reportaje

MANUEL MARTÍN ● Periodista y profesor de Secundaria.

Fotografías de Blanca García Carrera

El instituto sevillano Domínguez Ortiz experimenta las enormes posibilidades que se abren a un centro educativo cuando alumnado, profesorado y vecindario deciden compartir sus “saberes”. Lo hace de la mano del colectivo cultural ZEMOS98 y siguiendo el modelo de una entidad bancaria en la que se colocan los conocimientos como “activos”.
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BCC: un banco para compartir conocimientos

Una lluvia de post-its inunda el centro: ¿Qué puedes enseñar a los demás? ¿Qué quieres aprender hoy?

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Se organizan los post-its: de color rosa, las demandas; verdes, sus ofertas.

“Estáis aquí porque no sabéis lo que es el Banco Común de Conocimientos y yo lo voy a explicar.” Antonio Carmona, estudiante de 2º de Bachillerato del IES Domínguez Ortiz, ha sido invitado junto a sus compañeros Jenny, Isaac y Alejandro al Centro de las Artes de Sevilla a contar la experiencia que sólo unos días antes han protagonizado en su centro. Ante un público mayoritariamente universitario, sorprenden por la frescura y seguridad con la que relatan su proyecto. Sin guión, sin nada preparado, hablan con desparpajo del intercambio de conocimientos. Situados en un segundo plano, Juanjo Muñoz, director del centro en esos momentos, y Rubén Díaz, uno de los miembros de ZEMOS98 y coordinador de este proyecto, se miran con complicidad al escucharlos hablar. Están sorprendidos y emocionados al ver como este grupo de jóvenes ha ganado en autonomía, en autoestima y en seguridad. Juanjo y Rubén se encontraron en la red unos meses atrás. Ambos eran usuarios de Twitter y allí habían compartido ideas y expectativas. Cuando algunos miembros del colectivo cultural ZEMOS98 descubren el blog “Iguales en las tres mil” (http://igualdad3000.blogspot.com/), les
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llama la atención la manera en que el IES Domínguez Ortiz usa las nuevas tecnologías, construyendo comunidad y sin hacer distinción entre profesorado y alumnado. Ese descubrimiento lo asocian a las líneas de investigación en las que andaban metidos y surgen nuevos interrogantes. ¿Puede un centro educativo conversar con un proyecto privado ajeno a la educación? ¿De mano de quién debe llegar la innovación educativa a la escuela? ¿Es trasladable la filosofía del software libre a la educación? Están centrados en el discurso que, en torno a la educación, está surgiendo con las TIC. En ese camino convergen con Platoniq, un grupo de productores culturales y desarrolladores de software, con base en Barcelona, que había trabajado con la idea del BCC en espacios culturales de vanguardia. Surge entonces el reto ¿Por qué no aplicarlo en un centro educativo?

Primer día, lunes
Varias reuniones previas y un par de visitas de la gente de Platoniq y ZEMOS98 al centro, la última de ellas para contar el proyecto al claustro de profesorado, son el punto de partida. Quizás no todos se

enteren bien de la propuesta, pero no hay oposición importante. Muchos nervios y mucha ilusión. La biblioteca del centro se convierte en el campamento base. Literalmente es tomada por las “fuerzas invasoras”, dos colectivos culturales, uno catalán y otro andaluz, ajenos a la enseñanza. El estruendo de sillas y mesas se hace sentir en el centro. Algo pasa en la biblioteca y la curiosidad del alumnado va en aumento. La elección de este espacio como base de operaciones no es gratuita. Está ubicado en la planta baja del edificio, en un lugar accesible y abierto a todos. Comienza el taller del Banco Común de Conocimientos impulsado por Platoniq. Se cita a diferentes grupos de 4º de ESO y de Bachillerato a una sesión introductoria para explicarles en qué va a consistir la experiencia. Acude un grupo reducido de alumnos. Por primera vez Aurori, Ale, Jenni, Antonio, Cortés, Isaac, Rocío, Jessi y unos cuantos más oyen hablar del BCC. Van a ser el grupo motor, es decir el encargado de transmitir toda la información al resto. El alumnado está expectante y al mismo tiempo observa el proceso como si la historia no fuera con ellos. Aún andan dándole vueltas a cómo encajar a un tipo como Olivier Schulbaum, un francés con un español precario, que como representante de Platoniq lleva la voz cantante. Miran más su extravagante barba que lo que escribe en una pizarra. Les parece serio y distante. Asegura que ésa será la única sesión “teórica”, pero más de uno, desde la incredulidad de la experiencia, anda pensando que aquello tiene pinta de “otro rollo más” y, aunque anuncia lo de que “se trata de cambiar los roles de alumno y profesor”, no deja de ser más de lo mismo, un adulto que explica de forma grandilocuente lo que van a hacer en los próximos días. Para colmo, Olivier comienza a transitar una senda que no todos son capaces de seguir. Comenta que “el proyecto aplica la filosofía del copyleft, de las redes sociales o del software libre a la transmisión de conocimientos”. Pero cuando una alumna levanta la mano y pregunta “qué es el software libre” enciende la alarma. Entonces Olivier se agarra a un ejemplo más cercano: la receta del gazpacho. “Todos sabemos cuáles son sus ingredientes básicos (tomate, pimiento, pan...), pero cada uno hace el gazpacho

