Diego Griffon Briceño

(coord.)
Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática expone en cinco ensayos, escritos por varios autores, visiones diversas para abordar el problema del
cambio climático, suponiendo con ello el cuestionamiento de la estructura
jerárquica y excluyente de nuestra sociedad. El texto propone en sus diversas
visiones abrir caminos alternativos para combatir las distorsiones producidas
por el sistema civilizatorio hegemónico.
Diego Griffon Briceño (Caracas, 1973)
Doctor en Ecología, magíster en Entomología e ingeniero agrónomo. Es
profesor en la Universidad Central de Venezuela de la cátedra Ecología de
Poblaciones y Evolución, y además investigador en las áreas de Ecología
Teórica, Ecología Matemática y Agroecología. Sus publicaciones se centran,
entre otros ejes, en la agricultura entendida como un espacio que permite
evidenciar, reflexionar y caracterizar las diferentes dimensiones y matices de
la relación del ser humano con el resto de la naturaleza.

Narrativas
contrahegemónicas
de la crisis climática

Ministerio del Poder Popular
para Ecosocialismo y Aguas
Ernesto Paiva
Ministro
Fundación de Educación
Ambiental (Fundambiente)
César Aponte Rivero
Presidente
Amalivaca Ediciones
Consejo editorial
Siboney Tineo
Viceministra de Gestión
Ecosocialista de Aguas
Renzo Silva
Viceministro de Gestión
Ecosocialista del Ambiente
Jesús Castillo

Viceministro de Gestión
Ecosocialista de Desechos y Residuos

César Aponte Rivero
Presidente de la Fundación
de Educación Ambiental
(Fundambiente)
Rongny Sotillo
Jefe de la Unidad Editorial

Amalivaca Ediciones
Narrativas contrahegemónicas
de la crisis climática
Diego Griffon Briceño (coord.)
© Fundación de Educación
Ambiental
1o edición, 2016
Coordinación General
Rongny Sotillo
Coordinación Editorial
Livia Vargas-González
Edición

Kattia Piñango Pinto
Corrección
Natasha García Riveiro
Xoralys Alva
Diseño gráfico
Javier Véliz
Portada
Javier Véliz
Diagramación
José Luis Revete

Hecho el depósito de ley
Depósito legal No lfi36020166001241
Todos los derechos reservados
ISBN: 978-980-6840-09-6
Caracas, Venezuela,1010

Sello editorial de Fundambiente, constituye un espacio para la publicación y divulgación de una perspectiva revolucionaria, crítica y
lúdica sobre nuestra relación con el ambiente, ofreciendo a un público lector diverso, las distintas expresiones narrativas y discursivas cuyas
líneas son dedicadas a ello. Sus colecciones, cuyos nombres se inspiran en los cuatro elementos de nuestro planeta (Madre Tierra, Sabana, Delta, Moriche, Ventisca), abarcan productos editoriales nacidos
de la gestión del Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo
y Aguas, además de obras infantiles y juveniles relativas a la cuestión
ambiental, textos de carácter científico-técnico, manuales, experiencias organizativas del poder popular y ensayos teórico-críticos que
reflexionan acerca de nuestra relación con la naturaleza y la necesidad de
construir propuestas alternativas al capitalismo desde una perspectiva
emancipatoria.

Colección Delta
Por la naturaleza sistemática y reflexiva de los contenidos que abarca,
esta colección se distingue por publicar materiales que divulgan textos
de carácter científico-técnico y teórico-críticos relativos a la cuestión
ambiental desde una perspectiva emancipatoria y ecosocialista.

Serie Remansos
Amalivaca Ediciones, Fundación de Educación Ambiental (Fundambiente), RIF: G-20008183-0.
Centro Simón Bolívar, edificio Sur, local 9, nivel Plaza Caracas, El Silencio, Caracas-Venezuela.
Telf. (0212) 408.1545 / 1546, email: amalivacaediciones@gmail.com

Destinada a la publicación de reflexiones teóricas, críticas, filosóficas,
políticas y sociológicas relativas a la cuestión ambiental, desde una
perspectiva revolucionaria y ecosocialista.

Índice

Nota editorial
Prólogo. Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática
Por Diego Griffon Briceño 
Bibliografía

9
11

El cambio climático global y el debate en la comunidad científica
Por Francisco F. Herrera, Carlos Méndez y Sorena Marquina
Del debate científico a la guerra de intereses 
La inacción no es una opción
Más allá del clima planetario
Comentario final
Bibliografía

23

19

28
35
37
41
44

Democracia radical para salvar el planeta: de la Convención Marco
sobre Cambio Climático a la Cumbre Mundial de los Pueblos 
51
Por César Aponte Rivero
Introducción51
La Cumbre de Copenhague
59
La estafa de REDD+ 
67
WikiLeaks revela el verdadero funcionamiento de las negociaciones
73
La esperanza del planeta está en los pueblos
75
Coda: Doha y la reconducción de las negociaciones
78
Bibliografía
82
Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático: ¿hacia dónde marcha
la Revolución Bolivariana en plena crisis ambiental global?
Por Emiliano Terán-Mantovani
87
Crisis civilizatoria, límites del planeta y cambio climático
87

Desarrollismo petrolero, extractivismo y cambio climático:
los dilemas de la Revolución Bolivariana de Venezuela
Alternativas al desarrollismo extractivista
Bibliografía

93
115
119

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola
Por Diego Griffon Briceño
133
Los posibles impactos de la crisis climática en la agricultura
135
Las soluciones ofrecidas desde la agricultura industrial
137
Distorsiones del mercado mundial de alimentos 
140
Las mentiras de la revolución verde
141
Otra mirada: El sistema como un todo
149
Sobre las jerarquías y las soluciones reales
150
Bibliografía154
Agricultura y sustentabilidad rural: alternativas en marcha
para enfrentar el cambio climático
Por Jaime Morales Hernández 
La crisis de la civilización industrial y el cambio climático
La civilización industrial y sus relaciones
con la naturaleza y el medio rural
El cambio climático, la agricultura y los alimentos
La agricultura industrial, la crisis rural y el cambio climático
La agricultura industrial y la crisis rural global
La agricultura industrial y el cambio climático
Movimientos sociales y sustentabilidad rural
Construyendo alternativas hacia la sustentabilidad rural
La agricultura sustentable y el cambio climático
La agricultura sustentable y la agroecología
La agricultura sustentable y sus aportaciones para enfrentar
el cambio climático 
Los avances hacia la sustentabilidad rural en Latinoamérica
Reflexiones finales
Bibliografía
Epílogo
Por Francisco Javier Velasco

161
161
163
166
169
170
174
176
179
182
183
186
189
194
195
201

Nota editorial
Los artículos que componen el presente título fueron escritos tras la
celebración de la Conferencia de las Partes (COP) número 15 de la
Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático
−conocida popularmente como la Cumbre de Copenhague−, antes
de la celebración de la COP18, que tuvo sede en Catar en 2012. Los
mismos dan cuenta del debate que originó el polémico resultado de la
Cumbre de Copenhague, tras el cual se hicieron visibles diversos discursos y narrativas de los pueblos del mundo que hasta ese momento
permanecían ocultos tras las historias oficiales y corporativas que todavía dominan el debate sobre la crisis climática global. Tras la aprobación
del Acuerdo de París en 2015, pudiera parecer que estos escritos −hasta
ahora inéditos− están fuera de contexto. Sin embargo, precisamente
por su naturaleza contrahegemónica, consideramos que su publicación
contribuye a la difusión de ideas y pensamientos que cimienten las bases
de otro mundo posible. De igual forma, el ensayo “Democracia radical
para salvar el planeta: de la convención marco sobre cambio climático
a la cumbre mundial de los pueblos”, fue escrito antes de la realización
de la Precop Social de Cambio Climático, celebrada en Venezuela
en 2014. Este evento incorporó por primera vez un espacio para que
movimientos y organizaciones sociales plantearan sus propuestas
dentro de la agenda formal de negociaciones climáticas.
Cabe señalar que los criterios aplicados en cuanto al sistema de
referencias del presente volumen fueron establecidos por el coordinador
de la compilación, Diego Griffon Briceño, y no se corresponden
necesariamente con los pautados por Amalivaca Ediciones.
Amalivaca Ediciones

Prólogo
Narrativas contrahegemónicas
de la crisis climática
Por Diego Griffon Briceño1

Es un placer presentar un libro cuyo único propósito es invitar a la
discusión sobre temas pertinentes. Este es un libro heterogéneo, que
desde ningún punto de vista pretende abarcar todos los tópicos importantes, y que sobretodo no aspira a presentar una última palabra
en las discusiones sobre estos temas.
Como su nombre lo indica, aquí encontrarán un conjunto de
diferentes visiones sobre uno de los grandes problemas que enfrenta la humanidad. Sin embargo, a pesar de las diferencias de enfoque, el libro esta atravesado por una posición crítica ante los discursos que predominan actualmente en los debates sobre el cambio
climático. En este sentido, una primera discusión esta relacionada
con la existencia del propio cambio climático. Este es, efectivamente, uno de los temas que se aborda en el primer ensayo del libro. Sin
embargo, no está de más hacer aquí, en el prólogo, algunos comentarios al respecto. El cambio climático es una noción esquiva, que
no podemos asir claramente, que sucede en escalas espacio-temporales que nos son ajenas, y además involucra un conjunto amplio
de fenómenos complejos, a los cuales en realidad trasciende. Es en
efecto un metafenómeno. Estas características son parte de las razones por las cuales existe poca empatía con el tema y explican en
gran medida por qué no sentimos un llamado urgente a la acción.

1

Instituto de Ecología y Zoología Tropical, Universidad Central de Venezuela.

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Prólogo

Para vincularnos emotivamente al cambio climático tenemos que particularizarlo, proyectarlo en entes concretos: osos polares, glaciales,
incendios, sequías, etc. Así, de esta forma, por sus efectos nos acercamos, nos damos cuenta que nos afecta y que es relevante. Para que el
cambio climático se haga evidente como metafenómeno, para que se
manifieste, es necesario que utilicemos instrumentos, intermediarios,
artefactos. Por sus características espaciales y temporales, el cambio climático solo se muestra mediante la intermediación de la matemática
(estadística, modelos, simulaciones, etc.). Esto tiene un conjunto de
implicaciones que se deben considerar. Una primera es que esta aproximación (con su énfasis en lo cuantitativo) proyecta en el estrecho
marco de las matemáticas todas las dimensiones que involucra la crisis
climática. De esta manera, inevitablemente quedan excluidas, debido
a las restricciones inherentes del lenguaje matemático, las dimensiones
éticas y estéticas del problema. En segundo lugar, se deben tener en
cuenta las diferencias que existen entre los modelos y los fenómenos
que estos intentan representar, es decir, la distancia que separa a la
metáfora del evento que la inspira. No debemos considerar equivalentes la realidad construida por los modelos con la realidad de la cual
estos intentan dar cuenta. En el caso del cambio climático, están
dadas de forma particularmente claras (i.e., por la complejidad de los
modelos) las condiciones para que la distancia entre el fenómeno y su
representación sea muy difícil de establecer. Esto se traduce en que es
precavido tener una actitud crítica ante las predicciones y escenarios
futuros planteados de esta forma. Finalmente, a un nivel subjetivo la
matematización logra legitimar el enunciado, el cual de forma inadvertida adquiere un matiz de verdad incuestionable. En este sentido, no
es raro encontrar argumentos ingenuos que se erigen sobre la base de
que tal o cual aspecto del cambio climático ha sido científicamente
(i.e., matemáticamente) comprobado... Es importante resaltar este último punto debido a las limitaciones propias de la ciencia, limitaciones
que son desconocidas por muchos científicos y en efecto ajenas a la
gran mayoría de las personas. Desde un punto de vista epistemológico,
estas limitaciones se manifiestan en la imposibilidad de la ciencia para

establecer un argumento con fundamento empírico como incuestionablemente cierto. Dicho en términos estrictos, la aplicación del
método científico no permite verificar ninguna proposición. Ahora
bien, esta situación abre la posibilidad de que opiniones interesadas
nieguen la fidelidad, idoneidad o calidad de cualquier resultado que
se exponga. Utilizándose esto último para crear en el público general
la falsa impresión de que los científicos no logran ponerse de acuerdo
sobre la existencia del cambio climático. Ahora, no se debe confundir
una actitud escéptica ante los argumentos esgrimidos bajo el rótulo
de verdad científica, con la negación del cambio climático. Para dejar
esto claro realicemos el siguiente experimento mental: pensemos en
las consecuencias de dar por cierto o falso el cambio climático. Como
respuesta existen cuatro escenarios posibles: 1. Si aceptamos como
cierto el cambio climático y este efectivamente existe, habremos hecho
lo correcto y es de esperarse que se tomen las medidas necesarias para
mitigar y adaptarnos a las consecuencias de esta circunstancia. 2. En
el caso de que creamos en el cambio climático, aunque este efectivamente no exista, deberíamos observar que se toman igualmente medidas para armonizar nuestra existencia con la del resto del planeta.
Lo cual debería mejorar las condiciones generales de vida. 3. Ahora, si
suponemos que el cambio climático no existe y este efectivamente no
existe, el resultado esperado es que continúen las condiciones actuales.
4. Finalmente, si suponemos que el cambio climático no existe, pero
en realidad existe, el resultado sería, por decir lo menos, catastrófico.
De esta manera se hace evidente que, sin importar que exista o no, es
siempre mejor para nosotros y el planeta suponer que sí existe. Por
sorprendente que pueda parecer, los argumentos que hemos venido
planteando en este prólogo no se escuchan en los “foros de expertos”.
La razón de esto se encuentra en que los “expertos” han centrado el debate en el estudio de los patrones de fluctuación en el clima y la relación
de estas variaciones con el aumento en la concentración de gases de
efecto invernadero. Aquí no se cuestiona la importancia de estos trabajos, pero sí se plantea el peligro que involucra la pretensión de limitar
el debate exclusivamente a esto.

12

13

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Prólogo

Bajo ningún respecto las discusiones deben estar limitadas a
la comunidad científica. Ello por un conjunto amplio de razones,
entre las cuales, una que merece la pena destacar es que en gran medida la causa del cambio climático se encuentra precisamente en un
mal uso de la racionalidad propia de la ciencia. Este mal uso de la racionalidad científica, llamada cientificismo, usualmente se manifiesta
dogmáticamente y con fanatismo. Esta situación da como resultado que para las personas atrapadas en esta postura sea inconcebible
que existan otros argumentos válidos. Esta visión unidimensional de
la realidad se encuentra detrás de la pretensión de erguir a esta forma
de conocimiento como la única válida. Sin embargo, junto a la larga
lista de éxitos de la ciencia, se encuentra otra igual de fracasos, muchos
de los cuales están profundamente relacionados al cambio climático.
Pero aún más importante es el hecho de que las consecuencias del
cambio climático no solo afectan a la comunidad científica, por lo que
este debate incumbe en realidad a la humanidad entera. El cambio
climático es un fenómeno que tiene una dimensión histórica la cual
no se puede desconocer; está asociado a formas particulares de ver el
mundo, de relacionarnos con el resto de la naturaleza, a estructuras
sociales explícitas; en definitiva, está asociado a un sistema civilizatorio, y en este sentido su existencia es una expresión conspicua de la
crisis en la cual este se encuentra. En realidad, solo hablar de cambio
climático, como un fenómeno estrictamente biogeofísico, esconde
el contexto que lo ha generado; por esta razón preferimos calificar
la situación como crisis climática. En este sentido, todas las personas
tenemos la responsabilidad de informarnos y participar en el debate,
debate que tal vez determine la posibilidad de un futuro para la humanidad. Desde ningún punto de vista se puede aceptar que la discusión
se reduzca a variaciones climáticas y concentraciones de moléculas en
la atmósfera. Esta reducción a simples cifras invisibiliza la dimensión
ética del problema. Es igualmente importante hacer evidentes las limitaciones propias de las aproximaciones más “avanzadas” al estudio del
cambio climático. Existen ciertamente un conjunto de enfoques de
investigación que han logrado trascender la aproximación que reduce

el fenómeno del cambio climático a una simple contabilidad de moléculas en la atmósfera. Estos, por lo general, utilizan aproximaciones
más abarcantes que entienden al cambio climático como el resultado
de la interacción de múltiples componentes. Estos trabajos se abordan
utilizando diferentes herramientas que, entre otras, incluyen la teoría
de sistemas complejos, la economía ecológica y la teoría de los bienes
comunes. Con este enfoque se han conseguido importantes avances
en el entendimiento del metafenómeno y se ha hecho explícita la necesidad de ampliar la mirada e incluir la interacción entre los sistemas
sociales y los ecológicos (llamándolos sistemas socioecológicos). Estos
nuevos enfoques, también han logrado poner de relieve la importancia de evaluar las externalidades invisibles en los análisis económicos
convencionales y la necesidad de involucrar a las comunidades que
son o que potencialmente serán afectadas. Estas aproximaciones se basan en el estudio de tres conceptos fundamentales, la vulnerabilidad,
la resiliencia y la capacidad adaptativa. Conceptos que se han convertido en los pilares desde donde se abordan los estudios más abarcantes
sobre el cambio climático. Sin embargo, es bueno resaltar aquí que
existen profundos desacuerdos en torno a los significados y contenidos de estos conceptos. En realidad no se entiende exactamente qué
los diferencia y, por lo tanto, la frontera entre ellos es difusa, situación
que se traduce en un galimatías conceptual del cual no se ha logrado
salir (Gallopin, 2006). Otro problema en estas aproximaciones está
relacionado con el estrecho marco teórico en el cual se sustentan,
en el que son constantemente citadas un puñado de investigaciones
( Janssen et al., 2006). Esta situación obviamente genera una empobrecida visión que resulta del perpetuo rumiado de unas pocas fuentes.
También es una importante limitación la creencia positivista (subyacente en la mayoría de estos trabajos) en que el conocimiento científico será finalmente capaz de resolver los entuertos, pero en realidad
lo más alarmante es que en estos trabajos, cuando se incluye el orden
económico, se hace desde perspectivas que se sustentan en la teoría
de la decisión racional. Es decir, se fundamentan en el supuesto de
que los seres humanos pueden ser reducidos a entidades racionales

14

15

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Prólogo

que toman sus decisiones en función de la maximización de sus beneficios. Esto es una caricaturización demasiado pobre que, lejos de ayudar, solo logra deshumanizar cualquier diagnóstico. Esta es la forma
en la cual ocurre uno de los fenómenos más importantes asociados al
estudio del cambio climático desde la perspectiva científica. Esto es,
la exclusión en las investigaciones de lo realmente importante: la crítica al sistema civilizatorio que en última instancia es el responsable
de la situación. Estamos hablando del sistema civilizatorio occidental
que se ha hecho hegemónico en el mundo y que se caracteriza por ser
marcadamente capitalista, patriarcal, eurocentrado, colonial, racista,
antropocentrado y avasallador. Este es el problema fundamental, pero
es el elefante en la habitación del cual no se habla en la generalidad
de las investigaciones científicas. Produciéndose así en la comunidad
científica un rechazo inconsciente de un significante fundamental en el
cambio climático (su forclusión, diría Jacques Lacan). De esta manera
se explica el porqué son tan precarias las soluciones que se ofrecen desde la lógica asociada al sistema hegemónico, soluciones que se limitan
a lo económico. Este es el origen de las ofertas de desarrollo sustentable o de su versión moderna, la economía verde: las que representan
la reducción del problema a lo simplemente económico, entendido
en su sentido más desolado como crematística de gases de efecto invernadero e intercambio de dinero. En realidad estas propuestas son
intentos por convertir en mercancía lo que resta por ser comercializado; es, en definitiva, la apropiación originaria de la naturaleza todavía
no privatizada. Existe un fundamento teórico para esta embestida final del capitalismo, este se encuentra en un concepto llamado tragedia
de los bienes comunes. El origen de esta noción se encuentra en un artículo publicado en 1968 por Garrett Hardin. El artículo describe una
situación en la cual varios individuos, motivados solo por el interés
personal y actuando racionalmente, terminan por destruir un recurso
de uso compartido (un tipo de recurso similar en muchos niveles a un
bien común). De esta manera, Hardin concluye que la única forma en
que un bien común puede ser viable es que se privatice (o en su defecto,
se estatice). Esto es exactamente lo que plantea la economía verde con

respecto al cambio climático. De acuerdo a esta lógica, mientras la atmósfera no tenga dueño, inevitablemente terminaremos por llenarla
de gases de efecto invernadero. Es decir, el cambio climático representa un dilema social equivalente al planteado en la tragedia de los
bienes comunes.
Sin embargo, el resultado teórico de dicha tragedia se obtiene utilizando un modelo con innumerables limitaciones. El planteamiento
de Hardin ha sido contundentemente rebatido por Elinor Ostrom en
un conjunto de trabajos que le valieron el Premio Nobel de Economía
en 2008. Ostrom muestra la falsedad de las conclusiones de la tragedia de los bienes comunes, falsedad que se origina en las limitaciones
propias del ortodoxismo neoclásico que subyace en el análisis. Además,
ella demostró teóricamente que existen alternativas a la privatización
y estatización: el autogobierno. Pero sobretodo, mostró con abrumadora evidencia empírica, que los bienes comunes pueden ser automanejados por sus usuarios sin la intermediación del mercado o el Estado.
Dejando de lado la economía y volviendo al prólogo del libro, es bueno
señalar que si bien aquí se aborda un tema que afecta a la humanidad,
no podemos desconocer que las contribuciones que componen este
libro son hechas desde un lugar particular: Latinoamérica. Esto es patente en el segundo ensayo del libro, en el cual se comenta la postura
que han adoptado las delegaciones de algunos países latinoamericanos
en las conferencias y cumbres internacionales sobre cambio climático.
Sin lugar a dudas las delegaciones de Bolivia han tenido posiciones
realmente dignas en estos encuentros, las que significan quiebres con
la lógica (económica) que predomina en ellos. En algunos casos las
delegaciones de Venezuela y otros países (particularmente del ALBA)
se han unido a las posiciones defendidas por Bolivia. A pesar de los
valiosos esfuerzos hechos por estos países por hacer oír otras voces, los
debates en los organismos multilaterales se han mostrado impermeables
a la diversidad. De esta forma queda de manifiesto la imposibilidad de
realizar cambios profundos desde allí. Esto nos obliga a pensar en espacios más legítimos y representativos en los cuales articular los esfuerzos.
Este último es un tema que también se aborda en el segundo trabajo.

16

17

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Prólogo

A pesar de lo antes dicho, no se puede desconocer que una importante
restricción que han tenido las delegaciones del Gobierno venezolano
y de otros países latinoamericanos en los debates internacionales, está
relacionada con la dependencia que tienen sus economías a la venta de
petróleo y del extractivismo en general. Esta circunstancia indudablemente pone a las delegaciones en una situación ambigua que limita su
acción. En un libro con las características ya mencionadas, no se puede
obviar esta característica de los países latinoamericanos y de Venezuela
en particular. El extractivismo está asociado a visiones muy concretas sobre las relaciones centro/periferia en el capitalismo globalizado,
a patrones de consumo de mercancías y de uso de energía, en definitiva, a una organización específica del sistema mundo. Es en verdad un
pilar fundamental sobre el cual se sostiene la idea moderna del desarrollo. Este es precisamente el tema que se aborda en el tercer ensayo del
libro. Finalmente, en este libro se desarrolla con particular énfasis un
ejemplo: la agricultura. La agricultura industrial moderna, entendida
como un sistema que involucra la producción de insumos agroquímicos y maquinaria especializada, el cultivo en sí y un patrón particular
de distribución y consumo de alimentos, son la causa más importante
de liberación de gases de efecto invernadero en el planeta. Sin embargo,
estas no son las razones fundamentales por las cuales se ha escogido a
la agricultura como ejemplo, la razón se encuentra en que mediante su
estudio se pueden mostrar claramente las distorsiones que son propias
del sistema civilizatorio hegemónico. Distorsiones que se manifiestan
en las formas en que nos relacionamos los seres humanos y cómo lo
hacemos con el resto de la naturaleza. Este es el tema de los dos últimos
ensayos del libro. En el penúltimo se presenta una caracterización del
sistema alimentario mundial en vinculación con el cambio climático.
En ese escrito también se muestra cómo el sistema hegemónico sirve
como dispositivo de ocultación de otras formas de hacer agricultura.
Por su parte, en el último trabajo se hacen reflexiones sobre el cambio climático desde la postura de la agricultura sustentable y los movimientos campesinos. De esta manera se muestra cómo, a pesar de la
dificultades, se puede construir otro modelo de agricultura, uno que

lejos de incrementar los efectos del cambio climático, los atenúa. Solo
basta reiterar que este libro no pretende agotar la discusión, por el contrario, es una invitación al debate. Debate en el cual es imperativo participar comprendiendo la necesidad de escuchar la pluralidad de voces que
se encuentran en los movimientos indigenistas, feministas, altermundistas… en fin, la plural constelación de la lucha social actual. Por eso
esperamos que el presente volumen promueva el levantamiento de
muchas más visiones contrahegemónicas sobre la crisis climática.

18

Bibliografía
Gallopin, C.G. (2006). Linkages Between Vulnerability Resilience
and Adaptive Capacity. Global Environmental Change, 16 (3).
293-303.
Janssen, M.A. et al. (2006). Scholarly Networks on Resilience
Vulnerability and Adaptation within the Human Dimensions of
Global Environmental Change. Global Environmental Change,
16 (3). 235-316.

19

Francisco Herrera (Caracas, 1967)
Licenciado en Biología con maestría en el Instituto Venezolano
de Investigaciones Científicas (IVIC) y doctorado en la
Universidad de Exeter, Inglaterra. Es investigador del Centro de
Ecología del ivic, y sus estudios se enfocan en la dinámica del
carbono del suelo en ecosistemas tropicales y sistemas agrícolas;
en la búsqueda de estrategias locales para la recuperación de
ecosistemas, y en las potencialidades de la agroecología para
satisfacer demandas sociales.
Carlos Méndez Vallejo (Caracas, 1973)
Licenciado y doctor en Ciencias Biológicas. Especialista en
Ecología Terrestre y Ciclos del Carbono y Nitrógeno. Actualmente es investigador del Centro de Ecología, coordinador del Centro Regional para el Estudio y Aprovechamiento
de las Sabanas (Creas) y del IPCC (Internacional Panel on
Climate Change) Panel Internacional en Cambio Climático.
Desde 2012 ha representado a Venezuela en el exterior como
delegado ante los órganos subsidiarios de la Convención
Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático.
Sorena Marquina (Caracas, 1979)
Licenciada en Química. Doctora en Química en el Instituto
Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Desde el
2011 es investigadora en el Centro de Ciencias Atmosféricas
y Biogeoquímica de esta misma institución. En su investigación se han generado factores de emisión por aplicación de
fertilizantes nitrogenados en los trópicos, evaluando a su vez
el efecto del cambio en el uso de la tierra en las emisiones de
gases nitrogenados (NOx y N2O) y dióxido de carbono (CO2).

El cambio climático global
y el debate en la comunidad científica
Por Francisco F. Herrera, Carlos Méndez y Sorena Marquina

Desde hace aproximadamente una década existe un consenso general
entre la comunidad científica en torno al calentamiento de la atmósfera
terrestre como consecuencia de las actividades humanas, particularmente relacionado con el incremento de la concentración de gases de efecto
invernadero (GEI). Numerosas sociedades científicas se han hecho eco
de esta aseveración, pero quizás el referente más notable, lo constituyen
los informes del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático
(ipcc por sus siglas en inglés). Desde su creación en 1988 por parte de
la Organización Mundial de Meteorología (OMM) y el Programa de las
Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), el IPCC ha producido cuatro informes globales sobre el cambio climático (1990, 1995,
2001 y 2007). El objeto primordial del IPCC es evaluar científicamente las condiciones del clima del planeta con el fin de generar insumos
para la toma de decisiones políticas. El elemento central del consenso
lo recoge Oreskes (2004) en los siguientes términos: “Las actividades
humanas… están modificando la concentración de los componentes de
la atmósfera (…) que absorben o difuminan la radiación (…) la mayor
parte del calentamiento observado en los últimos cincuenta años es muy
probable que se deba al incremento en la concentración de los gases de
efecto invernadero”.

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

Más recientemente, se han producido un conjunto de pronunciamientos a favor del consenso que refieren particular atención. En
2010, a través de una publicación titulada “Cambio climático y la integridad de la ciencia” en la revista Science, 255 miembros de la Academia
Nacional de Ciencias de los Estados Unidos declararon que: “Existe
evidencia convincente, amplia y consistentemente objetiva que los
humanos están modificando el clima, amenazando a nuestras sociedades y a los ecosistemas de los cuales dependemos”. Estos científicos
destacan de manera categórica cinco conclusiones fundamentales con
relación al cambio climático: 1. Existe un calentamiento del planeta
por la acumulación de gases de efecto invernadero; 2. La mayor parte del incremento de estos gases, en el último siglo, es atribuible a las
actividades humanas, en especial, a la quema de combustibles fósiles;
3. Las causas naturales siempre juegan un rol en las variaciones del clima de la Tierra, pero estas han sido sobrepasadas por el efecto de las actividades humanas; 4. El calentamiento del planeta acelerará cambios
sin precedentes en la era moderna, como cambios de los ciclos hidrológicos, incremento del nivel del mar y acidificación de los océanos; 5. La
combinación de estos cambios complejos amenaza a las comunidades
y ciudades costeras, nuestra fuente de alimentos y agua, ecosistemas
marinos y dulceacuícolas, bosques, altas cumbres, etc. Igualmente reconocen que existe cierta incertidumbre con relación a las conclusiones
científicas, dado que la ciencia no prueba nada de forma absoluta, pero
dada la magnitud catastrófica que pudieran tener las consecuencias
del cambio climático, “no tomar acciones plantea un grave riesgo para
nuestro planeta” (Gleick et al., 2010).
No menos categórico resulta el documento elaborado por los ganadores del Premio Planeta Azul (también conocido como el Nobel
Ambiental) titulado Desafíos ambientales y de desarrollo: El imperativo
de actuar, quienes expresan de manera preocupante los retos planteados si se quieren superar las condiciones que determinan la pobreza
y los principales riesgos ambientales que enfrenta la humanidad en el
presente siglo. Un elemento central, como determinante de buena parte de los problemas que enfrentamos es la dependencia energética de

los combustibles fósiles, que tienen como consecuencia una degradación paulatina de las condiciones ecológicas del ambiente y la salud de
los sistemas socioambientales. Destacan que

24

Las emisiones de gases de efecto invernadero representan uno
de los principales riesgos para el futuro (...) Las emisiones actuales están aproximadamente en torno a las 50 mil millones de
toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO2e) anuales
y tienden a incrementarse rápidamente (…) Los compromisos alcanzados en la actualidad para reducir las emisiones son
consistentes con un incremento de la temperatura de al menos
3 ºC (probabilidad de 50-50): una temperatura no vista en el
planeta en los últimos 3 millones de años, con un riesgo serio
de alcanzar 5 ºC: una temperatura no vista en el planeta en
30 millones de años (Brundtland, 2012).

Ciertamente los galardonados reconocen que existe incertidumbre
en las relaciones que los científicos establecen entre los flujos medidos
y las consecuencias de estos, lo que implica un reto mayor en el manejo
y comprensión del riesgo y la acción pública necesaria.
Por su parte, a inicios del 2012, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) emitió el documento
Perspectivas ambientales de la OCDE hacia 2050 que intenta proyectar
las tendencias actuales de crecimiento poblacional y económico, y su
reflejo en el deterioro ambiental global con miras a las próximas cuatro
décadas. Para esta organización el tema de cambio climático destaca entre los cuatro aspectos más urgentes para abordar, y establecen desde su
perspectiva que:
Es probable que se suscite un cambio climático más perjudicial,
ya que se prevé que las emisiones globales de gases de efecto
invernadero (GEI) se eleven en 50 %, principalmente debido
al incremento de 70 % en las emisiones de CO2 relacionadas
con la generación de energía. La concentración de gei en la
atmósfera podría alcanzar 685 partes por millón (ppm) hacia
2050. Como resultado, se proyecta que el aumento de la temperatura media global sea de entre 3 °C y 6 °C hacia el final de
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

siglo, lo cual superará la meta acordada internacionalmente
de limitarlo a 2 °C por encima de los niveles pre-industriales.
Las acciones para mitigar los GEI a que se comprometieron
los países en los Acuerdos de Cancún durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, serán
insuficientes para evitar que la temperatura global promedio
exceda el umbral de los 2 °C, a menos que se lleven a cabo
reducciones rápidas y costosas de emisiones después de 2020.
Superar el umbral de los 2 °C alteraría los patrones de lluvia,
incrementaría el derretimiento de glaciares y hielos permanentes, provocaría el aumento del nivel del mar y acentuaría
la intensidad y la frecuencia de fenómenos meteorológicos
extremos. Ello dificultaría la capacidad de adaptación de las
personas y de los ecosistemas.

los organismos multilaterales de consenso científico y sus decisiones
políticas evidencia la existencia de criterios adicionales al consensuado
para justificar tales decisiones.
Si bien las decisiones políticas también deban considerar los propios aspectos políticos, económicos y sociales, resulta notorio que
ante posicionamientos explícitos de cuerpos científicos y políticos
como los mostrados anteriormente existan espacios en donde el debate acerca del cambio climático se centre en la existencia misma del
calentamiento global como fenómeno, y su relación con las actividades
humanas, y no únicamente sobre las consecuencias ambientales y sociales como cabría esperar dado los niveles de incertidumbre que se
manejan en los modelos de sistemas tan complejos como la trama entre
el clima global y el funcionamiento de los biomas del planeta. Tales
espacios, como veremos más adelante, producen la falsa sensación de
que existe justificación para el distanciamiento entre lo indicado por la
base científica consensuada y las decisiones políticas.
A mediados del 2012, el diario estadounidense The New York
Times publicó un artículo de opinión titulado “La conversión de un
escéptico del cambio climático” firmado por Richard Muller. Existen
varios elementos importantes a destacar en esta nota de prensa que permiten analizar en algún detalle el porqué el tema del cambio climático
global, a pesar del consenso científico alcanzado, es un tema aún en
debate en las esferas públicas, principalmente en los medios de comunicación de masas y en los espacios de tomas de decisiones políticas. Es
el objeto de este ensayo analizar algunos de los aspectos más relevantes
que permiten la existencia de un “debate”, el manejo de actores involucrados desde el ámbito de la academia, y principalmente mostrar cómo
el mantenimiento de un aparente debate científico permite la omisión
de temas muy relevantes para la discusión, y concomitantemente la
subsistencia de una política de business-as-usual ante la supuesta falta
de suficiente información científica.

