. durante el tiempo en que solo hablábamos por teléfono. me dolía el corazón cada vez que pensaba en ellos.

los Rogers llevaron a otros tres niños perdidos a vivir con ellos. No era la primera vez que me planteaba la posibilidad de hacerme atleta profesional. varios representantes de marcas .500 de los campeonatos de la NCAA. Había llegado el momento de hacerme profesional. Después de ganar el 1. Mamá y papá ya habían hecho bastante por mí. pero ¿cómo podía hacerlo sin dejar mis estudios universitarios? Esta y otras preguntas retumbaban cada vez más fuerte en mi cabeza a medida que se acercaba el comienzo de la temporada de cross. iba siendo hora de que yo asumiera esa responsabilidad.universidad. Tenía que hacer algo.

si decidía hacerme profesional.de calzado deportivo me dejaron caer de manera indirecta que. Al llegar el verano. John dejó la NAU para irse de entrenador a la . pero yo me sentía en deuda con aquel equipo que se había convertido en mi familia. Al final de la temporada de 2007. hablé de este asunto con John Hayes. En Nike estaban muy interesados en mí. él opinaba que podía ser un buen momento para hacerme profesional. pero también se daba cuenta de lo que significaba para mí subirme al pódium de los campeonatos nacionales de cross con mis compañeros de equipo de la NAU. estarían dispuestos a patrocinarme.

si me hacía profesional al acabar el semestre de otoño de 2007. Yo quería mi título universitario. con lo que. —Siempre puedes negociar con los sponsors para que te paguen la universidad y puedas ir a clase al acabar la temporada —me explicó. seguí como estaba hasta que acabó la temporada de cross. los preolímpicos eran en junio. Aconsejado por él.Academia del Ejército del Aire. Una vez tomada la decisión. Aquello sonaba bien. y por eso aquella decisión se me estaba haciendo tan difícil. tenía . estaría libre para poder entrenar exclusivamente de cara a las olimpiadas.

qué alegría escuchar tu voz. Entonces escuché la voz de papá: . pero tenía que hacerla. sí. —Sí. Ahora se pone en el otro teléfono. —¿Qué hay. está aquí. mamá? Soy yo. —Joseph. ¿Todo bien por Arizona? —Sí. No quería hacerla. todo fenomenal. —Hola —dijo mamá. marqué el número y dije una oración mientras sonaba la señal de llamada. Respiré hondo. ¿Está él por ahí? Mamá se quedó callada un momento. pero tengo que hablar de un asunto contigo y con papá.que hacer una llamada telefónica. Lopez.

Os doy mi palabra de que acabaré la carrera. Lopez? El corazón se me aceleró. —Me aseguraré de que los contratos . añadí—: Solo me quedan tres semestres para acabar la carrera. Y antes de que pudieran decir nada. —¿Estás seguro? —preguntó mamá. Sabía que a ella le preocupaba que yo no alcanzara el objetivo que los dos compartíamos. —He decidido dejar la universidad y hacerme atleta profesional —les espeté. y puedo ir haciendo todo ese trabajo en los meses que hay entre las temporadas de competición.—¿Qué pasa. porque no sabía cómo iban a reaccionar.

mamá. habéis sido unos padres increíbles y me habéis dado un montón de cosas. Pero creo que ha llegado el momento de mantenerme y de mantener a mi familia en Sudán.que firme tengan una cláusula que estipule que parte del dinero será para pagar la universidad. Lo único es que esto va a tardar un poco más de lo previsto. Lo prometo. ya lo sabes. Acabaré la carrera. Los dos permanecieron callados durante un tiempo que se me hizo larguísimo. papá dijo: —No tienes que hacer esto por el dinero. —Nosotros… —papá quiso interrumpirme. —Papá. . Entonces.

tengo que empezar a entrenar full time. si quiero estar en el equipo olímpico. —Siempre y cuando acabes la carrera. y ahora es el mejor momento. Los preolímpicos son en junio y. —¡Qué ganas tengo de ir a Pekín a . Me ha ofrecido incluso alojarme con él en Colorado Springs hasta que pueda ir al centro de entrenamiento del equipo olímpico. John Hayes me ha dicho que puedo entrenar con el equipo de la Academia del Ejército del Aire. apoyamos tu decisión al cien por cien —dijo mamá.—Tengo que hacerlo —dije—. Otro largo silencio al otro lado de la línea telefónica.

Una vez tomada la decisión. ya sabéis que no hay nada en este mundo que me guste más que correr con vosotros. Mamá y papá creían en mi sueño más que yo. Y mi sueño nunca había estado tan cerca.verte correr! —exclamó papá. Se le escuchaba entusiasmado—. si cabe. Voy a dejar la universidad para hacerme profesional en . tenía que comunicársela a mis compañeros de equipo: —Tíos. pero a veces hay cosas que uno tiene que hacer. ¡Vas a entrar en el equipo y nosotros vamos a ir a verte! Llevaba nada más y nada menos que seis años y medio hablándoles de las olimpiadas.

si esta va a ser mi última temporada. haría lo mismo. tío. —Gracias por ser tan comprensivos. Se oyó a alguien gritar desde el fondo: —Si yo pudiera correr como tú. ¡Vamos a ganar ese campeonato nacional! .cuanto acabe la temporada. Lo entendemos perfectamente. un motivo importante. —Claro. tenemos que hacerlo como nunca. Tal y como yo lo veo. ¡Ni se te ocurra plantearte otra cosa! Me hizo reír. te tienes que empezar a preparar para las olimpiadas —dijo uno —. —Ese es uno de los motivos —dije —.

Eric Heins. Yo gané el título individual de la liga y ganamos el de equipos por segundo año consecutivo. El equipo se clasificó para los campeonatos nacionales de Terre Haute. En el ranking individual acabé tercero y por equipos quedamos cuartos. . 2007 fue una temporada muy.Y casi lo conseguimos. Hubo un momento en la temporada en el que estábamos los segundos del país. fue nombrado entrenador del año de la liga Big Sky y yo fui nombrado por la NCAA atleta masculino del año de nuestra región. muy buena. Nuestro nuevo entrenador. Desde todos los puntos de vista. Había concluido mi etapa de atleta universitario con buena nota.

Estaba un poco nervioso por tener que entrenar con nuevos compañeros. John Hayes me recomendó un agente. después de volver de mi segundo viaje a Kenia.En cuanto acabó la temporada de cross. En la Academia del Ejército del Aire acababan de volver de las vacaciones cuando yo llegué. Me fui a vivir a Colorado Springs a principios de enero. . que fue quien negoció mi contrato. pero John me tranquilizó: —Esto te va a encantar —me dijo—. donde pasé las Navidades con mi familia. me puse en contacto con Nike para decirles que podían contar conmigo.

entendí perfectamente lo que me quería decir. pero aquellos tipos tenían un . No me malinterpretes. por su espíritu de servicio a los Estados Unidos. Después de un par de entrenamientos. En Arizona del Norte teníamos un equipo fantástico.Estoy convencido. por sus ideales. el motivo por el que están aquí trasciende lo meramente deportivo. Yo estoy muy orgulloso de ser americano. Yo mismo me sentí arrastrado por el sentido del deber que tienen los cadetes. Estos atletas son distintos del resto. eso les da un algo…. Ya lo verás. pero cuando un equipo lucha por algo mucho más grande que ellos mismos….

como el gigante de la película Big Fish. enseguida fui uno más del equipo. como el saxofonista. era un ejemplo para mí en la pista y fuera de ella. que medía cerca de dos metros quince y corría 800. Todos los días. Allí todos tenían un mote. Kenneth Grosselin era Kenny G. le llamaban Carl. Mi amigo Ian McFarland era Baby Mac. Yo ya tenía . Aunque yo estaba en la academia como invitado de John Hayes. pero sacó uno de los mejores números de su promoción. él no sabía tocar el saxo. acababa el entrenamiento muy edificado. A Kevin Hawkins. porque todos decían que tenía cara de bebé.orgullo y un amor por nuestro país como yo no había visto nunca.

En poco tiempo. Había ido allí para entrenar sin distracciones. Sin embargo. El primer día de ejercicios con vallas. —Hola.mote: Lopez. consideré a mis nuevos compañeros de entrenamiento mi familia. así que encajé perfectamente. John Hayes y yo estábamos hablando a un lado de la pista cuando una cadete de segundo año se acercó a mí. no había contado con que una distracción rubia se iba a dirigir a mí. como si hubieran sido mis amigos de Kakuma. En la academia. . Bienvenido a Colorado Springs. me llamo Brittany —dijo con una enorme sonrisa—. me metí de lleno en los entrenamientos.

soy Lopez. John me miró de reojo y se puso la mano en la boca para evitar una carcajada. —Me gusta mucho —dije. y el .Yo soy muy hablador. o algo de similar elocuencia. pero con las chicas me vuelvo tímido y se me traba la lengua. A mí me encanta. Al final le solté algo así como: —Hola. Su alegría chispeante me había bloqueado. —Qué bien. —¿Qué te parece la Academia del Ejército del Aire? Sus ojos centelleaban y yo no podía creer que aquella chica estuviera hablándome a mí.

—Bueno. Durante las semanas que siguieron tuve más conversaciones con Brittany durante los entrenamientos. nada del . —Vale. claro… Encantado… — dije tartamudeando. Seguro que nos veremos mucho por aquí. La observé mientras se alejaba y sentí que aquella chica me había noqueado. sí.equipo de atletismo es una pasada. Yo estoy en el equipo femenino. A lo mejor podemos correr juntos algún día. antes de irse corriendo en dirección a un grupo de chicas. Somos como una gran familia. me alegro de conocerte y de tenerte entre nosotros —dijo.

En Kakuma. Baby Mac. Un día. así que les conté mi secreto: —Tíos. Cuando corro. En Colorado Springs recurrí a lo que más se parecía a mi familia de Kakuma. Kenny G y yo estábamos corriendo alrededor de la pista. pero yo cada vez me sentía más atraído por ella. hablo. Había un problema: yo no tenía ni idea de qué tenía que hacer para expresarle mis sentimientos. hubiera pedido consejo a mi familia de chicos. creo que me he enamorado de Brittany. durante los entrenamientos.otro mundo. Kenny G se echó a reír: —Así que andas detrás de una .

pero me sentía incapaz de pronunciar las palabras «¿Quieres salir conmigo?». Pero tampoco podía ocultar mis sentimientos eternamente. pídele salir… ¡Hazlo. tío! Escuché su consejo y ganas no me faltaban. ¿eh? Poco has tardado. . —¿Y quién sabe de eso? —dijo Baby Mac riéndose—.cadete. profesional e inexpugnable le roba el corazón una corredora rubita… ¡Oooh! —Parece que sí. Háblale. sabía que. amigo… Baby Mac también quiso meter baza: —Así que va a resultar que al atleta superduro. ¿Qué hago? — pregunté—. No sé nada de chicas ni de la forma de tratarlas.

En realidad. lo único que esperaba era no quedar como un imbécil el día que eso sucediera. Los baños de hielo la hacían más fría todavía. Si . aunque lo haces sin quitarte el atuendo deportivo. Los llaman baños únicamente porque sumerges las piernas en el agua con hielo. se los acabaría manifestando. después de una sesión especialmente dura de trabajo en equipo.tarde o temprano. Odio el frío y odio todavía más los baños de hielo. Al cabo de unos meses. la sala de entrenadores se parece mucho a una enfermería: es muy fría y está todo esterilizado. entré cojeando en la sala de entrenadores para darme un baño de hielo.

no fuera por el efecto reparador que tienen en mis músculos. Lopez? —dijo ella—. . pero no podía hacerlo: los baños de hielo eran parte esencial de mi programa de entrenamiento y. El equipo masculino y el femenino comparten la sala de entrenadores. —¿Qué hay. a mí no me volvían a pillar en uno de esos. aun así. Su entrenamiento también había sido muy duro y necesitaba poner los músculos a remojo tanto como yo. con los juegos olímpicos a la vuelta de la esquina. me sorprendió encontrarme allí a Brittany aquel día. Mi primera reacción fue darme la vuelta para irme. no me podía permitir el lujo de saltármelos.

—Bien. porque el corazón me retumbaba en los oídos. Durante los años de atletismo en el instituto y en la . Si no. me la coloqué alrededor de la cabeza para no enfriarme. ¿Llevas ahí mucho tiempo? —Acabo de meterme. —Estupendo —dije. ¿y el tuyo? —Ha sido brutal.¿Qué tal te ha ido el entrenamiento? Apenas conseguía oírla. —Lo mismo me pasa a mí —dije—. no estaría aquí. y me metí en una bañera que estaba en el extremo opuesto a donde estaba Brittany. Cogí una toalla.

pero Baby Mac y Kenny G se habían ido de la lengua y le habían contado que yo quería pedirle salir. ¿Es que tenemos que hablar de algo? Yo no lo sabía entonces. . ¿Qué quiere decir eso? —Bueno. quiere decir que podemos hablar. —¿Estupendo? —preguntó Brittany riéndose—. aunque uno se mete en la bañera de hielo sin quitarse la ropa.universidad. yo siempre me mantenía a distancia de las chicas. —¡Oh! —dijo ella con un tono un tanto guasón—. había coincidido muchas veces en la sala de entrenadores con personas del otro sexo. pero.

—No sé. a lo mejor te apetecía venir conmigo el sábado. después del entrenamiento… Bueno. pensaba que.—Bueno. acaban de abrir un restaurante africano… —dije e hice una pausa. —¿De verdad? —pregunté emocionado—. ¡Genial! . eso —dije. sí. para comer algo…. si no tienes nada que hacer. para que comamos. —Ah…. —Sí —dijo ella. —¿Te refieres a que quedemos para salir? —preguntó. —Me encantaría —dijo ella con una sonrisa.

Me di cuenta de que Brittany era una persona especial cuando la vi participar como una más. Hablamos y reímos hasta que el cuerpo se me quedó entumecido: ¡odio el frío! La primera vez que salimos fuimos al restaurante africano. dejé de sentir el frío del baño de hielo. a pesar de que todo era nuevo para ella. y aquello se merecía una fiesta estilo sudanés: bailamos y tomamos comida típica. fuimos a una celebración en una comunidad de niños perdidos que había en Boulder. hasta bien entrada la noche.A partir de ese momento. La segunda. Una de las chicas había acabado su carrera en la universidad. Aquello fue el .

sino que se fue a Oxford a estudiar la cultura y antropología de Sudán del Sur. y me ha ayudado muy eficazmente a hacer realidad mi sueño de cambiar la situación de Kimotong. pero tuve que recordarme a mí mismo que el verdadero motivo por el que me había trasladado allí era otro: prepararme para los preolímpicos. Me entrené con el equipo de atletismo de la academia y fui con ellos a varios . Brittany no solo siguió saliendo conmigo. *** Sí. Colorado Springs había sido el sitio donde había conocido a Brittany.comienzo de una larga y gozosa relación entre los dos.

