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Jon L.

Breen
La aventura del
incomparable
Holmes
Resulta difícil saber en cuántas ocasiones me ha
entregado mi amigo Sherlock Holmes una carta o
una tarjeta de visita, o cualquier otro objeto o men-
saje, y me ha pedido que lo interpretase. Aunque
nunca podía extraer de esos objetos tanta informa-
ción como él, siempre disfrutaba con ese juego y me
hago la ilusión de haber sido capaz, en alguna oca-
sión, de transmitir algún retazo de información que
sirviera de ayuda a mi dotado compañero. En una de
mis visitas periódicas a las viejas habitaciones de Ba-
ker Street, poco después de que alborease el presente
siglo, mi amigo me entregó dos mensajes para mi ins-
pección, y sí que eran singulares.
En los dos casos, el liso papel blanco parecía bas-
tante vulgar, la mano que los escribió, cultivada. Una
parecía claramente masculina, y la otra femenina,
pero me robaron cualquier posibilidad de vanaglori-
arme de este descubrimiento porque el contenido de
las notas hacía evidente su sexo.
La primera decía: “Sr. Holmes: Necesito deses-
peradamente su ayuda, pues estoy muy preocupada

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por mi marido, que últimamente ha estado compor-
tándose de una forma excesivamente extraña. Sale
maquillado de día, hasta en lunes. Por favor, dígame
cuándo le vendría bien que le llamase. — (firmado)
Señora de Albert Fenner.”
Y la segunda: “Sr. Holmes: Le pido permiso para
consultarle sobre un asunto de lo más misterioso, y
que podría beneficiarme grandemente de concluirse
con éxito. Debo dejar claro desde el principio que su
participación en mi problema tendrá que depender
de un pago a la satisfactoria conclusión del mismo.
En la actualidad estoy sin empleo (por el sencillo mo-
tivo de que el siguiente número resbaló torpemente
en el agua y la glicerina), y no podré pagarle a no ser
que mi misterio se resuelva. — Atentamente suyo,
Anthony Croydon.”
— ¿Qué conclusiones saca de ellos, Watson? —
preguntó mi viejo amigo.
— Son muy crípticos — confesé —. Poco puedo
sacar de ellos, pero los dos parecen ofrecer rasgos

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interesantes, puede que el segundo más que el pri-
mero. ¿Cuál de los dos está más dispuesto a aceptar?
— Quizá coja ambos casos, mi querido amigo.
De hecho los dos clientes potenciales nos visitarán
esta mañana. ¿Se habrá dado cuenta de que ambos
asuntos están relacionados?
— La verdad, no puedo decir que sea así.
— Bueno, adelante, Watson, ¿qué puede deducir
de las dos cartas? Conoce mis métodos lo suficiente.
— Siento una gran compasión por la autora de
la primera carta, pero no creo que un detective con-
sultor sea la persona indicada para ayudarla. Un alie-
nista resultaría más apropiado. Resulta obvio que su
marido padece un tipo de perversión sexual muy em-
barazosa para ser comentada en público. En el ejer-
cicio de mi profesión he conocido hombres que gus-
tan de vestir ropas de mujer, y de pintarse y maquil-
larse, de una forma que desdeñaría hasta una dama
de la calle. Seguramente padecerá de una desviación
similar.
— ¿No tiene usted ni idea de la profesión de su

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marido, Watson?
— No veo ninguna pista al respecto, Holmes.
¿Qué profesión hay segura? “Se tiene trabajo, por la
gracia de Dios...” y todo eso.
— ¿Por qué dice la carta: “sale maquillado de
día”?
— Quizá a ella no le moleste que practique ese
fetichismo particular por la noche, o en la intimidad
de su casa, pero ahora que lo hace a plena luz del día
y posiblemente ante otros, piensa que el asunto se le
va algo de las manos.
— Hay implícita una explicación mucho menos
retorcida, Watson. No resulta sorprendente que él
lleve maquillaje por las noches, o incluso de día
cuando no es lunes, porque es actor de profesión.
— Oh, ya veo. Sí, claro, es bastante obvio, ¿no?
Y llevará maquillaje en las matinales, pero los teatros
de Londres no las celebran en lunes. Pues claro. Pero,
entonces, ¿por qué lleva maquillaje los lunes y no se
lo dice a su esposa?

