Desde el Palacio Barolo

Donde habita el Dante
Tiene 22 pisos, que son versos; un poco más de cien metros, que parecen cantos; tres secciones: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Y una vista áurea...
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Noticias de Revista: Domingo 21 de marzo de 2010 |

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Foto: Graciela Calabrese / Verónica Iglesia Panorámicas, nota II de IV ¿Cómo se ve, cómo se siente Buenos Aires desde sus techos, sus terrazas, sus torres? LN R le propuso a un grupo de jóvenes escritores embarcarse en la tarea de escribir esas sensaciones También las estrellas parecen rehusarse a la idea de desaparecer y convertirse en sombras. Algo de eso revelan los telescopios, que al observar su luz acceden además a los datos de su pasado, aquello que alguna vez fueron y ahora ya no son; testimonios de su paso por la Tierra. Como si no fuera exclusividad de los hombres la esperanza de que aun al abandonar el ser le sobrevivan a éste sus rastros. En el medievo, el poeta florentino Dante Alighieri (1265-1321) plasmó su fascinación por las estrellas en la obra que lo sobreviviría, La Divina Comedia. Fue en el primer canto del Purgatorio, al aludir a la constelación más pequeña del firmamento, la Cruz del Sur: Vidi quattro stelle/ non viste mai fuor ch´alla prima gente./Goder pareva il ciel di loro fiammelle:/ho settentrional vedovo sito/poichè privato se´ di mirar quelle! Es asombroso, no sólo porque desde los cielos de Florencia resulta inexplicable que su visión la haya alcanzado. También, porque nadie hasta el año 1488 parece haber navegado 20º al Sur, y la Cruz es visible más allá de latitudes de los 20º. Sin saberlo, encomendó la pervivencia de su nombre a la eternidad de las estrellas. La luz del poeta A comienzos del siglo XX, los restos del Dante estuvieron muy cerca de esa luz pensada por el poeta medieval: el cielo de Buenos Aires. Así lo planearon el empresario Luis Barolo (1869-1922) y el arquitecto Mario Palanti (1885-1979), ambos italianos, y responsables de la construcción del edificio más alto de América hasta los años 30, el Palacio Barolo. Unico por su arquitectura y su faro, y con referencias a los cantos de La Divina Comedia, se inauguró en 1923. Su altura de 108 metros fue superada en 1931 por el Empire State, de 443 metros, en Nueva York. Temían que una nueva guerra devastara toda Italia y los restos del Dante se perdieran entre los escombros. Para evitarlo, planearon un operativo de expatriación. Al sobrevenir la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) la empresa no se concretó, pero el Palacio siguió en pie. Su faro acompañó con su lumbre el crecimiento de la ciudad de Buenos Aires y su atmósfera cosmopolita, de la mano de los cientos de millones de inmigrantes que llegaban a su puerto, italianos y españoles sobre todo. A la par crecieron tras sus paredes misterios que sólo hallan respuestas en los astros y la numerología. Hasta que su faro dejó de iluminar, en sintonía con otros ocasos. Luego de décadas sin funcionar y de un arduo trabajo de restauración, ahora vuelve a iluminar el cielo de Buenos Aires, con una misión de custodio tan ambiciosa como la que inspiró su creación, la de ser el Faro del Bicentenario. "Ningún juez es más justo que el autor de la obra", dice en latín una de las inscripciones que aparecen en el edificio en la planta baja. La frase se eleva detrás de la espalda del arquitecto Fernando Carral, responsable del equipo de restauración del faro y que sigue trabajando en la recuperación del palacio. Se voltea hacia atrás y persigue la mirada que se desvía de lo que cuenta. Sonríe. Sigue explicando por qué el edificio es más que una "joya" del neogótico y neorromántico: "Fue el primer edificio construido con hormigón armado". Las escaleras

