You are on page 1of 1

DOBLE NATURALEZA DEL SER HUMANO

Héctor D. Mandrioni

Existe la filosofía porque existen personas capaces de hacerla. Existe una persona humana
cuando en un sector de la estructura terrestre, una clarificación consciente, una ilimitación esencial, un
dinamismo perenne, se manifiestan a través de una actuación racional y una libre suficiencia y
decisión. Un trozo de universo material se ha convertido en alojamiento del espíritu. La maravilla de un
ser sujeto a las causalidades materiales y, a la vez, capaz de decir la verdad, profiriendo un verbo
inteligente, y capaz de descubrirse en presencia de otros seres espirituales. La aparición de una persona
espiritual significa que, de pronto, en la serie compleja de las interrelaciones mundanales, aparece un
ojo dispuesto a entender el “sentido” de las cosas, un corazón capaz de experimentar el riesgo y la
inseguridad de un destino irreemplazable y una voluntad en condiciones de autodecidirse y de modelar
el ámbito terrestre para hacerlo cada vez más habitable.
Ésta es la naturaleza del hombre: ser sujeto a las vicisitudes corpóreas por el hecho de hundir
sus raíces en el torbellino de las energías materiales y, a la vez, ser capaz de poder dialogar fuera del
tiempo y decirse a sí mismo pensamientos cuyo significado no se deja encerrar en el molde carnal.
Merced a la presencia de este doble principio, el hombre se puede mover en la red de relaciones
espacio-temporales y, a la vez, en esta otra invisible, pero no menos real y objetiva red de relaciones
espirituales y de significaciones metafenomenales, que forman la trama del universo cultural. Deudor
de la materia y sujeto por su cuerpo a las fuerzas ctónicas, es con todo, debido a su inteligencia, el
confidente de la verdad. Un ser de este tipo junta, en la viviente unidad de su persona, la doble
exigencia de un ser “para el mundo” y un ser “para el absoluto”. Debido al reclamo de la primera
exigencia, el hombre tiende a implantarse cada vez más en la tierra que habita, procurando capturar las
fuerzas naturales a fin de colocarlas en la órbita de sus propios intereses. Pero en virtud de la otra
exigencia, el hombre es un “animal metafísico”, un ser que se trasciende incoerciblemente a sí mismo y
a todo organismo y mecanismo; es un ser por cuyo intermedio, el universo material conoce una
abertura por la que irrumpe un impulso personal, inteligente y amante, a lo Absoluto.
De este modo, la persona humana se nos presenta, en virtud de su mismo movimiento
teleológico, activamente enlazada con los dinamismos del universo material, socialmente vinculada con
las otras personas a través de una intersubjetividad fundadora de comunidad, y, por último,
interiormente solicitada por el “fundamento supremo del universo”, que la hace gravitar hacia Él con
todo el ímpetu de sus energías, moviéndola a la manera como el “amante mueve al amado”.
“Introducción a la Filosofía”, Bs As, Ed. Kapelusz, 1964.
Introducción: LA TAREA DEL FILÓSOFO