San Rafael Arnáiz

Solo Dios...
La ciencia de la Cruz
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cerme a mí misma. He terminado una carrera, sigo estudiando y trabajando. Pero el cambio verdadero, y el que de verdad me ha llenado y me hace feliz es contar a Dios entre mis amigos y llevar una vida religiosa. Antes de mi accidente, con 19 años, rezaba "lo justo" y casi siempre por alguna necesidad concreta, de forma muy breve y sin ir a Misa. Yo entonces vivía muy deprisa "no podía perder un minuto". Después de mi accidente, tengo en mi mente una zona blanca de más de 8 años donde no me acuerdo de nada. Durante este tiempo, mis padres y el P. Fernando Arnáiz Barón, hermano del Beato Rafael, me fueron enseñando a rezar de nuevo y a hablar con Dios. Para llegar aquí he tenido que ser como Santo Tomás (ver para creer). Después de pasar lo que he pasado, ¡cualquiera no cree! Yo animo a todos a que creáis en Dios y, por supuesto, a que os encomendéis al hermano Rafael para todo en vuestra vida, porque él os ayudará a ser amigos de Dios". (Palencia 20, Julio, 2001.)

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moviese. El parte médico del día 15 dice textualmente: “Dan su cerebro como perdido. No a la nueva intervención quirúrgica. Clínicamente muerta.” Su madre no pierde la esperanza y pide al P. Alberico, del Monasterio de San Isidro de Dueñas, una reliquia del Hno. Rafael. Entregó la reliquia a una enfermera, quien la prendió en la almohada de la paciente. Al mismo tiempo la madre comenzó a rezar con gran fervor la novena del Hno. Rafael. Es concretamente en estos días cuando comienza una mejoría gradual y progresiva de la enferma, como se pudo comprobar en el "Diario Clínico" del Hospital: "Entró en coma de grado IV y, a consecuencia de la angiografía cerebral, se constató la trombosis del seno longitudinal superior, lo que explicaba el edema cerebral y el agravamiento clínico, a pesar de la intervención realizada. Después de unos diez días empezó la lenta recuperación”. Dicho de otra manera el "trombo", imposible de eliminar con una operación quirúrgica, había desaparecido completamente sin intervención humana alguna. Esto hizo que la paciente mejorase progresivamente, con una recuperación neurológica y funcional total. Salió de la U.V.I., fue trasladada a planta y, posteriormente, a su casa. En la actualidad la joven no presenta la más mínima "secuela" física ni neurológica del trauma sufrido y disfruta plenamente de todas sus facultades. Mª Carme testimonia: "Desde el 5 de Julio de 1982 mi vida ha cambiado tanto que me cuesta recono- 210 -

Í N D I C E
Las piruetas de los nabos Biografía: ¿realmente necesaria? Síntesis cronológica de su vida Cartas, escritos y diarios Información sobre la “Trapa” y los Trapenses Sobre la contemplación (San Bernardo abad) VIDA Y MENSAJE Primera visita a la Trapa Segunda visita a la Trapa Rafael decide ingresar como novicio Primer ingreso en el monasterio Primera salida del monasterio Apología del trapense (manuscrito) Sobre el mundo Añoranzas del monasterio Injustificas que generan odio y oscuridad El santo silencio de la contemplación El poder de la oración Dios en todos y en todo Demasiada sensibilidad I. Diversos escritos y testimonios Soledad El Señor me lo dio..., el Señor me lo quitó Simplicidad y sencillez Mi cuaderno pág. 5 11 15 17 19 21 23 26 29 31 37 45 60 61 63 64 65 66 68 70 71 110 113 121 127

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Mi cielo en la tierra Fiat Escritos sueltos II. Diversos escritos y testimonios Testimonios Dios y mi alma (manuscrito). Intercalados diversos testimonios Testimonios Epílogo: Integridad, por Thomas Merton Galería fotográfica Relato de los milagros reconocidos para la canonización

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CURACIÓN DE Mª CARMEN ARGÜELLES MERINO
Carmen Argüelles nació en Palencia en 1963. El día 5 de Julio de 1982 salía de casa acompañada por una amiga suya. Cuando se encontraban ante un paso de peatones, una excavadora colisionó contra el semáforo, provocando su caída sobre la cabeza de la joven Carmen. Llevada a un centro hospitalario de Palencia y dada la gravedad del caso se acuerda su es traslado urgente a Valladolid. Después de realizarla un TAC, el resultado fue de edema bilateral intenso. Llevada al quirófano se le extrajo un edema y una esquirla, quedando un trozo de hueso metido en el cerebro. Queda ingresada en la U.V.I. Cuatro días después presenta una midríasis persistente con empeoramiento clínico. En el TAC, aparecen lesiones y edema cerebral intenso. Se le hace una angiografía en la que se observa una trombosis. Su estado empeora y entra en coma severo. El medico que la atiendía anunció al padre que era imposible una nueva intervención para extraerle el "trombo" y que ya no había esperanzas. El Director de la U.V.I. afirmó que la paciente moriría en cuanto se la
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NOTA DEL AUTOR
Si sueles ser perezoso para acercarte a este tipo de lecturas, te invito a que leas sólo el siguiente texto. Después de hacerlo, por favor, reflexiona brevemente sobre tus sensaciones. Y tú dirás...
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estado, consiguió ingerir algún alimento. Cada día progresaba un poco más e iba moviendo mejor las extremidades a pesar de que aún le era imposible ponerse en pie. El tiempo fue pasando hasta que llegó el momento de recibir el alta en Reanimación. Las enfermeras le acercaron en silla de ruedas a la incubadora donde se hallaba su hija, y al verla lloró de alegría. Poco a poco fueron quitando más cables: el oxígeno, la sonda, el suero, de modo que ya podía alimentarse por sí misma. Siguieron haciéndole infinidad de pruebas y análisis, y el resultado era siempre positivo y estable: su cuerpo y sus órganos habían estado paralizados y ahora todo funcionaba bien: era un hecho absolutamente milagroso desde el punto de vista médico. El 25 de enero de 2001 le comunicaron que le daban definitivamente de alta. Su respuesta fue: "¡Señor gracias, me voy a casa!". Y todo ha ido tan bien que tanto la madre como su hija han quedado libres de secuela alguna, gracias a Dios y al Beato Rafael.

Las piruetas de los nabos
12 de diciembre de 1936 (25 años) Monasterio trapense de San Isidro de Dueñas (Palencia) Las tres de la tarde de un día lluvioso del mes de diciembre. Es la hora del trabajo. Como hoy es sábado y hace mucho frío, no se sale al campo. Vamos a trabajar a un almacén donde se limpian lentejas, se pelan patatas, se trituran berzas, etc. El día está triste, unas nubes muy feas, un viento fuerte, algunas gotas de agua que caen de mala gana y, dominándolo todo, un frío digno del país y de la época. Lo cierto es que, aparte del frío que noto en mis helados pies y mis refrigeradas manos, todo esto se puede decir que casi me lo imagino, pues apenas he mirado a la ventana. La tarde que hoy padezco es turbia, y turbio me parece todo. Me abruma el silencio, y parece que unos

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diablillos, están empeñados en hacerme rabiar con una cosa que yo llamo recuerdos... Paciencia y esperar. En mis manos han puesto una navaja y delante de mí un cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes, que resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan enormes y tan fríos. ¡Qué le vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos. El tiempo pasa lento, y mi navaja también, entre la corteza y la carne de los nabos que estoy dejando lindamente pelados. Los diablillos me siguen dando guerra. ¡Que haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo esto de pelar nabos, con esta seriedad de magistrado de luto. Un demonio pequeñito y muy sutil, se me escurre muy adentro, y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos, mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí en el monasterio entre lentejas, patatas, berzas y nabos. El día está triste. No miro a la ventana, pero lo adivino. Mis manos están coloradas, como los diablillos; mis pies ateridos. ¿Y el alma? Señor, quizás el alma sufriendo un poco. Pero no importa, refugiémonos en el silencio. Transcurre el tiempo con mis pensamientos, los nabos y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente penetra en mi alma. Una luz divina, cosa de un momento. Alguien me dice: ¿qué es-6-

estaba sana y bien, pero que respecto a su hija no había esperanza. Había tenido una subida de tensión altísima llamada "eclampsia" y no creían que el corazón aguantara. Se añadió a esto un fallo hepático y hemorragias internas por lo cual la ingresaron en Reanimación, manifestándosele un "Síndrome de Hellp" (fallo multiorgánico). Nada más despertar de la anestesia, Begoña volvió a quedar inconsciente. En este momento álgido de la gravedad, su mejor amiga comenzó a rezar por ella, y a pedir al Hermano Rafael por su salvación. Mientras tanto, la salud de Begoña empeoraba y tuvieron que operarla por segunda vez. El momento más crítico se produce a las 48 horas siguientes a esta operación, con pronóstico fatal y con mortalidad esperada del cien por cien. El cuadro médico resultaba aún más negativo a causa de las hemorragias internas, a las que acompañaron varios infartos cerebrales. Finalmente le dio una "distress respiratoria", por lo que tuvieron que entubar a la enferma. Llamaron a la familia y les dijeron que ya era imposible que siguiera con vida, que era cuestión de horas y que ya no contasen con ella. Le administraron la Unción de los enfermos. Por entonces, una de sus amigas, Josefina González, visitó el Monasterio de San Bernardo en Burgos, y pidió a las monjas que oraran por Begoña encomendándoselo al Hermano Rafael y "¡sólo al Hermano Rafael!”. El 6 de enero, fiesta de la Epifanía, Begoña despertó inesperadamente con la consiguiente sorpresa y alegría de todos, a pesar de estar entubada. En este
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tracciones, se le presentaron vómitos, diarreas y un insoportable dolor de vientre, por lo que tuvieron que llamar a una ambulancia, pues los síntomas no eran los propios de un parto normal. Fue conducida a la "Clínica Belén", donde el médico de urgencias le pronosticó equivocadamente una

tás haciendo? ¿Que qué estoy haciendo? ¡¡Virgen Santa, qué pregunta!! Pelar nabos, ¡pelar nabos! ¿Para qué? Y el corazón, dando un brinco, contesta medio alocado: pelo nabos por amor..., por amor a Jesucristo. Ya nada puedo contar que claramente se pueda entender, pero sí diré que allá adentro, muy adentro del alma, una paz muy grande vino en lugar de la turbación que antes tenía; sólo sé decir que en el mundo se pueden hacer de las más pequeñas acciones de la vida, actos de amor a Dios; que cerrar o abrir un ojo hecho en su nombre nos puede hacer ganar el cielo. Que pelar unos nabos por verdadero amor a Dios le puede dar a Él tanta gloria y a nosotros tantos méritos como la conquista de las Indias; pensar que sólo por su misericordia tengo la enorme suerte de padecer algo por Él, es algo que llena de tal modo el alma de alegría que si en aquellos momentos me hubiera dejado llevar de mis impulsos interiores, hubiera comenzado a tirar nabos a diestro y siniestro, tratando de hacer comunicar a las pobres raíces de la tierra, la alegría del corazón. Hubiera hecho verdaderas filigranas con los nabos, la navaja y el mandil. Me reía a «moco tendido» (quizás por el frío) de los diablillos rojos que, asustados de mi cambio, se escondian entre los sacos de garbanzos y en un cesto de repollos. ¿De qué me puedo quejar? ¿Por qué entristecerse de lo que es sólo motivo de alegría? ¿A qué más puede aspirar un alma que a sufrir un poco por un Dios crucificado?
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Fotografía de Begoña León, sanada milagrosamente de una situación de deshaucio médico, por la intercesión del Beato Rafael Arnáiz.

gastroenteritis. Avisado el médico titular, vio que había sufrimiento fetal, por lo que pasó directamente al quirófano donde le hicieron la cesárea. Una vez terminada, el cirujano se presentó ante la familia y dijo al padre de Begoña que había nacido una niña y que
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Nada somos y nada valemos; tan pronto nos ahogamos en la tentación, como volamos consolados al más pequeño toque del amor divino. Cuando comenzó el trabajo, nubes de tristeza cubrían el cielo. El alma sufría de verse en la cruz; todo le pesaba: la Regla, el trabajo, el silencio, la falta de luz de un día triste, gris y frío. El mundo, tan lejos, tan lejos, y yo mientras tanto, pelando mis nabos sin pensar en Dios. Pero todo pasa, incluso la tentación. Ha pasado el tiempo, ya llegó el descanso, ya se hizo la luz, ya no me importa si el día está frío, si hay nubes, si hay viento o si hay sol. Lo que me interesa es pelar mis nabos, tranquilo, feliz y contento, mirando a la Virgen y bendiciendo a Dios. ¿Qué importa la pena de un momento, el sufrir un instante? Lo que sé decir es que no hay dolor que no tenga compensación en ésta o en la otra vida y que, en realidad, para ganar el cielo se nos pide muy poco. Aquí en una Trapa, quizás sea más fácil que en el mundo, pero no es por el tipo de vida, pues en el mundo se tienen los mismos medios de acercarse a Dios. El hombre es el mismo aquí que allí; su capacidad para sufrir y para amar es la misma; porque donde quiera que vaya, llevará cruz. Sepamos aprovechar el tiempo. Sepamos amar esa bendita cruz que el Señor pone en nuestro camino, sea cual sea, fuere como fuere. Aprovechemos esas cosas pequeñas de la vida diaria y vulgar. No hacen falta grandes cosas para ser
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La personalidad de Rafael no presenta características especiales o llamativas. Se trata de un joven culto, inteligente, con un agudo y fino sentido del humor, dotado con grandes cualidades para el dibujo y la pintura, notablemente piadoso y con cierta tendencia a una fe contemplativa e íntima. Todos estos detalles son reales, evidentes y conocidos. Pero observando con detenimiento los testimonios de personas cercanas a Rafael y las sinceras confesiones del propio santo (a pesar de que, incomprensiblemente, algunos biógrafos intenten disimularlo), es de reconocer que el muchacho poseía una sensibilidad afectiva un tanto descontrolada (vamos, de los que quieren caer bien a todo el mundo y no soportan ser mínimamente relegados), y era también algo caprichoso, antojadizo y derrochador; amante de los buenos restaurantes, de la ropa cara y de los automóviles más modernos. Lo que para entendernos, hoy definiríamos llanamente como un “niño de papá” o un “pijo”, y, además, fumador empedernido. Es muy conveniente conocer estos detalles de la personalidad de Rafael para comprender y valorar la obra que Dios va a realizar en él.

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Arriba, capilla monástica donde se venera la tumba de San Rafael de Arnáiz, en el Monasterio de San Isidro de Dueñas. A la izquierda, el pueblo de Dueñas, situado muy cerca del monasterio, del cual toma nombre.

santos, basta hacer grandes las cosas pequeñas. Dios me puede hacer tan santo pelando patatas, como gobernando un Imperio. Qué pena que el mundo esté tan distraído, porque he visto que los hombres no son malos, y que todos sufren, pero no saben sufrir. Si por encima de la frivolidad, si por encima de esa capa de falsa alegría con la que el mundo oculta sus lágrimas, si por encima de la ignorancia de lo que es Dios elevaran un poco los ojos a lo alto, seguramente les ocurriría lo que al fraile de los nabos: muchas lágrimas se enjugarían, muchas penas se endulzarían y muchas cruces se amarían... Cuando terminé el trabajo y me puse en oración a los pies de Jesús muerto, allí a sus plantas deposité un cesto de nabos peladitos y limpios. No tenía otra cosa que ofrecerle, pero a Dios le basta cualquier cosa entregada con el corazón entero, sean nabos, sean Imperios. La próxima vez que vuelva a pelar raíces, sean las que sean, aunque estén heladas, le pido a María no permita que se me acerquen diablillos rojos a hacerme rabiar. En cambio, le pido que me envíe a los ángeles del cielo para que yo pelando y ellos llevando en sus manos el producto de mi trabajo, vayan poniendo a los pies de la Virgen María rojas zanahorias; a los pies de Jesús, blancos nabos, y patatas y cebollas, coles y lechugas. En fin, si vivo muchos años en la Trapa voy a hacer del cielo una especie de mercado de hortalizas, y
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cuando el Señor me llame y me diga basta de pelar, suelta la navaja y el mandil y ven a gozar de lo que has hecho, cuando me vea en el cielo entre Dios y los santos, y tanta legumbre, Señor Jesús mío, no podré por menos que echarme a reír.

Fray Rafael

Entrada a la capilla claustral donde se encuentran los restos mortales de San Rafael Arnáiz.

Esta es la sencilla espiritualidad del hermano San Rafael Arnáiz. Nada de confusas demostraciones teológicas, ni complicados argumentos intelectuales. Sencillamente, un esclarecedor diálogo sobre nabos helados y molestos diablillos...

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BIOGRAFÍA: ¿Realmente es necesaria...?
¿Es necesario conocer muchos detalles de la vida de un santo? En alguna medida sí, pues es sabido que nuestro Dios se manifiesta en la historia concreta de cada persona. Sin embargo, resaltar minuciosamente los aspectos personales en una biografía de este tipo, creemos que es superfluo y, además, un poco peligroso. ¿Por qué?, puede preguntarse el lector, y si no lo hace responderemos de todas formas: porque cabe el riesgo (por desgracia bastante habitual) de destacar en exceso la personalidad y las presuntas virtudes del protagonista, en detrimento de la obra que el Espíritu Santo realiza en él. Y los méritos, así lo entiende nuestra tradición espiritual y también nosotros, son fundamentalmente de Jesucristo: “...porque sólo tú eres santo, sólo tú,

Dos imágenes del Monasterio de San Isidro de Dueñas, en Palencia, donde San Rafael Arnáiz vivió como oblato en su enfermería.

Señor, sólo tú altísimo Jesucrito”.
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Esta, por supuesto, es una opinión muy personal y muy discutible, pero como la presente obra la elaboramos nosotros, nos disponemos con toda libertad a elegir humildemente la teoría que nos parece más correcta. ¡Qué le vamos a hacer! Quien quiera conocer más detalles, que se busque la vida... la del santo, claro. En todo caso, el Hno. Rafael es de esos santos que, gracias a Dios, han dejado un testimonio personal y directo mediante abundantes cartas y escritos elaborados por él mismo. Por esa razón, tenemos la fortuna de poder acercarnos a su vida sin intermediarios ni interpretaciones, lo cual es un alivio y una garantía de frescura y autenticidad.

LO ESENCIAL
Muchos aspectos podrían destacarse de la vida y de la figura del Hermano Rafael, pero a nuestro juicio hay dos rasgos interesantes en extremo. La gran “batalla” espiritual de su santificación coincidió parcialmente en el tiempo con la guerra civil española de 1936, que para nada fue ajena al tema religioso. Ello puede ser considerado una mera casualidad o, según se mire, entenderse como un hecho pleno de valor simbólico y trascendente que dirige nuestra atención hacia el verdadero “combate” decisivo, origen de toda lucha y de todo rencor, que se da en lo pro- 12 - 201 -

fundo del corazón humano entre el egoísmo y la soberbia del hombre, y el amor y la santidad de Dios. Por otra parte, el camino de purificación y descendimiento del Hno. Rafael es realmente iluminativo para todos nosotros. En el inicio aparece una intensa vocación de monje trapense, la cual entenderíamos nosotros que necesariamente ha de ser bendecida y respaldada por Dios, como no podría ser de otra forma. Sin embargo, a pesar del entusiasmo del joven, todo son obstáculos, pegas, problemas y dificultades para que dicha vocación llegue a concretarse. Poco a poco, el Hno. Rafael entra en un despojamiento físico y espiritual que le lleva al absurdo y a la sequedad de una vida aparentemente vacía de sentido. Pero en este desierto existencial se va perfilando la voluntad divina para el pobre oblato. La fuerza y la gracia de Jesucristo resucitado regenera el espíritu del Hno. Rafael hasta hacerle entrar en el universo de la fe y de la santidad. Tampoco debemos olvidar que San Rafael Arnáiz es un testigo, una prenda de salvación que Dios entrega a sus contemporáneos y a las generaciones inmediatamente posteriores, a fin de que, tal vez, podamos descubrir el “modelo” de hombre que el Espíritu Santo quiere forjar para el presente.

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Uno de los primeros signos de un santo puede ser el hecho de que otras personas no saben qué pensar de él. A decir verdad, no están seguras de si está loco o si no es más que un orgulloso. El santo puede tener inevitables dificultades para seguir todas las normas de “perfección” en su propia vida. Según parece, no puede conseguir que su vida concuerde con los libros. A veces su caso es tan difícil que ningún monasterio lo recibe. Tiene que ser rechazado, devuelto al mundo, como Benito José Labre, que quiso ser trapense y cartujo y no pudo ser ni lo uno ni lo otro. Al final vivió como vagabundo y murió en una calle de Roma. Sin embargo, el único santo canonizado, venerado por la Iglesia universal, que desde la Edad Media vivió como trapense o cartujo, es san Benito José Labre...”

El Hno. Rafael (novicio) paseando por el huerto del monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia), junto a sus padres y otro familiar.

...y el hermano san Rafael Arnáiz -añadimos nosotros-.

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En los grandes santos coinciden la perfecta humildad y la perfecta integridad. Resulta que ambas cosas son prácticamente lo mismo. El santo es distinto de todos los demás, precisamente porque es humilde. La esencia de la humildad no consiste en ser como todos los demás. Al contrario: la humildad consiste precisamente en ser la persona que somos realmente ante Dios; y como no hay dos personas iguales, quien tiene la humildad de ser él mismo no será como ninguna otra persona en todo el universo. Pero esta individualidad no se afirmará necesariamente en la superficie de la vida diaria. No será una cuestión de meras apariencias, opiniones, gustos o modos de hacer las cosas, sino que se encuentra en lo profundo del alma. Para la persona verdaderamente humilde, las maneras de ser, costumbres y hábitos comunes de los hombres no suponen ningún conflicto. La persona humilde, que ignora todo esto como indiferente, toma todo lo que en el mundo le ayuda a encontrar a Dios y prescinde de lo demás. Es capaz de ver con gran claridad que lo que resulta útil para ella puede ser inútil para otros, y lo que ayuda a otros a ser santos, a ella podría destruirla. No eres humilde si insistes en ser alguien que no eres. Lo cual equivale a decir que sabes mejor que Dios quién eres y quién debes ser. ¿Cómo esperas llegar al final de tu viaje si tomas el camino que conduce a la ciudad de otra persona? Has de tener, por tanto, una humildad heroica para ser tú mismo y no ser nada sino la persona que Dios quiso que fueras.
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SÍNTESIS CRONOLÓGICA DE LA VIDA DEL HERMANO SAN RAFAEL
1911 1922 1930 1932 1932 1933 1934 Nace en Burgos, el 9 de abril Su familia se traslada a Oviedo Primera visita al Monasterio trapense de San Isidro de Dueñas (Palencia) Ejercicios espirituales en el Monasterio de San Isidro de Dueñas Se traslada a Madrid para cursar los estudios de la Escuela Superior de Arquitectura Durante seis meses cumple el servicio militar obligatorio 15 de enero. Ingresa en el noviciado del Monasterio trapense de San Isidro de Dueñas, donde permanece cuatro meses 26 de mayo. Por decisión de sus superiores y gravemente enfermo de diabetes sacarina, vuelve a su casa para recuperar la salud 11 de enero. Rafael vuelve al Monasterio en condición de “oblato”, pues a causa de su enfermedad no puede ser novicio ni emitir los votos religiosos

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29 de septiembre. Sale nuevamente del Monasterio junto a otros monjes jóvenes, que son llamados al frente de combate a causa de la guerra civil de 1936 6 de diciembre. Después de haber sido declarado inútil total para el servicio militar por motivos de salud, Rafael vuelve al Monasterio 7 de febrero. Debido a las difíciles condiciones de la vida monástica a causa de la guerra y por el agravamiento de su enfermedad, Rafael es mandado a su casa por los superiores 15 de diciembre. Renunciando a las comodidades y cuidados de su casa, Rafael vuelve de nuevo y de forma definitiva al Monasterio, donde morirá 26 de abril. A los 27 años de edad, recién cumplidos, Rafael entrega su alma a Dios en olor de santidad. Al día siguiente, su cuerpo fue inhumado en el cementerio de la comunidad trapense de San Isidro de Dueñas Se incoa el proceso de beatificación del Hno. Rafael Traslado de los restos mortales del Hno. Rafael a la tumba situada en el claustro procesional del Monasterio 7 de septiembre. El Hno. Rafael es declarado VENERABLE por S. S. el Papa Juan Pablo II 27 de septiembre. Es BEATIFICADO como siervo de Dios por el Papa Juan Pablo II 11 de octubre. El Papa Benedicto XVI canoniza en acto solemne a San Rafael Arnáiz Barón

EPÍLOGO

INTEGRIDAD
de la obra “Nuevas semillas de contemplación” escrita por el monje trapense Thomas Merton en el año 1961
“Muchos religiosos no son santos por una sola razón: nunca consiguen ser ellos mismos. Nunca llegan a ser el particular monje que Dios quiso que fueran. Pierden los años esforzándose en vano por ser otro santo. Por muchas razones absurdas, se convencen de que están obligados a convertirse en otra persona que murió doscientos años antes y vivió en circunstancias totalmente ajenas a las suyas. Agotan su mente y su cuerpo en un esfuerzo inútil por tener las experiencias o la espiritualidad de otro. Las personas tienen prisa por darse importancia imitando lo que es popular y admirado. La prisa echa a perder a los santos. Quieren un éxito rápido, y quieren lograrlo tan apresuradamente que no se toman tiempo para ser de verdad ellos mismos.
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mos, pertenecientes al Hermano Rafael, como si fueran reliquias.”

CARTAS, ESCRITOS Y DIARIOS DEL HERMANO SAN RAFAEL ARNÁIZ.
“Impresiones de la Trapa” Septiembre de 1931

En 1960 se incoa el proceso de beatificación del Hno. Rafael. En 1965 se trasladan sus restos mortales a la tumba situada en el claustro procesional del Monasterio. El 7 de septiembre de 1989 es declarado Venerable por S. S. el Papa Juan Pablo II. El 27 de septiembre de 1992 es beatificado como siervo de Dios por el Papa Juan Pablo II El 11 de octubre de 2009, el Papa Benedicto XVI canoniza en acto solemne a San Rafael Arnáiz Barón.

“Apología del trapense” Septiembre de 1934 “Meditacion de un trapense” Año 1936 “Mi cuaderno” Años 1936-1937 “Dios y mi alma. Notas de conciencia” Años 1937-1938

Además de los anteriores escritos y diarios, se conservan varios cientos de cartas, estampas, oraciones y poesías que el Hermano Rafael escribió a su familia, parientes, amigos, autoridades del Monasterio de san Isidro de Dueñas, etc.

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A la izquierda, una imagen de Rafael Arnáiz frente a uno de los cuadro que pintó. Abajo, la habitación de la enfermería en el monasterio de San Isidro de Dueñas, donde falleció a causa de su diabetes cuando contaba con 27 años de edad.

todos reconocemos que ahí precisamente está cimentada su gran santidad, en haber sabido ocultar a los hombres el volcán de amor que ardía en su pecho. Fue siempre esmerado en el cumplimiento de sus obligaciones religiosas, y a todos nos llamaba la atención la sonrisa que siempre asomaba en sus labios, a pesar de las grandes cruces que Jesús descargó sobre sus hombros. Una santidad ultraterrena resplandecía en el Hermano Rafael, y estoy firmemente convencido de que su alma voló directamente desde la humilde celda de la enfermería de la Trapa, a unirse estrechamente con Jesús y María a quienes tanto amaba. Cuando, guerreando por tierras de Castellón (en la guerra española de 1936-39), recibí la noticia de su fallecimiento, mi primer pensamiento fue que tenía un santo más en el cielo, y como a tal me encomendé desde aquel momento, pudiendo asegurar su visible protección en numerosas ocasiones, y cada día que pasa, crece en mí la veneración hacia aquel humilde religioso, que pasó, a semejanza del divino Maestro, haciendo el bien en la tierra”. Testimonio del Padre Teófilo Sandoval: “Además del funeral celebrado por la comunidad, su cadáver recibió cristiana sepultura en el cementerio común dentro del claustro. Todos estábamos visiblemente emocionados como quien asiste al óbito de un santo, y luego nos apropiamos de cuantos objetos pudi-

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Testimonio del Hermano Constantino Fernández. “El certificado de defunción firmado por el reverendo Padre Abad, dice la causa de la muerte fue un “coma diabético”, pero todos aseguran que, más que la enfermedad en sí, lo que le privó de la vida fue el fuego de su caridad y de su gran amor a Dios. Fray María Rafael murió de amor por Dios. Su profecía se había cumplido. Toda la comunidad, más de cien hombres que silencian sus vidas en el Monasterio del Císter de San Isidro de Dueñas, visitó en la pobre celda de la enfermería los restos humanos de aquel monje, humilde en su grandeza humana emanada de Dios, paciente con las flaquezas ajenas, sufrido en el dolor, siempre sonriente. De aquél enamorado de Jesús, que fue un día pura llama de amor divino. “

INFORMACIÓN SOBRE “LA TRAPA” Y LOS TRAPENSES.
Por si algún lector se desorienta ante conceptos tales como “benedictinos”, “cistercienses” o “trapenses”…, a continuación se ofrece un breve apunte sobre “cultura monástica”, que nunca viene mal. Los monjes y las monjas trapenses (monjes blancos) pertenecen a la familia monástica que sigue la Regla de San Benito de Nursia, escrita en Monte Cassino (Italia), en el siglo VI. En su origen, esta orden recibió el nombre de “Benedictinos” (monjes negros). El sobrenombre de "trapense" proviene de un movimiento de reforma dentro de los benedictinos que empezó durante el siglo XVII en el monasterio francés de La Trappe (Normandía). A su vez, los trapenses se inspiraron en una reforma anterior que había tenido lugar dentro de
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Testimonio el Padre Damián Yáñez, compañero novicio del Hermano Rafael “Puede resumirse en dos palabras el concepto que sus hermanos del noviciado habíamos formado de su comportamiento en la Trapa: nunca advertimos en él nada extraordinario en el exterior, como éxtasis, arrobamientos, etc.; más bien su vida fue en extremo sencilla, humilde, siempre procurando despistar ante los hombres los maravillosos efectos de la gracia que Dios obraba en su alma. Su heroica virtud pasó poco menos que inadvertida entre los Hermanos, a excepción de unos cuantos que íntimamente le trataron; y
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los benedictinos en el siglo XII, iniciada en el monasterio francés de Císter (Citeaux), con monjes provenientes del monasterio de Molesmes, cuya figura más destacada fue san Bernardo de Claraval. Los monasterios que aún hoy siguen dicha reforma se llaman "cistercienses" y se les conoce como “O.S.C” (Sagrada Orden Cisterciense, en latín). En Navarra existía un Monasterio femenino cisterciense en Tulebras, que en 1957 abrazó la reforma trapense. La "O.C.S.O." se refiere al nombre oficial de los Trapenses: "Orden Cisterciense de la Estricta Observancia" (en latín), que cuenta en la actualidad con 2.500 monjes (100 casas) y 1.800 monjas (70 casas). Entre ellas, el monasterio navarro de “La Oliva” (masculino) y el monasterio de Alloz (femenino). Por su parte, el monasterio navarro de Leyre pertenece a los benedictinos, es decir, los hijos directos de San Benito que no han seguido ninguna de las reformas posteriores. El hermano trapense San Rafael Arnáiz perteneció como “oblato” al monasterio trapense de San Isidro de Dueñas (Palencia). Por “oblatos” se conoce a las personas que abrazan la vida monástica de una forma menos estricta que los monjes y que, por supuesto, no emiten ningún tipo de voto.

acompañaba. Y, aunque con ocasión de la mejoría procuraban infundirle esperanza de curación, el enfermo sabía serena y francamente que su fin llegaba y que no tardaría en irse. Su disposición de ánimo tranquilizó a todos los presentes. Hacia las seis de la mañana de ese mismo día Fray María Rafael entró en agonía. En el momento de la muerte ocurrió un hecho singular, que el tiempo no ha podido borrar de la mente del Hermano Constantino Fernández Ruiz, que lo presenció. Mientras un sacerdote rezaba la recomendación del alma, elevó sus ojos el agonizante clavándolos fijamente en un punto del espacio. De pronto, el rostro del enfermo se dilató desmesuradamente, alcanzando proporciones monstruosas. Sus ojos, muy abultados, parecían salirse de sus órbitas. Su boca se abría como si una fuerza extraña pretendiese ahogarlo, y un color, cárdeno primero, y negro después, le cubrió el rostro convulso. Fue sólo un instante. El sacerdote, que se hallaba con la cabeza inclinada, no advirtió nada. El Hermano que lo atendía, profundamente impresionado, no pudo llamar su atención por hallarse presa de espanto. Exhalado el último suspiro, el rostro del hermano Rafael recobró la placidez y la dulzura, y con la sonrisa en los labios, como sumido en un agradable sueño, dejó la tierra Rafael. Tenía 27 años.”

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Ni una palabra para expresar la sensación de hambre que le mordía las entrañas; ni una queja de aquel padecer de sed insaciable que le secaba el paladar. Por Jesús, todos los sufrimientos le parecían pocos. Pasó el sábado, y en la noche del domingo, 24 de abril, creyendo que estaba solo en la celda de la enfermería se levantó trabajosamente de su humilde cama, y con andar vacilante, apoyando sus manos temblorosas de fiebre a lo largo de las paredes, llegó hasta un grifo de agua fría al final de la galería. La sed abrasadora le consumía. Apoyó sus labios ardientes en el frío, pero en ese momento decidió no aliviarse con el agua fresca, sino volver torpemente a su cama uniendo su sed agónica a la de Jesucristo colgado en la cruz.”

