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Este puerto ucraniano evoca las glorias de la Gran Madre Rusia, posee un ambiente tan cosmopolita como pintoresco y tiene un corazón indeciso entre la frivolidad y la nostalgia.

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ierta tarde, buscando un poemario de Pushkin en las librerías del paseo Aleksandriskiy, mi ami-

ga Anastasía confirmó mis sospechas sin explicarme el misterio. “Cuando un extranjero llega a Odessa vive las primeras semanas en una especie de euforia, luego se desencanta y se va. Y entonces sólo piensa en volver”. Nada hay más cierto; lo sé por experiencia propia y otras confesiones ajenas. Odessa, atractiva e inquietante, como la sirena de Ulises, pareciera complacerse en jugar con los viajeros. También tiene algo de cajita de música, de la fascinación ejercida por una bailarina girando frente al espejo al son de melodías melancólicas. Pero la mejor comparación es con una matriushca, las muñecas de madera rusas que se abren a la mitad para descubrir otra muñeca y luego otra y otra. Odessa, al igual que las capas de una cebolla o un truco hecho con espejos, está llena de simetrías engañosas y pequeñas sorpresas. Es un puerto de Ucrania, en Europa del Este. Y suena más lejano en la geografía mental de lo que realmente está en la física. Con todo, no se visita Odessa por casualidad. Hace falta ser un poco conocedor y otro tanto curioso. Al pensar en el viejo continente surge una lista, demasiado larga, de los destinos clásicos. Con suerte, la imaginación alcanza hasta Praga o Moscú. ¿Y Odessa? Una obra maestra del cine y un nombre melodioso al oído es cuanto tenemos en un principio de ella. Pero en verdad no hay lugar en el mundo que se le asemeje. Bien merece dejarse seducir por la personalidad de esta babel de razas y credos, cuya fachada de estatuas y columnas neoclásicas constituye el más romántico de los balcones europeos que miran a Oriente.

En honor a la Odisea
Su origen no es antiguo pero sí épico. El territorio donde se emplaza fue ganado a los turcos por un aventurero español jefe del ejército zarista, José de Rivas, quien le aconsejó a Catalina la Grande construir un puerto en estas playas del Mar Negro. La zarina mandó

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Este cementerio es el monumento funerario más visitado del mundo, después de las pirámides de Egipto.

allá al duque Emmanuel de Richelieu, noble francés al servicio de Rusia, con bastantes rublos en el bolsillo y la fuerza de trabajo de los cosacos. El 2 de septiembre de 1794 nace Odessa, en honor a la Odisea y a los grandes viajes. Había prometido el duque edificar una ciudad más bella que París y —dentro de la exageración— supo cumplir. A los pocos años de su existencia, Odessa era llamada “la San Petersburgo del sur”. De todos sus atractivos arquitectónicos el más célebre es la “escalinata del Potemkin”. Se trata de 192 escalones que comunican la ciudad alta con la estación marítima Morsky Voksal. Fue inmortalizada por Sergei Eisenstein en una de las escenas más memorables del cine: botas de soldados sin rostro, angustia, rabia y miedo, una madre y su hijo, la carriola rodando escalones abajo... “El acorazado Potemkin” cuenta sin voz la revolución de 1905 reprimida brutalmente por la guardia blanca del zar. Y es precisamente por esa escalinata, auténtico emblema de Odessa, que subiremos para comenzar a descubrirla. En primavera, la crudeza del invierno parece un recuerdo inverosímil. El cielo es azul, la luz diáfana. Pasean los locales y pasean los turistas de los países vecinos, principalmente rusos y bielorrusos en busca del calor y el color de su sur más próximo. Para los ojos de un extranjero, el ambiente resulta exótico, abigarrado. Como antiguo puerto franco, Odessa se convirtió en un cruce de caminos en el que se tropezaban gentes de las más variadas procedencias. La bonanza de la era presoviética la hicieron próspera y refinada. Hoy, el carácter de su millón de habitantes se distingue por un buen sentido de los negocios y del humor. Si bien los mejores tiempos quedaron atrás, se sigue cultivando el orgullo de origen, una sofisticación propia y una resistencia a dejarse impresionar. Comercial y contrabandista a partes iguales, nido de intrigas, mercado de bienes e ideas... no es de extrañar que su clima novelesco atrajera a grandes escritores como Gógol, Twain, Bunin, Chéjov o Pushkin.

