Mi relación con el gimnasio siempre ha sido particular, no sé si especial, al

menos yo no sé de otros que tengan un vínculo similar con este espacio, pero
para mí tiene motivos específicos: vengo de una familia con cero cultura de
actividad física; exiliado del deporte por ser un espacio de construcción y
performatividad primaria masculina donde nunca me sentí cómodo; además de
eso una fuerte identificación con el intelecto, con la capacidad de abstracción,
motivado entre muchas causas como una compensación a la vulnerabilidad de
mi incapacidad física, por ende un repetidor discursivo del artífice conceptual
que pretende dividir la mente del cuerpo. Bueno, dicho eso, entrar al gimnasio
no fue una disrupción histórica personal, más bien una continuidad del discurso
de la dualidad mente-cuerpo, motivado más que nada por la vanidad, por la
belleza, por una idea, un acto mimético de lo que en mi consciencia le promete
al otro felicidad, un discurso imitativo impuesto como idea sobre el cuerpo. Es
por eso que ingresar y reingresar a ese espacio fronterizo (han habido muchos
intentos), siempre fue dificultoso, desafiante mentalmente, e incluso
psicosomatizante durante mucho tiempo, no fue hasta la experiencia con la
droga del éxtasis en que pude decir finalmente que comencé a ser un
habitante de dicha frontera, y no un mero visitante, una ocupación que muy
pronto comenzó a transformarse en una deconstrucción del límite, en una
denuncia viva de la ficción de esa frontera, de esa y otras más, incluso de la
dualidad misma. Con ello, y con el hallazgo de las coordenadas emocionales y
sinápticas que aporta el éxtasis a quien confía en su propia capacidad de
aprehensión y en la “metafísica del proceso humano”, tanto individual como
colectivo, fue que comencé a apropiarme del espacio del gimnasio como un
contexto de cuerpo pensante y de reflexión corporal. ¿Qué quiero decir con
eso? Cuerpo pensante en tanto desengaño de la idea platónica de autonomía
del pensamiento como experiencia que no tiene nada que dialogar, responder,
accionar y afectar con la neuroquímica corporal, con el complejo
neurotransmisor, con la actividad corporal diaria que constantemente
determina y se deja determinar, dialogando confusamente y fuera de un
sistema lineal de causalidad con la experiencia del pensar. Darme cuenta de
eso me hizo entender que existen dos bandos erigidos en la ficción dicotómica
de la mente y el cuerpo, grupos sociales que erigen identidades como
compensación, una dualidad de espacios de comodidad, de quienes, como
solía hacer yo, performatizan una identidad intelectual negando al cuerpo y su
acontecer como epistemología de la experiencia humana, y en ese ejercicio
desechando el único vehículo real del potencial político del pensamiento,
recordemos que no sólo un complejo neurotransmisor débil determina la
manera de pensar y por ende percibir el mundo, también opera como el
combustible anímico de la acción humana, sin ese combustible, sin ánimos
alegres que potencien y fertilicen al pensamiento humano, sin el optimismo
realista que aporta la lucidez de un cuerpo bien administrado
energéticamente , la visión política construida en el pensar (ético y estético) es
estéril, no porque esta no pueda accionar, sino porque dicha acción no guarda
en sí un verdadero sentido de afección, es químicamente pesimista. Y por el
otro lado quienes performatizan una identidad corporal , niegan al pensamiento
al definirla convenientemente a su sistema de creencias, como una capacidad

sin auténtico direccionamiento de ese potencial. el cuerpo es un sistema abierto. con la reapropiación de los alucinógenos como tecnologías de exploración de la consciencia. además reforzado por la construcción estética del espacio que pone en constante diálogo a la carne con máquinas diseñadas ergonómicamente. la respiración. que en consciencia de ese hecho la pone al servicio de la normalización y el re-habitar los límites de lo entendido hasta hoy como humano. que bajo la pretensión del misterio del alma se reservó de una casta a otra la administración de su saber . poco práctica. como metafísica. etc. ya decía otro pelado homosexual que no soy yo. totalmente serviles a los esquemas de consumo impuestos por el discurso publicitario. y cualquier adjetivo que les sea funcional para el no uso de una capacidad que viene entendida en términos platónicos. Volver a pensar el cuerpo. irreal e inmaterial. a este como LA máquina de la experiencia humana. como el dispositivo biológico espiritual que es. que no es el cuerpo la prisión del alma. el punto de inicio de la democratización de ese saber biológico-espiritual. paradójicamente debido a esa visión. son pura potencialidad formal del cuerpo. la automutilación. sea este la inanición. de dónde emanan sus coordenadas de pensamiento hacia las cuales orientan el sentido de lo práctico. constituye precisamente la reinversión valórica que posiciona a este como el vehículo mismo de la liberación del alma. me llevó inevitablemente a conceptualizar. y no del desborde y la exploración de nuevas fronteras lingüísticas. y pensar desde el cuerpo. recordemos por ejemplo que muchas prácticas de trance religioso involucraban siempre un llevar al cuerpo a algún limite. y la construcción de un imaginario ciborg. Tristemente la gracia y utilidad de esa visión hoy se monopoliza por la institución psiquiátrica.de débiles. . entre otras formas. de innecesaria complejización. es volver a entender al cuerpo como potencialidad. es el alma la prisión del cuerpo. y no una suerte de ente metafísico inaccesible que no pueda ser interpelado y manipulado por la técnica para bien. por ende. pero he ahí una de las grandes virtudes de la post-modernidad. Además de ello reflexionar sobre el cuerpo en un espacio donde el cuerpo adquiere inevitablemente protagonismo. la masificación de la modificaciones corporales.