México: ideario de la nación

México: ideario de la nación
(antología)

Raúl BeRea Núñez - edición. FeRNaNdo RoBles oteRo - producción. Ciudad de México, 2010

Sentimientos de la nación
de José María Morelos y Pavón

1º Que la América es libre independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía, y que así se sancione, dando al Mundo las razones. 2º Que la Religión Católica sea la única, sin tolerancia de otra. 3º Que todos sus Ministros se sustenten de todos y solos los Diezmos y Primicias, y el Pueblo no tenga que pagar más obvenciones que las de su devoción y ofrenda. 4º Que el Dogma sea sostenido por la Jerarquía de la Iglesia, que son el Papa, los Obispos y los Curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: omnis plantatis quam non plantabit Pater meus Celestis cradicabitur. Mat. Cap. XV. 5º Que la Soberanía dimana inmediatamente del Pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las Provincias en igualdad de números. 6º Que los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial estén divididos en los cuerpos compatibles para ejercerlos.
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7º Que funcionarán cuatro años los Vocales turnándose, saliendo los más antiguos, para que ocupen el lugar los nuevos electos. 8º La dotación de los Vocales será una congrua suficiente y no superflua, y no pasará por ahora de 8.000 pesos. 9º Que los empleos sólo los Americanos los obtengan. 10º Que no se admitan extranjeros, si no son Artesanos capaces de instruir, y libres de toda sospecha. 11º Que los Estados mudan costumbres, y por consiguiente la Patria no será del todo libre y nuestra, mientras no se reforme el Gobierno, abatiendo el tiránico, sustituyendo el liberal, e igualmente echando fuera de nuestro suelo al enemigo español, que tanto se ha declarado contra (nuestra Patria / esta nación). 12º Que como la buena Ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia; y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.
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13º Que las leyes generales comprendan a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados; y que éstos sólo lo sean en cuanto al uso de su ministerio. 14º Que para dictar una Ley se haga Junta de Sabios, en el número posible, para que proceda con más acierto y exonere de algunos cargos que pudieran resultarles. 15º Que la Esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de Castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un Americano de otro el vicio y la virtud. 16º Que nuestros Puertos se franqueen a las Naciones extranjeras amigas, pero que éstas no se internen al Reino, por más amigas que sean, y sólo habrá Puertos señalados para el efecto, prohibiendo el desembarque en todos los demás, señalando el diez por ciento. 17º Que a cada uno se le guarden sus propiedades, y respete en su Casa como en un asilo sagrado, señalando penas a los infractores. 18º Que en la nueva legislación no se admita la tortura.
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19º Que en la misma se establezca por Ley Constitucional la celebración del día doce de Diciembre en todos los Pueblos, dedicado a la Patrona de nuestra Libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los Pueblos la devoción mensual. 20º Que las tropas extranjeras, o de otro Reino, no pisen nuestro suelo, y si fuere en ayuda, no estarán donde la Suprema Junta. 21º Que no se hagan expediciones fuera de los límites del Reino, especialmente ultramarinas, pero que no son de esta clase propagar la fe a nuestros hermanos de tierra dentro. 22º Que se quite la infinidad de tributos, pechos e imposiciones que nos agobian, y se señale a cada individuo un cinco por ciento de semillas y demás efectos u otra carga igual de ligera, que no oprima tanto, como la alcabala, el Estanco, el Tributo y otros; pues con esta ligera contribución, y la buena administración de los bienes confiscados al enemigo, podrá llevarse el peso de la Guerra, y honorarios de empleados.
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23º Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre, todos los años, como el día Aniversario en que se levantó la Voz de la Independencia, y nuestra Santa Libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la Nación para reclamar sus derechos con Espada en mano para ser oída: recordando siempre el mérito del grande Héroe el señor Don Miguel Hidalgo y su compañero Don Ignacio Allende. [Dado en Chilpancingo, 14 septiembre 1813]

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Plan de Iguala
de Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero

Americanos, bajo cuyo nombre comprendo no sólo los nacidos en América, sino a los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad de oírme. Las naciones que se llaman grandes en la extensión del globo, fueron dominadas por otras, y hasta que sus luces no les permitieron fijar su propia opinión, no se emanciparon. Las europeas que llegaron a la mayor ilustración y policía, fueron esclavas de la romana; y este imperio, el mayor que reconoce la Historia, asemejó al padre de familia, que en su ancianidad mira separarse de su casa a los hijos y los nietos por estar ya en edad de formar otras y fijarse por sí, conservándole todo el respeto, veneración y amor como a su primitivo origen. Trescientos años hace la América Septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y engrandeció, formando esas ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido. Aumentadas las poblaciones y las luces, conocidos todos los ramos de la natural opulencia del suelo, su riqueza me14

tálica, las ventajas de su situación topográfica, los daños que origina la distancia del centro de su unidad, y que ya la rama es igual al tronco; la opinión pública y la general de todos los pueblos es la de la independencia absoluta de la España y de toda otra nación. Así piensa el europeo, así los americanos de todo origen. Esta misma voz que resonó en el pueblo de los Dolores, el año de 1810, y que tantas desgracias originó al bello país de las delicias, por el desorden, el abandono y otra multitud de vicios, fijó también la opinión pública de que la unión general entre europeos y americanos, indios e indígenas, es la única base sólida en que puede descansar nuestra común felicidad. ¿Y quién pondrá duda en que después de la experiencia horrorosa de tantos desastres, no haya uno siquiera que deje de prestarse a la unión para conseguir tanto bien? Españolas europeos: vuestra patria es la América, porque en ella vivís; en ella tenéis a vuestras amadas mujeres, a vuestros tiernos hijos, vuestras haciendas, comercio y bienes. Americanos: ¿quién de vosotros puede decir que no desciende de español? Ved la cadena dulcísimo que nos une: añadid
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los otros lazos de la amistad, la dependencia de intereses, la educación e idioma y la conformidad de sentimientos, y veréis son tan estrechos y tan poderosos, que la felicidad común del reino es necesario la hagan todos reunidos en una sola opinión y en una sola voz. Es llegando el momento en que manifestéis la uniformidad de sentimientos, y que nuestra unión sea la mano poderosa que emancipe a la América sin necesidad de auxilios extraños. Al frente de un ejército valiente y resuelto he proclamado la independencia de la América Septentrional. Es ya libre, es ya señora de sí misma, ya no reconoce ni depende de la España, ni de otra nación alguna. Saludadla todos como independiente, y sean nuestros corazones bizarros los que sostengan esta dulce voz, unidos con las tropas que han resuelto morir antes que separarse de tan heroica empresa. No le anima otro deseo al ejército que el conservar pura la santa religión que profesamos y hacer la felicidad general. Oíd, escuchad las bases sólidas en que funda su resolución:
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1. La religión católica, apostólica, romana, sin tolerancia de otra alguna. 2. La absoluta independencia de este reino. 3. Gobierno monárquico templado por una Constitución al país. 4. Fernando VII, y en sus casos los de su dinastía o de otra reinante serán los emperadores, para hallarnos con un monarca ya hecho y precaver los atentados funestos de la ambición. 5. Habrá una junta, ínterin se reúnen Cortes que hagan efectivo este plan. 6. Ésta se nombrará gubernativa y se compondrá de los vocales ya propuestos al señor Virrey. 7. Gobernará en virtud del juramento que tiene prestado al Rey, ínterin ésta se presenta en México y lo presta, y entonces se suspenderán todas las ulteriores órdenes. 8. Si Fernando VII no se resolviere a venir a México, la junta o la regencia mandará a nombre de la nación, mientras se resuelve la testa que deba coronarse.
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9. Será sostenido este gobierno por el ejército de las Tres Garantías. 10. Las Cortes resolverán si ha de continuar esta junta o sustituirse por una regencia mientras llega el emperador. 11. Trabajarán, luego que se reúnan, la Constitución del imperio mexicano. 12. Todos los habitantes de él, sin otra distinción que su mérito y virtudes, son ciudadanos idóneos para optar cualquier empleo. 13. Sus personas y propiedades serán respetadas y protegidas. 14. El clero secular y regular conservado en todos sus fueros y propiedades. 15. Todos los ramos del Estado y empleados públicos subsistirán como en el día, y sólo serán removidos los que se opongan a este plan, y sustituidos por los que más se distingan en su adhesión, virtud y mérito. 16. Se formará un ejército protector que se denominará de las Tres Garantías, y que se sacrificará, del primero al último de
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sus individuos, antes que sufrir la más ligera infracción de ellas. Este ejército observará a la letra la Ordenanza, y de sus jefes y oficialidad continúan en el pie en que están, con la expectativa no obstante a los empleos vacantes y a los que se estimen de necesidad o conveniencia. Las tropas de que se componga se considerarán como de línea, y lo mismo las que abracen luego este plan; las que lo difieran y los paisanos que quieran alistarse se mirarán como milicia nacional y el arreglo y forma de todas lo dictarán las Cortes. Los empleos se darán en virtud de informes de los respectivos jefes, y a nombre de la nación provisionalmente. Ínterin se reúnen las Cortes, se procederá en los delitos con total arreglo a la Constitución española. En el de conspiración contra la independencia, se procederá a prisión, sin pasar a otra cosa hasta que las Cortes dicten la pena correspondiente al mayor de los delitos, después del de Lesa Majestad divina.
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22. Se vigilará sobre los que intenten sembrar la división y se reputarán como conspiradores contra la independencia. 23. Como las Cortes que se han de formar son constituyentes deben ser elegidos los diputados bajo este concepto. La junta determinará las reglas y el tiempo necesario para el efecto. 24. Viva America Seteptrional, viva la santa virgen de Guadalupe. Americanos: He aquí lo que ha jurado el ejército de las Tres Garantías, cuya voz lleva el que tiene el honor de dirigírosla. He aquí el objeto para cuya cooperación os incita. No os pide otra cosa que la que vosotros mismos debéis pedir y apetecer: unión, fraternidad, orden, quietud interior, vigilancia y horror a cualquier movimiento turbulento. Estos guerreros no quieren otra cosa que la felicidad común. Uníos con su valor, para llevar adelante una empresa que por todos aspectos (si no es por la pequeña parte que en ella he tenido) debo llamar heroica. No teniendo enemigos que batir, confiemos en el Dios de los ejércitos, que lo es también de la Paz, que cuantos componemos este cuerpo de fuerzas
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combinadas de europeos y americanos, de disidentes y realistas, seremos unos meros protectores, unos simples espectadores de la obra grande que hoy he trazado, y que retocarán y perfeccionarán los padres de la patria. Asombrad a las naciones de la culta Europa; vean que la América Septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de vuestro júbilo decid: ¡Viva la religión santa que profesaos! ¡Viva la América Septentrional, independiente de todas las naciones del globo! ¡Viva la unión que hizo nuestra felicidad! [Iguala, 24 de febrero de 1821]

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Manifiesto al volver a la capital de la República
de Benito Pablo Juárez García

Mexicanos: El Gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes tanto más sagrados, cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad. Salió el Gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la Patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la independencia y de las instituciones de la República. Lo han alcanzado los buenos hijos de México, combatiendo solos, sin auxilio de nadie, sin recursos, sin los elementos necesarios para la guerra. Han derramado sus sangre con sublime patriotismo, arrostrando todos los sacrificios antes que consentir en la pérdida de la República y de la libertad. En nombre de la Patria agradecida, tributo el más alto reconocimiento a los buenos mexicanos que la han defendido y a sus
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dignos caudillos. El triunfo de la Patria, que ha sido el objeto de sus nobles aspiraciones, será siempre su mayor título de gloria y el mejor premio de sus heroicos esfuerzos. Lleno de confianza en ellos procuró el Gobierno cumplir sus deberes, sin concebir jamás un solo pensamiento de que le fuera lícito menoscabar ninguno de los derechos de la Nación. Ha cumplido el Gobierno el primero de sus deberes, no contrayendo ningún compromiso en el exterior ni en el interior que pudiera perjudicar en nada la independencia y la soberanía de la República, la integridad de su territorio o el respeto debido a la Constitución y a las leyes. Sus enemigos pretendieron establecer otro Gobierno y otras leyes, sin haber podido consumar su intento criminal. Después de cuatro años, vuelve el Gobierno a la ciudad de México, con la bandera de la Constitución y con las mismas leyes, sin haber dejado de existir un solo instante dentro del territorio nacional. No ha querido, ni ha debido antes el Gobierno y menos debería en la hora del triunfo completo de la República, dejar25

se inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido. Su deber ha sido, y es, pesar las exigencias de la justicia con todas las consideraciones de la benignidad. La templanza de sus conducta en todos los lugares donde ha residido, ha demostrado su deseo de moderar, en lo posible, el rigor de la justicia, conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes, en lo que sea indispensable para afianzar la paz y el porvenir de la Nación. Mexicanos: Encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. Que el pueblo y el Gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. Confiemos en que todos los mexicanos, aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las calamidades de la guerra, cooperaremos en lo adelante al bienestar y a la prosperidad
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de la Nación, que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes con la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo. En nuestras libres instituciones, el pueblo mexicano es árbitro de su suerte. Con el único fin de sostener la causa del pueblo durante la guerra, mientras no podía elegir a sus mandatarios, he debido, conforme al espíritu de la Constitución, conservar el poder que me había conferido. Terminada ya la lucha, mi deber es convocar desde luego el pueblo, para que, sin ninguna presión de la fuerza y sin ninguna influencia ilegitima, elija con absoluta libertad a quien quiera confiar sus destinos. Mexicanos: Hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra Patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad. [15 de julio de 1867]
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Oración cívica
de Gabino Barreda

Dans les douloureuses collisions nous prépare nécessairement l’anarchie actuelle, les philosophes qui les auront prévues, seront déjà préparés à y faire convenablement ressortir les grandes leçons sociales qu’elles doivent offrir à tous. auguste Comte, Cours de Philosophie Positive. (VI, 622)

Conciudadanos: En presencia de la crisis revolucionaria que sacude al país entero desde la memorable proclamación del 16 de septiembre de 1810; a la vista de la inmensa conflagración producida por una chispa, al parecer insignificante, lanzada por un anciano sexagenario en el oscuro pueblo de Dolores; al considerar que después de haberse conseguido el que parecía fin único de ese fuego de renovación que cundió por todas partes, quiero decir, la separación de México de la metrópoli española, el incendio ha consumido todavía dos generaciones enteras y aún humea después de cincuenta y siete años, un deber sagrado y apremiante surge para todo aquel que no vea en la historia un conjunto de hechos incoherentes y estrambóticos, propios sólo para preocupar a los novelistas y a los curiosos; una necesidad se hace sentir por todas partes, para todos aquellos que no quieren, que no pueden dejar la historia entregada al capricho de influencias providenciales, ni al azar de fortuitos accidentes, sino que trabajan por ver en ella una ciencia, más difícil sin duda, pero sujeta, como las demás, a leyes que la dominan y que hacen posible la
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previsión de los hechos por venir, y la explicación de los que ya han pasado. Este deber y esta necesidad, es la de hallar el hilo que pueda servirnos de guía y permitirnos recorrer, sin peligro de extraviarnos, este intricado dédalo de luchas y de resistencias, de avances y de retrogradaciones, que se han sucedido sin tregua en este terrible pero fecundo periodo de nuestra vida nacional: es la de presentar esta serie de hechos, al parecer extraños y excepcionales, como un conjunto compacto y homogéneo, como el desarrollo necesario y fatal de un programa latente, si puedo expresarme así, que nadie había formulado con precisión pero que el buen sentido popular había sabido adivinar con su perspicacia y natural empirismo; es la de hacer ver que durante todo el tiempo en que parecía que navegábamos sin brújula y sin norte, el partido progresista, al través de mil escollos y de inmensas y obstinadas resistencias, ha caminado siempre en buen rumbo, hasta lograr después de la más dolorosa y la más fecunda de nuestras luchas, el grandioso resultado que hoy palpamos, admirados y sorprendidos casi de nuestra propia obra: es, en fin, la de sacar,
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conforme al consejo de Comte, las grandes lecciones sociales que deben ofrecer a todos esas dolorosas colisiones que la anarquía, que reina actualmente en los espíritus y en las ideas, provoca por todas partes, y que no puede cesar hasta que una doctrina verdaderamente universal reúna todas las inteligencias en una síntesis común. El orador a quien se ha impuesto el honroso deber de dirigiros la palabra en esta solemne ocasión, siente, como el que más, el vehemente deseo de examinar, con ese espíritu y bajo ese aspecto, el terrible periodo que acabamos de recorrer, y que políticos mezquinos o de mala fe pretenden arrojarnos al rostro como un cieno infamante para mancillar así nuestro espíritu y nuestro corazón, nuestra inteligencia y nuestra moralidad, presentándolo maliciosamente como una triste excepción en la evolución progresiva de la humanidad; pero que, examinado a la luz de la razón y de la filosofía, vendrá a presentarse como un inmenso drama, cuyo desenlace será la sublime apoteosis de los gigantes de 1810, y de la continuada falange de héroes que se han sucedido,
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desde Hidalgo y Morelos, hasta Guerrero e Iturbide; desde Zaragoza y Ocampo, hasta Salazar y Arteaga, y desde éstos hasta los vencedores de la hiena de Tacubaya y del aventurero de Miramar. En la rápida mirada retrospectiva que el deseo de cumplir con ese sagrado deber nos obliga a echar sobre los acontecimientos del pasado, habrá que tocar no sólo aquellos que directamente atañen a los sucesos políticos, sino también, aunque muy someramente, otros hechos que a primera vista pudieran parecer extraños a este sitio y a esta festividad. Pero en el dominio de la inteligencia y en el campo de la verdadera filosofía, nada es heterogéneo y todo es solidario. Y tan imposible es hoy que la política marche sin apoyarse en la ciencia como que la ciencia deje de comprender en su dominio a la política. Después de tres siglos de pacífica dominación, y de un sistema perfectamente combinado para prolongar sin término una situación que por todas partes se procuraba mantener estacionaria, haciendo que la educación, las creencias religiosas, la política y la administración convergiesen hacia un mismo fin bien determina34

do y bien claro, la prolongación indefinida de una dominación y de una explotación continua; cuando todo se tenía dispuesto de manera que no pudiese penetrar de afuera, ni aun germinar espontáneamente dentro de ninguna idea nueva, si antes no había pasado por el tamiz formado por la estrecha malla del clero secular y regular, tendida diestramente por toda la superficie del país y enteramente consagrado al servicio de la metrópoli, de donde en su mayor parte había salido y a la que lo ligaba íntimamente el cebo de cuantiosos intereses y de inmunidades y privilegios de suma importancia, que lo elevaban muy alto sobre el resto de la población, principalmente criolla; cuando ese clero armado a la vez con los rayos del cielo y las penas de la Tierra, jefe supremo de la educación universal, parecía tener cogidas todas las avenidas para no dejar penetrar al enemigo, y en su mano todos los medios de exterminarlo si acaso llegaba a asomar; después de tres siglos, repito, de una situación semejante, imposible parece que súbitamente, y a la voz de un párroco oscuro y sin fortuna, ese pueblo, antes sumiso y aletargado, se hubiese levantado como movido por
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un resorte, y sin organización y sin armas, sin vestidos y sin recursos, se hubiese puesto frente a frente de un ejército valiente y disciplinado, arrancándole la victoria sin más táctica que la de presentar su pecho desnudo al plomo y al acero de sus terribles adversarios, que antes lo dominaban con la mirada. Si tan importante acontecimiento no hubiese sido preparado de antemano por un concurso de influencias lentas y sordas, pero reales y poderosas, él sería inexplicable de todo punto, y no sería ya un hecho histórico sino un romance fabuloso; no hubiera sido una heroicidad sino un milagro el haberlo llevado a cabo, y como tal estaría fuera de nuestro punto de vista, que conforme a los preceptos de la verdadera ciencia filosófica, cuya mira es siempre la previsión, tiene que hacer a un lado toda influencia sobrenatural, porque no estando sujeta a leyes invariables no puede ser objeto ni fundamento de explicación ni previsión racional alguna. ¿Cuáles fueron, pues, esas influencias insensibles cuya acción acumulada por el transcurso del tiempo pudo en un mo36

mento oportuno luchar primero, y más tarde salir vencedora de resistencias que parecían incontrastables? Todas ellas pueden reducirse a una sola —pero formidable y decisiva— la emancipación mental, caracterizada por la gradual decadencia de las doctrinas antiguas, y su progresiva sustitución por las modernas; decadencia y sustitución que, marchando sin cesar y de continuo, acaban por producir una completa transformación antes que hayan podido siquiera notarse sus avances. Emancipación científica, emancipación religiosa, emancipación política: he aquí el triple venero de ese poderoso torrente que ha ido creciendo de día en día, y aumentando su fuerza a medida que iba tropezando con las resistencias que se le oponían; resistencias que alguna vez lograron atajarlo por cierto tiempo, pero que siempre acabaron por ser arrolladas por todas partes, sin lograr otra cosa que prolongar el malestar y aumentar los estragos inherentes a una destrucción tan indispensable como inevitable. En efecto, ¿cómo impedir que la luz que emanaba de las ciencias inferiores penetrase a su vez en las ciencias superiores?
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¿Cómo lograr que los mismos para quienes los más sorprendentes fenómenos astronómicos quedaban explicados como una ley de la naturaleza, es decir con la enunciación de un hecho general, que él mismo no es otra cosa que una propiedad inseparable de la materia, pudiese no tratar de introducir este mismo espíritu de explicaciones positivas en las demás ciencias, y por consiguiente en la política? ¿Cómo los encargados de la educación pueden, todavía hoy, llegar a creer que los que han visto encadenar el rayo, que fue por tantos siglos el arma predilecta de los dioses, haciéndolo bajar humilde e impotente al encuentro de una punta metálica elevada en la atmósfera, no hayan de buscar con avidez otros triunfos semejantes en los demás ramos del saber humano? ¿Cómo pudieron no ver que a medida que las explicaciones sobrenaturales iban siendo sustituidas por leyes naturales, y la intervención humana creciendo en proporción en todas las ciencias, la ciencia de la política iría también emancipándose, cada vez más y más, de la teología? Si el clero hubiera podido ver en aquel tiempo, con la claridad que hoy percibimos nosotros, la
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funesta brecha que esas investigaciones científicas al parecer tan indiferentes e inofensivas iban abriendo en el complicado edificio que a tanta costa había logrado levantar, y que con tanto empeño procuraba conservar; si él hubiera llegado a comprender la íntima y necesaria relación que liga entre sí todos los progresos de la inteligencia humana, y que haciéndolos todos solidarios no permite que por una parte se avance y por otra se retroceda, o siquiera se permanezca estacionario, sino que comunicando el impulso a todas partes, hace que todas marchen a la vez, aunque con desigual velocidad según el grado de complicación de los conocimientos correspondientes; si él hubiera reflexionado que, estando comunicados entre sí todos los diversos departamentos del grandioso palacio del alma, la luz que se introdujese en cualquiera de ellos debía necesariamente irradiar a los demás y hacer poco a poco percibir, cada vez menos confusamente, verdades inesperadas que una impenetrable oscuridad podía sólo mantener ocultas, pero que una vez vislumbradas por algunos, irían cautivando las miradas de la multitud, a medida que nuevas luces, suscita39

das por las primeras, fueran apareciendo por diversos puntos, se habría apresurado sin duda a matar esas luces dondequiera que pudieran presentarse y por inconexas que pudiesen parecer con la doctrina que se deseaba salvar. Pero este plan que, concebido sistemáticamente por las antiguas teocracias hubiera hecho justificable la ilusión de un resultado, si no permanente al menos inmensamente prolongado, no era ni racional ni disculpable en los tiempos ni en las circunstancias en que España se apoderó del Continente de Colón. En esa época, los principales gérmenes de la renovación moderna estaban en plena efervescencia en el antiguo mundo y era preciso que los conquistadores, impregnados ya de ellas, los inoculasen, aun a su pesar, en la nueva población que de la mezcla de ambas razas iba a resultar. Por otra parte, era imposible que, en continua relación con la metrópoli, México y toda la América española no percibiese, aunque confusamente, el fuego de emancipación que ardía por todas partes, y de que en lo político España misma había dado el noble ejemplo lanzando de su seno a los moros que, siete siglos antes y en mejores circuns40

tancias, habían intentado hacer en la península lo que ella, a su vez, se propuso en América. La triple evolución científica, política y religiosa que debía dar por resultado la terrible crisis por que atravesamos, puede decirse, no ya que era inminente, sino que estaba efectuada en aquella época y el clero católico que, nacido él mismo de la discusión, se había propuesto después sofocarla, había visto a sus expensas lo irrealizable de sus pretensiones, pues por una dichosa fatalidad, el irresistible atractivo de lo cierto y de lo útil, de lo bueno y de lo bello, sedujo a su pesar a los mismos a quienes su propio interés aconsejaba desecharlo y, semejantes al Cervero de la fábula, se dejaron adormecer por el encanto de las nuevas ideas y dejaron penetrar en el recinto vedado al enemigo que debieran ahuyentar. Ahora bien, una vez dado el primer paso, lo demás debía efectuarse por sí solo y todas las resistencias que se quisieran acumular, podrían alguna vez retardar y enmascarar el resultado final; pero éste fue fatal e inevitable. La ciencia, progresando y
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creciendo como un débil niño, debía primero ensayar y acrecentar sus fuerzas en los caminos llanos y sin obstáculos, hasta que poco a poco y a medida que ellas iban aumentando, fuese sucesivamente entrando en combate con las preocupaciones y con la superstición, de las que al fin debía salir triunfante y victoriosa después de una lucha terrible, pero decisiva. Por su parte, la superstición, que tal vez sentía su debilidad, evitaba encontrarse con su adversario, y cediendo palmo a palmo el terreno que no podía defender aparentaba no comprender, o de hecho no comprendía que esa retirada continua era también una continua derrota. Sólo de tiempo en tiempo y cuando la colisión era evidente, se paraba a combatir con la furia del despecho y la tenacidad de la desesperación. Yo no referiré todas esas luchas que son ajenas de este lugar y de esta ocasión; yo no me pararé siquiera a mencionar aquí las principales fases de ese gran conflicto, que son también las fases de la historia de la humanidad, porque esto me llevaría muy lejos. Yo no diré tampoco cómo la ciencia ha logrado, en fin, abrazar a la política y sujetarla a le42

yes, ni cómo la moral y la religión han llegado a ser de su dominio. El campo es vasto y la materia fecunda y tentadora; mas la ocasión no es favorable y apenas se presta a mencionar el hecho. Pero no puedo menos de recordar, en pocas palabras, la famosa condenación de Galileo hecha por la Iglesia católica que, fundada en un pasaje revelado, declaró herética e inadmisible la doctrina del movimiento de la tierra. Aquí el texto era claro y terminante, el libro de donde se sacaba no podía ser más reverenciado; por otra parte, la doctrina que se les oponía no estaba realmente apoyada en ninguna prueba irrecusable, sino que era hasta entonces una simple hipótesis científica, con la cual la explicación de los fenómenos celestes adquiría una notable sencillez; Galileo no había hecho otra cosa que prohijarla y allanar algunas dificultades de mecánica, que se habían opuesto hasta entonces a su generalización; pero lo repito, ninguna prueba positiva podía darse hasta entonces de la realidad del doble movimiento que se atribuía a la tierra; la primera prueba matemática de este importante hecho no debía venir sino un siglo después, con el fenóme43

