Las Palmas de Gran Canaria, 10 de noviembre de 1913

En la estrecha bocacalle el viento del Atlántico soplaba en ráfagas
rápidas y frías, cuya humedad te calaba hasta los huesos, y los dos
jóvenes, que habían salido de la cantina con el cuerpo caliente y la
garganta ardiendo, se estremecieron y se arrebujaron dentro de sus
abrigos, apresurándose a abandonar aquella callejuela que los alejaba del
mar. Cruzando la siguiente esquina, llegaron a la plaza de San Antonio
Abad, donde ya no soplaba tanto el viento, y, refugiándose del frío junto a
la ermita del mismo nombre, se frotaron los brazos en un intento de
entrar en calor.
—Ten —dijo el más alto de los dos, sacando de dentro de su abrigo
una bota de vino.
El otro, más bajo y fornido, esbozó una sonrisa traviesa antes de
dejar correr el vino por el gaznate. Luego, más repuesto, dijo:
—A ver así —devolvió la bota a su amigo y pareció retomar una vieja
conversación. Dio un paso hacia atrás a la vez que adoptaba una
expresión concentrada y una postura de declamación, antes de decir con
solemnidad—: «Quiero acercar mis labios a tus labios para beber de las
fuentes de tu saliva, y mi boca a tu coño de manera muy furtiva».
Su acompañante no tuvo éxito en el pobre intento que hizo de
reprimir su risa.
—Eso no tiene sentido, Gabriel.
—Vale, vale. Otra vez. —Gabriel frunció el ceño, pensando en una
nueva rima. De repente, elevó el dedo índice para indicar que había
tenido una idea y dijo—: «Quiero acercar mis labios a tus labios para
beber de las fuentes de tu saliva, y mi boca a tu coño como en una noche
festiva».
El otro dio un sorbo a la bota, antes de dar su opinión:
—Esta es, definitivamente peor que la anterior.

—Joder, Antonio, es que las rimas con saliva son muy difíciles.
—A ver, Gaby, prueba algo así: «Sueño con llevar mi boca a tu boca,
beber de las fuentes de tu saliva, a medida que te pongas lasciva, besar
tu coño a ver si te sofocas».
—Lasciva; esa es buena.
—Gracias.
—¿Endecasílabos? —preguntó Gabriel con incredulidad.
Antonio contó mentalmente durante unos segundos.
—Creo que sí, pero habría que retocarlo. La poesía no se me da
especialmente bien.
—Mejor que a mí, al menos. Pásame la bota, anda —Tras dar otro
sorbo, Gabriel añadió—: ¿Y si pruebo con poesía menos guarra?
—¿Qué tienes en mente?
—Algo quizás más amoroso. Vamos a ver… ¿Intento un cuarteto?
—Buena elección.
—Venga. —Adoptando de nuevo la pose digna de un poeta, dijo—:
«Sueño con llevar mis labios a tus labios, beber de las fuentes de tu
saliva, convertirte en mi dulce cautiva, y…». —De repente, su labia
pareció desinflarse—. No se me ocurren rimas con labios.
—Es

difícil

—convino

el

otro—.

¿Pintalabios?

¿Astrolabios?

¿Resabios? Mmh… No sé yo… Prueba otra cosa.
—Vale. «Sueño con llevar mi boca a tu boca, beber de las fuentes de
tu saliva, convertirte en mi dulce cautiva, y… Y…»
—Y te falta una sílaba en el tercer verso. Tienes una sinalefa:
convertirte-en.

—¡Mierda puta! —exclamó Gabriel, sonriendo para dejar ver que
todo este asunto era completamente banal para él.
—Déjalo, Gaby. Nunca conquistarás a una mujer con el poder de tu
verso. Si vas a depender de tus dotes literarias para llevarte a una chica al
huerto, te veo célibe.
Gabriel puso cara de alarma.
—¡Antes muerto!
—Venga, vamos. —Su amigo le cogió del brazo para separarle de la
ermita y seguir su camino por las calles de Vegueta, pero Gabriel no
parecía tan convencido.
—Ya lo tengo —dijo al final, mientras bajaban por la calle Armas—.
Mira qué bonita. —Carraspeó con falsa solemnidad antes de decir—:
«”¿Qué es poesía?” Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila…»
—¡Eso es de Bécquer, bastardo!
—Ya, pero ¿a que es preciosa?
Ambos rieron con ganas el viejo chiste. Su profesor de literatura en
la escuela estaba absolutamente enamorado de los viejos románticos,
mejor cuanto más cursis. Recitaba rimas de Bécquer a todas horas, como
un mantra, y ellos, a fuerza de tanto oírlas, se las sabían todas de
memoria. A buen seguro que el pobre maestro se sonrojaría si oyera las
nobles rimas que estos dos iban componiendo.
—¡Cállense ya, gamberros! —Una vieja matrona se había asomado a
uno de los balcones de la calle. El blanco camisón no hacía sino resaltar
sus demasiado generosas formas.
— «¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú» —le dijo Gabriel como
toda respuesta.