Un elemento a destacar en el documento de la OCDE es la noción
de límites de irreversibilidad de los ecosistemas, donde los equilibrios
dinámicos se pierden y comienzan procesos degenerativos impredecibles; en este sentido, consideran que el incremento en 2 ºC es un umbral de tolerancia que se está próximo a superar (2020) si no se toman
las medidas necesarias. De hecho la promesa de los 2 ºC de Cancún
no pudo ser alcanzada en la reunión de las partes más reciente, Doha
2012, en donde países que apenas acumulan el 15 % de las emisiones
globales acordaron la prórroga de ocho años del único instrumento
multilateral jurídicamente vinculante en el combate al cambio climático, conocido como el tratado de Kioto. Con la ausencia de países como
Canadá, Estados Unidos, Japón y la Federación de Rusia, en dicha prórroga los países desarrollados se comprometieron a reducir sus emisiones globales en menos del 24-40 % necesario para no sobrepasar el
incremento de 2 ºC, según lo establecido por la base científica aceptada
para las negociaciones elaborada por el IPCC. Mucha de la práctica
científica en cambio climático justifica su existencia en el hecho, como
mencionamos anteriormente, de que constituye la base para la toma
de decisiones políticas. Sin embargo, la distancia entre lo indicado por

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Del debate científico a la guerra de intereses
Richard Muller, investigador de la Universidad de California y líder del Proyecto Tierra de Berkeley, fue un sujeto crítico acerca de
estudios previos del clima global, considerando que algunos investigadores no eran totalmente transparentes con la información y, por tanto,
manifestaba dudas acerca del calentamiento global. Sin embargo, como
producto de un estudio liderado por el propio Muller, manifiesta recientemente que “El año pasado, luego de un trabajo intenso con una
decena de investigadores, concluí que el cambio climático era real y
que las estimaciones previas sobre los índices de calentamiento eran
correctas”, y de manera clara establece que “Ahora voy un paso más allá.
Los seres humanos son la causa casi completa”. No obstante, muestra su
reticencia en reconocer algunos discursos asociados a las consecuencias
del calentamiento, basado en su apreciación que tienden a ser “especulativos, exagerados o simplemente equivocados” haciendo alusión a
las frecuentes manifestaciones que involucran eventos recientes como
el huracán Katrina, o predicciones como el derretimiento y desaparición de los glaciares del Himalaya, o la extinción de los osos polares.
Estos planteamientos son frecuentes en la literatura y generalmente no
son rechazados abiertamente, dado que se fundamentan en la interpretación y comprensión de los rangos de incertidumbre asociados a las
predicciones globales.
Sin embargo, existen planteamientos científicos más radicales con
relación a la existencia y origen del cambio climático que merecen ser
revisados. Estos implican una gama amplia de supuestos e interpretaciones que podríamos agrupar en las siguientes categorías:
No existe un incremento de la temperatura promedio del planeta,
se trata simplemente de variaciones esperables del clima.
Reconocimiento del incremento de la temperatura de la superficie
del planeta, pero por causas naturales principalmente.
Reconocimiento del calentamiento global como consecuencia de
causas naturales y antropogénicas, pero que aún se encuentran dentro

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El cambio climático global y el debate...

de la variabilidad climática esperable del sistema para este período
geológico.
Existe un incremento de la temperatura de la superficie del planeta,
donde las actividades humanas han tenido una contribución principalmente por las emisiones a partir del uso de combustibles fósiles, pero
las consecuencias no necesariamente son negativas para la humanidad
o la biota de los ecosistemas.
Entre las posiciones más críticas o escépticas, como suelen llamarlas,
existe un aspecto sin cuestionamiento que es el incremento de las concentraciones de CO2 en la atmósfera al menos en los últimos 250 años,
y otros gases de efecto invernadero como el metano y gases nitrogenados más recientemente (incremento del CO2 en 38 %, CH4 en 149 %
y N2O en 16 %; IPCC Fourth Assessment Report, 2007). Igualmente,
se reconoce el comportamiento de estos gases como promotores del
calentamiento debido a sus propiedades térmicas radiactivas (Lindzen,
2007; Fang et al., 2011; Idso et al., 2011, entre otros). Existen planteamientos diversos con relación al incremento de la temperatura y los fenómenos que podrían estar suscitándolo. Akasofu (2007) sugiere que
uno de los elementos fundamentales para explicar el incremento de la
temperatura lo constituye el fenómeno natural de recuperación climática del planeta de la así llamada Pequeña Era de Hielo que se ubica
entre los años 1400 a 1800, y desde allí se ha iniciado un incremento de
la temperatura en un orden cercano a los 0,5 ºC/100 años, fenómeno
que inició previamente a la liberación masiva de CO2 a la atmósfera, a
mediados del siglo pasado. Incluso, a lo largo del siglo XX se han presentado períodos térmicos alternos, con tasas de incremento de la temperatura menores, que no pueden ser explicados por un incremento
sostenido de las emisiones de dióxido de carbono; siendo el caso más
reciente y ampliamente divulgado, una aparente pausa del incremento
de la temperatura entre los años 1999 y 2008 (Kerr, 2009).
Lindzen (2007) plantea que una evidencia de la debilidad de los
modelos climáticos queda manifiesta en las marcadas diferencias que
se obtienen con relación a las magnitudes observadas con relación
a fenómenos como las oscilaciones intraestacionales en el trópico, las
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

oscilaciones multidécadas y El Niño. Estos fenómenos naturales
pueden modificar el clima global de manera sensible y no necesariamente son tratados adecuadamente en los modelos climáticos (Smith
et al., 2007), y junto a las erupciones volcánicas y las variaciones de la
radiación solar son planteadas como factores naturales que podrían
contribuir relativamente de manera importante al cambio climático,
incluso superando las contribuciones por las actividades antropogénicas (Lindzen, 2007; Akasofu, 2007; Fang et al., 2011; Idso et al.,
2011). Igualmente, Lindzen y otros autores, plantean que las emisiones humanas de CO2 a la atmósfera tienen una baja contribución
con el incremento de la temperatura, por lo que no debería generarse
una condición de alarma por ello. Finalmente, con relación al reconocido y aceptado incremento del CO2 y su efecto en el incremento de la temperatura, numerosos autores señalan que los modelos
amplifican la relación existente entre el incremento de este gas y el
calentamiento de la atmósfera, conocido como sensibilidad climática
(incremento de la temperatura promedio global cuando se duplica la
concentración de CO2). Mientras, el cuarto informe de evaluación
(AR4 por sus siglas en inglés) del IPCC sugiere que este valor oscila
entre 2 ºC y 4,5 ºC con el número más probable en 3 ºC, estos autores
establecen que marginalmente llega a 1 ºC, lo que no debería generar
alarma. Investigaciones recientes, y basadas en registros fósiles, sugieren que la sensibilidad climática podría estar en el orden de los 2,3 ºC
(Schmittner et al., 2011) que sigue siendo un valor importante si
se consideran las tendencias actuales y proyecciones futuras en las
emisiones de gases producto de la quema de combustibles fósiles y la
agricultura industrial (OCDE, 2012).
Un elemento simbólico dentro del planteamiento crítico a los
informes del IPCC lo constituye la solicitud realizada al Gobierno estadounidense, y presentada al congreso por el senador Chuck Hagel
en 1997, conocida como la Petición de Oregon y elaborada por quien
fuera presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Estados
Unidos, Friederick Seitz y respaldada en su momento por diecisiete
mil “científicos”. Esta petición que aún forma parte de un esfuerzo al

rechazo del cambio climático cuenta hoy en día con más de treinta
mil firmantes, y en su texto cuestiona la evidencia científica de que
los gases de efecto invernadero provocados por la humanidad fueran
los causantes del calentamiento global, requiriéndole al gobierno que
debía retirarse de las negociaciones internacionales sobre el tema. La
petición incluso sugiere que hay evidencias científicas que establecen
que el incremento de la concentración de CO2 sería beneficioso para
los ecosistemas terrestres. Este tipo de iniciativas han tenido un impacto importante en los Estados Unidos con relación a otras regiones del
planeta; este fenómeno ha sido relacionado con la importancia relativa
del uso de la web y la prensa escrita para conocer acerca del cambio
climático en el público estadounidense (Zhao, 2009). En este sentido, Leiserowitz (2007) encuentra que en la opinión pública existe un
mayor nivel de preocupación y de aceptación de la ciencia del clima en
Europa que en los Estados Unidos.
Merece particular interés el papel que juegan algunas revistas científicas con alto impacto en la comunidad científica y frecuentemente
citadas por los medios de comunicación como fuentes de alta calidad.
Por ejemplo, una selección de noticias preparadas por un miembro
del staff científico de la revista Science, Richard Kerr, deja entrever de
manera muy general el manejo editorial del tema. En el 2007, y con
motivo de la publicación del cuarto informe del IPCC, se tituló una
nota en términos de “¿Cuán urgente es el cambio climático?” (Kerr,
2007) y el contenido de la misma, si bien menciona algunos niveles
de incertidumbre acerca de las predicciones de las consecuencias del
cambio climático, es consistentemente un llamado a la acción política urgente. Sin embargo, a partir de esa fecha se han publicado un
conjunto de notas en las que destacan la noción de incertidumbre
o limitaciones para hacer predicciones –de parte de la comunidad
científica− que permitan la toma de decisiones en planificación de
políticas locales o globales (Kerr, 2011a, b). En particular, es muy notoria una noticia de octubre de 2009 (Kerr, 2009), a tan solo dos meses de la COP15 en Copenhague, titulada “¿Qué pasa con el cambio
climático? Científicos dicen esperen un momento”. Pues, a lo largo

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

de la nota no existe ninguna cita o alusión de una opinión científica
llamando a esperar un momento; por el contrario, incluso los autores
que generan los datos climáticos explican que estos son períodos recurrentes de estabilidad pero que el calentamiento climático continúa
incrementándose. Igualmente llama la atención que el párrafo introductorio contiene una oración en los siguientes términos: “Los negociadores están trabajando hacia el logro de un acuerdo internacional
en torno al calentamiento global a ser firmado en Copenhague en diciembre, pero no ha habido ningún calentamiento por una década”,
queda claro pues que existe una distancia editorial entre el título de
la nota y el espíritu de la introducción en relación con la información
científica generada por la fuente originaria que se está reportando. Resulta muy notorio encontrar que una de las fuentes de esta noticia de
la semana de Science es el portal de la Oficina Meteorológica Británica
y a primera vista se encuentran al menos siete consecuencias del cambio climático que siguen un proceso de deterioro como la alteración
de los patrones de lluvia, modificación de los ciclos biológicos de algunos ecosistemas, reducción de la cobertura de glaciares, retroceso
del hielo en el Ártico, incremento del nivel del mar, que para nada son
reseñados y por supuesto no contribuyen con el sustento del título
de la noticia “¿Qué pasa con el cambio climático? Científicos dicen
esperen un momento”.
Es importante reconocer que la multiplicidad de factores que
determinan las condiciones climáticas globales confiere a este tema
un nivel de complejidad elevado. Igualmente existe una enorme variabilidad en las predicciones de las condiciones climáticas futuras debido a la incertidumbre inherente a los modelos. Así, no se cuestiona
que la investigación científica entrañe incertidumbre, pero no menos
cierto es que, trasladada por los medios de comunicación a la esfera
científico-política, esta puede conseguir atraer una gran atención
del público y se convierte en un campo de batalla para encontrar
significados, como lo expresa Boykoff (2009).
Scruggs y Benegal (2012) reflejan una declinación importante y sostenida en el público europeo y estadounidense en torno a las creencias

acerca de la existencia, inmediatez o seriedad del problema del cambio
climático en el último lustro. Los elementos más comunes para explicar
estas tendencias son la pérdida de credibilidad en las ciencias del clima,
la politización del discurso, información y apreciación de un clima más
frío en fechas recientes. Los medios de comunicación formales (prensa,
radio, televisión) e informales como la Internet y los blogs, en particular, juegan un rol fundamental en la transmisión o interpretación de la
información proveniente del ámbito científico.
Boykoff (2008), basado en una revisión de la cobertura noticiosa
del cambio climático por parte de una selección de televisoras estadounidense entre 1995 y 2004, encuentra que apelando a un criterio
de información balanceada, se generó un marcado sesgo comunicacional que diverge sustancialmente del consenso existente entre los científicos del clima al amplificar la visión de una minoría escéptica; esta
idea de información balanceada, concluye el autor, ha contribuido a
magnificar la noción de incertidumbre y el debate en sí, permeando
a su vez al discurso público y político.
La existencia de cabildeos corporativos financiando las posturas
contrarias al consenso en torno al cambio climático es frecuentemente esgrimida como un factor ajeno al debate científico pero con incidencia en el mismo. Ya en el año 1998, tan solo meses después de la
firma del acuerdo de Kioto fue denunciado en el periódico The New
York Times (Cushman, 1998), la existencia de un plan diseñado en
el Instituto Americano del Petróleo centrado en la convocatoria de
contratar científicos que pudieran ser entrenados para ayudar a convencer a periodistas, políticos y público en general que el riesgo del
calentamiento global era demasiado incierto para justificar controles
sobre los gases de efecto invernadero; Boykoff (2009) menciona que
esta iniciativa contaba con un presupuesto de seiscientos mil dólares,
y describe sucesivas campañas en los Estados Unidos principalmente
lideradas por políticos republicanos.
Un elemento recurrente en las declaraciones de los científicos es
su posicionamiento político en contra de las amenazas que representan los impuestos, regulaciones y acuerdos internacionales a la plena

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

“libertad del mercado” (intervención del Estado) que limita la autonomía de los Estados para su desarrollo económico, como lo muestra Lander (2009a) en el caso del Heartland Institute de Chicago. En palabras
de Joseph Bast, presidente de la institución, “la misión es descubrir,
desarrollar y promover soluciones de libre-mercado a los problemas
sociales y económicos”. Con esta filosofía de trasfondo, el Heartland
Institute ha publicado un documento titulado Cambio climático
reconsiderado (Idso y Singer, 2009) y más recientemente, un reporte
interino bajo el mismo nombre para el 2011 (NIPCC-IR, 2011; Idso
et al., 2011) en nombre de un cuerpo de investigadores que se hacen
llamar el Nongovernmental International Panel on Climate Change
(NIPCC). El documento NIPCC-IR 2011 constituye por una parte, un
reflejo de las opiniones de los científicos escépticos junto con sus interpretaciones y argumentos científicos, mencionadas anteriormente, pero
estructuradas en términos similares a los del IPCC; y por otra parte,
expresan abiertamente, y quizás irresponsablemente, posturas acerca de
sus visiones en relación con los beneficios para la vida de los ecosistemas
del planeta, incluyendo la salud y la prosperidad de los seres humanos,
debidos al incremento del dióxido de carbono en la atmósfera. Es de
interés mencionar, en el ámbito de lo que se ha denominado la guerra
del clima, y en especial al manejo de la información “científica”, un
tema muy particular, dentro del capítulo 8 del documento, donde se
cita un trabajo relacionado con la acidificación de los océanos (Tans,
2009). El interés de citar el trabajo de este investigador se debe a que sugiere que este fenómeno podría ser de menor magnitud de lo expresado
por el IPCC en el AR4 (2007). Sin embargo, este artículo refleja con claridad la gravedad del proceso de acidificación de los océanos y sus consecuencias por siglos, a pesar de que se supriman las emisiones de GEI
por el uso de combustibles fósiles; pero más contradictorio resulta que
la principal contribución de la investigación radica en establecer que “la
evidencia obtenida sugiere fuertemente que el incremento del CO2 en la
atmósfera es 100 % debido a las actividades humanas, y está dominado
por la quema de combustibles fósiles”; planteamiento que constituye la
esencia de lo rechazado por el NIPCC y el Heartland Institute.

Más recientemente, ha tomado mucha fuerza, sobre todo en los
Estados Unidos y a través de Internet y los llamados bloggers la
noción de conspiración con relación al tema del cambio climático
(Lewadowsky et al., 2012). En dicho tema, esta idea de la conspiración
se basa en la creencia que existe un montaje fraudulento denominado
calentamiento global. Esta noción ha alcanzado notoriedad entre los
políticos estadounidenses, destacando en 2012 la publicación del libro
titulado La mentira más grande: cómo la conspiración del calentamiento
global amenaza a su futuro, por parte del senador republicano James
Inhofe. La noción de conspiración, expresan los autores, es un asunto
muy delicado pues tiende a persistir mucho tiempo en el imaginario de
la población, y los esfuerzos por desmontarlas suelen ser interpretados
como confirmación de la existencia de un plan conspirativo; un
elemento que es frecuentemente esbozado en las páginas de Internet,
pero incluso en las opiniones de los científicos escépticos es la idea
de científicos mentirosos, deshonestos o confundidos, que junto a la
ya mencionada incertidumbre propia de la ciencia del clima, permite
entender los notables descensos de preocupación o concientización
demostrados por encuestas en los últimos años.

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La inacción no es una opción
Queda claro que cualquier sensación de “debate”, “polémica científica”, “guerra de intereses” o “incertidumbre” favorece el razonamiento
de posponer acciones o limitar el alcance de decisiones políticas. Esto
arroja una enorme preocupación, pues si el consenso alcanzado en
torno al calentamiento del planeta está en lo cierto, el futuro se nos
presenta tremendamente incierto. Luego de dos décadas de esfuerzos
científicos, políticos y sociales de todas las dimensiones y características (acompañados de un despliegue comunicacional extraordinario,
considerando que se trata de un tema ambiental), lo que se evidencia
por las tendencias dominantes es a una mayor producción de combustibles fósiles, incluso de los más impactantes como arenas bituminosas,
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate ...

crudos pesados y carbón, además de una continua deforestación por
la expansión de la frontera agrícola, esto es, una profundización y aceleración de las consecuencias del calentamiento global.
Los sucesivos reportes del IPCC, y el llamado de numerosos científicos que forman parte del consenso en torno a la existencia de
un proceso de calentamiento global propiciado por las actividades
humanas de los dos últimos siglos, suele tener como planteamiento
central la solicitud de acciones inmediatas. La argumentación para
la acción inmediata suele estar enmarcada en aspectos financieros,
basados en que los costos aumentarán mientras avance el deterioro
de las condiciones del planeta. En su momento, el informe Stern The
Economics of Climate Change (2006) sugería, basado en una evaluación de expertos, que debía destinarse al menos el 1 % del producto
interno bruto anual del planeta si se aspiraba estabilizar la concentración de CO2 atmosférico por debajo de 550 ppm; a la fecha se
han generado numerosos debates en torno a este valor, sumado a los
diferentes impuestos o equivalentes que se han instaurado en torno
a las emisiones de GEI. Destaca en el planteamiento del informe Stern
una valoración sustantiva de la ética que es generalmente omitida en
las comunicaciones científicas. Stern y Taylor (2007), como respuesta a algunas críticas realizadas al informe, subrayan que este tiene un
componente ético fundado en la asignación diferencial entre ricos
y pobres y entre los nacidos en diferentes tiempos; destacando la
menor capacidad para deliberar y actuar que tienen las futuras generaciones, y la condición que tengan de asumir mayores costos de mitigación, por la inacción del presente.
También es notable que entre las múltiples manifestaciones del
conjunto de los escépticos (o quienes reconocen tanto el incremento
de la concentración de CO2 atmosférico como de la temperatura de
la superficie del planeta), no exista un llamado al principio de precaución. Este principio establece que, ante la existencia de sospechas fundadas de riesgo sobre el ambiente o la salud humana por parte de algún
producto o tecnología, deberían tomarse medidas de protección.
Por lo tanto, ante la convicción de que el incremento del dióxido de

carbono (y otros GEI) genera un incremento de la temperatura en
algún grado de sensibilidad climática, y la aplastante evidencia de que
la quema de combustibles fósiles se incrementará y se prolongará por
al menos medio siglo más, sobrarían los argumentos para la justificación de cualquier medida de control planetario fundada únicamente
en el principio de precaución.
Este es el escenario existente en la actualidad con relación al
cambio climático, particularmente referido al incremento de la temperatura atmosférica, pero cabe preguntarse ¿es únicamente el calentamiento de la atmósfera lo que amenaza la vida en el planeta para el
presente siglo?

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Más allá del clima planetario
Durante más de cuatro décadas, por utilizar como un referente la publicación del libro The Silent Spring por Rachel Carson (1962) se ha ido
acumulando un conjunto vasto de evidencia científica (y vivencial para
muchas comunidades) del deterioro continuo de numerosos ecosistemas en todo el planeta como consecuencia de las actividades humanas.
Ciertamente, después del cambio climático, uno de los temas
ambientales más reconocidos y divulgados lo constituye la alarmante
tasa de pérdida de la diversidad biológica. La extinción de especies es
un proceso natural que ocurriría incluso en ausencia del ser humano,
pero ocurriría en unas tasas muy bajas (se sugiere que entre 0,1-1 spp/
millón de spp/año). Desde la Revolución Industrial al presente, período conocido como el Antropoceno, la tasa de extinción de especies
se ha incrementado entre cien y mil veces la tasa natural (Rockström
et al., 2009); estos niveles no se habían visto desde hace sesenta y cinco
millones de años, cuando ocurrió el último gran evento de extinción
masiva (conocida como el K/T al final del Cretáceo). Cerca de un
30 % de todas las especies de mamíferos, aves, y anfibios estarán amenazadas de extinción en el presente siglo, en opinión de Díaz y colaboradores (2006). En la actualidad, los mayores causales de la pérdida
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

de diversidad biológica se relacionan con los impactos territoriales
o cambios de uso de la tierra, con la transformación de ecosistemas
naturales en áreas urbanas o agrícolas, la magnitud o intensidad de
fuegos provocados, y la introducción de especies exóticas en ecosistemas terrestres y acuáticos. El cambio climático solo profundizará la
crisis de la pérdida de la diversidad biológica.
En 2009, Rockström y colaboradores publicaron en la revista
Nature un análisis identificando y cuantificando aquellos límites
ambientales del planeta que no deberían ser superados por las actividades humanas, si se aspiran mantener las condiciones de “estabilidad”
que han permitido el desarrollo de la civilización humana desde hace
unos diez mil años, i.e. el período Holoceno. Los autores identifican
una decena de procesos del sistema Tierra, y los umbrales que, de superarse, pondrían en riesgo las condiciones para la vida en el planeta.
Sin embargo, establecen que tres de ellos ya se han superado, la mayor
magnitud la tiene la extinción masiva de especies que ya se ha descrito anteriormente. Secunda en magnitud las dramáticas alteraciones
del ciclo del nitrógeno (y del fósforo), elementos que se extraen de
la naturaleza para su uso en la agricultura como fertilizantes fundamentalmente, transformándolos a formas reactivas que perturban
los balances nutricionales de numerosos ecosistemas, especialmente
los dulceacuícolas. Finalmente, el cambio climático antropogénico,
considerado por los autores más allá de cualquier disputa, ha superado los umbrales de riesgo para la humanidad, estimado con base a la
concentración atmosférica de CO2. Los autores establecen que el límite propuesto para mantener el planeta en el rango de estabilidad es de
350 ppm, pero en la actualidad esta concentración ya ha superado
los 387 ppm, y como referencia se tiene que los valores previos a la
Revolución Industrial estuvieron en 280 ppm.
Entre los argumentos que se mencionan entre los críticos o escépticos del calentamiento del planeta suele encontrarse la idea de que
el ser humano ha vivido y superado cambios de escala global previas,
en específico la transición del último glacial-interglacial. En este
sentido, Barnosky y colaboradores (2012) explican que ciertamente

el incipiente crecimiento poblacional y el cambio climático natural
eran dos fuerzas afectando a los sistemas del planeta, pero que ocurrieron
de manera independiente; actualmente la población humana es
un determinante del cambio climático, a escalas y magnitudes muy
superiores. Por tanto, los autores establecen que el crecimiento de la
población, asociado al creciente consumo, fragmentación y transformación del hábitat, producción y consumo de energía, y por supuesto el cambio climático global, son los mecanismos que propiciarían
una transición crítica de escala planetaria, a la cual podríamos
estar acercándonos.
Ciertamente el crecimiento de la población mundial ha tenido
una relación muy importante con el deterioro de las condiciones
para la vida en el planeta, al punto de que es común considerar que
el incremento del dióxido de carbono, o simplemente el consumo de
combustibles fósiles, ha ocurrido a una tasa similar que el crecimiento poblacional, generando una relación intuitiva de causa-efecto, la
cual tiene al menos dos consecuencias inmediatas como son: la consideración de que si fuésemos menos se solucionarían los problemas,
y que el sujeto detonante de la crisis ambiental global (incluyendo al
calentamiento del planeta) es la humanidad.
No se coloca en duda que todos los seres humanos consumen energía, se alimentan, generan residuos, se trasladan, modifican su entorno para proveerse de refugio, etc., pero no es menos cierto que esto
no ocurra a través de procesos, magnitudes, supuestos, capacidades,
absolutamente disímiles entre la población del planeta en la actualidad. En este sentido, Lander (2009a) sugiere que deben considerarse
tres aspectos, los cuales constituyen tres dimensiones diferenciables
para confrontar la crisis ambiental global: 1. En concordancia con
lo expresado previamente, la magnitud de la población mundial;
2. Los patrones de utilización de los así llamados recursos del planeta
(o biocapacidad) a los cuales puede acceder la población; 3. Y finalmente, la distribución asimétrica que tienen las distintas poblaciones del planeta en el acceso a los bienes comunes. De esta triada de
factores resulta fundamental destacar que el acceso a los recursos

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

energéticos, el agua, los alimentos, y por ende, los impactos sobre
la biosfera, y la responsabilidad adquirida por estos impactos, es
altamente desigual en la población actual del planeta. También debe
destacarse que la responsabilidad de las transformaciones de los
ecosistemas y de los procesos del sistema Tierra como un todo, es
igualmente desigual entre las poblaciones del planeta en el tiempo, por
un proceso acumulativo a lo largo del Antropoceno.
El Informe Planeta Vivo (WWF, 2008) arrojó la alarmante información, fundada en el nivel de consumo de los habitantes del planeta y la
capacidad biológica de las naciones donde habitan, que la humanidad
se excede en un 50 % en el consumo que hace de los bienes del planeta,
es decir, que estamos consumiendo 1,5 planetas Tierra, lo que claramente refleja la condición de insustentabilidad de los actuales patrones
de vida, consumo y generación de residuos. En el informe correspondiente al 2010 se determina que la humanidad superó la capacidad del
planeta de asimilar el impacto de las actividades antropogénicas sobre
la biosfera durante la década de los setenta, por lo que las últimas tres
décadas han representado una profundización de la crisis ambiental
planetaria. Queda claro que si se ha superado el nivel de consumo
sustentable de recursos y nos encontramos en un escenario de balance
negativo, todas aquellas naciones o personas que consumen más allá
de los niveles de sustentabilidad (esto es 1,8 hectáreas globales por
persona aproximadamente en el índice de la huella ecológica −una
hectárea global es una hectárea con la capacidad mundial promedio
de producir recursos y absorber desechos−) estarán apropiándose de
proporciones crecientes de la capacidad productiva ecológica que le
correspondería a los habitantes excluidos, por tanto, hacerse más rico
en el mundo de hoy implica incrementar la condición de pobreza de
alguien en algún lugar del planeta.
Como lo expresa Lander (2009b):
Los habitantes de los países del Norte tienen una huella ecológica
cuatro veces mayor que los habitantes de los países del Sur. Mientras que la población de los países que no pertenecen a la OECD está
40

El cambio climático global y el debate...
viviendo −en conjunto− apenas en el límite de la capacidad productiva biológica de los territorios ocupados por sus respectivos países.
El conjunto de los países de la OECD está utilizando más del doble
de la capacidad productiva biológica de los territorios que ocupan.
Esto quiere decir que sus niveles de consumo son más del doble de los
niveles de consumo sostenibles.

En la actualidad existe información abundante, con fundamentos
técnicos, expresada en indicadores apropiables que permiten explorar
estas nociones de origen y responsabilidad del deterioro de las condiciones de vida del planeta suscitadas en las últimas décadas y sus consecuencias no solo en la población humana sino en la diversidad de seres
vivos y ecosistemas que lo habitan.

Comentario final
Un aspecto prácticamente invisible en la literatura científica relacionada con el cambio climático y los límites del planeta, es la búsqueda
científica y sistemática de los factores determinantes o causales de la
crisis ambiental. La literatura científica refleja con enorme grado de
especialización aspectos muy particulares del calentamiento climático
global, o de los umbrales de riesgo del deterioro ecosistémico del planeta, y simultáneamente refleja de manera muy difusa e imprecisa la
causalidad planteada para estos problemas. Sin embargo, desde otras
perspectivas de aproximación a la comprensión de la realidad ambiental del planeta, y las amenazas que enfrenta la vida en el presente siglo,
existe igualmente un planteamiento científico que intenta dilucidar
los factores que han contribuido históricamente a la construcción del
escenario actual (estas otras perspectivas se dan desde aproximaciones como la Sociología, la Ecología Política, la Economía Ecológica,
la Filosofía de la Ciencia, etc.). Estos planteamientos tienen en común la ubicación del tiempo y espacio histórico de la Revolución
Industrial como determinante o referente, al menos del incremento

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

de las concentraciones de CO2 y sus consecuencias. Para los científicos del clima este período histórico es determinante por el aspecto
particular del incremento de las emisiones a partir del uso del carbón
mineral como fuente de energía. En cambio, para las perspectivas
alternativas, por la importancia de entender en qué contexto cultural,
social, económico, religioso, se da este fenómeno que se presenta como
un punto de quiebre en las relaciones del ser humano con su entorno,
la naturaleza.
Documentos como el manifiesto de los laureados con el Premio Planeta Azul Desafíos ambientales y de desarrollo: El imperativo de actuar (Brundtland et al., 2012), la Declaración del estado del
planeta (Brito y Smith, 2012) o el artículo “Un espacio de seguridad
para el funcionamiento de la humanidad” (Rockström et al., 2009),
por mencionar algunas fuentes, dejan entrever con claridad que si bien
el incremento del CO2 atmosférico y de la temperatura del planeta son
amenazas graves a las condiciones de la vida en el planeta, no son las
únicas. El modelo agrícola-alimentario impuesto por la llamada “revolución verde”, o las tasas crecientes de extracción de materias primas
o deforestación, y la magnitud de la población global son factores que
igualmente atentan en contra de las condiciones de estabilidad ambiental que ha conocido la humanidad como civilización a lo largo
del Holoceno. Si bien existen relaciones entre algunos de estos factores y el abuso en el acceso a fuentes de energía económicas y contaminantes (i.e. combustibles fósiles), las propuestas existentes para
reducir las emisiones de GEI sin tomar en cuenta las causas radicales
y condiciones que han favorecido la expansión y florecimiento de estas amenazas no parece suficiente para revertir las actuales tendencias.
En este sentido, el llamado que hacen los autores del manifiesto Desafíos ambientales y de desarrollo: El imperativo de actuar es categórico y radical: “Ante una emergencia absolutamente sin precedentes,
la sociedad no tiene otra opción que tomar acciones drásticas para
evitar un colapso de la civilización. O nosotros cambiamos nuestros
patrones y construimos una nueva sociedad global enteramente distinta, o éstos nos cambiarán a nosotros”. Este planteamiento tiene un

elemento fundamental que consiste en la imperiosa necesidad de cambiar los patrones de la sociedad, al entendido que se refieren a los patrones de la sociedad dominante del planeta que es la occidental. Para numerosos analistas de la situación actual del planeta es central la necesidad
de cambiar profundamente las relaciones del ser humano de esa sociedad dominante con la naturaleza, su manera de conceptualizarle,
aprovecharla y transformarla, y de modo determinante, la manera de
estudiarla y describirla. Si bien estos aspectos se escapan del objetivo
del presente documento es importante rescatar que entre los patrones
determinantes de la crisis ambiental está el patrón de conocimiento
que brinda la sociedad dominante. Lander (1992) expresa que:

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[El] núcleo central de pensamiento sobre la ciencia y la tecnología –que puede ser caracterizado en su conjunto como
universalista, naturalista y determinista– ha sido hegemónico en el pensamiento social y económico de Occidente desde
la Ilustración en adelante, aun en concepciones muy críticas
a la sociedad capitalista, como lo ha sido la tradición marxista,
y constituye un componente medular del pensamiento neoliberal y tecnocrático contemporáneo. En esta visión, carece
de sentido el plantearse los problemas del desarrollo científico
tecnológico como un asunto político, como un tema en torno al cual tenga sentido formularse exigencias de naturaleza
democrática. [Se considera que] se trata de asuntos técnicos,
sólo al alcance de los especialistas, y cualquier pretensión de
control, regulación o participación externa no puede sino producir efectos perversos.

Existe pues, un reto aún mayor para la sociedad, o las sociedades,
particularmente el sector que podríamos denominar no-científico. El
sistema-mundo en la actualidad, tiene como plataforma para la toma
de decisiones políticas criterios científicos, bien sea en el plano de la
economía, la medicina, las ciencias exactas, etc., lo que deja un espacio menor para el debate público, democrático y diverso acerca de las
alternativas para superar la crisis ambiental del presente siglo, e imaginar posibilidades de establecer formas de vivir que sean respetuosas
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

El cambio climático global y el debate...

y armónicas con la diversidad cultural humana y también con el
resto de las formas de vida con las que compartimos el planeta. ¿Queda abierta la interrogante si los científicos son parte de la generación
de la crisis o fuentes para la búsqueda de alternativas?

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César Aponte Rivero (Caracas, 1973)
Biólogo y Magíster en Estudios del Desarrollo en la Universidad
de East Anglia (Inglaterra). Coproductor del programa radial
Las Vainas son Verdes (Premio Aníbal Nazoa, 2013). Fue
director de Áreas Naturales Protegidas del Ministerio del
Poder Popular para el Ambiente (2006-2010) y miembro de
la delegación venezolana ante la Convención de Naciones
Unidas para el Cambio Climático (2009-2014). Organizó la
PreCOP Social de Cambio Climático (2014) y actualmente
preside la Fundación Nacional de Educación Ambiental
(Fundambiente).

Democracia radical para salvar
el planeta: de la Convención Marco
sobre Cambio Climático
a la Cumbre Mundial de los Pueblos
Por César Aponte Rivero

Introducción
El cambio climático es quizás la consecuencia más visible de la crisis
de un modelo de relación sociedad-naturaleza definido en función de
la acumulación de capital y del mantenimiento de la estructura social, política y económica que garantice dicha acumulación. La crisis
del capitalismo financiero –otra de las manifestaciones visibles de la
crisis del sistema− ha generado una situación de inestabilidad que se
traduce en una gravísima amenaza para la naturaleza: ante la pérdida
de valor del dinero la nueva arremetida del capital es retomar el control sobre los recursos naturales y minerales como estrategia para mantener las estructuras de dominación.
La crisis actual no solo se manifiesta en las protestas contra la
economía y/o sus actores políticos. Desde las ya legendarias protestas contra el Foro Económico Mundial en Davos, hasta las recientes
manifestaciones antineoliberales de los “indignados” en Europa o el
Occupy Wall Street en Estados Unidos de América, se han globalizado
las manifestaciones contra el sistema político basado en la “democracia representativa” como medio para la perpetuación de este modelo.
Los cuestionamientos a la democracia representativa, los llamados
a la democracia directa o radical, y la aparición de numerosos foros

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

y espacios para el debate de este y otros temas desde las bases,
también son una señal que indica que los mecanismos tradicionales
de discusión y debate para abordar los problemas globales están agotados. La Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio
Climático (CMNUCC) es uno de estos espacios caducos. Sin embargo,
y paradójicamente, sigue siendo uno de los muy pocos espacios políticos a escala mundial, en donde la defensa del marco jurídico establecido, coincide y es plataforma para la defensa de los intereses de los países
más pobres y de los pueblos del Sur. He allí el primer dilema y quizás el
más importante: ¿Cómo construir espacios alternativos sin destruir un
proceso basado en principios que fueron enarbolados como victorias
del Sur en la construcción de un mundo multipolar? ¿Cómo abogar
por la construcción de esos espacios alternativos sin favorecer la agenda
de quienes desean discutir estos temas al margen de acuerdos jurídicos
internacionales y en espacios que favorecen a los intereses del capital
y de la guerra?
La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio
Climático se promociona como el espacio para solucionar el problema
climático; sin embargo, no es allí en donde se resolverán los problemas
que lo originan ni donde se tomarán las decisiones para abordarlo. Esto
se debe en principio a que la CMNUCC es un espacio secuestrado por
las corporaciones y en donde se dirimen los intereses de estas y de los
gobiernos del mundo en torno a los temas energéticos, tecnológicos
y financieros. Recientemente este espacio ha cobrado gran notoriedad
por representar una herramienta importante en el establecimiento de
un nuevo orden energético y financiero mundial; oportunidad que
se presenta con el advenimiento de nuevas potencias económicas en
medio de una crisis financiera que afecta principalmente a Europa
y Estados Unidos. En segundo lugar, porque la CMNUCC y otros foros similares se basan en los principios de la democracia representativa
y, por tanto, se corresponden a un paradigma en crisis. Por el contrario,
la emergencia de un Foro de los Pueblos por los derechos de la Madre
Tierra, del Foro Social y de la Cumbre de los Pueblos como espacios
alternativos a las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno convoca-

das por las Naciones Unidas ofrece un camino alentador. Sin embargo,
su papel debe consolidarse y fortalecerse, ya no como contra-cumbres
o cumbres alternativas, construyendo su identidad en contraposición
al espacio hegemónico, sino como los legítimos espacios democráticos para la construcción colectiva de alternativas al modelo que ha
originado el cambio climático y donde podamos discutir, sin los intereses de las corporaciones, el abordaje de los problemas que amenazan nuestra supervivencia. Mientras tanto se construye una Cumbre
de los Pueblos como espacio para el diálogo climático democrático, la
defensa de los intereses del Sur en la CMNUCC sigue siendo una meta.
Sin embargo, para avanzar políticamente en esa dirección se hace
indispensable la construcción de un discurso realmente alternativo al
discurso hegemónico que existe sobre el cambio climático, la propia
Convención y sobre los resultados que año tras año se producen sin
que las pequeñas victorias del Sur se vean reflejadas en la prensa global.
El siguiente texto da cuenta de algunas reflexiones en torno a estos
temas producto de mi experiencia como delegado en la CMNUCC.
Estas reflexiones son a término personal y en ningún modo representan
la posición oficial de gobierno o institución alguna.
La CMNUCC: ¿qué es y cómo funciona? En 1979 se celebró la
Primera Conferencia Mundial sobre el Clima, marcando el inicio de
un proceso de reconocimiento de las alteraciones del clima como un
problema global. Trece años más tarde, como resultado la Cumbre de
la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, se adoptó un régimen
jurídico internacional para abordar el cambio climático. Este marco
legal lo conforman la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y el Protocolo de Kioto.
La CMNUCC, al igual que el resto de los cuerpos del sistema de
Naciones Unidas, es una arena política en donde se define qué es y qué
no es un problema global, y se establece la agenda de mecanismos para
abordarlo. El consenso generado en torno a la definición del clima
como un problema global se evidencia en la rapidez con la que los
gobiernos del mundo suscribieron la Convención. Apenas dos años
luego de su promulgación, la mayoría de los países que inicialmente

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

expresaron su voluntad de formar parte de la misma, la habían
ratificado mediante la aprobación por parte de sus respectivos parlamentos. Hoy en día, la CMNUCC es de todas las convenciones de las
Naciones Unidas, la que cuenta con el respaldo del mayor número de
países del mundo. La Convención tiene como órgano supremo para
la toma de decisiones a la Conferencia de las Partes (COP por sus siglas
en inglés). Las Conferencias de las Partes o COP, son coloquialmente
denominadas cumbres, en virtud de que a estas suelen asistir los jefes de
gobiernos como máxima representación de sus países. El objetivo explícito de la Convención es estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, además de
tres gases industriales fluorados) en la atmósfera, a un nivel que evite
alteraciones del clima global. Para ello, la Convención clasifica a los países como “desarrollados” y “en desarrollo”, y establece para 39 países
industrializados y los denominados “economías en transición”, el compromiso voluntario de estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero que ocasionan el cambio climático, tomando como referencia
los niveles medidos en 1990 (UNFCCC, 20062). Tal como lo indica su
nombre, la Convención es un marco jurídico dentro del cual caben
otros acuerdos jurídicamente vinculantes subordinados a los objetivos
de esta. Hasta la fecha, el único instrumento jurídico derivado de la
CMNUCC es el Protocolo de Kioto. Este protocolo detalla las metas
obligatorias de reducción de emisiones de seis gases responsables del
efecto invernadero para estos 39 países. Este compromiso debía materializarse entre los años 2008 y 2012, que fue la extensión que se acordó
para este primer período de compromisos, dejándose sentado el acuerdo
común de establecer nuevos períodos con nuevos compromisos de reducción de emisiones, en función del alcance de la meta establecida en
el Protocolo de Kioto. Cuando en noviembre de 2004 finalmente se
reunió un número suficiente de países que ratificaran la suscripción del
Protocolo de Kioto, el compromiso de reducción de emisiones por

parte de los países industrializados firmantes representaba el 55 % de
las emisiones totales de CO2 registradas en 1990. Esto sin incluir a Estados Unidos de América que nunca suscribió el protocolo aunque sí
forma parte de la Convención. Esta cifra no solo representaría una importante reducción de los gases causantes del problema. Más allá del
hecho numérico, su aceptación implica un reconocimiento implícito
por parte de un conjunto de países de que el modelo de desarrollo industrial es el causante último de esos niveles de alteración del clima
y que, por tanto, la solución es reformar, readaptar, cuando no transformar el modelo. Por supuesto que este planteamiento no es explícito en
ninguno de los textos de la convención; sin embargo se desprende del
principio fundamental del texto jurídico, el cual explicita las “responsabilidades comunes pero diferenciadas” de los países en relación al uso
que históricamente han tenido del espacio atmosférico común. El concepto alude al surgimiento y expansión de economías industrializadas
en ciertos países del mundo como causante principal del incremento
sostenido en las emisiones de los gases causantes del efecto invernadero. Hoy en día, esta concepción del problema parece alinearse más con
el discurso de los movimientos anticapitalistas del planeta que se congregan en la cumbre alternativa, que con el discurso que ha prevalecido
desde los años noventa hasta el presente en este espacio multilateral y
en los gobiernos que precisamente acordaron tal compromiso en el
2004. La aceptación tácita del impacto de la economía industrial sobre
el clima, y de la necesidad de establecer cambios para mitigar esos impactos y sus consecuencias, es la razón por la cual el principal contaminante del planeta, Estados Unidos de Norteamérica, nunca se ha adherido al Protocolo de Kioto y siempre mantendrá una posición que
retarde el avance de acuerdos en los objetivos de la convención. Estados
Unidos se retiró del protocolo argumentando que antes se debía incluir
a China e India, dos de los principales emisores de GEI sin responsabilidades de reducción en el Protocolo de Kioto debido justamente al
principio de responsabilidades compartidas pero diferenciadas: aunque hoy en día sus niveles de emisión son elevados, no lo eran para
1990. Su crecimiento económico es un fenómeno reciente en compa-

El documento original se encuentra en Internet por las siglas en inglés (UNFCCC), y no por las siglas en español (CMNUCC).