no de la aberración descubierta por Bradley. Y sin embargo, era ya tal el espíritu antiteológico que reinaba en tiempo de Galileo, que bastó que la hipótesis condenada explicase satisfactoriamente los hechos a que se refería y que no chocase, como en los principios se había creído, con las leyes de la física o de la mecánica, para que ella hubiese sido bien pronto universalmente admitida, a despecho del Concilio, del Texto y de la Inquisición. Más aún: el Texto mismo tuvo por fin que plegarse a sufrir una torsión, hasta ponerse él de acuerdo con la ciencia, o por lo menos, hacer cesar la evidente contradicción de que primero se había hecho justo mérito. Es inútil insistir aquí sobre la importancia de este espléndido triunfo del espíritu de demostración sobre el espíritu de autoridad; baste saber que desde entonces los papeles se trocaron, y el que antes imperaba sin contradicción y decidía sin réplica, marcha hoy detrás de su rival, recogiendo con una avidez que indica su pobreza, la menor coincidencia que aparece entre ambas doctrinas, sin esperar siquiera a que estén demostradas, para ser44

virse de ella como un pedestal sobre el cual se complace en apoyar su bamboleante edificio. Pero lo que sí hace a mi propósito y debo, por lo mismo, hacer notar en este punto, es que tal era el estado de la emancipación científica en Europa cuando la corporación que se encargó aquí de la Instrucción pública por orden del gobierno de España, acometió la titánica empresa de parar el curso de este torrente que sus predecesores no habían podido contener, porque de este loco empeño debía resultar más tarde el cataclismo que, con más cordura, hubiera podido evitarse. No sólo en sus relaciones con la ciencia, propiamente dicha, fue como los conquistadores trajeron una doctrina en decadencia incapaz de fundar, de otro modo que no fuera por la fuerza y la opresión, un gobierno estable y respetado; también entre los que habían pertenecido al propio campo había estallado la división. EL famoso cisma que bien pronto dividió la Europa en dos partes irreconciliables, y que haciendo cesar la unidad y la veneración hacia los superiores espirituales, echó por tierra la obra que, fundada por San Pablo, se había elaborado lentamente en la edad
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media; este cisma, cuya bandera fue la del derecho del libre examen, nació precisamente en el tiempo en que los conquistadores marchaban a apoderarse de su presa. Y si bien la España había, en apariencia, quedado libre del contagio, lo cierto es que el verdadero veneno se había inoculado de tiempo atrás en todos los cerebros y de hecho, todos los llamados católicos, eran ya, y cada día se hicieron más y más protestantes, porque todos, a su vez, apelaban a su razón particular, como árbitro supremo en las cuestiones más trascendentales y se erigían en jueces competentes, en las mismas materias que antes no se hubieran atrevido a tocar. Ahora bien, nada es más contrario al verdadero espíritu católico, que esa supremacía de la razón sobre la autoridad, y nada por lo mismo puede indicar mejor su decadencia, que esa lucha en que se le obligaba a entrar, en la cual tenía que sostener con la razón o con la fuerza, lo que sólo hubiera debido apoyar con la fe. Los famosos tratados de los regalistas en que España abunda, no eran de hecho otra cosa que una enérgica y continua protesta contra la autoridad del Papa. Y el modo brutal con que Carlos V, a
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pesar de su fanatismo, trató en su propio solio al Pontífice Romano, que había querido oponerse a su voluntad, prueba lo que en aquella época había decaído una autoridad que antes disponía a su arbitrio de las coronas. Así, del lado de la religión, que parecía ser una de las piedras angulares del edificio de la Conquista, el principal elemento disolvente vino con sus fundadores, y él no podía menos de crecer aquí, como fue creciendo en todas partes y dar, por fin, en tierra, con una construcción cuyos fundamentos estaban ya corroídos y minados de antemano. Del lado de la política, la cosa no marchaba de otro modo. Ya he dicho que la España misma había dado el ejemplo de la emancipación, lanzando a los moros, que durante siete siglos habían dominado y ella no debía esperar mejor suerte en la empresa análoga que acometía. Sin embargo, el espíritu de dominación que se apoderó de ella después de los brillantes sucesos de América, hizo que su poder se extendiese también en gran parte de la Europa y de esta dominación y de la necesidad de libertad,
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que una intolerable opresión, a su vez religiosa, política y militar, debía producir en los puntos de Europa sujetos a la corona de España, debía nacer el formidable enemigo que, después de hacerle perder los Países Bajos, le arrancaría más tarde sus joyas del Nuevo Mundo y que acabará por derribar todos los tronos que hoy no existen ya sino de nombre. El dogma político de la soberanía popular, no se formuló, en efecto, de una manera explícita y precisa, sino durante la guerra de independencia que la Holanda sostuvo, con tanto heroísmo como cordura, contra la tiranía española. Este dogma importante que después ha venido a ser el primer artículo del credo político de todos los países civilizados, se invocó en favor de un pueblo virtuoso y oprimido y, cosa digna de notarse, fue apoyado por la Inglaterra y la Francia y por todas las monarquías, tal vez en odio a la España, o por esa fatalidad que pesa sobre las instituciones que han caducado, fatalidad que las conduce a afilar ellas mismas el puñal que debe herirlas de muerte, consumando así una especie de suicidio lento, pero in48

evitable, contra el cual, después y cuando ya no es tiempo, quieren en vano protestar. El buen uso que la Holanda supo hacer de este principio, al cual puede decirse que fue en gran parte deudora de su independencia y de su libertad, a la vez política y religiosa, y la aquiescencia tácita o expresa de todos los gobiernos, hizo pasar muy pronto al dominio universal este dogma radicalmente incompatible con el principio del derecho divino en que hasta entonces se habían fundado los gobiernos. Así es que, cuando durante la revolución inglesa surgió la otra base de las repúblicas modernas —la igualdad de los derechos— no pudo encontrar seria contradicción, a pesar de haber abortado en esta vez su aplicación práctica, sin duda por haber sido prematura; pero este nuevo dogma era una consecuencia tan natural y un complemento tan indispensable del anterior, que no obstante su insuceso, los colonos que de Inglaterra partieron para América, lo llevaron grabado, así como su precursor en el fondo de sus corazones y ambos dogmas sirvieron de simiente y
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de preparación para el desarrollo de ese coloso que hoy se llama Estados Unidos, y que en la terrible crisis por que acaba de pasar, crisis suscitada por la necesidad de deshacerse de elementos heterogéneos y deletéreos ha demostrado un vigor asombroso y una virilidad, que los que maquinaban contra ella han visto con espanto y que sus más ardientes admiradores estaban lejos de imaginar. Pero si la soberanía popular es contraria al derecho divino de la autoridad regia y al derecho de conquista, la igualdad social es, además, incompatible con los privilegios del clero y del ejército. De suerte que con esos dos axiomas, se encontraba, en lo político, minado desde sus principios el edificio social que España venía a construir. Ya lo veis, señores, todos los veneros de ese poderoso raudal de la insurrección estaban abiertos; todos los elementos de esa combustión general estaban hacinados; la compresión continua y cada día mayor que se ejercía sobre éstos, y el aislamiento en que se quiso siempre tener a México para impedir la corriente
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de aquéllos, no podían producir y no produjeron otro resultado que el de hacer más terrible la explosión de los unos, en el instante en que la combustión comenzase por un punto cualquiera y el de aumentar los estragos del otro, luego que los diques con que quería contenerse su curso llegasen a ceder. Una conducta más prudente, que hubiese permitido un ensanche gradual y una gradual disminución de los vínculos de dependencia entre México y la metrópoli, de tal modo que se hubiese dejado entrever una época en que esos lazos llegasen a romperse, como la naturaleza misma parecía exigirlo, interponiendo el inmenso Océano entre ambos continentes, habría sin duda evitado la necesidad de los medios violentos que la política contraria hizo necesarios. Sería, sin embargo, injusto echar en cara a España una conducta que cualquiera otra nación en su caso habría seguido, y que la falta de una doctrina social positiva y completa hacía tal vez necesaria en aquella época. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho es que en la época de la insurección, los elementos de esa combustión estaban ya reunidos y estaban
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además, en plena efervescencia determinada por la noticia de la independencia de los Estados Unidos y de la explosión francesa: sólo se necesitaba ya una chispa para ocasionar el incendio. Esta chispa fue lanzada por fin la memorable noche del 15 al 16 de septiembre de l810, por un hombre de genio y de corazón: de genio para escoger el momento en que debía dar principio a la grandiosa obra que meditaba; de corazón, para decidirse a sacrificar su vida y su reputación, en favor de una causa que su inspiración le hacía ver triunfante y gloriosa en un lejano porvenir. El conocimiento pleno que tenía de la fuerza física de los opresores, no le podía dejar ver otra cosa en el presente que la derrota en el campo de batalla y la difamación en el de la opinión. El no podía racionalmente contar con el glorioso episodio del Monte de las Cruces; y la sangrienta escena de Chihuahua era de pronto su único porvenir. A él se lanzó resuelto y decidido, porque en la cima de esa escala de mártires, de la cual él iba a formar la primera grada, veía la redención de su querida patria, veía su libertad y su engrandecimiento; porque en la cima de esa es52

cala de sufrimientos y de combates, de cadalsos y de persecuciones, veía aparecer radiante y venturosa una era de paz y de libertad, de orden y de progreso, en medio de la cual los mexicanos, rehabilitados a sus propios ojos y a los del mundo entero, bendecirían su nombre y el de los demás héroes que supieran imitarlo, ora sucumbiesen como él en la demanda, ora tuviesen la inefable dicha de ver coronado con el triunfo el conjunto de sus fatigas. Once años de continua lucha y de sufrimientos sin cuento, durante los cuales las cabezas de los insurgentes rodaban por todas partes, y en que para siempre se inmortalizaran los nombres de Morelos, de Allende, de Aldama, de Mina, de Abasolo y tantos otros, dieron por resultado que en 1821, el virtuoso e infatigable Guerrero y el valiente y después mal aconsejado Iturbide, rompieran por fin la cadena que durante tres siglos había hecho de México la esclava de la España. El pabellón tricolor flameó por primera vez en el palacio de los Virreyes y la nación entera aplaudió esta transformación, que parecía augurar una paz definitiva. Pero por otra parte, los errores cometidos por los hombres en
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quienes recayó la dirección de los negocios públicos y, por otra, los elementos poderosos de anarquía y de división que como resto del antiguo régimen quedaban en el seno mismo de la nueva nación, se opusieron y debían fatalmente oponerse a que tan deseado bien llegase todavía. ¡No se regenera un país, ni se cambian radicalmente sus instituciones y sus hábitos en el corto espacio de dos lustros! ¡No se acierta del primer golpe con las verdaderas necesidades de una nación que, en medio de la insurrección no había podido aprender sino a pelear, y que antes de ella sólo sabía resignarse! ¡No se apagan ni enfrían, luego que tocan la tierra, las ardientes lavas del volcán que acaba de estallar! En el regocijo del triunfo, se creyó fácil la erección de un imperio, se creyó que las instituciones que parecían tener más analogía con las que acababan de ser derrocadas, serían las que podían convenirnos mejor. El caudillo que, halagado por el brillo del trono se dejó seducir desconociendo en esto la verdadera situación que la ruptura de todos los lazos anteriores había creado, cometió un inmenso error que pagó con la vida, y hundió a la na54

ción en la guerra civil. Esta pudo tal vez evitarse; pero una vez iniciada, no debía esperarse que concluyese por una transacción; los elementos que se agitaban y se combatían eran demasiado contradictorios para que una combinación fuese posible; era necesario que uno de los dos cediese radicalmente de sus pretensiones; era preciso que uno de los dos, reconociendo su impotencia, se resignase a ceder el campo a su contrario, y a seguir, aunque con trabajo y sólo pasivamente, una corriente que no podía contrarrestar. Por una fatalidad, tan lamentable como inevitable, el partido a quien el conjunto de las leyes reales de la civilización llamaba a predominar, era entonces el más débil; pero, con la fe ardiente del porvenir, con esa fe que inspiran todas las creencias que constituyen un progreso real en la evolución humana, él se sentía fuerte para emprender y sostener la lucha y ésta debía continuar encarnizada y a muerte. Un partido, animado tal vez de buena fe, pero esencialmente inconsecuente, pretendió extinguir esta lucha y de hecho no lo55

gró otra cosa que prolongarla; pues, por falta de una doctrina que le sea propia, ese partido toma por sistema de conducta la inconsecuencia, y tan pronto acepta los principios retrógrados como los progresistas, para oponer constantemente unos a otros y nulificar entrambos. Proponiéndose, a su modo, conciliar el orden con el progreso, los hace en realidad aparecer incompatibles, porque jamás ha podido comprender el orden, sino con el tipo retrógrado, ni concebir el progreso, sino emanado de la anarquía, teniendo que pasar mientras gobierna, alternativamente y sin intermedio, de unos partidos a otros. Ese partido, repito, haciendo respectivamente a cada uno de los contendientes concesiones contradictorias e inconciliables, halagaba las ilusiones de cada uno sin satisfacer sus deseos y prolongaba así el término de la contienda que quería evitar. Por una parte el clero y el ejército, como restos del pasado régimen, y por otra, las inteligencias emancipadas e impacientes por acelerar el porvenir, entraron en una lucha terrible que ha durado 47 años; lucha sembrada de sangrientas y lúgu56

bres escenas que sería largo y doloroso referir; lucha durante la cual el partido progresista, unas veces triunfante y otras también vencido, iba cada vez creando mayor fuerza, aun después de los reveses, pero en la que su contrario, a medida que sentía desvanecerse la suya, apelaba a medios más reprobados, desde la felonía de Picaluga hasta la Sainte Barthelemy de Tacubaya, y desde allí hasta la traición en masa consumada en 1863, y premeditada muchos años antes. Conciudadanos: la palabra traición ha salido involuntariamente de mis labios. Yo habría querido en este día de patrióticas reminiscencias y de cordial ovación, no traer a vuestra memoria otros recuerdos que los muy gratos de los héroes que se sacrificaron por darnos patria y libertad; yo habría querido no evocar en vuestro corazón otros sentimientos que los de la gratitud, ni otras pasiones que las del patriotismo y de la abnegación de que supieron darnos ejemplo los grandes hombres que hoy venimos a celebrar; y he visto en estos momentos pintada en vuestros rostros la indignación y he visto salir de vuestros ojos el rayo, que, que57

mando la frente de esos mexicanos degradados, dejará sobre ella impreso el sello de la infamia y de la execración… Pero al salir de la espantosa crisis suscitada por su criminal error; al tocar afanosos y casi sin aliento la playa de ese piélago embravecido que ha estado a punto de sepultarnos bajo sus olas, no hemos podido menos que volver el rostro atrás para mirar, como Dante, el peligro de que nos hemos librado y tomar lecciones en ese triste pasado, que no puede menos que horrorizarnos… Las clases privilegiadas que en 1857 se habían visto privadas de sus fueros y preeminencias, que en 1861 vieron por fin sancionada con espléndido triunfo esta conquista del siglo y ratificada irrevocablemente la medida de alta política, que arrancaba de manos de la más poderosa de dichas clases el arma que le había siempre servido para sembrar la desunión y prolongar la anarquía, derribando, por medio de la corrupción de la tropa a los gobiernos que trataban de sustraerse a su degradante tutela: estas clases privilegiadas, repito, llegaron por fin a persuadirse de su comple58

ta impotencia, pues, por una parte, el antiguo ejército, habiéndose visto vencido y derrotado por soldados noveles y generales improvisados, perdió necesariamente el prestigio y con él la influencia que un hábito de muchos años le había sólo conservado; y por otra, el clero comprendió su desprestigio y decadencia, al ver que había hecho uso sin éxito alguno, de todas sus armas espirituales —únicas que le quedaban— para defender a todo trance unos bienes que él aparenta creer que posee por derecho divino, y sobre los cuales le niega por lo mismo, todo derecho a la sociedad y al gobierno, que es su representante. ¡Como si algo pudiese existir dentro de la sociedad que no emanase de ella misma! ¡Como si la propiedad y demás bases de aquélla, por lo mismo que están destinadas a su conservación y no a su ruina, no debiesen estar sujetas a reglas que les hagan conservar siempre el carácter de protectoras, y no de enemigas de la sociedad! ¡Como si alguna vez el medio debiera preferirse al fin para el cual se instituye! Acabo de decir que las armas espirituales eran las que le quedaban al clero y debo añadir también que a estas armas, el
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vencedor no sólo no había tocado, sino que las había aumentado en realidad, con la severa lógica que presidió a la formación de las leyes llamadas de Reforma. Porque al separar enteramente la Iglesia del Estado; al emancipar el poder espiritual de la presión degradante del poder temporal, México dio el paso más avanzado que nación alguna ha sabido dar en el camino de la verdadera civilización y del progreso moral, y ennobleció, cuanto es posible en la época actual, a ese mismo clero que sólo después de su traición y cuando Maximiliano quiso envilecerlo, a ejemplo del clero francés, comprendió la importancia moral de la separación que las Leyes de Reforma habían establecido. Y protestó, tarde como siempre, contra la tutela a que se le sujetó. Y suspiró por aquello mismo que había combatido… Cuando el clero y el ejército y algunos hombres que los secundaban cegados por el fanatismo o por la sed de mando, se vieron privados de todas sus ilusiones, como el árbol que al soplo del otoño deja caer una a una las hojas que lo vestían, se acogieron con más ahínco al único medio que parecía quedarles, para
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prolongar aún por algún tiempo su dominación o al menos, ver a sus vencedores sepultados también en las ruinas de la nación. Hay en Europa, para mengua y baldón de Francia, un soberano cuyas únicas dotes son la astucia y la falsía, y cuyo carácter se distingue por la constancia en proseguir los perversos designios que una vez ha formado. Este hombre meditaba, de tiempo atrás, el exterminio de las instituciones republicanas en América, después de haberlas minado primero y derrocado por fin en Francia, por medio de un atentado inaudito, el 2 de diciembre de 1851. A este hombre recurrieron, de este soberano advenedizo se hicieron cómplices los mexicanos extraviados que, en el vértigo del despecho, no vieron tal vez el tamaño de su crimen, en manos de ese verdugo de la República francesa entregaron una nacionalidad, una independencia y unas instituciones que habían costado ríos de sangre y medio siglo de sacrificios y de combates. Y, el que se había introducido en Francia deslizándose como una serpiente para ahogar a su víctima; el que, cubierto con una
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popularidad prestada, había logrado alucinar al pueblo y seducir al ejército, para arrancarle al uno su libertad y convertir al otro, el 2 de diciembre, en asesino de sus hermanos indefensos, aceptó gustoso esa misión de retroceso y de vandalismo, y guiado por la traición y azuzado por fraudulentos agiotistas y por su digno intérprete Saligny, se lanzó sobre su presa y con la innoble voracidad del buitre, se propuso hartarse de una víctima que se imaginó muerta. Desde los primeros pasos, la actitud imponente que tomó toda la nación, aprestándose a rechazar tan inicua agresión, hizo ver a España y a Inglaterra el tamaño de la iniquidad que se habían prestado a secundar, y Francia quedó sola en su tenebrosa empresa. Su primer acto como beligerante fue una villanía. Negándose a cumplir los tratados de la Soledad y haciéndose dueña, por medio de la felonía, de unas posiciones fortificadas que no se atrevió a atacar, se identificó más con la causa que venía a defender y dejó ver con toda claridad cuál sería el espíri62

tu que debía animarla en esta inmunda guerra, que comenzaba por conculcar un compromiso sagrado y acabaría por abandonar y vender cobardemente a sus propios cómplices. Cuando el cuerpo expedicionario se creyó bastante fuerte, y cuando habiendo salvado, a precio de su honor, los primeros obstáculos, se proporcionó los recursos y bagajes que le faltaban, emprendió su marcha sobre la capital seguro del triunfo, lleno de pueril vanidad, llevando en los pechos de sus soldados como garantes infalibles de la victoria, esculpidos en preciosos metales, los nombres de Roma y Crimea, de Magenta y Solferino. Mientras que en las llanuras de Puebla los esperaba un puñado de patriotas armados de improviso, bisoños en la guerra, pero resueltos a sacrificarlo todo por su independencia, y trayendo en sus pechos una condecoración que vale más que todas y que los reyes no pueden otorgar a su antojo: el amor de la patria y de la libertad, grabado en su corazón. El jefe que mandaba a este puñado de héroes, no era un general envejecido en los campos de batalla; no llevaba sobre sus
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sienes el laurel de cien combates; era sólo un joven lleno de fe y de patriotismo; era un republicano de los tiempos heroicos de Grecia que, sin contar el número ni la fuerza de los enemigos, se propuso, como Temístocles, salvar a su patria y salvar con ella unas instituciones que un audaz extranjero quería destruir y que contenían en sí todo el porvenir de la humanidad. Conciudadanos: vosotros recordáis en este momento, que el sol del 5 de mayo que había alumbrado el cadáver de Napoleón I, alumbró también la humillación de Napoleón III. Vosotros tenéis presente que, en ese glorioso día, el nombre de Zaragoza, de ese Temístocles mexicano, se ligó para siempre con la idea de independencia, de civilización, de libertad y de progreso, no sólo de su patria, sino de la humanidad. Vosotros sabéis que haciendo morder el polvo en ese día a los genízaros de Napoleón III, a esos persas de los bordes del Sena que más audaces o más ciegos que sus precursores del Eufrates, pretendieron matar la autonomía de un continente entero y restablecer en la tierra clásica de la libertad, en el mundo de Colón, el principio teocrático de las castas y de la
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sucesión en el mando por medio de la herencia; que venciendo, repito, esa cruzada de retroceso, los soldados de la República en Puebla, salvaron como los de Grecia en Salamina, el porvenir del mundo al salvar el principio republicano, que es la enseña moderna de la humanidad. Vosotros sabéis que la batalla del 5 de mayo fue el glorioso preludio de una lucha sangrienta y formidable que duró todavía un lustro, pero cuyo resultado final quedó marcado ya desde aquella época. ¡Los que habían alcanzado la primera victoria debían también obtener la última! ¡Y los que habían penetrado sin honor por las cumbres de Acultzingo, debían salir cubiertos de infamia por el puerto de Veracruz! No es este el momento ni la ocasión de trazar la historia de la época de represalias y de asesinatos que sucedió al triunfo del 5 de mayo de 1862. Una voz más robusta y caracterizada que la mía, una pluma mucho más experta y elocuente, os ha hecho estremecer desde esta misma tribuna, refiriéndoos los crueles episodios y las sangrientas y devastadoras escenas de ese terrible periodo en que México luchó solo y sin recursos, contra un ejérci65