Ambos volvieron a reír con ganas, mientras la anciana se retiraba al
interior de la alcoba, para volver a salir segundos después armada con un
viejo orinal que a buen seguro estaba lleno. Los dos amigos corrieron
alejándose del balcón, pero aún riendo.
Callejearon hasta perder de vista la calle Armas y se resguardaron
en un portal cualquiera, las respiraciones entrecortadas por las risas y las
carreras.
—¿Y ahora qué? —Antonio le miró, las mejillas ardiendo, casi tan
rojas como su nariz.
Gabriel le sonrió con picardía.
—¿Qué te parece si ponemos tus versos a prueba?

*

No tardaron mucho en llegar a una bastante discreta y casi
exclusiva casa de señoritas cerca de allí.
—Buenas noches, señores. —Un jovencísimo sirviente les atendió en
la puerta y les ayudó a quitarse los abrigos en el vestíbulo—. Si son tan
amables de esperar aquí, se les atenderá enseguida. ¿Puedo tal vez
ofrecerles una copa de vino durante la espera?
Antes de que pudieran contestar, una mujer apartó las cortinas que
separaban el vestíbulo del salón principal y los miró con fingida severidad.
—No creo que sea necesario, Manuel —dijo dirigiéndose al criado,
pero sin apartar la mirada de los dos jóvenes—, me parece que estos dos
ya están sobrados de vino.

—Como queráis, mi señora. Si me permitís… —El sirviente se retiró,
desapareciendo tras las pesadas cortinas de terciopelo rojo.
—Madame Sophie —Gabriel se dirigió a la esbelta mujer y besó la
mano que le ofrecía.
Ella le miró un momento, la mirada severa y el ceño fruncido, luego
como si hubiese estado aguantando la risa, explotó en una carcajada
cristalina.
—¡Ah, bribón! —le dijo mientras pellizcaba las mejillas del joven con
considerable afecto—. Siempre vienes aquí borracho.
—Esa es la mejor manera de disfrutar, madame.
Ella volvió a reír mientras saludaba también a Antonio. Ambos eran
conocidos de la casa, sobre todo Gabriel, al que su padre había traído por
primera vez años atrás, cuando aún era un niño, con la esperanza de que
lo convirtieran en un hombre. Ella se había encargado personalmente de
él. Sophie ya estaba retirada y le dejaba el trabajo a sus chicas, pero a
veces aparecía un muchacho que le gustaba, y disfrutaba tomándolo.
Gabriel había sido uno de ellos, con su hermoso rostro y su insaciable
apetito, que le hacían irresistible. Con el paso de los años, Gabriel se
había convertido en un hombre muy apuesto, y aún ella a veces se
encargaba de complacerlo cuando acudía allí, lo que solía ser muy a
menudo, y había terminado por cogerle cariño.
Sophie los condujo al salón principal, donde un considerable número
de bellísimas jovencitas entretenía a los clientes que aún no habían
subido a los dormitorios. El salón, de estilo clásico, estaba decorado con
fino gusto. Sophie podía ser una puta, pero en todo caso no era una mujer
vulgar. Cuando consiguió el dinero suficiente para dejar de trabajar para
otros y montar su propio negocio, se había propuesto crear un sitio
elegante y luminoso, muy alejado de los tugurios oscuros y malolientes
que solían ser los burdeles de esa ciudad. A ella le gustaba pensar que
esto era su pequeño Montmartre, donde los burdeles crecían bajo la

