LA CULTURA HUMANA

LA CULTURA HUMANA

Hasta ahora habíamos visto la aparición de los rasgos específicamente humanos, tanto de tipo biológico o natural, como de tipo cultural (concepto éste entendido en sentido amplio y sin definir). También vimos que la posesión de la cultura era, seguramente, el más peculiar de los elementos que nos hacen humanos, llegando incluso al punto de independizarnos (en parte) de nuestra primitiva condición natural y de nuestras primitivas limitaciones biológicas. En esta unidad vamos a centrarnos precisamente en el estudio de esa peculiaridad; vamos a estudiar de forma exhaustiva en qué consiste la cultura humana.

INTRODUCCIÓN: CULTURAL

HERENCIA

NATURAL

Y

HERENCIA

Los seres humanos poseemos dos clases de herencia: la herencia natural y la herencia cultural. No nacemos desnudos, en el sentido metafórico del término: nacemos con una dotación genética que es prácticamente común con el resto de los miembros de la especie, adquirida a través de millones de años en el largo proceso evolutivo de la hominización. En cada uno de nosotros se encuentran prácticamente todos los genes responsables de las características físicas de nuestra especie, y la posibilidad de reiniciarla

desde un principio mediante la reproducción sexual y los mecanismos responsables de nuestra variabilidad. Además de esta herencia, nacemos a todo un mundo de objetos y de ideas ya desarrollado. Nacemos y adquirimos un lenguaje, vestidos, una forma de alimentarse, un hospital, unos conocimientos médicos, un sistema familiar, un cariño de nuestros progenitores, una televisión y una radio, una cuna… Sin embargo, todo este repertorio cultural no se encuentra almacenado en nuestros genes, sino en las neuronas de los cerebros de multitud de sujetos biológicos individuales y en el sinfín de objetos que nos acompañan. Si la herencia natural la cobramos en

genes, en una cadena de ADN, la herencia cultural la cobramos en

información. La herencia biológica la recibimos toda ella por

entero al nacer, cuando adquirimos individualmente los genes que determinan nuestro organismo; de la cultural sólo podemos recibir una parte (la cultura es necesariamente compartida), y no dejamos de seguir recibiéndola a lo largo de nuestra vida, mediante el aprendizaje social.

Como ya habíamos apreciado en el tema anterior, existe entre ambas una estrecha interdependencia; la herencia biológica es una condición necesaria

para poder adquirir la herencia cultural. El desarrollo de la cultura exige unas complejidades y sofisticaciones biológicas que sólo se dan en el caso de los humanos, las dos herencias se relacionan como las dos vertientes de una montaña, puesto que la cumbre necesariamente se debe apoyar en las dos laderas. La cumbre, en este caso, es la capacidad adaptativa humana; como vemos, se basa tanto en nuestra herencia biológica como en nuestra herencia cultural. Por eso podemos alcanzar un punto tan alto de éxito adaptativo (la cumbre es siempre lo más alto); porque poseemos dos tipos de herencia, frente al resto de los animales, que sólo reciben una de ellas. Los seres humanos somos las altas montañas; los demás animales se establecen por los valles. Sin embargo, llegados a tener que decidir sobre cuál sea el atributo distintivo de la humanidad no cabe duda que se trata, sin duda, de la posesión de la cultura. ¿Por qué? Porque precisamente es lo que nos distingue del resto de los animales, que no la tienen, pero sobre todo, porque, como fuerza adaptativa, puede superponerse a la propia naturaleza y a las condiciones de la selección natural. Y ello, de dos manera diferentes y a la vez complementarias: por un lado, porque la herencia cultural aumenta de forma brutal la capacidad de la especie humana para sobrevivir enfrentándose a cualquier exigencia de la naturaleza; por otro lado, porque la propia cultura puede modificar enormemente las condiciones ecológicas y medioambientales (en otras palabras, transforma y modifica la naturaleza) en las que se juega la lucha por la existencia

EL HECHO DE LA DIVERSIDAD CULTURAL

Hay un aspecto, sin embargo, en el que ambas herencias se contraponen de forma casi absoluta. La herencia natural de la especie humana es única para toda la especie. El proceso de hominización es todo un proceso de convergencia biológica (de hecho, somos una población numerosísima -6000 millones- dentro de la que no existen subespecies; las razas humanas carecen de rigor clasificatorio, y en realidad resumen aspectos que pueden llamar la atención a las mentalidades racistas, pero son de escasísima relevancia biológica).

