Cu e n t o s  

d e  Had a s  
Esp a ñ o l e s
Anó ni m o
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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

El príncipe Toma sito y San José
Éras e una vez un rey que tenía un hijo de catorc e años.
Todas las tard e s iban de pas e o el mon a r c a y el principito has t a la
Fuent e del Arenal.
La Fuent e del Arenal est a b a situa d a en el centro de los jardin e s de un
palacio aba n d o n a d o , en el que se decía que vivían tres brujas, llama d a s
Maure g a t a , Gund e m a r a y Espinar d a .
Una tard e el rey cogió en la Fuent e del Arenal una ros a blanc a
her m o sísi m a , que pare cí a de terciop elo y se la llevó a la reina.
A la sober a n a le gustó muc h o la flor y la guard ó en una cajita que dejó
en su gabin e t e , próximo a la alcob a real.
A me dia n o c h e , cuan d o todo el mun d o dor mí a, oyó el rey una voz
lastim e r a que decía:
- ¡Ábre m e , rey, ábre m e !
- ¿Me decías algo? - preg u n t ó el mon a r c a a su espos a .
- No.
- Me había pare cido que me llama b a s .
- Estarías soña n d o .
Quedó dor mid a la reina y el rey volvió a oír la mis m a voz de ant e s :
- ¡Ábre m e , rey, ábre m e !
Levan t ó s e ento n c e s el rey y fue a la habit ación vecina, abrien d o la caja,
que era de dond e proc e dí a n las voces.
Al abrir la caja emp e z ó a crecer la ros a, que no era otra que la bruja
Espinar d a , has t a conv er tirs e en una prince s a , que le dijo al rey:
- Mata a tu espos a y cás a t e con mig o.
- De ningú n modo - cont e s t ó el rey.
- Piéns alo bien... Te doy un cuarto de hora para reflexion a r... O te cas a s
con migo o mu er e s .
El rey no quería mat a r a su espo s a , pero ta m p o c o quería morir, por lo
que cogió a la reina en brazo s, la condujo a un sóta n o y la dejó
enc err a d a .
La des gr a ci a d a reina, te mi e n d o que su marido hubies e perdido el juicio,
que d ó lloran d o am a r g a m e n t e e implora n d o la ayu d a de San José.
Volvió el sober a n o a su alcob a y dijo a la bruja que había ma t a d o a su
espos a .
A la ma ñ a n a siguien t e , cuan d o Toma sito entró, como de costu m b r e , a
dar los bue n o s días a sus padr e s , excla m ó :
- ¡Ésta no es mi ma dr e !
- ¡Calla o te mat o! - gritó la bruja.
Luego salió, reunió a todos los criados y dijo:
- Soy la reina Rosa... Quien se atrev a a deso b e d e c e r m e har é que lo
ma t e n .
Toma sito se marc h ó lloran d o; recorrió todo el palacio y cuan d o est a b a
en una de las habit a cion e s del piso bajo oyó unos lame n t o s que le
pare ci ero n de su ma dr e .
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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Guiánd o s e por el oído, llegó al sóta n o dond e est a b a enc err a d a y le dijo:
- No pue d o abrirt e, ma m á ; pero te tra er é algo de com e r.
En el palacio, todos est a b a n ate m o riz a d o s por la nuev a reina.
Un día, la bruja pens ó en des h a c e r s e del principito y le hizo llama r.
- ¡Tráe m e inme di a t a m e n t e un jarro de agu a de la Fuent e del Arenal! - le
orde n ó
Toma sito tomó un jarro, hizo que le ensillara n un cab allo y salió al
galop e hacia la Fuent e .
En el ca mino se encon t r ó, con un ancian o que le dijo:
- Óye m e , Toma sito... Coge el agu a de la Fuent e , sin det e n e r t e ni
ap e a r t e del cab allo, sin volver la visita atrá s y sin hac er caso cuan d o te
llame n .
Al llegar Toma sito cerca de la fuent e le llama r o n dos mujer e s , que
esco n dí a n en sus ma n o s una sog a para arrojarla al cuello del principito,
pero ést e no hizo caso a sus llama d a s y, llena n d o la jarra de agu a sin
bajar de su mon t u r a , regr e s ó al galop e a palacio.
La bruja, extr a ñ a dí si m a al verlo llegar sano y salvo, le orde n ó que
volviera a la Fuent e del Arenal y le trajer a tres limon e s .
Encontró el principito en su camino al mis mo ancian o de ant e s , que
volvió a acon s ej a rl e que cogier a los limon e s sin det e n e r s e ni volver la
vista atrá s .
Hízolo así Toma sito y no tardó en pres e n t a r s e en palacio con los tres
limon e s .
La bruja, hech a una verd a d e r a furia, le dijo:
- ¿Para qué me tra e s limon e s ? Lo que yo te orde n é que me trajer a s fue
nara nj a s ... Vuelve y trá e m e tres nar a nj a s inme di a t a m e n t e .
Marchós e de nuevo Toma sito y tornó a apar e c é r s e l e el ancian o, que le
dijo que procur a r a no det e n e r el cab allo al pas ar bajo los árboles .
Obed e ció el principito, como las vece s ant e rior e s , y regr e s ó a palacio
con las tres nara nj a s .
La reina Rosa, a punto de reve n t a r de rabia, le dijo que era un inútil y lo
echó a la calle.
Toma sito se fue al sóta n o , se des pidió de su ma dr e , enc ar g ó a una
donc ella que no dejar a de llevarle comid a y cuidarla y se march ó de
palacio a recorr e r el mun d o , huye n d o de la reina Rosa.
A los pocos Kilómetr o s de marc h a le salió al paso el ancian o, que era
San José, aunq u e el príncipe Toma sito, est a b a muy lejos de sosp e c h a rlo,
y, pas á n d ol e la ma n o por la cara, disfrazó, a nues t r o héro e de áng el,
con una cab eller a rubia llena de tirabuz o n e s , y le dijo:
- Vamos al palacio ab a n d o n a d o . Viven en él dos mujer e s , que me dirán
que te deje un ratito con ellas para ens e ñ a r t e el castillo. Son las dos
her m a n a s de la reina Rosa. Tú me pedirá s per mis o, dicién d o m e :
«¡Déja m e , pap á! » Y yo te per mitir é que pas e s dos hora s con ellas... Te
ens e ñ a r á n toda s las habit acio n e s me n o s una... Pero tú insistirá s en que
te ens e ñ e n ést a ta m bi é n y cuan d o lo haya s cons e g uid o obrar á s como te
acons ej e tu concie ncia y tu intelige n ci a.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Llegaro n al palacio y todo suce dió como había previsto San José. Dejó
ést e al niño allí y las brujas le ens e ñ a r o n tod a s las habit a cion e s del
inme n s o castillo, a exce p ció n de una, que est a b a cerra d a con llave.
Toma sito dijo que quería ver aqu élla ta m bi é n , a lo que las brujas,
cont e s t a r o n que no tenía nad a de particular y que, ad e m á s , se est a b a
hacien d o tard e , pues est a b a n esp e r a n d o a un niño que se llama b a
Toma sito par a colgarlo de un árbol.
Insistió el príncipe en ver la habit ación, emple a n d o tanto s argu m e n t o s y
caricias, que las conve n ció, y vio que se trat a b a de una cám a r a con
paño s negro s en las pare d e s y una mes a con tres faroles, cad a uno de
los cuales lleva b a en su interior una vela enc e n di d a .
- ¿Qué significan esos faroles? - preg u n t ó .
Y la bruja Gund e m a r a res po n dió:
- Estas dos velas son nues t r a s vidas y aqu élla es la de nue s tr a her m a n a
Espinar d a , que ahor a se ha conver tido en la reina Rosa. Cuand o se
ap a g u e n est a s velas morire m o s nosotr a s ...
No había ter min a d o de decirlo, cuan d o Toma sito, de un soplo, apa g ó las
velas de los dos faroles juntos, caye n d o Gund e m a r a y Maure g a t a al
suelo, como si hubies e n sido fulmin a d a s por un rayo. Un insta n t e
des p u é s , sus cuerpo s se había n conv er tido en polvo negro y malolien t e .
Toma sito cogió el terc er farol y salió a la calle, dond e le esp e r a b a el
ancian o, que le dijo:
- Has hecho lo que supo ní a... Vámono s a tu palacio.... Hora es ya de que
sep a s que soy San José, que estoy ate n di e n d o las súplicas de tu ma dr e .
Llegaro n al palacio y por me dio de un criado ma n d ó llama r a su padr e .
Cuand o lo tuvo delan t e lo dijo:
- Papá, ¿a quién prefier e s ? ¿A ma m á o a la reina Rosa?
El rey exh aló un sus piro y respo n dió sin vacilar:
- A tu ma m á , hijo querido.
- Sopla en est a vela, ento nc e s .
El rey sopló, apa g ó s e la vela y la reina Rosa dio un est allido y salió
volan d o hacia el infierno.
Entonc e s bajaron al sót a n o y sacar o n a la verd a d e r a reina, que llorab a y
reía de cont e n t o .
Cuand o Toma sito se volvió para dar las gracia s a San José, compro b ó
con estu p or que el ancian o había des a p a r e ci d o.
Pero su prot e cción no les faltó des d e ento n c e s y los mon a r c a s y su hijo
fueron en lo suce sivo tan felices como el que más .

El sapo y el ratón
Éras e una vez un sapo que est a b a toca n d o tran q uila m e n t e la flaut a a la
luz de la luna, cuan d o se le acercó un ratón y le dijo:
- ¡Buen a s noch e s , señor Sapo! ¡Con es e latazo que me est á dan d o, no
pue d o peg a r un ojo! ¿Por qué no se va con la música a otra part e ?
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Anónimo

El señor Sapo le miró en silencio dura n t e todo un minut o con sus ojillos
salton e s . Luego replicó:
- Lo que uste d tien e, señor Ratón, es envidia porqu e no pue d e cant a r
tan melodios a m e n t e como yo.
- Desd e luego que no; pero pue d o correr, saltar y hac er much a s cos as
que uste d no pue d e - repu s o el Ratón con ace n t o des d e ñ o s o .
Y se volvió a su cuev a, sonrie n d o olímpica m e n t e .
El señor Sapo estuv o reflexion a n d o dura n t e un bue n rato. Quería
veng a r s e de la insolencia del señor Ratón. Al cabo se le ocurrió una
idea.
Fués e a la entr a d a de la cuev a del señor Ratón y emp e z ó de nuevo a
soplar en la flaut a, arra n c á n d ol e sonidos estr e pito s o s .
El señor Ratón salió furioso, dispu e s t o a castig ar al osad o músico, pero
ést e le contuvo dicién d ol e:
- He venido a des afiarle a correr.
A punto estuv o de reve n t a r de risa el señor Ratón al oír aqu ellas
palabr a s .
Pero el señor Sapo, golpe á n d o s e el pecho con las pat a s tras e r a s ,
excla m ó_
- ¿Qué apu e s t a a que corro yo, má s por deb ajo de la tierra que ust e d
por encim a ?
- Me apu e s t o lo que quier a. Mi cas a contr a su flaut a. Si gano, ya ten dr é
dere c h o a des troz a r es e infern al instru m e n t o , golpe á n d olo contr a una
piedr a has t a dejarlo hecho añicos... Si gan a uste d, podr á tom a r
pos e sión de mi palac e t e , y yo me marc h a r é a correr mun d o .
- De acu e r d o - res po n dió el señor Sapo.
- Pues bien: al am a n e c e r emp e z a r e m o s la carrer a .
El señor Sapo regr e s ó a su cas a y al entr ar gritó:
- ¡Señor a Sapo, veng a ust e d aquí!
La señor a Sapo, que conocía el mal genio de su marido, acudió al
insta n t e a su llama mi e n t o .
- Señor a Sapo - le dijo, - he des afia d o a correr al señor Ratón.
- ¡Al señor Ratón...!
- ¡No me interru m p a s . ..! Maña n a , al am a n e c e r , emp e z a r e m o s la carrer a .
Tú irás, al otro lado del mon t e y te met e r á s en un aguj ero. Y cuan d o
vea s que el señor Ratón est á al llegar, sacar á s la cab ez a y le gritar á s :
«¡Ya estoy aquí!» Y har á s sie mp r e la mis m a cos a, has t a que yo vaya a
busc a r t e .
- Pero... - mur m u r ó la señor a Sapo.
- ¡Silencio, mujer...! Y no te mezcles en los asun t o s de los homb r e s , de
los cuales tú no sab e s nad a .
- Muy bien - mur m u r ó la señor a Sapo, muy hu milde.
Y se puso inme di a t a m e n t e en movimie n t o par a seguir el plan de su
astu t o espo s o.
El señor Sapo se dirigió al lugar en que se abría la cuev a del señor
Ratón, hizo a su lado un agujero y se tendió a dormir.

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Anónimo

Al am a n e c e r , salió el señor Ratón frotá n d o s e los ojos, desc u b rió al señor
Sapo que est a b a ronca n d o , sonor a m e n t e y le des p e r t ó dicien d o:
- ¡Ah, dormilón, va mo s a emp e z a r la carr er a ! ¿O es que se ha
arre p e n ti d o?
- Nada de eso. Vamos, cuan d o gus t e.
Colocáro n s e uno al lado del otro y al terc er toqu e que el señor Sapo, dio
en su flaut a, empr e n di e r o n la carr er a.
El señor Ratón corría tan veloz m e n t e que par ecía que volab a, dand o la
sens a ció n de que no apoya b a las patit a s en el suelo.
Sin emb a r g o , el señor Sapo, ap e n a s hubo dado tres paso s, se volvió al
agujero que había hecho.
Cuand o el señor Ratón iba llega n d o al otro lado del mon t e , la señor a
Sapo sacó
la cab ez a y gritó:
- ¡Ya estoy aquí!
El señor Ratón se que d ó aso m b r a d o , pero no vio el ardid, pue s los
raton e s no son muy obs erv a d o r e s .
Y, por otra part e, nad a hay que se as e m ej e tanto a un señor Sapo como
una señor a Sapo.
- Eres un brujo - mur m u r ó el señor Ratón - Pero ahor a lo vamo s a ver.
Y empr e n di ó el regr e s o a ma yor velocida d que ant e s , dicien d o a la
señor a Sapo:
- Síga m e ; ahor a sí que no me ad el a n t a r á .
Pero cuan d o est a b a a punt o de llegar a su cuev a, el señor Sapo aso m ó ,
la cab ez a y dijo tran q uila m e n t e :
- ¡Ya estoy aquí!
El señor Ratón estuvo a punto de enloqu e c e r de rabia.
- Vamos a desc a n s a r un rato y correr e m o s otra vez - mur m u r ó con voz
sofoca d a .
- Como quier a - respo n dió el señor Sapo en tono displicen t e .
Y se puso a tocar la flaut a dulce m e n t e .
Pens a n d o en su inexplica bl e derrot a , el señor Ratón estuvo llorand o de
ira. Cuand o se sintió desc a n s a d o , dijo al señor Sapo apr e t a n d o los
dient e s :
- ¿Está dispu e s t o ?
- Sí, sí... Ya pue d e ech ar a correr cuan d o gus t e ... Llegar é ant e s que
ust e d .
La carr er a del señor Ratón sólo podía comp a r a r s e a la de la liebre.
Iba tan veloz que dejab a sus uñas entr e las piedr a s del mon t e sin dars e
cuen t a .
Cuand o ape n a s le faltab a n dos paso s par a llegar a la met a , la señor a
Sapo sacó la cab ez a de su aguj ero y gritó:
- ¡Pero hom br e ! ¿Qué ha est a d o hacie n d o por el camino? ¡Ya hac e
bas t a n t e tiem p o que le esto y esp e r a n d o !

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Dio la vuelta el señor Ratón, regr e s a n d o al punt o de partid a con
velocid a d vertiginos a . Pero cuan d o le faltab a n cuatro o cinco pas os
percibió el sonido de la flaut a del señor Sapo, que al verle le dijo:
- Me aburría tanto de esp e r a rl e que me he pues t o a tocar para ma t a r el
tie mp o .
Silencios a m e n t e , con las uña s arra n c a d a s , jade a n d o , fatiga d o y con el
rabo entr e las piern a s , el señor Ratón dio me dia vuelt a y se marc h ó
triste m e n t e a correr mun d o, carecie n d o de techo que le cobijara, por
hab e r perdido su cas a en una apu e s t a que creía gan a r de ant e m a n o .
El señor Sapo fue a busc ar a su señor a y est a b a tan cont e n t o que le
pro m e tió, par a reco m p e n s a rl a , no gritarle má s, dura n t e tod a su vida...

El Cristo del convite
Había una vez dos her m a n a s viuda s , una con dos hijos y otra con
cuatro, todos peq u e ñit o s .
La que tenía me n o s hijos era muy rica; la que tenía más hijos era pobr e
y tenía que trab aj ar para ma n t e n e r s e ella y sus hijitos.
Alguna s vece s iba la her m a n a pobr e a cas a de la her m a n a rica a lavar,
planch a r y rem e n d a r la ropa, y recibía por sus servicios algun a s cos a s
de com e r.
Y suce dió que un día, est a n d o en cas a de la her m a n a rica de limpiez a
gen e r al, encon t r a r o n en un cuart o oscuro un Crucifijo, muy sucio de
polvo, muy viejo.
Y dijo la her m a n a rica:
- Llévat e est e Santo Cristo a tu cas a, que aquí no hac e má s que
estorb a r, y yo teng o ya uno má s bonito, má s gran d e y má s nuevo.
Así la her m a n a pobr e, ter min a d o su trab aj o, se llevó a su cas a alguno s
com e s ti bl e s y el Santo Cristo.
Llegad a a su cas a, hizo unas sop a s de ajo, llamó a sus hijitos par a cen a r
y les dijo:
- Mirad qué Santo Cristo má s bonito me ha dado mi her m a n a . Maña n a lo
colgar e m o s en la pare d, pero est a noch e lo dejar e m o s aquí en la me s a ,
para que nos ayud e y prot ej a.
Al ir a pon er s e a cen ar, preg u n t ó la mujer:
- Santo Cristo, ¿quier e s cen a r con nosotro s ?
El Santo Cristo no cont e s t ó , y se pusiero n a cen a r.
En est e mo m e n t o llam ar o n a la puert a , salió a abrir la mujer y vio que
era un pobr e que pedía limos n a .
La mujer fue a la mes a , cogió el pan par a dárs elo al pobr e y dijo a sus
hijos:
- Nosotros, con el pan de las sopa s ten e m o s bas t a n t e .
A la ma ñ a n a siguien t e clavaro n una esc ar pi a en la par e d , colgaro n el
Santo Cristo, y, cuan d o llegó la hora de com e r, invitó la mujer ant e s de
emp e z a r:
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Anónimo

- Santo Cristo, ¿quier e s com e r con nosotro s ?
El Santo Cristo no cont e s t ó , y en est e mo m e n t o llama n a la puert a .
Salió la mujer y era un pobr e que pedía limos n a .
Fue la mujer, cogió el pan que había en la me s a , se lo dio al pobr e y dijo
a sus hijitos:
- Nosotros ten e m o s bas t a n t e con las pat a t a s , que alime n t a n much o.
Por la noch e, al ir a pon er s e a cen a r, hizo la mujer la mis m a invitación:
- Santo Cristo, ¿quier e s cen a r con nosotro s ?
Y el Santo Cristo no cont e s t ó . En ést a s llamar o n a la puert a . Salió a
abrir la mujer, y era otro pobr e que pedía limos n a .
La mujer le dijo:
- No teng o nad a que darle, pero entr e uste d y cen ar á con nosotro s .
El pobr e entró, cenó con ellos, y se marc h ó muy agr a d e ci d o.
Al día siguien t e la mujer cobró un dinero que no pens a b a cobr ar y
prep a r ó una comid a mejor que la de ordinario, y al ir a emp e z a r a
com e r convidó:
- Santo Cristo, ¿quier e s com e r con nosotro s ?
El Santo Cristo habló y le dijo:
- Tres vece s te he pedido de com e r y las tres me has socorrido. En
pre mio a tus obras de carid a d, descu élg a m e , sacú d e m e y verá s la
reco m p e n s a . Quéd a t el a para ti y para tus hijitos.
La mujer descolgó el Santo Cristo, lo sacu dió encim a de la mes a y de
dentr o de la Cruz, que est a b a huec a, emp e z a r o n a caer mon e d a s de
oro.
La pobr e mujer, que de pobr e, en pre mio a sus obras de carida d, se
había conv er tido en rica, no quiso hac er alard e de su dinero.
Pero contó a su her m a n a , la rica, el milagro que había hecho el Santo
Cristo.
La rica pens ó que su Santo Cristo era todo de plat a, muy relucien t e ,
má s bonito y de má s valor, y que sí le convid a b a le daría más dinero
que a su her m a n a .
Así, a la hora de com e r, dijo la rica al ir a emp e z a r :
- Santo Cristo, ¿quier e s com e r con nosotro s ?
Y el Santo Cristo no cont e s t ó .
En es e mo m e n t o llam a n a la puert a , sale a abrir la criad a y vien e ést a a
decir:
- Señor a, en la puert a hay un pobr e.
Y cont e s t ó la rica:
- Dile que Dios le amp a r e .
Por la noch e, al emp e z a r a cen ar, dijo ta m bi é n:
- Santo Cristo, ¿quier e s cen a r con nosotro s ?
Y el Santo Cristo no cont e s t ó .
En ést a s llama n a la puert a , sale la criad a y entr a dicien d o que era un
pobr e.
Y dijo la rica:
- Dile que no son hora s de venir a moles t a r.