Ellos no iban en aviones comerciales. sino en un AC-130 de transporte de tropas. Viajar con la Academia del Ejército del Aire fue toda una experiencia. el ruido de los motores era atronador: el interior del avión no contaba con ningún tipo de insonorización y teníamos que llevar tapones en los oídos para no acabar sordos.meetings en los que competí. en . Yo me había hecho ilusiones de que mi primer viaje con la academia iba a ser una buena ocasión para hablar con Brittany… ¡Qué ingenuo! La primera vez que corrí como profesional fue en la Adidas Classic. los asientos eran solo un poquito más cómodos que un banco de madera.

mi agente se acercó a mí y los dos seguimos caminando y comentando la carrera. mi agente dijo: —¡Eh. el verdadero acontecimiento de aquel meeting no se dio en la pista. No gané. mira! ¡Es Michael! .Los Ángeles. pero lo hice lo suficientemente bien como para que no me quedara duda de que había tomado la decisión correcta al hacerme profesional. De repente. los músculos se pueden cargar y el riesgo de lesión es alto. En el camino. Sin embargo. me dirigí a los vestuarios para ponerme el chándal y dar varias vueltas trotando para relajar los músculos. si no hago los necesarios ejercicios de relajación. Después de mi carrera.

Me señaló a un hombre alto y delgado. —Es Michael —repitió. Me quedé con la boca abierta. —Vamos a saludarle —me dijo mi agente. mi agente ya había empezado a andar hacia él. . mirando a un lado y a otro.—¿Qué? —dije. te quiero presentar a Lopez Lomong. —Y. que llevaba vaqueros y una elegante camisa. Antes de que yo pudiera reaccionar. y —lo que era aún peor para mí. que me había puesto como un flan— Michael parecía… ¡dirigirse a nosotros! —Michael —le dijo mi agente—.

—Vale —dije. Sentí como si acabara de entrar en un sueño. Le miré a la cara: era mucho más alto de lo que parecía en televisión. en una pequeña pantalla de televisor que hacían funcionar con una batería de coche.volviéndose hacia mí. es un honor conocerle. este es Michael Johnson. Era muy distinto a la imagen que yo recordaba: en blanco y negro. añadió—: Lopez. Tenía delante de mí al hombre que —sin saberlo él— había cambiado el rumbo de mi vida ocho años antes. . Michael estrechó mi mano y me dijo: —Llámame Michael. —Señor Johnson —dije con voz temblorosa—.

Estoy orgulloso de ti y de todo lo que has logrado hasta ahora. —Gracias —dije. Conozco tu historia y te he seguido. cuando vivía en un campo de refugiados. —Te vi correr en las olimpiadas del 2000. Soy corredor gracias a ti. Para mí era como un encuentro con la realeza. Eres un gran corredor. pero creo que los pies ya no tocaban el . —Muy amable. Lopez —me dijo Michael con una sonrisa—.Yo no podía quitarme la sonrisa bobalicona de la cara. Sigue corriendo así y pronto estarás tú también en unas olimpiadas. Estoy convencido de que puedes. Seguí mi camino hacia el vestuario.

Oregón. Si bajaba de ese tiempo. *** Mi primera victoria profesional en el 1. La siguiente oportunidad de alcanzar .suelo. «¡Caray!». en junio. en el siguiente meeting —el Stanford Invitational— no gané. está claro que alcanzaré mi objetivo». pero corrí lo suficientemente bien como para no desviarme de mi objetivo último: bajar de 3:36. podía correr los preolímpicos en Eugene. «si Michael cree en mí. pensé. gané el Sun Angel Invitational en Tempe. después.500 llegó en un encuentro organizado por Reebok en Nueva York. Arizona. la marca conocida como estándar A.

Cuando se volvió a dar la salida. me olvidé del dolor y de la sangre que me corría por la pierna para centrarme únicamente en mi objetivo. los jueces hicieron un segundo disparo para anularla. que empezaron a sangrar y me dejaron bastante dolorido. La carrera no empezó bien: tuve una fea caída por un tropezón en los primeros cien metros y me raspé el hombro y la pantorrilla. no importaba si ganaba o perdía.el estándar A llegó con el Carson Invitational que se celebró en Carson. California. Por suerte para mí. lo único que importaba era que al llegar y . como la caída se había producido casi al comienzo de la carrera.

Solo quedaba el empujón final.levantar la cabeza viera una marca por debajo de 3:36 junto a mi nombre. Y eso fue precisamente lo que vi cuatro vueltas después. Veía mi sueño al alcance de la mano. . Estaba a un paso de alcanzar mi objetivo: tenía una plaza en los preolímpicos.

sentí una especie de tremendo latigazo. Aquel día. estaba acabando el entrenamiento con un ejercicio de zancada larga por el fondo de la pista de la academia. Me paré y. cuando noté un chasquido en los gemelos de mi pierna derecha. A la vista La primera lesión de mi carrera deportiva la tuve dos semanas antes de los preolímpicos. así que fui saltando sobre la pierna izquierda. apenas podía mover la pierna.21. cuando intenté dar otro paso. esperando que la derecha empezara a funcionar. John Hayes se acercó corriendo: .

A John se le veía preocupado. en aquel momento de la temporada. Estaba trabajando la zancada y algo ha pasado en los isquiotibiales. lo había visto muchas veces y conocía las consecuencias: no se puede correr con .—¿Qué ha pasado? —No lo sé. Como entrenador. no podía permitirme el lujo de una lesión. Él sabía que la distensión de los isquiotibiales es una cosa muy seria. y me dijo que dejara de entrenar durante unos días y que fuera inmediatamente a que empezaran a tratarme la lesión. Notaba un tremendo dolor. pero. así que procuraba comportarme como si no fuera gran cosa.

un par de meses. porque la pierna se tensa y te hace ver las estrellas. de ahí me mandaron a un equipo de fisioterapeutas especializados en isquiotibiales. El mejor tratamiento es el reposo. durante varios días me dieron un tratamiento de . Disponíamos de dos semanas. Me hicieron una resonancia para asegurarse de que solo se trataba de una distensión de isquiotibiales. había un montón de buenos médicos y fisioterapeutas.una lesión de esas. Los entrenadores y el personal médico del centro de entrenamiento del equipo olímpico de Estados Unidos eran increíbles. Entrenar donde entrenaba tenía la ventaja de que. muy cerca.

La terapia intensiva relajó mi pierna lo suficiente como para poder correr por pendientes. Cuesta arriba iba bien.ultrasonidos. necesitaba correr para llegar en plena forma. pero cuesta abajo la cosa cambiaba bastante. porque no podía apoyar todo el peso en la pierna . baños de hielo y masajes. John Hayes insistió para que consultara también a los entrenadores de la Academia del Ejército del Aire. para que pudiera volver a entrenar. Con los preolímpicos a la vuelta de la esquina. estos me dieron una tabla de ejercicios para hacer todos los días con el fin de rebajar la tensión de los tendones y mejorar la movilidad.

Después. entrenador.derecha. John Hayes estaba preocupado por mi lesión. Le sonreía y le decía: —Vamos. baño de hielo y masajes hasta que parecía que me iban a arrancar la piel. volvía a subir a toda velocidad y vuelta. así. pero tampoco podía dejar de entrenar: las pruebas estaban demasiado cerca como para tomarme días de descanso. corría cuesta arriba lo más rápido de que era capaz y bajaba cojeando. hacía series hasta que completaba el entrenamiento del día. no te . y. yo procuraba que la procesión fuera por dentro: llevábamos trabajando mucho tiempo como para quedarnos en puertas. Como no podía correr cuesta abajo.

Él estaba preocupado. Si Dios me había llevado tan lejos. Lo cierto es que ni se me pasó por la imaginación que no fuera a correr en Eugene. que esto está funcionando. Yo. llegar al equipo olímpico suponía mucho más que lo estrictamente deportivo: representar a los Estados Unidos en el más grande de los eventos deportivos me proporcionaría una tribuna para . —No hay problema —le decía con una sonrisa. Para mí. no iba a permitir que una simple lesión diera al traste con todo.preocupes. no. y para las pruebas voy a estar a tope. —Nos vamos a Eugene la semana que viene —contestaba.

Y ahora estaba demasiado cerca como para permitir que una mera distensión de isquiotibiales pospusiera aquel momento.hacer que se oyera la voz de Sudán y cambiar la vida de los que están allí. Era también la ocasión de devolver algo de lo mucho que por mí había hecho el país que me había acogido y hecho su ciudadano cuando yo no tenía un hogar. Phil Wharton y su padre son unos fuera de serie en el tratamiento de dolencias musculares. y son especialistas en la recuperación rápida . porque allí nos estaba esperando un arma secreta. Yo sabía que mis isquiotibiales mejorarían cuando llegáramos a Eugene.

—Te veo cuando vengas a Eugene —me dijo. y Phil Wharton estaba concentrado en su trabajo. Los Wharton atienden a muchísimos atletas. Como digo. John me acompañaba a mis sesiones de terapia diaria. Los tres formábamos un auténtico equipo. . Cuando llegué. El Dr. Phil había alquilado una casa a la que fui todos los días para mi tratamiento. son unos fuera de serie. El ambiente de unos preolímpicos es muy emocionante. yo estaba tranquilo. aunque la tensión se masca. John no paraba de moverse por la habitación. Llamé a Phil nada más lesionarme. no solo a mí.de deportistas.

Después de un rato con él. Lo que tienes que hacer es competir. Wharton era el antídoto perfecto contra la tensión y los nervios de los preolímpicos: me quitó el miedo a la palabra «preolímpicos». Ya tienes un estándar A. «Solo es una carrera. o sea. El Dr. Durante las sesiones de masaje. también me prescribió una dieta especial. «solo eso: una carrera más». céntrate en correr. me iba convencido de que llegaría a estar en el . que tu objetivo no es algo que no hayas alcanzado nunca. ¡y ganar!».Wharton me trataba los isquiotibiales mediante una combinación de masajes y hielo. siempre me repetía lo mismo: «Tú no te preocupes por tu pierna. Lopez». me decía una y otra vez.

entonces.500. Cada vez me sentía mejor cuando corría.500. me había inscrito tanto en la carrera de 800 como en la de 1. lo había hecho con la idea de elegir una de las dos antes de que empezaran las pruebas. Antes de que las competiciones dieran comienzo. y centrarme solo en una.equipo olímpico de los Estados Unidos. le dije a John Hayes: —Voy a correr 800 para comprobar la velocidad de mi pierna. Aunque no había corrido 800 en toda la temporada. Pero.500— tardaría unos días. Empezaron las pruebas. pero mi carrera —el 1. siempre la había corrido . y pensé que debía poner mi pierna a prueba antes del 1.

Me encantaba esa carrera. —Ya lo sé —dije.500 es tu mejor opción para llegar al equipo olímpico. A John ya no le cabía duda de que yo había perdido el juicio: —No me parece una buena idea.500. —Entonces. Creo que es bueno que corra la primera ronda de 800 para probar un poco la pierna antes del 1.en la universidad. Me miró como si me hubiera vuelto loco: —El 1. Creo que tienes que estar tranquilo un par de días y emplearte a fondo cuando . ¿por qué te cambias ahora a 800? —No me cambio.

500. —No voy a hacer locuras. Aquello le gustó bastante menos que mi ocurrencia de correr la primera ronda. pero creo que me vendrá bien estirar la pierna y prepararla así para la carrera de verdad. —Bueno. pero solo la primera ronda —dijo John Hayes. pero gané la primera ronda. acabó cediendo: —Una ronda más y se acabó — . de acuerdo.empiece el 1. —Otra ronda —le dije a John. Después de mucho tira y afloja. un 800 y se acabó. —Claro. Y esa era mi intención….

Pero el caso es que estaba en la final y con un puesto en el equipo olímpico al alcance de la mano: ¡no podía retirarme a esas alturas! Había que intentarlo. y estaba en la final.insistió. Pero volví a ganar. —Sí. —Lopez. podía ir a las olimpiadas para correr 800. solo lo había hecho para prepararme para la carrera que de verdad me importaba. pero creo que no debemos tentar la suerte y poner en peligro tus . John Hayes vino a hablar conmigo. claro. has hecho unas carreras soberbias. Ningún problema. Nunca había pensado correr esa prueba. Si acababa entre los tres primeros.

pero el 1. . Los fans te adoran y yo soy el primero al que le gustaría verte correr la final de 800. no solo para conseguir entrar en el equipo olímpico.500 dejándote correr la final de 800. Tienes que decidir qué carrera quieres correr.500 es tu mejor baza. —Temía que dijeras eso. No es que dude de tu capacidad.opciones en el 1. —Lo entiendo perfectamente. John cerró los ojos y se pasó la mano por la cabeza. pero creo que puedo conseguirlo con las dos. pero no quiero que tomes decisiones que te acaben dejando fuera del equipo. sino también para hacer algo en Pekín. Has hecho muy buenas carreras de 800.

descansar un par de días y llegar al 1. Lo mejor. sobre todo si. —¿Y qué vas a hacer? —Correr la final —dije.500 en condiciones óptimas.pero tenemos que pensar en ti. al final. . lo sensato. —Lo entiendo perfectamente —dije. Ningún corredor en sus cabales hubiera hecho lo que yo iba a hacer. El 1. Yo sabía que él tenía razón.500. pero también sabía que siempre me habría quedado la duda de si hubiera podido llegar al equipo para correr 800.500 empezaba al día siguiente de la final de 800. es dejarlo ahora. no lo conseguía en 1.