emblemas, carteles de propaganda y hasta las pistolas de la oficialidad. También hay un fotógrafo armado de cámara antediluviana y en la compañía de búhos y serpientes, se ofrece a tomar fotos a los turistas. En el parapeto final me acecha Vassily. Un momento de duda y mi cara de despistado le animan para abordarme. Me cuenta, en un castellano con muletillas italianas, cierta historia conmovedora, digna de personaje de Dostoyevsky: madre enferma, familia marcada por un destino fatal, penalidades personales sin fin... O el preámbulo para la propuesta de cambiarme grivna (moneda ucraniana) por los euros que llevara. La transacción debía hacerse inmediatamente, pues Vassily trabajaba en un barco que zarpaba en unas horas llevándole lejos por siempre. En días siguientes lo vi merodeando los hoteles del centro con los bolsillos llenos de billetes falsos. Sin duda el escritor local Isaak Babel lo hubiera incluido en su catálogo de simpáticos bribones del ghetto de Moldavanka, aquellos bandidos judíos a las órdenes del temible Benya Krik, cuyas andanzas relatan los “Cuentos de Odessa”. Tapado por una túnica, el Duque de Richelieu permanece inmutable ante las jóvenes que se retratan a sus pies. Las odesenses, que ni en el gélido diciembre renuncian a la minifalda, han comenzado el concurso no oficial de belleza. Y es que ver y ser visto es uno de los principales pasatiempos cuando las tardes se dulcifican. Y el escenario ideal es el Bulevar Prymorsky por la sombra de los árboles, los bancos y las vistas al mar. Entre el palacio del Conde Vorontsov y el Belvedere, resulta embriagante dejar pasar las horas observando a los barcos atracar en la rada. La Ópera es otro foco de atención. Sus volúmenes mezclan el rococó francés con el estilo renacentista italiano, dando lugar al tercer edificio más grandioso de su categoría, después de los de Viena y París. En torno a la Opera se ubican varios de los museos –arqueológico, marítimo, literario– de los que presume Odessa.

El dulce Bulevar Prymorsky
Y es que hay lugares donde los encuentros literarios son cosa rutinaria. Mientras subo la escalinata no pierdo de vista los parapetos de piedra que limitan los escalones. En cada descansillo albergan a una persona con un tenderete. Me acerco intrigado. Sobre un mantel está toda la iconografía soviética a precio de saldo: medallas, sombreros de plato, casacas militares,

De colores y babuchka
El puente Tyoschin Mosk fue construido sobre una barranca por un funcionario soviético para que su suegra pudiera visitar su casa más fácilmente (o para que no tuviera excusa de quedarse por la noche, según la versión que se prefiera). Y hablando de edificios nobles, nada más estimulante que caminar sobre Derivasovskaya, el auténtico corazón citadino. Esta calle empedrada y peatonal es todo un muestrario

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de arquitectura decimonónica. Animados cafés, restaurantes y artistas callejeros se suceden en el eje de una zona que también agrupa las tiendas de moda y, por la noche, bares y discotecas que poco tienen que envidiar a los de Europa Occidental. Si continuamos rumbo a la Catedral, hasta alcanzar los Jardines, donde en cada mesa se juega una partida de ajedrez, encontraremos el sector más íntimo de la ciudad vieja. Al curiosear dentro de los zaguanes, abiertos a patios comunales, resulta inevitable encontrarse con docenas de gatos esperando a que alguna babuchka (abuelita) les traiga comida. El Pryvoz es uno de los mercados agrícolas más grandes del mundo, por delante incluso de los de Estambul o México. Se vende ropa, chácharas varias y, dicen las malas lenguas, piezas nucleares. De cualquier modo es un espectáculo, un derroche de colores y sabores. En los puestos, las campesinas ordenan sus hortalizas con cierto espíritu artístico y, si uno sabe ucraniano, resulta todo un deporte regatear o hacerse invitar a un bocado de los platillos –sabores originales, nombres ininteligibles– que las vendedoras cocinaron