tienen 1410 peldaños revestidos con mármol de Carrara y están decoradas con herrajes, vitraux, lámparas y molduras. Y el granito cubre las paredes y columnas. "Está lleno de misterios", susurra, mientras vuelve a pulsar el botón del ascensor. Lo dice, y sus dedos índice y pulgar aprietan el filtro del cigarrillo, como si la impaciencia amontonada por volver a subir pudiera liberarla con el humo de esas pitadas finales y ahogadas. Porque Carral perdió la cuenta de las veces que subió al faro. Fueron decenas de veces, todos los días, durante los seis meses de 2009 que llevó su restauración. Lo había hecho antes, cuando maquinaba de qué modo se podía desmontar y bajar el faro desde su cúpula, por una escalera más estrecha que una cabina de teléfono, por la que una persona de más de 1,60 metros de altura debe pasar agachado. Había que pulir y cromar de nuevo ese espejo de 94 centímetros de diámetro; el calor del arco voltaico original lo había quemado. Para hacerlo necesitaba una campana de igual diámetro donde apoyarlo. Y luego volver a colocar una lámpara que, al reflejarse sobre aquél y amplificar el haz de luz, no volviera a quemarlo. Luego, cambiar el motor y restituirle su mecánica. Todo eso se logró. El Observatorio Astronómico prestó su campana -única con 1,10 metros de diámetro, la medida justa para apoyar esa concavidad espejada-, y el espejo fue bajado por 22 pisos, atravesando la temible estrechez de la escalera de la cúpula, entre manos temblorosas que lo sujetaban con franelas. El cromado se realizó, y también la limpieza de sus piezas, que hoy obedecen a un riguroso sistema computarizado por el que se programan su encendido, la rotación de su luz y su permanencia en el cielo nocturno de la ciudad, todos los 25. Se logró gracias al aporte económico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, a través de su embajada en Buenos Aires, y a la fascinación que ejerce esa construcción sobre sus restauradores, que prolongaron sus trabajos más allá del objetivo inicial y de los recursos asignados. Con la birome lista en el bolsillo de la camisa para corregir un cálculo, el arquitecto se pierde en la bruma de mensajes cifrados del edificio. Le llaman la atención los ascensores ocultos. "Fueron mandados construir por Barolo para pasar sin ser visto", cuenta. Y "cosas que van apareciendo de repente". Como una nota de la época, dejada por el yesero en un hueco de pared; su contenido es borroso. "El tipo quería decir algo y que se conociera después; los que trabajaban sabían que este palacio iba a ser importante", explica. "Imaginate: superaba tres veces la altura permitida en la época. La gente caminaba de la vereda de enfrente, porque tenía miedo de que se les cayera encima...". A imagen y semejanza La construcción tiene 22 pisos, el número de estrofas de los versos de Dante. Sus metros, un poco más de 100, como los cantos de su obra. Está divido en tres sectores, Infierno, Purgatorio y Paraíso, lo mismo que La Divina Comedia. En el hall central, los baldosones forman una estrella. "Ahí tenían que estar los restos del Dante, apuntando a la Cruz del Sur, para que su alma se elevara hasta ahí. Se había hecho la urna y todo", cuenta. La urna apareció hace ocho años en Mar del Plata. "¿Me querés decir cómo fue a parar ahí?" El administrador del edificio, Guillermo Campbell, viajó para recuperarla y no pudo comprarla; estaba en manos de un coleccionista privado. Su sobrino y guía del palacio, Miqueas Thärigen -nieto y bisnieto, respectivamente, de uno de los primeros oficinistas del edificio- aporta: "Se había mandado realizar una estatua de bronce, con un águila de 1,70 metros. Nos enteramos de su existencia porque también estaba en Mar del Plata y le faltaba la mitad." "Pareciera un ensañamiento", dice Carral. El ascensor llega. Vuelve a mirar la inscripción en latín, y cierra la puerta. Para llegar al mirador del piso 20 hay que tomar un segundo ascensor en el 13. Ver la ciudad desde arriba no parece haber sido pensado como una actividad popular: su capacidad es para tres personas. El palacio tiene nueve bóvedas de acceso, tal el número de jerarquías infernales. En las transversales, sobre sus columnas, se ubican lámparas sostenidas por cuatro cóndores y dos dragones. El ascensor llega al Paraíso. Carral advierte, a modo de disculpa: "El edificio hoy tiene algunas herejías". Se refiere a los cables y las antenas satelitales de afuera. Pero la vista los posterga: ahí está la ciudad, devorada por un cielo convertido en abanico de sombras rosadas. Los árboles de Colonia, al otro lado del río, recuperan la ambición herculana de Palanti. Pretendía enmarcar lumínicamente el acceso a la desembocadura del Río de la Plata, como bienvenida a extranjeros que llegaban desde el Atlántico. Para eso construyó un edificio gemelo en la avenida 18 de Julio, en Montevideo: el Palacio Salvo. En ambos se erguían cúpulas capaces de resistir faros de 300.000 bujías. Los había concebido como "Columnas de Hércules" del Río de la Plata, capaces de dialogar con sus faros. En 1923, año de su inauguración, el Barolo anunció el resultado de la histórica pelea de boxeo entre Luis Angel Firpo y Jack Dempsey por el título mundial de peso pesado, en el Madison Square Garden, en Nueva York. El color blanco debía marcar el triunfo del estadounidense. El verde, la victoria del argentino. Firpo sacó del ring a Dempsey y el faro se encendió de color verde. Fueron 19 segundos. Pero el estadounidense volvió a subir y noqueó a Firpo. Luego de unos minutos, el faro volvió a verse de color blanco.