El hno. Rafael con su hábito de novicio

Testimono del Padre Teófilo Sandoval Fernández. “A eso de las seis de la mañana del día 25 de abril de 1938, se le administró la unción de los enfermos, pero no pudo recibir la comunión. La secreción de la orina era tan abundante que se desparramaba por el suelo, y tan azucarada que se pegaba a los zapatos de los enfermeros. En este estado pasó la noche del lunes día 25. A las tres de la mañana del día 26, debía decir una misa regular a la Virgen, a quien pedí fervorosamente que el enfermo recobrara el uso de los sentidos. Después tuve el consuelo de saber que, efectivamente, había tenido un buen rato de plena lucidez y mejoría. Durante este tiempo reconoció al Padre Maestro y al Padre Armando, que le
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SOBRE LA CONTEMPLACIÓN
“ Refugiémonos en Cristo, nuestra fortaleza, y

unámonos con todas nuestras fuerzas al Señor, la roca sólida y siempre firme... El primer grado de la contemplación consiste en considerar atentamente cuál es la voluntad del Señor y qué es lo agradable a sus ojos. Y, como todos pecamos con frecuencia y nuestro orgullo ofende muchas veces su santa voluntad y no se adhiere a lo que el Señor desea, es necesario que nos humillemos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y procuremos presentarnos ante él con

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espíritu humilde, diciendo: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti. Cuando estos pensamientos hayan purificado la mirada de nuestro corazón, en vez de andar según la amargura de nuestro espíritu nos dejaremos llevar del Espíritu de Dios y viviremos alegres... Y, ya que en su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios. Y, cuando hayamos ya progresado en la vida espiritual, guiados por el Espíritu Santo, que escudriña los más altos misterios de Dios, dediquémonos a contemplar qué suave es el Señor y qué bueno es en sí mismo; y supliquémosle que nos manifieste cuál es su voluntad, para que pongamos nuestra mansión no en nuestro pobre corazón humano, sino en su santo templo. Pues la plenitud de nuestra vida espiritual se encuentra en estas dos cosas: en la reflexión sobre nosotros mismos, que nos turba y entristece, y en la contemplación de Dios, que nos llena del gozo y del consuelo del Espíritu Santo; lo primero engendra en nosotros el temor y la humildad, lo segundo alumbra en nuestro interior el amor y la esperanza.
De los Sermones de san Bernardo de Claraval, abad

“Aquí tienes un fraile con mucha tela” , dijo al padre con su acostumbrada jovialidad, “no sé qué hacer con las mangas”.
De esta mejoría aparente de Rafael habla también su hermano Luis Fernando después de haberle visitado en la Trapa el 25 de marzo de este año.” Testimonio de su madre “No se vio gravedad inminente en el estado de Fray María Rafael, pero se moría. Muy pronto había de dejar la tierra en la que peregrinó tan corto tiempo. Aquel día, 22 de abril, los monjes le notaron excesivo cansancio y desfallecimiento; le vieron salir muchas veces de su habitación de la enfermería, pues la secreción urinaria era abundantísima y muy recargada de azúcar, produciéndole terribles dolores, sólo tolerables con la gracia sobrenatural con que su Dios le sostenía. La fiebre era altísima, elevándose sin cesar, con delirios intermitentes y largos ratos de inconsciencia. “No se asusten si deliro”, había dicho sonriente a los monjes que le asistían. Delirante y movido por la gravedad de sus intensos dolores, decía cosas incoherentes tratando de arrojarse del lecho entre fuertes convulsiones. Después, pasadas las crisis, se mostraba sereno y totalmente apaciguado, y cuando recobraba el uso de sus sentidos, le veían ausente de la tierra, con el sufrimiento en su mirada y los ojos fijos en algo sólo perceptible para su alma enamorada de Dios.
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me lo mandan y debo obedecer; pero yo no seré sacerdote. Sólo pido a Dios que me vistan la cogulla cirterciense para morirme. Pasaron los días, el reverendo Padre Abad Dom Félix le vistió la cogulla en su habitación particular el Domingo de Pascua, 17 de abril de 1938. Al poco rato me lo encontré en el claustro vestido ya de profeso. Era un hombre feliz con el escapulario negro, la correa y la cogulla blanca. Le abracé, le felicité, y de broma le hice señas como diciéndole “ahora a morir”. Él, sonriéndose un poco, me contestó, también por señas: - ¡Dios lo sabe! Pasó los primeros días de Pascua de Resurrección con su cogulla, y el viernes no fue al coro. Tenía fiebre altísima, y era víctima de agudos dolores. El domingo aumentó la gravedad, y el martes, 26, voló al cielo. De manera que se cumplió su profecía. Recibió la cogulla, como era su deseo; gozó de ella una semana, y en seguida se fue al cielo donde la tendrá eternamente. Fray María Rafael ya es un monje de veras, como él dice. Venía del coro ataviado con la cogulla blanca, con sus amplias y largas mangas que casi rozan el suelo, y sobre su pecho el negro escapulario, tendida la capucha sobre la espalda, erguida su elegante figura entre los pliegues del blanco ropaje, con su atractiva sonrisa y el dulce mirar de sus ojos oscuros. A su padre le pareció que su hijo estaba mejor que nunca. Jamás le había visto con mejor color en las mejillas, con más brillo en las pupilas.
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Vida y mensaje
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‘Busco muchas comodidades. Estoy aún muy pegado a mis gustos y opiniones. Todavía muchas veces me veo aquel Rafael mundano, presumido, vanidoso, criticón, cuya única vida era la mesa, el vestido y el vicio. ¡Ah! Señor, cuando me acuerdo...’
Escrito por el Hno. Rafael, recordando su juventud, el 12 de abril de 1938, catorce días antes de su muerte.

DIVERSOS TESTIMONIOS
Testimonio del Padre Gregorio Gómez Un dato muy interesante tengo que comunicarle sobre la profecía que Fray María Rafael hizo acerca de su muerte. Cuando convinieron que el Hermano Rafael podía ser sacerdote, siempre que hiciera los estudios necesarios, me dijo el Padre José Olmedo, Maestro de novicios, que le diera clase de latín, pues habían dispuesto que principiara pronto la filosofía. Comenzamos las clases que duraron algunos meses. Yo le animaba bastante cuando le señalaba las lecciones, y un día le dije: - Rafael, lo que usted necesita de modo especial es saber traducir para que pueda estudiar la filosofía, después la teología, y pronto al sacerdocio Por eso ponga todo el interés que pueda en los ejercicios que le señalo. Y me contestó: - Padre, estoy estudiando latín con usted, y comenzaré la filosofía con el Padre Roberto porque así
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afael nace en Burgos el día 9 de abril de 1911. Sus padres, Rafael Arnáiz y Mercedes Barón, tuvieron posteriormente tres hijos más: Luis Fernando (1913), Leopoldo (1914) y Mercedes (1917). Era una familia cristiana y de posición económica acomodada, gracias a la profesión de Rafael Arnáiz padre que era ingeniero de montes. Los cuatro hijos recibieron una educación selecta. Tras una infancia normal para su época y su nivel social, la familia de Rafael se traslada en 1922 a Oviedo, a causa de un ascenso profesional del padre.

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go que contarte pues, como comprenderás, la vida monástica no se presta para muchas noticias. Mi vida transcurre entre el estudio del latín, lecturas sagradas y cantos en el Coro bendiciendo a Jesús y a María. Mi trabajo se reduce, unos días al lápiz y al pincel que me manda tomar el Rvdo. P. Abad para algún encargo, y otros días la escoba para ayudar al Hermano enfermero. Te aseguro que vivo feliz y los días se me pasan sin sentir. Señor, no te olvides de mí. Mira que soy muy miserable y no podré resistir. Bueno, Señor, no me hagas caso y haz de mí lo que quieras; yo lo único que puedo hacer es no ponerte obstáculos y con toda humildad dejarme modelar; además, ¡eso es tan sencillo y tan agradable! Señor, cada día que pasa voy viendo mejor lo que tengo que hacer para santificarme. Antes creía que yo era, desgraciado de mí, el que ponía la virtud, y que si hacia algo bueno, también lo hacía yo. Y no, Señor, no es eso; todo lo bueno lo pones Tú. Yo no he puesto más que pecados. Por tanto, Señor, lo mejor es dejarte hacer. Ni tan siquiera quiero tener deseos de ser bueno, si tu deseo no es ése. No quiero nada. Quiero ser nada para el mundo. Hasta mis pecados te doy, pues ya es lo último que me queda que sea exclusivamente mío. ¿Estás contento, Señor? Yo sí lo estoy. El Hermano Rafael Arnáiz falleció el 27 de abril a causa de un ataque agudo de la diabetes que padecía.
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La personalidad de Rafael no presenta características especiales o llamativas. Se trata de un joven culto, inteligente, con un agudo y fino sentido del humor, dotado con grandes cualidades para el dibujo y la pintura, notablemente piadoso y con cierta tendencia a una fe contemplativa e íntima. Todos estos detalles son reales, evidentes y conocidos. Pero observando con detenimiento los testimonios de personas cercanas a Rafael y las sinceras confesiones del propio santo (a pesar de que, incomprensiblemente, algunos biógrafos intenten disimularlo), es de reconocer que el muchacho poseía una sensibilidad afectiva un tanto descontrolada (vamos, de los que quieren caer bien a todo el mundo y no soportan ser mínimamente relegados), y era también algo caprichoso, antojadizo y derrochador; amante de los buenos restaurantes, de la ropa cara y de los automóviles más modernos. Lo que para entendernos, hoy definiríamos llanamente como un “niño de papá” o un “pijo”, y, además, fumador empedernido. Es muy conveniente conocer estos detalles de la personalidad de Rafael para comprender y valorar la obra que Dios va a realizar en él.

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y, entonces, al contemplar vuestra misericordia que no me rechaza, mi alma se consuela y es feliz. Pensar que os ofendí y, a pesar de eso, me amáis y me permitís estar en vuestra presencia, sin que vuestra justa ira me aniquile Señor, dadme las lágrimas de David, para llorar mis culpas, pero al mismo tiempo, dadme un corazón.

PRIMERA VISITA A LA TRAPA
Esta biografía omite la infancia del Hermano Rafael porque, aunque pudiera contener detalles con algún interés para comprender globalmente su posterior vocación, creemos que no son decisivos ni trascendentales. El 23 de septiembre de 1930, con 19 años de edad, tiene su primer contacto con el monasterio trapense de San Isidro de Dueñas (Palencia), donde pasa unos días con los monjes por indicación de su tío Leopoldo. Rafael queda profundamente impresionado por la realidad espiritual que descubre tras los muros del monasterio: Lo que más me impresionó fue la Salve al oscurecer antes de irse a acostar. Aquello fue algo sublime; cantando así como cantan, con ese fervor, no es posible que la Virgen no se complazca en ellos y les mande todo género de bendiciones. Así están ellos de contentos y alegres, pues no se ve una cara triste, sino al contrario, y se les pasa el tiempo volando. Cuando oí
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17 de abril de 1938 Hoy el reverendo Padre Abad me ha dado la cogulla y el escapulario negro. Mentiría si dijera que no me he dejado llevar de la vanidad. ¡Qué pobre hombre soy! ¡Señor, Señor, ten piedad y misericordia de mí! Ni soy mayor ni menor en tu presencia porque esté aquí o allí, y me vista de un modo o de otro. Los hombres somos muy infantiles y jugamos como niños. Ponemos nuestra ilusión en cosas que hacen reír a los ángeles. Señor, dame tu santo temor, llena mi corazón de tu amor, porque todo lo demás es vanidad. Cada vez espero menos en los hombres ¡qué gran misericordia la de Dios! Él suple con creces lo que ellos no me dan. Voy viendo con suma claridad que quien pone los ojos en la tierra y en las criaturas, pierde su tiempo Sólo Jesús llena el alma. ...Hoy, día de Resurrección, el P. Abad me ha dado el escapulario negro y la cogulla, de manera que excepto la corona parezco un monje de verdad. Estoy muy contento con mis anchas mangas con las que no sé qué hacer. ¡Ah!, querido hermano, si tuviera tanto amor a Dios como tela me sobra… Casi nada ten- 187 -

nada quiero más que tu amor, tu amistad, tu compañía; acéptame, Señor, tal como soy, enfermo, inútil, disipado y negligente. Y el Señor me escuchó. Sentí su amor muy adentro, muy profundo. Vi mi inmenso tesoro y temo perderlo. ¿Qué hacer? No sé, oigo a los hombres hablar, discutir. Les veo con sus afanes, pegados a la tierra, nadie habla de Dios. Todo es ruido, incluso en la Trapa. Quisiera, Señor, no vivir para dejar de turbar las ansias de amor que padece mi alma, pues el que más ruido mete soy yo. ¡Sólo Tú, Señor! ¡Sólo Tú! ¡Qué miedo tengo a perderte, mi buen Dios! Veo lo que me quieres, pero también veo lo que yo soy, y lo que he sido. ¡Qué bien se vive contigo! Si el mundo supiera… Delante del Sagrario Señor, no sé qué hago aquí. Nada, pues nada sé hacer. Quisiera rezar y no sé; pero no importa, sencillamente no rezo porque no sé hacerlo. Señor, no sé qué hago aquí, pero estoy contigo y me basta. Yo sé que estáis aquí, delante de mí, Señor, quisiera veros, pero ¿hasta cuándo, Señor? ¿Y mientras tanto? ¿Cómo podré resistir? Soy débil, flojo, pecador, soy nada. Pero, Señor, quisiera veros, aunque ya sé que no lo merezco. Siempre que me pongo delante de Ti, mis primeros sentimientos son de vergüenza. Señor, Tú sabes por qué. Pero después de ver lo que soy, os veo a Vos

la misa conventual a un Padre viejecito, las campanas allá en lo alto de la iglesia, graves, pausadas, la inmovilidad de los monjes, la luz de la iglesia tan suave, entonces cuando llegó la elevación, hubiese necesitado tener poca fe para... No sé explicarme, pues cuando se tiene un sentimiento un poco delicado o siente el alma algo sobrenatural, quererlo expresar con palabras resulta algo grotesco, pues yo creo que para hablar de Dios en ciertos sentidos, el lenguaje humano es muy pobre y todo lo afea o por lo menos, no se le puede dar el verdadero sentido. Cuando llegué a la estación, el trato de los hombres después de haber estado con unos ángeles, me produjo cierta repugnancia, te hablo con toda franqueza, y al ver llegar el tren con su imponente soberbia, tuve deseos de tirar las maletas y volverme a la Trapa. Me dijo el Padre Armando que ahora no, pero que en cuanto acabase mi carrera me necesitan. En fin, sea lo que Dios quiera, y que a todos nos perdone cuando, como tú dices, pretendemos «enmendarle la plana», y creemos saber mejor que Él lo que nos conviene, cuando lo que debemos hacer es abandonarnos en sus manos y poner desde luego de nuestra parte todo lo posible, que Él ya se encargará de lo demás. En marzo de 1931, con 19 años de edad, Rafael escribe a su tía María Socorro desde su domicilio familiar de Oviedo:

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No tengo que contarte nada que te pueda interesar, pues mi vida transcurre con la mayor tranquilidad de espíritu y de cuerpo, procurando siempre ser mejor y mejorar en lo que pueda a los que están a mi alrededor. Quizás esté yo equivocado y sean ellos mejores que yo, pues a veces soy muy vanidoso y orgulloso, y a los ojos de Dios en vez de ser publicano, sea un fariseo. Es uno tan débil. Pero no, esos momentos de debilidad y desaliento los voy desechando por completo con su ayuda, y cada día estoy más contento de la vida, que me ofrece mil motivos y ocasiones para alabar a Dios. Lo peor es, ya te digo, que el que más necesita soy yo, pues predicar es muy sencillo, lo difícil es practicar lo que se predica, y yo por voluntad divina, no soy ningún santo ni mucho menos, sino solamente una criatura con algún que otro chispazo de fervor. Lo que echo mucho de menos es una persona con quien hablar de todo esto, pero Dios dispone otra cosa y no me quiere dar ningún amigo, y por lo tanto, tengo que andar sólo con Él, lo cual es mucho mejor, pues si la verdadera soledad es triste, en cambio la soledad del que está con Dios no lo es, ni mucho menos.

¿Qué podré hacer yo sin Ti? Aunque me degüelle o viva a fuerza de penitencia, ¿qué vale si Tú no lo quieres y yo pongo vanidad y mi propio deseo en ello? Sea, Señor, lo que Tú quieras de mí, pero mira Jesús mío, no permitas que el demonio me engañe. Muéstrame lo que quieres para que yo lo haga, y dame espíritu humilde para verlo y cumplirlo. No permitas que rechace tus divinas insinuaciones. 14 de abril de 1938 Hoy ha sido un día feliz para mí. Al acercarme a comulgar me he acordado del apóstol san Juan, a quien dejaste reclinar sobre tu pecho durante la Cena. ¿Acaso tengo yo que envidiarle? Sí sus virtudes, pero no tu amor... Ya pasó el día. Un día más en la cuenta final, y un día menos en el destierro de la vida. Ya pasó el día de Jueves Santo y con él, el consuelo de haberlo vivido por Dios y con Dios. ¿Cómo será el mañana? Tengo miedo. Desconfío de mí mismo. Temo al sentirme tan feliz con Jesús. ¡He sufrido tanto desde hace cuatro años! He tenido mi alma desgarrada tanto tiempo que ahora, al ver que aquello fue necesario para esto, tengo miedo y no sé a qué. No es miedo al sufrimiento. No tengo miedo a nada que pueda venirme de los hombres, pero después de haber tenido a Dios, tengo miedo a perderle. Señor, reparte lo que me das a mí. Déjame repartir el tesoro que tengo entre los necesitados del mundo. ¡Son tantos! Déjame a mí, pobre junto a ti, porque
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es la de un bobo en un monasterio. Ni sirvo a Dios corporal ni espiritualmente. Todo se reduce a decir: qué bueno es Dios, cuánto le quiero, cómo me quiere Él a mí, y a caérseme la baba, como vulgarmente se dice. Cuando pienso en mi inutilidad verdaderamente me apuro. ¡Es tanto lo que le debo a Dios! No hago bien la oración, ni la meditación, ni la lectura. En el trabajo..., bueno, la verdad es que apenas trabajo. Cuando como y duermo, no hago más que eso, comer y dormir como un animalillo. Y así no puedo seguir, no debo seguir. Mas ¿qué he de hacer? Inútil y enfermo. Pobre hermano Rafael, ha de bastarte purificar la intención en todo momento, y en todo momento amar a Dios; hacerlo todo por amor y con amor. El hecho en sí no es nada, y nada vale. Lo que vale es la manera de hacerlo. ¿Cuándo comprenderás esto? Qué torpe eres. ¿Cuándo comprenderás que la virtud no está en comer cebolla, sino en comer cebolla por amor a Dios? ¿Cuándo comprenderás que la santidad no está en hacer actos externos, sino en la intención interna de un acto cualquiera? Si lo sabes, ¿por qué no lo practicas? Ya lo hago, Señor, pero lo hago mal. No tengo humildad y quisiera hacer lo que es mi capricho, buscar lo que es mi voluntad aun en la penitencia. Dios mío, Dios mío, ayúdame a cumplir humildemente tu voluntad. Ayúdame a servirte amando mi propia flaqueza e inutilidad. Señor, Señor, mira mi intención y purifícala Tú.

SEGUNDA VISITA A LA TRAPA
En septiembre de 1931, con 20 años, Rafael pasa de nuevo unos días en el monasterio de San Isidro de Dueñas: He encontrado un hombre sabio y feliz, el portero de la Trapa. Él me ha dicho: «La verdadera felicidad se encuentra en Dios, y solamente en Él, y la verdadera sabiduría consiste en reconocerle como Señor de todo lo creado». Dicen las gentes que el silencio en el Monasterio es triste y difícil de llevar. No hay cosa más equivocada que esa opinión. El silencio en la Trapa es la más alegre algarabía que los hombres pueden sospechar. ¡Ay!, si Dios nos diese facultad para poder ver en los corazones, entonces veríamos que del alma de ese trapense de mísero aspecto exterior y que vive en silencio, brota a raudales y constantemente, un glorioso canto de júbilo, lleno de amor y de alegría a su Creador, a su Dios, al Padre amoroso que le cuida y le consuela. En enero de 1932 (21 años), Rafael escribe a su amiga Rosa Calvo, que reside en Toro (Zamora):
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Pidamos a Dios que se apiade del mundo y pidamos, como pedía santa Teresa: «Señor, o dad fin al mundo, o poned remedio a tan gravísimos males». Y después añadía: «Hacedlo, Señor, que si queréis podéis». Por lo tanto, querida Rosa, no nos preocupemos porque si Él quiere lo arregla; cúmplase su divina voluntad, que como los hombres no entendemos los designios del Señor, tampoco comprendemos qué es lo que nos conviene, y cuando Él ordena las cosas así es para nuestro bien y su mayor gloria. Y no nos afanemos y preocupemos de pasarlo bien aquí abajo, y de pretender hacer lo que más nos agrade, teniendo siempre presente que no debe ser nuestra voluntad, ni nuestro capricho, ni aun nuestro corazón, lo que nos debe guiar, como si todas esas cosas fueran nuestras, sino solamente su voluntad es la que debemos aceptar. De manera, querida Rosa, que no te preocupes de nada, ni llores ausencias, ni te entristezcan lo que llamamos desgracias. Solamente esperemos con el corazón levantado y sereno, y nuestra alma reposando en Dios, que teniendo y poseyendo a Dios, ¿qué mas quieres?, lo tienes todo. En septiembre de 1932 (21 años), Rafael se traslada a Madrid para cursar sus estudios de Arquitectura. En esta ciudad permaneció residiendo hasta que debió cumplir el servicio militar entre enero y julio de 1933.

13 de abril de 1938 Veo, Señor, que no hago nada en tu servicio. Temo perder el tiempo. Se me pasan las horas, los días y los meses, y todo son buenas palabras y buenos deseos, pero las obras no aparecen. Hoy, Señor, durante la santa Misa, he sentido mi gran inutilidad, y meditaba en tus grandes beneficios. Veía tu inmensa piedad para conmigo que me permitía asistir al santo sacrificio, un día y otro, y yo como un bobo. ¿Cuándo empezaré, Jesús mío, a servirte de verdad? Siempre estoy empezando, y nunca veo que haga nada. Sigo una vida regalada y cómoda. En parte (nada más que en parte), porque no me dejan los superiores, y en parte (la mayor parte) porque yo no me decido y la austeridad me asusta. Resulta que no soy seglar porque vivo en religión, ni soy religioso porque vivo como un seglar. ¿Qué soy, pues, Dios mío? No lo sé, y a veces cuando pienso en esto, me parece que no me importa ser lo que sea, pero lo que sí me importa y me preocupa, es el que de una manera o de otra, no me ocupo de lo que debería, es decir, renunciar a mí mismo, vivir más para Ti que para mí. Busco muchas comodidades. Estoy muy pegado a mis gustos y opiniones. Todavía muchas veces me veo aquel Rafael presumido, vanidoso, criticón, cuya única vida era la buena mesa, el vestido y el vicio. ¡Ah, Señor!, cuando me acuerdo..., dejemos eso por hoy. Señor mío, veo que ahora no hago, quizás, nada malo, pero seguramente tampoco nada bueno. Mi vida
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mana, ni llora al no encontrar donde descansar, porque ya lo tiene todo. Tú, mi Dios, eres el que llena mi alma; Tú eres mi alegría, mi paz y mi sosiego. Tú eres mi refugio, mi fortaleza, mi vida, mi luz, mi consuelo y mi único Amor. ¡Soy feliz, lo tengo todo! Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo. Cómo comprendo y con qué dulzura disculpo la flaqueza que antes me hacía sufrir al verla en el prójimo. Si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo. Al amar a Jesús forzosamente se ama lo que Él ama. ¿Acaso no murió Jesús de amor por los hombres? Pues al transformar nuestro corazón en el de Cristo, también sentimos y notamos sus efectos. Y el más grande de todos es el amor, el amor a la voluntad del Padre, el amor a todo el mundo que sufre y padece. Es el padre, el hermano lejano, sea inglés, japonés o trapense; el amor a María. En fin, ¿quién podrá comprender el Corazón de Cristo? Nadie, pero hay quien tiene chispas de ese Corazón muy ocultas, en silencio, sin que el mundo se entere. Jesús mío, cuánto te quiero a pesar de lo que soy, y cuanto peor soy y más miserable, más te quiero, y te querré siempre y me agarraré a Ti y no te soltaré, y... no sé lo que iba a decir.

RAFAEL DECIDE INGRESAR COMO NOVICIO EN LA TRAPA
En noviembre de 1933 (22 años), Rafael remite una carta al Abad del monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia) con el siguiente contenido: Reverendo Padre: No sé si se acordará de mí, pues hace cerca de tres años que no he podido ir a pasar unos días a la Trapa; sin embargo, durante este tiempo, Dios, nuestro Señor, ha obrado en mí de tal manera que me he formado el propósito decidido de entregarme a Él con todo mi corazón, cuerpo y alma, y para llevar a cabo mi propósito y resolución y, contando además con Su ayuda, es mi deseo ingresar en la Orden del Císter. Este es, en breves palabras, reverendo Padre, el asunto por el cual yo le suplico una entrevista lo antes posible, para que me ayude y me aconseje. Creo contar con Dios, y en Él solamente confío. Por otra parte, solamente tengo que añadir que para hacer este cambio de vida no me mueven tristezas, ni sufrimientos, ni desilusiones y desengaños del mundo porque tengo todo lo que éste me puede dar.
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Dios en su infinita bondad, me ha regalado en la vida mucho más de lo que merezco. Por tanto, Reverendo Padre, si me recibe en la Comunidad, con sus hijos, tenga la seguridad de que recibe solamente un corazón muy alegre y con mucho amor a Dios.

Rafael se encuentra pasando un fin de semana en casa de sus tíos, los Duques de Maqueda, a quienes comunica su decisión de ingresar en la Trapa. A continuación, el testimonio de su tío Leopoldo sobre las últimas horas que el santo pasó en la casa de Ávila, una vez que les había dado a conocer la noticia de su marcha:

“La gravísima situación de la política española en aquella época era un tema que a todos nos preocupaba hondamente. Presagiábamos una próxima situación violenta. Lo cierto es que ante la súbita revelación de Rafael, no se me ocurrieron otras palabras que las banalidades comunes en tales casos. Que suponía que lo habría pensado mucho; a esto recuerdo me contestó que hacía dos años que venia madurando el proyecto. Le hice ver lo inestable de la situación política de España; la probabilidad de una disolución o expulsión de todas las Órdenes Religiosas; la diferencia tan enorme de su vida y naturaleza de lo que iba a encontrar en la Trapa; el falso espejismo que podría resultar en una piedad fervorosa como la suya,
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este Señor que en su inmensa bondad consolaba mi corazón sediento de algo que yo no sabía lo que era y que buscaba vanamente en la criatura, y el Señor me hace comprender, sin palabras, que es Él lo que mi alma desea. Que Él es la Verdad, la Vida y el Amor. Y que teniéndole a Él, ¿qué busco, qué pido, qué quiero? Nada, Señor, el mundo es pequeño para contener lo que Tú me das. Mi alma llora de alegría. ¿Quién soy yo, Señor? ¿Dónde pondré mi tesoro, para que no se manche? Vivo, Señor mío, enfangado en mis propias miserias, y al mismo tiempo, no sueño ni vivo más que para Ti. ¿Cómo se entiende esto? Te amo con locura, Jesús mío y, sin embargo, como, río, duermo, hablo, estudio, y, aunque me avergüence reconocerlo, busco mis comodidades. ¿Cómo se explica esto, Señor? ¿Cómo es posible que Tú pongas tu gracia en mí? Si en algo te correspondiera, quizás podría explicármelo. Jesús mío, perdóname, debería ser santo, y no lo soy. ¿Y era yo quien antes se escandalizaba de las miserias de los hombres? ¿Yo? Qué absurdo. Ya que me has dado luz para ver y comprender, dame, Señor, un corazón muy grande para amar a esos hombres que son hijos tuyos, hermanos míos en los cuales mi enorme soberbia veía faltas, y en cambio no las veía en mí mismo. ¿Y si al último de ellos le hubieras dado lo que me has regalado a mí? Tú lo haces todo bien. Mi alma llora sus antiguas trampas y costumbres. Ya no busca la perfección hu-

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Todo lo demás es exterior y valdrá algo a los ojos de los hombres, pero no son ellos quien me han de juzgar. ¡¡Señor, Señor, qué necios somos los hombres!! Un pedazo de trapo nos da placer, y un grano de arena nos da dolor. ¡Ten compasión de los hombres, Señor! 12 de abril de 1938 Sólo en Dios encuentro lo que busco, y lo encuentro en tanta abundancia que no me importa no hallar en los hombres aquello que algún día fue mi ilusión, ilusión que ya pasó. Busqué la «verdad» y no la hallé. Busqué la «caridad» y sólo encontré en los hombres algunas chispitas que no llenaron mi sediento corazón. Busqué la paz y no la hallé en la tierra. La ilusión ya pasó, suavemente, sin darme cuenta. El Señor es quien me engañó para llevarme hacia sí, y me lo hizo ver. Ahora ¡qué feliz soy! ¿Qué buscas entre los hombres?, me dice. ¿Qué buscas en la tierra en la que eres peregrino? ¿Qué paz es la que deseas? ¡Qué bueno es el Señor que me aparta de la vanidad y de las criaturas! Ahora ya veo claramente que en Dios está la verdadera paz, que en Jesús está la verdadera caridad, que Cristo es la única Verdad. Hoy en la santa comunión, cuando tenía a Jesús en mi pecho, mi alma nadaba en la inmensa alegría de poseer la Verdad. Me veía dueño de Dios, y Dios dueño de mí. Nada deseaba más que amar profundamente a
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que le hiciese ver como vocación o llamada especial de Dios lo que no era sino atractivos que suelen experimentarse en el comienzo de una vida de virtud como la suya,... En fin, todas esas reflexiones que bien sabía yo, conociéndole sobradamente, ya se habría hecho él muchas veces. Era débil físicamente, pero la fortaleza que le faltaba a su cuerpo la tenía en su alma, medida, completa y rebosante. Mientras le hablaba, recuerdo bien, lo inútiles que me parecían mis propias palabras. Su voluntad era de acero; tenía yo el firme convencimiento de que aquella determinación era de Dios, y no un capricho, ni una impresión, ni un desengaño; era el fruto divino de una correspondencia a la gracia que el Espíritu Santo se dignaba sostener con uno de sus más preciados dones: el de la fortaleza. Al llegar a este punto, debo hacer notar una de las características de Rafael: la sencillez. Siempre le conocí enemigo de las situaciones estudiadas, de las frases previstas, de los ademanes convencionales; y como en la escena que os he referido era el espíritu de Dios quien guiaba sus palabras, acciones y pensamientos, por fuerza y en consecuencia lógica, fue tan sencilla, ya que nada más sencillo y simple que Dios mismo, puesto que es Uno. Trataba él de encubrir la grandeza de su resolución con la naturalidad y simplicidad del que proyecta una cosa trivial; pero bien profundizaba yo en su espíritu, para saber que en él se estaba
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librando el más duro combate que puede darse en el corazón humano, como más adelante se verá. Pero ¿cómo será posible, pensaba yo, que este chico habituado a llevar una vida de tanto esmero y cuidado, pueda soportar la austerísima existencia en una Trapa? Es hablador, fuma, se divierte y vive como tantos otros muchachos de su edad y circunstancias. ¿Enfermará en un cambio tan radical, tan repentino y absoluto? Estos y muchísimos otros pensamientos desfilaban en mi imaginación, sin tener en cuenta la más importante y fundamental de las reflexiones, de la que nos habla San Pablo: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". La última noche que Rafael pasó en casa fue de extremo sufrimiento. A la mañana siguiente debía marchar para Oviedo, a fin de despedirse de sus padres y hermanos. A hora ya muy avanzada, todavía estaba yo desvelado. Me levanté, y con el mayor sigilo, me acerqué a la puerta de su habitación, pues había visto luz. Le hallé de rodillas ante una capillita de la Virgen. En seguida se dio cuenta de mi presencia, se levantó, vino a mí echándose en mis brazos y lloró con el desconsuelo más amargo que puede pensarse. Aquella terrible y violenta crisis que demostraba la agonía de su alma duró poco. Fue la primera y última vez que le vi llorar de aquella forma. Llegó por fin la mañana decisiva; yo no me encontraba bien de salud y me quedé en la cama.
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Ti, enderézala. No permitas, Señor mío, que yo sea desagradecido o pierda el tiempo. Dentro en mi corazón soy absolutamente feliz, aunque ésta no es la palabra que sirve para designar el estado de mi alma. No me importan las criaturas si no me llevan a Dios. No quiero libertad que a Dios no me conduzca. No quiero consuelos, gozos ni placeres, sólo quiero la soledad con Jesús y el amor a la Cruz. El otro día me probé la cogulla que el reverendo Padre Abad me dejará como un favor especial vestir desde el día de Pascua. Siempre ha sido grande la ilusión que tuve por poder llevar algún día la cogulla cisterciense. Pero, es tan nueva y tan blanca que luego me dio una gran pena y mucha vergüenza tener ese deseo infantil, que no es para mí más que una vanidad delante de los hombres. A Cristo, que es mi Maestro, en estos días le desnudaron delante de la turba que le insultaba, y a mí me visten. ¿Acaso me he de vanagloriar de ello? Necio seré si no veo una gran humillación en el día de Pascua, cuando yo, el último discípulo de Cristo, me presente en la comunidad con la cogulla nueva y reluciente de la Orden cisterciense. Mejor hubiera sido si me hubieran vestido de «saco». Pero también eso hubiera sido una vanidad infantil, y en realidad hoy he llegado a la conclusión de que lo mismo me da. Al fin y al cabo, vestido de seda, de lana o de saco, eso no ha de cambiar mi corazón que a los ojos de Dios es lo que algún día me ha de valer.
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me conviene, y Dios vela por mí como nadie puede sospechar. ¿Qué tiene de particular que yo no desee nada, si me va tan bien poniendo mi único deseo en Dios y olvidando lo demás? Mejor dicho, no es que olvide mis deseos, sino que éstos se hacen tan insignificantes que más que olvidarlos, desaparecen, y sólo queda en mí un contento muy grande de ver que únicamente deseo cumplir lo que Dios quiere de mí, y al mismo tiempo una alegría enorme de sentirme aligerado como de un peso muy grande, libre de mi voluntad que he puesto junto a la de Jesús. El único deseo que me queda es un deseo enorme de obedecer. Quisiera no disponer nada por mí, sino que todo, absolutamente todo, me fuera ordenado. Aún tengo mucha libertad y, como no tengo director espiritual, muchas veces temo equivocarme y confundir la voluntad de Dios con lo que no es más que mi capricho. Con Jesús a mi lado, nada me parece difícil, y el camino de la santidad cada vez lo veo más sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Todo se va volviendo sencillo, en vez de complicarse con cosas nuevas. Y a medida que nos vamos desprendiendo de tanto amor desordenado a la criaturas y a nosotros mismos, me parece a mí que nos vamos acercando más y más al único amor, al único deseo de esta vida, a la verdadera santidad que es Dios. Señor, no mires mis hechos, ni mis palabras, mira mi intención y cuando ésta no vaya bien encaminada a
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Vino a despedirse de mí. No medió ni una palabra entre los dos. Recuerdo que suavemente se inclinó sobre mí, me tomó las manos y me las besó. Al instante desapareció de mi vista, y con él, una de las épocas de mi vida de mejores recuerdos. Para Rafael comenzaba su Getsemaní...”.

