Ana Frega (2003) LA INTEGRACIÓN DE LOS “PUEBLOS LIBRES”.

A PROPÓSITO DEL FEDERALISMO ARTIGUISTA
“Libertad republicana” dos palabras que resumían con claridad los objetivos que impulsaba el artiguismo, es decir, la formación de un Estado basado en el respeto a la soberanía particular de los pueblos de la región. Un mapa político actual de la región nos muestra cinco países diferentes (Brasil, Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay), que en todo o en parte de su territorio integraban el antiguo Virreinato del Río de la Plata. Ese mapa político que remarca las separaciones entre los estados y, al interior de los mismos, desdibuja las diferencias, no expresa que esta región se ha caracterizado desde los comienzos de la colonización europea por ser un lugar de paso, de transito, de comunicación. Un mapa físico de la región, puede ayudarnos a comprender mejor los lazos existentes en este territorio de llanuras y penillanuras, con un sistema hidrográfico que más que barreras, brinda vías de comunicación y aproximación. José Pedro Barrán y Benjamín Nahum calificaron los planteos federales artiguistas como “justicia interregional y americanismo”. El “Sistema de los Pueblos Libres” ofrecía a las provincias -argumentaban dichos autores- ventajas que no podían encontrar en Buenos Aires: una salida al mar, libertad comercial, igualdad provincial y reparto de las rentas aduaneras. Pero este proyecto tuvo corta duración. Es cierto que la invasión portuguesa, a mediados de 1815 nutrió de apoyos decisivos al partido centralista y obligó a dividir las fuerzas federales para atender dos frentes (contra los portugueses y contra los centralistas). Pero es necesario considerar también las realineaciones de aquellos que se habían apoyado inicialmente en los artiguistas para afirmar sus derechos en el espacio local que dominaban o pretendían dominar.

Los pueblos reasumen su soberanía
La crisis de la monarquía española replanteó el tema de la soberanía y se ensayaron diferentes respuestas a las preguntas acerca de quién debía gobernar y en base a qué legitimidad. Al interior del Virreinato del Río de la Plata -como ha planteado José Carlos Chiaramonte- la revolución dio lugar a la formación de provincias (ciudades principales y los espacios urbanos y rurales que integraban su jurisdicción) que en muchos casos actuaron como “soberanías independientes” y que reclamaron igualdad de derechos frente a la antigua capital que pretendía ser heredera del dominio colonial.

El “sistema de los pueblos libres”
Las Instrucciones del Año XIII habían fijado un camino alternativo a la organización del Estado propuesta desde Buenos Aires: se establecía que las provincias debían ligarse por alianzas ofensivo-defensivas, preservando cada una de ellas “todo poder, jurisdicción y derecho” que no hubieran delegado expresamente a las Provincias Unidas. El Sistema de los Pueblos Libres, fue una construcción con avances y retrocesos al calor de la lucha y de acuerdo a la fuerza que la alianza que lo sostenía alcanzó. Se trató de un sistema de pactos inestable, cambiante e impreciso, entre las elites dirigentes de las provincias y el Protector José Artigas. Desde el punto de vista comercial, los lazos establecidos implicaban: • Libre tráfico interprovincial. Se disponía la apertura de los puertos de “todos los pueblos de la presente federación”, franqueándose entre ellos el “libre tráfico”. Los cargamentos deberían pagar impuestos únicamente en el puerto de entrada o salida, estando todos los puertos habilitados para el comercio con extranjeros, a diferencia de lo que postulaba el Directorio que concentraba en Buenos Aires el comercio de ultramar sin prever la “nacionalización” de los derechos de aduana. De esta forma, las provincias accedían a la principal fuente de ingresos fiscales de la época, imprescindible para el mantenimiento de su gobierno, sus instituciones y sus tropas. • Tasas aduaneras de corte proteccionista: recargar todas aquellas introducciones extranjeras “que perjudiquen nuestras artes o fábricas”. Así lo estableció Artigas en el Reglamento Provisional para la recaudación de los derechos en los puertos de las provincias confederadas…, fechado en setiembre de 1815. Allí se fijaba una tasa general de derechos de importación del 25% a los productos extranjeros (no americanos). Esta tasa aumentaba en el caso de aquellos artículos competitivos con producciones locales y disminuía hasta 0% en el caso de maquinarias, instrumentos de ciencia y arte, libros, imprentas, etc. Por otro lado, estos impuestos diferenciales no alcanzaban a nivelar el costo de los productos locales con los de ultramar; una barrera mayor era el alto costo de los fletes terrestres para la introducción de estos productos al interior. • Restricciones a la actividad de los comerciantes extranjeros. Sus negocios estaban limitados a la introducción y extracción de mercaderías en los puertos, y se les fijaba la obligatoriedad de contar con consignatarios americanos para la realización de sus operaciones. Resultaba vital contar con un canal de salida para los cueros, sebos y grasa necesarios para la compra de armas y municiones, por lo cual se dispuso que los comerciantes británicos pudieran recorrer los puertos de la Confederación sin ser molestados. El tratado de comercio con los ingleses, celebrado en 1817 ratificaba el derecho de los