Sin embargo, el proceso de humanización, una vez puesto en marcha, no es convergente sino divergente. Admite y exige la posibilidad de multitud de variaciones culturales diferentes. La herencia cultural que es posible recibir es variadísima, y depende tanto del momento histórico en el que se nazca, como del lugar geográfico, puesto que al fin y al cabo las variaciones culturales expresan la capacidad humana para enfrentarse de innumerables maneras a sus condiciones de existencia, que están en continuo cambio. En conclusión: la diversidad cultural es un hecho genuino y específico humano. Lo peculiar y específicamente humano es la diversidad cultural, la heterogeneidad cultural (a la vez que la homogeneidad biológica).

El hecho de la diversidad cultural se aprecia de forma cruda y descarnada en el siguiente texto: „OTRA CULTURA:
La vida de los hombres y mujeres yanomamo: En el momento en que un varón yanomamo típico alcanza la madurez, su cuerpo está cubierto de heridas y cicatrices como consecuencia de innumerables peleas, duelos e incursiones militares. Aunque desprecian mucho a las mujeres, los hombres yanomamo siempre están peleándose por actos reales o imaginarios de adulterio y por promesas incumplidas de proporcionar esposas. También el cuerpo de las mujeres yanomamo se halla cubierto de cicatrices y magulladuras, la mayor parte de ellas producto de encuentros violentos con seductores, violadores y maridos. Ninguna mujer yanomamo escapa a la tutela brutal de típico esposo-guerrero yanomamo, fácilmente encolerizable y

aficionado a las drogas. Todos los hombres yanomamo abusan

físicamente de sus esposas. Los esposos amables sólo las magullan y mutilan; los feroces las hieren y matan. Un modo favorito de intimidar a la esposa es tirar de los palos de caña que las mujeres llevan a modo de pendiente en los lóbulos de las orejas. Un marido irritado puede tirar con tanta fuerza que el lóbulo se desgarra. Durante el trabajo de campo de Chagnon, un hombre que sospechaba que su mujer había cometido adulterio fue más lejos y le cortó las dos orejas. En una aldea cercana otro marido arrancó un trozo de carne del brazo de su mujer con un machete. Los hombres esperan que sus esposas les sirvan a ellos y a sus huéspedes, y respondan con prontitud y sin protestar a todas sus exigencias. Si una mujer no obedece con

bastante prontitud, su marido le puede pegar con un leño, asestarle un golpe con un machete, o aplicar una brasa incandescente a su brazo. . . Las mujeres que huyen de sus maridos sólo pueden esperar una protección limitada por parte de sus parientes masculinos. La mayor parte de los matrimonios se contratan entre hombres que han acordado intercambiar hermanas. El cuñado de un hombre suele ser su pariente más próximo e importante. Ambos pasan muchas horas en mutua compañía, soplándose mutuamente polvos alucinógenos en las narices, y tendidos juntos en la misma hamaca. En un caso relatado por Chagnon, el hermano de una mujer fugitiva se irritó tanto con su hermana por perturbar la relación de camaradería que le dispensaba su marido que la golpeó con un hacha. Chagnon afirma que las mujeres yanomamo esperan ser maltratadas por sus maridos y que miden su estatus como esposas por la frecuencia de las palizas que les propinan sus maridos. Una vez sorprendió a dos mujeres jóvenes discutiendo sobre las cicatrices de su cuero cabelludo. Una de ellas le decía a la otra cuánto la debía querer su marido puesto que la había golpeado en la cabeza con tanta frecuencia. Al referirse a su propia experiencia, la doctora Shapiro cuenta que su condición sin cicatrices y sin magulladuras suscitaba el interés de las mujeres yanomamo. Afirma que decidieron que "los hombres a los que había estado vinculada no me querían en realidad bastante". Aunque no podemos concluir que las mujeres yanomamo desean que se las pegue, podemos decir que lo esperan. Encuentran difícil imaginar un mundo en el que los maridos sean menos brutales.”