to formidable que de nada carecía y contra la traición que le ayudaba en todas partes. En este conflicto entre el retroceso europeo y la civilización americana; en esta lucha del principio monárquico contra el principio republicano, en este último esfuerzo del fanatismo contra la emancipación, los republicanos de México se encontraban solos contra el orbe entero. Los que no tomaron abiertamente cartas en su contra, simpatizaron con el invasor y secundaron sus torpes miras, reconociendo y acatando el simulacro de imperio que quiso constituir; los que no imitaron a Bélgica y a Austria mandando sus soldados mercenarios, prestaron, por lo menos, su apoyo moral para sostener al príncipe malhadado que tuvo la debilidad, por no decir la villanía, de prestarse a hacer su papel en esta farsa, que merecería el nombre de ridícula mojiganga si no hubiera sido una espantosa tragedia. La gran República misma se vio obligada en virtud de la guerra intestina que la devoraba, a mantenerse neutral y aun a prestar alguna vez, con mengua de su dignidad, servicios a esa
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misma invasión, que pretendía entrar por México a los Estados Unidos. ¿Qué extraño es, pues, que como resultado y como síntoma de ese conjunto de circunstancias adversas, los reveses se multiplicasen para los verdaderos mexicanos, en todo el ámbito de la República? ¿Qué extraño puede ser que por algún tiempo la causa de la libertad pareciese perdida y que mexicanos, tal vez de recto corazón, pero débiles e ilusos, se dejasen sobrecoger por el desaliento y creyesen que ya no quedaba otro recurso sino plegarse al hado que parecía contrario? ¿Qué mucho que el benemérito e inmaculado Juárez, que se había abrazado al pabellón nacional levantándolo siempre en alto para que, como la columna de fuego de los israelitas, sirviese de guía y de prenda segura de buen éxito a los dignos mexicanos que sostenían aquella lucha, tan desigual como heroica y tenaz, qué mucho, repito, que Juárez y sus dignos compañeros se viesen obligados a recorrer centenares de leguas, sin hallar un punto en que la bandera de la independencia pudiese descansar segura, ni flotar con libertad?
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¿Qué mucho que nuestros más valientes adalides, se viesen por un momento obligados a buscar en la aspereza de nuestros montes, en la inmensidad de nuestros desiertos y en las mortíferas influencias climatéricas de la tierra caliente, los fieles aliados que no podían encontrar en otra parte? Pero la tierra prometida debía aparecer alguna vez; la aurora comenzó a brillar después de aquel denso nublado. Díaz por el Oriente y Corona por el Occidente, Escobedo y Régules por el Norte, y por el Sur Riva Palacio, Treviño, Jiménez y otros mil obtuvieron por todas partes victorias señaladas sobre la conquista y sobre la traición reunidas o separadas. La horrible ley de 5 de octubre, imaginada por el general francés y sancionada cobardemente por el nefando imperio; esa ley en que se pagaba con la vida hasta el delito de respirar el aire que habían respirado los defensores de la independencia, lejos de amedrentarlos, no hizo sino enardecer su valor y aumentar su actividad. Los millares de patriotas que caían víctimas de esa máquina infernal puesta en manos de las cortes marciales y disparada sin
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interrupción; los sangrientos cadáveres del inmaculado Arteaga y del heroico Salazar, se presentaban sin cesar a sus ojos, pero vivificados y resplandecientes de gloria, para animarlos al combate anunciándoles el próximo triunfo y conducirlos así a la victoria… Una voz se levantó entonces en favor de México, voz poderosa y largo tiempo esperada; pero que se había tenido la dignidad de no querer mendigar. Al tremendo estallido de millares de balas tiradas a la vez sobre centenares de prisioneros desarmados en Puruándiro y en otros puntos; a los plañideros ayes de tantas familias dejadas en la orfandad y en la miseria, el águila del Norte despertó en fin de su letargo. Los Estados Unidos pidieron cuenta a Francia de este atentado contra las leyes de la civilización y de la humanidad, intimándole, en nombre de su propia dignidad, que hiciese cesar tan espantosa carnicería, el dictador de Francia, con el cinismo propio de los Bonaparte, dejó toda la responsabilidad de estos hechos a Maximiliano; pero las contestaciones entre Francia y los Estados Unidos se cruzaban sin cesar; las de éstos cada día
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más apremiantes; las de aquélla cada vez más y más flojas y plagadas de contradicciones e inconsecuencias . Por una parte el temor de una guerra insostenible con la colosal República, a cuyo lado se encontraría todo el continente; por otra, la posición cada día más falsa y precaria del ejército expedicionario en México, que no podía ya ni defender el terreno que pisaba; y la completa impopularidad de la expedición en Francia, decidieron por fin a su autor a arrancar esa página que, en días más felices, cuando llegó a creer que en México había muerto el amor a la patria y a la libertad, osó llamar la más bella de su reinado. El abandono del imperio, que a tanta costa y por medio de tantas infamias y calumnias se había querido fundar, se decidió por fin. La grandiosa obra de reconstitución de razas y de influencias europeas en América, que con tan vivos colores se había pintado al Senado francés, se abandonó también; y la orden para la retirada del ejército y con ella la humillación de Napoleón y el desprestigio de la Francia, se firmó por fin.
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Este fue el servicio que México debió a la República vecina. Servicio grande sin duda, pero que en nada rebaja el mérito de nuestra heroica defensa; y antes bien, lo pone más de manifiesto, porque sin esta indomable resistencia prolongada por cerca de seis años; sin la constancia de Juárez y de los demás jefes que, diseminados en el país, sostuvieron sin interrupción el combate, levantando en todas partes la enseña de la República, la tan demorada resolución de interponer en esta cuestión sus respetos y su influjo, o no habría tenido lugar, o habría llegado demasiado tarde, no sólo para México, sino también para los Estados Unidos, a quienes se quería asestar el tiro desde las fortalezas del imperio. La calumnia y la maledicencia se han apoderado de este hecho, en el que si los Estados Unidos prestaron un servicio a México, también éste se lo hizo a ellos, prolongando la lucha y conservando un gobierno con quien pudiesen mantener relaciones que les permitieran, luego que hubiesen dominado su guerra civil, tomar la iniciativa en una negociación cuyo resultado debía ser: acabar con la influencia europea en América y aumentar la suya propia.
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La calumnia, digo, se ha apoderado de ese hecho queriendo presentarlo como deshonroso para nosotros. Se ha supuesto que fuimos a mendigar la intervención armada de los Estados Unidos y que el gobierno nacional, personificado en Juárez, no buscaba otra cosa sino que el país cambiase de señor. Esta infame calumnia, como las demás de que sin cesar ha sido el blanco México, ha sido desmentida con hechos irrefragables. La nación habría tenido, sin duda, el incuestionable derecho de llamar en su auxilio, para desembarazarse de una influencia extraña y opresora, las armas de otra potencia amiga, sin comprometer con esto ni su autonomía ni su dignidad, pero la conciencia de su propia fuerza y esa clara visión del porvenir que animó siempre al Primer Magistrado de la República, y que sostuvo su valor y su constancia en aquellos aciagos días de prueba y de persecución, hizo que se desechara siempre ese medio de salvación que, lo repito, nada tenía de deshonroso ni de inusitado.
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Holanda, llamando a los ingleses para emanciparse de la tiranía española; los Estados Unidos admitiendo los servicios de Francia para obtener su independencia; España, lanzando de su seno con ayuda de los ingleses, a esa Francia que, entonces como ahora, había logrado penetrar en el territorio ajeno por la puerta de la felonía y de la traición; a esa Francia que, entonces como ahora, pretendió hacer una colonia de una nación independiente, y fundar un simulacro de trono que le sirviese de escabel para sentar su planta y de apoyo para extender su influencia y su dominación; a esa Francia que, entonces como ahora, era víctima y cómplice, a la vez, de la tiranía de un Bonaparte; de un Bonaparte, señores, cuyo nombre sólo es un programa completo de usurpación y de retroceso, de guerras y de conquistas, de tronos improvisados y hundidos en la nada, de bambolla y de charlatanismo y, por último y como resultado final, de baldón y oprobio para su nación. España, repito, los Estados Unidos y Holanda no mancillaron su nombre ni comprometieron su autonomía, ni siquiera empañaron el brillo de sus heroicos esfuerzos por haber utilizado
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el socorro armado de naciones amigas y que estaban interesadas en sus respectivos triunfos. Pero la gloria de México ha sido todavía más esplendente. ¡Ni un solo sable del ejército americano se ha desnudado en favor de la República, ni un solo cañón de la Casa Blanca se ha disparado sobre el Alcázar de Chapultepec! ¡Y sin embargo, el triunfo ha sido espléndido y completo! ¡Tres meses habían pasado apenas desde que los invasores abandonaron nuestro suelo, y nada existía ya de ese imperio, que había de extinguir la democracia en América! Todo se ensayó para sostenerlo y arraigarlo; a todas las puertas se llamó para encontrarle adictos; todo lo que la intriga, la hipocresía y la fuerza pueden sugerir, todo se puso en práctica para aclimatar una institución que el instinto popular repugna. Al penetrar en el interior del país el ejército invasor y más tarde al venir el Archiduque a tomar posesión de su trono, no pudieron menos de reconocer que el partido que los había llamado y que fundaba en ellos sus esperanzas, era en realidad el
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menos numeroso, el menos ilustrado y el menos influyente de los que se disputaban en México la supremacía. Un clero ignorante y que se imagina vivir en plena Edad Media; que no comprende ni sus intereses ni los de la nación; que maldiciendo el presente y el porvenir sin comprender que son una consecuencia forzosa del pasado, no tiene otro programa que la imposible retrogradación de ocho siglos, para volver a los tiempos de Hildebrando: un clero a quien la nación nada debe sino el no haber podido constituirse; que en 1847 no tuvo siquiera el fanatismo suficiente para imitar el heroico ejemplo que 40 años antes le había dado el clero español, y que vio impasible la humillación de su patria, la profanación de sus templos y la irrisión de sus imágenes por un ejército extranjero y protestante; un clero que facilitó y contribuyó a estos mismos atentados suscitando en la capital de la República el más inmoral de los pronunciamientos, en los momentos mismos en que el enemigo desembarcaba en Veracruz, era el primero y principal elemento de ese partido que solicitó la intervención.
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Los restos de un ejército desmoralizado y corrompido, acostumbrado a medrar en las revueltas políticas y a considerar el tesoro nacional como patrimonio propio, y que en la invasión americana probó que si sabía ensañarse con los mexicanos indefensos, sabía mejor volver la espalda ante el extranjero armado, era el segundo elemento de los aliados de la Francia y del imperio. Con éstos y con algunos fanáticos ilusos o perversos, ayudados de ciertos capitalistas que por egoísmo o por el deseo de lucrar con los fondos de las arcas públicas se unieron a ellos, debía contar el Archiduque para fundar su soñada dinastía. Pero él y sus tutores los franceses, al mirar de cerca a los cómplices de su crimen; al ver por sus propios ojos todo el tamaño de su abyección y de su infamia, no pudieron menos que avergonzarse de esa compañía y renegaron de ellos y les escupieron el rostro. Toda la política, todo el ahínco de Maximiliano y de Napoleón, fue desde luego captarse la voluntad y procurarse el apoyo, o al menos la aquiescencia, del único partido nacional, del gran Partido Liberal.
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Pero tanto cuanto el partido de la tiranía se había manifestado ruin y degradado, tanto se mostró grande y digno el resto de la nación: por todas partes se multiplicaban los halagos y se sucedían sin interrupción las invitaciones y las promesas, con objeto de corromper a los patriotas que habían dado pruebas de valer alguna cosa, o que habían ocupado puestos públicos de la República; no hubo género de seducción que no se emplease, no hubo medio a que no se recurriese para lograr que los buenos liberales aceptasen los empleos con que se les brindaba en todas partes. La vanidad, el orgullo, el interés y hasta el terror, todo se ensayó, de todo se echó mano para lograr un resultado al que con razón se daba tanto precio. Todo fue inútil, sin embargo. Por todas partes se sucedían las tentadoras proposiciones y por todas también se multiplicaban las honrosas repulsas de mexicanos dignos que preferían la oscuridad, la miseria o el ostracismo, al brillo y la opulencia comprados al precio de su conciencia y de su patriotismo. Unos cuantos indignos mexicanos, que antes habían medrado a la sombra del partido progresista, pero en cuyos crimi77

nales pechos había tal vez latido siempre el corazón de Judas, se dejaron arrastrar por la vanidad o la codicia, y se prestaron a tirar del dogal que debía acabar con el aliento de la patria. Fuera de estas tristes excepciones, más dignas de despreciarse que de sentirse, el gran partido nacional se mantuvo inflexible, y se abstuvo de toda participación que pudiera sancionar de algún modo los actos de la intervención y del gobierno intruso; causándoles con esta muda pero enérgica protesta una derrota constante que no pocas veces costó más y hubo menester, de parte de los combatientes pacíficos, más energía de carácter y un valor no menos grande y si más sostenido que el que se ha menester para presentarse en los campos de batalla. He aquí, señores, por qué, cuando el ejército francés huyó despavorido y abandonó su temeraria empresa, Maximiliano, que sabía por experiencia que no podía contar con el partido liberal, cualesquiera que fuesen las promesas con que quisiese atraérsele, y que no pudo tampoco resolverse a abandonar un trono que a pesar de sus espinas halagaba su vanidad y su ambición, se vio
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forzado a echarse en brazos de aquellos mismos a quienes poco antes había juzgado indignos de estar a su lado. Señores: aquí tocamos con la mano los acontecimientos a que me refiero; aquí oímos aún tronar el cañón que se dispara a la vez en Querétaro y en Puebla, en México y en Veracruz; aquí asistimos a ese último combate, en que nuestra patria obtendrá por fin el complemento indispensable de su independencia, la emancipación de la tutela de todo gobierno extraño. En efecto, no fue sólo la reacción y sus gastados generales; no fue el clero y sus desprestigiados jefes, lo que decidió al Archiduque a intentar este último esfuerzo; lo que sin duda pesó más en su ánimo, fue ese enjambre de extranjeros armados que Francia, Bélgica y Austria habían enviado para defensa de su candidato; fue esa falange de ministros diplomáticos y sus respectivos gabinetes, que prontos a calumniar a México cuando para ello medía su interés, han tenido voto decisivo en nuestras cuestiones y han sido hasta aquí el padrastro de todos los gobiernos, fundados en unos tratados leoninos arrancados a nuestra inexpe79

riencia y a nuestra vanidad y al deseo de conservar una paz que sólo para ellos existía. Al haber triunfado del príncipe aventurero y de estos elementos con que contaba todavía para su apoyo; al haber aplicado con justicia y severidad, pero sin encono ni pasión, el condigno castigo al principal cómplice de tantos crímenes, al que no vaciló en echar sobre sus hombros todo el peso de seis años de matanzas y de incendios, de devastaciones y de ruina, México ha cortado la última cabeza a la hidra venenosa que por tantos años había emponzoñado su existencia y ha asegurado su futuro reposo. Negando a Maximiliano el indulto que solicitó, ha podido creerse por algunos, principalmente de fuera del país, que el gobierno y la nación entera, que unánimemente aprobó su conducta, obraban con mayor severidad de la que su estricto deber exigía; ha podido sostenerse por algunos escritores más brillantes que profundos, que México pudo y debió perdonar al Archiduque, sin que por esto se comprometiese su tranquilidad, ni se diese mayor aliento al partido vencido. Sin duda, señores, el
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triunfo ha sido más grandioso y espléndido de lo que era preciso para que toda idea de un nuevo trono erigido en México sea desde luego desechada como una empresa de orates; sin duda, los Gutiérrez Estrada y los Almonte acabaron para siempre su infame papel y no serían ya escuchados aun cuando se propusiesen empezar de nuevo; sin duda, el clero y los restos del antiguo ejército están suficientemente desarmados para que la paz pública no tenga mucho que temer de estos irreconciliables pero impotentes enemigos; sin duda, el corazón de los mexicanos es bastante grande para que en él pueda caber, sin rebasarlo, el perdón generoso otorgado a un hijo de cien reyes, por más que éste se haya manifestado indigno de esa noble prosapia y se haya prestado a ser, si no el principal autor, por lo menos el principal instrumento de execrables atentados. Pero cuando se trata de autonomía de la nación, de su porvenir y de su independencia, cuando ha llegado el momento de sentar la clave de esa delicada construcción que se elabora hace ya 57 años, toda idea que no conduzca al fin deseado debe abandonarse, todo movimiento
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del corazón que nos desvíe del sendero y nos haga perder nuestro punto de mira, debe sofocarse. ¡Maximiliano humillado y perdonado por Juárez! ¡Un emperador viviendo por galardón de una República!… Es sin duda, un magnífico golpe de teatro en un melodrama; es un soberbio desenlace para una novela. Pero ni ese melodrama ni esa novela hubieran cimentado la paz de la República, ni afirmado la respetabilidad y completado la emancipación de la nación. Maximiliano desterrado en Europa, hubiera sido con su voluntad o sin ella, la bandera de todos los descontentos, la esperanza continua de los vencidos, el amago constante de la tranquilidad pública y el pábulo que mantuviese viva la llama secreta de la rebelión, pronta a la menor oportunidad, a encender de nuevo la guerra civil, como la encendió Santa Anna después de haber caído prisionero en Jico y recibido un generoso perdón… Maximiliano perdonado no hubiera creído jamás que debía su vida a la generosidad de México, sino al miedo a Francisco José o a la presión de los Estados Unidos.
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Maximiliano perdonado, después del insolente memorándum de Widembrok y de la inoportuna intromisión de Sevard, hubiera sido un perpetuo padrón de infamia para México y una prueba, que se habría creído irrecusable, de que vivía siempre bajo la tutela de las otras naciones. Maximiliano perdonado en los momentos en que, por ese memorándum y por esa intromisión de los Estados Unidos, estaba justamente sobreexcitado el sentimiento de la dignidad nacional, hubiera indudablemente provocado una escisión entre nuestros jefes y un grito de universal reprobación. Y ni México se habría rendido ni el país se habría pacificado. Que aquellos filántropos de gabinete, que han osado dar su fallo en contra de esa inevitable ejecución, echen una mirada sobre el país un mes después de llevarla a cabo y que nos digan con el corazón en los labios, si creen que con esa generosidad tan decantada se había obtenido una pacificación tan general y tan completa. ¡Ahora bien! ¿Sería posible vacilar un momento, entre el perdón de un delincuente y la pacificación de un pueblo?
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Dejemos a Francia y a Europa entera; dejemos, digo, a los gobiernos de Europa que vociferen y declamen contra un acontecimiento que pone sus tronos a merced de la democracia y que da el último golpe al derecho divino de las castas, a ese resto de las instituciones teocráticas; dejemos que, en la rabia de su impotencia y en la impotencia de su rabia, se desaten en improperios y calumnias contra una nación que, si ha sabido ser superior en la guerra que le obligaron a sostener, lo sabrá también ser en la paz que ha sabido conquistar. Conciudadanos: hemos recorrido a grandes pasos toda la órbita de la emancipación de México; hemos traído a la memoria todas las luchas y dolorosas crisis por que ha tenido que pasar, desde la que lo separó de España, hasta la que lo emancipó de la tutela extranjera que lo tenía avasallado. Hemos visto que ni una sola de esas luchas, que ni una sola de esas crisis, ha dejado de eliminar alguno de los elementos deletéreos que envenenaban la constitución social. Que del conjunto de esas crisis, dolorosas pero necesarias, ha resultado también, como por un pro84

grama que se desarrolla, el conjunto de nuestra plena emancipación y que es una aserción tan malévola como irracional, la de aquellos políticos de mala ley, que demasiado miopes o demasiado perversos, no quieren ver en esas guerras de progreso y de incesante evolución, otra cosa que aberraciones criminales o delirios inexplicables. Hemos visto que dos generaciones enteras se han sacrificado a esta obra de renovación y a la preparación indispensable de los materiales de reconstrucción . Mas hoy esta labor está concluida, todos los elementos de la reconstrucción social están reunidos; todos los obstáculos se encuentran allanados; todas las fuerzas morales, intelectuales o políticas que deben concurrir con su cooperación, han surgido ya. La base misma de este grandioso edificio está sentada. Tenemos esas leyes de Reforma que nos han puesto en el camino de la civilización, más adelante que ningún otro pueblo. Tenemos una Constitución que ha sido el faro luminoso al que, en medio de este tempestuoso mar de la invasión, se han vuelto todas las
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miradas y ha servido a la vez de consuelo y de guía a todos los patriotas que luchaban aislados y sin otro centro hacia el cual pudiesen gravitar sus esfuerzos; una Constitución que, abriendo la puerta a las innovaciones que la experiencia llegue a demostrar necesarias, hace inútil e imprudente, por no decir criminal, toda tentativa de reforma constitucional por la vía revolucionaria. Hoy la paz y el orden, conservados por algún tiempo, harán por sí solos todo lo que resta. Conciudadanos: que en lo de adelante sea nuestra divisa libertad, orden y progreso; la libertad como medio; el orden como base y el progreso como fin; triple lema simbolizado en el triple colorido de nuestro hermoso pabellón nacional, de ese pabellón que en 1821 fue en manos de Guerrero e Iturbide el emblema santo de nuestra independencia; y que, empuñado por Zaragoza el 5 de mayo de 1862, aseguró el porvenir de América y del mundo, salvando las instituciones republicanas. Que en lo sucesivo una plena libertad de conciencia, una absoluta libertad de exposición y de discusión, dando espacio a
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todas las ideas y campo a todas las inspiraciones, deje esparcir la luz por todas partes y haga innecesaria e imposible toda conmoción que no sea puramente espiritual, toda revolución que no sea meramente intelectual. Que el orden material, conservado a todo trance por los gobernantes y respetado por los gobernados, sea el garante cierto y el modo seguro de caminar siempre por el sendero florido del progreso y de la civilización. [Pronunciado en Guanajuato el 16 de septiembre del año de 1867]

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Decreto que incorpora las Leyes de Reforma a la Constitución de 1857
de Sebastián Lerdo de Tejada

Sebastián Lerdo de Tejada, presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, a sus habitantes, sabed: Que el Congreso de la Unión, ha decretado lo siguiente: El Congreso de los Estados Unidos Mexicanos, en ejercicio de la facultad que le concede el artículo 127 de la Constitución política promulgada el 5 de febrero de 1857 y previa la aprobación de la mayoría de las legislaturas de la República, declara: Son adiciones y reformas a la misma Constitución: Art. 1. El Estado y la Iglesia son independientes entre sí. El congreso no puede dictar leyes, estableciendo o prohibiendo religión alguna. 2. El matrimonio es un contrato civil. Éste y los demás actos del estado civil de las personas, son de la exclusiva competencia de los funcionarios y autoridades del orden civil, en los términos prevenidos por las leyes, y tendrán la fuerza y validez que las mismas les atribuyan.
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3. Ninguna institución religiosa puede adquirir bienes raíces ni capitales impuestos sobre éstos, con la sola excepción establecida en el artículo 27 de la Constitución. 4. La simple promesa de decir verdad y de cumplir las obligaciones que se contraen, sustituirá al juramento religioso con sus efectos y penas. 5. Nadie puede ser obligado a prestar trabajos personales sin la justa retribución y sin su pleno consentimiento. El Estado no puede permitir que se lleve a efecto ningún contrato, pacto o convenio que tenga por objeto el menoscabo, la pérdida o el irrevocable sacrificio de la libertad del hombre, ya sea por causa de trabajo, de educación o de voto religioso La ley en consecuencia no reconoce órdenes monásticas, ni puede permitir su establecimiento, cualquiera que sea la denominación u objeto con que pretendan erigir. Tampoco puede admitir convenio en que el hombre pacte su proscripción o destierro. [Septiembre 25, 1873]
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Plan de Tuxtepec
de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori

Los que suscriben considerando que la República Mexicana está regida por un gobierno que ha hecho del abuso un sistema político, despreciando las instituciones y haciendo imposible el remedio de tantos males por la vía pacífica; que el sufragio público se ha convertido en una farsa, que el Presidente y sus amigos por todos los medios reprobados hacen llegar a los puestos públicos a los que llaman sus candidatos oficiales, rechazando a todo ciudadano independiente; que de este modo se hace la burla más cruel a la democracia que secunda en la independencia de los poderes; que el Presidente y sus favoritos destituyen a arbitrio a los gobernadores entregando los Estados a sus amigos, como sucedió en Coahuila, Oaxaca, Querétaro y Yucatán; que sin consideración a los fueros de humanidad, se retiró a los Estados fronterizos la mezquina subvención que les servía para defenderse de los indios bárbaros; que el tesoro público se disipa en gastos de placer sin que el Gobierno haya llegado a presentar la cuenta de los fondos que maneja, a la Representación Nacional; que la administración de justicia se encuentra en la mayor prostitución, pues
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se constituye a los jueces de Distrito en agentes del Centro para oprimir a los Estados. Que el poder municipal ha desaparecido completamente, pues los ayuntamientos son ya simples dependientes del Gobierno para hacer elecciones; que los protegidos del Presidente perciben tres y hasta cuatro sueldos por los empleos que sirven con el agravio de la moral pública; que el depositario del Poder Ejecutivo se ha rodeado de presidiarios y asesinos que provocan, hieren y matan a los ciudadanos ameritados; que la instrucción pública se encuentra abandonada; que los fondos de ésta paran en manos de los favoritos del Presidente; que la creación del Senado obra de Lerdo de Tejada y sus favoritos para centralizar la acción Legislativa, importa el reto a todas las leyes; que la fatal Ley del Timbre, obra también de la misma funesta Administración no ha servido sino para extorsionar a los pueblos; que el país ha sido entregado a la Compañía Inglesa con la concesión del Ferrocarril de Veracruz, y el escandaloso convenio de las tarifas; que los excesivos fletes que se cobran han estancado
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el comercio nacional y la agricultura; que con el monopolio de esta línea se ha impedido que se establezcan otras, produciendo el desequilibrio del comercio en el interior, el aniquilamiento de todos los demás puertos de la República y la más espantosa miseria en todas partes; que el Gobierno ha otorgado a la misma compañía con pretextodel Ferrocarril de León, el privilegio para establecer loterías infringiendo la Constitución; que el Presidente y sus favoritos han pactado el reconocimiento de la enorme deuda inglesa mediante dos millones de pesos que se reparten por sus agencias; que ese reconocimiento además de inmoral es injusto porque a México nada se le indemniza por prejuicios causados en la Intervención; que a parte de esa infamia se tiene acordada de vender tal deuda a los Estados Unidos, lo cual equivale a vender el país a la nación vecina; que no merecemos el nombre de ciudadanos mexicanos, ni siquiera el de hombres, los quesigamos consintiendo en que estén al frente de la Administración los que así roban nuestro porvenir ynos venden al extranjero; que el mismo Lerdo de Tejada destruyó toda esperanza
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de buscar el remedio a tantos males en la paz creando las facultades extraordinarias y suspensión de garantías, para hacer de las elecciones una farsa criminal. En nombre de la sociedad ultrajada y del pueblo mexicano envilecido, levantamos el estandarte de la guerra contra nuestros comunes opresores, proclamando el siguiente:

Plan
Art. 1°. Son las leyes supremas de la República la Constitución de 1857, el acto de reforma promulgada en 25 de septiembre de 1873, y la ley de 14 de diciembre de 1874. Art. 2°. Tendrá el mismo carácter de ley suprema y la no reelección de Presidente de la República y Gobernadores de los Estados. Art. 3°. Se desconoce a don Sebastián Lerdo de Tejada, como Presidente de la República, y a todos los funcionarios y empleados puestos por él, así como a los nombrados en las elecciones de julio del año pasado.
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Art. 4°. Serán reconocidos todos los gobiernos de los Estados que se adhieran al presente plan. En donde esto no suceda se reconocerá interinamente como Gobernador al que nombre el Jefe de las Armas Art. 5°. Se harán elecciones para supremos poderes de la Unión a los dos meses de ocupada la Capital de la República y sin necesidad de nueva convocatoria. Las elecciones se harán con arreglo a las leyes de 12 de febrero de 1857 y 23 de octubre de 1872, siendo las primarias el primer domingo de ocupada la Capital, y las segundas el tercer domingo. Art. 6°. El Poder Ejecutivo se depositará mientras se hacen las elecciones, en el ciudadano que obtenga la mayoría de votos de los gobernadores de los Estados, y no tendrá más atribución que la meramente administrativa. Art. 7°. Reunido el 8° Congreso Constitucional, sus primeros trabajos serán: la reforma constitucional de que habla el artículo 2°; la que garantiza la independencia de los municipios, y
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la ley que de organización política al Distrito Federal y Territorio de Baja California. Art. 8°. Son responsables personal y pecunariamente, tanto por los gastos de la guerra como por los prejuicios causados a particulares, todos los que directa o indirectamente cooperen al sostenimiento de don Sebastián Lerdo de Tejada, haciéndose efectivas las penas desde el momento en que los culpables o sus intereses se hallen en poder de cualquiera fuerza perteneciente al Ejército Regenerador. Art. 9°. Los generales, jefes y oficiales que con oportunidad secunden el presente plan, serán reconocidos en sus empleos, grados y condecoraciones. Art. 10°. Se reconocerá como General en Jefe del Ejército Regenerador al ciudadano Porfirio Díaz. Art. 11°. Oportunamente se dará a conocer al General de la Línea de Oriente, a que pertenecemos; cuyo jefe gozará de las facultades extraordinarias en Hacienda y Guerra.

