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UNA CARTA DE JUAN BOSCH A MANUEL CABRAL

*

Mi querido Manuel:
He estado, ayer tarde, leyendo tus “Canciones del camino”.
Yo no sé si tú conoces este loco amor mío por los caminos. Y
es que de mi corazón salen todos aquellos que nunca llegan.
Yo soy como un manojo de cosas sentidas que se revuelca en
todas las veredas; y como en el campo donde me fui haciendo
carne cada acontecimiento pasó frente a mí sobre el camino,
he ido sintiendo en todos la misma emoción callada que se
me cayó del corazón sobre aquel. Por eso leí tus versos con
mayor unción: porque se llamaban “Canciones del camino”.
Oye: yo debiera preguntarte muchas cosas, si no conociera
tan bien como pocos el silencio ahogado en polvos de los cami-
nos. Yo te preguntaría por qué has conversado, así, tan en voz
baja, con aquel apagadito, carcomido por la verba procaz, que
te seguía caminando en el corazón, cuando ya todos le habían
olvidado. Entiendo bien, Manuel, ese egoísmo tuyo, de creer
que sólo en ti persiste, aunque desteñida, la emoción que otro
gustó contigo. Y sé bien que esa emoción te gatea todavía,
corazón adentro. ¡Cómo si por el hecho de haberse gastado, no
guardara todavía el caminito un poco de todos aquellos tem-
blores que pasaron por su vida, muchos de los cuales se descol-
garon en ti, aunque se te quedaron trizas en el alma!

*
Bahoruco, Nº 243, Santo Domingo, 20 de abril de 1935, p.17 / p.20.

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¿Y aquel otro, que traía olor de resina entre las patas de
los mulos, por el que quería irse “lo poquito blanco” que te
quedaba? El camino es la expresión dormida de cada anhelo
en la vida. Pues que muchas veces he querido mancharme
algo el retacito blanco que se ha rezagado en mi corazón, y
no ha sido por irme, tan sólo; pero nada más vibrará en
nosotros el deseo que no se satisfizo. Nos gritará, día a día,
en la alta noche, cuando el cielo se empina estrellado o cuan-
do nos aplasta oscuro. ¡Ay de nosotros si no anduvimos el
camino que nos atrajo, porque ese será, hasta siempre, el
que nos guarde más sorpresas livianas y eternas! ¡Qué bien
hiciste en no irte por el caminito! Hoy no tendrías el dolor
de un anhelo que colgara en tu alma, como una badajita de
plata, recordándote siempre aquel dolor, que de tan hondo
parece diminuto.
Tienes después una acuarela de paz, con una mañana dor-
mida en los ojos de un buey; pero yo no veo con el alma esa
acuarela, porque nunca desperté a la calma infinita y lejana de
los bueyes.
¿Y aquellos ojitos, que recogiste tempranito del agua del
río? ¿Fue que soñaste tanto, en el bohío, con los ojos oscu-
ros de todas las mujeres, de las que se apelotonan en nues-
tros recuerdos, y de las que saltan en nuestro presente? ¿O
fue que anoche, antes de destrenzar con los pies inseguros la
calleja oscura, camino de tu casa, viste tanto sus ojos que los
tuyos tomaron su color y su vida, hasta teñir los tuyos, y
hasta hacerte ver, en el espejo tembloroso del agua, sus ilu-
siones en tus ojos? Y en el otro, ¿no dices también que oíste
su vocecita buscar tu oído? No, Manuel: es que duraba, en
la madrugada, el canto grato de su palabra de amor, dicha
anoche, a la puerta del bohío, cerca de ti y tan en pudoroso
silencio, que sólo tú y ella, y la áurea estrellita que se caía
sobre las yaguas, pudisteis oírla. Por eso, por haber sido tan
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sorda al mundo la canción de su voz, la oíste pequeña, al
otro día, cuando aún te perseguía sobre las hojas húmedas
de la orilla.