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— Puedo ofrecerle una hipótesis bastante pro-
bable, Watson. Está ganándose un dinero extra po-
sando para el cinematógrafo, una ocupación que
cualquier actor que se precie de tal querría mantener
en secreto, quizá hasta de su mujer. Y sin duda, ahora
verá la relación entre la primera nota y la segunda.
— La segunda nota es intrigante, Holmes, pero
poco ilustrativa. No puedo imaginar a qué se refiere.
“El siguiente número resbaló torpemente en el agua
y la glicerina”. Es un puro galimatías, en lo que a mí
respecta.
— “Número”, Watson, es el término empleado
en el music-hall para la especialidad característica del
que actúa. La actuación del señor Croydon dejó un
residuo de agua y glicerina en el suelo, sobre el que
resbaló el siguiente artista, poniéndose éste lo bas-
tante furioso, y debiendo tener la influencia sufici-
ente, como para hacer que perdiera su empleo en el
teatro.
— Ya veo. Algún número cómico a base de gol-
pes, infiero.

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— Creo que no Watson. El cinematógrafo se ha
convertido en un número fuerte en los programas de
music-hall, y la proyección se efectúa desde atrás so-
bre una pantalla de percal empapada en agua y glice-
rina. Creo que el “número” del señor Croydon con-
sistía en exhibir imágenes cinematográficas y que, en
el momento en cuestión, fue descuidado en el pro-
ceso humidificador. Esa es la relación entre las dos
cartas.
— Si me pregunta a mí, Holmes, diría que un
elemento común, sí, pero difícilmente una relación.
— Tenga en cuenta, entonces, la coincidencia en
que las dos llegaran el mismo día, Watson.
Refunfuñé un poco ante eso. No me gustan las
coincidencias. Como me recuerda tan a menudo mi
agente literario, no sirven para una buena historia.
Los editores de las revistas las menosprecian, y a ve-
ces la verdad no es defensa suficiente.
— Tengo la esperanza, mi querido amigo, de que
no sea ninguna coincidencia en absoluto — dije.
— Muy bien, Watson. Cada día es usted más

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perspicaz, se lo aseguro. No, no creo que sea una
coincidencia.
Holmes se acercó a la ventana y miró a Baker
Street.
— Creo que es nuestra visita, Watson — dijo
señalando a una joven bien parecida que bajaba de
un coche —. Le dije que las once sería una hora
oportuna, y es escrupulosamente puntual.
— Admirable en una mujer, Holmes.
— Delata un plan bien meditado, Watson.
El cinismo de mi amigo me molestó, sobre todo
cuando la mujer tomó asiento entre el desorden de la
sala de estar de mi amigo, mucho más revuelta que
en los días en que compartíamos los aposentos. Du-
rante los años en que había estado siguiendo las acti-
vidades de mi amigo, había visto suficiente traición
en el bello sexo como para embotar la mayor parte
de mi credulidad de caballero, pero, seguramente,
esta magnífica criatura, de cabello rojo y ojos azules,
de rasgos hermosos y formas intachables, no podía

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tener parte alguna en una conspiración o un plan so-
lapado.
— Señora Fenner, ¿tiene su marido algunas difi-
cultades en su carrera como actor?
— Señor Holmes, es verdad lo que dicen de us-
ted — dijo boquiabierta —. Debe ser usted clarivi-
dente.
— ¿Es cierto, entonces, que tiene dificultades en
encontrar trabajo?
— Muy cierto. Está muy desalentado al respecto.
Pasa todo el día buscando trabajo.
— ¿Y maquillado?
— No resulta fuera de lo normal que los actores
salgan maquillados a la calle en pleno día. Es casi
como si estuviera desquiciado, aunque, en otros as-
pectos, se porta como siempre.
— ¿Por qué consulta conmigo a ese respecto, en
vez de con un médico de Harley Street? ¿Hay algún
motivo para relacionar su conducta con un crimen?
— No, por supuesto que no.

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Me pareció que Holmes estaba siendo innecesa-
riamente críptico, cruel incluso. ¿Por qué no revelaba
su brillante deducción referente a que posaba para el
cinematógrafo? Lo sentí por la encantadora dama,
pero contuve mi lengua, sabiendo que mi amigo solía
tener motivos para su conducta anormal. Holmes
continuó hablando durante varios minutos, haciendo
preguntas muy alejadas de lo conversado antes de lle-
gar la dama. Guardó silencio incluso cuando ella
mencionó que unos amigos habían visto a su marido
en Brighton, ese centro de la producción cinemato-
gráfica. De no haber sabido yo que tuvo la respuesta
casi de inmediato, habría creído que estaba descon-
certado.
— ¿Entonces, no puede darme ninguna ayuda,
señor Holmes? — exclamó ella finalmente.
— Quizá un hombre de medicina sería una
ayuda mejor, señora Fenner. Quizá el doctor Watson
pueda recomendarle algún especialista que...
— ¡Francamente, Holmes! — grité, incapaz de
contenerme por más tiempo.

