Mendoza

La conversión y la identidad. Hacia ellas apuntaban nuestras actividades de
esta mañana. Hacia la conversión y la identidad apuntan también las
lecturas de la liturgia de hoy. La pregunta es cómo construimos nuestra
identidad.

El

evangelio

nos

presenta

dos

modelos

opuestos

e

irreconciliables de construcción de la identidad. El paso de un modelo a otro
lo podríamos llamar conversión. Pero veamos estos dos modelos más de
cerca.
El fariseo para construir su identidad y su seguridad tiene necesidad
del espejo deformante que denuncia y expone al desprecio los defectos
ajenos («no soy como los demás: ladrones, injustos y adúlteros, ni como
ese publicano»). El fariseo construye su identidad en oposición a los demás.
Es una identidad excluyente, una identidad frágil, una identidad que para
mantenerse

necesita

que

haya

los

malos.

Una

identidad

tribal,

segregacionista, que para afirmarse necesita hacerlo a costa de alguna
víctima, de alguna oveja negra, de algún crucificado, de algún chivo
expiatorio. Es una identidad que crea víctimas, que crea marginados.
Todos estamos envueltos en esta mentalidad, en esta atmósfera
mortal, desde los orígenes del mundo: para afirmarme necesito negar al
otro. Se trata de una mentira: la incapacidad de ver al otro como hermano.
Lo atestiguan las Escrituras Sagradas: la historiad e Caín y Abel, la de José
el Soñador, la de Amos, la de Jeremías, la de Juan el Bautista, la de Jesús de

el diablo. masones. con el acto penitencial. la de los cristianos perseguidos. Esta es la condición para celebrar la eucaristía y por eso la empezamos. paganos. Se trata de una identidad diabólica. Para esto hay que tener suficiente . de las mujeres. el padre de la mentira. que estamos hechos del mismo barro? Hasta qué grado estamos inmersos en una mentalidad sectaria. es decir farisaica (=los separados)? Es una actitud frecuente y nos da una especie de sentimiento de fraternidad belicosa. la de Pablo. como siempre. la de Bush y de Saddam. porque uno se enfrenta con un mundo recorrido por un insidioso ejército de protestantes. Hay que reconocerlo. ¿Cómo construimos nuestra seguridad y nuestra identidad? ¿Levantando barreras? ¿Marginando o descubriendo cada vez más cosas en común con el resto de la humanidad? Empezando por reconocer. En nuestra tradición católica esta herencia diabólica recibe el nombre de pecado original.. hay que reconocer que estamos muy lejos del proyecto de Jesús: hay que reconocer que somos pecadores. Desde ahí estamos invitados a crear mundos que todavía no existen.Nazareth. es decir una identidad que divide. la de cada uno de nosotros. etc. un sentimiento reforzado de propiedad. como el Publicano. porque viene del padre de la división.. la de los judíos perseguidos. de los negros. la de las brujas. el asesino desde el principio.

.imaginación. es decir la eucaristía puede anunciar una posibilidad de transgredir la fronteras. sino también «vivan como yo he vivido». quien pidió de beber a la Samaritana y alabó la fe del centurión romano. es la anticipación del banquete escatológico. La eucaristía es también el banquete universal. es decir. cuando anuncia que es posible vivir de manera distinta. la provocación de Jesús. Si tomamos en cuenta esta dimensión de la eucaristía esto nos abre una perspectiva más universal. hay que escuchar el clamor. del mundo nuevo. Las palabras de la institución «Hagan esto en memoria mía» nos invitan a un proceso: proyecto de vida. La eucaristía es un proyecto en el que vivimos por el poder del Crucificado-Resucitado. construcción de la comunidad. de un nuevo tipo de identidad: no tan sólo «repitan el rito». La eucaristía es el camino para conseguir el paraíso que nunca hemos conocido. ¿Dónde están las fronteras que nosotros creamos? Para ver esto hay que ser imaginativos como Jesús.