Las Palmas de Gran Canaria, 15 de diciembre de 1913

El aire de la casa olía a enfermedad y muerte. Apenas importaba
que las criadas abrieran los grandes ventanales en un intento de renovar
el aire, o que pusieran flores por toda la casa. El aroma de los claveles, las
rosas y los geranios se mezclaba con el malsano aire que despedía el
dormitorio de doña Elvira. La señora se moría y ya no se podía hacer
nada.
Quizá fuera mejor así, pobrecilla, pensaban algunos. Tantos años
postrada en una cama a causa de un horrible accidente, que había
quebrado su espalda y la había dejado inútil desde muy joven. Los años
en la cama le habían producido enormes úlceras, que habían terminado
por infectarse, y su cuerpo se había debilitado cruelmente. Al final, el
doctor Betancourt le administró morfina, y había dicho que era mejor que
no sintiera nada a la hora de su muerte.
“Se supone que los hombres no deben llorar”, se reprendía Gabriel,
mientras intentaba reprimir los estrangulados sollozos que sacudían su

cuerpo. Pero en realidad tenía que bastar con que nadie lo viera. Llorar
por su madre le parecía algo natural, pero su padre, hombre severo donde
los haya, no lo aprobaría. Un hombre tenía que comportarse como tal, de
lo contrario no era digno de ese nombre. Ahora, él tenía que dar la talla, y
ser un hombre de verdad, como su padre. Pero, sencillamente, le
resultaba imposible hacerlo.
Le gustaba recordar a su madre tal y como era antes del accidente.
Cómo ella siempre tenía tiempo para jugar con él, para reír con sus
bromas, para cantarle por las noches. Aunque de eso hacía ya muchos
años.
Elvira no venía de una familia de alta alcurnia. Su padre había sido
un comerciante venido a más por sus buenas inversiones en el comercio
marítimo, y se había esmerado en dar una buena educación a sus hijos,
aunque nunca pudieron librarse de la etiqueta de “nuevos ricos”. Sin
embargo, Elvira había hecho un buen matrimonio y a la muerte de su
padre, su esposo se encargó del negocio familiar con mano de hierro y
mente de contable.
Pero por su sencilla educación Elvira no era de esas mujeres que
disfrutaban bebiendo el té con las grandes damas, mientras las doncellas
cuidaban de los niños. Ella se había empeñado en amamantar a sus hijos,
en cuidarlos y sacarlos de paseo, en bañarlos y arrullarlos para dormir.
Incluso a los dos niños enfermos que tuvo, por los que los médicos no
tuvieron nunca ninguna esperanza y que no alcanzaron el año de vida.
Cuando por fin tuvo a Gabriel, un bebé hermoso, gordo y fuerte como no
lo habían sido los anteriores, se volcó por completo en él, y lo crió con
mimo y esmero.
Por eso Gabriel amaba tanto a su madre y cuando estaba con ella
recordaba cómo era ser un niño, ser llevado en brazos, ser besado y
arropado antes de dormir, y saber que siempre había alguien cuidando de
él.
Incluso después de que Elvira quedara inválida, Gabriel y ella
siguieron teniendo una estrecha relación. Él siempre acudía a ella en
busca de consejo y apoyo. Cada día al llegar a casa, le relataba lo que

