Bendita entre las mujeres

ANTONIO MONTERO MORENO. Arzobispo Emérito de Mérida-Badajoz
EN la tradición milenaria de la fe cristiana -la católica en nuestro caso- se han
combinado siempre, en diferentes proporciones, las creencias del pueblo fiel con la
reflexión de los teólogos y el magisterio de los pastores. Todo ello bajo el influjo
invisible y suave del Espíritu Santo, garante de la fidelidad de la Iglesia a la Palabra
divina, revelada en las Santas Escrituras. Ejemplo esclarecedor al respecto es la
Inmaculada Concepción de María, un misterio de nuestra fe que, antes de ser asumido y
proclamado por la Iglesia universal, hubo de recorrer un apasionante itinerario de
interacción entre los tres elementos, en el que la fe del pueblo ha tenido un papel
determinante.
No es justo equiparar a los sencillos con los ignorantes, ni enfrentarlos con los teólogos;
pues, aunque las creencias populares pueden estar amenazadas por el fanatismo, la
superstición o las contaminaciones ideológicas -de las que deben ser protegidos- ofrecen
a menudo un fuerte valladar contra los falsos profetas o los doctores por cuenta propia.
La creencia secular de que María de Nazaret estuvo exenta del pecado de Adán desde el
primer instante de su concepción no aparece explícitamente formulada ni en el Antiguo
ni en el Nuevo Testamento; por lo que tampoco figuró como artículo de fe en los
primeros siglos del cristianismo. Cierto que, en el siglo II, hablaba ya San Ireneo del
contraste Eva-María, entre la que legó a nuestra especie el pecado y la muerte, y la que
nos trajo después la gracia de Cristo Salvador. Las enemistades del Génesis entre la
serpiente y la mujer provocaron siempre en los discípulos de Jesús un rechazo visceral
de cualquier sombra de culpa en la madre del Señor, sin entrar en más disquisiciones.
En el siglo V el gran obispo San Agustín no quería escandalizar lo más mínimo a sus
feligreses, que consideraban a María totalmente limpia de la culpa original; pero sus
saberes de teólogo, opuesto al optimismo antropológico de Pelagio, y su propia
experiencia de pecador lastimado por la herencia de Adán, le impedían percibir la
exclusión absoluta de María de ese tributo universal; aunque sí que proclamaba su
«renacimiento» por la gracia, a partir de su nacimiento natural. En esta longitud de onda
se mantienen en los siglos siguientes los teólogos y predicadores más conspicuos, que
aclaman con entusiasmo a Santa María como «pura, limpia y sin mancha», como
«Santuario de la impecabilidad», mas no desde el seno materno, sino desde su
nacimiento.
Hasta que, en el siglo XII, el monje benedictino Eadmero, discípulo de San Anselmo, en
su Tratado sobre la Concepción de María apostó por su total exclusión del pecado de
origen, optando a favor de la fe de los sencillos «a los que Dios se comunica» -que
celebraban la fiesta de la Inmaculada- contra «la Ciencia superior y la disquisición
competente» de las gentes más cultas y principales, que querían impedírsela, por
considerarla sin fundamentación. Eadmero elaboró también un interesante argumentario
a favor de sus posiciones, que daría frutos en siglos posteriores.
Todavía, sin embargo, los grandes santos teólogos de los siglos XII y XIII, Bernardo de
Claraval, Alberto Magno, Tomás de Aquino y Buenaventura se mantuvieron firmes en la
convicción de que María, sólo después de nacer fue purificada de la mancha original.
Todos ellos sin rendirse a las presiones de un movimiento popular iletrado, pero
considerando el fenómeno como un reclamo de Dios para ahondar más seriamente en el
gran misterio mariano, mediante la exégesis bíblica, la tradición patrística, la reflexión
doctrinal y la coherencia con otras verdades en el edificio armonioso de la fe.
