MINI-CUENTOS

El drama del desencantado
...el drama del desencantado que se arrojó a la
calle desde el décimo piso, y a medida que caía
iba viendo a través de las ventanas la intimidad
de sus vecinos, las pequeñas tragedias
domésticas, los amores furtivos, los breves
instantes de felicidad, cuyas noticias no habían
llegado nunca hasta la escalera común, de modo
que en el instante de reventarse contra el
pavimento de la calle había cambiado por
completo su concepción del mundo, y había
llegado a la conclusión de que aquella vida que
abandonaba para siempre por la puerta falsa valía
la pena de ser vivida. (Gabriel García Márquez).

El verdugo
Cuenta la historia que había una vez un verdugo
llamado Wang Lun, que vivía en el reino del
segundo emperador de la dinastía Ming. Era
famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a
sus víctimas, pero toda su vida había tenido una
secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar
tan rápidamente el cuello de una persona que la
cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él.
Practicó y practicó y finalmente, en su año
sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él
despachaba cada hombre con graciosa velocidad;
las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el
duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y
Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó
con tal celeridad que la víctima continuó
subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió
airadamente al verdugo:
-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-.
¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con
los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había
coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro

apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su
víctima y le dijo:
-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.
(A. Koestler)

Historia de zorros
Wang vio dos zorros parados en las patas traseras
y apoyados contra un árbol. Uno de ellos tenía
una hoja de papel en la mano y se reían como
compartiendo una broma.
Trató de espantarlos, pero se mantuvieron firmes
y él disparó contra el del papel; lo hirió en el ojo y
se llevó el papel. En la posada, refirió su aventura
a los otros huéspedes. Mientras estaba hablando,
entró un señor que tenía un ojo lastimado.
Escuchó con interés el cuento de Wang y pidió
que le mostraran el papel. Wang ya iba a
mostrárselo, cuando el posadero notó que el
recién venido tenía cola.
-¡Es un zorro! -exclamó, y en el acto el señor se
convirtió en un zorro y huyó.
Los zorros intentaron repetidas veces recuperar el
papel, que estaba cubierto de caracteres
ininteligibles; pero fracasaron. Wang resolvió
volver a su casa. En el camino se encontró con
toda su familia, que se dirigía a la capital.
Declararon que él les había ordenado ese viaje, y
su madre le mostró la carta en que le pedía que
vendiera todas las propiedades y se juntara con él
en la capital. Wang examinó la carta y vio que era
una hoja en blanco. Aunque ya no tenían techo
que los cobijara, Wang ordenó:
-Regresemos.
Un día apareció un hermano menor que todos
habían tenido por muerto. Preguntó por las
desgracias de la familia y Wang le refirió toda la
historia.

-Ah -dijo el hermano, cuando Wang llegó a su
aventura con los zorros- ahí está la raíz de todo el
mal.
Wang mostró el documento. Arrancándoselo, su
hermano lo guardó con apuro.
-Al fin he recobrado lo que buscaba -exclamó y,
convirtiéndose en zorro, se fue. (Niu Chiao)

El dedo
Un hombre pobre se encontró en su camino a un
antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural
que le permitía hacer milagros. Como el hombre
pobre se quejara de las dificultades de su vida, su
amigo tocó con el dedo un ladrillo que de
inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al
pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy
poco. El amigo tocó un león de piedra que se
convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al
ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos
regalos eran poca cosa.
-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó
sorprendido el hacedor de prodigios.
-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro. (Feng Menglung)

El fantasma mordido

He aquí la historia que me contó Chen Lin-Cheng:
Un viejo amigo suyo estaba echado a la hora de la
siesta, un día de verano, cuando vio, medio
dormido, la vaga figura de una mujer que,
eludiendo a la portera, se introducía en la casa
vestida de luto: cofia blanca, túnica y falda de
cáñamo. Se dirigió a las habitaciones interiores y
el viejo, al principio, creyó que era una vecina que
iba a hacerles una visita; después reflexionó:
«¿Cómo se atrevería a entrar en la casa del
prójimo con semejante indumentaria?»
Mientras permanecía sumergido en la perplejidad,
la mujer volvió sobre sus pasos y penetró en la
habitación. El viejo la examinó atentamente: la
mujer tendría unos treinta años; el matiz

lo tenía paralizado. En toda la cara sintió su aliento. el monstruo se desvaneció. y durante muchos días tuvo la boca apestada. no vio nada y se burló de la ilusión. En medio de esta lucha encarnizada el viejo oyó. trató de gritar. la frente. sentándose en el vientre del viejo. aparentemente sin intención ninguna de abandonarla. causada. ella se levantó un poco la falda y saltó a la cama. Bajo la impresión del dolor la mujer se tiró al suelo. El viejo la mordió con todas sus fuerzas. las mejillas. mientras él apretaba las mandíbulas con más energía. en efecto. por una pesadilla. mientras tanto. con un hálito nauseabundo. pero cuando quiso levantar la mano se encontró con que la tenía encadenada. Pero el viejo insistió en su narración y. La mujer. cuando quiso mover un pie. De pronto. le enseñó la mancha de sangre: parecía agua que hubiera penetrado por una fisura del techo y empapado la almohada y la estera. Iba y venía por la habitación. él trataría de morderla. Imaginó una estratagema para librarse de aquella angustia: cuando ella llegara al mentón. la voz de su mujer. en el patio. como un suspiro. Pero apenas abrió la boca. como prueba evidente. Poco después ella. (P’ou Song-Ling) . desgraciadamente. pensó ella. tanto que los dientes penetraron en la carne. la nariz. La sangre resbalaba por su barbilla e inundaba la almohada. se inclinó para olerle la barbilla. El viejo conservaba por completo la lucidez. las cejas. pero. Sobrecogido de terror. La mujer acudió a la cabecera de su marido. le olfateaba la cara. cuyo soplo helado lo penetraba hasta los huesos. incluso se acercaba a la cama. Él fingía dormir para mejor observar cuanto hacía. se sintió presa de un violento acceso de vómitos. -¡Un fantasma! -gritó en el acto. El viejo acercó la cara a la mancha y respiró una emanación pútrida. no era dueño de su voz. su rostro hinchado y su mirada sombría le daban un aspecto terrible. parecía pesar tres mil libras. debatiéndose y lamentándose.amarillento de su piel.