LA INDIOSINCRACIA

Que la idiosincrasia y la cultura son lo mismo es un asunto que se ha discutido desde
diversos enfoques, lo que sí es claro es que los límites entre una y otra parecen
imperceptibles en la apropiación que se hace de ellas y que ambas inciden en el
comportamiento de los ciudadanos. ¿Se puede definir la idiosincrasia colombiana? Ya se
han hecho múltiples intentos de caracterizar a los colombianos desde muchos ámbitos: el
sociológico, el religioso, desde lo político y hasta desde el humor por aquello de que
es mejor burlarse de sí mismo. Todos han sido acercamientos que apenas sí esbozan
algunas características de comportamiento que lejos están de definir claramente el perfil
de quiénes somos y mucho menos, de lo que somos como nación.
Si se interpreta la idiosincrasia como la manera particular de pensar, sentir y actuar de
una persona o de una comunidad que la distingue de las demás, es cada vez más normal
que muchos pueblos se escuden en ella para disculpar y justificar aquellos
comportamientos que son adquiridos por costumbre más que por convicción y que en la
mayoría de casos van en detrimento de la imagen de un país. Por hábito nuestra
idiosincrasia siempre se ha movido entre opuestos, lo negativo y lo positivo, las fortalezas
y debilidades, lo moralmente correcto y lo incorrecto, en una doble moral y un círculo
vicioso que no han contribuido mucho a posibilitar la unidad de los ciudadanos hacia un
objetivo común de bienestar sino que los envuelven y confunden en una interminable lista
de opciones de comportamientos que poco aportan a la construcción de una
identidad nacional.
Para muchos la idiosincrasia es congénita y no puede transformarse y por eso con la
excusa de que ya es costumbre, se mueven con la misma facilidad entre lo
constitucionalmente definido y lo ilegal, lo éticamente conveniente y lo que no lo es, hasta
el punto de que ya esas acciones heredadas se han vuelto tan habituales que tienen
gentilicio registrado como ‘colombianadas’ y con orgullo se promueven como sello de
identificación.
Cuando un país celebra que un ciudadano devuelva un dinero que alguien extravió, o que
se tenga que pagaruna recompensa por suministrar información que ayude a aclarar un
delito o que por temor, nadie se solidarice con el otro cuando está siendo violentado, es
porque algo está pasando y se requiere de una radiografía que permita diagnosticar cuál
es la causa y entender por qué se invierte más tiempo y esfuerzo festejando lo que parece
excepcional
y
que
en
realidad
es
el
deber
ser.
La idiosincrasia no se gesta desde lo simbólico y lo folclórico, ni desde la pasión o la
nostalgia por el país, tampoco debe ser un testamento a cumplir de acciones que se creen
excepcionales y exclusivas. Para conocerse hay que mirarse primero al espejo para saber
lo que hay y lo que se está en capacidad de lograr para luego trazar la ruta de lo que se
quiere ser, solo así se entiende lo poco que nos conocemos y por qué titubeamos al
definirnos como colombianos. Al principio puede resultar una catarsis mirarse al espejo y
burlarse de la propia apariencia, pero cuando lo que se ve, se va volviendo habitual, se
distorsiona la imagen de lo real y termina muchas veces por ser decepcionante y patética