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Mi mejor noticia.

Te conocí en un barrio del Puerto de Blanca Varela, a quién nuestra gran
poetiza le dedicó un bello poema con el mismo nombre de nuestro Puerto
querido. El mismo Puerto de José María Arguedas, en donde nuestro escritor
extraería muchas historias y sería fuente de su inspiración, para su inmortal
obra “El zorro de arriba y el zorro de abajo”.
De la niñez, recuerdo nuestros juegos infantiles, llenos de alegría, inocencia
y candidez, junto a los demás niños. Éramos invencibles, dueños de nuestro
destino, nada nos podía detener. Nuestro único límite no era el cielo, sino
los gritos de mamá o de papá.
Yo era el niño que golpeaba carros, que tiraba piedras en batallas
mugrientas, que experimentaba con el alcohol- el líquido elemento, como le
llamaban los viejos-, en un parque de un distrito perdido, que se bañaba en
un muelle viejo, que jugaba en las noches a joder la paz de los sin juventud,
que tenía muchas amigos, como el Perico, el jefe de la pandilla, el ladrón de
miedos y escultor de valentías; el Colo, el luchador de barrio y vendedor del
oro negro en avenidas sin nombre y detrás de las luces; el Bebe, el grueso
hermano de la pandilla, siempre con un halo de felicidad en el rostro,
dispuesto a contemplar la vida sin apuro. Abundaban los verdaderos
camaradas, junto a una ilusión desbordante por la vida que nos esperaba,
todo se podía hacer.
La vida podía ser plena hasta ese entonces, pero aún había tanta vida por
recorrer. Aún faltaba la escuela del trabajo y la aventura del amor, aún
faltaba las batallas por las grandes causas de la vida.
No es en orden de cosas que uno se topa con aquellas necesidades, a
veces, suelan aparecer por azar, sin previo aviso y manera imprevisible. Hoy
aparece una mujer a la que no me canso de decirle que me encanta y en
quién deposito mucha esperanza. La razón sería prudente, el corazón
contemplativo, pero la utopía sería el acicate. Esta vez, vale la pena apostar
en la vida, y en toda apuesta, se gana o se pierde. Confío, quiero, deseo,
ganar.
Cuando adolescente, recuerdo mis primeras contemplaciones sobre tu
desbordante belleza, en especial tus ojos, tan llenos de brillo y esperanza, y
tu risa, tan llena de vida. Tu figura no podría pasar desapercibida, la
naturaleza fue generosa con tu cuerpo, pues tenía que haber armonía con
tus ojos y tu voz: todos seguimos una voz de optimismo, una mirada de
esperanza. Eran unos ojos y una voz que guiaban esa vehemente
arquitectura humana que se iba construyendo en ti, con el transcurso del
tiempo, que es el genial escultor. Estabas condenada a ser bella y la mejor
compañía para cualquiera.
De jóvenes, solo recuerdo mis recuerdos, aunque viejos todavía frescos. En
la pupila de mis ojos aún estaban impregnada todo lo que te he cantado.
Hoy, al cabo de muchos años, apareces, sin previo aviso y de manera
imprevisible

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