27 DE FEBRERO DE 1844.

FUNDACIÓN DE LA REPÚBLICA DOMINICANA*

Cuando José Núñez de Cáceres proclamó de manera solem-
ne que la parte española de la isla dominicana quedaba libre
de la Metrópoli y bajo la protección de la naciente Gran
Colombia —cosa que, para más señas, ocurrió en diciembre
de 1821—, Haití era ya una nación con salsa histórica pican-
te; había hecho en 1800 la más completa revolución que re-
cuerda la historia, había combatido contra franceses, españo-
les, ingleses; había sido república, imperio y ambas cosas a un
tiempo; estaba en plena fuerza expansiva. Además, desde los
tiempos heroicos de Toussaint L’Ouverture Haití proclamaba
la indivisibilidad de la isla. Así, pues, fue paso natural que,
no teniendo al este el peligroso enemigo español, decidiera
tomar para su exceso de población la inmensidad de tierras
que apenas poblaban sesenta mil dominicanos. Tal paso lo
dio en febrero de 1822, y hasta 1844 no habría de verse for-
zada a desandar lo andado.
Veintidós años de sujeción a una cultura, a un idioma, a
un pueblo radicalmente diferente del dominicano, fueron un
precipitante activo para la formación de la conciencia nacio-
nal en los descendientes de los sesenta mil agricultores y ga-
naderos que habitaban la antigua parte española de la isla de

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Carteles, La Habana, 3 de marzo de 1940, p.68.

