Páginas iniciales del TRATADO DE PROCESO DE EJECUCIÓN CIVIL(

)
por
Juan Montero Aroca
Catedrático de Derecho Procesal en la Universidad de Valencia. Magistrado.
Sumario
Capítulo Primero: INTRODUCCIÓN
I. Noción y naturaleza de la ejecución. 1. Ejecución precedida de declaración. 2. Ejecución sin
declaración. 3. Actividad jurisdiccional.
II. La ejecución y las manifestaciones iniciales del processus executivus. 1. La ejecución en las
Partidas. 2. El origen de los títulos extrajudiciales.
III. El sistema unitario de ejecución. 1. La ejecución en la Nueva Recopilación y en Hevia Bolaños. 2.
La ejecución en la Novísima Recopilación
IV. La dualidad de ejecuciones según el título. 1. La ruptura del sistema unitario en la LEC de 1855.
2. Su consolidación en la LEC de 1881. 3. Clasificación de las ejecuciones.
V. El juicio ejecutivo de la LEC de 1881 era un proceso de ejecución. 1. El inicio de la polémica. 2.
Los argumentos de esa naturaleza. 3. Sumariedad y no producción de cosa juzgada.
VI. La vuelta a la unidad de la ejecución en la LEC de 2000. 1. La desaparición del juicio ejecutivo.
2. De la naturaleza de la ejecución y de la estadística

Capítulo Primero
INTRODUCCIÓN
I. NOCIÓN Y NATURALEZA DE LA EJECUCIÓN
El artículo 117.3 de la Constitución española dice que el ejercicio de la potestad
jurisdiccional se manifiesta tanto en el juzgar como en el hacer ejecutar lo juzgado y con ello
alude a las dos funciones básicas de los juzgados y tribunales (falta la función cautelar). Con
ello, además de poner de manifiesto que la jurisdicción no se limita a declarar o decir el
derecho, evidencia el que es el esquema conceptual que podemos considerar más sencillo y
lógico: primero se declara el derecho (proceso de declaración) y luego se procede a su
ejecución (proceso de ejecución)1. Este esquema es el que se descubre en el índice de
cualquier código procesal civil o ley de enjuiciamiento civil cuando, aparte de las
disposiciones generales, regula, primero, los procesos declarativos para atender, después, a la
que puede llamar ejecución forzosa pero que, con mejor técnica procesal, debería
denominarse procesos de ejecución.
Con todo, este esquema conceptual no se produce en todos los casos, debiendo
distinguirse entre ejecución precedida de declaración y ejecución sin declaración previa.

MONTERO AROCA, Juan, y FLORS MATÍES, José, Tratado de proceso de ejecución civil,
Valencia, Tirant lo Blanch, 2004. Se transcriben aquí las páginas iniciales de este Tratado con el consentimiento
del prof. Montero Aroca.
1

SENÉS MOTILLA, Disposiciones generales sobre la ejecución forzosa, Madrid, 2000.
FERNÁNDEZ-BALLESTERO, La ejecución forzosa y las medidas cautelares, Madrid, 2001, Para antes de la
LEC de 2000, pero aún de utilidad, DE LA OLIVA, Conceptos fundamentales en la ejecución forzosa civil, en
“Constitución, Derecho y Proceso”, Estudios en memoria de los profesores Herce y Duque, Zaragoza, 1983.

1. Ejecución precedida de declaración
En el esquema normal se parte de la existencia de un proceso de declaración que ha
finalizado con una sentencia en la que se ha estimado la pretensión y se ha condenado al
demandado. Partiendo de esa sentencia se hace necesaria una actuación posterior que
acomode la realidad fáctica al deber ser establecido en la misma.
A) Declaración sin ejecución
De lo anterior se deduce ya que existen tres supuestos en los que, existiendo una
sentencia, no es precisa la actividad posterior. El primero de ellos es el de las sentencias que
desestiman la pretensión absolviendo al demandado, pues entonces es obvio que la realidad
está ya acomodada al deber ser de la sentencia y no hay pronunciamiento alguno que ejecutar.
El segundo es el relativo a las sentencias estimatorias de pretensiones declarativas puras, y el
tercero se refiere a las sentencias constitutivas2.
En las pretensiones declarativas puras la parte queda satisfecha con la declaración de
la existencia de la relación jurídica. En las constitutivas la sentencia produce por sí misma el
cambio jurídico y no precisa de actividad posterior o, en todo caso, ésta es muy simple. En los
dos casos la sentencia agota su fuerza con la declaración, sin que llegue a crearse un título
ejecutivo3.
Si la pretensión y, por tanto, la sentencia, eran meramente declarativas (como la
declaración de nulidad del pacto creador de una sociedad), la declaración contenida en la
sentencia es suficiente para que el actor obtenga la tutela judicial efectiva (la declaración de
nulidad del pacto da plena efectividad a su pretensión, sin que precise de nada más). Será
necesario, en ocasiones, que se proceda a la cancelación de un asiento en el Registro
Mercantil, pero esta actividad no es propiamente una ejecución. Lo mismo cabe decir de la
pretensión y la sentencia constitutivas (como sería el caso de divorcio); también aquí será
necesaria la inscripción en el Registro Civil, pero tampoco esa inscripción es verdadera
ejecución, pues el divorcio se produce con la sentencia.
En estos casos suele hablarse por la doctrina de «ejecución impropia», pero sería
conveniente evitar esta terminología perturbadora. Si la ejecución consiste, como veremos, en
la realización de una conducta física productora de un cambio en el mundo exterior, ésta
denominada impropia no es ejecución, pues la inscripción en un registro público de la
sentencia —que es el supuesto más normal de actividad posterior a las sentencias declarativas
puras y constitutivas— no añade nada a la sentencia, en cuanto ésta por sí sola ha satisfecho la
pretensión otorgando la tutela pedida. La inscripción posterior no pasa de ser una actividad
complementaria o de publicidad de los efectos de la sentencia.
Por eso el artículo 521 LEC empieza diciendo que no se despachará ejecución de las
sentencias meramente declarativas ni de las constitutivas, y luego ese artículo y el 522 LEC, y
ya sólo respecto de las constitutivas, añaden:
2

MONTERO, El nuevo proceso civil, 2.ª edición (con G. Colomer, Montón y Barona), Valencia, 2001,
págs. 226 y ss. con el detalle respecto del objeto del proceso.
3

Naturalmente no siempre es evidente la naturaleza de una sentencia, y así puede verse la STS
11/6/1998 (RJ 1998/4682) que considera constitutiva la sentencia que declara la nulidad de unas cláusulas
testamentarias y una donación encubierta, llegando a decir: “Las sentencias constitutivas, al gozar de la autoridad
de cosa juzgada, son susceptibles de ejecución en sus propios términos, conforme al mandato constitucional de
los artículos 117.3 y 118, y 18 de la Ley Orgánica del Poder Judicial y 919 y siguientes de la Ley de
Enjuiciamiento Civil”. La confusión que se padece entre cosa juzgada y ejecutabilidad es evidente, a pesar de
que es manifiesto que, por un lado, está la cosa juzgada, que la producen todas las sentencias y, por otro, la
ejecutabilidad, que sólo puede referirse a aquellas con pronunciamientos de condena y declarar nula una cláusula
testamentaria no precisa en sí misma de ejecución alguna.

2

1.º) Sin necesidad de despachar ejecución, se procederá a la inscripción de la sentencia
firme en los registros públicos correspondientes4. La excepción se refiere a los obstáculos que
pudieran surgir del propio registro, conforme a su legislación específica (y así pueden verse
los arts. 18 de la Ley Hipotecaria y 100 del Reglamento Hipotecario).
2.º) Aparte de la eficacia de cosa juzgada, la sentencia constitutiva tiene el efecto de
dejar establecida una relación o situación jurídica vinculando a pasar por ella a todas las
personas (privadas y públicas, y especialmente los encargados de registros públicos), que
deben atenerse al estado de esa relación o situación.
3.º) A pesar de la no ejecución de las sentencias constitutivas, los que hayan sido parte
en el proceso y quien acredite interés directo y legítimo, pueden pedir al tribunal las
actuaciones precisas para la eficacia de esas sentencias y para vencer eventuales resistencias a
lo que dispongan.
4.º) Si la sentencia contiene un pronunciamiento constitutivo y otro de condena (al
haberse producido una acumulación de pretensiones), este segundo se ejecutará conforme a lo
previsto en la propia LEC5.
B) Declaración necesitada de cumplimiento o ejecución
La actividad posterior de adecuación de la realidad fáctica al deber ser establecido en
la sentencia, es necesaria sólo cuando ésta es estimatoria de una pretensión de condena. Es
entonces cuando la tutela judicial efectiva no se logra con la mera declaración del derecho. El
que la sentencia declare que el demandado adeuda una cantidad de dinero al demandante y le
condene a pagarla, no supone sin más tutela efectiva. De la misma manera declarar el derecho
del actor a la división de la cosa común, sin más, carece de cualquier contenido real, siendo
necesario proceder a esa división en un momento posterior (AAP Salamanca de 14/5/2002,
DER. 2002/32286)
Para que la efectividad se logre es necesaria una actividad posterior que puede
realizarse de dos maneras:
1.ª) Cumplimiento: El condenado cumple voluntariamente la prestación que le impone
la sentencia. La actividad no tiene entonces carácter procesal.
2.ª) Ejecución forzosa: Si el demandado no cumple voluntariamente es necesario dotar
a los órganos jurisdiccionales de los poderes necesarios para hacer efectiva la sentencia y, al
mismo tiempo, ofrecer cauce procesal para su realización. Ese cauce o instrumento es el
proceso de ejecución.
Este esquema conceptual es el que ha llevado al Tribunal Constitucional ha declarar
con reiteración, que el derecho de acción o, en sus palabras, el derecho fundamental a la tutela
efectiva (art. 24.1 CE) comporta un contenido complejo que comprende: 1) El deber del
órgano del poder judicial de poner en marcha la actividad jurisdiccional; 2) La realización del
proceso de declaración con todas las garantías propias del mismo; 3) Que se dicte una
4

El artículo 521.2 LEC no tiene muy claro lo que es la inscripción en virtud del título que es el
testimonio de la sentencia, y lo que es el asiento de cancelación de una la inscripción, que es también una
inscripción. Se cancela una inscripción por medio de otra. Sí tiene claro que se procede a la inscripción de la
sentencia sin necesidad de despachar ejecución
5

El tenor literal del artículo 521 LEC es confuso. No puede existir una sentencia constitutiva que
contenga uno o más pronunciamientos de condena, salvo que se haya producido una acumulación de
pretensiones, una constitutiva y otra u otras de condena. Sólo en este caso la sentencia podrá contener un
pronunciamiento constitutivo y otro u otros de condena. Esto es, no existe una sentencia constitutiva que,
además, contenga pronunciamientos de condena, sino una sentencia sólo formalmente única que contendrá
varios pronunciamientos, uno constitutivo y otro u otros de condena.

3

sentencia sobre el fondo del asunto planteado por las partes, y 4) Que, en su caso, se proceda a
la ejecución de la misma, mediante el proceso de ejecución. Sin la ejecución el derecho a la
tutela judicial efectiva se vería privado de algo tan importante como es la realización práctica
del derecho; sería cualquier cosa menos efectiva.
STC 240/1998, de 15/12: “Segundo.Por lo que se refiere al derecho a la ejecución
de las Sentencias en sus propios términos,
como integrante del derecho a la tutela judicial
efectiva (art. 24.1 C.E.), conviene comenzar
recordando la doctrina que este Tribunal tiene
establecida sobre el particular. Existe una
jurisprudencia reiterada (SSTC 32/1982,
61/1984, 67/1984. 109/1984, 106/1985,
155/1985), que alcanza su punto culminante
con una sede de sentencias dictadas en 1987
(SSTC 33/1987, 125/1987, 167/1987 y
205/1987), que acabaron de perfilar la
doctrina al respecto y que serán luego citadas
y aplicadas en los años posteriores (SSTC
148/1989, 153/1992, 194/1993, 247/1993 y
219/1994, entre otras). Esta jurisprudencia, en
la medida relevante para el caso, cabe
resumirla del modo siguiente:
a) El derecho a la ejecución en los
propios términos de las sentencias y
resoluciones judiciales firmes forma parte del
derecho fundamental a la tutela judicial
efectiva (art. 24.1 C.E.), "ya que, en caso
contrario, las decisiones judiciales y, los
derechos que en las mismas se reconozcan o
declaren no serían otra cosa que meras
declaraciones de intenciones sin alcance
práctico ni efectividad alguna" (SSTC 32/1982
y 67/1987, entre otras).
b) "Ello significa que ese derecho
fundamental (a la ejecución de la sentencia
"en sus propios términos") la es al
cumplimiento de los mandatos que la
Sentencia contiene, a la realización de los
derechos reconocidos en la misma o, de otra
forma, a la imposición forzosa a la parte
recurrida del cumplimiento de las obligaciones
a que fue condenada (STC 205/1987). Y,
asimismo, que "... este Tribunal ha venido
considerando también como cumplimiento "en
sus propios términos" el cumplimiento por
equivalente cuando así venga establecido por
la Ley "por razones atendibles" (ibidem)".
c) "En principio, corresponde al
órgano judicial competente, en su caso, a
petición de los interesados cuando proceda

según las leyes, deducir las exigencias que
impone la ejecución de la sentencia en sus propios
términos. interpretando en caso de duda cuáles
sean éstos, y, actuar en consecuencia, sin que sea
función de la jurisdicción constitucional sustituir
a la autoridad judicial en este cometido" (SSTC
125/1987, 148/1989 y 194/1993, entre otras), sino
sólo "velar para que tales decisiones se adopten en
el seno del procedimiento de ejecución de un
modo razonablemente coherente con el contenido
de la resolución que haya de ejecutarse y una vez
que las partes hayan tenido oportunidad suficiente
para formular alegaciones y aportar pruebas sobre
la incidencia que para la efectividad del fallo
pudiera tener la actuación administrativa
subsiguiente"
(STC
167/1987,
148/1989,
153/1992 y 247/1993, entre otras). En otras
palabras, "únicamente puede el Tribunal
Constitucional pronunciarse sobre si lo ejecutado,
satisface, en forma congruente y razonable, lo
decidido en el fallo de cuya ejecución se trate"
(STC 125/1987), pues "el recurso de amparo no
constituye una instancia más, tampoco en la fase
judicial de ejecución" (STC 148/1989).
Así, pues, el derecho a la tutela judicial
efectiva (art. 24.1 C.E.) incluye, sin lugar a dudas,
el derecho a la ejecución de las Sentencias en sus
propios términos pero el alcance de las
posibilidades de control, por parte de este
Tribunal del cumplimiento de la potestad
jurisdiccional de hacer ejecutar lo juzgado (art.
1173 C.E.) no es ilimitado. En cuanto
componente que es del derecho a la tutela judicial
efectiva, el derecho a la ejecución de las
sentencias y demás decisiones judiciales firmes
también queda satisfecho, en principio, con una
resolución judicial razonada y fundada en
Derecho que entre en el fondo de la pretensión
ejecutiva, y que no sea arbitraria o irrazonable
(SSTC 205/1987, 219/1994, entre otras), y que se
canalice a través del incidente adecuado (STC
167/1987). De manera que la interpretación del
sentido de los fallos, en orden a su ejecución,
corresponde a los propios órganos judiciales, y
que este Tribunal tan sólo ha de velar por que no
se produzcan apartamientos del sentido de
aquéllos claramente incongruentes, arbitrarios o
irrazonables
(SSTC
125/1987,
167/1987,
148/1989, 153/1992, 194/1993 y 247/1993)”.

2. Ejecución sin declaración
El esquema conceptual lógico de la tutela judicial, y aun de la función
jurisdiccional, como dijimos, presupone que, primero, se declara el derecho (proceso de
declaración) y, luego, se procede a su ejecución (proceso de ejecución). El que la
declaración se efectúe en un proceso ordinario, especial o sumario no hace al caso, pues
4

de todas las maneras se tratará de un proceso de declaración. En ese esquema el título
ejecutivo básico es la sentencia firme de condena, si bien nada se opone a la existencia
de otros títulos ejecutivos de creación judicial (como los autos que aprueban la tasación
de costas y otros muchos de la LEC). También entra en el esquema normal el
reconocimiento de fuerza ejecutiva al laudo arbitral (art. 44 de la Ley 60/2003, de 23 de
diciembre, de Arbitraje).
Las cosas se complican cuando el esquema lógico de la función jurisdiccional se
rompe y el legislador permite iniciar el proceso de ejecución sin que exista declaración
judicial (o arbitral) previa del derecho, pues la ruptura se tiene que producir a base de
atribuir fuerza ejecutiva a documentos que provienen de negocios jurídicos realizados
por las partes. Con esa atribución de fuerza ejecutiva se está dando un salto cualitativo
muy importante que conlleva la existencia de tutelas judiciales especialísimamente
privilegiadas. No se trata de que la tutela judicial declarativa se obtenga por un
procedimiento específico y más rápido y barato que el ordinario que corresponda a la
cuantía6; ahora se trata, nada menos, de que puede acudirse a la ejecución sin pasar
antes por la declaración.
Con carácter general el atribuir a determinados documentos la condición de
títulos ejecutivos, de modo que con ellos se hace innecesario el proceso de declaración y
puede acudirse directamente a la ejecución, constituye, sin duda, un privilegio procesal,
en cuanto que los créditos en ellos plasmados no tienen que ser afirmados en su
existencia por un Juez y después de un proceso. Con todo, el privilegio mismo no tiene
porque ser necesariamente inconstitucional, pues puede no suponer una de las
discriminaciones prohibidas y tampoco una desigualdad ante la ley de las contrarias al
artículo 14 de la Constitución.
El privilegio no podrá basarse ni en la condición personal del acreedor o del
deudor ni en la naturaleza del crédito, sino que ha de responder exclusivamente a las
garantías de autenticidad del documento en el que se plasma la obligación. La fuerza
ejecutiva de algunos documentos no viene referida ni a la condición del acreedor o del
deudor, ni a la materia objeto de la pretensión (pues se trata siempre de obligaciones
dinerarias7), ni a la naturaleza de los intereses en juego, sino que ha de atender
únicamente a los requisitos del documento.

6

Las tutelas judiciales declarativas son privilegiadas cuando, abandonando el “camino” del
proceso ordinario, que es el que se corresponde con la cuantía (juicio ordinario o juicio verbal), se
dispone un procedimiento más sencillo para el conocimiento de pretensiones relativas a materias
determinadas; ese “camino” simplificado es el de crear procesos especiales, bien de modo completo, bien
llevando al juicio verbal materias independientemente de la cuantía; el privilegio es todavía mayor
cuando a la especialidad se le añade la nota de la sumariedad, pues entonces se trata de proceso especial
más proceso que no llega a producir cosa juzgada material. La proliferación de procesos especiales no ha
sido tradicionalmente sólo un error de técnica legislativa, pues significaba realmente reconocer a
determinados derechos que se consideraban más importantes (básicamente el de propiedad) o a grupos
sociales que tienen la fuerza social necesaria para arrancarla del legislador, una tutela propia y, por tanto,
privilegiada respecto de los demás derechos y de los demás ciudadanos.
7

Tratándose de títulos ejecutivos no judiciales ni arbitrales sólo puede despacharse ejecución
respecto de obligaciones dinerarias, y por eso el artículo 520 LEC se refiere únicamente a este tipo de
obligaciones, especificando a continuación sus requisitos de contenido, entre los que, por cierto, no se
alude de modo directo a que la obligación sea exigible pues no se ha recogido la mención que hacía el
artículo 1435 de la vieja LEC/1881 del vencimiento del plazo para el cumplimiento de la obligación, pero
no parece dudosa la existencia del requisito (véase Capítulo Segundo, Sección Tercera, VI, 2).

