¿Para qué sirve el “populismo”?

Homero R. Saltalamacchia
DOI: 10.13140/RG.2.2.25022.69442

Los sucesos ocurridos en lo que Guillermo O’Donnell diese en denominar “cuadrante
noroeste” han puesto nuevamente en discusión la noción “populismo”. En las páginas
siguientes reflexionaré brevemente sobre dicha noción y su uso.

El acto de nombrar da existencia a algo en el plano simbólico. Pero las posibilidades de
comunicar de esos nombres, sean comunes o propios, radica en que aquello a lo que dan
existencia es un conjunto de atributos y de relaciones entre ellos. Incluso cuando para hablar
del significado se hace referencia a los prototipos, o a los efectos de prototipicidad, ellos
refieren a los parecidos de familia que permiten la deriva entre unos y otros elementos que
resultan incluidos en el concepto del que se trate. E incluso en este tipo de abordaje la deriva
en los parecidos de familia no resulta infinita: no incluye a un yacaré entre las aves, por
ejemplo. Más aun, hasta en los mismos juegos de lenguaje a los que hiciese referencia
Wittgenstein, el significado que resulta del contexto es lo suficientemente preciso para que la
comunicación sea posible o, al menos, para que el interlocutor pida aclaraciones. Pues se trata
de saber qué es aquello a lo que el emisor se refiere.

Es claro es esa precisión de los conceptos (sean nombres comunes o propios o sean adjetivos o
verbos) no indica que, en lo real, falten gradaciones que muchas veces hacen difícil las
conceptualizaciones. Eso es lo usual, dado a que a lo real solo accedemos en forma siempre
precaria mediante lo simbólico. Por eso hay éxitos y fracasos en las designaciones. En casos,
puede que no se apliquen adecuadamente a lo que se quiere designar o calificar, produciendo
errores en la comunicación o en la acción. Pero querer que las clasificaciones sean un remedo
de la naturaleza sería tan cognitivamente económico como hacer un mapa capaz de reproducir
exactamente un territorio. Durkheim (Durkheim, 1996) profundizó en ese rasgo de las
clasificaciones al decir que:

Las representaciones sensibles están en perpetuo flujo; se empujan unas a
otras como las olas de un río y, aun hasta el tiempo que duran, no
permanecen iguales a sí mismas. Cada una de ellas es función del instante
preciso en que ha tenido lugar. Nunca estamos seguros de encontrar una
percepción tal como la hemos experimentado una primera vez; pues si la cosa
percibida ha cambiado, nosotros no somos los mismos. El concepto, al
contrario, está como fuera del tiempo y del devenir; está sustraído a toda
esta agitación; se diría que está situado en una región diferente del espíritu,
más serena y espontánea; al contrario, resiste al cambio. Es una manera de
pensar que, en cada momento del tiempo, está fijada y cristalizada. En la
medida en que es lo que debe ser, es inmutable. Si cambia, no es porque esté
en su naturaleza cambiar; es que hemos descubierto en él alguna
imperfección; es que tiene necesidad de ser rectificado.

Podemos cambiar nuestras conceptualizaciones. Pero mientras ellas existan deben comunicar
algo, distinguible de otra cosa. En nuestro caso, lo dicho permite saber que, si sigue existiendo,
el “populismo”, como noción, debe servir para algo. Pero, ¿para qué?, ¿qué significa?

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Se dice que son populistas el movimiento ruso Naródnichestvo, al Greenback Party de los
Estados Unidos de Norteamérica, el Movimiento Justicialista y el partido Justicialista y el
gobierno de Juan Domingo Perón, el Partido Trabalhista Brasileiro (PTB) o el Partido Social
Democrático (PSD) liderados por Getulio Vargas en Brasil, el APRA de Haya de la Torre en Perú,
el Partidos de los Trabajadores, de Brasil, el peronismo Menemista y el peronismo kirchnerista
en la Argentina, al Partido Socialista Unido de Venezuela, a la Alianza País en Ecuador, el
Partido Republicano de Donald Trump, el Frente Nacional de Le Penn en Francia, y tantos otros
movimientos de derecha o de izquierda de todo el mundo. ¿Qué es lo que los asemeja? ¿qué
es lo que permite utilizar la misma designación para todos ellos?

Un talentoso argentino nos dejó un texto que se hizo famoso, con justicia. Me refiero a Ernesto
Laclau quien quizá durante toda su vida hizo girar su obra en torno a la comprensión de los
fenómenos políticos y en particular en torno al populismo. Su última obra referida al tema, “La
razón populista” (Laclau, 2005), mostró el drama de quienes pensaron en forma positiva en
dicha categoría. Más allá de los méritos de su examen sobre la literatura referida al populismo,
lo que su obra permite comprender no es al populismo, sino al modo en que discursivamente
se articulan diferencias en torno a un significante, que puede ser el de cualquier organización
que se estructure engarzando diferencias en torno a un discurso común, que permita el logro
de una acción comunitaria. Esa organización puede ser —si referida a la vida política— la de
cualquier partido o movimiento político; no solamente a los incluidos en el apelativo populista.
Logro importantísimo. Pero que no llega a incorporar las pluralidades organizativas que
habitan a esas formaciones ni el modo en que se resuelven las gestiones y las luchas
tendientes a lograr la dirección de esas organizaciones. Lo que es tan frecuente en partidos o
movimientos políticos, como en movimientos sociales u otro tipo de organizaciones. Por ende,
si bien Laclau nos brindó una talentosa revisión de la literatura sobre populismo y una
importante teoría sobre el modo en que se construyen los discursos políticos, no avanzó en la
caracterización de lo que es un partido o un movimiento populista y, mucho menos, una forma
de estado o de régimen populista.

