Existen dos visiones, que dependiendo de la perspectiva, pueden ser puestas

en oposición o en paralelo con respecto al mismo problema: el ego. ¿Qué hacer
con el ego? O más bien ¿Qué es lo que realmente implica su muerte? Al igual
que en la meditación, hoy en día hemos transmigrado conceptualmente a
considerar ese estado de realización meditativa, ya no como “el vacío”, el “no-
pensamiento”, sino como un espacio de concentración focalizada y de
intensiva consciencia al reducir los elementos del devenir del pensamiento al
mínimo, generando una nueva forma de concebir el pensar cotidiano. Es
necesario entender que en sí las grandes enseñanzas superan la capacidad
descriptiva del discurso por el cual son comunicadas, y su reapropiación
efectiva implica la “muerte” de los ídolos tras el discurso, dichos ídolos pueden
ser gurúes, conceptos, estéticas, etc. Ahora, volviendo al planteamiento inicial,
qué se hace con el ego. ¿Es posible su muerte? O es que quizás erramos en
cómo concebir esa muerte. Quizás lo propio de la práctica des-identificatoria,
no es la total erradicación de una idea del yo, sino más bien, una
reorganización de los valores en dónde el yo pasa a formar parte del mundo de
cosas que caben dentro de una consciencia, y no así, la consciencia misma.
Democratizar el espíritu y liberarlo de la tiranía del ego. Lo cual no implica su
desaparición. Incluso, luego de una disciplinada práctica meditativa de gurúes
y maestros, el ego siempre parece permanecer ahí, y sigue ahí en tanto somos
una variable dentro del mundo, una ola dentro del mar, y aunque nos
reconocemos como parte del universo, reconocemos también un universo
dentro de nosotros mismos. Y no nos conviene enemistarnos con él, ni con lo
que de él emana, como el deseo. El ego, en términos simples, nos sirve para
desplazarnos, pues opera como una tecnología deseante, nos mueve, nos
regala ficciones de carencias y necesidades, ilusiones por las cuales vivimos, y
sobre las que creamos nuestras historias. El ego es potencia, y la voluntad su
movimiento. En esto me serviré para ejemplificar de un poquito de sabiduría
thelémica fundamental y es que preciso aclarar que no deberíamos confundir
la clave thelémica: Haz tu voluntad, será toda la ley, con Haz tu deseo, será
toda la ley. Por todo lo dicho ya en este artículo y porque implica un
reduccionismo del alcance del espíritu humano y una sobre-identificación
tormentosa a través de la sublimación y extrema naturalización de la visión del
sí mismo como una subjetividad incompleta. La política parte en el hogar, y ese
hogar es nuestro cuerpo y sus tecnología espirituales. Liberémonos de la
tiranía del ego, la democracia espiritual reside en la consciencia.