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CARTAS A VIGIL DÍAZ

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Dómine Excelso:
Yo no hubiera querido que estas cartas mías se desenvolvie-
ran a modo de crónicas, pero cinco años de lejanías me obli-
gan ver esto con nuevos ojos y se me van las ideas, cálamo
currente, en empeño de hacerte morder el meñique derecho
de envidia y arrastrarte a un viaje por aquí, que mucho bien
habría de hacerte.
Y voy: el viernes pensé descansar. Tengo visto, por propia
experiencia, que los músculos, sobre todo los dorsales, se rela-
jan a fuerza de colchonetas dobles y camas de bastidores re-
cios. (No eches en saco roto esta observación. Antes de venir,
si te decides, disponte a dormir en catre pelado o en el suelo.
Así no tendrás, como yo, esa insufrible sensación de que te
están retorciendo las espaldas con alicates, después de un via-
je a caballo). Pues, como decía, el viernes pensé descansar,
pero don Luis Gómez, Director ad-vitam de Escuela, me toma
por su cuenta, inventa cocteles ruso-japoneses (por lo endia-
blados) y paseos de alpinistas. Vamos al Yaque, nadamos,
zambullimos, nos esponjamos con agua de 16 grados sobre
cero. ¡Y estamos en pleno julio! Ese mismo día llega de La
Vega Pipí Álvarez, notario-poeta-inspector de Instrucción Pú-
blica, padre de familia-malabarista-cómico y ventrílocuo. Pipí

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Listín Diario, Santo Domingo, 21 de agosto de 1932, p.1 / p.7.

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14 JUAN BOSCH

posee, además de todas las profesiones enumeradas, la más
descomunal cabeza de todos estos predios, el más simpático
chiquillo y la mejor grafonola. Él y Luis Gómez te mencio-
nan, hablan de Pimpín y traen a colación historias tuyas, amén
de una bebida con que nos obsequia Pipí, según él, whisky,
según yo, Brugal del más bravo.
Juan María Rodríguez es hijo de aquel célebre Demetrio
Rodríguez, que poseyó en conjunto, según consta a Luis
Valdez, Peguero hijo, tú y yo, únicos seres que se ocupan de
recoger esas bellas leyendas de coraje de un pueblo bravo que
existió hasta principio del siglo actual, el valor, la cultura, la
riqueza y la hombría de bien. Juan María Rodríguez, hoy te-
niente del Ejército, sigue los pasos del gran general que fue su
padre. A Jarabacoa llegó el sábado, ya entrada la noche, se des-
montó de su mula joca, dio un palmetazo en la mesa, otro en el
mostrador, y pidió servicio para todos los presentes. Después,
con la voz del que sabe lo que le viene encima, nos dijo:
—Vengo a casarme.
Y efectivamente, el domingo casó con Rosa Batista Piña,
una muchacha que, a mi entender, fue transplantada desde el
Rhin. Rubia, rosada hasta parecer ensangrentada, gentil y
bella, al aparecer vestida de blanco, del brazo del militar er-
guido, enfocados por la mirada turbia de Querito Rodríguez
quien libro en manos los esperaba, me pareció (vaya Ud. a
saber por qué) una pareja escogida por Guillermo de Alema-
nia, antes del 14. Firmaron ambos con pulso firme, pero yo
no, porque don Luis había cargado algunos de los ingredien-
tes de aquel célebre cocktail ruso-japonés.
Mientras duró el matrimonio, apadrinado por Homero
Espaillat, doña Dulce de Espaillat, Guarionex Gómez, doña
Sira de Gómez, don Amable Jiménez, doña Nelia de Jiménez,
y algunos otros que no recuerdo, llovía a cántaros. Después de
terminada la ceremonia dirigí hábilmente un interrogatorio
OBRAS COMPLETAS 15

digno de Sherlock Holmes, y por declaraciones de doña Julia
Piña, madre de la contrayente, y del propio Juan María, logré
sacar en claro que los nuevos desposados habían comido en
paila. Me expliqué entonces lo de la lluvia y me fui, satisfecho
como prestamista en el año 1928, a terminar dignamente la
fiesta que siguió a la firma del libraco.

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Arturo Piña, la gentileza personificada, me buscó caballo, lo
atendió en la noche, consiguió silla, espuelas y freno y él en
persona lo ensilló al amanecer de un sábado rojeado. Minutos
después, enfilaba proa hacia Constanza, el Edén Nacional, la
tierra que más honda raigambre tiene en mi espíritu.
Yo no voy a cansarte ahora con descripciones como la de la
subida del Barrero, desde donde ves brillar al sol de la maña-
na en los techos de zinc de Moca, La Vega, Salcedo y otros
pueblos. Tampoco te hablaré de la impresión que nos dejan
estas lomas cargadas de pinos gigantescos, casi cansadas de
tenerlos en su lomo eternidad tras eternidad. Estas cartas mías
han sido hechas a la carrera, apenas si leídas, después de escri-
tas, y no quiero adornarlas ahora con detalles de belleza que,
por su majestad, no necesitan que las canten. Pero yo tengo la
esperanza de traerte un día, otro Sancho Panza, y asombrarte,
pobre diablo ciudadano con lo que yo creo mi propiedad es-
piritual. Después de hacer un viaje como este, no tendrás
fuerza para desenredar los chismes que Sócrates creó y que
enredó más Platón.
Hasta otra, excelso dómine,
Ex corde
Juan Bosch