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Anónimo

Al día siguien t e , cuan d o se pusiero n a com e r, volvió a invitar:
- Santo Cristo, ¿quier e s com e r con nosotro s ?
Y el Santo Cristo no cont e s t ó .
Llamar o n a la puert a y se levan t ó la mis m a rica y fue a la puert a y vio
que era un pobr e.
Y le dijo:
- No hay nad a; vaya uste d a otra puert a .
Llegó la noch e, se pusiero n a cen a r y dijo la her m a n a rica:
- Santo Cristo, ¿quier e s cen a r con nosotro s ?
Y el Santo Cristo cont e s t ó:
- Tres vece s te he dicho que sí, porqu e convid ar a los pobr e s hubier a
sido convidar m e a mí, y las tres vece s me lo has neg a d o ;, por lo tant o,
esp e r a pront o tu castigo.
Y aqu ella mis m a noch e se le que m ó la cas a ent e r a y perdió todo lo que
tenía.
Y se fue a cas a de su her m a n a , y la her m a n a pobr e y carita tiv a se
comp a d e ci ó y le dio la mita d de todo lo que le había dado el Santo
Cristo.

El «Castillo de Irás y No Volverá s»
Éras e que se era un pobr ecito pesc a d o r que vivía en una choza
mis er a bl e aco m p a ñ a d o de su mujer y tres hijos, y sin má s bien e s de
fortun a que una red rem e n d a d a por cien sitios, una cañ a larga, su
ap ar ej o y su anzu elo.
Una ma ñ a n a , muy te m p r a n o , salió el pesc a d o r ca mino de la playa con
el estó m a g o vacío, la cab ez a baja, descor a z o n a d o , y carg a d o con los
treb ejo s de pesc a r.
A me did a que and a b a , el cielo se iba enn e g r e ci e n d o y cuan d o llegó al
lugar
dond e
acos t u m b r a b a
a pesc a r
obs ervó
que
se había
des e n c a d e n a d o una horroros a te m p e s t a d .
Pero el infeliz pesc a d o r no pens a b a má s que en sus hijos y en su
espos a , que ya hacía dos días que no prob a b a n boca d o, por lo que, sin
hac er caso de la lluvia que le emp a p a b a , ni del viento que le azot a b a , ni
de los relá m p a g o s que le ceg a b a n , armó la red y la echó al mar.
Y cuan d o fue a sac arla, la red pes a b a como si estuvi e s e carg a d a de
plomo; por lo que el pesc a d o r tiró de ella con tod a s sus fuerza s ,
sud a n d o a pes a r del viento y de la lluvia, latién d ol e el corazó n de
alegría al pens a r que aqu el día su familia no se acos t a rí a sin cen ar,
como en tant a s otras ocasion e s .
Finalm e n t e , con la ayud a de Dios y de la Virgen del Carm e n , a la que
imploró, viendo que le faltab a n las fuerza s , el pesc a d o r consiguió aup a r
la red, viendo que en su interior no había más que un pez muy chiquito
pero gordito, cuya s esca m a s eran de oro y plat a.

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Anónimo

Asombr a d o al ver que le había cost a d o tant o trab aj o pesc a r aqu el único
pez, el pobr e pesc a d o r se lo que d ó miran d o con la boca abiert a .
De rep e n t e el extr a ñ o pec e cillo rompió a hablar y dijo con voz
dulcísima , extr a o r din a ri a m e n t e armo nio s a y music al:
- ¡Écha m e otra vez al agu a , oh pesc a d o r, que otro día est ar é más
gordo!
- ¿Qué dices, desv e n t u r a d o ? - preg u n t ó el interp el a d o , que ap e n a s
podía cre er lo que oía.
- ¡Que me ech e s otra vez al agu a, que otro día est a r é más gordo!
- ¡Estás fresco! Llevan mis hijos y mi mujer dos días sin com e r; estoy yo
dos horas tiran d o de la red, agu a n t a n d o el viento y la lluvia, ¿ y quier e s
que te tire al agu a ?
- Pues si no me suelt a s , oh pesc a d o r, no me com a s . Te lo rueg o...
- ¡Tambi é n est á bue n o eso! ¿De qué me habría servido cogert e , si no te
ech a r a en la sart é n ?
- Pues si me come s - prosiguió dicien d o el pec ecillo -, te suplico que
guard e s mis espin a s y las entierr e s en la puert a de tu cas a.
- Menos mal que me pides algo que pue d o hac er... Te pro m e t o cumplir
fielme n t e tu solicitud.
Y marc h ó s e , cont e n t o de su suert e , camino del hog ar.
A pes a r de ser tan chiquito el pec ecillo, todos comiero n de él y
que d a r o n saciad o s . Luego, el pesc a d o r ent err ó, como pro m e ti e r a , las
espin a s en la puert a de su choza.
Por la ma ñ a n a , cuan d o Miguelín, el hijo mayo r del pesc a d o r, se levan t ó
y salió al aire libre, encon t r ó, en el lugar dond e había n sido ent e rr a d a s
las espin a s , un ma g nífico cab allo alaz á n; encim a del cab allo había un
perro; encim a del perro un sob er bio traje de terciop elo y sobr e ést e una
bols a llena de mon e d a s de oro.
El muc h a c h o , que anh el a b a correr el mun d o, pero que est a b a dota d o de
excel e n t e corazó n, dejó la bols a a sus padr e s , sin tocar un cénti mo, y,
seguido del can, empr e n di ó la march a sin rumb o fijo.
Galopó dura n t e tres días y tres noch e s , recorrie n d o la selva de los
árboles parlan t e s y el bosq u e de las ca mp a nillas áur e a s y arg e n tin a s ,
que son a b a n al ser acariciad a s por el viento, forma n d o un ser áfico
concierto, llega n d o finalm e n t e a una encrucijad a dond e vio un león, una
palo m a y una pulga disput á n d o s e agria m e n t e una liebre mu er t a .
- Párat e o eres homb r e mu e r t o, - rugió el león. - Y si ere s, como dicen, el
rey de la creación, sírven o s de juez en est e litigio. La palo m a y la pulga
est a b a n disput á n d o s e la liebre... ¿Para qué quier e n ellas un trozo de
carn e tan gran d e ...? Yo, confies o que he llega d o el último, pero par a
algo soy el rey de la selva... La liebre me corre s p o n d e por dere c h o
propio... ¿No lo cree s así?
La palo m a habló ento n c e s y dijo, arrullan d o:
- Ya habías pas a d o de largo, cuan d o yo descu b rí des d e lo alto a la
liebre, que est a b a mort al m e n t e herida... Me corre s p o n d e a mí, por
hab e rl a visto morir.

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

La pulga, a su vez, excla m ó :
- ¡Ningun o de vosotro s tien e dere c h o a la liebre!. No la habría n herido,
si no le hubies e dado yo un picot az o deb ajo de la cola cuan d o iba
corrien d o, con lo que le obligu é a det e n e r s e y ento nc e s , un caza d o r le
me tió una bala en las costillas... ¡La liebre es mía!
Y ya est a b a la disput a a punto de deg e n e r a r en trag e di a si Miguelín no
hubies e me dia d o como amig a bl e comp o n e d o r .
- Amiga pulga - dijo - ¿Qué harías tú con un trozo de carn e como es e,
que as e m ej a una mont a ñ a a tu lado?
Y sacó el cuchillo de mon t e , cortó a la liebre mu e r t a la puntit a del rabo
y lo entr e g ó a la pulga, que que d ó compl acidísim a .
Del mis mo modo, cortó las orejas y el resto del rabo, que ofreció a la
palo m a , la cual confes ó que tenía bas t a n t e con aqu ellos des p ojos.
Lo que que d a b a , o sea, la liebre ent e r a , se la cedió al león, que que d ó
enc a n t a d o de juez tan justiciero.
- Veo que ere s real m e n t e el rey de la creación - excla m ó , con su más
dulce rugido - pero yo, el rey de los anim al e s , quiero reco m p e n s a r t e
como mer e c e s , como corres p o n d e a mi indiscutible maj es t a d .
Y arra n c á n d o s e un pelo del rabo lo entr e g ó a Miguelín, diciénd ole:
- Aquí tien e s mi reg alo; cuan d o digas: «¡Dios me valga, león!», te
conver tir á s en león, sie mp r e que no pierd a s est e pelo. Para recobr a r tu
form a nat ur al, no tendr á s má s que decir: «¡Dios me valga, homb r e ! »
Marchós e el león, alta la frent e , orgullos a la mirad a , pero sin olvidar
llevars e la liebre, y se intern ó en la selva.
La palo m a , para no ser me n o s , se arra nc ó ' una plum a y dijo:
- Cuan d o quier a s ser palo m a y volar, no tien e s má s que decir: «¡Dios
me valga, palo m a ! »
Y agita n d o las alas, se remo n t ó por el aire.
- Yo no teng o plum a s ni pelos - dijo la pulga - pero pue d o oírte
dond e q ui e r a que digas: «¡Dios me valga, pulga!» y conv er tirt e en un
ent e tan poco envidiable y moles t o como yo.
Miguelín volvió a mont a r a cab allo y prosiguió su camino sin desc a n s a r ,
has t a que, al cabo de tres días y tres noch e s , vio brillar una lucecit a a lo
lejos.
Pregu n t ó a un pas t or que enco n tr ó:
- ¿De dónd e proce d e es a luz?
El pas t or respo n dió:
- Ese es el «Cas tillo de Irás y No Volverá s ».
Miguelín se dijo:
- Iré al «Cas tillo de Irás y No Volverá s ».
Al cabo de tres días y tres noch e s , se enco n tr ó con otro pas t or.
- ¿Podrías decir m e , amigo, si est á muy lejos de aquí el «Cas tillo de Irás
y No Volverá s »?
- Libre es el señor cab allero de llegar a él - repu s o el pas t or, ech a n d o a
correr como alma que lleva el diablo.

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Pero el hijo del pesc a d o r era firme de volunt a d y duro de moller a y se
había propu e s t o ir al castillo, aun q u e fues e preciso dejar la piel en el
camino; así es que, sin pizca de te m or, siguió cab alg a n d o tres días con
tres noch e s , al cabo de los cuale s la lucecita par ecía acerc a r s e , ¡por fin!,
ant e sus ojos.
Y he aquí que, des p u é s de much a s , muchísim a s fatiga s, llegó ant e el
sus pira d o «Castillo de Irás y No Volverá s ».
De oro macizo eran sus muros y de plat a las rejas de sus vent a n a s y las
cad e n a s de sus puert a s ; en lo alto de sus alme n a s , deslu m b r a b a n , al
ser herida s por el sol, las incrus t a cio n e s de jasp e y lapislázuli, el ónix, el
marfil, el ág a t a e infinida d de piedr a s precios a s .
Rode a b a al edificio un bosq u e cillo dond e, pos a d o s en las ram a s de sus
árboles , cuya s hojas era n de oro o plat a, seg ú n se reflejar a en ellas, el
sol o la luna, innu m e r a b l e s pajarillos de colore s mar a villosos salud a b a n
al recién llega d o; unos con burlon a s carc aj a d a s , otros con sus trinos
má s inspirad o s , otros con palabr a s de ánimo o de des e s p e r a n z a .
- ¡Adelant e el ma n c e b o ! ¡Adelant e nue s tr o salva d o r! - decía n una s
voces .
- ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Irás y no volver á s ! ¡Irás y no volver á s ! - rep e tí a n otra s.
Pero el hijo del pesc a d o r, como si fues e sordo, continu a b a su ca mino sin
det e n e r s e un insta n t e a escuc h a r los mar a villosos trinos, ni volver la
cab ez a para ver de dónd e proc e dí a n , sin det e n e r s e ant e la fuent e de
cristal que cant a b a : «¡Alto! ¡Alto!», ni el árbol de mil hojas que, como
ma n e cit a s verd e s , se ag arr a b a n a su cas ac a par a impe dirle el pas o.
Así has t a las mis m a s puert a s del castillo, pero ¡oh desilusión! Tres
perros, del ta m a ñ o de elefan t e s , le impe dí a n la entr a d a .
¿Qué había de hac er? ¿Volvers e, atrá s ? ¡De ningu n a ma n e r a ! ¡Todo
ant e s que retroc e d e r !
Sacó el cuchillo con aire decidido, mas ¿qu é podía aqu ella arm a
minús c ul a contr a los formid a bl e s mon s tr u o s ?
De rep e n t e recordó las dádiv a s de los anim al e s litigant e s y viendo en lo
alto, junto a las alme n a s , una vent a n a abiert a sacó de su escarc el a la
plum a y gritó:
- ¡Dios me valga, palo m a !
Una fracción de seg u n d o más tard e, Miguelín, conv er tido en palo m a ,
volab a a trav é s de la abiert a vent a n a y se colab a de rondó n en el
castillo. Cuan d o estuv o dentro se posó, en el suelo y gritó:
- ¡Dios me valga, homb r e !
Y recobró en el acto su forma natur al.
Encontró s e en una sala inme n s a , cuya s par e d e s era n de plat a; pero no
había en ellas mu e bl e s , adorn o s , ni ute n silios de ningu n a clas e, así
como ta m p o c o el me n o r rastro de pers o n a vivient e . Pasó a otra
est a n ci a toda de oro y luego a otra de piedr a s precios a s , es m e r al d a s ,
rubíes y top acios que refulgían de tal modo que le ceg a b a n . En tod a s
halló la mis m a soled a d .

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

La cont e m pl a ció n de tales mar a villas no impe dí a a nues t r o héro e sentir
un ap e tito horroro s o, has t a el punt o de que, impaci e n t e por conoc er de
una vez la dicha o el peligro que le agu a r d a b a , excla m ó :
- ¡Diablo o áng el, genio o giga n t e , due ñ o de est e mar a villoso castillo;
todo tu oro, toda tu plat a, toda s tus piedr a s precios a s , las troc aría de
bue n a gan a por un plato de hu m e a n t e sopa!
Al punt o ap ar e ci er o n ant e sus ojos una silla, una mes a con su blanco
ma n t el, sus platos , cubiert o y servillet a. Y Miguelín, cont e n tísi mo,
sentó s e a la mes a .
Servidos por ma n o invisible fueron llega n d o todos los plato s de un
opíparo festín, des d e la hum e a n t e y sabro s a sopa de tortu g a , has t a las
riquísim a s perdic e s , am é n de fruta s, dulce s, y confitur a s .
Termin a d o el banq u e t e , des a p a r e ci e r o n platos , cubiert o s , mes a , silla y
ma n t el e s como por art e de ma gi a, y Miguelín emp e z ó a vag a r,
des orie n t a d o , por los regios y desiert o s salon e s .
- Siet e días llevo sin dormir - recordó - si en vez de tant a pedr e ría
hubier a por aquí aunq u e fuera un jergón de paja...
Al punt o ap ar e ció ant e sus ojos aso m b r a d o s una ma g nífica cam a de
plat a cincela d a con siet e colchon e s de plum a .
Miguelín se acos t ó, dispu e s t o a dormir tod a la noch e de un tirón. Mas
ap e n a s había n tran s c u rrido una s dos horas , des p e r t ól e un llanto
ahog a d o , que salía de la habit a ció n vecin a.
- Será algún peq u e ñ o del had a - mur m u r ó, dan d o me dia vuelt a.
Pero toda ví a no había cons e g uid o reconciliar el sue ñ o, cuan d o los
sollozos se dejaro n oír con más fuerza, aco m p a ñ a d o s de sus piros
entr e c o r t a d o s y lame n t o s de una voz de mujer.
- Esto se pon e feo - pens ó, Miguelín.
Y levan t á n d o s e de un salto, pasó al salón contigu o, que encon t r ó tan
desiert o como ant e s .
Pasó a otro, y a otro, y a otro, has t a recorr e r má s de cien salon e s , sin
dar con alma vivient e y oye n d o sie mp r e , cad a vez más cerca n o s , los
lame n t o s .
Creye n d o que se burlab a n de él, dio con rabia una fuert e pat a d a en el
suelo, que se abrió. Y al abrirs e, cayó Miguelín por la ab ert u r a , en un
apos e n t o regia m e n t e amu e bl a d o , con las par e d e s tapiza d a s de tisú de
plat a y da m a s c o azul.
En me dio de tanto esple n d o r, una prince sit a, de rubios cab ellos y
ma n e cit a s de lirio, llorab a am a r g a m e n t e .
- Apues t o donc el - dijo, al verle entr ar: - aléjat e cuan t o ant e s de est e
malh a d a d o castillo. No sea s uno más entr e tanto s jóven e s infortu n a d o s
que aquí han dejad o sus vidas, pret e n di e n d o salvar las de otras
prince s a s tan des gr a ci a d a s como yo. El gigan t e due ñ o de est e castillo
duer m e veintidós días de cad a me s, dura n t e los cuales no tom a
alime n t o algun o. Cuand o des pi er t a , dedica siet e días a prep a r a r el
ban q u e t e con que se obs e q ui a el octavo, des p u é s del cual rea n u d a su
sueñ o. El postr e de est e ban q u e t e consist e en una donc ella, prince s a si

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

es posible. Maña n a des p e r t a r á el mons t r u o y la víctima elegid a he sido
yo. Sólo me que d a n ocho días de vida; mas , como nad a pue d e s hac er
en favor mío, aléjat e , te lo suplico.
- ¡No llores, precios a niña! - excla m ó Miguelín. - En siete días pue d e
volver a hac er s e el mun d o. Y no me tom e s por tan poquit a cos a. Para
defe n d e r t e , ten g o mi cuchillo de mon t e y si esto no bas t a r a , pue d o
conver tir m e en león, en palo m a o en pulga. Seca, pues , tus lágrim a s y
dime dónd e est á es e dor milón trag a p rinc e s a s , que ya me van entr a n d o
gan a s de conoc e rlo.
- Nada podr á s contr a el gigan t e - cont e s t ó la prince sit a . - Ni tu cuchillo
ni la garra del má s fiero león. Sólo un huevo que se encu e n t r a dentro de
una serpie n t e que habit a en el Monte Oscuro, en los Pirineos .
El huevo ha de disp ar a r s e con tan cert e r a punt e rí a que hiera al
mon s tr u o
entr e
ceja
y ceja,
ma t á n d ol o.
Entonc e s
que d a rí a
des e n c a n t a d o el castillo. Pero ta m bi é n la serpie n t e es un mons t r u o
maligno y pod er o s o: devor a a todo bicho vivient e que se atr ev e a
acerc a r s e a cinco legu a s de ella. Crée m e , conviért e t e en palo m a ya que
tal pod er tien e s , y sal por es a vent a n a ant e s de que den las doce de la
noch e y des pi ert e el giga n t e , porqu e ento n c e s no podría s librart e de sus
iras.
- Así lo har é - repus o Miguelín - mas será para ir al encu e n t r o de es a
mon s tr u o s a serpie n t e y si quier e s que salg a venc e d o r en la empr e s a , añ a dió - pro m é t e m e que te cas ar á s con mig o dentro de siet e días,
cuan d o te saqu e de est e castillo.
Prom e tiólo así la Princes a , y Miguelín, conver tido en palo m a , voló, al
bosq u e cillo a trav é s de la vent a n a .
Allí volvió a su est a d o de hom br e , par a recog e r el cab allo y el perro,
que, alejado s cuan t o podían de los tres giga n t e s c o s guardia n e s , le
esp e r a b a n .
Monta d o en su alazá n y seg uido de su perro fiel, salió del bos q u e y del
recinto del castillo, sin hac er caso de las voces con que pret e n dí a n
det e n e rl e los pájaro s, los árbole s y la fuent e de plat a.
Y and uv o, and uv o, dura n t e tres días, siguien d o la dirección que le diera
la prince sit a , has t a llegar al pue blo, cuya s señ a s ret e ní a en la me m o ri a,
y que se hallab a enclav a d o ant e un mon t e elev a dísi m o, cubiert o de
mar a villos a veg e t a ció n.
Dejó cab allo y perro en las cerc a ní a s y entró en el pue blo
humilde m e n t e .
Llamó a la prime r a cas a.
- ¿Qué des e a s , her m o s o donc el? - le preg u n t a r o n .
- Una plaza de pas tor, sólo por la comid a.
- Eres de m a si a d o apu e s t o para eso - le cont e s t a r o n .
Y le dieron con la puert a en las narices .
Por fin halló en las afuer a s del pue blo una cas a de labra nz a de blanc a s
pare d e s , dond e llamó y salió a abrirle una linda much a c h a .