5

Si la discriminación prohibida constitucionalmente se refiere a las personas y si
se basa en su condición o circunstancias, la atribución de fuerza ejecutiva a
determinados documentos ha de atender al documento mismo, basándose en las
garantías formales de que está rodeado. Por ello la tutela judicial privilegiada que puede
concederse a esos documentos, no ha de entenderse necesariamente opuesta al principio
de igualdad de las personas ante la ley. Por el contrario, si el legislador da un paso más
y basa el tratamiento procesal privilegiado en la condición personal del acreedor, sí
puede producirse una discriminación prohibida por el artículo 14 de la CE con la
consecuencia de la inconstitucionalidad, que es lo que declaró la STC 128/1994, de 5/5,
respecto del proceso de ejecución a favor del Banco Hipotecario.
Cuando la atribución de fuerza ejecutiva a un documento responde, pues, a las
condiciones del documento mismo, nada puede oponerse desde la perspectiva del dicho
artículo 14 de la CE. Más aún, la determinación de las garantías necesarias para que un
documento pueda tener fuerza ejecutiva no es algo que quepa debatir desde el plano de
la constitucionalidad, sino que debe quedar relegado a la discrecionalidad política del
legislador ordinario.
3. Actividad jurisdiccional
Precedido o no de la declaración jurisdiccional del derecho, el proceso de
ejecución es aquél en el que, partiendo de la pretensión del ejecutante, se realiza por el
órgano jurisdiccional una conducta física productora de un cambio real en el mundo
exterior para acomodarlo a lo establecido en el título que sirve de fundamento a la
pretensión de la parte y a la actuación jurisdiccional.
Se está partiendo de la naturaleza jurisdiccional de la ejecución, pero conviene
resaltar este carácter, tanto porque no se le concede en otras legislaciones, como porque
se ha negado incluso respecto de España.
En lo que existe unanimidad es en la idea de que la ejecución es asumida en
régimen de monopolio por el Estado y ello como consecuencia de la coacción que está
implícita en lo que la propia ejecución supone. Tanto es así que se considera un
pleonasmo hablar de ejecución forzosa; la ejecución, por su propia naturaleza es forzosa
o coactiva, y el uso de la fuerza va unido indisolublemente a la titularidad de potestad
derivada de la soberanía. Es posible que el Estado permita a los particulares recurrir al
arbitraje para la declaración del derecho, pero no puede permitir ni la autotutela ni la
heterotutela privada.
La unanimidad desaparece cuando se trata de establecer, dentro del monopolio
estatal, la naturaleza jurisdiccional o administrativa de la ejecución. Existen
ordenamientos en los que la ejecución no se confía a un juez, sino a un órgano que sólo
puede calificarse de administrativo; este es el caso de Francia y del huissier de justice,
de Alemania y el gerichtsvoll-zieher o de Italia y el ufficiale giudiziario (con algún
matiz).
Partiendo de la existencia de la sentencia con autoridad de cosa juzgada, o de
cualquier otro título, surge en estos países la denominada fórmula ejecutiva. Para que la
sentencia pueda ejecutarse la parte se dirigirá al tribunal pidiendo que se le libre una
copia ejecutiva, esto es, una certificación de la sentencia que esté provista de la fórmula
ejecutiva. Esta es una orden dirigida principalmente al funcionario antes dicho para que
proceda a la ejecución. En el Derecho italiano la fórmula dice: “Ordenamos a todos los
ufficiali giudiziari que sean requeridos y a cualquiera que corresponda, poner en
ejecución el presente título, al ministerio público dar asistencia, y a todos los oficiales

6

de la fuerza pública ayudar cuando sean legalmente requeridos” (art. 475 Codice di
procedura civile)8. En el fondo de la concepción de estos países late la idea de que el
Poder Ejecutivo es el único que puede ejecutar pues es el único que puede disponer de
la fuerza pública, quedando reducido el Poder Judicial a declarar el derecho.
En el Derecho español quedó claro, por lo menos desde el proceso común
medieval y actualmente está fuera de toda duda, que la ejecución tiene naturaleza
siempre jurisdiccional y que se confía siempre a un tribunal que actúa por medio de un
proceso. En otros países la situación puede ser distinta, pero en el nuestro antes de la
Constitución de 1978 (arts. 55 y 919 LEC/1881) y después de la misma (arts. 117.3 CE,
2.1 LOPJ, y 545 LEC/2000) la ejecución es siempre un proceso jurisdiccional9. Esta
naturaleza, con todo, no proviene simplemente de que así lo disponga la ley, sino que la
ejecución es consustancial a la jurisdicción o, si se prefiere, que la ejecución es
actividad materialmente jurisdiccional.
En España se ha considerado que el Poder Judicial también es titular de
imperium, es decir, también tiene potestad, y por ello también puede acudir al uso de la
fuerza pública, y de ahí, primero, que entre nosotros no se ha conocido la fórmula
ejecutiva y, después, que el titular de esa potestad puede ordenar o disponer de la fuerza
pública.
La actividad ejecutiva es la que comporta una verdadera injerencia en la esfera
jurídica de las personas y, por tanto, es la que más precisa de que en ella se respeten los
principios base de la jurisdicción (por ejemplo, juez predeterminado), del personal
jurisdiccional (por ejemplo, independencia del juez) y del proceso (por ejemplo,
contradicción).
II. LA EJECUCIÓN Y LAS MANIFESTACIONES INICIALES DEL
PROCESSUS EXECUTIVUS
En la Partida III la regulación del proceso de ejecución era muy incipiente, lo
que no es de extrañar atendida la doctrina de la época que, al dividir el pleito en
tiempos, ni siquiera dedicaba uno de ellos a la ejecución 10. El autor de esa Partida, el
Maestro Jacobo de las Leyes, en algunas de sus obras no se refería a la ejecución, y sólo

8

Puede verse MONTERO, La ejecución en España de títulos ejecutivos italianos, en “Scritti in
onore di E. Fazzalari”, III, Milano, 1993, págs. 845-85, en “Cuadernos de Derecho y Comercio”, 1994,
abril, págs. 45-77, traducido al italiano en Rivista di Diritto Processuale, 1993, 4, págs. 1134-68 y, por
fin, en “Ensayos de Derecho Procesal”, Barcelona, 1996, págs. 385-419.
9

Sólo desde concepciones teóricas de la jurisdicción que llevan a consecuencias lógicas
inevitables se ha negado en España la naturaleza jurisdiccional de la ejecución (GUTIÉRREZ DE
CABIEDES, Una nueva reflexión acerca del Derecho procesal, en “Estudios de Derecho Procesal”,
Pamplona, 1974, p. 56) o se ha estimado que lo es sólo por conexión (SERRA, Jurisdicción, en “Estudios
de Derecho Procesal”, Barcelona, 1969, p. 50).
10

Es el caso de Jacobo DE LAS LEYES, Summa de los noue tienpos de los pleytos, en UREÑA
y BONILLA, Obras del Maestro Jacobo de las Leyes, jurisconsulto del siglo XIII, Madrid, 1924, pág.
390; y de ARIAS DE BALBOA, Los noue tienpos, en CERDA, Las glosas de Arias de Balboa al Fuero
Real de Castilla, en AHDE, 21-21, 1951-1952, pág. 826. El Doctor INFANTE, De cómo se parten los
pleytos en diez tienpos, en PÉREZ MARTÍN, El ordo iudiciarius. II. Edición de textos, en HID, 9, 1982,
págs. 243-352 sí se refería a la ejecución. En la actualidad debe consultarse PÉREZ MARTÍN, El
Derecho Procesal del “ius commune” en España, Murcia, 1999, en la que recoge como apéndice las
obras sobre los tiempos de los pleitos.

7

en Las Flores de Derecho lo hacía, aunque a base de distinguir entre actio realis y actio
personalis, dedicando a cada una de ellas una ley11.
1. La ejecución en las Partidas
La Partida III, pues, dedicaba un único Título a la ejecución, el XXVII, bajo la
rúbrica “Como los juyzios que son valederos deuen ser cumplidos, e quien los puede
cumplir”, integrado, a su vez, por solo seis leyes. Si se tiene en cuenta que en las
Partidas “juyzio en romance tanto quiere dezir como sententia en latin” (III, XXII, 1), se
comprenderá que el Título XXVII estaba dedicado únicamente a la ejecución de las
sentencias, por lo que su comentarista Gregorio López hablaba “De executione rei
iudicata”12.
El Título XXVII de la Partida III se refría exclusivamente a algunas cuestiones:
1) ¿Quién puede ejecutar las sentencia? En principio, decía la ley 1, “aquellos mismos
judgadores que los dieron (los juicios, es decir, las sentencias), 2) ¿Cómo? Si no se
procedía al cumplimiento voluntario y si el condenado se oponía por la fuerza se debía
acudir a la ejecución forzosa, incluso ayudándose de hombres armados “de manera que
la justicia vença”, 3) ¿Contra quién? Naturalmente la ejecución se hacía en las cosas del
“dueño del pleyto”, pero distinguiéndose entre acción personal y acción real, y con
referencia a si la condena era mancomunada o solidaria, 4) ¿Tiempo? Si se refería a la
entrega de una cosa inmediatamente y si debía cumplirse en sus bienes hasta en diez
días, y 5) Almoneda: Tratándose de acciones personales se regulaba muy
incipientemente la subasta pública.
Como puede verse se trataba de un sistema bastante primitivo, sólo desarrollado
en sus líneas maestras. Lo que más llama la atención es la falta de referencia a los títulos
extrajudiciales y sobre todo a la escritura pública, y ello se debía a que en el inicio de la
segunda mitad del siglo XIII no estaba aún desarrollada la elaboración legal y doctrinal
de la atribución de fuerza ejecutiva a títulos distintos de la sentencia
2. El origen de los títulos extrajudiciales
La creación de títulos ejecutivos distintos de la sentencia tiene un origen muy
antiguo, pues hay que remontarse a la Edad Media para atender al caso de la conversión
en título ejecutivo del documento notarial13. Además hay que referirse a una
complicación típicamente española, en virtud de la cual se ha asistido a un vaivén entre
unidad, dualidad y vuelta a la unidad de las ejecuciones.

11

Jacobo DE LAS LEYES, Flores de Derecho, en UREÑA y BONILLA, Obras, cit., págs. 178-

184.
12

Estamos manejando la edición de las Partidas glosada por Gregorio LOPEZ e impresa en
Salamanca, 1555, si bien en el facsímil del Boletín Oficial del Estado.
13

Para la aparición general de los títulos ejecutivos notariales puede verse LIEBMAN, Sobre el
juicio ejecutivo, en “Estudios de Derecho Procesal en honor de H. Alsina”, Buenos Aires, 1947; PRIETOCASTRO, Derecho procesal civil, II, Zaragoza, 1948, y también otras ediciones antiguas del manual,
pero no las más recientes. Para el proceso de ejecución en Francia, Alemania o Italia puede estarse a
cualquier manual.
En concreto para España, FAIRÉN, Un nuevo descubrimiento sobre la historia del juicio
ejecutivo en España: El ordenamiento sevillano de 1360, en “Estudios”, cit.; MONTERO, La naturaleza
jurídica del juicio ejecutivo, y La ejecución en España de títulos ejecutivos italianos, los dos en
“Ensayos”, cit., y en ellos la bibliografía fundamental. Desde otra perspectiva, NUÑEZ LAGOS, Hechos
y derecho en el documento público, ahora en “Estudios de Derecho Notarial”, I, Madrid, 1986 (pero
inicialmente Madrid, 1950).

8

A) En general
El pujante comercio de las ciudades italianas a finales de la Edad Media se veía
dificultado por un sistema procesal basado en el proceso común, en el llamado solemnis
ordo iudiciarius. La lentitud del proceso ordinario se estimó incompatible con las
necesidades del tráfico mercantil. Una primera solución se encontró en los procesos
plenarios rápidos, que tienen su origen en los Estatutos de algunas ciudades italianas14,
pero los mercaderes aspiraban a algo más; aspiraban a un sistema que permitiera iniciar
la ejecución sin necesidad de que existiera antes una sentencia condenatoria después de
un proceso de declaración, por estimar que éste era siempre lento y complicado.
Esta aspiración se veía negada radicalmente por los principios del proceso
común, basado en el Derecho romano, en el que la ejecución sólo tenía lugar con base
en una sentencia, y tanto era así que el inicio de la ejecución precisaba del ejercicio de
una nueva acción, la actio iudicati. Sin embargo los mercaderes se las ingeniaron para
encontrar una solución utilizando el Derecho romano contra el mismo Derecho romano.
a) En el proceso romano la confesión prestada en la fase in iure se equiparaba a
la res iudicata, mientras que la confesión realizada después de la litis contestatio era
simplemente un medio de prueba. Pues bien, esa diferencia sirvió para crear un proceso
simulado en el que las partes comparecían ante el Juez, el acreedor afirmaba su crédito,
el deudor reconocía su obligación bajo juramento y el Juez dictaba un praeceptum de
solvendo executivum, ordenando al deudor que cumpliera lo confesado y en el plazo
establecido por las propias partes. Incumplido el mandato, se podía pasar sin más a la
ejecución. Esto sucedía en los siglos XI y XII.
b) El paso siguiente consistió en que una parte de lo que se hacía ante el Juez se
realizara ante el Notario. Estos tenían carácter público y eran incluso considerados iudex
ordinarius aunque sólo respecto de los actos de jurisdicción voluntaria. Con esta base
fue admitiéndose que la confesión de la deuda podía hacerse ante el Notario (confessio
coram notario), mientras que el praeceptum de solvendo lo seguía emitiendo el Juez,
ante el que las partes tenían que comparecer después de realizar el documento público.
c) Poco después, ya en el siglo XIII, se admitió que todo lo que hacía el Juez en
la creación del título podía hacerlo el Notario y para ello se articuló una ficción: la
emisión del praeceptum se consideró un acto de jurisdicción voluntaria, no contenciosa,
con lo que ya podía hacerla el Notario (iudex chartularius). Con ello se distinguía entre
instrumenta confessionata, cuando el mandato de cumplimiento lo ordenaba el Juez, e
instrumenta guarentigia, cuando el mandato lo dictaba el Notario. Estamos ya ante el
documento guarentigium o guarentigiatum.
d) En este camino de la evolución llegó un momento, a mediados del siglo XIV
en que las cláusulas guarentigia pasan a ser de estilo e incluso se tienen por puestas
aunque no aparezcan realmente en el documento notarial. Esto supone que los
documentos notariales, relativos a determinadas obligaciones, son ejecutivos, llevan
aparejada ejecución, pero ya no por voluntad de las partes, sino por disposición de la
ley.

14 FAIRÉN, El juicio ordinario y los plenarios rápidos, Barcelona, 1953. Sobre la asunción
por la LEC de 2000 de la concepción del proceso plenario rápido, MONTERO, El nuevo proceso civil, 2.ª
edición, cit., Introducción; más general MONTERO, Los principios políticos de la nueva Ley de
Enjuiciamiento Civil. Los poderes del juez y la oralidad, Valencia, 2001, traducido el italiano con el título
I principi politici del nuovo processo civile spagnolo, Napoli, Edizioni Scientifiche Italiane, 2002.

9

e) El último paso de la evolución tiene su origen en Francia. En este país la
ejecución se confiaba a los huissiers, personal no jurisdiccional ante el que no cabía una
oposición que pudiera calificarse de jurisdiccional, por lo que los actes par davant
notaire se asimilaron con mayor énfasis a la sentencia firme, dando siempre lugar a una
ejecución pura, equiparando la oposición del ejecutado a la sentencia con la oposición
del ejecutado al título ejecutivo notarial, debiendo de realizarse las dos de forma
autónoma ante el Juez competente.
La influencia del Code de procédure civile francés de 1806, que establecía como
títulos ejecutivos las sentencias y los actos notariales franceses, fue decisiva para otros
ordenamientos. En la Ordenanza Procesal Civil alemana de 1877 se establecieron como
títulos ejecutivos las sentencias firmes (parágrafo 704) y, además de otras resoluciones
judiciales, los documentos autorizados por Notarios nacionales, dentro de los límites de
su competencia y en la forma prescrita, con tal que documenten la obligación de pagar
una cantidad determinada de dinero, de otras cosas fungibles o de valores y que el
deudor se someta en el mismo a la ejecución inmediata, añadiéndose que “se
considerará como acción persecutoria del pago de cantidad de dinero la derivada de
hipoteca, deuda inmobiliaria o deuda rentaria” (parágrafo 794), y siempre teniendo en
cuenta que para la ejecución de estos títulos notariales se efectúa una remisión a los
parágrafos 724 a 793, los que regulan la ejecución de sentencias, con las especialidades
introducidas por los parágrafos 795 a 800, aunque las normas específicas de los
documentos notariales son propiamente los parágrafos 798 a 800 (parágrafo 795).
Según el artículo 474 del Codice di procedura civile italiano son títulos
ejecutivos: 1) Las sentencias y las resoluciones a las que la ley atribuya expresamente
eficacia ejecutiva, 2) Las letras de cambio, y otros títulos de crédito a los que la ley
atribuya expresamente la misma eficacia, y 3) Los actos otorgados por Notario relativos
a las obligaciones dinerarias en ellos contenidas. A partir de esta declaración inicial, el
Codice regula una única ejecución para todos los títulos y también alude a la oposición
a la ejecución, distinguiendo entre oposición del ejecutado y oposición de terceros (arts.
615 a 622).
B) En el Derecho español
Antes del siglo XIV era costumbre que las partes en los contratos públicos
establecieran cláusulas ejecutivas, en las cuales el deudor se sometía con su persona y
bienes a la ejecución, para una vez incumplida la obligación en el plazo fijado, y ello
como si contra él se hubiere dictado sentenciada ejecutoriada (firme). Ejemplos de estas
cláusulas pueden verse en Gonzalo Suárez de Paz15 y en Rodericus Suárez16.
El primero de ellos al referirse a los títulos que llevaban aparejada ejecución
atendía a los instrumentos públicos con cláusula guarentigia en Italia y decía que
también esta cláusula existía entre los españoles, pues los escribanos la ponían en los
instrumentos públicos con estas palabras: “Damos poder a todos y a cualesquiera jueces
y justicias, ante quien la presente carta fuere presentada, para que sobre lo contenido en
dicha carta haga ejecución en nuestras personas y bienes, así y tan cumplidamente como
si contra nosotros fuese dada sentencia definitiva por juez competente, y fuese por

15

SUAREZ DE PAZ, Praxis ecclesiasticae et secularis cum actionum formulis et processum,
Salamanca, 1586, folios 93 y 94.
16

SUAREZ, Rodericus, Dilucida commentaria, Valladolid, 1588, en la Declaratio legis regni,

5, pág. 271.