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Democracia radical para salvar el planeta...

ración con las economías europeas con siglos de industrialización. Sin
embargo, más allá de este argumento, la razón más apegada a la realidad
fue explicitada en su retiro del protocolo: la reducción de emisiones perjudicaría gravemente la economía estadounidense. No es exagerado afirmar que muchos principios de la convención, y específicamente del protocolo, son contrarios a la economía estadounidense y al capitalismo
global. Por ello, la estrategia del capitalismo (representado en el accionar
de los gobiernos, el lobby corporativo, etc.) ha consistido en detener el
avance, o simplemente distorsionar el funcionamiento o el objeto de la
CMNUCC y de sus instrumentos, en muchos casos para sacar provecho
económico de la misma forma que más allá de solucionar el problema se
contribuye a agravarlo. Ejemplo de ello lo representa la relevancia que ha
tenido en las negociaciones de la CMNUCC, la promoción y creación
de mecanismos de mercado de los cuales se benefician las corporaciones
financieras, principalmente norteamericanas, sin que para ello sea necesario que Estados Unidos suscriba el Protocolo de Kioto. En 2001, la
Convención acordó la creación de un sistema para el intercambio de los
“derechos de emisión” que se bautizó con el eufemismo de “mecanismos
de desarrollo limpio” (MDL). Los MDL son un mecanismo de mercado
legitimado universalmente por una decisión del Protocolo de Kioto,
que crea un incentivo económico para que el sector financiero internacional promueva el financiamiento de proyectos de mitigación en aquellos países sin responsabilidades de reducción de emisiones. Aunque
aparentemente benignos, los mdl se basan en una distorsión del principio jurídico “el que contamina paga” planteando un mecanismo mediante el cual el que paga adquiere el derecho a contaminar. Esto se logra
transfiriendo virtualmente el derecho a emitir gei por parte de los países históricamente menos contaminantes, hacia los países responsables
del cambio climático quienes lo adquieren al financiar proyectos de desarrollo que contribuyan a la mitigación. El total de “emisiones evitadas”
por esos proyectos serían descontadas de los compromisos de reducción
de emisiones de los países industrializados. El mecanismo de desarrollo
limpio ha creado distorsiones como, por ejemplo, la aparición de una

nueva industria contaminante basada en el incremento de la producción de gases refrigerantes clorofluorocarbonados que están regulados
por el protocolo, y el uso de fondos del MDL para financiar su transformación a otro gas no regulado; cuando originalmente el mecanismo se ideó para reducir la producción de clorofluorocarbonados y
transformar las reservas existentes. De esta actividad se benefician
principalmente, China, India y Brasil como países receptores de fondos, y el sistema financiero internacional como financista. Este tipo de
mecanismos, lejos de resolver el problema del cambio climático y reducir la producción de GEI, crean oportunidades de enriquecimiento
para el sistema financiero y promueven el financiamiento de proyectos
para movilizar sectores estancados de la economía o la creación de
nuevos mercados. Los MDL se han convertido en una importante
herramienta de financiamiento y negociación en el seno de la
CMNUCC. Un ejemplo de ello lo representan los intensos debates en
torno a la solicitud de Japón de incluir la construcción de reactores
nucleares como sujeto de financiamiento del MDL, o la solicitud de
Brasil de incluir la reforestación de lo que eufemísticamente denominan “bosques exhaustos”, que no son más que plantaciones forestales
privadas, sin capital para volverlas a plantar, y que buscan en el MDL
el financiamiento para reimpulsar a la industria maderera. Igualmente
debatida fue la propuesta de Arabia Saudita de incluir la cuestionada
y riesgosa captura y almacenamiento de gases en formaciones geológicas como proyectos limpios a ser financiados por los fondos provenientes del MDL. Todos estos proyectos constituyen una perversión
del objeto de la Convención y de lo establecido en el protocolo, no solo
por plantear la financiación de proyectos que agravan el problema
climático con fondos de la Convención, sino porque los mismos

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representan atajos para evitar afrontar el problema fundamental
del cambio climático, que es la crisis del modelo económico y civilizatorio el cual ha sobreexplotado los recursos comunes de la humanidad3.
Quizás el éxito financiero de este sistema, así como la apetencia de un
enorme número de países de participar en este mecanismo de recepción de fondos, ha promovido la gran relevancia que tiene la creación
de nuevos mercados climáticos en los documentos negociados en la
Convención. En las negociaciones previas a la cumbre de Copenhague,
todo un capítulo del Plan de Acción de Bali fue dedicado a la creación
de nuevos mecanismos de mercado y rebautizado como tal. Aunque el
texto se denominaba oficialmente “Diversos enfoques, incluidas las
oportunidades de utilizar los mercados, para mejorar la eficacia en función de los costos de las medidas de mitigación, y promoverlas, teniendo presentes las diferentes circunstancias de los países desarrollados y
en desarrollo”, CMNUCC4, el mismo era referido en las negociaciones
simplemente como “mercados” y la verdad es que exclusivamente trataba sobre la creación de los mercados financieros de carbono, dejando
por fuera esas “otras aproximaciones” para abordar el problema climático. En efecto, durante las sesiones de negociación, previas a la cumbre de Copenhague, el intento de la delegación de Venezuela de
incluir en ese texto la educación, el fortalecimiento de los sistemas
públicos de salud o la transferencia de tecnología libre de propiedad
intelectual como medios para facilitar la adaptación al cambio climático, fueron recibidos como alarmantes por varias delegaciones y en
los órganos de la Convención. Todo lo anterior brinda un panorama
para entender por qué se ha estancado el avance hacia el objetivo fundamental de la Convención que es la estabilización de los gases de

efecto invernadero en la atmósfera. El estancamiento es tan notorio
que la propia Convención lo reconoció en 2005 al acordar entre las
partes la necesidad de “iniciar un diálogo sobre la cooperación estratégica a largo plazo” y dos años más tarde iniciar el Plan de Acción de
Bali, un proceso de negociación que permitiría establecer acuerdos
entre los países y así poder aplicar de manera plena, eficaz y sostenida
lo establecido por la Convención. Este proceso de negociaciones
debía culminar en diciembre de 2009 con la adopción de una decisión
en la 15° Conferencia de las Partes (COP15) celebrada en Copenhague.
Finalmente, es importante aclarar una matriz de opinión altamente difundida por los países industrializados: el Protocolo de Kioto nunca
tuvo por fecha de vencimiento el año 2012. Como todo instrumento
jurídico, este protocolo no tiene una fecha de vencimiento. Lo que se
acordó que finalizaba en 2012 era el primer período de compromisos
para los países industrializados. Es por ello que el componente más importante de la negociación del Plan de Acción de Bali, y todo lo que ha
seguido tras la Cumbre de Copenhague, consiste en determinar los
futuros períodos de compromiso dentro del marco del Protocolo de
Kioto. La continuación del Protocolo, así como el establecimiento
de nuevos períodos de compromiso son dos de las luchas de los países
del Sur en el marco de las negociaciones de cambio climático.

3

4

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Al momento de publicar este texto, la COP18 celebrada en Doha cerraba con un
consenso inusual en torno al destino de varios millones de euros invertidos por
Rusia, Ucrania y Bielorrusia en bonos que le conferían derechos de emisión de
gases con efecto invernadero, cuya cantidad sobrepasaba la promesa de reducción
de emisiones de toda Europa, y que ante la crisis financiera, habían perdido demanda y valor especulativo.
Decisión 1/CP13. Plan de Acción de Bali. Medidas Adoptadas por la Conferencia
de las Partes en su 13° período de sesiones (UNFCCC, 2007).

La Cumbre de Copenhague
La Cumbre de Copenhague, resultó ser la convocatoria de las Naciones Unidas más importante de las últimas tres décadas. Nunca antes
habían confirmado asistencia jefes de Estado y de Gobierno de prácticamente todos los países miembros de la ONU. No solo existía una
gran expectativa dentro del Sistema de Naciones Unidas y en especial
dentro de los múltiples y diversos actores de la CMNUCC. Además de
esto, una compleja y vasta estrategia de publicidad se encargó de que
literalmente la atención del mundo estuviera centrada en los resultados de las negociaciones políticas que allí ocurrían. Desde el punto
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

de vista de las negociaciones, se daba término al Plan de Acción de
Bali y a dos años de trabajo que establecieron como metas la fijación
de un nuevo período de compromisos para reducir emisiones según
lo instituido en el Protocolo de Kioto. Aunado a esto, se esperaban
decisiones sobre la creación de mecanismos para financiar la adaptación al cambio climático y la transferencia de “tecnologías verdes”.
Adicionalmente, los medios crearon la sensación de que el consenso
era urgente e impostergable, cuestionando la profundización de la
discusión y dándole preponderancia a la urgencia con que debíamos tomar decisiones que determinarían el futuro de la humanidad.
A todo ello hay que sumar el hecho de que la convención se ha promocionado últimamente como el espacio único donde se debate el futuro
climático del planeta y cuyas decisiones son cruciales para nuestras vidas. Sin embargo, en Copenhague no solo transcurrían las negociaciones de la CMNUCC con representantes de los gobiernos del mundo.
Miríadas de lobbistas y representantes de los más disímiles sectores de
la economía y la política globales, también se dieron cita en la capital
danesa para establecer la agenda global en materia ambiental, económica y energética que regirá el futuro del planeta. Allí se llevó a cabo la
Conferencia de Alcaldes de Estados Unidos de América y el Encuentro Mundial de Partidos Verdes5. El gobernador de California, Arnold
Schwarzenegger presidió el Congreso Climático Californiano, llevado a cabo allí mismo en Copenhague (USCM, 2009). También
fue la sede de reuniones oficiales de la industria maderera global,
de la industria papelera, la ferrominera y la minería de oro, diamantes y minerales como el coltán. Las corporaciones que controlan la
distribución de agua y la producción de alimentos a escala global;
la industria de la construcción y del transporte aéreo, marítimo y
terrestre; la industria energética y prácticamente todo el conglomerado corporativo global estuvo allí para, según sus niveles de poder
o interés, controlar o influenciar la elaboración de la agenda climática

global. El secuestro de este evento por las corporaciones fue explícito
y evidente. Copenhague llamaba al establecimiento de un consenso
que implicaba involucrar a todos en una decisión gatopardiana que no
amenazara el estatus de las corporaciones. Al mismo tiempo, el proceso político interno de Estados Unidos, influyó notoriamente tanto
en la imagen de la cumbre como en su resultado. Los colores, frases
e imagen de la campaña presidencial de Obama inundaron la capital
danesa cuyo nombre fue reescrito publicitariamente como Hopenhaguen en clara alusión al espíritu de esperanza y cambio que fue usado
para promover la imagen del actual presidente norteamericano en su
campaña electoral. Las mismas frases se podían leer indistintamente en la publicidad de empresas como Coca-Cola, General Electric o
Siemens, o en los volantes y folletos de organizaciones como WWF,
quienes incluso hacían un llamado a la necesidad de establecer un New
Climate Deal, en clara alusión al New Deal, un importante referente
en la historia política y económica norteamericana. Obama, quien recién ganaba las elecciones bajo el lema del “cambio y esperanza”, fue
publicitado como el salvador del proceso de negociación multilateral, a quien se ofreció la posibilidad de establecer prácticamente todas
las condiciones que deseara con tal de que Estados Unidos se sumara
a un nuevo compromiso de reducción de emisiones y suscribiera el
Protocolo de Kioto o cualquier otro instrumento jurídicamente vinculante a la medida de sus intereses. En los días previos a la cumbre,
Obama visitó Suecia para recibir el Premio Nobel de la Paz que le
fuera otorgado sin mérito alguno, y durante la primera semana de la
convención la agenda fue alterada intempestivamente para crear una
sesión plenaria no planificada originalmente y fuera de toda lógica,
previendo la posible asistencia del presidente estadounidense. Adicionalmente al secuestro estructural de la CMNUCC y de las Naciones
Unidas en general, el proceso de negociaciones en Copenhague estuvo cargado de vicios e irregularidades. Desde el punto de vista de
las ONG quienes asisten como observadores, hubo denuncias sobre
la limitación de acceso a espacios en los que tradicionalmente se desenvuelven los observadores, o el impedimento total de acceder a las

5

60

El autor se refiere a The United States Conference of Mayors y Global Greens
Forum, respectivamente [N. del E.]

61

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

localidades de trabajo. La Participatory Research and Development
Initiatives (Iniciativa de Investigación y Desarrollo Participativos) en
su reporte “Hechos sobre el fracaso de Copenhague” (Shamsuddoha,
2010) afirma:

de los correos electrónicos fue ampliamente difundida por la prensa,
y se hizo popular tanto en los sectores que ya miraban con suspicacia las
negociaciones, como por los negacionistas del cambio climático quienes encontraron en este hecho argumentos para fortalecer su tesis. Sin
embargo, a pesar de haber sido ampliamente difundida en la prensa, el
impacto de este acontecimiento fue efectivamente reducido al ámbito
de la CMNUCC, en el que prevaleció un discurso que sin desconocer
la fuga de información del IPCC, llamaba a fortalecer el proceso de
negociaciones multilaterales y no admitir dudas sobre este, logrando
el respaldo unánime de todos los gobiernos. Veremos cómo este gesto de confianza de los países hacia la Presidencia de la Cumbre fue
traicionado al final de la misma. Sobrepasado este traspié inicial, la
confianza en el proceso de negociaciones volvió a recaer cuando fue
anunciado, fuera de todo protocolo y norma, un grupo literalmente
denominado “Amigos de la Presidenta” conformado por los delegados
de países considerados “amigos” de la Presidencia de la Conferencia
de las Partes. Esta especial relación era, valga decirlo, violatoria de los
principios de la Convención y de la Carta de las Naciones Unidas,
que establece una condición igualitaria entre todos los países que la
conforman. Sobre este reducido grupo de países se delegó la elaboración de los documentos que guiarían el proceso de negociaciones
para intentar hacer coincidir el resultado de dos años de trabajo en el
Plan de Acción de Bali, con los documentos previamente elaborados,
al margen de la Cumbre y del proceso de negociaciones, y que excluían
los intereses del resto de las naciones del mundo. Quizás el aspecto
más relevante de la falta de transparencia lo representó el día final de
la Cumbre. La sesión inició con la pretensión de incorporar al proceso
de negociaciones un acuerdo producido al margen de este, por un reducido grupo de países y con la intención de legitimar su aprobación
como una decisión de la Conferencia de las Partes. Esta actuación, claramente subversiva del orden establecido por la Carta de las Naciones

Mientras que las negociaciones climáticas tradicionalmente han sido de las más transparentes entre las negociaciones
internacionales, las de Copenhague resultaron poco transparentes, autoritarias y muy restrictivas para los representantes
de la (sic) sociedad civil, incluso a pesar de que éstos contaban
con acreditación válida y un mandato −emitido por la propia
secretaría de la convención− para su participación a lo largo
del proceso de negociaciones. Durante los últimos días de la
cumbre de Copenhague, el acceso de los representantes de
ONGs fue reducido a unos pocos. En los dos últimos días de
la cumbre, sólo se permitió la entrada a 300 delegados.

La cifra resulta reducida si consideramos que solo la delegación de
Estados Unidos de América contaba con más de 900 delegados desde el inicio de la cumbre (delegación que se incrementó durante el
segmento de alto nivel en el que participaron los presidentes y jefes
de Estado), y que en total, solo dentro del recinto de las negociaciones, la cifra de asistentes superaba las treinta mil personas. Antes de
este incidente con las ONG, otros acontecimientos ya habían contribuido a poner un velo de dudas sobre el proceso de negociaciones en
Copenhague. El primero de ellos fue la divulgación, en los días previos
a la cumbre, de miles de correos electrónicos escritos por científicos de
la Unidad de Investigación Climática –UIC/CRU− de la Universidad
de East Anglia (Inglaterra) que revelaron un esfuerzo concertado de
un pequeño grupo de científicos que usaron su papel como miembros
del Panel Intergubernamental de la ONU sobre Cambio Climático
(IPCC) para manipular datos e impedir la publicación de opiniones
técnicas divergentes en el reporte elaborado por el ipcc, levantando
dudas sobre el funcionamiento del IPCC como órgano máximo de
la ONU en materia de ciencia climática (Marshall, 2010). La noticia
62

63

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Unidas, pretendía legitimar:
(…) medidas para supuestamente combatir el cambio climático, basadas en la mercantilización de la naturaleza y en la
creación de mecanismos financieros como los mercados de
Carbono que, bajo la promesa de generar fondos para los países
más afectados por los impactos del cambio climático, generaba una suerte de chantaje para aprobar una receta económica
que aprovechaba el problema global, para beneficiar los intereses de la banca y de las grandes corporaciones internacionales.
El único resultado de las discusiones de la COP15, fue que no
hubo acuerdo6.

Además de las fallas procedimentales y la ruptura de las reglas de
consenso, el documento en cuestión −cínicamente titulado Acuerdo
de Copenhague− fue solo una declaración política sin validez legal
vinculante, ni con previsiones para que acabara siéndolo, y por lo tanto, solo lo suscribieron los países que así lo decidieron, sin que ello haya
tenido repercusión alguna en el proceso formal de negociaciones sobre
el marco jurídico climático. En efecto, apenas unos días después de la
decisión de la Cumbre en la que solo se tomó nota del mencionado
documento, sus autores intentaron involucrar a la Convención en el
proceso de adscripción de los países que deseaban suscribirlo, como
una manera de obtener el aval y darle legitimidad al mismo. Ante
esa pretensión, el Gobierno venezolano emitió una nota dirigida a la
Secretaría de la Convención manifestando que:
(…) ni la Secretaria General de la Organización de las Naciones
Unidas, ni tampoco la Secretaría Ejecutiva de la Convención
Marco, deben facilitar ninguna iniciativa orientada a avalar el
mal llamado “acuerdo de Copenhague”, el cual no fue adoptado en la Conferencia de las Partes, y tampoco considerarlo
Transcripción no publicada de entrevista radiofónica a Claudia Salerno, jefa
negociadora de la delegación venezolana ante la Unfccc. Las vainas son verdes,
Radio Nacional de Venezuela (diciembre, 2011).

6

64

Democracia radical para salvar el planeta...
como base para la negociación de un futuro instrumento jurídicamente vinculante. Tal facilitación burlaría a las mayorías, el
multilateralismo, la autoridad de la Conferencia de las Partes
y derrumbaría la institucionalidad del sistema constituido por
la Convención Marco y su Protocolo de Kyoto.

En relación al documento, Acuerdo de Copenhague, el Gobierno venezolano manifestó que además de la violación procedimental y el intento de imponer la posición de un pequeño grupo de países por sobre
los demás, los contenidos no eran lo suficientemente ambiciosos en los
aspectos más importantes de la problemática ecológica. El documento
establecía metas de mitigación para los países desarrollados y para los
países en desarrollo, lo cual es claramente violatorio de los principios
previstos en la Convención y el Protocolo de Kioto. Adicionalmente,
la aprobación de este documento pondría al Protocolo de Kioto en
una condición subordinada, en tanto los países históricamente más
contaminantes estarían asumiendo menores compromisos al compartir sus responsabilidades de mitigación con los países en desarrollo. En
la noche final, las maniobras para intentar legitimar el acuerdo de
unos pocos como una decisión consensuada de las Naciones Unidas,
incluyeron el uso del financiamiento para la adaptación al cambio climático como un chantaje. En el documento se insinuaba el desembolso de treinta mil millones de dólares para el período 2010-2012
que nunca ocurrió. Lo más parecido a esto es la creación del Fondo
Verde el cual, al decidirse en 2012 que tendría sede en Seúl, prácticamente se dejó cualquier dinero que lo conforme en manos de los
aliados financieros directos de Estados Unidos, incluso a pesar de
que la Unión Europea negociaba su creación en Frankfurt como
parte de su estrategia para la recuperación económica de la región.
Pero el mayor chantaje de aquella noche en Copenhague no fue ese
sino uno que se mantiene hasta el presente: el compromiso de aportar cien mil millones de dólares en el año 2020 para la mitigación
de GEI en los países más pobres mediante fondos de origen público
o privado, a través de arreglos bilaterales o multilaterales, e incluyendo

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

fuentes alternativas de financiamiento como los mercados de carbono. Este “compromiso” no solo deja anclado el futuro otorgamiento
de fondos para la creación de un mercado financiero especulativo
basado en el comercio de bonos de emisión/absorción de CO2; sino
que además establece una serie de condiciones que han venido cambiando desde su ofrecimiento y que sin duda continuarán adecuándose
a los requerimientos políticos y económicos de los oferentes, sin garantía alguna de que ese financiamiento se haga realidad. Tanto en el
tema de mercados de carbono como en el tema sobre financiamiento, Venezuela y otros países mantuvieron posiciones que rompieron el
consenso en las negociaciones en Copenhague. El éxito más importante para los proponentes de este financiamiento “potencial” de cien
mil millones de dólares no radica tanto en la maniobra política –más
bien vulgar y descarada− sino en la estrategia publicitaria y propagandística que se ha convertido en un chantaje para sacar provecho económico de la vulnerabilidad climática de los países más pobres, en una
buena noticia. A tal punto ha llegado la estrategia de propaganda que
desde todos los sectores del amplio y diverso mundo de quienes siguen
las decisiones de la CMNUCC, la no materialización del chantaje climático es percibida como un signo de poco avance o estancamiento
en las negociaciones, cuando al menos desde la óptica de los países del
Sur, debería ser reconocido como un logro. Tanto los conservadores
y los defensores de la institucionalidad como los que radicalmente se
enfrentan a la lógica burguesa y liberal que domina estas negociaciones; los ecologistas y los negacionistas del cambio climático, quienes
luchan contra el capitalismo verde y quienes lo persiguen; todos por
igual se quejan cada año de que los cien mil millones de dólares no han
sido otorgados aún. Sin duda, establecer un discurso que sea repetido
por todos al unísono denunciando el poco avance de una política neocolonialista es todo un logro de la propaganda política a escala global.
Pero este, aunque uno de los más vistosos, no es el único caso en el que
la estrategia propagandística convierte avances en derrotas o estancamientos en victorias.

66

Democracia radical para salvar el planeta...

La estafa de REDD+7
Los mercados de CO2 se promueven como la solución para conseguir
fondos que permitan financiar la adaptación de los países pobres a los
impactos venideros del cambio climático. Los mismos se basan en el
principio “el que contamina paga” asumiendo que el que paga por esos
bonos de carbono adquiere el derecho a contaminar. Adicionalmente,
son un camino para que los países industrializados evadan sus compromisos y su responsabilidad histórica, uno de los principios de la propia
CMNUCC. La importancia de estos nuevos mercados financieros para
el rescate del capitalismo financiero global en plena crisis, se refleja en
la relevancia que tienen propuestas como el mecanismo REDD+ dentro de las negociaciones de cambio climático; y más aún, en el consenso casi total en torno a esta. Este consenso llega a tal punto, que difícilmente alguien se declare contrario a REDD+ dentro de la CMNUCC;
tanto las partes del convenio, como las organizaciones observadoras,
el sector privado y el financiero, es decir, todas las fuerzas económicas
y políticas, coinciden en que REDD+ es algo muy bueno para el planeta y para la gente. Apenas algunas organizaciones indígenas y otros
grupos ecologistas radicales perciben a REDD+ como una amenaza,
y por ello resultan marginados del diálogo. Pero REDD+ es apenas la
materialización de otro fenómeno que se manifiesta en la relevancia
que se le ha dado a la deforestación como causante del cambio climático, mientras que otras causas importantes del cambio climático, como
el modelo agrícola industrial, son desestimadas o no existen planteamientos de igual relevancia para su transformación. La agricultura actual, percibida y manejada como una industria, malgasta el 70 % del
total de agua consumida en el planeta, mucho más que los usos industriales que apenas consumen un 20 % o el 10 % del uso residencial.
Además del agua malgastada, la agroindustria contamina otra buena
parte con agrotóxicos y fertilizantes nitrogenados que representan el
14 % de las emisiones de GEI del planeta y el 60 % de las emisiones de

7

Según el Plan de Acción de Bali, REDD+ (Reducción de Emisiones de Gases de
Efecto Invernadero) se refiere a la reducción de emisiones derivadas de la deforestación y la degradación forestal.

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

gases nitrogenados. A pesar de que las evidencias demuestran cómo
la agroindustria es un problema real para el cambio climático, en los
procesos de negociación del Plan de Acción de Bali ni siquiera existía una mención del papel de la agricultura como gran emisor de GEI
o como problema detonante del cambio global. La invisibilización del
problema que representa el modelo agrícola también intenta obviar
que, en muchos casos, la deforestación ocurre precisamente debido
a la expansión de los monocultivos agrícolas o de las plantaciones
madereras, cuyos dueños son generalmente grupos económicos de
países industrializados aunque estas se encuentren en países tropicales
pobres. El informe Stearns, ha sido una pieza clave en la difusión de
información técnica para la construcción de un consenso global en
torno a cuáles son los factores detonantes del cambio global y cuáles
deben ser las políticas para abordarlo. Este reporte reduce la relevancia de la agricultura industrial y sobreestima la de la deforestación al
extraer del cálculo el costo en emisiones del almacenamiento, transporte y fabricación de todo el aparataje que requiere la agroindustria;
así como la deforestación y los cambios de uso de la tierra producto
de la expansión de la frontera agrícola industrial. Más recientemente,
cuando se ha incluido el tema agrícola en el debate, se ha pretendido
usar como argumento para el diseño de políticas que sirvan de barrera
al avance de ciertas economías emergentes o como oportunidad para
la inversión en mitigación, dejando de lado su papel fundamental en
la producción de alimentos para la humanidad y el diseño de medidas de adaptación para transformar la producción y distribución de
alimentos que garanticen la alimentación adecuada de todos ante las
adversidades climáticas. A pesar de toda la información que respalda
esta interpretación del problema, se ha promovido consenso en torno
a una narrativa en la que el principal responsable de la deforestación
es atribuida a los pequeños productores agrícolas o a los que siembran
como medio de subsistencia. Es por ello que REDD+ ha sido promocionado como un programa para evitar que los países más pobres deforesten mientras a cambio se les paga por ello. Por supuesto que nada
es gratis. Se ha calculado que el pago de bonos REDD+ resulta varias

veces más económico que el costo de reducir sus propias emisiones
y cumplir con los compromisos establecidos en Kioto. La relación entre el capitalismo financiero y REDD+ se evidenció en las bolsas europeas y norteamericanas los días previos a la cumbre de Copenhague,
cuando se duplicó el valor de las acciones de Merril Lynch y de otras
empresas financieras trasnacionales que han invertido enormes sumas
de dinero en promover el mecanismo REDD+ como una herramienta para evitar la deforestación, el cual se esperaba aprobar como una
decisión de la CMNUCC y se financiaría mediante mercados de carbono. ¿Y por qué el capitalismo financiero necesita de una decisión de las
Naciones Unidas para crear estos mercados de CO2? Crear esos mercados de carbono requeriría una inversión muy grande en mecanismos que
generen seguridad para los inversores. Pero una decisión de las Naciones Unidas que obligue a crear esos mercados de carbono, legitimaría el
mecanismo y lo haría fiable para los inversores, sin inversión en fondos,
fideicomisos ni publicidad y mercadeo o costosos cabildeos en cada
país por separado. Toda esta madeja de intereses vinculados al mantenimiento y expansión de la industria agrícola, junto con la necesidad de
crear nuevas formas abstractas de acumulación y nuevos mercados para
su comercio, explican porqué existe un programa especial para abordar
la deforestación y no uno para promover la transformación del modelo
agroindustrial. La promesa de una lluvia de dinero inorgánico proveniente de los mercados de carbono para los gobiernos de los países más
pobres, es la razón subyacente del consenso. Es el elefante blanco del
que nadie habla en la sala. Pero lo que no se dice de REDD+ es que representa una amenaza para los pueblos cuyos modos de vida dependen
de los recursos de los bosques, especialmente los pueblos indígenas.
Por ello, solo dos países en la CMNUCC se manifestaban contrarios
a REDD+: Bolivia, un país predominantemente indígena y con un
gobierno indígena que, de manera natural y legítima, está alineado
con las demandas de las organizaciones indígenas del mundo. Esto
a pesar de sus elevados niveles de pobreza y de tener una economía
que por décadas se hizo dependiente de la cooperación internacional. El otro país fue Venezuela, con propósitos políticos análogos

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

a los de Bolivia y cuya economía de renta petrolera no requiere de
ayuda internacional para impulsar programas de adaptación y puede escapar al chantaje del financiamiento. Paradójicamente, fue en
Bolivia donde se inició el proyecto icónico que usan los promotores de REDD+ para ilustrar sus bondades, y que aún se mantiene
activo a pesar de la posición contraria del gobierno. También es paradójico que entre los criterios de vulnerabilidad establecidos en el
articulado de la Convención de Cambio Climático, se mencione la
dependencia económica a la exportación de hidrocarburos. Un tercer
país, Ecuador, también se alineó con la defensa de los intereses de los
pueblos indígenas pero a favor de un programa REDD+ en el cual
pudieran materializar el “pago por emisiones evitadas”, como posteriormente definió el presidente Correa, al beneficio que este país espera
recibir por no explotar el petróleo de Yasuní.
En sintonía con las demandas de los movimientos sociales e indígenas, las delegaciones oficiales de Ecuador, Bolivia y Venezuela
defendieron el reconocimiento y no menoscabo de los derechos de
los pueblos indígenas y de las comunidades locales cuyas vidas transcurren en los bosques y dependen de sus recursos. La presión política
y financiera sobre el sistema multilateral para obtener una decisión
favorable a REDD+ creó espacios de maniobra suficiente para que las
propuestas de estas delegaciones fueran poco a poco acogidas en el
texto que finalmente se presentaría en Cancún. Pronto se hizo evidente que la única manera de que estas delegaciones aceptarían una
decisión sobre REDD+, era que la misma incluyera garantías para los
derechos de los pueblos indígenas sobre los territorios ancestralmente ocupados, sobre los recursos allí preservados, y sobre una serie de
asuntos considerados cruciales tanto para los movimientos sociales
e indígenas del mundo como para los gobiernos de estos tres países,
en particular aquellos procedimientos que dieran cabida a medidas
injerencistas o violatorias de la soberanía o de la integridad territorial.
En este punto es importante acotar que los Gobiernos de Venezuela,
Bolivia y Ecuador han emprendido procesos políticos y jurídicos para
refundar sus países por la vía de asambleas constituyentes que, entre

otros principios, se basan en la democracia participativa, el reconocimiento de los derechos de grupos tradicionalmente excluidos, y el
carácter constitucional que se le da a los derechos de los pueblos indígenas, el derecho de los ciudadanos a un ambiente sano, e inclusive el
reconocer a la naturaleza como sujeto de derechos constitucionales,
en el caso de Ecuador y Bolivia. La primera de las condiciones era que
REDD+ debía ser un mecanismo enteramente voluntario, de ninguna
manera impuesto como obligación a ninguno de los países; los cuales
además de manifestar su intención de participar, deben tener posibilidad de hacerlo soberanamente en cada uno de los aspectos de su
implementación, en concordancia con las circunstancias específicas
de cada uno de ellos y de acuerdo con sus propias capacidades. De
esta manera se garantizaba que aun cuando existiera un acuerdo sobre
REDD+, el mismo no resultara una imposición para quienes objetaban el mecanismo. También se incluyeron condiciones en el texto jurídico para que en caso de que se implementen proyectos REDD+, los
mismos sean acordes con los planes nacionales de desarrollo y con la
legislación nacional de los países en cuestión. Los proyectos deben ser
diseñados de manera que contribuyan a la erradicación de la pobreza,
promuevan la gestión sostenible de los bosques y sean compatibles con
los objetivos de otros acuerdos internacionales relativos a los bosques,
como por ejemplo, los principios y objetivos de la Convención de
Diversidad Biológica (CDB). Se incluyeron garantías explícitas para
evitar que los proyectos REDD+ sean usados para promover la conversión de bosques en plantaciones forestales; e inclusive que dichas garantías sean implementadas a escala subnacional, evitando su potencial
conversión en amenazas a la soberanía de los países que los implementen. Igualmente, se incluyeron en la decisión final respecto a REDD+,
normas específicas para garantizar el respeto a los derechos de los pueblos indígenas y comunidades locales, mediante su consentimiento
fundamentado, previo en todas y cada una de las etapas de los proyectos a implementarse bajo la plataforma REDD+. Los Gobiernos de
Ecuador, Venezuela y Bolivia demandaron que REDD+ sea financiado por fondos públicos, dentro del marco financiero de la CMNUCC

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

y pidieron explícitamente que no se hiciera ninguna mención a los
mercados de carbono en la decisión de Cancún sobre REDD+. Todo
lo anterior se logró y puede ser verificado en los documentos oficiales
de la Decisión de la COP168, o el Paquete de Cancún, como se le denominó en la prensa. Es cierto que una parte importante de las decisiones
aprobadas en el paquete eran desfavorables, sin embargo, fue un logro
significativo que ante la presión internacional que había para establecer el mecanismo REDD+, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Filipinas lograran incorporar en el acuerdo final garantías para todos y cada uno
de los puntos demandados por los pueblos indígenas del mundo. Este
logro, sin embargo, no fue presentado por los medios de comunicación,
ni siquiera por los medios oficiales de los países protagonistas de esa victoria política. ¿La razón? Si bien es cierto que los países del ALBA han
logrado cierta notoriedad que se traduce en poder de negociación dentro de la CMNUCC, no se puede negar que ha habido pocos avances en
torno al diseño de una estrategia comunicacional que permita al menos
contrarrestar internamente el discurso hegemónico sobre el cambio
climático y las negociaciones; de forma tal que los países del Sur podamos hacer visibles nuestras propias victorias y desenmascarar los complejos intríngulis de la negociación diplomática más compleja del siglo
XX y lo que va del XXI. Esta debilidad comunicacional se evidencia en
la desconexión casi total de las demandas de las organizaciones observadoras con la realidad de los temas negociados por las delegaciones.
En el caso particular de la COP16, los medios difundieron una versión
según la cual se habría producido una ruptura entre las delegaciones
del ALBA, versión que fue rápidamente adoptada por varios grupos de
activistas sin observar que la misma era producto de la compleja trama

de intereses destinados a debilitar al grupo más radical dentro de las
negociaciones, tal como fue posteriormente revelado por los cables de
WikiLeaks, en el que se mostraba cómo la presidencia de la COP15
solicitaba aunar esfuerzos para neutralizar, cooptar y marginalizar
a Venezuela y Bolivia (The Guardian, 2010a).

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Decisiones Adoptadas por la Conferencia de las Partes en su 16º período de sesiones. CCC/CP/2010/7/Add.1. Apéndice I. Orientación y salvaguardias aplicables
a los enfoques de política y los incentivos positivos para las cuestiones relativas
a la reducción de las emisiones debidas a la deforestación y la degradación forestal
en los países en desarrollo; y función de la conservación, la gestión sostenible de
los bosques y el aumento de las reservas forestales de carbono de los países en
desarrollo (UNFCCC, 2011).

WikiLeaks revela el verdadero
funcionamiento de las negociaciones
En diciembre de 2010 se llevaron a cabo las negociaciones de la cop16
en Cancún, México. Tras lo acontecido en Copenhague, todo estaba
bajo control. Los hoteles donde se hospedaban las delegaciones y el
centro de convenciones donde todo ocurría estaban separados por
unos 20 km, y comunicados por un servicio de buses exclusivos para
tal fin. La cumbre alternativa estaba ubicada a otros 20 km de este
complejo hotelero, aunque mucho más cerca se instaló otra cumbre
alternativa a la alternativa, con apoyo del Gobierno mexicano, con
financiamiento de Coca-Cola, comida rápida y grupos musicales
todo el día.
A pesar del cuidadoso control que se puso en la organización
de esta reunión, la publicación de numerosos cables diplomáticos
de Estados Unidos por WikiLeaks, dejaron al descubierto el deseo
de los Estados Unidos de “marginar” a los países que tienen puntos
de vista opuestos sobre el cambio climático durante la fracasada cumbre de Copenhague. En un cable filtrado, el principal negociador de
Estados Unidos, Jonathan Pershing, describe sus interacciones con
Connie Hedegaard, presidenta de la Cumbre de Copenhague en 2009
(actual ministra de Cambio Climático para la Unión Europea),
y con Michael Froman, viceasesor de seguridad nacional de Estados
Unidos para asuntos económicos internacionales: “Hedegaard respondió que tendremos que trabajar en torno a países inútiles como
Venezuela o Bolivia. Froman estuvo de acuerdo en que tendremos
que neutralizar, cooptar o marginar a estos y otros como Nicaragua,
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

Cuba, Ecuador” (The Guardian, 2010b). Otro cable del Gobierno
estadounidense revelado por WikiLeaks muestra cómo Estados Unidos retiró su apoyo económico a Ecuador y Bolivia por obstruir el
Acuerdo de Copenhague (The Guardian, 2010c). Igualmente, un
informe de la CIA filtrado reveló la intención de Estados Unidos de
espiar a diplomáticos de Cuba, Venezuela y Bolivia así como a funcionarios de Naciones Unidas (The Guardian, 2010d). Otro cable filtrado, del 2008 y hecho público durante la Cumbre de Cancún, sugirió
que Estados Unidos había presionado a R.K. Pachauri, científico que
encabeza el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático, para bloquear la elección del científico iraní Mostafa Jafari
como copresidente del Grupo de Trabajo 2, el cual evalúa la vulnerabilidad de los sistemas socioeconómicos y naturales al cambio climático y las opciones de adaptación. “La delegación de Estados Unidos
está trabajando activamente para impedir la elección de un científico iraní” (The Guardian, 2010e), dice el cable. “USDEL contactó al
Presidente del IPCC, Dr. Rajendra Pachauri, quien acordó trabajar
en este tema”. Otro cable detalla una conversación entre el enviado
para cambio climático de Estados Unidos, Jonathan Pershing y Abdul
Ghafoor Mohamed, el embajador de Maldivas en Estados Unidos, relativo a la ayuda financiera que Maldivas recibiría a cambio de apoyo
en las negociaciones. El entonces presidente de Maldivas, Mohamed
Nasheed, ha sido una figura fundamental en la generación de propaganda a favor de las propuestas estadounidenses para el cambio climático, convirtiéndose en un vocero crítico de las economías emergentes
como India y China, y con posturas conducentes a romper la unidad
de los países del Sur agrupados en el G77 e incluso de usar a la Organización de Pequeños Estados Insulares como un caballo de Troya en
el G77 (The Guardian, 2010f ). “Ghafoor agregó que le gustaría ver a
países pequeños, como Maldivas, que están a la vanguardia en el debate climático, recibir asistencia tangible de las más grandes economías.
Otras naciones entonces, se darían cuenta de que hay ventajas que pueden obtenerse al apoyar el Acuerdo de Copenhague propuesto por los
Estados Unidos” (The Guardian, 2010g). Acto seguido pidió cincuenta

millones de dólares en ayudas e indicó que, a cambio, Maldivas estaba
dispuesto a recibir a un detenido de la prisión de Guantánamo, lo cual
fue agradecido por el subsecretario de Estado, Robert Blake, junto
con “el gran esfuerzo del presidente Nasheed para llegar a un acuerdo
en Copenhague”. Otra comunicación filtrada reveló cómo el ministro
de Ambiente de Noruega, Eric Solheim, respondió a una acusación
de que su país estaba tratando de sobornar a otras naciones a través
de una cooperación económica ofrecida para cumplir con las nuevas
restricciones de emisiones. “El ministro respondió fuertemente diciendo que no se puede por un lado, pedir y hacer una causa legítima y fuerte sobre la necesidad de asistencia climática y, por el otro
lado, se dan la vuelta y nos acusan de soborno”. “Quiero decir, si tú
quieres acusarnos de chantaje entonces… podemos eliminar cualquier
acusación de chantaje, eliminando cualquier dinero” (The Guardian,
2010h). Estas revelaciones de comunicaciones entre el Gobierno de
Estados Unidos y sus aliados, dejan en evidencia la actitud chantajista
de quienes utilizan la CMNUCC como un medio para la implementación de su agenda de control político, militar y financiero del planeta.

