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CARTAS A VIGIL DÍAZ

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Excelso señor:
Don Antonio Abud, zar de todas las Constanzas, es un señor
que pesa, justamente, doscientas cuarenta libras. Posee entre
otras cosas, el mejor mulo que se encuentra desde la frontera
hasta los límites de la Provincia, la “culebra e cásula”, más
completa, fuera de las instituciones armadas, el mejor revól-
ver “pavón morao”, doce hijos varones, todos blancos, cinco
hembras, caucásicas puras, cuatro casas de zinc (las únicas en
el poblado), y una tienda, también única. Con semejante in-
ventario por delante, demás está decirte quién es don Anto-
nio Abud. Me olvidaba una explicación: el zar de todas las
Constanzas no es viejo, ni siquiera peina canas; contará ahora
alrededor de treintaisiete años que no es poco decir. Pero he-
redó, innegablemente, de algún califa árabe su inquebranta-
ble fe en sí mismo y su innato don de mando.
A cualquier hora del día o de la noche, llueva o haga sol,
ventee o no, la casa hospitalaria de Antonio Abud está abierta
a todos los caminantes. Un buen catre, mejor frazada, carne
abundante, algún que otro trago de ron para calentarse: don
Antonio siempre está a disposición de quien llegue, sea o no
su amigo. Por eso, mi primer cuidado al llegar, fue preguntar
por mi viejo amigo. Y tuve un sincero placer al abrazar sus
doscientas cuarenta libras de amistad…

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Listín Diario, Santo Domingo, 21 de agosto de 1932, p.1 / p.7.

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18 JUAN BOSCH

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Cuando llegué a Constanza ardía en fiebre. La noche era tan
oscura que no veía mis manos. El caballo hacía esfuerzos
“sobrecaballares”, hundía en lodo las patas, hasta las rodillas,
resoplaba y casi se negaba a caminar. Yo había perdido el
deseo de llegar. Tenía sólo la obsesión de tirarme bajo cual-
quier pino y dormir. Podría decir que estaba tan sin volun-
tad, como pudiera haberlo estado una carga de frijoles.
Pero al fin (algún día había de ser), Rocinante y yo entra-
mos en Constanza. Una que otra lucecita se colaba por las
hendijas de uno que otro “bujío”. Algún ladrido se metió por
las orejas de mi caballo y retumbó en mis oídos. Al apearme
del animal tuve la impresión de que jamás tocaría tierra con
los pies. Después, tres días de cama: tres días de dieta y tres
días de fiebre.
Pero Constanza, mi querido Vigil, no es población que
admite enfermos. Hace cinco o seis años, Antonio Espaillat,
subidos tres o cuatro en el “Gajo”, me dijo que Constanza era
la Suiza de las Antillas. Andando más tarde de isla en isla
pude comprobarlo. Hacia el Norte está la mole imponente de
la Cordillera Central: “El Montazo”, “Nalga de Maco”, “Aguas
Blancas”, y el exótico “Valle Nuevo”. Por el Oeste la tierra se
estira en pequeñas ondulaciones, alfombradas de grama y
sombreadas de pinos. Hacia el Sur se ha escalonado hasta cul-
minar en el Mogote, frente a Jarabacoa. Por el Este hay, entre
dos alturas, el valle liso, como un cristal, parido de pinos cen-
tenarios. Y en el centro, Constanza, ceñida por tres ríos cuyas
aguas tienen, en agosto y a medio día, una temperatura que
nunca excede de trece grados sobre cero. ¡Oh la estulticia de
nuestros “elegantes”! ¡Constanza tiene los brazos abiertos para
todos los enfermos y para todos los que tengan dos pesos que
gastar en un veraneo!
OBRAS COMPLETAS 19

Me duele cerrar ésta cuando más entusiasmado estoy. Pero
debemos entendernos, un grupo de amigos, para emprender
viaje hacia Valle Nuevo, la región más fría del país.
He de sentir mucho, mi querido Vigil, encontrarte a mi
retorno con cinturones terapéuticos pretendiendo curar tu
rebeldía hepática con recetas y fórmulas parisienses. Sólo
Constanza podría arrastrar con tus males y limpiar, tanto tu
alma como tu cuerpo, de esa carga insoportable ya de ácido
úrico solidificado.
Hasta una próxima. El interés de un viaje a Valle Nuevo
hace que corte aquí mi buen deseo de prolongar mi carta.
Ex corde.
En Constanza, a 4 de agosto, 1932.