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EL REGALO

Sofía esperaba ansiosa a su amiga Manuela que había regresado la víspera de un extenso
viaje por el interior de Brasil. Cuando abrió la puerta del departamento, Manuela traía un
paquete envuelto en papel celofán rojo. Entregándoselo, le dijo:
–Espero que te guste, Sofía. Es una planta tropical que te traje de Manaos. Pude pasarla por
la Aduana porque la escondí tan bien que ni se enteraron.
Sofía colocó la macetita sobre la mesa ratona del living.
–Precisa muy poca luz, mucho riego y que le hables –continuó diciendo Manuela. Mira, ves
que sus hojas parecen seda. Pásales una vez por día un trapito húmedo para que mantengan su
suavidad.
–Prometo cuidarla y mimarla mucho. Además su color morado ¡es tan glamoroso!
Todas las mañanas, Sofía regaba la plantita, lavaba sus hojas y le hablaba con voz muy
dulce. La planta comenzó a crecer. La cambió de maceta y la puso en el suelo en un lugar que
no diera el sol. A medida que pasaba el tiempo, sus hojas tomaban un morado más intenso.
Sofía mostraba con orgullo su planta a todas las visitas que quedaban asombradas por su
original color.
Un martes, cuando la estaba limpiando notó que en una de sus hojas habían salido dos
espinas. Tomó su pinza de depilar, las quitó y sonrió satisfecha.
A la mañana siguiente, tres hojas eran portadoras de espinas más gruesas que las anteriores.
En esta oportunidad, Sofía utilizó una pinza que sacó del cajón de las herramientas y con ella
pudo extraer las espinas.
Pasaron varios meses. Sofía seguía cuidando con amor su exótico ejemplar. Había vuelto a
cambiar de maceta la planta que ya tenía cerca de un metro cincuenta de alto y era casi un
arbolito. Al crecer, sus hojas se habían ensanchado y presentaban un color muy oscuro, casi
negro.
Aquella mañana, Sofía vio que cerca de media docena de hojas estaban plagadas de espinas
gruesas como un dedo índice. Fue al garaje y con una llave “pico de loro” pasó gran parte de la
mañana retirando las espinas.
Por la tarde fue a su trabajo al volver y abrir la puerta, se encontró con que la planta había
crecido hasta el techo. Sus hojas, cuajadas de espinas, habían invadido todas las habitaciones y
al ver a la joven se abalanzaron sobre ella para abrazarla agradecidas por los cuidados recibidos.
Al día siguiente, la señora de la limpieza abrió con su llave la puerta del departamento. En el
pasillo encontró a Sofía tirada en el suelo, destrozada y cubierta de espinas. En el living, dentro
de una maceta enorme, una plantita asomaba sus sedosas hojas moradas.
Alicia Presto - Un paraguas inglés (2011)-Ed. Botella al Mar.