Este texto nos enfrenta al modo de vida de unos seres humanos en las selvas del río Orinoco, en Venezuela. No salimos de nuestro asombro: son una gente cuya vida cotidiana consiste en la agresión y en la lucha (los hombres como sujetos activos; las mujeres como sujetos pasivos); el consumo de drogas; la violencia desproporcionada… Y además, un mundo mental perfectamente coherente y conforme con ese modo de vida: eso es

lo normal para ellos, ese es el tipo de relaciones entre las personas, y entre hombres y mujeres…

Este texto nos plantea el hecho de la diversidad cultural de forma extraordinariamente cruda, precisamente porque no se queda en la descripción externa de conductas chocantes, sino que intenta entrar en las formas de pensamiento de las personas que comparten esa cultura. ¿Cómo es posible que las mujeres soporten semejante vida? ¿Cómo es posible que una conducta que nuestro sistema nervioso detecta como dolorosa y peligrosa, y tiene que generar enormes dosis de terror y estrés se pueda pensar como normal? Pues efectivamente, eso sucede; a las mujeres yanomamo eso les parece una institución cultural perfectamente normal y asumible, como lo es para nosotros vestir de rosa a los bebés del sexo femenino, y de azul claro a los del masculino. Al ver un bebé vestido de color rosa, esperamos que sea una hembra; del mismo modo la mujer yanomamo espera ser golpeada y agredida por su marido, y piensa, con perfecta lógica, que la antropóloga sin heridas no debía haber sido amada por ningún hombre. La última conclusión que debemos sacar de este texto es que el hecho de la diversidad cultural es aún más radical y fundamental de lo que parece a primera vista. No

consiste tan sólo vivir de forma diferente,

más o menos exótica para nuestro punto de vista. Va mucho más allá: la diversidad cultural supone además pensar de forma diferente y

sentir de forma diferente. La diversidad cultural supone construir un mundo mental de valores, de estimar las cosas como buenas o malas, apetecibles o despreciables, totalmente diferente. La diversidad cultural supone

establecer mundos de valores radicalmente diferentes e incompatibles (podemos reproducirnos sexualmente con los yanomamo, puesto que tenemos la misma herencia biológica; en cambio, nos es imposible convivir culturalmente con ellos, porque nuestra herencia cultural respectiva no posee elementos en común). La institucionalización de conductas y formas de vida diferentes, lleva a establecer y fundamentar valores y formas de pensar diferentes. Vivir diferente lleva a pensar y sentir diferente.

Automáticamente surge un problema filosófico asociado a esta cuestión: ¿Qué cosa determina a qué otra? ¿Son nuestra forma de vida, nuestras condiciones materiales de existencia, las que determinan nuestra forma de pensar, nuestros valores, las ideas que hay en nuestra cabeza? ¿O es al revés, son los valores e ideas que pensamos los responsables del tipo de vida real y material que desarrollamos? ¿Es la materia la que determina las ideas, o por el contrario, son las ideas las que determinan la materia? Este dilema no admite una respuesta clara y plantea los puntos de vista generales del materialismo y el idealismo (en sentido filosófico). Volveremos sobre estas cuestiones al hablar de ciertas transformaciones en los valores.