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Holmes echó atrás la cabeza y lanzó una carca-
jada. La señora Fenner enrojeció y se levantó para
irse. La conducta de mi compañero era tan inexplica-
ble como condenablemente grosera. Me deshice en
excusas por su comportamiento ante la mujer y la
acompañé hasta la puerta, pero algo me dijo que no
debía comentarle nada sobre la deducción del cine-
matógrafo.
— Holmes, ¿cuál es el significado de este ultraje?
— grité cuando la señora se hubo ido.
— Mi querido amigo — replicó él conteniendo
apenas su regocijo —, es usted todo un feriante. Si-
empre recuerda sus frases y las recita con convicción.
Mientras que yo, siendo un aficionado, me niego a
recitar las mías cuando provienen de un texto de es-
casa calidad.
— No puedo compartir su diversión, Holmes.
Esa pobre mujer...
— Esta conversación debe esperar, mi querido
amigo. Ya oigo en la escalera los pasos de nuestro
segundo visitante.

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Anthony Croydon resultó ser un hombre pe-
queño, de rasgos de comadreja, con los modales y la
ropa de un soplón de las carreras de caballos. Prosi-
guiendo con su perversa pauta, Holmes trató con
mucha franqueza a Croydon, contándole de inmedi-
ato su deducción sobre el agua y la glicerina, para sor-
presa de Croydon, y preguntándole por detalles so-
bre el asunto que quería consultarle Croydon.
— Señor Holmes, trabajo con el cinematógrafo
desde su comercialización en el 96. En marzo de
aquel año vi la notable representación que R. W. Paul
hizo en el Olympia, e inmediatamente me di cuenta
de las posibilidades que tenía el medio, tanto para la
diversión como para la enseñanza. Empecé el nego-
cio con un amigo mío que tenía cierta habilidad me-
cánica. Lo hicimos todo. Iniciamos el negocio justo
a tiempo de hacer una película sobre el Derby de Per-
simmons del 96, y exhibimos la película en music-
halls y en todas las ferias del país. Filmamos la Regata
Henley y la Carrera de Barcas y el Jubileo del Dia-
mante de Su Majestad, aunque esta vez tuvimos un

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mal sitio para rodar. Hasta filmamos la guerra Boer.
— Dudo que un acontecimiento tan trágico sea
algo que pueda tomarse a la ligera — dije con algo de
severidad, incapaz de guardar silencio por más ti-
empo.
El discurso de Croydon daba la sensación de es-
tar preparado para ser soltado cuando hiciera falta,
pero Holmes escuchaba absorto y, al parecer, con
respetuosa atención.
— No quería ofender a nadie, doctor — dijo
Croydon —. Pero es que no filmamos realmente la
guerra, ¿sabe? La recreamos en nuestros estudios,
con actores haciendo el papel de soldados. Aunque,
debo decir que quedó muy realista, con cartuchos ex-
plotando, cuerpos cayendo y todo eso. En fin, como
en todos los negocios, éste tiene sus altibajos, y hace
ya tiempo que para mí son sólo bajos. Tras ese pe-
queño incidente que nos alejó de los teatros, el nego-
cio se fue por la alcantarilla en sus tres cuartas partes,
y cometí la torpeza de vendérselo a mi socio por una
fracción de su valor. Ha montado un estudio propio

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en Brighton y ha pasado de filmar sucesos de actua-
lidad a rodar películas “hechas”, empleando a los me-
jores actores de Londres. Y yo, me entristece decirlo,
me veo en la calle.
— Su discurso sobre el negocio del cinemató-
grafo resulta muy interesante e instructivo, señor
Croydon — dijo Holmes —. Pero no me ha expli-
cado cómo puedo serle de algún servicio. ¿Quizá
tiene que ver con recuperar su parte del negocio?
— No, es mucho más importante que eso, señor
Holmes. Mucho más. Resulta que, en América, soy
el heredero de una fabulosa fortuna, que me ha de-
jado un excéntrico tío buscador de oro. Me dejó un
mapa con la localización de su filón en el Colorado,
pero ha desaparecido la mitad del mapa, y estoy con-
vencido de que mi antiguo socio se la ha apropiado.
— Entonces, ¿desea que recupere la otra mitad?
— dijo mi amigo completamente serio, mientras mi-
raba fijamente al visitante.
Creo que lancé un resoplido, pero los dos hom-
bres me ignoraron. Seguramente, aquí había un

