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Una década en la que cada vez más chicos van a la

escuela
Este artículo estadístico comparte con el lector datos cuantitativos sobre el
incremento de la población estudiantil en Argentina.
Estos datos nos abren un panorama muy prometedor sin lugar a dudas siempre
y cuando represente para el estudiante una mejora de su calidad de vida a
futuro. Esta mejora no siempre se desprende de las estadísticas sino que
profundiza su existencia en muchos factores que en ocasionas no dejan de
despertar controversia.
Cantidad y calidad
Es fundamental entender que todos los habitantes de la nación argentina
poseen en si su valor humano, no pueden ser considerados más ni menos que
otros sino iguales ante la ley y la razón. Partiendo de nuestra igualdad nos
preguntamos ¿todos reciben una educación de calidad en el sistema
educativo? La respuesta señalada por la realidad nos dice que no. Lejos de
reflejar números favorables en las tablas de datos oficiales la calidad educativa
argentina posee desde los ´90 un indicador negativo que parece no tener fin.
La decadencia educativa trasciende cualquier reclamo salarial y se mete en el
entramado histórico-social de un tejido cultural roto por la inestabilidad de las
instituciones y la desconsideración de los valores fundamentales de la sociedad
argentina. No existe un culpable sino muchos, no existe un momento y lugar
sino elementos y situaciones que construyeron la tragedia hace más de medio
siglo.
La última década del pasado siglo puede considerarse la condensación de las
caídas nefastas de las décadas anteriores y los primeros diez años del nuevo
milenio se figuran como el intentar construir desde un vacío de valores sociales
una otrora reputación sin considerar los nuevos desafíos de la época ni a los
primeros desafiados: docentes y estudiantes.
Aumentar la población educativa siempre es bueno porque forma en un nuevo
grupo social los principales enseres para una vida social, pero será
determinantemente beneficiosa si esa población tiene acceso a una calidad
educativa en sus aulas, de lo contrario incurrimos en la degradación de la
calidad educativa y por ende en la calidad humana, en otras palabras,
humillamos a los estudiantes cuando los nombramos entre platillos y bombos
en una estadística teórica y los tratamos como un rezago social en la
infraestructura, la organización y las finalidades.