27 DE FEBRERO DE 1844.

CENTENARIO DE LA REPÚBLICA DOMINICANA*

El 27 de febrero de este año de 1944 cumple su primer
centenario la República Dominicana. Fue la primera repú-
blica en las Antillas de origen español. A lo largo de la cen-
turia transcurrida desde su fundación, se ha forjado allí la
más dramática, a despecho de su poca trascendencia, histo-
ria imaginable. Pues hace cien años, aquel pueblo apenas
existía; no llegaban sus habitantes a dos por kilómetro cua-
drado, la comunicación con el mundo era prácticamente nula,
el aislamiento de las regiones del país era total, casi ninguna
la explotación de sus riquezas; se había perdido la vieja y
rica tradición cultural española que diera al antiguo estable-
cimiento hispano prestigio continental. Y en esas condicio-
nes, el Pueblo hizo su república, la vio caer, la restauró con
enormes sacrificios; la vio desaparecer de nuevo y de nuevo la
reconstruyó. Mientras tanto, él mismo se esculpió, se multi-
plicó, pobló el abrupto territorio, exigió sus bienes a la tie-
rra... De esa manera, por entre tenebrosas noches y padecien-
do dolores cuya magnitud es difícil apreciar, el antiguo solar
que sirvió de estribo para la empresa conquistadora ha sobre-
vivido, y aun sobrevivirá, pese a los obstáculos que la separan
del porvenir.

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Carteles, La Habana, 27 de febrero de 1944, p.6 / p.9.

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Un poco de historia
Durante más de tres siglos, Santo Domingo —la Española,
como la llamó Colón— fue para la Metrópoli la prenda que se
lleva, en toda ocasión, al prestamista. Cuantas veces España
perdía una guerra en Europa, cedía toda la isla, o parte de
ella, a la nación vencedora. Así llegó a ocurrir que entre los
siglos XVI y XVII la isla tuvo dos dueños: Francia, que ocupó
la parte occidental, y España, que se quedó con la oriental.
Esto no fue, sin embargo, definitivo, pues entre fines del si-
glo XVIII y principios del XIX, Francia tuvo el dominio total
de la zarandeada Santo Domingo o Saint-Domingue.
En ese ir y traer, la isla acabó teniendo dos pueblos distin-
tos: el de origen español, que tradicionalmente ocupó más de
50,000 kilómetros de los 74,000 que tiene toda la ínsula, y
el de origen francés. Este último acabó llamándose Haití, y
aquel Santo Domingo. Haití fue explotado a conciencia por
su Metrópoli; a fines del siglo XVIII había allí 600,000 escla-
vos negros y menos de 30,000 blancos, incluyendo mujeres y
niños. Por esa época, la colonia-factoría de Francia producía a
sus amos más riquezas, a pesar de que en el territorio no había
una mina, que lo que daban a España todas sus colonias con-
tinentales. Santo Domingo, en cambio, no tenía 60,000 ha-
bitantes en total; apenas había esclavos, se contaban tres o
cuatro ingenios tan sólo y la mayor riqueza se sacaba del co-
mercio. En general, la población era ganadera y a la crianza
del ganado se destinaban los terrenos menos hirsutos, pues la
inmensa mayoría del territorio, abundante en montañas, es-
taba abandonada a la naturaleza.
En esas condiciones, y a consecuencia de la Revolución
Francesa, se produjeron los sucesos que culminaron en el es-
tablecimiento de la República de Haití, hecho que se dio el
primero de enero de 1804. La sangrienta rebelión de los es-
clavos de Haití se inició a raíz de la Revolución Francesa, lo
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cual quiere decir que las guerras haitianas duraron más de
diez años. La parte española sufrió esas guerras, porque, ce-
dida a Francia, los revolucionarios haitianos se consideraron
en el deber de combatir a sus enemigos para no dejarlos
tomar fuerza en la misma isla. Las marchas de Dessalines y
de Christophe, así como las de Toussaint —aunque en me-
nor grado las de este último— a través del territorio domi-
nicano, estuvieron marcadas por el terror y por holocaustos
inútiles y brutales. Esos holocaustos no tenían por víctimas
a los franceses, sino a la gente del pueblo de la antigua parte
española.
