Había una gota de sangre sobre la almohada, una gota que segundos

antes había brotado y crecido hasta convertirse en una oscilante burbuja,
para luego deslizarse con lentitud por la pálida piel de un largo y elegante
dedo, columpiarse al llegar al extremo y finalmente caer e impactar sobre
la cama, extendiéndose lentamente hasta alcanzar el tamaño de un
pétalo de rosa. El vivo color de aquella mancha destacaba violentamente
contra la tela blanca y captaba irremediablemente la atención de Gabriel.
Haciendo un esfuerzo, se dio la vuelta para seguir vistiéndose.
—Esto no es nada sexy, ¿sabes? —escuchó a su espalda.
Con los pantalones a medio poner, echó un vistazo por encima del
hombro para mirar a la ocupante de la cama, la misma que por un
descuido había manchado las sábanas con su propia sangre. La había
visto pincharse diligentemente el dedo con una aguja de gran calibre, y
ahora dejaba que la sangre goteara dentro de un tubo de analítica, con el
aburrimiento de lo rutinario. Se subió la bragueta antes de girarse hacia
ella.
—No te lo pediría si no fuera necesario —dijo.
—Ya —se quejó ella—, pero sigue sin ser nada sexy.

Considerando que ya había suficiente, la joven se chupó el dedo para
detener el sangrado a la vez que volvía a tapar el tubito, aunque ni
siquiera lo había llenado del todo. Lo agitó levemente, y miró el contenido,
constatando que la sangre se había diluido con el anticoagulante que
había dentro, antes de dejarlo sobre la mesita de noche. Luego, tirando de
las enredadas sábanas para cubrir su pecho, se tumbó cuan larga era
sobre la cama, y sus cabellos pelirrojos se derramaron sobre el colchón.
Su piel desnuda, pálida, relucía brillante de sudor.
Gabriel no pudo evitar mirarla, esta vez de manera más prolongada,
dejando que sus ojos la recorrieran por completo, como si pudiera ver su
cuerpo a través de la sábana blanca. Ella le sonrió y volvió a chuparse la
yema del dedo, que aún estaba sensible tras el pinchazo. Presa de un
rapto de sensualidad, se acercó a ella. Suavemente, cogió su mano entre
las suyas, obligándola a incorporarse, y apretó el dedo que acababa de
pincharse hasta que dolió y volvió a sangrar. Se lo llevó hasta los labios y
chupó la sangre que manaba despacio, mirándola a los ojos durante todo
el tiempo. La sábana cayó cuando ella ya no quiso sostenerla más tiempo,
dejando al descubierto sus blancos y pesados senos.
—¿Así te parece más sexy? —preguntó él, con su dedo aún contra los
labios.
—Sí —confesó ella—. Pero sigo pensando que sería mejor que me
mordieras.
Él suspiró, como si de una antigua discusión se tratase.
—Eso te dolería infinitamente más que un pinchazo en el dedo. Y
bastante te quejas ya.
Ella torció el gesto y retiró la mano, escaldada por su condescendencia.
—No me quejo porque me duelan los pinchazos. Me quejo porque no
me resultan excitantes. ¿De qué me sirve acostarme con un vampiro si no
me muerde?

—Sí que te muerdo —dijo él, elevando las cejas.
—Ya, pero no me haces sangre, ni bebes de mí cuando follamos.
Cansado de la conversación, Gabriel se alejó de ella para terminar de
vestirse.
—Pensaba que te lo hacía pasar bien —comentó tras unos segundos de
silencio.
—Esto no tiene nada que ver con tu ego masculino, Gabriel —replicó,
tapándose de nuevo los senos con la sábana—. Tiene que ver con que no
satisfaces mis fantasías.
—Ves demasiadas películas de vampiros —dijo él.
—Y tú ves demasiadas pocas. Si las vieras sabrías qué es lo que quiero.
—Sé lo que quieres, pero es algo que yo no puedo darte.
Se pasó las manos por el cabello, consiguiendo apartar de su rostro un
mechón de su larga cabellera.
—Podrías ponerte unas prótesis —insinuó.
—¿Unas qué?
—Prótesis. De colmillos. Podrías ir a un dentista y… —Gabriel resopló,
interrumpiéndola—. ¿Pero qué tiene de malo?
—Que no me voy a gastar un dineral en arruinarme la dentadura para
satisfacer un capricho tuyo —espetó.
—¿Ah no? Pues a lo mejor yo tampoco vuelvo a satisfacer tus
caprichos. A lo mejor mañana cuando vuelvas no te abro la puerta. A lo
mejor me busco a un vampiro de verdad, y no a un fracasado como tú que
sólo finge ser uno.