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- Vengo a ver si nec e sit a n uste d e s un mozo par a la cas a - dijo
tímida m e n t e .
La much a c h a , pren did a de la donos u r a de Miguelín, fue corrien d o a
avis ar a su padr e.
Y ést e dio a Miguelín una plaza de pas tor.
Vistiend o la tosc a pelliza y el caya d o en la ma n o, salió Miguelín al día
siguie n t e , muy de ma ñ a n a , tras los reb a ñ o s flacos y escu álidos.
- No te acerq u e s a aqu ella s mont a ñ a s cubiert a s de verdor - le advirtió
su amo al des p e dirle - Hay en ellas una serpie n t e de colos al ta m a ñ o ,
que devor a a cuan t o s pas t or e s y reb a ñ o s inten t a n acerc a r s e siquier a a
cinco legu a s . Por eso nue s tr o s anim al e s est á n flacos y en est e pue blo la
mort a n d a d entr e ellos es tre m e n d a , ya que sus únicos pas t o s son
aqu ella s otra s mon t a ñ a s , árida s , y est é riles, adon d e has de dirigirte.
Pero Miguelín hizo todo lo contr ario de lo que le había n acons ej a d o ; es
decir, se enc a mi n ó en dere c h u r a a la mont a ñ a de la serpie n t e .
Anduvo, and uv o y, des d e much a s legu a s de dista n cia, cuan d o ape n a s
había hollado los pas t o s verd e s y hú m e d o s , oyó el silbido esp a n t o s o de
la Serpie n t e que se hallab a en la cima de la mon t a ñ a .
Al poco, la Serpien t e llega b a como una exh al ación.
Pero Miguelín, al conjuro de «¡Dios me valga, león!» se había conver tido
ya en impon e n t e fiera.
Y león y serpie n t e lucharo n con todo el brío posible.
Todo era espu m a y sangr e , silbidos y rugidos de coraje y am e n a z a .
Al cabo de un bue n rato, rendido s y jade a n t e s , ces ar o n el comb a t e y se
sep a r a r o n .
La Serpien t e dijo rabios a:
Si tuvies e agu a de la ría,
¡qué pronto, león mío, te ma t a rí a!
Y el león cont e s t ó :
Y si yo tuvies e un trozo de pan,
una bot ella de vino y el beso de una donc ella
¡qué pronto, serpie n t e mía, la mu er t e te diera!
Luego, aña di e n d o : «¡Dios me valga, pulga!», des a p a r e ci ó, par a recobr a r
la form a natur al en la falda de la mont a ñ a , dond e recogió su reb a ñ o y
regr e s ó a la cas a de labra nz a , dond e no salían de su aso m b r o al ver a
los anim al e s tan gordos y relucien t e s .
A la ma ñ a n a siguien t e , cuan d o salió Miguelín con los reb a ñ o s hacia el
mon t e , dijo el labra d or a su hija:
- Habría que espiar al nuevo pas t or, pue s no compr e n d o cómo en un
solo día ha podido hac er cam bi a r de es e modo a los anim al e s . Están
gordísimo s y lustros o s .
- Padr e mío, si quier e s , yo iré ma ñ a n a a vigilarle - cont e s t ó ella.
Y a la ma ñ a n a siguien t e , le siguió de lejos y vio cómo se enc a mi n a b a a
la mon t a ñ a de la Serpien t e y dejab a los reb a ñ o s en su falda pacien d o a
placer, dirigién d o s e sin te mo r al encu e n t r o del mon s tr u o .
Luego le vio conver tirs e en león y luchar fiera m e n t e con la Serpien t e .

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Todo era espu m a y sangr e y rugidos de coraj e y am e n a z a . Por fin,
rendidos y jade a n t e s , se soltaro n, y la Serpie n t e , enfur e cid a, silbó:
Si tuvies e agu a de la ría,
¡qué pronto, león mío, te ma t a rí a!
Y rugió el león:
Y si yo tuvier a un trozo de pan,
una bot ella de vino y el beso de una donc ella,
¡qué pronto, serpie n t e mía, la mu er t e te diera!
Luego le oyó aña dir:
- ¡Dios me valga, pulga!
Y des a p a r e ci ó.
La hija del labra d or echó a correr hacia su cas a, ma s se guard ó muy
bien de referir a nadie lo que había visto. Al día siguien t e , cuan d o salió
Miguelín con los reb a ñ o s , cad a vez má s gordo s y lustros o s , echó a
and a r la moza, con un cestito en la ma n o, siguién d ol e de lejos.
Y otra vez vio la moza cómo Miguelín conv er tido en león aco m e tí a a la
Serpien t e , cómo los ánimo s de las dos fieras se ence n dí a n de ira, y
amb o s des p e dí a n chisp a s y todo el suelo se cubría de sangr e y espu m a ,
con nunc a vista fierez a y de m a sí a .
Por fin, cans a d o s , me dio mu e r t o s , ces aro n el fiero comb a t e y se
sep a r a r o n . Y la Serpie n t e , azul de cólera, silbó:
Si tuvies e agu a de la ría,
¡qué pronto, león mío, te ma t a rí a!
Y el león, no me n o s furioso, replicó:
Si yo tuvier a un trozo de pan,
una bot ella de vino y el beso de una donc ella,
¡qué pronto, ¡serpie n t e mía, la mu er t e te diera!
En aqu el insta n t e la hija del labra d o r salió de la esp e s u r a dond e est a b a
esco n did a , sacó del cesto un ped a z o de pan y una bot ella de vino y se
lo dio al león, aco m p a ñ a d o de un sonoro bes o de sus labios fresco s.
El león comió el pan con pres t e z a , bebiós e el vino, y de nuevo embis tió,
con renov a d a ener gí a a la Serpie n t e .
Repitiós e la lucha, y otra vez ma n ó la sangr e y corrió la esp u m a de los
cuerpo s maltr ec h o s . Mas la serpie n t e no tardó en desfallec e r y el león
cad a vez má s pujant e le atac a b a ; has t a que al fin la serpie n t e se
des plo m ó .
Miguelín, recobr a n d o la forma hu m a n a , des p u é s de hab e r dado las
gracias a la hija del labra d o r, sacó su cuchillo de mon t e , abrió al
mon s tr u o s o reptil en can al y extr ajo de su vientr e el huevo que había
de servirle para libert a r a la prince sit a de rubios cab ellos y ma n e cit a s
de lirio.
No hay que decir el júbilo y los ag a s aj o s con que fue recibido nues t r o
Miguelín en el pue blo, no bien se supo que había dado mu er t e a la
mon s tr u o s a serpie n t e .

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Todos se disput a b a n el honor de verlo y abraz a rl e y todos le reg al a b a n
sacos, llenos de oro y riquísim a s joyas, y el labra d o r, loco de alegría,
quería cas arlo a toda cost a con su hija.
Pero Miguelín ardía en des e o s de correr a libert ar a la prince sit a, a
quien sólo que d a b a un día de vida.
Así lo notificó al labra d o r y al mis mo tiem p o le pidió, la ma n o de su hija
para cas arla a su regr e s o con su her m a n o , el hijo segu n d o del pesc a d o r.
Todo el pue blo acudió a des p e dirle, vitore á n d ol e y lleván d olo en
hom br o s ; pero él sólo pen s a b a en no llegar de m a si a d o tard e a salvar a
su bella prince s a .
Cuand o, mont a d o en su cab allo alazá n y seg uido de su perro fiel,
atrav e s ó , el bos q u e cillo de los pájaro s cantor e s , de los árboles parlan t e s
y de la fuent e de cristal, y se encon t r ó a la puert a del castillo, vio que
había n emp e z a d o los prep a r a tivo s para el gran festín.
Inme di a t a m e n t e dijo:
- ¡Dios me valga, palo m a !
Y en raudo vuelo llegó has t a el lugar dond e el gigan t e esp e r a b a a que
sonar a la hora para dar principio a la ma t a n z a .
Posos e en el ant e p e c h o del vent a n al y excla m ó :
- ¡Dios me valga, homb r e !
Y en homb r e se convirtió.
Y ant e s de que el mons t r u o tuvier a tie mp o de abrir la boca, sacó de la
esc arc el a el huev o de la serpie n t e , apu n t ó con precisión y se lo tiró,
hirién d ol e entr e ceja y ceja, mat á n d ol e.
Oyós e un estr é pito horroro s o, como de millone s de true n o s que
retu m b a r a n al uníson o y el «Cas tillo de Irás y No Volverá s » se
derru m b ó .
De entr e sus esco m b r o s surgió Miguelín dan d o la ma n o a la Prince sit a
de rubios cab ellos y ma n e cit a s de lirio.
Otras much a s prince s a s y otros much o s gala n e s , enc a n t a d o s des d e
hacía largos años por el Gigant e , salieron ta m bi é n .
Los pájaro s cantor e s se convirtiero n en her m o s o s niños, las hojas de los
árboles en apu e s t o s ma n c e b o s y la fuent e de cristal en una lindísima
da m a , que se casó con el hijo me n o r del pesc a d o r.
- Acabó mi enc a n t a m i e n t o - excla m ó la Princesit a de rubios cab ellos y
ma n e cit a s de lirio. - Yo soy la hija del rey de est a s tierra s . Vámono s al
punto a cas a de mi padr e .
Y a palacio fueron.
El rey se volvió loco de júbilo; llamó al señor obispo y los ma n d ó cas ar.
Miguelín quiso que sus propios padr e s tuvies e n un palacio en la ciuda d.
La hija del labra d or, que tan eficaz m e n t e le había socorrido, se casó con
su otro her m a n o , el segu n d o hijo del pesc a d o r.
Y des d e ento n c e s vivieron todos felices y cont e n t o s , y el que no lo cre a
que se fastidie; y al que lo crea, albricias.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Perez a y test a r u d e z
Había una vez un marido y una mujer, amb o s cam p e s i n o s , que habría n
vivido pacífica m e n t e y has t a con alegría, de no hab e r sido por la
perez a , feísimo vicio que atac a b a con inter mit e n ci a s a uno y otro
cónyu g e y al que se unía, para colmo, una test a r u d e z de ara g o n e s e s .
Cuand o cualquier a de los dos espos o s se sentí a con poca s o ningu n a s
gan a s de trab aj a r, emp e ñ á b a s e el otro en hac er lo mis mo que su
comp a ñ e r o , o me n o s .
Cierto día levan t a s e la espo s a con unos des e o s atroc e s de no hac er
nad a .
Apen a s si que d a b a en la cas a pan para des a yu n a r .
El marido, al dars e cuen t a de la esca s e z , dijo a su mujer:
- María, tien e s que am a s a r est a mis m a tard e .
- No ser á n est a s ma n o s las que se met a n en harin a - res po n dió ella. Amas a tú, si es e es tu gusto.
- ¿Acaso piens a s que cen e m o s sin pan
- Tiene s un par de brazo s her m o sísi m o s ; much o má s fuert e s que los
míos. Amas a tú.
- ¡María, no me hag a s enfad a r!
- ¡Quico, no me pong a s nervios a!
- ¡Yo no am a s o!
- ¡Yo ta m p o c o!
- No riña m o s .
- Eso, de ti dep e n d e .
- Voy a decirt e lo que se me ha ocurrido.
- Adivino que es algo para no trab aj a r.
- Y par a no discutir.
- Eso est á mejor... ¿Qué es?
- Pues to que tú no tien e s gan a s de am a s a r ...
- Ni tú ta m p o c o...
- De acu e r d o... Pues to que no ten e m o s gan a s de am a s a r ...
- Así.
- Para no enz arz a r n o s en discusion e s , vamo s a acord a r que el prime r o
que hable sea el que am a s e el pan... ¿Confor m e ?
En vano esp e r ó - el marido resp u e s t a de su espos a , que, aunq u e
perez o s a , no era tont a, y compr e n di ó que, si cont e s t a b a , ten dría que
am a s a r .
Pas aro n hora s y horas y ningu n o se decidía a hablar.
Sin prob ar boca d o, tal vez por mied o a que, al des p e g a r los labios,
pudier a esc a p á r s el e s algun a pala br a, se acos t a r o n poco des p u é s de
anoch e c e r .
Tendiéro n s e en la ca m a , uno de cara a la par e d y el otro dán d ol e la
esp ald a y se dur mier o n sin hab e r abiert o la boca.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

A la
ma ñ a n a
siguien t e ,
cuan d o
se
des p e r t a r o n ,
miráro n s e
disimula d a m e n t e de reojo. El marido tenía la cara seria. A la mujer le
falta b a poco para romp e r a reír; pero ningu n o se dio por ent e r a d o .
Sonaro n en la iglesia del pue blo las cam p a n a s de las doce y el
ma tri mo nio seg uí a en la cam a , sin hab e r abiert o la boca, como no fues e
para bost ez a r , pues tenía n un ha m b r e esp a n t o s a .
Púsos e el Sol y seguía n del mis mo mod o y llegó la noch e y no hubo
modificación algun a en su actitud, exce p t u a n d o , una mayor frecu e n ci a
en los bost ez o s .
Los vecinos, aso m b r a d o s de no hab e r visto en todo el día a ningu n o de
los dos, ni hab e r s e abiert o en la cas a puert a ni vent a n a algun a,
te mi er o n que una des gr a ci a irrep a r a bl e fuer a la caus a de aqu el silencio
incom p r e n si bl e.
No tard a r o n en congr e g a r s e los vecinos, que, algo me dr o s o s para obrar
por su cuen t a , fuéron s e a cas a del alcald e par a comu nic arle lo que
sosp e c h a b a n .
Tomós e el acu er d o de acudir, sin pérdid a de tiem p o, al domicilio de
Quico y María, marc h a n d o el propio alcald e a la cab ez a de la as a m bl e a .
Cuand o llegaro n a la cas a, llama r o n a la puert a con gran fuerza, pero
nadie cont e s t ó a las llama d a s , ni se percibió el me n o r sonido en el
interior.
Los rostros de los vecinos allí congr e g a d o s emp e z a r o n a mos tr a r te m or
e inquiet u d. Insistiero n en las llama d a s con el mis mo result a d o y ant e lo
grav e de la situación, el alcald e propu s o que se derribar a la puert a .
La cos a se hizo con rapid ez. Entraro n en la cas a con extr e m a d a s
prec a u cio n e s , te m bl á n d ol e s exa g e r a d a m e n t e las piern a s a much o s de
los reunidos . Tembl a b a has t a la vara del alcald e; pare cí a la bat u t a de
un director de orqu e s t a , de tanto como oscilab a a uno y otro lado.
Por fin llegaro n al dor mitorio de Quico y María.
Ninguno de ellos se movía ni dab a la me n or señ al de vida. Tenían los
ojos cerra d o s y las cara s pálida s y des e n c aj a d a s ; nad a extr a ñ o si se
piens a que llevab a n ya todo un día y una noch e sin prob ar boca d o.
Apoderó s e de los allí reunidos un horror gen e r al. El alcald e, alzan d o la
vara, que le te m bl a b a má s que ant e s , tart a m u d e ó emocion a d o :
- ¡Quico! ¡María! ¡Respo n d e d al alcald e!
Pero los per ezo s o s test a r u d o s no pronu n ci ar o n palabr a algun a ni
hicieron el me n o r movimie n t o .
Entonc e s , la prime r a autorid a d del pue blo se quitó res p e t u o s a m e n t e el
somb r e r o, que has t a ento nc e s había cons e rv a d o pues t o, adop t ó un aire
comp u n gi d o y dijo a los vecinos pres e n t e s :
- ¡Roga d a Dios por el alma de estos des gr a ci a d o s ! En cuan t o a los
cuerpo s , voy a orde n a r, ahor a mis mo, que les den cristian a sep ultur a .
A una de las vecin a s le pare ció, que, en el mo m e n t o en que el alcald e
pronu n ci a b a est a s pala br a s , los cad á v e r e s de Quico y María se
estr e m e ci e r o n o te m bl ar o n ligera m e n t e .

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Pero como, en bue n a lógica, esto era imposible, no quiso la vecina
hablar del caso, ni consid er a rlo má s que como una ilusión de sus
sentido s.
Poco tard a r o n en llegar seis fornidos lugar e ñ o s que carg a r o n con los
cuerpo s inert e s , de la infeliz par ej a, cond uci é n d olo s ca mino del
cem e n t e rio.
Llegad o s al lugar de repos o eter n o, ilumina d o por la luz de la luna,
dejaro n sobr e el suelo los que todos creían des p ojos mort al e s de Quico
y María.
Y quiso la casu alid a d que sus cuerp o s que d a r a n de cost a d o y frent e a
frent e.
Nadie de los pres e n t e s y con tod a prob a bilida d ni siquier a la mis m a
luna, advirtió que el marido y la mujer entr e a b ri e r o n los ojos y se
miraro n como basiliscos. Hubo un insta n t e en que pare ció que Quico,
desfallecido, iba a decir una pala br a; pero no quiso dars e por vencido, y
cerr a n d o los ojos, se apr e t ó la lengu a entr e los dient e s .
María bost e z ó una vez má s, con riesgo de ser vista por los improvis a d o s
sepultur e r o s , que, abiert a ya la fosa, aproxi m á r o n s e a recog e rl a par a
ech a rl a dentr o.
Esta b a ya en la fosa la mujer, cuan d o fueron en busc a del cuerpo del
marido. De pronto se esc a p ó un chillido de horror de todos los labios y
hom br e s y mujer e s , con el alcald e a la cab ez a , ech ar o n a correr como
alma que lleva el diablo.
Y es que el pobr e Quico, compr e n di e n d o que est a b a a punto de no
volver a cont e m pl a r la luz del sol, diós e por vencido ant e la horroros a
pers p e c tiv a
de
ser
ent e rr a d o
vivo,
y,
abrien d o
los
ojos
des m e s u r a d a m e n t e , par a de mo s t r a r que no est a b a mu e r t o, gritó con
voz sepulcr al, como la de un fant a s m a :
- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡No estoy mu e r t o!
No costó poco trab aj o conve n c e r a los vecinos y vecina s , con el alcald e
a la cab ez a , de que no había expira d o el per ez o s o y test a r u d o Quico y
que, por consiguie n t e , no había motivo para asus t a r s e .
Pero el colmo de la sorpr e s a fue el ver que María, aso m a n d o la cab ez a y
los brazos por la aber t u r a de la fosa, excla m a b a con faz sonrie n t e :
- ¡Ahora am a s a r a s tú!