Rafael se desplaza a Oviedo para pasar las Navidades con su familia. Es diciembre de 1933 y sus padres todavía no saben su decisión de ingresar en la Trapa. El joven pasa un auténtico calvario afectivo y emocional durante estos días, del que sólo se puede desahogar mediante las cartas que le dirige al maestro de novicios del monasterio de San Isidro de Dueñas. El día 12 de enero de 1934, Rafael envía una carta a sus tíos los Duques de Maqueda, contándoles la experiencia de los últimos días navideños junto a su familia en Oviedo: Nada os tengo que decir, pues mis palabras son pocas para expresarlo todo, y lo único que puedo deciros es que yo no he hecho nada, pues Dios nuestro Señor lo ha hecho todo, absolutamente todo. ¡Si vosotros supierais cómo me quiere y de qué manera me ha sostenido y me está sosteniendo! Todo se reduciría a alabarle sin cesar, a bendecirle y ensalzarle y a entonar continuamente un glorioso canto de acción de gra- 35 -

cias. ¡Señor, Señor, nada os pido, porque ya lo tengo todo que sois Vos! Mi padre no solamente me da permiso, sino que él mismo va a ofrecerme. No salgo huyendo de mi casa, sino que me despediré de mi madre. No cuento con mis fuerzas, ni con las de mis padres, sino con el auxilio de la Virgen, y con las fuerzas que da nuestro Dios.

Una de las transformaciones que Jesús ha hecho en mi alma ha sido la indiferencia. Yo mismo me maravillo, pues veo que he llegado a comprender algo que antes no comprendía. Sabía que no desear nada es el camino para llegar a cumplir su voluntad. Pero esto lo sabía con la luz de la inteligencia. Comprendía con la razón tan sublime doctrina. Deseaba alcanzar esa virtud de la santa indiferencia, y se la pedí a Jesús. Amando a Dios, no tiene ningún mérito no desear nada, pues es la cosa más natural. Ahora así lo veo. ¿Cómo es posible amar la vanidad, amando a Dios? Y vanidad es todo lo que nosotros deseamos y no desea Dios. Querer sólo lo que Dios quiere es lo lógico para el que le ama. Fuera de sus deseos, no existen deseos nuestros, y si existe alguno, ha de ser porque es conforme a su voluntad, y si no lo fuera, no estaría nuestra voluntad unida a la suya. Pero si de veras estamos unidos por amor a su voluntad, nada desearemos que Él no desee, nada amaremos que Él no ame, y estando abandonados a su voluntad, nos será indiferente cualquier cosa que nos envíe, cualquier lugar donde nos ponga. Cada día soy más feliz en mi completo abandono en sus manos. Veo su voluntad hasta en las cosas más insignificantes y pequeñas que me suceden. De todo saco una enseñanza que me sirve para comprender mejor su misericordia para conmigo. Amo entrañablemente sus designios, y eso me basta. Soy un pobre hombre ignorante de lo que realmente
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humilde, paciente, inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz. 10 de abril de 1938 Yo quisiera desaparecer, y en cierto modo así me pasa, pues Él lo llena todo. ¡Qué bueno es Dios! Nada hice yo por Jesús y, sin embargo, ¡qué grande es su misericordia! De esto no sé salir ni seguir adelante. Mi alma se abisma en tanta maravilla y enmudece. Sólo veo una pobre criatura sacada del mundo, ¡y de qué mundo!, por la gracia, y sólo la gracia de Dios, y traída a la soledad para que, sin que ella se dé cuenta, coopere con una de las más maravillosas grandezas de Dios. ¿Y cuál es esta maravilla? El estupendo milagro de que un alma como la mía, pobre, desnuda, llena de mundo y vicios se vea amada de Dios, conducida y sostenida por Él en sus muchas flaquezas y miserias, tentaciones y desconsuelos. Dios, haciendo su obra en mi alma, transformando mi corazón y elevándolo hacia sí, desencajándolo de en medio de las criaturas y llenándolo de su amor. Dios el Eterno, guiándome a mí. ¿Quién no se pasma? ¡Ah!, si el mundo me conociera y viera lo que soy. Si los hombres vieran mis torpezas y mi duro corazón, quedarían aterrados ante la grandeza de Jesús, que no desdeña cuidar a este pobre hombre, más digno de lástima que de amor. Y Dios me ama. ¡Ah, y de qué manera! Eso lo sé yo, y nadie más. Pero no sé, soy muy torpe, y mucho más para hablar de eso.
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PRIMER INGRESO EN EL MONASTERIO DE SAN ISIDRO DE DUEÑAS
El día 15 de enero de 1934, a los 22 años, Rafael ingresa en el noviciado del Monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia), donde permanecerá cuatro meses en la observancia plena de la Regla cisterciense. El día 23 de enero escribe una carta a sus padres desde el monasterio, participándoles sus vivencias iniciales: Son las seis de la mañana y tengo un sueño que me caigo. Con hoy llevo en el monasterio ocho días justos, en los cuales he tratado de sujetarme en lo posible a la Regla, y por ahora lo que sí puedo decir es que tengo mucho sueño. Me acuesto a las siete de la tarde, y con la gracia de Dios me duermo enseguida. A la una me despierta el dolor de riñones, pues el colchón sobre el
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que duerno no es precisamente de plumas; cambio de postura a la una, como digo, y cuando ya parece que estoy otra vez dormido... ¡zas!, la campana que anuncia que son las dos y que tengo que bajar a Maitines. No lo dudo ni un segundo; me pongo las zapatillas y el abrigo, pues duermo vestido, me lavo un poco la cara, y con el pensamiento puesto en Dios, y el corazón alegre, bajo las escaleras del noviciado a toda velocidad y entro en la iglesia donde mi Dios está en el Tabernáculo, esperando a sus monjes para que empiecen a cantar sus alabanzas. ¡Dichosa naturaleza!, qué guerra das, pero espero que con la ayuda de Dios te he de sujetar; seguramente, sin que yo me dé cuenta. Al cabo de cierto tiempo ya no tendré tanto sueño como ahora, pero qué le vamos a hacer, también los apóstoles se durmieron en el Huerto y dejaron a Jesús solo, y eso que eran apóstoles, conque qué no haré yo, que soy un pobre pecador. Pasados unos días, vuelve a escribir a su madre: Ayer tuvimos por trabajo el traslado de sacos de patatas desde el almacén al monasterio. Te aseguro que me sale muy bien la carga y descarga de sacos y, después de la jornada, voy a que me apunten lo que he hecho, es decir, voy a la capilla y se lo digo al Amo, y siempre que voy a verle, tengo algo para que me apunte, y luego me pague los jornales todos a la vez. Un día es unas cuantas cepas arrancadas; otro día son
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quilo. Bendito Jesús, ¿qué me enseñarán los hombres, que no enseñes Tú desde la Cruz? Ayer vi claramente que solamente acudiendo a Ti se aprende; que sólo Tú das fuerzas en las pruebas y tentaciones, y que solamente a los pies de tu Cruz, viéndote clavado en ella, se aprende a perdonar, se aprende humildad, caridad y mansedumbre. Vengan luego desprecios, humillaciones, azotes de parte de las criaturas, ¡qué me importa! Contigo a mi lado lo puedo todo. La admirable lección que Tú me enseñas desde tu Cruz me da fuerzas para todo. A Ti te escupieron, te insultaron, te azotaron, te clavaron en un madero, y siendo Dios, perdonabas humilde, callabas y te ofrecías. ¡Qué podré decir yo de tu Pasión! Más vale que no diga nada y que allá adentro de mi corazón medite en esas cosas que el hombre no puede llegar jamás a comprender. Cristo Jesús, enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos. Enséñame a ser manso con los que no me quieren o me desprecian. Enséñame esa ciencia que Tú desde la cumbre del Calvario muestras al mundo entero. Mas ya sé..., una voz interior muy suave me lo descubre todo, algo que siento en mí que viene de Ti y que no sé explicar. Yo, Señor, a mi modo, lo entiendo, es el amor, en eso está todo. Ya lo veo, Señor, no necesito más, es el amor, ¿quién podrá explicar el amor de Cristo? Callen los hombres y las criaturas para que en el silencio oigamos los susurros del Amor, del Amor

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haya sentido esto, ni remotamente podrá sospechar lo que es. Ojalá que todos los hombres amaran la Cruz de Cristo. ¡Oh, si el mundo supiera lo que es abrazarse de lleno, de verdad, sin reservas a la Cruz de Cristo! Cuántas almas, aun religiosas, ignoran esto... ¡qué pena! Cuánto tiempo perdido en pláticas, devociones y ejercicios que son santos y buenos, pero que no son la Cruz de Jesús, es decir, no son lo mejor. Pobre oblato que arrastras tu vida siguiendo como puedes las austeridades de la Regla, conténtate con guardar en silencio tus ardores; ama con locura lo que el mundo desprecia porque no lo conoce; adora en silencio esa Cruz que es tu tesoro sin que nadie se entere. Medita en silencio a sus pies las grandezas de Dios, las maravillas de María, las miserias del hombre del que nada debes esperar. Sigue tu vida siempre en silencio, amando, adorando y uniéndote a la Cruz, ¿qué más quieres? 7 de abril de 1938 Jesús mío, arrodillado humildemente a los pies de tu santa Cruz, te pido con fervor que me des la virtud de la paciencia, me hagas humilde y me llenes de mansedumbre. Jesús mío, mira que esas tres cosas las necesito mucho. Ayer sufrí el desprecio de un hermano, me hizo llorar y si no hubiera sido porque Tú desde la Cruz me enseñaste a perdonar, quizás hubiera cometido una falta ¡Cuánto me costó vencerme! Pero dormí más tran- 174 -

pastillas de chocolate envueltas; otro día el barrido del dormitorio, etc. Al fin y al cabo, no voy más que a mi negocio y te aseguro que con un Amo tan generoso como el mío, he hecho un negocio redondo. El otro día estaba en la capilla yo solo; había vuelto de la chocolatería donde había estado empaquetando pastillas. De rodillas delante del Sagrario mi alma le ofrecía a Dios mi último trabajo, las dos horas de silencio empaquetando pastillas; y de esas cosas que pasan a veces, me pasó a mí. Verás... En un arranque de fervor le dirigía a mi Dios la siguiente oración: "Señor, Vos estáis muy arriba y yo estoy aquí abajo, desde donde de una manera más o menos generosa quiero hacer llegar hasta Vos el humilde obsequio de un pobre trapense, que lo único que ahora os puede dar es el trabajo de envolver unas docenas de pastillas de chocolate, y creedme, si yo pudiera subir al cielo y entregaros mi ofrenda, y luego volver a bajar a la chocolatería de la Trapa, así lo haría ". Y como a mí, incluso en la oración, se me ocurren tonterías, pensé, cuando ya me levantaba: "Qué bien me venía a mi un aeroplano". Y nada más decir esto, cuando rompe el silencio de los cielos de Castilla, el potente motor de un aeroplano que en aquellos momentos daba la casualidad que volaba por encima del monasterio. Podéis creerme que iba a levantarme y seguí de rodillas, pero ahora no le decía a Dios nada; pensaba en el aeroplano e imaginaba que había pasado por la
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Trapa, había cogido los chocolates de un novicio que no podía volar y, luego, dirigiendo los mandos hacia el cielo se lo había ido a entregar a Dios. Y el Amo seguía en el Tabernáculo y su siervo de rodillas y en silencio, escuchando cómo se apagaba el ruido del potente motor que se alejaba a toda velocidad sobre el cielo de Castilla. Rafael es feliz en la Trapa y continuamente manifiesta la gratitud a Dios, a pesar de las pequeñas cruces que conlleva la vida de un monje: Te puedo asegurar que la vida es dura, pero está todo tan bien dispuesto que se hace no sólo llevadera, sino incluso agradable. Lo que da mucho calor es la capucha; excuso decirte cuando llegue el verano, me voy a ir derritiendo poco a poco, y un día van a buscar a Fray Rafael y no encontrarán más que el hábito. Cada vez me convenzo más de que la Trapa la ha hecho Dios para mí y a mí para la Trapa; está visto que la única ciencia posible en el mundo es colocarnos donde Dios nos tenía destinados, y una vez que hemos acertado a saber su voluntad, entregarnos a Él con todo el corazón. Por desgracia, soy un fraile muy disipado. Tengo, como siempre he tenido, muy buen humor, pero como no puedo hablar, ni gritar, ni correr, pues me lo tengo que comer. Así que me dan a lo mejor unas ganas terribles de silbar, al ver a mis hermanos, y yo entre ellos, tan encapuchados comiendo cebolla. Se me ocurren mil
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hallar un alivio. Esto a veces es un consuelo muy grande, a veces es también un dolor profundo. ¡Si el enfermero supiera el hambre que paso! No conoce ni comprende mi enfermedad, y ¡cuánto me hace sufrir! Dios así lo tiene dispuesto. No me quejo y bendigo la mano del enfermero que para mí es la mano de Dios. Hambre en soledad y silencio, algunas veces creo que no podré resistir, pero Dios me ayuda, y tengo la impresión de que todo acabará pronto. Por un lado lo deseo, por otro lo mismo me da, y sólo quiero cumplir la voluntad de Dios. 1 de abril de 1938 Aún me conviene humillarme por mis debilidades. Todavía es necesaria la experiencia de verme incapaz para nada bueno. ¿Qué podrás tú solo? Caer y no levantarte. Retroceder en lugar de avanzar. Mira delante de Jesús lo que eres, y aprende a conocerte; así no tendrás soberbia, y en tu propia humillación aprenderás algo de humildad, que aún no sabes lo que es eso, y es necesario que lo aprendas. 3 de abril de 1938 Yo no sé rezar. No sé lo que es ser bueno. No tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo. Sólo sé una cosa, una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre en virtudes y tan rico en miserias. Sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni por nadie cambiaría, mi cruz, la Cruz de Jesús. Esa Cruz que es mi único descanso, ¡cómo explicarlo! Quien no
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25 marzo de 1938 Ha venido mi hermano a visitarme y he hablado con él del mundo, y vi lo que ya tantas veces he pensado: la vanidad de las cosas. Me habló de mi familia, de sus preocupaciones e intereses, de proyectos futuros. Me contó detalles de la nueva vida de mis padres, las reformas de la casa. Me habló de perros, caballos, automóviles, que sé yo. Qué bueno es Dios que me ha separado de todo eso. Para mí ya no hay nada que me interese. Qué feliz soy con sólo Dios y mi cruz. En el mundo se sufre, todo son afanes, deseos, esperanzas pocas veces cumplidas. En el mundo se llora por intereses materiales deleznables. Hoy al hablar con mi hermano del mundo he sentido pena, porque me vi lejos de todo lo que amaba y aún ama mi corazón. ¿Quién que tenga entrañas, no ama su hogar? Sin embargo, Dios sigue actuando en mi alma, siento muy dentro un alejamiento de todo que no sé explicar. Siento un afecto muy tierno y dulce por mi familia, pero de distinta manera que antes. 28 de marzo de 1938 Después del desayuno paseé mi pequeño agobio por la galería de la enfermería. Una tristeza muy grande se apoderó de mí. Me sentía tan enfermo, tan solo, tan débil que sintiéndome cansado de todo y de todos, lloré con pena. Me parecía enorme el abandono en que me veía, material y espiritualmente. No tengo a nadie en quien
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diabluras, pues aunque siempre veo el lado sublime de la Trapa, también le veo el lado divertido. Bueno, esto parece un contrasentido, decir que una Trapa es un lugar divertido, pero la cuestión es que yo no me aburro, ni sé lo que quiere decir esa palabra. Estos días he tenido que cantar en el púlpito unas "lecciones de Maitines" y puedo aseguraros que nunca he pasado tantos apuros. Me salía la voz temblona, cogía el tono o muy alto o muy bajo, tropezaba en la capa al subir las escaleras, en fin, un verdadero desastre, pero no se puede remediar. Verme a las tres de la mañana subido en un púlpito y dominando todas las calvas y peladas cabezas de los monjes, las letras del "leccionario" me bailaban, de repente se me olvidaba la pronunciación del latín, y no daba "pie con bola". El Padre Damián comenta en relación con estos hechos:

“A pesar de que el Hermano Rafael era muy diestro en el manejo de los pinceles y un gran escritor, según se puede apreciar en sus escritos, sin embargo, era la misma nulidad para ciertos servicios que a los demás novicios nos resultaban fáciles como era, por ejemplo, encender los dos grandes candeleros, a los lados del altar mayor, a dos o tres metros de altura. Había que ver los apuros, temblores y angustias que pasaba. Se usaba un encendedor de mango largo, lo tomaba en sus manos, se ponía tembloroso al encender la vela, y así estaba tiempo y más tiempo, hasta que
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viendo que pronto finalizaba el canto de la Salve, optaba por desistir del intento, bajando del presbiterio con las orejas gachas y las mejillas enrojecidas. El Padre Maestro, aun cuando tenía que hacerse gran violencia por tratarse de algo involuntario, le solía reprender en las conferencias que nos daba, y él se humillaba y pedía perdón por su torpeza. Y un día durante la repetición (conferencia que suele dar el Padre Maestro a los novicios durante media hora sobre temas de vida religiosa), en presencia de los demás novicios, le reprendió ásperamente, aunque sólo en apariencia, pues me consta que tenía que hacerse gran violencia para lastimar con sus palabras a aquel modelo de novicio. Nuestro Hermano Rafael, entonces, al sentirse aludido, salió al medio de la sala y se tendió en el suelo cuan largo era, pidiendo humildemente perdón por su torpeza. Tanto el Padre Maestro como sus compañeros de noviciado, quedamos edificados ante un acto tan espontáneo de humildad”.
Continúa narrando el Hermano Rafael: En la iglesia siempre estamos de ceremonia, no se habla nunca para nada, no se hacen señas, se anda despacio, sin ruido, se hacen inclinaciones profundas al Señor que está en el Tabernáculo. En una palabra, lo que debe ser y exige el culto divino; eso a mí me entusiasma, pues bien sabéis que nunca me han gustado
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intensa que él tenía, cómo Dios le amaba con su infinito amor, y sentirse tan sujeto a las miserias y cuidados de su cuerpo mortal, no pudiendo corresponder como él quería a aquel amor de Dios que sentía, pues se veía francamente impotente, siendo su gran deseo que su corazón se diese más a su ser querido, y que su alma volase de una vez a su encuentro, pues le era difícil vivir en aquella situación y en aquel fuego que le abrasaba. Todo esto me lo decía llorando. Yo no tenía palabras para poder consolar aquella alma, ni tampoco me podía hacer cargo exacto del sufrimiento de mi hermano. Todo esto que he contado, tenía lugar un mes antes de su muerte. Era ya la época sublime a la cual había llegado su alma. Al día siguiente salí para casa, donde no conté nada de lo que había vivido junto a Rafael. Salí por una parte triste por dejar a mi hermano sufriendo, sin poder hacer nada para aliviar aquel dolor tan grande, y por otra parte, alegre, al haber visto cómo Dios se estaba volcando en aquella alma tan querida. Todo esto me hizo pensar mucho para mi vida futura. Poco más o menos al mes de haber estado por última vez con Rafael, llegó de Vitoria el alférez Ibarra, trayéndome todo el papeleo de la Batería, diciéndome nada más llegar, que mi hermano Rafael había muerto hacía unos días en la Trapa, sin más comentarios ni explicaciones. Rápidamente comprendí que así es como le quería Dios, desprendido de todo, y con un gran Aleluya, Dios le premió llevándoselo consigo".
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había caído en manos del ejército nacional. Queriendo ver a Rafael para darle un abrazo, fui primero a la Trapa. Estuvimos paseando por la tarde en la huerta y pude apreciar el sufrimiento que padecía, y la gran cruz que Dios había mandado a aquella alma; me preguntó por todas las cosas de casa, se interesó por mi vida en el frente, siguió insistiendo en que la Virgen me protegería, pero que no dejase de buscar a Dios. Era su gran obsesión: que todos buscásemos a Dios, que estábamos obligados a ello y que era la única verdad en esta vida. Cuando le pregunté cómo podía vivir siempre rodeado de los mismos personajes tan dispares a él en sus gustos, y por qué no se iba a la Cartuja, donde viviría en soledad, me contestó: "Luis Fernando, yo no puedo con la soledad, tengo que ver caras, aunque me hagan sufrir; tú si podrás con la soledad; con tu temperamento podrás ser cartujo". A mí, en aquellos momentos ni se me había pasado por la imaginación ser cartujo, y como siempre dije: cosas de Rafael, y con el tiempo, que es lo más curioso, llegué a ser cartujo. Lo que más me impresionó aquella tarde, fue cuando empezó a explayarse, llorando, del terrible sufrimiento que tenía. No era el sufrimiento que le producían las cosas terrenales de la vida austera que había abrazado, ni el sufrimiento que le pudieran producir aquellas criaturas de Dios con quienes convivía, de las cuales Él se valió para santificarlo. En realidad el gran sufrimiento de Rafael era ver, con aquella fe grande e
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las familiaridades en nada, y menos en la iglesia. Se puede decir que los trapenses se educan exclusivamente para Dios. Educan primero su alma, pero después su cuerpo y sus modales, y no es que yo quiera alabar a mi Orden por encima de nadie, pero se puede decir que en cuanto a la forma de celebrar el culto, el trapense es el más elegante. Lo que me da más alegría es pensar que esta paz será eterna, pues el día que me muera lo único que haré será aumentarla en tan alto grado, que no puedo sospechar. El amor a las criaturas se acaba con la muerte. El deseo de gloria humana, con la muerte se termina, y los negocios del mundo, con la muerte se desvanecen en nada; solamente el amor a Dios aumenta con la muerte. Es decir, que lo que yo tengo, lo tengo para siempre, me lo dice la fe; en cambio, lo que he dejado en el mundo, es solamente prestado para unos cuantos años, después, nada. Por eso, queridísimos padres, cuando yo soy tan feliz aquí en mi monasterio, poseyendo solamente una túnica y una capa blanca por todo caudal, y veo que no hace falta más para ser feliz en la tierra, pienso en vosotros y tengo unos ardientes deseos de poder comunicaros lo que siento en aquellos momentos, y deciros a vosotros y a mis hermanos: no os preocupéis del mundo y sus negocios, no os inquiete el porvenir, dejadlo en manos de Dios; no os aficionéis a las cosas de la tierra, pues es perder el tiempo. Acudid a Dios y

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en Él hallaréis paz, primero aquí en la tierra y después en el cielo. Ya parece que me voy acostumbrando a la capucha, mejor dicho, ya me voy acostumbrando a todo. El cuerpo es un animal de costumbres, y lo único que hay que hacer es saber domarlo.

Sólo la caridad hace feliz. Sólo en ella se encuentra la mansedumbre y la paz. Solamente en la caridad se halla la verdadera humildad, y solamente en ella podemos vivir tranquilos y felices en comunidad. ¡Cuántas cosas diría si supiese escribir! Mas no sé, y ante la impotencia de poder expresar lo que mi alma siente, prefiero callar. La Santísima Virgen, que me comprende sin necesidad de ruidos ni de palabras, es mi gran consuelo. Ante Ella deposito mi silencio. Así sea. 20 de marzo de 1938 Me cansan los hombres, aun los buenos. Nada me dicen. Suspiro todo el día por Cristo, y en medio de mi deseo de cielo y de amor a Jesús, arrastro mi vida que el mundo aún sujeta, y tengo forzosamente que ocuparme de comer, dormir, ¡qué asco!, Señor, perdóname. Tú así lo quieres Comprende, Jesús mío, que con lo que Tú me quieres, y con lo que yo te quiero, es muy penoso vivir así, y claro, ya comprenderás que a veces sienta esos deseos de desatarme de este cuerpo que tanta guerra me da, que desee salir de entre tanta criatura que no son Tú, que me canse de esperar. Ya ves, Señor, soy flaco y miserable. No sé cumplir tu voluntad.

"La última vez que estuvimos juntos los dos hermanos, venía yo con permiso a casa, una vez que Teruel
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Cuenta su hermano Luis Fernando:

Ahora me pasa una cosa muy rara. Algunos días, cuando salgo de la oración, aunque me parezca que durante ella no hago nada, siento unos deseos muy grandes de amar a todos los miembros de la comunidad, como Jesús los ama. Algunos días, después recibir al Señor en la comunión y ver lo que Él me ama siendo lo que soy, siento unos deseos muy grandes de humillarme ante aquellos religiosos de los que antes creía que me habían humillado a mí. Son religiosos al servicio de Dios. Jesús los quiere. Yo soy el último, el más mundano y con más lastre de pecados. ¡Ah, si el mundo supiera lo que yo he sido! ¡Ah!, Señor, en esos momentos no veo flaquezas ni miserias en nadie. Sólo veo mi pobreza amada por Dios, y ante eso ¿qué no haría yo para imitarle? ¡Pues amar entrañablemente al prójimo! ¡Ah!, Señor, qué gran paz se siente en esos momentos. Así como antes me turbaba una falta o una flaqueza de un hermano y sentía casi repulsión, ahora siento una ternura muy grande hacia él, y quisiera en lo que de mí depende, reparar la falta. Es un alma a la que quiere Jesús. Es un alma por la cual Jesús sangra desde la Cruz. ¡Acaso yo la voy a desdeñar! Dios me libre, al contrario, siento un gran amor hacia ella, y esto que digo no es vana palabrería, es un hecho real y positivo que yo no he conseguido, sino que Jesús ha puesto en mi alma. He aquí el estupendo milagro. Ahora veo claro.

PRIMERA SALIDA DEL MONASTERIO
Rafael había ingresado como novicio en la Trapa el día 25 de enero de 1934. Cuatro meses después, por decisión de sus superiores y enfermo de gravedad por la diabetes que se le manifiesta de forma inesperada y aguda, vuelve a su casa para intentar restablecer su salud.

“En mayo se iniciaban los primeros síntomas de la diabetes con su enorme cansancio y falta de fuerzas. A mediados de mayo ya no podía seguir a sus hermanos en los trabajos del campo, que constituyen uno de los principales en la vida cisterciense. Se iba quedando atrás del grupo que formaban los novicios, pero nada decía, a pesar de sufrir horriblemente. Al verle tan falto de fuerzas y con el rostro intensamente pálido, le mandaban sentarse y abandonar la faena, pero eso era para él mayor humillación y labor que el trabajo
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mismo. ¡Cuántas lágrimas, decía él después, derramé entonces a solas con mi Dios!”. (Vida y Escritos) .
El 25 de mayo, cuando el Hermano Rafael se encontraba en vísperas de salir de la Trapa por enfermo, el Padre Damián, testigo de estos hechos y compañero de noviciado del santo, recuerda que “lo encontró apo-

yado sobre el marco de la ventana de la enfermería, pesaroso y lleno de ansiedad por haber avisado a sus padres para que vinieran por él. Ello indica su profunda vocación trapense. De ahí sus anhelos constantes de volver cuanto antes a su amado monasterio. ¡Cuatro meses de paz, de felicidad tranquila, de fervoroso aprendizaje en el servicio a Dios, después de las luchas pasadas, de las renuncias, cuando el alma creyó obtenido el triunfo, cuando creyó haber llegado a la meta, tan cerca del Corazón de Cristo. ¡Pobre hermano Rafael, otra vez al mundo, a la lucha! Sufrir siempre...” (“Vida y escritos”).
Su tío Leopoldo comenta en su obra “Un secreto de la Trapa” :

“Plácidamente transcurrieron para Rafael los primeros meses de su vida religiosa. Concentrada su alma en la más fiel observancia de la santa Regla, sólo vivía para asimilarse con la mayor perfección del espíritu del Císter, del que era ferviente admirador. Junto con esa admiración, profesaba a su monasterio un intenso cariño, pero
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del sol, sin tomar la brisa del mar, sin correr por el mundo en libertad. Todo eso es pequeño, no es nada, prefiero a Jesús en la soledad. Ya no me importan las criaturas, ni me hacen daño las flaquezas de los hombres. Son hombres, y nada más; sólo en Dios hallo refugio; sólo en Él he de buscar caridad. Ya no me importa mi vida, ni mi salud, ni la enfermedad. Sólo encuentro consuelo en hacer su voluntad, y eso me llena de tal alegría que parece como si mi corazón fuera a estallar. Una de tus grandezas es la transformación que haces en mi alma con respecto al amor al prójimo. Me explicaré. Cuando antes buscaba un religioso y me encontraba en su lugar, un hombre corriente, ¡cuánto sufría, buen Dios! Cuando un hermano, sin él saberlo, me humillaba (¡a mí..., qué paradoja!), también sufría. Cuando mi alma no encontraba lo que buscaba, aunque no fuera más que un poco de educación en los demás… Perdí la ilusión, y en mis ratos de desconsuelo pensaba: más vale así; he de separar mi corazón de los hombres y entregárselo sólo a Dios. Pasaba días en que no quería hacer ni señas. En medio de todo eso (ahora lo he visto claro), había bastante soberbia, mucha vanidad y un inmenso amor propio. Dulce y manso Jesús, perdóname, no sabía lo que hacía. Solo y sin guía, si Tú no me ayudas, mil y mil veces me desviaré del verdadero camino, de tu caridad.