Las cosas siguieron así, objeto los colonos de Santo Do-
mingo de tragedias insuperables desatadas por elementos
ajenos a su voluntad, hasta que después de 1805 pareció
normalizarse la vida en la isla. Los haitianos no atacaron más
y los franceses, adueñados de la parte dominicana, se limita-
ban a tenerla como un establecimiento militar. Pero los do-
minicanos no estaban conformes con la dominación france-
sa, razón por la cual promovieron en 1808 una revolución
que tenía como fin la reincorporación a España. Tal revolu-
ción tuvo éxito. Los generales de Napoleón fueron derrota-
dos por los montaraces, duros guardadores de ganado y cam-
pesinos dominicanos, a quienes capitaneó un hombre de
excepcionales condiciones militares y políticas, llamado Juan
Sánchez Ramírez, verdadero producto de su pueblo y de su
época, autor intelectual y líder material de aquel movimien-
to, que se conoce en Santo Domingo con el nombre de la
Reconquista. La Corte española reconoció el papel de Juan
Sánchez Ramírez en esos sucesos y lo designó capitán gene-
ral. A los que le aconsejaron convertir la colonia en una
República independiente, Sánchez Ramírez les contestaba
señalando la vecindad de Haití, muchas veces más poderosa
que la parte española y deseosa de hacer real el postulado de
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Toussaint L’Ouverture, el caudillo haitiano que había procla-
mado que “la isla era una e indivisible”. Los haitianos querían
adueñarse de toda la isla porque así evitaban que se asentara
en la mayor parte de ella una nación esclavista, y el terror a
caer de nuevo en la esclavitud era el móvil principal en las
acciones de un pueblo compuesto en su totalidad por anti-
guos esclavos que habían roto sus cadenas con enormes sacri-
ficios. El poder español, fuertemente establecido en Cuba y
Puerto Rico, podía evitar a Santo Domingo una acometida
de Haití, según Sánchez Ramírez. El error de este notable
caudillo fue no comprender que lo necesario era crear el poder
propio y no atenerse al de España.

Independencia de España
El error iba a dar malos frutos. Sánchez Ramírez, como todo
mortal, rindió su vida un día. España se olvidó de su colonia;
demasiado ocupada en las guerras continentales y en la rápida
industrialización de Cuba, que se iniciaba entonces, no se
ocupó ni para mal ni para bien de Santo Domingo. Esa época
se conoce en la historia dominicana con el nombre de “la Es-
paña Boba”. La gobernación del país fue puesta en manos de
peninsulares, que pasaban por allí con la conciencia de su
provisionalidad y el deseo de enriquecerse. De mar a mar,
Santo Domingo dormitaba.
Visto ese estado de cosas y contemplando lo que ocurría en
América del Sur, dominicanos prestigiosos pensaron hacer
independiente al país y cobijarse bajo el prestigio de Bolívar,
para con él evitar una acometida haitiana. El Lic. José Núñez
de Cáceres, alto funcionario judicial, fue el autor de tal pro-
yecto, que no tardó en hacer realidad. Proclamó la indepen-
dencia de lo que él llamo Haití Español y puso el país bajo el
amparo de la Gran Colombia, a la cual quedaba incorporado.
No creó una república. Cometió ese error y otros más, entre
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ellos, el más importante, no haberse puesto de acuerdo con
Bolívar antes de actuar; pues fue después de haber proclama-
do la independencia de la colonia cuando despachó una co-
misión al Libertador para darle cuenta de los sucesos ocurri-
dos en la antigua parte española de la isla de Santo Domingo.
Antes de que esa comisión hubiera llegado a entrevistarse con
Bolívar, Haití había invadido el flamante protectorado de
Colombia y había hecho buena la doctrina de que “la isla era
una e indivisible”.

El dominio haitiano
La independencia de España se había llevado a cabo, a fines
de 1821; la invasión haitiana tuvo lugar a principios de 1822.
Entre 1804 y 1822, Haití había sufrido notables cambios.
