Comunicación

COMUNICACIÓN. El origen del lenguaje es un tema enigmático, qué
digo enigmático: imposible, cuya opacidad ha recibido las más variadas
explicaciones desde los inicios de nuestra tradición intelectual. Lucrecio,
que fue uno de los primeros en afrontarlo de modo materialista y sin
recurrir a seres mitológicos, señaló muy bien la esencial dificultad del
asunto: lo asombroso no sería que un fabuloso sabio fundador hubiese
inventado las palabras, sino que lograra explicar a los demás qué eran tales
palabras y cómo funcionaban… sin utilizarlas. No, piensa el poeta romano,
antes de expresar y comunicar significados los hombres tuvieron que
expresar y comunicar sentimientos, alarmas o anhelos, tal como vemos que
hacen los animales, cuyos gritos específicos publican su pánico, su hambre
o su deseo sexual. Paulatinamente (y quién sabe la enormidad de años que
encierra ese adverbio) las voces que transmitían urgencias instintivas se
estilizaron en comunicación de ideas: el resoplido y el resuello cedieron
paso al espíritu. Muchos siglos después de Lucrecio, también Jean-Jacques
Rousseau sostuvo que los esbozos iniciales de lenguaje fueron propulsados
por la pasión y no por la razón: el primer «diálogo» no tuvo lugar entre un
maestro y su discípulo, sino entre la bella que sacaba agua del pozo y el
joven ardoroso sentado en el brocal. Tampoco las formas de comunicación
no verbales —las pinturas rupestres, los menhires, las esfinges, los frisos en
que se confunden hombres, bestias y dioses…— brotaron del afán
didáctico del conocimiento, sino de las turbulencias del deseo de poder o
del pánico ante el poder ajeno. Los hombres empezaron a comunicarse para
compartir su vorágine interior, no sus cálculos.
De este origen apasionado proviene la fuerza tremenda de lo simbólico. La
humanización —la del mundo y la de los propios hombres, que somos
siempre work in progress— es simbolización generalizada, apetito de
comunicación total. Los hombres nos fundimos en la comunicación, sea
por medio de voces, imágenes o signos: es decir, licuamos nuestra
sustancia en ella y nos fusionamos con los demás. Fundirse para fundarse,
incesantemente. Es un proceso que cada vez arrastra mayor complejidad
técnica, nuevas sofisticaciones inauditas que derriban sin tregua los muros
visibles o invisibles tras los que intentamos a cada trecho remansarnos y
salvaguardar el íntimo secreto que por otro lado no sabemos vivir sin
proclamar. Quisiéramos saberlo todo de todos y serlo todo para todos,
como el apóstol de los gentiles, llegar a todas partes y recibir lo que de
todas partes nos llega, pero a la vez nos abruma y nos asusta la invasión
universal e irresistible de nuestra familiaridad, el saqueo general en el que
perdemos el pudor y el silencio para obtener un botín inasible que debemos
despilfarrar de inmediato. Y lo que se ha visto hasta ahora no es nada
comparado con lo que nos espera…

Hay una diferencia esencial entre el teléfono y otros aparatos pasivos de comunicación como radios. La principal de ellas es la propia novedad de la cosa: cuando se inventó el ferrocarril hubo quien nos auguró atrofia en las piernas y trastornos mentales por la sucesión vertiginosa de paisajes. preguntar o comentar vicios compartidos. odio y peligro que otros quieran tributarme personalmente o que yo quiera testimoniar a tal o cual individuo. Pues bien. el teléfono siempre ha constituido en cada domicilio una inquietante cabeza de puente del populoso misterio que nos rodea. como no podía ser menos y pasa a cada rato— en la que la función individualmente comunicadora del teléfono (y ya también del fax) va a ser extendida a otras muchas áreas: por un mismo cable recibiré mis películas.Desde que lo inventó Graham Bell. No faltan alarmas y objeciones ante esta mutación del soporte técnico de la antigua trama simbólica. En el televisor o en la radio puedo enterarme de cuánto amor. vídeos. que contestan por igual a cualquiera. Y también desde luego yo podré corresponder a quien corresponda. mientras que siempre que suena el teléfono me llaman a mí. ahora aseguran que perderemos la calidez de las relaciones personales y que seremos manipulados hipnóticamente por algún brother más o menos big y preferentemente yanqui. mensajes culturales o amorosos seleccionados según mi gusto. según parece entramos en una nueva era —convencionalmente calificada de «revolucionaria». incluso quizá mi propio e intransferible certificado de defunción… Por el pequeño boquete en mi intimidad abierto por Graham Bell penetrará la vasta oferta mundial buscándome a mí y no a otro en la madriguera. los consejos médicos que tratan mis dolencias. sino discriminatorio: de aquí el rechazo que muchas personas sienten aún ante los contestadores telefónicos. mis cuentas bancarias. El teléfono es un instrumento de comunicación no genérico. Lo que antes era un simple hilo telefónico ahora se ha convertido en una red hipercomunicacional. un curioso utopista significativamente obsesionado por los sordos y por los rebaños de ovejas. apuntándome. Nadie es individualmente tan bobo ni tiene tan mal gusto como parece cuando está . Antes de inquietarnos más. flirtear. es difícil no experimentar cierta desazón. Cuando las cosas cambian mucho y rápidamente. televisiones. la información que a mí me interesa. veamos las ventajas. pero a través del teléfono me expongo al amor. triviales y memos la mayoría de los programas de la televisión? Porque tienen que gustar a mucha gente y el común denominador de las mayorías está más cerca de la oligofrenia que de la excelencia intelectual. ¿Por qué son tan vulgares. odio y peligro circula por el mundo. etcétera: éstos hacen llegar impersonalmente su mensaje urbi et orbi cuando el usuario así lo desea. Por eso definió Adorno la utopía como «una transformación radical en la que no sintiésemos miedo».

Por eso los sabios. el que distingue y quiere que le distingan. no me siento atrapado por la gran red sino a punto de abordar una alfombra mágica. genérico. el que sabe que para vivir mejor hay que aprender a potenciar nuestras diferencias. han recomendado siempre rehuir a la multitud de la plazuela: allí todo es mediocre. Muchas de nuestras tareas y aventuras se harán domésticas sin perder por ello su exotismo o su productividad. A esa rebaja colectiva se opone el ánimo distinguido. que las emite en directo. . en los emiratos árabes. Lo mismo pasó antaño. Kentucky. buscar lo que más nos conviene y ofrecer lo mejor que tenemos a quien parezca más dispuesto a apreciarlo.convertido en «gran público». la inminente gran red comunicacional nos permitirá distinguirnos sin aislarnos. dispuesto para contentar sin esfuerzo a lo que de puro vulgar compartimos con cualquiera. es decir. desde Epicuro a Schopenhauer pasando por Erasmo. Pues bien. potenciar nuestros gustos sin renunciar a compartirlos. Me transmite sin dilación los resultados de las pruebas de la Breeder’s Cup que se están corriendo en ese momento en Churchill Downs. La añorada plaza mayor del pueblo donde la gente se reunía para charlar se pareció poco al ágora socrático y mucho más al cotilleo de los realityshows. Francamente. ¿Viviremos más encerrados en casa que antes? Pero la casa será cada vez más abierta: todos habitaremos en la encrucijada de mil caminos. no vayan a creer. Mi amigo las está viendo por televisión gracias a que su antena parabólica ha captado un canal de Dubai. Mientras concluyo estas líneas. me llama un querido amigo que vive en Murcia y comparte conmigo la afición por las carreras de caballos. es decir.