La frustración burbujeó en el pecho de Gabriel. Durante un momento,
pensó en irse, pero cambió de opinión. Giró sobre sus talones y se encaró
con ella.
—No comprendes lo que me estás pidiendo.
—Sí que lo comprendo.
—No, no lo haces —volvió a negar—. No tiene nada que ver con mis
dientes, ni con unas prótesis, ni con nada de todo eso.
—¿Entonces con qué? —le pidió explicaciones, elevando su arqueadas
cejas.
Gabriel la miró, valorando de nuevo su cuerpo desnudo. Satisfacer sus
deseos le resultaría no solo muy fácil, sino también, tremendamente
placentero. Como tantas otras veces, se imaginó a sí mismo hundiendo
sus dientes en aquella pálida y fragante piel, saboreando la sangre que
acudía a su boca en oleadas acompasadas al pulso de sus arterias, y el
deseo hizo que el corazón le martilleara en los oídos. Negó con la cabeza
y se apartó.
—Sencillamente, me estás pidiendo algo que no puedo hacer.
—¿Porque no te atreves? —sugirió ella con cierto desprecio.
—No, no me atrevo —confesó.
Por un momento, pensó que lo consideraría un cobarde y se reiría de
él, pero, por el contrario, lo miró con seriedad.
—No me da miedo el dolor.
—¿Ves? No lo comprendes —exclamó.
—Pues entonces, ¡explícamelo! —La joven se incorporó, quedando de
rodillas sobre la cama—. Quiero entenderte.

—No, no quieres. Lo único que quieres es reflejar tus absurdas e
irreales fantasías en mí —la acusó.
Se arrepintió de decir aquello nada más hacerlo. Ella era muy joven,
muy ilusa, muy dispuesta a idealizar lo que había entre los dos.
Difícilmente podía enfadarse con ella por hacer algo que él la animaba a
hacer con su comportamiento.
—Lo siento, Lily —dijo—. No debería haber dicho eso.
—No me llames Lily —contestó enfadada, antes de desviar la mirada
hacia la ventana de la habitación, a través de la cual podía verse el cielo
—. Está a punto de amanecer —hizo notar.
Los ojos de Gabriel siguieron los de ella, constatando que tenía razón.
—Será mejor que me vaya —dijo.
—Y quizás también sería mejor que no volvieras.
—No digas eso si no es lo que quieres de verdad —le advirtió.
La mirada dolida que le dedicó le convenció de cuáles eran sus
verdaderos sentimientos. Acercándose a la joven, apartó la sábana de un
manotazo, la tumbó en la cama con el peso de su cuerpo y le lamió los
pezones, el ombligo y el sexo. Luego la besó en los labios, disfrutando de
su sumisión.
—¿Seguro que no quieres que vuelva? —preguntó, sabiendo de
antemano cuál sería la respuesta.
—No.
—¿Entonces?
—Vuelve esta noche, Bill Compton.
Gabriel meneó la cabeza y resopló, sonriendo a su pesar.

—Lilith, por favor, si vas a compararme con un vampiro de ficción, que
no sea con una tan moñas.
—¿Prefieres a Lestat?
—Prefiero a Drácula —replicó él, mordiéndola en el cuello hasta el
punto del dolor y haciéndola reír contenta—. Ahora sí que tengo que irme.
El sol saldrá de un momento a otro.
—Será lo mejor —contestó, burlona—, no te me vayas a achicharrar ahí
fuera.
Se separó de ella y volvió a dirigirse a la salida, pero su voz lo retuvo
de nuevo justo en el umbral.
—Gabriel. —Se giró para ver qué quería y cogió al vuelo el tubito de
plástico que ella le había lanzado—. No olvides tu desayuno.

*

Aún no había amanecido cuando Gabriel abandonó la casa de su
amante, aunque el cielo empezaba a clarear. Jugueteando distraídamente
con el tubito de plástico que sostenía entre los dedos, bajó los escalones
de dos en dos y no se detuvo hasta alcanzar la calle. La ciudad
despertaba, y el sonido del intenso tráfico de la GC-1 le golpeó nada más
salir del zaguán, pero más allá de aquella concurrida vía interurbana que
recorría toda la costa este de la ciudad, y la comunicaba con el sur de la
isla, se podía ver el mar y escuchar el rumor de la marea impactando
contra los pesados pilones de piedra que hacían las veces de rompeolas.
Tras comprar unos cruasanes en un 24 horas cercano, caminó por la
acera hasta llegar al paso a nivel, un puente de metal verde que cruzaba
sobre la carretera hasta llegar a la avenida que había al otro lado.

