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Quiero entender que el autor de este artículo, Eduardo Arroyo, nos da su

opinión sobre la tauromaquia en tono de humor. Este señor define la
tauromaquia como la fiesta de los toros… ¡qué humor más negro! Quiero
pensar que esto es un problema de matices, y que la fiesta es para los
espectadores asistentes de semejante evento de humillación, tortura y
finalmente matanza de seres vivos, como son los toros.
He de aclarar que yo no soy un activista, ni me quita el sueño la
tauromaquia, pero llamemos a las cosas por su nombre, por favor. Sin irme
mucho del tema, veo que el autor nos hace ver su indignación hacia el
pueblo catalán porque ha decidido democráticamente abolir la tauromaquia
dentro de su territorio, coartando así la libertad de aquellos que querían
seguir disfrutándola. Pues ahí le tengo que dar la razón, sí que ha perdido
cierta libertad, pero no más que aquellos que quieren tener un esclavo en
casa y no pueden porque se abolió la esclavitud, no más que aquel hombre
que quiere matar a su esposa porque no se queda embarazada y no puede
por los malditos derechos humanos… Pero nos queda tan lejana esa época
que parece absurdo e incluso insultante poder compararla con esta época
de cambio. O simplemente comparar a un toro con un ser humano. Una vida
es una vida. La única diferencia, para mí, entre estas personas y el torero
con sus cómplices (espectadores) era que antes estaban amparados por la
ley en Cataluña. Y no estoy llamando ni esclavistas, ni machistas, ni mata
mujeres a los toreros ni a sus espectadores. Basta ya de escudarse en
García Lorca, Hemingway, y en la palabra cultura. Que la tauromaquia sea
cultura no lo niego, pero no da derecho a todo. A las brujas se las quemaba
en la hoguera, y los Vikingos del siglo IX ofrecían cada 9 años 9 sacrificios
humanos a los dioses, eso también es cultura. Pero evolucionamos.
En mi opinión el paso que dio el pueblo catalán con el referéndum es
cambio y evolución, inevitable evolución. Ojala el resto de comunidades
autónomas de nuestro país decidieran libre y democráticamente sobre si
quieren o no la continuidad de esta tradición, aunque ello convierta nuestra
nación, citando al señor Arroyo, “en un rincón donde reine un ruralismo
sospechoso y semifascista”.