Me alejé con un montón de dudas. vas a correr seis carreras en siete días.500. Él me tranquilizó: . convencido de que mi decisión no tenía marcha atrás: —¡Es una locura! Si llegas hasta las finales de 1. pero un paso en falso puede acabar con tus opciones. ¿Y si John tenía razón? ¿Había sido un error correr 800? Fui a ver al Dr. Si está decidido…. Wharton para mi sesión de terapia. creo que puedes conseguirlo.Mi entrenador meneó la cabeza. pero sé prudente. Eres uno de los atletas más capaces de los que compiten estos días. —Tengo que intentarlo.

lo más duro es ver a sus atletas ir a la pista sabiendo que ya no pueden hacer nada más. Aunque nos enfrentábamos en aquel momento a otros problemas. Todo un año de entrenamiento se resolvía en una carrera. El día de la final de 800 me sentía muy bien. Yo estaba preparado. Para un entrenador. No lo fuerces más allá de lo que él te vaya diciendo. lo cierto es que aquella carrera marcaba el punto final de una preparación muy larga y muy dura. todo el entrenamiento del mundo no disminuye ni un ápice su angustia. Yo quería que hablara con John. Hice todo el calentamiento .—Usa la cabeza y escucha a tu cuerpo.

Si me clasificaba en 800. Mientras trotaba alrededor de la pista. genial. aquella carrera era un paso más en la preparación para lo que realmente me importaba. porque . que los que van por las calles exteriores salen más adelantados que los de las calles interiores. es decir. si no.500. pero esa diferencia se compensa en la primera curva. lo conseguiría en 1. que era la carrera del día siguiente. Para mí. La salida de 800 es escalonada. Me coloqué en la calle siete para tomar la salida de la final de 800.previsto y mis isquiotibiales estaban muy bien. me di cuenta de que otros entrenadores y otros corredores me miraban como si me hubiera vuelto loco.

El escalonamiento sirve para asegurar que todos los corredores corren exactamente la misma distancia.cuanto más hacia el exterior sales. mayor distancia tienes que recorrer. En la recta apreté y me coloqué en . con lo que me tuve que mantener en el exterior del grupo. La calle siete era la segunda más exterior. en cuarta posición. Salí fuerte y cuando se acabó la curva me desplacé al interior. Sonó el disparo y empecé a correr. pero varios corredores se habían apelotonado. Recorrimos la primera curva y atravesamos la línea que indica a los corredores que pueden dejar su calle y situarse en el interior de la pista.

cuando completamos la segunda curva y enfilamos la recta. Veía mi sueño olímpico delante de mí y quería conseguirlo a toda costa.tercera posición. no me gusta adelantar posiciones al principio. me pasó un corredor y. la pierna iba muy bien. con el ritmo que estaba llevando aquella carrera. En aquel momento no pensaba ni en el 1. me decía a mí mismo. Seguí segundo durante toda la curva y casi toda la recta. era la mejor estrategia. De pronto. . Empezamos la primera curva de la segunda y última vuelta. pero me pareció que.500 ni en ninguna otra cosa. ya estaba en segunda posición. «¡Voy a conseguirlo!». Normalmente.

para cuando me quise dar cuenta. «¡Vamos!». otros me habían adelantado también y yo me vi en quinta posición. este iba en cabeza tirando muy fuerte. Mis pies volaban. me gritaba a mí mismo. «Les pasaré en el sprint de los últimos cien metros». Los dos corredores de cabeza estaban ya demasiado lejos como para alcanzarlos. me dije. Me concentré e intensifiqué el ritmo: mis pies se impulsaban con fuerza sobre la pista. me puse a la altura de otros dos corredores que disputaban la tercera plaza. pero no importaba: con un tercer puesto tendría mi billete para Pekín. «No hay problema». la línea de meta estaba .

al intentar soltarme. El atletismo . adelantó la cabeza y cayó tras la línea delante de mí. No podía creer que un agarrón me hubiera arrebatado mi sueño olímpico.ahí…. Mientras recuperaba el aliento. pero algo me lo impidió. a pesar de haber tenido la miel en los labios. No estaba en el equipo olímpico por un agarrón de camiseta. procuré asimilar que no había conseguido entrar en el equipo olímpico. La clasificación oficial me situó quinto. a menos de una décima de segundo del tercer clasificado. me empecé a inclinar hacia adelante. otro corredor detrás de mí me había cogido por la camiseta y. el que corría por la calle interior.

500. me decía. La carrera había acabado y ya tenía en la cabeza un contexto más amplio: había corrido 800 como preparación para el 1. «No hay problema». «A veces pasan estas cosas». superada la fase de preparación. ¡y había estado a punto de entrar en el equipo olímpico! Mi pierna estaba fuerte y.500. Y lo decía convencido. estaba listo para rendir al máximo en el 1. Si corría como sabía que podía correr.es así: no todo resulta como uno prevé. . iría a Pekín.

«¡Gracias.500 había sido un paseo triunfal. Wharton me dejaba . mi paso por las dos primeras rondas de 1.22. Me encontraba muy fuerte y mi distensión de isquiotibiales estaba tan bien que cuando corría apenas me acordaba de la lesión. América!» La segunda lesión de mi carrera deportiva la tuve diez minutos antes de correr la prueba más importante de mi vida. No la vi venir. a pesar de haber corrido antes tres pruebas de 800. se tensaban un poco. de vez en cuando. Los tres días anteriores. pero el Dr.

El día de las finales. yo estaba en el césped del interior de la pista haciendo estiramientos.500. Hasta John Hayes estaba más tranquilo después de haberme visto correr la semifinal. Si no hubiera sido por la lesión.siempre como nuevo.500. Solo quedaba una carrera y John parecía confiado. y se había convencido de que haber participado en la final de 800 no iba a poner en peligro mi inclusión en el equipo olímpico para el 1. habría hecho . Me dirigí a la zona de control de atletas dando las zancadas largas con las que completaba mi estiramiento. cuando se escuchó por megafonía la primera llamada para el 1.

Sentí un latigazo de dolor que me recorrió toda la pierna. Esa era la rutina que seguía en todas las carreras. pero no quería correr el más mínimo riesgo de que se me tensaran los isquiotibiales. las piernas respondían como nunca.los estiramientos sentado. Di las dos primeras zancadas. y no había ningún motivo para alterarla en aquella final. Di la tercera. Wharton iba a darme un masaje justo antes de la carrera para que los isquiotibiales estuvieran relajados. el Dr. y no vi un agujero medio oculto por el césped. . Al acabar con las zancadas largas. metí en él mi pie derecho. y me torcí el tobillo de la pierna en la que tenía la lesión.

y procuré que él no me viera a mí cojeando: en aquel momento hubiera estampado su teléfono móvil contra el suelo.500 masculinos». «Segunda llamada para los participantes en la final de 1.Intenté seguir trotando. —Tengo un problema. pero me acabo de torcer el tobillo en un agujero al hacer zancada larga. se oyó por megafonía. Vi a John Hayes al otro lado de la pista. —No. Me fui directamente al Dr. esos están perfectos. —¿Qué pasa? ¿Los isquiotibiales? —me preguntó. . Wharton. pero no podía apoyar el pie derecho.

final de 1.500 masculinos». La carrera estaba a punto de comenzar y yo casi no podía andar: nadie debía enterarse. Wharton. «Tercera llamada. John Hayes venía andando hacia mí con un gesto de sorpresa. A ver qué puedo hacer. ¿Qué haces ahí echado? —Se ha torcido un tobillo —dijo el Dr. no! ¿Lo dices en serio? Túmbate. —¡Oh.Se lo dije en voz muy baja para que nadie lo oyera. . —¿Qué haces. Cogió el pie e hizo un par de maniobras. Lopez? Tienes que ir al control.

John —dije. pero tenía que ir al control: la final no iban a retrasarla porque a mí me . el tobillo no estaba bien. pero había conseguido que mantuviera mi cabeza en la carrera. Recuerda las distintas posibilidades de que hablamos. Lopez. Tenía que evitar que aquello afectara a mi mentalización en aquel momento. —Céntrate en la estrategia de carrera. le preocupaba mi tobillo. —Ya estoy bien. Los dos sabíamos que Phil era el mejor en su campo. Me puse de pie. Ya sabes cuándo tienes que atacar… Aquellas palabras me tranquilizaron.John se tragó su nerviosismo.

Di un par de zancadas. Dos pasos más. y eso que había corrido cinco en los seis días anteriores. . me has hecho soñar con esto para algo que va mucho más allá de mí mismo. Has hecho tantas cosas imposibles en mi vida que me cuesta creer que quieras que mi sueño se acabe aquí…».doliera el tobillo. John me miraba con aparente tranquilidad. Di un paso. Cogí mi mochila y mi chándal. El dolor del tobillo había desaparecido. Sentía el tobillo como si no hubiera corrido una carrera en mi vida. me dispuse a andar hacia la pista y recé: «Dios mío.

—Disculpen —les dije mientras pasaba entre ellos para acercarme a la mesa del control. escuché la conversación de dos entrenadores que no me habían visto aproximarme: —Sí. Nos vemos en la meta. Se quedaron mirándome como si .—Corre según el plan previsto —me dijo. Le di la mochila a John y me fui al control. —¿A quién se le ocurre correr todas esas carreras? Se ha cargado sus opciones —dijo el otro. Al llegar. —Claro. Lopez está lesionado —dijo uno.

Kakuma.hubieran visto un fantasma. me situé en la línea de salida. Me sentía muy feliz. sus chicos tendrían más posibilidades de estar en Pekín. Tully. aquí. Eugene. «He soñado ocho años con este momento. —¡Ánimo. Sonreí y miré hacia el público. Flagstaff. Aquí va a ser. Era . Colorado Springs y. Norfolk. Oregon. ahora. Lopez! —gritó alguien desde la grada. pero el impacto de verme pronto se convirtió en alivio: si yo estaba lesionado. ¡Aquí se va a hacer realidad mi sueño!». Cumplido el trámite del control. Les dediqué una sonrisa: yo sabía algo que a ellos se les escapaba.

«Corredores. Aquel era el momento con el que había soñado tanto tiempo y me había propuesto disfrutarlo. Sonó el disparo y empecé a correr. y pensé en todas las vueltas a la pista que habíamos dado juntos en Colorado Springs para llegar a aquel día. Llevaba una camiseta roja en la que podía leerse en swahili: «Corre rápido. listos…». aquello era la quintaesencia del placer de correr. Brittany estaba cerca de ella. . la amiga que me había traído fotos de mi madre. en sus marcas…. ¡Qué momento tan maravilloso! No corría para huir de las balas o del hambre.Melissa. No. Lopepe». Me miraba con una sonrisa de oreja a oreja.

Las primeras dos vueltas se desarrollaron según lo previsto. Los isquiotibiales estaban estupendamente y el tobillo no me dolía. para tenerlos a tiro. precaución: mantenerse en la parte de delante. reservar fuerzas para el final. al final de la segunda vuelta. Segunda vuelta: posicionarse. subió el ritmo. para el ataque final. ojos atentos a cualquiera que se tropiece. Aquello era un milagro: no le encontraba otra . Durante la primera vuelta. me acerqué un poco más a la cabeza. En la tercera vuelta. Yo iba haciendo mi carrera. pero a suficiente distancia para evitar que me encajonaran. me acerqué a los de cabeza.

explicación. Alguien había empujado al tipo que corría a mi lado. noté un empujón en la espalda. Al fondo vi a mi grupo de animadores en las gradas. Salimos de la curva y enfilamos la recta en la que oiríamos la campana de última vuelta: cuatrocientos metros que decidirían quiénes de aquellos doce corredores formarían parte del equipo olímpico de Estados Unidos. gritando mi nombre. Mis pies dieron unos pasos forzados. e hice lo que pude para no perder el equilibrio y evitar a los que . estaban todos de pie. Pasé a la tercera posición. la que me permitía ir a Pekín. De pronto. y este se había caído sobre mí.

Apreté en la primera curva.tropezaban a mi lado. por ti y por los niños que se han quedado allí». Noté que Dios me decía: «Lopez. sonó la campana. Cuarta vuelta: la del «¡Dios mío. estaba donde quería estar para empezar a atacar en la línea de trescientos metros. me parecía estar soñando. nadie se cayó. ayúdame!». Ocho años antes. Aunque tenía los ojos abiertos. Tú corre». Mi sueño estaba al alcance de la mano. Mis pies volvieron a su ritmo normal. todo va bien. Estuvimos a punto de caernos todos los del grupo de cabeza. Ya me había ayudado. Dios mío. al final. había escrito una redacción que era una . «Por ti.

sino que podía incluso ganar la carrera. Era el momento del que había hablado a todo el que quiso escucharme desde mi llegada a América. Última curva. echando mano hasta del último ápice de energía que quedaba en mi cuerpo. Doscientos metros. Empecé el ataque que podía hacer realidad mi sueño. Me acerqué a los de cabeza.oración. Apreté como no había apretado en mi vida. Trescientos metros para la meta. y aquella oración la estaba corriendo. Todos habían empezado a . estaba tan cerca que pensé que no solo iba a conseguir mi puesto en el equipo olímpico.

«¡Ahora no! ¡Dios mío. Yo intentaba apretar.esprintar. No podía ir más rápido. John Hayes siempre me decía que las carreras se ganan o se pierden en los últimos cien metros. corriendo con todas mis fuerzas. y veía cómo otros corredores me adelantaban para arrebatarme mi sueño olímpico. ayúdame!». gritaron desde la grada. Empecé a ceder posiciones. el dolor me subió por la pierna y envolvió mi cuerpo. Lopepe!». pero el cuerpo no me respondía: . Cuando estaba a mitad de la curva. «¡Corre. noté un fuerte tirón que me tensó los isquiotibiales. Salí de la curva y enfilé la recta final. a ciento cincuenta metros de la meta.

Yo no necesitaba ganar para . ochenta y nueve. y mis pies volvieron a volar. ochenta y ocho… Me iba quedando cada vez más atrás. Noventa metros para la meta. hasta que sucedió algo inexplicable: en la marca de ochenta y siete metros. a otro… La gente en las gradas se puso en pie y empezó a gritar. Adelanté a un corredor. pero yo solo oía el latido de mi corazón y mis pies golpeando la pista. noté una especie de inyección de energía que me permitió sobreponerme al dolor de la pierna.la pierna me dolía y el cuerpo quería rendirse al dolor. Vi cómo el primero atravesaba la línea de meta y ganaba la carrera.

