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Lynch, John.

Juan Manuel de Rosas 1

John Lynch

JUAN MANUEL DE ROSAS

Introducción
Estudiar a Rosas, es estudiar las bases originales del poder político en la Argentina Comprender a Rosas es
comprender más claramente la naturaleza de las relaciones de parentesco, de los vínculos entre patrón y peón, entre
protector y protegido, clave de tantas instituciones políticas y sociales en América Latina. Comprender a Rosas
significa comprender las raíces del caudillismo. Es observar la tendencia a la violencia en la sociedad de esos
tiempos y el uso del terror como instrumento de la política. Ver la presencia de los intereses británicos en el Río de
la Plata, el alcance del apoyo británico a la dictadura. La base social del rosismo, debe ser aún localizada con
precisión. Hay cierta confusión también en lo concerniente a sus vínculos con los sectores Populares.
Algunos historiadores argentinos han interpretado ya a Rosas como un conductor de masas, Quesada,
describe el conflicto entre unitarios y federales como si fuese entre propiedad y pobreza, aristocracia y democracia,
conservadurismo y revolución. J.M. Rosa, ve a Rosas como el elegido de Dios y de los gauchos, la corporización de
los valores argentinos, el azote de la imperialista Gran Bretaña. Según esta interpretación, los unitarios constituían
una aristocracia urbana y mercantil, mientras los federales representaban a “las masas”, a los “sectores populares”.
Ferns, lo describe en términos pragmáticos como un defensor de la independencia nacional, protector de su
provincia y alternativa única de la anarquía. Miron Burgin, hace referencia a su atractivo popular diciendo que es
simplemente un proveedor de recursos y empleo. Según Tulio Halperín Donghi, la politización de las masas rurales
y la movilización popular contra los unitarios en 1829 convencieron a Rosas de que el Río de la Plata sólo podía ser
gobernado “popularmente”. Aunque rosas estaba lejos de ser demócrata, decidió que el nuevo equilibrio era
irreversible y se colocó a la cabeza del peligroso sector popular a fin de poder controlarlo y usarlo. De esa manera
logró de inmediato convertir a las masas rurales en sus clientes y su base.
Los comerciantes británicos que actuaban en Bs. As. En esos días, aclararon perfectamente a su gobierno que
Rosas era su mejor protector y que los privilegios de los cuales gozaban los colocaban en posición más fuerte que la
de los nativos, ya que tenían todos los derechos de los ciudadanos y ninguna de sus obligaciones.

Señor de las llanuras

La herencia de Rosas era colonial y sus antepasados se habían establecido en el Río de la Plata por varias
generaciones atrás, patricios no sólo por su linaje, sino también por sus rangos y propiedades. El futuro caudillo, por
lo tanto, comenzó su vida con excelentes ventajas. Rosas como muchos de su clase, consideraba el período colonial
como la época de oro, en que la ley gobernaba y la propiedad era determinante. La Revolución de Mayo, por
consiguiente, influyó muy poco en la formación del caudillo. No recibió la herencia de su padre, la dividió entre su
madre y hermanos. Su primera operación exitosa fue la producción de carne para exportación en un saladero en
1815, donde pronto la sociedad tuvo importantes ganancias (Rosas, Terreno y Dorrego) sobre sus inversiones,
pronto se hallaron exportando carne vacuna trozada y salada a los mercados de Brasil y Cuba.
El saladero producía ganancias, no sólo por una eficaz administración sino por que Rosas tenía capacidad
para evadir el pago de impuestos de exportación mediante la carga de sus productos no en Buenos Aires, sino en sus
propios barcos anclados frente a las costas del sur. Lo hacia valiéndose de un decreto de 1815, que permitía el uso
del puerto de Ensenada. La compañía se hizo completamente rural y pronto comenzó a comprar tierras y ganado en
el sur de la provincia. Fueron los precursores de una nueva etapa en el desarrollo de Buenos Aires, la época del
boom de la tierra, la expansión de las estancias y de la exportación de la producción. En los años siguientes a 1815,
se hallaban en proceso de formación grandes estancias, la tierra pertenecía en su mayor parte al Estado, pero su
ocupación estaba librada a casi cualquiera que tuviera espíritu pionero. La conquista de las pampas estaba a punto de
comenzar.
El enemigo más grande en las pampas no era la soledad ni el clima sino los indios. Gran parte del territorio
que hoy forma la provincia de Buenos Aires estaba en aquella época controlado por los indios, había extensas zonas
despobladas por el hombre blanco y carentes de protección del Estado, lo que dejaba sin ocupantes legales 2/3 de lo
que habría de convertirse en el territorio total de la provincia. Los indios de las llanuras constituían diversas tribus,
que abarcaban distintas variantes de una misma cultura (pehuenches, ranqueles y aucas, huilliches, pampas). La
última fuente de inmigración india era de Chile, los araucanos se desplazaban hacia el este a través de los Andes,
esta araucanización de las pampas dio a los indios una vasta reserva de tierras, ganado vacuno y caballos y
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constituyó para las estancias de frontera un problema de seguridad casi insuperable. La expansión de la economía
estanciera a partir del 1815 fue una catástrofe para los indios de las pampas. Los colonos empezaron a ocupar las
tierras al sur del Salado y el choque fue inevitable. Rosas mismo fue uno de los nuevos pioneros de las pampas, pero
no le gustaba matar indios. Hasta alrededor del 1815, la explotación de la tierra continuaba siendo una actividad
secundaria, y la posesión de la tierra se hallaba limitada. Esta simple estructura quedó alterada por 3 circunstancias,
primero, los comerciantes británicos desalojaron a los de Buenos Aires, la elite local, buscó la salida en otra
actividad, la industria ganadera.
En segundo lugar, la provincia de Buenos Aires se beneficiaba entonces con la ausencia de competencia de
sus rivales, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos fueron devastadas por las guerras de secesión a la vez que la Banda
Oriental, estaba arruinada por la revolución, la contrarrevolución y la invasión portuguesa de 1816.
En tercer lugar, el comercio de Buenos Aires con el interior había dependido siempre de la capacidad del
interior para ganar sobre la venta de sus productos, pero el aumento de la penetración británica motivó la
imposibilidad de la competencia para éstas industrias locales.
La conjunción de estos factores hizo que la economía de Buenos Aires fuera incapaz de sostener a la élite
local.
A partir de 1822, Rivadavia introdujo el sistema de enfiteusis, que favoreció el latifundismo y la
concentración de la tierra. No había límite para la superficie que el beneficiado podía alquilar; luego éste era libre de
vender sus derechos y subalquilar. Para lograr las condiciones convenientes, para controlar el proceso completo de
producción y para vencer a los intereses económicos rivales, el sector rural necesitaría aumentar su peso político. En
ese contexto, Rosas representó la elevación al poder de un nuevo grupo social: los barones de la ganadería. La
conquista de las pampas se aceleró en 1820. Cuando la economía de exportación ganadera entró en período de
crecimiento, le expansión se hizo extensiva más que intensiva ya que era la tierra y no los capitales lo que abundaba.
Los saladeros representaban el único progreso técnico, habían sido cerrados en 1817 y reabiertos en 1820,
pero la principal mercancía eran cueros crudos.
Rosas fue uno de los pioneros en la expansión territorial y la formación de estancias. A partir de 1816, el
gobierno de Buenos Aires formuló una política de fronteras destinada a mejorar la seguridad rural, a lograr el avance
de la frontera hacia el sur y a ofrecer tierras desocupadas a colonos dispuestos a ocuparlas y defenderlas.
Rosas y sus socios acumularon propiedades como operación comercial y aprovecharon toda circunstancia
para comprar más. Especularon con tierra y ganado de acuerdo al mercado.
Rosas era un terrateniente eficaz pero no progresista.
1820 fue el año de la anarquía, la independencia de España no había culminado con la unidad nacional sino
con el desmembramiento general. Durante los meses siguientes Buenos Aires soportó una profunda crisis política.
Mientras Rodríguez y Dorrego luchaban para contener la marea, se pidió a los estancieros del sur que acudieran al
rescate con sus milicias rurales. Respondieron de buen grado, comprendiendo el peligro que corrían sus propios
intereses. Rosas apareció por primera vez en un papel político, la causa fundamental de su intervención fue defender
las amenazadas haciendas. El gobernador era Dorrego, el comandante militar el Gral. Rodríguez y debajo de él, el
comandante Rosas. El año 1820 fue importante en la formación de Rosas. Durante su transcurso adquirió poder
militar, reputación política y crecieron sus propiedades rurales. No obstante ello, en 1821 renunció a su grado y
volvió a su vida privada negando cualquier pertenencia a partido alguno.
En 1826, Rivadavia fue nombrado presidente de las Provincia. Unidas, tenía una Constitución unitaria y un
programa de modernización. Pero la frontera india no era una de sus prioridades. Se había empeñado en modernizar
la Argentina. Perseguía el crecimiento económico a través del libre comercio, la inversión extranjera y la
inmigración. Su visión de la Argentina era magnífica pero el programa completo de Rivadavia fue rechazado por
irrelevante por Rosas y sus socios quienes representaban una economía más primitiva -producción ganadera, para
exportación de cueros y carne salada- pero que reportara beneficios inmediatos y estuviera en armonía con las
tradiciones del país. En 1826, la ciudad de Buenos Aires fue declarada capital de la nación y federalizada. Esto os
quienes buscaban una solución federal al problema de la organización nacional. Golpeó a los estancieros de la
provincia de Buenos Aires al descuidar la seguridad rural y atacar sus bienes económicos y fiscales. Y golpeó a los
caudillos de las otras provincias al proyectar una constitución que los obligaría a aceptar una Argentina unificada y
centralizada. Hasta ese momento Rosas no había sido federal, pero en la segunda mitad de 1826 a la cabeza de una
red de amigos, relaciones y protegidos, Rosas se alió al partido que eventualmente habría de absorber y destruir.
Rivadavia renunció en 1827, los federales ocuparon el poder y nombraron gobernador a Dorrego y Rosas fue
designado Comandante General de las milicias de campaña. Rosas obtuvo de los federales la política de frontera que
siempre había deseado. Tres fueron los elementos de la política de frontera, asentamientos con fuertes, protección
mediante guarniciones militares y un frente intermedio, a manera de amortiguador, con los indios amistosos.
La seguridad en la frontera y en el campo dependía de la estabilidad política del frente interno y de la
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obtención de decisiones correctas de los políticos de Buenos Aires. Según el pensamiento político de Rosas y sus
asociados, esto ya no se podía seguir esperando por más tiempo: era necesario imponerlo. Por lo tanto buscaron, y
ciertamente así lo esperaban, controlar el gobierno. Rosas y los Anchorena, pronto descubrieron que Dorrego no era
fácilmente manejable. Habían aceptado sus políticas económicas y de frontera por que favorecían a los estancieros.
Pero el resto de sus ideas políticas no los convencía. Dorrego representaba la doctrina pura del federalismo de
Buenos Aires, y los Anchorena no eran del todo federales, Dorrego era una especie de populista, parece haber
cultivado a la vez una base popular y otra, la de los estancieros. Lo que realmente alarmaba a Rosas era la
independencia de Dorrego y su negativa a seguir consejos. Su experiencia con Rodríguez y con Rivadavia permitió a
Rosas advertir las tensiones latentes entre quienes mandaban en las estancias y quienes lo hacían en Buenos Aires
Finalmente Dorrego, resultó derrocado pero no por sus enemigos internos sino por los de afuera, los
unitarios. En diciembre de 1828 Lavalle, unitario porteño y soldado se pronunció contra Dorrego y se hizo cargo
del gobierno. Dos grupos llevaron a cabo esta revolución, los soldados recién llegados de la guerra con Brasil y un
grupo de políticos profesionales aliados a la élite mercantil e intelectual que representaban a la reacción unitaria
contra los caudillos. Contaban con el apoyo de otros líderes militares como José M. Paz, Carlos de Alvear, Martín
Rodríguez, etc. Aunque habían capturado los instrumentos del poder, no tenían recursos suficientes ni bases sociales
para conservar ventajas a largo plazo. Bajo la superficie, todos estos hechos eran una etapa más en el conflicto entre
los políticos de carrera y las nuevas fuerzas económicas, entre los profesionales de la independencia y los intereses
de los terratenientes.
La muerte de Dorrego, dejó en buena posición a Rosas para liderar el partido federal. Sus éxitos le habían
permitido ganar el respeto de los estancieros, los caudillos lo preferían a los unitarios de la ideología de Rivadavia.
Fue sobre ese apoyo que Rosas basó sus preparativos para la guerra contra Lavalle, era una guerra de recursos, su
estrategia favorita. Sitiado por los montoneros de Rosas, en abril de 1829, Lavalle tuvo que negociar, el fracaso del
Tratado de Cañuelas derivó en la renuncia de Lavalle a favor del mediador Viamonte, que asumió como gobernador
interino. Las negociaciones terminaron en el Tratado de Barracas, impuesto por Rosas. Durante los meses
siguientes Rosas comenzó a extraer dividendos del capital político que había ganado.
La legislatura debía ser restablecida para resolver problemas inmediatos: elegir un nuevo gobernador y
decidir que poderes debían otorgársele. En diciembre de 1829, Rosas fue elegido gobernador de Buenos Aires con
poderes extraordinarios hasta mayo del ´30. Representaba el ascenso al poder de nuevos intereses económicos, de un
nuevo grupo social, los estancieros. El cambio económico del comercio a la cría de ganado, la alteración del
equilibrio social a favor del grupo comerciante-terrateniente, quedó reflejado durante el gobierno de Dorrego. Pero
no lo suficiente como para satisfacer a Rosas y los Anchorena. Es posible que ellos planearan un movimiento contra
Dorrego para asumir directamente el poder. El golpe unitario del ´28 lo tornó innecesario. Las circunstancias, pues
crearon a Rosas. Él era la síntesis individual de la sociedad y la economía del campo y, cuando los intereses de ese
sector coincidieron con los de los federales de la ciudad, Rosas resultó el representante y el ejecutivo de la alianza.
Pero Rosas asciende también por sus cualidades específicas, sus orígenes, carrera y poder sobre los hechos. Era ya
un caudillo antes de ser elegido gobernador.