Otra cuestión asociada a la diversidad cultural es la siguiente: ¿Es lo normal para los seres humanos reconocer el hecho de la diversidad cultural? ¿Es lo habitual para los seres humanos reconocer que cualquier forma cultural es

tan humana como cualquier otra? ¿Es acaso nuestro punto de vista asumir que tan humano es el modelo cultural yanomamo como el nuestro? ¿O más bien pensamos que los yanomamo son bárbaros, salvajes o primitivos, y que, desde luego, nosotros estamos más civilizados, tenemos más cultura? ¿No estará la cultura yanomamo más próxima a la naturaleza, más próxima a lo animal y a lo instintivo, en un grado inferior a la nuestra…?

DEFINICIÓN DEL CONCEPTO DE CULTURA

Llega ahora el momento de desarrollar a fondo la explicación del propio concepto de cultura. Hasta ahora lo veníamos manejando de forma intuitiva y genérica, entendiendo por cultura algo así como “sociedad o grupo humano

que comparte una forma de vida”. Estos significados no son incorrectos,
pero llega el momento de desarrollarlos de forma exhaustiva.

La primera aclaración que hay que realizar es la siguiente. “Cultura” es un término con dos

acepciones. La primera de ellas tiene un sentido

pedagógico, y es el mismo significado encuentra en que se

términos

como agricultura, piscicultura, horticultura o silvicultura. Proviene del latín

colere, que significa cultivar. Si un terreno no se cultiva, de ella sólo surgen
malas hierbas, artos, rebollas…; si se cultiva puede dar exquisitos tomates, sabrosos pimientos, deliciosas fabas… Pues bien: los individuos somos como la tierra. Si nos cultivamos, si adquirimos educación y conocimientos, de nosotros pueden salir cosas excelentes; podemos fabricar puentes, realizar una compleja instalación eléctrica en una casa, redactar una sentencia judicial, cocinar platos exquisitos, pescar con enorme habilidad y aprovechamiento. Si no los adquirimos, seremos animales de carga o de tiro (o no: también podemos pensar en los futbolistas, o en los personajillos del corazón). Esa es la diferencia entre ser culto y ser inculto, la diferencia entre la cultura y la incultura. Nuestro cerebro es la tierra a cultivar mediante la educación. Otros términos asociados a este significado son también los de alta cultura, o cultura de élite (los contenidos culturales más exquisitos, más elevados o mejores de nuestra sociedad; el mejor abono, los mejores fertilizantes, los más eficaces tractores, para seguir con nuestra comparación), opuesta a la cultura popular o de masas (la cultura que posee todo el mundo, la que no es preciso tener educación para conocerla: los actores del cine, lo que pasa en Gran Hermano, los deportes, Julián Muñoz y la Pantoja, el ínclito Jesulín de Ubrique…; la cultura que, paradójicamente, tiene todo el mundo, tanto el que tiene cultura como el que no la tiene). Sobre este sentido pedagógico del término cultura, volveremos más adelante puesto que hay muchas más cosas que comentar.

La acepción del término que a nosotros nos interesa es la antropológica. El sentido antropológico del término es aquel que identifica a la cultura con todo aquello que no es naturaleza. Todo lo que no es natural, es cultural; todo lo que no es cultural es natural. Este sentido proviene de una vieja distinción de la lengua griega, y de unos filósofos que se estudian en Filosofía de 2º de Bachillerato, denominados los sofistas. Estos sofistas decían que existían dos tipos de realidades. Por un lado, las de la physis, o naturaleza, en la que las cosas eran como eran por sí mismas, al margen de la intención o el deseo humanos (la ley de la gravedad, los 23 pares de cromosomas de nuestra dotación genética, la estructura del átomo, etc.). Por otro, las realidades cuya forma y carácter dependen de la intención y voluntad humanas, de un acuerdo consciente humano (conducir por la derecha, hablar hebreo, saludarse frotando las narices, etc.), y son así por

nómos, palabra esta que significa acuerdo o convención.
Así pues, el sentido antropológico del término cultura recupera el sentido de la vieja oposición griega entre physis y nomos; recupera en concreto el significado de esta última expresión. Ya vimos que significa cultura en cuanto colere; ahora vamos a ver qué significa cultura en cuanto nomos. Pues bien: decimos que un grupo humano con cierta permanencia y amplitud en el tiempo y el espacio constituyen una cultura siempre y cuando