La avenida marítima, que corría paralela a la GC-1 a lo largo de diez
kilómetros, estaba tan concurrida como la autopista contigua, incluso a
aquella temprana hora. Muchos transeúntes caminaban, corrían o
paseaban en bicicleta por el carril bici. Sorteándolos, Gabriel atravesó la
avenida de lado a lado, hasta llegar al extremo opuesto. Apoyándose en la
barandilla de acero que hacía las veces de mirador, sacó uno de los
cruasanes mientras se perdía en la contemplación del paisaje. Bajo sus
pies se extendía Las Alcaravaneras, una pequeña playa urbana que se
encontraba flanqueada al norte por la base naval y el club náutico y al sur
por el muelle deportivo.
Ya era prácticamente de día. El cielo se había despejado y adquiría un
profundo color azul. En el horizonte, orientado al este, los tonos amarillos,
rosados y anaranjados presagiaban la inminente salida del Sol. Sacando
un segundo cruasán de la bolsa, bajó despreocupadamente los escalones
que separaban la avenida de la playa, se descalzó y caminó por la fría
arena hasta sentarse frente a la orilla.
Amanecía, y el Sol parecía emerger del fondo del Atlántico. Sus
dorados

rayos

cayeron

sobre

la

límpida

superficie

del

mar,

fragmentándose en una miríada de reflejos. Gabriel contempló el
espectáculo, y no se movió, a pesar de sentirse aterido de frío, hasta que
notó cómo la luz del Sol le alcanzaba. Cerró los ojos, dispuesto a disfrutar
del agradable cosquilleo que sintió al notar cómo se entibiaba su piel.
No podía sacudirse de la cabeza la conversación mantenida con su
amante. Había estado peligrosamente cerca de ser del todo sincero con
ella, pero al final prefirió dejarla pensar que no era más que un cobarde
pusilánime, demasiado víctima de sus propios escrúpulos para poder
satisfacer a una mujer como ella. En todo caso, eso era mejor que dejarle
saber la verdad, se dijo mientras abría de nuevo los ojos para contemplar
el espectáculo del amanecer.
A medida que el Sol se elevaba, una intensa modorra empezaba a
apoderarse de él. Sintiendo que era el momento adecuado para irse, se

incorporó a la vez que sacudía la arena que había quedado adherida a sus
pantalones. Tras haber cumplido con su pequeño y secreto ritual diario,
solo le quedaba emprender el camino de regreso a casa.
La mayoría de los comercios empezaban ya su actividad cuando
Gabriel, volviendo a cruzar el paso a nivel, abandonaba la avenida
marítima para adentrarse en la ciudad. La zona del Puerto de la Luz y todo
el istmo de Guanarteme había sido siempre una zona concurrida y llena
de actividad, caracterizada por su multiculturalidad, y las peluquerías,
ópticas, farmacias y supermercados se mezclaban con tiendas de
productos de santería, de comestibles orientales de importación, o de
ropa y complementos exóticos. Haciendo una parada para comprar té
inglés en una tienda regentada por dos hindúes que apenas hablaban el
castellano, Gabriel llegó a casa bien entrada la mañana.
Vivía en un viejo edificio sin ascensor, de fachada destartalada pero
interior confortable. En el zaguán de la planta baja, que aún mostraba en
sus paredes los azulejos de la construcción original, había una gran
maceta de plástico con una planta artificial, que alguien había dejado ahí
muchos años atrás, a juzgar por la cantidad de polvo que cubría sus hojas,
en un pobre intento de alegrar el interior del edificio. Al subir las escaleras
en dirección a su piso, Gabriel casi choca con una vecina, que aún con su
bata de andar por casa y con un pañuelo en la cabeza, barría los
escalones con esmero. Le dedicó un apresurado saludo para seguir
ascendiendo hasta llegar al rellano del segundo piso. Una vez allí, y
bostezando ostensiblemente, sacó las llaves del bolsillo trasero y abrió la
puerta de su domicilio.
El metálico sonido de las teclas de una antigua máquina de escribir le
dio la bienvenida al hogar. Dejando las llaves sobre el mueble de la
entrada, atravesó el pasillo hasta llegar a la cocina, sin apenas hacer
ningún ruido. Mientras preparaba dos tazas de Earl Grey pudo notar que el
tecleo se interrumpía un momento, pero justo cuando empezaba a pensar
que su llegada era la razón de la pausa, se reanudó con más