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campo mucho más fructífero para la risa que en el
apuro de la pobre señora Fenner. ¡Robado la mitad
del mapa! Era una historia absurda e improbable.
Quise preguntar por qué no el mapa entero, pero
Holmes prescindió de este obvio argumento.
— ¿Y dónde está el alojamiento de su socio? —
preguntó Holmes.
— Tiene sus habitaciones justo detrás de su es-
tudio. Seguramente tendrá que ir allí, señor Holmes.
Quizá con algún disfraz. Tengo entendido que es us-
ted un genio del disfraz.
— Me adula. No, el estudio de su antiguo socio
es el último sitio donde debería mirar. Hay algunas
cosas que resultan demasiado obvias para que den al-
gún fruto. Dígame, Watson, ¿puede usted acompa-
ñarme en un viaje al norte? Me atrevería a decir que,
en menos de dos horas, podríamos estar en un car-
ruaje de primera con rumbo a Doncaster.
— ¡Doncaster! — exclamó Croydon —. ¿Qué
pinta Doncaster en todo esto?

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— Usted estuvo allí mientras trabajaba en el ci-
nematógrafo, ¿verdad?
— Bueno, sí, varias veces, para filmar imágenes
de San Leger. Pero...
— ¿Y no fue en Doncaster donde su socio se
apropió de la mitad del mapa?
— No, señor. Nunca estuvimos juntos en Don-
caster.
— Tal y como esperaba — dijo Holmes —. En-
tonces debe estar en Doncaster. Y ahora, si usted me
perdona, señor Croydon, tenemos trabajo que hacer.
Esté seguro de que tendrá su mapa.
Acompañó afuera al desconcertado y aturdido
señor Croydon. Cuando el hombre de aspecto de co-
madreja se fue, Holmes prorrumpió en una risa largo
tiempo contenida. Nunca le había visto tan divertido,
ni me sentí yo más incapaz de compartir el chiste.
— Entonces, ¿nos vamos a Yorkshire? — pre-
gunté bastante bruscamente una vez remitió el tor-
rente de hilaridad.
— No, no, por supuesto que no, Watson. Y lo

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que es más, deberíamos evitar Brighton en los días
sucesivos. A no ser que tenga usted la secreta aspira-
ción de ver proyectada su figura en una pantalla.
Se dio cuenta de mi confusión y por fin se apiadó
de mí.
Mi querido amigo, las deducciones que hice ini-
cialmente sobre los dos mensajes eran precisamente
las deducciones que querían que yo hiciera. Es obvio
que la dama y el caballero estaban compinchados. De
hecho, incluso puede que sean marido y mujer.
— ¡Impensable! — protesté.
— ¿Es más difícil de creer que el mapa del tesoro
de Colorado? — preguntó, y pareció a punto de vol-
ver a sumirse en la hilaridad. Pero se controló y con-
tinuó hablando —. Naturalmente, resulta increíble
que la esposa del actor no hubiera pensado en la po-
sibilidad de que su marido apareciera en el cinemató-
grafo. Y menos cuando se supone que su marido fue
visto completamente maquillado en la vecindad de
uno de ellos. Además, ¿piensa usted que los actores
de cine, al igual que los actores de teatro, van por las

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calles con el maquillaje puesto? Seguramente se lo
aplicarán y se lo quitarán en la escena de sus... ¿de sus
delitos? — lanzó una risita —. No, todo fue un mon-
taje, liso, junto con el asunto del medio mapa del te-
soro, se suponía que debía atraerme a un estudio de
Brighton donde, clandestina o abiertamente, planea-
ban inmortalizarme en celuloide. Tal vez siguiendo a
algún ladrón por las calles. Pero, seguramente, Wat-
son, esa no es la forma adecuada de exhibir mis ta-
lentos ante el público, por pequeños que éstos sean.
Además, no tengo ni la necesidad ni el deseo de más
publicidad.
— No he notado que la despreciara en el pasado.
— No, pero puede que mi retiro no esté muy
lejos. Aspiro a una vida tranquila escribiendo y dedi-
cándome a la apicultura, y la continuada representa-
ción sensacionalista de mis hazañas, ya sea mediante
sus relatos bastante coloridos en las revistas, o medi-
ante — Dios no lo quiera — el cinematógrafo, no
sería bienvenida. Yo me atrevería a decir que no he-