El Estanciero

La guerra con el Brasil, seguida muy pronto por la guerra civil entre unitarios y federales, dañó la producción
y las exportaciones y mutiló el tesoro. Rosas heredó demasiados gastos y muy pocos ingresos. Además durante la
totalidad de su primer gobierno, la provincia soportó una tremenda sequía. Las relaciones políticas y económicas
entre Buenos Aires y las provincias aún estaban por resolverse, pero después de una prolongada disputa Rosas dio
su conformidad para reconocer la autonomía de las provincias en un pacto federal informal. En la misma Buenos
Aires, el federalismo estaba dividido entre los moderados quienes estaban a favor del constitucionalismo, y los
conservadores de línea dura, los que respaldaban la dictadura de Rosas. En diciembre de 1832, finaliza el primer
mandato de Rosas a quien lo sucede Juan R. Balcarce, con quien comenzaron a ganar posiciones los intereses
moderados. Luego del derrocamiento de Balcarce le ofrecieron a Rosas retornar a la gobernación, éste
eventualmente accedió con la condición de que la legislatura le asegurara la suma del poder público. Así ocurrió en
marzo de 1835. La primera administración de Rosas había tenido características conservadoras, representaba a la
propiedad, especialmente a la propiedad rural, y había garantizado la tranquilidad y la estabilidad. Fortaleció al
ejército, protegió a la Iglesia, silenció las críticas, amordazó a la prensa, ignoró a la educación y trató de mejorar el
crédito financiero del gobierno. Como gobernador, dio muchos pasos positivos a fin de mejorar la situación y la
seguridad de los terratenientes. Era partidario de una política de expansión y colonización. Así fue como organizó y
condujo la campaña al Desierto. Esto le significó un nuevo título “Conquistador del Desierto”, y le dio grandes
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dividendos políticos para el regreso al poder.