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Tú, buen Jesús, tienes tus delicias en el corazón del hombre. Déjame hacer en el tuyo mi celda y mi lecho. Déjame vivir solo y desnudo de todo junto a tu Corazón Divino, y ríame de los hábitos, de las coronas y de las barbas de todos los conversos del mundo. ¡Qué necio es el mundo! ¡Cómo nos alegra un trapo y nos entristece una nube! ¡Con qué facilidad nos consideramos felices con una niñería, y con otra niñería nos abatimos y desalentamos! 9 de marzo de 1938 Mi amado Jesús: Comprendo que la humildad y la paciencia es lo que hoy más necesito. Después de llevar una hora larga en la clase de latín con los oblatos, salgo con el espíritu cansado y con los nervios en tensión. Cuántas veces, Señor, me agarro al crucifijo y hago un acto de sumisión a tu voluntad. Pero, Señor, los nervios no puedo dominarlos. ¡Si tuviera verdadera y perfecta paciencia! 13 de marzo de 1938 ¡Cómo cambias mi alma, Señor! Qué maravilloso milagro. Las criaturas ya no me dicen nada, todo es ruido. Sólo en el silencio de todo y de todos hallo la paz de tu amor. Las criaturas te abandonaron, el cielo se oscureció. Sólo quedó en el silencio del Gólgota, un Dios clavado en la Cruz. Ya nada me importa, sólo me hace sufrir la espera, el temor de perderte, el tener que vivir. Ya no me importa vivir encerrado entre muros, sin ver las puestas
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con un afecto pegado a personas y a cosas, hasta el punto de que él mismo confiesa en muchas de sus cartas que se consideraba el más feliz de los mortales. Su despedida del mundo tuvo para él un carácter definitivo y jamás se le ocurrió pensar que Dios, que tan fuertemente le atraía a la vida del claustro, tuviese otros designios que los de permanecer allí hasta el final de su vida. Pero por suerte inmensa para los hombres, Dios vigila los pasos de los santos, atiende a todas sus necesidades y acaba en ellos obras maestras que sólo un Artista Infinito puede concluir por medio de la gracia. Y este fue el hecho: a través de una enfermedad, principiaba nuestro Señor su obra maestra en Rafael.”
El padre Damián dejó escritas estas reflexiones sobre aquellos días:

“Toda la comunidad, conmovida ante la pérdida de aquel novicio modelo de dulzura y mansedumbre, que había sido uno más en seguir las huellas del Divino Maestro, adaptándose con tanta alegría a las austeras Reglas cistercienses, le despidieron en silencio, sin lágrimas ni palabras; pero con la honda pena de verle acabado, exhausto, con el sufrimiento reflejado en su semblante y, sin embargo, sonriente, siempre con la paz que emana de Dios. Una excepción hizo el reverendo Padre Abad con aquel hijo suyo amado: el hábito. Aquella tela
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áspera, penitente, blanca y pura, recibida de sus manos tres meses antes, se la dio como don precioso, para envolver su cuerpo si la voluntad de Dios le hacía morir en el mundo. Solamente Dios y la Virgen, únicos confidentes de todas sus penas, saben lo que tuvo que sufrir el pobre Hno. Rafael al tener que separarse del nido de sus amores. Lloraba como un niño cuando se presentó en el noviciado para estrecharnos contra su pecho a los que tuvimos la dicha de convivir con él aquellos primeros cuatro meses de su vida religiosa. Nosotros, por nuestra parte, no pudimos tampoco contener las lágrimas al abrazar por última vez, a aquel hermano tan querido y tan simpático. Terminadas las despedidas de los distintos grupos de la comunidad, Rafael, acompañado de su confesor el Padre Teófilo, salió a la galería y dejándose caer en un sillón intentó reponerse de las fuertes impresiones del día. Los suspiros y lágrimas del angustiado Rafael me hacían ver que en su interior se desarrollaba una tremenda crisis espiritual que le oprimía el corazón. Cuando dejé el mundo, me decía, me despedí de todos hasta la eternidad, y por la prensa se enteró todo Asturias de que la gracia había triunfado en mí sobre la naturaleza. Ahora vuelvo allá deshecho, inútil, con la mortaja en la maleta. ¿Qué dirá el mundo, tan propenso a escandali-

8 de marzo de 1938 Dios y su voluntad es lo único que ocupa mi vida. Qué inmensa es la gracia de Dios cuando va llenando poco a poco un alma. Cómo se va precisando la vanidad de todo lo humano, y cómo uno se convence de que sólo en Dios es donde se halla la verdadera sabiduría, la verdadera paz, la verdadera vida, lo único necesario y el único amor y deseo del alma. El otro día, el reverendo Padre Abad me dijo que el día de Pascua me daría la cogulla monacal y el escapulario negro. ¡Qué alegría tuve, buen Jesús! Cuánta ilusión tenía ya hace tiempo por poder vestir la cogulla. Qué alegría tan grande me dio pensar que dentro de un breve plazo no me distinguiría en nada de un verdadero religioso. Pero después que fui a darle gracias al Señor por este beneficio, vi claramente que en mí todo eso es vanidad. Es un honor que me hace la comunidad, y eso me lastima más que otra cosa. Con cogulla o sin ella soy el mismo delante de Dios. Todo lo externo me es indiferente. Sólo quiero amar a Dios, y eso lo hago por dentro y sin que se enteren los hombres. Lo mismo me da, Señor, el honor que el desprecio. La alegría vana e infantil de vestir la cogulla ya se ha serenado. No quisiera, Señor, que nada del mundo me turbara, ni nada de las criaturas me quitara la paz y el sosiego de amar sólo tu voluntad. Y así veo, Señor, que todo es vanidad. Que Tú no estás en el hábito ni en la corona. ¿Entonces? Tú, Señor, sólo estás en el corazón desprendido de todo.
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de su vida me llamaba la atención que su postura ante el Santísimo era de quien está completamente abandonado en las manos del Señor; le costaba trabajo separarse del centro de sus amores. Muy agotado físicamente, no podía hacer trabajos duros, y alguna vez, para distraer sus largas horas de soledad, le ocupaban en pelar patatas, en la chocolatería o en hacer planos y dibujos que el reverendo Padre Abad le encargaba, o en estudiar latín, o en clase de gramática con los pequeños oblatos, por los que sentía especial cariño. Pero Fray Rafael no podía atender a nada de la tierra. Sólo amar a Dios era su pensamiento constante, y este amor conmovía todas las fibras de su ser, anegando su corazón y haciéndole indiferente a todo lo que no fuera su Dios"

Dice su confesor el Padre Teófilo Sandoval que ya por aquel entonces comenzaron a notar que algo extraordinario se operaba en el alma del hermano Rafael. Se pasaba horas enteras junto al Sagrario, a solas con su Dios, en elevada unión con Él, y luego, al volver a reanudar su vida en el monasterio, le veían transformado, reflejada en su mirada aquella llama de amor ardiente que le consumía. El Padre Amadeo dice que “ya en los últimos meses

zarse? Yo quiero morir aquí, quisiera que esta noche fuera la última de mi vida! Ante estas expresiones, caí en la cuenta de que Rafael había penetrado en la terrible noche oscura del alma. Amaneció el día 26 y apareció Rafael vestido de seglar, con una amargura inmensa; le daba vergüenza de sí mismo. Le di un abrazo y le dejé bajar las escaleras solo, pero no se tenía. Me llamó; colocó su mano sobre mi hombro y así bajó hasta el claustro, aquí le cogí del brazo y llegamos a la hospedería. Le di el último abrazo, pero tan fuertemente me apretó que no quería desprenderse, deseaba morir en mis brazos. Hasta que el Padre enfermero bajó y le arrancó de mí, conduciéndole a la ventana, para que se enjugara el rostro y pudiera presentarse sereno ante su padre que le esperaba en el recibidor para llevárselo enseguida en el coche a Oviedo. El día 26 de mayo de 1934, llegaba Rafael a la casa de sus padres, de donde había salido cuatro meses antes pletórico de vida y de salud. Llegaba pálido, sin vista, casi moribundo, con el traje seglar colgándole de los hombros, pues fueron veinticuatro kilos perdidos en ocho días, y sonriente, como si fuera el hombre más feliz de la tierra. En su maleta llevaba el santo hábito trapense. Guárdalo bien guardado, fueron sus primeras palabras dirigidas a su madre, que no se apolille, pero que esté a la mano.
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Y después, al verse acostado de nuevo en su cama, atendido, rodeado de médicos y cuidados, dijo tranquilo y con una tristeza infinita en su dulce mirada: ¿Lo ves? Ya estoy aquí otra vez... ¡Dios lo quiere! Siempre la sumisión gozosa a la voluntad de Dios.” (Vida y Escritos) .
El mismo Rafael, en carta escrita el 3 de junio a su tío Leopoldo, explica su estado: Tengo mucha azúcar y acetona; estoy con un plan de alimentación en el que se me pesa por gramos todo lo que como; tengo un hambre terrible y una debilidad tal que leer me marea, andar me cansa y apenas veo. Todo ha sido cuestión de seis o siete días, pero ha habido días que he adelgazado dos kilos. Me hacen dos análisis diarios, y me ponen tres inyecciones; una verdadera «juerga médica». Me estoy todo el día sentado sin hacer nada. Me he traído el hábito, pero no me lo pongo. Esta enfermedad es muy larga y no sé cuándo podré volver a mi Monasterio, pero Dios me dice que yo moriré trapense; ahora lo único que tengo que hacer es ponerme en sus manos, y te aseguro que lo estoy. Su madre escribe: “Pasados los primeros cuidados

en tu centro, ojalá no tengas que volver a salir, eres feliz en el convento, el mundo no es para ti. Estas y otras cosas razona mi familia. Es natural, ignoran mi vocación. Si el mundo supiera el martirio continuo que es mi vida. Si mi familia supiera que mi centro no es la Trapa, ni el mundo, ni ninguna criatura, sino que es Dios, y Dios crucificado. Mi vocación es sufrir en silencio por el mundo; inmolarme junto a Jesús por mis hermanos, los sacerdotes, por las necesidades de la Iglesia, por los pecados del mundo, las necesidades de mi familia, a la que no quiero ver en la abundancia de la tierra, sino muy cerca de Dios. ¡Ah!, si el mundo supiera ver las enormes luchas detrás de la paz conventual. Pero no, eso no deben verlo. Sólo Dios. Así está bien. Esto no son quejas, ni amargura, todo lo contrario. La Trapa mi centro, dice el mundo, qué paradoja. Mi centro es Jesús y su Cruz. La Trapa no me importa nada, y si Dios me manifestara otro sitio donde sufriera más, y me lo pidiese, allí me iría con los ojos cerrados. Yo, a veces, no me entiendo. Soy absolutamente feliz en la Trapa, porque en ella soy absolutamente desgraciado. Deseo con ansia la muerte por dejar de sufrir, y a veces no quisiera dejar de sufrir ni aun después de muerto.

que exigía su grave estado, Fray María Rafael volvió a ser el mismo que había sido siempre. ¿Sufrir?, mucho, intensamente, por estar separado de la vida que
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Que vengan los sabios preguntando dónde está Dios. Dios está donde el sabio con la soberbia ciencia no puede llegar. Dios está en el corazón desprendido, en el silencio de la oración, en el vacío del mundo y sus criaturas. Dios está en la Cruz, y mientras no la amemos, no le veremos, ni le sentiremos. Amo todo lo que Tú me envíes y me mandes, tanto salud como enfermedad, estar aquí como allí, ser una cosa u otra. Si el mundo y los hombres supieran. Pero no lo saben; están muy ocupados en sus intereses; tienen el corazón lleno de cosas que no son Dios. El mundo vive para un fin terreno; los hombres sueñan con esta vida en que todo es vanidad, y así, no se puede encontrar la verdadera felicidad que es el amor a Dios. Quizás se llegue a comprender, pero para sentirla hay que vivirla, y muy pocos renuncian a sí mismos y toman su cruz, incluso entre los religiosos. Señor, qué cosas permites, tu sabiduría sabrá; tenme a mí de la mano y no permitas que mi pie resbale, pues si Tú no lo haces, ¿quién me ayudará? ¿Y si Tú no edificas? 7 de marzo de 1938 Con qué facilidad juzga el mundo, y con cuánta facilidad también se equivoca. Para mi familia es la cosa más natural que yo esté en la Trapa. Mis hermanos, llevados del cariño, desean mi felicidad. Han visto, mientras he estado en el mundo, mis deseos de vivir y morir trapense. Ahora que ya vivo en el monasterio, y dicen: que Dios te ayude, por fin vives
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amaba. Pero era la voluntad de Dios, y la cumplía gustoso y alegre, llevando su cruz en el fondo del alma, pero sin dar a los suyos la pena de verle triste. « La vida no es triste si se posee a Dios » , repite una y mil veces, y él estaba alegre porque Dios llenaba su alma por completo.”
En carta dirigida al padre Marcelo, maestro de novicios, unas semanas después de abandonar la Trapa, Rafael comenta: Mi estado de ánimo varía. Todo esto ha sido tan repentino y tan rápido que he estado unos días como atontado y sin saber lo que pasaba dentro de mí. El cambio de vida ha sido radical. Creí que Dios me llevaba al cielo, pero parece ser que no es todavía la hora de mi liberación y me quiere aquí en la tierra un poco más. Cúmplase su voluntad y no la mía. Dios es mi dueño absoluto y yo soy su siervo, que obedece y calla. Lo mejor es cerrar los ojos, y dejarse llevar por Él, porque Él sabe lo que conviene. Dios tiene la palabra. Él da la salud, y Él la quita. Los hombres nada podemos hacer más que confiar en su divina providencia sabiendo que lo que Él hace, bien hecho está, aunque a primera vista contraríe nuestros deseos. Dios en su infinita sabiduría, no pregunta al hombre lo que desea para otorgárselo, pues generalmente no sabe lo que le conviene para su salvación, sino que, obrando por encima de la razón y los planes de la cria- 51 -

tura, la lleva, la trae y la prueba de mil maneras, y el hombre dice: "Señor, ¿por qué hacéis esto?", y Dios parece que dice: "Confiad en mí; vosotros sois como niños y para llegar el reino de mi Padre, no podéis ir solos; yo os conduciré. Seguidme, aunque contraríe vuestros deseos”. Para que el reino de Dios llegue a su término, no ha de ser por donde el hombre dispone, pues como niño que es a los ojos de Dios, apenas sabe andar. Yo me dejo llevar por Jesús. Cuando era más feliz, cuando veía claro mi porvenir de monje cisterciense y ya no deseaba nada del mundo, dice Jesús: "Ahora, una enfermedad y afuera". Pues bien, "hágase", ¿qué más puedo hacer? Por tanto, ya ve Padre, que estoy tranquilo. Las circunstancias por las que atravieso no dependen de mí y que, por tanto, como ha sido Dios el que me ha sacado del noviciado, si lo quiere, Él me volverá a llevar. Me levanto tarde, me acuesto tarde, estoy todo el día en casa, pues no tengo fuerzas para nada. Recorro todas las butacas para no estar siempre en la misma y, para no ocultarle nada, le diré que he vuelto a fumar. El padre Maestro de novicios contesta a la anterior carta de Rafael en los siguientes términos:

“Me cuesta trabajo hacerme a la idea de que ha tenido que volver al mundo porque así lo ha querido la inmensa bondad de Dios, que todo lo gobierna y todo lo dispone por caminos para nosotros desconocidos, pero que indudablemente nos harán llegar a donde su sabia providencia
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quiere a mí tan entrañablemente que si el mundo lo comprendiera, se volverían locas todas las criaturas. Más aún todo eso es poco. Dios me quiere tanto que los mismos ángeles no lo comprenden. ¿Cómo es posible que aún tenga serenidad para pensar en algo que el mundo llama razonable, yo que pierdo la razón pensando en Ti? ¡Cómo es posible, Señor! Ya lo sé, Tú me lo has explicado, es por el milagro de la gracia. Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones. Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios, cuántas guerras se impedirían, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían. Insensatos y necios que buscáis a Dios donde no está. Escuchad y asombraos. Dios está en el corazón del hombre. Yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es Él. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de verdad. Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así. Nada cuesta hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz pues se sufre por amor. Sólo Dios llena el alma, y la llena toda. No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe. Sólo pensar en ofenderle y en perderlo, le hace sufrir.
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Verdaderamente, no soy más que miseria, tanto me mire por dentro como por fuera. Cuando llega la noche y veo el cansancio y la pequeñez de mi cuerpo, y además, veo la puerilidad de los motivos por los cuales mi espíritu estuvo turbado durante el día y las insignificantes razones que tuve para sufrir. Cuando veo todo eso y pongo a su lado la santísima Cruz de Jesús ¿quién se atreve a pensar en sí mismo y a decir que sufre? ¡Oh! egoísmo humano, lloras por una manzana, te acongojas por las palabras de un hermano, te turbas con el recuerdo de un día de sol en el mundo y sufres por lo que es aire y vanidad. Humilla tu cara en el polvo, hermano Rafael, y deja ya de pensar en nada que sea barro, que sea criatura, que sea mundo, que seas tú... Llena tu alma del amor de Cristo; abrázate a su Cruz; sueña y duerme en Él. ¡Qué bien se descansa a los pies del dulce Madero! ¡Qué bien se duerme agarrado al crucifijo! ¡Qué bueno es Dios! 4 de marzo de 1938 Conténtate, hermano Rafael, con lo poco, y tú que no eres nada, la misma nada te debe bastar. ¡Qué hipocresía decir que nada tiene, el que tiene a Dios! ¡Sí!, ¿por qué callarlo? ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no gritar al mundo entero las maravillas de Dios? ¿Ves lo que soy? ¿Veis lo que fui? ¿Veis mi miseria arrastrada por el fango? Pues no importa, maravillaos, a pesar de todo, yo tengo a Dios, Dios es mi amigo; que se hunda el sol y se seque el mar de asombro, Dios me
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quiere que vayamos. Cosa parecida es la que a usted le ocurre también, porque el tránsito no ha podido ser ni más repentino ni menos previsto para los torpes ojos de la sabiduría humana. Dios le condujo a la Trapa, y Dios es el que le ha sacado de ella por el camino que ni usted pensaba ni yo tampoco; pero Él sabe por qué y para qué lo ha hecho.”
Carta dirigida el 17 de junio de 1934 (23 años) a su tío Leopoldo: Confío mucho en Dios; Él seguramente me volverá a llevar al monasterio; no pienso en otra cosa todo el día. El coro, el campo, el silencio, mis hermanos, mi hábito, mi celda, mi Sagrario de la Trapa, todo eso que conquisté con sacrificios y lágrimas, se derrumba con una cosa insignificante como es un poco de azúcar en la sangre. Qué grande es Dios, que se vale de lo más pequeño para hacer ver al hombre su insignificancia y miseria, y para hacernos comprender que sin Él no somos nada. Yo era demasiado feliz en la Trapa; te aseguro que la vida allí es muy dura, pero se tiene a Dios tan cerca que la austeridad de la Regla no se nota. Yo respiraba alegría por todos los poros. Mi única ilusión era Dios, y le sentía tan cerca, que lo olvidaba todo”. Fragmento de la carta dirigida al padre Maestro de novicios, el 22 de julio:
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Cuando salí de la enfermería para venir a casa pensé que Dios o me llevaba al cielo, o me ponía bueno para seguir siendo trapense. Parece que Dios ha optado por lo segundo. Ya sé que no son mis méritos, sino todo lo contrario. Todo lo que recibimos de Dios es por los méritos del Cristo que murió en una Cruz, y los recibimos por la mediación de María. Si antes de irme a la Trapa me parecía que el mundo estaba loco, ahora me da la sensación de que Dios lo ha abandonado, de que ha dejado a los hombres solos, pues éstos, en su orgullo suicida, dicen a gritos: No necesitamos a Dios. Y la sociedad está desquiciada, y se ocupa de todo menos de lo único importante, y os aseguro francamente, al ver a los hombres tan ciegos, da tristeza y ganas de gritarles, ¡dónde vais!, insensatos o locos. Estáis crucificando a Jesús. ¿No veis que vais por mal camino, que la vida es muy corta y tenemos que aprovecharla? Pero es inútil; en el mundo no se oye hablar de Dios y de sus juicios. Todo son envidias, ambiciones terrenas y pasiones desatadas. Carta dirigida a su tía María el 23 de julio. Rafael alude a una visita de varios días que va a realizar a su Monasterio: Estos días en la Trapa con mis queridos hermanos los necesito como el comer, y parece que la bondad de Dios me los concede para darme un ligero descanso; y no es que lo merezca, pero Jesús sabe muy bien hasta
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Esta mañana le he ofrecido al Señor mi vida, que ya no es mía. Que Él la cuide si quiere, que yo ya no pienso preocuparme. Sí ocuparme, porque Él me la presta, pero... nada más. Si Él quiere me enviará los remedios necesarios. Si Él no quiere pasaré tan contento sin ellos. No me preocuparé en absoluto del estado de la salud. Tomaré lo que me den, haré lo que me manden, obedeceré en todo. Trataré mi cuerpo como si fuera de otro. Buscaré solamente la voluntad de Dios. Amaré sus deseos y haré de ellos mi única ley. Si Él quiere mi vida larga y penosa, sea. Si Él la quiere tomar esta noche, sea. Lo mismo hoy que mañana, que dentro de mil años, mi vida es suya, mi cuerpo es suyo, mi salud, buena o mala es suya. Que Él sea el responsable de lo que me suceda. Cúmplase su voluntad y no la mía. ¡Qué contento estoy al no tener ya nada! Al no tener que andar caviloso sobre si esto me sienta bien, esto mal; sobre si la medicación o el régimen, o lo que sea. Haré lo que me manden, y no me ocuparé de más. Que el Señor cuide mi enfermedad como quiera. Y cuantos menos cuidados me envíe y en más necesidades me ponga, mejor. He visto y comprobado que estoy más fervoroso y más cerca de Dios cuanta más hambre tengo y más se me doblan las piernas. Me ayudan mucho las lágrimas que derramo algunos días después de la comida en el coro. En esos momentos, sufro mucho física y moralmente, pero luego bendigo a Dios.

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bondad de un Dios que se inclina hasta mí para decirme: ¿por qué sufres? Yo soy la salud, Yo soy la Vida. ¿Qué buscas aquí? He aquí mi vida de oblato cisterciense, sufrir, padecer y amar con pasión todo lo que Dios en su infinita bondad quiera enviarme. Él es el que lo hace, y si me envía el dolor, también me enviará el consuelo. ¿Cómo no amar al que todo lo hace por nuestra salud? ¿Cómo no volverse loco de alegría al ver que es Dios quien me envía la cruz? 27 de febrero de 1938 Cuando dejé mi casa, abandoné voluntariamente una serie de cuidados que requiere mi enfermedad, y vine a abrazar un estado en el que es imposible cuidar una dolencia tan delicada. Sabía perfectamente a lo que venía. Sin embargo, algunas veces, ¡pobre hermano Rafael!, sin darte cuenta, sufrías al verte privado de muchas cosas necesarias, de la libertad de dar a las flaquezas de tu enfermedad los remedios de los que no carecías en el mundo. Otras veces, también sufrías al ver que aquí, en la Trapa, acortabas tu vida a sabiendas, al ver que por voluntad de Dios (y no de los hombres) sentías más el peso de la enfermedad incurable, más aquí que en el mundo, donde todo está a tu servicio, Otras veces, sufrías solamente por ver tu vida enferma, y para siempre sin un alivio… Pues todo eso se acabó.

dónde llegan sus criaturas, y siempre en los momentos oportunos tiende una mano y aunque parezca momentáneamente que nos deja solos, no es así, pues cuanto más pensemos nosotros que estamos solos, más cerca está Dios vigilante, y si nos pone obstáculos, Él mismo los quita. No hay más que dejarle hacer. Qué difícil, tía María, es llegar al camino que dice “nada”. Y para los que andamos en los principios, qué fácil es equivocarse y cuántas veces queremos encontrar a Dios donde no está. Y cuando creemos haberle hallado, con quien nos encontramos es con nosotros mismos; pero no hay que desanimarse, todo lo permite Dios para bien del alma, y sin conocer el fracaso no se saborea el éxito, y antes de acercarse a Dios no hay más remedio que despojarse de todo y quedarse en nada, como dice san Juan de la Cruz. Nada nuevo te digo, y que Dios me perdone el querer tratar cosas tan altas porque sin saber gatear, ya quiero volar. Ese ha sido mi pecado y lo sigue siendo. Pero, si vieras, Jesús es tan bueno conmigo, me comprende y todo me lo perdona, pues es el defecto de todos los niños, que sin llegar aún a las rodillas del padre ya se creen con fuerzas para manejar su sable y él los mira con cariño, y le hacen gracia sus bravatas, sabiendo que si no está detrás ¿qué seria de las criaturas? Lo mismo le debe pasar a Dios conmigo, y cuando me vio empuñar las armas con tanto brío, le debí hacer gracia y me dijo: para ser general, antes hay que ser soldado, y antes de soldado, tengo que
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tomarte la talla para ver si sirves, y eso es lo que está haciendo conmigo; y te aseguro, tía María, que poniéndome de puntillas y levantando mucho la cabeza, la doy justo, justo. Qué más da que estemos arriba o abajo, cerca o lejos; dirijamos nuestras miradas a Dios. Él lo llena todo y si nos miramos unos a otros, perdemos el tiempo. Debemos seguir con la vista fija en Él, lo mismo estando entre santos que entre pecadores. Nosotros no somos nada; nada valemos, ni nada servimos cuando estamos distraídos y no hacemos caso del Señor. No os pregunto por vuestros asuntos porque ya sé que van mal 1. ¡Cuánto os quiere Jesús! La mayor parte de la gente no lo ve así, pero a mí no me pasa desapercibido, y sois los más afortunados de la familia; parece una paradoja, ¿verdad? Pero vosotros también sabéis que es así, y si algo habéis tenido alguna vez que merezca la pena, no ha sido ni vuestros títulos, ni el dinero, ni nada de todo eso que tanto ambiciona el mundo. Lo mejor de todo, y de lo que, hasta cierto punto, podéis estar orgullosos, es de vuestra pobreza. Cuánto os quiere Dios, tía María; eso no lo hace Jesús más que con sus escogidos, ya podéis estar contentos. El hermano Rafael no se olvida de ti en sus oraciones, y no le pido a Dios que se te arregle nada, pues Él ya sabrá hacerlo como mejor convenga. Y como casi siempre los intereses de los hombres están en contraposición con los de Dios, cuando parece que todo es un
Sus tíos Leopoldo y María, Duques de Maqueda, estaban atravesando una dificilísima situación económica.
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Los monjes me parecían almas en pena, que también eran muertos vivientes sufriendo el encierro del sepulcro. Bueno, no sé explicarme, pero en aquellos momentos hubiera querido morir de verdad. Después vi que era tentación. Con el alma en este estado me acerqué a recibir al Señor. Acababa de ponerme de rodillas, con deseos de pedirle a Jesús sosiego para mi espíritu, cuando sentí un fervor muy grande, un amor inmenso a Jesús y un olvido absoluto de todos mis anteriores pensamientos, al recordar unas palabras que yo creo que Jesús me inspiró en aquel momento, y que me decían: "Yo soy la Resurrección y la Vida" . ¡Para qué expresar lo que mi alma se consoló! Casi lloraba de alegría, al verme a los pies de Jesús, enterrado en vida. Mis manos apretaban el crucifijo y mi corazón hubiera querido morir, pero ahora por amor a Jesús, por amor a la verdadera vida, a la verdadera libertad. Hubiera querido morir de rodillas abrazado a la Cruz, amando la voluntad de Dios, amando mi enfermedad, mi encierro, mi silencio, mi oscuridad, mi soledad. Amando mis dolores, que en un momento de luz, y con una chispita de amor de Dios, tan pronto se olvidan. ¡Qué pequeño me parecía todo! El mundo con todas sus criaturas, qué insignificante mi vida con tantos y tan infantiles cuidados. Qué insignificantes los intereses humanos, qué pequeño el monasterio con sus monjes. En fin, cómo desaparecía todo ante la inmensa
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villosa! Mi alma se ensancha al ver perdida la ilusión, y se extasía al comprender que sólo Dios puede llenar mi vida. Una paz muy grande llenó mi alma. Pensé que sólo Dios es bueno; que todo está ordenado por Él. ¿Qué me importa lo que hagan y digan los hombres? Para mí no debe haber en el mundo más que una cosa: Dios, que lo va ordenando todo para mi bien. 26 de febrero de 1938 El otro día lo veía todo negro; mi vida oscura y encerrada en la enfermería, sin sol, sin luz, sin nada que me ayude a soportar la carga que Dios ha echado encima de mí. Enfermedad, silencio, abandono, no sé, mi alma sufría mucho; el recuerdo del mundo, la libertad, me abrumaba. Mis pensamientos eran tristes, lóbregos. Me veía sin amor a Dios, olvidado de los hombres, sin fe y sin luz. Me pesaba el hábito. Tenía frío y sueño. No sé, todo se juntaba. La oscuridad de la iglesia me entristecía. Miraba al Sagrario, y no me decía nada. Me veía muerto en vida, encerrado en el monasterio como un cadáver en el sepulcro. Peor que en el sepulcro, pues en él por lo menos se descansa. En fin, estos eran mis pensamientos antes de recibir al Señor en la comunión. La idea de que estaba sepultado en vida me obsesionaba, me enloquecía. El demonio se empeñaba en hacerme padecer con el recuerdo del mundo, de la luz, de la libertad, y me insinuaba la alegría de vivir.

«caos» y que no hay arreglo posible, entonces es cuando todo está mejor. ¿Y qué más puedes pedir que vivir de limosna? Cuando el Señor manda una prueba hay que darle infinitas gracias, y las verdaderas y las que valen son las que Él nos envía, y no las que nosotros buscamos. A propósito de esto, te voy a contar una cosa insignificante y que a mí me dejó asombrado un día en la Trapa. Como es muy natural que me ocurriese, en los primeros días de mi noviciado sentía verdaderas ansias de humillaciones y mortificaciones. Yo quería hacer penitencias y se las pedía al Padre Maestro, y llegué hasta el Padre Abad. Como es natural, se reían de mi candor, y después comprendí lo que te dije antes: creía que buscaba a Dios y lo que hacia era buscarme a mí mismo. En esto caemos todos. Pues verás, en el refectorio, cuando está toda la comunidad comiendo en silencio mientras oye la lectura del Martirologio, siempre que algún monje mete un ruido, se le cae un cubierto o derrama algo, es decir, siempre que turbe el silencio o llame la atención, tiene que salir al centro del refectorio y allí, delante de todos sus hermanos, postrarse a todo lo largo en tierra y pedir perdón al Padre Abad hasta que le mande volver a su sitio. Pues bien, yo deseaba también postrarme delante de toda la comunidad en el refectorio, pero daba la casualidad de que yo no metía ningún ruido, ni se me caía nada, y estuve algunos días con una fuerte tentación
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de tirar algo como al descuido, meter ruido y salir al centro del refectorio. Como ves, eso estaba muy mal hecho; se veía que el espíritu del mal quería obrar en mí; el fin era una mortificación y el medio una mentira y, analizando bien la cosa, hasta esa mortificación era mentira pues halagaba mi deseo y mi vanidad. Estuve unos cuantos días así, fíjate qué tontería. Pues bien, no estaba en paz. Le dije al Padre Maestro lo que me pasaba y me dijo que cuidadito con hacer nada que turbara el silencio en el refectorio. Y yo entonces acudí a la Virgen y se lo dije un día antes de entrar a comer, y cuando estábamos en el coro, le expuse mi apuro y que, puesto que las mortificaciones que yo buscaba no eran perfectas, pues eran según mi deseo, que Ella me las mandase y en paz, eso me pareció lo mejor. Pues créeme, después de pedirle esto a la Virgen, llegamos al refectorio y en una pausa del lector y cuando había más silencio, me enredo no sé cómo con la capa, tiro el agua, hago un estropicio, por poco pongo pringado al hermano que estaba al lado, y, para finalizar, se me cae al suelo la tacilla de cristal que tenemos para beber. Con todas las de la ley: ruido, desperfectos y lo único que pude recoger en mi aturdimiento fue un asa que había quedado entre un montón de cristales en el suelo. ¿No querías salir a postrarte? Pues anda, ahora que no lo esperabas, a ver qué haces. Yo quería que me hubiese tragado la tierra. Me bailó la vista, me puse colorado, hice lo que no debía, lo hice mal y atropelladamente, y desde aquel día pongo un exquisito cuidado
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llorar de hambre. Mi enfermedad es una mina inagotable de sufrimientos físicos y morales. Bendita sea tu mano, o buen Jesús, lo mismo cuando con ella me azotas, que cuando me acaricias. Lágrimas de hambre, ¿quién me lo iba a decir? Y, sin embargo, ésa es la realidad. ¡Cuánto sufro, oh Señor! Tú lo sabes. Cuántos días salgo con los ojos húmedos del refectorio, y a los pies de tu Cruz bendita coloco el hambre que mi enfermedad produce, y que aquí en la Trapa hay muy pocos momentos en que se vea saciada. 23 de febrero de 1938 ¿Qué vine a buscar aquí? ¿Acaso a los hombres? No, Dios mío, no. Sólo te deseo a Ti y a tu Cruz. Pero (siempre el "pero"), yo también soy hombre, sujeto a mudanzas y con un corazón vano y caprichoso. Yo, Señor, vine buscándote a Ti... mas he de vivir entre hombres, ¡qué gran cruz es ésa! He de ver a cada paso en la tierra una miseria, una flaqueza o un dolor. Hubo un tiempo en que busqué a los hombres, anduve tras sus consuelos, busqué a Dios en la criatura. Vana ilusión. Cuánto me ha hecho sufrir. Ya no espero nada de los hombres. ¿Qué me pueden dar? Sólo Tú, Señor, eres mi única esperanza. ¿Dónde están los que te aman, Dios mío? Vine engañado al monasterio. La realidad me ha abierto los ojos. En medio de la desilusión corrí el riesgo de tirar por otro camino, mas la misericordia de Dios me sostuvo y me sostiene. ¡Y qué obra de Jesús tan mara- 155 -

nervios en tal estado, sobre todo con ciertos ruidos, que saldría dando gritos si me dejara llevar de mi naturaleza. Mas he venido a la Trapa a sufrir lo que el Señor quiera enviarme. La máxima penitencia es la vida común. 5 de febrero de 1938 Ya me voy acostumbrando a permanecer encerrado en el monasterio. Llevo dos meses sin gozar de un poco de aire y de sol. ¡Ah!, Señor, qué duro es eso para mí, yo que gozaba cantando en el campo tus maravillas, abriendo los ojos para contemplar el mar, extasiándome ante un cielo tachonado de estrellas… Todo se acabó para mí, el cielo, el sol y las flores. Mi parte humana llora, Señor, la libertad perdida. Pero Tú te acercas y me consuelas. Ayer, a la hora del trabajo, un cielo azul espléndido rodeaba el monasterio. La obediencia me mandó a empapelar chocolate a la fábrica. Tenía dentro una pena muy grande. Me agarré a mi crucifijo y me dispuse a obedecer. Tenía ganas de llorar pero en comunidad no se puede y Tú, Señor, me hiciste pensar. Viniste a hacer penitencia, entonces, ¿de qué te quejas, hermano? Si tú supieras que cada lágrima derramada por mi amor en el claustro es un obsequio que hace cantar de alegría a todos los ángeles del cielo. 18 de febrero de 1938 Por suerte, Señor, no solamente mi espíritu padece. Hasta que no vine a la Trapa no sabía lo que era
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en la mesa. Cuando estoy comiendo me recojo con mucho cuidado la capa y no he vuelto a pedir más mortificaciones a la Virgen. Eso no está bien; no pidas nada, que sin tú pedirlo, cuando menos lo esperes, te mandan un plato fuerte que te atonta para una temporada. En eso estoy experimentado y a la vista está. Hay una cosa mejor que los sacrificios y las disciplinas: conformarse en todo con la voluntad de Dios y no pedirle nada, ni desear nada, y muchas veces, al pensar en el «pedid y recibiréis» y en lo miserables que somos, incluso en el pedirle a Dios, me decía: "Señor, nada os pido. Que mi voluntad sea la vuestra; mis deseos los vuestros; mis intereses, los de Jesús”.