de forma diferente. Y todos entendemos que la receta no es de nadie, es de todos, y cada uno la desarrolla a su gusto. Ésta es la idea importante, aplicada al software o a la cocina. Los conocimientos, de todos y de nadie al mismo tiempo, son una especie de “activos” (como en la bolsa) que tienen un valor. Y ese valor se lo vamos a dar nosotros durante la semana: tenemos también la responsabilidad de decidir qué es lo importante. Y por encima de todo, está el fortalecimiento de las relaciones que se crean, la red que se teje.” El ejemplo es claro, pero los alumnos se quedan pensativos. La música suena bien pero aún no saben si ellos serán capaces de interpretarla correctamente. Más de uno se pregunta a esas alturas “¿Qué hago aquí?” Hay un momento determinante en la primera sesión. Olivier pregunta “¿Te has parado a pensar lo que puedes enseñar a los demás? ¿A tus amigos? Es más, ¿tienes algún interés en compartir algo? ¿A cambio de qué? ¿Sobre qué tema? ¿Qué puede ser útil para los demás?” Silencio como respuesta. Parece fácil a priori, pero no lo es. Se trata de responder y se divaga. Casi sin pretenderlo terminan hablando del sistema educativo, de lo que aportan las clases, de la insatisfacción general, de cómo les gustaría que les explicasen las cosas y de que “los profesores saben otras muchas cosas que no enseñan”, como recalca un alumno, Ale. De los pensamientos y de las grandes palabras hay que pasar a la acción. El tema promete. Se crean dos grupos con alumnado y profesorado. Olivier propone elaborar un mapa de las especialidades de cada uno. Sobre las mesas encuentran post-its de diferentes colores, rotuladores y bolígrafos. Tienen que hacer visibles sus aficiones, buenas prácticas, intereses, etc. En post-it de color rosa aparecerán reflejadas sus demandas (¿Qué quiero aprender?) y en los verdes sus ofertas (¿Qué puedo enseñar?). Por su parte, los amarillos recogerán nombres de otras personas, de fuera del grupo de trabajo o del instituto, con algo que enseñar. Cada uno debe escribir, al menos, cinco demandas y cinco ofertas de conocimientos. Con un mínimo de dos demandas coincidentes, el grupo empezará a trabajar y a buscar dentro de la red del barrio o del grupo a alguna persona que pueda dar respuesta a esa petición. Una lluvia de post-its de colores em-

pieza a surgir en torno a un tablón donde quedan clasificados por temas: deportes, tecnología, sociedad, humanidades, cuerpo, etc. El mapa de intereses de cada grupo empieza a tomar cuerpo. Los alumnos abandonan la biblioteca ilusionados. La acción les ha enganchado de forma rotunda.