(1) Compartan los siguientes elementos:

1. Elementos ideológicos: son las ideas que existen en las mentes de los individuos de esa cultura, tales como valores

(lo que se estima bueno o malo), normas (lo que se cree que se debe hacer o no se debe hacer), símbolos (desde el lenguaje a una media luna –símbolo del Islam, por ejemplo), conocimientos, creencias e ideologías. 2. Elementos conductuales: son las formas de comportamiento comunes a las personas de esa cultura (saludarse

entrelazando las palmas de las manos), los ritos (bautismo, la primera comunión), las costumbres (comer doce uvas al finalizar el 31 de diciembre). 3. Elementos institucionales: los sistemas de control y organización social (las castas hindúes, los estados

feudales), los sistemas familiares (familia poligámica, poliándrica), los sistemas de represión y sanción social (tribunales de justicia, policía). 4. Elementos materiales: los artefactos, los utensilios, las técnicas y habilidades específicas que los implican (saber conducir, saber disparar con arco y flechas –también podrían ser conductuales; todos ellos se relacionan).

(2) Sus características como un todo sean las siguientes:

1. La cultura se aprende socialmente, en contacto con los otros miembros de la cultura, e igualmente se transmite de forma social y continuada a lo largo de toda la vida del individuo. Esto se relaciona directamente con la acepción

pedagógica del término, y con lo que veremos en el Apartado 3. 2. La cultura es fundamentalmente simbólica, en la medida en que se vertebra y articula necesariamente a través del lenguaje humano. 3. La cultura necesariamente somete a la naturaleza en alguna medida, para aumentar la libertad y las posibilidades del ser humano frente a ella. La cultura es adaptativa a medio plazo, aumentando las posibilidades de supervivencia de la especie humana. No es posible saber si a largo plazo lo será también, puesto que está presente la sospecha de que la evolución cultural humana pueda acabar con la propia especie humana al destruir el planeta en el que de momento se encuentra obligado a vivir. 4. La cultura es a la vez general y específica. General, porque no puede existir ningún grupo humano ni un ser humano aislado, sin ella (como veíamos en el Texto 7, es lo específicamente humano). Y específica, porque todo grupo humano, tiene una cultura propia y diferenciada (el ya conocido hecho de la diversidad cultural). 5. La cultura es omniabarcante, es decir, lo abarca todo. Desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, todo adquiere sentido y dimensión cultural. 6. Ningún ser humano, por sabio que sea, puede poseer toda la cultura en su cabeza. Tampoco puede haber una cultura específica y diferente para un solo ser humano. La cultura

necesariamente es compartida por muchos individuos en sus aspectos fundamentales.

(3) Y cuya compleja finalidad sea esta:

1. La

supervivencia

biológica;

como

ya

sabemos,

las

adaptaciones culturales se superponen a las adaptaciones biológicas, son más plásticas y poderosas, y las principales responsables de nuestro éxito adaptativo. 2. La constitución de los seres humanos. Los seres humanos somos humanos porque poseemos cultura; es la cultura la que nos hace ser lo que somos, la responsable de nuestra individualidad y la que nos aleja de la animalidad. Y todo ello en un triple sentido: i. En primer lugar, porque es la cultura la que nos sitúa en la realidad y la que da sentido a nuestra vida, la que nos da el marco mental en el que nos planteamos, la felicidad, el futuro, las relaciones con las personas, el concepto de familia, etc. ii. En segundo lugar, porque es la cultura la que nos da la capacidad para expresar nuestra humanidad; ante el dolor no nos limitamos a gritar: podemos componer una canción, una poesía, pintar un cuadro,

deprimirnos, encontrar consuelo en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, etc.

iii. Y por último, porque es la cultura la que ordena el tiempo y el espacio, la que sitúa a cada uno de nosotros en un marco temporal (de dónde venimos, a dónde vamos) y espacial (de dónde somos, dónde estamos).