10

nosotros consentida y pasada en autoridad de cosa juzgada”. El segundo aludía a la
práctica de Sevilla y aún de toda Andalucía17.
Sin embargo, la primera manifestación legal de la concesión de fuerza ejecutiva
a los documentos notariales se encuentra en el Ordenamiento sobre Administración de
Justicia dado por Pedro I a la ciudad de Sevilla en 1360, aunque en él todavía no se
produce la equiparación entre sentencia y carta o escritura auténtica a los efectos de la
ejecución, pues se distinguía entre:
1.º) Ejecución de sentencia: La ley IX se refería a la ejecución de las sentencias
consentidas o pasadas en autoridad de cosa juzgada, regulando la venta o remate de los
bienes muebles e inmuebles, regulando la posibilidad de que el ejecutado se opusiera a
la ejecución alegando pago, quita y espera y cualquier avenencia existente entre las
partes, con exclusión expresa de los testigos como medio para probar.
2.º) Ejecución de instrumentos públicos: La ley XVI estimaba ejecutivas las
escrituras públicas firmadas por notario, con dos testigos, especificando que antes de la
venta de los bienes debía ser requerido el deudor para que formulara causas de
oposición, pudiendo ser éstas “pago o alguna razón o alguna defensión derecha”.
La segunda manifestación es también particular y se refiere asimismo a Sevilla;
se trata de la Ley de 20 de mayo de 1396 dada por Enrique III18. Esta segunda norma es
la verdaderamente importante pues luego veremos como se extiende a toda Castilla por
la Lex Toletana. En aquélla se ordenaba a los jueces cuando cualesquiera personas les
mostraren “carta, i contratos publicos, i recaudos ciertos de obligaciones”, “de
cualesquiera deudas que les fuesen devidas, las dichas justicias las cumplan, y lleven a
devida execucion, seyendo passados los plazos de las pagas, no seyendo legitimas
qualesquier excepciones, que contra los tales contratos fueren alegadas”.
A partir de aquí se inician los títulos ejecutivos no judiciales. En 1534 y por el
emperador Carlos I se admitieron dos más: el documento privado reconocido y la
confesión ante Juez competente. En 1782 se añadirá con carácter general la letra de
cambio. Con esto, y habida cuenta de que el primer título ejecutivo es la sentencia
firme, tenemos los títulos ejecutivos que luego se recogerán en las leyes de
Enjuiciamiento como títulos ejecutivos civiles propiamente dichos, sin perjuicio de los
títulos mercantiles que tienen su origen y desarrollo propios hasta plasmarse en los
números 4.º a 6.º del artículo 1429 de la Ley de Enjuiciamiento Civil de 1881.
Atendida la finalidad que perseguimos no es preciso detenerse aquí en la
evolución de los títulos ejecutivos ni en otros aspectos interesantes en otro momento y
lugar. Lo que nos importa es poner de manifiesto que en el desarrollo del proceso de
ejecución existen tres épocas respecto de las cuales actúan como elementos divisores la
Ley de Enjuiciamiento Civil de 1855 y la misma Ley de 2000. Antes de la LEC de 1855
podemos hablar de un sistema unitario de ejecución civil, mientras que a partir de ella
hay que hacer referencia a una dualidad de sistemas de ejecución, pues, por un lado, se
regulaba la ejecución de sentencias y demás títulos judiciales y, por otro, la ejecución de
los títulos no judiciales. Con la LEC de 2000 hemos vuelto al lógico sistema de unidad
en la ejecución, poniendo fin a siglo y medio de desconcierto.
17

También cabe aludir a algunos autores aragoneses; vid. DE GREGORIO ROCASOLANO, El
juicio sumario ejecutivo en los Fueros y Observancias del Reino de Aragón, en Anuario de Derecho
Aragonés, 1946.
18

Para el texto de las leyes de 1360 y 1396 puede verse MONTERO, La herencia procesal
española, cit., pp. 85-9.

11

III. EL SISTEMA UNITARIO DE EJECUCIÓN
En 1480 los Reyes Católicos, por medio de la llamada Lex Toletana, extendieron
a “todos los nuestros Reinos” la Ley dada a Sevilla por Enrique III, aquella en virtud de
la cual se convirtieron en títulos ejecutivos los documentos notariales. La única
diferencia consistió en que al final de la Ley de 1480 se añadió una línea en la que se
decía: “I esto mismo mandamos que se guarde, pidiendo execucion de sentencia passada
en cosa juzgada”. A partir de aquí se configura lo que estamos llamando el sistema
unitario de ejecución, es decir, la existencia de un único proceso de ejecución sea cual
fuere el título ejecutivo19.
1. La ejecución en la Nueva Recopilación y en Hevia Bolaños
Para ofrecer una síntesis de la ejecución en la Recopilación de 1567 vamos a
seguir una obra publicada treinta y seis años después; nos referimos a la Curia Fhilipica
de Juan de Hevia Bolaños20 y lo haremos centrándonos en dos títulos ejecutivos y sin
aludir a otros varios (rescriptos, confesión y documento privado).
a) Títulos ejecutivos
Se afronta inicialmente el estudio de los títulos, no dando un concepto general
sino una enumeración de la que nos importan el primero y el último:
1.º) Sentencia, aunque el título se recoge literalmente de este modo: “Cosa
juzgada, es la definida, y determinada en contradictorio Juicio de Juez competente, en
que las partes fueron oídas, de cuyo litigio no se puede más tratar, ni ha lugar apelación
ni recurso; la cual de su naturaleza es de gran fuerza, y trae aparejada ejecución”.
2.º) Documento notarial: También literalmente: “El instrumento público, o
auténtico, que hace fe trae aparejada execucion, aunque en él no haya cláusula
guarentigia, en que se da poder a las Justicias para que executen, como por sentencia
passada en cosa juzgada”, si bien luego se añade que el instrumento tiene que referirse a
obligación líquida en la cantidad, daños, intereses y expensas.
b) Competencia
Se distingue: 1) En el título sentencia: Si la que debe ejecutarse es la dictada por
el Juez de primera instancia, éste es el que debe ejecutar, pero si la sentencia final es la
dictada por un tribunal superior, que revocó la de primera instancia, el superior será el
ejecutor, y 2) En los títulos no judiciales la competencia se atribuía al Juez del domicilio
del ejecutado.
c) Libelo y mandamiento de ejecución
19

No debe llamar a engaño el que la Nueva Recopilación en el Libro IV, el dedicado al proceso
civil, se refiera en el Título XVII a “De las sentencias y nulidades que contra ellas se alegan” y en el
Título XXI a “De las entregas, i execuciones de contratos, i sentencias, i confessiones, i conoscimientos, i
de los executores dellas”, pues el primero no atendía a la ejecución propiamente dicha, sino a cuándo
quedaba constituido el título ejecutivo que era la sentencia y a cómo se podía pedir la nulidad de la
misma, siendo en el segundo en el que se regulaba de modo completo la ejecución.
Y lo mismo cabe decir de la Novísima Recopilación. En el Libro XI de ésta se regulada el
proceso civil, dedicándose el Título XVI a “De la execución de las sentencias y despacho de executorias”,
en donde en sólo cinco leyes se disponía la sentencia que era ejecutiva (incluyendo las sentencias dictadas
por los árbitros), mientras que en el Título XXVIII, “De los juicios executivos”, sus diecisiete leyes
abordaban la verdadera y única ejecución.
20

Juan de HEVIA BOLAÑOS, Curia Fhilipica, Lima, 1603 (aunque manejamos la edición de
Madrid, 1797).

12

La ejecución debía pedirse por libelo, en el que debía de hacerse mención
expresa de que se pedía la ejecución, acompañando el título ejecutivo, salvo que se
tratara de ejecutar una sentencia por el mismo Juez que la había dictado. Pedida la
ejecución, presentado y examinado por el Juez el título en que se funda, “si le consta ser
tal, conviene la mande hacer y para ello dar mandamiento”. El contenido del
mandamiento era distinto según la obligación a ejecutar, pero tratándose de
obligaciones dinerarias se procedía con prisión del deudor y secuestro de sus bienes,
venta y remate solemne de ellos. El mandato ejecutivo, el embargo y los pregones no
debían ser precedidos de la citación del deudor, al cual sólo se le citaba de remate.
Asimismo, el mandato ejecutivo debía llevarse a efecto aunque se recurriera en
apelación, pues el recurso no tenía efecto suspensivo.
d) Embargo
Normalmente se le llamaba execucion, y ya entonces estaba claro que éste no
podía referirse a todos los bienes del deudor, sino que debía estarse a “bienes ciertos,
determinados, especial y expresamente” y en los suficientes según la cantidad de la
deuda. Se detallaba quién podía designar los bienes, el orden de preferencia (primero los
muebles y faltando éstos los inmuebles), los bienes inembargables y cuándo el
ejecutado podía ser preso.
e) Pregones
Cuando los bienes embargados debían venderse en subasta pública había de
procederse a pregonarlos; en todo caso los pregones eran tres, pero distinguiendo: 1) Si
el bien embargado era inmueble, los pregones debían hacerse en veintisiete días, es
decir, cada nueve días uno, y 2) Si el bien era mueble, los pregones debían hacerse en
nueve días, esto es, cada tres días.
f) Citación de remate
Si no era necesaria la venta de bienes, porque se había encontrado dinero, o
siendo necesaria se renunciaba a los pregones por el deudor, después del embargo debía
hacerse la citación de remate. Si existían pregones la citación de remate debía hacerse
después de pasado el plazo de los mismos. Esta citación debía hacerse en todas las
ejecuciones, sea cual fuere el título, y tenía como finalidad abrir el plazo de tres días
para que el ejecutado formulara oposición. Si la oposición no se formulaba, acusada la
rebeldía, se dictaba sentencia de remate, la cual había de existir en todas las ejecuciones,
sea cual fuere el título.
g) Oposición
Debía formularse en el plazo de tres días desde la citación de remate, y de ella se
daba traslado al ejecutante. Los dos temas fundamentales de la oposición eran:
1.º) Excepciones: Partiendo de lo dispuesto en las leyes de 1396 y de 1480 no
estaba claro qué excepciones podían oponerse y cuáles no, y tampoco resolvió los
problemas una Ley dada en Madrid por Enrique IV y en 1458 (en Nueva Recopilación
IV, XXI, 1.ª, y en Novísima XI, XXVIII, 3.ª), tanto que la doctrina mantenía posiciones
muy distintas, sobre todo en torno a la interpretación de las frases “legítima excepción”
y “tal que de derecho se deba recibir”21.
2.º) Plazo: Desde el principio quedó claro que la prueba de las excepciones debía
realizarse en el plazo de diez días, a contar desde el siguiente a la formulación de la
21

SOBERANES, Historia del juicio ejecutivo, México, 1977, pp. 41-3.

13

oposición. En esta limitación de plazo para probar radicó la distinción entre excepciones
que podían probarse in continenti, que eran las admisibles, y excepciones que, por no
poder probarse en ese plazo, eran admisibles teóricamente pero no en la práctica. Con
esto resultó que la diferencia entre las excepciones no atendía a su contenido, sino a si
podían probarse desde luego.
h) Sentencia
Pasado el plazo de la citación de remate si no hubo oposición o, habiendo
oposición, pasado el plazo de la prueba, el Juez dictaba sentencia en la que podía:
“dando la ejecución por ninguna o mandando continuarla hacer remate y pago a la
parte”. La sentencia, pues, existía en todos los procesos de ejecución, sea cual fuere el
título y hubiera o no existido oposición. Expresamente decía Hevia Bolaños: “La
sentencia dada en vía ejecutiva no causa excepción de cosa juzgada para en la
ordinaria”.
i) Remate
“Es la adjudicación que se hace de los bienes que se venden en almoneda al
comprador de mejor postura y condición”, debiendo estar precedida de un cuarto
pregón. Se trataba, básicamente, de la regulación de la subasta pública. Con el precio de
los bienes rematados se hacía pago al acreedor de principal y costas, y no siendo
suficiente se dictaba mandamiento de premio contra el deudor para que fuera preso
hasta que pagara. Si no había comprador, el acreedor podía pedir que se le entregara el
bien por el precio que valiera.
2. La ejecución en la Novísima Recopilación
Aunque otra cosa pudiera parecer, desde 1567 hasta 1805 no se produjeron
cambios de importancia en la legislación relativa a la ejecución. Las leyes de la Nueva
pasaron a la Novísima Recopilación sin el menor sentido crítico, si bien la práctica fue
adecuando esas normas a la realidad social (por ejemplo, en lo relativo a la prisión, que
en el inicio del siglo XIX había desaparecido de hecho22). Conviene, con todo, hacer
alguna alusión a la doctrina de esta época23.
a) Títulos ejecutivos
Los autores de libros de práctica forense primero y de procedimientos judiciales
después24, intentaban realizar enumeraciones cerradas de los títulos ejecutivos, y el
primero de ellos era siempre la sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada y el
segundo los instrumentos públicos.
Mientras la doctrina anterior no había resaltado especialidad alguna en la
ejecución de las sentencias respecto de la ejecución de los otros títulos, y ahora en
concreto de los documentos notariales, algunos autores del siglo XIX empiezan a
22

En 1806 decía GÓMEZ Y NEGRO, Elementos de práctica forense, Valladolid, 1825 (pero la
obra fue escrita en 1806) que la prisión ya no se practicaba por lo que los acreedores ni la pedían.
23

De entre los libros de la primera mitad del siglo XIX destacamos: GÓMEZ Y NEGRO,
Elementos de práctica forense, Valladolid, 1825; TAPIA, Febrero novísimo, I, Valencia, 1837;
ALCARAZ Y CASTRO, Método y práctica de los cuatro juicios civiles ordinarios..., 5.ª ed., Madrid,
1828; ORTIZ DE ZÚÑIGA, Biblioteca judicial..., I, Madrid, 1839; y GÓMEZ DE LA SERNA y
MONTALBAN, Tratado académico forense de procedimientos judiciales, II, Madrid, 1848.
24

Para la evolución del Derecho procesal y las etapas de la práctica forense y de los
procedimientos judiciales, MONTERO, Derecho jurisdiccional. I, Parte General, 12.ª edición (con G.
Colomer, Montón y Barona), Valencia, 2003, lección 1.ª.

14

apreciar diferencias. Por ejemplo Gómez Negro se refería a que si la sentencia
condenaba a cosa o cantidad incierta era necesario formar “un ante juicio, y será civil
declarativo sumario”25, pero, sobre todo, empiezan a levantarse voces pidiendo que la
ejecución de la sentencia sea distinta a la ejecución de los títulos no judiciales. En este
sentido Ortiz de Zúñiga decía que si el título era una sentencia podía “llevarse a efecto
por apremio, sin necesidad de que anteceda un juicio ejecutivo”26, si bien Gómez Negro
sostenía que la oposición del ejecutado “es lo que dicta la sana razón, desviándose, por
consiguiente, de ella los que la quieren (a la vía ejecutiva) hacer diferente, según sea
diferente el título o instrumento que motiva la ejecución”27.
b) Oposición
El procedimiento de la oposición sigue invariable respecto de lo que hemos
dicho antes; las que empiezan a matizarse son las excepciones que pueden oponerse por
el deudor y, en ese orden, se distinguen:
1.º) Excepciones contra el título ejecutivo notarial: Con escasa claridad se va
poniendo de manifiesto la distinción entre excepciones que se dirigen contra la
ejecución misma y aquéllas que tienen más amplio alcance. En este sentido decía
Gómez Negro que, atendida la naturaleza del título ejecutivo, sólo deberían admitirse
aquellas excepciones “que se dirijan contra la ejecución misma, esto es, las que
acrediten que ya estaba hecha, y todos aquellos medios a los que las leyes han dado la
misma fuerza que al pago”28.
2.º) Excepciones contra la sentencia: El mismo Gómez Negro decía que contra
ella no debían admitirse más que tres excepciones: pago, pacto de no pedir y sus
equivalentes, pero añadiendo inmediatamente que también deberían admitirse la
falsedad del título, la incompetencia y las demás circunstancias que harían nula la
ejecución por cuanto todas afectan a la ejecución misma, pero no deberían admitirse las
relativas a la causa del deber, dado que debieron ser examinadas en el juicio que causó
la ejecutoria29.
c) Sentencia de remate
En cualquier caso, es decir, hubiera o no existido oposición, el Juez debía dictar
sentencia de remate, en la que no se condenaba a pagar, sino en la fórmula que daba
Gómez Negro: “Digo que, sin embargo, de lo expuesto por F. deudor (o si no hubo
oposición) mediante no haber comparecido a oponerse debía mandar y manda ir por la
ejecución adelante, avivar la voz de 4º pregón, hacer trance y remate de los bienes
ejecutados, y con su producto pago a N. de tanta cantidad...”30.

25

GÓMEZ NEGRO, Elementos, cit., pág. 165.

26

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Biblioteca judicial..., I, Madrid, 1839, pág. 149.

27

GÓMEZ NEGRO, Elementos, cit., pág. 169.

28

GÓMEZ NEGRO, Elementos, cit., págs. 182-3; y esta opinión es repetida por GÓMEZ DE
LA SERNA y MONTALBAN, Tratado, II, cit., págs. 35-6.
29

GÓMEZ NEGRO, Elementos, cit., pág. 183, y también siguiéndole GÓMEZ DE LA SERNA
y MONTALBAN, Tratado, II, cit., pág. 36.
30

GÓMEZ NEGRO, Elementos, cit., pág. 185.

15

IV. LA DUALIDAD DE EJECUCIONES SEGÚN EL TÍTULO
El sistema unitario de ejecución se rompe en la Ley de Enjuiciamiento Civil de
1855, en la que aparece la dualidad de ejecuciones. En efecto, en esta Ley se dedica la
Parte Primera a la jurisdicción contenciosa y en ella se distinguía entre “De la ejecución
de las sentencias” (Título XVIII, arts. 891 a 921) y “De las ejecuciones” (Título XX,
arts. 941 a 1009, con Secciones relativas a “Del juicio ejecutivo”, “Del procedimiento
de apremio”, “De las tercerías” y “De la segunda instancia en el juicio ejecutivo”). Lo
importante ahora es comprender por qué se realizó esta distinción y para ello es
elemento fundamental el libro de Pedro Gómez de la Serna que es una verdadera
exposición de motivos de la LEC31.
Antes de examinar esa obra conviene advertir que los autores de la LEC de 1855
prescindieron de modo consciente de los códigos europeos y especialmente del Code de
procédure civile francés de 1806, el cual no tuvo influencia general. La doctrina partía
de la excelencia de lo español y se apartaron de lo que estaba sucediendo en Europa.
1. La ruptura del sistema unitario en la LEC de 1855
La incomprensión por Gómez de la Serna de lo que supone realmente el proceso
de ejecución llevó a distinguir dos sistemas distintos.
A) Ejecución de sentencias
Con relación a las sentencias se dice que la Comisión redactora adoptó las reglas
que estimó más sencillas, breves, seguras y eficaces, procurando evitar los dispendios y
largos procedimientos a que daban lugar la oscuridad e incertidumbre de las leyes. Con
este pensamiento cuando la sentencia condenara al pago de cantidad líquida y
determinada y cuando el condenado no hiciera efectiva la condena voluntariamente
bastaría con acudir al embargo, al avalúo, a la venta de los bienes y al pago, con
remisiones a la forma regulada para el juicio ejecutivo.
Y añadía: “Así sin establecerse la regla de que la sentencia firme trae ejecución
aparejada, y sin sujetarla a los trámites del juicio ejecutivo necesarios, indispensables
para el que no ha sido oído, pero inútiles, dispendiosos, y lentos en demasía para el que
ha litigado y obtenido en su favor una sentencia, se elige del mismo juicio la tramitación
conducente a que se lleve a debido efecto lo preceptuado en la ejecutoria”32.
Lo que se pretendió era, en síntesis, suprimir la citación de remate, la oposición
a la ejecución y la sentencia de remate, de modo que cuando se ejecutara una sentencia
no debía ser admisible oposición alguna del ejecutado. En este sentido decía el mejor
comentarista de la LEC, José de Vicente y Caravantes, que se quiso excluir la citación
de remate al vencido en juicio y la admisión de la oposición de éste, “de manera que no
se le permita alegación, ni se le oiga excepción alguna, teniendo que entablar para ser
oído acerca de ellas, otro nuevo juicio”, aunque él sostenía que por lo menos en las

31

La Comisión redactora de la LEC encargó a GÓMEZ DE LA SERNA la redacción de la
exposición de motivos, pero una vez redactada se creyó conveniente no publicarla con la Ley. Su autor
publicó después el libro Motivos de las variaciones principales que ha introducido en los procedimientos
la Ley de Enjuiciamiento Civil, Madrid, 1857, y a él vamos a atender para comprobar por qué se realizó
una distinción que no se correspondía con nuestra tradición jurídica y que, además, diferencia nuestro
Ordenamiento procesal civil del de los países vecinos, en los que sigue existiendo una única ejecución.
32

GÓMEZ DE LA SERNA, Motivos, cit., pág. 166.