Me tiré al suelo de alegría.estar en el equipo: solo tenía que estar entre los tres primeros. mis amigos coreaban mi nombre. cruzando la meta en tercer lugar. Los tres . En las gradas. Me levanté y me acerqué a los que habían acabado primero y segundo. Yo había corrido la carrera. «¡Gracias. y adelanté a otro corredor. La línea de meta estaba ahí… Un último empujón. gracias. Me santigüé. gracias! Esto lo has hecho tú. pero Él me había curado los isquiotibiales y el tobillo y me había dado la fuerza para el empujón final. Un segundo corredor atravesó la línea. no yo». Dios mío! ¡Gracias. Dos de las tres plazas ya tenían nombre.

Gracias. América! —dije—. sino . —¡Gracias. ¡Nos vamos a Pekín! Camino del pódium. fui firmando un autógrafo detrás de otro. para la entrega de trofeos. Aquel momento era único: —Enhorabuena —les dije. La gente me daba palmadas en el hombro. —A ti también. Aquello expresaba con precisión los sentimientos que desbordaban mi corazón. «¡Enhorabuena. Yo había sido un niño perdido.sonreíamos felices. y América no solo me había abierto sus puertas y me había dado un hogar. Lopez! ¡Gran carrera!». En el pódium me preguntaron si quería decir algo.

me pidieron más autógrafos y firmé todos los que pude. Me gustaba pensar que. y quizá.que ahora me concedía el privilegio de representarla en un escenario de proyección mundial. los niños mayores me empujaban y me quitaban de . pronto correría con las letras «USA» en mi pecho. años atrás. otro niño sin esperanza me vería correr a mí. al verme. me recordó a mí mismo. pensaría que sus sueños se iban a hacer realidad. Me bajé del pódium y avancé entre el gentío. a lo mejor. cuando. Como Michael Johnson. Al levantar la vista vi a un niño que no conseguía acercarse a mí por la cantidad de gente que me rodeaba.

Avancé entre la gente descalzo. —Disfruta —le dije. Vi cómo a su padre se le saltaban las lágrimas. —¿Me das tus zapatillas? —gritó. Nuestros ojos se encontraron. las firmé en el costado con un rotulador y se las lancé. Me quité las zapatillas.en medio cuando íbamos los martes a revolver entre la basura en Kakuma. —Por supuesto —le contesté. En cierto modo. . —¡Gracias! —me gritó el niño. me parecía que era la mejor forma de andar después de la carrera más importante de mi vida: descalzo era como había aprendido a correr.

Uno de los fisioterapeutas gritó: «¡Nihao. Cuando la gente empezó a retirarse. Sonreí. A continuación. sus padres iban con ella. Brittany también consiguió llegar hasta mí entre la gente. los tres estaban llorando. fui a la carpa del servicio médico para el control antidoping. Wharton.Melissa se acercó corriendo a saludarme. me fui a celebrarlo en una limusina con el Dr. Apenas podía hablar. pero al cabo de un rato todos . Brittany. El sueño se había hecho realidad. John Hayes y algunos amigos. —¡Lo has conseguido! —me dijo. Nos abrazamos. Recorrimos Eugene. Pekín!». No sé por qué gritó aquello.

«Increíble» era el adjetivo que mejor describía mi trayectoria: desde Sudán a América. —¿Cómo va el tobillo? —me preguntó. Me tuve que parar a pensar. —Lo es —dije. pasando por Kakuma y una televisión en blanco y negro que funcionaba con una batería de coche. —Perfecto —dije. —Es increíble —dijo él. Y . No me había acordado del tobillo desde el disparo de salida. Sonreí. hasta John.estábamos gritando lo mismo.

Increíble e imposible. .Pekín. excepto para Aquel que hace posibles todas las cosas.

pero no podía creerme que el que hablaba me estuviera buscando a mí. pero lo que estaba sucediendo en aquel momento era algo que nunca se me había pasado por la imaginación: ¡el presidente de los Estados Unidos quería conocerme! —Por aquí. Durante ocho años había soñado con correr en unas olimpiadas representando a Estados Unidos. .23. Oí pronunciar mi nombre. señor presidente —le dijo uno de los entrenadores. El mayor honor «¿Dónde está Lopez? Quiero conocer a Lopez».

desde el tiro con arco hasta el voleibol. el presidente dejó que se viera el entusiasta animador que llevaba dentro: —Muchachos…. Acababa de dirigir unas palabras a la delegación olímpica estadounidense. ¡a por ellos! Cuando acabó de hablar. nos habían reunido a todos en un enorme gimnasio. Antes de la ceremonia inaugural.El presidente Bush sonrió y se acercó a mí. Allí estaban muchos famosos a los que yo admiraba: . formada por todos los entrenadores y deportistas de todas las modalidades olímpicas. recorrió el sitio donde estábamos estrechando la mano de unos y de otros. En su intervención.

Durante ocho años había soñado con correr en las olimpiadas. permítame que le presente a nuestro abanderado.el entrenador Mike Krzyzewski. Carmelo Anthony y Dwayne Wade. Michael Phelps —que aquel año ganó ocho medallas de oro— estaba también allí. Lebron James. —Señor presidente. Lopez Lomong —dijo el jefe de la delegación olímpica estadounidense. El abanderado es el que marcha delante del equipo durante el desfile de . un niño perdido. del Dream Team. el presidente quería verme a mí. Kobe Bryant. Y entre todos aquellos prodigiosos deportistas. ¡A mí!: un don nadie. pero nunca había soñado con aquello.

Y ese uno era yo. El presidente Bush me estrechó la mano. Bienvenido a América. al abanderado lo eligen sus compañeros de equipo.la ceremonia inaugural de los juegos. A diferencia de las medallas —que se ganan en competición—. . Solo quería que supieras que estoy muy contento de tenerte con nosotros. De los quinientos noventa y seis deportistas que formaban el equipo de Estados Unidos. me han contado muchas cosas de ti. Se trata de uno de los mayores honores que puede tener un deportista olímpico. solo uno podía llevar la bandera delante del equipo al entrar en el estadio. —Lopez.

—Gracias. Entonces yo solo llevaba unos meses en América. disfruta el momento. No podía creer que le estuviera dando la mano al presidente. después de los atentados del 11-S. dirigiéndose a los miembros de los equipos de rescate con un megáfono en la mano. Es tu bandera. y estaba asustado por el hecho de que la guerra me hubiera seguido hasta este país. Me vino a la cabeza la imagen que tenía de él en Nueva York.Cuando estés ahí fuera esta noche con la bandera. Recordé cómo me había impresionado verle encima de un montón de escombros. señor presidente —dije. pero la confianza que me había .

hasta que siguió adelante. —Te presento a mi esposa. Les estreché la mano a todos. Laura — dijo el presidente—.infundido el presidente Bush aquietó mis temores y me convenció de que la nación resurgiría de las cenizas y la tiniebla de aquel día. Y estos son mis padres. ¿Quién puede decir que ha conocido a un presidente y a una primera dama? ¡Yo estaba conociendo a dos el mismo día! Nadie pudo hablar mucho con el presidente. porque se pasó la mayor parte del tiempo conmigo. y lo perdí de vista. Supuse . saludando a otros deportistas. sin dar crédito a lo que estaba viviendo.

las chicas.que tenía que ir a ocupar su sitio en el palco del estadio olímpico. no. Me acordé del entrenador Jim Paccia sobornándome con una chaqueta de chándal del instituto de Tully en la que iba a poner mi nombre para que corriera cross en su equipo. Todos llevábamos el mismo uniforme: pantalón blanco. Los miembros de la delegación estadounidense —los casi seiscientos deportistas— esperábamos de pie charlando y riendo. ¡Qué ganas tenía de que me viera por televisión en la ceremonia inaugural! Un oficial del comité olímpico . bléiser azul y gorra blanca. los chicos llevábamos corbata.

asegúrate de que no toca el . —Lopez. Entré y allí estaba el presidente. acércate. —Ven conmigo —me dijo. —Lopez —me dijo al verme—. señor presidente —dije. No se me ocurría qué podía tener que decirme a mí el presidente.estadounidense se acercó a mí y me cogió por el brazo. —Sí. Supuse que me iban a dar instrucciones sobre el modo de llevar la bandera. hay algo que olvidé decirte. cuando lleves la bandera. pero me llevó a una pequeña sala que había en un lateral. hijo. Me puso la mano en el hombro.

*** La idea de que yo fuera abanderado surgió cuando estábamos en San José. —Estupendo. antes de coger el vuelo para China. Volví con los deportistas. ¡A por ellos! —dijo el presidente Bush riéndose y dándome una palmada en la espalda. Le prometo que no va a tocar el suelo. señor presidente —dije. —Gracias.suelo. Mis pies no tocaban el suelo. Uno . Daba igual lo que pasara a partir de ese momento: aquellos juegos olímpicos ya habían superado con creces mis expectativas. ¿Vale. tío? —No se preocupe.

—Del que lleva la bandera de Estados Unidos al frente de la delegación olímpica en la ceremonia inaugural. Ya lo he hablado con otros y pensamos que tienes que ser tú.de mis amigos —un lanzador de disco llamado Casey— se me acercó y me dijo: —Voy a dar tu nombre para que seas abanderado. camino de Pekín. Cuanto más pensaba en la posibilidad de llevar la bandera. Estuve pensando en aquella conversación durante todo el vuelo sobre el Pacífico. más me emocionaba. —¿De qué me estás hablando? — pregunté. .

No creía que fuera a pasar, pero, si algo
había aprendido en mi vida, era a creer
en lo imposible. Imposible parecía el
que un niño perdido de un campo de
refugiados acabara en el equipo
olímpico de Estados Unidos. Pero ahí
estaba yo. Y no era simplemente el
equipo olímpico: eran los juegos de
Pekín, un sitio en el que había estado en
mi viaje de Nairobi a Nueva York.
Aquel viaje había sido también un sueño
hecho realidad, y ahora la Providencia
quería que el sueño fuera incluso más
grande. Después de lo que había hecho
con mis isquiotibiales y mi tobillo en los
preolímpicos, tenía la certeza de que
cualquier cosa era posible.

Un día, después del entrenamiento
de mediodía, todos los miembros del
equipo de atletismo nos reunimos para
elegir nuestro candidato a abanderado.
Para seleccionar al abanderado del
equipo, cada deporte presenta un
aspirante: los de baloncesto presentan
uno, los de natación y salto de
trampolín, otro, los de gimnasia, el suyo,
y así sucesivamente. Después se reúnen
los capitanes de cada disciplina y eligen
al abanderado entre los nominados.
El que dirigía nuestra reunión dijo:
—Quien quiera nominar a alguien,
que escriba el nombre en un papel y se
acerque aquí a entregarlo.
Una vez que entregaron todos los

papeles, el entrenador del equipo de
atletismo leyó los nombres.
—Si leo vuestro nombre, venís aquí
delante.
La situación me recordaba la de la
iglesia de Kakuma, cuando esperábamos
que leyeran nuestro nombre para poder
ir a América. Lo mismo que en aquella
ocasión, escuché mi nombre:
—Lopez
Lomong
—dijo
el
entrenador.
A diferencia de Kakuma, no di un
salto como si hubiera ganado la medalla
de oro. Me levanté tranquilamente de la
silla y fui a donde estaba el entrenador.
Cuando el último nominado llegó a la
parte de delante de la sala, el equipo

tenía
que
votar,
pero
los
acontecimientos se desarrollaron de
manera inesperada. Uno tras otro, los
nominados dijeron «Yo apoyo a Lopez»,
y se sentaron. Al final, yo fui el único
que quedaba allí de pie.
Esta era la primera fase del proceso;
en la siguiente, se reunían los capitanes
para elegir entre los nominados de cada
disciplina. Normalmente, se requieren
unas cuantas votaciones, pero eso no
sucedió en 2008: los capitanes me
eligieron en la segunda votación. Hubo
incluso uno de otro deporte que dijo:
—Si los de atletismo no llegan a
nominar a Lopez, lo hubiera hecho yo.
***

Cuando fui elegido abanderado, los
periodistas interpretaron aquello como
un gesto político por parte del equipo
estadounidense.
Durante
los
preolímpicos, yo me había unido a un
grupo de deportistas que se llama Team
Darfur. El grupo fue fundado por Joey
Cheek, quien compitió en las olimpiadas
de invierno de 2006, en la modalidad de
patinaje de velocidad sobre hielo. El
objetivo de Team Darfur era concienciar
al mundo del genocidio que estaba
teniendo lugar en la región sudanesa de
Darfur. El gobierno sudanés de Jartum
estaba cometiendo allí el mismo tipo de
atrocidades que habían cometido en mi
región de Sudán del Sur, durante los

veinte años que había durado la guerra
civil. En el sur, el gobierno musulmán
del norte había arrasado las casas y
aldeas
de
una
población
mayoritariamente animista y cristiana.
Darfur es una región musulmana y, de
hecho, los soldados de Darfur habían
combatido a mis compatriotas del sur.
Cuando los enfrentamientos en el sur
cesaron, comenzó el genocidio de
Darfur: los sudaneses árabes empezaron
a exterminar a los sudaneses africanos.
A pesar de compartir la misma religión,
el gobierno de Jartum casi aniquiló a los
sudaneses de origen africano que vivían
en la zona.
Yo denuncié el genocidio una vez

que ya estaba en el equipo olímpico, y
por eso mi elección como abanderado se
interpretó como un gesto político. El
gobierno
chino
apoyaba
económicamente al gobierno sudanés, a
pesar de las atrocidades. Muchos grupos
de todo el mundo presionaron a los
chinos para que hicieran algo por acabar
con el genocidio; pero China hizo oídos
sordos. Ni siquiera consintieron que
Joey Cheek fuera a las olimpiadas,
porque no querían que se pronunciara
sobre Darfur: en el último momento,
revocaron su visado. Pensé entonces —y
lo sigo pensando ahora— que aquella
decisión fue un tremendo error por parte
de China.

