Textos arreglados para escena

DOMINIC ANISH
A PERFORMANCE TEXT
Josefina Báez
Nueva York, I Ombe (2000) 72 pp.
ugar con las palabras, ¿será lo mismo que apostar al cuerpo? ¿Perder
el cuerpo? ¿Ganar qué? Ésos son los
dilemas que presenta un libro como éste,
que guarda para los lectores el registro
escrito de un texto que se va a montar
para escena, pero no una cualquiera,
teatral, previamente identificada como
espacio del desbarajuste, sino una improvisada, en el medio de la nada citadina, en Nueva York o en La Romana o
en San Juan, a cualquier hora.
Habrá que traducir las letras a movimiento, los sonidos a formas de estirar
la boca, los posibles significados a poses
previamente ensayadas como las de la
yoga, la pantomima, los aeróbicos. Sin
embargo, ese ejercicio de traslación artística no está presente en este texto, o no
del todo, pero en la esquina inferior
derecha de cada página hay una foto de
un hombre que asume muchas posiciones. ¿Corresponderán a las poses que
plantea cada verso, cada estrofa? ¿Será
ésa la pregunta adecuada para enfrentarse a este ejercicio?
Lo que sí se sabe es que se escucha una
voz que después de calentar las cuerdas
vocales con la cartilla fonética procede a
derramarse sin escrúpulos, o casi ninguno,
en inglés y en español; también espanglish.
¿Será la voz demente de la exiliada dominicana que ha quedado en tránsito, más
allá de aduanas? ¿Habrá cierta cordura
intermitente que brote de sus labios? ¿Qué
dirán los académicos de este discurso
fragmentado?
En lo que los eruditos se pronuncian al
respecto, se puede utilizar un párrafo
sobre el performance de la poeta boricua
Aurea María Sotomayor para calentar
motores e ir entendiendo algo: “Mirar la
pantalla, oír la voz, ver las manos, la
energía, el desbordamiento, the mixture,
the enchantment. I love your tongue and I
love your eyes… I love your exaggerated
movements, your hands waving, sanctifying, caressing, celebrating the rhythm of
your body. I love your energy, your voice,
that voice that is a poem, an insult, a
manifesto, and a caress. Adoro este placer teórico”.
Josefina Báez escribe mono-diálogos
sobre la calle 107 de su ciudad nuyorka,
las enseñanzas de Krishnamurti, engaños
para los ojos como el nombre Alexander
the Grape, colores en voz alta, vocabularios corny y lanza oraciones imperativas como “take take take off every
safety pin in your way'/ unleash this starched sari / let its prints and colors play /
wild ragas / foreplaying to the juiciest
kalankhan / foreplaying in the juiciest
dulce de leche”.
Una performera puertorriqueña, Ivette
Román, realiza aquí un trabajo similar. También un poeta, Urayoán Noel. El libro Rediviva. Lost in Translations, de Chloé Georas,
recoge una obsesión muy parecida.
Estos textos difíciles, llenos de retos “tri-

J
getting into it. With a new incantation
code to infuse my vocals with manifest
presence I could ride high, unconsciously
drag endless skeletons from the closet.
Thematic triplets making everything hypnotic. I could even hypnotize myself”, dice
este cantor camaleónico en un inglés de
vocabulario sencillo, pero con imágenes
elevadas; artificio lingüístico apropiado para darle rienda suelta a la ingeniosa ambigüedad que tanto aprecia.
De otra parte, la aparente contradicción entre la urgencia de contar historias
de las vivencias cotidianas y arengar a
las masas con mensajes políticos profundos sin descuidar la magia del lenguaje figurado catapultaron a este escritor hacia la fama, señora responsable
de su triunfo arrollador en el mercado y
de la cadena perpetua que lo asfixia.
Cantarle a la libertad sin ataduras lo
condujo a la esclavitud del escrutinio
constante de los otros.
Según expresa, rápidamente renegó
portavocías y representaciones paternalistas. Huyó de sí mismo, se reinventó
mil veces, desconfió de cultos y de groupies, volvió a las bibliotecas y a los
museos del disco, se encerró a observar
crecer a sus hijos y caminó por sendas
solitarias hasta separar cada uno de los
ruidos de los paisajes que aparentaban
ser monótonos.
Los detalles de este proceso de cambio
de piel que contiene este libro son tan
impresionistas como impresionantes.
Dylan logra especificar la importancia de
momentos fragmentados de su vida que
podrían ser insignificantes para cualquier espectador. También, la temperatura que marca su recuerdo de alguna
reunión con tal o cual agente de la
multimillonaria industria discográfica,
sus estados de ánimo en las largas sesiones de escritura o grabación, las distracciones a las que se entregó para
recargar las baterías y sus duras autocríticas sobre el producto bruto y neto
de su arte.
El libro no tiene un orden cronológico
lineal, técnica que provoca que los lectores
continúen hasta la última página en busca
de más revelaciones. Nadie se sorprenderá
cuando no las halle. Bob Dylan no es
historiador ni profesor de música, tampoco
un narrador sesentoso que quiere ser confiable al estilo de las biografías políticas de
Bill y Hillary Clinton: es un performero
soñador en plena madurez que desea marcar conciencias para siempre con sus letras
y sus cantos, pero que todavía no quiere que
lo atrapen. RD
Comentarios a maclavell@yahoo.com