Muerto Jean-Jacques Dessalines, padre de la república negra,
sus dos principales oficiales, Christophe y Pétion, habían es-
tablecido dos Estados distintos, uno al norte y otro al sur del
pequeño y montañoso territorio haitiano. El del norte, gober-
nado por Christophe, se convirtió en reinado; su jefe se hizo
llamar Henri-Christophe Primero, creó una nobleza que salió
de antiguos esclavos y gobernó como señor absoluto hasta el
día de su muerte. El del Sur se mantuvo como república; su
presidente fue el mulato Alexandre Pétion, hombre de prin-
cipios republicanos, girondino como en los mejores tiempos
de la Revolución Francesa, gran amigo de Bolívar, a quien
ayudó de tal manera que, gracias a él, pudo el caudillo vene-
zolano reiniciar la campaña libertadora, después del primer
desastre de La Puerta y del fracaso de Cartagena. Haití no
tardó en quedar unificado y fue república, reinado de nuevo
para acabar siendo, al fin, lo que debió ser desde el principio,
una república unida. Así, el 1822, cuando se produjo el de-
rrame de Haití sobre la antigua parte española, Haití era un
Estado relativamente fuerte.
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La invasión haitiana sobre Santo Domingo fue tan súbita
que el pueblo no tuvo tiempo de reaccionar; al principio fue
presa del terror, pues estaba viva todavía la memoria de las
matanzas provocadas a principios de siglo por Dessalines y
Christophe. Y una vez dado el hecho, no hubo razones para
reaccionar porque Haití entró en el país barriendo, con sus
instituciones republicanas —aunque era imperio— adapta-
das de la Revolución Francesa, todo el viejo edificio colonial
que el efímero gobierno del Lic. José Núñez de Cáceres no se
atrevió a tocar. Los haitianos abolieron la esclavitud y la mano
muerta, desconocieron los títulos de propiedad de la colonia
sobre las tierras y entregaron éstas a los campesinos, separa-
ron, en la práctica, la Iglesia del Estado y establecieron un
régimen de verdadera autonomía para los pueblos de interior.
Esa política renovadora, que liberó la naciente economía do-
minicana de las mil y una restricciones con que la asfixiaba
España, fue la razón por la cual los dominicanos no se rebela-
ron contra Haití. Algunos historiadores han querido explicar
la pasividad del pueblo de la antigua parte española con la
razón de que era muy pequeño comparado con el invasor.
Olvidan que lo era más —60,000 habitantes en 60,000 kiló-
metros cuadrados—cuando luchó contra Francia, a despecho
de que Francia, napoleónica por esos días, era un poder
incontrastablemente superior a Haití.
Los dominicanos no iban a rebelarse contra Haití sino 22
años más tarde, cuando formada ya al amparo de la legisla-
ción revolucionaria francesa sobre la cual se organizó —mala
o buenamente— el Estado haitiano, la nueva burguesía
dominicana fuera lo suficientemente fuerte para luchar con
la haitiana y vencerla. Esto no tardaría en ocurrir porque, a
medida que la burguesía dominicana se formaba y se aliaba
con los que podríamos llamar restos feudales —grandes ha-
cendados, ganaderos, etc.— del país, la burguesía haitiana,
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corrompida por la política ridículamente imperial, abando-
naba su deber histórico y se debilitaba rápidamente.

1838: Nacimiento de la Trinitaria
La gestación de la República Dominicana es obra exclusiva
de la naciente burguesía nacional. En 1838, dieciséis años
después de iniciada la ocupación, un grupo de jóvenes dirigi-
do por Juan Pablo Duarte funda La Trinitaria, sociedad se-
creta cuyos miembros se agrupan de tres en tres con el fin de
luchar contra los dominadores haitianos y fundar una repú-
blica. El lema que tiene por divisa, “Dios, Patria y Libertad”,
es típico del pensamiento burgués de la época. Juan Pablo
Duarte es hijo de comerciantes ferreteros; sus compañeros han
sido reclutados entre comerciantes, empleados de la Admi-
nistración pública, abogados, dueños de pequeñas industrias.
Duarte se educó en España y retornó al país cuando acababa
de cumplir veintidós años. Figura de escaso brillo pero de nota-
ble mesura, energía y honestidad, demostró poseer una capaci-
dad política solo comparable a su apostólico y casi increíble
desprendimiento.