Pero lo cierto es que el equipo
estadounidense no me había concedido
aquel honor como una especie de
declaración sobre Darfur. Nada más
conocerse la noticia de mi elección, un
periodista me preguntó si aquella
decisión tenía implicaciones políticas.
No entré al trapo:
—No tengo palabras para expresar
lo feliz que me siento —le dije—. Estoy
muy orgulloso de ser americano y
llevaré la bandera con orgullo.
Pero las preguntas de verdad me
esperaban a la mañana siguiente en la
rueda de prensa. Se trataba de una de las
ruedas de prensa que el USOC —el
comité olímpico de Estados Unidos—

organizaba ese día; la rueda de prensa
prevista después de la mía era la del
equipo de baloncesto, el Dream Team.
Supongo que, cuando entré en la
sala, los periodistas estaban esperando
que dijera algo sobre Darfur y el papel
que China jugaba en todo aquello. Por
muy importante que fuera esa cuestión,
yo sabía lo que tenía que hacer. Me
senté y conté mi historia. Hablé del día
en que me secuestraron en medio de una
misa y de los días que pasé en el
campamento de los rebeldes; les hablé
de cómo me había escapado con mis tres
ángeles y de los años de Kakuma, del
día que vi a Michael Johnson corriendo
en las olimpiadas del 2000 y de cómo

me había inspirado; luego les expliqué
cómo América me había abierto sus
brazos y me había dado aquella
increíble oportunidad.
—Estoy tremendamente agradecido
por el privilegio que se me ha
concedido de vestir esta camiseta y
representar a mi país —dije.
Al principio estaba nervioso, pero, a
medida que iba contando mi historia, me
invadió una gran paz. Sabía que ese era
el momento para el que la Providencia
me había llevado hasta allí. Ya no se
trataba de mi historia personal. Tenía la
oportunidad de ser la voz de todos los
niños y niñas perdidos y de todos los
que sufren las injusticias de la guerra:

—Espero que mi presencia aquí
sirva de inspiración para otros niños
que puedan estar viendo estos juegos
olímpicos, lo mismo que me pasó a mí
con los juegos de Sidney. Espero que…
que en todos los países me vean y sepan
de dónde vengo yo —dije.
Cuando mi rueda de prensa
concluyó, salí al pasillo. Tenía que
entrenar. Con todo el revuelo mediático
que mi elección como abanderado había
causado, casi se me había olvidado que
tenía que correr una carrera en unos
días. El presidente del USOC salió
conmigo.
—Muy bien, Lopez. Has estado
fantástico —dijo.

—Gracias. He hablado con el
corazón —dije—. Si ya no me necesita,
tengo que ir a entrenar.
—Claro, por supuesto. Yo me
vuelvo ahí dentro para la siguiente rueda
de prensa. Nos vemos en la ceremonia
inaugural.
Me estaba dando la vuelta para
marcharme, cuando una chica se acercó
al presidente del USOC y le susurró
algo al oído.
—¿De verdad? De acuerdo. Sí, sí
podemos —le dijo a la chica. Entonces
se dirigió a mí y me dijo—: Lopez, te
necesito para una última cosa antes de
que te vayas. Mike Krzyzewski quiere
que dirijas unas palabras al equipo de

baloncesto.
Me quedé con la boca abierta.
—¡¿Al Dream Team?!
Se rió.
—Sí, al Dream Team. Susan te
llevará con ellos.
Visto y no visto, estaba yo con Mike
Krzyzewski, el mítico «entrenador K»
de la Universidad Duke. Le acompañaba
el entrenador Jim Boeheim, de la
Universidad de Siracusa. Mike me puso
la mano en el hombro.
—Hemos estado en tu rueda de
prensa —dijo.
—¿En serio?
Yo no me lo podía creer.

—Sí, ya lo creo que hemos estado.
Mira, necesito que me hagas un favor.
Quiero que cuentes tu historia a mi
equipo, exactamente igual que la has
contado en esa rueda de prensa. Quiero
que les digas a esos tíos lo que significa
ser americano y vestir esa camiseta.
Creo que ninguno de nosotros ha
conseguido entenderlo tan bien como tú.
—¿Qué? ¿Yo?
—Sí, tú, Lopez —dijo Mike.
Entré en la sala donde los jugadores
de baloncesto estaban esperando para su
rueda de prensa. Aquello era la
aristocracia del deporte. La sala estaba
llena de auténticos personajes: no solo
los había visto en televisión, sino que

me había puesto camisetas con su
nombre cuando jugaba en las canastas
que había delante de casa en Tully.
Kobe Bryant estaba sentado en un lado,
cerca de Lebron James; Carmelo
Anthony, que había ido a la Universidad
de Siracusa, estaba sentado delante. En
aquella sala estaban los mejores
jugadores de baloncesto del mundo, y su
entrenador quería que yo les hablara.
Cuando empecé a hablar, me
temblaban algo las piernas y se me
quebraba un poco la voz. Pero hice
exactamente lo que Mike Krzyzewski me
había dicho: contar mi historia. Fuera,
se escuchaba a la gente de los medios
buscando al Dream Team, que llegaba

Los entrenadores ni se inmutaron. Cuando acabé. Ahora ya sabéis de qué va esto: sois los embajadores de un gran país. En la sala. que se había asomado por la puerta. Y. Aquellos tiarrones permanecieron sentados en completo silencio mientras yo hablé. . todos los ojos estaban fijos en mí. Mike se levantó y dijo: —Bueno. —Iremos cuando acabe Lopez —le dijo uno de los preparadores al jefe de prensa del USOC. chicos. a hacer vuestro trabajo. Parecía que se estaban bebiendo mis palabras. vuestro país.tarde a su rueda de prensa. ahora.

Después me hice fotos con el equipo. Me sentí muy feliz de poder compartir con ellos mi pasión por cambiar la vida de otras personas. Uno tras otro. Además. yo sabía que muchos de aquellos jugadores estaban comprometidos en proyectos de ayuda a gente necesitada. tanto en Estados Unidos como en otros países del mundo. me dieron la mano y me dijeron lo mucho que les había gustado lo que había dicho. *** Yo creía que me había puesto nervioso cuando tuve que hablarle al . Me fui de allí con una invitación para estar con el equipo cuando quisiera.Todos prorrumpieron en un aplauso.

Dream Team. Cuando me lo dijo no pensé que eso fuera a resultar difícil. también conocido como el nido de pájaro. Sabía que me estaría mirando desde el palco. además de los cerca de mil millones que lo seguirían por televisión en todo el . pero con aquel viento ya no lo tenía tan claro. me había dicho el presidente. él y otras cien mil personas. Pero los nervios de verdad llegaron cuando me puse la banda con la cuja en la que se apoya el asta de la bandera y me preparé para salir al estadio olímpico de Pekín. «Asegúrate de que no toca el suelo». La bandera era enorme y el viento la agitaba con fuerza en el túnel en el que esperábamos la señal para empezar a desfilar.

Dios abriría las puertas de otros sueños más grandes que yo tenía para mis compatriotas de Kimotong. radiantes. el resto de la delegación estadounidense se agrupó detrás de mí con un murmullo. Ese era mi momento. todos estaban sonrientes. escucha mi oración. «Oh Señor. la mayoría llevaban pequeñas banderitas . el momento previsto por Dios cuando decidió hacer realidad mis sueños olímpicos. En cuanto yo apareciera en la pista. Dentro del túnel. y llegue a ti mi clamor».mundo. recé. Encajé el asta en la cuja. cuando mi historia fuera conocida. gente de todo el mundo escucharía la historia de mi vida y.

y empecé a andar. Respiré hondo y dije otra breve oración. un millón de flashes se . Al salir del túnel y empezar a andar por la pista que daba la vuelta al estadio. aquello era para todos una auténtica celebración. El oficial me hizo un gesto señalando la boca del túnel. y solo quedaba que nos dieran la señal para salir al estadio y que la fiesta comenzara. El oficial encargado del orden de los equipos en el desfile me dirigió una mirada: —Os toca —me dijo. Una chica china con un letrero que decía «Estados Unidos de América» se puso delante de mí.americanas.

la multitud gritaba. En un lado estaba el presidente con la mano sobre el corazón. la bandera en mi mano es mi identidad: lo que soy ahora y lo que nunca había sido antes.dispararon al mismo tiempo. dividieron la imagen de la pantalla en dos. entonces. el niño perdido. Ya no soy un niño perdido ni un huérfano. donde vi al presidente Bush saludando a la bandera. Avancé por la pista agarrando fuertemente el asta. Levanté la vista y miré la pantalla gigante de televisión. Caminaba por la pista con evidente orgullo. La Providencia me había . y yo me sentí muy tranquilo. portando la bandera de su nuevo hogar. en el otro estaba yo: Lopez Lomong.

y vuelta a Sudán desde allí. de buscar comida en la basura y de correr para olvidar que tenía el estómago vacío. Y siempre. desde los campos de exterminio de Sudán hasta aquellos juegos olímpicos.llevado hasta allí después de sufrir la guerra. me sentía empujado por todo el equipo de Estados Unidos. un cámara andaba marcha atrás . como si me estuvieran llevando en brazos. Dios había estado conmigo. pasara lo que pasara. Aquel momento siempre había estado en sus planes: en los momentos buenos y en los malos. La vuelta a la pista con la bandera estaba transcurriendo demasiado rápido. Delante de mí.

Y más lejos aún. en una sala de estar de Tully. destacaba el anillo que ella me había dado para que no la olvidara nunca. Lejos de allí. Los ojos de mi madre se fijaron inmediatamente en mi mano izquierda: entre aquellos dedos que sujetaban con fuerza la bandera.enfocándome muy de cerca. Aquel anillo era mi forma de decirle que aquel viaje no . Cuando vio el anillo se dejó caer en el suelo y se echó a llorar. mamá y papá lloraban de alegría. en un pequeño cuarto en Kenia. mi madre y mi familia veían la ceremonia inaugural en una televisión de color de veinte pulgadas que les había comprado durante mi último viaje a África.

de hecho. que ella estaba también allí a mi lado.500. el día que llamé a papá para decirle que me habían elegido como abanderado. Se había organizado una fiesta en la que participó todo Tully para recaudar fondos y costearles el viaje a Pekín. pasó una semana. *** Desde la ceremonia inaugural hasta la primera ronda de 1. Necesité todo aquel tiempo para bajar de la nube. él y mamá estaban en la fiesta para recaudar fondos. aunque yo pensaba que estaban en casa. Mamá y papá llegaron antes de la primera carrera. —Voy a llevar la bandera en la .lo había hecho solo.

por el teléfono escuché los gritos de celebración: silbaban. Tom Carraci. Él se volvió hacia la multitud de gente de Tully que se había congregado allí y se lo dijo. y . Seis años antes. chillaban. lo mismo que mi mejor amigo del equipo de cross del instituto. aplaudían… Recaudaron dinero más que suficiente para que mis padres pudieran ir a verme correr en las olimpiadas. Jim Paccia —el entrenador que me había sobornado con un chándal del instituto de Tully con mi nombre— también fue a Pekín. Tom me había prometido que iría a verme correr en las olimpiadas.ceremonia inaugural —le dije.

Pero estas no fueron tan bien. me . 2016 y 2020.cumplió su palabra. Acabé quinto. me clasifiqué para las semifinales. Pero ya ha dicho que estará en 2012. pero a menos de medio segundo del primero: tanto por tiempo como por puesto. Corrí mi primera carrera el 15 de agosto. Brittany tenía que presentarse en la Academia del Ejército del Aire la primera semana de agosto. Por desgracia. y. lo que significaba que no podía ir a Pekín.500. Las de Pekín no van a ser mis últimas olimpiadas. aunque mis isquiotibiales no estaban totalmente recuperados. Me las planteé con la estrategia que utilizo siempre en el 1.

Sin embargo. me decía. concéntrate…». al dar la curva. «aprovecha las rectas y vete con más cuidado en las curvas». pero. . me repetí a mí mismo a lo largo de la primera curva de la tercera vuelta. concéntrate. notaba el tirón de los isquiotibiales —las curvas son peores que las rectas en este tipo de lesiones—. «No pasa nada». «Concéntrate. Hice lo imposible para olvidar mi pierna. durante las dos primeras vueltas los sentí peor que nunca desde Colorado Springs.encontraba lo suficientemente bien como para albergar esperanzas de llegar a la final. Tenía que situarme para la progresión de la cuarta vuelta.

pero. pero mis isquiotibiales dijeron que se había acabado. en cuanto salimos de la curva.Conseguí ajustarme a mi estrategia en la recta y en la segunda curva de la tercera vuelta. todos empezaron a esprintar. Acabé con mi peor marca de la temporada: cinco segundos más que lo que había hecho en la carrera de cuartos de final. intenté subir el ritmo. Como todos esprintaban. . yo no podía creerlo: ¡todavía quedaban quinientos metros! En ninguna de mis carreras anteriores había esprintado nadie antes de los trescientos últimos metros. tuve que hacer lo mismo para no quedarme rezagado. pero la pierna derecha no respondió.

sino que podía haber ganado la semifinal. después de cruzar la línea de meta.Me puse las manos en la cabeza para recuperar el aliento. En 2008. en cuartos yo había hecho 3:36. mi objetivo es llevar una medalla de oro a casa. o sea que. si hubiera corrido como en cuartos. y en ese mismo momento supe que podría hacerlo mejor —y lo haría— en las siguientes olimpiadas. Eran marcas que me confirmaban que podía competir a ese nivel. En la próxima. El mejor tiempo de mi semifinal fue 3:37. En la pantalla se veían los tiempos de la carrera.70. estaba exultante por haber llegado a una olimpiada.04. no solo habría llegado a la final. .

Jim Paccia.Después de la preceptiva vuelta de relajación y del control antidoping. —Has hecho una buena carrera — dijo—. añadió: —Tengo una sorpresa para ti. Sacó la bandera que nos habíamos . Mamá me dio un fuerte abrazo. Papá me daba palmadas en la espalda y no dejaba de mover la cabeza y sonreír. me fui del estadio para estar con mis padres. —Estoy muy orgullosa de ti —dijo. el entrenador del instituto. Ya tengo ganas de verte correr en Londres. como si no se pudiera creer dónde estaba.

Yo me uní a él. yo la sujeté por un extremo. él por el otro. Y sacó entonces otra sorpresa—. y empezó a cantar el himno de los Estados Unidos. Solté una carcajada. así que habrá que hacer algo al respecto. En la plaza. a nuestro alrededor. Pero me temo que esta vez no vamos a escuchar el himno en el estadio por tu victoria. había miles de personas.hecho en su día para el equipo de cross del instituto de Tully. Jim y yo cantábamos a voz en . pero no nos importó lo más mínimo. Desplegó la bandera americana. —Yo nunca lo dudé —dijo. —Te dije que iba a ir a las olimpiadas.

la plata y el bronce juntos. USA». Entonces. la gente empezó a aplaudir. Al finalizar el último verso del himno.cuello. otros americanos que estaban por allí se acercaron y se pusieron a cantar con nosotros. a gritar entusiasmada y a corear «USA. Mamá y papá no dejaban de llorar. reí. uno me reconoció: —¡Pero si es Lopez! Firmé autógrafos. hablé con mis fans… Me sentía como si hubiera ganado el oro. . Nunca olvidaré aquel momento.