16

excepciones de pago, de falsedad y de prescripción de la ejecutoria sí debería ser oído 33.
Adviértase lo extraño que tiene que resultar, por contrario a la lógica, que en la ley no se
dijera que la sentencia firme era título ejecutivo o llevaba aparejada ejecución.
Se cometió entonces un gran error que ha influido en todo el desarrollo posterior
del proceso de ejecución cuando el título ejecutivo es una sentencia. Este error es el que
llevó después a estimar que en la ejecución de sentencia (y de títulos judiciales) no regía
el principio de contradicción. El error es mayúsculo, pues se trata, nada menos, de
concluir que existe proceso sin partes o sin que una de éstas tenga derecho de defensa,
algo que es contrario a la misma esencia del proceso en general.
B) Juicio ejecutivo
Respecto del juicio ejecutivo el punto de partida, decía Gómez de la Serna, es el
que sirve de término al juicio declarativo, porque da por supuesto lo que en éste ha de
ser objeto de contradicción, de discusión y de fallo; la suposición es la presunción que
hace la ley de que ciertos documentos y actos del deudor tienen una fuerza no igual pero
muy parecida a la de la sentencia.
Y añadía: “Mas como la suposición y la presunción de la ley por importancia
que se le dé, nunca puede llegar a tener la fuerza de la verdad legal, no deben someterse
a las mismas condiciones en su ejecución que la sentencia pasada en autoridad de cosa
juzgada los documentos y actos a que las leyes asimilan hasta cierto punto a la
sentencia. Respecto a la primera no puede nacer ya otro juicio; los segundos,
subordinados desde luego al juicio ejecutivo, no excluyen el ordinario, en que con más
holgura puede volverse a ventilar, lo que antes ha dado lugar a una resolución definitiva
sí, pero que no cierra la entrada a otro juicio, en que con mayores garantías vuelva a
examinarse la cuestión que antes sólo tuvo una solución provisional. Esta es la razón
porque la Comisión no creyó que debía incluir la sentencia ejecutoria entre los títulos
que traen aparejada ejecución; más sencillos son aún los trámites que señaló para su
cumplimiento”34.
C) Clases de títulos
Esta distinción entre ejecución de sentencias y juicio ejecutivo llevó a la
distinción de los títulos:
1.º) Títulos con los que se procederá a la ejecución por la vía de la ejecución de
sentencias: No se hizo con ellos una enumeración en un artículo determinado sino que,
aparte de la sentencia, debía rastrearse la LEC en su búsqueda, pues se trataba de otras
resoluciones de las que se dijera que eran ejecutables como la sentencia (lo convenido
en el acto de conciliación, la transacción judicial, el laudo de los árbitros). Lo que más
llama la atención es que la LEC no llega a decir que la sentencia sea título ejecutivo, y
esto es muy significativo para percatarse de la confusión conceptual de los redactores de
la LEC de 1855, pero también de los de la LEC de 1881, pues en ésta tampoco se dijo.
2.º) Títulos con los que se procedía al juicio ejecutivo: Eran los taxativamente
enumerados en el artículo 941 que decía: “Para que el juicio ejecutivo pueda tener lugar,
se necesita un título que tenga aparejada ejecución. Los títulos que tienen aparejada
ejecución son los siguientes: 1.º Escritura pública, con tal que sea primera copia, o si es

33

VICENTE Y CARAVANTES, Tratado histórico, crítico filosófico de los procedimientos
judiciales en materia civil, según la nueva Ley de Enjuiciamiento, III, Madrid, 1858, págs. 663-4.
34

GÓMEZ DE LA SERNA, Motivos, cit., pág. 177.

17

segunda, esté dada en virtud de mandamiento judicial y con citación de la persona a
quien deba perjudicar, o de su causante”. Adviértase que respecto de estos títulos sí se
decía expresamente que llevan aparejada ejecución, con lo que se incurría en el
contrasentido lógico de que si a la sentencia no se la llamaba título ejecutivo, sí se
llamaba así a los documentos notariales, y esto se hacía precisamente para dar más
fuerza ejecutiva a las sentencias.
En lo que no hubo discusión, estando la doctrina perfectamente de acuerdo, fue
en que el juicio ejecutivo tenía naturaleza de proceso de ejecución 35. Lo que los autores
de la LEC de 1855 pretendieron no era negar esa condición, sino sólo evitar que en la
ejecución de sentencias pudiera el ejecutado formular oposición. El que esto fuera un
claro error, que ha subsistido hasta la actualidad, lo explicaremos después, pero ahora
importa dejar claro que nadie discutió en aquél momento que el juicio ejecutivo era un
proceso de ejecución.
2. Su consolidación en la LEC de 1881
Por el camino abierto por la LEC de 1855 siguió después la LEC de 1881. En
ésta se dedica, en el Libro II, el Título VIII a “De la ejecución de las sentencias” y el
Título XV a “Del juicio ejecutivo” (con Secciones relativas al procedimiento ejecutivo,
al procedimiento de apremio y a las tercerías). El artículo 1429, 1.º se limitó a
reproducir el artículo 941, 1.º de la LEC de 1855. A pesar de que, con relación a esta
Ley, la de 1881 suprimió la rúbrica general “De las ejecuciones”36, la doctrina no dudó
inicialmente de que se trataba de un proceso de ejecución37.
En este sentido nuestro primer procesalista, Francisco Beceña38, se cuestionó
cuáles eran las características de los procedimientos ejecutivos, sus diferencias con
otros modos de cumplirse la tutela jurídica y en qué procedimientos del Derecho
español se daban esas características, estimando que las notas básicas eran: 1) La orden
de pago se da por el Juez inaudita parte, 2) Esa orden se da después de examinar la
demanda ejecutiva, lo que supone una cognitio limitada, y 3) La facultad de excepcionar
del deudor está tasada. Estas notas se cumplían en el procedimiento ejecutivo tipo del
Libro II, Título XV de la LEC de 1881 y en los procedimientos ejecutivos especiales,
que eran, el del Título XVI de la misma LEC, los procedimientos establecidos para
hacer efectiva la pretensión hipotecaria en sus diversas modalidades (regulados en la
Ley Hipotecaria) y los procedimientos de los artículos 7 y 8 de la LEC, siempre de

35

VICENTE Y CARAVANTES, Tratado, III, cit., págs. 267 y ss.; GÓMEZ DE LA SERNA y
MONTALBAN, Tratado, cit., pero ahora 2.ª edición, II, Madrid, 1856, págs. 377 y ss.; HERNÁNDEZ
DE LA RÚA, Comentarios a la Ley de Enjuiciamiento Civil, III, Madrid, 1856, págs. 145 y ss.
36

La idea de la supresión partió de MANRESA, Comentarios a la Ley de Enjuiciamiento Civil
reformada, V, Madrid, 1891, pág. 441, que logró imponerla en la LEC de la que fue principal redactor,
aunque la ponencia en la Comisión General de Codificación relativa al juicio ejecutivo correspondió a
González Acevedo, vid. LASO GAITE, Crónica de la codificación española, 2. Procedimiento civil,
Madrid, 1970, pág. 144.
37

Por ejemplo FÁBREGA, Lecciones de práctica forense, Barcelona, 1921, págs. 279-80, y
DOMÍNGUEZ y DE PINA, Procedimientos judiciales, Madrid, 1932, pág. 314.
38

MONTERO, Aproximación a la biografía de Francisco Beceña, en “Estudios de Derecho
Procesal”, Barcelona, 1981, págs. 603-32.

18

1881. Naturalmente la sentencia firme es el título por antonomasia, y hasta el extremo
de que es el único título no limitado a las deudas en metálico o en especie39.
La consolidación de los errores, primero el atinente a la dualidad de ejecuciones
y después el referido a que en la ejecución de sentencias no había contradicción, es
manifiesta en la LEC de 1881, pero sobre todo se advierte que la doctrina que explicó
esta LEC ni siquiera aludía a la oposición del ejecutado. Si la LEC no regulaba la
oposición del ejecutado, la doctrina asumió esta falta de regulación sin el menor atisbo
crítico.
Esta concepción teórica se asumió después en la LEC de 1881 y llama así la
atención que Manresa, su principal autor, al comentar los artículos 919 a 950 de la
misma no hacía ni alusión a la posible oposición del ejecutado40, y que lo mismo
hicieran los autores de las obras de la primera mitad del siglo XX 41. Lo más grave, con
todo, fue que la doctrina de mayor influencia y prestigio llegó a creer que la no vigencia
del principio de contradicción entre las partes era el elemento caracterizador del proceso
de ejecución42 o, por lo menos, que se trataba de un proceso no contradictorio43, y aun
que el ejecutado no tiene la consideración de parte pues “el obligado sufre la ejecución,
sin que dentro de ella pueda realizar acto alguno de defensa”44; como mínimo se
afirmaba que en el proceso de ejecución las partes no están en situación de igualdad45.
Poco a poco, sin embargo, se fue poniendo de manifiesto que era absurdo negar
la posibilidad de que el ejecutado se opusiera a la ejecución y, primero, tímidamente46
pero, después, de modo claro47 la doctrina española fue ocupándose de esa oposición.
Lo discutible pasó a ser, no ya la existencia de la oposición, sino qué podía alegar el
ejecutado y cómo podía hacerlo (como veremos en el Capítulo Séptimo).
3. Clasificación de las ejecuciones
A partir de la LEC de 1855 la unidad del proceso de ejecución se rompió, y
desde entonces se procedió a clasificar las varias ejecuciones. El criterio básico de la
clasificación se ha venido refiriendo al título ejecutivo, atendiendo a su condición de
jurisdiccional o de no jurisdiccional.
39

BECEÑA, Los procedimientos ejecutivos en el Derecho procesal español, en Revista de
Derecho Privado, 1920, págs. 221-5; sostenía Beceña que si sumario se hace equivaler a procedimiento
breve “decir sumario no es decir nada en realidad”, por lo que sólo cabe emplear esa palabra con relación
a “declaraciones judiciales dadas con una cognitio sumaria”.
40

MANRESA, Comentarios, cit., IV, Madrid, 1889, págs. 168-211.

41

Por ejemplo, FÁBREGA, Lecciones, cit.; DOMÍNGUEZ y DE PINA, Procedimientos
judiciales, cit.; MENÉNDEZ-PIDAL, Elementos de Derecho procesal civil, Madrid, 1935, págs. 542 y ss.
42

GUASP, La ejecución procesal en la Ley Hipotecaria, Barcelona, 1951, pág. 65.

43

HERCE, Derecho procesal civil, II (con Gómez Orbaneja), Madrid, 1976, pág. 249.

44

FENECH, Los procesos sumarios de ejecución, en “Estudios”, cit., pág. 502.

45

PRIETO-CASTRO, Derecho procesal civil, II, Madrid, 1952, pág. 277.

46

PRIETO-CASTRO, Derecho procesal civil, II, Zaragoza, 1948, págs. 513-4, dedicaba menos
de una página a la oposición del ejecutado y en términos muy dubitativos, y GÓMEZ ORBANEJA y
HERCE, Derecho procesal, I, 3.ª edición, Madrid, 1951, dedicaban diez líneas a la oposición del
ejecutado.
47

RAMOS MÉNDEZ, Derecho procesal civil, II, cit., págs. 1005-6; FERNÁNDEZ LÓPEZ,
Derecho procesal civil, III, cit., págs. 185-206; MONTERO, Derecho Jurisdiccional, II, 7.ª ed., Valencia,
1997 (con Ortells, Gómez Colomer y Montón), págs. 570-9.

19

a) Dentro de las ejecuciones de título jurisdiccional o asimilado a él se ha
distinguido entre:
1.º) Ejecuciones ordinarias: Eran las previstas con carácter general y vis
atractiva, y dentro de ellas había que subdistinguir, no por la clase de título, sino por la
clase de obligación. La subdistinción fundamental era: Obligaciones dinerarias y
obligaciones no dinerarias, existiendo dentro de estas últimas un conjunto inclasificable,
pero sí enumerable con referencia a las obligaciones de hacer, de no hacer, de dar cosa
determinada y de dar cosa genérica (distinta del dinero).
2.º) Ejecuciones especiales: No lo eran por el título, que era siempre
jurisdiccional o asimilado, sino por estar previstas para supuestos específicos de
pretensiones ejecutivas, viniendo unidas normalmente a un proceso especial de
declaración; por ejemplo, el juicio de desahucio de la LEC de 1881 tenía normas
propias para la ejecución de sentencias (los arts. 1595 a 1608).
b) Dentro de las ejecuciones de título no jurisdiccional podía hablarse
únicamente de ejecuciones especiales y aquí sí atendiendo al título, por cuanto éste era
el que determinaba la existencia de procedimiento propio. En todas ellas se trataba de
obligaciones pecuniarias, pero aun así podía subdistinguirse entre:
1.º) Juicios ejecutivos: Dentro de los cuales cabía hacer mención de un juicio
ejecutivo común (el de los arts. 1429 y siguientes de la LEC de 1881) y de varios juicios
ejecutivos especiales, que son aquellos en los que variando el título se establecían
modificaciones mayores o menores respecto del procedimiento común (el cambiario, el
de negocios de comercio, el de la Ley sobre responsabilidad civil y seguro en la
circulación de vehículos a motor según el texto de la Ley 30/1995, de 8 de noviembre,
que da nueva denominación y modifica en parte el RD 632/1968, de 21 de marzo).
2.º) Procedimientos hipotecarios: Con las variedades que se correspondían a los
varios títulos (hipoteca común, hipoteca naval e hipoteca mobiliaria y prenda sin
desplazamiento de la posesión).
Todo este conjunto de procesos de ejecución podía reconducirse a dos grandes
clases: Con título judicial y con título no judicial, y es por eso por lo que se habla de
dualidad de ejecuciones, si bien siempre debe tenerse en cuenta que los procesos de
ejecución con título no judicial sólo podían referirse a obligaciones dinerarias48. Los
títulos no judiciales daban lugar también a un proceso de ejecución, pues esa naturaleza
tenía el juicio ejecutivo.
Resultaba de este modo que en la LEC de 1881 la dualidad de ejecuciones
radicaba básicamente en la existencia de:
1.º) Ejecución de sentencias (o de títulos judiciales): La LEC no preveía
oposición alguna del ejecutado. Tratándose de obligaciones dinerarias, que es lo que nos
48

La excepción la representaba el proceso de ejecución del artículo 41 de la LH, en el que el
objeto mediato de la pretensión no es una cantidad de dinero, sino “cuantas diligencias sean necesarias
para la plena efectividad del derecho inscrito”, y en el que también puede intercalarse un incidente
declarativo. En la LEC de 2000, con todo acierto, la efectividad de los derechos reales inscritos en el
Registro de la Propiedad frente a quienes se opongan a ellos o perturben su ejercicio sin disponer de título
inscrito, se ha reconducido al juicio verbal (art. 250.1, 7.º), en el que se limitan las posibilidades de
alegación del demandado (art. 444.2), por lo que la sentencia no produce los normas les efectos de cosa
juzgada (art. 447.3), todo lo cual supone que se ha regulado como juicio sumario; puede verse
MONTERO y FLORS, Tratado de juicio verbal, 2.ª edición, Pamplona, 2004, pp. 210 y ss. y los lugares
a que ahí se remite.

20

importa, existía instancia de parte (se eludía la expresión demanda ejecutiva) (art. 919),
embargo (el despacho de la ejecución quedaba sin perfilar) (art. 921) y apremio (art.
922).
2.º) Juicio ejecutivo o ejecución de título no judicial (los del art. 1429): La LEC
sí preveía expresamente la oposición del ejecutado. El procedimiento constaba de
demanda ejecutiva (art. 1439), auto despachando la ejecución (art. 1440), requerimiento
de pago (art. 1442), embargo, en todo caso sentencia de remate y apremio. La oposición
del ejecutado era una posibilidad en la se limitaban las causas y por eso el artículo 1479
decía que la sentencia de remate no producía excepción de cosa juzgada.
Estas eran las dos ejecuciones. Al principio no se dudó de la naturaleza de
proceso de ejecución del juicio ejecutivo; las dudas surgieron después, cuando se olvidó
la historia y se quiso explicar el sistema español desde sistemas extranjeros que había
tenido una evolución muy diferente.
V. EL JUICIO EJECUTIVO DE LA LEC DE 1881 ERA UN PROCESO
DE EJECUCIÓN
Hemos dejado antes constancia de que incluso después de la LEC de 1881 nadie
dudó de la naturaleza de proceso de ejecución del juicio ejecutivo, esto es, de aquél por
medio del que se procedía a la ejecución de los documentos notariales. Y, sin embargo,
después la doctrina española se presentó dividida y así ha permanecido hasta el final de
la vigencia de la LEC de 1881. Dado que el juicio ejecutivo ha sido suprimido en la
LEC de 2000, reconduciéndose la ejecución de los títulos ejecutivos no judiciales a la
ejecución única, demostrando de este modo que se trataba y se trata de ejecución,
creemos que puede ser de interés mantener aquí los términos del debate porque la
comprensión del mismo puede ser útil para entender la dualidad y la unidad de
ejecución.
1. El inicio de la polémica
El momento en que se calificó por primera vez al juicio ejecutivo de proceso de
declaración es, creemos, el de las Adiciones a la traducción del manual de
Goldschmidt49. Fue entonces cuando Alcalá-Zamora consideró que el proceso
documental y cambiario de la Ordenanza Procesal Civil alemana (parágrafos 592 a 605)
presentaba “afinidades fundamentales con nuestro juicio ejecutivo” y, aún más, que
nuestro juicio ejecutivo “no es en realidad otra cosa que un procedimiento documental y
cambiario”50.
A partir de ese momento se inició la corriente que consideraba al juicio ejecutivo
un proceso de declaración, y en ese orden se han pronunciado De la Plaza51, PrietoCastro52 y Guasp53 y después buena parte de la doctrina que se ha limitado a seguir por
49

GOLDSCHMIDT, Derecho procesal civil, Barcelona, 1936, traducción de Prieto-Castro y
Adiciones de Alcalá-Zamora. En este sentido el propio ALCALÁ-ZAMORA, Nuevos estudios de
Derecho Procesal, Madrid, 1980, pág. 249.
50

ALCALÁ-ZAMORA, en las Adiciones dichas, págs. 461 y 619.