sombra del Moulin Rouge, y por eso, aunque sus tarifas eran muy caras,
solía hacer la vista gorda con los artistas, los pintores y escritores que
malvivían en esa ciudad que no respetaba las bellas artes. Esos eran sus
bohemios y ella los dejaba hacer noche allí, les daba un trozo de pan y les
mandaba una bonita chica para que les hiciera compañía a cambio de
unas pocas monedas, un poema o una canción tocada en el viejo piano
del salón. Para recordarse a sí misma esa actitud, y aprovechando que la
casa estaba construida sobre lo que decían que había sido un antiguo
molino, había pintado la fachada de rojo y llamado a su local Le petit
moulin rouge.
Pero, por lo general, eran los hombres pudientes los que acudían al
lugar: nobles, ricos comerciantes, terratenientes o políticos que se
entregaban a los más voluptuosos placeres que la noche les ofrecía. Ahora
en el salón había unos pocos, que apuraban sus copas de vino mientras
conversaban entre ellos o con las chicas que había a su alrededor.
+
Gabriel se sentía como en casa. De hecho, pensó divertido mientras
miraba a su alrededor, deleitándose con el ambiente que se respiraba en
el salón, era probable que pasara más tiempo en este lugar que en su
propia casa. Muchas chicas lo saludaron con alegría cuando él entró, era
evidente que allí era muy conocido. Antonio ya había encontrado
compañía, y subía las escaleras hacia los dormitorios con una joven
morena. Pero Gabriel no parecía poder decidirse esta noche.
Madame Sophie lo cogió por el brazo, y apretó ligeramente su
cuerpo contra el de él.
—¿A quién te apetece tener esta noche, eh? —le susurró, muy cerca
del oído, haciéndole temblar con su todavía muy marcado acento francés.
Gabriel volvió a mirar a su alrededor, sopesando con la mirada todo
lo que veía.

—No lo sé. ¿Hay sangre nueva? —preguntó al fin.
—Tú siempre a la caza de la novedad —le reprochó en broma—. Hay
una nueva, pero la tengo ocupada en este momento. Tendrás que
conformarte con alguna de las viejas.
Gabriel le dedicó una media sonrisa, mientras intentaba averiguar si
aquello había sido una insinuación. Sophie no era una mujer a la que se
pudiera comprar o seducir, y solo se la tenía cuando ella así lo decidía. Y
cuando eso ocurría, solía valer la pena.
—Sabes muy bien, querida —le dijo—, que también sé apreciar el
valor de la experiencia.
Sophie le devolvió la sonrisa, pero antes de que le diera tiempo a
contestar, una voz aguda e infantil los interrumpió:
—¡Gabriel! —Una joven de cabello azabache y rostro aniñado se
acercó a ellos, poniendo pucheros—. ¡Mira que eres malo! No me puedo
creer que lleves cinco minutos aquí, de pie, mirando, y que aún no te
hayas decidido por mí. Pensaba que era tu favorita…
Gabriel rio con deleite.
—Claro que eres mi favorita, María —mintió con descaro, mientras
rodeaba la estrecha cintura de la joven con sus manos—. Solo estaba
esperando para hacerte enfadar.
—Intentando ponerme celosa, serás ruin. —La chica hizo un
encantador mohín con su pequeña boca, a lo que Gabriel contestó
riéndose de nuevo. Parecía que por fin se había decidido—. Vas a tener
que recompensarme por esto.
Sophie se retiró con discreción en cuanto vio que sus servicios ya no
eran necesarios. Ninguno de los dos jóvenes pareció darse cuenta.

—Oh, y lo haré —dijo Gabriel—. He escrito unos versos solo para ti.
¿Quieres oírlos?
—Claro que sí, amor. En mi dormitorio. Vamos.
Cogiendo su mano, llevó al joven escaleras arriba. Gabriel se dejó
guiar como si no conociera aquel lugar como la palma de su mano, y
como si no supiera perfectamente cuál era la puerta que llevaba a la
habitación de María.
Una pequeña cómoda y un armario eran todo el mobiliario del
dormitorio, aparte de la cama. Antigua, de madera maciza y con dosel. Así
eran casi todas las camas de aquel sitio, otro toque más de distinción.
Pero Gabriel apenas se fijaba en eso, mientras se concentraba en
desabotonar el vestido de la muchacha. Ella reía divertida ante sus
considerables e inútiles esfuerzos. Finalmente apartó las manos del joven
de los broches de su vestido y las condujo hacia sus pechos, mientras se
ponía de puntillas para besarlo en los labios.
—Déjame eso a mí, amor —susurró entre besos.
Él le respondió con pasión, lamiendo y mordiendo sus carnosos
labios. María terminó de desabotonarse el vestido y la ropa interior, y dejó
que las prendas se derramaran por su cuerpo, hasta caer inútiles a sus
pies. Gabriel contempló durante un momento el cuerpo de la joven, sus
pequeños pechos de niña, sus redondas caderas, sus esbeltas piernas,
mientras sentía el avance de la excitación. Acarició todo su cuerpo con las
manos ansioso por poseerla, mientras besaba y lamía la delicada piel de
su cuello.
Ella se apartó bruscamente de él y, sin dejar de mirarlo a los ojos, se
tendió en la cama, exponiendo su gloriosa desnudez. Luego, antes de que
Gabriel tuviera tiempo de unirse a ella, le preguntó:
—¿No tenías unos versos para mí?