Existen igualmente una serie de conceptos relacionados con el concepto de cultura que conviene conocer; algunos de ellos también los venimos manejando de forma intuitiva. Son los siguientes: civilización, subcultura, contracultura, etnia y sociedad. Por civilización se entiende una cultura de excepcional riqueza, variedad y amplitud; una civilización necesariamente ha de incluir dentro de ella numerosas culturas o subculturas más pequeñas o restringidas. Por ejemplo, la civilización europea u occidental (mejor éste último adjetivo, porque incluye a otras regiones como buena parte de América u Oceanía), dentro de la que hay culturas católicas, o latinas, y protestantes, o anglosajonas… O la civilización islámica, o la civilización oriental… Subcultura es un término que vendría a definir cualquier

división que se pueda llevar a cabo dentro de una cultura más amplia. Es un término relativo y no absoluto. La cultura hispánica es, a su vez, una subcultura de la cultura latina. La cultura latina, a

su vez, es una subcultura dentro de la cultura occidental (–y es en este momento cuando el término civilización se hace más adecuado). Contracultura, o contracultural, sería cualquier grupo humano que en algunos aspectos no siga las normas, conductas y valoraciones que son mayoritarias en su grupo cultural. En nuestra cultura, el consumo de hachís es contracultural, puesto que la mayor parte de la gente no lo lleva a cabo y piensa que es malo (en sentido moral); el del alcohol, en cambio, sería justo al revés: cultural. También es un término relativo; en la cultura del Magreb, consumir alcohol es contracultural, y

consumir hachís, cultural. El rock & roll era contracultural en los años 50 y hoy en día es perfectamente cultural. Etnia o étnico es un término muy empleado actualmente. Originariamente, venía a ser un término sinónimo de cultura, pero que no se aplicaba a la cultura o civilización occidental, sino únicamente a culturas más raras, extrañas, minoritarias, etc. De hecho etnografía (estudio de las culturas) y antropología son términos prácticamente intercambiables. Sociedad, por último, es un término mucho más genérico e indefinido. Hace referencia a cualquier agrupación de seres humanos que tengan algo en común, sin mayores precisiones. Por eso podemos decir: “la sociedad valdesana del siglo XVIII” de la misma manera que decimos “la sociedad rica parisiense” o la “Sociedad Micológica Calagurritana”.

Evidentemente,

esta

definición

que

acabamos

de

desarrollar

es

absolutamente exhaustiva y a la vez abstracta. Vamos a realizar un ejercicio práctico que nos permita concretar su significado y operar con ella. Los conocimientos más característicos de la civilización occidental son los basados en la ciencia y en la tecnología. Lo característico de la civilización es el enfrentarse a las necesidades que impone la realidad a través de ese tipo de conocimiento, renunciando al pensamiento mágico, simbólico o animista (tipo de pensamiento explicado en clase con varios ejemplos como el vudú, las danzas de la lluvia o la planificación familiar en Kenia); renunciando, en suma, a resolver los problemas acudiendo a la superstición, la tradición o la mera costumbre sin justificación (aunque, como ya dijimos, ésta existe como un residuo contracultural). Lo característico de nuestra civilización es el relacionarse con la realidad a partir de mecanismos críticos, prácticos, empíricos, lógicos y racionales, como son los

ejemplificados por la ciencia y la tecnología. Entre los occidentales, si un niño está enfermo, se piensa antes en el virus de la gripe que en el mal de ojo. Las creencias más características de la civilización occidental son las basadas en la herencia cultural judeo-cristiana y luego cristiana a secas. Nuestra idea del sentido de la vida, de la muerte, del pecado, del cuerpo y el alma, etc., se basan en el cristianismo. Que es de raíz católica para los latinos, y de raíz protestante para los anglosajones, germánicos y nórdicos (y de raíz ortodoxa para eslavos y orientales). Pero es lo característico de Occidente igualmente la convivencia de una tradición de creencias no religiosas, sino de tipo agnóstico, laico o ateo; tan sólidas y establecidas como las anteriores, y de origen cultural filosófico griego y también