A la campaña del desierto le siguió una rápida expansión de la frontera sur y, durante la década del ´40, las
estancias habían invadido otra vez las tierras de caza de los indios. Pero Rosas no incorporaba sólo tierras, cuando
volvió al poder introdujo también nuevas legislación. Promovió importantes modificaciones permanentes a la
estructura legal referente a la posesión de tierras. Había 3 maneras: alquiler, compra y otorgamiento. La enfiteusis
había sobrepasado ya su período de utilidad, tanto para el Estado como para los individuos y había alentado una
concentración excesiva de tierras (los Anchorena solos obtuvieron 362.000 hectáreas). En vez de intentar salvar ese
sistema Rosas prefirió vender las tierras públicas. Con una ley de mayo de 1836, se colocaron en el mercado vastas
extensiones de tierras a precios bastante bajos y significó un gran aumento de superficies de pastura. La intención
era ir dejando el sistema de enfiteusis y alentar a los arrendatarios a comparar las tierras que estaban alquilando.
Los precios fijados en 1836 eran bajos y resultaron aún más bajos por la depreciación monetaria. En vista a la
lenta respuesta a la ley de tierras, se ofrecieron más incentivos, de ésta manera la clase de los estancieros usaba al
Estado para enriquecerse. El gobierno se encontró con tierras sin vender en sus manos y deudas impagas en sus
cuentas. Como alternativa a la venta, en consecuencia, Rosas decidió regalar la tierra. La tierra se convirtió en
moneda o en fondo de salarios y pensiones, puesto que se la utilizaba en un sistema de premios y castigo. Se
otorgaban tierras a los leales y se las confiscaban a los traidores del régimen. Así como las leyes sobre tierras y
valores de éstas favorecían a los estancieros, también la política financiera de Rosas los beneficiaba. Siguió el
camino de una política conservadora, cortando el gasto, mejorando la recaudación y esquivando cualquier
redistribución social de recursos. El grueso de los ingresos, normalmente un 80% continuaba teniendo origen en los
impuestos aduaneros. Como no había un censo estatal ni una evaluación de propiedades, quedaba a juicio del
contribuyente la estimación de los valores a efectos del pago de impuestos. Rosas prefería cualquier otro expediente
antes que aumentar los impuestos y perturbar su base de poder. Había muy pocas y simples alternativas. Podía
solucionar el déficit del gobierno mediante la reducción de los gastos, era particularmente agresivo con los gastos
sociales, tales como educación, bienestar y obras públicas. Éste fue el sistema financiero de Rosas, ésta fue su
manera de afrontar los déficit evitando la quiebra, los pedidos de préstamos y la presión impositiva. La emisión de
papel moneda, por supuesto provocaba la suba de los precios y deprimía los salarios, causando así redistribución de
ingresos desfavorable a los sectores pobres. Los terratenientes no objetaban esto; aceptaron la inflación del papel
moneda como alternativa preferible a los préstamos forzosos y a mayores impuestos.
Alentados por las leyes, los precios y la política fiscal, los estancieros tuvieron acceso al mundo que Rosas
les ofrecía. La transferencia masiva de la propiedad pública al dominio privado. En lugar de arrendatarios el Estado
creó una élite de terratenientes. La política de Rosas con respecto a la tierra tenía un único objetivo económico,
buscaba promover al máximo los bienes de mejores posibilidades de exportación. Reforzaba el poder del dueño de
la tierra por sobre el trabajador. Pero tuvo también consecuencias políticas, por que la tierra era el más rico medio de
patronazgo disponible, en este sentido el rosismo era menos una ideología que un grupo de intereses, un foco de
propiedad antes que de principios. El hecho es que con Rosas, el otorgamiento de tierras era parte de una operación
política, que presentaba al caudillo como un distribuidor de patronazgo y a los clientes como objeto de interés. Más
del 90% de los certificados de tierras otorgados a los soldados y civiles terminó en manos de los terratenientes o de
quienes estaban luchando por serlo. La contraparte del otorgamiento de tierras eran las confiscaciones de tierras,
concebidas para castigar o impedir la oposición. Era también una guerra económica. La confiscación introdujo un
elemento de inestabilidad en el régimen agrario que tuvo repercusiones más allá de las víctimas inmediatas. La
situación se volcó a favor de los extranjeros, quienes se hallaban exceptuados de estas penalidades y obligaciones,
por que rosas era muy escrupuloso en su tratamiento hacia los extranjeros residentes en la provincia, y ellos eran
virtualmente los únicos que recibían total protección de la ley. La estructura erigida por Rosas era apropiada para la
concentración de la propiedad. En el período comprendido entre 1830 y 1852, la superficie ocupada de la provincia
creció en un 42% como consecuencia de la Campaña del Desierto y el mejoramiento de las relaciones con los indios.
En este período de acuerdo al mapa catastral, predominan las grandes propiedades (más de 5 mil hectáreas).
En el período transcurrido entre 1830 y 1852, 382 propietarios monopolizaban el 82% de las tierras ocupadas.
La tecnología era primitiva, el único criterio de éxito era el número de animales. No había selección, ni
cuidados, ni alimentación especial; simplemente la producción en masa de cueros crudos, sebo grasa y cuernos.
La transferencia de tierras representaba un movimiento de capital. Pero el estanciero más característico,
especialmente a partir de 1820, fue el capitalista de la ciudad. Esto motivó una relación social en la estancia,
determinada por la diferencia entre comerciante-estanciero que residía en la ciudad, y su administrador, que vivía en
el campo y era completamente dependiente de su empleador.
El grupo Rosas-Anchorena, no adquirió estancias en busca de prestigio o por una obsesión de cantidad; ni
compró tierras en el margen de la economía, ni para dejarlas desocupadas. Lo dirigía la ambición, la búsqueda de
beneficios, la atracción del poder, y sus métodos eran estrictamente comerciales. Rosas no se limitó a acumular
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tierras, también las explotó. Ajustaba el funcionamiento de sus estancias hasta el más mínimo detalle y controlaba
todos los actos de sus empleados. No era un estanciero progresista. No obtenía sus resultados por innovaciones sino
por trabajo, organización y meticulosidad. Estaba menos ocupado por la calidad de sus animales que por su
cantidad. La práctica de marcar el ganado promovió el crecimiento de la propiedad privada en las pampas y la
asignación de todos los animales a las estancias, y se hizo ilegal comerciar con animales sin marca. El estanciero
que no podía o no quería marcar su ganado ponía en peligro toda su inversión, y cuando las autoridades negaban el
permiso para marcar lo hacían con el propósito de señalar al estanciero en persona por razones políticas o de otra
índole. Así como las estancias eran fuentes de riqueza, estereotipos de relaciones sociales y puntos focales de poder
político, eran también lugares primitivos y nada cómodos para vivir en ellos, y muy poco se parecían a las grandes
haciendas de regiones más antiguas de la América Española. La estancia tenía que enviar sus productos a Buenos
Aires o más allá, pero la infraestructura era aún más primitiva que la misma economía rural. Éste era un país sin
caminos, ni puentes, que sólo tenía huellas en las rutas principales. Casi todo se hacía a caballo, también el
abastecimiento. Las estancias preferían controlar, si no monopolizar, todas las relaciones comerciales entre el campo
y la ciudad. Las autoridades y los estancieros consideraban que las pulperías volantes eran económica y socialmente
subversivas. Efectuaban su comercio fuera del monopolio informal de redes de la estancia; eran libres e
independientes, y fomentaban el robo y el pillaje. Además de producir y vender fuera del control de sus patrones.
Rosas era hostil con respecto a las pulperías volantes, a partir de 1831, su gobierno las prohibió en toda la provincia,
la ley trataba de vagos a los operadores y los reclutaba en el ejército.
Para la estancia, el saladero era la principal salida de sus productos. Los saladeros eran grandes
establecimientos donde mataban a las bestias, extraían el sebo, salaban y secaban la carne, y preparaban los cueros
crudos para la exportación. Estos habían comenzado en Buenos Aires en 1810, aunque su producción era
relativamente baja, quedaron firmemente establecidos en 1819 y en la década de ´40, aunque el número de saladeros
que operaba en Buenos Aires o sus proximidades se había mantenido, su producción había aumentado
considerablemente, se había introducido la fuerza del vapor para producir sebo. De manera que los saladeros eran
parte integrante del sistema de las estancias, y como tales fueron favorecidos por Rosas, financiados y manejados
por expertos, abastecidos por las estancias y protegidos por el gobierno, los saladeros aumentaron su producción.
Los esquemas de colonización agrícola de la década del ´20 fracasaron por la falta de capital, organización,
seguridad y estabilidad, en contraste con la expansión de la gran estancia. La agricultura estaba sujeta a obstáculos
particulares y necesitaba un tratamiento especial. La mano de obra era escasa y costosa, los métodos eran primitivos
y el rendimiento bción a los chacareros nativos.
En diciembre de 1835, mediante la ley de aduanas de 1836, Rosas tomó una resolución, anunció una política
de protección para la industria y la agricultura. Mientras que la agricultura no significaba amenaza alguna para el
dominio de la estancia ganadera, la cría de ovejas si lo era. La llegada de la raza Merino en el ganado, comenzó en la
década del ´40 y condujo a una pelea por nuevas tierras. El cambio fue decisivo para la Argentina, ya que fue a
través de la explotación de la lana que el país expandió por primera vez su capacidad productiva. Esta circunstancia
proporcionó un buen mercado para la exportación e indujo a los terratenientes argentinos a diversificar su
producción a favor de la oveja. Muchos de los primeros criadores de ovejas eran de origen inglés e irlandés y al
llegar a la década de 1860 los colonos británicos se habían convertido en algunos de los más grandes terratenientes
del país. La cría de ovejas se expandió en perjuicio de la estancia ganadera. Una moderna industria de la oveja
requería no sólo mejorar la calidad de los animales y más tierras sino también innovaciones en los métodos de
producción y más mano de obra. El gaucho y el arriero iban siendo reemplazados por el pastor, el puestero y el
peón. Comenzaron a llegar los inmigrantes colonos, ya fuese como mano de obra contratada o como socios en
empresas de ganancias compartidas o bien como criadores dueños de la tierra. En 1850, la estancia de Rosas no era
ya simplemente clásica, se estaba convirtiendo en arcaica. Había un límite, más allá del cual la economía de Rosas
no podía crecer. La falta de tecnología significaba que la estancia sólo podía expandirse mediante la adquisición de
más tierras, y su especialización se limitaba a cierto número de artículos, para los cuales la demanda extranjera tenía
límites. El sistema de Rosas estaba económicamente estancado, pero el modelo fue minado en sus cimientos desde
adentro, primero por la cría de ovejas y luego por la revolución agraria de la década de 1880. El campo fue objeto de
una configuración social y económica antes que la Argentina recibiera la inmigración masiva.