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Santo Domingo. El gobierno haitiano nunca trató a los do-
minicanos —hay que advertirlo— como dependientes colo-
niales, sino como ciudadanos de la república —o el imperio,
porque Soulouque era emperador— legal, igual y fraternal que
fundaron los antiguos esclavos; y ese trato permitió que, al
amparo de una relativa libertad individual, los dominicanos
se unieran en un ideal de libertad republicana.
En la vieja y blasonada ciudad de Santo Domingo, un grupo
de jóvenes estudiantes fue calentando el proyecto, y de entre
ellos surgió el puro y abnegado Juan Pablo Duarte, que ha-
bía pasado su primera juventud en España y que había bebi-
do en Europa el vino, en aquella feliz época de moda, de la
libertad de cada hombre y de cada pueblo como justificación
del progreso moral de la especie.
Juan Pablo Duarte es un héroe dulce, de esa pasta seráfica
poco común en América, casi un precedente de Martí, cuya
figura recuerda en la leve luz de amor que parece rodear sus
contornos. Era hijo de familia acomodada, culto, reposado;
era enérgico y abnegado, cauteloso y valiente. Su historia,
acaso de las más tristes que puede darse entre sus pares ameri-
canos, es una dolorosa historia de servicios sin brillo, de gene-
rosidad sin gestos ampulosos. Mucho de su vida transcurre en
sombras de desconsuelo.
Cuando retornó, a eso de veinte años, a su tierra y la halló
en manos ajenas, se puso a trabajar, reunió en su entorno a los
mejores e ideó una organización secreta y democrática que
llamó “La Trinitaria”, por medio de la cual, y bajo el riguroso
sistema celular, alió a todos los dominicanos en la gran empre-
sa. Joven como era, tuvo claro talento político. Así, cuando en
Haití estalló la revolución llamada de “La Reforma”, Duarte la
apoyó; pero fue perseguido y debió huir del país. Dos de sus
jóvenes compañeros, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón
Mella, el primero tipo del americano heroico, arriesgado,
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bravío; y el segundo, hombre de gran carácter, reposado y
seguro, eludieron la persecución y dispusieron fundar por sor-
presa la República en esencia por las enseñanzas de Duarte.
La vieja Santo Domingo de Guzmán era entonces una ciu-
dad de tan señorial reposo, que más parecía aldea. Estaba ro-
deada de murallas, totalmente cercada, y algunos bastiones
abrían de día paso a la gente rural y se cerraban con las prime-
ras sombras de la noche. Entre esos bastiones, uno, el llamado
“del Conde”, fue escogido por los mozos trinitarios para el
golpe. Desde su exilio animaba Duarte a los compañeros y
escribía a su familia: “Que vendan nuestra casa y nuestro co-
mercio; que se disponga de todo, aunque quedemos en la
miseria. Hay que sacrificarse por la República”.
Para fines de febrero de 1844, las células, aun las más re-
motas, perdidas en los confines del país, esperaban el golpe.
La noche del 27 bajaron de las poblaciones vecinas a la Capi-
tal grupos armados, se prepararon los de adentro, Ramón Mella
dio la señal del alzamiento. Embriagado de entusiasmo, Fran-
cisco del Rosario Sánchez hizo flotar sobre las viejas piedras
del bastión la bandera que su hermana había hecho según el
acuerdo de los trinitarios —cuadros azules y rojos alternados,
cruz blanca al centro, escudo con banderas, un evangelio abier-
to y una cruz sobre el evangelio—, y, como el incendio voraz
que consume los bosques de resecos pinos, la rebelión fue
extendiéndose, rápida y formidable, de poblado en poblado,
de campo en campo, hasta que todo el país estuvo en menos
de un mes con las toscas armas —arcabuz y machete— en las
manos entusiastas y el grito unánime de “¡Viva la República
Dominicana!”, resonando en los cuatro puntos cardinales.
Nació, pues, la noche del 27 de febrero de 1844 el nuevo
Estado, y como el agudo sentido político de Duarte había arre-
glado previamente, con los representantes de grupos hostiles a
Haití, el aspecto difícil del reconocimiento, la república tuvo
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beligerancia internacional desde su primer vagido. Pero no
fue fácil sostener lo creado: los haitianos respondieron a la
sorpresa organizando ejércitos formidables, y durante once
años se combatió sin tregua en la frontera. En una de las in-
numerables batallas de esa guerra, la de Santomé, tuvo su
bautismo de fuego un hombre que después había de ser pas-
mo del mundo: Máximo Gómez.
Se hicieron en la vida dura de los combates muchos presti-
gios militares, entre ellos, el más rotundo, el que fue mientras
vivió, terror de haitianos y de sus enemigos dominicanos, Pe-
dro Santana, antiguo hatero de las llanuras del este, a quien la
Naturaleza dotó con los atributos de un gran jefe y la tozudez
y el valor de un gigante. Él fue la encarnación del espíritu
militar que se desarrolló a todo pasto en los vivaques de la
frontera, representante cabal del caudillismo que iba a malo-
grar a la República. Desterró a Duarte, a Sánchez; fusiló a
muchos trinitarios, entre ellos a la mujer que había cosido la
bandera del 27 de febrero; y, por fin, viendo cercano el final de
su vida; acaso temeroso de que tronchado su fuerte brazo por la
muerte no hubiera machete capaz de contener en la frontera a
Haití; quizás porque nunca sintió realmente el ideal republica-
no; tal vez por causas tan íntimas que él mismo no pudo expli-
car, llamó a las Cortes españolas y les entregó el país.
Cuando Francisco del Rosario Sánchez supo, en el exilio,
que la bandera de febrero había caído, organizó una expedi-
ción y corrió a enastarla de nuevo. “¡Yo soy la bandera domi-
nicana!” —proclamaba el paladín. Cayó en manos de Santana,
y un piquete acabó con su vida heroica. Sobre su sangre ardió
el país. Desatada ya la guerra, Duarte, viejo, triste, salió de su
destierro de Venezuela, y paseó su gran sombra noble por
entre el humo de los combates, pidiendo con doliente acento
un lugar donde servir a su República. Pasada la hora brava,
volvió al exilio, y murió ignorado, pobre, sin una queja, en la
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sombra terrible de las selvas de Río Negro. Ramón Mella,
que parecía también olvidado, desenfundó el sable con que
ayudó a forjar la República, y recorrió otra vez los remotos
poblados reclamando ayuda para la renaciente patria. Así
murió, como había vivido. Andando los años, un nieto suyo,
Julio Antonio Mella, sería glorificado en Cuba. El mismo
Pedro Santana, hecho marqués de Las Carreras por Isabel II,
se entregaría a la muerte, en el Palacio de la Capitanía Gene-
ral, amargado y adolorido por haber dado paso tan tuerto.
La República Dominicana ha pervivido a otros tropiezos
funestos. Dentro de cuatro años tendrá un siglo. Al final de la
a un tiempo antigua y moderna calle del Conde, en la plácida
capital, el viajero puede ver todavía el centenario bastión al
pie del cual se reunieron, aquella lejana noche memorable, los
mozos trinitarios que iban a fundar una república. Flota so-
bre él la bandera de cuadros azules y rojos y cruz blanca. Y en
la Capilla de los Inmortales, bajo las severas bóvedas de la
Catedral, reposan en muerte los fundadores de la República;
disfrutan de la paz que no tuvieron en vida. Los insultos y la
persecución que se ganaron por querer ser hombres libres se
han trocado ahora en respeto y amor. Ahora, demasiado tarde
para que puedan disfrutarlos.