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APOLOGÍA DEL TRAPENSE
Manuscrito del Hermano Rafael redactado en Oviedo, a partir del 19 de septiembre de 1934

En este momento, la situación personal del Hermano Rafael es la siguiente. El día 26 de mayo de 1934, tras cuatro meses de feliz estancia en el Monasterio trapense de San Isidro de Dueñas, el Hermano Rafael, por decisión de sus superiores y gravemente enfermo de diabetes sacarina, debe volver a su casa para recuperar la salud. Esta época en la que vive fuera del monasterio junto a su familia, durará hasta el 11 de enero de 1.936, en que retornará a San Isidro de Dueñas como oblato.
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el que ama a Dios, y todo es fácil para el que lo espera todo de Él. …Ya se que los renteros se avienen a razones. Bendito sea Dios, me alegro, aunque supongo que aún os darán mucha guerra; pero no os importe. Hay que comprender, y así os será más fácil perdonar. Jesús todo lo perdonaba, todo lo comprendía. Ya veis, son gente tan apegada a la tierra que no es extraño lo que hagan y digan. Quizás sufran. Pero los extrañados serán ellos cuando un día no lejano tengan que dejarlo todo, y no se lleven nada. Mira, no os vaya a pasar a vosotros lo mismo y viváis para la tierra en lugar de la tierra para vosotros ¡Bueno, cosas de fraile! Lo que sí te digo es que no sé lo que será dejarlo todo a la hora de la muerte, pero lo que es, dejarlo antes de morir, verdaderamente cuesta un poco. ¡Pero después, querida madre, si vieras que bien se vive sin nada y solamente en las manos de Dios! ¡Pobre hermano Rafael!, algunas veces en su silencio trapense se acuerda del mundo, pero no del placer o de la diversión, porque toda esa libertad está bien encerrada. El mundo que más cuesta dejar es el que no se puede encerrar porque está en el corazón, y son los afectos, que no mueren pero que, en el encierro con Cristo, se purifican y divinizan, aunque a veces hagan sufrir. 7 de enero de 1938 Una de mis mayores faltas es la impaciencia. Algunas veces un hermano, sin darse cuenta, me pone los
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1 de enero de 1938 Me he dado cuenta de mi vocación. No soy religioso, no soy seglar, no soy nada. Bendito sea Dios, sólo soy un alma enamorada de Cristo. Él no quiere más que mi amor desprendido de todo y de todos. Bien veo que la voluntad de Dios es que no haga los votos religiosos, ni seguir la Regla de san Benito. ¿He de querer yo lo que Dios no quiere? Jesús me manda una enfermedad incurable; es su voluntad que humille mi soberbia ante las miserias de mi carne. ¿No he de amar todo lo que Jesús me envíe? Beso con inmenso cariño la mano bendita de Dios que da la salud cuando quiere, y la quita cuando le place. 6 de enero de 1938 Carta a su madre desde la Trapa Solamente te diré que, con una caridad que no merezco, fui recibido de nuevo en el Monasterio. Ya estoy de nuevo con mi pelada cabeza debajo de la blanca capucha del Císter. Quiera el Señor que no me la vuelva a quitar, aunque créeme que su voluntad es mi única Regla y ya me he ido acostumbrando poco a poco a hacer siempre lo que no quiero, ni me gusta… Que ya no sé ni lo que quiero ni lo que me gusta. Dios es muy bueno conmigo. A medida que pasan los días y los años me voy dando cuenta que la gran misericordia de Dios para conmigo consiste en haberme enviado esta enfermedad, que es para mí, créeme, mi verdadero tesoro. Estoy muy contento y soy feliz, ¿qué más quieres que te diga? No hay nada difícil para
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APOLOGÍA DEL TRAPENSE
Si alguna vez alguien leyere estas líneas, lo único que le pido es una gran caridad hacia ellas, en las que no debe ver doctrina ni enseñanzas, pues no pretendo tal cosa. Escribo lo que pienso, lo que se me ocurre de una manera sencilla. En ellas estudio mi alma y mis impresiones. Soy trapense y como trapense siento, veo y discurro. La ocupación del trapense es la más agradable de todas, la más divina y la más útil: amar a Dios y dejarse amar por Él.

SOBRE EL MUNDO Claramente se ve la incompatibilidad del amor a Dios con el espíritu del mundo. Por eso, cuando oigo decir que es lo mismo servir a Dios en el claustro que en el mundo, no puedo por menos que sonreírme, pues veo claramente que el mundo es un enemigo de Dios, y con un enemigo de Dios no se puede hacer ningún pacto, por pequeño que sea, ni ninguna concesión, porque si se le concede como uno, al poco tiempo se toma como dos, después como tres y, por último, estamos todos llenos de él. El espíritu del mundo se filtra en todas partes y, sin darse cuenta, entra en la familia, domina la sociedad, los juicios y las opiniones, las ideas e, incluso, el modo de ver a Dios. Se filtra hasta en los conventos, y el que se deja influenciar por él no se da cuenta.
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Pero, en resumidas cuentas, ¿qué es el mundo y cuáles son sus peligros? El escritor inglés Padre Fáber lo define admirablemente en su libro «El Criador y la criatura»: “Es un infierno sobre la tierra, una cosa a la que ha sido negada la sonrisa de Dios; es una peste, una influencia, una atmósfera. La Escritura le llama mundo; la misericordia de Dios no penetra en él. Vivimos en medio de él, lo respiramos, obramos bajo su influencia, somos engañados bajo sus apariencias, y sin apercibirnos de ello, adoptamos sus principios. Tiene voz dulce, maneras graciosas, modo de presentarse insinuante y un aspecto lleno de belleza y atractivo. En algunas ocasiones suele mostrarse digno, pronunciará máximas sabias sobre la decencia pública. Algunas veces, con buenos principios en los labios, discute con pedantería sobre la vocación religiosa de una joven; dice muy bellas cosas acerca de Dios y de la santidad, recomendando una prudente demora, etc.”. Cuando yo decidí irme a la Trapa, no fue por temor al mundo, ni entristecido al ver que todo lo que él me daba era mentira y engaño No era un desengañado, en primer lugar, porque para desengañarse hay que estar engañado, y a mí el mundo no me engañó nunca; y, en segundo lugar, apenas empiezo a vivir, pues los veintiún años no creo que sean de una experiencia tal para que diga con voz sonora: me voy al claustro porque soy un desengañado de la vida, y con el semblante compungido me retire a la soledad monástica para llorar mis pecados. No hay nada de eso.

llevaba una hora de rodillas ¿Y la oración? No la hice. Estuve pensando en mí mismo, en mis sufrimientos personales, en los recuerdos del mundo. ¿Y Jesús? ¿Y María? Nada. Sólo tengo egoísmo, poca fe y mucha soberbia. ¡Tan importante me creo! ¡Tanto me considero! Señor, ten piedad de mí. Sufro, sí, pero quisiera que mi sufrimiento no fuera tan egoísta. Quisiera, Señor, sufrir por los olvidos de los hombres, por los pecados propios y ajenos, por todo, mi Dios, menos por mí... ¿Qué importo yo en la creación? ¿Qué soy delante de Ti? ¿Qué representa mi vida oculta en la infinita eternidad? Si me olvidara de mí mismo, mejor sería Señor. No tengo nada más que un refinado amor propio, y vuelvo a repetir, mucho egoísmo. 31 de diciembre de 1937 Me voy dando cuenta de que la virtud más práctica para tener paz en la vida de comunidad es la humildad. La humildad delante de Dios nos da confianza, pues la humildad es conocimiento de uno mismo, y ¿quién que se conozca de verdad puede esperar algo de sí mismo? Sería un loco si no lo esperase todo de Dios. La humildad llena de paz nuestro trato con los hombres. Con ella no hay discusión, ni envidia, ni ofensa posible. ¿Quién puede ofender a la misma nada? Le pido encarecidamente a María que me enseñe aquello en lo que fue maestra: humilde ante Dios y ante los hombres. “Hágase"

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alejados. Sólo Dios, sólo Dios, sólo Dios. Ése es mi único pensamiento. Sufro mucho..., María, Madre mía, ayúdame. 26 de diciembre de 1937 Mientras no aprenda a dominar todo mi “sistema nervioso" en la vida de comunidad, no sabré jamás lo que es aprender a mortificarme. Pobre hermano Rafael, de corazón demasiado sensible para las cosas de las criaturas. Sufres al no ver amor y caridad entre los hombres. Sufres al no ver más que egoísmo. ¿Qué esperas de lo que es miseria y barro? Pon tu ilusión en Dios y deja a la criatura porque en ella no hallarás lo que buscas. Pero, ¿y si Dios se oculta? Qué frío hace entonces en la Trapa. La Trapa sin Dios no es más que una reunión de hombres. Son días de Navidad y sólo tengo una enorme soledad. Una pena muy honda. Nadie en quien reposar, enfermo y débil. ¡Ah, Señor, y muy poca fe! Dios mío, eres muy bueno... Tu misericordia perdonará mis olvidos, pero es tanto, Señor, lo que sufro, que mi flaqueza no lo podrá resistir. No veo más que mi miseria y mi alma mundana con poca fe y sin amor. Llegaré, Señor, hasta donde Tú quieras, pero dame fuerzas, y el socorro a su debido tiempo; mira, Señor, lo que soy. 29 de diciembre de 1937 Una hora de oración sin un pensamiento de Dios. Apenas me di cuenta. Sonaron las cinco en el reloj y ya
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La vida me acariciaba y Dios me mimaba. El mundo no me engañaba porque no podía. Yo veía claro, porque tenía a Dios de mi parte; soy un carácter alegre y era feliz. Gozaba con la música y con la naturaleza; no he tenido apenas tiempo de conocer el mundo. Lo vi de cerca y nada más; eso es todo, y sin embargo, me fui a la Trapa, ¿por qué? Según el mundo no tenía motivos pues el mundo cree... Bueno, el mundo cree muchas cosas que son falsas, pues yo no necesitaba ni he necesitado cambiar mi carácter ni volverme tétrico para ser un buen trapense. AÑORANZA DEL MONASTERIO Sin embargo, qué difícil me es expresar ahora que estoy en el mundo, después de ser trapense, la impresión que me causa. Son tantas las cosas que me producen motivos de meditación. Llevo ya unos meses fuera de mi Monasterio; veo, observo y callo, pero en mi alma, que desde hace algún tiempo se ha vuelto muy sensible, se renuevan las impresiones sin cesar. Es tan distinta en todo la vida que me rodea…, en la manera de obrar, de pensar y de opinar, los intereses no son los mismos, Dios parece que está lejos, al menos eso me parece a mí, aunque así no sea. Pero, no es que Dios se aleje, sino que los hombres están tan ocupados en sus mezquinos intereses que poco a poco le van olvidando. Dios es para ellos una cosa de segunda categoría.

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Mi oración es tan débil y desabrida, que no sé si llega a Dios. De todas maneras, no por eso dejo de dirigírsela. En la paz y en el silencio del templo, mi alma se abandonaba a Dios. Veía pasar por delante de mí todas las miserias y todas las desgracias de los hombres, sus odios y sus luchas, y pensaba que si este Dios que se oculta en un poco de pan no estuviese tan abandonado, los hombres serían más felices, pero no quieren serlo. En estos momentos estoy triste, ¿por qué no decirlo? Quizás a causa de mis sentidos, influenciados por la tarde gris de esta húmeda ciudad; quizás sea mi alma, al ver mis pecados y los de mis hermanos. Me acordaba de la salmodia en la Trapa, veía a mis hermanos los monjes cantado delante de Dios y yo me veía separado de ellos, y solo. Me veía débil y flojo en mi amor a Dios. Quisiera ser santo, pero no puedo. INJUSTICIAS QUE GENERAN ODIO Y OSCURIDAD Y tanto los pobres como los ricos son hijos de Dios, todos tienen las mismas miserias y los mismos pecados, pero algún día, cuando Dios juzgue, ¡qué sorpresas nos vamos a llevar! La desesperación del que tiene hambre se puede justificar, pero el egoísmo del que tiene dinero, eso no tiene perdón. Si los de arriba olvidan a Dios, ¿por qué nos extrañamos que se rebelen los que están abajo? No hay que predicarle al pobre paciencia y resignación, sino que es al rico al que hay que decirle que si no es
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DIOS Y MI ALMA
(manuscrito)
16 de diciembre de 1937 Ave María. Después de una larga temporada (casi un año) pasada en casa de mis padres reponiéndome de un achaque de mi enfermedad, vuelvo de nuevo a la Trapa para seguir cumpliendo mi vocación, que es solamente amar a Dios en la renuncia, sin otra regla que la obediencia ciega a su divina voluntad. Hoy creo cumplirla obedeciendo, sin votos y en calidad de oblato, a los superiores de la abadía cisterciense de San Isidro de Dueñas. Ayer fue uno de los días que más sufrí de toda mi vida por dejar a mis padres y hermanos, y mi casa. Es la tercera vez que abandono todo por seguir a Jesús, y yo creo que esta vez ha sido un milagro de Dios, pues por mis propias fuerzas es seguro que no hubiera podido venir a la enfermería de la Trapa, a pasar penalidades, hambre a causa de mi enfermedad y soledad en el corazón, pues siento a los hombres muy

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más influye para que este tipo de literatura llegue realmente a penetrar en el alma del lector. La sencillez, la simplicidad. No hay nada complicado. No era nada filosófico, difícil o retórico, nunca. Incluso las bromas que empleaba, que eran muchas, siempre eran sencillas.”
Sigue el testimonio del Padre Teófilo Sandoval Fernández:

“Estaba yo ese día barriendo un claustro del monasterio. Vi entrar hacia mí a un joven, cosa que me extrañó, pues todos estaban en los frentes de combate. Sólo había en la abadía niños y monjes mayores. Al acercarse Rafael, le reconocí. Llegaba tan sonriente y alegre como siempre. Nos abrazamos y me dijo: Vengo para no salir más; vengo a morir aquí” “¡Solo con Dios!... Solo, en la enfermería del monasterio cisterciense separado de su casa y de los cuidados de los suyos, enfermo, aislado de la comunidad porque su enfermedad no le permite seguir la santa Regla. ¡Solo..., en una gran soledad, vuelve Fray María Rafael a la Trapa de su amores, porque en ella le espera Dios, su Dios a quien ama tanto!”

justo y no da lo que tiene, la ira de Dios caerá sobre él. Al ir caminando por estos barrios pobres, me asaltaban pensamientos de indignación y vergüenza. Cuanto más se destierre a Dios de la sociedad, habrá más miseria, y si en un pueblo que se llama cristiano, las criaturas se odian por razón de castas y de intereses, y se separan en barrios ricos y pobres, ¿qué pasará el día que el nombre de Dios sea maldecido por unos y por otros? Si al pobre le quitan la idea de Dios, ya no le queda nada; su desesperación es justificable, su odio a los ricos es natural, su deseo de revolución y anarquía es lógico; y si al rico la idea de Dios le estorba y no hace caso de los preceptos del evangelio, y las enseñanzas de Jesús, entonces que no se queje; y si su egoísmo le impide acercarse al pobre, no se extrañe que éste pretenda arrebatarle a la fuerza lo que tiene. Al ver la sociedad tal como está hoy día, ¿a qué cristiano no le duele el alma? Cuando pienso que todos los conflictos sociales y las diferencias se allanarían si mirásemos un poco hacia ese Dios abandonado que estaba en la iglesia y que yo acababa de visitar. Cuando veo tan fácil la solución para que los hombres sean felices, pero éstos, ciegos o locos no lo quieren ver, entonces no puedo menos de exclamar: Señor, Señor, mira a tu pueblo que sufre. Los hombres no son malos, Señor, pero si Tú les abandonas, ¿quién podrá, Señor, subsistir? ¿Qué podemos hacer nosotros solos?, nada, absolutamente nada. Si Tú apartases tu mirada del

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mundo por un solo instante, el mundo se hundiría en el «caos». Perdónanos, Señor. EL SANTO SILENCIO DE LA CONTEMPLACIÓN Desde que salí de mi Trapa no escucho más que ruidos. La única música que no me molesta es la plegaria, pero en el mundo se oye poco. Todo lo demás son ruidos. Mucha gente me pregunta acerca del silencio de la Trapa, y yo no sé qué contestar, pues el silencio de la Trapa no es silencio, es un concierto sublime que el mundo no comprende. Es un silencio que dice: no metas ruido, hermano, que estoy hablando con Dios. Es el silencio del cuerpo para dejarle al alma gozar en la contemplación de Dios. No es el silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que teniendo muchas cosas dentro, se calla para que las palabras que siempre son torpes no adulteren el diálogo con Dios. Por eso, ahora que estoy en el mundo, todo lo que no es silencio me parece ruido, y a veces inoportuno, pues así como el trapense para lo único que abre la boca es para cantarle a Dios, aquí en el mundo es lo contrario, cuando se quiere hablar de Dios, todos cierran la boca. EL PODER DE LA ORACIÓN Yo me imagino a toda la humanidad en un gran valle inmenso y lleno de sol. Los hombres van y vienen, se mueven y gritan. Dios está en lo alto de una montaña desde donde se domina el valle. La humanidad ve
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espíritu humilde, diciendo: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti. Cuando estos pensamientos hayan purificado la mirada de nuestro corazón, en vez de andar según la amargura de nuestro espíritu nos dejaremos llevar del Espíritu de Dios y viviremos alegres... Y, ya que en su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios. Y, cuando hayamos ya progresado en la vida espiritual, guiados por el Espíritu Santo, que escudriña los más altos misterios de Dios, dediquémonos a contemplar qué suave es el Señor y qué bueno es en sí mismo; y supliquémosle que nos manifieste cuál es su voluntad, para que pongamos nuestra mansión no en nuestro pobre corazón humano, sino en su santo templo. Pues la plenitud de nuestra vida espiritual se encuentra en estas dos cosas: en la reflexión sobre nosotros mismos, que nos turba y entristece, y en la contemplación de Dios, que nos llena del gozo y del consuelo del Espíritu Santo; lo primero engendra en nosotros el temor y la humildad, lo segundo alumbra en nuestro interior el amor y la esperanza.
De los Sermones de san Bernardo de Claraval, abad

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- Siempre quisiste mi felicidad, y mi felicidad está en Dios, ¡no me desees una vida larga en la Trapa, tú no puedes saber! Hizo bien en no hacerle saber. El corazón de la madre era débil para resistir sin agonía el conocimiento detallado y cruel del enorme sufrimiento del hijo, sólo María ¡porque su Hijo era Dios!”
Testimonio de Leopoldo, en el Proceso Diocesano de Beatificación, sobre este cuarto ingreso en la Trapa de su hermano Rafael:

“Era fuerte en el sufrir los dolores físicos y arideces. Solamente una vez le vi llorar por causa de su tribulación. Volvía yo con él a la Trapa la última vez que regresaba allí. Salimos de Villasandino en coche que conducía Rafael, y al llegar a la vista del monasterio, como unos quinientos metros antes, paró el coche, me dejó a mí el volante, y me pidió un cigarrillo, y de pronto me di cuenta que estaba llorando. Entonces le pregunté qué es lo que le pasaba, y él señalando el monasterio me dijo: ‘Mira, éso es una sucursal del ¡nfierno’. Poco a poco se fue serenando, y continuamos el viaje hasta llegar a la puerta de La Trapa. Me dijo: Voy a coger el maletín. Tú no te bajes del coche, que yo me meto ahí donde me voy a morir. Seguro, claro’. Esto me lo decía llorando.

la cima del monte donde está Dios, pero a Él no lo ven. De la inmensa muchedumbre llega hasta la cumbre un clamor como un trueno. Son las conversaciones de los hombres, su música mezclada con gritos de combate, lamentos, exclamaciones de alegría, pitidos de fábricas, millones de discusiones, conversaciones, conferencias, cines...; todo ese griterío capaz de enloquecer a quien no fuese Dios, llega hasta la cumbre del monte, pero allí se para; Dios no lo oye porque lo desdeña. Entonces ¿qué escucha? ¿Por qué Dios no barre de un soplo toda esa muchedumbre que no hace más que un ruido insoportable? Parece que algo le detiene, algo que escucha complacido. Es un murmullo que apenas se oye. Si miramos detenidamente a los hombres vemos que algunos no gritan, no discuten, no corren ni pegan martillazos. ¿Qué hacen? Parece que no hacen nada, están en silencio y de rodillas. Los demás los miran y se extrañan, los quitan de en medio o se burlan de ellos. Pero siguen en silencio y de rodillas. Nos acercamos y les preguntamos, ¿qué hacéis? ¿Por qué no os unís a los demás en el progreso y en la civilización? Ellos nos dicen: calla, hermano, no metas ruido, que estoy hablando con Dios… ¿Qué sería del mundo sin la oración, si lo único que agrada a Dios y le impide barrer a la humanidad, desapareciese? ¿Por qué se extraña el mundo de que unos hombres se dediquen a hincar su rodilla en tierra y eleven el corazón a Dios? ¿Los creen inútiles? Les llaman egoístas, locos, y les dicen que están perdiendo
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su tiempo, pero no es así; los hombres que se dedican a la oración son los únicos que realmente saben aprovechar el tiempo. Quienes se dedican a hablar con otros hombres y a discutir banalidades son los que realmente pierden el tiempo. Algún día lo verán. Aquel «lego» del convento, inculto, sencillo y que reza en silencio Avemarías está contribuyendo más a la «paz universal» que todos los discursos pronunciados por los miembros de la ONU desde que se fundó. Esto parece una exageración pero es la pura verdad, y yo estoy convencido de ello. Cuando veo gente buena y religiosa que desdeña la oración como cosa secundaria, cuando es todo lo contrario ya que es lo principal, me dan ganas de decirles muchas cosas, pero me callo. También se calló María cuando a los pies de Jesús le dijo Marta que no hacía nada útil; pero ya contestó por ella el divino Maestro al decirle que había elegido la mejor parte. No es que yo crea que los que trabajan por la gloria de Dios en el mundo no hagan nada; al contrario. Lo que quiero decir es que si no tienen oración, todo es tiempo perdido. Bien está predicar y moverse, pero si de vez en cuando no se arrodillan y ruegan a Dios en silencio, corren el peligro de que todas sus actividades se mezclen con las del mundo y, entonces, lo único que hacen es producir ruido, un ruido que no llega a Dios y que, por tanto, es tiempo perdido. DIOS EN TODOS Y EN TODO Yo no pretendo escribir para que se me lea, sino escribir como medio de expansionarme, de hablar a
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Era el catorce del mes de diciembre. No había que hacer equipajes. ¡Rafael no poseía nada! Su rosario, su oficio y su crucifijo, oculto en un bolsillo del pantalón, en el que lo acariciaba constantemente a escondidas del mundo. Eso era todo. A todo había renunciado el antojadizo y caprichoso Rafael de antaño. El Rafael trapense era mísero y pobre como el más pobre y mísero mendigo. En su casa, en lo que había sido su hogar, quedaron los pinceles, los lienzos, las figuras de Jesús el Nazareno dibujadas y pintadas por él. Con sencillez, sin dramatismo, le dio a la madre su Oficio pequeño de la Virgen: Yo no lo necesito, me lo sé de memoria. Todo el pequeño volumen lleno de notas en sus márgenes, palabras de los salmos, mil repeticiones de su amor a María... Amaneció el 15 de diciembre de 1937. Lluvioso, frío, desapacible y triste. ¡Rafael se marchaba! ¡La despedida fue silenciosa, sencilla, los ojos enjutos y los corazones sangrando! Hijo y madre sentían que era aquel su último adiós sobre la tierra. - Pídele a Él que me muera pronto -dijo a su madre al abrazarla. - ¿Cómo quieres que yo pida eso? -contestó ella con la congoja en los labios.

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El Hno. Rafael salió de la Trapa el 7 de febrero del año 1937. Volvió a ingresar el 15 de diciembre de ese mismo año. En total: casi diez meses en su casa.

“Aunque se aconsejó a Rafael que no volviera a la Trapa hasta que la vida monástica fuera totalmente regularizada con la vuelta de los combatientes, él no pudo resignarse a quedar en su confortable hogar rodeado de comodidades, mientras sus hermanos sufrían las ingentes penalidades de la guerra. Por eso resolvió tornar a su puesto de honor en la enfermería de la Trapa, donde podía compartir con sus hermanos los sufrimientos de la situación y donde él tenía resuelto entregar su vida para salvar a la de los demás”.
Padre Teófilo Sandoval Fernández

Comenta la madre del Hno. Rafael:

“Ya finalizaba el año 1937. Los meses habían corrido veloces. Y un día... Madre -habló Rafael-, ya es hora de que me marche. El corazón de la madre tuvo un apretamiento de angustia, ¡hijo, tan pronto! Siempre le parecía demasiado pronto la separación. Era la cuarta vez que recibía el golpe. Hay golpes que duelen siempre con la misma intensidad. - Debo marcharme... Mañana volveré a la Trapa.
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Dios como si a Él fuera a quien estoy escribiendo. Mis escritos son al mismo tiempo reflexiones conmigo mismo y oraciones a Dios. Veo a Dios en las criaturas, en los hombres, en cualquier acto de la vida, y todo lo relaciono con Él. Un hecho en sí no tiene valor si no se encamina a un fin; el hecho será bueno si el fin es bueno, y malo si el fin es malo. Y es bueno cuando el fin es Dios, y malo cuando no lo es. Y como para mí lo único que me interesa es Dios, al analizar una impresión de mis sentidos o un acontecimiento, lo primero que busco es a Dios. Analizo mis ideas para tropezarme con Él, y encamino mis actos para acercarme a Él por medio de ellos. ¡Y esto es tan fácil! Incluso comer, reír, hablar, todos los actos que hacemos en la vida ordinaria, los podemos encaminar a Dios, y resulta que haciéndolo así todo es bueno, y en las más insignificantes cuestiones de la vida podemos elevar el corazón y encomendárselo todo a Él. Pero Señor, Vos sabéis que, aunque éste es mi deseo, cuántas y cuántas veces me olvido de que existes, y me porto como si Tú no me vieras. Cuántas veces al cabo del día he hablado sin tenerte presente y me he ocupado en mil quehaceres que, aunque no son malos, pierden su valor porque no me llevan a Ti. Señor, miradme bien y veréis que, aunque estoy ocupado en mil cosas y no merezco que me atendáis, mi espíritu lo tengo en Vos, y si alguna vez me distraigo, y las criaturas me apartan de Ti, tened en cuenta que soy débil y estoy lleno de imperfecciones. Mi deseo es
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veros en todo lo que me rodea y tenerte siempre presente, lo mismo en el sueño que en la vigilia, cuando río y cuando lloro, que todo lo encamine a tu fin, y que me falte todo menos Tú, pues teniendote a Ti lo tengo todo. DEMASIADA SENSIBILIDAD Una cosa me alarma y me hace sufrir mucho: es mi excesiva sensibilidad. Cualquier cosa me produce gozo, pero cualquier contratiempo me hace llorar; eso demuestra lo atrasado que estoy en la virtud. Cuando en cierta ocasión, un hermano me tocó una fibra muy íntima sin quererlo, lloré amargamente y mis lágrimas, que al principio creí que eran debidas a la humillación, después vi que también estaban impregnadas de soberbia. Soy como una guitarra que al menor roce vibra. Debo hacerme fuerte; las almas entregadas a Dios no lloran si algún hombre les ofende. ¿No flagelaron a Cristo? Pero, Señor, ¿qué merezco yo? El desprecio de los hombres, Vos lo sabéis bien. Me aterra pensar que la estima que el mundo me tiene sea motivo para que Vos me deis por pagado aquí en la tierra, y en cambio a vuestros ojos me presente como lo que realmente soy, y el mundo ignora.

DIVERSOS TESTIMONIOS
Padre Teófilo Sandoval Fernández (OCSO)

“Una de las pruebas mayores que sufrió el Hermano Rafael en los últimos años fue, indudablemente, según se deja traslucir de sus últimos escritos, la pérdida de su director espiritual que tan acertadamente le venía guiando; se iba acercando el Hermano a pasos agigantados hacia el culmen de su existencia. Varias veces había pedido al Señor asemejarse a Él, viviendo y muriendo crucificado y abandonado de todos. Por una de esas pruebas que Dios permite en sus escogidos, cuando menos se esperaba, el reverendo Padre Abad cambió de confesores en el noviciado; por lo tanto, en lo sucesivo, Rafael no podría confesarse ni dirigirse a su primer confesor, sino que tendría que acudir a otro nuevo, el Padre David Méndez, santo religioso, pero poco avezado en dirigir almas de la talla del Hermano Rafael”

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ante la comunidad, cuidando mi enfermedad como si fuera mi más preciado tesoro, y en cierta manera lo es. Me he dado cuenta de que la verdadera mortificación es hacer lo que no te gusta ni deseas, aunque tus deseos te parezcan santos y buenos.

DIVERSOS ESCRITOS
Fragmentos de la carta remitida al Sr. Marino del Hierro 2, desde Oviedo, en septiembre de 1934 (23 años). …A medida que usted vaya caminando por la senda de la perfección, se irá encontrando con muchas cosas que no contaba. Al principio Dios nos ayuda de una manera sobrenatural, nos abre los ojos, nos enseña la verdadera luz y nos señala el camino; incluso, a veces, nos consuela y nos mima como a niños pequeños que somos. Pero llega un momento en que parece que Él se oculta y nuestros ojos del alma no ven nada, tenemos sequedad y aridez en la oración, todo nos cansa y nos aburre; quizás creamos que Dios nos abandona, pero no es así. ¡Qué fácil sería la virtud si siempre que nos dirigiéramos a Dios tuviésemos una devoción evidente y
Una especie de amigo “epistolar” con el que entabló un trato confidencial exclusivamente por cartas.
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sensible! Al principio, Dios nos la concede pero se va ocultando a medida que vamos siendo más fuertes en la fe. A veces, también Dios se nos muestra en todo su esplendor, pero quizás para esto pasen años o, incluso, toda a vida. Mas no por eso debemos desanimarnos, aunque a mí eso me pase muy a menudo. Pero a Dios no le pido nada; no merezco tener devoción, ya tengo bastante con que me admita en su presencia. Si tiene mérito portarse bien con Dios cuando tenemos devoción y gusto por las cosas espirituales, tiene mucho más cuando estamos desolados y fríos y, sin embargo, obramos como si realmente viésemos a Dios en todo lo que nos rodea. Eso es lo que hay que tener, confianza, mucha confianza en Jesús que todo lo puede y no nos abandona. Lo que tenemos que hacer es abandonarnos nosotros en Él, con todas nuestras flaquezas, miserias y pocas virtudes. Si lo hacemos así, no tenemos nada que temer. 30 de septiembre de 1934 (23 años). Fragmentos de la carta que dirige a su abuela Fernanda desde Oviedo. Cuando yo ofendo a Dios, que desgraciadamente son muchas veces, luego me da mucha vergüenza y, como no tengo disculpa, se lo digo a Él tranquilamente: Señor, aquí me tenéis, ¿me perdonáis? Y Jesús que es tan bueno, me perdona, y aunque yo tengo siempre presentes mis pecados para llorarlos y ver mi miseria, en
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tu ventana a Jesús, siguiéndole una turba de pecadores, pobres, enfermos y leprosos; si vieras que Jesús te llamaba y te daba un puesto en su sequito, y te mirase con esos ojos que desprenden ternura y te dijese: ¿Por qué no me sigues? ¿Qué harías tú? ¿Acaso le ibas a responder: Señor, te seguiría si me dieras un enfermero, medios para seguirte con comodidad y sin peligro para mi salud, te seguiría si estuviera sano y fuerte para poderme valer? No, seguro que si hubieras visto la dulzura de los ojos de Jesús, nada de eso le hubieras dicho, sino que te hubieras levantado de tu lecho. Sin pensar en tus cuidados, sin pensar en ti para nada, te hubieras unido y le hubieras dicho: Voy, Señor, no me importan mis dolencias, ni la muerte, ni comer, ni dormir. Si Tú me admites, voy. Si Tú quieres, puedes sanarme. No me importa que el camino por donde me lleves sea difícil y esté lleno de espinas. Fuera cuidados de lo que me pueda ocurrir en el porvenir. Fuera miedos humanos, que siendo Jesus el que guía, ¿qué hay que temer? ...Ya le decía en mi carta al P. José que lo del enfermero no era excusa, pues la culpa de mi recaída (claro que fue voluntad de Dios), fue mía y de nadie más. Mi amor propio, mi deseo de hacer lo que no puedo ni debo, no humillarme ante mi enfermedad, ser caprichoso y desobediente, y no admitir que es así como el Señor me quiere. Ahora, créeme, regreso muy cambiado al monasterio. Mi intención es obedecer en todo y humillarme
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Evangelio, "Yo soy el camino y la vida" , no hacen falta muchos años. Basta con detenerse a pensar, y también escuchar al que sabe más que nosotros; al sabio que en la celda medita las verdades eternas, y al viejo que nos dice que el mundo y sus criaturas pasan, y que no queda nada; que es pueril amar la vanidad y que solo se halla la paz en Jesús; que el único tesoro es Dios, y que la única vida es Él. Ahora no digo, feliz la vejez, sino feliz el hombre joven o viejo que ha llegado a vivir para Cristo. Se puede tener un alma de niño en el cuerpo de un anciano, y se puede tener un corazón muy viejo en un cuerpo de veinticinco años. La vejez no está sola. Cuando el viejo habla de Dios y de la Virgen, siempre hay alguien que le escucha, y que toma sus palabras, las respeta y las guarda; son las palabras del sabio, pues no hay mayor sabiduría que llegar tarde o temprano a desprenderse del mundo y a amar de verdad a Dios. Viendo lo vacío que dejan el corazón las criaturas y las cosas de la tierra, he aprendido que ni aun viendo cumplidos nuestros deseos, alcanzamos la felicidad. Solo Dios. Es lo único que llena esta pobre alma de pecador que un día, llena de orgullo, quiso volar, y Dios, en su infinita bondad, le cortó las alas y le mostró lo que era: un poco de miseria con mucha vanidad, eso es todo. Suponte que estás en tu casa enfermo, lleno de cuidados y atenciones, casi inútil, incapaz de valerte en una palabra. Pero si un día vieras pasar debajo de
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cambio estoy seguro de que a Dios se le olvidan. Pues bien, abuela, haz tú lo mismo, olvida mi tardanza en escribirte y así serás más buena, más cristiana y más abuela, ¿no te parece? Al fin y al cabo, ¿qué vas a esperar de un nieto como yo? ¡Si vieras cómo ayuda el silencio que tenemos en la Trapa y que el mundo supone tan tétrico! Las palabras siempre son torpes, y el silencio es a veces muy expresivo. Allí nos queremos de una manera verdadera; el amor a Dios nos une en espíritu, nuestros cuerpos están unidos por la penitencia y, a veces, por el sufrimiento. En cuanto al corazón, también lo tenemos muy unido, y en silencio nos lo decimos ¡Si vieras que hermoso es ser trapense…! 3 Mi salida del Monasterio fue necesaria. Yo era demasiado feliz. Me amenazó con la muerte (si es que Dios puede amenazar) para obligarme a salir otra vez al mundo. La prueba es muy dura; llevo cuatro meses fuera, y sigo siendo trapense. Él me sacó, pues Él me volverá a llevar. Él sabe bien lo que hace; nosotros, con nuestra débil razón y pensando humanamente, no podemos desentrañar los misterios de Dios para con sus criaturas. Dejémosle hacer y tengamos confianza en Él, ¿verdad abuela? Él otro día recibí carta del Padre Maestro. Para él sigo siendo su novicio, el hermano Fray María Rafael. La voluntad de Dios está en mis superiores, y si para el
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Este entusiasmo inicial del Hermano Rafael por su vida trapense contrasta con la aridez y la durísima realidad que le tocará vivir en el monasterio en sus siguientes ingresos, especialmente en el último, durante el cual morirá.