Patrón y peón
La estructura de la sociedad era simple y su escala pequeña. La población tenía tendencia a la extremada
concentración. La Argentina experimentó un notable crecimiento demográfico en el medio siglo posterior a la
independencia. Entre 1825 y 1857, la población se duplicó a sí misma. El aumento más notable fue registrado en las
provincias del litoral. La estructura social estaba basada en la tierra; la gran estancia era la que confería el status y el
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poder. También el gobierno estaba dominado por terratenientes. La polarización de la sociedad era absoluta. Había
una clase alta, de los terratenientes y sus asociados; y una clase baja, que comprendía al resto de la población.
También se encontraban algunas ambigüedades, es cierto y algunos márgenes sociales no estaban del todo claros. El
comercio era económicamente importante y socialmente respetable. Pero la élite urbana de principios del siglo XlX
no adquirió identidad separada ni se convirtió en clase media independiente. Los comerciantes locales empezaron a
derivar sus capitales hacia la tierra y sin abandonar sus ocupaciones en la ciudad, se transformaron en estancieros y
se identificaron con una nueva aristocracia.
Fueron los extranjeros quienes terminaron por ejercer las funciones empresariales. Especialmente los
capitalistas y hombres de negocios británicos dominaron pronto las actividades comerciales, mientras que los
inmigrantes europeos se dedicaban a las ocupaciones artesanales. Los comerciantes locales se movieron hacia arriba
entrando en la aristocracia terrateniente, los artesanos y manufactureros se mezclaron de manera inconfundible con
los sectores bajos, marcados por sus ocupaciones manuales que muchas veces eran desempeñados por gente de
color. La homogeneidad de esta clase no era absoluta. Así como no todos los comerciantes eran plebeyos, tampoco
todos los estancieros eran grandes terratenientes. Los primeros a menudo eran capitalistas de origen urbano con
cierta educación y aspiraciones para obtener mejores niveles de vida, los segundos era más probable que proviniesen
de generaciones de pobladores del campo, y no se habían apartado mucho culturalmente de los gauchos.
A pesar de las diferencias de ingresos cultura y estilo social, los estancieros eran como uno, comparados con
los peones de sus estancias y los gauchos de las pampas, y tenían entre ellos mucho más en común que con el resto
de la sociedad. Había una gran cohesión de grupo y solidaridad entre los miembros de la clase terrateniente. La
mentalidad de la clase de los estancieros era conservadora, y muchos de ellos daban por sentado que la continuidad
era mejor que el cambio.
Rosas era un hombre de instinto conservador, una criatura de la sociedad colonial en la que se había formado,
defensor de la autoridad y la jerarquía. A pesar de su abierto populismo, estaba a favor de la conservación de la
estructura social tradicional en su integridad, su modelo favorito parece haber sido la monarquía absoluta del viejo
régimen.
Si la Argentina estaba dividida en terratenientes y otros, ¿quiénes eran los otros?
Al término del período colonial, las pampas estaban habitadas por ganado salvaje, indios de frontera y
gauchos indómitos. El gaucho era un producto de la mezcla de razas, afirmaba su libertad de todas las instituciones
formales, era indiferente al gobierno y sus agentes, indiferente a la religión y a la iglesia. Para el gaucho, la
marginalidad social era tanto un deseo como una condición. La violencia prevalecía en las pampas, la única
expresión del Estado era esporádica, alguna expedición o una patrulla militar enviada para sofocar determinado
desorden. El nomadismo del gaucho tenía muchas consecuencias sociales. Le impedía cualquier trabajo u ocupación
fija. La propiedad, la industria, la tierra, la vivienda, eran todos conceptos extraños. Y así era también la familia del
gaucho. El sector superior disfrutaba de una gran estabilidad familiar y se fortalecía con los lazos de parentesco. En
el otro extremo el sector más bajo era mucho más débil institucionalmente. Esto era en parte una división urbano-
rural entre dos culturas; pero era también una característica de la estructura social. La diferencia en el grado de
estabilidad familiar era una característica fundamental en la sociedad argentina. El casamiento era la excepción, y el
núcleo de la familia. rural estaba formado por la madre soltera, única permanente de los 2 padres. La falta de
domesticidad significó que los gauchos no se propagaran como grupo familiar ni preservaron su identidad a través
de varias generaciones. La clase dirigente en las zonas rurales había impuesto tradicionalmente un sistema de
coerción sobre la gente a quienes ellos veían como mozos vagos y malentretenidos, vagabundos sin empleador ni
ocupación .Esta clase fue considerada como una fuerza laboral en potencia y, por lo tanto sujeta a toda clase de
obligaciones y controles por los propietarios de la tierra. La estructura social del campo suficientemente rígida bajo
el régimen colonial, se hizo aún más inflexible mediante la legislación republicana. Para asegurar y controlar su
trabajo, la ley ordenaba que los pobladores rurales llevaran con ellos tarjetas de identidad y certificados de empleo,
contrato de peones de campo, que certificaban la antigüedad y el salario de conchabo (puesto); al peón que se lo
encontraba fuera de su estancia sin permiso, se lo incorporaba al ejército por dos años o lo enviaban a trabajar en
obras públicas. La teoría que respaldaba toda esa legislación era que la ociosidad significaba vagancia, lo cual
equivalía a delincuencia. Los controles coercitivos y el horror de la vida entre los indios llevaron al gaucho a manos
de los hacendados, pero como mano de obra contratada, asalariado, peón de estancia. El gaucho perdía su libertad y
anonimato a cambio de un salario, comida, techo y ropas. Se convertía virtualmente en propiedad de su patrón. De
esta manera, el patrón reclutaba una peonada. Y estas alianzas individuales se extendían para formar una pirámide
social ya que a su vez, los patrones se convertían en clientes de hombres más poderosos, hasta que se alcanzaba la
cumbre del poder y todos ellos pasaban a ser clientes de un superpatrón, el caudillo. Rosas fue el arquetipo del
caudillo, la corporización del paternalismo en tal sociedad que respondía más al amparo que a la política.
La gente más pobre naturalmente, constituía un grupo heterogéneo, no una clase uniforme. Eran peones de
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estancia, dependientes vinculados a un patrón, trabajadores libres, granjeros y arrendatarios, pequeños ganaderos y
la población marginal compuesta por casi profesionales montoneros .Estos grupos, semibárbaros, analfabetos,
ignorantes de los asuntos políticos no podían participar ni siquiera en los más rudimentarios procesos políticos; eran
incapaces de cualquier acción autónoma, de organizarse y responder a un liderazgo político. De manera que el así
llamado “populismo oligárquico”, si bien tenía base popular, carecía de objetivos populistas y de capacidad para
cambiar la estructura social y redistribuir la riqueza.
A raíz de su indefensión política el gaucho sufrió toda clase de ataques mediante duras leyes laborales. Las
ordenanzas de Oliden (1821) y el estatuto del peón (1823) clasificaban como vago a cualquiera que no tuviese
empleo reconocido u ocupación confirmada por un empleador. Para habitar o circular por el territorio provincial, un
hombre tenía que tener un papeleta de conchabo, un certificado donde constaba que estaba trabajando para un
propietario conocido y, si se encontraba en viaje, la fecha en que regresaría a su habitual sitio de trabajo. En caso de
encontrársele sin ese certificado era considerado un vago y era arrestado y enviado al ejército. De ésta manera el
gaucho perdía su libertad y sus derechos civiles, y se convertía en peón con dependencia absoluta de su patrón. La
severidad de estas sanciones reflejaba el vacío de las pampas, la gran escasez de población y la despiadada búsqueda
de mano de obra en el período de expansión de las estancias. Durante las gobernaciones de Rosas, la aplicación de la
ley se hizo más dura y hubo una tendencia a acortar los procedimientos criminales. El agente clave de control en el
campo era el juez de paz; sus funciones originales de carácter administrativo y judicial en un distrito determinado
pronto se ampliaron hasta incluir las de comandante de milicias, jefe de policía y recaudador de impuestos. El cargo
creció con la estancia, por que el juez de paz no era un funcionario “constitucional” sino un agente político, un
servidor del centralismo estatal. Los jueces de paz eran cómplices o bien instrumentos impotentes de una política
expresada en arrestos, confiscaciones, conscripciones o peor, dirigida contra cualquiera que fuera considerado
unitario o delincuente. Los apremios y violencia del régimen rural eran un medio para superar la extrema escasez
laboral.
La supervivencia de los esclavos en la Argentina, fue en parte, una consecuencia de la escasez de mano de
obra. La esclavitud sobrevivió y continuó funcionando un tráfico interno de esclavos; los esclavos domésticos
acrecentaban el prestigio social y, en tiempos de extrema escasez laboral, aunque fuera unos pocos esclavos podían
influir logrando diferencias en la tierra. Rosas era dueño de esclavos; fue responsable de un parcial restablecimiento
del tráfico de esclavos, alegaba que la esclavitud era necesaria para aliviar la escasez de mano de obra en las
estancias, industrias y casas de familia. Los negros dieron a Rosas su ciego apoyo. El régimen usaba a la gente de
color para dos propósitos: Los desplegaban en el servicio militar en Buenos Aires y la provincia, también los usaba
como instrumentos políticos, recomendándoles en la práctica un sistema de espionaje en el que los esclavos y los
negros eran alentados para que informaran a sus amos.
La sociedad tomó su forma bajo el gobierno de Rosas y subsistió después de él. El sistema de Rosas era un
producto del ambiente y la idiosincrasia. Su estado era la estancia ampliada en extensión. La sociedad en sí fue
edificada sobre la base de la relación patrón-peón. Rosas ayudó a definir los términos de ésta relación, modelando
un estado previo de cosas en el que la vida era brutal y la propiedad un riesgo. “Subordinación” era su palabra
favorita, la autoridad su ideal, el orden su logro.

Una Argentina alternativa

En Buenos Aires había un grupo, pequeño pero discernible, de clase media a pesar de la polarización social.
Los que vivían más cerca de la ciudad, eran los chacareros, granjeros suburbanos y hortelanos del mercado y, en los
alrededores, los empleados de los mataderos. Los burócratas, profesionales liberales, policías, militares de jerarquía
y hombres de la iglesia, pertenecían a diversas posiciones sociales y habitaban, generalmente en la ciudad.
Finalmente, los comerciantes, constituían un importante grupo urbano. Todos estos tipos tenían amplias diferencias
entre ellos en ingresos e intereses, pero los unía una identidad común en su residencia y ocupación urbana o
suburbana, y algunos de ellos buscaban un vocero político y protección contra otros intereses. En realidad, muchas
actividades urbanas y grupos sociales eran simplemente una extensión del campo, y el incremento urbano fue un
aspecto del desarrollo rural. La ciudad tenía una considerable población de peones, carreteros, vagos y
malentretenidos, y otros tipos de marginales, directa o indirectamente sometidos o buscados por los propietarios
rurales, quienes con frecuencia eran habitantes de la ciudad y estaban relacionados con el comercio. La Argentina no
experimentó en esa época una revolución industrial, y no hubo transformación de una forma de producción a otra.
En general, las industrias tradicionales no atraían las inversiones del exterior. El mercado interno aún no estaba
desarrollado, la población total era reducida, la población consumidora más pequeña todavía, y tampoco estaba
creciendo con la rapidez suficiente como para estimular la producción industrial. En consecuencia, la industria se
8 Lynch, John. Juan Manuel de Rosas