Segundo día, martes
Algo ha cambiado ya en todos ellos. El grupo motor viene con las ideas más claras. Ya saben bastante más de lo que se traen entre manos. Alrededor de la biblioteca se generan unos momentos de incertidumbre. Comienzan a llegar muchos alumnos que no quieren quedar al margen de lo que se está gestando en el centro, pero no hay más remedio que negarles la asistencia al desarrollo de esta primera fase del proceso. El grupo motor queda definitivamente compuesto por unas doce personas, de 4º de ESO y Bachillerato. Han sido elegidos porque presentan características diversas pero, por encima de todo, porque en un centro con un alto grado de absentismo resulta primordial el compromiso de acudir todos los días de la semana a clase. Se crea la figura de los mentores. Lo importante es ser capaz de transmitir energía, motivación, ilusión. Juanjo, el director, es el mentor del grupo de profesores, éstos, a su vez, lo son de un grupo de alumnos que se convierte en mentor de los restantes. El objetivo del segundo día no es fácil, tienen que convertirse, a marchas forzadas, en expertos del BCC y para ello tienen que aprender a comunicar el proyecto a los otros grupos, al profesorado, a los amigos y familiares que viven la experiencia desde el instituto, o a quien quiera que les pregunte. Se comienza a planificar el trabajo del día siguiente. Tienen que decidir en qué aulas de 2º y 3º de ESO entrarán para implicar a más compañeros y compañeras en la búsqueda de “activos” para el banco: qué saben y quieren compartir por una parte, y qué quieren aprender, por otra. Se dividen en cuatro grupos de trabajo por afinidades y gustos personales: Comunicación, Producción y diseño, Audiovisual y Buscadores. La idea de hacer un grupo motor mixto de profesores y alumnos parece, a priori,

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una buena idea; a la postre resultará clave para llevar a cabo la experiencia.

Tercer día, miércoles
Jenny, Cortés, Jessi, Joaquín y Raúl forman un grupo de comunicación que se dispone a llevar la información aula por aula. Jenny estudia 4º de ESO y es profesora de baile latino y funky. Se nota entusiasmada con la idea; quiere ser maestra y disfruta acercándose a los más pequeños. Cortés, cuya actitud en un principio fue de cierto rechazo, porque no entendía los conceptos teóricos del proyecto, ha puesto todo su empeño en demostrar sus magníficas dotes de “relaciones públicas”. Sorprenden la seriedad y responsabilidad de Raúl. Hace de productor-regidor de cada presentación del proyecto como si tuviera una larga experiencia en ello, siempre atento a su reloj y al siguiente punto del guión. Jessi reparte post-it verdes y rosas. Una chica no sabe qué poner y reclama su ayuda. Jessi le responde con desparpajo: “Pon algo de cocina, lo que sea...” Joaquín ha estado muy seguro de sí mismo durante su exposición. Su intervención resulta brillante. Todo un verdadero aprendizaje: tener que desarrollar un proyecto, explicarlo, exponerlo ante todos sus compañeros. Un profesor que permanece ajeno se queda mirando como lo hacen y termina exclamando “¡Esto es brutal! ¿Qué estamos haciendo todos los días?” A continuación entran en otra clase para hacer su exposición, en esa aula hay dos profesores de apoyo. Paran su actividad, pero uno de ellos no entiende que tiene que interrumpir su papel de docente y continúa tutelando la intervención, hasta que uno de los alumnos le pasa un paquete de post-it. Se queda descolocado y cortado. Se resiste a participar, pero cuando observa que todo el alumnado está inmerso en la historia, tímidamente termina poniendo algo. Ahora sí: el Banco Común de Conocimientos ahora sí que ha abierto sus puertas, a todos, en el centro. A estas alturas es evidente que el alumnado ha hecho suyo el proyecto. Ha aumentado la motivación y el interés. En la sala de profesores, sin embargo, hay opiniones cruzadas. Hay quien lanza aquello de “se están perdiendo muchas clases para nada” frente a quien le replica “sólo por ver cómo han expuesto el pro-

yecto a sus compañeros, ya ha merecido la pena”. Hay quien critica la metodología y quien sólo reflexiona en voz alta. El debate se genera y empiezan a surgir preguntas ¿Se mantendría el mismo nivel de trabajo si el proyecto se alargara o se integrara en la propia dinámica del centro? ¿Es la motivación la clave para que se entienda que el esfuerzo es un ingrediente más del proceso de aprendizaje? ¿Qué herramientas puede usar el profesorado para comunicarse y motivar más y mejor a su alumnado? ¿Cómo evitar esa sensación de distanciamiento con gran parte del alumnado durante el resto del año? El equipo directivo acompaña el proceso expectante. Juanjo, el director del centro, se siente acompañado en el proceso por su equipo directivo y por profesores como Inma, Manolo, o Vanessa. La apuesta parece ir por buen camino.