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No tengo que contarte nada que te pueda interesar, pues mi vida transcurre con la mayor tranquilidad de espíritu y de cuerpo, procurando siempre ser mejor y mejorar en lo que pueda a los que están a mi alrededor. Quizás esté yo equivocado y sean ellos mejores que yo, pues a veces soy muy vanidoso y orgulloso, y a los ojos de Dios en vez de ser publicano, sea un fariseo. Es uno tan débil. Pero no, esos momentos de debilidad y desaliento los voy desechando por completo con su ayuda, y cada día estoy más contento de la vida, que me ofrece mil motivos y ocasiones para alabar a Dios. Lo peor es, ya te digo, que el que más necesita soy yo, pues predicar es muy sencillo, lo difícil es practicar lo que se predica, y yo por voluntad divina, no soy ningún santo ni mucho menos, sino solamente una criatura con algún que otro chispazo de fervor. Lo que echo mucho de menos es una persona con quien hablar de todo esto, pero Dios dispone otra cosa y no me quiere dar ningún amigo, y por lo tanto, tengo que andar sólo con Él, lo cual es mucho mejor, pues si la verdadera soledad es triste, en cambio la soledad del que está con Dios no lo es, ni mucho menos.

basta. Ya casi no me sostienen mis piernas, y no valgo para nada, pero ¿qué importa el peso de la materia, cuando se tiene dentro la vida sobrenatural que tiene alas para volar hacia Dios? ¿Qué importa la enfermedad del cuerpo, cuando vemos al Gran Médico curar con tanta dulzura nuestra alma llena de lacras y de miserias pasadas? Triste vejez la que sólo llora sus recuerdos y vive amargada en su soledad. Alegres años los del anciano que sólo llora sus pecados, vive únicamente de la esperanza del perdón y ama la soledad en la que encuentra sólo a Dios. Felices los últimos años del cristiano que suspira por el Cielo. Ya no le turban las pasiones. Comprende la vanidad de las cosas de la tierra. No le interesan riquezas ni honores. Todo ha sido como humo del que ya nada queda. Mira las cosas con esa serena quietud del que vive más en el Cielo que en la tierra. Últimos años de la vida ¿por qué gemir por lo que ya pasó? ¿Acaso lo pasado es mejor que lo venidero? No, pasaron tus días, y no son nada. Pasaron tus ilusiones y deseos, si es que alguna vez los viste cumplidos. ¿Qué quedo de ellos? Nada, quizás amargura. Pasaron tus seres queridos, y de ellos, ¿qué queda? Nada, solo el recuerdo que como el humo se pierde en el espacio. La vejez no da felicidad por sí misma; la felicidad está en el corazón del viejo que, desasido de las cosas del mundo, solo suspira por Dios. Aunque eso también puede ocurrir en un joven. No son los años los que nos enseñan a desprendernos del mundo. Para comprender las palabras del
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La espera se hace larga y penosa cuando otros deseos que no son Dios nos afligen; cuando nuestro egísmo rechaza la cruz; cuando el deseo de tener a Dios va mezclado, aunque sea sutilmente, con el hastío de vivir. ¡Ah!, Señor, qué flacos somos y cuánto necesitamos de Ti para sostener tanta flaqueza. ¡Cómo no abismarse en tu inmensa misericordia, que habita en el hombre y le sostiene! iCómo no admirarse de tu paciencia para con él! Te dignas vivir entre pecadores que ni te conocen, ni te hacen caso. Tú nos enseñas y nosotros no queremos aprender. Te ofenden y Tú perdonas, mientras nosotros nos irritamos. Te olvidan los hombres y esperas lleno de caridad, y nosotros nos impacientamos. Tú nos sostienes y dominas nuestros ardores. Llenas el alma de amores y al mismo tiempo nos ayudas a esperar. Él hombre no puede vivir sin una ilusión, aunque muchas veces la ponga en cosas que se transforman en desengaños, de los cuales Dios se vale para atraerlo hacia sí y llenar su corazón de la única ilusión que de veras le satisface, Dios mismo. Mil veces feliz la vejez que no espera nada del mundo, y sonríe con la alegría de la paz interior que Dios comunica a sus amigos. Feliz el viejo que puede decir: casi no veo, pero ¿qué importa?: puedo ver a la luz de la Fe las grandezas de Dios. Casi no oigo, pero ¿acaso los hombres dicen verdaderamente algo? Oigo allá en mi interior la llamada de Dios, que me atrae a la oración, al recogimiento y a la contemplación; eso me
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Creí que había comenzado a ser bueno, y no hay tal cosa; estoy donde estaba y quizás más bajo aún. 9 de octubre de 1935 (24 años). Fragmentos de la carta dirigida al Abad de San Isidro de Dueñas desde Ávila: Rvdo. Padre, llevo casi año y medio fuera de mi querida Trapa y si viera ¡qué grande es la obra de Dios en mí, y cuánto le agradezco al Señor la prueba por la que me esta haciendo pasar! Muchas veces pienso que soy indigno que Jesús se ocupe de mí, pero ¿qué va a hacer?, ¿no me ocupo yo de Él? Dios es muy bueno, sabe hacer las cosas y a veces se vale de lo último de la tierra y de lo mas miserable para manifestar sus grandezas. Cuando hace dos años, desde Ávila, solicité que me admitieran en la comunidad, mi deseo era santo y bueno; yo buscaba a Dios y Dios se me daba de una manera fácil. Tenía ilusiones, deseos, quería ser santo, pensaba con delicia en el Coro, en ser algún día un verdadero monje. Tenía muchas cosas dentro. Yo buscaba a Dios, pero también buscaba a las criaturas y me buscaba a mí mismo, y Dios me quiere para Él solo. Me di al Señor, con generosidad, pero todavía no se lo daba todo; le di mi persona, mi alma, mi carrera, mi familia..., pero aún me quedaban las ilusiones y los deseos, las esperanzas de ser trapense, hacer mis votos y cantar Misa. Eso me sostenía en la Trapa, pero Dios quería más: tenía que «transformarme», para que solamente me baste su amor.
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Rvdo. Padre, no tengo más que explicarle; Dios me mandó una prueba, por la que llegué a pensar que no me quería y que su voluntad era otra. Pero Él no cuenta con nosotros, ni nos da explicaciones cuando nos manda algo que nos conviene. ¡Débiles criaturas!, ¿qué sabéis vosotras de los designios de Dios? Él se encargará de hacer la obra sin consultarnos, nosotros no tenemos más que dejarnos moldear por su mano, y estarnos quietos, muy quietos: después el tiempo y las luces que Él nos envía, servirán para ver claramente su obra, y entonces darle infinitas gracias por el mimo con que nos ha tratado y nos trata. Perdóneme, Rvdo. Padre, me salgo del sitio donde debo estar; vuelvo al motivo de mi carta. Hace aproximadamente un año estuve en el Monasterio, y les expuse mi estado de ánimo entonces, y le pregunté al P. Marcelo si sería posible algún día que yo, debido al régimen que tengo que seguir, pudiera ingresar de Oblato. Me dijo que sí, y su reverencia me dijo que esperara. He esperado, pues la voluntad de mis superiores es la voluntad de Dios. He esperado un año que me ha parecido un siglo. Vuelvo, pues, a pedir a la comunidad que admita a este pobre hombre, que no quiere nada, ni desea nada más que estar en la casa de Dios. No merezco ser monje. ¿Cantar la santa Misa? Señor, si te he de ver muy pronto, ¿qué mas da? Los votos, ¿no amo a Dios con todas mis fuerzas? Pues ¿qué más votos? Nada de eso me impide estar a su lado, consagrarle mi silencio con los hombres y amarle
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nos hacen acercarnos a Jesús, ya que el poco amor que sentimos hacia Él es tan débil que por sí solo no basta! ¡Que alegría tan grande es verse querido por Dios! Contarse en el numero de sus amigos, seguirle paso a paso con los ojos fijos en su rostro y, bendiciendo incluso nuestras miserias, que fueron la causa de que Jesús buscase nuestras miradas para llegarnos al corazón, curarnos, perdonarnos y amarnos hasta morir en la Cruz. El mundo y sus moradores pasan, los hombres siguen pensando en el porvenir de sus haciendas, en sus negocios, en sus enfermedades. Se agarran a la tierra en la que buscan descanso. Sufren si en ella no lo encuentran y lloran al dejarla. Esos sí que están locos, aunque el mundo entienda por locura amar la enfermedad y la Cruz. ¿Cómo ha de entender el mundo, tan prudente y sensato como es, un desvarío tan grande? No trato de discutir con él, es inútil e innecesario. Allá en la Trapa, un pobre fraile llora ante la Cruz. El mundo le dice: eres un necio, tu vida se esfuma inútilmente en el silencio y en la penitencia, ¿por qué amar la Cruz, cuando la vida es bella y la libertad risueña? Pero el trapense llora y sus lágrimas las pone a los pies de la Virgen, y son tan dulces que ni una sola la cambiaría por todo el oro del mundo. Aquel trapense llora, pero de alegría. No importara que el camino sea duro, áspero y largo, porque Jesús va delante; no miremos dónde ponemos los pies, porque es Jesús el que guía.

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Quizás estas tonterías que escribo te digan algo. Quizás te comuniquen el estado de mi alma que yo bien quisiera comunicar al mundo entero para que fuese muy feliz, como lo soy yo, que no tengo nada, ni tan siquiera salud, y sin embargo tengo todo lo que en esta vida se puede tener; tengo a Dios muy dentro del corazón y no deseo nada. Con eso, créeme, se tiene la felicidad completa, una felicidad muy oculta y que, como es natural, nadie envidia. ¿Qué ves a tu alrededor? Si te pones a examinar el asunto a fondo no verás nada que te llene del todo; mucha frivolidad, quizás paganismo oculto entre los pliegues de un cristianismo mal entendido; afanes de bienestar, como si la vida fuera eterna; luchas, disputas, y de Dios muy poco. Si te miras a ti mismo, más vale no hablar. ¿Qué queda, pues? Dios y sólo Dios. Él suple lo que el mundo y sus criaturas no pueden dar. En su infinita Misericordia quedan ocultas nuestras miserias, olvidos e ingratitudes. Bienaventurados los que lloran, dijo Jesús, y una turba de enfermos, tullidos, pobres y pecadores le seguían, y yo creo que, al posar en Jesús sus ojos, reían gozosos y bendecían sus miserias porque eran las que les unían a Jesús. Y Jesús les miraba con esa dulzura que conquistó el mundo, y se dejaba querer por los pobres, los afligidos y los pecadores. Y Jesús curaba y consolaba. ¡Benditas lágrimas, penas y enfermedades que son nuestro tesoro, lo único que realmente poseemos, que
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calladamente, humildemente, en la sencillez del oblatado. San Benito los admitió y entre ellos hubo santos, ¿por qué no he de ser yo uno de ellos? Con mis fuerzas no podré, pero con Jesús y María a mi lado, lo puedo todo. Cuando flaquee, ellos me ayudaran. Me hablara su reverencia de la humillación que eso representa, no ser nada ni nadie, ¿pero acaso soy yo algo? En cuanto a la humillación, creo no sentirla, pues para humillar a un alma es necesario, si esta arriba, hacerla descender y yo no creo tener que descender nada, al contrario. ¡Cuántas cosas le diría si yo supiera escribir! Cuánta alegría me causa pensar en el modo que Dios me quiere, el camino por donde me lleva, en las luces que sin merecerlo me da. Tengo al Señor, déjeme vivir junto a su Sagrario, recogiendo las migajas del convento, y seré feliz…, feliz en mi nada, y dichoso en mi Todo que es Jesús. ¿Ve su reverencia ahora la obra de Dios? Y lo más grande y admirable es que la ha hecho en mí que, sin ñoñería ni falsa modestia, nada tengo ni nada merezco. Yo no tengo virtud ni ciencia, pero sé lo que soy, y Dios también lo sabe; podré engañar a los hombres, pero no a Él. El otro día me decía una monjita muy santa a quien fui a consultar sobre mi determinación, que el Señor me daría mucho más en este camino, que en el que seguí antes siendo novicio de coro.

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Gran mortificación es seguir la Regia y los ayunos, pero quizás lo sea más disfrutar de alivios y de dispensas… Él sabrá. El día que nos veamos todos reunidos en su presencia, que será pronto, desaparecerán esas pequeñas diferencias, que no son más que humanas, y de todo lo que es humano hemos de prescindir, no digo ya solamente en el cielo, sino aun en la tierra, pues si lo sobrenaturalizamos todo, todo nos lleva a Dios, lo mismo el ayuno riguroso del que puede, que el cuidado de un enfermo con todas sus miserias; y vuelvo a mi tema, Rvdo. P., teniendo a Dios lo tenemos todo, ¿qué nos importa lo demás? 8 de noviembre de 1935 (24 años). Fragmentos de la carta dirigida a su tía María, desde Oviedo. El Señor me pide seguir y no detenerme. ¿Qué hacer?, pues lo de siempre: mirar arriba, mirar muy alto, y seguir sin detenerme. Haz tú lo mismo. La Virgen te mira y Dios te ayuda; no te importe ni llorar ni reír, ¿qué más da? El barro es siempre barro y no nos podemos mudar. Lo importante es que ese barro sea de Dios, que Él haga lo que quiera, y que todo nos lleve a Él. Una vez dado el tirón , Dios atrae de tal manera y con tal suavidad, que nada cuesta. ¿Qué más da llorar? Llora todo lo que puedas; ríete y goza, cuando puedas, ¡qué más te da! La que ríe y llora eres tú, y tú no eres nadie, ni eres nada. Y, créeme, el día que lo veas, el día que estés desprendida de todo y de ti
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Me dirás que todo eso es verdad, pero que el débil siempre es débil, y que hay momentos en los cuales todo se cierra, el mundo aplasta con su peso, la oscuridad se cierne sobre nosotros y nos impide ver con claridad; es la nada y la vanidad de todo, y entonces ¿qué hacer? ¿Qué hacer cuando un alma está a oscuras y no ve más que sus miserias, y cuando los labios bendicen la cruz y el corazón la rechaza? No sé lo que hay que hacer, no hay consuelo humano, ni consejo que pueda satisfacer; no hay palabras que expresen lo que el alma siente, y, por tanto, tampoco las hay para consolar al que está en ese trance. Pero yo, que no soy nadie, me atrevo a decirte algo: si no hay palabras, en cambio hay silencio, y ahora me acuerdo de unas palabras (aunque no recuerde la cita) en las que el Señor dice que llevará al alma a la soledad y ahí le hablará al corazón. Sólo Dios. Cuánto cuesta llegar a comprender y a vivir esas palabras, pero con una vez, aunque sólo sea un instante, en que el alma descubre que es posesión de Dios, que Jesús vive en ella, a pesar de sus miserias y flaquezas; una vez abiertos los ojos a la luz de la fe y de la esperanza; una vez comprendida la razón de la vida, nada hay en el mundo capaz de turbar al alma. Nadie en el mundo escucha con paciencia las locuras que se le puedan ocurrir al que, vislumbrando un poquito la grandeza de Dios, se atonta y grita: necios, insensatos, ¿qué buscáis? Daros prisa, sólo Dios, ¿qué hay fuera de Él?
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Dios me lleva de la mano por un campo donde hay lágrimas, guerras, penas y miserias, santos y pecadores. Me pone cerca de la Cruz y, enseñándome con la mirada todo eso, me dice, todo eso es mío, no lo desprecies, tú a quien tanto quiero. A ti te doy luz para ver. Te doy un corazón para amarme. Dispongo de ti como me place porque eres mío. No desprecies vivir, puesto que es para Mí. Ama a las criaturas que son mías. No llores en tu camino, porque yo lo trazo. Ama mi Cruz y sigue mis pasos. Llora con Lázaro y sé indulgente con la pecadora. Me pides que te hable de mí... ¿para qué? Ni tú ni nadie se deben ocupar de este pobre hombre que pretende ocultar su cruz, que es mi único tesoro, y esparcir entre las almas que me rodean la paz y la luz que el Señor, en su bondad, se digna enviarme. Créeme, soy absolutamente feliz; no deseo nada para mí. Dios me da todo lo que necesito, y más. Ha volcado a manos llenas en mi pobre corazón más de lo que cabe, y cuando un alma se ve llena, ¿quién se atreve a mirar sus propios sufrimientos, cuando se tiene muy dentro la amistad de Jesús que murió por mí en un patíbulo? Si de veras amásemos a Dios, se nos daría todo de lado, y sería tal el desprendimiento que nuestro propio «yo» nos estorbaría, pues todo lo que nosotros somos no es más que egoísmo, miserias, flaquezas y pecados, y todo eso nos estorba para llegar a comprender su infinito amor.

misma , entonces verás que todo lo que suceda, nos tendrá sin cuidado. Ni el sufrimiento, ni el gozo atraerán nuestras miradas. Entonces veremos mejor a Dios y ya no nos miremos tanto a nosotros mismos: y si nos miramos y escudriñamos que sea para buscar a ese Dios escondido que está en nosotros. ¡Qué alegría, Señor, poder verte a Ti y no vernos a nosotros! ¿Qué más da flores o espinas si eres Tú el que las das y el que nos las quitas? Nosotros no hacemos nada, pues nada sabemos hacer; Tú lo haces todo. Nosotros, si hablamos de la cruz, es para quejarnos con egoísmo ; si buscamos consuelo, a nosotros nos buscamos; si queremos amarte, lo hacemos con ruindad, y no sabemos... ¡Qué alegría, Señor, pensar que Tú nos lo haces todo! Entonces todo es grande y hermoso. Señor, no puedo detenerme, porque si me detengo, es para buscarme a mí mismo, y en mí no hallo nada que merezca la pena; tengo que seguir hasta Ti. A Ti te tengo, tengo tu amor, lo tengo todo ¡Qué alegría el verse en nada, y sin nada! Dios me ha escuchado y me escucha, lo sé y lo veo. No sé dónde meterme; estoy hecho papilla, como tú dices. Sabía que Dios me quería, ¡pero tanto!... 11, 16 y 18 de noviembre de 1935 (24 años). Fragmentos de las cartas dirigidas a su tía María, desde Oviedo. ¿Cómo es posible vivir así, Dios mío? ¿Cómo es posible resistir tanta gracia, tanto consuelo, tanta luz
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y claridad como nos das? Qué paciencia, tienes, Señor; a otros les hubiera bastado la centésima parte de lo que nos das para que se hubieran entregado del todo. Y, sin embargo, a pesar de nuestra resistencia a tu gracia y a tu amor, Tú no desistes y te empeñas en seguir tu obra para conseguir un poco de nuestro amor. ¡Qué ciegos somos, qué torpes y cuánto lodo tenemos encima que nos impide volar hacia Ti! Bueno, Dios lo hará como lo hace todo, nosotros no somos más que instrumentos. Sabía que sufrías, te veía a los pies de la Cruz en el Calvario, tú sola, en noche de tormenta, y el santo madero sin Jesús. ¡Qué bien se está a los pies de la Cruz del Señor cuando Él nos mira! Lo difícil es seguir también allí cuando Cristo desaparece a nuestros ojos y queda la Cruz seca, negra y ensangrentada. Quedamos solos con las tinieblas y la Cruz. Ni sabemos pedir, ni oímos a Dios; nada..., sólo podemos sufrir, miramos a Cristo y no está... ¿Qué más nos da? ¿No es eso lo que el Señor quiere? ¡Pues entonces! Ánimo, hermana, que detrás de todo eso que tú no ves, está Jesús, que te mira, te ve llorar por Él, y tus lágrimas lavan muchas cosas. Te está vaciando para entrar Él. ¿No lo ves? Qué duda cabe que cuesta lágrimas, pero benditas sean si son obra suya. Yo no soy nada ni nadie; quizás no sea más que un peldaño que Dios te ha puesto para subir. ¿Necesitas un consuela humano?, pues sea si el Señor así lo ha dispuesto. Yo he necesitado y aún necesito tantos... El Señor nos lleva de una manera que no falta detalle.
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infinita de Dios, y nuestra vida entraría en la serenidad que da el amor a Dios y el amor al prójimo. Por el camino que el Señor me lleva, camino que sólo Dios y yo conocemos, he tropezado muchas veces, he pasado amarguras, he tenido que hacer continuas renuncias, he sufrido decepciones, y hasta mis ilusiones, que yo creía más santas, el Señor me las ha truncado. Él sea bendito. Pues bien, todo eso me era necesario: la soledad y la renuncia a mi voluntad. Fue y es necesaria la enfermedad. ¿Para qué? Pues mira, a medida que el Señor me ha ido llevando de aquí para allá, sin sitio fijo, enseñándome lo que soy, y desprendiéndome de las criaturas unas veces con suavidad, y otras con golpes contundentes, en todo ese camino que yo veo tan claro, he aprendido una cosa y mi alma ha sufrido un cambio: he aprendido a amar a los hombres tal como son, y no tal como yo quisiera que fueran; y mi alma, con cruz o sin ella, buena o mala, aquí o allí, donde Dios la ponga y como Él la quiera, ha sufrido una transformación. Yo no sé expresarlo, pero lo llamo serenidad. Es una paz muy grande para sufrir y para gozar. Es saberse amado de Dios, a pesar de mi pequeñez y mis miserias. Una alegría dulce y serena cuando nos abandonamos de verdad en sus manos; es un silencio respecto a lo exterior, a pesar de estar en medio del mundo. Es la felicidad del enfermo, del tullido, del leproso, del pecador que, a pesar de todo, seguía al Nazareno por los campos de Galilea.

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Ahora veo, no que Dios me abandone, ni que me pruebe, sino que Dios me quiere. Quiero cumplir lo que Dios me pide, con sencillez y con simplicidad. Qué duda cabe, que aún no estoy desprendido de la tierra y de los hombres. Me cuesta moverme, amo lo que no es Dios, me busco a mí mismo en muchas cosas... ¡Qué pobre hombre soy! ¡Qué bueno es Dios! Me trae, me lleva, me zarandea de aquí para allá; unas veces me hace llorar, otras sufrir, otras gozar y reír. Tan pronto de una manera, tan pronto de otra. ¡Qué bueno es Dios! Solamente quiere mi bien. Él sabrá lo que hace. Yo, ya me voy acostumbrando a su modo de proceder, y ni siquiera se lo pregunto. Me dejo llevar, me dejo hacer, y es lo mejor. Pobre de mí, ¿cuándo aprenderé? Bueno, yo creo que el día que haya aprendido, el Señor me dejará en un sitio tranquilo, y que esa nueva ocasión me servirá, no para mirarme a mí mismo, sino para bendecir su mano. ¡Estaba ya tan contento en mi soledad! A su tío Leopoldo, desde Víllasandino (Burgos) ¿Qué más te da el sitio o el lugar? ¿Qué más te da estar rodeado o estar solo? ¿Qué más da el sueño, el frío o la enfermedad? ¿Qué más da vivir o morir? Si de veras amásemos a Dios, si viéramos su voluntad en todo cuanto nos rodea, entonces no sufriríamos, y en nuestros defectos y en los ajenos veríamos la gloria
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Si me cuentas tus penas, no es para que yo humanamente te consuele, sino para que te hable de Dios, ¿verdad?, para que yo pueda decirte: Dios esta contigo. Sufre y ama en silencio a ese Dios que tú no ves, pero cuyo amor, aunque se oculte, es el mismo. No me importa que estés desconsolada, que tengas sequedades, que tu camino sea uno u otro. No me importa que sufras o que goces. Lo que me importa es que todo eso, que no es nada, sea para amar a ese Nazareno que llamó bienaventurados a los afligidos; que vayas en pos de Él a todas partes; que no veas otra cosa que ese amor con que te atrae. El otro día fui a ver a mi antiguo confesor y me dijo que mi proyecto era absurdo y que parecía que yo estaba dejado de la mano de Dios; estas fueron sus palabras textuales. No he vuelto a verle, pues, aunque no me inquieta ni me turba lo que me dice, tampoco saco nada en limpio. Sólo Dios me basta. Ya me he ido acostumbrando en estos dos años. Eso era lo que el Señor quería de mí; cúmplase su voluntad. No estás sola, no, aunque a ti te parezca lo contrario. Y no me envidies porque yo tengo un Padre Maestro o un confesor. Te aseguro que no los necesito, ni tú tampoco. ¿Qué podemos recibir de las criaturas, mejor de lo que Dios nos da? Absolutamente nada. Mira, mañana vas a hacer una cosa; cuando te acerques a comulgar, le dices al Señor lo que te pasa, de la misma manera que me lo has dicho a mí, con toda sencillez y claridad. Le pides que Él sea tu confesor, tu padre espiritual, tu amigo entrañable, y que como te
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ves muy sola, le necesitas a Él para todo. Se lo dices con sencillez, tal como eres; le cuentas al detalle tus sufrimientos, no para que te los quite, sino para desahogarte con Él. Le pedí al Señor que me mandara aquellos dolores, que me hiciera sufrir a mí y que a mi hermana Mercedes le permitiese descansar en esta vida o en la otra. Ver sufrir es terrible. Me cuesta más ver sufrir que sufrir yo mismo, pero el Señor sabe bien lo que hace. Quiero que lleguen a tu alma, no mis palabras, ni mis ideas, ni mi cariño, ni nada mío. Quisiera alimentar tu pobre corazón sediento con ese Dios que me mueve a mí, que me hace vibrar. Si no, es tiempo perdido. Cuando yo estaba (no sé si como tú), en momentos difíciles después de salir de la Trapa, cuando creía que el mundo me había aplastado y me sentía derrotado, pensé que no iba a resistir. No sé, en fin, también en una pequeña agonía, acudía a la Virgen de la Trapa en quien descansaba cuando, agotado del día, me acostaba en la incómoda camarilla del Monasterio. Me acordaba de que aún me quería y me escuchaba en mi tribulación. Es el único consuelo que he tenido en los casi dos años que he estado así Acabo de recibir al Señor y hoy he andado muy bajo; tenía tantas cosas que decirle. Pequeñeces de esta vida nuestra, pero en medio de esas pequeñeces, anda el Señor. Le he dicho que yo no puedo hacer nada y me ha dado a entender que no me apure, que Él no quiere nada de mí más que mi compañía, que tenga

les; en Dios y en ellos se refugiaba su alma de artista. De entonces son sus obras más logradas, y en todas es Dios quien guía su mano, dando al ambiente de sus cuadros una religiosidad profunda. Solo, en las naves de la severa iglesia parroquial, solo con Dios y sus pinceles, se pasaba en ella horas y horas, sin medida del tiempo, sin cansancio ni fatiga. “¡Sólo Dios y yo!”. Rafael volvió a su vida ordinaria: paseos por los campos, conversaciones afables con criados y colonos, interesarse por la hacienda de su padre, sus largas estancias en el jardín, ausente de la tierra y en contemplación... Y en medio de las comodidades que le rodeaban, vivía una vida de mortificación continua. Eran las cosas sencillas de la vida cotidiana, la represión de su genio vivo e impaciente, la caridad en el trato, la privación voluntaria de manjares de su gusto, el sometimiento a los gustos ajenos, la aceptación tranquila de su enfermedad, sin que jamás saliese de sus labios la más mínima queja."

8 de febrero de 1937: Carta de Rafael a su hermano Luis Fernando que se hallaba en el frente de Ondátegui (Alava), durante la guerra española de 1936-39:

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Crónicas del Monasterio de San Isidro de Dueñas: “Por recrudecimiento de su enfermedad, y no poder ser asistido debidamente en el monasterio, sale por tercera vez el Hermano Rafael.” Comenta su madre en VIDA Y ESCRITOS: “La guerra seguía su curso… La familia de Rafael continuaba en su casa del pueblecito castellano de Villasandino (Burgos), imposibilitada aún de volver a Oviedo. Rafael... Dios quería mucho a Fray María Rafael, probando sin cesar el temple y la fortaleza de su alma, En un recrudecimiento de su enfermedad, que avanzaba inexorablemente, se hizo necesario un nuevo reconocimiento facultativo, y no pudiendo además ser asistido debidamente en su monasterio, le mandó el R. Padre Abad permanecer en casa de sus padres, hasta que el convento volviese a su normalidad. El 7 de febrero de 1937 sale Fray María Rafael por tercera vez de su amado monasterio. Vuelve a dejar su blanco hábito, su vida austera, su silencio monacal, su voluntario aislamiento. Era la tercera vez que abandonaba su monasterio y salía al mundo a comenzar de nuevo; ¡la vuelta al hogar querido que tanto sufrimiento le costó dejar! ¡Hasta cuándo, Señor, seguirás estrujando el corazón de tu fiel siervo! Y esta vez, la ausencia será más larga, y por lo tanto, más costosa también la nueva renuncia. Rafael permaneció con sus padres en aquel tranquilo rincón de Castilla. Volvió a sus lienzos y pince- 130 -

oración, que con ella lo puedo todo y que confíe en Él, pues lo hará todo. Verdaderamente que vuestra situación es apurada, pero ten fe y confía. Cuando se le deja actuar al Señor, no hace las cosas a medias; o termina todo pronto, o lo arregla. ¿Qué más te da si es Él el que lo dispone? ¿No dices que le amas mucho? ¿No duermes agarrada a tu crucifijo? Pues si de veras le quieres ¿qué te importa tu agonía si con ella sirves al Señor mejor que nunca? Ánimo, no quieras aliviar tu sufrimiento, ni tampoco quieras aumentarlo…, no quieras nada. 22, 26 y 27 de noviembre de 1935 (24 años). Fragmentos de las cartas dirigidas a su tía María, desde Oviedo. Dices que detrás de mí está Jesús. Claro, y delante y a los lados, y si te fijas un poco lo verás en todas las criaturas y en todas las partes, y estarás tú en Él y Él en ti. El mar es grande pero tiene fin, sin embargo Dios no tiene límite y cuando nos hundimos de veras en Él, lo vemos en todo, y todo es Él. Dices que detrás de mí está Jesús, y ya lo creo que es así, pero también está en ti. No temas desfallecer. Todo se puede resistir ¿no ves que es el Señor el que lo hace todo? Mira, ayer al llegar a la iglesia aún no se había acabado el sermón. Era un padre jesuita que yo conozco mucho, y dijo unas cosas que me dejaron un poco..., no sé cómo. Estaba hablando de la vida activa y
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del consuelo de ser apóstol y presentarse un día delante de Dios con todas las almas que uno ha ayudado. Dijo no sé que de esos espíritus egoístas que no quieren más que su santificación, y que se ocultan a las miradas de los hombres para no ser molestados. Dijo muchas cosas, y a mí me hizo pensar. No me gustó lo que dijo; sin saber por qué, me inquieté un poco. Es el mismo padre que me dijo que yo estaba dejado de la mano de Dios, cuando al preguntarme un día si iba a continuar yendo a la catequesis le dije rotundamente que no. Pero, Señor, si es que no puedo... Si me distraigo con los hombres, pierdo estar con Dios. Si ya no quiero más que amar, ¿por qué no me dejan? ¿Hago acaso mal? Según este padre, sí. Según él, no dan gloria a Dios más que los están ocupados como Marta. ¿Estaré equivocado? ¿Seré un egoísta? Señor, Señor, ilumina mi razón; la contradicción me aprieta por todos los lados. El que es del mundo me llama loco, y el que es de Dios..., también aunque de otra manera. María, Madre mía, tú ya sabes lo que me pasa. No quiero emplearme más que en una cosa, en amar a Dios, aunque el mundo me requiera, aunque humanamente los hombres crean que soy inútil y que pierdo el tiempo. Señora, díselo a tu Hijo, ponme a sus pies y dile que no sé hacer otra cosa. No sé si eso es lo mejor o no, pero no puedo hacer otra cosa. Estoy seguro que la Virgen me atendió pues me inundó de paz y alegría, sobre todo al saber que el

6 de febrero de 1937 - 25 años Mi cuaderno - San Isidro

Fiat

La obediencia me obliga a dejar mi celda de la enfermería, mi silencio, mi vida de retiro del mundo. Hágase la voluntad de Dios. Él me saca de aquí, Él me llevará otra vez a vivir en su morada. ¡Estoy tan seguro de que he de morir trapense! No sé por qué, pero aunque humanamente hablando parece que todo me es adverso, no es así, pues la infinita bondad de Dios, los designios sobre sus criaturas, muchas veces se ocultan de una manera tan extraña a los ojos de los hombres, que hacen falta otros ojos que no son los del cuerpo para verlo. He abandonado mi casa y mi familia tres veces. Tres veces creyendo que lo había dejado todo, y no es así. Si el Señor me da su gracia y salud, volveré a dejarlo todo, no digo tres ni cuatro veces, sino mil si hiciera falta. Esta es la tercera vez que dejo el hábito monástico y me pongo el de seglar. La primera vez creí que me moría del disgusto y que Dios me abandonaba. La segunda vez, salí con motivo de la guerra. Marché contento. La novedad, la curiosidad, unos días de descanso en la penitencia, me parecieron bien. La tercera vez, que es ésta, veo tan claramente la mano de Dios que me es igual.