mantenía en el nivel artesanal y de taller. Entre los diversos establecimientos, los que confeccionaban sombreros
eran los más numerosos, muchas de las otras empresas se relacionaban con la producción de alimentos, más que
manufacturas. La energía de vapor, con calderas y bombas, se adoptó por primera vez en los saladeros y se la usaba
para curar cueros, extraer el sebo y procesar otros productos de la ganadería. La energía de vapor también se aplicó a
los molinos harineros.
Aproximadamente en 1850, por lo tanto, la industria había logrado cierto avance a través de la aplicación de
nueva maquinaria y el crecimiento de la especialización laboral. Por eso no podía ocultar la ausencia de cambios
básicos en cuanto al número y tipo de establecimientos. La industria estaba dirigida primariamente hacia la demanda
local y concentrada en alimentos, ropas y vivienda, había pocas industrias de exportación, entre ellas saladeros,
cueros y velas de barcos. La política militarista de Rosas tenía el apoyo incondicional del sector industrial, porque
muchas de esas empresas se mantenían económicamente gracias a la guerra. Fuera de Buenos Aires, había pocas
actividades industriales.
El interior propiamente dicho comenzaba en Córdoba, y allí operaba cierto pequeño número de plantas
industriales que procesaban materias primas locales. Pero la actividad cordobesa más característica era la
producción textil. Había tomado la forma de industria doméstica rural, que empleaba cientos de mujeres y les
compraba su producción de telas de lana y especialmente ponchos. Córdoba, sufrió más por la pérdida de sus
antiguos mercados coloniales en Paraguay y en el Alto Perú, y sus textiles siguieron abasteciendo al interior y
también Buenos Aires, aunque allí enfrentaban una dura competencia.
Tucumán tenía su propio mercado, protegido hasta cierto punto por su aislamiento y por sus tarifas. Había
cierta cantidad de industrias artesanales, siendo notable la manufactura de carretas de altas ruedas.
Las provincias subandinas de la Argentina tenían recursos minerales, pero no había industria minera.
¿Cuál era entonces el peso que tenían las industrias del interior? Desde ya, constituían una actividad
económica menor. La Argentina tenía una economía pastoral de exportación y una agricultura de subsistencia. Las
industrias locales estaban representadas por unos talleres artesanales y cierta producción doméstica rural. Las
industrias del interior, estaban aún menos avanzadas que las de Buenos Aires
Rosas creía en el libre juego de las fuerzas del mercado. Sostenía que era necesario dejar a un lado “el
espíritu reglamentario y prohibitivo” impuesto por España. Para lograr el progreso había que adoptar un absoluto
laissez-faire y proveer de esa manera las condiciones apropiadas para el crecimiento de la estancia y la exportación
de sus productos. Pero 2 grupos sufrieron la indiscriminada aplicación de éstas políticas, los artesanos porteños y las
provincias. El más serio desafío a la política económica de Buenos Aires se originó en las provincias, y así se inició
el gran debate entre el libre comercio y la protección. En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de
Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, para discutir los términos de lo que habría de conocerse como el
Pacto Federal. El líder del movimiento proteccionista, Ferré (Gob. De Corrientes) presentó la moción de
nacionalizar los ingresos aduaneros y permitir la libre navegación de los ríos, declarando que debían autorizarse
otros puertos a operar con el exterior. Estas exigencias tradicionales del federalismo, fueron acompañadas por otras.
José María Rojas y Patrón, delegado porteño, replicó diciendo que los impuestos de protección golpeaban al
consumidor y no ayudaban realmente a las industrias locales si éstas no eran competitivas y capaces de abastecer
las demandas de la nación. Buenos Aires, no cedió y el tratado de enero de 1831 fue concertado sin Corrientes.
El federalismo provincial era la expresión política de la autonomía económica, ya que el interior y el litoral
procuraban defenderse contra las políticas de Buenos Aires y también contra la de uno respecto del otro. El
nacionalismo económico era una fuerza política tanto en Buenos Aires como en las provincias. No había nada que
pudiera llamarse libre comercio, ya que el gobierno dependía de la aduana para recaudar el grueso de sus ingresos, y
debía hallar el correcto nivel impositivo que le permitiera entradas suficientes sin matar el comercio que las
generaba. Las actitudes económicas estaban divididas siguiendo la línea de los partidos. En general, los unitarios del
grupo de Rivadavia apoyaban el libre comercio, y los federales sostenían una política más nacionalista. Pero los
estancieros no eran proteccionistas incondicionales.
Rosas favorecía a los estancieros con respecto a los granjeros y artesanos, mantuvo bajos los impuestos de
importación y, por mucho tiempo, resistió los pedidos de intervención. Durante su primera administración no hubo
aumentos significativos en los aranceles. En la ley de aduana de diciembre de 1835(para aplicación en 1836),Rosas
introdujo una tabla arancelaria significativamente elevada, partiendo de un impuesto básico de importación del 17%,
las cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más vulnerables, hasta alcanzar un punto de
absoluta prohibición. El acta arancelaria de 1835, fue una revisión antes que un cambio de la política tradicional.
¿Por qué lo hizo? sin comprometer la hegemonía de los estancieros, Rosas se proponía asegurar el bienestar de los
sectores menos privilegiados, mientras mantenía la economía existente. Sin embargo, la ley de aduanas de 1835, no
puede ser juzgada exclusivamente en términos de populismo porteño, si bien su propósito no era promover una
política nacional, sí lo era lograr que la política federal tuviera mayor credibilidad, dando protección tanto a las
Lynch, John. Juan Manuel de Rosas 9

provincias como a Buenos Aires. Los efectos de los aranceles de 1835, se hallan lejos de ser claros. Los primeros en
beneficiarse eran aparentemente los agricultores. Pero la agricultura continuaba sufriendo la falta de condiciones y
los precios de los granos oscilaban. Los bloqueos dieron a la agricultura una protección agregada, pero entonces los
consumidores experimentaron una verdadera escasez. La respuesta de las industrias locales a la protección fue lenta
y débil.

El primer bloqueo francés comenzó en 1838 y provocó gran escasez de abastecimientos, Rosas redujo en
1/3 todos los derechos de importación en 1840 cuando finalizó el bloqueo los aranceles retornaron a sus antiguos
niveles. Durante el bloqueo anglo-francés (1845), Rosas volvió a modificar los aranceles para reducirlos. El hecho
fue que la industria doméstica no aprovechó las ventajas de la protección otorgada por la ley ni las del bloqueo
francés, y no desarrolló suficiente resistencia contra la competencia extranjera. Había muchos obstáculos para el
crecimiento industrial en la Argentina, y la política de Rosas era sólo parte de la situación económica de la época. La
propensión hacia una economía pastoral orientada a la exportación reflejaba tanto las condiciones económicas como
la estructura social. Ni el Estado ni la economía estarían suficientemente desarrollados como para generar una
moderna industria manufacturera hasta después de la década de 1870. El sector industrial no era lo suficientemente
importante ni numeroso como para constituir una base de poder, y Rosas no tenía necesidad de satisfacerlo o
cultivarlo.
No existía una Argentina alternativa.

Leviatán

Rosas dividió la sociedad entre aquellos que mandaban y aquellos que obedecían. El orden lo obsesionaba y
la virtud era la subordinación. En lugar de una constitución pidió un autoritarismo total, y en 1835 justificó la
posesión de “un poder sin límites” como vital para suprimir la anarquía. Pero lo que Rosas veía como un
benevolente despotismo, era calificado por otros argentinos como una despiadada tiranía. Si había algo para Rosas
más detestable que la democracia, era el liberalismo. Las doctrinas constitucionales de unitarios y federales, no le
interesaban, y nunca fue un verdadero federal. Pensaba y gobernaba, como un centralista y estaba a favor de la
hegemonía de Buenos Aires Explicaba las divisiones políticas en términos de estructura social. No había democracia
en Argentina y el pueblo no gobernaba. Rosas manipulaba a los sectores inferiores, como se ha visto, pero no los
representaba ni los emancipó. Sentía horror de la revolución social y cultivaba a las clases populares no para darles
poder o propiedades sino para apartarlas de la violencia y la insubordinación. Su federalismo tenía poco contenido
social. En realidad, Rosas destruyó la división tradicional entre federales y unitarios e hizo que estas calificaciones
carecieran virtualmente de significado. Las sustituyó por rosismo y anti-rosismo.
¿Qué era el rosismo? Su base de poder era la estancia, foco de recursos económicos y sistema de control
social. La estancia dio a Rosas los pertrechos de guerra, la alianza de colegas estancieros, y los medios para reclutar
un ejército de peones, gauchos y vagos. Entonces explotó de tal manera el miedo que los hombres sentían por la
anarquía, que pudo pedir y obtener el poder absoluto. Así armado procedió a tomar la posesión total del aparato
estatal. Con los principales medios de coerción en sus manos, terminó su dependencia de las fuerzas irregulares del
campo. Rosas ejercía en ese momento un monopolio de poder en un estado adecuado a los intereses de los
ganaderos y a una primitiva economía de exportación. Se impuso un control político total, el rosismo era un clásico
despotismo. No se permitían lealtades rivales ni partidos alternativos. Este régimen dio a Rosas hegemonía sobre
Buenos Aires durante más de 20 años. Pero no pudo aplicar la misma estrategia para todo el resto de la Argentina.
En el interior, el partido federal tenía raíces económicas más débiles y una base social más estrecha. La pacificación
del interior, por lo tanto, significaba la conquista del interior por parte de Buenos Aires El federalismo daba paso al
rosismo. El primer gobierno de Rosas se transformó en una lucha entre el gobernador y su facción, que buscaban
implantar una dictadura, y la Sala de Representantes, que intentaba preservar el constitucionalismo federal. Y éste
conflicto era acompañado por otro que fue más prolongado entre Rosas el centralista, que se negaba a otorgar una
constitución y los caudillos provinciales, quienes querían que se les reconocieran sus derechos. En los comienzos de
1832, Rosas tuvo conciencia de que la opinión pública, tranquilizada por la paz y la seguridad estaba en favor de la
vuelta a la legalidad, entonces a manera de táctica, empezó a amenazar con su renuncia. En diciembre de 1832
Rosas terminó su período de gobierno y la Sala de Representantes procedió a elegir un nuevo gobernador. Una vez
en el poder, Balcarce no fue un dócil instrumento de Rosas, sino un político independiente que buscó el apoyo de los
oficiales del ejército y pareció decidido a gobernar. Luego se vería que había subestimado a la oposición.
Rosas estaba en la campaña al desierto, cuyo ejército le proporcionaba otra base de poder. El movimiento de
resistencia rosista fue tomando impulso y quedó convertido en un sitio armado de Buenos Aires. El gobierno de
10 Lynch, John. Juan Manuel de Rosas