Duarte fue el que diseminó entre los jóvenes dominica-
nos de su tiempo la idea de que para lograr los fines políti-
cos que estaban el ambiente, era necesario organizar un gru-
po que fuera el instrumento encargado de poner en práctica
tales deseos. Esos deseos eran más vivos en la juvenil bur-
guesía, porque ya el Estado haitiano había dejado de ser
revolucionario y sus directores estorbaban el desarrollo de la
burguesía dominicana, enriqueciéndose a su costa; también
el pueblo los sentía porque el dieciséis años de paz la pobla-
ción se había casi doblado sin que la riqueza, sustraída por
los haitianos, creciera en igual proporción, lo cual hacía la
condición del pueblo peor que durante los primeros años de
la invasión. Sobre esta base de disgusto, se amontonaban las
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lógicas diferencias de idioma, cultura, religión y, en general,
concepción de la vida social.
Duarte fue el creador de La Trinitaria, así como de su lema
y su doctrina —muy corta, pero bastante a expresar el fin
perseguido—: creó también la bandera de la que había de ser
República Dominicana, cuyo nombre él mismo formuló. Los
jóvenes trinitarios celebraban sesiones secretas. Es de observar
que el dominicano fue uno de los pocos movimientos repu-
blicanos del siglo XIX que no se acogió a la sombra de la
masonería.
Con exquisito cuidado para evitar los males del caudillismo,
Duarte distribuyó siempre la responsabilidad de la jefatura
de La Trinitaria entre él y sus dos compañeros, Francisco del
Rosario Sánchez, abogado, impetuoso, audaz y valiente, y
Ramón Mella, regidor del ayuntamiento de la Capital, hom-
bre sereno y de gran carácter, cuyas virtudes de revoluciona-
rio iba a florecer más tarde en su nieto Julio Antonio Mella, el
malogrado líder cubano. Otros muchos excelentes arquetipos
de su pueblo y de su clase ayudaban a los tres directores del
movimiento. La historia dominicana conserva con veneración
sus nombres.

27 de febrero de 1844: Nacimiento
de la República Dominicana
Durante seis años de sigiloso y tozudo trabajo, los trinitarios
fueron preparando todo lo necesario para no fracasar cuando
se presentara la oportunidad del golpe. Esa lenta y segura
labor es una de las más importantes enseñanzas de la época y
una prueba de la firmeza de Duarte y sus amigos. Conspira-
ban dentro del mismo corazón enemigo sin que una sola in-
discreción pusiera en peligro su obra, por lo menos durante
años. La estrecha vigilancia haitiana no los amilanó ni tuvo
resultado alguno.
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De la capacidad política de los trinitarios hablan los he-
chos. El 1843 se produjo en Haití la llamada Revolución de
la Reforma, Duarte y sus amigos comprendieron inmediata-
mente que de aquel movimiento podían sacar mucho y se
aliaron a los revolucionarios. No les interesaba a ellos aparecer
ante los ojos de los dominadores, y ni siquiera del pueblo
dominicano, como enemigos de cuanto fuera haitiano; que-
rían, al amparo de su título de amigos de los revolucionarios,
tomar posiciones que facilitaran su empresa.
Previendo que los sucesos iban a precipitarse, Duarte se
preparó a todo y gestionó, con los cónsules extranjeros, un
rápido reconocimiento de la nueva república para en caso de
que ésta naciera inesperadamente; asimismo, él y su compa-
ñeros, resolvieron establecer de inmediato los contactos na-
cionales necesarios, a fin de que el movimiento tuviera, si se
veía forzado a estallar de improviso, el apoyo de los más influ-
yentes personajes en las más apartadas regiones del país.
Anduvo muy oportuno Duarte, porque los haitianos no se
dejaban engañar por los falsos cómplices dominicanos y, olien-
do la verdad, ordenaron la prisión de Duarte, Sánchez y otros.
Duarte escapó hacia Curazao y Sánchez se quedó en el país,
bien escondido, para dirigir la insurrección. Hubo cierta oca-
sión en que, para ir a una reunión secreta, Sánchez tuvo que
pasar por encima de un centinela haitiano, de los que tenían
orden de vigilar los lugares por donde se suponía hubiera
dominicanos escondidos, que se había dormido en su puesto.
Para facilitar la labor de Sánchez, se hizo correr la voz de que
había huido del país y hasta la de que había muerto.