determinación que antes. Cogiendo las tazas y la bolsa con los cruasanes
restantes, recorrió el pasillo hasta alcanzar la habitación de la que
provenía el constante tecleo, que no se detuvo ni siquiera cuando abrió la
puerta.
Ante él se encontraba el esplendoroso desorden de la habitación de su
compañero. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas corridas, olía a
sudor seco y a polvo, y el suelo estaba lleno de suciedad y bolas de papel.
Su habitante estaba justo donde lo había dejado la tarde anterior: de
espaldas a la puerta, sentado en su escritorio, con el rizado cabello
alborotado y flotando alrededor de su cabeza. Lucía un aspecto desaseado
y estaba vestido con la misma ropa raída de siempre. Parecía ajeno al
desorden que reinaba a su alrededor y, como si la relativa oscuridad en la
que se encontraba no interfiriera en su trabajo, golpeaba las teclas de su
Underwood con determinación. Cuando oyó entrar a Gabriel, apartó la
mirada de lo que escribía un segundo , y sin dejar de teclear le dio los
buenos días.
—Buenas —replicó. Apartó unos folios mecanografiados para posar las
tazas de té y los cruasanes sobre la superficie del escritorio. Un lepisma
plateado, que había estado oculto bajo la pila de papeles, corrió a
esconderse entre el mueble y la pared. Gabriel abrió las cortinas para que
algo de luz inundara la estancia. Luego, a pesar de conocer la respuesta,
preguntó—. ¿Has estado toda la noche escribiendo?
—Sí.
—Bueno, pues ya es hora de descansar, ¿no, Tony? —comentó como si
nada, posando una mano sobre el hombro de su amigo—. Desayuna, date
una ducha y vete a dormir. —Bostezó—. Eso mismo voy a hacer yo.
—No, aún no. Voy a seguir un rato más con esto.
—Al menos come algo.
—No tengo hambre.

Gabriel suspiró y se frotó el puente de la nariz.
—Hoy no tengo ganas de discutir también contigo.
—¿También conmigo? —Antonio dejó de teclear por fin y se giró en su
silla para mirarle. Sus ojos azules, inyectados en sangre, estaban afeados
por una profundas ojeras. Gabriel se sorprendió de lo demacrado que
parecía estar ese día, pero no dijo nada—. ¿Problemas en el paraíso?
—No es asunto tuyo, so cotilla.
—No seas aburrido. —Cogió su taza de té y le dio un pequeño sorbo—.
Cuéntame qué pasó. A lo mejor lo puedo usar en mi próxima historia.
—Vete a la mierda.
—Como quieras. —Le dio un último sorbo al té antes de girarse de
nuevo y volver a golpear el teclado de la máquina—. Solo me intereso por
el bienestar de vuestra relación. Como esa chica te mande a la mierda, te
veo pagándote putas de nuevo.
—Pagándonos, Antonio. Habla en plural. Y un poquito de gratitud no
estaría de más de vez en cuando —le reprochó—. Por cierto, Lilith te
manda recuerdos. —Sacó el tubito lleno con la sangre de la joven y lo
agitó delante de las narices de su amigo.
—Gracias —dijo Antonio—. Déjalo allí arriba, por favor.
Gabriel se dispuso a poner el tubito en la estantería que había sobre el
escritorio de Antonio, llena de libros y de polvo, justo al lado de una
diminuta cajita de marfil, pero al hacerlo constató con disgusto que un
tubo idéntico al que aún sostenía, con la sangre ya coagulada y reseca en
su interior, estaba justo ahí, donde él mismo lo había dejado la mañana
anterior.
—¿No te tomaste tu dosis de ayer? —preguntó.

Antonio lanzó una brevísima mirada hacia arriba, para ver el
contenedor de sangre que aparentemente había ignorado.
—Me habré despistado.
—Joder —exclamó Gabriel—. Siempre estamos igual. Si no te cuidas…
—Me despisté, ¿vale? —dijo Antonio con calma—. Dame eso, anda. —
Tendió la mano hacia Gabriel—. Hoy no me olvidaré.
—Más te vale —Gabriel dejó caer el tubo en la palma de su mano con
rabia—, porque no pienso seguir desperdiciando la sangre de Lilith. Luego,
si te pones enfermo, tendrás que beber de alguna puta roñosa. Y esta vez,
no te la pagaré yo.
—Está

bien,

pater.

—El

tono

sarcástico

de

Antonio

fue

lo

suficientemente notorio.
—Te juro que en momentos como este, te partiría la cara —dijo Gabriel,
antes de salir de la habitación dando un fuerte portazo.
Se quedó en el pasillo un momento, junto a la puerta, esperando. Unos
segundos después, el sonido del tecleo de la máquina de escribir volvió a
elevarse tras él. Demasiado cansado para seguir discutiendo, Gabriel
cruzó el pasillo hasta su propia habitación, y se encerró en ella, dispuesto
a no salir hasta el atardecer.

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Fotografía de @_nhoa_