Balcarce había representado una intervención militar en la política, terminó en un triste fracaso, por que Rosas pudo
convocar un apoyo militar mucho más amplio que el ejército regular. El rosismo había demostrado que sus
manipulaciones de los sectores populares rurales y urbanos podía generar poder político. Rodeado y superado en su
capacidad de maniobra, Balcarce renunció en noviembre de 1833, y un día después eligieron gobernador a J. J.
Viamonte. La muerte de Quiroga facilitó el ascenso de Buenos Aires en la confederación, también preparó el
camino para el retorno de Rosas al poder. En abril de 1835 Rosas acepta el cargo de gobernador a pesar de sus
“costosas” consecuencias, se le había confiado ilimitado poder por el término de 5 años. En ese momento, se había
dotado al ejecutivo de poderes extraordinarios, cuyos límites serían establecidos por él mismo, no por la Legislatura.
La Sala de Representantes quedaba reducida a cero.
Como Rosas controlaba todas las instituciones del Estado y la sociedad, no había tolerancia para la oposición,
ni tampoco oportunidad alguna. Era un gobernante absoluto, no dominaba solamente a los poderes legislativo y
judicial, también controlaba la administración. Una de sus primeras medidas, fue purgar la antigua burocracia.
El sistema de gobierno era en extremo primitivo y carecía por completo de una estructura constitucional.
Rosas ejercía algún control de facto sobre las provincias, en parte para impedir que la subversión se filtrara
en Buenos Aires, en parte para tener una segura base en su política económica y exterior, y en parte para adquirir
para su régimen una dimensión nacional. Su política consistió en desgastar a los caudillos provinciales. Expandió su
poder en el litoral en los años 1835-1840. Primero fue el Gobernador de Entre Ríos, Pedro Echagüe, quien se apartó
de la influencia del poderoso Estanislao López y se sometió incondicionalmente a Rosas. Luego Corrientes.
En las relaciones interprovinciales, Rosas prefería el poder informal a una constitución escrita, alegando que
antes de que llegara el momento oportuno para la organización nacional, debían organizarse las provincias ellas
mismas; el progreso de las partes debía preceder al del todo; y la primera tarea era derrotar a los unitarios. La
propaganda era un ingrediente esencial del rosismo; unos pocos y sencillos slogans reemplazaban a la ideología,
saturaba la administración y eran implacablemente inculcados al público. La ortodoxia política se transmitía tanto
por la palabra como por los hechos, y las imprentas de Buenos Aires se empleaban en forma absoluta al servicio del
régimen. Durante el resto de la dictadura sólo se permitió la existencia de prensa oficial. La jerarquía eclesiástica
respaldaba sólidamente a Rosas. El clero formaba parte sin la menor reserva del movimiento rosista. Y la Iglesia a
su vez, recibía el apoyo de Rosas, con su precio. Rosas era católico convencional, por nacimiento y educación.
Consideraba a los unitarios como “enemigos de Jesucristo” puso fin al liberalismo y anticlericalismo de Rivadavia,
restauró iglesias, reinstaló a los dominicos y autorizó el regreso de los jesuitas. Pero tenía un concepto utilitario de la
religión y la evaluaba sobre todo como un apoyo para el orden social y la “subordinación”. Los jesuitas regresaron a
la Argentina en 1836, pronto quedó decepcionado cuando descubrió que eran neutrales en política. Fueron acusados
de ser pro unitarios, los acosaron los activistas federales y los aterrorizó la mazorca. Se negaron a predicar la
doctrina rosista y a colocar el retrato de Rosas en sus altares, hacia 1840 Rosas se había vuelto en contra de los
jesuitas y por un decreto de 1843, los expulsó de Buenos Aires y, durante los años siguientes logró que los
expulsaran del resto del país. Si bien la Iglesia y la prensa eran auxiliares importantes de Rosas, la última sanción de
su gobierno era la fuerza, el régimen no era una dictadura militar: Era un régimen civil que empleaba
condescendientes militares.
El poder militar del régimen de Rosas, no sólo descansaba en las milicias y los montoneros, sino también en
un ejército regular de oficiales y soldados profesionales, si bien no era un verdadero ejército nacional, constituía el
núcleo de uno de ellos y dedicó una gran parte de su primer gobierno a crear un ejército permanente. Aunque había
una diferencia entre milicias y fuerzas regulares, bajo el régimen de Rosas cualquier unidad de milicia podía ser
simplemente transferida a regimientos de línea y quedaba sujeta a la severa disciplina y al servicio activo del ejército
regular. Por lo tanto, el ejército de Rosas no era un ejército “popular”. Era una multitud incoherente y apolítica de
conscriptos reclutados más o menos de mala gana. Sin embargo el servicio militar era una carga no solamente para
la gente común del campo, sino también para los estancieros por que agravaban la escasez de mano de obra. Este
tipo de fuerzas tenía poca moral sentido del deber o patriotismo. La deserción era endémica y los desertores llegaron
a ser una nueva plaga en las pampas. Otra forma de mantener unidos a los ejércitos era mediante la esperanza de
recompensa. Los oficiales también recibían donaciones de tierras, y en el caso de generales y coroneles comprendían
extensas haciendas, tomadas de las nuevas tierras sobre la frontera india, también se distribuía ganado. Pero pocos
soldados rasos podían aspirar a semejantes premios, teóricamente, ellos también participaban en los premios de
tierras, pero en la práctica les resultaba difícil reclamar sus cesiones o explotarlas.
El contraste entre los gastos militares y sociales reflejaba tanto las circunstancias como los principios. El
enemigo interior, los conflictos con otras provincias y con potencias extranjeras y la obligación de socorrer a sus
aliados del interior, era en conjunto causa para que Rosas mantuviera un costoso presupuesto de defensa.
El rosismo era más que una tiranía arbitrariamente impuesta. El gobierno de Rosas respondía a condiciones
inherentes a la sociedad argentina, en la que los hombres habían vivido durante demasiado tiempo sin un poder
Lynch, John. Juan Manuel de Rosas 11

común que los hubiera mantenido a todos en una situación de temor y respeto. Rosas ofreció un escape de la
inseguridad y una promesa de paz, con la condición de que se le otorgaran facultades totales, único antídoto para la
anarquía total. El poder de Rosas coincidía en muchos aspectos con el concepto de soberanía de Thomas Hobbes.
Rosas retuvo los clásicos derechos de soberanía en toda su pureza “hobbesiana”, el derecho a inmunidad contra el
derrocamiento, disenso, crítica y castigo, el poder de vida y muerte, el derecho a usar todos los medios para
preservar la paz y la seguridad para todos, el poder de emitir leyes referidas a los derechos de las personas y a la
propiedad, el derecho de judicatura, el derecho de hacer la paz y la guerra con otras naciones, el derecho de
establecer impuestos, el derecho a elegir sus propios ministros, magistrados y funcionarios, el poder de
recompensarlos, castigarlos y otorgarles honores. Todos estos derechos eran inseparables y no había división de
poderes. Para ejercer esta soberanía, Rosas empleó la administración, los militares y la política. Y de reserva, tenía
otra forma de compulsión, el terror.