Cuarto día, jueves
En los días previos se planificó una actividad en exterior, que es el siguiente punto del proceso. Se sale del instituto temprano, hacia el mercadillo de los jueves, con la intención de “expandir” el Banco al barrio, para integrar a vecinos y vecinas en el proyecto. Entre frutas, verduras, calzados, ropas, material de ferretería, CD y demás productos del mercadillo, hoy se cuela una propuesta de un grupo de chavales del instituto, que ofrece un nuevo género mucho menos tangible que el resto: el intercambio de ideas y conocimientos. Junto a un puesto de venta de calzado colocan su chiringuito. Vienen cargados con una mesa y unas sillas, carteles, un megáfono, cartón pluma para pegar las ofertas y demandas, post-it y bolígrafos. A estas alturas los alumnos saben bien lo que tienen que hacer. Los grupos se disgregan y el mercadillo sigue su vida de intercambio constante. Las risas, eternas compañeras de los vecinos, se pierden entre explicaciones y post-it de colores. Algunos de los componentes del grupo están casi en familia, entre padres, madres, tíos y abuelos que trabajan en la venta ambulante. La mayoría del vecindario reacciona bien y se pone a pensar qué le gustaría aprender y qué podría enseñar. Uno de los problemas más importantes del barrio es el absentismo escolar. En el mercadillo se reencuentran con compañeros que deberían estar en el instituto y

para saber más
Esta experiencia está recogida en un documental titulado La escuela expandida, una producción de ZEMOS98 Gestión Creativo Cultural e Intermedia Producciones, que se estrenó en el Festival de Cine Europeo de Sevilla en 2009: La escuela expandida se puede ver online en la web de ZEMOS98: http://tv.zemos98.org/La-escuelaexpandida (http://www.zemos98.org) Más información, imágenes, archivos de audio y vídeo sobre el proyecto Educación Expandida, de ZEMOS98 en: http://www.educacionexpandida.org http://elblogdejuanjo.wordpress.com

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que se unen al grupo llevados por la curiosidad. Quizás a algunos de ellos este encuentro los anime a pensar que a lo mejor estaría bien pasarse más a menudo por la escuela. Unas horas más tarde, vuelven al centro con el recuerdo luminoso del brillo de los ojos de la gente, la ilusión de aprender, la alegría de compartir y de buscar información.

Quinto y último día, viernes
Desde hace un par de días los carteles del proyecto anuncian para el viernes un mercado de intercambio de conocimientos en el patio del instituto. Es la meta fijada. La expectativa está creada y la curiosidad convierte al día en una jornada particular. Los post-it de colores se han convertido como por arte de magia en enseñanzas tangibles, después de que el grupo de “buscadores” haya intentado “casar” durante horas el mayor número de propuestas. Portando un cartelito de “Soy buscador” se han pateado el instituto y el barrio para poder ofrecer lo que otros deman-

dan. Entre risas se autocalifican como el “Google” del proyecto. Había especial interés en conectar las demandas de información con las áreas del currículo y finalmente se han aplicado las Matemáticas, la Física, la Música, la Mecánica o la Educación Física a las ofertas y demandas de conocimientos que los buscadores han encontrado durante toda la semana, dentro y fuera del centro. El patio resulta insuficiente para dar cabida a todas las demandas seleccionadas. El mercado ambulante de conocimientos se expande por la pista de baloncesto, el gimnasio, el aula de música, la clase de 3º de ESO y el hall del instituto. Era difícil prever un respaldo tan masivo, ateniendo a los malos augurios de algunos docentes que vaticinaban hace sólo tres días otro resultado, bajo la fórmula de “yo conozco muy bien este centro y los alumnos no van a querer participar”. El grupo dinamizador anuncia en el hall del instituto un cronograma de cuándo y dónde se producirán los intercambios. Se presenta un programa en el que aparecen, entre otros, títulos muy sugestivos: “Cómo limpiar el carburador de