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La esperanza del planeta está en los pueblos
Después de estas semblanzas, puede uno preguntarse: ¿cómo hubiera resultado un mecanismo para el pago de incentivos económicos
orientado a evitar la deforestación si en vez de ser inventado por las
corporaciones y legitimado por las Naciones Unidas lo hubieran discutido los pueblos en un escenario como la cumbre de Cochabamba? La Cumbre de los Pueblos Contra el Cambio Climático y por los
Derechos de la Madre Tierra, realizada en Cochabamba en abril de
2010, se caracterizó por confrontar las tendencias dominantes en las
negociaciones de las Naciones Unidas, desde una lógica de la democracia radical y con un planteamiento anticapitalista que responsabilizaba directamente al modelo económico y su lógica de acumulación
como la principal causa estructural de la crisis ecológica del planeta. La
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

libertad de actuar fuera del lobby de la agroindustria, permite que los
pueblos reunidos en Cochabamba declaren al agrocapitalismo como
un elemento de especial atención y propongan una profunda transformación hacia un modelo de producción sustentable que permita
detener el calentamiento global. Este nuevo modelo debería basarse
en el conocimiento, prácticas y experiencias de campesinos e indígenas en Soberanía Alimentaria (CMPCCDMT, 2010). En su declaración final, la Cumbre de los Pueblos define a la soberanía alimentaria
como: “el derecho de los pueblos a controlar sus propias semillas, tierras, agua y la producción de alimentos, garantizando, a través de una
producción en armonía con la Madre Tierra, local y culturalmente
apropiada (…) profundizando la producción autónoma (participativa,
comunitaria y compartida) de cada nación y pueblo” (CMPCCDMT,
2010). Finalmente reconoce que “el agronegocio a través de su modelo de producción capitalista y su lógica de producción de alimentos
para el mercado” y no para la gente, “es una de las causas principales
del cambio climático” y que sus herramientas tecnológicas, comerciales y políticas “no hacen más que profundizar la crisis climática e incrementar el hambre en el planeta”, con lo cual plantea el rechazo a todos
los mecanismos jurídicos, comerciales, políticos o tecnológicos que
contribuyen a fortalecer la agroindustria. Los pueblos, congregados
en sus propias organizaciones de base, organizados según sus propias
normas y protocolos, y sin las presiones del capital, tienen plena libertad para definir agendas que aborden con sinceridad los problemas
reales que nos aquejan. Por su parte, las delegaciones que atienden a
la CMNUCC, solo pueden redefinir, bloquear o alterar ligeramente
propuestas que son elaboradas por los centros hegemónicos de poder9. Son las únicas alternativas que tienen algunos de los pueblos del
mundo “representados por sus delegaciones” en espacios de negociación política controlados por las corporaciones y el capital financiero.
Cuando no se cuenta con un aparato de lobby económico −como es el

caso de las delegaciones de la mayoría de los países del Sur− sino que
se opera a través de delegaciones conformadas por una combinación
de burócratas-activistas, en una muy particular situación de libertad
de actuar según principios y valores, no quedan muchas maniobras
posibles que usar las propias normas de la Convención para dilatar
o posponer el avance de temas que afectan directamente a los interese del Sur, o de redefinir planteamientos para evitar imposiciones
inaceptables. Sin embargo, es prácticamente imposible para los países del Sur, replantear o redefinir la agenda fundamental de los temas
en negociación, como lo ha hecho la Cumbre de los Pueblos con la
alimentación y el agronegocio. Esta es una razón más para llamar al
abandono de las posturas que contribuyan al reconocimiento de los
espacios hegemónicos, y por el contrario, avanzar en la multiplicación
de espacios verdaderamente democráticos y bajo el control de los movimientos sociales y organizaciones de base popular, donde podamos
debatir con total libertad para construir colectivamente la agenda que
sí salvará el planeta.
Este llamado es a reconocer la necesidad de consolidar y fortalecer
estos espacios alternativos no únicamente como “contra-cumbres”, sino
además como los legítimos espacios democráticos para la construcción
colectiva de soluciones a los problemas globales. Para ello se requiere salir de la lógica de “representatividad” que fortalece y legitima a la
CMNUCC al enfrentarse a ella o participar de sus espacios, demandar
eficiencia en sus resultados, hacerse eco de sus “malas” y “buenas” noticias, de su lógica chantajista o de su consensuada y dogmática narrativa
del problema y de sus soluciones. Todo ello no conduce sino a fortalecer la tesis de que esos espacios cooptados por las corporaciones son
“el espacio” para solventar el problema del cambio climático. La construcción de un marco teórico y un discurso propio es una tarea fundamental en este sentido, tarea que tiene importantes adelantos en ciertos círculos intelectuales y populares principalmente de Suramérica,
pero que aún carga con el lastre inadvertido de la dogmática narrativa
hegemónica del cambio climático. Si bien es cierto que las cumbres de

Es el Consejo de Seguridad de la ONU quien escoge a las autoridades de la
CMNUCC.

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

los pueblos deben ser legítimos espacios de resistencia al tratamiento
hegemónico de la crisis global, también han de serlo de construcción
y organización para el ejercicio de un poder que detentan los pueblos
y que no está subordinado al reconocimiento de estructura alguna.
Esto sin embargo, no significa que los gobiernos deban abandonar
los espacios ganados en arenas como la CMNUCC, aun cuando sus
posibilidades de acción sean limitadas.

de este principio es central para el resto de los países del Sur. En este
maniobrar Estados Unidos se ha valido del chantaje económico, de
la redefinición de términos jurídicos de manera no acorde o incluso
contraria a la legislación vigente, del secuestro de las negociaciones de
cambio climático a escenarios como el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas, del espionaje, entre otros artilugios. Su accionar
ha sido cuestionado con fuerza por los países del Sur, principalmente
por los países del ALBA: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua
y Cuba. Vale destacar que la CMNUCC es el único escenario multilateral en el que el ALBA actúa como grupo negociador. En este proceso
el papel de los países del ALBA se ha fortalecido enormemente, sobre
todo a raíz de Copenhague, convirtiéndose en un punto de referencia
en la defensa de los intereses del Sur, pero además en el planteamiento
de una lógica radicalmente distinta a la hegemónica en las negociaciones de cambio climático. Una lógica no centrada en lo económico
y que enfrenta el proceso de apropiación del patrimonio natural de la
humanidad y su conversión en mercancía; en contraste con la tendencia de los industrializados a convertir el cambio climático en una oportunidad para el resurgimiento del sistema financiero global en crisis.
Con seguridad no han existido propuestas más radicales y antihegemónicas en la CMNUCC desde su inicio que las enarboladas por el ALBA,
lo cual quizás se deba a una peculiaridad de las delegaciones de esos
países. El proceso de cambio en los actores y de los principios políticos que vienen ocurriendo en estos países, hace de las delegaciones del
ALBA equipos más plurales y diversos en experiencias políticas, sociales
y profesionales que los de la mayoría de las delegaciones cuyos miembros son principalmente diplomáticos, en muchos casos provenientes
de un conjunto muy pequeño de Ivy League u otras pocas universidades
elitistas y que además coinciden en los mismos foros de asuntos económicos de las Naciones Unidas. Los delegados del ALBA, actúan como
activistas en pro de un cambio orientado hacia la democracia participativa, la defensa de la soberanía, la construcción de un mundo multipolar, la defensa de los derechos de la Madre Tierra, los derechos de los
pueblos indígenas, entre otras causas. Esto se evidencia en la afinidad

Coda: Doha y la reconducción
de las negociaciones
Desde el año en que Estados Unidos decidió no formar parte del
Protocolo de Kioto, inició un conjunto de maniobras políticas destinadas a destruir el proceso de negociaciones y reconducirlo dentro de
espacios diferentes a la CMNUCC bajo principios y fundamentos diferentes a los establecidos en el convenio marco. El principal objeto de
estas maniobras es el desconocimiento por parte de Estados Unidos
y la mayoría de los países industrializados, del principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas que se establece en la Convención. Al otro lado del frente se encuentran, China, India, Brasil
y Suráfrica, cuyas economías son hoy en día de las más grandes del
mundo y cuyos niveles de contaminación son igualmente enormes.
En efecto, China ya desplazó a Estados Unidos en el primer lugar
de la lista de países más contaminantes del planeta. El planteamiento de Estados Unidos es que estos países con economías emergentes
deben asumir sus compromisos de reducción de emisiones al igual
que el resto de los incluidos en el Anexo I del Protocolo de Kioto.
El argumento de China, Brasil, India y Suráfrica es que las concentraciones de gases con efecto invernadero que ocasionan el problema
que hoy vivimos no las generaron sus países cuyas economías apenas
tienen entre diez y quince años, sino los países que se industrializaron hace trescientos años y que por ende tienen una responsabilidad
histórica, diferente a la que tenemos el resto de los países. La defensa
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Democracia radical para salvar el planeta...

que existe entre las más radicales organizaciones observadoras que
asisten a cabildear por la justicia climática en todas sus variantes y las
delegaciones del ALBA. Así lo recogen los medios de comunicación,
que siempre están atentos a las posturas y a las declaraciones del ALBA
en tanto rompen con la monotonía y el consenso hegemónico de las
negociaciones. El fortalecimiento político de las posturas anticapitalistas dentro de la CMNUCC en el lapso de los últimos tres años, ha
tenido consecuencias importantes en la reconducción de un proceso
de negociaciones dentro de sus principios originales y en evitar que, en
el camino hacia una nueva legislación que involucre a las economías
emergentes, se perviertan los principios que defienden los intereses del
Sur. La COP18 en Doha arrojó algunos resultados que son producto de
este proceso de fortalecimiento. El primero y más importante es haber
vencido definitivamente la lógica que intentó imponer Estados Unidos
en Copenhague según la cual los compromisos de reducción de emisiones no fuesen obligatorios, como lo establece el Protocolo de Kioto,
sino acciones voluntarias por parte de los países históricamente responsables del cambio climático. Por otra parte, las potencias emergentes
y aquellos países industrializados que no forman parte del Protocolo de
Kioto y que tienen altas emisiones de gases, se regirán por otro acuerdo diferente al Protocolo de Kioto pero también jurídicamente vinculante, lo cual se iniciará en el año 2020. Adicionalmente, la decisión de
Doha sienta un precedente jurídico en contra de la mercantilización
de la naturaleza, al impedir que aquellos países que habían abandonado
el Protocolo de Kioto, pudieran sacar provecho económico del mismo
mediante la comercialización de bonos previamente adquiridos que les
confieren derechos de emisión de gases con efecto invernadero más allá
del 2012, fecha en la que culminó el primer período de compromisos.
La decisión de Doha incluye también la creación de un programa de trabajo para desarrollar mecanismos de mitigación que no estén basados en mercados, sino en formas alternativas de intercambio.
Esta idea es una propuesta a contracorriente de las negociaciones que
viene siendo defendida por los países del ALBA desde 2009 y que plasma en una estructura de la Convención, el discurso anticapitalista alter-

nativo a la hegemonía economicista de la CMNUCC. Finalmente, otro
de los logros importantes para los intereses del Sur es que la decisión de
Doha obliga al establecimiento de un Mecanismo Internacional para
reconocer y financiar las pérdidas y daños asociados a los impactos
del cambio climático en los países que son especialmente vulnerables.
Este nuevo mecanismo incluirá un programa de trabajo para tratar los
daños y pérdidas no económicas como la rehabilitación, las migraciones poblacionales por efectos del cambio climático, entre otros; todo
lo cual es adicional a los fondos y mecanismos destinados a la adaptación. Así, la reunión de Doha significó avances en las posturas del Sur,
abriendo caminos para que las negociaciones climáticas se mantengan
en términos que respeten el principio de responsabilidades comunes
pero diferenciadas y que impliquen la equidad y la justicia en el aprovechamiento del espacio atmosférico común, el derecho al desarrollo
de los países del Sur según sus propias orientaciones y modelos, y la
no mercantilización de la naturaleza. En el camino de Copenhague
hasta Doha se logró posicionar el discurso anticapitalista que muestra
al cambio climático como una consecuencia del modelo económico
basado en la extracción y transformación exagerada de los bienes naturales para fomentar la acumulación de riqueza en pocas manos. Estos
avances en la CMNUCC son buenas noticias dentro de un espacio de
negociación signado por los intereses corporativos y en donde el estrecho margen de maniobra de los países del Sur, apenas permite defenderse y evitar ser aplastados. Es importante para los países del Sur que
sus gobiernos mantengan posiciones coherentes con estos avances en
el seno de la CMNUCC. Sin embargo, desde la óptica de los pueblos,
estos avances no deben amilanar la construcción de procesos de discusión al margen de las Naciones Unidas y arraigados en las bases de los
pueblos del mundo.

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Emiliano Terán-Mantovani (Caracas, 1980)
Sociólogo. Ha sido investigador del Centro de Estudios
Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), sobre temas
como el extractivismo y los límites del capitalismo rentístico
venezolano. Fue docente en la Escuela de Sociología de la
UCV y ha participado en diversos movimientos sociales así
como en el Grupo de Trabajo Permanente sobre Alternativas
al Desarrollo (Fundación Rosa Luxemburg). Es autor
de artículos y del libro El fantasma de la Gran Venezuela
(mención honorífica del Premio Libertador al Pensamiento
Crítico).

Extractivismo, “desarrollo” y cambio
climático: ¿hacia dónde marcha
la Revolución Bolivariana
en plena crisis ambiental global?
Por Emiliano Terán-Mantovani

Crisis civilizatoria, límites del planeta
y cambio climático
En Venezuela, el tema ambiental ha tenido un auge reciente en las
discusiones públicas, dentro de un contexto de una mayor concientización de los pueblos en todo el mundo acerca del problema ecológico planetario. Prueba de esto fue la consideración por parte del
presidente Chávez y su gobierno, de dicho problema como elemento
fundamental para la gestión bolivariana socialista 2013-2019: uno
de los cinco Objetivos Históricos de su propuesta electoral de país
proponía “Contribuir con la preservación de la vida en el planeta
y la salvación de la especie humana” (Chávez, 2012), con lo que en
Venezuela, país petrolero, el tema ambiental ha subido de ranking.
Esta reivindicación programática nacional surge en un período en el
que se está desarrollando toda una oleada global de “verdificación”
del capitalismo puesta en marcha desde las grandes transnacionales,
el gran capital financiero e instituciones supranacionales encabezadas
por las Naciones Unidas, los Estados y sus programas de “desarrollo”
y crecimiento sostenido, así como en los propios discursos publicitarios, la propaganda política y diversos enfoques culturales. La crisis
civilizatoria actual, en la cual confluyen una crisis económico-financiera, una crisis ambiental, una crisis energética, una alimentaria y una

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

crisis de paradigmas universalizados, ha venido rompiendo récords.
Récords de desigualdad económica −el 1 % de la población manejando casi la mitad de las riquezas globales−, récords de hambrientos
−cerca de mil millones en todo el mundo según la FAO−, récords de
precios del petróleo −147 de dólares el barril en 2008, y rondando
constantemente los más de 100 dólares en 2012−, así como innumerables y progresivos récords cada año, en pérdidas de biodiversidad,
extinción de especies, emisiones de gases de efecto invernadero, fenómenos climáticos extremos, entre otros, que van agudizando cada vez
más los efectos de esta crisis, haciendo de la vida en el planeta algo más
caótico, incierto e insostenible.
El carácter más sensible de la crisis sistémica-estructural se basa tanto en la profunda sincronicidad [sic] y amalgamiento espacio-temporal
de la globalización neoliberal (siendo que hay una estrecha interrelación entre las crisis mencionadas −la debacle de una, perfectamente
puede ser detonante de la debacle de las otras−, lo que hace del sistema-mundo un entorno muy vulnerable a los efectos dominó), como en
los potenciales peligros de rebasar los límites del planeta, los cuales
provocan que las condiciones mínimas para la vida en el mismo poco
a poco se vayan perdiendo. Esto representa una amenaza tanto para la
humanidad como para el resto de las especies de la Tierra y hace de
la crisis ambiental la más delicada y trascendental de todas, sin dejar
de reconocer por esto la importancia fundamental de la emancipación
social. La gravedad de la crisis ambiental global está atravesada por el
patrón de poder moderno colonial. Esta contradicción histórico-estructural se constituye en la construcción social de la realidad propia
del patrón biopolítico y de conocimiento de la modernidad eurocéntrica, que ha colonizado al mundo, motorizado por la expansión capitalista, y ha estructurado un conjunto de relaciones de dominación
basadas en dualismos jerarquizados: una división ontológica antropocéntrica, la cual ha escindido al sujeto −como desdoblamiento de la
razón− de su espacio ecológico, la naturaleza −como espacio inerte,
salvaje y feminizado− para así dominarla; una división ontológica intersubjetiva que establece la explotación de unos sobre otros, basados

en la idea de raza, en la que el sujeto blanco-europeo −como portador
de la razón−, coloniza a los cuerpos no-blancos “naturalizados” y espacios salvajes para de esta forma establecer una división territorial del
mundo que separa los espacios racionalizados de los espacios salvajes, la
división internacional del trabajo y de la naturaleza (Coronil, 2000;
Quijano, 2000). La reproducción histórica de este patrón de poder
moderno colonial de dominio de la naturaleza ha supuesto un rebasamiento de la propia capacidad de carga que tiene el planeta, es decir,
que los niveles de consumo impuestos por el mercado capitalista global
demandan, en un espacio y período de tiempo, una cantidad de “naturaleza” mayor de la que esta misma es capaz de reproducir y regenerar
dentro de este margen determinado. La llamada “huella ecológica”
mide estas proporciones, siendo el indicador principal del influyente
informe de la WWF, la ZSL y Global Footprint Network, denominado
Planeta Vivo, en el cual se evidencia que nuestra huella ecológica excede en la actualidad en casi un 30 % la capacidad del planeta de regenerarse, y que “Si nuestras demandas al Planeta continúan a este ritmo,
a mediados de la década de 2030 necesitaremos el equivalente a dos
planetas para mantener nuestro estilo de vida” (WWF, 2008). La voracidad ilimitada del capital que ha llevado a niveles críticos los problemas ambientales, los cuales empiezan a aparecer con frecuencia en las
discusiones intergubernamentales y en la opinión pública mundial
a partir de los años setenta, en la era de la neoliberalización se agudiza
aún más hasta llevar estos fenómenos a niveles alarmantes (Myers,
1993). Se calcula que en los últimos cuarenta años hemos perdido un
aproximado del 30 % de la biodiversidad del planeta, a la vez que aumentamos en 50 % nuestra demanda de “recursos naturales” en apenas
treinta años (WWF, 2008). Esto ha obligado al replanteamiento de la
idea de “recursos renovables”, tal y como advierte Alberto Acosta, dado
que si la tasa de extracción supera crecientemente a la tasa de reposición
de la naturaleza, como ocurre por ejemplo con los bienes forestales o la
fertilidad del suelo, los típicos problemas que enfrentamos con los “recursos naturales no renovables” podrían generalizarse con el resto de
los bienes comunes para la vida (Acosta, 2011) −nada más pensemos

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

en lo que supondrá el consumo de una posible y estimada población de
nueve mil millones de personas para 2050, bajo este esquema depredador del capital globalizado. Esta situación afecta actualmente a millones de personas con la contaminación de sus aguas, sequías extremas
y pérdidas masivas de cosechas, miles de refugiados climáticos, entre
otros. Probablemente el problema ambiental más dramático y alarmante, por las devastadoras consecuencias que podría acarrear para la
humanidad y el resto de las especies de la Tierra, sea el del cambio
climático, fenómeno ampliamente reconocido y consensuado por la
comunidad científica internacional, que en la actualidad no solo se ha
convertido en un tema de interés público mundial sino que ya ha tocado las realidades de los pueblos de todo el mundo, causando serios daños y afectaciones de vidas humanas y pérdidas materiales. El informe
del Grupo Intergubernamental de Expertos para el Cambio Climático
de la ONU 2007, que determina el carácter antropogénico10 de las causas del calentamiento global, principalmente por la emisión de gases de
efecto invernadero (GEI), nos muestra la terrible tendencia de aumento de la temperatura de la Tierra11 que se proyecta para los próximos
años, sino cesa el creciente ritmo de emisiones derivadas de la producción y consumo capitalista mundial: los probables cuatro y más grados
de aumento de temperatura promedio del planeta para finales de siglo,
y que pudiese llegar a los seis y siete grados en los polos, haría del planeta un entorno prácticamente inhóspito no solo para la humanidad sino
para un gran número de especies (Giecc, 2007). Para hacernos una idea
clara de estas consecuencias, pensemos en los fenómenos climáticos extremos de los últimos años y los consiguientes desastres sociales que
estos han implicado, con un aumento progresivo de unos tres cuartos
de grado (en promedio) de la temperatura global desde mediados del
siglo XIX hasta la fecha. De ahí que los países más pobres del planeta

se empeñen en trazar una meta en las cumbres de cambio climático que
no sobrepase los 1 °C o 1,5 °C de aumento de temperatura (no superar
las 350 partes por millón de CO2)12 para evitar, con alta probabilidad,
un cambio climático catastrófico. Sin embargo, lejos de poder establecer metas claras y concretas, lo que han dejado estas cumbres han sido
resultados más que decepcionantes. Pese a que en la COP18 de Doha
celebrada a fines de 2012, se aprobó una segunda fase del Protocolo de
Kioto, como parece ya costumbre, las reducciones de emisiones que se
establecieron allí no son acordes a la gravedad del problema −un rango
propuesto entre 25 % y 40 %, cuando lo planteado por la ciencia es
entre 40 % y 50 %−, agregándole el hecho de que tampoco se fijaron los
volúmenes de esos recortes, se hizo notoria la falta de compromiso de
transferencia tecnológica y apoyo financiero para la adaptación de los
países más vulnerables del planeta a las catástrofes climáticas, sin contar con el preocupante hecho de que, adicionalmente a Estados
Unidos, que no forma parte de este tratado, Canadá, Japón, Nueva
Zelanda y Rusia se retiraron del mismo (Orellana, R., Pacheco, D.,
2012). Esta falta de compromisos serios, ciertamente intencionada por
parte de los países ricos, junto a las evidencias más recientes de agravamiento exponencial del problema13, apuntan a una extrema dificultad
para no exceder el umbral de los 2 ºC. El informe de la Agencia Internacional de Energía, World Energy Outlook 2012, ha dicho que para
permanecer por debajo de este límite de temperatura, con un 50 % de
probabilidad, debemos dejar nada más y nada menos que dos terceras
partes de las reservas de petróleo, gas y carbón debajo del suelo (Klare,

“Antropogénico” se refiere a que estos cambios son producto del accionar del ser
humano, sumado a la variabilidad natural del clima observada durante períodos
de tiempo comparables.
11
La temperatura del planeta ha tenido un promedio de 13,5 °C desde el inicio de
su medición en el siglo XIX.
10

90

Este nivel máximo recomendado por un gran número de científicos de 350 ppm,
para estabilizar el aumento de la temperatura, lamentablemente ya lo hemos superado. La cifra llegó a 392 ppm en 2011, y la ocde proyecta que la concentración
de gei en la atmósfera podría alcanzar la insostenible cifra de 685 ppm hacia 2050
(OCDE, 2012).
13
En 2010 se llegó a un máximo histórico en las emisiones totales de gei, con
52 gigatoneladas –de CO2– equivalentes, siendo, según el Departamento de
Energía de Estados Unidos, unas 564 millones de toneladas de gases de efecto
invernadero más que en el año anterior, lo que representa un incremento de 6 %
en un solo año, el mayor del que se tenga registro. (Lander, 2012; Centeno, 2012).
12

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

2012). El propio Banco Mundial advierte que si se cumplieran plenamente los compromisos de emisiones establecidos en Copenhague
(COP15) y en Cancún (COP16), pondrían al mundo en una trayectoria hacia un calentamiento global medio de más de 3 °C, inclusive con
una probabilidad de 20 % de exceder la catastrófica cifra de 4 °C en
2100 (TWW, 2012). Cruzar el límite de los 2 ºC acarrearía terribles
consecuencias tales como la alteración de los patrones de lluvia, un acelerado avance del derretimiento de hielos permanentes y las masas de
hielo de la Antártida (en donde se está registrando una pérdida anual
promedio de doscientos mil millones de toneladas de hielo por año,
cuando en 1994 era de cincuenta mil millones); un aumento del nivel
del mar en 24 cm desde 1875 (que en la última década se ha incrementado el doble de rápido que el último siglo), junto con la acidificación
de los océanos y la alteración de los ciclos estacionales del agua y la
acentuación de la intensidad y la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos (OCDE, 2012). Esto enciende las alertas sobre la posible desaparición de ciudades costeras, riesgos en la producción de
alimentos y escenarios de hambruna y malnutrición, escasez de agua
potable, y pérdidas irreversibles de biodiversidad. El mundo con 4º C
más en promedio para fines de siglo, sería un mundo muy diferente al
que conocemos en la actualidad. Las consecuencias concretas e inmediatas de este “apartheid climático”, tal y como lo denominara la red
internacional Climate Justice Now!14, fueron denunciadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), quienes calificaron los actuales
efectos del cambio climático como “alerta de salud pública”. La directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS, María Neira, afirmaba en rueda de prensa en Durban, que: “El calentamiento global no
es una cuestión que sólo afecta a los glaciares, sino que afecta muy directamente a nuestra salud. La contaminación del aire causa tres millones de muertes, y el cambio climático afecta también al acceso del agua

potable, con el aumento de enfermedades como la diarrea y el cólera”,
afirmando que este fenómeno causa al año trece millones de muertes
en todo el mundo15.

Esta coalición de organizaciones sociales ha planteado que las consecuencias de la
inacción de los países ricos en las COP “constituirá una sentencia de muerte para
África, los Pequeños Estados Insulares, y los más pobres y vulnerables alrededor
del mundo” (CJN, 2012).

14

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Desarrollismo petrolero, extractivismo
y cambio climático: los dilemas de la Revolución
Bolivariana de Venezuela
El panorama de inacción ante el avance de la expansión capitalista en
la era neoliberal es sumamente preocupante y exige una contundente y seria llamada de alerta global. Ante esta situación, los gobiernos
progresistas latinoamericanos, principalmente los del ALBA, y en
especial Bolivia, Venezuela y Ecuador, habían levantado sus voces en
franca oposición no solo a los puntos que se presentaban como acuerdos en las Conferencias de las Partes sobre Cambio Climático, sino
a la hipocresía manifiesta en estos encuentros, en los que los gobiernos ricos hablaban de reivindicaciones con el planeta mientras que
continuaban haciendo negocios a costa de la destrucción del mismo
y del empobrecimiento y perjuicio a la vida de las poblaciones más depauperadas y excluidas. Tal fue el caso de la COP15 de Copenhague,
celebrada en 2009, donde los célebres discursos de los presidentes
Hugo Chávez y Evo Morales, parecían mostrar que los pueblos y movimientos sociales antisistémicos, anticapitalistas y/o altermundistas
tenían una vocería en aquellas cumbres, línea que tuvo continuidad
en la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, efectuada en Cochabamba
en 2010 y convocada por el gobierno de Evo Morales. Sin embargo,
esta especie de división dada en estas cumbres, entre gobiernos decididamente depredadores con la naturaleza, y otros con propuestas
15

La ocde sostiene que la contaminación del aire se convertirá en la principal causa ambiental de mortalidad prematura en el mundo, unas 3,6 millones de víctimas para 2050 en el mundo, la mayoría de las cuales ocurrirán en China e India.
(OCDE, 2012).

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

alternativas al modelo capitalista parece haberse disuelto. De una
u otra forma, y en un grado u otro, los proyectos alternativos propuestos por estos gobiernos, que nacieron en un contexto de resistencias sociales ante los avances de medidas neoliberales en la región,
han venido cediendo ante la presión del proceso de acumulación por
desposesión (Harvey, 2007) y la razón de Estado. Ya en la COP16
de Cancún, Bolivia era la única que mostraba algún disenso con el
documento final, siendo que Venezuela no solo tuvo una actitud
sumisa ante las propuestas elaboradas sino que, a juicio de Silvia
Ribeiro, fue una pieza clave para aprobar lo que Hugo Chávez rechazara el año anterior (Ribeiro, 2011). La postura venezolana respecto a las claras y firmes reivindicaciones contestatarias de otrora
en estas conferencias ha estado en franco retroceso. Prueba de ello
es la posición nacional en la Cumbre de Río+20, celebrada en Río
de Janeiro entre el 20 y el 22 de junio de 2012. En ella, y a pesar de
la extensa y sistemática crítica de intelectuales y movimientos sociales globales a la denominada economía verde −e incluso de algunas
reconocidas vocerías políticas en el país−, la viceministra de Relaciones Exteriores para América del Norte y también representante de la nación venezolana en Río+20, Claudia Salerno, apostó por
una “economía verde social”, al tiempo que, tanto Greenpeace como
Climate Action Network acusaban a Venezuela de “demoler” el
Plan de Rescate de Océanos −junto a Estados Unidos, Rusia y Canadá−, y de “bloquear consistentemente” las negociaciones para
la eliminación de combustibles fósiles −junto a Arabia Saudita− (Naidoo, 2012; Tsenikli, 2012; CAN International 2012) respectivamente. En Venezuela, al igual que en el resto de América
Latina, se enarbola la bandera del tan mentado “desarrollo” como
meta nacional de “progreso”, un “desarrollo” motorizado por el notable crecimiento de la demanda de materias primas impulsadas
principalmente por las llamadas “potencias emergentes”, las Brics
(Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), quienes encabezadas por
China, han reimpulsado los esquemas extractivistas latinoamericanos, redefiniendo su papel neocolonial en la división internacional

del trabajo, y reproduciendo los males de la dependencia propios de
estos esquemas. De esta manera, tanto gobiernos neoliberales como
gobiernos progresistas, con sus diferentes grados de inclusión social,
están apuntando hacia metas de crecimiento económico sostenido −
acumulación sin fin de capital−, el llamado “desarrollo” (capitalista) a
partir del extractivismo como esquema rector de la completa estructura nacional. Este auge extractivista y su proyección en el aumento de
los excedentes provenientes de la renta por exportación han supuesto
para los gobiernos progresistas la posibilidad de generar extraordinarios impactos en los procesos de inclusión y participación social, que
han implicado una ampliación de los espacios de democratización
y de históricas reivindicaciones populares, lo que, junto con una serie
de propuestas y prácticas alternativas a los modelos eurocentrados, lograban dar fuerza a unas propuestas nacionales que se han presentado
como verdaderas alternativas al modelo moderno/capitalista/colonial. Sin embargo, estos modelos no han logrado superar contradicciones estructurales que rebasen la lógica neocolonial, en la medida
en que han reproducido, con algunas variaciones contemporáneas, los
históricos esquemas extractivistas articulados a la dependencia con el
mercado de la globalización neoliberal, y al desarrollismo como lógica
de crecimiento (acumulación) capitalista sostenido (sin fin) administrado por un Estado corporativista, lo cual está en gran disonancia con
la gravedad de la crisis ambiental global.
El ideal de “desarrollo” al cual se apela como paradigma y valor
social nacional, es un referente contemporáneo de la misión civilizatoria de la modernidad colonial. Desde la formación del nuevo orden
de la posguerra (1945+), en torno al poder y hegemonía de Estados
Unidos, la idea de “desarrollo” se ha globalizado −a la vez que ha contribuido, con su potencial neocolonial, al establecimiento de eso que
llamamos “globalización”−, como patrón discursivo, dándole continuidad a los ideales eurocéntricos del “progreso” y la “civilización”, en
nombre de los cuales Occidente, como identidad racial/geográfica ha
colonizado a su alteridad “salvaje”. De esta manera, la noción de “desarrollo” representa un esquema para comprender la realidad, reordenar

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

el mercado mundial y la división internacional del trabajo, producir
subjetividades dominantes y subalternas (el sujeto “tercermundista”),
y para el control y la configuración del espacio (que a su vez supone
un control colonial sobre la naturaleza). Esto se hace a partir de una
idea de crecimiento sin fin bajo la plataforma de la administración
de la alta política, la ciencia y la tecnología. El ideal del “desarrollo”
es, pues, un patrón monocultural hegemonizado e incorporado por
los gobiernos de las potencias capitalistas −primordialmente el de
Estados Unidos−, por los grandes centros de producción científica
y académica occidentales, por las instituciones supranacionales bajo
el orden de las Naciones Unidas, y por las grandes cadenas multinacionales de las comunicaciones a las periferias del sistema-mundo
−los llamados “subdesarrollados”−, riñéndose constantemente con
los modelos y producciones culturales locales, las cuales sufren los
embates del hecho de que sus gobiernos se coloquen esa camisa de
fuerza llamada “desarrollo”. La noción de “desarrollo” bajo el esquema
extractivista neocolonial ha sido no solo mantenida en la Revolución
Bolivariana, sino que se ha visto intensificada en todos sus ámbitos.
Los logros en inclusión social y participación política, reducción de
las desigualdades económicas, incorporación de la población marginada a procesos educativos formales, aumento de la promoción cultural local, popular y regional; recuperación de infraestructuras y, en
general, la construcción de una conciencia crítica al capitalismo, han
sido notables. Sin embargo, estos avances se han sostenido y aún se
sostienen, sobre la profundización del modelo extractivista neocolonial: agrandamiento del modelo rentista-petrolero, lo que conlleva
a una mayor integración con el mercado mundial de la globalización
neoliberal, crecientes fases de endeudamiento con el gran capital
financiero transnacional y de progresiva asociación con empresas
transnacionales, incremento del poder económico del Estado rentista
en detrimento del poder popular, y el evidente avance de la modernización/colonización territorial capitalista, agravando la devastación
y apropiación de los bienes comunes naturales, sumado al aporte general a la crisis ambiental y climática mundial. Esto representa una

contradicción fundamental que profundiza las tensiones sociales
y ecológicas en plena crisis civilizatoria y que interpela a la propia
Revolución Bolivariana sobre el destino al cuál se dirige. El discurso
del “desarrollo” en la Revolución Bolivariana de Venezuela, como hoja
de ruta para el ejercicio del poder político, está construido sobre la
base de tres grandes relatos: el mito moderno/colonial y eurocéntrico
del “progreso” como destino civilizatorio de la humanidad, el mito
nacionalista del Estado-patria bolivariano y su misión emancipatoria,
y el mito de la “riqueza” petrolera como trampolín para el progreso
(“desarrollo”) y la emancipación nacional. Estos tres relatos constituyen el imaginario social venezolano y su proyección discursiva
y material en torno al “desarrollo”, siendo este un discurso que permite
la construcción de subjetividad e identidad, así como logra ordenar
un campo de representaciones referencial que apunta al ordenamiento
social y espacial de la nación, articulado al esquema extractivista neocolonial. Nuevamente, pero ahora con mayor intensidad, el petróleo
representa el puente entre la dependencia y la sumisión nacional al
gran capital, por un lado, y el ansiado “desarrollo” y la emancipación
patria, por el otro. Para esto, el Gobierno bolivariano se ha propuesto
duplicar su producción petrolera, de tres a seis millones de barriles
diarios −cifra sin precedentes en la historia venezolana−, a pesar de
las claras dificultades contenidas en los esquemas extractivistas dependientes, maximizadas estas en la crisis civilizatoria y que en términos
ambientales está rebasando sus límites de sostenibilidad. El presidente
Chávez parecía haber resaltado la necesidad de salir de este esquema
rentista capitalista, al afirmar que, en vías del Segundo Plan Socialista de la Nación, se estaba trabajando en “los campos de la transición”
hacia una nueva etapa programática que hará del próximo plan nacional un plan postrentista, postcapitalista y postsocialista (El Universal,
2012), lo cual se formalizó en el programa de la candidatura presidencial para la gestión bolivariana socialista 2013-2019, en la que se propone “impulsar y consolidar una economía productiva, redistributiva,
post-rentista, post-capitalista” (Chávez, 2012). No obstante, en dicha
propuesta se evidencia una continuidad en su estrategia de “desarrollo”

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

nacional del plan anterior 2007-2013: convertir a Venezuela en una
potencia energética en torno a sus recursos, principalmente el de la
explotación petrolera16. El bastión del “desarrollo” es la Faja Petrolífera del Orinoco, una extensión de 55 314 km2 al oriente del país, que
representa la acumulación de petróleo más importante del mundo, lo
cual llevó a Venezuela al primer lugar en reservas mundiales de este
recurso17. Es la “Nueva Arabia Saudita”, en palabras del presidente de
la estadounidense Chevron para África y América Latina, Alí Moshiri,
según declarara en el Congreso de Hidrocarburos que se celebró en
septiembre de 2011 en Puerto La Cruz, Venezuela (AFP, 2011). En
el acto de nacionalización de la Faja Petrolífera del Orinoco, el 26 de
febrero de 2007, el presidente Chávez afirmaba: “Ayer se estaba cumpliendo un año más de La Cosiata, la traición a Bolívar. A Bolívar lo
echaron de aquí, lo expulsaron de Venezuela y querían hasta fusilarlo.
Así nació la Patria, con un pecado original. Hay una sola forma de lavar
ese pecado original, haciendo realidad el proyecto revolucionario de
Simón Bolívar, y nos corresponde a nosotros hacerlo ahora 200 años
después” (Pdvsa, 2007).
La nacionalización de la Faja del Orinoco, inscribía a esta en el
mito emancipatorio del “desarrollo” y de la (segunda) independencia estatizada de la patria. La vieja idea de una “gran Venezuela” reencarna en la noción de la Venezuela “potencia energética” mundial:
Pdvsa anuncia, a través del ministro de Energía y Petróleo, Rafael
Ramírez, que pretende incrementar la producción de la Faja Petrolífera del Orinoco a cuatro millones de barriles por día (b/d) en el
año 2014, a través del Plan Tricolor, con un objetivo de llegar a la
cantidad de 6 862 000 de b/d en el 2021 (Gómez, 2010). Ramírez
sostiene que: “Esta producción es la base material para el desarrollo

del socialismo en nuestro país y nos va a permitir consolidarnos como
una gran potencia energética y apalancar todos los planes de nuestra
nación” (AVN, 2011). El presidente Chávez también expresó, en el segundo aniversario de la nacionalización de la Faja del Orinoco que:
“Nosotros vamos a pasar a ser, ya estamos pasando a ser, una potencia petrolera. Una potencia petrolera mundial. Ya lo somos” (Pdvsa,
2009), mientras que no dudó en aumentar las aspiraciones nacionales
al afirmar: “Algún día, estaremos produciendo 10 millones de barriles
diarios de petróleo”, meta alcanzable en el año 2039, y que “tenemos
petróleo para 400 años” (Méndez, 2012), lo que en el contexto de la
crisis ecológica global y los límites del planeta, es un planteamiento
verdaderamente esquizofrénico. Esta lógica desarrollista y extractivista parece ser una especie de sentido común compartido por los
estados latinoamericanos y la alta política en general. No es de sorprendernos que incluso, el proyecto de la derecha venezolana, representada en la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), esté
también basada en ideas desarrollistas y extractivistas. En su campaña
presidencial, Henrique Capriles Radonsky, invitaba a todos los venezolanos a montarse en el “autobús del progreso” (Noticias 24, 2012),
eslogan de su campaña y bandera principal que enarbolaba en cada
discurso. El documento Lineamientos del Programa de Gobierno
de Unidad Nacional (2013-2019) expresa, a partir de una crítica al
gobierno del presidente Chávez pero con una idea similarmente desarrollista: “Después de la destrucción de que ha sido objeto nuestro
aparato productivo, nos comprometemos a hacer del petróleo una palanca para el bienestar y el progreso” (Mesa de la Unidad Democrática,
2011). La manera para hacer palanca de este progreso es, nuevamente,
aumentando la producción petrolera:

La exposición de esta propuesta aparece de lo general a lo particular. Al ver el
desglose de los detalles, podemos notar que la transformación hacia una potencia
está básicamente orientada hacia una potencia petrolera (Chávez, 2012).
17
Las reservas de Venezuela “al 31 de diciembre de 2010 ascienden a 296 mil 501
millones de barriles de petróleo de Reservas Probadas, las cuales fueron certificadas por empresas especialistas internacionales e incluidas en los libros de Reservas
del Ministerio del Poder Popular para la Energía y Petróleo” (Pdvsa, 2010).