Desde Curazao, donde recibía noticias constantes de lo que
pasaba en Santo Domingo —gracias a que sus familiares, co-
merciantes ferreteros, tenían nexos estrechos con los hombres
de mar que traficaban entre el país y la colonia holandesa—,
Duarte aconsejó que se llevara a efecto el golpe. Fue entonces
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cuando escribió su famosa carta a sus hermanos, en la que les
aconsejaba vender el comercio y poner el producto de esa ven-
ta, así como todas sus economías, al servicio de la patria. Como
hermano mayor, él tenía autoridad para pedir tanto.
Así llegó el mes de febrero de 1844. Correos despachados a
todas partes señalaron la última semana del mes para el estalli-
do del movimiento; los directores ocultos recibieron orden de
salir de sus escondrijos, los responsables en las vecindades de la
Capital quedaron apercibidos de que en la noche del 27 debían
marchar con sus hombres hacia la Puerta del Conde, en la muralla
que rodeaba la ciudad, por donde ser entraba a ésta y donde
había un destacamento haitiano que debía ser sorprendido el
primero. El plan del golpe era ocupar la Puerta del Conde,
proclamar allí la República y, a favor del desconcierto que se
produjera, ocupar los distintos fuertes de la ciudad, mientras
en el interior se organizaban las columnas que deberían mar-
char hacia la Capital, para ayudar a los trinitarios en caso de que
la lucha se prolongara en la ciudad de Santo Domingo.
A la media noche del veintisiete se reunían en las cercanía
de la Puerta del Conde, Sánchez, Mella, los demás trinitarios y
los que acudían desde los lugares circunvecinos. Allí tenían la
bandera dominicana, no estrenada todavía; ésa había sido he-
cha por María Trinidad Sánchez, hermana del audaz luchador;
tenían el escudo y la patria en el corazón. Faltaba sin embargo,
una cosa: la Constitución de la nueva República, que los
trinitarios no hicieron pensando, con un peligroso respeto por
la voluntad democrática, que su formulación tocaba al pueblo.
La Puerta del Conde fue asaltada y ganada. Para iniciar
el ataque a los otros fuertes, hubo titubeos; Ramón Mella
tomó una tea y la pegó a un cañón. Así, a un tiempo compro-
metía a los que dudaban y proclamaba estruendosamente el
nacimiento de la República Dominicana, cuya bandera subía
a poco, entre las sombras de la histórica noche, por el asta que
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coronaba el antiguo bastión. El cañonazo fue la señal para
que se iniciara un tiroteo que confundió a los jefes militares
haitianos. Al amanecer siguiente, la plaza estaba dominada
por los dominicanos, cuyas dos primeras medidas fueron or-
ganizar una Junta Gubernativa y enviar un buque para que,
con todos los honores, condujera a la patria naciente a su más
esforzado creador, Juan Pablo Duarte.

Consolidación de la República
A causa del fino trabajo de los trinitarios, el nacimiento de la
República fue rápido y de poco costo en sangre; su consolida-
ción, sin embargo, no pudo ser más cara. Pues la reafirmación
de la República Dominicana se hizo en once años de guerra
ya al precio de una suplantación de principios y hombre en su
gobierno, que habría de conducir al país a dolores enormes y
a errores de difícil rectificación.
Tan pronto Haití recibió el golpe del 27 de febrero, reac-
cionó y se preparó a luchar. De Port-au-Prince, la capital
haitiana, salió un poderoso ejército para atacar por el sur, a la
capital de la flamante república; de Cap-Haïtien salió otro
para embestir, por el norte, a la ciudad dominicana más im-
portante del interior, Santiago de los Caballeros. Esto se hizo
con tal rapidez, que el 19 de marzo —escasamente tres sema-
nas después del movimiento— se presentaban las tropas
haitianas del sur a la vista de Azua, en territorio dominicano;
y el día 30 los ejércitos que marchaban por el norte llegaban
a los arrabales de Santiago de los Caballeros.