***

Debiera callar, aquí, Manuel Cabral, y no decir nada más,
nada más. A pesar de que comprenda bien por qué iban dos
mañanitas por el camino, el día aquel en que te sabías espera-
do. Aunque comprenda por qué tu sangre corría, presurosa,
y por qué la brisa tenía nueva frescura. Aunque lo compren-
da, y aunque sepa que en un rescoldo del camino, escondidito,
estaba ella tan en silencio, que ni su mismo susto le gritaba
por dentro. Tal como tú la querías: desnudita de palabras. No
podía estar de otro modo la que te esperaba. Y ni siquiera era
verde tierno su pensamiento, porque zumbaba sobre él toda
su carne, joven y ansiosa: era oscuro, más oscuro que la espe-
ranza. ¡Pero qué bien corría sobre el camino dorado, de bra-
zos con la mañana, el amanecer retozón de tu deseo! (Tal vez
te recordara mejor ahora, pobre muchacha de campo, húme-
da y olorosa a yerba, si no te hubiera poseído aquella mañana.
Yo he tenido ganas de llorar el abandono que tu carne tan
grata hizo, como un desgarramiento, en la ternura del poeta.
He tenido ganas de llorarlo, para vaciar en él todos los aban-
donos como el tuyo que ha sentido mi corazón).
Y ahora, saltando por encima de tu deseo de llevarte la
ciudad al campo, para purificarla en un Jordán que yo amo
tanto, he llegado hasta tu soledad, aquella de conversación
con el primer árbol que indicaba el campo; allí donde dijiste,
sin saber la causa, “que no sabía a su camino la palabra más
dulce”. Y me he sentido de pronto niño, igual que cuando
me acuclillaba a la orilla de la vereda, y sentía el infantil pen-
samiento, sin madurez de atrevimiento, irse revolcando con
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ingenua alegría por el campo. Cierto que aquella emoción no
volverá, Manuel. Cierto que no tiene ni “huella de retorno” la
veredita que abrió en nuestra vida una ternura cualquiera.
Pero si no retorna tiene en cambio la virtud de habernos des-
carnado el corazón y hacerlo sutil, para que recuerde. Y para
que el granito de sal caído con la lluvia nos escueza en la carne
viva, hasta hacernos llorar en silencio, como si verdaderamente
nos doliera. No retorno. No vuelve. Como no lo hace la infan-
cia, aquella de “palitos de fósforos y barquitos de papel”. Pero
es, mi amigo, que también los sentimientos van caminando,
sin cuidarse de la tierra que pisan, y sin pensar en la posada,
porque sus caminos no la tienen, como no la tenía el tuyo. Sin
embargo, se irán quedando en girones, ayer en tus padres, a
medio día en ti; mañana en tus hijos. Después de todo, ¿no es
cada hora pasada una infancia para la que viene?
¿Y no era también infancia aquella ventana abierta que lle-
nó tu paz, por la que se te fueron los ojos tras las nubes ágiles y
tras el azul, en todas las horas vacías de tu vida, cuando te ibas
llenando de música que no oías? Tú no tuviste paz porque viste
la ventana, sino que te asomaste a ella porque te creías lleno de
paz. ¡De paz! ¡Y te iba cantando el caminito en el corazón!

***

Ahora te parece que nunca has pasado; que sentándote a la
vera del camino verás pasar, en él, la cinta gris y verde de tu
tormento. Lo mismo que me he sentado yo a verte pasar.

***

Nada podría decirte de tu técnica. No sé. Francamente, en
qué tono has cantado. Ni podría saber nunca cómo le llaman
a tu música. Yo sólo sé que has sido mudo como una piedra y
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tierno cual una hoja de cogollo. Yo sólo sé que has tenido en
la voz la misma frescura que las flores en los amaneceres, y la
misma humedad bendita de la tierra, bajo la tupida mañana
del monte.
De ahí que yo te haya escrito, Manuel Cabral. Porque en-
tre monte y camino se reparten mi corazón. Y quisiera sólo
que en mi recuerdo cantara una voz como la tuya sobre un
camino dorado, tan largo, tan desolado y tan mío, que ni
siquiera una estrella le vea, aunque domine la tierra desde el
cielo. Un caminito retorcido, tan andarín, como un pensamien-
to, que se metiera en el monte acogedor, amplio y discreto, y se
durmiera allí para siempre, hasta que yo le haya olvidado.
Perdona lo que haya podido molestarte. Muchas gracias;
he comido de tus manos una fruta madura. Todavía me cho-
rrea el jugo azucarado por entre los dedos, y con ellos sucios,
te saludo, con el afecto de siempre.
Tuyo,

Juan Bosch