51

DE LA PLAZA, Los principios fundamentales del proceso de ejecución, en Revista de
Derecho Privado, 1944, II, págs. 900 y ss.
52

PRIETO-CASTRO, aparte de obras anteriores en su Tratado de Derecho Procesal Civil, II,
2.ª edición, Pamplona, 1985, págs. 89-90.
53

GUASP, también aparte de en obras anteriores, Derecho Procesal Civil, II, 3.ª edición,
Madrid, 1968, págs. 130-3.

21

este camino. Naturalmente entre estos autores no había unidad de criterio para fijar lo
que era el juicio ejecutivo, aparte de su consideración de proceso declarativo, pues si
unos defendían su naturaleza similar al documental y cambiario, otros se limitaban a
considerarlo proceso de cognición común, pero sumario por razones cualitativas, que
estaba destinado a satisfacer pretensiones dotadas de fehaciencia legalmente
privilegiada.
Así estaban las cosas cuando Fenech, sin excesiva fundamentación, distinguió
los procesos de ejecución en sumarios y no sumarios, tomando como base la existencia
de título extrajudicial o judicial y vayan o no precedidos de un proceso de declaración,
para, a continuación, clasificar los procesos sumarios según se admita o no que dentro
del proceso de ejecución se instaure uno de declaración para discutir la ejecutabilidad
del título, de modo que el juicio ejecutivo era un proceso sumario de ejecución con
posibilidad de oposición al título54.
Con mayor precisión advirtió después Carreras que la cognición repugna en el
proceso de ejecución, pero sólo antes de que se despache ésta, no cuando ya despachada
se insertan procesos declarativos incidentales destinados, no a declarar derechos sino a
fijar alguna de las condiciones de la propia ejecución y terminados por sentencias
meramente procesales, desprovistas del carácter de cosa juzgada55, y Serra puso de
manifiesto que el núcleo de la discusión estriba en admitir o no la posibilidad de que se
inserte un incidente de declaración en el proceso de ejecución56. Por este camino
siguieron después Ramos Méndez57 y Fernández López58 en sus respectivos manuales.
Sobre si los documentos notariales daban o no lugar a un verdadero proceso de
ejecución, esto es, sobre la naturaleza del juicio ejecutivo, argumentaremos después,
pero conviene ahora despejar la referencia al proceso documental y cambiario, para lo
que es preciso aludir, aunque sea brevemente, a la dualidad de procesos a que condujo
el processus executivus en Alemania.
En el Derecho francés previo al Code de procédure civile de 1806 se partía de
dos ideas complementarias:
1.ª) El Poder ejecutivo es el único que puede hacer uso de la coacción o de la
fuerza pública, limitándose los jueces a declarar el derecho, de lo que se deriva que
tiene que existir un delegado de aquel Poder que imprima en todos los títulos el
imperium necesario para convertirlos en ejecutivos; esos delegados eran el Secretario
(para las sentencias) y el Notario (para los instrumentos notariales), los cuales dotaban a
los títulos de fuerza ejecutiva.
2.ª) La ejecución se confiaba, incluso de las sentencias, a órganos
administrativos, mediante actividad de esta naturaleza, porque eran los únicos que
podían usar de la coacción precisa para ejecutar. Sólo cuando en las ejecuciones surgía
una cuestión declarativa de derechos había de suspenderse aquélla y remitir ésta a un
órgano judicial.
54

FENECH, Los procesos sumarios de ejecución, en “Estudios de Derecho Procesal” (con
Carreras), Barcelona, 1962 (si bien el estudio es de 1950).
55

CARRERAS, El embargo de bienes, Barcelona, 1957, págs. 72-6.

56

SERRA, Juicio ejecutivo, en “Estudios de Derecho Procesal”, Barcelona, 1969, pág. 523.

57

RAMOS MÉNDEZ, Derecho Procesal Civil, II, Barcelona, 1990, págs. 1000 y ss.

58

FERNÁNDEZ LÓPEZ, Derecho Procesal Civil, IV (con De la Oliva), Madrid, 1995, págs.

25-8.

22

Con estos dos condicionantes era lógico que algunos títulos ejecutivos quedaran
plenamente asimilados a la sentencia, como fue el de los documentos autorizados por
Notario, a los que se dotaba de cláusula ejecutiva, procediéndose a la ejecución por los
mismos trámites que para la sentencia. Esta, para ser ejecutiva, precisa en Alemania de
la cláusula ejecutiva, esto es, el título es la copia ejecutoria de la sentencia provista de la
cláusula ejecutiva (parágrafo 724 ZPO), y esa cláusula, que se añade por el secretario
del Juzgado o Tribunal dice: “La presente ejecutoria se expide a... etc. (nombre de la
parte) para los efectos de la ejecución” (parágrafo 725). En los documentos notariales la
copia ejecutoria se concede por el notario en cuyo protocolo se custodia el documento
(parágrafo 797).
Por el contrario, los documentos privados, incluida la letra de cambio, al no
poder estar dotados de cláusula ejecutiva, se encauzaron por un proceso declarativo que
tendía a obtener de una forma rápida una sentencia que se convertía en el título
ejecutivo. Este segundo proceso fue el documental y cambiario, regulado en los
parágrafos 592 a 605 de la ZPO alemana, y lo característico de él era que había de
referirse a sumas de dinero (o a la entrega de cantidad determinada de otras cosas
fungibles o valores) y la totalidad de los hechos necesarios para fundar la acción han de
poder probarse por documentos59.
En Italia las cosas sucedieron de un modo distinto respecto de la letra de cambio.
Los procesalistas se negaron radicalmente a que se convirtiera en título ejecutivo y por
ello no figuró como tal en el Codice di procedura civile de 1865. En reconocimiento de
esa condición se produjo en el artículo 323 del Codice di commercio de 188260, y
respecto de él decía Mattirolo que se habían conculcado los más claros principios
jurídicos pues la letra no podía tener fórmula ejecutiva61. El esfuerzo doctrinal para
distinguir entre títulos judiciales y títulos contractuales lo realizó después Mortara62.
Resulta así que en el Codice de 1940 los títulos ejecutivos son: 1) La sentencia y
los actos notariales, que precisan de fórmula ejecutiva, la cual consiste en el
encabezamiento “República Italiana. En nombre de la Ley”, seguido de este texto:
“Mandamos a todos los oficiales de justicia que sean requeridos y a cualquiera que
corresponda, proceder a la ejecución del presente título, al Ministerio Público dar su
asistencia y a todos los oficiales de la fuerza pública colaborar, cuando sean requeridos
legalmente” (art. 475), y 2) La letra de cambio, que no tiene fórmula ejecutiva63.
Cuando la letra de cambio no cumple los requisitos legales, los establecidos en
los Decretos de 14 y 21 de diciembre de 1933, puede convertirse en la prueba escrita
que permite acudir al llamado procedimento d’ingiunzione, regulado en los artículos

59

El paso del tiempo ha evidenciado el profundo error en que incurrió Alcalá-Zamora que,
desconocedor de la tradición jurídica, no supo entender ni el sistema español ni el alemán. En la LEC de
2000 la letra de cambio ha dejado de ser título ejecutivo, pudiendo dar lugar al juicio cambiario (arts. 819
a 827), que es un proceso documental al estilo del alemán, mientras que la escritura pública sigue dando
lugar a un proceso de ejecución.
60

Como decía MARGHIERI, La cambiale como titolo esecutivo, en Diritto Commerciale, 1883,
pág. 99, debido “al parecer de dos cámaras de comercio y con base en un equívoco”.
61

MATTIROLO, Trattato di diritto giudiziario, V, 5.ª edición, Torino, 1905, pág. 282, y en el
mismo sentido DE PALO, Teoria del titolo esecutivo, Napoli, 1901, págs. 73 y ss.
62

MORTARA, Commentario del codice e delle leggi di procedura civile, V, 3.ª edición,
Milano, 1905 (?), pág. 17, y Manuale della procedura civile, II, 2.ª edición, Torino, 1898, pág. 106.
63

MONTERO, La ejecución en España de títulos ejecutivos italianos, en “Ensayos”, cit.

23

633 a 656 del Codice, que permite al Juez, después de la demanda, requerir al
demandado para que pague en el plazo de veinte días o para que formule oposición, con
la advertencia de que si no se formula la oposición se procederá a la ejecución forzosa64.
Trasladar a España la construcción del proceso documental y cambiario alemán,
o incluso el procedimento d’ingiunzione italiano, para equipararlo al juicio ejecutivo
carecía de sentido, tanto porque en nuestro país nunca se dieron las condiciones
determinantes de la diferenciación entre esos procesos y el proceso de ejecución, como
porque, en lo que ahora nos importa, los documentos notariales dan siempre lugar en
esos países a un verdadero proceso de ejecución, al único existente.
2. Los argumentos de esa naturaleza
El proceso a que daban lugar los títulos ejecutivos no judiciales y que se
denominaba legalmente juicio ejecutivo era un verdadero proceso de ejecución, y
precisamente por eso es por lo que cabe hablar de que en el sistema español teníamos
dualidad de ejecuciones, frente a los sistemas de los países próximos al nuestro en que
existía unidad de ejecución. Toda la argumentación que sigue se refiere, por tanto, a la
LEC de 1881.
Adviértase, de entrada, que estábamos ante un proceso especial, tanto por el
título, que era la escritura pública (art. 1429, 1.º, esto es, el documento que contiene
declaraciones de voluntad, actos jurídicos que implican prestaciones de consentimiento
y contratos de todas clases, como dice el art. 144, II, del Reglamento Notarial de 2 de
junio de 1942), como porque había de tratarse de pretensiones ejecutivas relativas a
obligaciones dinerarias (art. 1435 LEC). Naturalmente la especialidad en el título y en la
obligación conducían a que tuviera tramitación distinta de la del proceso de ejecución
ordinario por obligaciones dinerarias.
De la misma manera como un proceso declarativo especial no es en su
tramitación igual que un proceso declarativo ordinario, no cabía esperar que el juicio
ejecutivo, como ejecución especial, fuera idéntico en sus trámites a la ejecución
ordinaria por obligaciones dinerarias. De lo que se trata es de ver si esas especialidades
eran de tal entidad que llegaran a desvirtuar la naturaleza de proceso de ejecución.
a) La LEC de 1881 en su lenguaje estaba partiendo de la naturaleza ejecutiva,
como se desprende la evolución histórica que hemos resumido. Se hablaba de “acción
ejecutiva”, “aparejada ejecución”, “efectos de la ejecución”, “despachar la ejecución”,
“demanda ejecutiva”, “oponerse a la ejecución”, “ejecutante”, “ejecutado”, etc. La vieja
LEC seguía inmersa en la tradición de que se estaba ejecutando, no declarando y,
naturalmente, no vale decir que la LEC era equivoca o que su lenguaje era erróneo65,
porque si lo hacemos así estamos negando cualquier posibilidad de contar con un punto
de partida firme.
b) La causa de pedir de la pretensión ejecutiva se reduce al título ejecutivo; éste
establece por sí solo el hecho relevante para fundar la petición, individualizándola de las
demás, no siendo necesario alegar nada distinto.

64

PROTO PISANI, Lezioni di diritto processuale civile, 3.ª edición, Napoli, 1999, págs. 590 y

ss.
65

Como hace CASTILLEJO MANZANARES, El juicio ejecutivo basado en pólizas bancarias,
Valencia, 1999, 2.ª edición pág. 39.

24

En la demanda ejecutiva lo único que debía alegarse es: 1) Que se tiene y se
presenta un título documento notarial, de los que tienen aparejada ejecución conforme al
artículo 1429, 1.º, de la LEC, y 2) Que la obligación documentada en el título cumple
los requisitos del artículo 1435 de la misma. Esos dos presupuestos debían desprenderse
del título mismo, y a partir de él nace el derecho del ejecutante a que el Juez despache la
ejecución y la lleve hasta el final. El ejecutante no debía probar nada; si el ejecutado
alegaba algo, sea lo que fuere, a él le correspondía la carga de la prueba. En el título se
resumían todas las alegaciones y pruebas que el ejecutante precisaba; cualquier otra
cosa tenía que entrar por la vía del ejecutado y, consiguientemente, a él le correspondía
probar lo que alegara.
c) En la petición de la pretensión, contenida en la demanda ejecutiva, debía
distinguirse entre:
1.º) Objeto inmediato: La petición de la pretensión ejecutiva tiene como objeto
inmediato una cierta actividad jurisdiccional, que no se refiere a declaración judicial
alguna sino que atiende siempre a una conducta física que debe producir un cambio en
el mundo exterior; no se pide al Juez que “declare” el derecho ni que “condene” al
ejecutado, sino que despache la ejecución y que realice los actos procesales precisos
para llegar hasta el final de la ejecución.
2.º) Objeto mediato: El título ejecutivo de que se parte proclama la existencia de
una obligación dineraria y la petición del ejecutante se referirá a la consecuencia
jurídica prevista para el caso de incumplimiento del deudor. Se pedirá la actividad
judicial pero, sobre todo, la entrega de una cantidad de dinero al final de la ejecución.
d) Presentada la demanda ejecutiva el Juez examinaba de oficio la concurrencia
de los presupuestos que establecía la ley y, en su caso, no admitía la demanda a trámite
dando traslado de la misma al ejecutado, sino que despachaba la ejecución, y lo hacía
sin oír al ejecutado, es decir, ponía en marcha la actividad judicial en los mismos
términos en que lo hacía cuando lo presentado era un título judicial. En el despachar la
ejecución no había diferencia de contenido (sí formal) que dependiera de la clase de
título presentado.
e) El que después de despachada la ejecución hubiera de requerirse de pago al
deudor, antes de efectuar el embargo, nada decía sobre la naturaleza del juicio ejecutivo.
En la ejecución ordinaria por obligaciones dinerarias se procedía a embargar sin
necesidad de previo requerimiento personal al condenado (art. 921 LEC/1881), pero en
otras ejecuciones se efectuaba un requerimiento similar al del juicio ejecutivo (así art.
924 LEC), y además ese requerimiento existía también en la ejecución hipotecaria
según el artículo 131, 4.ª, de la LH.
f) La citación de remate era desde 1855 algo que no existía en la ejecución de
sentencias y sí en el juicio ejecutivo. Con todo, si llegara a afirmarse por alguien que la
existencia de esta citación convertía al juicio ejecutivo en un proceso de declaración, ese
alguien tendría que admitir que en España hasta 1855 no hubo procesos de ejecución,
pues en todos ellos existía citación de remate66.

66

En cualquier caso hay que tener en cuenta:

1.º) Esa citación no podía equipararse al emplazamiento o citación de los juicios declarativos
pues entre una y otra existían diferencias fundamentales. En el proceso declarativo estamos ante una
manifestación del principio de contradicción, con tal fuerza que aunque el demandado no se persone el
actor debe probar los hechos alegados si quiere obtener una sentencia favorable, mientras que en el juicio

25

g) La declaración de rebeldía, a que se refería el artículo 1462, siempre de la
LEC de 1881, provenía de que nuestros legisladores recientes no habían entendido las
diferencias existentes entre “acusar una rebeldía” y “declarar la rebeldía”, y llegaron al
contrasentido de declarar rebelde al ejecutado67.
h) En buena medida el núcleo de la discusión debió radicar en la posibilidad o no
de que se inserte un incidente declarativo en un proceso de ejecución, esto es, en si cabe
o no oposición del ejecutado en el proceso de ejecución de sentencias. Si en esta
alternativa se respondía negativamente, había que negar naturaleza ejecutiva a todo
proceso en el que sea posible el incidente declarativo; si se respondía afirmativamente,
había que concluir que el juicio ejecutivo era un proceso de ejecución. A estas alturas, y
después de que la LEC de 2000 ha regulado la oposición a la ejecución cuando se trata
de la ejecución de sentencias, el mismo planteamiento de la alternativa es absurda, si
bien ya lo era antes de la dicha LEC.
i) Si existía oposición del ejecutado, el escrito formalizándola no podía
concebirse como una contestación a la demanda ejecutiva, sino que era una demanda
incidental, esto es, una demanda con la que se daba origen a un incidente declarativo
intercalado en el proceso de ejecución. Sólo así podía explicarse que de ese escrito se
diera traslado al ejecutante para que contestara (art. 1468), y que de esa contestación no
se diera traslado al ejecutado para que respondiera a la misma68.

ejecutivo el ejecutante, a pesar de la citación, no debía probar nada, partiendo de la existencia y
regularidad del título.
2.º) La citación era sólo un medio para “provocar” la oposición del ejecutado. Como veremos
después esta oposición puede darse también en la ejecución de sentencias, con la diferencia de que en ésta
no se provoca, y recuérdese aquí lo dicho antes sobre la concepción de Gómez de la Serna y de los
autores de la LEC de 1855.
67

En nuestro Derecho histórico para pasar de una fase procesal a otra, cuando se ofrecía plazo a
una parte y ésta no realizaba el acto procesal correspondiente, era necesario que la otra parte acusara tres
rebeldías, que fueron reducidas a una por Felipe II en 1564 (Novísima XI, XV, 2.ª). Manteniendo esta
regla el artículo 951 de la LEC 1855 decía: “Si no lo hiciere (oponerse el deudor), pasados los tres días, y
acusada una rebeldía por el actor, mandará el Juez traer los autos a la vista, y con citación de éste solo
pronunciará sentencia de remate”, lo que debía ponerse en relación con el artículo 32 según el cual
“transcurridos que sean los términos improrrogables, y acusada una rebeldía, se declarará, sin más
sustanciación, perdido el derecho...”.
De aquí al artículo 1462 de la LEC de 1881 (en su redacción originaria) hay un solo paso: “...a
instancia del actor se declarará en rebeldía...”, expresión que debía interpretarse teniendo en cuenta la
supresión del acuse de rebeldía y de los apremios en los plazos improrrogables (art. 312) y, en todo caso,
del acuse de rebeldía (arts. 308 y 521, siempre en la redacción originaria), subsistiendo el impulso de
parte. Es evidente que Manresa, el autor principal de la LEC de 1881, no comprendió que no era lo
mismo acusar una rebeldía que declarar en rebeldía, aunque sí se dio cuenta de que los efectos de la
“declaración” del artículo 1462 no eran los mismos que los de las declaraciones de los artículos 528 ó 685
(MANRESA, Comentarios, V, cit., págs. 525-6).
En la reforma del artículo 1462, operada por la Ley 34/1984, de 6 de agosto, se mantuvo la
declaración de rebeldía, pero ahora sin instancia de parte. Lo que no entendió Manresa tampoco lo
comprendió el más reciente legislador. Del acuse de rebeldía (como iniciativa necesaria de la parte para la
preclusión de un acto concreto que no realiza la contraria dentro de plazo), se pasó a la declaración de
rebeldía (que presupone que se refiere a todo el proceso porque en él la parte demandada ni siquiera se ha
personado), y en 1984 a que esa “falsa declaración” se hiciera de oficio.
68

Sería absurdo considerar que en el juicio ejecutivo estábamos ante un proceso declarativo con
demanda, contestación y réplica, pero sin dúplica, tan absurdo que hubiera sido inconstitucional por
contrario a la igualdad de las partes en el proceso y al principio de contradicción. Es razonable, por el
contrario, estimar que el proceso de ejecución se iniciaba por demanda, despacho de la ejecución sin oír al