El terror

La oposición a Rosas era insistente pero fragmentada; con enclaves en el país en las provincias y en el
exterior. Después de 1829, en que trasladó a Montevideo su base activa, la oposición unitaria en lo interno era
latente. Las filas de los exiliados políticos fueron engrosadas después de 1835. Tenían un foco militar en las fuerzas
del General Lavalle. Pero los unitarios no constituían la única oposición ideológica. La asociación de la joven
generación argentina inspirada por J. B. Alberdi, Esteban Echeverría y J. M. Gutiérrez, trataba de reemplazar a la
política tradicional por valores genuinamente liberales y reformistas. Ansiosa por extender sus influencias políticas
y económicas en el Río de la Plata, e irritada en particular por una disputa con Rosas referida a la situación de los
ciudadanos de esa nacionalidad que se encontraban bajo su jurisdicción, Francia autorizó a sus fuerzas navales a
establecer un bloqueo de Buenos Aires, este comenzó en marzo de 1838 y fue seguido por una alianza entre las
fuerzas francesas y los enemigos de Rosas en el Uruguay. Los críticos del régimen aplicaban una lógica diferente de
la de Rosas: en su opinión, la tiranía rosista era una causa, no una consecuencia del bloque francés.
Pero 1838 fue un mal año para la economía. La guerra con Bolivia constituyó una carga para todas las clases,
el bloqueo francés impidió el comercio. Con la caída de Oribe y la intervención de Francia, miles de porteños,
especialmente la población estudiantil y la juventud profesional y educada de Buenos Aires, cruzaron a Montevideo,
donde tenían una prensa libre y tenían una salida para su política y propaganda. Rosas usó el terror como
instrumento de gobierno, el terrorismo no era popular, espontáneo ni indiscriminado, de modo que el terror no era
anárquico y tampoco era un instrumento de clase. Los terroristas no tocaban a los extranjeros. Los agentes del
terrorismo eran miembros de la Sociedad Popular Restauradora, tenía un ala armada, comúnmente llamada La
Mazorca. Emergió por primera vez, como una organización favorable a Rosas durante la lucha contra los disidentes
federales en 1832-33. No era un comité de seguridad pública, un club Jacobino ni un partido político, era
esencialmente una organización paramilitar o parapolicial. No había secreto alguno sobre la lista de miembros de la
Sociedad Popular Restauradora. En 1842, estaba formada por unas 200 personas cuyos nombres publicaba
orgullosamente la prensa oficial. La mazorca era una fuerza de irregulares urbanos, que figuraban en la listas de
pago del Estado y recibían dinero del servicio secreto. No era una repartición del Estado, pero trabajaba en estrecho
contacto con cuerpos oficiales. El terrorismo comenzó durante el primer gobierno de Rosas y marcó el estilo que
sobrevendría. El terror ayudó a Rosas a mantenerse en el poder, y al pueblo en orden durante unos 20 años; lo hizo
junto con otros factores entre 1829-32 y entre 1835-38; como principal instrumento de gobierno en 1839-42, y como
amenaza latente desde 1843-52. En éste sentido el terror sirvió para su propósito. ¿Pero quien era el principal
terrorista? Rosas fue el responsable del terror. De una u otra forma, Rosas obtuvo obediencia incondicional.
Destruyó la anarquía, pero creó un miedo pavoroso. Agotó a la oposición mediante una fuerza irresistible. Después
de 2 memorables décadas él aun estaba allí, inamovible, y aparentemente impenetrable tanto a la amenaza interior
como a la intervención extranjera.

La Penetrante Gran Bretaña

La Argentina dependía en gran parte de los fabricantes británicos, de su transporte marítimo, de los mercados
británicos, pero aún no necesitaba el capital y la tecnología británicos. Así como los británicos no constituían un
pilar para el régimen, tampoco era el régimen un satélite de Gran Bretaña. ¿Las relaciones entre Gran Bretaña y la
Argentina se construyeron sobre la base comercial y ventajas mutuas? Lejos de participar en un plan del Imperio, los
británicos en la Argentina eran objeto mayormente de indiferencia por parte de su propio gobierno. En Argentina,
desarrollaron sus propias organizaciones e instituciones. No fue hasta 1825, que arribaron en cantidad.
12 Lynch, John. Juan Manuel de Rosas

En 1831, una tercera parte de los extranjeros eran británicos y otro tercio franceses, la mayoría ocupados en
tareas artesanales, mientras que para 1865, los británicos en su mayoría se dedicaban a la cría de ovejas.
Los comerciantes británicos iban a la argentina para hacer fortuna, más que para encontrar nuevas salidas a
excedentes de riqueza, y tenían tendencia a mantener trabajando insuficientes capitales. En realidad, los
comerciantes británicos usaban sus beneficios para proporcionar créditos e invertir capitales en la Argentina. Se
instalaron en la economía local comprando tierras y desarrollando estancias. Colaboraron también con el Estado.
Los estancieros y agricultores británicos disfrutaban de una cantidad de ventajas con respecto a sus vecinos
argentinos, ya que eran inmunes a los préstamos forzosos, al servicio militar y otras exigencias del Estado rosista.
Las relaciones entre Gran Bretaña y Las provincias Unidas del Río de la Plata, quedaron formalizadas en el
tratado firmado en febrero de 1825, por Woodwine Parish y Manuel García. Este se refería a la amistad y libertad de
comercio entre las 2 naciones y estipulaba que ninguna de ellas habría de imponer derechos de importación o
exportación sobre los artículos de la otra más altos. El medio de comercio nacional eran las cartas de crédito
extendidas sobre la plaza de Londres, y los comerciantes británicos llegaron a dominar el mercado financiero de
Buenos Aires El eslabón esencial era el intercambio de textiles de Gran Bretaña con cueros de la Argentina. Los
británicos dominaron el comercio en el Río de la Plata durante las dos primeras décadas después de la
independencia, tenían a su favor la balanza comercial. La clave del éxito británico se apoyaba en productos
apropiados a precios competitivos, y eso les dio el control masivo del mercado. Los artículos de algodón sumaban la
mitad de todas las exportaciones británicas al Río de la Plata; el resto incluía manufacturas de lana, sedas y lino. El
valor del comercio británico con la Argentina, no se elevó espectacularmente en la primera mitad del siglo XlX.
Entre 1845 y 1847, los británicos, en cierto sentido, se bloquearon a ellos mismos. El comercio británico estaba
perdiendo su saldo favorable, ya que su mercado consumía mayor cantidad de materias primas argentinas y, hacia
mitad del siglo la Argentina estaba cerca de conseguir un balance comercial.
El comercio francés al Río de la Plata era el que seguía en importancia al británico, aumentó más de 4 veces
entre 1825 y 1850.
Los comerciantes extranjeros se dedicaban casi exclusivamente al comercio por mayor, en exportaciones e
importaciones, al que sin duda dominaban. El comercio minorista en el puerto y la provincia, en cambio era del
dominio de los propios argentinos. La importación de artículos extranjeros era considerable y había cierta
importancia de mano de obra extranjera, era todavía mínima la entrada de capitales del exterior. El régimen unitario
de la década de 1820 había intentado atraer inversiones extranjeras pero los resultados fueron magros.
Los británicos iban a la Argentina como comerciantes y se quedaban como terratenientes. La presencia y el
éxito de lo extranjeros no habrían despertado susceptibilidades nacionalistas por si mismos si sus gobiernos no
hubieran practicado simultáneamente políticas hostiles a la Argentina. Los residentes británicos veían a Rosas como
un protector que podía en convertirse en perseguidor y su actitud hacia el régimen era tácticamente conformista. En
general cualquiera fuesen las alternativas de la política del Foreign Office, los representantes británicos en Buenos
Aires, apoyaron a Rosas y prefirieron su gobierno a otros. Los británicos no atacaron normalmente la política
económica de Rosas. La Argentina quería tener un mercado libre en Gran Bretaña y, al permitir tarifas redituables,
Rosas dio a los británicos un mercado libre en la Argentina. La Ley de Aduana de 1835, es verdad, significó un
apartamiento temporario de éstos principios. Pero los británicos parecieron comprender que se trataba esencialmente
de una táctica para reconciliar a todo el país con la dominante economía de exportación ganadera. Los británicos no
desaprobaron la protección de la agricultura y no se desalentaron por la protección de las industrias artesanales.
El curso de las relaciones anglo-argentinas contenía 2 puntos de peligro potencial, Las Islas Malvinas y el
Bloqueo Francés.
La política de Francia en el Río de la Plata reflejaba la convicción de que su posición era inferior a sus
intereses. La hostilidad hacia Rosas se alimentaba de diversas fuentes. El fracaso para obtener un tratado equivalente
al de G. Bretaña, la inseguridad resultante de los ciudadanos franceses, y la obligación que tenían con respecto al
servicio militar. Las relaciones se dañaron aún más a causa de la política francesa de aliarse con los enemigos de
Rosas en el Río de la Plata. El conflicto culminó con el bloqueo de Buenos Aires por una flota francesa desde marzo
de 1838.
Gran Bretaña ganó considerable crédito en la Argentina a raíz del bloqueo francés.
Buenos Aires no era todo el Río de la Plata. Había otro foco: Montevideo. Durante la década de 1830,
empezó a recuperarse de sus largas guerras de independencia y a atraer en forma creciente el comercio y la
navegación. Los negocios británicos llegaban ahora a ambas márgenes del Río de la Plata, y los 2 intereses no
siempre estaban en armonía. En Uruguay, Rivera, que había depuesto al aliado de Rosas, Oribe, y se había declarado
a favor de Francia y de los exiliados argentinos, necesitaba dinero para sobrevivir. Mediante la hipoteca de los
ingresos de la aduana de Montevideo, tomó un préstamo de un consorcio extranjero que era en su mayor parte
británico. De manera que los financistas británicos tenían una participación en el régimen de Rivera, y un interés en
Lynch, John. Juan Manuel de Rosas 13