La ratita pres u mi d a
Éras e una vez una ratit a que, barrie n d o la calle delan t e de su cas a, se
enco n tr ó un ochavo.
Lo cogió, y dijo:
- ¿Qué compr a r é con est e ochavito? ¿Me compr a r é avellan a s ? No, no,
que son golosin a. ¿Me compr a r é rosquillas, cara m e l o s ? No, no, que son
má s que golosina. ¿Me compr a r é alfilere s ? No, no, que me pue d o

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

pinch a r. ¿Me compr a r é unas cintita s de sed a ? Sí, sí, que me pondr é muy
gua p a .
Y la ratita, que era muy pres u mi d a , se compró unas cintita s de sed a de
varios colores y con ellas se hizo dos lacitos con los que se adorn ó la
cab ez a y la punt a del rabito.
Luego se aso m ó al balcón a lucir el garbo, viend o a los jóven e s que
pas a b a n .
En esto pasó un carn er o y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?
- ¿Y por la noch e que har á s ?
- ¡Bée e, bé e e !
- ¡Ay!, no, que me des p e r t a r á s .
Pasó luego un perro y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?
- ¿Y por la noch e que har á s ?
- Pues en cuan t o oigo un ruido hago ¡gua u, gua u!
- ¡Ay!, no, que me des p e r t a r á s .
Pasó luego un gato y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?
- ¿Y por la noch e que har á s ?
- ¡Miau! ¡Miau!
- ¡Ay!, no, que me des p e r t a r á s .
Pasó luego un gallo y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?
- ¿Y por la noch e que har á s ?
- Pues de ma d r u g a d a canto: ¡quí, quí, ri, quí!
- ¡Ay!, no, que me des p e r t a r á s .
Pasó luego un sapo y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?
- ¿Y por la noch e que har á s ?
- Pues me la paso croan d o: ¡croac, croac!
- ¡Ay!, no, que me des p e r t a r á s .
Pasó luego un grillo y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- ¿Y por la noch e que har á s ?
- Pues me la paso hacien d o: ¡grí, grí, grí!
- ¡Ay!, no, que me des p e r t a r á s .
Al poco rato pas ó un rato ncito chiquito y bonito y le dijo:
- Ratita, ratit a, qué gua p a est á s .
- Cuan d o una es bonit a, todo luce más .
- ¿Quiere s cas ar t e con mig o?
- ¿Y por la noch e que har á s ?
- Por la noch e, ¡dor mir y callar!.
- ¡Ay!, sí, tú me gus t a s ; contigo me voy a cas ar.
Y se cas ar o n .
La ratit a pres u mi d a todos los días se arre gla b a y se ponía las cintita s de
sed a de varios colore s, y el ratoncito chiquito y bonito est a b a cad a día
má s en a m o r a d o de ella.
Eran una parej a feliz.
Un día, a me di a ma ñ a n a , dijo la ratit a pres u mi d a a su ratoncito chiquito
y bonito:
- Me voy a la plaza, y te tra er é unos quesitos para postr e. Quéd a t e tú al
cuida d o de la cas a; espu m a el puch e r o con la cuch ar a de ma n g o
peq u e ñ o ; y si ves que falta agu a , éch al e una poca, par a que no par e de
cocer.
Y con el cesto de la plaza al brazo, salió la ratita a hacer algun a s
compr a s .
Llevab a un rato solo en la cas a el ratoncito cuan d o se dijo:
- Voy a ech a rl e un vistazo al cocido.
Dest a p ó el puch e r o, vio que est a b a cocien d o y que sobre n a d a b a un
ped a z o de tocino que fue una tent a ción irresistible.
Metió una ma n o par a eng a n c h a r el tocino y se cayó dentro del puch e r o
y allí se que d ó.
Cuand o volvió de la plaza, la ratit a pres u mi d a llamó:
- Ratoncito chiquito y bonito: ¡abr e! ¡soy yo!
Y ratoncito no salió a abrirle. Volvió a llama r varias vece s :
- Ratoncito chiquito y bonito: ¡abr e! ¡soy yo!
Cans a d a de llama r, fue a cas a de una vecin a par a preg u n t a rl e si había
visto salir a su marido o si le había pas a d o algo.
La vecin a no sabía nad a . Decidiero n subir al tejado y entr ar por la
chime n e a .
La ratita emp e z ó a recorr e r la cas a diciend o:
- Ratoncito chiquito y bonito, ¿dónd e est á s ? Ratoncito chiquito y bonito,
¿dónd e est á s ?
Se cans ó de mirar por todos los rincon e s y de met e r s e por todos los
agujero s, y dijo:
- Habrá salido a busc a r m e , ya volver á.
Al cabo de un rato, sintien d o unas gan a s de com e r atroc e s , dijo:
- Haré la sop a, a ver si, mientr a s tant o, vien e.
Hizo la sopa y dijo:

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- Pues yo voy a com e r y le guar d a r é la comid a para cuan d o veng a .
Se comió la sopa. Despu é s fue a volcar el cocido en una fuent e y allí
enco n tr ó al ratoncito que se había cocido con los garb a n z o s , las
pat a t a s , la carn e y el tocino.
La ratit a pres u mi d a rompió a llorar am a r g a m e n t e y avisó a toda la
familia.
Acudiero n los vecinos, el pue blo ent e r o, y le preg u n t a b a n :
- Ratita, ratit a, ¿por qué lloras tanto?
Y ella, sin parar de llorar, cont e s t a b a :
Mi ratoncito chiquito y bonito
se cayó en la olla,
su padr e le gime,
su ma dr e le llora
y su pobr e ratita, se que d a sola.
Y se aca b ó est e cuen t o con ajo y pimien t o; y el que lo est á oyen d o , que
cuen t e otro cuen t o.

El pand e r o de piel de piojo
Éras e un rey que tenía una hija de quince años.
Un día, est a b a la prince sit a pas e a n d o por el jardín con su donc ella,
cuan d o vio una plant a desco n o cid a.
Y preg u n t ó , curios a:
- ¿Qué es esto?
- Una ma tit a de hinojo, Alteza.
- Cuidé m o sl a , a ver lo que crec e - dijo la prince s a .
Otro día, la donc ella enco n tr ó un piojo. Y la prince s a prop u s o:
- Cuidé m o slo, a ver lo que crec e.
Y lo me ti ero n en una tinaja.
Pasó, el tiem p o. La ma tit a se convirtió, en un árbol y el piojo engor d ó
tanto, que, al cabo de nuev e me s e s , ya no cabía en la tinaj a.
El rey, des p u é s de cons ult a r a su hija, publicó un ban d o dicien d o que la
prince s a est a b a en ed a d de cas ar s e , pero que lo haría con el má s listo
del país.
Para ello se le ocurrió hac er un pan d e r o con la piel del piojo,
constru yé n d o s e el cerco del mis mo con ma d e r a de hinojo.
Luego lo hizo colocar en toda s las esq uin a s de las cas a s del reino un
nuevo ban d o, dicien d o:
«La prince sit a se cas ar á con el que aciert e de qué ma t e ri al est á hech o
el pan d e r o . A los pret e n di e n t e s a su ma n o se les dar á tres días de plazo
para acert a rlo. Quien no lo hiciere en est e tiem p o, será cond e n a d o a
mu e r t e . »
A palacio acudier o n cond e s , duqu e s , y mar q u e s e s , así como much a c h o s
riquísimo s , que ansia b a n cas ar s e con la prince sit a , pero ningu n o adivinó

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

de qué ma t e ri al est a b a fabrica d o el pan d e r o y muriero n todos al terc er
día.
Un pas t or, que había leído el band o, dijo a su ma dr e :
- Prep ár a m e las alforjas, que voy a prob a r suert e . Conozco las pieles de
todos los bichos del ca mp o y la ma d e r a de todos los árboles del bosq u e .
Despu é s de discutir un rato con la ma dr e , que te mí a le suce di er a lo
mis mo que a tanto s otros pret e n di e n t e s a la ma n o de la prince s a , el
pas t or logró conve n c e r a su prog e nitor a y emp r e n dió el camino hacia la
corte.
En las afuer a s de un pue blo enco n tr ó s e con un gigan t e que est a b a
sujet a n d o un peñ a s c o como una mont a ñ a y le preg u n t ó:
- ¿Qué hac e s ahí, muc h a c h o ?
- Sujeto est a piedr e cit a para que no caiga y des troc e el pue blo.
- ¿Cómo te llama s ?
- Hércule s.
- Mejor dejas eso y te vien e s con mig o; llevo un negocio entr e ma n o s y si
me sale bien algo te tocar á a ti. ¡Anda, ven!
Hércules echó a rodar la peñ a en dirección contr aria al pue blo,
arras a n d o los bos q u e s en una ext e n sió n de cinco kilóme t r o s , y se
marc h ó con el pas tor.
Llegaro n a otro pue blo y vieron a un hom br e que apun t a b a con una
esco p e t a al cielo.
- ¿Qué hac e s ahí? - preg u n t ól e el pas tor.
Y el caza d o r cont e s t ó:
- Encima de aqu ella nub e vuela una ban d a d a de gavilan e s . Por cad a
uno que ma t o me dan diez cénti m o s .
- ¿Cómo te llama s ?
- Bala- Certer a .
- Mejor dejas eso y te vien e s con nosotro s ; llevo un negocio entr e
ma n o s y si me sale bien algo te tocar á a ti. Anda, vent e con nosotro s .
Y Bala- Certer a se unió al pas t or y a Hércules .
A la salida de otro pue blo vieron junto al ca mino a un homb r e que
est a b a con el oído peg a d o al suelo.
El pas t or le preg u n t ó:
- ¿Qué hac e s ahí?
- Oigo crec er la hierb a.
- ¿Cómo te llama s ?
- Oídos- Finos.
- Vente con nosotro s; con esos oídos pue d e s pres t a r n o s bue n o s
servicios.
Y Oídos- Finos se marc h ó con el pas t or, Hércules y Bala- Certer a .
Llevab a n and a n d o un bue n rato, cuan d o vieron a un homb r e ata d o a un
árbol, con send a s rued a s de molino a los pies.
El pas t or le preg u n t ó:
- ¿Qué hac e s aquí?

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- He hech o que me ate n, porqu e suelto me corro el mun d o ent e r o en un
minut o.
- ¿Cómo te llama s ?
- Veloz- como- el- Rayo.
- Ya somo s cuatro - dijo el pas tor. - No ad miti mo s más socios. Vendrá s
con nosotro s .
Des a t a r o n a Veloz- como- el- Rayo y ést e dijo a sus comp a ñ e r o s que se
colocar á n sobr e las rued a s de molino, as e g u r á n d ol e s que los cond uciría
adon d e quisier a n ir con la velocida d del rayo.
Mientr a s se coloca b a n todos, acercó s e una hormig a que dijo:
- Pastor, lléva m e en el zurrón.
- No quiero, porqu e vas a picot e a r la tortilla que llevo para la merie n d a .
- Lléva m e contigo, pas t or, que teng o de pres t a r t e bue n o s servicios.
El pas t or metió la hor mig a en el zurrón, y en esto se acerc a un
esc ar a b aj o que le dice:
- Pastor, lléva m e en el zurrón.
- No quiero, porqu e vas a estro p e a r m e una tortilla que llevo para la
merie n d a .
- Lléva m e , hom br e , que ten g o de pres t a r t e bue n o s servicios.
El pas tor metió el escar a b a j o en el zurrón, y en esto se acerc a un ratón
que le dice:
- Pastor, lléva m e en el zurrón.
- No quiero que estro p e e s , la tortilla que llevo par a la merie n d a .
- No te la estro p e a r é , que anoc h e llovió y teng o el hocico limpio.
Lléva m e contigo, que teng o de pres t a r t e bue n o s servicios.
El pas t or lo me tió en el zurrón.
Empr e n di e r o n todos la marc h a mon t a d o s en las rued a s de molino y sin
dars e cuen t a llegaro n a palacio.
Alojáron s e todos en un mes ó n que había frent e al palacio, dond e el
pas t or dejó a Hércule s, a Bala- Certer a , a Oídos Finos y a Veloz- como- elRayo, par a ir a ver a la prince s a .
Cuand o le ens e ñ a r o n el pand e r o, dijo:
- Esto es de piel de cabrito y ma d e r a de cornica br a .
- Te has equivoc a d o - dijo el rey. - Tienes tres días para pen s a rlo. Si no
lo aciert a s , morirás .
El pas t or, desco n s ol a d o , volvió al me s ó n, y Oídos- Finos, el que oía
crec er la hierb a, le preg u n t ó la caus a de su tristez a.
Contóle el pas tor lo ocurrido y Oídos Finos dijo:
- No te aflijas. Averigu a r é lo que te inter e s a sab e r y te lo diré.
Al día siguien t e , se march ó al jardín dond e pas e a b a la prince s a con su
donc ella. Pego el oído al suelo y oyó, decir a la donc ella:
- ¿No es lástim a ver cómo mat a n a vues tro s pret e n di e n t e s , Alteza?
- Sí, des d e luego; pero est a r á n murien d o has t a que alguno aciert e que
el pand e r o est á hech o de piel de piojo y ma d e r a de hinojo.
- No lo acert a r á nadie.
Oídos- Finos no esp e r ó má s; volvió corrien d o al me s ó n.

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- Ya sé de qué es la piel del pand e r o - dijo a sus comp a ñ e r o s . - De piel
de piojo y ma d e r a de hinojo. Acabo de oírselo a la donc ella de la
prince s a .
Lleno de alegría, el pas t or se dirigió a palacio y pidió ver al rey.
El mon a r c a le dijo:
- ¿No sab e s que el que no aciert a la segu n d a vez de qué es la piel del
pan d e r o , tien e pen a de la vida?
- Sí que lo sé, Majest a d . Veng a el pand e r o.
El pas t or cogió el pand e r o, lo miró un mo m e n t o y dijo:
- La piel de est e pand e r o es de un anim al que se ma t a así.
Y al decir esto, apr e t ó una contr a otra las uñas de sus pulgar e s .
El rey miró par a su hija.
Y ést a preg u n t ó al pas tor:
- ¿De qué es la piel? Dilo pront o.
- ¿De qué es la piel? ¡Ja, ja, ja! La piel es de piojo.
- Acerta s t e - dijo el rey.
El mon a rc a reunió acto seguido a la Corte, par a anun ci ar que el pas t or
había acert a d o y que se cas arí a con la prince s a ; pero ést a dijo que con
un pas t or no se cas a b a de ningu n a ma n e r a .
- Un rey - dijo su padr e - no tien e má s que una pala br a. Tienes que
cas ar t e .
- Bien - res po n dió la much a c h a . - Lo har é cuan d o me cumpl a tres
condicion e s : la prime r a que me traig a ant e s de que se pong a el sol una
botella de agu a de la Fuent e Blanca...
- ¡Pero hija mía! La Fuent e Blanca est á a cien legu a s de aquí...
- Ya lo sé... No podr á hac erlo; pero por si aca s o habr á de realizar otra s
dos prue b a s : sep a r a r en una noch e un mon t ó n de diez fane g a s de maíz,
ponien d o a un lado, el bue n o, al otro el me di a n o y al otros el malo; y
luego habr á de llevar en un solo viaje dos arcon e s llenos de mon e d a s
de oro des d e el palacio al pab ellón de caza...
Marchós e el pas tor a la pos a d a , tan afligido como el día ant erior, y
refirió, a sus comp a ñ e r o s las condicion e s que, para cas ar s e , le imponía
la prince s a .
Veloz- como- el- Rayo, el que corría el mun d o ent er o en un minuto, dijo:
- Por la bot ella de agu a de la Fuent e Blanca, que est á a cien legu a s de
aquí, no te apur e s . Dam e una bot ella y la tra er é llena de agu a en un
abrir y cerrar de ojos.
En un santia m é n regr e s ó con la botella de agu a.
Hércules afirmó:
- Los arcon e s los tran s p o r t a r é yo, a dond e quier a s .
Y la hormig a aso m ó la cab e cit a por un agujero del zurrón y aña dió:
- Lléva m e a la habit ación dond e est á el maíz y te lo sep a r a r é en una
noch e.
Al poco rato se pres e n t ó el pas tor en palacio con la botella de agu a y la
hormig a en el bolsillo. Entre g ó la botella y pidió que le pusier a n una
cam a en la habit a ción del maíz, ya que le sobraría tiem p o par a dormir.