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Art. 12°. Por ningún motivo se podrá entrar en tratados con el enemigo, bajo pena de vida al que lo hiciere. [Dado en la Villa de Ojitlán, del Distrito de Tuxtepec, a 1° de enero de 1876. El Jefe: H. Sarmiento, Teniente Coronel L. Zafra, Teniente Coronel Lino Ferrer, Comandante A. Onofre, Capitán P. Carrera, Capitán de Caballería A. C. Sangines, Capitán M. García, Teniente Francisco Granados, Teniente J. E. Castillo, Subteniente A. Flores, Sargento Primero Julián Rivera, Capitán Petronilo Rodríguez, Subteniente Juan Castillo, Teniente E. García, Teniente Manuel Rubio, J. M. Sánchez, F. Mora, A. Morales, Santiago Castro, Sabino Contreras, Ignacio Olivares, Agustín Arenas, Juan González. Por los regidores, Juan González, Avelino Callejo, Isidoro Montes, Capitán Francisco Álvarez, Teniente Coronel Joaquín V. y Cano]

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Manifiesto contra Porfirio Díaz
de Santana Pérez y Filomeno Durán

Manifiesto contra Porfirio Díaz, exhortando al pueblo a seguir la revolución
Soldados mexicanos: Hoy nos dirigimos a vosotros en la confianza de que vamos a hablar con nuestros hermanos. Somos hijos de una misma madre, una es nuestra bandera, uno nuestro territorio, hablamos el mismo idioma y buscamos el mismo fin: el engrandecimiento de nuestra patria y nuestra mutua felicidad. ¿Por qué, pues, nos encontramos con las armas en la mano destrozándonos mutuamente? Porque los tiranos del pueblo son demasiado astutos para engañarnos. El Ejército en los países democráticos se compone de hombres libres, de ciudadanos que aman a su patria para que la defiendan de cuantos peligros la amenacen. Pero vosotros no empuñáis las armas por propia voluntad; vivíais tranquilos en vuestro pueblo al lado de vuestra madre y de
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vuestros hermanos; teníais una esposa que os cuidaba y unos hijos que os llenaban de cariño. De la noche a la mañana un capataz os llevó a la cárcel y después al cuartel, fuisteis pasados por cajas, y en nombre de vuestra Patria que os privó de vuestra libertad. Vuestra madre y hermanos quedaron abandonados, vuestra esposa e hijos no tienen protección. Desde entonces vivís en una cuadra hacinados como rastrojo y vigilados como ganado. ¿Es ésta la condición de los hombres libres que se sujetan a la disciplina militar? ¡No y mil veces no! ¿La patria exige esos sacrificios de vosotros? El que os priva de la libertad, el que os impide que viváis tranquilos al lado de vuestras familias no es la Patria; sino Porfirio Díaz, ese mal mexicano que ha hipotecado a México en los mercados extranjeros; ese hijo maldito que asesina a sus hermanos o los envilece. Vosotros, pues, empuñáis las armas para defender a un tirano despreciable; pero no para salvar a la Patria de ningún peligro.
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Nos encontramos frente a frente porque tratáis de defender una injusticia. Vosotros sóis la fuerza sostenida por un tirano que extorsiona a la Patria para pagaros un mezquino sueldo; nosotros somos la fuerza del derecho; pensamos lo que hacemos, nadie nos paga por empuñar las armas. Los imbéciles y los lacayos nos apellidan bandidos; pero nuestra conciencia nos da el hombre de patriotas, queremos vivir o morir libres; pero no ser esclavos. Hemos leído un libro que escribieron con su sangre nuestros padres. Allí se nos enseña a elegir a nuestros mandatarios por medio del sufragio libre; allí se nos enseña a pensar como ciudadanos y se nos eleva a la categoría de hombres libres. Ese libro se llama Constitución Política de 1857. Si el tirano que os paga para que nos matéis, gobernara con esa ley, nosotros estaríamos tranquilos cultivando la tierra y cuidando nuestras familias; pero vemos las injusticias que se come104

ten cada día, palpamos el peligro en que se encuentra la Patria y no hemos vacilado un momento en abandonar todo y lanzarnos al campo de batalla para defender los derechos de nuestro pueblo ultrajado. Soldados Mexicanos: Si queréis evitar el derramamiento de sangre poneos de parte de la Revolución. No es justo que nuestras madres queden desamparadas, nuestras esposas viudas y nuestros hijos huérfanos porque un tirano esté gozando y repartiendo los despojos de la Nación. Nosotros los revolucionarios defendemos un principio y buscamos la salvación de la Patria; vosotros defendéis a un hombre que os esclaviza y buscáis su propio engrandecimiento. ¡Abajo los tiranos! ¡Viva la Revolución y Viva Tomochi! Ahora pasamos a manifestar a la Nación entera los últimos acontecimientos del 14 de abril de 1893 hasta la fecha:
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Después de haber sido vencidos, ya sea por falta de recursos o mayor fuerza, hemos tenido que abandonar los puntos que ocupábamos, haciendo la salida y fuego en retirada, como a dos leguas del lugar y punto de sitio, lugar tuvieron los jefes y soldados de la ley para haber terminado a los sublevados, pasados aquellos acontecimientos debía de perseguírsenos y lograda la aprehensión consignarnos a una autoridad competente para que fuésemos juzgados con arreglo a la ley. Hemos visto que en el Periódico Oficial se da parte de haber muerto el número de cuarenta de los sublevados, lo que es incierto y a la vez un engaño: en la batalla de Santo Tomás no murieron más de 23. Ahora resulta que según la lista que tenemos a la vista el número de 31 hombres fusilados, asegurando que entre todos éstos cinco o seis eran culpables y todos los demás han sido inocentes. Si el tirano ha creído infundirnos temor convirtiéndose él y sus fuerzas en asesinos, es el contrario, cada día nos encontramos más ofendidos y no vacilamos en empuñar las armas y pro106

testamos exhalar el último aliento en defensa de nuestra Patria y hermanos. Oh, destino fatal, él te ha cegado y engendrado en tu pecho la malicia. Eres Nerón, Borgia, Caín, el hijo natural de la codicia y te has hecho, Porfirio, desgraciado, enemigo fatal de la justicia. ¡Muera Porfirio Díaz! ¡Viva la Constitución de 1857! [Noviembre de 1893]

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Discurso sobre inamovilidad judicial
de Justo Sierra

No, señores diputados, ninguna ligereza pudo haber en el señor Prieto [Guillermo]; ningún acto suyo podrá tomarse jamás como un acto de traición a la ley fundamental. El haber firmado la iniciativa en que se consultaba la independencia del Poder Judicial, suprema garantía de los derechos individuales, no será nunca, no será jamás un acto de traición a la Constitución de 1857. Puede retirarse tranquilo el señor Prieto a su hogar, y puede retirarse mañana a la tumba; cualesquiera que hayan sido sus actos, dos generaciones de mexicanos sabemos cuánto le debemos, e inclinados ante él con devoción filial, le veremos descender de aquí y llegar allá, seguros de que en dondequiera encontrará la inmortalidad y la gloria. Después de esta declaración que mi corazón me dictaba, entro, señores diputados, en materia. Soy yo, señores diputados, quien hace algunos meses dijo que el pueblo mexicano tenía hambre y sed de justicia; todo aquel que tenga el honor de disponer de una pluma, de una tribuna o
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de una cátedra, tiene la obligación de consultar la salud de la sociedad en que vive; y yo, cumpliendo con este deber, en esta sociedad, que tiene en su base una masa pasiva, que tiene en su cima un grupo de ambiciosos y de inquietos, en el bueno y en el mal sentido de la palabra, he creído que podría resumirse su mal íntimo en estas palabras tomadas del predicador de la montaña: “hambre y sed de justicia”. Ellas no son sino el eco del grito que se escapa de las entrañas del mundo moderno ante la intensidad profunda del malestar social. El espectáculo que presenta el fin de este siglo es indeciblemente trágico; bajo una apariencia espléndida, se encuentra tan profunda pena, que pudiera decirse qué la civilización humana ha hecho bancarrota, que la maravillosa máquina preparada con tantos años de labor y de lágrimas y de sacrificio, si ha podido producir el progreso, no ha podido producir la felicidad. Sí, señores, las palabras que yo he pronunciado pueden resumir el anhelo de Tolstoi en el fondo de la raza eslava, pidien111

do para los suyos pan, libertad y fe; por eso esas palabras pueden condensar la obra de George en los Estados Unidos, queriendo suprimir a un tiempo la miseria y la riqueza con la nacionalización de la propiedad territorial; esas palabras explican la obra del gran anciano Gladstone, abriendo una brecha a las instituciones seculares de Inglaterra para dar paso a la manumitida Irlanda; y esas palabras sintetizan la obra del santo anciano que se llama León XIII, que levanta su trémula y blanca figura entre el porvenir y el pasado, como queriendo hacer comulgar con una sola forma de justicia lo pasado y lo porvenir. Pertenezco, señores, a un grupo que no sabe, que no puede, que no debe eludir responsabilidades. No quiero que, dando a mis términos la generalidad que he indicado, pudiera decirse que las esquivo, no. Para reformar la Constitución, se nos ha dicho, es preciso resolver antes los grandes problemas sociales, económicos y políticos que están en pie. Mas los problemas políticos pueden reducirse al problema económico en último término, el problema
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económico queda implicado en el problema social, y el problema social está perfectamente formulado por el órgano que con más inteligencia y más ira ha sido nuestro adversario, con estas verídicas palabras: “Hay cuatro quintas partes de mexicanos que son parias en su propio suelo”. Pues si hay cuatro quintas partes de mexicanos que son parias, señores, esto quiere decir que hay cuatro quintas partes de mexicanos que no tienen derechos: quiere decir que una gran masa de la población mexicana no ha encontrado justicia todavía, quiere decir que el llamado a ejercer la justicia, que el juez, que el protector supremo de los derechos individuales, no ha tenido modo, no ha podido ejercer su santa misión. Entonces el problema social, lo mismo que el económico y lo mismo que el político se reducen a un problema sólo, a una cuestión de justicia, a ese problema al que nosotros venimos a intentar aquí darle solución. Pero entonces —nos pregunta una voz autorizada— ¿queréis decir que es mala la administración de justicia? Nosotros
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decimos que las condiciones en que se administra la justicia en nuestro país son pésimas. Precisamente cuando los jueces son buenos, precisamente cuando los jueces son probos, precisamente cuando no puede tener acceso en ellos ninguna pasión baja e inferior —y yo creo, y creo sinceramente que la mayoría de los jueces en este país se encuentran en esas condiciones—, precisamente si entonces, si a pesar de eso el mal social tiene las proporciones que nos ha denunciado el adversario a que aludí antes, debe inferirse que el mal es orgánico; para corregirlo hay que acudir a un remedio en el organismo mismo, y el organismo es la Constitución; lo que quiere decir que la Constitución debe reformarse. Esta convicción, señores diputados, fué el origen de la iniciativa que llevamos al seno de una agrupación reunida, hace algún tiempo, con el objeto de formular algunos de los votos del partido liberal; y los motivos que acabo de indicar, expuestos allí sinceramente, proporcionaron benévola acogida a la reforma sobre inamovilidad, que figura en el manifiesto de la Convención Nacional.
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¿Y cuál era el modo de llevar a término esta reforma? Mucho se ha hablado en contra de la inamovilidad. Nosotros habíamos recurrido a los que más sabían; nosotros habíamos, en ellos, encontrado una opinión unánime, habíamos leído a todos los grandes comentadores de la Constitución americana, y todos, y todos ellos, los más notables, Hamilton, Story, Marshall, todos nos recomendaban terminantemente como remedio único para obtener la independencia del Poder Judicial, el que ningún juez pudiera ser separado de su puesto, sino por acción de la justicia y nunca de otra manera. Fijaos bien, señores: aquí lo que debatimos, aquí lo que discutimos —y es necesario, lo repito, que los señores diputados lo tengan bien presente— no es precisamente la inamovilidad del Poder Judicial; este es el medio, el fin es la independencia del Poder Judicial; lo que aquí discutimos es si el Poder Judicial debe ser plenamente independiente en nuestro país, o no. Si tenéis alguna otra receta, si tenéis alguna otra fórmula que no sea la inamovilidad para obtener la independencia del
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Poder Judicial, ¿que esperáis? ¿por qué no la presentáis? Nosotros la adoptaríamos de buen grado; pero hasta ahora no se ha hablado de otra cosa: es el único recurso, el único medio: la inamovilidad. Sin la independencia de la justicia, señores diputados, no hay justicia, y sin la justicia no existe la base, no digo de las instituciones libres, ni aun de la sociedad misma; y cuando en un país, aunque se halle constituido por la forma republicana, no existe la justicia independiente, el gran jurisconsulto Story lo ha dicho: entonces no hay propiamente instituciones, la República se llama despotismo. Me diréis que nuestra situación no es esa. Señores: las garantías de la independencia del Poder Judicial consisten en nuestro país en una relación entre la honradez del juez y la honradez del jefe del Poder Público; ambas cosas son innegables; la primera está en nuestra conciencia, la segunda está en la conciencia de todos y la confirmará la historia; pero nosotros, señores diputados, que tenemos que legislar para lo porvenir, no podemos con116

sentir en dejar depositadas las garantías en las personas: es preciso ponerlas más alto, es preciso fijarlas para siempre en la ley. ¿Y queremos, señores, una prueba flagrante, gigantesca, irrefutable de que es enteramente lo mismo inamovilidad e independencia del Poder Judicial? Nuestros adversarios nos la han proporcionado. El orador ilustre que acaba de dejar la tribuna, en una de sus breves conclusiones la ha indicado someramente. El senador Raygosa, ante cuyo gran talento estoy acostumbrado a inclinarme desde las bancas del colegio, ha desarrollado esta objeción y la ha expuesto en uno de los periódicos de la capital; ella es muy grave, es formidable… en favor de la inamovilidad. ¿Cómo, se dice, es posible decretar la inamovilidad de los jueces y de los magistrados, dejando en sus manos esa arma que se llama la ley de amparo? ¿Qué es lo que se quiere significar con esto? El arma existe, el arma está en las manos de los magistrados, esa arma no es una arma, es un escudo, es el inquebrantable escudo del derecho individual.
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Al defender el derecho individual, al protegerlo ¿qué es lo que se protege, señores? La base y el objeto de las instituciones sociales, la base y el objeto de las instituciones libres. Vosotros, que os jactáis de constitucionalistas inflexibles, seréis los primeros que os consideréis obligados a proclamar aquí esta verdad: en la ley de amparo existe el resorte primero, la clave suprema de todo nuestro sistema constitucional. Entonces, si ahora tiene ese escudo el Poder Judicial, si ahora dispone de ese recurso supremo ¿qué es lo que le agregaría la inamovilidad? ¿por qué lo que no se teme ahora se temería entonces? ¡Ah, señores diputados!, somos hombres libres, tenemos todo el valor de nuestras opiniones, venimos aquí a inclinarnos respetuosamente ante la conciencia de los demás, y a exigir el respeto de nuestra conciencia; y por eso me permito preguntar ¿se intenta decir con eso, por ventura, que el día que haya inamovilidad en el Poder Judicial no será dependiente y podrá entonces hacer respetar la Constitución y los derechos individuales?
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No, señores, no retrocedamos ante esas consecuencias, si logramos efectivamente que el Poder Judicial sea independiente y que ocupe el lugar majestuoso que le corresponde. Ese día, señores diputados, nuestra democracia estaría hecha, nuestra democracia tendría una garantía; ese día podríamos ver tranquilos el porvenir; no constituiríamos, como decía el orador que acaba de bajar de la tribuna, una dictadura togada, constituiríamos la única dictadura normal que la Constitución quiere, la dictadura de la ley y de la justicia. Los que tengan miedo a esa dictadura no son dignos de pertenecer a un pueblo libre; no son dignos de sostener que han jurado guardar y hacer guardar la Constitución; ésos, señores, no pueden permanecer tranquilos en la representación nacional. Es preciso convenir que, tras de esa objeción cuya trascendencia, cuyo alcance evidentemente no han medido sus autores, está esta otra oposición: no hay que dejar en entera independencia el Poder Judicial Federal.
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Pero se agrega:“No toquéis nuestros ideales”. Señor, la bandera de la Constitución es la bandera de la patria; en largos años de sufrimientos y de martirios, el pueblo mexicano ha conquistado el derecho de identificar en un color solo de sangre y de gloria, los tres colores nacionales, para hacer de la República, de la Constitución y de la Reforma, una bandera sola. Ella contiene nuestros ideales, ellos son nuestra religión cívica, esa religión es el depósito sagrado que hemos recibido de nuestros padres, y ella constituirá el legado que transmitiremos a nuestros hijos. ¿Quién es el que ha podido decir que los constituyentes hicieron otra cosa que lo que pudieron, que lo que supieron, que lo que debieron? No, por cierto, el que ocupa esta tribuna. En medio de la azarosa lucha, de las terribles crisis en que nuestra Constitución fué promulgada, hicieron muy bien en colocar muy alto nuestros ideales, en levantarlos de modo que pudiera percibirlos como la luz de un faro el pueblo entero, en rodearlos de una especie de irradiación, de apoteosis, para que en120

frente de la bandera de guerra que en nombre de la religión se levantaba contra ella, se levantara también de una guerra santa, la bandera de la libertad y del derecho. Pero nuestros padres, señores, bien claro dijeron en el manifiesto que precede a la Constitución de 57, no quisieron ni pudieron querer jamás que estuviéramos arrodillados ante esos ideales, sino en marcha hacia ellos. ¿Cuáles eran los medios de alcanzarlos? Los artículos de la Constitución, los textos constitucionales. Los ideales eran la democracia y la libertad, es decir, la soberanía del pueblo y el derecho constitucional; los medios de obtener la realización de ambos ideales eran los textos que están sometidos a la discusión, que podían ser modificados con tal que nos acercaran a aquellos fines supremos. La prueba de que así fue, es que habiendo procedido los constituyentes de un principio abstracto, de un dogma puro, inmediatamente que se pusieron en contacto con la realidad en los artículos de la Constitución, supieron marcar las condiciones de
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vida para cada uno de esos principios políticos; quisieron amoldarlos en lo que les fue posible, en lo que creyeron conveniente, dado su criterio, a nuestro modo de ser. ¡La vida! Derecho supremo; pero en ciertos casos era permitida la expropiación. ¡La libertad! Derecho altísimo; pero la Constitución misma dice en qué casos puede ser permitida y en cuáles puede ser limitada, no sólo como ella dice, cuando se atacan los derechos de tercero, sino cuando se atacan los derechos de la sociedad. Así es que los constituyentes mismos han puesto en nuestras manos los recursos para acercarnos a lo que ellos llamaban el objeto y fin de las instituciones sociales; así es como nosotros no podemos menos de rechazar, con toda la energía de nuestra conciencia, el epíteto de infidentes que se nos ha arrojado como una especie de anatema, cuando traemos una modificación que no contraría, sino para los ofuscados o los ciegos, ninguno de los altos principios constitucionales. Sí, señores: nuestro empeño consiste en demostrar que no es incompatible la Constitución con la justicia independiente.
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Los que habéis intentado demostrar que la inamovilidad del Poder Judicial no tiene cabida en los artículos constitucionales, llegáis a la conclusión contraria: es imposible, es inútil querer introducir en la Constitución la justicia plenamente independiente. ¿Cómo es posible que con la justicia inamovible, es decir, con la justicia independiente, podamos llegar a realizar los altos ideales democráticos? Muchas contestaciones podían darse; pero para mí, profesor, maestro de escuela casi, hay una contestación, entre otras, que ha arrastrado mi voluntad y mi conciencia. Se trata de educar a nuestra democracia. Y ¿cómo se logrará esto? ¿Se educa a una democracia en la escuela? Bien sabéis que no, porque tenéis una gran masa de personas que, a pesar de haber ido a la escuela, hace alarde de despreciar las instituciones democráticas y jamás se acerca a las urnas electorales: no, no se educa la democracia con la escuela sola, la democracia se educa como se educa todo órgano: por el ejercicio.
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Para este ejercicio se necesita la protección de la justicia, y para que la justicia pueda proteger el ejercicio de la democracia es preciso que esté perfectamente independiente del poder, llámase el poder autoridad pública, o llámase el pueblo, o llámase el Presidente de la República. Sí, es preciso que sea enteramente libre; sólo de esta manera podrá proteger los derechos de la democracia; sólo de esta manera puede llenar la justicia esa altísima función educativa que es evidentemente la llamada a tener mayor trascendencia en nuestra historia política. Hombres que proclamáis la doctrina de que la experiencia es la base de toda convicción, de que la experiencia es lo único que puede proporcionarnos la verdad, el átomo de verdad a que puede aspirar el hombre, ¿por qué no habéis llamado [a] la experiencia en vuestro auxilio? ¿por qué habéis sido infieles a los métodos de vuestra escuela? ¿por qué habéis hablado en nombre de una teoría y no habláis en nombre de la historia, puesto que en la historia es en donde está condensada la experiencia? Así se nos
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habla y nosotros venimos a firmar en nombre de la escuela y hablar, señor, en nombre de la experiencia. Por cierto que la historia de la inamovilidad del Poder Judicial tiene páginas grandiosas. Os ruego que oigáis con benévola atención alguno de esos episodios. Cuando Felipe II carbonizaba las alas del pensamiento en las hogueras de la inquisición; cuando apelaba a todos los recursos para implantar en su país el más absoluto de los despotismos, el que se fundaba a un mismo tiempo en los derechos políticos y en los derechos divinos que le daba la religión, quiso llevar la mano hacia un hombre que le había sido personalmente infiel y sobre el cual parecía tener derecho indudable; entonces se interpuso ante el monarca absoluto, representante de Dios, y su venganza, un hombre, un juez inamovible, el justicia mayor de Aragón. El rey entonces destruyó al justicia y destruyó la institución; y en las gradas ensangrentadas del cadalso, en donde rodó la cabeza de Juan de Lanuza, rodaron al mismo tiempo la inamovilidad judicial y la libertad del pueblo español.
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Otros déspotas en otro país, en Inglaterra, habían arrodillado a sus pies la alta corte, la habían hecho amovible, como diríamos ahora; los magistrados y los jueces estaban sometidos a la revocación del rey, y cuando estuvieron los jueces arrodillados y los déspotas creyeron que podrían suprimir la institución, hubo un largo eclipse en la forma parlamentaria, el rey se creyó autorizado para decretar impuestos: decreta uno, y hubo un hombre, un ciudadano inglés, en un rincón del país, el inmortal Hampden, que levantó la voz y dijo: “Yo no pago este impuesto. Este impuesto no ha sido decretado por el parlamento, es un impuesto ilegal. Jueces de Inglaterra, resolved este caso”. Los jueces de Inglaterra resolvieron en contra del derecho, y entonces, señor, el pueblo inglés contestó a la sentencia de los magistrados vendidos con una revolución larga y terrible, que arrojó al cadalso al infeliz rey Carlos Estuardo y que no terminó hasta que la dinastía protestante se implantó definitivamente en Inglaterra; hasta que el parlamento decretó el famoso bill de los derechos; hasta que en la reforma quedó com126

prendida, como un triunfo de la nación, la inamovilidad del Poder Judicial. La revolución francesa… No voy, señores, a hacer ninguna especie de alusión a los jacobinos. Los jacobinos de la historia fueron los hombres enérgicos que, en virtud de principios absolutos, quisieron destruir todo lo pasado y que, o murieron, o se sometieron a Napoleón primero y vistieron en el Senado la librea imperial. No hay entre nosotros, señores, no hay en las filas del partido liberal quien en nuestro tiempo pueda apechugar con la aplicación de principios absolutos, ni quien sea capaz de vestir la librea de ningún tirano. La revolución francesa, decía yo, destruyó la inamovilidad del Poder Judicial y la destruyó por odio a las instituciones de lo pasado, y el Poder Judicial quedó sometido a la nación en teoría; en realidad quedó sometido a los partidos. De entonces data una serie de tribunales que confundían la justicia con la venganza, con las ignorancias y con las pasiones del pueblo. Gracias a ellos, la revolución francesa vistió esta túni127

ca de Neso, que se llama el terror, que impidió por cerca de un siglo el advenimiento de la República y que sólo ha podido arrancarse la Francia en las hogueras terribles de la invasión, en el incendio de París, para presentarse purificada ante el mundo con la justicia inamovible de sus leyes. Y mientras esto sucedía, la Corte de Justicia americana, inamovible, serena, dueña de su conciencia, superior a las pasiones, llevaba a cabo una obra tranquila, de infinita trascendencia, de importancia inconmensurable; organizaba la Constitución, la reducía a interpretaciones que hacían pasar los preceptos del derecho constitucional a la vida cotidiana y los introducían en la atmósfera misma que respiraba aquella sociedad: y es así como ha podido obtener esta altísima institución, este homenaje del gran jefe de partido tory inglés, Salisbury: “Sólo hay una cosa que más que su riqueza, más que su engrandecimiento, envidia el mundo a la nación americana: su Corte Suprema de Justicia.” Pero no nos basta la experiencia de las otras naciones, ¿por qué no venimos a nuestro país? ¿por qué no recurrimos a
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la experiencia que podemos haber recogido en nuestra propia historia? La hemos recogido. Hela aquí: la Constitución Federal de 24 decretó la inamovilidad del Poder Judicial. ¿Hay quien tenga una tacha que poner a los jueces que formaron entonces la Suprema Corte de Justicia de la Nación y que intentaron, en medio de nuestros trastornos, procurar realizar nuestros derechos? No, no ha habido una sola voz que se haya levantado en son de protesta contra ella. ¿Y cuándo la inamovilidad del Poder Judicial concluyó? Cuando el centralismo, cuando la primera Constitución conservadora, precisamente instituyendo lo que llamó “el poder conservador”, colocó a este poder sobre la Corte de Justicia y puso en manos de la autoridad pública los fueros y los derechos de la justicia inamovible. Es precisamente de la entronización del poder central de donde data el primer golpe certero que ha recibido, señores diputados, la inamovilidad del Poder Judicial. Después, la inamovilidad fué consignada en las Bases Orgánicas, en la otra Consti129

tución centralista; pero era una inamovilidad irrisoria que estaba sujeta a las órdenes del dictador Santa Anna, y este dictador desterraba y removía a los magistrados. Cuando en su última dictadura dos hombres honrados rehusaron recibir la Cruz de Guadalupe, el dictador los destituyó en virtud de sus facultades soberanas y dio con esto el golpe de muerte a la inamovilidad de la Corte de Justicia. Pero ¿por qué la Constitución de 57 se hizo eco de esta tradición centralista? Es fácil decirlo; no está precisamente el motivo en las razones débiles que en el constituyente se expusieron en contra de la inamovilidad, como la de haber procedido mal algún tribunal en dos o tres procesos; porque ¿hay. algún tribunal que no haya sido tachado de esto mismo? No fué esa la causa, no; fué otro principio, y basta la simple lectura del texto constitucional para adivinarlo. Los constituyentes quisieron radicar la vicepresidencia de la República en el seno de la Corte Judicial, y desde el momento en que la vicepresidencia de la República, que el presidente posible formaba parte de
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ese altísimo tribunal, era imposible que fuera inamovible, era necesario que entrara en la ley común de la rotación constante de la elección popular. Y ¿cuál es el hecho hoy, señores? El hecho es que desde que hemos entrado en una era de paz, que desde el instante que pueden vislumbrarse horas tranquilas y normales para nuestra organización política, de hecho el Poder Judicial va siendo inamovible. Voluntad del pueblo, influencia del poder, cualquiera que sea el factor, el resultado es éste: los poderes judiciales se renuevan en su personal muy poco a poco, muy lentamente, algunas veces no se renuevan; y es que se reconoce la bondad de la institución y que, con la experiencia y con la competencia unidas a la responsabilidad, pueda obtenerse evidentemente jueces que no estén sometidos más que a la justicia de los países en que se encuentran. Entonces, señor, ¿por qué no llevamos el hecho al derecho? Tened presente que es la conciencia del juez independiente en donde, como en un Tabor, se transfiguran los hombres en ciudadanos libres y los pueblos en democracias soberanas.
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¿Cuáles serán, señor, cuáles podrán ser los medios de realizar esta institución, de realizar esta reforma constitucional? Nos hará la Cámara la justicia de creer que no podíamos haber cometido con ella la enorme falta de respeto de haber traído una iniciativa que consultaba un sistema de nombramiento para los magistrados, sin haber revisado antes otros sistemas. Tuvimos en cuenta el primero de todos, el sistema de elección popular, aunque fuera por ese instinto de simetría que es propio de nuestro espíritu latino y que nos hacía ver como una especie de defecto el que dos de los poderes públicos tuvieran un origen distinto del otro poder. Pero hay una condición sine qua non, indispensable, que hubimos de tener en cuenta; y nos dijimos:“pero la elección popular, ¿es garantía de competencia? ¿podemos incidir en el error —¿me sería permitida esta palabra?— de nuestros constituyentes? Porque ellos tampoco se creyeron infalibles nunca; ellos mismos confesaron que podían haber cometido graves errores. ¿Vamos nosotros a creer que cometemos un pecado cada vez que
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nos encontremos en la Constitución con una infidencia para con la lógica y la verdad? No; pues fué un error decir que los jueces serán peritos en derecho a juicio de los electores. ¿Podemos decir esto, podemos decir que creemos efectivamente que los electores son capaces de decidir quiénes eran peritos en derecho? Pero, señor, este es asunto de sentido común, esto es imposible. Esto, en la ley fundamental, fué consecuencia del principio que fué forzoso aceptar en la Constitución; pero desde que no existe la vicepresidencia de la República en la Corte Superior, se nos dejaba libre, digámoslo así, este mismo cuerpo para poder ser transformado según los intereses del país. Y como la competencia es una condición especial para el juez, para el magistrado, ¿qué es lo que ha pasado? ¿qué es lo que sucederá? Que a pesar de decir la ley terminante competencia a juicio de los electores, los electores jamás podrán ser competentes para encontrar esa pericia, y siempre habrá un oráculo que les dicte los nombres de los competentes, y este oráculo, se133