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comerciantes a establecerse en las ciudades portuarias y mantenía la prohibición de dirigirse al interior, si bien nada decía sobre la obligatoriedad de los consignatarios. En fin, desde el punto de vista comercial, el federalismo era un planteo que, aunque provisorio, limitado e imperfecto, auguraba la integración de los “pueblos libres”en una república edificada en el respeto de las autonomías provinciales.

Los alcances de la unión
Si bien los puertos de la provincia Oriental, especialmente Montevideo, podían brindar una alternativa al monopolio de la antigua capital virreinal, el grueso del comercio parece haber seguido en manos de los comerciantes afincados en Buenos Aires. La declaración de guerra suponía el cierre de puertos o, por lo menos, la consideración de los productos provenientes del puerto rival como extranjeros, y sometidos a derechos aduaneros más elevados. Diversas fuentes nos muestran el acatamiento relativo a estas disposiciones. Para el artiguismo era una prioridad cerrar los puertos al comercio con Buenos Aires, estableciendo tarifas aduaneras diferenciales. Buenos Aires, por su parte, decretó la liberación del pago de derechos de alcabala y consulado a la introducción en dicha plaza de cueros de toro, vaca, novillo y bagual y a su exportación ultramarina. Se buscaba de esta forma direccional el comercio de cueros hacia el puerto de Buenos Aires, aún a pesar que la región del Litoral y la Banda Oriental, de donde provenía la mayor cantidad de los mismos, se hallaba fuera de la dependencia de esa plaza. Tampoco se cumplían las órdenes de cierre de fronteras y prohibición de tráfico con los portugueses, aún luego de iniciada la invasión. Dichas medidas contradecían lazos económicos establecidos desde muy antiguo, y afectaban intereses de los grupos de comerciantes afincados en cada localidad. La guerra, con la necesaria integración popular de los ejércitos, generaba grandes temores. Al inicio de la revolución, Artigas contaba con sólidos vínculos entre los “gauchos”, los indios, los ocupantes de tierras sin título y los hacendados, que le permitían actuar como “puente” entre grupos sociales heterogéneos. Sin embargo, la prolongación de la guerra y el énfasis puesto en el reconocimiento de los “más infelices” fue transformando la visión que las elites tenían de Artigas, pasando a ser un “jefe de bandidos”, temible en la medida en que “transformaba” a negros e indios en fuerza militar a la que había que obedecer, proponía medidas alternativas a la reducción violenta de los indios infieles y propiciaba que “los más infelices fueran los más privilegiados”. Las elites locales manifestaron su apoyo al “Sistema de los Pueblos Libres” como posibilidad para afirmar su dominio en una provincia-región, pero no estaban dispuestas a cargar con el peso de la guerra, máxime cuando la radicalización de la revolución artiguista parecía amenazar sus posiciones y posesiones. Si bien puede entenderse que el “temor al desorden social” se refiriera a la “anarquía”, confusión, inseguridad y pérdida de propiedades que acarrea todo conflicto bélico en sí mismo, ese “temor” iba más allá, en tanto que el artiguismo daba muestras de las transformaciones que podrían operarse una vez concluida la “provisoriedad” revolucionaria, se sumaba el contenido social del proyecto artiguista. Y en el trasfondo de esa “lucha de soberanías”, el conflicto social y la disputa por el poder marcaban el alineamiento de posiciones y las alianzas. Con su propuesta social, el artiguismo llevaba adelante una guerra que terminó por enajenarle la frágil adhesión de otros caudillos y de las elites locales. De allí que el estudio de las medidas de comercio regional no puede separarse del proyecto artiguista en su conjunto.

Entre olvidos y errores
Así como se olvida el carácter regional del artiguismo al pretender mostrarlo como fundador de la nacionalidad, se yerra al considerar sus ideas federales ajenas a su propuesta social. El sistema de los pueblos libres no llegó a ser una confederación. Las medidas comerciales adoptadas si bien tendían a la igualdad, no alcanzaban para disminuir los contrastes entre provincias ricas o con mejores puertos y aquellas más alejadas o con menores recursos. [Ana Frega, “La integración de los “Pueblos Libres”. A propósito del federalismo artiguista”, en Histórias Regionais do Cone Sul, Edunisc, Santa Cruz do Sul, 2003, pp. 19-28]

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