Aunque me hubiera encantado ir. Hacer realidad el sueño de mis hermanos Dos meses después de volver de Pekín. Además de las fotos. dedicadas.24. tenía una oferta más tentadora. Lo mismo que había sucedido después de ganar los campeonatos de la NCAA. Y daba la casualidad de que esta segunda oferta había surgido de aquella primera. . había una invitación a una recepción de toda la delegación olímpica en la Casa Blanca. las fotos que me había sacado con el presidente Bush y su esposa. tuve que excusarme. recibí.

a finales de 2007. un internado masculino de régimen militar para chicos desde sexto curso —once años— hasta el último año previo a la universidad. Aunque el nombre suena a campamento de reclutas. Winston es profesor y entrenador de atletismo en la Academia Militar de Fork Union. no lo es: se trata de un colegio cristiano. Cuando concluyó el programa. Winston Brown hizo unas . Virginia. un entrenador de atletismo de Virginia y su mujer estaban delante del televisor.La noche que HBO emitió la historia de mi vida en Real Sports. Winston y Beth Brown pensaron que tenían que hacer algo en relación con lo que acababan de ver.

cuantas llamadas de teléfono y mantuvo muchas reuniones antes de ponerse en contacto conmigo. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. un año antes. Se presentó y a continuación me espetó lo que para mí era un auténtico bombazo: —Quiero ayudarte a traer a tus hermanos a América. Aunque iban a la escuela en Kenia. estaba rezando para encontrar un modo de traerlos a América y que pudieran tener una buena educación. su . Mi primer encuentro con él tuvo lugar durante los preolímpicos. pero no sabía ni por dónde empezar. Desde el mismo día en que me había separado de Peter y Alex.

nada —le dije—.escuela no los podía preparar para acceder a la universidad. —Tu historia nos ha impactado — dijo— y hemos pensado que esa podía ser nuestra pequeña contribución para que las cosas cambien. —Me debes de estar tomando el pelo… —le dije a Winston—. Y mi objetivo para mis hermanos es un título universitario. Una buena educación lo es todo. Eso es muy generoso de tu parte. y me dijo que era un colegio cristiano cuyo objetivo es conseguir que los . —De pequeña. Winston me explicó entonces qué era la Academia Militar de Fork Union.

Winston había completado todo el papeleo necesario para iniciar el proceso de inmigración de mis hermanos. pero a mi mujer y a mí nos gustaría que tus hermanos vivieran con nosotros. si a ti te parece bien. como la que has tenido tú con tus padres americanos. Queremos que tengan una experiencia de familia.alumnos lleguen a la universidad. —El colegio tiene internado. Cuando volví de Pekín. lo cual no quería decir que yo pudiera ya subirme a un avión e . Aquello sonaba muy bien. Aquellas palabras hicieron que aquel hombre de Virginia y su mujer pasaran de ser unos desconocidos a formar parte de mi familia.

En mi caso. . Eso era fácil. Cuando me tocó ver las cosas desde el otro lado. También quise traer a mi hermana. pero el verdadero trabajo ya lo habían hecho —antes incluso de que yo hubiera oído hablar de la posibilidad de ir a América— muchas personas de Catholic Charities cuyos nombres desconozco. esto me llevó meses. a pesar de que Winston ya me había hecho una buena parte del trabajo. lo único que yo había tenido que hacer había sido escribir una redacción. empecé a valorar de verdad todo lo que habían hecho por mí. Para traer a Peter y Alex tuve que rellenar montones de impresos de tres países diferentes.ir a buscar a Peter y Alex.

es la única chica. a Susan le horrorizaba tener que separarse de la familia y el entorno familiar de Kimotong. además. y. no había modo de conseguir el visado. y no encontré ningún colegio dispuesto a admitir a mi hermana. Sigo rezando para poder traerla algún día a los Estados Unidos. Era algo superior a ella. a los Estados Unidos. Para empezar. Cuando recibí la invitación para la . sin colegio. Fort Union es un colegio de chicos.Susan. pero había dos escollos insalvables. y se angustiaba solo de pensar que tenía que dejar a mi madre. Pero es que. y daba igual qué argumentos le diera yo: no iba a cambiar de opinión.

Una vez allí. donde fuimos a las oficinas gubernamentales para que les hicieran pasaportes a mis hermanos. no tienen certificados de nacimiento. por consiguiente. Llevamos a Yuba a tres testigos de nuestro pueblo. el proceso estaba lo suficientemente avanzado como para poder ir a Sudán a continuar con la siguiente fase de las gestiones.recepción de la Casa Blanca. viajé con mi madre y mis hermanos a Yuba. En la mayoría de los países africanos. es difícil conseguir un pasaporte. sin certificado de nacimiento. la capital del Sudán del Sur. los niños no nacen en hospitales y. y. que tienen que decir a .

después del tiempo que llevaban en la escuela en Kenia. han nacido en Kimotong y esta es su madre». hablaban casi siempre en swahili.los funcionarios algo así como: «Sí. un americano que hablaba inglés. a mis hermanos. y a mi madre. El tono de su pregunta denotaba una profunda desconfianza: —¿Me pueden explicar cuál es su parentesco? Gracias a Dios. que. el funcionario estuvo a punto de no firmar. que habla buya. me creyó cuando le dije que eran mi madre y mis hermanos y que yo iba a llevarme a mis hermanos a . A pesar de los testigos. conozco a estos chicos. Me miraba a mí.

el caso es que conseguimos los pasaportes. Estos chicos me están volviendo loca». Esta vez estaba convencida de que sí. . había sido meses antes. La primera vez que se lo dije. Bueno. viajamos a Nairobi. no sé si es que me creyó o que no tenía ganas de discutir.América. le volví a decir a mi madre: —Me llevo a Peter y a Alex a América conmigo. Por el camino. Con los pasaportes de mis hermanos. y ella se había limitado a contestar: «Estupendo. para ir a la embajada de Estados Unidos en Kenia. Creo que en aquella ocasión ella pensaba que yo no lo decía en serio.

Ahora mi hogar es América. —Madre. Soy estadounidense. La misma conversación se repitió . Estoy estudiando en una universidad americana y soy atleta profesional.—¿Y por qué te los tienes que llevar a América? ¿Por qué no te quedas tú aquí con ellos? Mi madre nunca había llegado a entender por qué yo no había vuelto a África una vez que supo que yo estaba vivo. como yo. —¿Y por qué te quieres llevar a Peter y a Alex? —Para que puedan ir a la universidad. ya te lo he dicho.

puedes llevártelos. Y casi se cumplen sus deseos. porque tuve que estar dos meses yendo y viniendo a la embajada de Estados Unidos.una y otra vez durante el trayecto desde Yuba a su casa de Juja. Pero tienes que volver a traerlos cuando acaben sus estudios —dijo. pero en el fondo tenía la esperanza de que se quedaran con ella. pero todos los trabajadores son kenianos. en Kenia. Había dado su permiso. El terreno en el que se encuentra la embajada es oficialmente territorio de los Estados Unidos. —Vale. pero ella no quiso ponerme obstáculos. Mi corazón no alberga más que gratitud . No conseguí que lo entendiera.

me tenía que acercar a una ventanilla y hablar con una mujer keniana mediante un teléfono: algo . llegaba mi turno. por fin.hacia Kenia y sus gentes por proporcionarme un lugar seguro en el que viví durante diez años. pero mi experiencia en la embajada estuvo a punto de acabar con mis sentimientos de gratitud. Cuando. La embajada tiene el aspecto —y el modo de funcionar— de una oficina de correos. Varios días a la semana iba desde la casa de mi madre en Juja a la embajada en Nairobi. Que la cita fuera a las nueve de la mañana quería decir que yo llegaba a las nueve y esperaba durante horas y horas.

Al final.parecido a lo que se ve en las cárceles que salen en las películas. Las semanas se convirtieron en meses. y cada nuevo papel significaba siempre más dinero. Ella siempre me decía que había que hacer más papeles o que el papel que había hecho —y para el que había necesitado un documento que a mí me había costado todo el día anterior conseguir— había caducado y tenía que repetirlo. Cuando cogí el vuelo para . le pasé mi tarjeta Visa por el hueco que había debajo de la ventanilla y le dije: —Ahí tiene. cobre todo lo que tenga que cobrar de una vez y acabemos. Me tengo que volver a América.

Llegué con mis hermanos. Volví a la embajada. La situación me pasó factura: perdí cerca de diez kilos y me gasté miles de dólares. Peter y Alex tenían que esperar fuera —con el calor que hacía . y llegue a ti mi clamor. Ya estábamos en febrero. había dado por hecho que tendría los visados de Peter y Alex a tiempo de que se incorporaran al colegio al comenzar el semestre de primavera. ayúdame a llevar a estos chicos a América». habían perdido más de un mes de clase. escucha mi oración. Por favor. «Oh Señor. puntualmente. y todavía no se veía la luz al final del túnel. para la cita de las nueve.África.

yo entré en la zona de espera y me puse junto a la línea que hay delante de las ventanillas.—. me senté. si conseguía hablar con un americano. Pensaba que. las doce. Todos los papeles estaban en regla: los pasaportes firmados. podría exponer mi caso y acabar con aquella desesperante burocracia. las diez. era mi oración. «Permíteme hablar hoy con un americano». la documentación de matrícula de Fort Union compulsada… En principio. las once. Las nueve. Al cabo de un rato. la una… No entendía por qué teníamos que ir tan temprano para esperar y esperar. no faltaba nada más que un sello de la embajada .

se oyó por el interfono. estaba la mujer keniana de siempre. y los niños perdidos no le importan a nadie. detrás. por la forma en que me miraba. parecía estar pensando que no nos merecíamos ir a América.para visar los pasaportes de mis hermanos y… ¡rumbo a América! «Lomong. y le daba igual que yo tuviera la nacionalidad estadounidense: para ella yo no era más que un niño perdido de Kakuma. que para ella no éramos más que inútiles refugiados. Para entonces yo estaba convencido de que aquella mujer despreciaba a los sudaneses. ventanilla trece». Por enésima vez cogí el teléfono y le . Fui a la ventanilla y.

expliqué mi situación. no parecía muy contenta. Solo necesito un poco de tiempo para conseguir todas las firmas. pero mañana mismo lo tendrás todo listo. Y. búscame. en aquella ocasión. no hay ninguna pega. cogió la documentación y se puso a revisarla. la Providencia atendió mis súplicas: detrás de ella pasó un americano que me recordaba de las olimpiadas. otra vez el tira y afloja… Pero. —¿Hay algún problema? — preguntó. claro. Le di las gracias y me fui a por mis . Le expliqué mi caso. —Sí. La mujer no movía un músculo. si hay cualquier problema.

Peter y Alex se quedaron en Juja. hablaban por el teléfono y recogían los papeles que el funcionario les pasaba por el hueco que había debajo del cristal . y les dije que se dieran una buena ducha y se pusieran sus mejores galas para nuestro viaje a Estados Unidos. Al día siguiente volví a la embajada. Les di dinero para que se fueran a cortar el pelo. Cuando oían su nombre por el interfono. Yo ya había comprado los billetes y salíamos por la noche. los que esperaban se dirigían a la ventanilla correspondiente. que estaba hasta arriba de gente. En la embajada me volví a sentar en la zona de espera.hermanos.

Cuando ya no quedaba nadie.de la ventanilla. me dirigí a la ventanilla de siempre. Los pasaportes estaban en una mesa que había detrás de la mujer. —Los tiene detrás de usted. —¿Qué tasas? ¡He pagado todas las . —Vengo a recoger los pasaportes de mis hermanos con los visados. Esperé toda la mañana. —¿En qué le puedo ayudar? —dijo sin apenas levantar la vista. —Todavía no están listos. —No se los puedo dar hasta que pague las tasas. detrás de la cual estaba la cara de siempre. pero no dijeron mi nombre.

—Porque son sudaneses —dijo la mujer con un cierto retintín. —¡¿Cómo puede ser usted así?! Dios la juzgará un día por esto. —¿Por qué? —pregunté muy enfadado.tasas! —Tiene que pagar doscientos treinta dólares más. —¡Quiero hablar con un americano! —Lo siento. Vuelva la semana que . ¿Quién es sudanés? ¿Quién es keniano? ¿Quién es americano? ¡Todos somos hijos de Dios! Somos todos iguales… ¡Quiero hablar con su jefe! —Yo soy la jefa.

aquí los tiene —dijo la mujer . ¿tienes ya los pasaportes de tus hermanos con los visados? ¿Te hemos arreglado ya todo? —me preguntó. —Ah. Estaba a punto de perder los estribos. —Lopez. Al hombre se le cambió la cara.viene. Ya había comprado billetes para un vuelo que salía esa noche… ¡La semana que viene! Estaba a punto de estallar cuando volvió a intervenir la Providencia: el americano que me había ayudado el día anterior entró en la oficina. Fulminé a la mujer con la mirada. —No —dije.

Hice como si no los hubiera visto y dije: —Esta mujer dice que tengo que pagar doscientos treinta dólares más porque mis hermanos son sudaneses. —¿Qué? ¿Y qué tiene que ver que sean sudaneses? —Pregúnteselo a ella —dije.pasándome los pasaportes por debajo del cristal. Cogí los pasaportes y me fui. pero me los encontré jugando en la tierra: no se habían cortado el pelo ni se habían duchado ni se habían puesto . Volví a casa de mi madre esperando encontrarme a mis hermanos hechos un pincel.

y. El gozo que experimenté cuando me subí al avión rumbo a América con mis hermanos no es comparable a nada de lo que había vivido hasta entonces. Me arrellané en el asiento. Tener a aquellos dos sentados junto a mí en el avión hacía que todo el esfuerzo y todos los quebraderos de cabeza de la embajada hubieran valido la pena. Evidentemente. nos fuimos al aeropuerto. mientras les veía curiosear las . Me sentía más como un papá orgulloso que como un hermano. Hice que se asearan y se preparan para el viaje. no eran conscientes de lo que estaban a punto de vivir.ropa limpia. después de una lacrimógena despedida en casa de mi madre.