En esas claves se movería, en la segunda mitad del siglo XIII, el franciscano Duns
Scoto, gran maestro de Oxford y de París, que defendió el misterio inmaculista en toda

Lo cual sería incorrecto en estricta Mariología. con el sinónimo de «la Pura y Limpia» o con el superlativo de La Purísima. De ahí que. asociada a su Misión redentora. porque los hombres perdimos la luz. Abrió así el primer filón de una rica cantera de estudios mariológicos. cifrando en ese título todas sus prerrogativas: Llena de Gracia. que desbordan la bibliografía inmaculista (sólo de los jesuitas 300 obras en los siglos XVII a XIX). y mencionemos. los desterrados hijos de Eva. apelando a la «redención preventiva» de María por Cristo su Hijo antes de venir al mundo. con la luna por pedestal y pisando la cabeza de la serpiente. «Aquel que yo soy. Ésta no iba a producirse hasta el 8 de Diciembre de 1854 por obra del Papa Pío IX. por supuesto. saluda llorando a aquel que quisiera ser».en numerosas diócesis españolas. Recordemos a los pintores. porque la gradación teológica de los misterios marianos descansa sobre tres pilares. destacando las catedrales de la Almudena y de Sevilla. Son las razones del corazón. Por su exención radical de toda culpa se invoca ya. los escritos teológicos y los libros de devoción popular. «Asunta (al cielo). no se va a molestar ella porque. en un cóctel teológico entrañable. quienes han contemplado su iconografía sublime en las diez ediciones de las «Edades del hombre». tras la previa consulta al Episcopado universal. belleza y santidad. o en las magníficas exposiciones del 2004 -ciento cincuenta aniversario de su Definición dogmática. asombrados. María es una mujer de nuestra propia pasta. rozaron tu blancura? / ¿Qué sintió el sol que te besó primero? . la poesía lírica. por Madre (del Señor)». que implicarían a la Orden franciscana como abanderada de la Declaración dogmática de esa creencia para la Iglesia universal. de las que hablaba Pascal. José María Pemán y José LuisMartín Descalzo. con resultado favorable y plebiscitario (546 entre 603). los que incentivaron el estudio y el fervor inmaculista en las universidades de la Europa cristiana. por Inmaculada. todo un conjunto de dones. en el pueblo fiel de los burgos y parroquias. al menos. con flores a porfía. más bien sin orden y concierto. coronada de estrellas. tan sólo de pasada.su plenitud. de ésta y de otras grandes órdenes religiosas. Y del vallisoletano: ¿Qué sintieron los pájaros el día / que. si no. Durante los cuatro siglos precedentes habían sido los doctores. a María como La Inmaculada. la inocencia. Me he planteado en ocasiones el porqué del atractivo singular que el misterio de la Inmaculada ha ejercido en tantos tiempos y lugares sobre nosotros pecadores. tan bellamente descrita por Gertrudis Von Lefort. Del gaditano: Así en la blanca altura / la limpia nieve se convierte en río / sin perder su limpieza y su blancura. Díganlo. alentados también por los Papas. Pero cerremos. las piezas dramáticas (Autos Sacramentales). sin más. los pecadores y los santos. se apiñen a sus plantas los místicos y los artistas. Gloriosa en el cielo. la descrita en el Apocalipsis como vestida del sol. Madre de Cristo y nuestra. ¡por eso mismo! Por la nostalgia del Paraíso. en la iconografía interior de sus devotos puedan mezclarse. la transparencia y el júbilo de nuestros primeros padres. decía Rabindranath Tagore. Al pueblo volvía lo que del pueblo salió. Y pienso que. sobre la Llena de Gracia y Morada del Verbo encarnado. el recuento con dos tercetos de sendos poetas de esta Casa y página. con todas las galas de la naturaleza y de la gracia que harían de ella La Mujer eterna. con infinitas versiones de la Doncella virginal. Más. Bendita entre las mujeres. en las instituciones públicas y. Inmaculada y Asunta. que colma en absoluto el ideal de pureza.