una moto”, “Qué es Tuenti”, “Artes marciales y filosofía”, “Matemáticas y Física aplicadas al baloncesto” o “Cómo aprender a tocar instrumentos musicales y crear ritmos”. En el patio de entrada se congrega un número considerable de alumnado. Inma, una profesora muy activa en todo el proceso, quiere aprender cómo limpiar el carburador de su moto, una Vespino que ha cedido para la actividad. Manuel, un alumno de 3º de ESO, le explica de manera convincente y clara cómo hacerlo. Inma se lleva su moto, no sólo con el carburador limpio, sino también con los pilotos intermitentes arreglados. Manuel muestra en su rostro la satisfacción de ver cómo sus conocimientos en mecánica son valorados y reconocidos en el instituto. En el aula de Informática un chico de unos 14 años tiene a todo el personal, fundamentalmente al profesorado, embelesado explicando qué es Tuenti y cómo moverse por esta exitosa red social muy usada por adolescentes: cómo crear una cuenta, cómo compartir imágenes, vídeos y comentarios. El artífice de tanto interés es Christian, un alumno, que después de va-

Visitan el mercadillo para integrar al vecindario en el proyecto.

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El alumnado participa en la propuesta “Matemáticas y Física aplicadas al baloncesto”.

rios años de absentismo escolar, se ha incorporado al centro a través del Aula de Acogida. El exterior del gimnasio ha adquirido un marcado aire oriental. Roberto es el Jefe de Estudios y profesor de Filosofía. Su oferta para el mercado ha sido enseñar a aplicar la filosofía del kárate a la vida diaria. Hace años fue campeón de kárate de Andalucía. Además, cuenta con la ayuda de un alumno, Isaac, que complementa la sesión con una demostración de boxeo tailandés. En la pista de baloncesto dos profesores compiten para ver quién es capaz de aplicar las Matemáticas o la Física al baloncesto de manera más atractiva para los participantes. El profesor de Matemáticas propone cómo formular matemáticamente los botes de un balón, mientras que la propuesta del profesor de Física se refiere a cómo se comportan los movimientos del balón al ser lanzado desde la línea de tiros libres.
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En el aula de Música suenan palmas al compás de bulerías, luego prueban con la caja, la guitarra y la batería. Asesorados por el profesor de Música aquello termina con una batucada en la que se unen panderetas, tambores y campanillas. Y entre risas, música y entusiasmo se fueron apagando los ecos de esta grata experiencia al terminar la última jornada. Pero, ¿Qué pasó en el centro el lunes siguiente a una semana tan intensa? El director del instituto en aquellos momentos, Juanjo, lo relata con claridad: “Fue frustrante. El espíritu de esa semana se fue diluyendo. Vivimos una gran resaca colectiva. Había que volver a situarse en la realidad, sin colaboradores externos, y nos costó varios días encontrar el ritmo. Costaba desengancharse. Parecía todo extrañamente silencioso, como si faltara algo...” La intervención del alumnado del IES Domínguez Ortiz en un taller del Simposio Educación Expandida, en el marco del 11 Festival Internacional ZEMOS98, ha terminado. Posiblemente a estas alturas la mayoría de los jóvenes universitarios que los han escuchado con atención ya sepan qué es el Banco Común de Conocimientos. Reciben aplausos. Antonio, Jenny, Isaac y Alejandro se muestran orgullosos del reconocimiento. La autoestima crece. Aún no han digerido suficientemente todo lo que han sentido en los últimos días, pero son conscientes de que están viviendo algo singular. Les ha gustado experimentar de esta manera su instituto. Profesorado, alumnado y personal externo se convirtieron en personas que durante una semana se ponían a trabajar juntas, para aprender juntas. El único temor de todos ellos es si de todo esto no quedará sólo lo superficial y se olvidará la idea que lo sustenta y que debe servir para mejorar la educación. La propuesta ha pretendido ser un grito en el interior de un centro educativo para reflexionar sobre los procesos de enseñanza y aprendizaje y observar cómo se pueden producir transferencias desde las nuevas tecnologías, curiosamente usándolas muy poco, casi nada, en un proyecto como éste. Y como apunta Rubén Díaz, uno de los instigadores del proyecto, “quizás por eso este proyecto no debe tener continuidad en el mismo centro. Perdería el carácter refrescante. No debemos olvidar una idea que parte de un pensamiento de Paulo Freire: 'La educación no es, la educación está siendo”.