que aumentaran los ingresos de la aduana de Montevideo. Rosas estaba dispuesto a restablecer a Oribe en el poder
en Uruguay. Si Rosas tenía éxito, al ganar un satélite podía destruir el equilibrio de poder en el Río de la Plata y
provocar así al Brasil. De cualquier manera el comercio británico habría de sufrir. La crisis económica de G.
Bretaña, en 1836-37, había determinado un aumento en las presiones para lograr la acción del gobierno en la
promoción de oportunidades y mercados. El interior de la Argentina era considerado un mercado de vasto potencial,
que se podía alcanzar a través del gran sistema del Río de la Plata. Acertada o equivocadamente se consideraba
ahora a Uruguay, como de mejores perspectivas que Bs. As. , más promisorio comercialmente y más flexible desde
el punto de vista político. De acuerdo con las instrucciones de Aberdeen, Mandeville viajó a Montevideo para
negociar un tratado de comercio y amistad con el gobierno de Rivera. La mediación anglo-francesa fue rechazada,
Rosas impulsó su ejército hacia delante y en 1843, dominaba el litoral. Rivera estaba encerrado en Montevideo y
Oribe se hallaba en las afueras. La flota de Buenos Aires destruyó a la de Montevideo e impuso un bloqueo, que
duró 9 años. El costo para la economía era alto y las operaciones comerciales declinaron. Pero eran los británicos
quienes más se quejaban de ello. Los banqueros y comerciantes presionaron a Aberdeen en 1844 para que
defendiera su mercado contra Rosas e impusiera la libertad de navegación el Río de la Plata. Las operaciones
navales eran el único medio, que finalmente tomó la forma de una expedición para subir al Paraná, asegurando la
libre navegación e inaugurando el comercio directo con el interior. Rosas decidió defender el paso Tonelero sobre el
Paraná en la Vuelta de Obligado. El bloqueo no era más efectivo que la expedición. El bloqueo no era absoluto.
Había un comercio de connivencia a través del Río de la Plata dado que los británicos querían el mercado y Buenos
Aires necesitaba los ingresos aduaneros. Por el tratado de 1849 Gran Bretaña acordó evacuar la Isla Martín García,
devolver todos los buques de guerra argentinos, y reconocer que el Paraná era un río interior de la confederación
Argentina; pero G. Bretaña no aceptó responsabilidad alguna para terminar el conflicto en Montevideo. Por su parte
Rosas accedió a retirar sus fuerzas del otro lado del Uruguay.
Ahora Francia había quedado librada a su propia y exclusiva política en el Río de la Plata. En 1850 se firmó
un tratado con Francia, acordando una mutua retirada de Montevideo de las tropas francesas y argentinas.

Apogeo y Derrota

Rosas gobernó siguiendo objetivos fijos y principios irrenunciables. Pero respondió a las circunstancias y
características de las diversas épocas. Hacia la mitad de la década de 1840 el régimen era un gobierno personal en
las más burdas de las formas; Rosas tomaba todas las decisiones en política y aún las más ejecutivas, y no se hacía el
menor intento para organizar la delegación de los poderes y funciones administrativas. Hacia fines de 1849, Rosas
parecía más decidido que nunca a retirarse, la razón que dio fue su agotamiento. Había un verdadero obstáculo para
el retiro de Rosas ¿Quién lo sucedería? La política estaba reducida al rosismo, y el rosismo sin Rosas era
inconcebible. Después de haber llegado a dominar Buenos Aires Rosas deseaba confirmar su soberanía y extender
su apoyo en las provincias, pero no a través de un arreglo constitucional. La única provisión constitucional existente
era el Tratado del Litoral de 1831, que dejaba la organización nacional a un congreso que debía ser convocado por
acuerdo de las provincias.
En 1851 el Jefe Supremo quería abandonar el gobierno o, al menos, así lo decía. Nadie ofrecía reemplazarlo
y repentinamente el propio régimen fue desafiado. Corrieron rumores de que Urquiza estaba organizando a la
oposición en el Litoral y hablando de una constitución.
Había 3 focos de crítica, los emigrados que permanecían irreconciliables, la economía daba motivos de
preocupación aún en Buenos Aires, y el Litoral que rechazaba en forma total las políticas económicas de Rosas.
Los emigrados políticos seguían en guardia en la década de 1840 y rechazaban las propuestas del dictador.
La estructura económica no era tan estable como parecía. La reanudación de las exportaciones, el súbito
crecimiento de la población, el aumento de la demanda y una grave sequía, causaron el 1850 una ola de inflación. La
inmigración apenas tuvo tiempo de resolver la crónica escasez de mano de obra, cuando quedó anulada por la
conscripción para la guerra. Una economía de cueros y carne salada no podía generar crecimiento. Perpetuaba una
tecnología primitiva y un bajo nivel de empleo, y dependía de mercados que se caracterizaban por una inherente
tendencia al estancamiento. La economía de Buenos Aires comenzó a desarrollar una actividad alternativa, la cría de
ovejas que significó un cambio tanto en la agricultura como en la sociedad, entrando en escena nuevos colonos. Los
criadores de ovejas se sentían menos obligados hacia Rosas que los antiguos hacendados ganaderos, menos
militarizados, menos movibles, más domésticos y “civiles”. Esto constituyó una erosión a la primitiva base social
del rosismo, enraizada en la estancia ganadera y la milicia rural. Otra consecuencia del cambio económico afectaba
a las provincias. Si Buenos Aires podía desarrollar un nuevo sector agrícola otro tanto podían hacer las provincias
del Litoral.
14 Lynch, John. Juan Manuel de Rosas

La así llamada por Rosas unificación de la Argentina era una fachada; se trataba más bien de la conquista de
la Argentina por Buenos Aires pero los intereses económicos provinciales eventualmente se revelaron contra la
dominación de Buenos Aires, su control de la aduana, el monopolio de los ingresos federales y la prohibición del
libre comercio.
Mientras Rosas se jugaba a una sola carta (la guerra con Brasil) sus enemigos estaban preparando la coalición
contra él. Entre Ríos era el peligro más grande contra Rosas, por que tenía los intereses, los recursos y el líder para
desafiarlo, Urquiza. Entre Ríos protegía cada vez más su economía, un proceso que culminó con la Ley de Aduana
de 1849, que buscaba promocionar y proteger la agricultura y las industrias artesanales. Pero fue el bloqueo anglo-
francés a Buenos Aires lo que proporcionó el estímulo más efectivo a E. Ríos, permitiéndole desarrollar un activo
tráfico desde sus propios puertos, o desde Rosario, directamente hacia Montevideo y desde allí a Europa o a EEUU;
así escapó su comercio de exportación a la tutela de Buenos Aires
Urquiza era el mejor líder militar de la Confederación. Reunía tanto poder como prosperidad, no sólo
controlaba la producción ganadera y las exportaciones, también participaba de ellas con sus propiedades. Poseía las
estancias más grandes de la provincia. Pero era tanto un empresario como un terrateniente. Exitoso saladerista,
exportador de carnes, propietario de barcos, importador de artículos europeos desde Montevideo hacia Entre Ríos y
luego a Buenos Aires, donde obtenía el oro que luego exportaba vía E. Ríos. Urquiza tenía así un interés vital en
defender el tráfico costero con Montevideo, en apoyar una política de libre navegación y en resistir el monopolio
porteño en el comercio y en la aduana. Pero Rosas se defendió. Urquiza declaró abiertamente su rebelión contra
Rosas en su pronunciamiento del 1 de mayo de 1851, manifestaba en éste que asumía los poderes de jefe de un
Estado soberano. Urquiza solo, no podía derrotar a Rosas, necesitaba al Brasil. La alianza se formalizó en mayo de
1851, para hacer la guerra a Oribe y Rosas. Urquiza invadió el Uruguay, un ejército brasileño hizo otro tanto, entró
en la Banda Oriental con una política de conciliación, ganó para su causa a una cantidad de comandantes uruguayos
como al mismo Oribe.
Rosas no estaba aislado en Buenos Aires y todavía podía contar con la adhesión de las masas. ¿Por qué no
hubo en 1852 un levantamiento popular en la ciudad y en el campo en su favor, comparable al de 1829? Había
varias razones. En 1º lugar, el apoyo esencial a Rosas en el ´29 había sido materializado por los estancieros, quienes
movilizaron activamente a sus peones para la causa del caudillo; 20 años más tarde muchos estancieros prefirieron
mantenerse apartados. En 2º lugar, por su campaña de terror y de despolitización total de Buenos Aires, Rosas había
quitado la espontaneidad a todo el apoyo popular existente. Finalmente, no podía haber un levantamiento masivo en
el campo por que los oficiales de reclutamiento del régimen lo habían dejado desnudo, y todos los hombres aptos ya
se encontraban en el ejército o en la clandestinidad.
Caseros no significó la conquista de una vieja Argentina por una nueva. Su efecto inmediato fue el reemplazo
de un caudillo por otro. Urquiza instaló su corte en Palermo.
Podría ser que la verdadera explicación de la caída de Rosas tuviera una clásica simplicidad. El aplicaba
políticas que tenían oposición, si no dentro de Buenos Aires por lo menos fuera de ésta, y sus opositores tuvieron
suficiente fuerza como para derrotarlo. Los brasileños no habrían podido invadir la Argentina sin su aliado interior;
y Urquiza no habría podido rebelarse sin apoyo extranjero. Juntos fueron demasiado poderosos para Rosas. La vida
de Rosas después de Caseros corría peligro, el gobierno de Buenos Aires no estaba menos ansioso de acelerar la
partida del dictador derrocado que las autoridades británicas. Rosas pidió formalmente al almirante Henderson que
lo llevaran a Inglaterra y, en febrero de 1852 partió con su familia al exilio. El costo del viaje fue solventado por
Gran Bretaña.
En el exilio vivió sólo y retirado de la vida social británica. Pasaba sus días montando a caballo. Se dedicó a
escribir sobre la política de la Argentina acentuando su conservadurismo y sus rígidos comentarios. Este fue Rosas,
un hombre cuyo instinto político fue resaltado por muchos, pero cuyas propuestas de acción suscitaron y suscitan
arduas controversias. Así marcha la historia, con acuerdos y desacuerdos, pero es mucho más que eso. Es “nuestro”
pasado.