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mos oído la última palabra de esos avezados camaró-
grafos, Watson. Quizá lo adecuado sea alejarse unos
días de Londres. Pero no a Doncaster, donde, antes
de que pasen muchas horas, quizá haya un equipo de
cinematografía esperándonos.
Una vez Sherlock Holmes se retiró a su granja de
abejas de Sussex Downs, sus visitas a Londres fueron
pocas. Por norma, viajaba de incógnito y durante este
periodo solía visitarme llevando una gran variedad de
diversos y notables disfraces. Su aversión a la publi-
cidad y su insistencia en que ya habían pasado sus
días de detective consultor me los expresaba de
forma tan intensa que muchas veces me recordaba a
la dama que protesta demasiado. Quizá añoraba de
verdad los placeres de la caza, especulé yo, y simple-
mente no quería admitirlo. Yo, desde luego, echaba
de menos los viejos tiempos, y mi mujer parecía ser
consciente de ello, hasta cuando yo estaba a oscuras
en lo referente a las causas de mi desasosiego cró-
nico.

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Fue durante uno de esos periodos de desasosi-
ego, varios años después de la aparición en Baker
Street de la señora Fenner y el señor Croydon,
cuando mi mujer me indujo a visitar un cinemató-
grafo no muy lejos de nuestra casa para ver una pelí-
cula titulada El triunfo ele Sherlock Holmes. Debo con-
fesar que no dejé de refunfuñar camino del “palacio
eléctrico”, como los llamábamos entonces.
— Probablemente será una tontería detestable
— dije —. Si Holmes lo supiera, llevaría a los tribu-
nales a la gente que lo hizo. No tengo ninguna duda.
— Sólo es un entretenimiento inofensivo, John
— retrucó ella —. Relájate y disfrútalo. Estoy segura
de que Holmes también lo haría.
— Lo dudo mucho — repliqué con una risotada
contenida.
Sentado en la oscuridad, mientras la película
daba comienzo, consideré las posibilidades de una si-
esta rápida mientras se proyectaba. Ya había visto an-
tes funciones cinematográficas y, una vez asimilada
la maravilla de ver un tren dirigiéndose hacia ti, se te

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hacen muy evidentes las severas limitaciones de esta
gastada novedad.
La escena inicial del silencioso drama que se de-
sarrollaba ante nosotros tenía tres personajes. Una
hermosa ingenua con una expresión franca y dulce,
un caballero con capa negra y chistera que parecía
demasiado afable y obsequioso y que inmediata-
mente despertó mis sospechas sobre sus auténticas
motivaciones, y una encorvada anciana que vendía
flores en una esquina de la calle. La realista escena de
calle atrajo mi interés más que los actores que estaban
en ella, hasta que mi mujer se inclinó para susurrarme
algo al oído.
— ¿Alguna de esas personas te resulta familiar?
— preguntó.
— ¡Cielos, sí! — dije, dándome cuenta repenti-
namente.
La indefensa y atractiva jovencita era la mujer
que conocí como señora de Albert Fenner.
Pero, ¿cómo podía reconocerla mi mujer? Es-
taba seguro de que ella no la había conocido nunca.

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El reconocerla hizo que me tomara un interés
más personal en la trama. Resultaba obvio que el ca-
ballero de la capa, que aparentaba ser su protector,
en realidad estaba conduciéndola a una trampa. Lle-
vaba en el bolsillo una copia del testamento del padre
de ella, que examinó cuando la joven se volvió a ha-
blar con la florista, permitiendo hábilmente que la cá-
mara leyera por encima de su hombro que él, su tío,
sería el heredero de la fortuna de su padre si ella mo-
ría antes de cumplir los veintiún años.
La escena cambió milagrosamente — debía ad-
mitir que los individuos de la cámara eran bastante
listos — a una pequeña habitación donde el tío se
enfrentaba con un revólver a su confiada sobrina. Lo
apuntó hacia ella. Sentí el impulso de correr por el
patio de butacas hasta la pantalla y ayudarla, pero, na-
turalmente, me di cuenta de que todo era una repre-
sentación.
Por la ventana de la habitación entró un atractivo
joven, obviamente un caballero amigo de la dama,
que forcejeó unos momentos con el villano por la