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

A la ma ñ a n a siguien t e , mientr a s el rey y la prince s a est a b a n viend o el
maíz, ya sep a r a d o en tres mon t o n e s , fue Hércule s y trasla d ó los dos
arcon e s al pab ellón de caza.
Pero, la prince sit a se puso muy rabios a y afirmó que no se cas arí a con
el pas tor aun q u e la ma t a r a n , pres e n t a n d o a la corte inme di a t a m e n t e
como su futuro espos o a un príncipe vecino muy gua p o y arrog a n t e .
El pas t or, comp u n gi d o, aba n d o n ó el palacio.
Una vez en la pos a d a , contó a sus comp a ñ e r o s lo que había ocurrido, a
lo cual dijo el ratón, aso m a n d o el hociquito por un bolsillo:
- El día de la bod a, el escar a b a j o y yo te veng a r e m o s .
Llegó el día de la bod a. El pas tor se pres e n t ó en palacio y dejó el ratón
y el esc ar a b aj o en la habit ación des tin a d a al novio, marc h á n d o s e luego
a la pos a d a a esp e r a r los acont e ci mi e n t o s .
Cuand o el novio entró a acicalars e par a la cere m o ni a , el ratón se le
me tió en el bolsillo de la cas ac a , mientr a s que el esc ar a b aj o se escon dí a
en una de las amplias solap a s .
Fueron los novios hacia el altar, aco m p a ñ a d o s de los padrinos , entr e
nutrid a y escogid a concurr e n ci a.
Cuand o el sac er d o t e preg u n t ó al novio si ace p t a b a por espos a a la
prince s a , el esc ar a b aj o, de un salto, se le metió en la boca, con lo que el
infeliz no pudo pronu n ciar pala br a, sino que sintió una angu s ti a horrible.
Entret a n t o , el ratón salió del bolsillo y se me tió por entr e las ropa s de la
prince s a , dán d ol e un mordisco tan atroz en la rodilla que por poco se
mu e r e del susto.
Novio y novia ech ar o n a correr como locos hacia la puert a del te m plo,
seguido s de los invitad o s , que no sabía n lo que les pas a b a .
Cuand o hubiero n, regr e s a d o a palacio, el novio abrió la boca para
excus a r su cond uc t a , pero el esc ar a b aj o se agitó de nuevo y tuvo que
cerr arla má s que de prisa, mientr a s que el ratón propinó a la prince s a
un nuev o mordisco y la obligó a refugiars e en su habit a ción para huir de
lo que tod avía ignora b a lo que era.
Sola en su alcob a, la prince s a se quitó el traje de novia y emp e z ó a
sollozar.
- Princesit a - dijo el ratón - no desc a n s a r á s un insta n t e has t a que
romp a s con el príncipe y te cas e s con el pas tor.
- ¿Quién me est á habla n d o ? - preg u n t ó la prince s a esp a n t a d a .
- La voz de tu propia conciencia - as e g u r ó el simp á tico roed or.
Entret a n t o , el príncipe se esforza b a en ma t a r el escar a b a j o hacien d o
gárg a r a s ; pero el bicho se le metía en las narices has t a que pas a b a el
chap a r r ó n, consiguie n d o que estor n u d a r a sin parar, con tal fuerza que
se dab a con la cab ez a contr a los mu e bl e s .
- ¿Es que no me vas a dejar tran q uilo, mis er a bl e bicho? - rugió
encoleriza d o.
- Hast a que no salga s de aquí te ator m e n t a r é sin ces ar, día y noch e.
El príncipe, al oír est a s palabr a s , salió des p a v o rido, no par a n d o de
correr has t a llegar a su reino.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

El escar a b a j o, cuan d o le vio cruzar el umbr al del palacio se dejó caer y
fue a reunirs e con el ratón.
- Vamos en busc a del pas tor - dijo el ratón. - Tengo la segurid a d de que
ahor a la prince s a se cas ar á con él.
Fueron a la pos a d a , cont ar o n al pas t or lo suce did o y cuan d o ést e se
pres e n t ó en palacio fue muy bien acogido por la prince s a , que se colgó
de su brazo y, aco m p a ñ a d o s por el rey y los altos dign a t a rio s, volviero n
a la iglesia, celebr á n d o s e la cere m o ni a con tod a pom p a y esple n d o r.
Luego hubo un baile ma g nífico, en que bailaro n Hércules , Veloz- comoel- Rayo y Oídos- Finos, mientr a s Bala- Certer a se que d a b a de centin el a
en la puert a de palacio.
A me di a n o c h e , la ma d rin a del príncipe des d e ñ a d o , una bruja horrible
con muy mala s intencion e s , vino disfraz a d a de búho a mat a r al pas t or,
pero Bala- Certer a , de un solo disp aro, la envió al infierno.
Despu é s del baile hubo un gran banq u e t e , al que acudier o n los reye s y
los pas t or e s de todos los país e s colind a n t e s .
Los comp a ñ e r o s del pas tor se que d a r o n a vivir par a siem p r e en palacio.
Hércules , el giga n t e , fue nomb r a d o mayo r d o m o ; Oídos- Finos, el que oía
crec er la hierb a, jefe de policía; Veloz- como el- Rayo, el que corría el
mun d o en un minuto, correo real; y Bala- Cert er a, el caza d or, capitá n de
la guar di a.
La hormig uit a , el ratoncito y el escar a b a j o fueron debid a m e n t e
reco m p e n s a d o s .
A la hor mig uit a le res erv a r o n unos terr e n o s dond e había toda clas e de
grano s y golosina s apre ci a d o s por ella, y con el tie mp o formó un
pobladísi mo hormig u e r o que todos los súbditos res p e t a b a n , pues se
prego n ó que se castig aría con la pen a de mu er t e al que hollar a aqu el
esp a cio.
El rato ncito recibió un ques o del ta m a ñ o de un pajar, para que hicier a
en él su mor a d a , pro m e ti é n d ol e otro igual cuan d o le hicier a goter a s .
El escar a b a j o recibió una her m o sísi m a pelot a de terciop elo verd e y
am a rillo, con la que el avisp a d o anim alito hacía verd a d e r a s mar a villas,
rodá n d ol a de un extr e m o a otro del trozo del jardín des tin a d o a él
exclusiva m e n t e .
Y todos vivieron felices.
Y colorín colora d o, est e cuen t o se ha aca b a d o .

El príncipe des m e m o ri a d o
Cuént a s e que había una vez un príncipe, llama d o Andan a , hijo del rey
Perico y de la reina Mari- Cast a ñ a , que tenía el gravísimo defect o de
carec e r de me m o ri a. Todo cuan t o oía, veía, hacía o decía lo olvida b a en
el acto.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Los reye s , muy preoc u p a d o s , llamar o n en cons ult a a los mejor e s
mé dicos
del reino y éstos , des p u é s
de larga s
y profun d a s
deliber a cio n e s , llegaro n al acu er d o de que ningu n o de ellos conocía
rem e dio alguno para el mal que aqu ej a b a al joven príncip e,
pres e n t a n d o al rey un ext e n s o , dicta m e n , en el que le acons ej a b a n que
enviar a a Andan a a recorr e r el mun d o , as e g u r á n d ol e que de est e modo,
cuan d o volvier a, record a rí a, si no todo, algo de lo que viera.
Tanto el rey Perico como su espos a , la reina Mari- Cast a ñ a , acogier o n
con alborozo el cons ejo de los sabios doctor e s , conc e di é n d ol e s cruce s y
distincion e s en pre mio a su feno m e n a l talen t o y sapie ncia.
Inme di a t a m e n t e decidiero n pon er en práctic a la atina dísi m a sug er e n ci a
de los ses u d o s varon e s y la reina Mari- Cast a ñ a prep a r ó con sus reale s
ma n o s una sucule n t a merie n d a al infant e des m e m o ri a d o , diós ela, junto
con su ben dición y alguno s cons ejos, y le des pidió lloran d o a lágrim a
viva.
El príncip e empr e n dió la march a . Al poco rato no se acord a b a ni de las
lágrim a s de su ma dr e , ni de los cons ejos, ni de que llevab a merie n d a .
Continuó and a n d o , has t a que sintió un ha m b r e atroz y, viend o una
pos a d a , entró en ella. Pidió de com e r; le sirviero n una sucule n t a
comid a, pues le había n recon ocido, y cuan d o hubo ter min a d o se
marc h ó sin acord a r s e de pag a r la cuen t a al pos a d e r o .
Andan d o, and a n d o , llegó nues t r o héro e, a orillas del mar. Sentía sed, y
al ver una riquísim a viña, entró a coger uvas, pero el guard a le
confun dió con un ladronzu elo vulgar y par a escar m e n t a rlo lo arrojó de
cab ez a al mar.
El pobr e Andan a no record ó' si sabía nad a r o no, pero cuan d o salió a la
sup erficie emp e z ó a mov er brazos y pies y compro b ó; con gran
satisfacción que se sost e ní a a flote. Sin emb a r g o , había olvida d o dónd e
est a b a la playa y emp e z ó a nad a r mar ade n t r o, has t a que, cuan d o
est a b a ya casi desfallecido por el tre m e n d o esfu erzo realiza d o, fue
recogido por un barco que nav e g a b a hacia Turquía.
En aqu ellos tie mp o s era sober a n o de aqu ella nación el Gran Turco,
dés p o t a sang uin a rio y cruel, a quien todo el pue blo odiab a y te mí a. Ya
tenía más de ses e n t a años y est a b a compl e t a m e n t e ciego, pues se le
había n forma d o catar a t a s en los ojos.
Por los días en que suce dí a lo que cont a m o s , el feroz sultá n había
llama d o a los mé dicos de la corte, y les había dicho, con un ace n t o que
hubier a hech o estr e m e c e r s e a una est a t u a de már m ol:
- O me devolv éis la vista u os corto la cab ez a .
Los galen o s oto m a n o s no sabía n oper a r las cat ar a t a s , pero como les
peligra b a el relleno del turb a n t e , se decidiero n a busc a r un coleg a que
fues e cap az de curar la cegu e r a del Gran Turco.
Llegó a su conocimie n t o que en una de las ciuda d e s turca s habla un
mé dico cristiano que realizab a curas sorpr e n d e n t e s e inme di a t a m e n t e
tran s mi tier o n la noticia al Gran Turco.
- ¡Que salg a n cien jinet e s a busc a rlo! - orde n ó el dés p o t a .

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Dos días más tard e, el mé dico cristian o se hallab a en pres e n ci a del
sultá n.
- Te he hech o venir, cristiano - díjole con voz atron a d o r a - para que me
devu elv a s la vista, cos a que estos imbéciles no son cap ac e s de
cons e g uir... Si lo hac e s , te llenar é todos los bolsillos de oro, pero si
fracas a s ...
- ¿Si fraca s o, señor... ?
- Si fraca s a s , pue d e s des p e dirt e de tu cab ez a .
Lleno de te m or, el mé dico cristiano entr e t u v o dura n t e unos cuan t o s
días al tirano con cocimie n t o s de flor de saúco y con lavad o s de agu a de
San Antonio; pero como el Gran Turco no mejor a b a y el pobr e gale n o
te mí a por su vida, se le ocurrió decirle:
- El rem e dio má s eficaz para curart e , señor, no se encu e n t r a aquí, en
Turquía...
- ¿Qué rem e dio es és e?
- Una esp e ci e de ungü e n t o hecho con ma n t e c a de cristian o y unas
hierb a s milagro s a s que sólo yo conozco... Pero, des gr a ci a d a m e n t e , aquí
es muy difícil encon t r a r un cristian o...
- ¿Y las hierb a s ?
- Las hierb a s , sí, señor...
- Prep ar a ento n c e s las hierb a s y mis mé dicos te sacar á n la ma n t e c a a ti
mis mo...
El des gr a ci a d o gale n o estuv o a piqu e de morir del susto.
- Es que..., señor - dijo tart a m u d e a n d o , - mi ma n t e c a no sirve... Ha de
ser la de un cristian o joven...
En aqu el preciso insta n t e entr a r o n unos ed ec a n e s a decir al Gran Turco
que unos marin e r o s había n recogido a un náufra g o cristian o, que
as e g u r a b a ser el príncipe Andan a , hijo del rey Perico y de la reina MariCast a ñ a .
- ¡Ya ten e m o s el ungü e n t o ! - excla m ó el sultá n, con gran estu p e f a c ción
de los recién llega d o s .
Luego, volviénd o s e al mé dico, aña dió: - ¡Sácale la ma n t e c a y prep á r a t e
para devolver m e la vista!
Tamb al e á n d o s e de esp a n t o , el mé dico cristian o salió, cubiert o de frío
sudor.
Fués e en busc a del príncip e Andan a, pero con el decidido propó sito de
no sacrificarlo y de salvarle la vida. Cuand o lo vio, des p u é s de salud a rlo,
concibió una idea mar a villos a y, enc a mi n á n d o s e seg uid a m e n t e a las
habit a cio n e s del Gran Turco pidióle audie n ci a y le dijo:
- Señor, el esclavo cristiano est á tan delga d o que no tien e, ma n t e c a
ningu n a . Si quier e s curart e , tien e s que alime n t a rlo bien, darle una
bue n a habit a ción y proporcion a rl e tod a clas e de distraccion e s .
La proposición pare ció de perlas al sultá n, que orde n ó que se alojar a al
príncipe Andan a en la mejor habit a ció n de su palacio, vecin a a la de una
esclav a circasia n a , recién llega d a , que era de pere g rin a her m o s u r a .

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Cuand o el príncipe hubo tom a d o pos e sió n de su nuev a mor a d a , el
mé dico fue a visitarle y le refirió lo que ocurría.
- Aunqu e pas éis ha m b r e - aña dió no comáis más que lo estrict a m e n t e
nec e s a rio. Yo me enc ar g a r é de prep a r a r nues t r a fuga.
Pero al poco entr a r o n los criados negro s llevan d o enor m e s ban d ej a s
carg a d a s de faisan e s trufa d o s , gallinas en pepitoria, huevo s hilados,
fruta s en inme n s a varied a d , helad o s , licores... Y el príncipe, sin
acord a r s e de la reco m e n d a ci ó n del mé dico, se atrac ó de lo lindo.
Para repos a r del pant a g r u é lico ban q u e t e sacó una but a c a al balcón y
vio a la circasia n a .
Toda la tard e se la pas ó habla n d o con su vecina y se ena m o r ó de ella
en aj e n a d a m e n t e .
Las comid a s abu n d a n tí si m a s y las conv er s a cio n e s con la circasia n a se
repitiero n dura n t e algun a s se m a n a s , con lo que el príncip e engor d ó
extr a or din a ri a m e n t e .
Un día entró el mé dico a visitarle y le dijo que había dado palabr a al
Gran Turco de hac erle el ungü e n t o al día siguien t e , pero que no tuvies e
mied o, pues aqu ella mis m a tard e, al anoch e c e r , se fugaría n en un barco
que tenía prep a r a d o .
El príncip e res po n dió que había n de llevars e ta m bi é n a la circasia n a ,
pue s est a b a dispu e s t o a cas ar s e con ella, cos a a la que acce dió el
doctor.
Despidiós e el bue n gale n o, dicien d o que pas a rí a la tard e con el sultá n,
para que no sosp e c h a r a nad a , cont á n d ol e el modo de confeccion a r y
aplicar la milagro s a untur a.
Llegó la tard e y cuan d o el sol emp e z ó a ocultars e hacia Ponien t e , el
mé dico se dirigió apre s u r a d a m e n t e al puert o, encon t r á n d o s e con la
des a g r a d a b l e sorpr e s a de que el barco no era má s que un puntito
insignifican t e en el horizont e .
El príncip e, tan pront o como había pues t o los pies en el barco se había
olvidad o de su amigo.
El mé dico emp e z ó a dar gritos, llama n d o al príncipe y a la circasia n a ,
pero sólo consiguió enro n q u e c e r . El barco no tardó en des a p a r e c e r de
su vista.
Ya est a b a bien entr a d a la noch e cuan d o un ed ec á n entró en la suntu o s a
alcob a del sultá n, par a dar a su señor la noticia de la fuga del mé dico,
del príncipe y de la esclav a circasia n a .
- ¡Maldito! - excla m ó el feroz mon a r c a . - ¿Cómo los has dejad o esca p a r ?
- Pero, señor, si yo no los he visto huir...
- ¿Cómo sab e s , ento nc e s , que se han esca p a d o ? - clamó el sultá n.
- Porqu e un marin er o los vio, y vino a tra er m e la noticia, pero yo est a b a
acos t a d o y mientr a s me vestía...
- ¡Oh, oh, oh! ¡Te cost ar á la cab ez a hab e r t e acos t a d o tan a des tie m p o !
¡Guardia s ! ¡Guardia s !
El edec á n , al vers e en peligro, des e n v ai n ó su alfanje y de un solo tajo
reb a n ó la cab ez a del tirano.

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Cuand o entr ar o n los guar di a s vieron el cad á v e r del sultá n y en vez de
ab al a n z a r s e sobre su as e sino prorru m pi e r o n en gritos de júbilo,
saliend o ens e g uid a a dar la gratísim a noticia al gran visir, que hizo salir
por tod a Const a n tin o pl a la ban d a de tro mp e t a s , con un heraldo al
frent e, para hac er pública la mu e r t e del Gran Turco.
El pue blo, al ent e r a r s e de que la caus a de la mu er t e de su tirano había
sido indirect a m e n t e el mé dico cristian o, formó una gran ma nifes t a ció n
de alegría, dan d o vivas al mé dico y al príncip e.
Un marin e r o llevó a palacio la noticia de que el barco en que se había n
fugad o Andan a y la circasia n a había emb a r r a n c a d o cerc a de la cost a.
Inme di a t a m e n t e dio el heraldo la noticia al pue blo, form á n d o s e otra
ma nifes t a ció n, con dos carros triunfale s para recog e r a los náufra g o s y
pas e a rlos por las calles y plaza s de la ciuda d.
Cuand o llegaro n al barco se ent er a r o n de que el mé dico no había huido
con ellos, en vista de lo cual fueron a su cas a y derribar o n las puert a s
de la habit a ció n.
El pobr e mé dico, oyen d o el tumulto, se hincó de rodillas y enco m e n d ó
su alma a Dios, suplicá n d ol e que le conc e di er a una mu er t e rápid a y sin
sufrimie n t o s . Cuál no sería su alegría cuan d o vio entr a r al príncip e y a la
circasia n a , seg uido s de los má s altos digna t a rios de la corte, que dab a n
vivas y má s vivas al mé dico y al príncipe.
En triunfal proc e sión fueron cond ucido s todos a palacio, dond e el nuevo
gobiern o les obs e q uió con un sucule n t o banq u e t e y luego les reg aló un
barco carg a d o de oro.
Emb arc a r o n acto seguido nue s tr o s héro e s , llega n d o al cabo de poca s
se m a n a s al país del príncipe.
El rey Perico y la reina Mari- Cast a ñ a orga niz ar o n gran d e s fiest a s para
pres e n t a r la nuev a prince s a a la corte y poco más tard e se cas aro n
Andan a y la her m o s a circasia n a . Esta ayud ó en lo suce sivo a su
des m e m o ri a d o espo s o a record a r todo lo que olvidab a .
En cuan t o al mé dico, recibió un ma g nífico empl e o en palacio y todos
vivieron felices has t a que se muriero n.
Y colorín colora d o...

Los zap a t o s de hierro
Pues señor, éras e una vez un joven cordo b é s , llama d o Luis, que se
enco n tr ó una noch e en una pos a d a con un cab allero desco n o cido que
se hacía llama r el Marqu é s del Sol.
Pusiéron s e a jugar a cart a s y el foras t e r o ganó sin ces ar, mientr a s que
Luis, ansios o de tom a r el des q uit e , perdía onza a onza tod a su fortun a .
Emp ezó perdie n d o el dinero, luego se jugó el cab allo y lo perdió; a
continu a ció n su esp a d a y la perdió.
Finalm e n t e , des e s p e r a d o , dijo:
- ¡Ya no me que d a más que mi alma! ¡Me la juego!
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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Y la perdió ta m bi é n .
Levan t ó s e el foras t e r o para march a r s e y el joven, recobr a n d o el bue n
sentido y dán d o s e cuen t a de su locura, excla m ó:
- Caballero, me ha gan a d o uste d mi esp a d a , mi cab allo y mi fortun a ...
Son suya s las tres cos as ; cons é rv el a s y que le dure n much o, pero
devu élv a m e mi alma.
- Se la devolver é , - replicó el otro cuan d o haya gas t a d o uste d est e par
de zapa t o s .
Y el Marqu é s del Sol, entr e g a n d o a Luis un par de zap a t o s de hierro, se
marc h ó, lleván d o s e su alma.
A partir de aqu el día, Luis se sentí a extr a o r din a ri a m e n t e des gr a ci a d o . Ni
exp e ri m e n t a b a alegría, ni trist ez a ; todo le era indifere n t e . Por fin, se
calzó los zap a t o s de hierro y se dispus o a recobr a r su alma. Un amigo le
pres t ó algún dinero y nue s tr o joven juga d or empr e n di ó la march a .
Desgr a ci a d a m e n t e no sabía qué rumb o seguir, pues no sabía del
Marqu é s del Sol má s que est e título, que podía ser falso.
Anduvo días, se m a n a s , me s e s , años, sin enco n tr a r a nadie que pudier a
decirle dónd e vivía el mist e rios o Marqu é s del Sol. Recorrió tod a Espa ñ a ,
des d e Córdob a a Barcelon a y des d e Murcia a Santia g o.
Y los zapa t o s de hierro se iban des g a s t a n d o poco a poco.
Una noch e que llegó a un pue blo desco n o cido vio, muc h a s pers o n a s que
gritab a n y ges ticula b a n ant e una peq u e ñ a pos a d a . Pregu n t ó el motivo
de aqu el alboroto y el pos a d e r o le res po n dió:
- Se trat a , señor, de que un viajero que me debía más de ocho días de
est a n ci a ha mu e r t o de rep e n t e . Como había contr aíd o algun a s deud a s
en el pue blo, sus acre e d o r e s est á n disput a n d o como locos, pue s su
equip aj e no vale ni tres reales . ¿Qué har é yo ahor a con el cad á v e r ? No
soy lo bas t a n t e rico para pag a r el ata ú d y el entierro de un foras t e r o,
que ojalá hubies e ido a ter min a r sus días en otra part e.
Luis entr e g ó su bols a al pos a d e r o y le dijo:
- Pagu e uste d con eso las deu d a s de est e des gr a ci a d o y con lo que
que d e , que le hag a n un bue n entierro, a fin de que su alma pue d a
desc a n s a r en paz.
- Que Dios se lo pagu e , señor - res po n dió el pos a d e r o . - Pued e uste d
est a r segur o de que todo se hará como ust e d ha dispu e s t o .
Luis no comió aqu el día, porqu e había dado al pos a d e r o has t a el último
cénti m o que pos eí a. Continuó su ca mino y no tardó en dars e cuen t a de
que uno de los zap a t o s de hierro aca b a b a de romp e r s e .
Llegad a la noch e, un cab allero, jinet e en un sob er bio cab allo negro, y
envu elto en lueng a cap a, ap ar e ció de rep e n t e ant e el viajero.
- Luis - dijo el desco n o cido, - soy el alma del foras t e r o cuya s deud a s y
sep elio has pag a d o hoy. Has libera d o mi alma y quiero pag a r t e el favor
que me has hech o. Continú a and a n d o has t a que encu e n t r e s un río;
ento n c e s , escón d e t e entr e los sauc e s que crece n a sus orillas y
agu a r d a . Aparec e r á n tres pájaro s blancos que dejar á n caer sus ma n t o s
de plum a s y se conver tir á n en tres precios a s donc ellas . Apodér a t e