para sí y que superan a los del restaurante más lujoso. Hay que visitar Arkadia, la playa de mayor infraestructura turística de la ciudad. Además de ser la principal área de crecimiento urbano high-tech, posee un complejo turístico difícil de adjetivar. Algo es seguro, resulta total y deliciosamente kitch. Discotecas y juegos de feria, atracciones mecánicas y shows eróticos codo con codo, diversión para pequeños y grandes. Se llega a Arkadia, se mira alrededor y es más que suficiente. A mí me reclutaron Verochka y Bogdan para que les echara una mano con su puesto de disfraces. Algo sencillo: el turista elige cómo salir en la foto: de pirata, de cortesana, de pato Donald o de romano. Un flash y la polaroid regala el recuerdo a cambio de unos grivna. Claro que los turistas no siempre se interesan y hay tiempos de inactividad. El fotógrafo que trabaja con el oso negro se acerca a charlar un rato; la dependienta del puesto de dulces llega con unos caramelos. Se hace una pequeña reunión, se abre una botella de vodka y descubro -de pronto y al fin- que los ucranianos, tras su aparente frialdad, esconden una hospitalidad entrañable que, como Odessa, conquista el corazón.

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Crimea, un secreto bien guardado
Como la mayor parte del país, la península de Crimea es un infinito campo de trigo, chato y llano. Pero en su tercio meridional el paisaje cambia abruptamente con la aparición de serranías que se confunden unas sobre otras hasta alcanzar el Mar Negro. La combinación de majestuosas montañas cubiertas de pinos y pequeñas calas de arena blanca atrajo la atención de los zares, quienes construyeron varias residencias cerca de Yalta. Este hermoso puerto, a 8 horas por carretera desde Odessa, continúa siendo hoy el punto de referencia. Numerosos atractivos aquí compiten: Sevastopol conserva las ruinas de la ciudad griega de Khersonets; Balaklava está encajonada entre acantilados que quitan el aliento; Sudak posee una ciudadela veneciana, y la vecina Novi Svet unos paisajes de postal. Tierra adentro los tártaros aún viven en la antigua capital del khanato de Bajchisarai y las mesetas rocosas que cierran sus horizontes guardan los vestigios de ciudades excavadas en la piedra. Sobran las excusas para escaparse una semana a explorar Crimea.

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Guía Práctica

Cómo llegar:
Cómo llegar Odessa tiene conexiones internacionales con Viena, Estambul, Budapest y Varsovia, además de los vuelos diarios a Kiev, la capital de Ukrania.

Dónde dormir:
Hotel Londonskaya.
Es el más antiguo de los hoteles de lujo de la ciudad y toda una institución. Bul Prymorsky, 11. Tel. + (048) 738 0110. www.londred.com

Idioma
Ucraniano y ruso. El inglés y, en menor medida el español, se hablan en el ámbito turístico.

Mozart Hotel.
Frente a la Ópera, cuenta con 40 habitaciones. Bul Lanzheronivska, 13. Tel. + (048) 637 8900 www.mozart-hotel.com

Moneda:
El grivna (un dólar equivale a 6 grivni) que está dividido en 100 kopecs.

Hotel Otyabrskaya Ulitsa Kanatna.
35. Tel. + (048) 628 0666. Bien situado y más económico, entre 70 y 80 dólares la noche.

Dónde comer:
Paparazzi Yekaterinskaya, 8. Abierto de 10 a.m. a medianoche. Recomendable por sus carnes a la parrilla y ensaladas. Dejá vu la mer Troytska, 13. Reminiscencias soviéticas en la decoración y snacks en el menú. De 11 a.m. a medianoche. Klara Bara Gorsad s/n. En una esquina de los Jardines, ofrece un ambiente acogedor y comida ucraniana e internacional. De 10 a.m. a 23 horas.

Bares y Clubs
Love Café Yekaterinskaya y Lanzheronivska. Tres niveles
con diferentes ambientes: arriba un café, en la planta calle un restaurante lounge y en el sótano una discoteca VIP y un “shisa bar”, donde se puede fumar la gran pipa turca.

Poveda Café y restaurante literario. Hretska, 25. Ibiza. Arkadia. Gran discoteca a cielo abierto de escenografía
troglodita y música electrónica alternada con rock-pop ruso. Abre sólo en verano.

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