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lectura, en una maraña de cosas que nos parecen mejores cuanto más complicadas. Y, sin embargo, a Dios le llevamos dentro y ahí no lo buscamos. Recógete dentro de ti mismo, mira tu nada, mira la nada del mundo, ponte a los pies de una Cruz y verás a Dios. Esta es la vida de oración: no hay que poner lo que ya está, sino quitar lo que sobra. Tenemos tal cúmulo de distracciones, aficiones, vanidades, presunciones… Tenemos tanto mundo dentro que Dios se aleja. Pero nada más quererlo, Dios llena el alma de tal modo que hace falta estar ciego para no verlo. Si quisiéramos seríamos santos. Pero somos tan tontos que no queremos. Preferimos perder el tiempo en estúpidas vanidades; algún día nos pesará. 28 de enero de 1937 - 25 años Mi cuaderno - San Isidro Mi cielo en la tierra. Mi cielo en la tierra lo he hecho en la celda. Yo no vivo solo. Mi celda está llena de gente, hay risas, hay cantos, hay barullo de ángeles que enredan entre los papeles. Yo no vivo solo. En mi celda de enfermo vive Cristo, está María... En mi celda hay de todo; hay silencio, paz y alegría. Mi cielo es mi celda. Vivo con los santos; me acompaña Cristo; sueño con María.

mundo me contradecía, y que todo eso que Dios me daba, estaba muy oculto a sus miradas. ¡Mi alma está tan llena! No sé lo que me pasa; por lo general tengo una gran paz y alegría. No espero cosas superiores a mi capacidad, ni mi corazón se ha vuelto soberbio, como dice David. Veo que en mi pequeñez no puedo hacer nada, pero con Dios lo puedo todo, y con el auxilio de María mucho más. Ahora que quiero más a Dios, quiero más y mejor a mis padres y a mis hermanos. Misterios del corazón que solamente Dios comprende. Mentiría si te dijera que la nueva renuncia no me cuesta… Ya sé lo que es la Trapa y, aunque como enfermo tendré algún alivio, el cuerpo y la materia tiran mucho, ¡y el mundo es tan pegajoso…! Renunciar a tantos goces, aunque buenos y legítimos, cuesta mucho, y a veces el “espíritu malo” me aprieta y me hace sufrir. Si prescindieras de ti, sería mejor. Cuanto menos te mires a ti misma, mejor verás a Dios. Que el Señor te conceda la verdadera humildad, pero una vez que la hayas sentido, sigue adelante, no te detengas en la humildad, pues te detienes en ti. Sigue adelante; sube hasta el Señor que, cuando estés con Él, ya veras cómo efectivamente te sientes nada y le amarás sin que tú te enteres . Entonces sí que nos llenará completamente. Nosotros desapareceremos y Él lo será todo . No te mires a ti misma, mira a Jesús en la Cruz, mira a Dios que te ama, seas como seas. No midas tu amor, porque es el tuyo . Mide el que Dios te tiene a ti, y entonces asómbrate; no rebusques lo que tienes en
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tu corazón, porque es el tuyo y pierdes el tiempo, no hallarás nada. Busca el Corazón de Dios, que es insondable. Húndete en Él y no mires ni busques otra cosa. Antes me ponía en la presencia de Dios y me veía pequeño. Le pedía al Señor humildad, me anonadaba por mi insignificancia delante de Dios; y por el poco amor que le tenia. Le pedía que me llenase y que no hiciese caso de mi miseria. En la Trapa me veía el último y el más miserable de los monjes, y le agradecía al Señor tantas atenciones. Verme así, me producía un íntimo consuelo al saberme amado de Dios, a pesar de que yo le amase tan poco, pero ¿qué podía hacer yo, pobre criatura? Ahora sigo sintiendo lo mismo, pero veo que todo eso no es necesario para amar a Dios y para unirse a su Corazón. Es mejor que prescindamos de nosotros mismos para poder subir hasta Él, pues en otro caso estaremos siempre detenidos en nuestra propia humildad. Sin dejar de ser pequeños, subamos hasta Él para que lo haga todo. La otra noche el demonio me turbó, pues hacia un frío terrible, llovía mucho y la noche daba miedo. Cuando me metí en mi habitación caliente, mi blanda cama, sin hambre y fumando mi cigarrillo, me asuste de lo que me espera. Será tan distinto… Mi naturaleza se rebela muchas veces. Dices que el horizonte se cierra ¿Qué más te da? Salta por encima, y si todo parece que se cierra, no lo creas, pues el buen Jesús siempre te dará un resquicio por donde le verás a Él, su atención solícita, su amor.
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25 de enero de 1937 -25 años Mi cuaderno - San Isidro

Simplicidad y sencillez.

Qué cosa más incómoda es la complicación, y cómo gustamos los hombres de complicárnoslo todo. Muchas veces si no practicamos la virtud es debido a nuestro enrevesado modo de ser, que rechaza lo sencillo. Muchas veces no llegamos a comprender la grandiosidad que se encierra en un acto de sencillez, porque buscamos lo grande en lo complicado. He descubierto que a Dios se le llega a conocer en la sencillez y por la simplicidad del corazón. Un acto de amor no tiene ninguna dificultad. Lo verdaderamente difícil es querer conocer a Dios escrutando sus misterios. Por lo primero llegamos a Dios, por lo segundo no. Carecemos de virtud, no porque sea difícil, sino porque no queremos. No tenemos paciencia, porque no queremos. No tenemos templanza, porque no queremos. No tenemos castidad, por lo mismo. Si realmente lo quisiéramos, seríamos santos; es mucho más difícil ser ingeniero que ser santo. Vida interior, vida de espíritu, vida de oración. ¡Dios mío, eso sí que debe ser difícil! No hay tal. Quita de tu corazón lo que estorba y en él hallarás a Dios. Ya está todo hecho. Muchas veces buscamos lo que no hay y, en cambio, pasamos al lado de un tesoro sin verlo. Esto nos pasa con Dios: lo buscamos en las abstracciones, en la
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mundo; por otro, su soledad mezclada con muchas miserias, flaquezas y contrariedades. Pero llega Cristo y me dice: ahí está tu paz. Efectivamente, hoy no me cambiaría por aquel novicio de antes. Hoy bendigo desde el fondo de mi alma a ese Dios que tanto me quiere, y me lo demuestra porque me quiere como es Él, clavado en Cruz y acompañándole en sus agonías. No me cambio por nadie, pues tengo lo mejor que un cristiano puede tener, la Cruz de Jesús muy dentro del corazón. ¡Cuánto tendría que hablar sobre esto! ¡Cuántas cosas diría de ese Dios que tanto me quiere! ¡Cuánto me gustaría saber expresar en qué consiste mi paz! Pero no sé. Mi pluma es muy torpe para hablar de Dios. Sólo sé contar pobremente pequeños detalles que tiene conmigo, que para mí no son pequeños, pues es grande todo lo que de Él me viene. Y me viene sin yo buscarlo, ni merecerlo. ¡Qué grande es Dios! La paz de mi alma, es la paz del que no espera nada de nadie. Solamente Dios y el deseo de vivir unido a su voluntad es lo que mi alma espera tranquila. Sólo el que a sí mismo renuncia y toma cada día su cruz encontrará lo que busca. Dame, Señor, la paciencia que hace santo al hombre. Aquí, en la enfermería de la Trapa hay un fraile a quien Dios quiere mucho, y él lo sabe. Sabe, además, que dentro de muy poco tiempo todo terminará. ¿Acaso se puede quejar?

En esta lucha estuve mucho tiempo: si me daba de lleno a mi vida en Dios, cuando volvía a casa me ponía de mal humor, incluso después de comulgar, por tener que hablar de esto y de lo otro; faltaba incluso a la caridad. Quería recogimiento en mí y en los demás, para que me ayudaran a mí. A lo mejor venía de la iglesia pensando en Dios y suspirando por mi Trapa, y si alguien me importunaba con otra cosa, unas veces me daban ganas de contestarle mal, y otras le contestaba de verdad. Todo me irritaba por dentro. En ocasiones me veía aislado, solo, sin ayuda. El mundo marchaba por su camino y yo estaba desconcertado. Quería tener mi vida puesta en Dios y no podía. Creía que tenía que hacer una Trapa en mi casa y que, al igual que en el Monasterio, después de recibir al Señor nadie hablara y todo me ayudara a guardar mi oración. ¡Cuánto se sufre con eso y qué equivocado estaba! Qué duda cabe que puedes darte de lleno a Dios y estar en el mundo, sin que el mundo se entere de nada . El Señor me hizo ver, a fuerza de lágrimas, que estaba equivocado. Podía tener una vida intensa en Dios y, al mismo tiempo, estar entre las criaturas con verdadera alegría. Hacer participar a los demás de lo que llevaba dentro. Encerrar primero a Dios dentro de mí, pero no esconderme yo, ¿me entiendes? Quisiera hablar a todas horas de Él o no hablar nada, pero esto no puede ser, pues es su voluntad. Me contento con hablarle sólo a Él, y tratar al mundo como una cosa secundaria, pero haciéndolo así por su amor.
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Mañana, después de la santa Misa, tengo que ir al taller para arreglar no sé qué del coche, pues lo hago con verdadera alegría; veo a Dios entre las tuercas, pienso que aquellos mecánicos no conocen a Dios y pido por ellos. Yo sí que le conozco, lo tengo allí a mi lado, hablo de todo y con todos y lo hago de muy buena gana, pues es el Señor quien así lo quiere. Me ejercito en la paciencia, en la caridad, en el amor al prójimo. Pero no creas, no me cuesta trabajo; ya te digo que lo hago todo con alegría. ¿Cómo no hacerlo? Tengo a Dios dentro, lo he recibido por la mañana y me acompaña durante todo el día. La lucha ha desaparecido y ya nada me irrita, ¿por qué? Antes quería que el mundo entero guardara silencia, que todos vieran a Dios y que al solo nombre del Señor se pararan incluso los tranvías. Era un amor a Dios un tanto especial, y sobre todo era amarme a mí mismo, porque en el recogimiento externo buscaba mi propio yo. Ahora no es así, gracias a Dios y a la Virgen; y si algún hermano necesita de mí para otra cosa que no sea Dios, en nombre de Dios lo hago, y así hago dos cosas, pero sobre todo una, cumplir su divina voluntad. Perfecciona tu vida interior y ya verás cómo la exterior no te quita la paz, sino al contrario. Descubrirás que se te quita el geniecillo, y cuando vuelvas recogida de comulgar y de la contemplación a tus quehaceres en casa, ya verás cómo la alegría te inunda por todos los lados y quieres más y mejor a todos.

da para todo, y mientras no sea ofender a Dios, no hay problema. Mi ventana no da al mar. Desde ella no veo las grandezas del mundo, ni paisajes que hagan soñar al alma. Ya no soy tan loco como para querer gozar con lo que otros hombres sueñan, con eso que yo antes llamaba mis ansias de libertad. Pero Dios es Justo, Dios tres veces Santo, Dios el Infinito me quiere aquí quieto, enfermo, en silencio, amando mi soledad, mirando entre los cristales. Dios cortó mis alas y no puedo volar. Cuánto egoísmo esconden a veces nuestros deseos de paz. Pero es que, la que buscamos, en muchas ocasiones no es la de Dios, sino la del mundo. Pero Dios que es muy bueno, siempre ilumina el corazón del que lo busca con sencillez. El hombre busca esa paz para descansar, es decir, para no sufrir. Busca la paz humana, la paz sensible. Esa paz que el mundo se imagina como un claustro con sol, cipreses y pájaros. Una paz sin tentaciones, ni cruz. Efectivamente, en todo eso hay paz pero no es la verdadera. La paz de aquel novicio era el cebo de Dios. Dios le quiere mucho, mucho más de lo que él se figura, y por eso le quitó la salud, y le hizo ver que las campanas a veces tienen grietas y suenan mal. Que el sol también se oculta, y que enmudecen los pájaros. Aquel novicio ya no tiene fuerzas para trabajar, pero sigue cantando. Llegaron las pruebas y las tentaciones, y muchas veces le pesa la cruz. Por un lado, el
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La salud ¿de qué me sirve si más de lo que tengo no me puede dar? ¿Quién sabe si con ella ofendería a Dios? Soy feliz con lo que tengo; a nada aspiro que no sea a Dios, y a Dios le tengo en la pequeña cruz de mi enfermedad. ¿De qué me puedo quejar si en mi vida no veo más que misericordias divinas? ¿Cómo no amar la soledad, si el Señor me coloca en ella y me enseña la única ciencia, que es el desprecio del mundo y el arte de amarle a Él? ¡Cuánta alegría se puede encerrar en los muros de una enfermería! ¡Qué felicidad es poder amar a Dios en la inutilidad de todo, viéndose incapaz de nada! ¡Cómo se ensancha el alma, cuando recogida en sí misma, ve que no es la tierra su centro, que no es el cuerpo, tan débil, enfermo y lleno de miserias su lugar, cuando ve que sólo Dios es el que la llena! Qué alegre es la calma del que nada desea. Bien quisiera tener no solamente las palabras de Job, sino también su paciencia. Aunque yo no me puedo quejar, pues no tengo amigos que vengan a darme la lata y, sobre todo, mujer. Verdaderamente que es un detalle magnífico. Dios se lo quitó todo: hacienda, ganados, hijos, salud, todo menos su mujer que también fue a darle la lata. Verdaderamente no me puedo quejar. Bueno, no quisiera faltar con mis torpes palabras los ocultos misterios de las Sagradas Escrituras. Dios, que todo lo gobierna, sabe lo que hace. Por eso a mí no me ha hecho casado, sino que me ha hecho fraile. Qué tonterías se me ocurren a veces. En fin, que la soledad
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Santa Teresa tenia un arrobamiento por la mañana, y por la tarde trataba con unos y con otros de tantas cosas materiales como se traía entre manos. Sentir que Dios te quiere, te dará alas. Pensar eso te tiene que bastar. Pasarás por el mundo y el mundo no se enterará. Y si das ocasión ahora a que las criaturas vean en ti desabrimiento en lugar de paciencia, impaciencia en lugar de caridad, y haces gestos donde debe haber serenidad y dulzura, entonces desconfía, porque o no tienes humildad o el demonio anda en medio. Rafael mejora mucho de su enfermedad y su hermana Mercedes se recupera completamente de su pasada peritonitis. La familia continúa viviendo en Oviedo. Había transcurrido cerca de año y medio desde que Rafael salió de la Trapa. Fragmentos de las cartas que Rafael dirige a su tío Leopoldo, a su abuela Fernanda y a su tía María en diciembre de 1935 (24 años), desde Oviedo. ¿Qué más te da padecer o gozar? ¿No tienes a Dios? ¿Quién eres tú? No te preocupes de ti, pobre criatura, ni sabes padecer, ni puedes gozar. Deja que Dios se apodere de ti, y entonces, no tendrás ni lo uno ni lo otro, sino paz; tu corazón estará aquietado, puesto en Dios, y tu vida será una espera serena, sin impaciencias y sin temores. Esa es la vida verdadera y la única alegría del vivir. En estos dos últimos años, el Señor ha perfeccionado mi vocación sin que yo me haya dado cuenta hasta
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ahora, y solo sé agradecerle desde el fondo de mi alma la delicadeza con la que me ha tratado. Ha sido una suerte muy grande que haya tenido que salir de mi Monasterio. Ahora conozco más y mejor lo que vale una vocación cisterciense. No tengo en este momento nada que contarte, ni que se me ocurra. Estoy pasándolo algo mal estos días. Mejor dicho, muy mal; no me quejo, pues la culpa es mía, pero a veces me entristece ser como soy. No correspondo a lo que el Señor me da. Hace unos días que no sé lo que me pasa. Voy a recibir al Señor todas las mañanas con un deseo ardiente; voy a pedirle perdón, a decirle que le quiero y que jamás me separaré de Él. Pues bien, créeme, nada mas salir de la iglesia, todo se me olvida; estoy todo el día a lo bobo y la oración la hago mal, me canso y cuando llega la noche me retiro a mi habitación y me entristece mucho ver que no correspondo . Prometo amar más mañana, me acuesto con el consuelo de saber que al día siguiente y dentro de pocas horas le voy a tener cerca de mí, que le voy a contar mis infidelidades, penas y flaquezas, y en esa paz me duermo todos los días. Pero mira, sé que si correspondiera a las gracias y a las insinuaciones de Dios ya sería santo. Veo un camino muy largo, estoy en el principio y no pongo nada de mi parte. Es triste, pero es cierto; cualquier tropiezo, y caigo. En fin, le he oído muchas veces a tío Polín que «hay que amar la propia flaqueza» , y yo no es que la ame precisamente. ¿Qué haremos sin Jesús? A Él se lo
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pasajero e inestable, a todo lo que no es nuestro, como por ejemplo, la salud. Algunas veces me he sentido entristecido al verme en esa situación en un Monasterio donde se vive en continua penitencia. Algunas veces mis dispensas respecto al cumplimiento de la Regla me humillaron. ¡Qué tonto fui! ¡Cuánto amor propio encerraba mi corazón! ¡Humillación! Qué mal entendemos esa palabra. Yo no encuentro humillación en fregar suelos y retretes. Ya no me avergüenza no poder ayunar, ni pasarme la vida viendo que, poco a poco, se van acabando mis fuerzas, que no eran mías y que ahora Dios me las quita. ¿Acaso todo eso me impide amar a Dios? Con qué facilidad nos fijamos en todo lo externo, y qué pocas veces amamos la voluntad de Dios y nos unimos a ella. Bendita enfermedad que me hace pensar en Dios y me separa de los hombres. Qué grande es el Señor que hace cambiar las lágrimas en risas. Lo que a nosotros nos parecen males, no son generalmente más que fuentes de riqueza. Feliz del que sepa aprovecharse. Feliz quien ve la mano de Dios en todo lo que le sucede. Feliz y mil veces feliz el que ame entrañablemente todo lo que el Señor le envíe, aunque sea pasarse la vida sentado en un sillón, oyendo las campanas del monasterio que llaman a los monjes a penitencia. Pasan lentas las horas en mi celda de la enfermería. En la soledad y el silencio de mis continuas esperas no hay tristezas ni amarguras, ni inquietudes en el alma que turben la paz inmensa de quien sólo anhela a Dios.
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me faltara por unos días la salud que me hacia gozar de mis hermanos en los trabajos del campo, y que me permitía acompañarles en los rezos del Coro. Sea Dios bendito, que sin yo merecerlo, me prueba. Enfermo, separación. Largas horas sentado en un sillón oyendo campanas, y siguiendo con la intención todos los actos de la comunidad. Mi enfermedad, ¿para qué hablar de ella? Una de tantas. Solamente me produce cansancio, hambre, mucha sed y falta absoluta de fuerzas. Todo lo demás va bien. Estoy muy contento de tener una enfermedad tan atractiva, y que a veces me hace sufrir. También yo tuve salud, eso era antes. Ahora, gracias a Dios, estoy enfermo, y cuando el Señor lo cree necesario me lo recuerda, haciéndome sentar unos cuantos días en un sillón de la enfermería y sacándome del Coro. Él sea bendito Él, que es quien todo lo dispone, y lo dispone bien, me lleva a la soledad, y enseñándome el vacío inmenso de la nada que es todo lo que está fuera de Él, me invita a pensar; me obliga en mi inutilidad a buscar su apoyo. De todo me separa, para mejor unirme a Él. Bendito sea Dios y bendita sea mi enfermedad, que es el medio del que se vale para cumplir sus designios en mi insignificante persona. Son muchas pequeñas cosas a las que hay que renunciar. Pero una vez que el alma ha comprendido que el único camino es la espera en los brazos de Dios, se renuncia de buen grado y con alegría a todo lo que es

digo todas las mañanas, y no es que me enfade, pero ya sabe que si me deja solo, ¿dónde voy a ir? Señor, Señor, mira lo que haces con tu siervo. Me quedan ya muy pocos días de estar en mi casa. Muy pocos días de relación con el mundo, y Dios permite que ahora todo me interese el doble. No entiendo lo que me pasa. Estoy obrando como si realmente no me fuera a ir nunca. Pero por otro lado, no me interesa nada. Estoy impaciente por tener silencio y dejarlo todo. Quisiera volar, y todo me sujeta. Qué bonito gesto es para el mundo lo que voy a hacer. Qué bien resultan las heroicidades cuando se hacen con la risa en los labios. Pero mira, a ti te lo cuento para que veas lo despreciable que soy. Debajo de todo esta apariencia hay lágrimas muy amargas, cruces que el mundo no conoce y que las llevo arrastrando malamente. Debajo de todo eso no hay más que miseria, miseria asquerosa... ¡Qué vergüenza!, no sé cómo puedo ser así. Cuántas cosas te diría, pero temo escandalizarte. Debajo de ese gesto de irme a la Trapa, del que cree el mundo que lo hago con gusto y sólo por amor a Dios, llevo un hombre, que soy yo , refinado, con horrible repugnancia a la disciplina y con una materia que se rebela. No sabes lo que soy, no me conoces. Me aterra el sufrimiento, cuando debería ser todo lo contrario. Debería amar la cruz, gozar en ella, pero al tropezar en las espinas... Señor, Señor, no sé lo que digo. No merezco el aprecio de ninguna criatura, te lo
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digo en este momento con el corazón en la mano. Dios lo sabe, y yo también. Ya ves, si fuera como debiera y amara al Señor como merece, no debería ocuparme para nada de mí. Pero mi amor a Dios, que es grande, tiene que luchar conmigo mismo, ¿me entiendes? Soy un miserable y no sé cómo me atrevo ni siquiera a hablar de Dios, pero el Señor ¡es tan bueno! Hoy me estoy mirando demasiado a mí mismo, aunque siempre te recomiende a ti lo contrario, y en lugar de predicarte con el ejemplo, mira cómo soy. Pero ten caridad conmigo. Cuando se llevan muchos días de lucha... Solamente temo una cosa: poder escandalizarte. Pero lo doy por bien empleado si de esa manera me llegas a conocer en el fondo, y al llegar a lo profundo de mi alma, te encuentres con lo que realmente hay, miseria y cobardía... No busques otra cosa. Pero mira, a pesar de todo lo que te he dicho, tengo paz. El Señor no me deja detenerme demasiado tiempo en mí mismo, sabe que eso me sienta mal, aunque algunas veces es necesario. Nos quiere humildes y se vale de ese medio. Tu vida interior: amar a Dios. Si amas a Dios, tienes que amar a las criaturas porque son obra suya, son su reflejo y Él las ama. Con eso, ya tienes la caridad. Si amas a Dios no te amarás a ti misma; te verás tan despreciable que no te ocuparás de ti. Ya tienes la humildad.

En la oración monástica, muchos piden la paz para los que están en guerra; yo, por mi parte, le digo al Señor que, como no entiendo sus planes, haga lo que quiera, y le ofrezco mis oraciones y mis súplicas, pero para que Él elija, que sabe más y mejor que yo el motivo, y así no pido lo que no conviene. En cambio a la Virgen María, sencillamente le digo lo que pasa, pero es para que no se le olvide. Cristo dijo: «Pedid y recibiréis» Yo pido mucho, pero para no pedir lo que no conviene, le pido a Dios lo que Él quisiera que le pidiéramos... España está en guerra. Le pido a Dios, o que se acabe o que continúe. Lo que sea mejor, y yo creo que lo mejor es que se cumpla su voluntad. Ahora bien, también le digo: Señor, mira bien lo que haces, que tengo un hermano en el frente... Virgen Maria, acuérdate. Y estoy seguro que tanto Jesús como María me oyen, y no les he pedido nada, por lo menos eso me parece a mí, aunque vaya usted a saber, ¡son tan cucos los frailes! 10 de enero de 1937 - 25 años Mi cuaderno - San Isidro

El Señor me lo dio..., el Señor me lo quitó
Vida de enfermo, quizás sin esperanzas, que sólo vive para esperar la muerte. Dichoso el que espera, y en su enfermedad no ve más que la voluntad de Dios. Llevo unos días en la enfermería de la Trapa, separado, como es natural, de la vida de comunidad. Dios ha dispuesto, para mayor bien mío y gloria suya, que
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y pesan en las espaldas del trapense encargado de orar por el mundo. Se olvida el sueño y el frío; quizás el cuerpo sufra lo áspero de la vigilia, pero Dios lo puede todo. Dios ayuda en estos momentos al alma deseosa de alabarle, al alma que, en medio de sus flaquezas, aspira a que adoren a Dios todos los pueblos de la tierra. El trayecto del dormitorio al Coro es corto pero, en esos breves momentos que se tarda en recorrerlo, pueden ocurrir muchas cosas, se puede gozar y se puede sufrir. No pocas veces nuestra rebelde naturaleza reclama y protesta; la miseria llama y se acuerda de lo que también es miseria. La parte mundana que siempre llevamos dentro también se acuerda del mundo. De ese mundo a quien pasan desapercibidas estas pequeñas cosas que a veces son mínimas tragedias o grandes alegrías que ocurren en los conventos. Año de 1937, bienvenido, seas lo que seas, pues Dios te envía. ¿Qué me traes? Lo mismo me da, pues también el Señor es quien lo envía. Una estrella de luz es la que, iluminando nuestro camino, nos lleva a la humildad de un Portal, y nos muestra aquello que nos ha hecho salir “fuera de los muros de la ciudad” (Cant 3,3s; Hb 13,13). Nos enseña a un Dios que, siendo dueño de todo, de todo carece. Al Creador de la luz y del calor del sol, padeciendo frío. Al que viene al mundo por amor a los hombres, de los hombres olvidado.

No cuento con mis fuerzas para nada; tengo a Dios y si Él me hubiera dejado, hace ya tiempo que no sé lo que hubiera sido de mí. Estoy muy contento porque no hago nada. Hace un año, un confesor me dijo que tenía un desequilibrio nervioso debido a la revolución 4. Pudiera ser cierto, pero yo nunca lo creí así. Entraba en una iglesia y no podía estar, me ponía nervioso, todo me irritaba, y alguna vez fui a confesarme llorando porque no sabía hacer el examen de conciencia y me veía muy pecador. ¿Sabes qué me convenció de que no había tal desquiciamiento? Pues muy sencillo: todo eso me pasaba en lo relacionado con Dios y la religión, y en cambio para lo demás nunca me excitaba. Por ejemplo: si tenía que hacer un acto de paciencia o de caridad con el prójimo, no sabía hacerlo, me irritaba por dentro y no salía bien. En cambio, si se trataba de un acto que me complacía o me halagaba, entonces estaba perfectamente. Es decir, normal para las cosas del mundo y sus diversiones, y, en cambio, con una estúpida excitación para las cosas de Dios. No, mi confesor no acertó, lo vi enseguida. Decía que mi enfermedad, mi salida del Monasterio, mi hermana, los nueve días de incendios y saqueos, etc. Bien está todo eso, pero en ese caso me hubiera vuelto loco para todo y no solamente para una parte. Sin embargo, pasó como pasa todo, incluso las tentaciones que llegan sólo hasta donde Dios les permite.

Se refiere a la revolución de octubre de 1934, en Asturias, durante la que Rafael y su familia estuvieron en grave peligro y pasaron momentos de gran tensión y pánico.

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El Padre Marcelo, maestro de novicios, fue un monje que quiso sinceramente al Hno. Rafael. Según parece, no ocurrió lo mismo con el Padre José Olmedo Arrieta, que le sucedió como Maestro de novicios el 7 de julio de 1935, cuando ya el Padre Marcelo estaba enfermo. El padre José Olmedo ya desempeñaba ese cargo cuando el Hno. Rafael ingresó por segunda vez en la Trapa como oblato, el 11 de enero de 1936. Le apreció poco a juzgar por los testimonios de quienes lo conocieron y trataron. El Padre Teófilo Sandoval testifica:

“Este Padre, José Olmedo, era un excelente religioso, pero algo retraído en sus relaciones con los novicios y como además era de pocas palabras no llegaba a conocerlos profundamente. Sus relaciones con el Hermano Rafael comenzaron unos días antes de volver a la Trapa por segunda vez. En esta ocasión Rafael escribió al nuevo Padre Maestro el 3 de enero de 1936, pidiéndole le contestara lo que tenía que llevar en cuestión de ropa y si podía llevar también algún pequeño libro. En vista de que no recibía contestación volvió a escribirle
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como mucho a dos o tres. Dicen los higienistas que esto es muy sano, no lo dudo, pero bueno, a mí me parecen muy pocos grados... No importa, aprovechémonos ahora, lo mismo con frío que con calor; no es hora de hacer estúpidas reflexiones, aunque a veces yo conozco a uno que las hace, aun en los momentos más serios... Aprovechémonos de la noche para orar, y alegrémonos de que Dios es quien nos llama y quien nos espera en el Sagrario. San Benito nos manda aprovechar los primeros minutos del día; no conviene desperdiciarlos porque son preciosos a los ojos de Dios, que escudriña los más ocultos sentimientos del corazón. Minutos que si de veras amasemos a Dios, deberían parecernos siglos, pues nada más despertarnos el ansia de volar a su presencia nos haría sufrir y tener por larga la distancia entre el dormitorio y el Sagrario. Pobre hombre que todavía peregrinas en la tierra: que te sirva tu flaqueza de escalón para amar a Dios, ya que el poco amor que le tienes no te hace volar por los claustros del Monasterio; ya que tu miseria te pesa y tu carne mortal te hace andar a rastras, no te apures, el que es Infinito ve tu intención, quizás se sonría al contemplar a ese frailecillo con la capucha puntiaguda calada, andando a tropezones por los claustros del Monasterio, con frío y con sueño, pero que dentro de su corazón le canta a su Dios. El silencio de la noche hace grande la más pequeña oración. Las espesas tinieblas resbalan por la capucha,

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añorar lo pasado, ni a temer el porvenir. Dios está presente y sólo Él basta. Todo esta compensado en este mundo. Todo es necesario y está bien dispuesto. En la armonía perfecta de la creación, cada hombre, cada cosa, sigue el curso trazado por Dios. Cuánta alegría nos causa sabernos apoyados en su voluntad. Aquí, allí, ¿qué más da? Allá donde vayamos, estemos donde estemos, si el corazón no lo separamos del de Jesús, ¿qué podemos temer? Cuando la tentación trata de quitarme el sosiego hurgando en mi memoria, haciéndome recordar esto o aquello, mezclando mi vida presente con la pasada o la venidera… Dios, cuya bondad es inmensa, me hace pensar, y a veces, se ríe de mí. Efectivamente, ahora que llega la Navidad y las luchas serán más fuertes, Dios me llama al orden, y sin que nadie se entere, me dice muy suavemente, ¿qué más te da? Y entonces veo la vida muy corta, y hay que aprovecharla, darse prisa, no importa la forma ni el lugar. No perdamos tiempo hablando a los hombres, buscando consuelos, pensando en las dichas pasadas que no volverán. Y el alma comprende y contempla la única verdad, y la verdad es Cristo, que transforma el mundo en un inmenso Portal. Cristo con José y María. Cristo hecho hombre por amor al hombre, que nace entre bestias y pajas, sin casa ni abrigo, y en enorme soledad. Señor, Señor, qué sueño tengo y qué frío hace. Algunos días el dormitorio debe estar a cero grados, o
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de nuevo el 7 de enero, cuatro días antes de presentarse en el monasterio, pero tampoco tenemos noticias de que le contestara. Cuando yo, como Vicepostulador del proceso de Beatificación de Rafael, me presenté al Padre José Olmedo, entonces en la enfermería, le comuniqué que iba a nombrarle testigo para que declarase en el Proceso lo que supiese de Rafael. Entonces me dijo que no le nombrara, pues aunque le constaba que Rafael había sido siempre irreprensible en su conducta, muy educado, muy fino, dócil y amable con todos, no había visto en él nada extraordinario, y no sabía qué declarar en el Proceso. Para el Hno. Rafael fue una prueba muy grande contar con un Padre Maestro que no le apreciaba y que en realidad tenía poco interés en que fuera admitido reiteradamente en la Trapa.”