El patrón de consumo energético previsible aconseja invertir
en el desarrollo de las reservas de crudos del planeta, a pesar
de la actual crisis mundial. Tales inversiones incrementarían la
capacidad de producción global ante el crecimiento esperado
en la demanda de China, India y otros países en desarrollo, contribuyendo a estabilizar los precios del crudo. Aunque el interés

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

por estabilizarlos pueda ser compartido por la mayoría de los
miembros de la OPEP y por otros países petroleros, pocos de
ellos tienen reservas como para aumentar significativamente su
producción. Venezuela está entre los que podrían hacerlo y le
conviene (como país y como miembro de la OPEP) comenzar
a invertir para incrementar su capacidad futura de producción
(Mesa de la Unidad Democrática, 2011).18

guerra configura la civilización como petrolera. En este sentido, al ser
el petróleo la sangre de la maquinaria capitalista, tiene vínculos territoriales y no-territoriales con la crisis ecológica mundial. La extracción
petrolera afecta los territorios donde se produce la misma, devastando
ecosistemas y afectando a pueblos enteros; la expansión de la frontera
petrolera viene impulsada por la propia lógica expansiva del capital.
Por otro lado, la producción de petróleo implica la continuación de
todas aquellas formas de producción, consumo y vida que emergieron con la civilización petrolera, y esto supone la ampliación de las
consecuencias que conlleva la sociedad de consumo para el planeta
y sus límites materiales. Entre estas consecuencias, está el cambio
climático que tiene un muy estrecho vínculo con la quema de combustibles fósiles. Todo esto bajo la lógica del capital, siendo que la
industria petrolera es una industria mundialmente oligopólica y que
estas empresas (sean privadas o estatales) juegan, al igual que cualquier empresa mediada por esta lógica, a la minimización de costos
que afecta obviamente al ambiente, el cual, por lo general, no solo no
se incluye en los pasivos cuando es afectado sino que se evita tomar
en cuenta para no perjudicar la sagrada rentabilidad. Lo antes descrito ha sido una tendencia muy marcada en la extracción petrolera,
siendo su condición estructural y entrando en franca contradicción
con un modelo sustentable de sociedad. Esto lo reconoce el propio
Ministerio del Poder Popular para el Ambiente de Venezuela (actualmente Ministerio del Popular para el Ecosocialismo y Aguas), cuando afirma que: “Los imperativos de sustentabilidad determinan que
el modelo, basado fundamentalmente en la explotación de recursos,
resulte sencillamente inviable en el mediano plazo” (MPPA, 2010).
La mayor consideración y concientización de los pueblos en todo el
mundo sobre las dimensiones del problema ecológico planetario, coloca cada vez más en entredicho este modelo petrolero y ha supuesto
para sus defensores, una serie de reajustes, readaptaciones y conflictos
que intentan edulcorar este tipo de extractivismo. Esto se inscribe en
el contexto global del surgimiento de la noción de desarrollo sostenible, una noción que intenta colocar un apellido ecológico al concepto

De esta manera la “grandeza de Venezuela” pareciera medirse por
la cantidad de petróleo que pueda extraer diariamente de su subsuelo.
El Estado-patria hace realidad los mitos por medio de los petrodólares que circulan por las venas del cuerpo nacional. La nación-potencia −del latín potentia, fuerza y poder, recordando algunas históricas,
patriarcales y eurocéntricas pretensiones nacionalistas−, es proporcional a la cantidad de millones de barriles de crudo que se pueden producir diariamente: si la “gran Venezuela” de Carlos Andrés Pérez quería
ser grande por el boom de precios, esta “Venezuela-potencia” lo pretende por altos precios y por alta capacidad de extracción simultáneamente. Es el nuevo extractivismo acorde a la crisis energética. Existe,
pues, una notoria y fundamental contradicción entre ser una potencia
energética y “Contribuir con la preservación de la vida en el planeta
y la salvación de la especie humana” −quinto objetivo histórico de la
propuesta electoral socialista para 2013-2019−, debido al papel que
ha jugado el petróleo en los niveles de degradación ambiental global
mencionados. Recordemos que, primordialmente después de la posguerra, el mundo en el que vivimos es un mundo adicto al petróleo; la
base energética de la globalización, de la sociedad de consumo y de todo
su estilo de vida, y prácticamente cada objeto y relación social en el sistema-mundo contemporáneo, está marcado directa o indirectamente
por los hidrocarburos, especialmente el petróleo. El mundo de la pos No deja de llamar la atención el interés de la MUD en “estabilizar” los precios
del petróleo (con tendencia a la baja). El enfoque de estos sectores neoliberales nacionales, presente en dicho documento, se orienta obsesivamente hacia el
enaltecimiento de la propiedad privada, al fin de la “ideologización” del Estado
interventor, y al auge de las “libertades”.

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

tradicional −y depredador− de desarrollo, pero que no renuncia al
esquema productivista capitalista y lo lleva a pensar en la administración “eficiente” de los llamados “recursos naturales”. De esta forma,
se superpone la economía a la ecología, capitalizando la naturaleza
por medio de la administración de las instituciones estatales, grandes
capitales transnacionales, academias científicas; básicamente desplazando a los pueblos de la participación y el vínculo con sus territorios
y cosmovisiones. En todo caso, con el discurso del “desarrollo sostenible”, la matriz de producción orientada a la acumulación sin fin de capital, aquella que ha provocado la crisis ambiental, aparece incuestionada.
El desarrollo sostenible contiene una contradicción insalvable: no es posible la vida del sistema capitalista sin el proceso de acumulación sin
fin de capital; y no es posible el crecimiento sostenido económico (sin
fin) en un planeta con recursos limitados. En Venezuela el desarrollo
sostenible es uno de los principios de la planificación ambiental por
parte del Estado y uno de los pilares fundamentales de su idea de desarrollo −con rango constitucional en el artículo 128−, junto con la
noción de desarrollo endógeno. Ante el carácter rentista petrolero del
modelo económico venezolano, la noción de desarrollo sostenible intenta conciliar el creciente extractivismo petrolero con la necesidad
de detener la destrucción ambiental. Pero esta conciliación se ha resuelto como una asimilación de lo ecológico ante lo productivo: en
este caso lo verdaderamente transversal en el modelo del socialismo
del siglo XXI −aunque se quiera plantear como un “socialismo ecológico” o “ecosocialismo”− es la explotación petrolera, y en especial
el objetivo fundamental de convertir a Venezuela en una “potencia
energética mundial”. De ahí que la representante para Venezuela en
Río+20, Claudia Salerno, afirmara en su intervención en dicha cumbre
que “Nuestro derecho al desarrollo no es negociable” (UN Webcast,
2012), a su vez que lograba representar esta tensión/asimilación propia del “desarrollo sostenible” cuando expresó: “Tenemos una vocería
particular, por cuanto queremos un régimen mixto que sirva para la
explotación, pero también para la preservación” (AVN, 2012). Para
Petróleos de Venezuela (Pdvsa), corazón del modelo rentista venezo-

lano, el “desarrollo sostenible” −el gran paradigma triunfante en el
documento final de la Cumbre de Río+20 (Terán-Mantovani, 2012)−
como crítica al daño ambiental provocado por el esquema productivo,
obviamente no supone un cuestionamiento del patrón energético en
torno a los hidrocarburos, siendo más bien que la solución se orienta
a un manejo “racional” de la energía. En un informe ambiental de
Pdvsa 2010, se expresa: “El desarrollo de los pueblos está vinculado estrechamente al uso de la energía y los combustibles fósiles como principal fuente para abastecer la creciente demanda. El desarrollo sustentable se traduce en asumir nuevas conductas en cuanto al consumo y uso
de los recursos, incluyendo el uso racional de la energía, entre otros”
(Pdvsa, 2010). Esto se hace igualmente presente en las Líneas Generales
del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2007-2013, en
el que nuevamente, y a pesar de reconocer el problema provocado por
la producción y consumo de combustibles fósiles, se unen surrealistamente dos contrasentidos, a favor de un “extractivismo sustentable”:

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El consumo de hidrocarburos de origen fósil ha estado vinculado con patrones industriales y de consumo depredadores del medio ambiente. El modo de producción capitalista
no sólo estratifica a los seres humanos en categorías sociales
irreconciliables, sino que impone un uso irracional y ecológicamente insostenible de los recursos naturales. El capitalismo
ha socavado las condiciones de vida en la Tierra. El impacto
de las actividades humanas ha superado con creces la capacidad de carga del planeta, y son precisamente los pobres los
que se ven más afectados por la degradación ambiental. La
producción y el uso de los recursos petroleros y energéticos deben
contribuir a la preservación del ambiente (Chávez, 2012).

Esta política de asimilación de lo ecológico por el extractivismo
petrolero, no elimina el hecho de que la política ambiental venezolana de la Revolución Bolivariana haya logrado algunos avances
en esta área, tales como darle rango constitucional al cuidado del
ambiente (artículos 127, 128 y 129 de la CRBV), prohibición y
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

penalización de la pesca de arrastre, la Ley de Aguas de 2007, la
lucha contra la minería ilegal, las Misiones Árbol y Revolución
Energética, la concepción de los núcleos de desarrollo endógeno
(Nudes), varios proyectos de educación ambiental, entre otros. Sin
embargo, lo que hemos venido exponiendo es que, en el contexto de
una crisis civilizatoria marcada determinantemente por una crisis ambiental mundial, estos avances sociales y ambientales están finalmente
enmarcados en una intensificación del esquema desarrollista extractivista neocolonial que tiende a agravar de manera muy preocupante los
males originados por este modelo global. Existen tres factores compensatorios, para esta política extractivista contradictoria: la noción
de “sembrar el petróleo”, la lucha contra la pobreza y la defensa contra
el imperialismo. Estos tres factores poseen una poderosa capacidad
justificatoria que intentan, y en muchos casos logran, obtener legitimidad social para este esquema extractivista dependiente del mercado mundial capitalista, y depredador de la Madre Tierra. La idea de
“sembrar el petróleo” nace en el país desde 1936, cuando Arturo Uslar
Pietri esquematiza las propuestas de Alberto Adriani sobre una necesaria transición hacia un esquema productivo a partir de la renta petrolera,
y que el gobierno de la Revolución Bolivariana ha retomado para plantear que la renta petrolera debe ser “sembrada” para el “desarrollo” y la
felicidad del pueblo19, aunque a diferencia de gobiernos anteriores, más
que una transformación productiva parece orientarse a una implantación cortoplacista de la modernidad. Esta idea ha sido intensamente
debatida por muchos años, siendo que en algunas posturas se plantea

la imposibilidad estructural de este “desarrollo” petrolero20. En todo
caso, el gobierno actual ha impulsado el plan de negocios de Pdvsa,
denominado Plan Siembra Petrolera, el cual busca la internalización
−mantener e incrementar el nivel probado de las reservas de petróleo
y la capacidad de producción−, e internacionalización de los hidrocarburos −captación de nuevos mercados que permitan posicionar en el
ámbito internacional los nuevos productos no convencionales derivados de la industrialización de los hidrocarburos (MPPA, 2010)−, lo
que apunta a una intensificación del modelo extractivista neocolonial.
Por otro lado, se traza como objetivo fundamental la lucha contra la
pobreza, haciendo referencia a una realidad concreta, el empobrecimiento de pueblos y naturalezas, pero planteando soluciones bajo el
mismo esquema que la produjo: expandiendo el esquema neocolonial de acumulación por desposesión, polarización social y colonización de la naturaleza. La solución parece ser continuar los procesos
de modernización colonial empobrecedores de pueblos y territorios.
¿A qué concepto de pobreza estamos recurriendo? ¿Bajo qué parámetros
establecemos cuándo somos “ricos”? Además, ¿toda la destrucción ambiental ha sido considerada como pérdidas en las cuentas económicas?
Por último y no menos importante, el problema geopolítico de alta
conflictividad ha hecho a los gobiernos recurrir al discurso nacionalista
para justificar la intensificación del extractivismo, en nombre de los intereses de la nación. Esto por un lado, instala un clima de Guerra Fría,
como estado de excepción permanente, y por otro lado, invisibiliza los
conflictos “ecoterritoriales” (Svampa, 2011) que trascienden la lógica
de la guerra entre Estados-nación −una guerra ecoterritorial puede
ser desarrollada por una comunidad contra su mismo Estado, probablemente en connivencia con los grandes capitales transnacionales.

En octubre de 2011, el presidente Chávez afirmaba: “Me da gusto ver cómo avanzamos en el gran proyecto de la Faja Petrolífera del Orinoco (FPO). Es la siembra
petrolera, todo ese petróleo es para el pueblo venezolano, para sembrarlo como
riqueza y convertirlo en desarrollo integral y humano a través de la distribución
equitativa de la riqueza, que es la línea central de la estrategia bolivariana para
salir del atraso, de la pobreza, de la miseria y darle una mayor suma de felicidad
posible a nuestro pueblo”. (AVN, 2011).

19

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20

Juan Pablo Pérez Alfonso, uno de los fundadores de la opep, hacía referencia a
la “imposible siembra petrolera”. No es este el espacio para profundizar el debate
sobre la noción de Siembra Petrolera. En todo caso, queremos evidenciar que esta
noción se inscribe en la lógica del “desarrollo”, que descontextualiza el carácter
sistémico de la economía-mundo (Ver: Pérez-Alfonzo, 2009; Mendoza-Pottellá,
2008; Mieres, 2010; Baptista, 2004).

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

Esto subraya el carácter complejo y transnacionalizado de la guerra en
la globalización neoliberal, y de lo que David Harvey ha denominado
el “nuevo imperialismo” (Harvey, 2007)21. De esta manera, al exponer estos tres factores compensatorios, no pretendemos invalidar su
materialidad, sino problematizar su discursividad, y la forma cómo,
desde la razón de Estado, logran articularse primordialmente con los
procesos de extractivismo neocolonial. Esto básicamente muestra las
tensiones presentes en América Latina, entre un campo abierto para la
transformación, inaugurado por las movilizaciones populares contra
el neoliberalismo e institucionalizado por los gobiernos progresistas,
y otro campo que presiona por reajustes de la acumulación capitalista
en el neoliberalismo en plena crisis civilizatoria. El problema es que,
desde la racionalidad y la práctica política de los Estados, se están reestructurando y configurando vías y mecanismos para la acumulación
por desposesión que apuntan a agravar sensiblemente la crisis ambiental y climática global.
Esto no borra el marco de profundas asimetrías de poder en el sistema-mundo, que encadena el extractivismo a la geopolítica del capitalismo. No obstante, si bien de las siete mil millones de personas que
viven en el planeta, setecientas millones son las responsables del 50 %
de las emisiones globales de CO2, mientras los tres millones de personas más pobres solamente emiten el 6 % del CO2 (Assadourian, 2010)
−lo que se ha dado a llamar “responsabilidades comunes pero diferenciadas”−, por otro lado, hay también que recalcar que es importante
no solo reflejar los orígenes territoriales de las emisiones, sino también
su carácter sistémico y desterritorializado. Es decir, la contaminación
y emisiones de gei se producen no solo por la articulación orgánica

de funciones en la economía-mundo y la división internacional del
trabajo −las periferias surten al centro, de las energías y “recursos naturales” para que este pueda seguir emitiendo sus gases22−, sino que por
la propia transnacionalización del sistema-mundo contemporáneo,
los factores no-territoriales se entrecruzan con aquellos territoriales
haciendo de las cuentas “nacionales” de emisión de GEI algo bastante
complejo. La lucha por el reconocimiento de los derechos humanos
y ambientales exigidos al Estado por parte de los pueblos, no parece
ser solo un asunto de “problemas domésticos”. En resumen, al pensarnos como periferias, debemos tomar en cuenta no solo nuestro papel
bajo el esquema depredador y extractivista del capitalismo neoliberal
en el marco de la división internacional del trabajo, sino la forma en
que evaluamos cuándo el Estado nacional está velando por los intereses territoriales e incluso nacionales y cuándo no. Bajo el esquema extractivista de los gobiernos progresistas esto puede ser muy complejo
y difuso. Esto último, nuevamente interpela al Estado venezolano y su
papel respecto a su función extractivista para el mercado mundial. El
rol de Venezuela como gran productor de combustibles fósiles es importante en torno al problema de cambio climático. Si bien nuestra
contribución a las emisiones de gei es mínima en términos relativos

De ahí que Harvey afirme que las intervenciones militares no son más que la
punta del iceberg imperialista. Para un análisis de la reconfiguración de la guerra
en la globalización ver: Hardt y Negri (2007).

21

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Eduardo Gudynas expone cómo el cambio climático es abordado de manera
equivocada en América Latina: “Más allá de la insistencia en reclamar compensaciones financieras o asistencia tecnológica a los países industrializados, los gobiernos latinoamericanos enfocan sus acciones y discursos en un tipo de emisiones
que, en realidad, corresponden a las prioridades de los países industrializados
y no a las propias. En efecto, las naciones ricas deben reducir sus gases invernadero
originados en sectores como transporte, generación eléctrica o industria, ya que estos representan la parte sustancial de sus emisiones (en la Unión Europea alcanzan el
90 % del total). Sin embargo, en América del Sur, el mayor aporte (75,2 %) proviene de los cambios en el uso de la tierra, deforestación y agricultura (datos de
emisiones de CO2 equivalentes, para el año 2000, CAIT del World Resources
Institute). Por lo tanto, el problema más urgente y grave acerca del cambio climático en América del Sur se origina en las políticas agropecuarias, los usos de
la tierra y las exportaciones agroalimentarias –justamente temas que estos países
evitan discutir–. Es evidente que esta es una temática mucho más urticante que
mantener campañas de publicidad a favor de automóviles híbridos o el recambio
de lámparas de bajo consumo” (Gudynas, 2010).

22

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

−0,53 % del total de CO2 mundial para 2009−, nosotros producimos
el petróleo que otros queman. Y la tendencia a la que apuntamos con
la intensificación de nuestro extractivismo petrolero, es a ocupar un
lugar aún más relevante en el auge global de emisiones de GEI. Esto
se debe a dos razones fundamentales: una, a la pretensión de duplicar
nuestra producción petrolera cuando la mayor parte de los habitantes
del planeta plantean, de una u otra forma, iniciar transiciones hacia el
uso de otro tipo de energías más limpias; la otra, al hecho de que el bastión de nuestro extractivismo hidrocarburífero sea la Faja Petrolífera
del Orinoco, una región en la cual el 90 % del petróleo es extrapesado
(el más altamente contaminante). Esto evidencia que Venezuela se ha
montado en la ola de los crudos no convencionales, la cruzada desesperada de un mundo adicto al petróleo dispuesto a cualquier cosa con
tal de mantener el flujo corriente de hidrocarburos. La crisis energética
en el marco de la crisis civilizatoria, que hace notable el declive de gran
parte de las fuentes de crudos accesibles y más livianos, ha presionado para el inicio de una enloquecida carrera por buscar más petróleo
en zonas de difícil acceso, lo cual no solo representa explotaciones de
mayores costos sino que los daños ecológicos son más significativos
y amplía las consecuencias tanto de accidentes ambientales, como del
disparo aún mayor de las emisiones de GEI. Los avances tecnológicos,
generalmente en manos de empresas transnacionales, las cuales buscan reapropiarse de fuentes que han sido estatizadas, están abriendo
nuevas posibilidades a la explotación de hidrocarburos no convencionales que antes no era posible explotar, lo que sería ya un agravante
a la crisis climática global23. De esta forma, proyectos de exploración
y explotación de crudos no convencionales, como las arenas bituminosas de Alberta, en Canadá; los hidrocarburos de aguas profundas
y de alta mar en África y Brasil; el petróleo pesado en la Amazonía
occidental y los crudos bituminosos en África y Venezuela (Heinrich

BöllStiftung, 2011) −los de la Faja del Orinoco− están en auge24.
Los crudos extrapesados de la Faja del Orinoco, son unos de los que
más emiten GEI del mundo, tal y como lo advierte la Fundación
Heinrich Böll: “However, in terms of a lifecycle analysis, this still means
that ‘Venezuela bitumen, Canada oil sands, and Nigeria stand out as
having high ghg emissions compared to other sources’, with Venezuelan
bitumen having emissions of 30.8 kg CO2E/MMBtu LHV diesel, second
only to that of diesel processed from Canadian oil sands”25. Esta maximización de las consecuencias ambientales aplica para el resto de las
fases de producción26. Cuando echamos una mirada a lo interno de
nuestras propias emisiones de gei, descubrimos lo profundamente
arraigado que está el esquema extractivista en nuestra estructura social, pero, y sobre todo, las profundas dificultades que la Revolución
Bolivariana ha tenido para abandonar dicho esquema. El primer
inventario de emisiones de GEI realizado en el país en 1999, inscrito
en la Convención Marco sobre Cambio Climático, señalaba que
Venezuela representaba el 0,48 % del total de emisiones globales
(Gabaldón, 2011), y que el 77 % de sus gei provenían de actividades del sector energético, básicamente del sector petrolero, “siendo la
Costa Oriental del Lago de Maracaibo, la Península de Paraguaná,
el área aledaña a Puerto Cabello, el eje Puerto La Cruz-El Tigre
y los alrededores de Maturín las áreas más afectadas” (MPPA, 2010;
Márquez, 2011). Esta estructura energética de alto flujo de gases coloca a Venezuela en cuarto lugar en emisiones de CO2 en América Latina

Sobre los riesgos ambientales de los crudos no convencionales, véase: Klare
(2011).

23

108

Sobre los daños ambientales de las arenas bituminosas de Alberta en Canadá,
véase: Cardozo (2012). Sobre el agravamiento del calentamiento global a raíz
del gas de esquisto. Véase: Leahy (2012).
25
“Sin embargo, en términos de un análisis del ciclo de vida, esto todavía significa que ‘el bitumen de Venezuela, las arenas bituminosas de Canadá, y Nigeria
destacan por tener altas emisiones de gei comparados con otras fuentes’, con el
bitumen venezolano teniendo una emisión de 30.8 kg CO2E/MMBtu LHV diesel,
segundo lugar sólo por el Diesel procesado de las arenas bituminosas canadienses” (Heinrich BöllStiftung, 2011).
26
Sobre los daños generales que pueden generarse en la producción de crudos extrapesados de la Faja del Orinoco, véase: Terán-Mantovani (2012).
24

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

después de México, Brasil y Argentina (Terán-Mantovani, 2012) y en
el puesto treinta del mundo en 2009, a pesar de ser un país con relativa
poca población y una estructura económica nacional poco industrializada −al menos en comparación con los tres países antes mencionados.
De igual manera, llama la atención la producción per cápita de
emisiones de GEI de Venezuela (6,04 toneladas anuales) que, en este
sentido, supera a dos de los Brics, China (5,83) e India (1,38), se acerca
a un país de la hegemonía capitalista como es Francia (6,30), y supera a
los tres países de América Latina que generan más CO2 en términos absolutos, Brasil (2,11) −otro Brics−, México (3,99) y Argentina (4,08)
(Harvey, 2011).
Es claro que esta producción intensiva de emisiones per cápita no
solo está relacionada con la industria petrolera, sino que se encuentra
desplegada por todo el entramado de la sociedad. Las urbes nacionales
están regidas por una lógica consumista, propia de las economías extractivas de grandes excedentes que recurren frecuentemente a altas
cuotas de importación para no solo cubrir las demandas básicas de su
población, sino para poder activar los circulantes provenientes de las
bonanzas cíclicas de la renta, lo cual estimula el encadenamiento cultural de las poblaciones a necesidades superfluas de carácter globalizado. El dilema al respecto reside en observar cómo las presiones que
ejerce el esquema extractivista sobre los modos de consumo se conjugan a su vez con las formas de hacer política. Esto, en los términos del
socialismo venezolano, crea serias tensiones entre el interés individual
y el colectivo que son arropadas, sin embargo, por la enorme cantidad
de petrodólares que han circulado por la sociedad con la llegada de la
Revolución Bolivariana, tanto por los altos precios de las materias primas y el petróleo como por las políticas de carácter redistributivo del
Gobierno nacional. El auge del consumismo en Venezuela, como motor de las emisiones de GEI no solo territoriales sino globales, ha transcurrido entre, por un lado, un discurso crítico al capitalismo y de
fomento a algunas expresiones alternativas locales tanto culturales
como económicas, y por el otro, un auge de las importaciones y de las
oportunidades de consumo moderno. En los procesos de inclusión

social abiertos por la Revolución Bolivariana, basados en el modelo
desarrollista extractivista, se ha conseguido, además de reducir las tasas
de pobreza extrema y los coeficientes de desigualdad social, también se
ha logrado incorporar y socializar las formas de consumo occidental,
mediante la direccionalidad y el subsidio estatal a esquemas herederos
del american way of life. Esto último ha supuesto la formación de un
vínculo entre la idea de bienestar social y estos estilos de vida consumistas propios del modelo de sociedad estadounidense, subjetivando el
“desarrollo” −léase “progreso” personal−, lo cual resulta verdaderamente problemático si analizamos las bases políticas de un proceso de transformación social como el propuesto en Venezuela por la Revolución
Bolivariana. La sociedad de consumo nos educó y disciplinó los deseos,
excluyendo de nuestros imaginarios otros estilos de vida diferentes. Es
evidente, pues, que aún si se tuviese una clara voluntad política al respecto, representaría todo un desafío plantear un nuevo estilo de vida,
ya que las resistencias al mismo estarían a flor de piel −tal vez inclusive
entre buena parte de la población. No es de extrañar entonces, que con
los grandes excedentes de la renta circulando por el cuerpo de la nación, la cadena de restaurantes Mc Donald’s en Venezuela haya sido la
que registrara el mejor promedio mensual de facturación por restaurante en América Latina en 2009 (El Universal, 2009), que el 70 % de
los Blackberrys facturados en Latinoamérica se vendan en Venezuela
(López, 2012), que en el país se haya alcanzado la asombrosa cifra
anual de cuarenta mil implantes de senos (AFP, 2011) o que los centros
comerciales venezolanos reciban a dos millones de compatriotas cada
día y que en estos se gaste entre cuatro y seis mil millones de dólares al
año (Uzcátegui, 2010). Sin embargo, si el propio gobierno se introduce
en la dinámica de la sociedad de consumo, esta puede asimilar el discurso crítico al capitalismo, y hacer del socialismo una socialización de la
americanización, de la modernización colonizante, una popularización
del estilo de vida occidental reproduciendo así la estructura que generó
las anteriores desigualdades, y masificando el consumismo extractivista
que ha puesto en entredicho la propia vida en el planeta Tierra. De esta
forma, crear la Cédula del Buen Vivir como una tarjeta de crédito para

110

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

expandir el consumo nacional, invierte totalmente el sentido alternativo, no capitalista y en armonía con la Madre Tierra de la idea indígena
del buen vivir −el sumak kawsay−, robándole su espíritu y apuntando
más bien al endeudamiento para poder cumplir el sueño americano
contemporáneo. De igual manera, la misión Mi Casa Bien Equipada
y los convenios financieros con China permiten que cada venezolano
pueda contar con celulares marca Haier, aires acondicionados, televisores, lavadoras, todos distribuidos a la población a bajos precios
y mediante créditos a largo plazo y sin intereses (Pierrat, 2011). La
encarnación del “desarrollo” financiada por los capitales chinos (respaldados en los planes de incrementar la extracción petrolera nacional), no es otra cosa que el “desarrollo” de la depredación ambiental y
el “desarrollo” de las emisiones de GEI, que harán del planeta un lugar
cada vez menos habitable. Lo cierto es que de la noche a la mañana no
desaparecerá el modelo rentista petrolero venezolano. No obstante, reconocer esta dificultad tampoco justifica el hecho de que no se haya
abierto una discusión pública al respecto, ni se haya comenzado a tomar medidas concretas para construir una transición hacia un modelo
posextractivista, pospetrolero, posrentista y también poscapitalista. La
tendencia se ha mostrado opuesta a esto, al apuntar hacia una duplicación de la producción petrolera. En Río+20, uno de los reclamos recurrentes fue el fin de los subsidios a los combustibles fósiles, como un
paso para ir deslastrando a las sociedades de las energías “marrones”.
Venezuela tiene un importante parque automotor de 5,5 millones de
vehículos, que consume unos ochenta millones de litros de combustibles por día, el más barato del mundo, dos centavos de dólar por litro,
el cual cuenta con un subsidio anual de unos 13 170 millones de dólares, según el ingeniero Nelson Hernández. Este monto es mucho
mayor al presupuesto del Ministerio de Educación −5400 millones de
dólares−, y del Ministerio de Salud −2490 millones de dólares−, según
la Ley de presupuesto nacional de 2012 (Hernández, 2012; RojasJiménez, 2012), y resulta un obstáculo para incentivar otras matrices
energéticas diferentes. De esta forma, si se ejecutan los planes energéticos en marcha, se prevé un incremento de treinta a ochenta millones de

toneladas anuales en la emisión de GEI (Márquez, 2011). Todas estas
tensiones, contradicciones y escenarios descritos exigen la apertura
de un debate público sobre el modelo de sociedad que queremos.
Venezuela en muchos aspectos es muy vulnerable a las consecuencias
de los daños producidos por fenómenos climáticos extremos. El índice de riesgo climático (Climate Risk Index) elaborado por la organización Germanwatch, muestra la vulnerabilidad pasada de un país en los
veinte años anteriores, de manera que sirva de advertencia ante la posibilidad de que los eventos climáticos extremos se vuelvan más frecuentes o más severos en el futuro (Harmeling, 2011). Para el período
1991-2010, Venezuela estuvo entre los países con mayor riesgo climático del planeta, ocupando el puesto 15, el sexto lugar en promedio
anual de víctimas fatales en este período a raíz de desastres climáticos,
y el segundo lugar en fallecidos promedio por cada cien mil habitantes
(Harmeling, 2012). Esta situación mejoró, pues según este índice,
para el período 1992-2011, Venezuela aparece ahora en el puesto 61
en el ranking mundial del IRC, puesto 39 en número de víctimas,
y número 60 en muertes promedio por cada cien mil habitantes
(Harmeling, 2012), lo que no deja de llamar la atención por la alta
vulnerabilidad y la sobredeterminación del extractivismo en el ordenamiento espacial nacional. Al hablar de un llamado de alerta, no hacemos solo referencia a futuros posibles, sino a eventos de corto plazo
que ya dieron una muestra del tipo de consecuencias aquí descritas. La
Primera Comunicación Nacional en Cambio Climático de Venezuela
de 2005, exponía que en el país “pudieran esperarse cambios futuros
en la temperatura y precipitación, así como en los tipos climáticos y en
el patrón de estacionalidad de la precipitación (número de meses húmedos y de los excesos de agua, principalmente)” (MPPA, 2010).
Recordemos que en 2010, Venezuela vivió la sequía más fuerte de los
últimos cuarenta años, que puso en estado crítico la cotidianidad de
la gran mayoría de la población, seguida por las lluvias más fuertes
de los últimos cuarenta años, la cual dejó más de treinta muertos y más
de 73 mil damnificados. La magnificación y desajustes del fenómeno
natural de La Niña provocados por el cambio climático pueden causar

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

verdaderos estragos, sobre todo en un país como Venezuela, que tiene
inmensas descompensaciones en su ordenación territorial. La ocurrencia más frecuente de precipitaciones intensas, conllevaría a subsiguientes inundaciones y deslaves, especialmente graves en áreas muy
vulnerables como son las zonas montañosas fuertemente urbanizadas.
Por otro lado, una progresiva disminución de las precipitaciones
o prolongamiento de las sequías sería sumamente preocupante para
Venezuela, debido a que en la zona norte del país, donde se encuentra
concentrada la mayor parte de la población y la infraestructura productiva, ya existen problemas de disponibilidad de agua −la gran
mayoría de los acuíferos nacionales se encuentran básicamente en los
parques nacionales (Gamboa, 2011). A su vez, el mayor potencial
hidroeléctrico está ubicado al sur del río Orinoco, en los ríos Caroní
y Caura. Según modelos de escenarios climáticos, la cuenca alta del
Caroní sufrirá la mayor disminución de agua disponible: “los efectos
sobre el embalse de Guri y la política energética pueden ser graves”
(Martelo, 2004). Por su parte, el Banco Mundial, alertaba a fines de
2012 del impacto previsto que tendría la subida del nivel del mar en
treinta y un países en “vías de desarrollo”, debido a la alta densidad poblacional y a la mala planificación urbana. Sobre esto señala que solo
diez ciudades representan dos tercios de la exposición total a las inundaciones extremas previstas en el caso de aumento de los niveles del
mar: las ciudades más altamente vulnerables se señalan en nueve países,
entre los que se menciona Venezuela (TWW, 2012)27. De esta manera,
quedan en evidencia los altos grados de vulnerabilidad que tiene nuestro país ante las consecuencias de los desajustes climáticos, lo cual exige
de un amplio y sincero debate nacional sobre el rumbo al cual nos dirigimos como país y como especie.

Los nueve países son Mozambique, Madagascar, México, Venezuela, India,
Bangladesh, Indonesia, Filipinas y Vietnam.

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Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

Alternativas al desarrollismo extractivista
Por lo antes expuesto, queda claro que la situación es apremiante
y requiere celeridad en las soluciones que podamos construir. Esto supone procesos de transformación estructurales graduales pero que
respondan al mismo tiempo a la urgencia de la situación. El reconocimiento de las grandes dificultades y desafíos para avanzar hacia estos
cambios estructurales y de patrones históricos, no debe ser motivo para
la invisibilización de las posibilidades y alternativas presentes y latentes
en el proceso crítico que vive el moderno sistema-mundo capitalista
y la Revolución Bolivariana. Existen pues, varios planos de acción que
se orientan a diferentes ámbitos, espacios y temporalidades, lo que supone la construcción de nuevas cosmovisiones y prácticas como proceso de largo plazo, unidos a la necesidad de formulación de propuestas
inmediatas que provengan tanto de la organización popular como de
las instituciones establecidas, considerando las serias dificultades
de esto último. Creemos de esta manera que los pueblos debemos tener
como referencia para nuestra cartografía de lucha tres factores fundamentales y estrechamente relacionados, los cuales plantearemos de manera general, intentando ampliar los debates y visiones acerca de las
alternativas al extractivismo: a) la importancia de la soberanía territorial-popular sobre la soberanía nacional-estatal, b) la construcción de
una hegemonía y revolución cultural hacia una biocivilización, y c) la
puesta en marcha de transiciones concretas hacia el posextractivismo.
La Revolución Bolivariana es el producto de una crisis histórica surgida
en Venezuela desde “El Caracazo” de 1989, crisis que como proceso
continuo representa no solo dificultades sino también oportunidades.
Sobre todo porque esta crisis se inició en el campo popular y todas sus
expresiones creativas, productivas y alternativas surgen fundamentalmente del pueblo, del poder constituyente, a pesar de los intentos de reestructuración, reajuste y restauración de los poderes neocoloniales del
capital expresados tanto en formas transnacionales como nacionales-territoriales. Esto supone que la lucha por un modelo alternativo al
capitalismo no puede reducirse únicamente a una contienda electoral,
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

lo cual resalta la importancia de que las alternativas a este patrón de
poder moderno colonial deban ser impulsadas fundamentalmente
desde la soberanía territorial-popular, que en la medida que avanza en
procesos de empoderamiento y autogobernabilidad, debilita y desplaza a la histórica “soberanía nacional-estatal”. Lo antes dicho se expresa
no solo como un proyecto político-ontológico y territorial de soberanía popular, sino como un mecanismo concreto de administración y
autonomía local que rompa con la dinámica totalizante de la globalización neoliberal, con su poder transnacionalizante y depredador, así
como con la lógica universalizadora del “desarrollo” como esquema
monocultural de colonización contemporánea. Esto implica entonces, desglobalizar las economías y centrarse en las producciones locales para la vida, así como la autogobernanza comunitaria de los bienes
comunes. Existen por todo el mundo experiencias de producción local y autogobierno comunitario de los bienes comunes para la vida,
que muestran cómo es posible otras formas de relación social y con la
Madre Tierra, más allá del capitalismo y el desarrollismo extractivista.
Muchas de estas formas comunitarias de autogobierno territorial dan
incluso mejores resultados en términos de producción y sustentabilidad que aquellas administradas por empresas privadas, Estados o instituciones supranacionales28. En el caso venezolano, la propuesta de
los Nudes, aunque su propio nombre refleja la contradicción territorial que provoca el esquema corporativo estatal desarrollista, se sintoniza con algunas de las propuestas aquí expuestas. Estos núcleos promueven, desde la organización comunitaria el uso de los bienes
comunes −aunque recurren al término “recursos naturales”− basados
en las necesidades y potencialidades locales. El problema concreto
con esta propuesta es que, al igual que todos los mecanismos de organización del poder popular en Venezuela, está bajo la égida corporativa del Estado extractivista petrolero, subsumiendo su capacidad
de autogestión y limitando el crecimiento de sus potencialidades de

autogobierno29. En este caso, la figura de los Nudes representa todo un
potencial alternativo siempre y cuando puedan ser verdaderamente
autónomos, o al menos tener una relación de empoderamiento con el
Estado –lo cual supone una dificultad histórico-estructural con una
institución que por naturaleza es universalizante y centralizadora–.
Un planteamiento como los Nudes pudiese ser un referente para las
producciones locales, con energías autogestionadas y sustentables,
que apunten a la desglobalización con su propio fortalecimiento, a la
soberanía alimentaria y/o a la agricultura campesina, y que dirijan sus
formas de consumo a las necesidades locales y endoculturales. Esto
implica pues, des-desarrollar la noción de los núcleos de desarrollo endógeno, lo que conllevaría a un decrecimiento de los procesos abstractos y universalizantes del capital global, así como a una progresiva
despetrolización de los requerimientos de energía local. Pero esto solo
es posible bajo un proyecto de soberanía territorial-popular, que tenga
reproducción a escala global −no hay posibilidades de un cambio global solo desde un paradigma “nacional”−, y es evidente que dicho proyecto debe reconocer que esto supondrá una resistencia de los dos
grandes bastiones de la modernidad colonial: el capital y el Estado.
Esto le da una gran importancia a la necesidad de la construcción de
una hegemonía y revolución cultural hacia una biocivilización. Este
probablemente sea un punto fundamental y primario en Venezuela que
tiene una cultura profundamente enclavada en los tres grandes relatos
modernos que hemos mencionado −el mito del “progreso”, el mito nacionalista del Estado-patria bolivariano y el imaginario cultural/identitario de la “riqueza” petrolera−, por lo que nuestro imaginario social
y cultural está notablemente sumergido en paradigmas coloniales.
Esto implica por un lado, romper con nuestro vínculo subjetivo-cultural con el petróleo y reconocer que es ya una energía insostenible para
mantenerla como patrón energético social, y por el otro construir una
subjetividad social que contenga mayores niveles de autonomía respecto al Estado. Nuestro país necesita la apertura de un franco debate

La gran teórica del “gobierno de los bienes comunes” es la recientemente fallecida, Premio Nobel, Elinor Ostrom. Sobre experiencias de autogestión y soberanía
territorial sustentable, véase, para un caso venezolano: Bioparques (2006).

28

116

Sobre los Nudes, véase: MPPA (2010).

29

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Extractivismo, “desarrollo” y cambio climático...

sobre nuestro modelo de sociedad, y romper con esa idea de que quienes planteen una discusión seria sobre estos temas, sean tildados de
traidores a la patria o contrarrevolucionarios. A cambio, necesitamos
construir los paradigmas culturales hacia una biocivilización que se
orienten a formas de relacionamiento y organización en consonancia
con la reproducción de la naturaleza, las cuales nutran nuestros imaginarios culturales y rijan nuestros esquemas organizativos −por ejemplo, como ya mencionamos, decolonizando, des-desarrollando y ecologizando una idea como los llamados núcleos de desarrollo endógeno–.
Desde la construcción de una hegemonía cultural hacia una biocivilización, podemos no solo construir alternativas al modelo desarrollista
extractivista neocolonial, sino interpelar al Estado para que avance ya,
desde ahora, hacia una transición al posextractivismo. Desde nuestra
condición petrolera, debemos comenzar una transición para despetrolizar nuestra economía, a la vez que se construya desde la organización
popular y las políticas de transición institucional, mecanismos para materializar la soberanía alimentaria –recordemos que toda política desde
la institucionalidad del Estado debe surgir desde la presión y organización popular. El Estado por sí solo no va a renunciar a su lógica universalizante ni se va a suicidar. El Centro Latino Americano de Ecología
Social (Claes) propone una transición de un “extractivismo depredador” a un “extractivismo sensato”, para pasar finalmente a un “extractivismo o extracción indispensable” (Escobar, 2012). Este tránsito requiere de un amplio proceso de participación ciudadana enmarcada en un
proyecto de soberanía territorial-popular y de hegemonía cultural
hacia una biocivilización. Lo esencial es constituir formas de “extracción indispensable” en el marco de propuestas como la del “buen vivir” o sumak kawsay, gestionadas básicamente por los pobladores y
pobladoras, remarcando que no solo se trata de conceptos, esquemas
y categorías diferentes, sino también de una transición al posextractivismo que reinserte algunos mecanismos utilizados anteriormente los
cuales puedan resultar útiles en una lógica diferente. Una forma de
despetrolización de la economía es la propuesta que ya Ecuador puso

sobre la mesa con la iniciativa del Yasuní ITT, dejar el petróleo en el
subsuelo30. Esto no es sino una invitación a abrirnos posibilidades para
pensar los mejores mecanismos para llevar a cabo este proceso, con
el cual logre revertir la grave situación ambiental y climática global,
pero que a su vez nos permita salir de los esquemas de dependencia
sistémica a la que nos ha arrastrado el extractivismo. Un primer paso
fundamental puede estar en desmontar, uno a uno, los dispositivos que
alientan la intensificación del modelo depredador. Esto incluiría por
ejemplo, la necesidad de abrir un debate público sobre la necesidad o
no de seguir subsidiando la gasolina en nuestro país. Lo fundamental
de las alternativas al extractivismo es no seguir pensando resolver los
problemas desde los esquemas de pensamiento que los produjeron.
Para eso debemos apelar, entonces, no solo a la experiencia, sino a la
creatividad. Y reconocer que esta construcción de alternativas posextractivistas, posdesarrollistas y poscapitalistas no pueden ser concebidas únicamente como proyectos afirmativos, sino que requieren de
diversas formas de resistencia y negatividad ante las contraofensivas del
capital y la razón de Estado. Es un trayecto complejo e incierto, pero
necesario, no solo como forma de enfrentar las consecuencias de la crisis civilizatoria, sino como posibilidad de vivir otro mundo posible.