Una dominicana y una
cubana publican sus
visiones exiliadas del
performance caribeño

piosos”, productos del “ego trip”, se están
produciendo en el Caribe trasplantado (allí
está Papi, de Rita Indiana, por ejemplo), se
están comentando en las metrópolis, se
están leyendo en Puerto Rico. Hay una fiebre
por renovar, flexibilizar, dinamitar. Hay una
urgencia de poner las palabras de siempre a
danzar.
ANA MENDIETA
Gloria Moure
Barcelona, Ediciones Polígrafa (1996)
274 pp.
ste libro de gran formato y carpeta
dura documenta la vida y obra de
Ana Mendieta (1948-1985) -artista cubana forzada a un exilio de sus
padres y su país hacia un orfanato en Iowa
a los doce años- a través de una colección
de fotografías, ensayos, cartas, libretas
de apuntes y un catálogo del resultado de
su ansia creativa.
En unos días se celebrará el vigésimo
aniversario de su muerte, provocada por
el instinto asesino de su compañero maltratante pero solapada tras un supuesto
intento de suicidio. Por ello, a manera de
epitafio conmemorativo, este libro resulta
importantísimo para resimbolizar las huellas que fue dejando en la arena movediza
de la memoria occidental esta visionaria
que entendía que “la lucha por la vida hoy
en día es la guerra cultural”.
En el texto De la inscripción a la
disolución: un ensayo sobre el consumo
en la obra de Ana Mendieta de Charles
Merewether, incluido en la colección, el
crítico establece que “durante su vida,
Mendieta produjo un arte cuya fugaz

E

apariencia llevaba consigo la frágil aura
de una huella desmaterializada de lo real,
de los restos de vida en medio de las
ruinas de la cultura moderna”.
Esta preocupación por lo efímero hace
que Mendieta se inscriba en el texto y se
escriba fuera de él, “luchando sin cesar
contra sus limitaciones, su proximidad a
lo órganico, lo animal, tratando de exponer los límites y excesos del cuerpo,
aunque sólo sea para mostrar en ese
frágil espacio de diferencias cómo el
cuerpo de la mujer es el espacio del
sacrificio”.
Los lectores tienen ante sí fotografías
donde la artista desfigura su rostro y sus
partes íntimas presionándolas contra un
cristal, una ceremonia donde un hombre
va cortándose la barba y ella va pegándose en la cara los vellos desechados
y -también- un acto de exhibición de una
gallina degollada que convulsa y riega
sangre. Para el crítico, “al escenificar el
acto del sacrificio animal, la performance
de Mendieta perpetra una escena de
violación que es sujeto del tabú”.
Por otro lado, la artista llega a eliminarse a sí misma como objeto material
de su obra colocando siluetas de barro y
otros materiales en ese lugar que abandonó. “Este cambio en su actividad la
liberó de la polaridad entre una forma de
esencialismo y la idea de que todas las
cosas son una construcción social”, según alega el experto. Así, se lanza a la
creación de piezas earth-body y “la tierra
misma es desenterrada en el cuerpo de la
mujer como un gesto de expatriación”.
Hacen falta más libros como éste,
donde los teóricos colaboran con los
fotógrafos, los artistas, ilustradores, escritores, periodistas, amigos y biógrafos;
no sólo para añadir fólders al archivo de
las artes performativas caribeñas, sino
para que ese mismo acto mecánico sirva
para reprogramarlas.
“No existe un pasado original que se
deba redimir: existe el vacío, la orfandad,
la tierra sin bautizo de los inicios, el
tiempo que nos observa desde el interior
de la tierra. Existe por encima de todo la
búsqueda del origen”, alega Mendieta.
Todavía hay lectores dispuestos a “encontrarlo”. RD

Revista Domingo, El Nuevo Día 14 de noviembre de 2004

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