Ahora se trataba de compaginar mis entrenamientos de atleta profesional con mi trabajo para cambiar la realidad de Sudán del Sur y. por supuesto.revistas del bolsillo del asiento de delante. . Pero la enorme satisfacción no me impedía darme cuenta de que quería hacer mucho más. con mis estudios para acabar la carrera.

lo más grande. Y no es comparable a nada porque no solo fue el mayor logro de mi vida —un logro que me había parecido imposible diez años antes—. No. a pesar de llevar la bandera de los Estados Unidos. sino que ha cambiado mi futuro para siempre. Y. lo que convirtió en realidad mis sueños más audaces. Ahora que veo .25. ¡Lo más grande! Lo más grande que me ha pasado en la vida no tuvo lugar en Pekín. tampoco fue aquella mi más grande experiencia como abanderado. sucedió más de tres años después de las olimpiadas de 2008.

para poder llegar a entender por qué el 16 de diciembre de 2011 fue el día más grande de mi vida. y es que. Puede que la gente que se ha criado en América no entienda lo que acabo de escribir. No hay electricidad.las cosas desde el otro lado. sé que no hay nada imposible. Ante mis ojos se ha abierto un vasto panorama de oportunidades a las que pienso sacar todo el partido posible durante el resto de mi vida. mi pueblo de Sudán era y es muy pobre. Nadie tiene coche. Pero lo peor de todo es que en Kimotong . uno debe viajar conmigo en el tiempo hasta mis años de Kimotong y Kakuma. Según los parámetros americanos.

Cuando yo era niño. Como ya he dicho antes. Aunque comparativamente éramos una familia rica —si tenemos en cuenta el número de vacas—.no hay escuela: muy pocos pueden leer y escribir porque no hay ningún sitio para aprender ni nadie que enseñe. a mi hermana y a mis hermanos a Kenia. mi padre hablaba a veces de enviarnos a mí. soñaba con poder proporcionarnos aquel don. los padres de Kimotong que quieren dar una educación a sus hijos tienen que enviarlos a Kenia. y solo los más ricos pueden permitírselo. para que fuéramos a la escuela. pero no tenía medios para hacer realidad su sueño. mis padres no tenían dinero para mandarnos .

aunque lo hubieran tenido. porque cuando uno tiene edad para empezar secundaria ya es lo suficientemente grande como para poder volver a Sudán a trabajar en las tierras de la familia. nunca habría recibido una mínima educación si hubiera vivido en . No. En Kimotong.a estudiar fuera a ninguno. Con suerte. podría haber concluido estudios de secundaria. escribir y unos rudimentos de matemáticas. con lo que hacen falta muchas manos para poder producir una cosecha en condiciones. pero es bastante improbable. Pero es que. las faenas agrícolas se hacen a mano. yo solo habría recibido una instrucción muy básica: leer.

pensé que nunca volvería a ver mi hogar. a disparar y a matar. llegué al campo de refugiados de Kakuma pobre y hambriento. Sin embargo. si hubiera sido mayor. mi historia fue otra. me hubieran enseñado a desfilar. o me moriría.Kimotong. donde crecería y podría ser soldado. los rebeldes me habrían dado una educación: como a los mayores. Después de que me secuestraran con seis años. Al poco tiempo tuve una . A ellos les daba igual cuál de las dos opciones fuera la mía. Yo era todavía demasiado pequeño para ese tipo de lecciones. Después de escaparme y correr por la sabana con mis tres ángeles. así que me dejaron en el barracón.

y yo la escribía en la tierra lo mejor que podía.escuela. inglés y casi todas las asignaturas. y así aprendí historia. matemáticas. Ya he dicho que. pero no era la escuela con la que mi padre había soñado. si no. Cuando había que escribir. me decía que escribiera una «A». me daba un golpe con una vara y rugía: . por lo que yo escribía en la tierra del suelo con un palo. como no teníamos libros. cantábamos las lecciones: la mayoría de los días cantábamos durante dos horas o más. A mí no me apadrinó nadie. El profesor se acercaba a mí. el profesor pasaba al siguiente. yo no tenía papel ni lápiz. si estaba bien escrita. solo lo tenían algunos niños privilegiados —pocos— a los que habían apadrinado.

«¡¿Por qué la has escrito así?!». dado el nivel educativo de Kakuma. lo de la luna parecía más realista. escribir y las matemáticas de primer o segundo año de . es más. Durante diez años estuve escribiendo en la tierra con un palo y recibí mediante canciones lo que en Kakuma se consideraba una educación básica. Cuando llegué a Estados Unidos. después de diez años de escuela. sabía leer. Nunca se me pasó por la imaginación que algún día podía salir de aquella escuela de campo de refugiados para ir a la universidad. lo mismo que no se me ocurría pensar que si empezaba a agitar los brazos podía llegar a la luna.

Lo más grande que me ha sucedido en la vida tuvo lugar el 16 de diciembre de 2011.primaria.A. Pero me parecía necesario refrescarte la memoria para que puedas entender en su justa medida lo que estoy a punto de decir. cuando porté el estandarte de la Escuela de Negocios W. Cuando llegué aquí. querido lector. No. solo esperaba aprender el suficiente inglés para conseguir un trabajo con el que poder mantenerme y enviar algo de dinero a mis amigos de Kakuma. Franke bajo la inmensa cúpula del pabellón de . ya sabías todo lo que acabo de escribir. Si has llegado hasta aquí en el libro. ni soñaba con hacer estudios universitarios.

como los trescientos últimos metros de las carreras de 1. aun así. Cuando me hice profesional. el ritmo era muy lento. pero al avanzar con el estandarte bajo la cúpula del pabellón me olvidé de todas las dificultades.deportes de la Universidad de Arizona del Norte. había clases que podía seguir por internet. Ese momento tardó en llegar un poco más de lo previsto.500. Había sido duro. . pero. solo me quedaban tres semestres para acabar la carrera. Era el sprint final. En el otoño de 2011 me trasladé a Flagstaff para asistir a las veintidós horas de clase que me faltaban para completar mis estudios. el problema era que solo podía ir a clase cuando se acababa la temporada de atletismo.

Había mucho menos público. Al otro lado del pabellón estaban dos personas que jamás dudaron de que llegaría aquel .Aquella era la vuelta de celebración después de la victoria. En un lado del pabellón estaba Brittany con su familia: habían viajado a Flagstaff únicamente para estar conmigo ese día. Para llevar ese estandarte me puse la misma banda que había llevado en Pekín. Yo llevaba uno de los cuatro estandartes de la ceremonia. uno por cada uno de los centros que constituyen la Universidad de Arizona del Norte. pero a mí no me importaba tanto el número de gente como quiénes eran los que estaban allí.

Recorrí con la . giré un poco la cabeza y los vi. Mientras entraba. Lopez!» y.momento: mamá y papá. «¡Lo has conseguido!». Dejé el estandarte en el soporte que había en el estrado y bajé a sentarme con mis compañeros de graduación. pero aquellos carteles me arrancaron una sonrisa. en el otro. Nada más poner el pie en el pabellón. escuché las voces de mis padres. en uno ponía «¡Enhorabuena. En las gradas. mamá sacó otro cartel que había preparado. Me reí. Hice un esfuerzo por mantener la circunspección que la ceremonia exigía. Mamá sostenía dos carteles. Rob y Bárbara Rogers.

tuve que dejar de bailar y .mirada las gradas llenas de gente. Pasaron por mi cabeza los días de Kakuma. escribiendo las lecciones en la tierra. «Esto no puede ser real». Me invadió un enorme gozo que recorrió todo mi cuerpo y. Cuando los profesores de la presidencia ocuparon sus sitios en el estrado. porque varios de mis compañeros se habían puesto también a bailar. la más maravillosa que uno pudiera imaginar. A nadie le extrañó. «¿Cómo ha sucedido esto? ¿Quién hubiera pensado que esto era posible?». la más grande. pensé. cuando llegó a los pies. me puse a bailar. Aquello era una fiesta: la mejor. «Esto tiene que ser un sueño».

sentarme. Habló el rector y luego un conferenciante. La primera vez que mamá me habló de la universidad pensé que estaba loca. Yo estaba tan feliz que tenía la impresión de que en cualquier momento me iba a elevar sobre la silla y empezaría a volar por el pabellón. . pero la colección de cates no la alteró lo más mínimo: siguió con el mismo entusiasmo por que yo recibiera una buena educación. Mi primer semestre en el instituto de Tully acabó con tantos suspensos como aprobados. pero la verdad es que yo no estaba prestando demasiada atención. y creo que también habló un alumno. sin dudar en ningún momento de mi capacidad.

Todo es posible para ti. Dirigí la . poco a poco. empecé a coger confianza y a ponerme al día. mamá lloró como una Magdalena. tengo que decir que durante mis dos primeros semestres de instituto.Cuando por las noches yo me sentaba al ordenador para intentar redactar un trabajo en una lengua que pensaba que no iba a dominar nunca. El día que aprobé la última asignatura del instituto. Estoy convencida de que conseguirás lo que te propongas. ella venía y me decía: —¡Tú puedes. Para ser sincero. mamá creía en mi capacidad mucho más que yo mismo. Joseph! Eres listo y no te da miedo el trabajo duro. pero.

y mis compañeros y yo nos pusimos en pie. sin dejar de bailar en todo el camino: por fuera era un bailar discreto.mirada al sitio de la grada donde estaba sentada con papá. Se habían acabado las distintas intervenciones. todavía no lloraba. Después de cada nombre. Mi sonrisa era tan enorme que hasta mi madre en Kenia la debió de ver. pero en mi interior saltaba como un loco. El momento que yo había estado esperando llegó por fin. un alegre balanceo. pero yo sabía que no tardaría mucho. Algo más de dos mil estudiantes nos fuimos acercando al estrado para recibir nuestros títulos. . yo avanzaba un par de pasos.

Todos llevábamos una tarjeta con nuestro nombre y el nombre de nuestro título. graduado en Dirección de Hoteles y Restaurantes». la tarjeta la cogía una chica que la pasaba al secretario que leía los nombres. entregué la tarjeta y subí los tres peldaños.La fila siguió avanzando y llegué a los peldaños que subían al estrado. escuché estas palabras: «Lopez Lomong. Mi corazón me dijo que en ese mismo momento mamá había roto a llorar. —Enhorabuena —me dijo el rector . Levanté la vista y vi al que iba delante de mí. Avancé por el estrado. estrechando la mano del rector. Y así había sido. Entonces.

Flotaba por el estrado mientras estrechaba la mano del resto de profesores del claustro que estaban en la presidencia. Una medalla de oro en Londres no me hubiera hecho tan feliz como aquella carpeta. dirigiéndola al cielo. del mismo modo que levanto los brazos cuando gano una carrera importante. —Gracias —dije estrechándole la mano. Estoy muy orgulloso de ti. Aunque sabía que el que está dentro de esas carpetas no es el título oficial. Y esta era la carrera más importante de mi vida. .al entregarme una carpeta azul—. besé la carpeta sin pensarlo y la levanté por encima de mi cabeza.

pero me acercó a él y me dio un fuerte abrazo. Has trabajado muy duro para que llegara este momento —dijo. repartida entre dos continentes separados por el océano Atlántico. —Gracias —contesté. entonces. Fui a darle la mano.Puedo correr mil quinientos metros en poco más de tres minutos y medio. La carrera que acababa de ganar me había llevado toda mi vida. Lopez. una mano me agarró: era la mano de mi asesor académico. el profesor Jon Hales. —Este es el comienzo de una nueva . Bajé del estrado para dirigirme a mi sitio. —Enhorabuena.

«¡Lo he conseguido!». me repetía a mí mismo una y otra vez. —Gracias por todo lo que ha hecho usted por mí —dije. cuando me hice atleta profesional. Y. Dejé al profesor Hales y me fui bailando hasta mi asiento. se preocupó de mantener el contacto conmigo y se aseguró de que yo no perdiera de vista mi objetivo académico. Mi monólogo interior no duró . Estoy orgulloso de ti — dijo. «¡Lo he conseguido!».etapa en tu vida. El profesor Hales me había apoyado y animado durante mi época de alumno ordinario de la NAU.

Podéis poner la borla a la izquierda». promoción de 2011.mucho. empezó a llover confeti del techo y la multitud prorrumpió en gritos de júbilo. Y yo cambié de lado la borla de mi birrete mientras daba un chillido de alegría. el secretario dijo algo así como: «Enhorabuena. Cuando acabó todo. Entonces. En cuanto llegué a mi silla. se felicitaban… Cuando el último estudiante bajó del estrado. mi familia y la familia de Brittany fuimos a celebrarlo como correspondía. me encontré inmerso en la celebración: todos chocaban las palmas de la mano unos con otros. reían. Aquello me recordaba a la noche en que habíamos .

Pero la celebración de mi graduación fue mejor. Mucho mejor. tío?»? ¿Hay algo que se pueda comparar con eso? Y. ¿Quién puede decir que el presidente de los Estados Unidos le ha dado unas palmaditas en la espalda y le ha dicho «asegúrate de que la bandera no toca el suelo. Puede que después de leer esto. ¿Vale. Muchísimo mejor. sin embargo. lo de Pekín fue un logro que tuvo un momento culminante . sigas sin entender por qué un título universitario supone para mí mucho más que correr en unas olimpiadas o ser el abanderado en la ceremonia inaugural.ido a celebrar mi entrada en el equipo olímpico de 2008. querido lector.

que recordaré siempre con enorme cariño y una sonrisa: todavía hoy me cuesta creer que aquello me pasara a mí. Subirme al estrado de la Universidad de Arizona del Norte y recoger mi título es no solo un logro pasado. lo mismo que la de las generaciones que vendrán detrás de mí. este título habla de los proyectos que yo tengo para el futuro y de los proyectos —mucho más grandes — que Dios tiene para mí. Mi vida ha cambiado para siempre. Es más. En el libro del profeta Jeremías leemos: «Bien sé Yo los designios que me he propuesto en favor vuestro — . sino también el futuro que ese logro ha abierto delante de mí.

oráculo del Señor—: designios de paz y no de desgracia. de daros ventura y esperanza»[3]. Y. en Joseph. Pero Dios nunca me abandonó. la mayor manifestación en mi vida de ese obrar de Dios que transforma la desgracia en un porvenir de ventura y esperanza. quiero que mi experiencia infunda a todo . Es como si Dios hubiera escrito esas palabras por mí. el niño perdido. de los males sacó bienes. como en el caso del José de la Biblia. Me convirtió de Lopez. Ahora que he concluido esta etapa. Mi título universitario y el futuro que este supone es. Yo viví en la desgracia: en condiciones de extrema dureza y de muerte. de momento.

como si están en proyectos de integración en barrios marginales de alguna ciudad americana. ellos también pueden. sino para cualquiera que esté dispuesto a pelear duro y a no permitir que nada se interponga en el camino de sus sueños. El día que tuve mi título vi con claridad meridiana que cualquier cosa es posible. no hay nada imposible para ellos.tipo de niños perdidos la esperanza de algo mejor. Tanto si están en un campo de refugiados en Kenia. He llegado al final de este libro. No solo para mí. Si Lopez Lomong pudo llegar desde un campo de prisioneros rebelde a conseguir un título universitario. pero mi historia no ha hecho más que .