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

ento n c e s del ma n t o de una de ellas y no se lo devu elv a s has t a que te
diga lo que des e a s sab e r.
Des a p a r e ció el cab allero en la noch e.
Luis no había querido dirigir la palabr a a aqu ella alma en pen a, pero se
dispus o a seg uir su cons ejo y andu v o tant o y tan a prisa, que llegó
ant e s del alba a orillas del río anu ncia d o .
En aqu el insta n t e se le rompió el seg u n d o zapa t o , pero el joven,
agot a d o de fatiga, ni siquier a pens ó en alegr a r s e , sino que se escon dió,
entr e los sauc e s y se que d ó dormido.
Cuand o des p e r t ó , el sol nacien t e emp u r p u r a b a el río y en el cielo rosa d o
tres enor m e s pájaro s blanco s volab a n pau s a d a m e n t e . Aproxim á r o n s e
poco a poco al río dond e nues t r o héro e se hallab a escon dido y vinieron
a pos ar s e tan cerca de él que sintió el viento de sus alas.
Casi al mis mo tie mp o las tres ave s dejaron caer sus plum a s y se
convirtiero n en tres donc ella s de per e g rin a her m o s u r a , que se lanzaro n
al agu a entr e gritos y risas, y se alejaron nad a n d o .
El joven salió ento nc e s de su esco n d rijo y se apod e r ó de una de las
cap a s de plum a s .
En aqu el mo m e n t o , las tres nad a d o r a s
lo vieron y vinieron
apre s u r a d a m e n t e hacia la orilla; pero Luis ya se había escon dido de
nuevo. Dos de las muc h a c h a s se convirtiero n precipita d a m e n t e en aves
y saliero n volan d o más que depris a, pero la terc er a , sent a d a en la
aren a , llorab a am a r g a m e n t e .
Salió Luis, por segu n d a vez de su escon drijo y ella, al ver que él tenía en
las ma n o s su ma n t o de plum a s , suplicó lloros a:
- Señor, devu élv a m e eso. Sin el ma n t o no podría volver al castillo de mi
padr e.
- Te lo devolv er é , bella ninfa, si me dices dónd e se halla el Marqu é s del
Sol.
- Que Dios no per mit a que lo encu e n t r e uste d jamá s en su camino,
cab allero. En cuan t o a mí, me est á prohibido revelar su mor a d a .
- Entonc e s no te devolv er é el ma n t o .
- Señor, el Marqu é s del Sol es mi padr e y nos ha hecho jurar a tod a s que
jamá s le traicion a r e m o s .
Luis reflexionó un insta n t e y dijo:
- Está bien. Permít e m e ento n c e s que te siga y te devolv er é tus plum a s .
De est e modo, tú no habr á s faltad o a tu jura m e n t o , ya que sólo
pro m e ti s t e no revelar su domicilio... Así, tod a la res po n s a bilid a d será
mía.
Consintió la much a c h a y cuan d o Luis le devolvió las plum a s , se trocó de
nuevo en ave y emp e z ó a volar lenta m e n t e , de mod o que el joven pudo
seguirla con facilidad.
Tard aro n todo un día en llegar a un castillo cuyos formid a bl e s muros se
elev a b a n al pie de una mon t a ñ a enor m e . En aqu el mo m e n t o
des a p a r e ció de rep e n t e la blanc a ave y Luis se encon t r ó solo ant e la
entr a d a de la fortalez a.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Entró y, cuan d o, en me dio de un patio de colos al e s dime n sio n e s ,
titub e a b a sobr e el camino a seg uir, vio venir hacia él a su comp a ñ e r o
de juego de otro tiem p o.
- ¿Cómo ha podido llegar has t a aquí? - preg u n t ól e el Marqu é s del Sol.
- He venido and a n d o ; los zap a t o s de hierro ya los he gas t a d o y vengo a
pedirle que me devu elv a mi alma.
- Se la daré ma ñ a n a - res po n dió el hechic ero, pue s hab éis de sab e r que
el Marqu é s de mi cuen t o no era otra cos a. - Esta noch e repos e uste d,
que est ar á bas t a n t e fatiga d o del viaje.
Al día siguien t e , Luis record ó a su anfitrión la pro m e s a que le había
hecho.
- No pue d o devolverle su alma has t a tanto que no haya aplan a d o est a
mon t a ñ a que me oculta la luz del día.
Luis salió del castillo. La mon t a ñ a era tan alta que mil homb r e s , en mil
años, habría n est a d o trab aj a n d o noch e y día sin cons e g uir nivelarla con
el suelo.
El joven, descor a z o n a d o , se dejó caer bajo las ram a s de una encin a y
ocultó el rostro entr e las ma n o s par a llorar.
Una hor mig uit a trepó por su cuerp o y le dio un picot azo en un puño.
Ya se disponía Luis a aplas t a rl a, cuan d o ella le dijo:
- No me mat e s . Soy la que te ha cond ucido has t a aquí. Me llamo
Blanc aflor. No te mu e v a s . No digas nad a; te ayud a r é . Duer m e , que yo
te pro m e t o que, cuan d o des piert e s , lo que ahor a cre e s un imposible se
habr á realizad o.
Durmiós e Luis. Cuan d o des p e r t ó ya no había ni mont a ñ a ni traz a s de
ella; el suelo est a b a tan liso como la palm a de la ma n o.
Entonc e s fue corrien d o al castillo y dijo al hechic ero:
- Ya he gas t a d o los zapa t o s de hierro he aplan a d o la mont a ñ a . ¿Me
devolv er á ahor a mi alma?
- Hoy, no; váya s e a desc a n s a r . Maña n a le dar é trab ajo.
Al día siguien t e el hechicer o le entr e g ó un cesto enor m e lleno de
se millas de árboles .
- Siembr e esto y tráig a n o s par a des a yu n a r los frutos que haya dado.
Luis tomó el cesto y se dirigió al lugar que ocup a b a ant e s la mon t a ñ a .
- Jamá s podr é hac er crec er árboles y ma d u r a r sus frutos en tres hora s
pen s a b a con des alien t o.
Pero un pajarito, pos a d o en un zarzal, emp e z ó a cant a r:
- Soy Blancaflor; te ayu d o y te vigilo.
Dam e es e cesto y duer m e tran q uilo.
Cuand o se des p e r t ó , el cesto, vacío, est a b a a su lado; y en los árbole s
recién brot a d o s ma d u r a b a n sabrosísi mo s frutos.
Luis cogió dátiles y meloco t o n e s , ma nz a n a s , gran a d a s , uvas e higos,
has t a llenar el cesto, que llevó al Marqu é s del sol.
- ¿Me devolver á ahor a mi alma ? - le dijo.
- Se la devolv er é si me tra e mi anillo de oro, que est á en el fondo del
río.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Fués e el pobr e joven a sent a r s e a orillas de la corrient e y excla m ó :
- ¿Cómo podr é enco n tr a r un anillo de oro en el fondo de est a s agu a s
am a rillen t a s ?
En aqu el mo m e n t o apar e ció, en la sup erficie del líquido ele m e n t o la
cab e cit a de un pec e cillo plat e a d o , que dijo:
- Soy Blancaflor, Luis. Cóge m e , córta m e en tanto s trozos como pue d a s v
guárd alo s con cuida d o, pero ech a mi sangr e en el río. Entonc e s verás al
anillo flotan d o sobr e la espu m a y te será fácil cogerlo. Luego colocar á s
cad a uno de mis trozos en su lugar, cuida n d o de no olvidar ningu n o.
Sacó el joven su cuchillo de mon t e , cogió al pec ecillo y lo hizo cuar e n t a
y tres ped a z o s . A continu a ción echó su sangr e al agu a , que se agitó, se
hinchó y arrojó el anillo sobre la orilla.
Luis recogió el anillo y se apr e s u r ó a reco m p o n e r el pec ecillo, unien d o
los cuar e n t a y tres trozos, pero te mí a tanto equivoc a r s e que, en su
ansie d a d , dejó caer uno de los ped a cito s .
- Eres poco ma ñ o s o - dijo el pez, volviend o a la vida. - Por tu culpa, tu
amiguit a Blancaflor tendr á en lo suce sivo el me ñiq u e de la ma n o
izquierd a más corto que el de la der ec h a .
Des a p a r e ció el pez en el río, mientr a s que Luis llevab a la sortija al
Marqu é s del Sol.
- He gas t a d o los zap a t o s de hierro - le dijo - he aplan a d o la mont a ñ a , he
hecho ma d u r a r los frutos de árboles que había n sido plant a d o s tres
hora s ant e s y he enco n tr a d o su anillo de oro. ¿Me devolver á ahor a mi
alma?
- Te la devolver é ens e g ui d a - res po n dió el hechic ero - y te reg al ar é
ta m bi é n uno de mis mejor e s cab allos. Lo encon t r a r á s en la cuadr a ,
ensillado y embrid a d o , listo para conducirt e a Córdob a en cuan t o lo
des e e s .
Luis, cuan d o se que d ó solo, vio acerc a r s e un peq u e ñ o ratoncito gris.
- Soy Blancaflor - dijo. - Ten cuida d o. Mi padr e quier e ma t a r t e , pue s el
cab allo que has de mont a r no es otro que él mis mo e inten t a r a tirart e a
tierra y pat e a r t e . Cálzat e las esp u el a s , árm a t e de un látigo que
enco n tr a r á s colgad o en la pare d de la cuadr a y no dud e s en utilizar
amb a s cos as has t a que el cab allo, dom a d o , te pida mis ericordia.
Obed e ció Luis. Cuand o llegó a la cuadr a vio un esplé n dido cab allo negro
inmóvil junto a un pes e b r e . Lo asió por la crin y saltó a la silla, des p u é s
de hab e r s e coloca d o las esp u el a s y apod e r a d o del látigo que colgab a de
la par e d .
Salieron al patio. El bruto emp e z ó a dar corcov a s y saltos de carn e r o,
bajan d o la cab ez a y levan t a n d o a un tie mp o las pat a s post e rior e s , con
ánimo de derribar al jinet e.
Pero nue s tr o héro e no se dejó des m o n t a r y golpe ó al anim al con tod a s
sus fuerza s , a tie mp o que clava b a feroz m e n t e las espu el a s en sus
ijares, por dond e no tardó en correr la san gr e .
- ¡Det e n t e , det e n t e ! - relinchó el cab allo. - ¡Soy el Marqu é s del Sol!
- ¡Dam e mi alma, traidor, o te ma t o a latigazo s!

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- La ten dr á s , pero déja m e .
Apeós e Luis del cab allo y el Marqu é s , adop t a n d o la form a hu m a n a le
cond ujo a una cá m a r a sin vent a n a s , dond e brillab a n , como otras tant a s
llamita s , enc err a d a s en sen d o s frascos de vidrio trans p a r e n t e , las alma s
de sus víctima s . Devolvió a Luis la suya y en el mis m o insta n t e el joven
exp e ri m e n t ó tant a alegría que des e ó viva m e n t e comp a r tirla con
alguien.
Bajó al jardín y enco n tr ó el cielo más azul, las flores má s oloros a s y
abigarr a d a s ; anh eló volver a ver a Blanc aflor exac t a m e n t e igual que se
le había ap ar e cido a orillas del río y quiso darle las gracia s por hab e rle
salva d o de los lazos que le había ten dido el hechic ero.
En la impacie n ci a que sentía por enco n tr a r s e en pres e n ci a de la
much a c h a Luis compr e n dió que al recup e r a r su alma se había
en a m o r a d o de Blancaflor.
Inclinós e para coger una ros a.
- ¿A cuál de las tres her m a n a s elegirías para espos a ? - preg u n t ól e la
flor.
- ¿A quién había de elegir, linda flor? Pues a la que me ha cond ucido
has t a aquí y me ha est a d o ayu d a n d o des d e el primer día.
- Escúch a m e , ento nc e s ... Para que mis her m a n a s no teng a n celos de mí
y mi padr e no sosp e c h e nad a de lo ocurrido, solicita hac er tu elección
sin verno s.
- ¿Y cómo he de recon oc e r a la que adoro con tod a mi alma ?
- Recu er d a que Blanc aflor, por tu culpa, perdió la punt a del me ñiq u e
izquierd o.
Luis se pres e n t ó al Marqu é s del Sol y le dijo:
- Me march o, pero quiero solicitar de ust e d un favor.
- ¿Cuál?
- Que me conce d a la ma n o de una de sus hijas
- ¿De cuál de ellas?
- No import a. No conozco a ningu n a . Sin emb a r g o , para no ofend e r a las
otra s, quiero dejar todo a la suert e . Que se aline e n sus hijas detr á s de
una cortin a. Cada una de ellas har á un agujerito en la tela y pas a r á a
trav é s de la ab ert u r a el dedo me ñiq u e ; así escog e r é la que ha de ser mi
espos a , sin hab e rle visto el rostro.
Accedió a ello el hechicer o. Las tres jóven e s , a las que se oía charlar y
reír detr á s de la cortin a, hicieron, tres agujeritos en la tela y aso m a r o n
los dedo s me ñiq u e s .
Luis recono ció sin trab ajo el dedo de Blancaflor, me n g u a d o por su culpa,
y pudo elegir a la que am a b a con todo su corazón.
Las otra s hijas del hechic ero, celos a s de su her m a n a me n o r, fueron a
cont ar a su padr e que un día Blancaflor había perdido su ma n t o de
plum a s y había pres t a d o ayud a a Luis en contr a suya.
Blanc aflor las oyó y resolvió empr e n d e r la fuga.
- Huya m o s - dijo a su pro m e tid o. - Mi padr e querr á castig a r m e y
veng a r s e de ti. Corre a la cuadr a , tom a un cab allo, blanco muy viejo

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

que verá s ata d o a un pes e b r e y vent e depris a a reunirt e con mig o a la
puert a ext erior del castillo.
Luis corrió a la cuadr a y vio un cab allo blanco, tan viejo y flaco, que
inspira b a comp a s ió n, por lo que, como había allí otros cab allos, eligió el
que le pare ció má s fuert e y vigoros o y ab a n d o n ó a tod a prisa el castillo
maldito.
Su novia le esp e r a b a . Había prep a r a d o dos saq uitos que colgó, de la
silla del noble bruto; en uno había oro, en el otro iba enc err a d o su
ma n t o de plum a s blanc a s .
- ¡Desgr a ci a d o! - excla m ó al ver el cab allo.
- ¿Qué ocurre? - inquirió él sobr e s al t a d o .
- Que no has hech o caso de mi cons ejo y est a m o s perdido s. El cab allo
blanco es un anim al emb r uj a d o que corre más a prisa que la luz.
Parta m o s , sin emb a r g o ; dispo n e m o s toda ví a de algun a s hora s, pue s he
dejado en mi habit a ció n una ca mis a que res po n d e r á por mí, si a mi
padr e se le ocurre ir a busc a r m e .
Empr e n di e r o n el galop e.
Blanc aflor dijo en el ca mino a Luis que era preciso que llegar a n cuan t o
ant e s al lejano río, dond e ter min a b a el pod er má gico de su padr e . Allí
los fugitivos est a rí a n a salvo de todo peligro.
El marq u é s del Sol había oído el galop e del cab allo negro y creyó, que
Luis huía solo. Para as e g u r a r s e de que Blanc aflor est a b a tod avía en el
castillo subió a la habit ación de su hija.
- ¿Está s ahí, Blanc aflor? - preg u n t ó, aplican d o el oído a la cerra d u r a de
la puert a .
- ¡Aquí estoy, pap á! - res po n dió la camis a enc a n t a d a .
El hechic ero se tran q uilizó, pero a poco llegaro n ta m bi é n sus her m a n a s .
- ¿Está s ahí, Blancaflor? - preg u n t a r o n .
- Sí, aquí estoy - res po n dió la camis a .
- ¡Abre la puert a !
Nadie resp o n dió. Las much a c h a s fueron a busc a r un ma n ojo de llaves y
consiguiero n abrir la puert a .
Blanc aflor no est a b a en su alcob a; pero vieron ext e n di d a en el lecho la
camis a enc a n t a d a .
- ¡Blanc aflor! ¡Blanc aflor! - gritaro n.
- ¡Aquí estoy! ¡Aquí esto y! - cont e s t ó la má gic a pren d a .
Furios a s al ver que había n sido eng a ñ a d a s , las hijas del hechicer o
fueron corrien d o a decir a su padr e que Blanc aflor se había fugad o con
el joven.
- ¡Que me ensillen inme di a t a m e n t e el cab allo blanco - rugió el
hechic ero. - ¡No tard a r é en alcanz a r a esos mis er a bl e s !
Por los cam p o s incultos y los bosq u e s de olivos, Luis y Blanc aflor, jinet e s
en su cab allo, devor a b a n los kilóme t r o s uno tras otro. La muc h a c h a ,
inquiet a , volvía frecu e n t e m e n t e la cab ez a .
No tardó en percibir a lo lejos una nub e de polvo.
- ¡Por allí viene mi padr e ! ¡A prisa, Luis! ¡A prisa!