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Diego Griffon Briceño (Caracas, 1973)
Doctor en Ecología, magíster en Entomología e ingeniero
agrónomo. Es profesor en la UCV de la cátedra Ecología de
Poblaciones y Evolución, y además investigador en las áreas
de Ecología Teórica, Ecología Matemática y Agroecología.
Sus publicaciones se centran, entre otros ejes, en la agricultura
entendida como un espacio que permite evidenciar, reflexionar y caracterizar las diferentes dimensiones y matices de la
relación del ser humano con el resto de la naturaleza.

La crisis climática vista
desde la perspectiva agrícola
Por Diego Griffon Briceño

Si no hacemos lo imposible deberemos
afrontar lo inconcebible.
Murray Bookchin
1985

Durante los últimos años se han hecho tangibles muchos problemas relacionados a consecuencias de la crisis climática, actualmente
la situación es de una magnitud tal que se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad… todos los días escuchamos algo relacionado en los
noticieros. Paralelamente hemos sido testigos (muchas veces sin darnos cuenta) de la sistemática reducción del problema a los efectos del
incremento de las concentraciones de gases de efecto invernadero en
la atmósfera. Si bien es cierto que el incremento de estas sustancias
es importante, bajo ningún punto de vista son el problema principal
(Lander, 2010). La situación es mucho más compleja, está vinculada
a cómo entendemos nuestra relación con el resto de la naturaleza.
Hace ya mucho tiempo desde que Arne Naess denunció la visión
antropocentrista de la sociedad occidental como responsable de los
problemas ambientales (Naess, 1989). Como una solución a esta situación, Naess propuso una ética que llamó ecosofía T. El fundamento
de su visión se encuentra en el entendimiento de las interconexiones
e interdependencia que existen entre todos los componentes de la
biosfera. Por su parte, Murray Bookchin, en tal vez el análisis más profundo que se haya hecho hasta la fecha sobre el tema, mostró cómo
todos los problemas ambientales tienen su origen en tipos particulares
de estructuras sociales (Bookchin, 1982).

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

Nuestra existencia esta relacionada con la de otros organismos de
múltiples formas, algunas de estas relaciones son prácticamente intangibles, otras son muy explícitas. Mientras lees este artículo, cada vez
que respiras, te relacionas con árboles que liberan oxígeno. Incluso es
probable que el oxígeno que respiras se haya producido a miles de kilómetros en el mar, gracias a la fotosíntesis del fitoplancton (responsable
de 75 % de la producción de oxígeno en el planeta). De esta manera
nos damos cuenta de que las relaciones existentes en la red de la vida
pueden ser poco evidentes. Sin embargo, existen otras que son muy
explícitas, tal vez la forma más tangible en la cual nos relacionamos con
el resto de la naturaleza sea la alimentación. Tres veces al día nos vemos
enfrentados a nuestra ineludible dependencia a la red de la vida. El
sistema agroalimentario también nos permite evidenciar cómo las relaciones sociales condicionan la forma en la cual nos vinculamos con
el resto de la naturaleza. Una forma sencilla de hacer explícitas estas
relaciones es estudiando la responsabilidad de la producción de alimentos en la huella ecológica de la humanidad. La huella ecológica es
un índice que intenta medir el impacto que ejerce la existencia de los
seres humanos sobre el planeta. Este índice puede ser estimado a cualquier escala: persona, familia, ciudad, región, país, humanidad y nos
permite evaluar el impacto de un determinado modo de vida en el resto
de la naturaleza. La huella ecológica se mide en términos del número
de hectáreas de diferentes tipos de ecosistemas necesarias para sustentar un determinado estilo de vida. La huella ecológica de un área particular puede ser comparada con la biocapacidad de esa misma área y de
esta manera establecer si un modo de vida en particular es sustentable.
La biocapacidad, es la capacidad de un área específica de generar un
abastecimiento regular de recursos renovables y absorber los desechos
resultantes de su consumo. Es importante señalar que la huella ecológica de la humanidad ya ha sobrepasado la biocapacidad del planeta, que
se excedió por primera vez en los años ochenta y desde ese momento
lejos de disminuir, nuestra huella ha aumentado (Informe Planeta Vivo,
2008). Esto se debe a que muchos países han excedido su biocapacidad, por ejemplo, si todos los humanos tuviésemos un estilo de vida

igual al de los norteamericanos, serían necesarios cinco planetas Tierra
para sustentarnos (Informe Planeta Vivo, 2008). La huella ecológica de
una persona promedio del planeta es de 23,47 ha, esto quiere decir que
necesita esta superficie para sustentar su modo de vida (Informe Planeta Vivo, 2008). Es importante acotar que el uso de estos promedios es
peligroso si no se aclara que solo sirven como ejemplos. Es evidente que
los estilos de vida en el planeta son muy disímiles como para pretender promediarlos. Efectivamente estos promedios esconden el hecho
de que la huella ecológica de un norteamericano promedio es mucho
mayor a la de un venezolano promedio, a su vez la huella ecológica de
un venezolano es mucho mayor a la de un paraguayo promedio. Estos promedios también despersonalizan las culpas. La huella ecológica
de Bill Gates es mucho mayor que mi huella ecológica, pero mi huella
es mayor que la de un indígena amazónico. Estando conscientes de lo
antes dicho, analicemos las características de la huella ecológica de una
“persona promedio” del planeta. En este sentido la categoría de consumo que más aporta es la vinculada con la agricultura y alimentación, lo
que nos muestra claramente la relación que existe entre la agricultura
y los problemas ecológicos del planeta. Es importante resaltar que las
siguientes cifras están relacionas con un tipo particular de agricultura,
no con todas. Estos datos revelan la huella de la agricultura industrial
(i.e., de revolución verde), la cual contribuye hoy con más de un tercio
de las emisiones globales de gases de invernadero (Altieri, 2008). En
particular, es responsable del 25 % de las emisiones del dióxido de carbono del mundo, del 60 % de las emisiones de gas metano y del 80 %
de óxido nitroso (Goldsmith, 2004).

134

Los posibles impactos de la crisis climática
en la agricultura
Estamos viviendo de una manera irracional, generando perturbaciones en la biosfera que van mucho más allá de su biocapacidad. Las
perspectivas a futuro son sombrías. En lo que a la agricultura se refiere,
135

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

un impacto posible del cambio climático es la pérdida de materia orgánica del suelo debido a su calentamiento y a la consecuente aceleración
de los procesos metabólicos de los organismos descomponedores. Es
importante tomar en cuenta que la fertilidad del suelo es hoy una de las
mayores limitaciones de la agricultura en las zonas tropicales (Altieri
y Nicholls, 2008). Se espera que el cambio climático se traduzca en estaciones de crecimiento más largas en muchas regiones del mundo, lo
que puede permitir a ciertas especies de insectos completar un mayor
número de ciclos reproductivos, generándose de esta manera la posibilidad de severas situaciones plaga. También se espera que insectos
migratorios respondan al cambio climático colonizando y ocasionando problemas en nuevos cultivos y hábitats (Altieri y Nicholls, 2008).
Los modelos que se han desarrollado para evaluar los posibles efectos
del cambio climático sobre las enfermedades de plantas, indican que
se podrían alterar las etapas y tasas del desarrollo de ciertos patógenos. Como consecuencia de estos cambios es posible que su distribución geográfica se amplíe (Altieri y Nicholls, 2008) y que ocurran
dramáticas cadenas de extinciones secundarias debido a la invasión de
microorganismos (patógenos y no patógenos) a nuevos ecosistemas
(Litchman, 2010). La mayoría de los modelos sugieren que los daños
serán sufridos en mayor medida por los pequeños agricultores. En particular, los agricultores que dependen de la lluvia se podrían ver negativamente afectados ya que se espera que los regímenes de precipitación
se vean profundamente alterados. En este sentido, existe una siniestra
correlación entre las zonas en las cuales se predicen las mayores disminuciones en las lluvias y las zonas en donde la agricultura depende
en mayor medida de esta fuente de agua (Hofstrand y Takle, 2009).
El incremento en temperatura, la sequía y las precipitaciones anormales, etc.; podrían reducir la productividad de la agricultura hasta en un
50 % en algunas regiones, especialmente en zonas secas. Se espera que
los cambios tengan efectos de gran envergadura en zonas tropicales
con regímenes de precipitación que se encuentran entre semiárido
y húmedo (Cline, 2007). Por su parte, el agua subterránea de las regiones costeras puede quedar inutilizable para la agricultura debido a su

salinización producto de la infiltración de agua marina. Este fenómeno
se ocasionaría por el aumento de los niveles de los océanos debido al
derretimiento de los casquetes polares (Altieri y Nicholls, 2008).
Paradójicamente, cuando en los modelos se toma en cuenta el
efecto de la llamada “fertilización por carbono”, las predicciones son
radicalmente diferentes. La fertilización por carbono es un fenómeno
hipotético relacionado al incremento de las concentración de CO2 en
la atmósfera y a su consecuente mayor disponibilidad para la fotosíntesis de las plantas (Cline, 2007). Como producto de la fertilización por
carbono las cosechas de ciertos países septentrionales se pudieran incrementar considerablemente (aunque no se espera que esto sea así en
países del Sur). De esta manera nos damos cuenta cómo dependiendo
del modelo que se evalúe, los resultados pueden ser muy diferentes. Las
modificaciones esperadas en las cosechas se podrían traducir en variaciones en los precios de los bienes a granel. Por supuesto, se predice que
estas variaciones sean al alza (Rosegrant et al., 2010). En este sentido
basta con recordar los efectos que tuvo en países como Haití la crisis
de los precios de los alimentos del año 2008, para hacerse una idea
de las posibles consecuencias sociales de esta situación. Este negativo
horizonte nos intimida, pero también nos muestra la necesidad de
identificar las causas del problema para de esta manera poder remediarlas. Hemos identificado la responsabilidad de la agricultura industrial, veamos ahora qué soluciones se ofrecen desde este sector.

136

Las soluciones ofrecidas
desde la agricultura industrial
La primera de las soluciones que se proponen son los cultivos genéticamente modificados (transgénicos) tolerantes al cambio climático.
Sin embargo, antes de considerar su uso como alternativa al cambio
climático, es prudente evaluar primero cómo ha sido su desempeño
en términos de las promesas que ya se han hecho con respecto a su
comportamiento. Los cultivos transgénicos han sido promocionados
137

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

prometiendo mayores rendimientos, menor uso de agrotóxicos y, por
supuesto, como una solución al hambre en el mundo. Con respecto
a la última de estas promesas, su fracaso es tan evidente que no vale la
pena profundizar. En cuanto a los rendimientos, en los últimos años
han sido publicados un conjunto de investigaciones que muestran también la falsedad de esta promesa (Greenpeace, 2008; Gurian-Sherman,
2009; GMWatch, 2011). En lo que respecta al menor uso de agrotóxicos, en realidad el resultado ha sido el opuesto (Gurian-Sherman,
2009; GMWatch, 2010). Estos fracasos se han obtenido con el uso de
una tecnología que es básicamente simple. Todos los cultivos transgénicos hasta ahora comercializados involucran la incorporación de uno
o pocos genes. Estos genes le confieren a las plantas nuevos atributos,
como puede ser la resistencia a un herbicida o la capacidad de sintetizar una proteína de efectos insecticidas. Sin embargo, la tecnología que
intentan desarrollar en los cultivos tolerantes al cambio climático, involucra la modificación drástica de la fisiología de las plantas (GMWatch,
2010). Fisiología que es el resultado de la interacción compleja de un
conjunto amplio de moléculas, esto es algo completamente distinto
a introducir unos pocos genes relacionados a características simples.
Las transnacionales están jugando con el resultado de millones de
años de evolución vegetal, muchos piensan que con pocas posibilidades de éxito. Sea cual sea el resultado de la apuesta, está fuera de
discusión que estos cultivos son solo compatibles con los paquetes
tecnológicos propios de la revolución verde. Tecnologías que han fracasado estrepitosamente en cumplir sus promesas. Tecnologías que no
son compatibles con el modo de vida campesino. Tecnologías que son
profundamente rechazadas por los consumidores. Otra oferta son los
agrocombustibles. Desde la lógica de la agricultura industrial, se prefiere eufemísticamente llamarlos biocombustibles. Sin embargo, esto
es una trampa que esconde un dilema ético importante: involucran
el cultivo de alimentos para satisfacer el deseo voraz de gasolina del
norte global… muchas veces a expensas del hambre del Sur.
Si bien el último argumento es suficiente para descartar esta falsa
alternativa, son muchos más los problemas relacionados con ella. En

primer lugar, la eficiencia energética (i.e., la energía producida por unidad de energía invertida) de los agrocombustibles es muy baja, en algunos casos incluso negativa (Pimentel y Pimentel, 2005; Pimentel et al.,
2008). Más aun, cuando se hacen los cálculos relativos a la superficie
de cultivo de agrocombustibles necesaria para sustituir un pequeño
porcentaje (apenas 20 %) del uso de energía fósil, se encuentra que
debería reorientar ingentes áreas agrícolas a la producción de carburantes (Fondo de Desarrollo, 2010). Una variante de esta propuesta la
representan las plantaciones (de árboles transgénicos, por supuesto)
para la obtención de “biocombustibles”. En este caso se argumenta
que dado que los árboles no son alimentos, no representan un dilema
ético. Esta propuesta también se ha mercadeado como un mecanismo para el secuestro de carbono. Es decir, dado que los árboles son
capaces de fijar CO2 de la atmósfera, estas plantaciones contribuirían
a disminuir la concentración de este gas de efecto invernadero. En
realidad estas plantaciones no son más que otro fraude. En muchos
casos son realizadas en tierras anteriormente cultivadas, produciendo un efecto igual al de los agrocombustibles. Sin embargo, la gran
mayoría se originan en la desforestación. En este caso se debe hacer
hincapié en que la desforestación (i.e., la destrucción de hábitats) es
la mayor causa de pérdida de biodiversidad en el planeta. Los efectos
de los monocultivos de árboles para la producción de “biocombustibles” han sido devastadores en los bosques de diversos países del Sur
global. En realidad la capacidad de secuestro de carbono de una plantación no es comparable con la de un bosque. El tema central en este
punto es que un monocultivo de árboles no es un bosque, es un desierto
verde. Son verdes por que contienen árboles, pero son desiertos porque involucran una biodiversidad sumamente disminuida.
Ahora bien, ¿cómo es posible que estas disparatadas alternativas
sean promovidas con tanto énfasis en las reuniones de los organismos
multilaterales? ¿Cómo es posible que estos fraudes sean tan vehementemente impulsados?

138

139

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Distorsiones del mercado mundial de alimentos
No se puede comprender esta situación, si no se conocen las particularidades del agronegocio a nivel global. La producción y distribución
mundial de alimentos se encuentra controlada por un puñado de compañías. Solamente diez compañías multinacionales son dueñas del
50 % del mercado mundial de semillas (ETC group, 2009). Este oligopolio se ha construido sobre la base del crecimiento interno de estas
compañías, pero sobre todo, se ha fundamentado en la compra de compañías más pequeñas, para las cuales es cada vez más difícil coexistir de
forma autónoma (Howard, 2009). Por difícil que parezca, la situación
puede ser aún peor. En el caso de las semillas genéticamente modificadas, solo cinco compañías (Monsanto, DuPont, Syngenta, Bayer
y Dow) colectivamente controlan el 75 % de las patentes y el 100 %
de los productos agrobiotecnológicos (GMWatch, 2010). Esta es, indiscutiblemente la verdadera razón (controlar el mercado mundial de
semillas), que se encuentra detrás del incansable mercadeo de estos
productos. Esta es la razón por la cual los ofrecen como soluciones
al cambio climático. En lo que al procesamiento de alimentos compete, la situación no es diferente. En este caso, el mercado se encuentra configurado de una manera tal, que solo favorece a los intereses
de las transnacionales. Así se explica por qué los precios a puerta de
granja tienen cada vez un valor real menor, mientras que los precios de
los productos obtenidos a partir de estos son cada vez más altos
(IAASDT, 2008). Detrás de esta circunstancia se encuentra un
fenómeno conocido como “efecto reloj de arena”. Su nombre hace
referencia al hecho de que existen muchísimos agricultores cultivando
alimentos y gigantescas cantidades de consumidores comprando. Sin
embargo, el número de compañías procesadoras de alimentos es muy
reducido, formándose de esta manera una estructura con forma de reloj de arena que permite a los procesadores modificar los precios a su
antojo. Más aún, las grandes compañías del agronegocio han logrado
cooptar ingentes cantidades de agricultores. De hecho, las procesadoras de alimentos tienen más agricultores trabajando para ellas mediante
140

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

contratos que empleados directos (Grain, 2010). Esta es la estructura
que permite que las transnacionales impongan sus agendas. Esta es
la forma en la cual el agronegocio ha logrado dominar los escenarios
mundiales. Esta estructura permite que se ofrezcan como soluciones
al cambio climático, tecnologías que en gran medida son responsables del problema. Esto es algo muy propio de la racionalidad que está
detrás del agronegocio, una racionalidad perversa que ha anclado
muy hondo sus raíces en el mundo agrícola globalizado. Esta es, en
última instancia, la racionalidad de la revolución verde.

Las mentiras de la revolución verde
Revolución verde es el nombre con el que se bautizó al sistema de producción agrícola de cereales que se inventó en México en la década de
los cuarenta, como consecuencia del empleo de técnicas de cultivo centradas en la selección genética, la explotación intensiva permitida por
el regadío y la utilización masiva de fertilizantes, pesticidas y herbicidas
(Lamo, 2005). Estas técnicas al poco tiempo se fueron incorporando
en otros países, a la par que se diversificó su aplicación a otros cultivos.
La importancia de esta forma de hacer agricultura se encuentra en que
mostraba perspectivas muy optimistas con respecto a la erradicación
del hambre y la desnutrición en los países del Sur (López y López,
2003). Los resultados en cuanto al aumento de la productividad fueron en principio espectaculares. Estos resultados llevaron a toda una
generación de agrónomos del sur a implementar las técnicas de la revolución verde masivamente en sus respectivos países. Los aspectos
negativos de la revolución verde no tardaron en aparecer: problemas
de almacenaje de sustancias tóxicas desconocidas y perjudiciales, excesivo costo de semillas y tecnología complementaria, alta dependencia
tecnológica, desaparición de cultivos tradicionales mejor adaptados
a las condiciones locales y aparición dramática de nuevas plagas
(Lamo, 2005). Todo lo cual, lejos de solucionar los problemas de pobreza y hambre, solo los incrementó a la par que aumentó la dependencia
141

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

económica y tecnológica de las naciones menos industrializadas
(López y López, 2003). Por estas razones la revolución verde ha sido
muy criticada desde diversos puntos de vista que van desde el ecológico
al económico, pasando por el nutricional e incluso el cultural (López
y López, 2003). La revolución verde representa un modelo agrícola
obsoleto que solo se mantiene en vigencia por la reticencia al cambio de
los profesionales de las ciencias agrícolas y por los intereses económicos que subyacen. Luego de cincuenta años de revolución verde, vale
la pena hacer un balance general del estado actual de la agricultura.
Un balance de esta naturaleza fue patrocinado por la IAASDT (2008),
el trabajo fue llevado a cabo por cuatrocientos investigadores durante
cuatro años, utilizando datos de todo el planeta. En el informe final de
esta investigación se señala que es imperativo cambiar el modelo agrícola dominante (i.e., revolución verde) por otro que permita desarrollar
sistemas agrícolas sustentables (e.g., agroecología). Esta situación hace
evidente la necesidad de impulsar a gran escala una transformación
de los sistemas agrícolas. La necesidad de una transformación de esta
naturaleza se hace urgente cuando comprendemos la responsabilidad
que tiene la agricultura industrial en el cambio climático. Sin embargo,
esta transformación se ve frenada por un conjunto de mentiras que son
fuertemente impulsadas desde los grupos de cabildeo del agronegocio.
A continuación analizaremos una a una estas mentiras.
• Mentira 1: Solo la agricultura de revolución verde puede alimentar
al mundo
Con respecto a este tema, Badgley y colaboradores (2007), realizaron una interesante investigación en la cual se desmonta esta
afirmación. Los autores, en un sencillo artículo, muestran que
la agricultura alternativa puede producir tantos o más alimentos que la agricultura de revolución verde. En su investigación
Badgley y colaboradores compararon las cosechas obtenidas mediante técnicas de agricultura alternativa (i.e., campesina) contra
las obtenidas mediante agricultura industrial (i.e., revolución
verde). En el trabajo se comparan las cosechas obtenidas en diferentes rubros bajo los dos esquemas de producción. Se encontró que
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La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

la agricultura alternativa produce mayores cosechas que la agricultura industrial. Estos resultados enfáticamente rebaten el argumento esgrimido por la generalidad de los científicos agrícolas sobre la
imposibilidad de lograr buenos rendimientos utilizando técnicas
de agricultura alternativa. En efecto, la agricultura alternativa/
campesina no solo puede alimentar el mundo, sino que es capaz de
producir mayores cosechas. Este incremento permitiría disminuir
el área bajo cultivo y seguir produciendo cosechas iguales a las actuales. Es importante mencionar que los resultados obtenidos por
Badgley y colaboradores son similares a los obtenidos en otros trabajos, como por ejemplo en las investigaciones de Stanhill (1990) y
de Posner y colaboradores (2008). La crisis climática está muy relacionada a nuestros modelos de consumo de energía. Como ya se ha
mencionado, una forma de evaluar este aspecto es haciendo uso del
concepto de eficiencia energética. Una interesante comparación,
muy relacionada con el cambio climático, es contrastar la eficiencia
energética de la agricultura alternativa contra la industrial. Cuando se realiza una comparación de esta naturaleza, los resultados
son demoledores; contrariamente a todas las falsas afirmaciones
hechas desde el agronegocio, se ha encontrado que la agricultura campesina tradicional es hasta cuatro veces más eficiente que
la agricultura industrial (Pimentel y Pimentel, 2005). Las ventajas
de la agricultura alternativa/campesina no se remiten solamente
a rendimientos y a eficiencia energética. Cuando se comparan las
emisiones de CO2 en los diferentes tipos de agricultura, se hace
evidente que esta es otra ventaja de la agricultura alternativa (Ríos
et al., 2009), en realidad una agricultura es una fuente de CO2,
mientras que otra es sumidero. Una libera carbono a la atmósfera, mientras que otra lo secuestra. Es decir, existe un tipo de
agricultura que calienta el planeta y otra que lo enfría (Horowitz,
y Gottieb, 2010). Las ventajas de la agricultura alternativa/campesina no solamente se limitan a esto, se ha encontrado que la
agricultura industrial (debido al uso de agrovenenos) conduce
a la extinción local de componentes claves de la biodiversidad
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

(Griffon et al., 2010). Por el contrario, en la agricultura alternativa
no se produce este efecto. Este resultado general coincide con los
obtenidos en diferentes trabajos que muestran las bondades que
tiene la agricultura alternativa/campesina sobre poblaciones silvestres (Aberg et al., 1995; Gustafson y Gardner, 1996; Sisk et al.,
1997; Cantrell et al., 1998; Delin y Andren, 1999; Vandermeer y
Carvajal; 2001, Alfonzo et al., 2009; Griffon y Hernández, 2014).
• Mentira 2: Solo la agricultura a gran escala es eficiente
Una vez establecido que la agricultura alternativa es efectivamente capaz de alimentar al mundo, es importante atacar la segunda
de las críticas más comúnmente escuchadas. Se suele afirmar que
la agricultura alternativa nunca va a tener un impacto real sobre la producción mundial de alimentos, porque es típicamente
practicada en pequeñas unidades de producción, poco eficientes
en comparación con los grandes predios agrícolas característicos
de la agricultura industrial. Contrariamente a la idea imperante,
las unidades de producción pequeñas son más productivas que
las grandes. Esto es un hecho que ha sido demostrado en numerosos estudios. Víctor Toledo (2002), en una exhaustiva revisión
bibliográfica, muestra que los predios agrícolas pequeños son más
productivos en términos económicos y ecológicos que los medianos y grandes. Los beneficios ecológicos inherentes a pequeña
escala son confirmados por Belfrage y colaboradores (2002) en
un trabajo de campo efectuado en Suecia. Por su parte, Pimentel
y Pimentel (1979) demostraron cuantitativamente que los predios
de menor escala son más eficientes en términos energéticos. Las
ventajas sociales, ambientales y económicas de la pequeña escala
han sido reconocidas incluso por el Departamento de Agricultura
de los Estados Unidos (USDA, 1998). El debate en torno a la escala de los predios agrícolas ha sido intenso y apasionado porque
encierra una disyuntiva sobre la viabilidad del modo de vida campesino, estrechamente vinculado con la pequeña escala (Toledo,
2002). Esta discusión es de particular relevancia en los países poco
industrializados, en donde buena parte de la producción agrícola

es realizada en pequeños predios. El tema central en el debate es
el efecto que sobre la producción tiene el tamaño del predio. En
este respecto, los resultados de autores como Frank Ellis (1988),
Robert Netting (1993), H.P. Biswanger y colaboradores (1993)
demuestran elocuentemente la superioridad del pequeño predio
agrícola. Esta superioridad se hace evidente en las gráficas elaboradas por Peter Rosset (1999) sobre la relación entre el tamaño
del predio y la productividad por hectárea en diversos países del
mundo, donde elocuentemente se muestra que existe una relación
inversa entre la escala del predio y la productividad por hectárea.
La explicación de este hecho es simple, en una propiedad grande
no es posible realizar el manejo meticuloso y fino que caracteriza
a los predios pequeños. Además, los predios grandes típicamente
consisten en monocultivos, sumamente ineficientes en términos
de producción de biomasa comerciable, en comparación con los
predios pequeños multidiversos.
• Mentira 3: No es posible realizar una transformación de la agricultura
mundial en el corto plazo
Puede ser que ante lo abrumador de la evidencia, se llegue a
aceptar la falsedad de las dos mentiras anteriores. Sin embargo,
en este punto siempre se dice que no es posible llevar a cabo una
transformación de los sistemas agrícolas industriales hacia sistemas alternativos/campesinos en el corto plazo. Como evidencia
se utilizan los fracasos que los programas de “extensión agrícola” han tenido a escala mundial, donde la máxima expresión de
esta torpe estrategia se encuentra en los programas de “desarrollo” rural. Ciertamente, estos programas establecidos de manera centralizada, con una visión tecnócrata y sobre todo sin la
participación de los agricultores, han resultado en la destrucción
de buena parte de la base campesina de las agriculturas nacionales. Sin embargo, existen alternativas exitosas, la metodología
de Campesino a Campesino ha demostrado que la transición es
viable. En buena parte el renombre de la metodología se debe a que
se fundamenta en el estímulo de prácticas agroecológicas sencillas

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

que no son culturalmente invasivas. No obstante, su éxito realmente se debe a que en ella el proceso de transformación es llevado
a cabo por los propios campesinos (Holt-Giménez, 2008). En
Cuba encontramos extraordinarias muestras de la eficacia de
esta metodología (Machín et al., 2010); mediante su empleo, en
el marco organizativo de la Asociación Nacional de Agricultores
Pequeños (ANAP) de Cuba, se logró que la agroecología llegase
en tan solo diez años a 110 000 familias. Es relevante señalar que
esta asombrosa expansión se tradujo en increíbles incrementos en la
producción de alimentos a nivel local y en una reducción significativa en el uso de venenos (Machín et al., 2010). La experiencia del
Movimiento de Campesino a Campesino ha demostrado cómo los
procesos descentralizados, fundamentados en el reconocimiento
de los saberes ancestrales, la solidaridad y el apoyo mutuo, pueden
lograr en el corto plazo resultados sorprendentes.
• Mentira 4: La agricultura de la revolución verde alimenta el mundo
En este punto, luego de rebatidas las mentiras anteriores, se suele
argumentar que no se puede dejar de apoyar a la agricultura de
revolución verde, porque esta en última instancia es la que alimenta
a la humanidad. Esta es una mentira repetida reiteradamente en todos los centros de poder. Sin embargo, es la más grande de las falsedades que hemos discutido hasta ahora. Con este argumento en
realidad se intenta invisibilizar una verdad fáctica del mundo actual:
la agricultura campesina es la responsable de alimentar a la humanidad, al menos al 50 % de esta (ETC Group, 2009), mientras que
la agricultura industrial solo alimenta al 30 % de las personas del
planeta. Sin embargo, los apoyos financieros recibidos por estos modelos están muy lejos de reflejar esta situación.
• Mentira 5: La biotecnología nos salvará del cambio climático
Las grandes transnacionales de la agrobiotecnología prometen
milagrosos cultivos transgénicos capaces de “tolerar” el cambio
climático. Pareciera que la única esperanza para enfrentar el cambio climático se encuentra en los avances de la ciencia occidental.
Sin embargo, ¿realmente estas compañías crean genes/fisiologías
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La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

capaces de soportar condiciones de estrés climático? La evidencia
nos muestra que esta es una falsedad, en realidad las grandes transnacionales invierten cuantiosas sumas de dinero en bioprospección
con el fin de encontrar (y apropiarse) mecanismos de resistencia
al estrés climático en las variedades locales. Las razas y variedades
locales son animales o plantas adaptadas al entorno natural y cultural en el cual se originaron, y se caracterizan por presentar una
gran rusticidad. Las razas y variedades criollas son el resultado del
proceso de coevolución de las culturas humanas y sus respectivos
ecosistemas. Los campesinos y pueblos indígenas han sido tradicionalmente los guardianes y principales usuarios de esta biodiversidad agrícola. La diversidad genética contenida en las variedades
tradicionales constituyen un seguro de vida ante la crisis climática.
Sin embargo esta biodiversidad se encuentra en grave riesgo, la mayor amenaza que enfrenta es la uniformización de las razas y variedades utilizadas a nivel mundial. Este es un fenómeno que ha sido
impulsado por la revolución verde y representa la causa fundamental de su erosión genética (i.e., pérdida de variedades y razas domesticadas). En lo referente a los animales domesticados, la FAO (2000)
ha publicado un estudio donde se muestra que la situación es muy
grave. Este trabajo, producto de diez años de recopilación de datos en 170 países, ha establecido que actualmente una tercera parte
de los animales domésticos está en peligro de extinción y se estima
que cada semana se pierden dos razas de animales domesticados. El
escenario se hace aún más alarmante cuando se considera la situación de los cultivos nativos. Durante milenios los seres humanos hemos contado con una infinidad de especies de plantas para nuestra
alimentación. Sin embargo, hoy en día solo doce especies cubren
el 80 % de nuestra dieta, y solo cuatro (arroz, trigo, maíz y papas)
satisfacen más de la mitad de nuestras necesidades energéticas.
¿Qué ha sucedido con las otras plantas? La respuesta es alarmante:
si aún no se han extinguido, se hallan en peligro. La FAO (2008)
estima que el 75 % de agrobiodiversidad vegetal se extinguió
durante el siglo pasado. Esa enorme riqueza perdida, representaba el
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

producto de diez mil años de cultura agrícola y es lamentablemente
irrecuperable. Un importante factor que ha aumentado el riesgo de
extinción de las variedades criollas es la desmedida expansión del
cultivo de organismos genéticamente modificados, situación que
solo puede empeorar con la liberación de cultivos transgénicos “tolerantes” al cambio climático. Es importante señalar también que la
agricultura alternativa/campesina, basada en el cultivo y cría de variedades y razas criollas presenta una alta resiliencia ante el cambio
climático. Veamos, es muy posible que debido al cambio climático
los fenómenos meteorológicos extremos (e.g., huracanes, sequías,
inundaciones) se hagan cada vez más frecuentes. Evaluar la resiliencia de los diferentes tipos de agricultura ante estos fenómenos
es una manera de evaluar su resistencia ante el cambio climático.
Mediciones efectuadas en América Central después del paso del
huracán Mitch (en 1998) han mostrado el alto grado de resiliencia
de la agricultura alternativa/campesina basada en el uso de variedades locales. Las mediciones fueron realizadas por cien equipos
de agricultores-técnicos, en 1804 parcelas pareadas (i.e., parcelas
agroecológicas y parcelas de revolución verde cercanas), ubicadas
en 360 comunidades en Nicaragua, Honduras y Guatemala. Los
resultados de este trabajo muestran que las parcelas agroecológicas
diversificadas, las cuales conservaron entre 20 % a 40 % más la capa
superior de suelo, sufrieron menos erosión y tuvieron menores pérdidas económicas. Estos resultados demuestran enfáticamente las
ventajas de la agricultura alternativa/campesina a la hora de enfrentar los desafíos impuestos por la crisis climática (Holt-Giménez,
E., 2008).

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La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

Otra mirada: El sistema como un todo
Constantemente somos bombardeados con noticias sobre gases de
efecto invernadero, uso irracional de energía, deforestación, acidificación de los mares, migraciones climáticas, deshielo polar y una larga
lista de otros tópicos relacionados con la crisis climática. Todas estas informaciones producen en nosotros un sentimiento general de
desasosiego. Es un sentimiento tan generalizado que los psicólogos
se han visto obligados a crear una nueva palabra para definirlo:
solastalgia. Esta palabra expresa el dolor que se experimenta cuando
existe la creencia de que el lugar en el cual uno vive y ama está bajo una
inminente amenaza. La solastalgia puede ser entendida como parte de
un sentimiento más general, común a todos los seres humanos, la biofilia. Este es nuestro sentido de conexión con el resto de la naturaleza.
Este sentimiento es una evidencia de nuestra entrañable unión a la red
de la vida. La red conforma un sistema con características propias de
conjunto, y las evidencias sugieren que se encuentra en un estado de
autorregulación. Inclusive experimentos informáticos muy simples
han mostrado la importancia que puede tener la autorregulación en
un sistema como la biosfera. Tal vez el más famoso de estos experimentos sea el llamado mundo de las margaritas (Watson y Lovelock,
1983). El mundo de las margaritas es un modelo informático que simula la vida en un planeta calentado por un sol con radiación térmica
creciente y poblado únicamente por dos especies: margaritas negras
y margaritas blancas. En el modelo, en un principio se reparten semillas de ambas margaritas por todo el planeta. Las margaritas solo
crecerán a determinadas temperaturas. El resultado de este simple
modelo es espectacular: a medida que la temperatura del sol aumenta,
las especies van poblado diferentes regiones y de esta manera logran
mantener constante la temperatura del planeta. Las margaritas negras,
al absorber calor, no solo se calientan a sí mismas, sino también al planeta. Por su parte, las blancas reflejan el calor, refrescándose a sí mismas y al planeta. De esta manera, las dos especies de margaritas entran
en una dinámica autoorganizada que determina su ubicación. Esta
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

dinámica permite que la temperatura del planeta permanezca constante, a pesar de que la temperatura del sol aumenta. De esta forma, el planeta actúa como un todo, autorregulando su temperatura
(Capra, 1996). Todas las evidencias apuntan a que algo similar ocurre
con nuestro planeta.
A pesar de todas estas evidencias, el modelo civilizatorio occidental nos ha hecho creer que estamos separados del resto de la naturaleza. De acuerdo con esta tradición, el resto de la naturaleza tiene por
objetivo servirnos y solo tiene un valor instrumental, de uso. Esta
es la razón por la cual se encuentra tan fuertemente arraigada en
nuestra sociedad la idea de que la naturaleza debe ser dominada, explotada. La máxima expresión de esta racionalidad la encontramos en
el concepto de “recurso natural” y su materialización en la práctica
del extractivismo. Todos hemos escuchado historias sobre cómo antiguamente los mineros llevaban consigo canarios para saber cuando
empezaba a faltar oxígeno en las minas. El canario servía como un
bioindicador, hoy en día son múltiples las especies que sirven como
bioindicadores de la salud del planeta. Las incontables extinciones
que actualmente ocurren no son otra cosa. Estas no son eventos aislados, son respuestas locales a fenómenos globales. El cambio climático
es la más grande de estas señales. Es una señal clara de que el sistema
esta perdiendo balance a causa de nuestras continuas perturbaciones,
a causa de nuestra ambición de dominación y control. Este es el tema
de fondo de la crisis climática.

invisibles para muchos. El origen del cambio climático se encuentra
en nuestro modo de vida, es inherente a nuestro modelo civilizatorio.
Con respecto al cambio climático existen dos niveles que debemos
discutir y enfrentar. En un primer nivel debemos establecer claramente cuál es el responsable directo del problema. En este caso no es otro
que el sistema económico mundial. El motor de esta entelequia es la
acumulación incrementada de capital. Se espera que esta acumulación
no se detenga, como un perpetuum mobile. Sin embargo, preguntémonos: ¿es real un modelo de sociedad que suponga crecimiento infinito en un mundo con recursos finitos? El sistema económico mundial
logra reducir a todas las personas a simples consumidores, desconociendo de esta manera las complejidades inherentes a cualquier ser
humano. En el marco de la lógica neoclásica, se reduce la complejidad
del ser humano a una caricatura conocida como Homo economicus
y se supone que las necesidades materiales de la sociedad son infinitas,
razón por la cual el mercado debe ofrecer infinitos productos. Esto,
como ya se comentó, plantea el dilema básico de este marco teórico.
Sin embargo, también es importante apreciar que esta lógica irremediablemente implica producir incrementadas cantidades de desechos que
son fundamentalmente tratados como externalidades. De este modo,
el sistema privatiza los beneficios, mientras que socializa los problemas
ambientales. Dada la lógica del sistema, que plantea el crecimiento
y la acumulación de capital como condición sine qua non para su existencia, es imposible en este marco abordar y solucionar las causas de
fondo del problema. Las alternativas que nos proponen desde la lógica
neoclásica son solo paliativas, enfocadas en algunas de las consecuencias. En esta perspectiva, tiene sentido producir granos en países pobres
para alimentar automóviles en países ricos. Es imposible que este sistema ofrezca soluciones reales, las causas del problema se encuentran en
sus fundamentos básicos. El sistema no puede ser arreglado, debe ser
cambiado. El primer nivel es tan obvio que resulta insólito que todavía
existan dudas al respecto. El segundo nivel (más importante aún) no
es para nada tan obvio; en este debemos afrontar las jerarquías. Nuestra sociedad esta fundamentada por una intrincada red de relaciones

Sobre las jerarquías y las soluciones reales
Para poder encontrar la solución a cualquier problema es indispensable encontrar sus causas. De no hacer esto corremos el riesgo de luchar
eternamente contra las consecuencias, sin llegar nunca a solucionar el
problema. Podríamos preguntarnos: la liberación de gases de efecto
invernadero, la deforestación, la dependencia del petróleo ¿son causas
o son consecuencias? Estas no son las raíces, son otras, más profundas,
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La crisis climática vista desde la perspectiva agrícola

de dominación. Ciertos países dominan a otros, existen clases sociales
que dominan a otras, hay religiones que dominan a otras, etnias que
dominan a otras, un género domina a otro, una especie domina a las
demás. Las relaciones de dominación que mantenemos en nuestras
sociedades se trasladan a nuestra relación con el resto de la naturaleza.
Hemos desarrollado un modo de vida fundamentado en la agresión.
La idea de la “dominación de la naturaleza” está profundamente arraigada en nuestra psique. Encontramos ejemplos de esto en todos los
aspectos de nuestra vida: en nuestro modelo de agricultura, de urbanismo, de producción industrial, de entretenimiento, de educación.
La creencia de que podemos dominar al resto de la naturaleza es la
raíz del cambio climático. Esta creencia es una expansión subjetiva de
nuestras relaciones sociales de dominación y es la razón por la cual
se señala que para solucionar el problema climático de fondo, debemos acabar con las jerarquías. No tiene sentido abordar el problema
del cambio climático sin cuestionarse la estructura jerárquica y excluyente de nuestra sociedad. El problema de las jerarquías es anterior al
sistema capitalista, por lo tanto más profundo. Es cierto que solo en
el sistema capitalista esta circunstancia alcanza las connotaciones que
aquí discutimos. Sin embargo, de no ser solucionado, la espiral de la
dominación siempre terminará por llevarnos al lugar en el cual nos
encontramos ahora. En este sentido, la agricultura no puede seguir
fundamentándose en el dominio de la naturaleza a través del uso de
agrovenenos y biotecnología, ser un arma de coloniaje y dominación,
ni desconocer los valores y sabiduría de los pueblos ancestrales. La
actividad agrícola debe ser liberadora. No puede existir agricultura
exitosa, sin que este éxito contemple la eliminación de las relaciones
de dominación y explotación. La generación de alimentos no puede seguir siendo considerada una actividad marginal. No se puede
permitir que un puñado de compañías tengan en sus manos el control del sistema alimentario del planeta. Es una locura incentivar un
modelo que ha producido la extinción de las especies, variedades
y razas de las cuales nos alimentamos. Es inviable un sistema que reduce el alimento a una mercancía. En definitiva, no es posible continuar

con el modelo agrícola actual y darnos el lujo de escuchar y evaluar las
alternativas propuestas por avariciosas compañías que solo responden
al beneficio propio. Los políticos, concentrados en perpetuarse en el
poder, no han ofrecido ni ofrecerán soluciones genuinas y desinteresadas. No debemos perder el tiempo en esfuerzos sin esperanza que
apunten a un cambio promovido por el actual sistema político-económico. Tal vez llegó la hora de escuchar a los que nunca han podido hablar. En el estado actual de las cosas solo podemos considerar
opciones que estén orientadas hacia la construcción de un modelo de
sociedad sustentable, sin relaciones de dominación. Es importante
que reconozcamos los errores del pasado y asumamos que los medios
deben ser coherentes con los objetivos. Esta es la lógica detrás de las
acciones prefigurativas. Si nuestro objetivo es destruir las jerarquías,
no podemos lograr esto utilizando estructuras jerárquicas. Este es
un principio básico. Las formas de organización que asumamos y las
alternativas tecnológicas que adoptemos deben prefigurar el mundo
que queremos. Una de las alternativas más prometedoras a este sombrío panorama es la transformación de los sistemas agrícolas industriales en sistemas de base agroecológica. Es importante resaltar que
una transformación de esta naturaleza, traería consigo consecuencias
positivas en todos los problemas que hemos discutido. La agricultura
agroecológica se fundamenta en reproducir en el agroecosistema los
patrones y procesos observados en los ecosistemas naturales (Altieri
y Nicholls, 2000). Esta aproximación es conocida como biomimetismo y con ella se espera que en el agroecosistema emerjan las propiedades características de los ecosistemas naturales. La lógica de la
agroecología se podría resumir en: trabajar con la naturaleza y no
contra ella. Premisa que interpretada en un sentido más general, tal
vez pueda ayudarnos a salir de la crisis climática.