ñores, significa nada menos que el falseamiento de las instituciones y la adulteración del sufragio popular. Con la elección de los magistrados, según la tenemos, hacemos indefinidamente posible este falseamiento; aun cuando la democracia mexicana esté enteramente constituida, jamás, si no es en el caso de una crisis política, el día en que la pasión de un partido quiera llevar a un magistrado a los altos escaños, entonces podría decirse que el sufragio era efectivo, que el sufragio era real; mas fuera de ese caso el pueblo no tomará nunca interés en la elección del magistrado, porque con su natural buen sentido se creerá incompetente para decir quiénes son los peritos, y dejará que otros hagan la elección de su lugar. Entonces, señores, recurrimos, como ha dicho perfectamente el órgano de las comisiones, recurrimos a las instituciones americanas; ¿a dónde habíamos de recurrir? Aquí empieza, señores, la historia de un crimen, aquí empezamos a cometer el gran delito, cuyos dos elementos son estos: imitación, falseamiento.
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Imitación, ¿por qué imitar a los americanos? Este reproche, señores, hacédselo a los constituyentes de 57. La Constitución de 57 en sus líneas fundamentales es enteramente lo mismo que la Constitución americana; y cuando nosotros nos encontramos con una democracia naciente, con una democracia en vía de formación, ¿qué mucho que recurramos a las instituciones de estabilidad que en los Estados Unidos han garantido suficientemente la consolidación de esa democracia? Esta clase de objeciones no es la primera vez que las oye un Congreso mexicano; hace algunos años que resonaron en esta tribuna; hace algunos años fueron expedidas aquí, con gran acopio de razones por los insignes oradores que combatieron la institución del Senado; sólo uno de ellos, el respetable actual presidente de esta Cámara, opuso ante la institución senatorial esta objeción, que era una objeción de buen sentido: “Aún no hemos hecho la experiencia de nuestra Constitución; experimentémosla”. Todos los demás dijeron: “Nos presentáis una reforma que envuelve un retroceso, nos presentáis una reforma que no es más
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que la imitación servil de la Constitución americana; allí sí podrá tener aplicación la ley, aquí no”. ¿Por qué la ley no ha de tener los mismos efectos aquí y allí, cuando forma parte de un mismo cuerpo de instituciones? Si esas instituciones son idénticas, es necesario buscar en ellas las formas que se apropian a las necesidades del país. Por eso, señores, ese elemento de nuestro gran crimen no podía hacer fuerza en nuestro ánimo y retraernos; por eso lo hacemos a un lado, por eso propusimos la imitación de la Constitución americana en cuanto a la designación, y dijimos que designe el Presidente de la República de acuerdo con el Senado. ¡Ah!, pero entonces —aquí entra el segundo elemento— falseáis los principios de la Constitución; entonces nuestra Corte de Justicia no emanará del pueblo. No, señor, no hay nada en nuestro régimen constitucional que pueda no emanar del pueblo; ¿qué, la Cámara popular, porque es nombrada por un grupo de electores, que es la mínima parte del pueblo, por eso no emana del pueblo?
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Que, cuando el Congreso erigido, según la Constitución, en Colegio Electoral, en caso de empate hace el nombramiento no sólo de los magistrados de la Suprema Corte de Justicia, sino del Presidente de la República, ¿estos poderes no emanan del pueblo? ¿Y por qué cuando a dos altos poderes, cuando a un poder que emana del pueblo entero, como es el Presidente de la República y al que representa el Poder Federal, como es el Senado, que queremos ponerlos de acuerdo para la designación de jueces que deben reunir determinadas condiciones de competencia, por qué decir entonces que en este caso no emanarán del pueblo? Pues señor, no nos entendemos. Si emanar es provenir mediata o inmediatamente, tan vienen del pueblo los señores diputados, como vendrían los magistrados de la Corte de Justicia en caso de ser designados por el Presidente de la República y el Senado. Pero hay otro elemento de la cuestión que es preciso tener presente, y que es esencialmente jurídico. Nosotros, los representantes del pueblo, el Presidente de la República, los miembros del Senado, tenemos un mandato; los encargados, los que
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reciben la investidura de ejercer la justicia, no reciben un mandato, reciben, como digo, una investidura. ¿Y por qué no reciben un mandato? Porque está en la esencia del mandato dar cuenta de él, y los magistrados no tienen que dar cuenta a nadie de sus fallos como jueces. Por eso no es posible equiparar el mandato con la investidura. Demasiado, señores, he cansado la atención de la Cámara, y voy a decir dos palabras para concluir. Nosotros, los de la escuela de los suficientistas, como nos ha llamado con impertinente gracia uno de nuestros compañeros de esta Cámara, no estamos, sin embargo, seguros de haber acertado, ni de haber llegado a la verdad; nosotros os pedimos, puesto que todos tenemos la convicción de que es preciso remediar un mal, os pedimos sencillamente medios, no palabras, nosotros proponemos uno; ¿cuál es el que proponéis vosotros? Lo repito, habéis confesado el mal, habéis confesado la enfermedad; hay una porción inmensa de mexicanos sin derechos;
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vamos a procurar que estos hombres obtengan esos derechos, que haya jueces para ellos; ¿cómo llegaremos a este resultado? Vuestra agrupación, señores, vuestra capilla no nos da cabida, es demasiado estrecha; cabéis allí y reináis vosotros; nosotros no podemos entrar; es la capilla del constitucionalismo absoluto y puro; nosotros somos los excomulgados, como los entredichos de la Edad Media habéis apagado para nosotros las velas del altar. Nuestra iglesia es más grande, allí no necesitamos velas, nos basta la luz: esa luz es la ciencia. Allí, decís, está el orgullo; no, señores; esa ciencia la conocéis mejor que nosotros. Nosotros no la hemos inventado; los libros están a vuestro alcance, sus métodos os son familiares; no queréis aplicarlos; nosotros hemos tenido la audacia de proponeros una aplicación. Pues bien, esta aplicación es la que discutimos aquí. Decid vosotros, en nombre de vuestra misteriosa fe, lo que podéis proponer en contra de esta desdichada ciencia positiva, es decir, humana, que nos ha traído a este debate.
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Un gran tribuno, que debe ser malo porque era positivista, León Gambetta, dijo que la política era el arte de las transacciones; y nosotros que no venimos aquí a cuestiones académicas, ni a procurar el triunfo de teorías, sino a discutir leyes, nos hemos tenido que someter a una transacción, y hemos resuelto apoyar el dictamen; y ya que no tuvimos la satisfacción de ver nuestra iniciativa adoptada por entero, nos hemos contentado con esa especie de rumor de aprobación que las comisiones unidas primera de justicia y primera de puntos constitucionales, han colocado al frente de sus conclusiones. Pero esas conclusiones contienen el principio de inamovilidad; ese principio de inamovilidad, señores diputados, será un dique que desvíe la corriente de falsedad que mina, que disuelve los cimientos de nuestras instituciones, y que las hace aparecer como esos magníficos edificios construidos por los arquitectos del siglo pasado, que estamos viendo hundirse a nuestra vista. La Constitución es nuestra arca santa; si ella contiene en tablas de piedra los textos legales, saquemos esas tablas del arca,
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demos vida a esos textos, porque, como dijo la Escritura: “La letra mata, el espíritu vivifica.”Infundámosle el espíritu de los métodos modernos, dejémosles asimilarse a la vida misma y al organismo entero de nuestro país. Esa arca hace tiempo que anda por los campos de los filisteos; es preciso que venga a otras manos, y de allí pase a la generación nueva, cuyos pasos viriles y presurosos sentimos a nuestra espalda. Con esa aprobación, señores diputados, habréis hecho una grande obra de trascendental importancia: habréis prestado un gran servicio a la patria, habréis devuelto a su espíritu la confianza en el derecho, y habréis arrancado de su corazón el miedo al porvenir. [Pronunciado en la Cámara de Diputados, el 12 de diciembre de 1893]

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Plan de San Luis
de Francisco I. Madero González

Los pueblos, en su esfuerzo constante porque triunfen los ideales de la libertad y justicia, se ven precisados en determinados momentos históricos a realizar los mayores sacrificios. Nuestra querida patria ha llegado a uno de esos momentos: una tiranía que los mexicanos no estábamos acostumbrados a sufrir, desde que conquistamos nuestra independencia, nos oprime de tal manera, que ha llegado a hacerse intolerable. En cambio de esta tiranía se nos ofrece la paz, pero es una paz vergonzosa para el pueblo mexicano porque no tiene por base el derecho, sino la fuerza; porque no tiene por objeto el engrandecimiento y prosperidad de la patria, sino enriquecer un pequeño grupo que, abusando de su influencia, ha convertido los puestos públicos en fuente de beneficios exclusivamente personales, explotando sin escrúpulo las concesiones y contratos lucrativos. Tanto el Poder Legislativo como el Judicial están completamente supeditados al Ejecutivo; la división de los poderes, la soberanía de los Estados, la libertad de los ayuntamientos y los derechos del ciudadano, sólo existen escritos en nuestra Carta Mag144

na; pero de hecho, en México casi puede decirse que reina contantemente la ley marcial; la justicia, en vez de impartir su protección al débil, sólo sirve para legalizar los despojos que comete el fuerte; los jueces, en vez de ser los representantes de la justicia, son agentes del Ejecutivo, cuyos intereses sirven fielmente; las Cámaras de la Unión, no tienen otra voluntad que la del dictador; los gobernadores de los Estados son designados por él, y ellos, a su vez, designan e imponen de igual manera las autoridades municipales. De esto resulta que todo el engranaje administrativo, judicial y legislativo, obedecen a una sola voluntad, al capricho del General Porfirio Díaz, quien en su larga administración, ha demostrado que el principal móvil que lo guía es mantenerse en el poder y a toda costa. Hace muchos años se siente en toda la República profundo malestar, debido a tal régimen de gobierno, pero el general Díaz, con gran astucia y perseverancia, había logrado aniquilar todos los elementos independientes, de manera que no era posible or145

ganizar ninguna clase de movimiento para quitarle el poder de que tan mal uso hacía. El mal se agravaba constantemente, y el decidido empeño del general Díaz de imponer a la nación un sucesor, y siendo éste el señor Ramón Corral, llevó ese mal a su colmo y determinó que muchos mexicanos, aunque carentes de reconocida personalidad política, puesto que había sido imposible labrársela durante 36 años de dictadura, nos lanzáramos a la lucha, intentando reconquistar la soberanía del pueblo y sus derechos, en el terreno netamente democrático. Entre otros partidos qye tendían al mismo fin, se organizó el Partido Nacional Antirreeleccionista proclamando los principios de sufragio efectivo y no reelección, como únicos capaces de salvar a la República del inminente peligro con que la amenazaba la prolongación de una dictadura cada día más onerosa, más despótica y más inmoral. El pueblo mexicano secundó eficazmente a ese partido y respondiendo al llamado que se le hizo, mandó a sus reprsentantes a una Convención, en la que también estuvo representado el
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Partido Nacional Democrático, que asimismo interpretaba los anhelos populares. Dicha Convención designó sus candidatos para la presidencia y vicepresidencia de la República, recayendo esos nombramientos en el señor doctor Francisco Vázquez Gómez y en mí para los cargos respectivos de vicepresidente y presidente de la República. Aunque nuestra situación era sumamente desventajosa porque nuestros adversarios contaban con todo el elemento oficial, en el que se apoyaban sin escrúpulos, creímos de nuestro deber, para servir la causa del pueblo, aceptar tan honrosa designación. Imitando las sabias costumbres de los países republicanos, recorrí parte de la República haciendo un llamamiento a mis compatriotas. Mis giras fueron verdaderas marchas triunfales, pues por dondequiera el pueblo, electrizado por las palabras mágicas de Sufragio efectivo y no reelección, daba pruebas evidentes de su inquebrantable resolución de obtener el triunfo de tan salvadores principios. Al fin, llegó un momento en que el general Díaz se dió cuenta de la verdadera situación de la República, y comprendió
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que no podía luchar ventajosamente conmigo en el campo de la democracia, y me mandó reducir a prisión antes de las elecciones, las que se llevaron a cabo excluyendo al pueblo de los comicios por medio de la violencia, llenando las prisiones de ciudadanos independientes y cometiendo los fraudes más desvergonzados. En México, como República democrática, el poder político no puede tener otro origen ni otra base que la voluntad nacional, y ésta no puede ser supeditada a fórmulas llevadas a cabo de un modo fraudulento. Por este motivo el pueblo mexicano ha protestado contra la ilegalidad de las últimas elecciones; y queriendo emplear sucesivamente todos los recursos que ofrecen las leyes de la República, en la debida forma, pidió la nulidad de las elecciones ante la Cámara de Diputados, a pesar de que no reconocía a dicho cuerpo un origen legítimo y de que sabía de antemano que no siendo sus miembros representantes del pueblo, sólo acatarían la voluntad del general Díaz, a quien exclusivamente deben su investidura.
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En tal estado de cosas, el pueblo que es el único soberano, también protestó de un modo enérgico contra las elecciones en imponentes manifestaciones llevadas a cabo en diversos puntos de la República, y si éstas no se generalizaron en todo el territorio nacional, fue debido a la terrible presión ejercida por el gobierno que siempre ahoga en sangre cualquier manifestación democrática, como pasó en Puebla, Veracruz, Tlaxcala, México y otras partes. Pero esta situación violenta e ilegal no puede subsistir más. Yo he comprendido muy bien que si el pueblo me ha designado como un candidato para la presidencia, no es porque yo haya tenido la oportunidad de descubrir en mí las dotes del estadista o del gobernante, sino la virilidad del patriota resuelto a sacrificarse si es preciso, con tal de conquistar la libertad y ayudar al pueblo a librarse de la odiosa tiranía que lo oprime. Desde que me lancé a la lucha democrática sabía muy bien que el general Díaz no acataría la voluntad de la nación, y el noble pueblo mexicano, al seguirme a los comicios, sabía también
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perfectamente el ultraje que le esperaba; pero a pesar de ello, el pueblo dió para la causa de la libertad un numeroso contingente de mártires cuando éstos eran necesarios, y con admirable estoicismo concurrió a las casillas a recibir toda clase de vejaciones. Pero tal conducta era indispensable para demostrar al mundo entero que el pueblo mexicano está apto para la democracia, que está sediento de libertad, y que sus actuales gobernantes no responden a sus aspiraciones. Además, la actitud del pueblo antes y durante las elecciones, así como después de ellas, demuestra claramente que rechaza con energía al gobierno del general Díaz y que si se hubieran respetado esos derechos electorales, hubiese sido yo electo para la presidencia de la República. En tal virtud y haciéndome eco de la voluntad nacional, declaro ilegales las pasadas elecciones y quedando por tal motivo la República sin gobernantes legítimos, asumo provisionalmente la presidencia de la República, mientras el pueblo designa conforme a la ley sus gobernantes. Para lograr este objeto es preciso arrojar
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del poder a los audaces usurpadores que por todo título de legalidad ostentan un fraude escandaloso e inmoral. Con toda honradez declaro que consideraría una debilidad de mi parte y una traición al pueblo que en mi ha depositado su confianza, no ponerme al frente de mis conciudadanos, quienes ansiosamente me llaman, de todas partes del país, para obligar al general Díaz, por medio de las armas, a que respete la voluntad nacional. El gobierno actual, aunque tiene por origen la violencia y el fraude, desde el momento en que ha sido tolerado por el pueblo, puede tener para las naciones extranjeras ciertos títulos de legalidad hasta el 30 del mes entrante en que expiran sus poderes; pero como es necesario que el nuevo gobierno dimanado del último fraude no pueda rcibirse ya del poder, o por lo menos se encuentre con la mayor parte de la nación protestando con las armas en la mano, contra esa usurpación, he designado el domingo 20 del entrante noviembre, para que de las seis de la tarde en adelante, en todas las poblaciones de la República se levanten en armas bajo el siguiente
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Plan
1° Se declaran nulas las elecciones para presidente y vicepresidente de la República, Magistrados a la Suprema Corte de la nación y diputados y senadores, celebradas en junio y julio del corriente año. 2° Se desconoce al actual gobierno del general Díaz, así como a todas las autoridades cuyo poder debe dimanar del voto popular, porque además de no haber sido electas por el pueblo, han perdido los pocos títulos que podían tener de legalidad, cometiendo y apoyando con los elementos que el pueblo puso a su disposición para la defensa de sus intereses, el fraude electoral más escandaloso que registra la historia de México. 3° Para evitar, hasta donde sea posible, los trastornos inherentes a todo movimiento revolucionario, se declaran vigentes, a reserva de reformar oportunamente por los medios constitucionales, aquellas que requieran reformas, todas las leyes promulgadas por la actual administración y sus reglamentos respecti152

vos, a excepción de aquellas que manifiestamente se hallen en pugna con los principios proclamados en este Plan. Igualmente se exceptúan las leyes, fallos de tribunales y decretos que hayan sancionado las cuentas y manejos de fondos de todos los funcionarios de la administración porfirista en todos los ramos; pues tan pronto como la revolución triunfe, se iniciará la formación de comisiones de investigación para dictaminar acerca de las responsabilidades en que hayan podido incurrir los funcionarios de la federación, de los Estados y de los municipios. En todo caso serán respetados los compromisos contraídos por la administración porfirista con gobiernos y corporaciones extranjeras antes del 20 del entrante. Abusando de la Ley de Terrenos Baldíos, numerosos propietarios en su mayoría indígenas, han sido despojados de sus terrenos, por acuerdo de la Secretaría de Fomento, o por fallos de los tribunales de la República. Siendo en toda justicia restituir a sus antiguos poseedores los terrenos de que se les despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetas a revisión tales dis153

posiciones y fallos y se les exigirá a los que los adquirieron de un modo tan inmoral, o a sus herederos, que los restituyan a sus primitivos propietarios, a quienes pagarán también una indemnización por los perjuicios sufridos. Sólo en el caso de que esos terrenos hayan pasado a tercera persona antes de la promulgación de este Plan, los antiguos propietarios recibirán indemnización de aquellos en cuyo beneficio se verificó el despojo. 4° Además de la Constitución y leyes, se declara Ley Suprema de la República el principio de no reelección del presidente y vicepresidente de la República, de los gobernadores de los Estados y de los presidentes municipales, mientras se hagan las reformas constitucionales respectivas. 5° Asumo el caracter de presidente provisional de los Estados Unidos Mexicanos con las facultades necesarias para hacer la guerra al gobierno usurpador del general Díaz. Tan pronto como la capital de la República y más de la mitad de los Estados de la federación, estén en poder de las fuerzas del pueblo, el presidente provisional convocará a elecciones ge154

nerales extraordinarias para un mes después y entregará el poder al presidente que resulte electo, tan luego como sea conocido el resultado de la elección. 6° El presidente provisional, antes de entregar el poder, dará cuenta al Congreso de la Unión, del uso que haya hecho de las facultades que le confiere el presente Plan. 7° El día 20 de noviembre, desde las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan. Los pueblos que estén retirados de las vías de comunicación, lo harán desde la víspera. 8° Cuando las autoridades presenten resistencia armada, se les obligará por la fuerza de las armas a respetar la voluntad popular, pero en este caso las leyes de la guerra serán rigurosamente observadas, llamándose especialmente la atención sobre las prohibiciones relativas a no usar balas explosivas ni fusilar a los prisioneros. También se llama la atención respecto al deber de todo mexicano de respetar a los extranjeros en sus personas e intereses.
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9° Las autoridades que opongan resistencia a la realización de este Plan serán reducidas a prisión para que se les juzgue por los tribunales de la República cuando la revolución haya terminado. Tan pronto como cada ciudad o pueblo recobre su libertad, se reconocerá como autoridad legítima provisional, al principal Jefe de las armas con facultad de delegar sus funciones en algún otro ciudadano caracterizado, quien será confirmado en su cargo o removido por el gobierno provisional. Una de las principales medidas del gobierno provisional será poner en libertad a todos los presos políticos. 10° El nombramiento de Gobernador provisional de cada Estado que haya sido ocupado por las fuerzas de la revolución, será hecho por el presidente provisional. Este Gobernador tendrá la estricta obligación de convocar elecciones para Gobernador constirucional del Estado, tan pronto como sea posible, a juicio del presidente provisional. Se exceptúan los Estados que de dos años a esta parte han sostenido campañas democráticas para cambiar de gobierno, pues en éstos se considerará como gober156

nador provisional al que fue candidato del pueblo, siempre que se adhiera activamente a este Plan. En caso de que el presidente provisional no haya hecho el nombramiento de Gobernador, que este nombramiento no haya llegado a su destino o bien que el agraciado no aceptara por cualquier circunstancia, entonces el gobernador será designado por votación de todos los jefes de las armas que operen en el territorios del Estado respectivo, a reserva de que su nombramiento sea ratificado por el presidente provisional tan pronto como sea posible. 11° Las nuevas autoridades dispondrán de todos los fondos que se encuentren en todas las oficinas públicas, para los gastos ordinarios de la administración; para los gastos de la guerra contratarán empréstitos, voluntarios o forzosos. Estos últimos sólo con ciudadanos o instituciones nacionales. De estos empréstitos se llevará una cuenta escrupulosa y se otorgarán recibos en debida forma a los interesados, a fin de que al triunfar la revolución se les restituya lo prestado.
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Transitorios
A. Los jefes de las fuerzas revolucionarias tomarán el grado que corresponda al número de fuerzas a su mando. En caso de operar fuerzas voluntarias y militares unidas, tendrá el mando de ellas el jefe de mayor graduación, pero en caso de que ambos jefes tengan el mismo grado, el mando será del jefe militar. Los jefes civiles disfrutarán de dicho grado mientras dure la guerra, y una vez terminada, esos nombramientos, a solicitud de los interesados, se revisarán por la Secretaría de Guerra, que los ratificará en su grado o los rechazará, según sus méritos. B. Todos los jefes, tanto civiles como militares, harán guardar a sus tropas la más estricta disciplina, pues ellos serán responsables ante el gobierno provisional, de los desmanes que cometan las fuerzas a su mando, salvo que justifiquen no haberles sido posible contener a sus soldados y haber impuesto a los culpables el castigo merecido. Las penas más severas serán aplicadas a los soldados que saqueen una población o que maten a prisioneros indefensos.
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C. Si las fuerzas o autoridades que sostienen al general Díaz fusilan a los prisioneros de guerra, no por eso y como represalias se hará lo mismo con los de ellos que caigan en nuestro poder; pero en cambio serán fusilados dentro de las veinticuatro horas y después de un juicio sumario, las autoridades civiles o militares al servicio del general Díaz, que una vez estallada la revolución hayan ordenado, dispuesto en cualquier forma, transmitido la orden o fusilado a alguno de nuestros soldados. De esa pena no se eximirán ni los más altos funcionarios, la única excepción será el general Díaz y sus Ministros, a quienes en caso de ordenar dichos fusilamientos o permitirlos, se les aplicará la misma pena, pero después de haberlos juzgado por los tribunales de la República, cuando ya haya terminado la revolución. En el caso de que el general Díaz disponga que sean respetadas las leyes de la guerra, y que se trate con humanidad a los prisioneros que caigan en sus manos, tendrá la vida salva; pero de todos modos deberá responder ante los tribunales de cómo
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ha manejado los caudales de la nación, de cómo ha cumplido con la ley. D. Como es requisito indispensable en las leyes de la guerra que las topas beligerantes lleven algún uniforme o distintivo y como será dificil uniformar a las numerosas fuerzas del pueblo que van a tomar parte en la contienda, se adoptará como distintivo de todas las fuerzas libertadoras, ya sean voluntarias o militares, un listón tricolor, en el tocado o en el brazo. Conciudadanos: si os convoco para que toméis las armas y derroquéis al gobierno del general Díaz, no es solamente por el atentado que cometió durante las últimas elecciones, sino para salvar a la patria del porvenir sombrío que le espera continuando bajo su dictadura y bajo el gobierno de la nefanda oligarquía científica, que sin escrúpulo y a gran prisa están absorbiendo y dilapidando los recursos nacionales, y si permitimos que continúe en el poder, en un plazo muy breve habrán completado su obra; habrán llevado al pueblo a la ignominia y lo habrán envilecido; le habrán chupado todas sus riquezas y dejado en la más
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absoluta miseria; habrán causado la bancarrota de nuestra patria, que débil, empobrecida y maniatada, se encontrará inerme para defender sus fronteras, su honor y sus instituciones. Por lo que a mí respecta, tengo la conciencia tranquila y nadie podrá acusarme de promover la revolución por miras personales, pues está en la conciencia nacional que hice todo lo posible para llegar a un arreglo pacífico y font color=”red”>estuve dispuesto hasta a renunciar de mi candidatura siempre que el general Díaz hubiese permitido a la nación designar aunque fuese al vicepresidente de la República; pero, dominado por incomprensible orgullo y por unaudita soberbia, desoyó la voz de la patria y prefirió precipitarla en una revolución antes que ceder un ápice, antes de devolver al pueblo un átomo de sus derechos, antes de cumplir aunque fuese en las postrimerías de su vida, parte de las promesas que hizo en La Noria y Tuxtepec. Él mismo justificó la presente revolución cuando dijo: Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder y esta será la última revolución.
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Si en el ánimo del general Díaz hubiesen pesado más los intereses de la patria que los sórdidos intereses de él y sus consejeros, hubiera evitado esta revolución, haciendo algunas concesiones al pueblo; pero ya que no lo hizo… ¡tanto mejor!, el cambio será más rápido y más radical, pues el pueblo mexicano, en vez de lamentarse como un cobarde, aceptará como un valiente el reto, y ya que el general Díaz pretende apoyarse en la fuerza bruta para imponerle un yugo ignominioso, el pueblo recurrirá a esa misma fuerza para sacudir ese yugo, para arrojar a ese hombre funesto del poder y para reconquistar su libertad. Sufragio efectivo, no reelección [San Luis Potosí, octubre 5 de 1910]