26

j) Durante siglos la doctrina española discutió en torno a la amplitud que debía
darse a la oposición del ejecutado, no ya en el juicio ejecutivo derivado de documento
notarial, sino en el único proceso de ejecución existente, derivado también de sentencia
pasada en autoridad de cosa juzgada, y la discusión se centró en dos aspectos:
1.º) En qué podía alegar el ejecutado en cuanto al fondo, es decir, respecto del
título y de la obligación (aparte de lo que, en terminología moderna, son los
presupuestos procesales relativos al órgano judicial, por ejemplo competencia, a las
partes, por ejemplo capacidad o legitimación, y los requisitos del proceso mismo, por
ejemplo si no ha existido citación de remate), lo que se resolvió en la LEC de 1881
mediante una enumeración cerrada de las llamadas excepciones (art. 1464) y de las
causas de nulidad (art. 1467).
2.º) En sí debían admitirse todos los medios de prueba o sólo algunos, lo que se
solucionó ya en 1396 admitiendo todos los medios de prueba pero limitando el plazo
para probar a diez días, con lo que se acabó distinguiendo entre excepciones in
continenti y de largo examen, y diciendo que estas últimas no eran admisibles, no por sí
mismas, sino porque no podían probarse dentro de ese plazo.
El plazo de diez días se ha mantenido desde el siglo XIV y a él se seguía
refiriendo el artículo 1469, añadiendo el artículo 1470 cuándo podía prorrogarse, si bien
debía tenerse en cuenta que el artículo 306 (según la reforma de la Ley 34/1984, de 6 de
agosto) declaraba improrrogables todos los plazos, con lo que era por lo menos dudoso
que el artículo 1470 fuera aplicable en su redacción literal. De ello podía resultar que la
sumariedad del incidente se refería, por un lado, a la limitación de las alegaciones del
demandado y, por otro, a que las mismas tenían que poder probarse en el corto plazo
que establecía la ley.
k) Iniciado el incidente declarativo por el ejecutado, y convertido éste en
demandante en el mismo, a él le correspondía la prueba de los hechos que alegara; el
ejecutante, en tanto que demandado en el incidente declarativo, podía limitare a negar
esos hechos o podía alegar otros. Cada parte debía probar en el incidente los hechos que
alegara, conforme a los principios que rigen la carga de la prueba en los procesos
declarativos.
Si el ejecutado (demandante en el incidente) alegaba el pago, éste hecho operaba
como constitutivo y a él le correspondía la prueba del mismo. Lo que más importa
destacar es que la oposición del ejecutado no convertía a hecho alguno de los alegados
por el ejecutante en controvertido, arrojando sobre él la carga de la prueba, y ello
porque la causa de pedir del ejecutante era el título, el cual contenía en sí mismo la
fehaciencia de su autenticidad. El título era ejecutivo porque estaba rodeado de las
garantías que el Ordenamiento estimaba suficientes para que con ellas se realizara la
ejecución, y si el ejecutado alegaba un hecho relativo a la obligación, a su existencia
actual o a su contenido, a él le correspondía la prueba del hecho que alegara.
l) En este contexto si no había oposición, el que hubiera de dictarse sentencia de
remate carecía de sentido útil, y tanto es así que en ella lo único que podía hacerse es
volver a examinar la concurrencia de los mismos presupuestos y requisitos ya
examinados para despachar la ejecución (aparte de las nulidades procedimentales
producidas en la tramitación de la ejecución hasta aquel momento). En todo caso la
sentencia de remate no era una sentencia de condena, como demostraban siglos de
ejecutado, embargo, y partir de ahí el ejecutado podía iniciar un incidente declarativo por medio de
demanda incidental, de la que se daba traslado al ejecutante para contestación.

27

tradición jurídica, el texto expreso del artículo 1473 (“seguir la ejecución adelante”) y la
práctica diaria de los tribunales.
En el Derecho histórico no estaba tan claro que si no había oposición debiera
dictarse sentencia69, pero el usus fori introdujo la sentencia de remate sin oposición.
Ahora bien, no existiendo oposición el Juez no tenía alternativa: su única sentencia
posible era la de remate, y así se asumió en la LEC de 1855, en los artículos 691 y
97070. Sin embargo, la LEC de 1881, en sus artículos 1462, II, y 1463, III, no existiendo
oposición hablaba sólo de “sentencia”, sin precisar que hubiera de ser la de remate
necesariamente, con lo que podía ser la que procediera según el artículo 147371. Con
todo, la que procediera era: 1) La de remate, 2) La de no remate cuando se estimaba
incompetente, y 3) La de nulidad con base en los núms. 1.º y 2.º del artículo 1467
(aparte de las nulidades procedimentales), pues si no había existido oposición el Juez se
encontraba, a la hora de dictar sentencia, exactamente en la misma posición que cuando
despachó la ejecución; no tenía más elementos de juicio, por lo que el reexamen que
podía realizar tenía que limitarse a comprobar los presupuestos que hubo de tener en
cuenta para despachar la ejecución, ni más ni menos. Lo único diferente es que el Juez
debía comprobar la regularidad procedimental de los actos realizados desde el inicio de
la ejecución; esto sí era nuevo, y le podía llevar a declarar la nulidad de oficio del acto
nulo, pero entonces se retrotraían las actuaciones.
m) Por el contrario, si existió oposición, era necesaria una resolución que dijera
si se estimaba o si se desestimaba ésta. En sistema procesal de la LEC de 1881 los
incidentes se resolvían por sentencia (art. 758) y, por tanto, era lógico que por sentencia
se resolviera el incidente de oposición del ejecutado72.
La sentencia que desestimaba la oposición contenía realmente dos
pronunciamientos diferentes: Uno relativo a la desestimación de las causas de
oposición, que era declarativo y de fondo, y otro en el que se ordenaba seguir la
ejecución adelante, que era meramente procesal. La sentencia de remate contenía, pues,
una resolución necesaria, el pronunciamiento sobre la oposición, y otra lógicamente
innecesaria, el seguir adelante la ejecución.
Si se estimaba la oposición, decía el artículo 1473, 2.º, que la sentencia, en su
fallo, debía decir que no ha lugar a pronunciar sentencia de remate, con lo que se estaba
rizando el rizo, pues aparentemente se dictaba una sentencia para decir que no debe
dictarse sentencia de remate. En realidad, lo que se estaba diciendo es, primero, que se
estimaba una causa de oposición y, consiguientemente, que la ejecución no podía seguir
adelante, debiendo ordenarse que se levantara el embargo.
Estimamos que cabe ya concluir afirmando que el juicio ejecutivo era un
proceso de ejecución especial, y adelantar que la sumariedad no podía referirse al

69

En la Novísima Recopilación (XI, XXVIII, 12.ª y 15.ª) se habla de que los alguaciles, cuando
no había oposición, hacían los remates sin mandamiento alguno del Juez, y se recuerda que “no haciendo
la oposición dentro de los dichos tres días, mande el juez hacer remate y pago a la parte...”.
70

Y en este sentido GÓMEZ DE LA SERNA, Motivos, cit., págs. 181-2.

71

MANRESA, Comentarios, V, cit., pág. 527.

72

En el sistema de la LEC de 2000 los incidentes de previo pronunciamiento se deciden por
medio de auto (art. 393.4), y por ello el incidente de oposición a la ejecución se decide por este tipo de
resolución (art. 561).

28

proceso de ejecución sino sólo al incidente declarativo que podía insertarse dentro de él.
A esa sumariedad y a la producción de cosa juzgada nos referimos a continuación73.
3. Sumariedad y no producción de cosa juzgada
Desde antiguo se había sostenido que las sentencias que se dictaban en la vía
ejecutiva no causaban excepción de cosa juzgada para la vía ordinaria, y así decía Hevia
Bolaños que “sin embargo, de la sentencia de remate, y de su execución, y efecto,
aunque no se haya apelado de ella, queda salva la Vía ordinaria a cada una de las Partes,
para pedir por ella su derecho”74 y, asumiendo esa tradición, dijo después el artículo
1479 de la LEC de 1881 que “las sentencias en los juicios ejecutivos no producirán la
excepción de cosa juzgada, quedando a salvo su derecho a las partes para promover el
ordinario sobre la misma cuestión”.
A) En general
Sobre la interpretación de esta norma incidió de modo muy acusado el error
iniciado por Alcalá-Zamora al atribuir naturaleza declarativa al juicio ejecutivo, y
desarrollado posteriormente por otros autores, calificándolo de sumario y habiéndose
llegado a hablar de procesos sumarios de ejecución. De entrada conviene advertir que
no existen ni pueden existir procesos de ejecución sumarios pues sumariedad y
ejecución son términos incompatibles:
1.º) La sumariedad supone limitación y ésta se refiere a las alegaciones de las
partes, al objeto de la prueba y a la cognición judicial, lo que lleva a que en el proceso
sumario no se plantee con plenitud el conflicto existente entre las partes, sino sólo un
aspecto concreto del mismo; en esas circunstancias es lógico que pueda existir un
proceso plenario posterior en el que pueda plantearse la totalidad del litigio y en el que
no podrá excepcionarse cosa juzgada75.
2.º) La ejecución implica, por su propia esencia, que lo que se está pidiendo al
órgano jurisdiccional con la pretensión ejecutiva es una conducta física productora de
un cambio real en el mundo exterior, con el fin de acomodarlo a lo establecido en el
título que sirve de fundamento a la pretensión de la parte y a la actuación jurisdiccional.
73

Somos plenamente conscientes de que en este epígrafe estamos recogiendo un esfuerzo, hecho
en su momento, para demostrar que el juicio ejecutivo era un proceso de ejecución, esfuerzo que hoy,
después de la LEC de 2000, se ha visto desbordado por la realidad de la nueva regulación. La nueva LEC
regula un solo proceso de ejecución, sea el título una sentencia o una escritura pública (y, con buen
sentido, excluye que la letra de cambio pueda ser título ejecutivo), y en ese proceso puede intercalarse un
incidente declarativo, que es la oposición del ejecutado por motivos de fondo; el que esta oposición se
resuelva por auto (art. 561 LEC de 2000) y no por sentencia, no hace a la naturaleza de esa oposición, que
es, sin duda un incidente declarativo intercalado en el proceso de ejecución; si se resuelve por medio de
auto es porque la decisión no produce cosa juzgada, aparte de porque en la nueva LEC se ha establecido
una distinción clara entre autos y sentencias. El debate sobre la naturaleza jurídica del juicio ejecutivo ha
quedado superado, pero sigue siendo muy útil ara la claridad conceptual.
74

HEVIA BOLAÑOS, Curia, cit., Parte II, párrafo XXI, 5

75

En la práctica existe la tendencia a hacer sinónimas las palabras sumario y urgente o rápido,
pero técnicamente ello es incorrecto. De esta tendencia se hace eco, por ejemplo, el artículo 53.2 CE
cuando habla de la tutela de las libertades y derechos fundamentales por medio de un procedimiento
basado en los principios de preferencia y sumariedad. Es cierto que un juicio sumario para ser eficaz ha
de tener una tramitación rápida o urgente, pero ello es una consecuencia de la esencia, no la esencia
misma; ésta se basa en las limitaciones dichas. A estos juicios sumarios se refiere la LEC de 2000 cuando
habla de “tutela sumaria” (art. 250.1, 4.º, LEC) o de que el tribunal resuelva “con carácter sumario” (art.
250.1, 5.º, 6.º, 10.º y 11.º, LEC). Más en general, el artículo 447 LEC dice que no surtirán efectos de cosa
juzgada las sentencias que pongan fin a determinados juicios verbales.

29

En el proceso de ejecución no se declara el derecho, no se dice, sino que se actúa lo ya
dicho en la sentencia o lo que no precisa de declaración porque la ley concede a un
documento fuerza ejecutiva.
La sumariedad es una característica que sólo puede referirse a la declaración del
derecho, nunca a la ejecución del mismo, y partiendo de esta base la interpretación del
artículo 1479 de la LEC de 1881 requería distinguir dos cosas muy distintas:
a) En lo que era propio del proceso de ejecución en el juicio ejecutivo, esto es,
en si la ejecución sigue o no adelante como contenido de la sentencia, no había ni
siquiera la posibilidad de plantear el tema de la sumariedad de la misma y de la
excepción de cosa juzgada en el proceso plenario posterior. Si en la sentencia de remate
ordenaba el Juez seguir la ejecución adelante, no cabía luego en un proceso declarativo
y plenario discutir sobre ese concreto punto, dado que en un proceso de esta naturaleza
no podrá declararse que no siga la ejecución adelante. De la misma manera, si se dictó
sentencia de no remate, no cabía que en un proceso declarativo plenario posterior se
pretendiera y se lograra que el tribunal dijera que el extinguido proceso de ejecución
anterior debía seguir adelante. Desde otro punto de vista podría decirse que carece de
sentido pretender en un proceso declarativo lo que es propio de un proceso de ejecución.
Con mejores razones no cabía hablar de sumariedad con relación a las
actuaciones procedimentales realizadas en el juicio ejecutivo, ni de llevar a un proceso
ordinario posterior la declaración de nulidad de actuaciones producida en el juicio
ejecutivo, y en este sentido la STS de 29/5/1984 (RJ 1984/2802): “La materia que fija el
ámbito propio del juicio ordinario queda limitada a los problemas de fondo o de derecho
material sobre existencia y exigibilidad del crédito que sirvió de base al ejecutivo,
quedando amparadas por la cosa juzgada las cuestiones de derecho formal o de
procedimiento que la ley ha establecido para la efectividad del crédito por aquella vía
reclamado”. Igualmente la STS de 23/3/1990 (RJ 1990/1724) se refiere a que las faltas
(procedimentales) que pudieron ser cometidas en el juicio ejecutivo, debieron ser
planteadas y resueltas dentro de él o en los correspondientes recursos.
No falta alguna ocasión, con todo, en que el Tribunal Supremo sí ha declarado
en un proceso ordinario posterior la nulidad de actuaciones producida en un juicio
ejecutivo anterior, aduciendo la indefensión del ejecutado al que no se citó de remate, si
bien advirtiendo que “ello no significa la admisión generalizada de procesos cuyo
objeto fuera subsanar el quebrantamiento de las formas esenciales del juicio con el
efecto de la indefensión perpetrado en otro juicio antecedente y ya ejecutoriado” (STS
de 15/11/1988, RJ 1988/8467).
Es evidente, con todo, que el Tribunal Supremo falta claridad conceptual, por
cuanto, a veces, da “vueltas” en torno a la cuestión, sin decir de frente lo que debe decir,
esto es, que no cabe debatir en un proceso declarativo posterior sobre la regularidad
formal de un proceso de ejecución anterior. Por ejemplo.
STS de 25/6/1999: “Sexto.- En el
motivo segundo, con igual residencia procesal
que el anterior, se denuncia «infracción de las
normas del Ordenamiento Jurídico y de la
jurisprudencia aplicables para resolver las
cuestiones objeto de debate, al considerar que
según lo establecido en el artículo 240 de la Ley
Orgánica del Poder Judicial, no cabe ejercitar la
pretensión deducida en el procedimiento». En el
alegato de dicho motivo se dice literal e

íntegramente lo siguiente: «Infringe la
Sentencia recurrida el precepto legal que queda
citado ya que de la lectura del mismo se
desprende, sin ningún género de dudas que los
actos a que el mismo se refiere, son los
procesales. Si a ello se añade que, según el
artículo 1479 de la Ley de Enjuiciamiento Civil,
las sentencias dictadas en los juicios ejecutivos
no producirán efecto de cosa juzgada, quedando
a salvo su derecho a las partes para promover el

30

ordinario sobre la misma cuestión, se llegará
necesariamente a la conclusión de que mi
conferente tenía y tiene perfecto derecho a
solicitar la nulidad de unas subastas judiciales
cuando, como ocurre en el presente caso, ha
sido satisfecho el principal reclamado en el
mismo».
El expresado motivo también ha de ser
desestimado, ya que, según el invocado artículo
240 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, la
posible declaración de nulidad de actos
procesales (en este caso concreto, las subastas
judiciales celebradas en ejecución de sentencia
de remate recaída en un juicio ejecutivo)
requiere que el solicitante de dicha declaración
de nulidad, habiendo sido parte en el expresado
juicio ejecutivo (como lo fue el aquí recurrente,
allí en calidad de demandado), haya hecho uso
de los recursos establecidos en la ley, cosa que,
según declaran probado las contestes sentencias
de la instancia, no realizó, ni trató de realizar, el
allí demandado y aquí recurrente, aparte de que

tal pretendida nulidad de las referidas subastas
judiciales exige que, en la celebración de las
mismas no se hayan observado los requisitos
indispensables para alcanzar su fin, lo que
tampoco ocurre en el presente caso, pues las
aludidas subastas judiciales fueron celebradas
con todos sus requisitos legales. Por lo que hace
a la invocación que también se hace del artículo
1479 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, ha de
constatarse que el mismo carece de aplicación al
presente supuesto litigioso, ya que aquí no se
trata de debatir cuestiones no planteadas, ni
resueltas en el juicio ejecutivo correspondiente,
sino que solamente se pretende la declaración
de nulidad de unos actos procesales (subastas
judiciales) realizados en ejecución de sentencia
de remate recaída en dicho juicio ejecutivo, para
lo que, volvemos a decir, es absolutamente
inaplicable el mencionado precepto” (RJ
1999/4893).