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

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Jaime Morales (Guadalajara, 1959)
Profesor investigador del Centro de Formación e Investigación
Social del Iteso. Es ingeniero agrónomo, doctor en Agroecología,
asesor de varias organizaciones campesinas e indígenas y miembro
del Consejo Directivo de la Sociedad Científica Latinoamericana
de Agroecología. Integra el Consejo Científico de las revistas
Agroecología y Agroecology & Sustainable Food Systems. Su más
reciente publicación se titula La agroecología en la construcción de
alternativas hacia la sustentabilidad rural.

Agricultura y sustentabilidad rural:
alternativas en marcha
para enfrentar el cambio climático
Por Jaime Morales Hernández

El cambio climático es uno de los resultados más evidentes de un proyecto civilizatorio basado en la industrialización de la naturaleza y en la
utilización intensiva de los recursos naturales. A partir de este proyecto
se han estructurado los diferentes modelos de desarrollo dominantes
y uno de sus elementos centrales es la agricultura industrial, la cual se
ha ido extendiendo como forma hegemónica para la producción de
alimentos. Ahora la humanidad se enfrenta a una profunda crisis compleja y multidimensional en la que el cambio climático es un componente fundamental, y además, una amenaza para la sustentabilidad
rural, para los agricultores y sus familias, y para todos los ciudadanos
consumidores de alimentos. El presente texto es un acercamiento a
esta problemática y busca dar cuenta de los avances que desde la agricultura sustentable se realizan a lo largo del planeta, especialmente
en Latinoamérica, los cuales representan un punto de partida hacia la
construcción de proyectos civilizatorios alternativos.

La crisis de la civilización industrial
y el cambio climático
El cambio climático y sus consecuencias para la humanidad forman
parte de una profunda crisis global conformada por diferentes dimensiones que incluyen lo ecológico, lo social, lo económico, lo cultural,
lo político y lo ético. Para Morin (2011) estamos frente a una
combinación de policrisis entretejida e indisociable entre las que se

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

incluyen las crisis económica, ecológica, demográfica, urbana y la del
mundo rural, que en conjunto conforman una crisis planetaria donde
ciencia, técnica e industria están descontroladas, y el crecimiento y su
progreso nos llevan al abismo y a cuestionar a fondo los dos mitos
principales del Occidente moderno; la conquista de la naturalezaobjeto y el falso infinito hacia el que se lanzan el crecimiento industrial, el desarrollo y el progreso. La situación actual, señala Boff (2008),
es una crisis civilizatoria y significa la quiebra de una concepción
del mundo que señalaba que todo debía girar en torno a la idea de
progreso y desarrollo, y que este progreso se movía entre dos infinitudes: la infinitud de los recursos de la Tierra y la infinitud del futuro.
´A partir de la naturaleza multidimensional de la crisis, es posible señalar que su carácter global es la referencia más generalizada y tangible
de la crisis del proyecto civilizatorio occidental que asume a la modernización, al progreso y crecimiento, como conceptos equivalentes y los
convierte en las bases ideológicas del camino al desarrollo para todas
las culturas humanas. Este proyecto se define de acuerdo con Bonfil
(1994), a partir de los siguientes supuestos: la historia es un proceso
infinito de avance rectilíneo −el progreso− que se realiza vía la ciencia
y consiste en un dominio y una capacidad de explotación de la naturaleza cada vez mayores; los beneficios que genera el avance se
expresan en un consumo progresivo −el crecimiento económico−
y la trascendencia del hombre se cumple en este proceso. En estos supuestos descansan sus escalas valorativas y sus definiciones; el trabajo
como un mal necesario que debe reducirse con el avance histórico, la
naturaleza como un enemigo a vencer con la tecnología, una mayor
producción y el mayor consumo de bienes; todos ellos son valores absolutos, inmanentes, sin necesidad de justificación alguna. La dimensión ambiental de la crisis se expresa en el deterioro global de las condiciones naturales que hacen posible la vida en el planeta y que ponen
en peligro nuestro futuro como especie. Las formas de utilización de
la naturaleza han ocasionado el cambio climático, la contaminación
generalizada y creciente de agua, suelos y aire; la pérdida de la biodiversidad, la destrucción sistemática de los bosques y la imparable erosión

de suelos. Esta crisis ecológica, que amenaza la supervivencia humana
y su entorno planetario, es el resultado de un modelo productivo y
económico basado en el uso intensivo de energía exosomática y en el
consumo de recursos naturales; inaugurado por el capitalismo industrial occidental, y que no tiene precedentes en la historia de la humanidad (Garrido-Peña, 2007). El cambio climático es una evidencia de
que dentro del modelo impuesto por la civilización industrial es imposible mantener en el largo plazo los principales ciclos del metabolismo entre las sociedades humanas y la naturaleza. El calentamiento
global ilustra con claridad la magnitud de los procesos de deterioro de
los recursos naturales que hacen posible la vida humana; ahora la humanidad adquiere conciencia de que estamos entrando en una nueva
era del planeta en la que habrá cambios abruptos e irreversibles. Estos
cambios tienen fundamentalmente un origen antrópico y su principal
causa es el proceso de industrialización que lleva ya tres siglos dejándose sentir en el medio ambiente. A nivel global los impactos de esta
crisis han sido más intensos para las crecientes mayorías de seres humanos más vulnerables y especialmente para aquellos que basan su
subsistencia en la utilización de los recursos naturales. Entre ellos se
encuentran los habitantes del medio rural, de las orillas de mares, ríos
y lagos, especialmente en el llamado Sur, donde campesinos, jornaleros, pequeños pescadores, mujeres e indígenas enfrentan un complejo
panorama, y donde la pobreza, el hambre, el deterioro ambiental y la
migración; son algunos de los rostros más visibles en el medio rural,
de la crisis planetaria y del cambio climático.

162

La civilización industrial y sus relaciones
con la naturaleza y el medio rural
Los modelos de desarrollo que se han adoptado en buena parte del
mundo, tienen entre sí un origen común y una serie de rasgos que
comparten. Este origen se refiere al proyecto civilizatorio occidental
que se origina en Europa durante la Revolución Industrial y cuyo
163

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

centro es ocupado por el ideal modernizador, como razón de ser de
los procesos de desarrollo. Los modelos de desarrollo son expresiones claras de ese proyecto civilizatorio y constituyen el paradigma de
desarrollo dominante extendido por todo el planeta. La actual fase
neoliberal propone intensificar los procesos modernizantes, globalizando su alcance y profundizando la puesta en práctica de sus rasgos
fundamentales. Aún en medio de la crisis actual, el paradigma continúa
presentándose, como el único camino posible, y sobre él se estructuran
los planes y programas de desarrollo de los gobiernos nacionales, apoyados por los organismos multilaterales e internacionales. El proyecto
civilizatorio se materializa en la ideología y la práctica de modelos de
desarrollo que a pesar de sus diferencias, comparten algunos rasgos
esenciales. Desde la perspectiva de este texto, resulta importante detenerse a analizar dos de ellos: las relaciones que se establecen entre
sociedad y naturaleza, y las relaciones entre ciudad y campo. En torno
a la primera, el proyecto occidental, incluye en su noción de desarrollo
una visión en la cual el mundo natural y el mundo humano son ajenos
y distantes (González de Molina, 2004). Esta visión antropocéntrica
pone al hombre en el centro del universo y justifica la manipulación
humana de los ecosistemas para controlarlos y ordenarlos. En estas
relaciones priva la búsqueda de la productividad, la cual lleva a la progresiva utilización de materiales y combustibles fósiles no renovables
a través de la explotación intensiva de la naturaleza. Así, la lógica del
máximo beneficio del capital y la racionalidad del lucro, encarnados
en las nociones de producción y riqueza, se encuentran en la base de
las relaciones entre sociedad y naturaleza, y explican el crecimiento
desmedido de las fuerzas productivas y la subordinación instrumental de la naturaleza. A esta percepción, se añade la de considerar que
los seres humanos son ajenos a la naturaleza y, por tanto, aquello que
sucede en el mundo natural, no atañe a las sociedades humanas. A la
inversa de otras culturas que consideran aspectos éticos y filosóficos
en un sentido de corresponsabilidad en sus relaciones con la naturaleza, el proyecto occidental establece estas relaciones solamente con
base en criterios económicos y productivos. El proyecto civilizatorio

occidental se construye desde la industria y la urbe como referentes
del desarrollo, y este proceso se plantea y organiza como el paso desde
lo rural hacia lo urbano, desde lo agrícola hacia lo industrial. Siguiendo
a Toledo (1990), un rasgo que surge del análisis del actual modelo civilizatorio es el de un todopoderoso sector urbano-industrial
esencialmente depredador, erigido sobre las ruinas de las sociedades
rurales en países y regiones, y sobre la naturaleza avasallada. El modelo civilizatorio moderno se asemeja a una pirámide cuya porción superior urbana-industrial, se nutre parasitariamente de los pisos inferiores
representados por los sectores rurales y naturales, explotando la naturaleza que le rodea y que sirve como fuente primigenia de su reproducción
material (Toledo, 1990). Para ello se ha reproducido en todo el orbe,
un conjunto de mecanismos no solo económicos sino también políticos, sociales y culturales, que privilegian lo urbano-industrial sobre lo
rural-natural, y los cuales tienden a ocultar la secuela de altísimos costos sociales y ecológicos de este modelo. Los ideales de la urbanización
e industrialización han llevado a la exclusión de lo que pertenece al
mundo rural, y se ha impuesto la falsa idea de la supremacía, del modo
de vida urbano sobre el de los habitantes y comunidades rurales. De
acuerdo con Toledo (2000), desde la ciudad suele mirarse con desdén
a las culturas rurales, de la misma manera que se mira con desprecio a
la naturaleza, solo concebida como fuente de recursos explotables; la
naturaleza se volvió una entidad no solamente lejana, sino inexistente
y de la misma manera se olvida que buena parte de los productos provienen de procesos en los que los seres humanos se apropian de objetos
del mundo natural. El desarrollo rural es concebido entonces como la
transformación productiva súbita o paulatina, pero ineludible y unívoca de las formas campesinas e indígenas tradicionales en modalidades
agroindustriales o modernas, tanto en su versión estatal, como en la del
libre mercado (Toledo et al., 2002). Desde esta percepción de las relaciones entre la ciudad y el campo, el desarrollo rural y las actividades
agropecuarias y forestales se realizan a partir del ideal industrializador
de la naturaleza, y de acuerdo con Sevilla (2006) el enfoque industrializante de la agricultura ha sido construido socialmente sobre la idea

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165

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

de una naturaleza inanimada, con una disposición ilimitada de recursos naturales y cuya única función es ser insumos de los procesos de
desarrollo rural. Como resultado, los procesos y estructuras ecológicas de la naturaleza han sido remplazados por procesos industriales
que han roto los ciclos de la biosfera. El desarrollo rural se orienta
hacia la transformación de los ecosistemas desde la lógica de la industrialización de la naturaleza y sus estrategias están basadas en extender
e implementar en todos los espacios rurales la agricultura industrial
como única manera de producción.
La agricultura industrial lleva en su esencia la modificación
intensiva de los ecosistemas, su estilo tecnológico se basa en el monocultivo, las semillas híbridas y transgénicas, la utilización de insumos
de origen industrial como fertilizantes químicos, plaguicidas y combustibles fósiles. Esta manera de usar los recursos naturales, implica la
simplificación de los ecosistemas, la reducción de su diversidad propia y la sustitución de los procesos energéticos internos. Ello propicia
una alta fragilidad de los ecosistemas y favorece el deterioro continuo
y sistemático de los recursos naturales, atentando además contra la
biodiversidad regional a través de la homogeneización de los espacios
naturales. Así, el objetivo de la agricultura industrial es la artificialización intensiva de los sistemas naturales a través de la substitución
de procesos naturales por industriales en busca de limitados criterios
de productividad y rentabilidad.

la agricultura es una de las actividades humanas que se verá fuertemente impactada por el cambio climático, la cantidad y distribución
de las lluvias, la variación entre altas y bajas temperaturas, las inundaciones, las sequías, los incendios, la erosión del suelo y la pérdida
de la agrodiversidad; siendo estos algunos de los impactos previstos,
los cuales tendrán un efecto directo en la producción de alimentos y,
por tanto, en la alimentación de toda la humanidad. La crisis global
nos enfrenta con un conjunto de modificaciones que la actividad antrópica está generando sobre los procesos biogeofísicos esenciales que
condicionan el funcionamiento del planeta y cuyos componentes son
los cambios en el uso del suelo, el cambio climático, la contaminación
del agua, suelos y atmósfera, el cambio en las comunidades biológicas
naturales, los cambios en los ciclos biogeoquímicos y la sobreexplotación de los componentes bióticos y abióticos de los ecosistemas (ipcc,
2007). El cambio climático esta agravando los procesos de desertificación y erosión del suelo y produciendo la pérdida generalizada
de biodiversidad, especialmente en las zonas húmedas costeras y en
los ecosistemas de montaña. De acuerdo con Ecologistas en Acción
(2011), los cambios globales se concretarán a escala regional a través de
los siguientes fenómenos: a) calentamiento de la tierra firme, b) contracción de la superficie de las cubiertas de nieve, c) mayor profundidad de deshielos, d) disminución de los hielos árticos, e) aumento en la
frecuencia de fenómenos extremos cálidos y precipitaciones intensas,
f ) aumento de los ciclones tropicales, g) cambios en las pautas de viento, precipitación y temperatura, h) aumento de las precipitaciones en
latitudes altas y disminución en las subtropicales, i) disminución de la
disponibilidad de agua en regiones secas en los trópicos, y j) disminución de los recursos hídricos en las regiones semiáridas. El calentamiento global ocasionado principalmente por las formas de producción,
consumo y excreción de los países desarrollados y las élites privilegiadas
de los países del Sur, tendrá fuertes impactos en los pobladores más vulnerables y más pobres del mundo, especialmente en aquellos que viven
de las actividades ligadas a la naturaleza, como la pesca, la agricultura, la ganadería y la recolección, y los mayores impactos del cambio

El cambio climático, la agricultura y los alimentos
La siembra de plantas y la crianza de animales son actividades que
han sido realizadas por la humanidad desde hace miles de años; las
actividades agropecuarias y forestales −la agricultura en su acepción
más amplia− constituyen una conexión fundamental entre los seres
humanos y la naturaleza, y desempeñan múltiples funciones económicas, sociales, culturales y ambientales esenciales para las sociedades
humanas. Por su estrecha relación con la naturaleza y con el clima,
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167

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

climático los sufrirán aquellos que no lo han ocasionado. La mayoría
de los modelos de cambio climático predicen que los daños serán compartidos en forma desproporcionada por los pequeños agricultores del
tercer mundo y particularmente por agricultores que dependen de regímenes de lluvia impredecibles (Altieri y Nicholls, 2009). En muchos
países la población rural más pobre vive en áreas expuestas y muy marginales, en condiciones que los hacen muy vulnerables a los impactos
negativos del cambio climático; para estas personas aun los menores
cambios en el clima pueden tener un impacto desastroso en sus vidas
y en sus medios de sustento. Las consecuencias pueden ser muy profundas para los agricultores de subsistencia ubicados en ambientes frágiles,
donde se esperan cambios en la productividad, pues estos agricultores
dependen de cultivos que pueden ser muy afectados como: maíz, fríjol,
papas o arroz, y en estas circunstancias en las cuales la subsistencia es
el objetivo, la disminución de tan solo una tonelada en el rendimiento
puede llevar a grandes desequilibrios en la vida rural (Altieri y Nicholls,
2009). La alteración de los patrones climáticos afectará sin duda a la
producción agropecuaria y tendrá un impacto directo sobre la producción de alimentos. La alimentación, el nivel más básico de las necesidades humanas, se está viendo gravemente afectada por los efectos
del cambio climático, aumentando con ello el número de personas en
riesgo de hambruna en el mundo. De esta forma, el cambio climático y
la seguridad alimentaria a nivel global están indisolublemente ligados
(Scherr y Sthapit, 2009). Un reciente estudio de la Organización de
las Naciones Unidas señala que para 2080 otros seiscientos millones
de personas podrían estar en riesgo de padecer hambre como consecuencia directa del cambio climático (De Schutter, 2010).

168

Agricultura y sustentabilidad rural...

La agricultura industrial, la crisis rural
y el cambio climático
Más allá de las múltiples evidencias de la crisis, el proyecto civilizatorio dominante y su etapa de globalización neoliberal, se encaminan a
intensificar los procesos de industrialización de la agricultura en torno
a la noción de productividad económica como único criterio para evaluar el comportamiento de las actividades agropecuarias, y excluyendo
cualquier visión más amplia que considere la multifuncionalidad y los
aportes sociales, culturales o ecológicos. La agricultura industrializada
tiene una prevalecencia de insumos ajenos al reciclaje interno de energía y materiales usados en los procesos biológicos, y busca uniformizar el medio ambiente local para estabilizar la producción controlando el riesgo y disminuyendo la biodiversidad. El papel estructurante
del mercado es uno de los rasgos de la agricultura industrializada que
se encuentra cada vez más involucrada en un complejo de industrias
de producción, procesamiento y comercialización de alimentos e insumos. Estas industrias se encargan de vender insumos al agricultor
y también de adquirir la producción, incrementando así la dependencia de los agricultores respecto a las agroindustrias (Guzmán et
al., 1999). Seguimos aquí a Altieri y Nicholls (2012), cuando señalan que la industrialización e intensificación de la agricultura, nacidas
de la revolución verde, no solo fallaron en asegurar la producción de
alimentos suficiente para todas las personas sino que fue instaurada
bajo la suposición de que siempre habría abundante agua y energía
barata, y que el clima no cambiaría. Los agroquímicos, la mecanización y las operaciones de irrigación, base de la agricultura industrial
son altamente dependientes de combustibles fósiles cada vez más
caros y escasos, y las condiciones climáticas extremas se están haciendo más comunes y violentas amenazando la producción de alimentos, especialmente en los monocultivos genéticamente homogéneos,
que cubren el 80 % de la tierra cultivable en el mundo (Altieri
y Nicholls, 2012).

169

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La agricultura industrial y la crisis rural global
La crisis rural forma parte de la crisis civilizatoria y evidencia el fracaso
de la agricultura industrializada y de los sistemas agroalimentarios
impuestos a nivel global. La crisis rural cuestiona dos de los rasgos
civilizatorios del desarrollo dominante: las relaciones entre sociedades
y naturaleza, y las relaciones entre lo urbano y lo rural; las evidencias
de esta crisis son múltiples: a) la incapacidad de reducir el hambre a
pesar de los niveles de producción existentes, b) el incremento de la
pobreza y marginación de los habitantes rurales que se ven obligados
a emigrar del campo buscando mejores niveles de vida, c) el continuo
deterioro de los recursos naturales, y d) las condiciones de calidad
y confiabilidad de los alimentos que cada vez entrañan más riesgos
para los consumidores. La gran paradoja del sistema alimentario actual es que podría alimentar sin problemas a todos los seres humanos
y, sin embargo, millones de consumidores ricos en el primer mundo
fallecen por enfermedades relacionadas o provocadas por una dieta
inadecuada y excesiva en grasa; mientras en el tercer mundo la gente
muere de enfermedades ocasionadas por la pobreza, al no tener acceso
a la tierra para cultivar cereales con los que alimentar a sus familias y al
implementar sistemas de agricultura industrializada de monocultivos
para la exportación (Riechmann, 2003). La crisis rural coloca a la agricultura en el centro del debate global y llama a reflexionar acerca del
espacio que la humanidad quiere ocupar sobre el planeta que habita,
recordando que esta debe ser considerada un bien duradero que desempeña múltiples funciones: producir alimentos, cuidar el medio
ambiente, conservar las culturas rurales y mejorar el nivel de vida de
los habitantes rurales (Bové y Dufour, 2005). La crisis rural impacta
profundamente a grandes sectores de la humanidad, a los agricultores
y sus familias, también a los consumidores urbanos y su salud, y a todos los ciudadanos conscientes del planeta, que observan la destrucción de los bosques, la pérdida de la agrodiversidad, la erosión de los
suelos, la contaminación y el agotamiento de los recursos hídricos. La
crisis rural nos lleva como ciudadanos a realizar una acción continua
170

Agricultura y sustentabilidad rural...

orientada a dos tareas: la revitalización del campo y la rehumanización
de las ciudades, ambas indispensables para un buen vivir (Hessel
y Morin, 2011). La crisis rural obliga a que la humanidad se interrogue
acerca de las relaciones entre las diferentes sociedades humanas y sus
entornos rurales y naturales, y lleva a preguntarnos si estamos dispuestos a considerar aceptable el incremento del hambre, la pobreza y la
marginación para los más vulnerables en un mundo con sobreproducción y sobreconsumo de alimentos. La reflexión sobre las relaciones
entre las sociedades humanas con la naturaleza nos hace interrogarnos
si aceptamos y avalamos el deterioro de los recursos naturales que afectará a las actuales y a las siguientes generaciones, y la reflexión conduce
también a las relaciones entre las sociedades urbanas y las sociedades
rurales, al preguntarnos si estamos de acuerdo con una agricultura sin
agricultores y en manos de transnacionales, las cuales producen alimentos sin confiabilidad ni sanidad, y un entorno natural y rural cada
vez más degradado. El mundo rural requiere, ante la crisis actual, relaciones más sustentables con la naturaleza, más equitativas entre los
seres humanos y más justas entre el campo y la ciudad; en ese sentido,
la agricultura se ha convertido en un motor de movilización social porque ni la naturaleza ni los agricultores ni los consumidores pueden ser
tratados como simples mercancías (Bové y Dufour, 2001). El medio
rural, se ubica entre las sociedades urbanas y la naturaleza, y mediante
sus procesos productivos, establece relaciones entre los seres humanos
y los ecosistemas (Toledo, et al., 2002). A través de la producción
rural, la apropiación de la naturaleza constituye el primer acto del
proceso metabólico de la especie humana que erigida en sociedad, se
establece con el universo natural y este acto clave permite distinguir el
universo rural del universo urbano e industrial. Los seres humanos
que basan su subsistencia en el usufructo de la naturaleza constituyen
40 % de la población total de la humanidad, ocupan 63 % de la superficie del planeta y representan 46 % de la población económicamente
activa (Toledo y Barrera, 2008). De la población rural 95 % se ubica
en países del hemisferio Sur y en esos países conforman 60 % de la
población económicamente activa (PEA) (Lee, 2007). La producción
171

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

de alimentos para el medio rural y para los sectores urbanos es una
de las funciones principales de la agricultura, sin embargo, tres de cada
cuatro de los 1020 millones de hambrientos del mundo viven en el
medio rural. La crisis financiera, el incremento de los precios de los
alimentos y el aumento de la superficie de agrocombustibles, hacen
aún más grave esta situación, mientras en el mundo existe prácticamente la misma cantidad de personas (1200 millones, en su mayoría
en Europa y Norteamérica) que están sobrealimentadas y padecen
obesidad (Gardner y Halweil, 1997). En 1999 se produjo suficiente
cantidad de granos en el mundo para alimentar una población de
ocho mil millones de personas, cuando la humanidad todavía no
alcanza esa cantidad de habitantes de este planeta (Altieri, 2001). Si
tal cantidad de alimentos se distribuyera equitativamente o no se empleara para alimentar con métodos industriales al ganado, y de esta
forma satisfacer el consumo de carne del primer mundo; el hambre
quedaría automáticamente eliminada de la faz de la tierra (Lappe et
al., 2005). Seguimos entonces a Sevilla (2006), cuando señala con claridad que no es la falta de alimentos lo que deteriora la trágica situación
de hambre en el mundo; por el contrario, es la desigual distribución de
la riqueza la causa última de tal descomunal injusticia. El medio rural
presenta a nivel mundial un sombrío panorama, donde pobreza, hambre, emigración y deterioro ambiental constituyen los problemas cotidianos de la mayoría de las familias rurales. De esta forma, de 2800
millones de seres humanos en pobreza y de los 1200 millones que se
encuentran en pobreza extrema, 75 % trabaja y vive en zonas rurales
(FIDA, 2001). En América Latina, 60 % de los habitantes rurales son
pobres y 38 % extremadamente pobres, sin ingresos para alimentarse;
además 80 % de los indígenas son extremadamente pobres (Cepal en
Berdeguè y Shcejtmann, 2008). La situación de pobreza se agrava ante
la paradoja de que los productores de alimentos no pueden darse de
comer ellos mismos, y donde 75 % del total de la población mundial
que padece hambre y desnutrición se ubica en el medio rural (Halweil
y Nierenberg, 2007). Resalta el hecho de que 78 % de los niños hambrientos en el Sur, viven en países con excedentes alimentarios y a nivel

mundial, el 38 % de la producción agrícola de granos se destina a la
alimentación del ganado (Riechmann, 2003). En los últimos cincuenta
años a escala mundial, ochocientas millones de personas han sido forzadas a emigrar por razones económicas del campo a la ciudad, a ello
habría que agregar que para el año 2050 existirán cerca de 220 millones
de refugiados ambientales, la gran mayoría procedentes del medio
rural (Halweil y Nierenberg, 2007). La emigración hacia las ciudades
ha creado grandes espacios de exclusión y pobreza, y de los tres mil
millones de habitantes urbanos, más de mil millones se encuentran en
barrios marginados (Tibaijuka, 2007). Si las condiciones de vida de la
mayoría de los habitantes rurales del planeta son graves, habría que
agregar que la expoliación de los recursos naturales resultado de la agricultura industrial globalizada, contribuye a que su existencia se lleve
a cabo en un entorno natural cada vez más deteriorado y las posibilidades de obtener su supervivencia del medio ambiente sean aún más precarias. De acuerdo con Riechmann (2003), los impactos ecológicos de
las prácticas de la agricultura industrial en la vida y la población rural
son: a) degradación de los suelos; b) sobreconsumo de combustibles
fósiles y efecto invernadero; c) erosión de la biodiversidad silvestre y de
la agrodiversidad; e) difusión de tóxicos biocidas; f ) consumo y contaminación del agua, g) contaminación de los alimentos; y h) destrucción de los hábitats naturales y extinción de las especies animales
y vegetales. La crítica situación afecta profundamente a las culturas rurales y a su futuro, mientras que el mundo contemporáneo es cada vez
más urbano y pareciera que el campo se extingue y sus habitantes estuviesen condenados al olvido. Sin embargo, y a pesar de las afirmaciones
que desde las más variadas posiciones ideológicas continúan decretando su desaparición, uno de cada dos habitantes del planeta vive en el
medio rural y conforman la mitad de la población económicamente
activa además de disponer de dos terceras partes de la superficie mundial. Las culturas rurales −agricultores, familiares, campesinos e indígenas−, son una clase de supervivientes (Berger, 2006) que existen
y son relevantes actores sociales en términos poblacionales, productivos, ambientales, económicos, culturales y políticos.

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La agricultura industrial y el cambio climático
La agricultura industrial se extiende por todo el planeta a través de diferentes procesos: la substitución de abonos orgánicos por fertilizantes
químicos, la utilización de maquinaria cada vez más grande, costosa
y pesada, la transformación de la ganadería hacia granjas intensivas y
dependientes, la pérdida de la agrodiversidad en busca de la uniformidad, la substitución del saber campesino por la ciencia y la tecnología,
la creciente especialización productiva regional y el incremento progresivo en el comercio global de alimentos (Ecologistas en Acción,
2011). Con la extensión de la agricultura industrial se intensifican las
aportaciones de esta actividad al cambio climático, la cual genera el 14
% de las emisiones directas globales de GEI. Por otra parte, otro 18 %
de las emisiones de GEI corresponden a los cambios en el uso de la tierra a nivel global y más de la mitad de estas son provocadas por la agricultura industrial, principal causa de la deforestación, la apertura de
nuevas tierras de cultivo y la degradación de los suelos (IPCC, 2007).
Si al 14 % de las emisiones directas de la agricultura se agregaran las
emisiones indirectas como la energía gastada en la fabricación de agroquímicos, en la producción y utilización de maquinaria agrícola, en el
transporte de insumos y cosechas, así como las emisiones generadas en
la elaboración, envasado y distribución de alimentos, es evidente que el
porcentaje correspondiente a la agricultura se incrementaría. Además
si se considera que la mitad de las emisiones de GEI que corresponden
a los cambios en el uso de la tierra son causadas por la agricultura industrial, es claro que esta actividad es una de las principales culpables
del cambio climático (Ecologistas en Acción, 2011). La agricultura
representa la mayor proporción de uso de tierra por los seres humanos
y es una de las más importantes fuentes emisoras de gases que contribuyen al cambio climático. Los distintos ecosistemas actúan como
fuentes de emisión y como sumideros de dióxido de carbono (CO2),
óxido nitroso (N2O) y metano (CH4) jugando un papel importante en
el balance de los mismos y, por tanto, en el calentamiento global de la
tierra (SEAE, 2006).
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Agricultura y sustentabilidad rural...

La agricultura es la principal fuente de emisión de CH4 y N2O
y en menor medida aunque también importante de CO2. Las prácticas
agrícolas intensivas, la cría de ganado y el uso de fertilizantes químicos
emiten más del 50 % del metano proveniente de actividades humanas
y gran parte del óxido nitroso (SEAE, 2006). Al analizar la contribución total de la agricultura al cambio climático se observa que la mayor
parte de las emisiones de GEI se deben a la utilización de grandes cantidades de fertilizantes nitrogenados, al disparatado crecimiento ganadero desvinculado a la tierra, a la deforestación y roturación de nuevas tierras para pastos, forrajes y ahora agrocombustibles, fuentes estas que se
encuentran fuertemente ligadas a la agricultura industrial y a la expansión del sistema agroalimentario global (Ecologistas en Acción, 2011).
Los abonos nitrogenados son responsables del 38 % de las emisiones
directas y la industrialización de la agricultura ha disparado el empleo
de fertilizantes químicos que han pasado de catorce millones de toneladas en 1954 a 194 millones en 2007 (Ecologistas en Acción, 2011). La
utilización intensiva de grandes cantidades de fertilizantes nitrogenados en la agricultura industrial ha incrementado las emisiones de óxido
nitroso (N2O), el tercer gas de efecto invernadero en importancia que
representa el 8 % de las emisiones totales de GEI. Por otra parte, la fabricación de fertilizantes requiere gran cantidad de energía y se estima
que más del 50 % se destina a la producción de fertilizantes químicos
(Ecologistas en Acción, 2011). La ganadería industrial es otra fuente
importante de emisiones, es responsable de un 35 % - 40 % de la producción de metano (CH4), el segundo gas más importante en el efecto
invernadero que se produce en la digestión de los rumiantes y en la descomposición de estiércol en ausencia de oxígeno. Es además responsable del 65 % de las emisiones totales de N2O si se incluyen en el cálculo
de los cultivos destinados a la producción de alimentos para el ganado.
En las últimas décadas las granjas industriales se han convertido en el
método de producción ganadera con mayor crecimiento en el mundo,
actualmente producen el 74 % de los pollos, el 50 % de los cerdos, el
43 % del vacuno de carne y el 68 % de los huevos (WWI, 2004). A diferencia de la crianza tradicional de ganado a base de pastoreos, rastrojos
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

y residuos agrícolas, la cría intensiva de animales supone un uso altamente ineficiente de recursos como el estiércol, antes abono y ahora
residuo con graves problemas de gestión. Actualmente el 30 % de las
tierras agrícolas producen alimento para ganado y esto implica grandes
emisiones de CO2 que se estima representan un 9 % de las emisiones de
ese gas (Scherr y Sthapit, 2009). Los cambios en el uso de la tierra son
otro gran emisor de gei, principalmente debido a la deforestación y a
la roturación de praderas y otros ecosistemas para ampliar la superficie
de cultivos y pastos, y todos los años se pierden cerca de trece mil hectáreas de bosques en el mundo, sobre todo en las regiones tropicales.
El crecimiento de la superficie dedicada a la soya, a los agrocarburantes
y a los diferentes tipos de palma presiona cotidianamente contra las
selvas tropicales incrementando las emisiones de CO2. A esta emisión
de gases hay que sumarle la reducción en la captura de CO2 en los ecosistemas destruidos, debido a que tanto la vegetación natural como los
suelos constituyen un importante sumidero de carbono, y cada vez que
se destruye un bosque o que se rotura una pradera perdemos capacidad
de absorción de CO2 (Ecologistas en Acción, 2011). Los sistemas de
agricultura a nivel mundial actual producen materias primas para la
gran cadena agroalimentaria transformando los alimentos en una mercancía globalizada que cada día viaja más. Se estima que en los Estados
Unidos de América –paradigma de la agricultura industrial−, los alimentos son trasportados un promedio de 3000 km para llegar a la mesa
donde serán consumidos y solamente el 20 % de la energía consumida
en el sistema alimentario se utiliza en la producción agraria, el 80 %
restante va a parar al transporte, procesamiento, conservación y preparación de alimentos (Lehman, 1995).

experiencias que resisten por distintos medios a la imposición de un
modelo de desarrollo que ha demostrado, y continúa demostrando, su
inviabilidad para la humanidad en su conjunto, y para el uso sustentable del medio ambiente. Estos procesos de cuestionamiento, resistencia y toma de conciencia globales, han ido acompañados por una
amplia búsqueda de alternativas de desarrollo en la cual participa un
espectro variado de movimientos sociales, orientados hacia una mayor
justicia social y a un mejor equilibrio con el medio ambiente; es en
esta búsqueda, que surge la perspectiva de la sustentabilidad.
El cuestionamiento al desarrollo dominante y sus impactos, viene inspirado por la urgencia de hacer una opción a favor de la tierra
y la humanidad. La problemática ecológica constituye una de las
preocupaciones políticas primordiales de la humanidad y ocupa el
escenario ideológico, científico, ético y espiritual. Para Boff (2008),
solamente asumiendo las exigencias de la ecología en su sentido más
amplio, los seres humanos podremos hacer frente a los desafíos que
plantea el calentamiento global y la crisis que está abatiéndose sobre
el planeta Tierra. La crisis civilizatoria y sus efectos han generado el
creciente surgimiento de una conciencia que significa abandonar la
misión de dominar y conquistar la naturaleza. La quimera del dominio absoluto de la naturaleza choca hoy contra la toma de conciencia
de nuestra dependencia de la biosfera y de los poderes destructores de
la tecnociencia para la propia humanidad (Morin y Hulot, 2008). La
toma de conciencia ecológica converge con la toma de conciencia de
la problemática civilizatoria y ambas incitan a una política de sociedad
que es también una política de civilización (Morin y Hulot, 2008),
y desde allí, desarrollar una conciencia planetaria, una conciencia ecológica y humana vinculada al planeta que nos permita arraigarnos a
la tierra. La crisis civilizatoria nos muestra que el crecimiento industrial, técnico y urbano incontrolado, no solo tiende a destruir toda
vida en los ecosistemas locales, sino también y sobre todo a degradar
la biosfera y a amenazar en última instancia la vida misma, incluida
la humana que forma parte de dicha biósfera. La crisis nos enseña al
mismo tiempo que la amenaza mortífera es de naturaleza planetaria

Movimientos sociales y sustentabilidad rural
Los impactos de la crisis global han generado un creciente cuestionamiento del proyecto civilizatorio dominante y de su etapa neoliberal
como camino único. A lo largo y ancho del planeta se multiplican las
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

y en este sentido la conciencia ecológica es un componente esencial
de la conciencia planetaria (Morin y Hulot, 2008). En el surgimiento
de esta conciencia planetaria se desenvuelve la génesis de la sustentabilidad, a partir de una amplia variedad de movimientos ciudadanos
y sociales, que incluye entre otros a ecologistas, campesinos, indígenas, mujeres, pacifistas, consumidores y ciudadanos, quienes en diversos lugares del mundo han vivido y sufrido los efectos del desarrollo,
y desde su práctica cotidiana y militancia social han cuestionado su
pertinencia para la naturaleza y la vida humana del planeta. Por otra
parte, y como resultado de las presiones ciudadanas globales, ha aparecido una vertiente de la sustentabilidad que proviene de diferentes
actores institucionales, los cuales desde niveles globales, nacionales
o locales, reconocen la necesidad de una perspectiva de sustentabilidad en los procesos de desarrollo.
La génesis de la sustentabilidad responde a que el proceso de desarrollo, está dando lugar a diversas manifestaciones de resistencia que se
oponen a las políticas de globalización excluyente. Estos movimientos
se enmarcan en el sentido de Bonfil (1994) en proyectos civilizatorios
alternativos y pueden ser ubicados en lo que Hessel (2011a) propone
como un llamado urgente a la indignación y a la movilización ante una
situación internacional inaceptable marcada por la pobreza, la desigualdad, el deterioro ambiental y la violación de los derechos humanos.
Estos nuevos movimientos globales, surgidos ante los graves problemas que plantea la globalización han puesto en marcha un nuevo ciclo
de movilizaciones orientadas hacia un nuevo paradigma político que
persigue un tránsito de sistemas de democracia formal a procesos de
democracia radical (Calle, 2005). Los movimientos hacia la sustentabilidad se expresan en la defensa de las estructuras comunitarias y locales
de uso de recursos naturales ante la amenaza del mercado o del Estado
y se expresan también contra la degradación ambiental y cultural, y sus
causas; y desde la perspectiva de la ecología política (Martínez-Alier,
2006) surgen de los conflictos ecológicos distributivos causados por
el crecimiento económico y la desigualdad social, que dan cuenta
de las resistencias locales y globales contra el abuso de la naturaleza

y la pérdida de vidas humanas. La vertiente institucional hacia la
sustentabilidad se inicia en 1988, cuando la Comisión Mundial del
Medio Ambiente y Desarrollo (CMMAD) de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU), a través del llamado Informe Bruntland,
propone al desarrollo sustentable como un camino para corregir los
efectos de la crisis ecológica global y es aceptado como una estrategia
institucional por los países miembros de la onu en la llamada Agenda
21, en Río de Janeiro en 1992 durante la Cumbre de la Tierra. Sin
embargo, la reciente Cumbre Río+20 evidenció la escasa voluntad de
los países desarrollados de cumplir con los acuerdos globales orientados hacia el desarrollo sustentable. En esta vertiente institucional,
las instancias globales no han sido capaces de tomar decisiones que
realmente signifiquen una reforma en el uso de los recursos naturales
del planeta (Morin y Hulot, 2008).