Nadie está solo cuando quiere de veras servir a Dios. Ya verás cómo Él se las arregla para que encuentres una ayuda si la necesitas. Fíjate bien, si la necesitas según Él, no según lo que tú pienses, ¿me entiendes? Nosotras, pobres criaturas, nada de eso sabemos, ni comprendemos, y generalmente nos equivocamos creyendo ver necesidad donde no la hay. Si tú crees que yo te he ayudado, estás equivocada. No busques en mí un consuelo que me veo impotente para darte. No esperes nada de los hombres, ni aun de los más santos, pues cuanto más esperanza pongas en ellos, mayor será el desengaño algún día. Pon tu
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consuelo y tu amor en Dios, y entonces verás cómo nada es costoso, ni tan siquiera la soledad... Es evidente que a Rafael le supuso un gran sufrimiento su nuevo ingreso en la Trapa. Sólo una atracción invencible pudo darle fuerzas para abandonar el hogar, las comodidades, tan enfermo y necesitado de cuidados como se encontraba. En esta ocasión le costaba mucho más que la primera vez, porque entonces iba lleno de ilusiones, salud y entusiasmo. Ahora todo era adverso, porque sabe dónde va y lo que le espera. Diversos testimonios tomados de varias biografías sobre el Hermano Rafael ( “Vida y escritos” , “Revista Cistercium” ), dejan constancia de los siguientes hechos: “Fray María Rafael viste por segunda vez el hábito del Císter. De nuevo ha debido despedirse de quienes más quería. Otra vez deja el cigarrillo a las puertas del monasterio. Y ahora, no entra, como entonces, pletórico de vida, salud e ilusiones, gozoso de ser uno más entre los monjes cistercienses, entre los que trabajan, ayunan y siguen rigurosamente la Regla de san Benito. Ahora, Fray María Rafael es un enfermo que necesita cuidados especiales, obligado a seguir la Regla con muchas restricciones, a quien le ha de ser negado el duro trabajo del campo, el fatigoso caminar, los potajes y ayunos, el prolongado rezo, la convivencia con sus hermanos en el dormitorio común y en el refectorio de la comunidad..., casi todo, en fin, de lo que se compone la vida cisterciense.
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¿Dónde está la libertad? Está en el corazón del hombre que no está apegado al espíritu ni a la materia, sino sólo a Dios. Está en el alma que no se supedita al "yo” egoísta. El espíritu humano es pequeño, está sujeto a mil variaciones, altas y bajas, depresiones, decepciones..., y el cuerpo ¡con tanta flaqueza! El que ama algo que no sea Dios o pone su corazón en algo fuera de Él, no sabe lo que es gozar de libertad. Esta noche, prisionero en las sillas del Coro, un hombre le pedía a Dios la libertad. Allá, acurrucado en la oscuridad de la iglesia, miraba al Sagrario donde estaba la “resurrección y la vida”. El Señor le hizo ver que la libertad la tenía a su alcance, pues es el corazón unido a Él. ¡Hombres libres que recorréis el planeta!, no os envidio vuestra vida sobre el mundo. Encerrado en un convento y a los pies de un crucifijo, tengo libertad infinita, tengo un cielo, tengo a Dios. En estos días de Navidad mi alma de monje que sólo busca el amor de Jesús, luchará en el silencio y la soledad; y mi alma de hombre sensible, todavía no muerta a los afectos humanos, añora en su flaqueza el calor de la Navidad entre los suyos, en su casa, con sus padres, sus hermanos... Ahora es distinto. Bien está, pues Dios lo hace, que nada en la vida se repita. Bien está que tanto las penas como los dolores, las alegrías y los días felices se sucedan variados. Aprenda en la vida el alma entregada a Dios, a no

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Pero, en cambio, llevemos allá adentro y sin que nadie se entere ese divino secreto que Tú das a las almas que más te quieren. Ocultemos en el último rincón de la tierra nuestras penas y desconsuelos. No llenemos el mundo de tristes gemidos, ni hagamos llegar a nadie la mínima parte de nuestras aflicciones. Seamos egoístas para sufrir, y generosos en la alegría. Hagamos la felicidad de los que nos rodean, y no enturbiemos el ambiente con caras tristes cuando Dios nos mande alguna prueba. Ocultémonos para estar con Jesús en la Cruz; no busquemos atenuar el dolor con el consuelo de las criaturas, pues haremos dos cosas que si bien no son malas, tampoco perfectas. Primero, al dejar a Dios por lo que no es Dios, pues no es su consuelo lo que no viene de Él, y si Él no quiere darlo, al buscarlo fuera de Él, le perdemos a Él, y también perdemos muchas veces el sentido del sufrimiento. Segundo, hacemos o por lo menos queremos hacer participar a los demás de lo nuestro para descargarnos , y con esto conseguimos un alivio ficticio, pues si te duele una muela, te seguirá doliendo lo digas o no. En resumidas cuentas, casi siempre es un acto de egoísmo y de falta de humildad dar importancia a lo tuyo , como si por ser tuyo fuera importante. En cambio, no buscando nada en las criaturas y todo en Dios, se llega a amar la Cruz. Ocultémonos con Cristo para hacerle participe sólo a Él de lo que, mirándolo bien, sólo es tuyo: el secreto de la Cruz.
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Fray María Rafael es un enfermo. Ahora tiene su aposento en la enfermería del monasterio, en ella reza, come y trabaja lo que puede. En ella habrá de vivir el tiempo que Dios le conceda. ¡Cómo humilla esto a su alma ansiosa de penitencia, de trabajos, de la exactitud de la observancia de aquella Regla elegida por él entre todas! Pero en medio de su humillación, el Hermano Rafael es feliz porque posee a Dios. La salud... ¿qué más da? Eso no le perocupa. ¡Es feliz con su hábito y su santo escapulario! ...Llegó el 11 de enero de 1936 y Rafael deja su querida familia, con todos sus cariños y comodidades para entrar en la solitaria enfermería de San Isidro, donde quedará alejado de la comunidad y a solas con su Dios escondido del Sagrario. La alegría y satisfacción que le causó verse de nuevo vestido con el blanco hábito cisterciense y en medio del claustro recogido y silencioso, templó la pena producida por la despedida del hogar familiar y le sostuvo durante una buena temporada. Pero los períodos de bonanza suelen ser cortos. Después de su entrada, el Señor le internó en el desierto del espíritu. La nueva situación de Rafael como oblato perpetuamente enfermo no satisfacía a ciertas personas moralistas de la comunidad, y no tardó el enfermo en percatarse de que el panorama familiar del claustro había cambiado respecto a su persona. Comenzaron a acometerle penosas dudas sobre su nueva vocación cisterciense que expuso a su director espiritual. Éste, para probar la sinceridad de su voca- 97 -

ción, le propuso que si se sentía poco satisfecho de la comunidad se trasladase a los Benedictinos negros, que también siguen y observan la Regla de san Benito pero con un régimen alimenticio más suave, que quizá fuese compatible con su enfermedad. Además, en lugar del trabajo manual, de suyo pesado, le proporcionarían otro más en consonancia con sus aptitudes artísticas y literarias. Dentro del mismo monasterio había sacerdotes que le aseguraban que no tenía vocación cisterciense, pues no podía seguir la Regla ni emitir los votos. Con todo eso le sobrevino la más angustiosa desorientación. Se consideraba un iluso; ni era religioso ni seglar y, encima, estaba escandalizando a sus hermanos de religión. Estos pensamientos torturaban su alma y le sumían en una espantosa desolación. También se le propuso trasladarse a otros Institutos religiosos que, sin duda, dadas las actitudes intelectuales de Rafael, le recibirían con gusto. A estas propuestas contestó Rafael con una negativa: “Yo no podré ingresar en ningún noviciado sino con régimen de excepción que en ningún caso resultará edificante para los novicios, ni honorable para mí. Prefiero quedarme donde estoy tal y como el reverendo Padre Abad me ha admitido, pues juzgo que ésta es la voluntad de Dios”. Su confesor, viendo la firmeza de tal decisión, le animó a perseverar hasta el fin a pesar de las dificultades e inconvenientes que le pudieran sugerir. Rafael quedó y resuelto a rechazar como tentación cualquier intento de volver atrás en el camino em-

un paisaje con niebla. Ciertamente es Dios, pero está detrás de nuestros sentidos, de nuestros sentimientos, de nuestras ilusiones, de las criaturas a las que vamos a buscar en primer lugar. Dios está en todo, pero ese todo no es Dios. Donde claramente se encuentra a Dios es en la soledad de todo. Gran misericordia la suya que haciéndonos saltar por encima de todo lo creado, nos coloca en esa llanura inmensa donde no hay nada que distraiga al alma de Dios. Infinita bondad del Eterno que, sin merecerlo, nos coloca en esas regiones para hablarnos al corazón. Infinita paciencia la de Dios que día tras día, noche tras noche, va tras las almas, a pesar de sus caídas, ingratitudes y egoísmos, a pesar de los obstáculos que continuamente le ponemos, a pesar de escondernos, no de su castigo, sino -vergüenza da decirlo-, de su gracia. Condúceme, Señor, por ese camino de soledades, que es el seguro, pues al no haber otros que lo crucen y siendo Tú el guía, ¿qué hay que temer? Publiquemos las grandezas de Dios. Hagamos llegar al corazón de nuestros hermanos los tesoros de gracias que Dios derrama a manos llenas sobre nosotros. Publiquemos a los cuatro vientos nuestra fe, llenemos el mundo de gritos de entusiasmo por tener un Dios tan bueno. No nos cansemos de predicar su evangelio y decir a todo el que nos quiera oír, que Cristo murió amando a los hombres, clavado en un madero. Que murió por mí, por ti, por aquél...
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el mundo y Cristo. El mundo se busca a sí mismo, y a sí mismo se encuentra. El alma que no busca a Dios, anda detrás de otras almas, y si no las halla llora su soledad con lágrimas que amargan el corazón y no dan consuelo. Dios no permite a sus amigos que busquen otro consuelo distinto a Él. Al principio los engaña con el consuelo de los hombres, pero llega un momento en que los hombres no dan más de sí, y lo que ofrecen es insuficiente para el alma. Cuánto cuesta subir esa pequeña pendiente en la que se van dejando tantas ilusiones, afectos, pedazos enteros del alma. ¡Cuesta, Señor, acompañarte a esas soledades del espíritu y del cuerpo adonde quieres llevarnos! Día tras día, Jesús va haciendo su obra en el corazón de sus amigos. Paso a paso va arrancando, a veces suavemente, a veces de un golpe, tantas y tantas cosas que atan el alma a la tierra y a las criaturas. Dejemos hacerle a Él que es el dueño de todo. Y, efectivamente, si Dios nos quiere para sí, irremisiblemente nos llevará a la soledad, y allí nos hablara al corazón ¡Qué grande es Dios! ¡Qué bien hace las cosas! La soledad es la divina escuela donde se aprende a conocer a Dios y a no esperar nada del mundo. Qué engañados estábamos cuando creíamos que la soledad era cruz. Qué ceguera tan grande es buscar a Dios entre consuelos humanos. Bien es verdad que cuando Él quiere se manifiesta a los hombres de mil modos, pero siempre es a través del consuelo. Es como
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prendido. Pero el Señor quiso someterle a una prueba penosa y desconcertante. Por entonces el reverendo Padre Abad cambió los confesores del noviciado, con lo cual Rafael hubo de separarse del que hasta entonces había sido su mejor consejero y apoyo. El nuevo confesor de Rafael intentó convencerle para que llevase un vida más regalada, alimentándose en abundancia y reposando largamente hasta recobrar la salud. De lo contrario, debería retirarse, pues no tenía vocación para la vida cisterciense. Este proceder desconcertó a Rafael y le llenó de angustia, pues volvieron a torturarle las anteriores oscuridades y dudas sobre su vocación hasta el punto que se vio precisado a cambiar de confesor con el propósito de no seguir una dirección espiritual, sino simplemente confesarse. Así continuó hasta su muerte. En varios pasajes de sus escritos se lamenta Rafael del desamparo espiritual en que se ve por falta de director espiritual. Dios se valió de estas incomprensiones y de este desamparo en que se veía Rafael, para atraerle a la vida contemplativa: «Le conduciré a la soledad, para hablarle al corazón». En una entrevista que tuvo con su antiguo confesor, el Padre Teófilo Sandoval le aseguró que cuando uno hace lo que está de su parte por procurar un buen director y no lo consigue, el Espíritu Santo asumirá con inmensa ventaja ese oficio, y siendo el alma dócil a sus divinas inspiraciones, conseguirá la más alta perfección, pues en los momentos más difíciles le asistirá con el Don de Consejo.

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Esta respuesta calmó enteramente al desolado Rafael y en adelante procuró someterse enteramente a las inspiraciones divinas. Así pudo declarar posteriormente a su antiguo confesor, a quien de vez en cuando acudía, que en todos los trances apurados de su vida espiritual, cuando era preciso tomar una determinación, el Divino Espíritu siempre le asistía con su gracia especial para que no errase, resultando exacto lo que el director le había certificado. Pasada una temporada, los superiores juzgaron conveniente que Rafael comenzase a estudiar el latín para proseguir la carrera eclesiástica hasta llegar al sacerdocio, si era voluntad de Dios. Caso único y excepcional: que un simple Oblato se prepare para la ordenación sacerdotal. Todo en Rafael lleva el sello de la mano de Dios que le quería en la Trapa a pesar de todo. Esta determinación de los superiores resultó para Rafael un sacrificio no pequeño, dado que cuando ya tenía edad para ser sacerdote, debió comenzar a estudiar latín con un grupo de oblatillos de trece años, los cuales, naturalmente, mostraban más soltura y facilidad para aprender las reglas rudimentarias de la gramática. A este respecto dice el Padre Marcos Villa: «Cuando el profesor de latín le preguntaba los ejercicios de los verbos, algunas veces no acertaba con la respuesta. Nosotros, niños aún, al oír el disparate no podíamos reprimir la risa. Pero él no daba muestras de turbación y hasta mostraba una cara sonriente y serena».

ruin y pequeño. Se olvida a los hombres, ocupados en sus afanes, sus luchas y sus miserias. El alma se extraña de que alguna vez haya buscado acomodo en este lugar tan pasajero e insignificante. Se maravilla de que haya hombres que amen a Dios y, sin embargo, discutan y se preocupen del lugar que ocupan en este mundo. ¡Qué mezquinas resultan las ilusiones de los hombres, que se afanan por conseguir algo terreno! Qué importa la salud. Qué más da un lugar u otro, ser querido o despreciado, ser pobre o rico. Todo eso es nada para el alma que vive más de la ilusión del cielo que de realidades terrenas. Se llega a no sentir el frío, ni el sueño; el espíritu se hunde en la inmensidad de Dios, en su Amor infinito. Bien sabe el Señor que cuanto más débil me siento, cuando más lucho con la materia que tira hacia abajo, cuando el corazón se ve sujeto a tantas cosas, entonces es cuando arrodillado delante del Sagrario, en el silencio de la noche, veo que sólo en Cristo se halla descanso. Vemos nuestra nuestra pequeñez y las trampas del mundo, y todo ello nos empuja a buscar lo que no es mentira, lo que es amor y felicidad perfecta, lo único que puede apagar nuestra sed... Cristo. 11 de diciembre de 1936 (25 años) Mi cuaderno. “Soledad” Qué paz tan grande se respira cuando se ven a solas el alma y Dios. Qué caminos tan distintos llevan
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Fray María Rafael es un enfermo. Ahora tiene su aposento en la enfermería del monasterio, en ella reza, come y trabaja lo que puede. En ella habrá de vivir el tiempo que Dios le conceda. ¡Cómo humilla esto a su alma ansiosa de penitencia, de trabajos, de la exactitud de la observancia de aquella Regla elegida por él entre todas! Pero en medio de su humillación, el Hermano Rafael es feliz porque posee a Dios. La salud... ¿qué más da? Eso no le perocupa. ¡Es feliz con su hábito y su santo escapulario! ...Llegó el 11 de enero de 1936 y Rafael deja su querida familia, con todos sus cariños y comodidades para entrar en la solitaria enfermería de San Isidro, donde quedará alejado de la comunidad y a solas con su Dios escondido del Sagrario. La alegría y satisfacción que le causó verse de nuevo vestido con el blanco hábito cisterciense y en medio del claustro recogido y silencioso, templó la pena producida por la despedida del hogar familiar y le sostuvo durante una buena temporada. Pero los períodos de bonanza suelen ser cortos. Después de su entrada, el Señor le internó en el desierto del espíritu. La nueva situación de Rafael como oblato perpetuamente enfermo no satisfacía a ciertas personas moralistas de la comunidad, y no tardó el enfermo en percatarse de que el panorama familiar del claustro había cambiado respecto a su persona. Comenzaron a acometerle penosas dudas sobre su nueva vocación cisterciense que expuso a su director espiritual. Éste, para probar la sinceridad de su voca- 97 -

Al mismo tiempo que comenzó el estudio del latín, se le permitió salir con los novicios al trabajo del campo, ocupándose en los quehaceres que no exigían mucho esfuerzo físico. Cuando trabajaba con los otros, solían llevarle ventaja, pues la debilidad física de Rafael no le permitía seguir el ritmo acelerado de sus compañeros. Esto le resultaba humillante, pero en compensación se ejercitaba en actos interiores de conformidad con la voluntad divina, humildad, paciencia y sobre todo, de amor a Dios. Más tarde, viendo los superiores que el trabajo del campo, aun realizándolo con toda moderación, le fatigaba y desgastaba más de lo justo, le mandaron trabajar dentro del monasterio. Esta medida y otras parecidas que iban tomando los superiores para conservar y sostener las fuerzas de Rafael, sin pretenderlo, le herían en los sentimientos más vivos, dado que tanto le agradaba la vida en comunidad, el trato con sus hermanos y la expansión del ánimo contemplando las bellezas de la naturaleza y el aire libre. El horizonte expansivo de Rafael se iba estrechando y cerrando dentro de los límites del monasterio. Las horas del trabajo se deslizaban en la enfermería dedicándose a faenas de limpieza o a la pintura; en la chocolatería envolviendo pastillas de chocolate, o preparando legumbres u hortalizas para el servicio de la comunidad. Muchos días trabajaba solo porque todos los compañeros de noviciado salían a trabajar al campo, lo cual le ocasionaba honda tristeza al verse apartado y encerrado entre cuatro paredes, desde
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donde no veía ni el cielo, ni el sol, ni los campos, ni las aves, ni gozaba de la compañía de sus hermanos. Todo este aislamiento y soledad se le disipaba en el momento en que ponía sus pies en el Coro, mientras se le permitió rezar y cantar el Oficio divino. Allí se inflamaba su corazón. Se le conocía en el rostro animado y en lo sonoro de la voz, pues con tanto empeño cantaba y alababa al Señor, que a veces tenía que intervenir el chantre para recordarle que no estaba solo en el Coro y que debía atemperarse a la marcha general. Pero llegó un día en que agravada su debilidad y sintiendo mucho cansancio al permanecer tantas horas de pie, juzgaron los superiores conveniente que no asistiera al Oficio en el Coro. Fue para él un golpe mortal. Desde entonces se le veía detrás de las columnas siguiendo como podía el rezo y empañados sus ojos en lágrimas, al verse privado del inmenso consuelo que siempre había sentido en compañía de sus hermanos alabando al Señor. Rafael se veía solo, fuera del Coro y le parecía que estaba como excomulgado y que Jesús no le admitía a cantar sus alabanzas con la comunidad. Donde más horas pasaba y más sentía el peso de la soledad era en la enfermería, que vino a ser para él lo que la jaula para el ave. En ella trabajaba, estudiaba, comía y dormía el enfermo, oraba y escribía el monje, pero también sufría el corazón sensible y delicado. Todo esto hacía Rafael en el retiro de su enfermería. Por razón de su diabetes, se veía precisado de una sobrealimentación que excedía a lo que solían dar a los demás enfermos. Esto le ocasionaba muchos disgustos
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fermedad, situación que obliga a sus superiores a decidir su salida de la Trapa para mandarlo a su casa, debido a las difíciles condiciones de la vida monástica en tiempos de guerra. Es el único escrito que queda de la tercera estancia del Hno. Rafael en el Monasterio.

MI CUADERNO
Estas líneas están escritas para consuelo en mis soledades. Escritas siempre a los pies del crucifijo que preside mi pupitre, para que Él guíe mi pluma y acierte a decir algo, que aunque no sea nuevo ni esté bien dicho, sirva para llegar al corazón del que lea esto, y después de hacerle reflexionar, le acerque más y más a nuestro Dios, al cual no se llega ni por el estudio profundo, ni por largas discusiones con los hombres, sino por la continua y simple mirada desde los pies del crucifijo. Si el mundo supiera cuanto se aprende a los pies de la Cruz. Si supiera que toda la teología, la mística y la filosofía escrita en mil años no sirve para nada, si no se medita a los pies de la Cruz de Cristo... Si el mundo supiera que la ciencia no sirve de nada y a nada conduce cuando no va encaminada al perfecto conocimiento de Dios, y de uno mismo. Si el mundo supiera algo de esto estaría menos loco, y los hombres no perderían su tiempo en vanas discusiones, llenas muchas veces de soberbia y que
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Comienzo del escrito titulado: “Mi cuaderno”.
El Hno. Rafael permanece como oblato en el Monasterio de San Isidro de Dueñas desde su último ingreso, el 11 de enero de 1936. El 29 de septiembre de ese mismo año sale nuevamente del Monasterio con otros monjes jóvenes, al ser llamados al frente de combate de la guerra civil española. El 6 de diciembre, después de haber sido declarado inútil total para el servicio en el ejército, el Hno. Rafael vuelve de nuevo a la Trapa. El 8 de diciembre de 1936 (la Inmaculada Concepción), contando con 25 años de edad, inicia en el Monasterio de San Isidro de Dueñas un cuaderno de monólogos que dedica a su hermano Leopoldo, escrito a los pies del crucifijo de su pupitre, en la enfermería del Monasterio. Termina sus reflexiones el 6 de febrero de 1937, día en que se agrava de nuevo su en- 110 -

al darse cuenta de que algún enfermo se lo censuraba, diciéndole que mejor sería se volviera a su casa donde podría regalarse cuanto quisiera sin escandalizar a nadie. Mientras había estado en el monasterio su primer enfermero (Hermano Tescelino), obligándole éste a tomar cuanto se le diera sin preocuparse de tales comentarios, no hubo problemas. Pero logró que los siguientes enfermeros le disminuyeran la ración para no sufrir él mismo y no ser causa de sufrimiento para los demás. Esto influyó notablemente en el decaimiento físico del enfermo. Para Rafael las horas de las comidas eran de indecible sufrimiento. Hubiera querido no tomar nada y morirse de inanición antes que dar a nadie ocasión de escándalo o dolor. Precisamente por no hacer sufrir al enfermero, le dijo poco antes de morir que no se molestase en levantarse durante la noche aunque se agravara su enfermedad. Le tocó convivir con el Padre Pío Martínez que, a causa de una enfermedad mental aguda y de su modo de ser, era un auténtico martirio para todos los que le trataban. Entre éstos, como es natural, a los enfermos compañeros suyos, entre ellos y de forma especial, al Hno. Rafael.”

Fragmentos de las cartas dirigidas por el Hno. Rafael a su padre y a su tía María desde la Trapa; 9, 18 y 23 de febrero de 1936 (24 años):
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Si vieras, querido padre, esto es tan corto y pasa tan deprisa... Si yo pudiera hacer ver a todo el mundo que sólo hay una cosa necesaria, y que todo lo demás... En fin, ¿qué quieres que te diga que tú no sepas? Nada te puede decir tu hijo que, seguramente, no hará sus votos delante de los hombres, pero que cada día es más trapense delante de Dios. Qué más da, la cuestión es saber aprovechar esta vida, sea de una manera o de otra. Él nos quiere así, débiles y pecadores. ¿Qué se va a esperar de nosotros? Te aseguro que caeré en tentaciones, no cumpliré mis propósitos y no corresponderé a los beneficios de Dios, pero nada de eso me desanima. Todo lo contrario, cuanto más conozcamos lo que somos, menos esperaremos de nosotros mismos y más acudiremos a Dios. Con Él lo podemos todo. Comprendo tu intranquilidad pero no creo que sea para tanto 5. ¿Qué quieres que yo te diga? Nada. Que no te apures, y si quieres que te diga la verdad, no sé nada de lo que pasa. Para eso están mis superiores. A la comunidad no llegan más que rumores, pero por lo que me han dicho, por ahora no hay motivos para temer. No sé, tú sabrás mejor que yo, que estás en el mundo, pero por mí no te preocupes. Nada nos puede hacer la revolución a los trapenses. Nuestro tesoro y nuestra vida es Dios y, afortunadamente, a Dios no nos lo pueden quitar ni con leyes, ni con sangre.
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No te preocupes por mí, ni si soy feliz o desgraciado. Estoy con Dios y eso me basta. Él me tratara como mejor me convenga. ¿Yo qué sé? Cuando nos toca gozar, gocemos con alegría, y cuando padecer, pues también. El Señor lo mismo está en el Tabor que en el Calvario. De lo que pasa en el mundo no sé nada. De las elecciones tampoco; por el Rvdo. P. Abad sabemos que han perdido las derechas, y mi padre me escribió todo apurado. Pero aquí lo que estamos haciendo es lo de siempre, pidiendo por España, pero sin saber nada. Si pasa algo, ya nos lo dirán los superiores; yo confío mucho en la Virgen. No hay que apurarse, los hombres no llegan más allá de donde Dios lo permite. A mí todavía no me dejan levantarme a las dos de la madrugada; lo hago a las tres y media. Al principio me costaba mucho sacrificio levantarme tan tarde, pues casi duermo más que en el mundo, pero si algo me ha de santificar es la obediencia. No te digo más que por obediencia hasta estoy engordando. Que podamos ver el mundo tal como es; que veamos a Dios en las criaturas y prescindamos de ellas; que nosotros mismos desaparezcamos y aniquilemos este «yo» que tanto nos estorba. Entonces tendremos paz, deseando sólo lo que Dios quiere.

Se refiere al triunfo de las fuerzas políticas de izquierda en las elecciones generales. - 104 -

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remos eso, criaturas. ¡Y qué!, nada..., criaturas que pasan y que si te aficionas a ellas, tarde o temprano el Señor te hará ver que no son nada, y entonces la ilusión que en ellas tenías, desaparecerá, y esto te servirá para acercarte más a Dios. Él lo llenará todo, lo verás en todo, y tus mismas miserias te servirán para amarle, pues a pesar de ellas comprenderás que Él te ama. No te importe la pobreza, el desamparo del mundo y la enfermedad, ello te servirá para que disfrutes de lo que el Señor te tiene preparado; y todo eso, no solamente aceptarlo, sino amarlo, pues como dice san Francisco de Sales: «La virtud de la pobreza no está en ser pobre, sino en amar la pobreza» . Pues yo creo que lo mismo pasa con todo, ¿no te parece? ¿Qué más da el lugar? ¿Qué más da ser el primero o el último, si el puesto que tenemos en la tierra es el que ha elegido el Señor para nosotros? Ocupémoslo bien. Amemos nuestro lugar en la tierra, pues es voluntad de Dios. No nos importe que sea alto o bajo, que sea con salud o sin ella, que sea en la tierra o en el mar. Esperemos con fe, con paciencia, desprendidos de nosotros mismos, sin deseos propios, sin buscar cruces, ni caminos, que el Señor nos mostrará la senda o la carretera, lo mismo da con tal de que nos conduzcan a Él. Y también nos dará la cruz sin elegirla nosotros. Aceptémosla y saltemos de gozo por la dicha inmerecida de tenerla. Bendita cruz que nos aproxima a Él.

Estate tranquilo, ¿por qué apurarse? Todo es una gran misericordia de Dios, y los hombres no llegan más allá de donde Él lo permite. Te aseguro que estamos tan tranquilos; seguimos cantando al Señor en el Coro y, como siempre, pidiendo que se cumpla nada más que su voluntad. Si nos persiguen las leyes por ser discípulos de Cristo, lo mismo nos persiguen aquí que donde vayamos, pues siempre seguiremos al divino Maestro, y cuanto más perseguidos, mejor. No te preocupes, pues, por tu hijo, que está con la pena natural por la situación de España, pero en cuanto a su persona, tan tranquilo. Sólo Dios basta. …En primer lugar, querida tía, te diré que cuando recibas carta mía es porque Dios, por medio de mis superiores, así lo ha dispuesto, y cuando no la recibas, debes ver en ello también la voluntad de Dios. He venido a la Trapa para ser en lo posible olvidado de todos y permanecer en silencio delante del Sagrario. Es la única manera en que puedo ayudarte, y quizás más de lo que supones. En el mundo hacía lo que yo quería, buscaba el consuelo que mi alma pedía, y obraba por la gloria de Dios, "pero" siempre guiado por mi voluntad y mi modo de ver. Ahora es otra cosa; no puedo hacer lo que quiero. Bien es verdad que no quiero nada, pero bueno, ya me entiendes. La obediencia apenas cuesta cuando de verdad se ve la voluntad del Señor incluso en los menores detalles. En fin, todo es una gran misericordia.
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Si vieras lo que he cambiado en este mes... Cuánto le agradezco al Señor todo lo que hace conmigo; no sé dónde meterme. Lo que sé decirte es que cuando vine estaba lleno de deseos; ahora no tengo ninguno. Veo la mano de Dios palpable en todo y le bendigo desde el fondo de mi corazón, en medio de mi enfermedad y de todos los sacrificios, que ya no lo son. ¡Es tan agradable y tan dulce estar en las manos de Dios! Entonces no desearemos nada, ni buscaremos el consuelo de las criaturas, ¡es tan pequeño! Yo creo que es mejor no buscar nada, pues el Señor nos va dando a medida de nuestra necesidad los manjares que Él ve convenientes. ¿Qué sabemos nosotros lo que necesitamos? Creemos una cosa y es otra; buscamos a lo mejor consuelo cuando el Señor nos quiere tener en la cruz, y buscamos cruz, cuando no podemos con ella. No desear, no buscar, no pedir, solamente entregarse en las manos de Dios como un niño pequeño. No veo otro camino, y eso ¡es tan fácil! Yo vine a la Trapa buscando una cosa, y el Señor, en su infinita bondad y misericordia, me ha dado otra. Queremos una cruz y no es la que conviene, pues es la que nosotros nos creamos. Debemos querer la que Dios nos envíe ¡Cuántas veces nos engañamos en esto! Te lo repito: deja hacer al Señor. Él te enviará consuelo y te alimentará con alimentos dulces, cuando así te convenga, y te mandará cruz y sequedades e incluso hará entrar tu alma en agonía, siempre que sea necesario; y Él sabe mejor que tú lo que conviene, y entonces, ya verás como en medio de todo y de todos tendrás paz.
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Verdaderamente, gran cosa y enorme misericordia de Dios es verse inútil y humillado por no servir para nada; no poder seguir la Regla y estar enfermo. Si vieras cuánto le agradezco al Señor todo esto. Con qué delicadeza me ha hecho ver mi amor propio y me ha dado a conocer mis enormes imperfecciones. Ha sido necesario que el Señor me pusiera en este estado, para que abriera bien los ojos, para que desterrara mis deseos, incluso el de ser trapense; para que me abandonara en sus manos; para que le amara más cada día, al ver que solamente Él puede llenar lo que pide mi alma. Ha sido necesaria mi enfermedad para que yo viera que aún estoy sujeto al mundo, a las criaturas, a mis flaquezas... Y, así, comenzar a vivir de la caridad y colgado de la mano de Dios. ¡Qué ciego estaba! Los primeros días me entristecía el comedor de la enfermería, separado de mis hermanos; ahora bendigo desde lo mas profundo de mi corazón a Dios, que si bien a veces nos parece que nos trata con dureza, ¡qué engañados estamos! Ya ves, algún Padre pide por mi salud. Bien está si me conviene y por lo menos no siga siendo tan inútil como ahora para la comunidad. Pero yo, por mi parte, no solamente no pido la salud, sino que precisamente gozo en mi inutilidad, que tanto me ha servido para conocerme, para desterrar mi enorme amor propio y para bendecir a Dios. Todo es nada en el mundo. Sólo Dios nos puede satisfacer. No busquemos a las criaturas, pues encontra- 107 -