Por fin, hasta puede citarse alguna sentencia del Tribunal Constitucional en la
que ha estimado el amparo interpuesto por indefensión al no haber sido citado de remate
el ejecutado, considerando que no es preciso en este caso acudir primero al proceso
declarativo ordinario (STC 242/1991, de 16/12).
b) El ámbito de la sumariedad y de la no existencia de la cosa juzgada podía
referirse al contenido del incidente declarativo inserto en la ejecución, y aun con
relación a ese incidente había que subdistinguir:
1.º) Aquellas cuestiones procesales que son exclusivas de una ejecución
concreta, no podrán discutirse en un proceso plenario posterior; por ejemplo, si en la
oposición se alegaba la excepción de incompetencia y la misma era desestimada,
dictándose sentencia de remate, es evidente que el tema de la competencia en el juicio
ejecutivo no podía discutirse en un proceso declarativo plenario que se suscitara
después; en éste podría debatirse sobre la competencia para conocer del mismo, pero no
sobre la competencia para conocer de un proceso distinto. Si se prefiere de otra manera,
cada Juez tiene que pronunciarse sobre su propia competencia y, en su caso, sobre ella
se pronunciará el tribunal superior si se interpone recurso, pero no puede admitirse que
un Juez establezca la competencia de otro Juez (a no ser por la vía de los recursos
dentro del mismo proceso).
2.º) Las cuestiones que se refieren a la existencia y contenido del crédito son las
únicas apropiadas para poder discutirse en un proceso declarativo plenario posterior. En
éste no podrán plantearse las cuestiones procesales propias de la ejecución, como si el
título era ejecutivo o no, pero sí todo lo relativo a la existencia del crédito, esto es, todo
lo que concierne a la relación jurídica material aducida entre las partes.
Como hemos dicho antes, si se formuló oposición la sentencia de remate o de no
remate contenía en realidad dos pronunciamientos: Uno relativo a la oposición y otro
atinente a seguir o no adelante la ejecución; este segundo era exclusivamente procesal,
no pudiendo volverse a discutir de él, pues no podía ser sumario; el primero era

31

declarativo y sumario y sobre él sí cabía incoar un proceso declarativo plenario
posterior, para que en él se debatiera sobre la relación jurídica material.
B) Si no hubo oposición
Sea cual fuere la sentencia dictada, si no hubo incidente de oposición en el juicio
ejecutivo, difícilmente podría hablarse de cosa juzgada o, en último caso y si se prefiere,
ésta podría limitarse sólo a la continuación o no de la ejecución. Si el Juez dictó
sentencia de remate, lo hizo simplemente reexaminando la concurrencia de unos
presupuestos procesales específicos (los del art. 1440 y su remisión), pero no se llegó a
cuestionar la existencia y contenido de la relación jurídica material. Si la sentencia fue
de no remate, ello pudo deberse sólo a la falta de competencia. Si la sentencia fue de
nulidad total, hubo de basarse en el reexamen de los presupuestos procesales específicos
(siempre los del art. 1440 y su remisión), con lo que tampoco se atendió a la relación
jurídica material. Si la declaración de nulidad fue parcial, los autos se repusieron al
estado en que tenían cuando se cometió la falta y había de dictarse otra vez, después de
repetirse la tramitación, sentencia de remate o de no remate.
Así las cosas en principio podía concluirse que:
a) La resolución sobre los presupuestos procesales era sólo procesal y no cabía
que se produjera cosa juzgada respecto de un proceso declarativo posterior, si bien en
éste no podría debatirse ni resolverse sobre la concurrencia de los presupuestos
procesales en otro proceso anterior.
Por el contrario, la resolución procesal sí producía cosa juzgada si se hubiera
pretendido iniciar otro proceso ejecutivo y se mantuvieran inalteradas las
circunstancias; así, si en el juicio ejecutivo se dictó sentencia de no remate al estimar el
Juez que el documento presentado no tenía fuerza ejecutiva, y después pretendía
iniciarse otro juicio ejecutivo con el mismo documento, nos parece evidente que en este
segundo podía alegarse la excepción de cosa juzgada76.
b) Al no existir oposición no hubo incidente declarativo y, consiguientemente,
no hubo pronunciamiento sobre excepciones, por lo que no cabía hablar de cosa juzgada
si se iniciara un proceso declarativo plenario posterior. Incide aquí, y de manera muy
directa, la naturaleza jurídica que se hubiera atribuido al juicio ejecutivo, de modo que:
1.º) Si se considera que el juicio ejecutivo era un proceso declarativo sumario, en
un proceso plenario posterior no podría discutirse de lo que pudo discutirse en el
primero aunque no se hiciera. La citación de remate se hace equivaler a emplazamiento
del deudor y su incomparecencia equivaldría a allanamiento en las causas de oposición
admisibles, que no pueden examinarse de oficio.
2.º) Por el contrario, si se parte de que estábamos ante un proceso de ejecución,
limitado al examen de unos presupuestos procesales, la incomparecencia del deudor
ante la citación de remate no suponía allanamiento alguno, pudiendo aquél acudir al
proceso declarativo posterior sin limitaciones. La citación de remate no equivaldría a
emplazamiento para contestar a la demanda y la incomparecencia no podría asimilarse
al allanamiento.

76

MONTERO, Cosa juzgada, jurisdicción y tutela judicial, en Derecho Privado y Constitución,
1996, núm. 8, págs. 274 y ss.

32

STS 29/5/1984: “...esta circunstancia de pago,
en un principio parcial y después total de la
deuda, pudo ser alegada por la entidad aquí
actora en el procedimiento ejecutivo, en los
diversos momentos procesales que con
cumplida oportunidad se le presentaron y de los
que tuvo personal y cabal conocimiento... amen
de la posibilidad y derecho que le asistía de
personarse en las actuaciones y no la de
mantener una actitud de pertinaz rebeldía, hacen
obvia la conclusión de que el art. 1479 de la Ley
de Enjuiciamiento Civil... fuera rectamente

interpretado y aplicado por la sentencia
recurrida al no estimar admisible que en el
posterior juicio declarativo, pueda plantear
cuestiones que en el ejecutivo pudo excepcionar
y oponer paliando o paralizando aquél, con la
consiguiente economía, al hacer innecesarias
diligencias, sólo a su pasiva e injustificada
postura imputables, con cuyo costo legalmente
debe pechar, sin que a través del declarativo,
cuyo fin por lo dicho no es precisamente que
éste pueda eludir dichos efectos, que es lo que
realmente pretende” (RJ 1984/2802).

En la sentencia anterior y en otras similares ni siquiera llegaba a plantearse la
cuestión de la naturaleza del juicio ejecutivo, sino que la consideración de que la
sentencia de remate del juicio ejecutivo sí producía cosa juzgada parece basarse en una
especie de sanción a la contumacia del ejecutado, con lo que se estaba dando a ésta una
consecuencia que carecía en absoluto de base legal. Se llegaba así a la conclusión de
que producía efectos de cosa juzgada lo que ni siquiera llegó a debatirse ni a resolverse.
C) Si hubo oposición
Aquí la base de partida es que existió un incidente declarativo sumario y los
problemas de la cosa juzgada atendían a que se dictó sentencia de remate, con
desestimación de las causas de oposición, o sentencia de no remate, con estimación de
esas causas, siempre que las mismas se refirieran a la relación jurídica material. El
incidente declarativo sumario, en que se resolvía la oposición, presuponía la existencia
de limitaciones, y de lo que se trataba era de precisar el alcance de las mismas respecto
de la excepción de cosa juzgada en el proceso posterior. Las limitaciones podían
referirse a:
a) Las causas de oposición: Habría que distinguir dos clases de las mismas:
1.º) Las que no eran admisibles en el juicio ejecutivo: El artículo 1464, párrafo
último, de la LEC de 1881 decía que cualquier otra excepción, aparte de las que
enumeraba, se reservará para el juicio ordinario, de modo que en éste cabrá discutir de
lo que no pudo discutirse en el incidente declarativo del juicio ejecutivo.
2.º) Las que pueden oponerse en el juicio ejecutivo: En opinión de Manresa, es
decir, del autor principal de la LEC de 1881, las partes podían acudir al proceso
ordinario posterior planteando la misma cuestión, lo que suponía todas las causas de
oposición, se hubieran alegado o no en el juicio ejecutivo77, pero el Tribunal Supremo si
hace unos años se pronunciaba de modo vacilante, tanto que pudieron 78 señalarse tres
posiciones en su jurisprudencia: Una de cierre absoluto del proceso posterior, otra de
cierre parcial y una última de apertura total, en los últimos años de aplicación de la LEC
de 1881 parecía inclinado decididamente a concluir que sí cabía oponer excepción de
cosa juzgada en el proceso posterior respecto de las causas de oposición que se alegaron
y resolvieron en la oposición y de las que pudiendo alegarse no se alegaron por el
deudor.

77

MANRESA, Comentarios, V, cit., pp. 563-9.

78

SEIJAS IGLESIAS, El juicio ejecutivo y el juicio declarativo posterior, Madrid, 1977, pp.

185 y ss.

33

STS 24/11/1993: “La doctrina de esta
Sala, matizando el entendimiento del indicado
precepto (el art. 1479), ha declarado que el
mismo no permite reproducir en juicio ordinario
las excepciones y causas de nulidad propias del
juicio ejecutivo (Sentencias, entre otras, de 6 de
octubre de 1977, de 6 de noviembre de 1981 y
de 29 de mayo de 1984) admitiéndose
únicamente tal posibilidad, contraria a la cosa
juzgada, en supuestos como los contemplados
en la Sentencia de 15 de noviembre de 1991, en
los que lo alegado en el juicio declarativo no
pudo formularse como excepción o causa de
oposición
en
el
juicio

ejecutivo, dado el estrecho cauce del mismo,
pero sin que obviamente, pueda esta última
postura oponerse a la doctrina general de la
Sala, ni aplicarse al caso que nos ocupa, en el
que habrá de primar la tesis de que las
excepciones del art. 1464 de la Ley de
Enjuiciamiento Civil, así como las causas de
nulidad del art. 1467 de dicho Cuerpo Procesal,
devienen inutilizables en el juicio declarativo
posterior, tanto en los casos en que esgrimidas
en tiempo y forma, fueron desestimadas, como
en aquellos otros en que el ejecutado no quiso o
no supo oponerlas; razones todas ellas por las
que procede la expresa desestimación de este
primer motivo” (RJ 1993/9132).

En el mismo sentido la STS 15/7/1995 (RJ 1995/5585) que añade: “...en
aplicación de la doctrina jurisprudencial citada en el anterior fundamento de esta
resolución, tanto en el caso de que esa causa de nulidad hubiera sido alegada y
desestimada en el juicio ejecutivo, como que hubiera sido omitida su alegación, no
puede ser planteada en un posterior juicio declarativo como aquí se pretende”.
ATS 16/3/1999: “Esta Sala, al
interpretar el art. 1479 LECiv, ha establecido el
criterio de que cuando se afirma que las
sentencias dictadas en los juicios ejecutivos no
producen la excepción de cosa juzgada, ello ha
de entenderse en cuanto a las cuestiones de
fondo, quedando entonces a salvo el derecho de
las partes para plantearlas en un posterior
declarativo (SSTS 23-3-1990 y 30-4-1991 y 232-1996); de manera más explícita, la STS 29-71998, que cita, entre otras, las de 8-6-1968, 202-1976, 9-2-1977, 16-9-1988, 23-12-1958, 1510-1991 y 26-3-1993, indica que no se produce
cosa juzgada respecto de aquellas cuestiones
que por su entidad, índole o complejidad no han
podido ser correcta y profundamente debatidas
o que no han podido ser abordadas en toda su
amplitud o extensión en el juicio ejecutivo, y
que, por regla general, la cosa juzgada no ha de
abarcar la existencia, certeza y legitimidad del
hecho reclamado; pero, por el contrario, el

efecto impeditivo tiene toda su fuerza respecto
de aquellas excepciones y causas de nulidad que
pudieron y debieron oponerse y resolverse en el
juicio sumario, las cuales no es posible plantear
de nuevo en el proceso ordinario (SSTS 23-21996, 4-11-1997 y 29-7-1998, entre otras, y
además de las citadas). Esta doctrina se
encuentra respaldada por la del Tribunal
Constitucional (SSTC 173/1989, 242/1991 y
14/1992), que recuerda que si bien la
jurisprudencia de esta Sala ha restringido
considerablemente las posibilidades del ulterior
juicio declarativo, no puede negarse que nunca
ha impedido que quien, sin incurrir en
negligencia, no gozó de una oportunidad
razonable para defender sus legítimos intereses
en el seno del juicio ejecutivo, pueda desarrollar
dicha defensa en el marco del posterior proceso
declarativo ordinario” (RJ 1999/2148).

b) El plazo de la prueba: Si el plazo para practicar la prueba era de diez días (art.
1469) y si no podía prorrogarse (art. 1470), existía la posibilidad de que una excepción,
admisible en el juicio ejecutivo según el art. 1464, no pudiera probarse, caso en el que
había que concluir que la limitación tenía una segunda vertiente, en la cual la cosa
juzgada no podía referirse a la excepción que no pudo probarse, a pesar de la diligencia
del deudor. En este sentido se había pronunciado últimamente también Carreras 79, pero

79

CARRERAS, Consideración general del juicio ejecutivo, en “El juicio ejecutivo”, Cuadernos
del CGPJ, Madrid, 1994, p. 19. En el mismo sentido antes nuestro trabajo La naturaleza jurídica del
juicio ejecutivo, en “Ensayos”, cit., p. 381 (el trabajo se publicó por primera vez en 1993).

34

ya lo habíamos puesto de manifiesto recordando la tradición de las excepciones que
podía probarse in continenti.
Debe recordarse, en general, que la STC 14/1992, de 10/2, al considerar que el
ejecutado puede siempre defenderse asumiendo la condición de demandante en un
proceso ordinario posterior contra el ejecutante, dijo: “La jurisprudencia ha restringido
considerablemente las posibilidades del ulterior juicio declarativo, pero no puede
negarse que dicha jurisprudencia nunca ha impedido que quien, sin incurrir en
negligencia, no gozó de una oportunidad razonable para defender sus legítimos intereses
en el seno del juicio ejecutivo, pueda desarrollar dicha defensa en el marco de un
posterior proceso declarativo ordinario, según permite el citado art. 1479 de la LEC.
Posibilidad legal que hoy se ve solemnemente respaldada por el art. 24 de la CE al
proscribir que nadie pueda quedar indefenso ni verse impedido de tomar parte en un
proceso con todas las garantías para la tutela de sus derechos”.
El camino seguido por la jurisprudencia debía estimarse contrario no sólo a
nuestra tradición jurídica sino, y sobre todo, al tenor literal del art. 1479 80, y llevaba a la
desnaturalización total del juicio ejecutivo y, más en concreto, del incidente declarativo
intercalado en el mismo que dejaba de ser sumario, es decir, que no atendía ya a una
justicia provisional. Se llegaba así a la desaparición de una clase de tutela judicial, la
provisional, y por eso es por lo que en la práctica era difícil encontrar un proceso
declarativo plenario posterior a un proceso sumario en el que se tratara realmente de
debatir sobre la existencia y contenido de la relación jurídica material.
La situación se complicaba cuando esta jurisprudencia se relacionaba con
aquella otra, también consolidada, conforme a la cual no cabía el “recurso” de revisión
contra las sentencias dictadas en los juicios ejecutivos, pues entonces podía conducirse
al ejecutado a un callejón sin salida, al negársele, primero, el proceso plenario posterior
y, después, la posibilidad de acudir a la revisión.

80

Esta jurisprudencia asumía sin recato que su doctrina era contraria al tenor literal del artículo
1479, y así decía la STS 20/12/2002 (RJ 2002/10753): “Así planteado, el motivo ha de ser desestimado
porque comienza por desconocer la verdadera doctrina de esta Sala sobre el art. 1479 LEC de 1881 pese a
que la sentencia recurrida se preocupe de reflejarla fielmente. Según esta doctrina el citado precepto, pese
a su dicción literal, sí impide que en un eventual juicio ordinario posterior pueda conocerse de las mismas
cuestiones resueltas por la sentencia firme del juicio ejecutivo o que en éste hubieran podido plantearse
por el ejecutado al formular su oposición. Así lo declaran numerosas sentencias de esta Sala tanto
anteriores a la recurrida en casación, como las de 4-11-97 y 29-7-98, cuanto posteriores ella, como las de
25-4-01 y 26-11-0”.

35

STS 5/7/1995: “Es un hecho
incontrovertible que la sentencia impugnada
en revisión recayó en un juicio ejecutivo, y,
por tanto, según el art. 1479 de la LEC, tales
sentencias no producen excepción de cosa
juzgada, quedando a salvo su derecho a las
partes para promover el ordinario sobre la
misma cuestión, deduciendo de esta
normativa la jurisprudencia de esta Sala
(Sentencias, entre otras, de 20 de octubre y

31 de diciembre de 1990 y 25 de junio de 1992) que
en atención a que los arts. 1796 y 1797 de la misma
Ley Procesal sólo permiten este excepcional y
extraordinario recurso frente a una sentencia firme,
o sea, contra la que ya no quepa medio
impugnatorio alguno, tal condición de firmeza no es
predicable para las sentencias dictadas, como la que
es objeto de estas actuaciones, en los juicios
ejecutivos, en virtud de lo dispuesto en el expresado
art. 1479” (RJ 1995/5465).

Téngase en cuenta que estas sentencias incurren en el grave error de confundir
firmeza con cosa juzgada material; las sentencias dictadas en los juicios ejecutivos
pueden ser firmes y, al mismo tiempo, no producir cosa juzgada, pues la firmeza se
refiere al mismo proceso en que la sentencia se dicta y la cosa juzgada atiende a un
proceso posterior, como puede comprobarse en cualquier manual81.
Aún partiendo del error anterior las cosas pudieron empezar a cambiar cuando se
admitió que si, atendida la interpretación de que el artículo 1479, no cabía alegar en el
proceso declarativo plenario posterior lo que pudo alegarse en el ejecutivo, tenía que
admitirse la revisión.

81

También en MONTERO, La cosa juzgada: Conceptos generales, en “Efectos jurídicos del
proceso”, Cuadernos del CGPJ, Madrid, 1996, pp. 72 y ss. Para una visión posterior, con diferencias en
torno a la cosa juzgada formal, MONTERO, El nuevo proceso civil, 2.ª edición (con G. Colomer, Montón
y Barona), Valencia, 2001, capítulo 27.º.

36

STS 16/12/1996: “Antes de entrar,
en su caso, en el examen del motivo de
revisión alegado se hace preciso estudiar si
la sentencia a que se contrae este recurso, es
susceptible de revisión a tenor de los
artículos 1.796 y 1.797 de la Ley de
Enjuiciamiento Civil al haber sido dictada en
juicio ejecutivo y la doctrina de esta Sala
según la cual los citados preceptos legales
sólo
permiten
el
excepcional
y
extraordinario recurso de revisión frente a
una sentencia firme, o sea, contra la que no
quepa ya medio impugnatorio alguno; tal
condición de firmeza no es predicable para
las sentencias dictadas en los juicios
ejecutivos ya que, conforme establece el
artículo 1.479 del texto legal indicado, no
producen excepción de cosa juzgada,
quedando a salvo el derecho de las partes
para promover el ordinario sobre la misma
cuestión (sentencias de 20 de octubre y 31
de diciembre de 1.990, 25 de junio y 25 de
noviembre de 1.992, 30 de enero de 1.993 y
13 de diciembre de 1.994). Ahora bien, esta
doctrina jurisprudencial ha de ser
concordada con la también reiterada de esta
Sala recaída en la interpretación del artículo
1.479 de la Ley de Enjuiciamiento Civil y
recogida en la sentencia de 24 de noviembre
de 1.993 según la cual "si bien es cierto que,
de acuerdo con el tenor literal del precepto

del artículo 1.479 de la Ley de Enjuiciamiento
Civil, las sentencias dictadas en los juicios
ejecutivos no producirán la excepción de cosa
juzgada, quedando a salvo su derecho a las partes
para promover el ordinario sobre la misma cuestión,
también lo es que, como acertadamente razona la
sentencia recurrida, la doctrina de esta Sala,
matizando el entendimiento del indicado precepto,
ha declarado que el mismo permite reproducir en
juicio ordinario las excepciones y causas de nulidad
propias del juicio ejecutivo (sentencias, entre otras,
de 6 de octubre de 1.979, 6 de noviembre de 1.981
y 29 de mayo de 1.984), admitiéndose únicamente
tal posibilidad, contraria a la cosa juzgada, en
supuestos como los contemplados en la sentencia
de 15 de octubre de 1.991, en los que lo alegado en
el juicio declarativo no pudo formularse como
excepción o como causa de oposición en el juicio
ejecutivo, dado el estrecho cauce del mismo, pero
sin que, obviamente, pueda esta última postura
oponerse a la doctrina general de la Sala, ni
aplicarse al caso que nos ocupa, en el que habrá de
primar la tesis de que las excepciones del artículo
1.464 de la Ley de Enjuiciamiento civil, así como
las causas de nulidad del artículo 1.467 de dicho
Cuerpo Procesal, devienen inutilizables en el juicio
declarativo posterior, tanto en los casos en que,
esgrimidas en tiempo y forma, fueron desestimadas,
como en aquellos otros en que el ejecutado no quiso
o no supo oponerlas" (RJ 1996/8972).