había aprendido ese día en la escuela, con quiénes jugaba en la calle, lo
que les había enseñado el cura en la catequesis o sus progresos con el
piano. Le contaba si se había comprado un nuevo caballo o si hacía un
nuevo amigo. Le decía si había visto alguna chica bonita o hablaban de
religión o política. A medida que Gabriel fue creciendo, ella vivió la vida de
su hijo a través de sus palabras. Y no importaba lo cansada que estuviera,
o los dolores que sintiera; cuando Gabriel se sentaba a su lado en la cama
y cogía su mano para hablarle, a ella le parecía que caminaba al lado de
su hijo en todo lo que éste hiciera.
Gabriel hizo un esfuerzo para dejar de llorar y se lavó la cara con el
agua fresca que había en la jofaina. Luego miró su reflejo en el pequeño
espejo que había sobre ella, el que usaba para afeitarse. Su rostro tenso y
sus ojos rojos le devolvieron una mirada desolada, en la que podía verse
todo el dolor del mundo.
Su madre murió al cabo de dos días. Era febrero y el cielo estaba
encapotado el día de su entierro, pero no cayó ni una gota de lluvia.
Gabriel no lloró mientras veía cómo enterraban a su madre. Su padre,
impertérrito a su lado, se erguía todo negro con su porte de gran señor,
aceptando con ecuanimidad las palabras de pésame. Gabriel levantó los
ojos hacia aquel cielo que quizá por solidaridad se tragaba las lágrimas,
tal y como él tenía que hacerlo. Luego miró a los ángeles que coronaban
el muro del cementerio y señalaban con sus dedos hacia el cielo, como si
quisieran mostrar a las ánimas hacia dónde debían encaminarse. El joven
se estremeció al no poder evitar preguntarse qué le esperaría a su madre
allí arriba.
Estaba junto a su padre, aceptando los pésames y las buenas
palabras de los asistentes, cuando un movimiento en el límite de su visión
le hizo girar el rostro. Un enorme perro negro le miraba desde el final de la
calle, justo al lado de un ostentoso mausoleo familiar. Una súbita
sensación de irrealidad, como si lo que estuviera observando no pudiera
estar ocurriendo, le acometió, y Gabriel se dio cuenta de que aquel no era
un perro ordinario.

Quizás por primera vez en su vida adulta, Gabriel recordó que
aquella no era la primera vez que ese animal aparecía en su vida.
Rememoró entonces la incomodidad que sentían sus padres cada vez que
él, aún en su primera infancia, afirmaba que por las noches el fantasma
de un perro negro se acostaba a los pies de su cama y le protegía
mientras dormía. No podía dilucidar de sus recuerdos si el niño que había
sido lo veía de verdad o solo imaginaba hacerlo, pero lo cierto era que
recibió innumerables castigos a manos de su padre por su demasiada
imaginativa y fantasiosa mente. Su madre, por el contrario, nunca se
enfadó con él por aquella razón, sino que le miraba con tristeza y callaba
ante los ataques de ira de su esposo.
—Yo te creo, cariño —le había dicho una noche su madre,
acunándolo entre sus brazos para consolarlo. El niño acababa de recibir
diez azotes con el cinturón de su padre, y aunque aún le dolían los golpes
no lloraba por eso, sino por la tremenda injusticia que suponía ser
castigado por decir algo que para él era verdad. Ahora, todavía escaldado
por el castigo, había vuelto su ira contra su madre, por no defenderlo ni
creer en él. Elvira, profundamente dolida, en vez de enfadarse, le había
abrazado—. Claro que te creo —repitió con énfasis. Luego cogió a su hijo
por los hombros y le miró fijamente—, pero lo que yo opine no importa, y
tú harías bien en hacer caso a tu padre.
—Pero sí que le veo —había replicado él entre lágrimas—, ¡sí que le
veo!
—Lo sé, pero debes aprender, tarde o temprano, que lo que tu padre
no ve, sencillamente no puede existir. No sigas buscando lo que hay más
allá de la mirada casual del mundo.
Aquella conversación había tenido lugar poco antes del accidente de
su madre, tras el cual Gabriel no había vuelto a ver al perro, que poco
después quedó relegado a una casi olvidada anécdota pueril. Ahora, el
animal le observaba, y parecía esperar por él, obligándole a enfrentarse a
la certeza de que, en contra de todo lo que su padre creía acerca del
mundo, aquel perro negro sí que existía. En ese momento, el animal giró

la enorme testa, y desapareció tras un recodo. Se apresuró a seguirlo,
pero antes de llegar a girar la esquina oyó que le llamaban por su nombre.
—¡Gabriel! —Se giró, y vio que Antonio caminaba hacia él—. ¿A
dónde vas? Tu padre no quiere que te alejes. El alcalde ha venido a darles
el pésame.
—Está bien —dijo.
Su amigo le cogió del brazo y se dejó guiar por él de vuelta a la
comitiva fúnebre, reunida en torno al mausoleo de su familia, pero no
pudo evitar mirar por encima del hombro, esperando vislumbrar una vez
más al misterioso animal.
Ya no estaba allí.