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Carta abierta a don Francisco I. Madero
de Luis Vicente Cabrera Lobato

Muy distinguido y estimado amigo: Las circunstancias especiales en que usted se ha encontrado desde hace cerca de seis meses, y mi intención de conservarme siempre dentro de la ley, me habían hecho cortar toda comunicación con usted, Mas ahora que por actos expresos y deliberados del gobierno del general Díaz ha pasado usted oficialmente de la categoría de delincuente a la de caudillo político, aprovecho la ocasión para dirigirle las presentes líneas en público, con el objeto de contribuir en la medida de mis fuerzas al restablecimiento de la paz. No puedo ni quiero discutir si hizo usted bien o mal en levantarse en armas para sostener los principios de no-reelección y de efectividad del sufragio; eso es de la incumbencia de la historia, y cualquier juicio que yo anticipara, correría el riesgo de parecer apología de un hecho reprobado por la ley. Básteme decir que la Revolución es un hecho, que el movimiento iniciado por usted en Chihuahua se ha convertido en un gran sacudimiento nacional; que el país se halla casi por completo envuelto en una
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conflagración más poderosa y más vasta de lo que usted mismo pudo suponer o esperar; y que al comprender que esta Revolución amenazaba tornarse irrefrenable, todos los mexicanos nos hemos puesto a trabajar para apagarla. Todos hemos sentido las consecuencias de la Revolución; pero nos hemos resignado a sufrirlas en la esperanza de que trajera consigo algunos bienes en medio de tantos males. Usted, señor Madero, tiene contraída una inmensa responsabilidad ante la Historia, no tanto por haber desencadenado las fuerzas sociales, cuanto porque al hacerlo, ha asumido usted implícitamente la obligación de restablecer la paz y el compromiso de que se realicen las aspiraciones que motivaron la guerra, para que el sacrificio de la Patria no resulte estéril. Desde hace algún tiempo venía mirándose que el único medio de que disponía el gobierno del general Díaz para restablecer la paz era el de una transacción con los elementos revolucionarios. Pero precisamente al saber que por fin se concertaba un armisticio y que se iniciaban pláticas para discutir las bases
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de la paz, aun los más serenos dejaron escapar un movimiento de ansiedad y la expectación pública alcanzó su máxima tensión, porque se comenzó a comprender que lo que usted va a defender en las conferencias de paz no son precisamente las pretensiones de la Revolución, sino principalmente la suerte de nuestras libertades políticas. Las revoluciones son siempre operaciones dolorosísimas para el cuerpo social; pero el cirujano tiene ante todo el deber de no cerrar la herida antes de haber limpiado la gangrena. La operación, necesaria o no, ha comenzado; usted abrió la herida y usted está obligado a cerrarla; pero guay de usted, si acobardado ante la vista de la sangre o conmovido por los gemidos de dolor de nuestra Patria cerrara precipitadamente la herida sin haberla desinfectado y sin haber arrancado el mal que se propuso usted extirpar, el sacrificio habría sido inútil y la historia maldecirá el nombre de usted, no tanto por haber abierto la herida, sino porque la Patria seguiría sufriendo los mismos males que ya daba por curados y continuaría además expuesta a recaídas cada vez
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más peligrosas, y amenazada de nuevas operaciones cada vez más agotantes y cada vez más dolorosas. En otros términos, y para hablar sin metáforas: usted que ha provocado la Revolución, tiene el deber de apagarla; pero guay de usted si asustado por la sangre derramada, o ablandado por los ruegos de parientes y de amigos, o envuelto por la astuta dulzura del Príncipe de la Paz, o amenazado por el yanqui, deja infructuosos los sacrificios hechos. El país seguiría sufriendo de los mismos males, quedaría expuesto a crisis cada vez más agudas, y una vez en el camino de las revoluciones que usted le ha enseñado, querría levantarse en armas para la conquista de cada una de las libertades que dejara pendientes de alcanzar. La Revolución debe concluir; es necesario que concluya pronto, y usted debe ayudar a apagarla; pero a apagarla definitivamente y de modo que no deje rescoldos. En todo el país hay muchos millares de hombres que, como yo, son fervientes y sinceros partidarios de la paz, supuesto que a pesar de estar convencidos de la esterilidad de los esfuerzos he167

chos dentro de la ley para la conquista de las libertades, y no obstante las vejaciones y persecuciones políticas que han sufrido, han permanecido sin embargo firmes en su deliberado propósito de no levantarse en armas. Estos son los que constituyen esa opinión pública pacífica, pero omnipotente, a la cual debe la Revolución su fuerza y ante la cual ha tenido que doblegarse la inquebrantable voluntad del general Díaz. Mis palabras no son más que la traducción del sentir y del modo de pensar de esa opinión pública pacífica, que no por no haberse levantado en armas deja de tener derecho a hacer oír su voz ante los que están discutiendo el porvenir de la Nación. En nombre de esa opinión pública dirijo a usted la presente para exhortarlo a que reflexione detenida y honradamente sobre lo que está a punto de hacer. El objeto de las negociaciones de paz, emprendidas entre usted y el gobierno del general Díaz, es, como su mismo nombre lo indica, el restablecimiento de la tranquilidad del país; pero esa tranquilidad no debe ser transitoria, sino definitiva.
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Ahora bien, los propósitos de pacificación pueden frustrarse de dos maneras: o por falta de acuerdo para llegar a una transacción o por ineficacia de los remedios que se aceptan como buenos. La ruptura del armisticio y la reanudación de las hostilidades será un mal sensible; pero tal vez sea más grave no lograr la paz más que a medias en algunos lugares o sólo por poco tiempo. Para lograr la paz de un modo definitivo se necesita dar satisfacción a las necesidades nacionales, no sólo a las expresadas por la Revolución, sino también a las no definidas por ella; pero que la opinión pública señala, y que constituyen las causas de desacuerdo entre el general Díaz y el pueblo. Se cree generalmente que la Revolución está obligada a conformarse con un mínimo de concesiones, y así debe ser en efecto; pero tratándose no ya de contentar las pretensiones de la rebelión misma, sino de dar satisfacción a las necesidades nacionales, cuanto más exigentes se muestren los representantes de la
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Revolución, y cuanto más liberal se muestre el gobierno del general Díaz, tanto más firme y duradera será la paz obtenida; mientras que, por el contrario, cuanto más condescendientes se muestren los comisionados revolucionarios, o cuanto más mezquino y avaro de libertades y reformas se muestre el general Díaz, tanto más probable será que no se restablezca enteramente la paz, o que si se restablece, sea sólo transitoriamente y dejando en pie la causa de perturbaciones futuras. Las condiciones de una transacción entre el general Díaz y usted, para ser eficaces, deben abarcar, pues, tres puntos principales: 1° Las exigencias de la Revolución misma. 2° Las necesidades del país. 3° Las garantías que ofrezca el Gobierno de cumplir con sus compromisos. Las exigencias de la Revolución, a saber: amnistías, indemnizaciones, condiciones de sumisión, forma de disolución y de desarme, etc., etc., deben atenderse con moderación pero tenien170

do en cuenta las condiciones especiales de cada región levantada. Sólo así podrá usted estar seguro de apagar la Revolución con rapidez y en todos los lugares del país, en el momento en que llegue a firmarse un convenio de paz. Para esto necesitaría usted contar con el consentimiento expreso de cada subjefe local, delegado, o lo que sea, o haber tenido en cuenta el estado de la Revolución en cada comarca del país, y haber atendido a llenar las condiciones en las cuales los sublevados estarían dispuestos. a someterse. No dudo que usted, señor Madero, tendrá motivos fundados para suponer que puede controlar fácilmente los movimientos de cada región de los levantados, ya sean Chihuahua o Sinaloa, Puebla o Yucatán; pero si por desgracia al llegar el caso de ordenar la deposición general de las armas, usted se viera desobedecido en Guerrero o en Puebla, por ejemplo; considere usted el ridículo que caería sobre el Gobierno, el desprestigio que caería sobre usted y el desaliento que caería sobre toda la Nación ante semejante contingencia!
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Por otra parte, las exigencias de la revolución en Chihuahua o Coahuila son sin duda distintas de las de Guerrero o Yucatán, por ejemplo, y por lo tanto, no es lógico suponer que los rebeldes del Sur se encuentran fácilmente dispuestos a someterse con sólo hallarse satisfechos los de Chihuahua o Coahuila. Ni parecería humano tampoco que si algunos grupos se resistieran a deponer las armas por no haber sido tenidas en cuenta las condiciones especiales en que se encuentran, los dejara usted abandonados a la represión del Gobierno y expuestos a un exterminio sangriento y doloroso. Después de haber atendido a las exigencias de la Revolución misma, la parte más difícil de la tarea de usted será, sin duda, discernir cuáles son las necesidades del país en lo económico y en lo político y cuál la mejor forma de darles satisfacción para suprimir las causas de malestar social que han dado origen a la Revolución. El catalogar esas necesidades y sus remedios, ya equivale a formular todo un vasto programa de Gobierno. La responsabilidad de usted, en este punto, es tan seria, que si no acierta a percibir con claridad las reformas políticas y econó172

micas que exige el país correrá usted el riesgo de dejar vivos los gérmenes de futuras perturbaciones de la paz, o de no lograr restablecer por completo la tranquilidad en el país. En otra ocasión he mencionado las reformas que en mi concepto es más urgente implantar y algunos escritores, como Molina Enríquez, han hecho un catálogo completo de las necesidades del país, que usted puede consultar, teniendo cuidado principalmente de discernir que las necesidades políticas y democráticas no son en el fondo más que manifestaciones de las necesidades económicas. Desde el punto de vista económico la necesidad más urgente del país, según he tenido ocasión de decirlo, es el restablecimiento del equilibrio entre los múltiples pequeños intereses (agrícolas, industriales o mercantiles) que se encuentran singularmente privilegiados. En lo político, puede decirse que la principal de las necesidades es la efectividad de los principios legales que garantizan la vida del hombre y sus libertades civiles y políticas, para lo cual se necesita, ante todo, una sana administración de justicia.
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Mas como esto requiere un cambio político para dominar y las mutaciones de sistema no se consiguen sino con un cambio de hombres, es muy fácil confundirse y creer que los problemas principales consisten en la elevación de tales o cuales personalidades a determinados cargos públicos. Hay, pues, que procurar conocer bien las necesidades para poder darles satisfacción, y no confundirlas con las puras cuestiones de personalidades, que no son más que uno de los medios de garantizar la satisfacción de esas necesidades. Una vez formulado el catálogo de las necesidades de la Revolución y de las del país, y alcanzando el acuerdo sobre las medidas que deben emplearse para darles satisfacción, queda por resolver un punto que es el de más difícil solución, a saber: la garantía que el Gobierno puede ofrecer de que llevará a cabo los cambios o reformas que haya prometido, ya espontáneamente, ya por vía de compromiso con usted. La primera forma que ocurre, como más fácil, es dictar ciertas medidas legislativas encaminadas a hacer difícil el abuso de
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las autoridades ejecutivas; reformar las leyes electorales para obtener la efectividad del sufragio y establecer por dondequiera el principio de no-reelección para los poderes ejecutivos. La segunda forma de garantizar la nueva orientación política, y que parece más práctica, consiste en introducir en los gobiernos locales y federales, y aun en el mismo Gabinete del general Díaz, hombres salidos de la Revolución, para que vigilen el cumplimiento de los compromisos del Gobierno. Hay que convencerse sin embargo de que ni uno ni otro medio constituyen una garantía suficientemente sólida, si el general Díaz ha de seguir al frente del Gobierno. En efecto, el general Díaz ha mostrado muchas veces una gran habilidad para dominar las situaciones más difíciles sin oponerse abiertamente a las corrientes de la opinión pública, sino al contrario, aparentando someterse a ella. Por más que el Congreso reforme la Constitución y expida leyes y más leyes con el firme propósito de maniatar al Ejecutivo, como tan puerilmente lo está haciendo; por más que se procla175

men nuevos sistemas y que los Gobiernos de los Estados y el Gabinete mismo se llenen de antirreeleccionistas, eso no será obstáculo para que el general Díaz vuelva paciente e indefectiblemente a sus antiguos sistemas, aun sin darse cuenta él mismo de que reacciona. Ya encontrará él las formas suaves y estudiadamente legales de eludir las nuevas leyes, o de cumplirlas sólo en la forma; ya encontrará él la manera de destituir o nulificar, o convencer a los hombres nuevos, y a la vuelta de seis meses, cuando esta Revolución de usted esté perfectamente sofocada, sus jefes más prominentes estarán destituidos, desprestigiados, o corrompidos o cansados, y las leyes derogadas o relegadas al olvido. No. Hay que desengañarse; sólo existe una forma de garantizar eficazmente la regeneración política del Gobierno, y ésta es el cambio de hombres, es decir, la retirada del general Díaz y el nombramiento de un Vicepresidente renovador y honradamente decidido a llevar a cabo las concesiones hechas a la Revolución. La retirada del general Díaz constituye el único medio expedito de comenzar una serie de cambios gubernamentales y
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una reforma de los sistemas de Gobierno, y, por lo tanto, si usted desea hacer obra duradera, debe insistir en ella como la única garantía realmente efectiva del cumplimiento de las promesas del Gobierno. La idea de la retirada del general Díaz a la vida privada ha ganado mucho terreno desde hace dos meses a esta parte en todo el país, al grado de que puede decirse que casi no hay ya quien dude de que ese sería el remedio más radical para aliviar nuestra situación política. Después de que usted ha puesto al general Díaz el ejemplo del desinterés personal declarando que está dispuesto a renunciar a sus pretensiones a la Presidencia de la República, no le queda al Gobierno otra razón que dar para oponerse a la separación del general Díaz, que los escrúpulos oficiales de que tal medida sería poco decorosa para la dignidad del Gobierno actual. En mi opinión, el restablecimiento de la paz y el porvenir del país están por encima no solamente del amor propio de los hombres, sino aun del decoro de los gobiernos, pues creo honra177

damente que la patria, que en caso de necesidad no vacila en sacrificar las vidas de sus hijos, tampoco debe vacilar en caso de necesidad en sacrificar el decoro o el amor propio de un grupo político que pudiera poner en peligro su tranquilidad, su soberanía o su existencia. En el presente caso, la retirada del general Díaz de la Presidencia de la República, constituye un acto personalísimo suyo que en nada afecta al decoro de la institución oficial que se llama el Gobierno; pero esto no lo quieren ver todos, porque es difícil distinguir hasta dónde llega el amor propio de los hombres y dónde comienza el decoro de las instituciones. Si no se han considerado indecorosas para el Gobierno del general Díaz las brutales remociones de Gobernadores, verdaderos golpes de Estado locales, ¿por qué habría de considerarse indecorosa una renuncia hecha en las formas constitucionales? Si no se han considerado indecorosas para el Gobierno las destituciones de seis Secretarios de Estado, sin motivo suficiente y por sólo dar satisfacción a la opinión pública, ¿por qué ha178

bría de llamarse indecorosa la renuncia del Jefe de Estado, cuando con ella puede restablecer la paz y aun salvar de paso su nombre ante la historia? Por último, el cambio de bandería se considera como tipo de los actos indignos en política cuando lo efectúa un mandatario, y sin embargo, Limantour ha abandonado al grupo científico sin resentir gran cosa en su prestigio, y el Gobierno en masa tanto el Ejecutivo como las Cámaras, no han creído hacer una indignidad declarándose antirreeleccionistas después de haberse apoyado en la reelección para conservarse en el poder. ¿Por qué, pues, tantos escrúpulos para una renuncia que estaría perfectamente justificada por la incompatibilidad entre e! sistema republicano impuesto por la Revolución y el sistema tuxtepecano dictatorial, único que ha sabido practicar el general Díaz? No hay, pues, razón para que usted deje de insistir en la retirada del general Díaz, que no sólo es necesaria y patriótica, sino que precisamente es e! acto más decoroso que se impone después de transigir con la Revolución.
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La garantía de cumplimiento de los compromisos del Gobierno, en mi concepto más eficaz, sería aquella que produjera sus efectos de un modo automático y sin necesidad de estar ejerciendo una constante vigilancia sobre el Gobierno. Esta garantía, como antes digo, sólo se consigue transformando por completo el Gobierno dictatorial del general Díaz en un Gobierno democrático formado de elementos nuevos. El ingreso al Gabinete o a otros puestos públicos de algunos elementos revolucionarios, solamente significa una especie de vigilancia; pero no implica necesariamente un controlamiento sobre los actos del Gobierno, y requeriría un esfuerzo constante y una lucha entre los componentes mismos del poder. Para obtener un verdadero controlamiento automático de los actos del Gobierno, se necesitaría que los antirreeleccionistas, o en general, el partido renovador, contara con representantes en las Cámaras locales y Federales. La renovación de las Cámaras Legislativas en todo el país y su sustitución por otras constituidas con elementos independientes y de origen verdade180

ramente popular, sería una garantía efectiva de reforma en el sistema de Gobierno dictatorial. En otra ocasión he dicho que me parecía muy difícil la disolución de las Cámaras; pero, sin embargo, dado el origen de las credenciales y la sumisión que parecen mostrar todavía hasta ahora todos los diputados del Congreso de la Unión al general Díaz, tal vez no fuera imposible hallar un medio de obtener una disolución del actual Congreso sin provocar gran escándalo, o quizás, dada la excitación política a que hemos llegado, no fuera demasiado ruda la conmoción que produjera una disolución general del actual Congreso y, la convocación a nuevas elecciones, en vista de las circunstancias críticas por las que atraviesa el país. Este remedio me parece, sin embargo, utópico, e indudablemente es menos decoroso para el Gobierno que la renuncia del general Díaz, pues significaría el sacrificio de un poder en masa, mientras que la separación de aquél sólo afectaría al Jefe del Poder Ejecutivo, dejando a salvo la institución del Gobierno mismo.
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Otro de los medios que parecen haberse sugerido como garantía del cumplimiento de las obligaciones del Gobierno, consiste en la conservación de las armas en manos de los rebeldes, y me parece el más peligroso de los errores que puedan cometer el general Díaz y usted al tratar de restablecer la paz. Los partidos políticos pueden y deben controlar los actos del Gobierno; pero siempre dentro del orden y por medios pacíficos. Las armas en manos de un partido político no pueden producir una situación normal, y el dejarlas en poder de un partido revolucionario, equivale a establecer como sistema de Gobierno la fuerza y la revolución endémica como régimen constitucional. El único medio sensato de asegurar un cambio de sistema político y de garantizar el cumplimiento de las promesas del Gobierno, es, en mi concepto, el de facilitar el controlamiento de los actos del Gobierno por medio de uno o varios partidos políticos independientes reconocidos oficialmente y de un modo expreso por el gobierno del general Díaz, y cuya ingerencia en los actos
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oficiales o cuyas relaciones con el poder estuvieran perfectamente definidas en la transacción o en una ley. Este medio, que es el seguido por el Partido Independiente de Guadalajara, y que ha sido ampliamente estudiado por Molina Enríquez, me ha parecido de tal importancia y de tal eficiencia, que acaso puedo decir que el objeto principal de la presente carta es llamar a usted la atención sobre la conveniencia de que se discuta y se proponga como una de las principales formas de garantía que puede tener el país de que el Gobierno cumplirá con sus compromisos. Es casi seguro que todo lo que pueda yo haber dicho en esta carta, haya sido motivo de largas reflexiones por parte de usted y de los demás miembros de la Revolución; pero como tengo el deber de contribuir como mexicano al restablecimiento de la paz, no creería yo haber cumplido con ese deber sin estar seguro de haber llamado la atención de usted, respecto de los puntos cuya resolución le incumbe, del mismo modo que he procurado, en recientes artículos políti183

cos, llamar la atención del general Díaz sobre los que a él le corresponden. Antes de concluir esta carta deseo decir a usted con toda franqueza cuál es mi opinión acerca del éxito de la revolución actual. El fracaso de las negociaciones de paz no será un obstáculo para la terminación de la guerra, porque por el solo hecho de haberse celebrado el armisticio, la suerte de la Revolución ha quedado encadenada. El triunfo de usted o del general Díaz es de tal importancia moral, que por sí solo lo coloca en la condición de general Díaz, según que el armisticio se prolongue por más o menos tiempo. Si el armisticio se rompe antes de una semana, la caída del general Díaz será inevitable, porque el reconocimiento oficial que de la Revolución ha hecho el general Díaz es de tal importancia moral, que por sí solo lo coloca en la condición de vencido. Las naciones extranjeras, y principalmente los Estados Unidos, no tendrán en realidad escrúpulo ni razón alguna de peso para no reconocer el carácter de beligerantes a los mismos revo184

lucionarios, a quienes el Gobierno ha dado ese carácter por el hecho de consentir en una suspensión de hostilidades contra ellos. Si el armisticio se prolonga, en cambio, durante más de quince días sin que se extienda al resto de la República, facilitará al Gobierno del general Díaz la manera de fortalecerse para poder luchar contra la Revolución, la cual para entonces habrá sufrido el natural relajamiento de sus energías, que se mantenían por la tensión de las luchas ya entabladas, y al romperse nuevamente las hostilidades, el Gobierno actual vencerá fácilmente sobre grupos ya desorganizados. Por otra parte, el general Reyes está a punto de venir, y no hay duda alguna de que por disciplina, por sumisión al general Díaz y hasta por rivalidad política hacia usted, pondrá todo su empeño en sofocar la revolución, y lo logrará, aunque sea a costa de su prestigio y de su personalidad. He concluido. Pesa sobre usted la más grande de las responsabilidades políticas que hombre alguno haya tenido desde hace más de treinta años en México, no tanto por haber encendido esta revolución,
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sino porque si no sabe usted dar satisfacción a las legítimas necesidades de la nación, dejará sembrada la semilla de futuras revoluciones que después pondrá a cada paso en peligro nuestra soberanía. Tiene usted con sus partidarios armados el compromiso sagrado de salvarlos y de retirarlos honradamente de la lucha. Tiene usted con los elementos renovadores que no se han rebelado, el compromiso moral de obtener por vía de transacción los principios por los cuales acudió usted a las armas. Tiene usted también el deber de asegurar la conquista de esos principios por medio de garantías adecuadas. Tiene usted con la Nación el deber de dar satisfacción a las necesidades que han originado la actual crisis política. Y tiene usted, por último, con la patria, la obligación sagrada de restablecer en todo el país y de un modo definitivo, esa paz de que usted dispuso. Si así lo hiciereis, la Nación os lo premiará, olvidando la sangre derramada; pero si por falta de entereza o de habilidad
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política o por simple desconocimiento de la verdadera fuerza que la Revolución ha puesto en vuestras manos, no podéis lograrlo, la Nación os lo demandará ante el Tribunal de la Historia. [Firmado licenciado Blas Urrea. México, 27 de abril de 1911]

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Manifiesto del 23 de septiembre de 1911
de Ricardo Flores Magón