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Pero el cab allo no podía aceler a r la velocid a d, mientr a s que el cab allo
blanco del hechicer o dab a saltos fant á s tico s. Cuand o se encon t r a b a a
pocos paso s de los fugitivos, Blancaflor se quitó una pein e t a de los
cab ellos y la arrojó al suelo, diciend o:
- ¡Conviért e t e en mon t a ñ a !
Y la peine t a se transfor m ó en una mont a ñ a tan alta que oculta b a el sol.
Luis, esp e r a n z a d o al ver aqu el prodigio, dejó desc a n s a r a su cab allo,
que jade a b a est e r t ó r e a m e n t e .
Pero Blancaflor velab a por la seg urid a d de amb o s .
- ¡Démo n o s prisa! - excla m ó . - Mi padr e nos alcanz a ... ¡Le oigo!
El Marqu é s del Sol había franq u e a d o la mon t a ñ a . Su cab allo blanco
gan a b a terre n o a ojos vistas .
La much a c h a arrojó ento n c e s al suelo su velo gris y gritó:
- ¡Conviért e t e en nub e y ocúlta n o s ! Inme di a t a m e n t e una nub e esp e s a
ocultó a los fugitivos de la vista del hechic ero, pero no tardó el viento
en disper s a rl a y prosiguió la pers e c u ción.
El río est a b a lejos tod avía.
Al atr av e s a r un bos qu e , el cab allo negro trop ez ó y cayó al suelo. Luis y
Blanc aflor había n salta d o de la silla, pero cuan d o levan t a r o n al cab allo
vieron que ape n a s podía sost e n e r s e . La joven mur m u r ó algun a s
palabr a s ; en el acto el cab allo se convirtió en un nog al y los fugitivos en
nuec e s verd e s .
Suce dió todo oport u n a m e n t e , pues el hechicer o pas a b a un seg u n d o
má s tard e muy cerc a del árbol a pleno galop e . Poco des p u é s , volvía
sobre sus pas os , dán d o s e cuen t a de que había perdido la pista de los
fugitivos.
Estos, cuan d o lo vieron bas t a n t e lejos, recobr a r o n su forma natur al y
continu a r o n la huida a pie. Ya se hallab a n muy cerca del río cuan d o
oyero n de nuev o, el galop e formid a bl e del cab allo blanco, tan cerc a de
ellos, que la muc h a c h a no tuvo tie mp o est a vez de recurrir a sus arte s
má gic a s .
Espan t a d a , se vio perdid a, así como su novio, y lloró. Sus lágrim a s se
convirtiero n en un río que creció y creció, ent e n di é n d o s e entr e ellos y el
hechic ero, que se habría ahog a d o si el cab allo blanco, apoya n d o las
pat a s delan t e r a s en el suelo, no se hubies e det e nid o en seco
arrojá n d olo por encim a de las orejas.
- ¡Te esc a p a s de mis ma n o s , maldit a! - rugió colérico - ¡Pero las arte s
má gic a s que te ens e ñ é y el pod er que te conferí no te servirá n de nad a
en lo suce sivo! Desd e ahor a en adela n t e será s una mujer como las
de m á s y tu novio se olvidar á de ti en cuan t o bes e a otra pers o n a .
- ¡Oh, Luis! - excla m ó , Blanc aflor - ¡Por seguirt e he ab a n d o n a d o a mi
padr e, a mis her m a n a s , al castillo dond e tan feliz vivía y la
omnipo t e n ci a de mis art e s má gic a s ! ¿Me olvidar á s , como ha predich o
mi padr e ?
Luis, por tod a resp u e s t a , le dio un bes o.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Cuand o hubiero n llega d o a poca dista n cia del pue blo, tuvieron que
det e n e r s e agot a d o s por la fatiga. Luis, con gran trab ajo, cond ujo a la
joven a un bos qu e de olivos y le dijo que desc a n s a r a mientr a s él iba a
busc a r un cab allo a Córdob a .
- No tard a r é - añ a dió.
Dos hora s más tard e , el joven se hallab a en Córdob a y se dirigió a un
hotel dond e sabía que encon t r a rí a cab allos.
Una ancia n a que le vio pas ar, gritó, alboroz a d a :
- ¡Sant o Dios! ¡Si es Luisito!
Se arrojó al cuello del joven y le besó efusiva m e n t e en las mejillas. Luis
recordó con plac er en aqu ella ancian a a una antigu a criad a que había
tenido muc h o s años en su cas a. Besóla a su vez y le pidió noticias de
sus familiare s .
- ¡Todos est á n bien! ¡Todos est á n bien! ¿Y tú, hijo mío? Todas te
dáb a m o s por mu e r t o; es decir, todos no; yo sabía que volverías tard e o
te m p r a n o , pue s le había ofrecido un cirio a San Antonio si volvía a
vert e... ¡Y me ha hech o caso! ¿A dónd e te dirigías con tant a prisa,
much a c h o ?
- ¿A dónd e iba? Pues, no lo sé.
- ¿Te burlas? ¿Vas a decirm e ta m bi é n que no sab e s de dónd e vien e s ?
- ¿De dónd e vengo? Pues, ta m p o c o lo sé.
- Está bien... Está bien... No me lo digas, si no quier e s ... Estoy
de m a si a d o cont e n t a de volver a vert e par a enfad a r m e por tus bro m a s .
Luis fue a pas e a r s e por la ciuda d. Encontró a much o s de sus antigu o s
amigos y se ent e r ó de que un tío suyo, extr a o r din a ri a m e n t e rico, había
fallecido dura n t e su aus e n ci a, nom br á n d ol e here d e r o univers al.
Entró en pos e sió n de su ines p e r a d a fortun a y emp e z ó a hac er la mis m a
vida de siem p r e .
La maldición del hechic ero se había realizad o. Luis había olvida d o a
Blanc aflor.
Ya hacía un año que est a b a Luis de regr e s o cuan d o enco n tr ó en un
rincón de la cas a un paqu e tit o que se acordó de hab e r dejado allí el día
en que volvió a Córdob a rendido de fatiga.
Deshizo el paqu e t e y ap ar e ció ant e sus ojos un mar a villoso tejido de
plum a s blanc a s , ligera s y suav e s como las de un pájaro.
- ¿Dónd e he visto yo ant e s est e ma n t o ? - excla m ó cont e m p l á n d olo con
aire pen s a tivo.
De rep e n t e recordó todo y emp e z ó a gritar como un loco:
- ¡Los pájaros ! ¡El hechicer o! ¡Blancaflor! ¡Mi alma! ¡Mil millone s de
maldicion e s ! ¡Olvidé a mi pro m e tid a a dos hora s de ca mino de aquí!.
Al oír sus gritos acudió la ancian a criad a.
- ¡Lárg a t e de aquí, vieja bruja! - rugió el joven. - ¡Todo esto ha suce did o
por culpa tuya!
Y salió corrien d o, mien tr a s que la vieja, que no salía de su aso m b r o,
cont a b a a los vecinos curiosos que su amo había perdido el juicio.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Volvió Luis por la noch e, y viéndolo más tran q uilo, la ancia n a dom é s tic a
le preg u n t ó la caus a de su cólera, cos a que él le refirió con todo det alle.
- ¿No era má s que eso? - excla m ó la vieja. - ¡Bah, una much a c h a gua p a
se encu e n t r a sie mp r e ! ¡Ade m á s , ten la seg urid a d de que no te guar d a r á
rencor por hab e r bes a d o a una pobr e vieja como yo! Dam e dos reales ...
Voy a pon er una vela a San Antonio... Ahora bien, como quier a que hay
que ayud a r al Cielo, vete corrien d o al Alcázar Viejo, busc a la calleju el a
de los Angele s y en la callejuela de los Angeles, la cas a de la tía
Maripos a. Allí vive des d e hac e algun o s me s e s una gitan a que sab e casi
tanto como los sant o s ... No hac e much o que est á en Córdob a y ya ha
hecho treint a y seis milagros ... Visítala... Tal vez ella pue d a ayud a r t e .
Luis se encogió de hom br o s ; pero obe d e ció la sug e r e n ci a de la vieja.
Entre las callejuela s ango s t a s y oscur a s que bord e a b a n el viejo palacio,
enco n tr ó al fin lo que busc a b a : una casit a mis er a bl e, pero bien
blanq u e a d a con cal y que tenía en su única vent a n a un tiesto, con
clavele s rojos.
El joven entró en aqu ella cas a ten e b r o s a y no vio nad a ni a nadie.
- ¿Qué busc a s aquí? - preg u n t ól e de rep e n t e una voz.
- Busco lo que he perdido - cont e s t ó él.
- ¿Y qué es lo que has perdido?
- Una mujer.
- ¿Des e a s muc h o volver a verla?
- Daría la vida por ella.
- ¿Por qué la aba n d o n a s t e , ento n c e s ?
- Porqu e se realizó la maldición de su padr e.
Los ojos de Luis, acos t u m b r á n d o s e poco a poco a la oscurid a d , mira b a n
a la gitan a aso m b r a d o s ... ¡La gitan a no era otra que Blanc aflor!
Entre risas y llantos la much a c h a le contó cómo había llega d o a la
ciuda d al vers e ab a n d o n a d a , pero esp e r a n d o sie mp r e la vuelt a de su
bien am a d o .
Luis cond ujo a Blanc aflor a su cas a, dond e fueron recibidos con gritos
de alborozo por la ancian a sirvient a .
- ¡Ya sabía yo que San Antonio ate n d e rí a mi pleg aria - excla m a b a , llena
de emoción.
Casós e Luis con la hija del Marqu é s del Sol y la much a c h a no volvió a
ech a r de me n o s su vida ant erior, faltán d ol e tiem p o para ocup ar s e de
otra cos a que no fues e su hog ar y su marido.
Y la felicidad reinó en aqu ella cas a, sirvien d o a Blancaflor su ma g nífico
ma n t o de plum a s par a abrig ar a un precios o queru bín con que el Cielo
ben dijo su matri m o nio con Luis.
Y colorín colora d o, por la vent a n a se va al tejado.

La gaita mar a villosa
Éras e que se era un padr e con tres hijos.
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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Los dos mayor e s era n intelige n t e s y aplicad o s , pero el tercer o era algo
simplot e y le gust a b a má s jugar que estu di a r.
El muc h a c hito creía que ni sus padr e s ni sus her m a ni t o s le quería n,
pue s siem p r e le est a b a n reg a ñ a n d o o burlán d o s e de él por su
ignora n ci a.
Cuand o ya fue ma yor, su padr e le buscó una colocación de pas t or en
cas a del labra d o r má s rico del pue blo.
Ya llevab a bas t a n t e tiem p o cuida n d o las ovejas y cumplía muy bien
como pas tor, por lo que era muy apre ci a d o, de sus amo s .
Un día ap ac e n t a b a el gan a d o , sent a d o en una piedr a, sin hac er nad a ,
como de costu m b r e , cuan d o se le acercó una anjan a , que ent a bló
conver s a ció n con él.
- ¿Por qué est á s aquí de pas tor, much a c h o ? - preg u n t ó la anjan a .
- Porqu e mis her m a n o s y mi padr e no me quier e n ... Siempr e est a b a n
burlán d o s e de mí.
- Algún día te burlar á s tú de ellos... ¿Cómo te va de pas t or?
- Muy bien, señor a.
- ¿Qué tal es tu amo?
- Muy bue n o.
- ¿Te da bien de com e r?
- Sí, señor a .
- ¿Y tú no te cans a s de est a r hora tras hora sin hac er nad a ?
- Sí, señor a ; me aburro extr a or din a ri a m e n t e , pero como no sirvo par a
trab aj a r ni par a estu di ar, ¿qué quier e que hag a ? He pens a d o
compr a r m e una gaita cuan d o el amo me pag u e .
- No tien e s nec e sid a d de ello. Te voy a reg alar yo una que tien e la
virtud de hac er bailar a todo el mun d o cuan d o la toca n... Aquí la tien e s .
Y la anjan a , des p u é s de entr e g a rl e el instru m e n t o , se des pidió de él y se
marc h ó.
Cuand o el much a c h o que d ó solo, probó a tocar la gaita e
inme di a t a m e n t e se pusiero n a bailar las ovejas. Estuvo toca n d o has t a
que se cans ó y las ovejas, reve n t a d a s de tanto bailar, se tumb a r o n en el
suelo a desc a n s a r .
Todos los días, a me dia ma ñ a n a y a me dia tard e , hacía bailar a las
ovejas; luego las dejab a desc a n s a r . Con el ejercicio se les abría el
ap e tito y comía n muc h o y como luego repos a b a n , se pusiero n muy
gord a s y lustros a s .
El pas t or no decía a nadie la virtud de su gaita, pero se ent e r a r o n otros
pas t or e s y, por envidia, dijeron al amo que el much a c h o est a b a loco o
era brujo, porqu e est a b a ens e ñ a n d o a bailar a las ovejas.
El amo no quería creer tal cos a, pero los otros insistiero n tanto, que
decidió compro b a rlo al día siguien t e por sus propios ojos.
Llegó, pue s, al día siguie n t e a ver al reb a ñ o y obs ervó, que toda s las
ovejas est a b a n acos t a d a s .
- ¿Que les pas a a las ovejas que no com e n ? - preg u n t ó al pas t or.
- Es que est á n desc a n s a n d o , señor.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- Me han dicho que las hac e s bailar... ¿Es verd a d ?
- Sí, señor... Bailan cuan d o yo les toco la gaita, luego desc a n s a n y
com e n más a gusto; por eso est á n tan gord a s y lustros a s .
- ¿Las podrías hac er bailar delan t e de mí?
- Claro que sí. Cuand o uste d quier a.
- Ahora mis mo.
Emp ezó a tocar el pas tor la gaita. En el acto com e n z a r o n a levan t a r s e
las ovejas y corderillos y se pusiero n a bailar. El amo, riendo a
carcaj a d a s , bailó ta m bi é n sin dars e cuen t a .
Cuand o el pas t or cesó de tocar, se acos t a r o n de nuev o las ovejas y el
amo tuvo que tum b a r s e ta m bi é n de cans a d o que est a b a .
Volvió el amo algo má s tard e a cas a y contó a su mujer lo suce dido.
- ¿Dices que al tocar la gait a el pas t or has est a d o bailan d o tú y las
ovejas ? - preg u n t ó la espos a , incréd ul a. - ¿Cómo quier e s hac er m e
trag a r es a s pap a rr u c h a s ? ¿Has bebido?
- No he bebido y lo que te estoy diciend o es la verd a d ... Ve ma ñ a n a a
verlo y te conv e n c e r á s .
Al día siguien t e , el am a se dirigió al lugar en que el pas tor de la gaita
ap ac e n t a b a el gan a d o .
- ¿Es verd a d que hac e s bailar a las ovejas, simplot e ? - preg u n t ó
brusc a m e n t e .
- Sí, señor a .
- Pues hazlas bailar que yo lo vea.
El muc h a c h o emp e z ó a tocar la gaita y las ovejas, levan t á n d o s e ,
iniciaron una danz a des e nfr e n a d a .
El am a ta m bi é n estuv o dan d o saltos y cabriolas, con tal viveza que no
tardó en fatigars e , por lo que cuan d o el pas t or, comp a d e ci d o, cesó de
tocar, se dejó caer al suelo, sin pod er hablar.
Cuand o desc a n s ó un poco, se levan t ó y gritó al pas t or:
- No pue d o cons e n tirt e est a burla, mos tr e n c o ... A la noch e vas a cas a
para que te dé la cuen t a ... Qued a s des p e di d o.
Volvió el am a a su cas a. El marido la vio sofoca d a y compr e n dió que
había est a d o bailand o como él.
- ¿Te has conv e n cido ya? - preg u n t ó
Ella cont e s t ó furios a:
- Sí... He visto bailar a las ovejas y he bailado yo has t a que al anim al de
tu pas t or le ha dado la gan a . Por eso lo he des p e di d o... No pue d o
agu a n t a r que se haya burlado de mí.
Entre g a r o n la cuen t a al pas t or aqu ella mis m a noch e y el much a c h o se
marc h ó a su cas a muy cariaco n t e cid o. Cuand o llegó dijo a sus her m a n o s
y a su padr e que había sido des p e di d o, pero sin explicarles el motivo,
para no ten e r que hablar de su gaita.
El padr e dijo que, aunq u e era un inútil, procur a ría enco n tr a rl e otra
colocación y que compr e n di e r a que sus her m a n o s iban a ten e r que
trab aj a r para él.
Entonc e s respo n dió el much a c h o :

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- A mí me gus t a muc h o ser pas t or, pap á; pero el am a se ha enfa d a d o
con migo porqu e la he hecho bailar...
Los her m a n o s emp e z a r o n a reírs e de él y el much a c h o se calló.
Al día siguien t e , el her m a n o ma yor salió, por enc ar g o de su padr e, a
vend e r un cesto de ma nz a n a s .
A pocos me tro s de la puert a de su cas a le salió al encu e n t r o una
viejecita que le preg u n t ó:
- ¿Qué llevas ahí, much a c h o ?
- Rata s - cont e s t ó .
- Rata s ser á n - repus o la vieja.
Siguió and a n d o , con la gran cest a al brazo, entró en una cas a y
preg u n t ó si quería n ma nz a n a s . Le dijeron que las ens e ñ a r a y al abrir la
cest a emp e z a r o n a salir rat a s ...
Los habit a n t e s de la cas a saliero n des p a v o rido s , llama r o n a todos los
vecinos y le dieron al much a c h o una paliza feno m e n a l por aqu ella
bro m a de mal gus to.
El pobr e cillo, cuan d o volvió a cas a, tuvo que me t e r s e en la cam a .
Al día siguien t e se fue el seg u n d o her m a n o a vend e r ma nz a n a s con la
mis m a cest a.
Salióle al encu e n t r o la mis m a viejecita y le preg u n t ó:
- ¿Qué llevas en el cesto, much a c h o ?
- Pájaros - cont e s t ó .
- Pájaros será n - repu s o la ancian a .
Entró en una cas a a vend e r ma nz a n a s y cuan d o abrió la cest a saliero n
los pájaros voland o. Los de la cas a rieron has t a des t e r nillars e de lo que
creía n una bro m a y el much a c h o volvió a la suya muy desco n s ol a d o .
El her m a n o me n o r dijo a su padr e:
- Quiero ir yo a vend e r ma nz a n a s , pap á.
Los otros her m a n o s emp e z a r o n a gritar:
- No lo dejes, pap á ... ¿A dónd e va a ir es a cala mid a d ?
Pero el padr e le dejó llenar la cest a y salir.
Encontró s e el peq u e ñ o con la ancia n a , que le preg u n t ó :
- ¿Qué llevas en es e cesto, muc h a c h o ?
- Manza n a s , abu el a. Y que son her m o s a s y san a s ... Tome una y
pru é b el a ...
- No, hijo mío. Mucha s gracia s. Vete a vend e rl a s y no te entr e t e n g a s .
Llegó a una cas a ofrecien d o las ma nz a n a s . Le pidiero n que se las
ens e ñ a r a y al ver lo bue n a s que era n le compr a r o n me dia cest a. Echó
ento n c e s el dinero en un taleg uillo y se fue a otra cas a.
Ofreció las ma nz a n a s , le dijeron que las mos tr a r a y, al abrir la cest a ,
obs erv ó que est a b a llena. Compr á r o nl e me di a cest a, guard ó el dinero
en el taleg uillo y siguió su ca mino.
Cada vez que entr a b a en una cas a y abría la cest a se la enco n tr a b a
llena. Así fue vendie n d o ma nz a n a s y ma nz a n a s , llenó de dinero el
taleg uillo, todos los bolsillos y un pañ u elo, que ató por las cuatro
punt a s .

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Ya se volvía a cas a, decidido a no vend e r má s ma nz a n a s , y había
sac a d o la gaita par a entr e t e n e r s e por el ca mino, cuan d o le salió la
anjan a que se la había reg ala d o, y que le dijo:
- No toqu e s la gaita has t a que llegu e s a tu cas a.
Guard ó s e , pues , la gait a, y se enc a mi n ó a su cas a, dond e vio que
sola m e n t e est a b a n sus her m a n o s . Abriéronle la cest a y al verla llena de
ma nz a n a s emp e z a r o n a burlars e de él, pero el much a c h o sacó ento nc e s
la gaita y emp e z ó a tocar, hacie n d o bailar a sus her m a n o s , has t a que
éstos cayer o n al suelo rendidos de cans a n cio.
Poco má s tard e llegó el padr e; aco m p a ñ a d o de la bruja bue n a .
- Hijos míos - dijo a los dos mayo r e s - no volváis a burlaro s de vues tr o
her m a n o me n or, porqu e es el mejor de los tres.
La anjan a añ a dió:
- Yo fui quien os convirtió las ma nz a n a s en rata s y en pájaros , para
castig a r o s por vues tr a s me n tir a s ... En cuan t o a ti, agre g ó, volviénd o s e
al pequ e ñ o , devu élv e m e la gaita, pue s ya no la volver á s a nec e sit a r.
Y como los ma yor e s no moles t a r o n más al peq u e ñ o y ést e emp e z ó
des d e aqu el día a trab aj ar con celo, vivieron muy felices y comiero n
perdic e s .