El Auto anterior es un claro ejemplo de confusión por el Tribunal Supremo de
firmeza y cosa juzgada. No se puede comprender que el más alto Tribunal ordinario
diga que una sentencia, contra la que no cabe recurso alguno, aunque se pueda acudir a
otro proceso, no es firme.
Advirtamos simplemente que el Tribunal Supremo, al final de una larga
evolución había acabando admitiendo la revisión contra la sentencia de remate en los
juicios ejecutivos, cuando se trataba de problemas procesales. Una sentencia por
ejemplo.
STS 12/11/2001: “Primero.- Como
quiera que la sentencia firme cuya rescisión
se pretende recayó en un juicio ejecutivo,
conviene precisar, aunque ninguna de las
partes se haya referido a esta cuestión, que
según la doctrina más reciente de esta Sala,
frente a la regla general de no caber recurso
de revisión contra las sentencias dictadas en
esa clase de juicios dada la ulterior
posibilidad de juicio declarativo prevista en
el art. 1479 LEC (por ej. SSTS 20-1 y 3112-90), sí existe en cambio tal posibilidad,
precisamente ligada a la de que
efectivamente produzca cosa juzgada la

sentencia del juicio ejecutivo, "cuando se trata de
defectos procedimentales del propio juicio
ejecutivo, inherentes al mismo, como aquí sucede,
al denunciarse omisión de los elementales
principios de audiencia al ejecutado, por la
privación de su derecho a oponerse a la demanda,
con lo que se le desposeyó de la tutela efectiva que
proclama el artículo 24 de la Constitución y así lo
ha declarado esta Sala en sentencias de 23 de
febrero, 9 de septiembre y 16 de diciembre de 1996
y el Tribunal Constitucional, sentencia 80/1996, de
20 de mayo (sentencia del Tribunal Supremo de 23
de febrero de 1998)" (STS 7-9-2000 en recurso
núm. 600/99)” (RJ 2001/9448).

37

Con todo, no faltaba alguna ocasión en que se admitía llanamente que se trataba
de una cuestión que no pudo oponerse en el juicio ejecutivo. Este es el caso de la STS
de 26/3/1993 (RJ 1993/2241) en la que el proceso ordinario se intentó alegando la usura
del préstamo articulado en póliza de crédito, con base en la que se realizó el juicio
ejecutivo anterior; en el juicio ejecutivo se opuso enriquecimiento injusto y en el
ordinario posterior usura en el préstamo y la Sentencia estima que “se trata de un
motivo de nulidad nuevo con relación al ejecutivo y que además no podía haber sido
correcta y profundamente debatido en dicho proceso especial”.
STS 26/3/1993: “Tercero.- El primer
motivo, al amparo del núm. 5 art. 1692 LEC
denuncia la infracción de los arts. 1251 y 1252
CC, basándose por lo tanto en que no obstante
lo dispuesto en el art. 1479 LEC la reproducción
de una misma causa de nulidad no es pertinente
en el juicio declarativo, habiéndola propuesto o
habiéndola podido proponer en el juicio
ejecutivo. Pues bien en cuanto a lo primero,
tanto la sentencia de apelación del juicio
ejecutivo de 2 abril 1987, como la que ahora se
recurre sientan rotundamente como hecho
probado, no redargüido eficazmente en este
recurso; que aquella nulidad propuesta fue por
enriquecimiento injusto no por aplicación de la
Ley de usura; y en cuanto a lo segundo, es
evidente que dado el estrecho cauce de dicho
juicio ejecutivo, a pesar de la abstracta
permisibilidad contenida en el art. 1467.1 LEC
en su redacción originaria, vigente a la sazón a
la fecha en que se inició el mismo -año 1982-,
no cabía debatir un problema de ese fondo, dada
la complejidad que entrañaba no sólo en lo

concerniente al préstamo en sí mismo
considerado consecuente a la póliza de crédito
suscrita que servía de título a dicho negocio
jurídico, sino con vistas de la trabazón jurídica
que implicaba no solo en punto a las garantías
de su devolución, sino en la determinación de
saldos compensatorios e intereses financieros
contrapuestos habida cuenta del forzoso
depósito constituido a plazo de un año según la
cláusula 15ª sobre garantía real, por todo lo cual
es inoperante el motivo porque se trata de un
motivo de nulidad nuevo con relación al
ejecutivo y que además no podía haber sido
correcta y profundamente debatido en dicho
proceso especial (SS 16 septiembre y 26 mayo
1988 y 5 y 30 abril 1991). De donde se infiere el
decaimiento del motivo y el decaimiento de este
motivo acarrea el del segundo que con idéntico
amparo casacional del primero señala la
infracción del art. 1479 y jurisprudencia al uso
que ha quedado claramente expuesto
precedentemente dada la íntima conexión de
ambos” (RJ 1993/2241).

VI. LA VUELTA A LA UNIDAD DE LA EJECUCIÓN EN LA LEC DE
2000
Ha hecho falta que pasara siglo y medio para que en el sistema español se
volviera a la unidad de la ejecución. En la Exposición de Motivos de la LEC de 2000 se
dice claramente: “En cuanto a la ejecución forzosa propiamente dicha, esta Ley, a
diferencia de la de 1881, presenta una regulación unitaria, clara y completa. Se diseña
un proceso de ejecución idóneo para cuanto puede considerarse genuino título ejecutivo,
sea judicial o contractual o se trate de una ejecución forzosa común o de garantía
hipotecaria, a la que se dedica una especial atención".
1. La desaparición del juicio ejecutivo
Dada la trascendencia que ello tiene a todos los efectos, es preciso destacar que
el juicio ejecutivo ha desaparecido en la LEC de 2000, en la que se regula un único
proceso de ejecución, que se aplica sea cual fuere el título ejecutivo. El artículo 517
enumera los títulos ejecutivos y en esa enumeración se encuentra la sentencia firme de
condena y la escritura pública, con lo que se vuelve a decir en una ley de modo expreso
que la sentencia es título ejecutivo82. Después aparece claro que las disposiciones

82

El decir ahora de nuevo, y después de casi ciento cincuenta años, que la sentencia firme de
condena es título ejecutivo parece haber sorprendido a parte de la doctrina, que llega a calificarla de
“pomposa declaración” (así RAMOS MÉNDEZ, Guía para una transición ordenada a la LEC,

38

generales, relativas a las partes, al tribunal competente y al despacho de la ejecución son
de aplicación a todos los títulos y también todo lo relativo a la ejecución dineraria.
Naturalmente la existencia de una única ejecución no puede suponer que no
existan normas propias de una (la de títulos judiciales o asimilados) o de otra (la de
títulos no judiciales). Las particularidades existen, no pueden dejar de existir y atienden
a:
a) Los títulos judiciales y asimilados pueden documentar todas las obligaciones
que se resuelven en prestaciones de hacer, de no hacer y de dar, mientras que los títulos
no judiciales sólo pueden documentar obligaciones dinerarias (o de cosas o especies
computables en dinero).
Esta diferencia entre unos y otros títulos aparece muy claramente en el artículo
520 LEC. En lo que nos importa ahora con los títulos no judiciales o asimilados sólo
puede despacharse ejecución por cantidad determinada (en dinero efectivo o en moneda
extranjera convertible) que exceda de 300 euros.
b) Cuando la acción ejecutiva se basa en título judicial o asimilado tiene norma
especial de caducidad en el artículo 518, normas que no es aplicable a los títulos no
judiciales, para los cuales habrá de estar a la prescripción o a la caducidad de cada uno
de ellos.
c) Hay diferencias según el título respecto del despacho de la ejecución contra el
deudor solidario, como se comprueba en el artículo 542, aunque esta diferencia es
meramente formal, pues de lo que se trata es de que cabe la ejecución contra los
deudores solidarios cuando la obligación y la solidaridad consta en título ejecutivo, lo
que es obvio. Si existen dos títulos ejecutivos, un respecto de un deudor y otro respecto
de deudor distinto, y en los mismos se establece la solidariedad, la ejecución única
puede dirigirse contra lo dos, y ello tanto se trate de títulos judiciales como de no
judiciales.
d) Cuando se trata de la sentencia y de otras resoluciones judiciales la
competencia se determina por una norma funcional (el juez que conoció en primera
instancia o que homologó la transacción o acuerdo, art. 545.1), mientras que cuando se
trata de los títulos no judiciales existe norma de competencia objetiva y de funcional
(art. 545.3). Naturalmente la necesidad de normas de esta naturaleza existe también
cuando se trata de ejecutar un laudo arbitral, que es equiparable a una sentencia y no a
un título no judicial.
e) Cuando se trata de la ejecución de títulos judiciales y asimilados el artículo
548 establece un plazo de veinte días para despachar la ejecución, desde la notificación
de la resolución, plazo que no existe en la ejecución de títulos no judiciales, entre otras
Barcelona, 2000, pág. 515), aparte de sostener reiteradamente que se trata de “academicismos” en que
incurre la ley. Respecto de los “academicismos”, sin perjuicio de recordar la necesidad de claridad
conceptual, que tan ajena era en la LEC de 1881, no será preciso insistir en que, por ejemplo, el artículo
474 del Codice italiano dice: “La ejecución forzosa sólo puede tener lugar en virtud de un título ejecutivo
por un derecho cierto, líquido y exigible. Son títulos ejecutivos: 1) las sentencias y las resoluciones a las
que las que la ley atribuye expresamente eficacia ejecutiva; 2) La letra de cambio y aquellos otros títulos
de crédito y los actos a los que la ley atribuye expresamente esa misma eficacia; 3) los actos autorizados
por notario o por otro oficial público al que la ley le permita autorizarlos, respecto de las obligaciones
dinerarias en ellos contenidas”. A algo tan elemental como es volver a considerar que la sentencia firme
es el primer título ejecutivo, diciéndolo así de modo expreso en la ley, no puede calificarse de
academicismo, sino de algo necesario en cualquier código procesal. Lo extraño era que en nuestras leyes
procesales civiles de 1855 y de 1881 no se dijera algo tan elemental.

39

cosas, claro, porque no existe resolución a notificar, y por eso mismo se sustituye esa
notificación por el requerimiento notarial o judicial de pago, como veremos.
f) El proceso empieza siempre por medio de demanda ejecutiva, según el
artículo 549, aunque la demanda que se refiere a títulos que ya constan en el juzgado
competente para despachar la ejecución puede ser más simplificada y, sobre todo, no
precisará acompañar el documento que es el título, pero esto no distingue entre títulos
judiciales y no judiciales, sino que atiende a que el título esté o no en el juzgado, y por
eso cuando se trata de la ejecución del laudo arbitral (que es título asimilado al judicial)
es necesario acompañarlo.
Por otra parte la mención del artículo 549.2 a que la demanda puede consistir en
una simple solicitud de que se despache la ejecución, con mera identificación de la
resolución a ejecutar, carece de sentido, pues siempre será necesario indicar la cantidad
por la que se pide que se despache la ejecución, la identificación de los bienes del
ejecutado o, en su caso, las medidas de localización e investigación, y puede ser
necesario indicar la persona contra la que se pide que se despache la ejecución. Y ello
sin atender ahora en detalle a la demanda ejecutiva cuando se trata de ejecutar
obligaciones no dinerarias.
g) La oposición a la ejecución que puede formular el ejecutado es la misma,
tratándose de títulos judiciales y de no judiciales, en lo que se refiere a los defectos
procesales (art. 559, con alguna obvia matización) y a las infracciones legales en el
curso de la ejecución (art. 562), y es distinta en lo que atiende al fondo, pues no puede
ser igual oponerse a un título que tiene eficacia de cosa juzgada material (art. 556) que
oponerse a otro que carece de esa eficacia (art. 557).
h) La oposición a la ejecución por el fondo en los títulos judiciales no suspende
la ejecución (art. 556.2), y sí se suspende en los títulos no judiciales (art. 557.2).
i) La oposición a los actos ejecutivos contradictorios con el título sólo es posible
en la ejecución de resoluciones judiciales (art. 563).
j) Cuando se trata de título judicial puede existir la necesidad de determinar la
cuantía de la reclamación, lo que obligará a alguna actividad, como la prevista en los
artículos 572.2 y 573, lo que carece de sentido cuando se trata de ejecución de título
judicial, sobre todo atendido la imposibilidad de sentencias con reserva de liquidación
(art. 219).
k) El requerimiento de pago, notarial o judicial, está previsto en la ejecución
dineraria cuando se trata de títulos no judiciales (art. 581) y no se requiere en las
ejecuciones dinerarias de título judicial (art. 580).
Las diferencias existen y algunas de ellas no pueden dejar de existir, pero el que
existan no significa sin más, como se ha pretendido, que subsiste el viejo juicio
ejecutivo. Es cierto que el legislador pudo optar por una ejecución en la que existieran
menos diferencias entre la ejecución de los títulos judiciales y la de los títulos no
judiciales, pues algunas de esas diferencias pueden estimarse inútiles y aun
perjudiciales, pero el haber optado por el mantenimiento de las diferencias no supone
que subsista el juicio ejecutivo.
Adviértase que si por un lado se producen lamentos por no haber mantenido la
tradición del juicio ejecutivo, por otro los lamentos se refieren a no haber optado por
una verdadera ejecución unitaria, lo que llevaría a suprimir la mayor parte de las
diferencias entre la ejecución de una y otra clase de títulos. En este segundo caso el

40

argumento utilizado es el de que si el legislador opta por atribuir a un documento la
condición de título ejecutivo debe hacerlo con todas las consecuencias.
2. De la naturaleza de la ejecución y de la estadística
La unidad de la ejecución no ha dejado de despertar problemas que están muy
lejos de los conceptuales que hemos ido viendo en las páginas anteriores. Se ha tratado,
por ejemplo, del intento de justificar con la naturaleza jurídica un intento de aquilatar la
trascendencia de los números en los juzgados. En la Instrucción 3/2001, de 20 de junio,
el Consejo General del Poder Judicial, después de afirmar que los procesos de ejecución
se configuran en la nueva LEC “como realidades separadas del pleito declarativo que,
en su caso, les hubiera precedido y del que traigan causa”, ordena que: 1) En el libro
general de asuntos se asignará a los procesos civiles de ejecución, sea provisional o
definitiva y cualquiera que sea el título que le haya dado origen, un número correlativo,
distinto y separado del que se haya asignado al proceso declarativo del que traiga causa,
en su caso, la ejecución, indicando en la anotación de la ejecución el número
correspondiente a dicho proceso declarativo, y 2) En los casos en que se despache
ejecución por falta de oposición en un proceso monitorio o cambiario, a efectos
estadísticos se dará por terminado el proceso y se registrará la correspondiente
ejecución.
La trascendencia de la estadística y de los números no se le escapa a nadie con
experiencia judicial, pero ese afán de romper el proceso en dos, declarando la
autonomía del de ejecución cuando le ha precedido el de declaración, puede llevar a
problemas todavía no resueltos. Un ejemplo.
Según alguna resolución no puede sostenerse que el proceso de ejecución sea
distinto del proceso de declaración, y ello se dice pensando en que quien obtuvo el
beneficio de justicia gratuita para la declaración lo mantiene para la ejecución, lo que,
aparte de ser razonable, se desprende del artículo 7 de la Ley 1/1996, de 10 de enero, de
asistencia jurídica gratuita, y manteniendo el mismo abogado y procurador nombrados
de oficio.

41

AAP Burgos 20/11/2002: “Segundo.La parte apelante impugna la resolución de
instancia al entender que la misma no se ajusta a
derecho, por estimar el recurrente que la
obtención por el demandado en ejecución del
beneficio de justicia gratuita no es aplicable al
proceso de ejecución en que las partes están
inmersas. Esta tesis de la parte hoy apelante se
funda en la afirmación de que el proceso de
ejecución del título de ejecución es distinto del
proceso declarativo en el que se obtuvo el
aludido beneficio. Dicha afirmación no puede
compartirse, desde el momento en que no puede
coincidirse en que la fase de ejecución de un
título judicial suponga un proceso diferente del
proceso declarativo en que dicho título se crea,
sino que, por el contrario, ambas fases lo son de
un único proceso, que se inicia por la creación

del título y culmina por su ejecución. El hecho
de que la Ley 1/2000, de 7 de enero, de
Enjuiciamiento Civil, haya optado por regular
en un único libro el proceso de ejecución y de
reunir en el mismo todas las normas que regulan
las ejecuciones, con lo que se evita en buena
medida una agobiante dispersión normativa
como la que existía anteriormente, no significa
que pueda olvidarse que el proceso de ejecución
se integra como una parte más dentro del
proceso judicial, junto con el declarativo que lo
inicia y buena prueba de ello es que se
disciplinan una serie de materias de modo
diferenciado para la ejecución de las sentencias
y autos dictadas en un proceso, de todas las
demás
actuaciones
ejecutables”
(EDJ
2002/66845).

En sentido contrario se ha insistido en la autonomía del proceso de ejecución,
aún con título judicial, específicamente a los efectos de exigir que con la demanda
ejecutiva (o solicitud) se acompañe el poder del procurador a pesar de que el mismo ya
obra en las actuaciones, aparte que la primera notificación tiene que hacerse
personalmente al ejecutado, no a su procurador.
AAP Asturias 23/4/2002: “Primero.Ha de partirse de una cuestión fundamental y es
que la ejecución se concibe en la actual L.E.C.
como un proceso autónomo, independiente y,
según el art. 517 de dicho Texto legal, fundado
en un título que lleva aparejada ejecución…
Todo proceso de ejecución debe
comenzar por demanda, que ocioso resulta
recordar es el acto por excelencia de iniciación
de cualquier proceso, y así lo señala el art. 549
de la L.E.C. aludiendo al contenido y requisitos
de la misma, ocupándose el art. 550 de los
documentos que se han de acompañar a la
demanda, con lo que hemos de entender que
dichos preceptos deben completarse con el art.
399 de dicha ley adjetiva. Es por ello por lo que
en dicho escrito inicial deben hacerse constar
los elementos subjetivos de dicho proceso de
ejecución, esto es, identificación de las personas
del ejecutante y ejecutado, con mención del
domicilio o residencia, que ha de ser uno de los
señalados en el art. 155.3, y donde se realizarán
los actos de comunicación (cuando la parte no
estuviere representada por Procurador), así
como el nombre del Letrado y Procurador,
cuando intervengan … siendo pues dicho
Procurador quien ha de encabezar la demanda
de
ejecución,
aportando
el
poder

correspondiente por tratarse del escrito inicial
en orden al proceso de ejecución (Art. 550.1-2°
en relación con el art. 24.2)...
Finalmente, conviene recordar que
despachada la ejecución, obviamente si la
demanda reúne los requisitos precisos, y con
independencia de la procedencia o no del
requerimiento de pago en su caso (recuérdese
que no es necesario si se realizó previamente a
la ejecución, tratándose de título contractuales o
no judiciales, o en los supuestos de títulos
judiciales o asimilados), el auto judicial
acordándola habrá de notificarse al ejecutado
personalmente para que pueda personarse en la
ejecución (como sabemos puede formular
oposición) y si así lo hiciere se entenderán con
el Procurador personado las ulteriores
actuaciones (art. 551.2), lo que quiere decir
claramente que dicho ejecutado es el
destinatario de la notificación y no el
Procurador que ostentó su representación en el
proceso declarativo, si bien para cualquier acto
procesal deberá personarse a medio de
Procurador, aportando asimismo el poder
correspondiente de la misma forma que ya se
dijo para el ejecutante, salvo en los supuestos en
que no sea preceptiva la postulación procesal”
(EDJ
2002/26216).

El cambio producido con la LEC, al volverse al proceso de ejecución único, ha
suscitado demasiadas cuestiones. En lo que sigue atendremos a las prácticas.

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