Quizá faltó observar el uso del término dentro de los juegos de lenguaje en los que se lo utiliza.
Si nos fijamos en esos juegos, lo común es que hacen peligrar el orden tal como lo indican los
manuales sobre democracia liberal. Por eso sus apariciones son relacionadas sea con las
denominadas crisis de representación sea con la acción de los “poderes fácticos” otro término
que confiesa las limitaciones teóricas de quienes lo utilizan.

Es fácil percibir que, al hablar de “lo fáctico”, se habla de aquello para lo que no tenemos
concepto o que actúa de modo ilegal desde la perspectiva de lo estatuido, y que puede ser
pensado y aceptado desde el punto de vista conceptual, de los devotos de las teorizaciones.

En verdad, si hiciéramos el trabajo de conceptualización de “poderes fácticos” encontraríamos
los mismos deslizamientos fácticos de teóricos que incluyeron tanto a sindicatos como a
corporaciones empresariales y grandes empresas y que entre otras mediaciones actúan con
lobbies, convenciendo o comprando legisladores o burócratas y gobernantes. De allí que el
problema de una acabada conceptualización sobre los poderes fácticos implicaría una teoría
política capaz de incorporar supuestos muy diferentes a los que postula. Entre esos supuestos:
1) que los seres humanos no son iguales ni ante la ley ni desde ninguna perspectiva (por lo que
la declaración no es una descripción, tal como aparece redactada sino una aspiración ser
conquistada), 2) que las desigualdades se reproducen hasta extremos increíbles e
insoportables (Desde 2015, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el
resto del planeta resume Oxfam (Hardoon, 2017)), 3) que esa desigualdad es producida por

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múltiples formas de dominación, 4) que esa dominación ha permitido que los capitales de las
grandes empresas trasnacionales inviertan allí donde encuentran mano de obra más barata u
otras condiciones favorables, lo que implicó que ni siquiera se beneficien de esas riquezas los
propios pobladores de los países de origen, 5) que en tales condiciones muy difícilmente el
poder Judicial, originalmente creado para administrar leyes y condicionar la actuación de los
Poderes electivos, haga otra cosa que defender el derecho de las minorías ante un posible
triunfo electoral de las mayorías, tal como lo pensaron los famosos Padres Fundadores.

Y es justamente en esos casos límites que se suele hablar -- como hoy en Estados Unidos,
Inglaterra y los países europeos-- de una crisis de legitimidad; esos son los juegos de lenguaje
en los que populismo parece decir algo. En esos momentos, nombra una imposibilidad. La de
incorporar a los electores dentro del sistema de pesos y contrapesos con que la República
liberal logra mantener su dominación, incluyendo a las mayorías electorales de un modo
“friendly”.

Lo realmente peligroso de ese modo de responder a las crisis de representación no es que la
dominación desaparezca. Como afirmase en otro articulito, no creo que ni Donald Trump, ni
Marine Le Pen, ni Theresa May ni ninguno de esos líderes --que se beneficiaran de la
desesperación de poblaciones que ven disminuir sus niveles tradicionales de vida por la
deslocalización de los capitales-- logren frenar dicha deslocalización. No fueron los pobres los
que se beneficiaron del nacismo ni del fascismo sino las grandes empresas lideradas por el
complejo militar industrial. Pero lograr evitar el peligro que dichos procesos implican para
toda la humanidad, y en particular para nuestros países, implica no errar en la caracterización.

Como en el caso de “los poderes fácticos” no hay “populismo” sino como categoría residual
que permite referirse a algo que es ajeno a la normalidad de la democracia liberal y los
sistemas de dominación que en ella siempre existieron. Es como un nudo gordiano que es
preciso cortar. Las tormentas teóricas que luego deberemos enfrentar nos indicaran que Zeus
nos aprueba y que, a partir de ese momento, debemos pensar con otras claves teóricas. No
dejando de lado lo que el estado de derecho aportó a la vida en sociedad, pero si buscando
medios de visibilizar el poder de los dominantes, no solamente en sus formas de ejercicio
explícitas, como ocurre hoy con el poder mundial de los CEOs, sino también las otras formas de
ejercicio. Los movimientos democratizantes son, en nuestros países, un instrumento adecuado
para eso. Y que “el populismo”, cortado en dos, pierda su fuerza ofuscadora de nuestras
inteligencias políticas. No aclararía el sendero de sus teorizaciones.

Bibliografía citada:

Durkheim, É. (1996). Clasificaciones primitivas (y otros ensayos de antropología positiva). (M.
Ruiz Delgado & A. López Bargados, Eds.) (Vol. 1). Barcelona, España: Ariel.
Hardoon, D. (Oxfam). (2017). Una economía para el 99%. Oxford: Oxfam Internacional,.
Retrieved from https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp-
economy-for-99-percent-160117-es.pdf
Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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