Estoy a punto de oír el disparo. Tengo la impresión de estar en la línea de salida de la carrera más importante de mi vida. 3 Jr 29. No. deseoso de empezar a correr una gozosa carrera que no acabará hasta que vuelva a la casa del Padre. . pero no estoy nervioso.empezar. 11. estoy anhelante. Mis contrincantes me rodean.

surgió la idea de mi fundación. Al hablar con mis amigos y otros deportistas. Solo había un pequeño problema: yo no sabía cómo se monta una fundación benéfica. aunque para eso es necesario un trabajo de equipo. De cada viaje vuelvo más convencido de que los problemas a los que se enfrenta allí la gente se pueden resolver. Pero ese no era un tipo de obstáculo que me hubiera detenido en otras ocasiones. .Epílogo: Seguir corriendo En los últimos años he viajado muchas veces a Sudán del Sur y a Kimotong.

Tim tiene una empresa de comunicación en Oregón.Pensé que lo mejor era hablar con un buen amigo mío. sin embargo. Tim tenía solo una pregunta: —¿Y qué es exactamente lo que quieres hacer allí? A esta pregunta yo le había dado . por eso somos tan buenos amigos: ninguno de los dos sabemos lo que significa la palabra «imposible». que había trabajado con asociaciones sin ánimo de lucro. A él. y durante años había desarrollado proyectos para asociaciones de este tipo que trabajan en África. no tenía ni idea de cómo se constituye una. Tim Lawrence. este pequeño detalle tampoco le parecía un obstáculo.

ni siquiera esa agua es del todo potable. se necesita agua potable. En primer lugar. A pesar de todo. la cual acarrean en enormes calderos que llevan encima de la cabeza. Desde mi punto de vista. y a través del agua se transmiten numerosas enfermedades que azotan frecuentemente. No es este el único peligro. Actualmente. en todo el mundo. A .muchas vueltas durante mucho tiempo. hay cuatro necesidades básicas que deben cubrirse para poder cambiar la vida de la gente de Sudán del Sur. las mujeres emplean una buena parte de su jornada en ir andando al río a por agua. a las poblaciones que no tienen acceso a agua potable.

En aquel momento. Algo tan sencillo como una fuente en el pueblo lo hubiera evitado. les montaría en un avión de vuelta a África. Solo de pensarlo me pongo furioso. Mis hermanos han destacado en sus estudios. Mis hermanos han destacado porque tienen un enorme deseo de aprender. de tener una buena educación. A mis dos hermanos pequeños me los traje a América para que reciban una buena educación. si no se aplicaban. En segundo lugar. Hay muchos más niños . y no solo porque yo les dijera que. No. no tenía una opción mejor.mi hermana la violaron cuando iba al río a por agua. quiero que la gente tenga acceso a la educación.

La educación es importante. Mi tercer objetivo es mejorar la alimentación mediante el . Quiero cambiar eso y construir una escuela en Kimotong.sudaneses con los mismos deseos. pero uno no puede aprender si está mal alimentado. El acceso a la educación allí es muy limitado. pero las mujeres lo tienen incluso peor. y quiero fortalecer a mi hermana y a mi madre y a las demás mujeres del pueblo para que puedan tener un verdadero futuro. La educación es fortaleza. pero ellos no tienen acceso a la educación. y también dar formación profesional a las mujeres de mi pueblo y de los pueblos de la zona.

Hace miles de años. Aquella comida era la que me mantenía vivo y. uno de mis mejores días en Kakuma fue aquel . la comida llegaba procedente de Estados Unidos.acceso a mejores métodos de cultivo y a maquinaria agrícola. recuerdo que yo solía quedarme mirando aquella bandera americana estampada en los sacos de cereal. ¿Por qué podemos tener este tipo de maquinaria en América y no en Sudán y en otras partes de África? En Kakuma. y yo no sabía que había otras formas de cultivar la tierra hasta que vine a los Estados Unidos. sin embargo. los agricultores de todo el mundo utilizaban garrochas o palos largos para roturar la tierra y poder plantar. En gran parte de África se sigue haciendo igual.

Un hospital en Kimotong .en que alguien nos dio unas semillas para que cultiváramos nuestra propia comida. no he conseguido borrar de mi memoria la tremenda imagen de aquellas pobres madres que se acercaban a mí con sus hijos pidiéndome medicinas para curarlos. sino enfadado. Eso es lo que yo quiero para mi gente del sur de Sudán: quiero ayudarles a ser capaces de alimentarse a sí mismos. Por último. En aquel primer viaje no pude hacer nada y me fui de allí no solo muy triste. Las medicinas más elementales y la atención sanitaria más básica hubieran salvado a muchos de aquellos niños.

Una mujer llamada Diane Paddison nos puso en contacto con World Vision después de que coincidiéramos en un acto en que intervinimos los dos. pero incluso un pequeño ambulatorio salvaría vidas.sería un regalo del cielo. Se quedó mirándome un momento sin hablar. y entonces dijo: —Suena bien. algún día. pueda haber también un hospital en la zona. Tim y yo nos reuníamos con Stephen Hass. Manos a la obra. En mi intervención . No mucho tiempo después. Quiero empezar por esto último y quizá. Cuando Tim me preguntó qué quería hacer en Sudán. me salió todo lo anterior. de World Vision.

ellos ya estaban trabajando en muchas de las cosas que yo esperaba conseguir. cuando puedes unirte a una institución que ya está trabajando en la zona.yo expliqué el proyecto de mi fundación de ayuda a Sudán del Sur. yo estaba un poco nervioso antes de aquella reunión con World Vision: no sabía qué pensarían ellos de la posibilidad de trabajar conmigo. lo que no tiene sentido es inventar la pólvora a estas alturas. y ella decidió ponerme en contacto con World Vision. y yo tampoco quería que mi sueño para una zona concreta acabara . A pesar de todo. Me parecía que asociarme con una organización como World Vision tenía lógica.

tienes que entender que como institución adquirimos un compromiso con cualquier proyecto en el que nos embarcamos. No necesitaba escuchar más. pero nunca olvidaré las palabras de Steven cuando me miró a los ojos y me dijo: —Lopez. . y no sabía qué sacaría en claro. Aquello era nuevo para mí. —Contad conmigo —le dije.engullido por un proyecto de mayor envergadura y se olvidara. Nuestro objetivo es permanecer en Sudán del Sur mientras podamos contribuir a que esas comunidades se desarrollen. Y vamos a estar allí tanto si decides unirte a nosotros como si no.

cuando por fin concluyó la larga guerra civil con el norte. Parte de los beneficios obtenidos por la venta de este libro van directamente a 4 South Sudan. mi objetivo es conseguir quinientos mil dólares para agua potable. Sudán del Sur se convirtió en país independiente el 9 de julio de 2011. independiente y próspero. de verdad.De aquella reunión surgió 4 South Sudan. un proyecto en el que estamos asociados mi fundación y World Vision. educación y alimentación. En el momento en que escribo estas líneas. 4 South Sudan contribuirá a que este nuevo país sea. Y tengo otro sueño para Sudán del . atención sanitaria.

Rudwan Dawod.Sur. Al cabecilla del grupo. un grupo se musulmanes darfuríes de la Universidad de Yuba me propusieron construir una iglesia en Kimotong. musulmanes y animistas. Poco después de las olimpiadas de 2008. le había conmovido que yo me hubiera unido a Team Darfur. ellos debían dar un paso al frente y apoyar también a los cristianos. y su razonamiento era que. y todos —independientemente de nuestras creencias religiosas— estábamos hartos de la guerra. si un cristiano podía hablar en un foro internacional para salir en defensa de un grupo predominantemente musulmán. La población de Sudán está constituida por cristianos. Yo había visto en América .

Ese es el espíritu que subyace en la idea de construir una iglesia de la reconciliación en el lugar donde se ubica la iglesia de campaña donde fui secuestrado. y asestarle así un buen golpe al odio que causa las guerras. corría para escapar de los soldados que me perseguían y salvar la vida. una única nación. Hace veinte años. después de los atentados del 11 de septiembre. Mi fundación se ha unido a otros grupos de Sudán del Sur con el objetivo de convertir en realidad este sueño también. Ahora corro detrás del sueño que Dios ha puesto .cómo gente de todos los credos se unía como una piña.

No hace falta sobrevivir a un campo de refugiados para correr y cambiar la vida de otros. pero el resultado final no tiene por qué serlo. no debo correr solo. Sin embargo. Yo era un niño perdido que vivía con una exigua comida al día y que anhelaba que llegara el martes para poder encontrar en la basura mi festín semanal. Nunca más. Por eso corro.com) puedes encontrar información sobre cómo colaborar con 4 South Sudan. ¿Quieres correr conmigo? . En el campo corría para sobrevivir: ahora corro para que otros no solo sobrevivan.lopezlomong. En la página web de mi fundación (www. sino que prosperen. Mi historia es única por mis circunstancias.delante de mí.

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También quiero dar las gracias a mi tutor Kim Knowles y al resto de profesores del Departamento de . profesores y amigos por ayudarme a ser la persona que soy. el profesor Jon Hales y el Dr. que me hicieron creer que podía alcanzar mi sueño en la Universidad de Arizona del Norte. Todo lo que he aprendido y me ha hecho crecer lo debo a vuestra comprensión y paciencia.Agradecimientos Gracias a mis asesores académicos. Wally Rande. Quiero manifestar un especial agradecimiento a mis asesores académicos.

¡Fuisteis los artífices de un milagro! Muchas gracias también a los entrenadores que me formaron como corredor y alimentaron mi sueño de llegar a ser atleta olímpico. Muchísimas gracias a los profesores del instituto de Tully y al resto del personal. que consiguieron que en solo tres años pasara de la educación primaria a la secundaria y concluyera los estudios previos a la universidad. que yo entendiera el inglés. Y también quiero dar las gracias a mi profesora de inglés. que me enseñó a valorar el instituto y consiguió.Dirección de Hoteles y Restaurantes. Gracias a . que tanto me ayudaron en mis estudios. la señorita McNett. finalmente.

por supuesto. Gracias a mi actual entrenador. y a los que considero mi familia. Y.Jim Paccia por enseñarme a competir y a divertirme corriendo y por haber creído siempre en mi sueño. Jerry Schumacher. Gracias a Tom Caracci por aprenderse la combinación de mi . Gracias a John Hayes por haberme considerado uno más de su familia y por darme lo que necesitaba para llegar a ser un atleta olímpico. por invitarme a formar parte de un gran equipo y por ayudarme a hacer realidad sueños de corredor aún mayores. gracias a mis compañeros de equipo. que han tirado de mí un día sí y otro también.

sobre todo. Gracias a mis padres americanos y a todos mis hermanos de ese hogar por haber creído siempre en mí. por enseñarme a formar parte de una familia y. ¡Nunca os lo agradeceré bastante! . Gracias a mis asesores académicos Diane Paddison. por haber estado siempre ahí y por ser mi mejor amigo.taquilla. por devolverme la infancia que no tuve. Greg Sherwood y Steve Haas por ayudarme en mi desarrollo profesional y por apoyar mi sueño de cambiar vidas en Sudán del Sur. Gracias a Tom Hightower por haberse dado cuenta de mi potencial y por empujarme a que me arriesgara a perseguir mi sueño.

un ciudadano comprometido y un graduado universitario. Peter y Alex. Gracias.Gracias también a mis hermanos pequeños. Brittany. por haber sido un estímulo para trabajar con más empeño por mejorar las condiciones de vida de la gente de Sudán del Sur. ¡Me entusiasma pensar que nuestra relación pueda seguir madurando! Gracias a Mark Tabb por ayudarme . por estar siempre a mi lado y por una maravillosa relación que me ha servido de apoyo para llegar a ser un atleta de categoría internacional. y porque son todo un ejemplo de esfuerzo y dedicación.

a poner por escrito mi historia de manera tan elocuente. Gracias al equipo de la editorial Thomas Nelson por creer en la fuerza de mi historia y por trabajar de manera incansable para ponerla a disposición de todo el mundo. abnegación que no se rinde ante nada. Por último. ¡Vosotros me ayudáis a descubrir el auténtico placer de correr! La vida de Lopez Lomong es una verdadera fuente de inspiración: una historia de coraje. gracias a todos mis fans y seguidores. y de esperanza en medio de la . Vosotros sois los que hacéis que luche por superarme y por correr más rápido cada día. esfuerzo.

.desesperación. Michael Johnson. Lopez es un auténtico modelo. medallista de oro olímpico.

ENCARTE FOTOGRÁFICO .

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Correr a casa 5. Un nuevo sueño 8.ÍNDICE 1. Escribir para vivir 9. ¡Secuestrado! 2. De Lopepe a Joseph 7. La vida que me robaron 3. Sin despedidas . Kakuma 6. Huida con los ángeles 4.

Volver de la tumba 20. ¡Están vivos! 16. Correr tras un sueño 21. «De ahí. Hacer realidad el sueño de mis hermanos . «¡Gracias. a las olimpiadas» 17. «Bienvenido a casa. El placer de correr 18. Niño otra vez 13. El mayor honor 24. 11-S 15. América!» 23. La tierra prometida 12. A la vista 22. un objetivo 14.10. Reencuentro familiar 19. Dos sueños. Joseph» 11.

¡Lo más grande! Epílogo: Seguir corriendo Agradecimientos Encarte fotográfico .25.