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Construyendo alternativas hacia
la sustentabilidad rural
Los movimientos sociales rurales se desenvuelven teniendo como marco la crisis rural causada por el desarrollo neoliberal y la agricultura
industrializada, y sus acciones y planteamientos permiten ubicarlos
como los actores sociales centrales en la construcción de la sustentabilidad rural en los nuevos movimientos globales. El proyecto civilizatorio occidental se orienta hacia la modernización de las culturas
campesinas e indígenas y a la industrialización de los espacios rurales
como paso inevitable hacia el desarrollo. Sus impactos sociales, ecológicos, culturales y económicos han sido muy altos para la población
rural del mundo, los cuales a través de la historia han llevado a cabo
diversos procesos que combinan resistencia, movilización y rebelión, en busca de defender sus formas de vida. Los tiempos recientes
han sido testigos de la emergencia de actores y movimientos sociales
campesinos e indígenas en todo el mundo, y especialmente en América
Latina donde presentan innovaciones relevantes respecto sus formas
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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

de movilización y organización, desde una perspectiva global. Estos
movimientos en diversos contextos y regiones han puesto en práctica diferentes estrategias orientadas a encontrar caminos alternativos
de desarrollo rural. Los movimientos contemporáneos de campesinos
e indígenas plantean la defensa de la naturaleza, sin ella las culturas
rurales pierden su profundidad y fortaleza; los mismos proponen un
proyecto civilizatorio alternativo al moderno, en el que las relaciones
con la naturaleza se fundamenten desde otras perspectivas (Toledo,
1992). La defensa de la naturaleza toma también la forma de una demanda política concreta, así las cosmovisiones indígena y campesina
encajan en la demanda global de realizar una apropiación ecológicamente correcta de los recursos naturales (Toledo, 1992). Con ello, los
movimientos campesinos e indígenas proponen un proyecto civilizatorio alternativo, que retoma los aspectos culturales y ecológicos más relevantes, para enriquecer los procesos de búsqueda. En Latinoamérica
son esperanzadores los casos de Ecuador y Bolivia donde a partir de los
movimientos indígenas y campesinos se ha establecido en las respectivas constituciones los derechos de la naturaleza y se han formulado las
políticas públicas en torno a la noción indígena del buen vivir como
alternativa al concepto de desarrollo dominante. Los movimientos rurales son de naturaleza muy diversa y sus demandas contemplan una
amplia gama de aspectos. Sin embargo, más allá de esta diversidad,
encuentran como punto común la búsqueda de mantener su identidad cultural como campesinos a través de formas de organización
y producción que les permitan el continuar siendo culturas rurales.
En esta búsqueda, sus esfuerzos se orientan a establecer articulaciones
con movimientos sociales de muy diferentes tipos, ecologistas, consumidores, neorurales, organizaciones sociales y no gubernamentales
con la perspectiva de construir acuerdos comunes con los habitantes
de las ciudades. Los movimientos rurales proponen una nueva relación
entre la agricultura y la naturaleza valorada desde la multifuncionalidad rural y más allá de la simple racionalidad económica, pero también proponen una relación equitativa entre ciudad y campo, en la cual
las culturas rurales y sus formas de vida sean reconocidas y aceptadas.

Los movimientos de consumidores responsables son una contraparte
fundamental de la agricultura sustentable campesina, constituyen
compañeros básicos en la construcción de una alimentación accesible
sana y de calidad para la humanidad, y de otro tipo de relaciones entre
la ciudad y el campo. Los movimientos sociales rurales tienen relación
con movimientos similares en otras partes del mundo y de allí han
constituido redes y organizaciones que actúan en un ámbito global;
los mismos tienen un presencia nutrida y constante en las diferentes
instancias internacionales, tanto los Foros Sociales Mundiales como
las movilizaciones de resistencia contra el neoliberalismo y sus instituciones, y además han mostrado la capacidad de formular propuestas
viables desde su práctica basada en experiencias locales que aportan
elementos relevantes para las estrategias de desarrollo rural, las cuales
pueden ser implementadas como políticas públicas. Con todo ello, los
movimientos sociales rurales han sido capaces de participar con sus
propuestas en los procesos de negociación y discusión con diversas
instancias internacionales en los foros globales. Más allá de sus diversidades y de las diferencias propias de los contextos locales, existe
un amplio consenso entre los movimientos sociales rurales respecto
a los principales elementos para lograr no solamente un desarrollo rural sustentable sino también, y más ampliamente, un mundo
rural más justo y sustentable. Entre los elementos comunes se encuentran los siguientes: a) la soberanía alimentaria; b) la multifuncionalidad de la agricultura familiar; c) la sustentabilidad de las actividades agropecuarias y forestales; d) el acceso a la tierra y los recursos
naturales; e) la equidad de género; f ) los derechos y demandas
indígenas; g) el comercio justo; h) la dimensión de lo endógeno;
i) las articulaciones entre lo local y lo global; j) las políticas agrícolas
(Morales, 2011).

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

La agricultura sustentable y el cambio climático
Las actividades agropecuarias y forestales constituyen el eje de la
vida económica, social y cultural para la mayoría de las comunidades
rurales y sus habitantes. En la construcción de un mundo rural más
justo y sustentable, el fortalecimiento de las actividades agropecuarias es una estrategia básica, en la cual es evidente que los principios
de la agricultura industrial y su soporte científico basado en la agronomía convencional no resultan de ninguna utilidad. Es aquí que
aparece el concepto de agricultura sustentable como un elemento
articulador de los procesos de sustentabilidad rural y la agroecología
como un enfoque científico alternativo para la transición hacia agriculturas más sustentables. Ante la crisis que recorre los espacios rurales
en el mundo, los campesinos y los indígenas llevan a cabo diferentes
estrategias para defenderse de esta amenaza y conservar su cultura,
sus recursos naturales y su forma de vida; entre estas estrategias juega
un papel relevante la búsqueda de la sustentabilidad en las actividades agropecuarias. Desde la perspectiva de las organizaciones rurales
globales como Vía Campesina, es crucial que los alimentos sean generados por sistemas de producción sustentables y diversificados con
base en la agricultura familiar campesina y comunitaria; por tanto,
los sistemas agropecuarios deben reorientarse hacia la promoción
de un modelo fundamentado en principios agroecológicos, y deben
aplicarse políticas públicas y programas que fomenten la agricultura
sustentable (Nicholson, 2006). Para el Movimiento Agroecológico
de América Latina y el Caribe (Maela) (2006), los sistemas agroecológicos de producción sustentable, son el componente fundamental de
un modelo alternativo de desarrollo sustentable. Para el Movimiento
Campesino a Campesino de Mesoamérica, la agricultura sustentable
es mucho más que un conjunto de proyectos y técnicas, y forma parte
de un gran proceso de cambio social que puede verse como una forma
de resistencia cotidiana del campesinado ante las fuerzas del desarrollo y la globalización (Holt-Giménez, 2008). Es notable el continuo
crecimiento de la superficie dedicada a cultivos manejados desde la
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Agricultura y sustentabilidad rural...

agricultura sustentable, la cual en 2008 incluía a un total de treinta
y cinco millones de hectáreas en 154 países del mundo, manejadas
por alrededor de 1,4 millones de agricultores y con una tasa continua
de avance de tres millones de hectáreas (9 %), respecto al año anterior. El primer lugar lo ocupa Oceanía con doce millones de hectáreas
y después se ubican Europa y Latinoamérica con alrededor de ocho
millones de hectáreas. Es interesante señalar que la región donde
tuvo mayor crecimiento la agricultura sustentable durante 2007 fue
Latinoamérica con un 26 % (Willer et al., 2010) y donde buena parte
de los agricultores son pequeños y medianos, y más de cuatrocientos
mil pequeños agricultores, indígenas y campesinos certificados como
orgánicos continúan desarrollando a diario en sus parcelas la producción de alimentos sanos, y cuyo promedio en las fincas ronda las
cinco hectáreas de extensión (Maela, 2006). Estas cifras, sin embargo,
no incluyen a todos aquellos que realizan una agricultura tradicional,
o bien no participan en los procesos de certificación convencional.
Probablemente, los números reales son mayores si tomamos en cuenta
lo que Rist (2003) llama “producción oculta de alimentos orgánicos”,
y se refiere a la producción agrícola y ganadera en sistemas que se basan en prácticas agroecológicas. Desde esta perspectiva, el espectro se
amplía e incluye las agriculturas campesinas e indígenas dedicadas al
autoconsumo familiar y al comercio local, a las redes de agricultores
y consumidores, a las crecientes agriculturas urbanas y periurbanas y
también a los colectivos que impulsan las alternativas de certificación
participativa, el consumo local y el comercio justo.

La agricultura sustentable y la agroecología
La agricultura industrializada ha demostrado sus impactos negativos
en múltiples dimensiones ambientales, económicas, sociales y culturales, y ante ello un elemento central para un mundo rural más justo
y sustentable se refiere a una reconsideración de las formas de utilización de los recursos naturales en los procesos agropecuarios y fores183

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

tales y, por tanto, la transición hacia una agricultura sustentable y
multifuncional con criterios como autosuficiencia, diversificación,
equidad, productividad y estabilidad (Morales, 2004). La agricultura
sustentable, de acuerdo con Morin y Hulot (2008), es una de las alternativas para que la humanidad cambie de rumbo ante la crisis, y por
ello una política de salvación ecológica, debe contemplar el desarrollo
y la intensificación de la agricultura sustentable en todas las regiones
del globo. Para Hessel (2011b), la agricultura sustentable constituye
una de las soluciones a la crisis global dado que se preocupa tanto por
el medio ambiente como por la alimentación, y señala que generalizarla, resulta ingente y que para conseguirlo necesitamos el compromiso de los estados, las instituciones, las empresas y sobre todo de los
ciudadanos. La agricultura sustentable contempla su articulación con
otros ámbitos de la sociedad y atiende no solo la problemática rural
sino también las demandas ciudadanas globales que buscan mayor disponibilidad y calidad en los alimentos, más cuidado de recursos naturales con atención al cambio climático y una mayor participación
social en su derecho a una alimentación sana (Gliessmann, 2009).
Ello significa la transformación de los sistemas agroalimentarios globales que implican a casi todos los aspectos de la sociedad humana y
van muy relacionados con la construcción del ambiente. Los sistemas
agroalimentarios entonces son mucho más amplios que un cultivo y su
sustentabilidad atañe, pues, no solo a los agricultores sino también a
los consumidores y ciudadanos. La agricultura sustentable de acuerdo
con Gliessman (2009) es aquella que reconoce en su totalidad el sistema alimentario, la nutrición animal y producción de fibra en un balance equitativo entre el medioambiente, la igualdad social y la viabilidad económica entre todos los sectores de la sociedad global y con una
perspectiva intrageneracional. La agricultura sustentable señalan Altieri
y Nicholls (2000), contiene los siguientes componentes: una producción estable y eficiente de los recursos productivos, la seguridad y autosuficiencia alimentaria, el uso de prácticas agroecológicas de manejo, la
preservación de la agricultura familiar y la cultura local, la autogestión
y participación de los agricultores, al igual que la conservación

y recuperación de los recursos naturales. La crisis civilizatoria significa
también un profundo cuestionamiento a las ciencias y al papel que
han jugado como sostén ideológico y tecnológico del modelo de desarrollo dominante. En la crisis rural, el cuestionamiento atañe directamente a las ciencias agrarias (agrícolas, pecuarias, y forestales), desde
cuyos fundamentos se ha llevado a cabo el proceso de industrialización de las actividades agropecuarias con los resultados sociales, ecológicos, culturales y económicos que se han discutido previamente. La
búsqueda de estrategias de desarrollo rural que incluyan a la agricultura sustentable entre sus elementos, ha llevado a emprender la construcción de enfoques científicos más amplios e incluyentes, capaces de
aportar significativamente a formas alternativas de hacer agricultura;
es así como en esta búsqueda se ubica la agroecología. A contracorriente de la tendencia predominante en la ciencia contemporánea, la
cual promueve la especialización y la parcelación del conocimiento,
la agroecología se ubica en una nueva revolución conceptual que intenta integrar a las ciencias de la naturaleza con las ciencias sociales y
humanas (Sevilla, 2006). La problemática ambiental constituye el mayor reto para la ciencia contemporánea, porque representa una colosal
amenaza a la supervivencia del planeta y de las sociedades humanas
(Toledo, 1998). En respuesta se ha gestado un interesante fenómeno
entre los diferentes campos de conocimiento como reacción al proceso
general de especialización excesiva, y a manera de ciencias de salvamento para detener y remontar la crisis ambiental han aparecido más de
una veintena de disciplinas híbridas, como formas interdisciplinarias
de abordar la realidad en las cuales el enfoque adoptado es el resultado
de la integración de la ecología, con diferentes ciencias dedicadas a estudiar el universo social y humano (Toledo, 1998). Surgen por ejemplo
la ecología política, la economía ecológica y la agroecología, que se asume como una ciencia compleja basada en la transdisciplina y que busca
atender a la crisis rural a través de sistemas de agricultura sustentable
(Sevilla, 2006).
La agroecología responde al llamado de construir una agricultura sobre la base de la conservación de los recursos, de la agricultura

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

tradicional, local y familiar, aunada a los conocimientos modernos
de la ecología. Provee el conocimiento y los métodos necesarios para
desarrollar una agricultura que sea por un lado, ambientalmente
adecuada, y por otro, viable en términos productivos, sociales
y económicos. La agroecología entonces es definida por Gliessman
(2002) como la aplicación de conceptos y principios ecológicos para
el diseño y manejo de agroecosistemas sustentables. Busca integrar
los saberes históricos de los agricultores con los conocimientos de
diferentes ciencias, facilitando tanto la comprensión, el análisis y la
crítica del actual modelo de desarrollo rural como el establecimiento de nuevas estrategias para el desarrollo rural alternativo y también
nuevos diseños de agriculturas más sustentables, desde un abordaje
complejo y transdiciplinar. La agroecología entonces debe ser entendida como un enfoque científico destinado a apoyar la transición
desde los actuales modelos de desarrollo y agricultura convencionales hacia estilos de desarrollo rural y de agricultura más sustentables
(Caporal y Costabeber, 2002).

Los agroecosistemas sustentables presentan una serie de principios
agroecológicos que mejoran la biodiversidad para el mantenimiento
de procesos metabólicos y reguladores claves para su funcionamiento equilibrado (Gliessmann, 2002). Un principio fundamental de la
agricultura sustentable es la diversificación de los sistemas agrícolas
y ganaderos que potencien los efectos positivos de la biodiversidad
en la productividad, derivados de los crecientes efectos de la complementariedad entre las distintas especies de plantas y animales para
un mejor aprovechamiento de la luz solar, del agua, de los recursos
del suelo y de la regulación natural de plagas, y para ello se proponen
como elementos del diseño de agroecosistemas sustentables (Altieri
y Nicholls, 2012): las rotaciones de cultivos, los policultivos, los sistemas agroforestales, los cultivos de cobertera y mulch, y la interacción
entre agricultura y ganadería. Las iniciativas agroecológicas buscan la
transformación de la agricultura industrial basada en combustibles
fósiles para la exportación de alimentos y agrocombustibles hacia un
paradigma rural alternativo que fomenta la producción y el consumo
local y nacional, a partir de pequeños agricultores familiares basados
en la innovación campesina, los recursos locales y la energía solar
(Altieri y Nicholls, 2012).
La agricultura ecológica puede incrementar y mantener la fertilidad del suelo, un pilar fundamental para que la agricultura constituya una actividad sustentable y el suelo se mantenga como un recurso
renovable. La fertilización del suelo en la agricultura ecológica se hace
mediante diversas prácticas como abonos verdes, incorporación de
materia orgánica y estiércoles, o la utilización de composta. Estas
actividades favorecen la estructura del suelo, imprescindible para una
óptima retención del agua y para que los nutrientes estén disponibles,
evita la compactación de las tierras, favorece el desarrollo de microrganismos edáficos que aseguran una correcta descomposición de los
aportes de materia orgánica y un ambiente sano, nutritivo y equilibrado para las raíces, y supone además una considerable fijación de
nitrógeno contribuyendo en la mitigación del cambio climático (Ecologistas en Acción, 2011). Los suelos de agricultura ecológica fijan

La agricultura sustentable y sus aportaciones
para enfrentar el cambio climático
La agricultura de base ecológica y sustentable ofrece un modelo centrado en la regeneración y conservación de los recursos, en la diversidad
biológica, en la reutilización de nutrientes y en una relación sinérgica
entre cultivos, animales, suelos y otros componentes biológicos. La agricultura ecológica está fundamentada en la recuperación del suelo y su
fertilidad, la búsqueda de una ganadería extensiva, la defensa de la agrobiodiversidad, la alimentación local y los canales cortos de comercialización, busca la soberanía alimentaria en la perspectiva de un mundo rural
vivo. Constituye además la única forma de restaurar terrenos agrícolas
degradados por la agricultura industrial y de reducir las emisiones de
gases efecto invernadero de este sector (Ecologistas en Acción, 2011).

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

de la atmósfera entre 733 y 3000 kg de CO2 por hectárea y por año;
por otra parte, las emisiones de CO2 por hectárea de la agricultura
ecológica, son entre el 46 % y el 66 % menores que los sistemas de
agricultura industrial (Stolze, et al., 2007). La agricultura ecológica
contribuye a reducir la emisión de gases efecto invernadero a través
de diversas formas: cerrando los ciclos de nutrientes –incluyendo
la ganadería en sistemas agrícolas− autoabasteciéndose de recursos
e insumos y utilizando recursos locales, manteniendo las características físico-químicas de los suelos, reduciendo la erosión gracias a cubiertas vegetales y setos, utilizando un mayor porcentaje de fuentes
energéticas renovables y un menor consumo directo de combustible
fósil –maquinaria y mano de obra−, e indirecto al no usar productos
que requieren un alto costo energético en su fabricación como fertilizantes de síntesis, herbicidas, pesticidas y alimento para animales
(SEAE, 2006). La contribución ambiental de la agricultura ecológica
va más allá y refiere a la conservación de la biodiversidad –flora, fauna
y microrganismos del suelo−, a la calidad del agua −menor contaminación por nitritos, fósforo y pesticidas, y menor costo energético en el
tratamiento de aguas− menores emisiones de óxido nitroso y dióxido
de carbono, mejor eficiencia energética, mejor balance de nutrientes
en el suelo, menor generación de residuos y embalajes, y menor gasto energético al reducir las distancias de transporte en los alimentos
(SEAE, 2006). La agricultura ecológica también permite una utilización mucho más eficiente de la energía en comparación con la agricultura industrial que gasta en promedio un 50 % más (SEAE, 2006).
Esto se debe fundamentalmente al ahorro energético que supone el
manejo ecológico derivado de la fertilidad del suelo mediante insumos internos (rotaciones, abonos verdes, cultivo de leguminosas), la
no utilización de fitosanitarios y fertilizantes de síntesis y los bajos
niveles de externalización en la alimentación del ganado. En la agricultura industrializada el balance de energía obtenida y energía consumida está cada vez más descompensado. Para obtener una caloría
de energía de los alimentos en manejo industrial se requieren entre
ocho y diez calorías de energía y en el caso de hortalizas en inverna-

dero fuera de temporada se puede llegar a 575 calorías invertidas por
cada caloría extraída (Ecologistas en Acción, 2011). Los principios de
la agricultura ecológica son una alternativa ante el cambio climático
que enfrenta la humanidad y de acuerdo con Kotschi y Muller (2004),
tienen un alto potencial de reducción directa e indirecta de gases efecto invernadero, y puede ser muy significativa en el caso de CO2 y N2O
y en menor medida en el caso de CH4. Los principios son: a) los usos
de la tierra y su manejo que implica cubierta permanente del suelo,
la reducción del laboreo, la diversificación y rotaciones de cultivo,
y la agroforestería; b) la utilización de estiércoles y residuos que refiere al reciclaje de residuos urbanos, a la elaboración de abonos y compostas y a la elaboración de biogás; c) la ganadería que implica la no
estabulación intensiva, la alimentación con praderas y piensos locales;
d) la fertilización del suelo que significa la integración de la agricultura
con la ganadería, la utilización de leguminosas y la reducción en las
externalidades de los nutrientes; e) cambios en la conducta del consumidor referido al incremento en el consumo de alimentos locales
y regionales y al aumento en el consumo de vegetales en la dieta.

188

Los avances hacia la sustentabilidad rural
en Latinoamérica
El medio rural en Latinoamérica está conformado mayoritariamente
por comunidades campesinas e indígenas, y la agricultura en su acepción
más amplia ha sido parte fundamental en la economía y en la vida de los
habitantes rurales, quienes han ido configurando una historia agrícola
que hace parte de la cultura local y que da cuenta de la trascendencia
de la agricultura en la identidad y en la cotidianidad de los campesinos
e indígenas. En América Latina se ubica el 45 % de los campesinos mundiales, que constituyen el 26 % de la pea latinoamericana (FAO, 1990).
El escenario rural de la región presenta una larga historia rural, gran
diversidad ecológica, una amplia diversidad cultural, una notable agrobiodiversidad y un profundo conocimiento campesino e indígena, re189

Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

sultado de la coevolución entre las sociedades rurales y la naturaleza,
todo ello representa un importante potencial para la búsqueda de alternativas orientadas hacia la agricultura sustentable. El conocimiento
campesino puede aportar relevantes elementos para establecer agroecosistemas con mayor resiliencia y capacidad para enfrentar los desafíos
del cambio climático; de acuerdo con Altieri y Nicholls (2009) muchos
agricultores se adaptan e incluso se preparan para el cambio climático,
minimizando las pérdidas en productividad mediante la utilización de
variedades locales tolerantes a la sequía, cosecha de agua, policultivos,
agroforestería, deshierbe oportuno, recolección de plantas silvestres
y otras técnicas. Esto hace necesario reevaluar las tecnologías campesinas e indígenas como fuente imprescindible de información sobre la
capacidad adaptativa de los agricultores al cambio climático; hay en
el mundo millones de agricultores que practican tipos de agricultura
que proporcionan a los agroecosistemas una capacidad de resiliencia
notable ante los continuos cambios económicos y ambientales y que
además contribuyen sustancialmente con la seguridad alimentaria local, regional y nacional (Altieri y Nicholls, 2009). La gran cantidad
de sistemas tradicionales en América Latina adaptados a diferentes
ambientes, constituyen un patrimonio mundial que refleja el valor
y la diversidad de dichos sistemas y también da cuenta de la fascinante historia de los seres humanos para adaptarse y ajustarse a un entorno cambiante a través del tiempo (Nicholls y Altieri, 2012). En
este sentido, resulta muy valioso el esfuerzo de la Red Iberoamericana
para el Desarrollo de Sistemas Agrícolas Resilientes al cambio climático (Redagres) que a través de un trabajo coordinado en siete países
de Latinoamérica busca identificar sistemas agroecológicos de producción campesina que han soportado eventos climáticos extremos,
analizando los mecanismos sociales y ecológicos que han permitido
a estos sistemas resistir y/o recuperarse de los impactos de los eventos.
El rescate, la sistematización y la difusión de estas estrategias facilitarán el diseño de sistemas más resilientes al cambio climático (Nicholls
y Altieri, 2012). En Latinoamérica la agricultura sustentable nace
como una estrategia orientada a enfrentar la crisis rural a partir de tres

objetivos: la autosuficiencia alimentaria familiar, el cuidado de los recursos naturales y la reducción de los costos de producción. Los proyectos iniciales fueron realizados por grupos de campesinos e indígenas,
acompañados generalmente por organizaciones comunitarias y no gubernamentales. En muchas ocasiones, el punto de partida para la puesta en práctica de los procesos hacia la agricultura sustentable fueron los
agroecosistemas locales que, bajo el conocimiento campesino tradicional, aún conservan los rasgos fundamentales de funcionamiento ecológico. Para buena parte de los campesinos e indígenas latinoamericanos,
la agricultura sustentable además de representar una alternativa viable,
ha significado la revalorización de su conocimiento local como base
para su mejoramiento, a través del diálogo con la agroecología. Al paso
del tiempo y con la participación de grupos de consumidores, ecologistas, universidades y en algunos casos de los gobiernos locales, la agricultura alternativa fue creciendo consistentemente y en la actualidad, ocho
millones de hectáreas, que equivalen a 27 % de la superficie mundial se
ubican en América Latina, y ya hemos señalado que es la región en el
mundo con la tasa mayor y más continua de crecimiento (Willer et al.,
2010). Esta agricultura comienza a tener un impacto positivo en los
rendimientos y de acuerdo con Altieri y Nicholls (2000) hay miles de
casos de productores rurales que, en asociación con ONG, y otras organizaciones, promueven sistemas agrícolas y conservan los recursos,
manteniendo altos rendimientos y cumpliendo los criterios de la agroecología. De hecho, los aumentos de 50 % a 100 % en la producción
son bastante comunes con la mayoría de los métodos agroecológicos.
En ocasiones, los rendimientos de cultivos que constituyen el sustento
de los pobres –arroz, frijol, maíz, yuca, papa, cebada−, se han multiplicado gracias al trabajo y conocimiento local, más que a la compra
de insumos costosos y capitalizando más bien la intensificación de la
mano de obra y sinergias (Altieri y Nicholls, 2000).
El avance de la agricultura sustentable en la región, ha significado
también el manejo equilibrado de los recursos naturales, la conservación
de las semillas nativas, el mejoramiento de la agrodiversidad y la disminución de los impactos ambientales (Guzmán y Morales, 2011). Ante las

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Agricultura y sustentabilidad rural...

catástrofes ambientales en Latinoamérica esta agricultura ha demostrado mayor capacidad de resiliencia que la agricultura convencional, y en
el caso del huracán Mitch en Centroamérica, las parcelas con prácticas
de agricultura sustentable, mejoraron la cubierta vegetal, la infiltración
del agua en el suelo, redujeron la erosión severa y permitieron en un
período corto reanudar las actividades agropecuarias (Holt-Giménez,
2002). Las múltiples experiencias existentes muestran que la aplicación
del paradigma agroecológico puede traer beneficios ambientales, económicos y políticos a los pequeños productores, a las comunidades
rurales y a la población urbana (Altieri y Toledo, 2011), para quienes
en América Latina se está gestando una triple revolución agroecológica −epistemológica, técnica y social− que está propiciando cambios
nuevos e imprevistos encaminados a restaurar la autosuficiencia local,
a conservar y a regenerar la agrobiodiversidad, a producir alimentos
sanos con bajos insumos y a empoderar a las organizaciones campesinas. Estos cambios abren nuevos derroteros políticos para las sociedades agrarias de Latinoamérica y conforman una alternativa totalmente
opuesta a las políticas neoliberales basadas en la agroindustria y en las
agroexportaciones. Para Altieri y Toledo (2011), la agroecología tiene
un gran potencial para promover cambios sociales y agrarios trascendentes encaminados a la sustentabilidad a partir de proyectos, iniciativas y movimientos de inspiración agroecológica donde destacan como
polos de innovación agroecológico las experiencias en Brasil, la región
Andina, México, Centroamérica y Cuba.
Las experiencias en Latinoamérica muestran la viabilidad de las
estrategias orientadas hacia una agricultura sustentable, basada en los
principios agroecológicos, y además, han hecho aportes fundamentales
desde el conocimiento indígena y campesino para el avance conceptual
y metodológico de la agroecología. Siguiendo a Wezel y colaboradores
(2009), en América Latina la agroecología comienza como un movimiento social y como una práctica de agricultura ecológica y posteriormente se constituye en una ciencia. Ello explica quizá el hecho de que
la agricultura ecológica en la región es practicada mayoritariamente

por pequeños agricultores e indígenas y es en este sector mayoritario
donde tiene un importante impacto social.
La agricultura sustentable y la agroecología siguen creciendo
en América Latina y existen relevantes esfuerzos de formación universitaria y de postgrado ya consolidados, además, la disciplina
de agroecología ya hace parte de muchos programas de formación
y es en la región donde se concentra el mayor número de cursos
de especialización y maestría sobre el tema. Hay también importantes avances en las estrategias de formación de agricultores y campesinos, a partir de sus prácticas y conocimientos, a través de estrategias
participativas. Los servicios de extensión y asesoría con base en la
agroecología se extienden hacia los diferentes países de la región, en
donde organizaciones no gubernamentales y agencias institucionales
han desarrollado también estrategias para el paso hacia una agricultura sustentable. La misma suerte corre la investigación agropecuaria,
un espacio donde la idea de sustentabilidad comienza a tener carta
de ciudadanía en proyectos y programas de universidades y centros
de investigación en Latinoamérica (Caporal y Morales, 2004). Las
agriculturas sustentables en América Latina, muestran que la agroecología tiene una sólida dimensión práctica capaz de ofrecer soluciones
concretas para la realidad rural y también crece su presencia como
un referente conceptual y metodológico. Tanto en los casos realizados por organizaciones locales como por los actores institucionales,
es evidente el aporte realizado por la agroecología; su énfasis en la
agricultura familiar, en la soberanía alimentaria, en el uso sustentable de los recursos naturales, en la promoción de la agrodiversidad
y la biodiversidad, y en la participación local, han facilitado el avance
hacia agriculturas más sustentables en las comunidades campesinas
e indígenas involucradas.

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Reflexiones finales
Ante la crisis de la civilización industrial y sus efectos ambientales,
expresados en fenómenos como el cambio climático, aparece la urgencia y la necesidad de construir diversos proyectos civilizatorios
alternativos donde las relaciones entre la sociedad y la naturaleza,
y entre las sociedades rurales y las urbanas estén basadas en el paradigma de la sustentabilidad. En América Latina, donde las culturas
rurales y especialmente los campesinos e indígenas provienen de civilizaciones muy diversas para las cuales la naturaleza juega un papel
central, existe una gran posibilidad para la construcción de proyectos civilizatorios alternativos, en los que una agricultura sustentable
y multifuncional contribuya activamente a enfrentar la crisis rural y el
cambio climático, en la transición hacia sociedades más sustentables
y más justas. El cambio climático es uno más de los impactos de la agricultura industrial que además ha causado una crisis rural global que
afecta no solamente a las familias rurales y al medioambiente, sino que
tienen un fuerte efecto en la producción de los alimentos para consumidores y los ciudadanos urbanos. Los movimientos sociales hacia
la sustentabilidad han demostrado la importancia de la articulación
de los urbanos y los rurales en torno al crucial tema de los alimentos,
para fortalecer las experiencias de agricultura sustentable, de comercio justo y consumo responsable como alternativas a la crisis y como
un paso para la construcción de una conciencia planetaria y avanzar
hacia sociedades más sustentables. La agricultura sustentable continúa
creciendo en el mundo, especialmente en Latinoamérica con agricultores familiares, campesinos e indígenas y demostrando su viabilidad
para cumplir funciones sociales, económicas, culturales y ambientales.
Esta agricultura además, ha evidenciando una notable reducción en
los elementos que contribuyen al cambio climático. Las experiencias
recientes dan cuenta de que los movimientos sociales globales y locales, son el factor clave en la movilización y presión hacia los gobiernos
y los organismos internacionales, para el diseño y puesta en práctica
de políticas públicas orientadas a fortalecer la agricultura sustentable
194

Agricultura y sustentabilidad rural...

y multifuncional como una manera de enfrentar de raíz el cambio climático y contribuir a enfriar el planeta. La última reflexión atiende
a los avances de la agroecología y muestra desde experiencias concretas
las aportaciones que esta nueva ciencia puede hacer en los procesos de
transición hacia sistemas agropecuarios más sustentables. La agroecología avanza también como una ciencia ubicada en el paradigma de
la complejidad y orientada a la sustentabilidad, y ha dejado de ser un
enfoque marginal para ir transformándose en una orientación teórica
de fundamental importancia en la región. En el medio rural latinoamericano, la agroecología está llamada a jugar un relevante papel en
las alternativas a la crisis rural fortaleciendo los procesos de sustentabilidad rural orientados hacia sociedades alternativas.

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Epílogo
Por Francisco Javier Velasco31

Desde hace ya varios lustros, el desarrollo de una profunda crisis ecológica mundial que pone en entredicho la supervivencia de la especie
humana y el equilibrio global de la trama de la vida, se ha hecho evidente. Se trata de una crisis que entronca con y se superpone a una
perturbación mayor, en una coyuntura histórica en la que el proceso
civilizatorio dominante hace frente a sus límites naturales, con una
profusión simultánea de desequilibrios sociales, económicos, políticos
y ecológicos. En el contexto de esta crisis se inserta el calentamiento
climático del planeta Tierra, cuya causa principal se remite al aumento
acelerado y exponencial de emisiones de gases de efecto invernadero.
Ciertamente, otras dinámicas y procesos socioambientales concurren
en la degradación extrema del ambiente, entre ellos podemos citar la
deforestación masiva de bosques y selvas, la contaminación de cuerpos
de agua, la creciente polución atmosférica, la erosión y el envenenamiento de los suelos en grandes extensiones de tierra, entre otras. La
destrucción progresiva del marco natural en el que se han desenvuelto
los hombres y mujeres a lo largo de miles de años, está en la raíz de serios
problemas que en la actualidad azotan a grandes sectores de la humanidad, tales como sequías, inundaciones, enfermedades diversas, carestías,
hambrunas, migraciones forzadas y guerras por el control de recursos.
El panorama que confrontan otros seres vivos no es menos preocupante: empobrecimiento de la biodiversidad (que implica una extinción
acelerada de especies), desertización y degradación de numerosos ecosistemas, que a su vez inciden peligrosamente en las condiciones de
Escuela Venezolana de Planificación.

31

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

Epílogo

existencia y perpetuación de la propia vida humana en el planeta. No
obstante, el cambio climático condensa y revela el dramático alcance
de la crisis ecológica mundial y de la gran crisis civilizatoria que se
desarrolla en un marco de globalización de la economía y extensión
del capitalismo a escala mundial. En sus aspectos medulares la crisis
se asocia con una perspectiva, una forma de relación y una sensibilidad que fundamentan el imperativo de conquistar y someter a la
naturaleza. Esta constelación es proclive a la emergencia de una acción doble vinculada a una doble creencia. En primer lugar, se trata
de actuar partiendo de la premisa según la cual las organizaciones económicas y sociales pueden construirse y mantenerse de manera independiente de los ecosistemas y pueden disponer de manera indefinida
de los recursos provistos por la naturaleza. Esta idea supone que las
innovaciones están en capacidad de controlar, resolver y colmar por
medios técnicos las fallas e insuficiencias de la naturaleza (el cambio
climático entre ellas), vale decir, dar origen a una segunda naturaleza a través de manipulaciones, intervenciones y transformaciones
sucesivas. En segundo lugar, se refiere a una noción que se remonta
al origen mismo del capitalismo y que impulsa a obrar asumiendo que
la economía y las fuerzas dominantes pueden, de manera indefinida
y en nombre de la rentabilidad, el beneficio, el progreso (y también
del “socialismo”), apropiarse de las sociedades reduciéndolas a campos
de expansión del capital. Más de veinte años después de la Cumbre
de la Tierra (Río de Janeiro, 1992), casi nada se ha hecho de manera
concreta para evitar un incremento substancial y posiblemente irreversible del proceso de calentamiento global. En la práctica, poco han
valido los innumerables informes bien sustentados, los pronunciamientos, llamados, encuentros, convenios y tratados, ya que el balance
climático en nuestros días es francamente alarmante. La urgencia de
combatir el cambio climático contrasta agudamente con los escasos
y tibios compromisos asumidos para impulsar estrategias y acciones de remediación, los cuales, dicho sea de paso, están fuertemente
mediatizados por consideraciones cortoplacistas y superficiales que
se hacen en los círculos de poder de unos pocos países. De manera

creciente se amplía la percepción social de serias y definitivas amenazas
a la posibilidad de vivir en sociedades construidas en torno a valores
de libertad, solidaridad, justicia social, tolerancia, democracia, equilibrio y diversidad, de una vorágine apocalíptica que se cierne sobre toda
la biosfera. Pero las élites políticas, militares y empresariales hacen gala
de una lamentable ceguera, optando cada vez más por estrategias de
ocultamiento y represión para hacer frente a las insurgentes protestas
que se configuran en el universo social en torno a los efectos reales
y potenciales del cambio climático. Como hemos podido apreciar en
las distintas secciones de esta publicación, factores relativos a nuestra
manera de comprender y habitar el mundo (la ciencia y la tecnología, la
producción, el intercambio y el consumo, las prácticas de la democracia, los dispositivos burocráticos y legales de regulación, el “desarrollo”)
se asocian de manera directa e indirecta en el análisis y el abordaje del
cambio climático, generando aportes importantes. Como toda obra es
finita y limitada, resulta obvio que no podemos aspirar a que los autores abarquen todos y cada uno de los aspectos, factores, problemas,
consecuencias y posibilidades de acción que involucra el análisis del
cambio climático como tema central. Sin embargo, nos permitimos
sugerir para una hipotética segunda parte de este libro, o bien para contribuciones individuales de estos y/u otros autores, ciertos temas que
a nuestro juicio son pertinentes y necesarios para el análisis integral
del cambio climático en la medida que refieren a, o provienen de ricas
experiencias de lucha e intentos de creación en el campo del pensamiento: la ecología política y la ecología social, la educación popular, el
escenario de la geopolítica y los conflictos socioambientales internacionales, el ecofeminismo, los movimientos por la justicia ambiental y la
justicia climática, la crítica de la visión tecnocrática del ambientalismo,
la economía ecológica, la propuesta del decrecimiento y sus posibles
relaciones dialógicas con la idea del buen vivir, las coincidencias y desencuentros entre las opciones favorables al uso de energías renovables
y las que apuestan por las energías alternativas, el aporte de los pueblos indígenas a la lucha contra el calentamiento global, entre otras.
Para ello consideramos imprescindible ser consecuentes con enfoques

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Narrativas contrahegemónicas de la crisis climática

y procedimientos que faciliten la apropiación colectiva de debates que
no pueden dejarse solo en manos de los expertos, los cuales permitan
la conjugación creativa de consideraciones ecológicas y socioculturales. Valga señalar aquí que resultaría imperdonable soslayar el hecho
de que la problemática del clima global, una prioridad planetaria indudable, resulta ser primero que todo el fruto de llamados de atención
y de investigaciones importantes de sectores de la comunidad científica y académica, pero también del trabajo constante de contra-expertos independientes y alternativos, de ciudadanos y ciudadanas que
confrontan cotidianamente los discursos hegemónicos de gobiernos
y transnacionales.

La presente publicación se terminó de
editar en las oficinas de Fundambiente, en
la ciudad de Caracas, en el mes agosto del
año 2016.

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