ilustrado. Y más aún: lo peculiar es que puedan convivir estas creencias antitéticas en la vida cotidiana, precisamente porque en cualquier caso, en Occidente las creencias son débiles y acomodaticias. Se cree, pero se cree poco. O no se cree, pero no se cree poco. Las normas y los valores más características de Occidente hunden sus raíces en el pensamiento liberal, democrático, burgués y social heredado de la Ilustración y la Revolución Francesa. Por eso valoramos la democracia, la libertad, educación, humanos, la igualdad, los la la

derechos seguridad

jurídica o la separación de poderes… Junto a ellos,

también conviven todos los valores asociados al nivel de desarrollo capitalista en el que nos movemos: consumismo,

hedonismo,

capitalismo, egoísmo, culto a la imagen, individualismo…

Las normas que determinan nuestra convivencia se basan precisamente en todos estos valores, los desarrollan, los matizan y los armonizan. (O a veces los juntan en una mezcolanza caótica). Si la lengua es el principal elemento simbólico, los occidentales, salvo pequeñas excepciones, tenemos un tronco lingüístico común, el del indoeuropeo. Y en líneas generales, la cultura católica y latina se asocia a las lenguas derivadas del latín, mientras que la cultura protestante se asocia a

lenguas anglo-germánicas. Del mismo modo, los occidentales empleamos el alfabeto latino y los números árabes, escribimos leemos de izquierda a derecha y de arriba abajo, contamos el tiempo desde el nacimiento de Jesucristo… Evidentemente, es un símbolo corriente en toda la civilización occidental la cruz latina; otros símbolos muy característicos de nuestra civilización se basan en las más famosas e icónicas marcas comerciales, con sus distintivos logos (desde la M de McDonald´s hasta el toro de Osborne, pasando por la estrella de Mercedes Benz y la W de la Warner Brothers dominando los centros comerciales en competencia con el banderín del Corte Inglés y los emblemas de las principales petroleras). Es poco lo que se puede decir de los modos no normativos de conducta, sin caer en los tópicos o los lugares comunes más burdos. En general, la cultura latina es más expansiva y extrovertida que la cultura protestante del norte, aunque todos sabemos que existen finlandeses lenguaraces y andaluces a los que no es posible sacarles una palabra. Por supuesto, dentro de la expansividad latina, los españoles los que más, y más cuanto más al sur. ¿Qué decir de la cultura asturiana, que forma parte de la cultura hispánica? Pues son más fantasmones, borrachos y amigos de la blasfemia festiva, pero no por eso se trata de una tierra de bárbaros… Los elementos materiales más característicos de nuestra cultura son tan evidentes que apenas podríamos señalarnos, puesto que forman parte de nosotros. Los vehículos propulsados por motor de explosión, las televisiones, los electrodomésticos, los teléfonos móviles, los ordenadores, la ropa de temporada… son todos ellos objetos que nos abruman con su presencia y determinan nuestras vidas y nuestras conciencias: el tipo de familia, el tipo de trabajo, el tipo de conversación, el tipo de de organización de las ciudades, el tipo de ocio, la relación entre los sexos…

Este es, pues, un breve resumen de cómo somos los occidentales; un breve resumen que demuestra porque, a pesar de lo que pueda parecer, un gaditano tiene más en común con el habitante de Wellington que se encuentra en sus antípodas, que con el que tiene a escasos kilómetros en línea recta, apenas cruzado en el estrecho. También es destacable, aunque lo comentaremos en el Apartado 3, que en la medida en que estos elementos se hacen comunes a muchas otras personas, es también la cultura y la civilización occidental la que se expande con ellos (en parte, en eso precisamente consiste la globalización).