La actividad de los haitianos fue mucha; pero no fue mayor
que la de la Junta Gubernativa dominicana. De la nada, si es
posible decirlo, ésta había sacado fuerzas —y esa es otra de
las enseñanzas de aquellos sucesos. Cuando las columnas
haitianas del sur llegaron a Azua, ya estaba allí esperándoles un
ejército dominicano al mando de Pedro Santana. Improvisado,
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sus cuadros de mando hechos con antiguos oficiales de las mili-
cias coloniales de tiempos de España; formado en su mayor
parte por macheteros de a caballo, campesinos aguerridos y
guardadores de ganado, reclutados sobre todo por Pedro San-
tana en sus grandes hatos de la región oriental, ese ejército tuvo
dirección eficaz y coraje necesarios para derrotar, de manera
definitiva, a las columnas haitianas. Otro tanto ocurrió once
días más tarde en Santiago de los Caballeros, donde la pobla-
ción de la ciudad dio el pecho a los invasores que fueron lamen-
tablemente deshechos por una carga oportuna de andulleros,
campesinos torcedores de tabaco que bajaron de las montañas
para defender su naciente república y atacaron impetuosamen-
te, haciendo buen uso de sus machetes de trabajo y de las cabal-
gaduras en que, poco antes llevaban sus andullos a la ciudad.
Esas dos batallas decidieron el curso de los futuros aconteci-
mientos militares y políticos del nuevo Estado. Pues a partir de
ellas la guerra se mantuvo en las antiguas fronteras, favorable
siempre a las armas dominicanas —aunque duró hasta 1855—
y el caudillo militar sobresaliente de esas jornadas pasó a ser,
también, el caudillo político. Este fue Pedro Santana, a quien
sus contemporáneos llamaron el León del Seybo, región donde
vivió antes de la guerra dedicado a sus hatos de ganado. Hom-
bre de un carácter de hierro, honesto pero con ideas atrasadas,
quiso que la nueva república estuviera regida por el criterio de
la antigua colonia española. Nunca llegó él a comprender el
ideal republicano, a despecho de que combatió tan bravíamente
en los primeros tiempos, que la historia le reconoce el título de
Libertador con que le bautizaron los dominicanos.
Hostil a los ideales republicanos, Pedro Santana se adueñó
del Poder desde los primeros días y expulsó del país a los
trinitarios. Sánchez, criatura del trópico, vibrante y ardoroso
como el sol de su tierra, fue a dar a Irlanda; Duarte se internó
en Venezuela. Muchos de sus compañeros fueron fusilados, la
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primera entre ellos fue María Trinidad Sánchez, que cayó ante
el piquete en la propia Puerta del Conde, donde ondeó la
bandera de la patria que ella había cosido. La Constitución
republicana estuvo fuertemente influenciada por Santana, a
tal extremo, que en ella se coartaron los derechos inherentes a
la verdadera democracia.
Andando el tiempo, la política colonialista de Santana se-
ría coronada por la reincorporación a España, acontecimiento
que tuvo lugar en 1861, por petición expresa del gobierno
dominicano, encabezado por el antiguo Libertador; y la polí-
tica republicana de los trinitarios tendría su culminación en
la sangrienta guerra a que dio lugar ese paso. Tal guerra ba-
rrió con Santana, no sin que antes éste fusilara a Francisco del
Rosario Sánchez, que volvió del destierro a tremolar la ban-
dera de la cruz contra los nuevos amos.
Sánchez cayó, y con él, poco después, en las soledades de la
selva de Río Negro, el Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte.
Pero hijos espirituales suyos prosiguieron su obra y la repú-
blica quedó restaurada tres años más tarde... Para fenecer de
nuevo en 1916, a causa de la ocupación norteamericana, y
resucitar una vez más en 1924.
Dramática historia la suya, dramática aunque aparente-
mente sin importancia, la República Dominicana puede mos-
trarla a sus hijos, con una enseñanza en cada suceso y como
un símbolo de lo que puede conquistar el deseo de pervivir.
Aquellos de sus hijos que le hicieron mal han pasado, han
pasado también los que le hicieron bien. De los unos y de los
otros se acuerda la república, de los primeros para mostrarlos
como ejemplos repudiables; de los segundos, como sus mejo-
res títulos de nación, pues lo que más justifica a una patria es
dar hijos generosos y de almas brillantes.
Mientras ellos pasan, la república permanece, a despecho
de todos los embates y de todas las vicisitudes.