Mexicano: La junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano ve con simpatía vuestros esfuerzos para poner en práctica los altos ideales de emancipación política, económica y social, cuyo imperio sobre la tierra pondrá fin a esa ya bastante larga contienda del hombre contra el hombre., que tiene su origen en la desigualdad de fortunas que nace del principio de la propiedad privada. Abolir ese principio significa el aniquilamiento de todas las instituciones políticas, económicas, sociales, religiosas y morales que componen el ambiente dentro del cual se asfixian la libre iniciativa y la libre asociación de los seres humanos que se ven obligados, para no perecer, a entablar entre sí una encarnizada competencia, de la que salen triunfantes, no los más buenos, ni los más abnegados, ni los mejor dotados en lo físico, en lo moral o en lo intelectual, sino los más astutos, los más egoístas, los menos escrupulosos, los más duros de corazón, los que colocan su bienestar personal sobre cualquier consideración de humana solidaridad y de humana justicia.
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Sin el principio de la propiedad privada no tiene razón de ser el gobierno, necesario tan sólo para tener a raya a los desheredados en sus querellas o en sus rebeldías contra los detentadores de la riqueza social; ni tendrá razón de ser la Iglesia, cuyo exclusivo objeto es estrangular en el ser humano la innata rebeldía contra la opresión y la exploración por la prédica de la paciencia, de la resignación y de la humildad, acallando los gritos de los instintos más poderosos y fecundos con la práctica de penitencias inmorales, crueles y nocivas a la salud de las personas, y, para que los pobres no aspiren a los goces de la tierra y constituyan un peligro para los privilegios de los ricos, prometen a los humildes, a los más resignados, a los más pacientes, un cielo que se mece en el infinito, más allá de las estrellas que se alcanzan a ver… Capital, autoridad, clero: he ahí la trinidad sombría que hace de esta bella tierra un paraíso para los que han logrado acaparar en sus garras por la astucia, la violencia y el crimen, el producto del sudor, de la sangre, de las lágrimas y del sacrificio de miles de generaciones de trabajadores y un infierno para los que con sus
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brazos y su inteligencia trabajan la tierra, mueven la maquinaria, edifican las casas, transportan los productos, quedando de esa manera dividida la humanidad en dos clases sociales de intereses diametralmente opuestos: la clase capitalista y la clase trabajadora; la clase que posee la tierra, la maquinaria de producción y los medios de transportación de las riquezas, y de la clase que no cuenta más que con sus brazos y su inteligencia para proporcionarse el sustento. Entre estas dos clases sociales no puede existir vínculo alguno de amistad ni de fraternidad, porque la clase poseedora está siempre dispuesta a perpetuar el sistema económico, político y social que garantiza el tranquilo disfrute de sus rapiñas, mientras la clase trabajadora hace esfuerzos por destruir ese sistema inicuo para instaurar un medio en el cual la tierra, las casas, la maquinaria de producción y los medios de transportación sean de uso común. Mexicanos: El Partido Liberal Mexicano reconoce que todo ser humano, por el solo hecho de venir a la vida, tiene derecho a
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gozar de todas y cada una de las ventajas que la civilización moderna ofrece, porque esas ventajas son el producto del esfuerzo y del sacrificio de la clase trabajadora de todos los tiempos. El Partido Liberal Mexicano reconoce, como necesario, el trabajo para la subsistencia, y, por lo tanto, todos, con excepción de los ancianos, de los impedidos e inútiles y de los niños, tienen que dedicarse a producir algo útil para poder dar satisfacción a sus necesidades. El Partido Liberal Mexicano reconoce que el llamado derecho de propiedad individual es un derecho inicuo, porque sujeta al mayor número de seres humanos a trabajar y a sufrir para la satisfacción y el ocio de un pequeño número de capitalistas. El Partido Liberal Mexicano reconoce que la autoridad y el clero son el sostén de la iniquidad capital, y, por lo tanto, la junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano ha declarado solemnemente guerra a la autoridad, guerra al capital, guerra al clero. Contra el capital, la autoridad y el clero el Partido Liberal Mexicano tiene enarbolada la bandera roja en los campos de la ac193

ción en México, donde nuestros hermanos se baten como leones, disputando la victoria a las huestes de la burguesía o sean: maderistas, reyistas, vazquistas, científicos, y tantas otras cuyo único propósito es encumbrar a un hombre a la primera magistratura del país, para hacer negocio a su sombra sin consideración alguna a la masa entera de la población de México, y reconociendo, todas ellas, como sagrado, el derecho de propiedad individual. En estos momentos de confusión, tan propicios para el ataque contra la opresión y la explotación, en estos momentos en que la autoridad, quebrantada, desequilibrada, vacilante, acometida por todos sus flancos por las fuerzas de todas las pasiones desatadas, por la tempestad de todos los apetitos avivados por la esperanza de un próximo hartazgo; en estos momentos de zozobra, de angustia, de terror para todos los privilegios, masas compactas de desheredados invaden las tierras, queman los títulos de propiedad, ponen las manos creadoras sobre la fecunda tierra y amenazas con el puño a todo lo que ayer era respetable: autoridad y clero; abren el surco, esparcen la semilla y esperan, emo194

cionados, los primeros frutos de un trabajo libre. Éstos son, mexicanos, los primeros resultados prácticos de la propaganda y de la acción de los soldados del proletariado, de los generosos sostenedores de nuestros principios igualitarios, de nuestros hermanos que desafían toda imposición y toda explotación con este grito de muerte para todos los de arriba y de vida y de esperanza para todos los de abajo: ¡Viva Tierra y Libertad! La tormenta se recrudece día a día: maderistas, vazquistas, reyistas, científicos, delabarristas os llaman a gritos, mexicanos, a que voléis a defender sus desteñidas banderas, protectoras de los privilegios de la clase capitalista. No escuchéis las dulces canciones de esas sirenas, que quieren aprovecharse de vuestro sacrificio para establecer un gobierno, esto es, un nuevo perro que proteja los intereses de los ricos. ¡Arriba todos; pero para llevar a cabo la expropiación de los bienes que detentan los ricos! La expropiación tiene que ser llevada a cabo a sangre y fuego durante este grandioso movimiento, como lo han hecho y lo están haciendo nuestros hermanos los habitantes de Morelos, sur
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de Puebla, Michoacán, Guerrero, Veracruz, norte de Tamaulipas, Durango, Sonora, Sinaloa, Jalisco, Chihuahua, Oaxaca, Yucatán, Quintana Roo y regiones de otros estados, según ha tenido que confesar la misma prensa burguesa de México, en que los proletarios han tomado posesión de la tierra sin esperar a que un Gobierno paternal se dignase hacerlos felices, conscientes de que no hay que esperar nada bueno de los Gobiernos y de que “La emancipación de los trabaja dores debe ser obra de los trabajadores mismos”. Estos primeros actos de expropiación han sido coronados por el más risueño de los éxitos, pero no hay que limitarse a tomar tan sólo posesión de la tierra y de los implementos de agricultura: hay que tomar resueltamente posesión de todas las industrias por los trabaja dores de las mismas, consiguiéndose de esa manera que las tierras, las minas, las fábricas, los talleres, las fundiciones, los carros, los ferrocarriles, los barcos, los almacenes de todo género y las casas queden en poder de todos y cada uno de los habitantes de México, sin distinción de sexo.
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Los habitantes de cada región en que tal acto de suprema justicia se lleve a cabo no tienen otra cosa que hacer que ponerse de acuerdo para que todos los efectos que se hallen en las tiendas, almacenes, graneros, etc., sean conducidos a un lugar de fácil acceso para todos, donde hombres y mujeres de buena voluntad practicarán un minucioso inventario de todo lo que se haya recogido, para calcular la duración de esas existencias, teniendo en cuenta las necesidades y el número de los habitantes que tienen que hacer uso de ellas, desde el momento de la expropiación hasta que en el campo se levanten las primeras cosechas y en las demás industrias se produzcan los prime ros efectos. Hecho el inventario, los trabajadores de las diferentes industrias se entenderán entre sí fraternalmente para regular la producción; de manera que, durante este movimiento, nadie carezca de nada, y sólo se morirán de hambre aquellos que no quieran trabajar, con excepción de los ancianos, los impedidos y los niños, que tendrán derecho a gozar de todo.
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Todo lo que se produzca será enviado al almacén general en la comunidad del que todos tendrán derecho a tomar todo lo que necesiten según sus necesidades, sin otro requisito que mostrar una contraseña que demuestre que está trabajando en tal o cual industria. Como la aspiración del ser humano es tener el mayor número de satisfacciones con el menor esfuerzo posible, el medio más adecuado para obtener ese resultado es el trabajo en común de la tierra y de las demás industrias. Si se divide la tierra y cada familia toma un pedazo, además del grave peligro que se corre de caer nuevamente en el sistema capitalista, pues no faltarán hombres astutos o que tengan hábitos de ahorro que logren tener más que otros y puedan a la larga poder explotar a sus semejantes; además de este grave peligro está el hecho de que si una familia trabaja un pedazo de tierra, tendrá que trabajar tanto o más que como se hace hoy bajo el sistema de la pro piedad individual para obtener el mismo resultado mezquino que se obtiene actualmente, mientras que si se une la tierra y la trabajan en común
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los campesinos, trabajarán menos y producirán más. Por supuesto que no ha de faltar tierra para que cada persona pueda tener su casa y un buen solar para dedicarlos a los usos que sean de su agrado. Lo mismo que se dice del trabajo en común de la tierra, puede decirse del trabajo en común de la fábrica, del taller, etc.; pero cada quién, según su temperamento, según sus gustos, según sus inclinaciones podrá escoger el género de trabajo que mejor le acomode, con tal de que produzca lo suficiente para cubrir sus necesidades y no sea una carga para la comunidad. Obrándose de la manera apuntada, esto es, siguiendo inmediata mente a la expropiación la organización de la producción, libre ya de amos y basada en las necesidades de los habitantes de cada región, nadie carecerá de nada a pesar del movimiento armado, hasta que, terminado este movimiento con la desaparición del último burgués y de la última autoridad o agente de ella, hecha pedazos la ley sostenedora de privilegios y puesto todo en manos de los que trabajan, nos estrechemos todos en fraternal abrazo y celebremos con gritos de júbilo la ins199

tauración de un sistema que garantizará a todo ser humano el pan y la libertad. Mexicanos: Por esto es por lo que lucha el Partido Liberal Mexicano. Por esto es por lo que derrama su sangre generosa una pléyade de héroes, que se baten bajo la bandera roja al grito prestigioso de ¡Tierra y Libertad! Los liberales no han dejado caer las armas a pesar de los tratados de paz del traidor Madero con el tirano Díaz, y a pesar también, de las incitaciones de la burguesía, que ha tratado de llenar de oro sus bolsillos, y esto ha sido así, porque los liberales somos hombres con vencidos de que la libertad política no aprovecha a los pobres, sino a los cazadores de empleos; y nuestro objeto no es alcanzar empleos ni distinciones, sino arrebatarlo todo de las manos de la burguesía, para que todo quede en poder de los trabajadores. La actividad de las diferentes banderías políticas que en estos momentos se disputan la supremacía, para hacerla que triunfe, exacta mente lo mismo que hizo el tirano Porfirio Díaz, porque
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ningún hombre, por bien intencionado que sea, puede hacer algo en favor de la clase pobre cuando se encuentra en el poder; esa actividad ha producido el caos que debemos aprovechar los desheredados, tomando ventajas de las circunstancias especiales en que se encuentra el país, para poner en práctica, sin pérdida de tiempo, sobre la marcha, los ideales sublimes del Partido Liberal Mexicano, sin esperar a que se haga la paz para efectuar la expropiación, pues para entonces ya se habrán agotado las existencias de efectos en las tiendas, graneros, almacenes y otros depósitos, y como al mismo tiempo, por el estado de guerra en que se habrá encontrado el país, la producción se habrá suspendido, el hambre sería la consecuencia de la lucha, mientras que efectuando la expropiación y la organización del trabajo libre durante el movimiento, ni se carecerá de lo necesario en medio del movimiento ni después. Mexicanos: si queréis ser de una vez libres no luchéis por otra causa que no sea la del Partido Liberal Mexicano. Todos os ofrecen libertad política para después del triunfo: los liberales os
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invitamos a tomar la tierra, la maquinaria, los medios de transportación y las casas desde luego, sin esperar a que nadie os dé todo ello, sin aguardar a que una ley decrete tal cosa, porque las leyes no son hechas por los pobres sino por señores de levita, que se cuidan bien de hacer leyes en contra de su casta. Es el deber de nosotros los pobres trabajar y luchar por romper las cadenas que nos hacen esclavos. Dejar la solución de nuestros problemas a las clases educadas y ricas es ponernos voluntariamente entre sus garras. Nosotros los plebeyos; nosotros los andrajosos; nosotros los hambrientos; los que no tenemos un terrón donde reclinar la cabeza; los que vivimos atormentados por la incertidumbre del pan de mañana para nuestras compañeras y nuestros hijos; los que, llegados a viejos, somos despedidos ignominiosamente porque ya no podemos trabajar, toca a nosotros hacer esfuerzos poderosos, sacrificios mil para destruir hasta sus cimientos el edificio de la vieja sociedad, que ha sido hasta aquí una madre cariñosa para los ricos y los malvados, y una madrastra huraña para los que trabajan y son buenos.
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Todos los males que aquejan al ser humano provienen del sistema actual, que obliga a la mayoría de la humanidad a trabajar y a sacrificarse para que una minoría privilegiada satisfaga todas sus necesidades y aun todos sus caprichos, viviendo en la ociosidad y en el vicio. Y menos malo si todos los pobres tuvieran asegurado el trabajo; como la producción no está arreglada para satisfacer las necesidades de los trabajadores sino para dejar utilidades a los burgueses, éstos se dan maña para no producir más que lo que calculan que pueden expender, y de ahí los paros periódicos de las industrias o la restricción del número de trabajadores, que proviene, también del hecho del perfeccionamiento de la maquinaria, que suple con ventaja los brazos del proletariado. Para acabar con todo eso es preciso que los trabajadores tengan en sus manos la tierra y la maquinaria de producción, y sean ellos los que regulen la producción de las riquezas atendiendo a las necesidades de ellos mismos. El robo, la prostitución, el asesinato, el incendiarismo, la estafa, productos son del sistema que coloca al hombre y a la mu203

jer en condiciones en que para no morir de hambre se ven obligados a tomar de donde hay o a prostituirse, pues en la mayoría de los casos, aun que se tengan deseos grandísimos de trabajar, no se consigue trabajo, o es éste tan mal pagado, que no alcanza el salario ni para cubrir las más imperiosas necesidades del individuo y de la familia, aparte de que la duración del trabajo bajo el presente sistema capitalista y las condiciones en que se efectúa, acaban en poco tiempo con la salud del trabajador, y aun con su vida, en las catástrofes industriales, que no tienen otro origen que el desprecio con que la clase capitalista ve a los que se sacrifican por ella. Irritado el pobre por la injusticia de que es objeto; colérico ante el lujo insultante que ostentan los que nada hacen; apaleado en las calles por el polizonte por el delito de ser pobre; obligado a alquilar sus brazos en trabajos que no son de su agrado; mal retribuido, despreciado por todos los que saben más qué él o por los que por dinero se creen superiores a los que nada tienen; ante la expectativa de una vejez tristísima y de una muerte
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de animal despedido de la cuadra por inservible; inquieta ante la posibilidad de quedar sin trabajo de un día para otro; obligado a ver como enemigo aun a los mismos de su clase, porque no sabe quién de ellos será el que vaya a alquilarse por menos de lo que él gana, es natural que en estas circunstancias se desarrollen en el ser humano instintos antisociales y sean el crimen, la prostitución, la deslealtad, los naturales frutos del viejo y odioso sistema, que queremos destruir hasta en sus más pro fundas raíces para crear uno nuevo de amor, de igualdad, de justicia, de fraternidad, de libertad. ¡Arriba todos como un solo hombre! En las manos de todos están la tranquilidad, el bienestar, la libertad, la satisfacción de todos los apetitos sanos; pero no nos dejemos guiar por directores; que cada quien sea el amo de sí mismo; que todo se arregle por el consentimiento mutuo de las individualidades libres. ¡Muera la esclavitud! ¡Muera el hambre! ¡Viva Tierra y Libertad! Mexicanos: con la mano puesta en el corazón y con nuestra con ciencia tranquila, os hacemos un formal y solemne llama205

miento a que adoptéis, todos, hombres y mujeres los altos ideales del Partido Liberal Mexicano. Mientras haya pobres y ricos, gobernantes y gobernados, no habrá paz, ni es de desearse que la haya porque esa paz estaría fundada en la desigualdad política, económica y social, de millones de seres humanos que sufren hambre, ultrajes, prisión y muerte, mientras una pequeña minoría goza toda suerte de placeres y de libertades por no hacer nada. ¡A la lucha!; a expropiar con la idea del beneficio para todos y no para unos cuantos, que esta guerra no es una guerra de bandidos, sino de hombres y mujeres que desean que todos sean hermanos y gocen, como tales, de los bienes que nos brinda la naturaleza y el brazo y la inteligencia del hombre han creado, con la única condición de dedicarse cada quien a un trabajo verdaderamente útil. La libertad y el bienestar están al alcance de nuestras manos. El mismo esfuerzo y el mismo sacrificio que cuesta elevar a un gobernante, esto es, un tirano, cuesta la expropiación de los bienes que detentan los ricos. A escoger, pues: o un nuevo go206

bernante, esto es, un nuevo yugo, o la expropiación salvadora y la abolición de toda imposición religiosa, política o de cualquier otro orden. ¡Tierra y Libertad! [Dado en la ciudad de los Angeles, estado California, Estados Unidos de America, a los 23 días del mes de septiembre de 1911. Ricardo Flores Magón, Librado Rivera, Anselmo L. Figueroa, Enrique Flores Magón]

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Plan de Ayala
de Emiliano Zapata Salazar

Plan libertador de los hijos del estado de Morelos, afiliados al Ejército Insurgente que defiende el cumplimiento del Plan de San Luis, con las reformas que ha creído conveniente aumentar en beneficio de la Patria Mexicana
Los que subscribimos, constituidos en Junta Revolucionaria para sostener y llevar a cabo las promesas que hizo la Revolución de 20 de noviembre de 1910, próximo pasado, declaramos solemnemente ante la faz del mundo civilizado que nos juzga y ante la Nación a que pertenecemos y amamos, los propósitos que hemos formulado para acabar con la tiranía que nos oprime y redimir a la Patria de las dictaduras que se nos imponen las cuales quedan determinadas en el siguiente Plan: 1º. Teniendo en consideración que el pueblo mexicano, acaudillado por don Francisco I. Madero, fue a derramar su sangre para reconquistar libertades y reivindicar derechos conculcados, y no para que un hombre se adueñara del poder, violando los sagrados principios que juró defender bajo el lema de“Sufragio Efectivo
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y No Reelección”, ultrajando así la fe, la causa, la justicia y las libertades del pueblo; teniendo en consideración que ese hombre a que nos referimos es don Francisco I. Madero, el mismo que inició la precitada revolución, el que impuso por norma gubernativa su voluntad e influencia al Gobierno Provisional del ex Presidente de la República licenciado Francisco L. de la Barra, causando con este hecho reiterados derramamientos de sangre y multiplicadas desgracias a la Patria de una manera solapada y ridícula, no teniendo otras miras, que satisfacer sus ambiciones personales, sus desmedidos instintos de tirano y su profundo desacato al cumplimiento de las leyes preexistentes emanadas del inmortal Código de 57 escrito con la sangre de los revolucionarios de Ayutla. Teniendo en cuenta: que el llamado Jefe de la Revolución Libertadora de México, don Francisco I. Madero, por falta de entereza y debilidad suma, no llevó a feliz término la Revolución que gloriosamente inició con el apoyo de Dios y del pueblo, puesto que dejó en pie la mayoría de los poderes gubernativos y elementos corrompidos de opresión del Gobierno dictatorial de Porfirio
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Díaz, que no son, ni pueden ser en manera alguna la representación de la Soberanía Nacional, y que, por ser acérrimos adversarios nuestros y de los principios que hasta hoy defendemos, están provocando el malestar del país y abriendo nuevas heridas al seno de la Patria para darle a beber su propia sangre; teniendo también en cuenta que el supradicho señor don Francisco I. Madero, actual Presidente de la República, trata de eludirse del cumplimiento de las promesas que hizo a la Nación en el Plan de San Luis Potosí, siendo las precitadas promesas postergadas a los convenios de Ciudad Juárez; ya nulificando, persiguiendo, encarcelando o matando a los elementos revolucionarios que le ayudaron a que ocupara el alto puesto de Presidente de la República, por medio de las falsas promesas y numerosas intrigas a la Nación. Teniendo en consideración que el tantas veces repetido Francisco I. Madero, ha tratado de ocultar con la fuerza bruta de las bayonetas y de ahogar en sangre a los pueblos que le piden, solicitan o exigen el cumplimiento de sus promesas en la Revolución, llamándoles bandidos y rebeldes, condenandolos a
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una guerra de exterminio, sin conceder ni otorgar ninguna de las garantías que prescriben la razón, la justicia y la ley; teniendo en consideración que el Presidente de la República Francisco I. Madero, ha hecho del Sufragio Efectivo una sangrienta burla al pueblo, ya imponiendo contra la voluntad del mismo pueblo, en la Vicepresidencia de la República, al licenciado José María Pino Suárez, o ya a los gobernadores de los Estados, designados por él, como el llamado general Ambrosio Figueroa, verdugo y tirano del pueblo de Morelos; ya entrando en contubernio escandaloso con el partido científico, hacendados-feudales y caciques opresores, enemigos de la Revolución proclamada por él, a fin de forjar nuevas cadenas y seguir el molde de una nueva dictadura más oprobiosa y más terrible que la de Porfirio Díaz; pues ha sido claro y patente que ha ultrajado la soberanía de los Estados, conculcando las leyes sin ningún respeto a vida ni intereses, como ha sucedido en el Estado de Morelos y otros conduciéndonos a la más horrorosa anarquía que registra la historia contemporánea. Por estas consideraciones declaramos al susodicho
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Francisco I. Madero, inepto para realizar las promesas de la revolución de que fue autor, por haber traicionado los principios con los cuales burló la voluntad del pueblo y pudo escalar el poder; incapaz para gobernar y por no tener ningún respeto a la ley y a la justicia de los pueblos, y traidor a la Patria por estar a sangre y fuego humillando a los mexicanos que desean libertades, a fin de complacer a los científicos, hacendados y caciques que nos esclavizan y desde hoy comenzamos a continuar la Revolución principiada por él, hasta conseguir el derrocamiento de los poderes dictatoriales que existen. 2º. Se desconoce como Jefe de la Revolución al señor Francisco I. Madero y como Presidente de la República por las razones que antes se expresan, procurándose el derrocamiento de este funcionario. 3º. Se reconoce como Jefe de la Revolución Libertadora al C. general Pascual Orozco, segundo del caudillo don Francisco I. Madero, y en caso de que no acepte este delicado puesto, se reconocerá como jefe de la Revolución al C. general don Emiliano Zapata.
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4º. La Junta Revolucionaria del Estado de Morelos manifiesta a la Nación, bajo formal protesta, que hace suyo el plan de San Luis Potosí, con las adiciones que a continuación se expresan en beneficio de los pueblos oprimidos, y se hará defensora de los principios que defienden hasta vencer o morir. 5º. La Junta Revolucionaria del Estado de Morelos no admitirá transacciones ni componendas hasta no conseguir el derrocamiento de los elementos dictatoriales de Porfirio Díaz y de Francisco I. Madero, pues la Nación está cansada de hombres falsos y traidores que hacen promesas como libertadores, y al llegar al poder, se olvidan de ellas y se constituyen en tiranos. 6º. Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar: que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance, con las armas
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en las manos, la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derechos a ellos, lo deducirán ante los tribunales especiales que se establezcan al triunfo de la Revolución. 7º. En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no són mas dueños que del terreno que pisan sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura, por estar monopolizadas en unas cuantas manos, las tierras, montes y aguas; por esta causa, se expropiarán previa indemnización, de la tercera parte de esos monopolios, a los poderosos propietarios de ellos a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos o campos de sembradura o de labor y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos. 8º. Los hacendados, científicos o caciques que se opongan directa o indirectamente al presente Plan, se nacionalizarán sus bienes y las dos terceras partes que a ellos correspondan, se destinarán para indemnizaciones de guerra, pensiones de viudas y
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huérfanos de las víctimas que sucumban en las luchas del presente Plan. 9º. Para ejecutar los procedimientos respecto a los bienes antes mencionados, se aplicarán las leyes de desamortización y nacionalización, según convenga; pues de norma y ejemplo pueden servir las puestas en vigor por el inmortal Juárez a los bienes eclesiásticos, que escarmentaron a los déspotas y conservadores que en todo tiempo han querido imponernos el yugo ignominioso de la opresión y el retroceso. 10º. Los jefes militares insurgentes de la República que se levantaron con las armas en las manos a la voz de don Francisco I. Madero, para defender el Plan de San Luis Potosí y que se opongan con fuerza al presente Plan, se juzgarán traidores a la causa que defendieron y a la Patria, puesto que en la actualidad muchos de ellos por complacer a los tiranos, por un puñado de monedas o por cohechos o soborno, están derramando la sangre de sus hermanos que reclaman el cumplimiento de las promesas que hizo a la Nación don Francisco I. Madero.
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11º. Los gastos de guerra serán tomados conforme al artículo XI del Plan de San Luís Potosí, y todos los procedimientos empleados en la Revolución que emprendemos, serán conforme a las instrucciones mismas que determine el mencionado Plan. 12º. Una vez triunfante la Revolución que llevamos a la vía de la realidad, una junta de los principales jefes revolucionarios de los diferentes Estados, nombrará o designará un Presidente interino de la República, que convocará a elecciones para la organización de los poderes federales. 13º. Los principales jefes revolucionarios de cada Estado, en junta, designarán al gobernador del Estado, y este elevado funcionario, convocará a elecciones para la debida organización de los poderes públicos, con el objeto de evitar consignas forzosas que labren la desdicha de los pueblos, como la conocida consigna de Ambrosio Figueroa en el Estado de Morelos y otros, que nos condenan al precipicio de conflictos sangrientos sostenidos por el dictador Madero y el círculo de científicos hacendados que lo han sugestionado.
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14º. Si el presidente Madero y demás elementos dictatoriales del actual y antiguo régimen, desean evitar las inmensas desgracias que afligen a la patria, y poseen verdadero sentimiento de amor hacia ella, que hagan inmediata renuncia de los puestos que ocupan y con eso, en algo restañarán las graves heridas que han abierto al seno de la Patria, pues que de no hacerlo así, sobre sus cabezas caerán la sangre y anatema de nuestros hermanos. 15º. Mexicanos: considerad que la astucia y la mala fe de un hombre está derramando sangre de una manera escandalosa, por ser incapaz para gobernar; considerad que su sistema de Gobierno está agarrotando a la patria y hollando con la fuerza bruta de las ballonetas nuestras instituciones; así como nuestras armas las levantamos para elevarlo al Poder, las volvemos contra él por faltar a sus compromisos con el pueblo mexicano y haber traicionado la Revolución iniciada por él; no somos personalistas, ¡somos partidarios de los principios y no de los hombres! Pueblo mexicano, apoyad con las armas en las manos este Plan, y hareis la prosperidad y bienestar de la Patria.
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Libertad, Justicia y Ley. [Ayala, estado de Morelos, noviembre 25 de 1911. General en jefe, Emiliano Zapata, rúbrica. Generales: Eufemio Zapata, Francisco Mendoza, Jesús Navarro, Otilio E. Montaño, José Trinidad Ruiz, Próculo Capistrán, rúbricas. Coroneles: Pioquinto Galis, Felipe Vaquero, Cesáreo Burgos, Quintín González, Pedro Salazar, Simón Rojas, Emigdio Marlolejo, José Campos, Felipe Tijera, Rafael Sánchez, José Pérez, Santiago Aguilar, Margarito Martínez, Feliciano Domínguez, Manuel Vergara, Cruz Salazar, Lauro Sánchez, Amador Salazar, Lorenzo Vázquez, Catarino Perdomo, Jesús Sánchez, Domingo Romero, Zacarías Torres, Bonifacio García, Daniel Andrade, Ponciano Domínguez, Jesús Capistrán, rúbricas. Capitanes: Daniel Mantilla, José M. Carrillo, Francisco Alarcón, Severiano Gutiérrez, rúbricas, y siguen más firmas]

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Plan de Guadalupe
de Venustiano Carranza Garza

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Manifiesto a la Nación
Considerando que los Poderes Legislativo y Judicial han reconocido y amparado en contra de las leyes y preceptos constitucionales al general Victoriano Huerta y sus ilegales y antipatrióticos procedimientos, y considerando, por último, que algunos Gobiernos de los Estados de la Unión han reconocido al Gobierno ilegítimo impuesto por la parte del Ejército que consumó la traición, mandado por el mismo general Huerta, a pesar de haber violado la soberanía de esos Estados, cuyos Gobernadores debieron ser los primeros en desconocerlo, los suscritos, Jefes y Oficiales con mando de las fuerzas constitucionales, hemos acordado y sostendremos con las armas el siguiente:

Plan
1º. Se desconoce al general Victoriano Huerta como Presidente de la República. 2º. Se desconoce también a los Poderes Legislativo y Judicial de la Federación.
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3º. Se desconoce a los Gobiernos de los Estados que aún reconozcan a los Poderes Federales que forman la actual Administración, treinta días después de la publicación de este Plan. 4º. Para la organización del ejército encargado de hacer cumplir nuestros propósitos, nombramos como Primer Jefe del Ejército que se denominará“Constitucionalista”, al ciudadano Venustiano Carranza, Gobernador del Estado de Coahuila. 5º. Al ocupar el Ejército Constitucionalista la Ciudad de México, se encargará interinamente del Poder Ejecutivo al ciudadano Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército, o quien lo hubiere sustituido en el mando. 6º. El Presidente Interino de la República convocará a elecciones generales tan luego como se haya consolidado la paz, entregando el Poder al ciudadano que hubiere sido electo. 7º. El ciudadano que funja como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista en los Estados cuyos Gobiernos hubieren reconocido al de Huerta, asumirá el cargo de Gobernador Provisional y convocará a elecciones locales, después de que hayan toma223

do posesión de su cargo los ciudadanos que hubieren sido electos para desempeñar los altos Poderes de la Federación, como lo previene la base anterior, al ciudadano que hubiese sido electo. [Hacienda de Guadalupe, Coahuila. 26 de marzo de 1913]