[21]
posesión del arma. Poco a poco, el hombre más alto
venció al más joven, y en la siguiente escena, el mu-
chacho estaba atado a una silla de la habitación, con
la chica llorando en un rincón y el villano empu-
ñando aún el arma.
El muchacho habló entonces, y en la pantalla
apareció una representación de sus palabras: “No es-
caparás. He contratado los servicios de Sherlock
Holmes”.
El villano encontró en esto motivo suficiente
para una estruendosa hilaridad. Me retorcí en la silla.
— Me encantaría darle un puñetazo — le dije a
mi esposa, pero ella me agarró el brazo.
Algunos espectadores que nos rodeaban habían
empezado a dirigir molestas miradas en mi dirección.
Me recordé a mí mismo que sólo era una película y
me calmé.
En la siguiente escena, el malvado tío arrastraba
a la fuerza a su sobrina por la calle, pasando junto a
la anciana florista.

[22]
— ¿No ves a nadie que reconozcas? — me pre-
guntó mi esposa.
¡Y asiera! El malvado tío era el hombre que dijo
llamarse Anthony Croydon. Debí haberme dado cu-
enta antes. Pero mi mujer tampoco lo había visto an-
teriormente.
Aparté por un momento los ojos de la pantalla y
miré a su encantador y enigmático perfil. Las mujeres
tienen más enigmas para nosotros que los que podría
concebir el profesor Moriarty.
El siguiente movimiento del tío fue arrastrar a su
reticente pupila hasta la entrada de una estación del
subterráneo. Creí saber cuál era su plan: arrojarla al
paso del tren simulando un accidente. Justo cuando
parecía no haber esperanza de que fuera salvada, la
ayuda vino de un lugar inesperado. La anciana florista
corría hacia el tío. Aterrorizado, el malvado dejó en
el suelo a la joven, ahora desmayada, y huyó. La per-
secución por las calles de Londres resultaba emocio-
nante, tan emocionante que olvidé por completo mi
sorpresa ante las inesperadas proezas atléticas de esa

[23]
anciana mujer.
Por fin, el malvado tío se vio acorralado, y la per-
secución terminó con un notable despliegue de pu-
ñetazos. En esos momentos, el sombrero y la peluca
de la florista se habían perdido ya en la persecución,
y quedaba muy claro que era un hombre, lo cual ex-
plicaba muchas cosas. La florista era obviamente un
boxeador entrenado, un logro, gracias a Dios, conse-
guido por pocos miembros del bello sexo.
Por fin, la florista volvió su cara a la cámara ha-
ciendo que yo recibiera una impresión que me hizo
exclamar en voz alta, para irritación de los que me
rodeaban.
— ¡Es Holmes!
Creo que mi esposa lo supo todo el tiempo. Se-
guramente, ella, que conocía a Holmes mucho peor
que yo, no habría sido capaz de reconocerle antes que
yo a través de uno de sus disfraces. Fue sólo camino
de casa cuando me di cuenta de lo inadecuado de la
película como crónica de una de sus hazañas. La falta
de habla obviaba cualquier posibilidad de desplegar

[24]
su notable razonamiento deductivo. Y me molestaba
bastante que los autores de la película ofrecieran la
impresión, con la colaboración de Holmes, de que
trabajaba solo, sin la ayuda de un asociado.
Por fin me di cuenta de que los disfraces que
Holmes usaba cada vez que me visitaba no estaban
conectados con la práctica o la prevención de la pro-
fesión de detective, sino más bien con una lucrativa
actividad paralela como actor de cine. Ya porque las
promesas monetarias fuesen demasiado atractivas
para ser ignoradas o por la oportunidad de interpre-
tar diferentes papeles además del propio, Holmes ha-
bía acabado cediendo a los empresarios del celuloide.
Creo que debieron intentar convencerlo muchas ve-
ces antes de aquel día que he descrito aquí, explicán-
dose así la risible y desesperada elaboración del esfu-
erzo que realizaron en esta ocasión. De hecho, la am-
plitud de todo lo que estaban dispuestos a hacer de-
bió ablandar la resolución de Holmes. En cualquier
caso, esta tardía y grata segunda carrera debió ayudar
a Holmes a seguir adelante en los años posteriores a

[25]
Baker Street. Muchas veces me he preguntado cómo
la apicultura en Sussex, o incluso escribir un libro so-
bre la detección del crimen, podían resultar entrete-
nimiento suficiente para un hombre de su enorme
intelecto e indudable afición a lo teatral.

The adventure of the unique Holmes
Traducción: Lorenzo Díaz

[26]

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