—No podrías recordarlos ni aunque quisiera, tu belleza me tiene
completamente abobado.
Ella gateó hasta el borde de la cama, donde él se mantenía de pie, y
le mordió la entrepierna por encima de los pantalones. Luego, empezó a
desabrochárselos.
—Anda —pidió, poniendo morritos—. Inténtalo.
Gabriel hizo un esfuerzo por recordar.
—«Sueño con llevar mis labios a tus labios, beber de las fuentes de
tu saliva, convertirte en…»
No pudo seguir. María había conseguido sacar sus genitales de los
pantalones y los lamía ahora con infinita delicadeza. Lanzando un largo
gemido de placer, sostuvo la cabeza de la chica entre las manos,
meciéndola, apretándola contra su regazo animándola a profundizar la
felación. Sin embargo, al ver que él callaba, María dejó lo que estaba
haciendo y miró hacia arriba.
—Sigue —le alentó.
Al darse cuenta de que ella no seguiría si él no hacía lo propio, lo
intentó de nuevo.
—Así no era, me he equivocado. Empezaré otra vez. «Sueño con
llevar mi boca a tu boca» —En cuanto él empezó a desgranar los versos,
ella volvió a lamer su glande—. «Beber de las fuentes de tu saliva» —
jadeó a la vez que acariciaba sus negros cabellos. El resto del cuarteto se
negaba a acudir a él—. Así no puedo, María —se quejó.
—Está bien, entonces. —Apartó su enloquecedora boca de él—. Te
daré un respiro. Termina tú el poema, y luego yo termino lo mío.
Gabriel cerró los ojos y respiró hondo, en un intento de serenarse,
luego recitó:

—«Sueño con llevar mi boca a tu boca, beber de las fuentes de tu
saliva, a medida que te pongas lasciva, ir a tu coño a ver si te sofocas».
Ella rio, y él abrió los ojos.
—Eso no es precisamente lo que estamos haciendo.
—No, no lo es —convino él.
—Entonces, podría ser así: «Sueño con llevar mi boca a tu boca,
beber de las fuentes de tu saliva, y a medida que me ponga lasciva, ir a
lamer la polla que me provoca».
—Eso es más acertado a la situación actual —dijo sorprendido por la
agudeza mental de la joven y, a la vez, dispuesto a no alabarla por ello—,
pero el cuarto verso sigue teniendo doce sílabas.
—¿Y a quién le importa? —dijo ella, volviendo a lamerle las ingles.
—No, espera —pidió a la vez que la apartaba—. Esta noche quiero
hacerlo como a mí me gusta.
Un levísimo gesto de disconformidad cruzó rápidamente el rostro de
María, pero retomó el control de sus facciones ante el temor de que
Gabriel pudiera percibirlo.
—Como quieras, amor —dijo.
—¿No se lo dirás a Sophie, verdad? —le preguntó él, en tono
inseguro, acariciándole la barbilla con suavidad.
Fingiendo una sonrisa complaciente, negó con la cabeza. Luego
gateó sobre la cama hasta la mesita de noche, y de un soplido apagó la
vela, dejando la habitación a oscuras. Adoptó la postura que sabía que él
deseaba, se quedó quieta y cerró los ojos, anticipándose. A buen seguro,
pensó mientras las manos de su cliente tanteaban sus caderas en la
penumbra, Gabriel nunca se atrevería a componer un cuarteto acerca de
lo que estaba a punto de hacerle.