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Adiciones al Plan de Guadalupe
Venustiano Carranza, Primer jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del Poder Ejecutivo de la República Mexicana, Considerando: Que al verificarse, el 19 de febrero de 1913, la aprehensión del Presidente y Vicepresidente de la República por el ex general Victoriano Huerta, y usurpar éste el Poder Público de la Nación el día 20 del mismo mes, privando luego de la vida a los funcionarios legítimos, se interrumpió el orden constitucional y quedó la República sin Gobierno legal. Que el que suscribe, en su carácter de Gobernador Constitucional de Coahuila, tenía protestado de una manera solemne cumplir y hacer cumplir la Constitución General, y que en cumplimiento de este deber y de tal protesta estaba en la forzosa obligación de tomar las armas para combatir la usurpación perpetrada por Huerta, y restablecer el orden constitucional en la República Mexicana. Que este deber le fue, además, impuesto, de una manera precisa y terminante, por decreto de la Legislatura de Coahuila
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en el que se le ordenó categóricamente desconocer al Gobierno usurpador de huerta y combatirlo por la fuerza de las armas, hasta su completo derrocamiento. Que, en virtud de lo ocurrido, el que suscribe llamó a las armas a los mexicanos patriotas, y con los primeros que lo siguieron formó el Plan de Guadalupe de 26 de marzo de 1913, que ha venido sirviendo de bandera y de estatuto a la Revolución Constitucionalista. Que a los grupos militares que se formaron para combatir la usurpación huertista, las Divisiones del Noroeste, Noreste, Oriente, Centro y Sur operaron bajo la dirección de la primera jefatura, habiendo existido entre ésta y aquéllas perfecta armonía y completa coordinación en los medios de acción para realizar el fin propuesto; no habiendo sucedido lo mismo con la División del Norte que, bajo la dirección del general Francisco Villa, dejó ver desde un principio tendencias particulares y se sustrajo al cabo, por completo, a la obediencia del Cuartel General de la Revolución Constitucionalista, obrando por su sola iniciativa al
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grado de que la Primera Jefatura ignora todavía hoy, en gran parte, los medios de que se ha valido el expresado general para proporcionarse fondos y sostener la campaña, el monto de esos fondos y el uso de que ellos haya hecho. Que una vez que la Revolución triunfante llegó a la Capital de la República, trataba de organizar debidamente el gobierno provisional y se disponía, además, a atender las demandas de la opinión pública, dando satisfacción a las imperiosas exigencias de reforma social que el pueblo ha menester cuando tropezó con las dificultades que la reacción había venido preparando en el seno de la División del Norte, con propósitos de frustrar los triunfos alcanzados por los esfuerzos del Ejército Constitucionalista. Que esta primera jefatura, deseosa de organizar el gobierno provisional de acuerdo con las ideas y tendencias de los hombres con las armas en la mano hicieron la Revolución constitucionalista, y que, por lo mismo, estaban íntimamente penetrados por los ideales que venía persiguiendo y convocó en la ciudad de México una asamblea de generales, gobernadores y jefes con mando
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de tropas, para que estos acordaran un programa de gobierno, indicaran en síntesis general las reformas indispensables al logro de la redención social y política de la nación, y fijaran la forma y época para restablecer el orden constitucional. Que este propósito tuvo que aplazarse pronto, porque los generales, gobernadores y jefes que concurrieron a la convención militar en la ciudad de México estimaron conveniente que estuvieran representados en ella todos los elementos armados que tomaron parte en la lucha contra la usurpación huertista, algunos de los cuales se habían abstenido de concurrir, a pretexto de falta de garantías y a causa de la revelación que en contra de esta primera jefatura había iniciado el general Francisco Villa, y quisieron para ello, trasladarse a la ciudad de Aguascalientes, que juzgaron el lugar mas indicado y con las condiciones de neutralidad apetecidas para que la convención militar continuase sus trabajos. Que los miembros de la convención tomaron este acuerdo después de haber confirmado al que suscribe en las funciones que venía desempeñando como primer jefe de la Revolución
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constitucionalista y encargado del poder ejecutivo de la república del que hizo entonces formal entrega, para demostrar que no le animaban sentimientos bastardos de ambición personal, sino que, en vista de las dificultades existentes, su verdadero anhelo era que la acción revolucionaria no se dividiese, para no malograr los triunfos de la Revolución triunfante. Que esta primera jefatura no puso ningún obstáculo a la translación de la convención militar a la ciudad de Aguascalientes, aunque estaba íntimamente persuadida de que, lejos de obtenerse la conciliación que se deseaba, se había de hacer más profunda la separación entre el jefe de la división del norte y el ejército constitucionalista, porque no quiso que se pensara que tenía el propósito deliberado de excluir a la división del norte de la discusión sobre los asuntos mas trascendentales, porque no quiso parecer tampoco rehusando ese último esfuerzo conciliatorio y porque consideró que era preciso, para el bien de la Revolución, que los verdaderos propósitos del general Villa se revelasen de una manera palmaria ante la conciencia nacional, sa229

cando de su error a los que de buena fe creían en la sinceridad y en el patriotismo del general Villa y del grupo de hombres que lo rodean. Que apenas iniciados en Aguascalientes los trabajos de la convención, quedaron al descubierto las maquinaciones de los agentes villistas, que desempeñaron en aquélla el papel principal, y se hizo sentir el sistema de amenazas y de presión que, sin recato, se puso en práctica, contra los que por su espíritu de independencia y sentimientos de honor, resistían las imposiciones que el jefe de la división del norte hacía para encaminar a su antojo los trabajos de la convención. Que por otra parte, muchos de los jefes que concurrieron a la convención de Aguascalientes no llegaron a penetrarse de la importancia y misión verdadera que tenía dicha convención y, poco o nada experimentados en materias políticas, fueron sorprendidos en su buena fe por la malicia de los agentes villistas, y arrastrados a secundar inadvertidamente las maniobras de la división del norte sin llegar a ocuparse de la causa del pueblo,
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esbozando siquiera el pensamiento general de la revolución y el programa de gobierno preconstitucional, que tanto se deseaba. Que, con el propósito de no entrar en una lucha de carácter personalista de no derramar más sangre, esta primera jefatura puso de su parte todo cuanto le era posible para una conciliación ofreciendo retirarse del poder siempre que establecieran un gobierno capaz de llevar a cabo las reformas políticas y sociales que exige el país. Pero no habiendo logrado contentar los apetitos de poder de la división del norte, no obstante las sucesivas concesiones hechas por la primera jefatura, y en vista de la actitud bien definida de un gran número de jefes constitucionalistas que, desconociendo los acuerdos tomados por la convención de Aguascalientes, ratificaron su adhesión al plan de Guadalupe, esta primera jefatura se ha visto en el caso de aceptar la lucha que ha iniciado la reacción que encabeza por ahora el general Francisco Villa. Que la calidad de los elementos en que se apoya el general Villa, que son los mismos que impidieron al presidente Madero orientar su política en un sentido radical, fueron, por lo tanto,
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los responsables políticos de su caída y, por otra parte, las declaraciones terminantes hechas por el mismo jefe de la división del norte, en diversas ocasiones, de desear que se restablezca el orden constitucional antes de que se efectúen las reformas sociales y políticas que exige el país, dejan entender claramente que la insubordinación del general Villa tiene un carácter netamente reaccionario y opuesto a los movimientos del constitucionalista, y tiene el propósito de frustrar el triunfo completo de la revolución, impidiendo el establecimiento de un gobierno preconstitucional que se ocupara de expedir y poner en vigor las reformas por las cuales ha venido luchando el país desde hace cuatro años. Que, en tal virtud, es un deber hacia la revolución y hacia la Patria proseguir la revolución comenzada en 1913, continuando la lucha contra los nuevos enemigos de la libertad del pueblo mexicano. Que teniendo que sustituir, por lo tanto, la interrupción del orden constitucional durante este nuevo periodo de lucha, debe, en consecuencia, continuar en vigor el plan de Guadalupe, que
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le ha servido de norma y bandera, hasta que, cumplido debidamente y vencido el enemigo, pueda restablecerse el imperio de la Constitución. Que no habiendo sido posible realizar los propósitos para que fue convocada la convención militar de octubre, y siendo el objeto principal de la nueva lucha, por parte de las tropas reaccionarias del general Villa, impedir la realización de las formas revolucionarias que requiere el pueblo mexicano, el primer jefe de la revolución constitucionalista tiene la obligación de procurar que, cuanto antes, se pongan en vigor todas las leyes en que deben cristalizar las reformas políticas y económicas que el país necesita expidiendo dichas leyes durante la nueva lucha que va a desarrollarse. Que, por lo tanto, y teniendo que continuar vigente el plan de Guadalupe en su parte esencial, se hace necesario que el pueblo mexicano y el ejército constitucionalista conozcan con toda precisión los fines militares que se persiguen en la nueva lucha, que son el aniquilamiento de la reacción que renace encabezada
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por el general Villa y la implantación de los principios políticos y sociales que animan a esta primera jefatura y que son los ideales por los que ha venido luchando desde hace más de cuatro años el pueblo mexicano. Que, por lo tanto, y de acuerdo con el sentir más generalizado de los jefes del ejército constitucionalista, de los gobernadores de los estados y de los demás colaboradores de la revolución e interpretando las necesidades del pueblo mexicano, he tenido a bien decretar lo siguiente: Art. 1° Subsiste el plan de Guadalupe de 26 de marzo de 1913 hasta el triunfo completo de la revolución y, por consiguiente, el C. Venustiano Carranza continuará en su carácter de primer jefe de la revolución constitucionalista y como encargado del Poder Ejecutivo de la nación, hasta que vencido el enemigo quede restablecida la paz. Art. 2° El primer jefe de la revolución y encargado del Poder Ejecutivo expedirá y pondrá en vigor, durante la lucha, todas
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las leyes, disposiciones y medidas encaminadas a dar satisfacción a las necesidades económicas, sociales y políticas del país, efectuando las reformas que la opinión exige como indispensables para restablecer el régimen que garantice la igualdad de los mexicanos entre sí; leyes agrarias que favorezcan la formación de las tierras de que fueron injustamente privados; leyes fiscales encaminadas a obtener un sistema equitativo de impuestos a la propiedad de raíz; legislación para mejorar la condición del peón rural, del obrero, del minero y, en general, de las clases proletarias; establecimiento de la libertad municipal como institución constitucional; bases para un nuevo sistema de organización del Poder Judicial independiente, tanto en la federación como en los estados; revisión de las leyes relativas al matrimonio y al estado civil de las personas; disposiciones que garanticen el estricto cumplimiento de las leyes de reforma; revisión de los códigos Civil, Penal y de Comercio; reformas del procedimiento judicial, con el propósito de hacer expedita y efectiva la administración de justicia; revisión de las leyes relativas a la explotación de minas, pe235

tróleo, aguas, bosques y demás recursos naturales del país, y evitar que se formen otros en lo futuro; reformas políticas que garanticen la verdadera aplicación de la constitución de la república, y en general, todas las demás leyes que se estimen necesarias para asegurar a todos los habitantes del país la efectividad y el pleno goce de sus derechos, y la igualdad ante la ley. Art. 3° Para poder continuar la lucha y para poder llevar a cabo la obra de reformas a que se refiere el artículo anterior el jefe de la revolución, queda expresamente autorizado para convocar y organizar el ejército constitucionalista y dirigir las operaciones de la campaña; para nombrar a los gobernadores y comandantes militares de los estados y removerlos libremente; para hacer las expropiaciones por causa de utilidad pública que sean necesarias para el reparto de tierras, fundación de pueblos y demás servicios públicos; para contratar empréstitos y expedir obligaciones del tesoro nacional, con indicación de los bienes con que han de garantizarse; para nombrar y remover libremente los empleados federales de la administración civil y de los estados y fijar las
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atribuciones de cada uno de ellos; para hacer directamente o por medio de los jefes que autorice, las requisiciones de tierras, edificios, armas, caballos, vehículos, provisiones y demás elementos de guerra; y para establecer condecoraciones y decretar recompensas por servicios prestados a la revolución. Art. 4° Al triunfo de la revolución, reinstalada la suprema jefatura en la ciudad de México y después de efectuarse las elecciones de ayuntamientos en la mayoría de los estados de la república, el primer jefe de la revolución, como encargado del Poder Ejecutivo, convocará a elecciones para el Congreso de la Unión, fijando en la convocatoria la fecha y los términos en que dichas elecciones habrán de celebrarse. Art. 5° Instalado el Congreso de la Unión, el primer jefe de la revolución dará cuenta ante él del uso que haya hecho de las facultades de que por el presente se haya investido, y en especial le someterá las reformas expedidas y puestas en vigor durante la lucha, con el fin de que el Congreso las ratifique, enmiende o complete, y para que eleve a preceptos constitucionales aquéllas
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que deban tener dicho carácter, antes de que restablezca el orden constitucional. Art. 6° El Congreso de la Unión expedirá las convocatorias correspondientes para la elección del Presidente de la república y, una vez efectuada ésta, el primer jefe de la nación entregará al electo el Poder Ejecutivo. Art. 7° En caso de falta absoluta del actual jefe de la revolución y mientras los generales y gobernadores proceden a elegir al que deba sustituirlo, desempeñará transitoriamente la primera jefatura el jefe del cuerpo del ejército, del lugar donde se encuentre el gobierno revolucionario al ocurrir la falta del primer jefe. Constitución y Reformas [Veracruz,12 de diciembre de 1914]

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Decreto que reforma algunos artículos del Plan de Guadalupe
Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo de la República, en uso de las facultades de que me hallo investido, y, Considerando: Que en los artículos 4°, 5° y 6° de las Adiciones al Plan de Guadalupe, decretados en la H. Veracruz, con fecha 12 de diciembre de 1914, se estableció de un modo claro y preciso que al triunfo de la Revolución, reinstalada la Suprema Jefatura en la ciudad de México y hechas las elecciones de Ayuntamientos en la mayoría de los Estados de la República, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo convocaría a elecciones para el Congreso de la Unión, fijando las fechas y los términos en que dichas elecciones habrían de celebrarse; que, instalado el Congreso de la Unión, el Primer Jefe daría cuenta del uso que hubiere hecho de las facultades de que el mismo decreto lo invistió, y le sometería especialmente las medidas expedidas y puestas en vigor durante la lucha, a fin de que las ra239

tifique, enmiende o complete; y para que eleve a preceptos constitucionales, las que deban tener dicho carácter; y, por último, que el mismo Congreso de la Unión expediría la convocatoria correspondiente para la elección de Presidente de la República, y que, una vez efectuada ésta, el Primer Jefe de la Nación entregaría al electo el Poder Ejecutivo. Que esta Primera Jefatura ha tenido siempre el deliberado y decidido propósito de cumplir con toda honradez y eficacia el programa revolucionario delineado en los artículos mencionados y en los demás del decreto de 12 de diciembre, y al efecto ha expedido diversas disposiciones directamente encaminadas a preparar el establecimiento de aquellas instituciones que hagan posible y fácil el gobierno del pueblo por el pueblo; y que aseguren la situación económica de las clases proletarias, que habían sido las más perjudicadas con el sistema de acaparamiento y monopolio adoptado por gobiernos anteriores, así como también ha dispuesto que se proyecten todas las leyes que se ofrecieron en el artículo segundo del decreto citado, especialmente las relativas a
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las reformas políticas que deben asegurar la verdadera aplicación de la Constitución de la República, y la efectividad y pleno goce de los derechos de todos los habitantes del país; pero, al estudiar con toda atención estas reformas, se ha encontrado que si hay algunas que no afectan a la organización y funcionamiento de los poderes públicos, en cambio hay otras que sí tienen que tocar forzosamente éste y aquella, así como también que, de no hacerse estas últimas reformas, se correría seguramente el riesgo de que la Constitución de 1857, a pesar de la bondad indiscutible de los principios en que descansa y del alto ideal que aspira a realizar el Gobierno de la Nación, continuara siendo inadecuada para la satisfacción de las necesidades públicas, y muy propicia para volver a entronizar otra tiranía igual o parecida a las que con demasiada frecuencia ha tenido al país, con la completa absorción de todos los poderes por parte del Ejecutivo; o que los otros, con especialidad el Legislativo, se conviertan en una rémora constante para la marcha regular y ordenada de la administración; siendo por todo esto de todo punto indispensable hacer dichas refor241

mas, las que traerán, como consecuencia forzosa, la independencia real y verdadera de los tres departamentos del poder público, su coordinación positiva y eficiente para hacer sólido y provechoso el uso de dicho poder, dándole prestigio y respetabilidad en el exterior, y fuerza y moralidad en el interior. Que las reformas que no tocan a la organización y funcionamiento de los poderes públicos, y las leyes secundarias, pueden ser expedidas y puestas en práctica desde luego sin inconveniente alguno, como fueron promulgadas y ejecutadas inmediatamente las Leyes de Reforma, las que no vinieron a ser aprobadas e incorporadas en la Constitución, sino después de varios años de estar en plena observancia; pues tratándose de medidas que, en concepto de la generalidad de los mexicanos, son necesarias y urgentes porque están reclamadas imperiosamente por necesidades cuya satisfacción no admite demora, no habrá persona ni grupo social que toma dichas medidas como motivo o pretexto serio para atacar al Gobierno Constitucionalista o, por lo menos, para ponerle obstáculos que le impidan volver fácil242

mente al orden constitucional, pero ¿sucedería lo mismo con las otras reformas constitucionales, con las que se tiene por fuerza que alterar o modificar en mucho o en poco la organización del Gobierno de la República? Que los enemigos del Gobierno Constitucionalista no han omitido medio para impedir el triunfo de aquella, ni para evitar que éste se consolide llevando a puro y debido efecto el programa por el que ha venido luchando; pues de cuantas maneras les ha sido posible lo han combatido, poniendo a su marcha todo género de obstáculos, hasta el grado de buscar la mengua de la dignidad de la República y aun de poner en peligro la misma soberanía nacional, provocando conflictos con la vecina República del Norte y buscando su intervención en los asuntos domésticos de éste país, bajo el pretexto de que no tienen garantías de las vidas y propiedades de los extranjeros y aun pretexto de simples sentimientos humanitarios; porque con toda hipocresía aparentan lamentar el derramamiento de sangre que forzosamente trae la guerra, cuando ellos no han tenido el menor escrúpulo en derramarla de la manera más asom243

brosa, y de cometer toda clase de excesos contra nacionales y extranjeros. Que en vista de esto, es seguro que los enemigos de la Revolución, que son los enemigos de la Nación, no quedarían conformes con que el Gobierno que se establezca se rigiera por las reformas que ha expedido o expidiere esta Primera Jefatura, pues de seguro lo combatirían como resultante de cánones que no han tenido la soberana y expresa sanción de la voluntad nacional. Que para salvar ese escollo, quitando así a los enemigos del orden todo pretexto para seguir alterando la paz pública y constipando contra la autonomía de la Nación y evitar a la vez el aplazamiento de las reformas políticas indispensables para obtener la concordia de todas las voluntades y la coordinación de todos los intereses, por una organización más adaptada a la actual situación del país, y, por lo mismo, más conforme al origen, antecedentes y estado intelectual, moral y económico de nuestro pueblo, a efecto de conseguir una paz estable implantando de una manera más sólida el reinado de la ley, es decir, el respeto de los derechos fundamenta244

les para la vida de los pueblos, y el estímulo a todas las actividades sociales, se hace indispensable buscar un medio que, satisfaciendo a las dos necesidades que se acaban de indicar no mantenga indefinidamente la situación extraordinaria en que se encuentra el país a consecuencia de los cuartelazos que produjeron la caída del Gobierno legítimo, los asesinatos de los supremos mandatarios, la usurpación huertista y los trastornos que causo la defección del ejército del Norte y que todavía están fomentando los restos dispersos del huertismo y del villismo. Que planteado así el problema, desde luego se ve que el único medio de alcanzar los fines indicados es un Congreso Constituyente por cuyo conducto la Nación entera exprese de manera indubitable su soberana voluntad, pues de este modo, a la vez que se discutirán y resolverán en la forma y vía más adecuadas todas las cuestiones que hace tiempo están reclamando solución que satisfaga ampliamente las necesidades públicas, se obtendrá que el régimen legal se implante sobre bases sólidas en tiempo relativamente breve, y en términos de tal manera legítimos que nadie se atreverá a impugnarlos.
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Que contra lo expuesto no obsta que en la Constitución de 1857 se establezcan los trámites que deben seguirse para su reforma; porque aparte de que las reglas que con tal objeto contiene se refieren única y exclusivamente a la facultad que se otorga para ese efecto al Congreso Constitucional, facultad que éste no puede ejercer de manera distinta que la que fija el precepto que se la confiere; ella no importa, ni puede importar ni por su texto, ni por su espíritu una limitación al ejercicio de la soberanía por el pueblo mismo, siendo que dicha soberanía reside en éste de una manera esencial y originaria, y por lo mismo, ilimitada, según lo reconoce el artículo 39° de la misma Constitución de 1857. Que en corroboración de lo expuesto, puede invocarse el antecedente de la Constitución que se acaba de citar, la que fue expedida por el Congreso Constituyente, convocado al triunfo de la Revolución de Ayutla, revolución que tuvo por objeto acabar con la tiranía y usurpación de Santa Anna, implantada con la interrupción de la observancia de la Constitución de 1824; puesta en vigor con el acta de reformas de 18 de mayo de 1847; y
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como nadie ha puesto en duda la legalidad del Congreso Constituyente que expidió la Constitución de 1857, ni mucho menos puesto en duda la legitimidad de ésta, no obstante que para expedirla no se siguieron las reglas que la Constitución de 1824 fijaba para su reforma, no se explicaría ahora que por igual causa se objetara la legalidad de un nuevo Congreso Constituyente y la legitimidad de su obra. Que, supuesto el sistema adoptado hasta hoy por los enemigos de la Revolución de seguro recurrirán a la mentira, siguiendo su conducta de intriga y, a falta de pretexto plausible, atribuirán el Gobierno propósitos que jamás ha tenido, miras ocultas tras de actos legítimos en la forma, para hacer desconfiada la opinión pública, a la que tratarán de conmover indicando el peligro de tocar la Constitución de 1857, consagrada con el cariño del pueblo en la lucha y sufrimientos de muchos años, como el símbolo de su soberanía y el baluarte de sus libertades; y aunque no tienen ellos derecho de hablar de respeto a la Constitución cuando la han vulnerado de cuantos medios les ha sido dable, y sus mandatos solo han servido para cubrir con
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el manto de la legalidad los despojos más inicuos, las usurpaciones más reprobables y la tiranía más irritante, no está por demás prevenir el ataque, por medio de la declaración franca y sincera de que con las reformas que se proyectan no se trata de fundar un gobierno absoluto; que se respetará la forma de gobierno establecida, reconociendo de la manera más categórica que la soberanía de la Nación reside en el pueblo y que es éste el que deba ejercerla para su propia beneficio; que el gobierno, tanto nacional como de los Estados, seguirá dividido para su ejercicio en tres poderes, los que serán verdaderamente independientes; y, en una palabra, que se respetará escrupulosamente el espíritu liberal de dicha Constitución, a la que sólo se quiere purgar de los defectos que tiene ya por la contradicción y oscuridad de algunos de sus preceptos, ya por los huecos que hay en ella o por las reformas que con el deliberado propósito de desnaturalizar su espíritu original y democrático se le hicieron durante las dictaduras pasadas. Por todo lo expuesto, he tenido a bien declarar lo siguiente:
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Artículo 1° Se modifican los artículos 4°, 5° y 6° del Decreto de 12 de diciembre de 1914, expedido en la H. Veracruz, en los términos siguientes: Artículo 4° Habiendo triunfado la causa constitucionalista, y estando hechas las elecciones de Ayuntamientos en toda la República, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación, convocará a elecciones para un Congreso Constituyente, fijando en la convocatoria la fecha y los términos en que habrán de celebrarse, y el lugar en que el Congreso deberá reunirse. Para formar el Congreso Constituyente, el Distrito Federal y cada Estado o Territorio nombrarán un diputado propietario y un suplente por cada sesenta mil habitantes o fracción que pase de veinte mil, teniendo en cuenta el censo general de la República en 1910. La población del Estado o Territorio que fuere menor de la cifra que se ha fijado en esta disposición elegirá, sin embargo, un diputado propietario y un suplente. Para ser electo Diputado al Congreso Constituyente, se necesitan los mismos requisitos exigidos por la Constitución de 1857
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para ser Diputado al Congreso de la Unión; pero no podrán ser electos, además de los individuos que tuvieren los impedimentos que establece la expresada Constitución, los que hubieren ayudado con las armas o servido empleos públicos en los gobiernos o facciones hostiles a la causa constitucionalista. Artículo 5° Instalado el Congreso Constituyente, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, le presentará el proyecto de la Constitución reformada para que se discuta, apruebe o modifique, en la inteligencia de que en dicho proyecto se comprenderán las reformas dictadas y las que se expidieren hasta que se reúna el Congreso Constituyente. Artículo 6° El Congreso Constituyente no podrá ocuparse de otro asunto que el indicado en el artículo anterior; deberá desempeñar su cometido en un período de tiempo que no excederá de dos meses, y al concluirlo expedirá la Constitución para que el Jefe del Poder Ejecutivo convoque, conforme a ella, a elecciones de poderes generales en toda la República. Terminados sus traba250

jos, el Congreso Constituyente se disolverá. Verificadas las elecciones de los Poderes Federales e instalado el Congreso General, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, le presentará un informe sobre el estado de la administración pública, y hecha la declaración de la persona electa para Presidente le entregará el Poder Ejecutivo de la Nación. Artículo 2° Este decreto se publicará por bando solemne en toda la República. Constitución y Reformas [Palacio Nacional de México, 14 de septiembre de 1916]

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Contenido
Sentimientos de la nación Plan de Iguala Manifiesto al volver a la capital de la República Oración cívica Decreto que incorpora las Leyes de Reforma a la Constitución de 1857 Plan de Tuxtepec Manifiesto contra Porfirio Díaz Discurso sobre inamovilidad judicial Plan de San Luis Carta abierta a don Francisco I. Madero Manifiesto del 23 de septiembre de 1911 Plan de Ayala Plan de Guadalupe 7 13 23 29 89 93 101 109 143 163 189 209 221

México: ideario de la nación (antología) se terminó de editar en la Ciudad de México en junio de 2010. En su composición se usaron tipos de la familia Palatino.

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