Desde uno de los balcones, rodeados por sus doce cúpulas que simbolizan a los apóstoles, la Torre de Lugano parece una maqueta. La costa de Berisso, una acuarela desteñida. Tampoco allá las nubes se animan; parecen morir antes de ser pensadas. Hacia el Sur, el Obelisco exige esfuerzo. "Es ese «enano» que está ahí", ayuda Carral. Las leyes de la percepción El Congreso pareciera haber sido emplazado recién para facilitar sus detalles. Las luces tiemblan en el aire fresco y el verde que lo rodea corrige la injusticia de una creencia. Las leyes de la percepción tienden trampas a la emoción y la memoria. ¿Será que las asociaciones negativas a su figura son en realidad tretas de su forma? Esta con frecuencia es moldeada por el hombre. Será por eso -la oscuridad de las almas que lo habitan- que la mente le atribuyó una imagen lastimosa. Las casualidades vuelven a desmentirse a sí mismas: el hallazgo de su belleza llega con el encendido del faro, que le apunta. "Ilumina a los políticos", se escucha la voz de un chico. La luz del faro empieza a girar. El silencio parece nacer ahí donde las estrellas convencen con su cercanía. Los ruidos de abajo llegan atenuados y desgarrados. ¿Por qué el faro tiene un transportador circular con 640 divisiones?, pregunta uno. Por qué no 180º o 360º no se sabe, dice el arquitecto, que mira al guía, que acaba de subir. Cuenta que una empleada del edificio dijo hace poco: "Dividámoslo por 72, que es un número áureo". Llega la cuenta: "8,888...". Claro, dice Carral: "El símbolo del infinito, un ocho acostado". La conclusión es devorada por otra historia. Ocurrió metros más arriba, donde está el faro. Su protagonista es un capataz, durante la construcción del palacio, cuenta Miqueas, el guía. Pero interrumpe el relato. "Sigue girando", le dice al arquitecto. "Fui yo, lo programé para unos minutos más." El guía vuelve a la historia: "El faro se había encendido, al parecer solo. Era un 7 de junio, cumpleaños de Barolo. El capataz, masón igual que Dante, subió a ver, pero nunca bajó. Al otro día, su ropa fue encontrada junto al faro, sin su cuerpo". Resuena otra inscripción en latín: Corpus ánimun tegit détegit, "el cuerpo a veces oculta el alma, otras la revela". Para el porteño y para el visitante, Buenos Aires puede ser la ciudad contenida en las paredes eclécticas que revelan los trazos de sus múltiples pasados: el colonialismo español, las invasiones inglesas, las aventuras arquitectónicas francesas, la inmigración italiana y española. El resto, lo que se muestra ahora, desde abajo parece condenado a ser una periferia que no vale la pena ver. La Buenos Aires ignorada por el turista y los mapas es una gran capa de estratos. Ahí está su inmensidad. Quizá de esa sustancia esté compuesta su belleza. Es una visión candorosa. Pero las estrellas, se sabe, no nacieron para inspirar sombras. Por Gisela Antonuccio La autora nació en Buenos Aires en 1975. Es licenciada en Periodismo y escribe para la agencia italiana ANSA y para diarios argentinos. Publicó la novela La hija (Norma, 2008), tercer premio de la Casa del Escritor; el cuento Visitas, mención de honor en el certamen Haroldo Conti (2006), y El premio (2009), incluido en Nuevo Cuento Latinoamericano (Marenostrum, España). Sus relatos integraron diferentes antologías.

Datos útiles

Palacio Barolo, Av. de Mayo 1370. Recorrido guiado, con cita previa: Miqueas Thärigen, 4383-1065/43812425. Además, los días 25 de cada mes, a las 21, se enciende el Faro del Bicentenario.

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