La da m a del lago
Había una vez una viuda que, habie n d o perdido a su espos o en la
guerr a , vivía en unión de su único hijo. Ambos eran tan trab aj a d o r e s
que, en pocos años, se había n as e g u r a d o una exist e n ci a holga d a , sin
que nad a les faltas e .
Tenían una casita con un huert o, y el est a blo lleno de anim al e s . La
ma dr e cuida b a la cas a, y el hijo tenía a su cargo el cuida d o de los
anim al e s , los que llevab a a pas t a r al prado que se hallab a en las
cerca ní a s de un lago.
Un día, el joven, sent a d o junto a la orilla, cont e m p l a b a las tran s p a r e n t e s
agu a s del lago, cuan d o desc u b rió de rep e n t e una much a c h a que se
pas e a b a sobre la sup erficie de las agu a s .
Era más bella que un rayo de sol; una esplé n did a casc a d a de dora d o s
cab ellos caía sobr e su esp ald a de alab a s t r o y sus ojos de turqu e s a
cont e m pl a b a n la sup e rficie del lago, dond e se reflejab a , como en un
esp ejo, su extr a o r din a ri a belleza.
El joven, que est a b a comie n d o un trozo de pan y ques o, que d ó como en
éxt a sis, creye n d o que soñ a b a .
De pront o, la her m o s a much a c h a par eció verle, y se aproxi mó
lent a m e n t e a la orilla.
El hijo de la viuda le ofreció el trozo de pan que tenía en su ma n o
dere c h a .
Ella lo rech az ó, dicien d o.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- Mano dura, pan duro, no procur a n sino ang u s ti a s y mis eria s.
Sin aña dir más , zamb ullós e en el agu a y des a p a r e ci ó.
El joven que d ó largo rato en la orilla, escru t a n d o las agu a s , esp e r a n d o
ver apar e c e r de nuevo a la enc a n t a d o r a much a c h a , cuya armo nios a voz
le pare ció est a r oyen d o aún. Mas agu a r d ó en vano y, al caer la tard e ,
volviós e a su cas a tras de sus vaca s .
Cenó tan poco y estuv o tan abs ort o en sus pen s a mi e n t o s que su ma dr e
no pudo por me n o s que preg u n t a rl e si se sentía enfer m o .
Él le contó cuan t o había visto, añ a di e n d o que jamá s podría olvidar a
aqu ella her m o s a much a c h a que había apar e cid o en la sup erficie de las
agu a s del lago.
La ma dr e que d ó pens a tiv a unos insta n t e s ; luego, dijo a su hijo:
- No ha ace p t a d o tu pan porqu e era de m a s i a d o duro. Maña n a te
llevar á s pan tierno y no lo rehus a r á .
- Tiene s razón, ma d r e . Así lo haré.
Duran t e tod a aqu ella noch e no pudo conciliar el sueñ o, pens a n d o en la
joven de los cab ellos de oro, de la que se había ena m o r a d o
perdid a m e n t e .
Y, no hubo bien am a n e ci d o, tomó pres t a m e n t e el camino del lago,
llevan d o en su morr al un trozo de pan blanco, recién salido del horno.
Sent a d o junto a la orilla, con el corazón palpit a n t e de emoción, agu a r d ó
la aparición de la enc a n t a d o r a criatur a .
Mas pas ó el tie mp o y la sup erficie del lago per m a n e ci ó desiert a y
silencios a. De rep e n t e , levan t ó s e un poco de viento que hizo
encr e s p a r s e las agu a s , al tie mp o que una nub e blanc a oculta b a el sol.
- ¡Tal vez no vien e porqu e hac e mal tiem p o! - pens ó el joven, con
tristez a.
En efecto, tran s c u rri ero n muc h a s horas sin que la fascin a d o r a
much a c h a de los cab ellos de oro se dejar a ver. Finalm e n t e , las nub e s se
desv a n e ci e r o n y el sol volvió a lucir victorioso, refleján d o s e en la
sup erficie del lago.
Advirtien d o que algun a s de sus vaca s se había n acerc a d o a abre v a r a la
orilla, corrió hacia ellas, por te mo r de que cayer a n al agu a . Pero no
había ava nz a d o sino unos cuan t o s pas os , cuan d o la extr a or din a ri a
ap arición se alzó ant e él, envolvién d ol e en una mirad a fascina d o r a .
El joven que d ó, como enc a n t a d o unos segu n d o s ; mas , reh acié n d o s e al
fin, dijo:
- Toma, ést e no es duro como el de ayer. Acépt alo, porqu e te quiero y
des e a rí a hac er t e mi espo s a .
Ella no res po n dió, pero no dejó de mirarle con sus ojos color de cielo.
Entonc e s el joven se arrodilló, prosiguie n d o con voz tré m ul a:
- Si consien t e s en ser mi espo s a , te haré feliz y no viviré más que par a
ti.
Respo n dió la joven:
- No. Pan tierno y corazó n sensible, dan a me n u d o gran d e s dolore s.
Y, como el día ant erior, des a p a r e ci ó en las agu a s del lago.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

El hijo de la viuda había obs erv a d o que, mien tr a s habla b a la
enc a n t a d o r a muc h a c h a de cab ellos de oro sonr eí a y sus ojos relucían
mar a villos a m e n t e . Esto le hizo abrigar algun a esp e r a n z a y, cuan d o llegó
a su casit a, est a b a me n o s trist e que la noch e ant erior.
Su ma dr e quiso sab e r lo que le había suce did o y, cuan d o el joven hubo
ter min a d o su relato, dijo:
- El pan de ayer era de m a s i a d o duro y el de hoy de m a s i a d o blando. Es
me n e s t e r que le ofrezc a s un trozo de pan que no est é de m a s i a d o seco
ni de m a si a d o fresco.
Y prep a r ó en la arte s a el pan que su hijo debía llevar el día siguien t e .
Exten dí a s e el lago al pie de la verd e mon t a ñ a y refulgía el sol en el
firma m e n t o azul, rode a d o de nub e s blanc a s como la niev e.
Sent a d o junto a la orilla, el hijo de la viuda no ap art a b a su mirad a de la
sup erficie del lago.
Más cuan d o llegó la hora de pon er s e el sol sin que la fascin a d o r a
much a c h a de los cab ellos de oro y ojos color de cielo hubier a ap ar e cido,
el pobr e joven sintió que una gran am a r g u r a invadía su corazó n.
Había de volver a su casita, triste y desilusion a d o .
Ya llam a b a a su reb a ñ o para alejars e de allí, cuan d o , al dirigir una
última mirad a al lago, vio algo que le llenó de estu p o r: las vaca s ,
pas e a b a n tran q uila m e n t e por la sup e rficie de las agu a s y la joven de los
cab ellos de oro y ojos de color de cielo le cont e m p l a b a , sonrie n d o.
Al ver al pas t or le salió al encu e n t r o y saltó a la orilla, ten di é n d ol e una
ma n o.
Preso de una felicidad indes criptible, él le ofreció el pan am a s a d o por su
ma dr e . La muc h a c h a lo ace p t ó, mientr a s en su rostro se reflejab a una
expr e sió n de tern ur a .
Sent a d o s uno junto al otro, el pas tor tomó en las suya s una de las
delica d a s ma n e cit a s de la muc h a c h a , dicien d o:
- Te quiero. ¿Me hará s dichos o, siendo mi espos a ?
- ¡Imposible! - res po n dió ella.
- ¿Por qué? ¿Quier e s que me mu er a de pen a ?
- No pue d o acep t a r , porqu e tú eres un ser mort al, mientr a s que yo
pert e n e z c a al reino de las had a s .
- No import a. No, es por cierto, la primer a vez que un mort al se cas a
con un had a.
La much a c h a dudó unos mo m e n t o s y luego cont e s t ó :
- Bien, estoy dispu e s t a a ser tu espos a ; pero con una condición.
- Habla amor mío. Por ti, esto y dispu e s t o a todo.
- Me cas ar é contigo; ma s si me peg a s tres vec e s sin motivo, nos
sep a r a r e m o s .
- ¿Yo peg a r t e ? - excla m ó el pas tor, enaj e n a d o de felicidad. - Mis ma n o s
no se pos ar á n en ti más que par a prodig ar t e caricias.
No bien hubo él ter min a d o de decir esto, cuan d o la enc a n t a d o r a joven
dio un salto pod ero s o y se sum e r gió en las agu a s , des a p a r e ci e n d o en el
fondo del lago.

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Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

La des e s p e r a ció n del pas tor no es para ser descrit a.
Y como en verd a d no podía vivir sin aqu ella her m o s a much a c h a , se
habría ech a d o al agu a tras ella, de no hab e rle cont e nid o el pen s a mi e n t o
de que su ma dr e se que d a rí a sola en el mun d o.
Ya iba a alejars e de allí lleno de tristez a, cuan d o vio dos jovencit a s que
le salían al encu e n t r o, aco m p a ñ a d a s de un ancian o que llevab a los
cab ellos exte n did o s sobr e los homb r o s .
- Hijo de los hom br e s - dijo al pas t or - Soy el padr e de la muc h a c h a con
quien quier e s cas ar t e . Estas son mis dos hijas, y si pue d e s decir m e a
cuál de ellas has elegido, cons e n tir é en tu cas a mi e n t o .
El pas t or cont e m p l ó a aqu ellas dos enc a n t a d o r a s much a c h a s y que d ó
perplejo.
Eran idéntica s , como dos gota s de agu a .
Si no acert a b a a indicar cual de ellas era la que había visto sobr e las
agu a s , ningu n a de las dos sería su espo s a .
Y que d ó mirán d ol a s con fijeza, profun d a m e n t e sorpr e n di d o, mien tr a s el
viejo agu a r d a b a su resp u e s t a .
Ya est a b a a punto de des e s p e r a r s e , cuan d o una de las jóven e s sacó un
diminut o pie por deb aj o del vestido.
El pas t or compr e n dió el significado de aqu ella señ a y, acerc á n d o s e a la
much a c h a , le cogió, de la ma n o, profun d a m e n t e emocion a d o .
Dijo el ancian o:
- Muy bien. Te confío la felicidad de mi hija.
- Aseguro a uste d que la haré dichos a - dijo el pas t or.
- Poco a poco, jovencito. Hemo s de hablar de cos a s práctic a s . Mi hija
tien e una dote.
- No quiero nad a - replicó, el pas t or. - Mi ma dr e tien e una cas a, un
huert o y much o gan a d o . Como soy su único here d e r o , pue d o as e g u r a rl e
que su hija ser á rica.
- Pero yo no pue d o cas arl a sin darle su dote - insistió el ancian o.
- Es ust e d muy gen e r o s o , pero yo esto y dispu e s t o a cas ar m e con ella,
aun sin dot e, porqu e la amo.
- No import a. Recu er d a , sin emb a r g o , que si le peg a s por tres vece s sin
motivo, el ma tri m o nio que d a r á anula d o y mi hija volver á con migo.
Dicho esto, se volvió a la muc h a c h a y le preg u n t ó qué quería como
dote.
Ella pidió cinco cab allos, diez vaca s y tres bueye s .
Apen a s hubo ter min a d o de ma nife s t a r sus des e o s , los anim al e s
ap ar e ci er o n como por arte de ma gi a, relinch a n d o y mugi e n d o
alegr e m e n t e .
El viejo ben dijo a los dos jóven e s y des a p a r e ció en el lago con su otra
hija.
El pas t or ofreció su brazo a la joven espo s a y se dirigió a su cas a,
seguido de los anim al e s .
La ma dr e los acogió muy cont e n t a y, pocos días más tard e, se celebró
la bod a.

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Los recién cas a d o s se había n est a bl e cido en una casit a cerc a n a a la de
la viuda y vivían cont e n t o s y tran q uilos, en unión de tres niñas que
compl e t a b a n su felicida d.
Un día recibiero n la invitación de asistir a un bautizo, pero la joven
espos a no se enco n tr a b a en disposición de pon er s e en ca mino.
- Iremo s a cab allo - propu s o el marido.
- Prefiero que d a r m e en cas a.
- No, querid a, no quiero dejart e sola. Ve a prep a r a r tu cab allo, mientr a s
yo prep a r o el mío.
Y se fue a la cuadr a para pon er s e la silla a su cab alg a d u r a .
Mas, cuan d o volvió y notó que su mujer no se había movido, apod e r ó s e
de él tal rabia que le dio un ligero golpe con la ma n o, excla m a n d o :
- ¿Por qué no has hech o lo que te he dicho?
Por tod a res p u e s t a , ella rompió a llorar, gimien d o:
- ¡Ah, malo, malo! ¡Me has peg a d o sin ningú n motivo! ¡Acuérd a t e del
trato hech o y no me pegu e s más , pue s te que d a r á s sin mí!
- Lo he hecho en bro m a - res po n dió el marido, me s á n d o s e los cab ellos
con des e s p e r a ci ó n.
Y se arrodilló ant e su ador a d a espo s a , pro m e ti é n d ol e que no lo haría
má s.
Al cabo de algún tie mp o , el incide n t e fue olvidad o.
Un día fueron invita do s a una bod a y asistiero n, participa n d o de la
alegría de los convida d o s . Pero, en cierto mo m e n t o , sin ningú n motivo,
la espo s a del pas t or rompió de pronto en am a r g o llanto.
- ¿Por qué lloras? - le preg u n t ó su espo s o afectu o s a m e n t e , dánd ol e un
ligero golpe en la mejilla. - ¿Está s enfer m a ?
- ¡Ah! - gimió ella, retorcié n d o s e las ma n o s y lloran d o aún má s
am a r g a m e n t e . - ¡Me has peg a d o por seg u n d a vez, sin motivo algun o!
Preso de loca des e s p e r a ció n, el marido vio que había olvida d o que,
segú n la ley de las had a s , el golpe má s leve equiv alía a una paliza.
Tambié n est e segu n d o inciden t e que d ó olvida d o pronto, y los dos
espos o s continu a r o n goza n d o de su felicida d, rode a d o s de sus tres
hijas, que crecía n sano s y robus t o s .
De cuan d o en cuan d o, la espo s a record a b a al marido el pacto hecho
ant e s de cas ar s e ; si le peg a b a por tercer a vez, su felicidad que d a rí a
trunc a d a para siem p r e .
Mas, un mal día, el pas t or olvidó su pro m e s a .
Habían ido a unos funer al e s , y, mientr a s los parie n t e s y amigos del
difunto llorab a n su mu er t e , la mujer del pas tor prorru m pió de pront o en
una carc aj a d a .
Sorpre n di d o, su marido le dio un golpe en el brazo, dicién d ol e:
- ¿Está s loca? ¿Qué hac e s ?
- Río porqu e los mu e r t o s est á n más cont e n t o s que los vivos, porqu e
est á n libres de toda angu s ti a y dolor.
Y, dirigien d o una triste mirad a a su marido, aña dió:

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

- Ahora nues t r o ma tri m o nio se ha roto. Me has peg a d o por terc er a vez y
ten e m o s que sep a r a m o s par a siem p r e .
Sin escuc h a r las súplicas del pas tor, la mujer volvió a la casita dond e
había n vivido felices tanto s años.
Y dijo a los anim al e s :
- ¡Volved a la corte de vues tro rey!
Los anim al e s ab a n d o n a r o n la cuadr a y, con la espos a del pas t or, se
dirigiero n al lago, en cuya s agu a s des a p a r e ci e r o n inme di a t a m e n t e .
Despu é s de hab e rlos seguido en vano, el des gr a ci a d o pas t or volvió a su
casita, y, pocos días des p u é s , murió de trist ez a .
Las tres hijas continu a r o n dura n t e muc ho s años yend o a la orilla del
lago, con la esp er a n z a de volver a ver a su ma m á , pero la her m o s a
da m a de cab ellos de oro y ojos color de cielo no ap ar e ció nunc a má s en
las agu a s .
Quizá, en las clara s, noch e s de luna, un débil y trist e lame n t o se elev a
de las tran q uilas agu a s , como el llanto de una ma dr e que invoca en
vano a sus queridos hijos, perdido s par a siem p r e jamá s .

La infantit a que fue conver tid a en alme n d r o
Érans e un rey y una reina que, des p u é s de solicitarlo much o al cielo,
tuvieron una hija, a la que decidiero n pon er de nom br e Margalid a. Al
bautizo fueron invita d a s toda s las had a s del país, me n o s una, llama d a
Isaur a, de la que no tenía n la me n o r noticia.
Todas las had a s invita d a s colma r o n a la infantit a de precios o s don e s :
una le des e ó belleza, otra salud, otra bond a d , otra sabiduría, otra
alegría.
Pero, Isaur a, furios a por no hab e r sido invitad a al bautizo, entró en la
alcob a de la prince sit a y pronu n ció un voto funes t o:
Dijo con voz ronc a:
- Cuan d o llegu e s a la ed a d de cas ar t e , Margalid a, te conver tir á s en
alme n d r o.
El had a ma drin a , la bond a d o s a Mafalda, se acercó a la cun a en que
dormía inocen t e m e n t e su ahijad a la infantit a. Y como no podía des truir
por comple t o el maleficio de la des p e c h a d a Isaur a, quiso neutr alizarlo
con un voto supr e m o y dijo:
- Sí, te conver tir á s en árbol al llegar a la eda d de cas ar t e , ahijad a mía
pero recup e r a r á s la form a en cuan t o encu e n t r e s novio...
Pas aro n quinc e años.
La infantit a salió una tard e a cazar maripos a s al jardín y... no volvió a
palacio.
Se había conver tido en alme n d r o .

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Librodot

Cuent o s de had a s esp a ñ ol e s

Anónimo

Sus padr e s , aunq u e const e r n a d o s no se des e s p e r a r o n . Habías e
cumplido el vaticinio de Isaur a, el had a mala. Tambié n se realizaría el
de Mafalda, el had a bue n a .
Una ma ñ a n a de prima v e r a pas a b a un pas t or por deb ajo de un alme n d r o
en flor y oyó decir al árbol:
- Pastorcito, pas t orcito... Soy la prince s a Margalida... ¿Quier e s ser mi
espos o ?
Alzó el pas t orcillo la vista y vio surgir, entr e las ros a d a s flores del
alme n d r o, la rubia cab e cit a de la infantit a. Asust a d o , echó a correr.
A me diodía pas ó por el mis mo lugar un escu d e r o y oyó que el alme n d r o
le decía:
- Escud e r o, escu d e r o... Soy la prince s a Margalida... ¿Quier e s ser mi
espos o ?
Levan t ó la cab ez a el escu d e r o y vio el her m o s o rostro y las dora d a s
trenz a s de la infantit a.
- Sí, quiero, mi prince s a ; pero ant e s he de obt e n e r la venia de mis
padr e s .
Por la tard e pas ó un cab allero bajo el alme n d r o en flor.
El alme n d r o le dijo:
- Caballero, cab allero... Soy la prince s a Margalid a... ¿Quier e s ser mi
espos o ?
Alzó la mirad a el cab allero y, desc u b rie n d o la cab e cit a de la infantit a
entr e las ros a d a s flores del árbol, res po n dió:
- Sí, quiero; pero ant e s he de vert e en form a hum a n a . .. No per mito a
nadie que me eng a ñ e . ..
Y se alejó lent a m e n t e , volvien d o de vez en cuan d o la cab ez a .
Por la noch e pas ó por deb ajo del alme n d r o un príncip e azul y oyó decir
al árbol:
- Príncipe, príncipe... Soy la prince s a Margalida... ¿Quier e s ser mi
espos o ?
Levan t ó el príncipe los ojos hacia el árbol y no bien hubo descu bi e r t o la
cab e cit a ang elical de la infantit a, cayó rodillas y excla m ó :
- Sí, quiero.
La infantit a salió ento nc e s del tronco del árbol, vestid a con una túnica
blanc a cubiert a de estr ellas y la cab ez a coron a d a de flores de alme n d r o .
Cuand o se dirigía a palacio, aco m p a ñ a d a de su novio, el príncipe azul,
enco n tr ó en su ca mino al pas t orcito, al escu d e r o y al cab allero.
Los tres volvían a busc a rl a.
Al pas torcito le dijo, sonrien d o:
- Ya es tard e, mi bue n pas torcito.
Al escu d e r o , muy seria:
- No has llega d o a tiem p o; vuélve t e .
Y al cab allero no le dijo nad a , sino que volvió la cab ez a al otro lado,
como si hubies e visto un basilisco.

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