Manual de supervivencia del estudiante Erasmus

Tu habitación: ¿vives para limpiar o limpias para vivir? Una de las primeras decisiones que vas a tomar va a ser qué haces con tu habitación. Así como tus padres se plantean todos los días si trabajan para vivir o viven para trabajar, tú tendrás que decidir si vas a vivir para limpiar o si vas a limpiar para vivir. Limpiar para vivir suena mal, pero vivir para limpiar suena decididamente peor. Viniendo de un entorno higiénico y cuidado como es tu habitación en casa (hablamos del término medio), debes saber que has estado mal acostumbrado durante mucho tiempo y que vas a tener que enfrentarte a la realidad. A partir de ahora, los conceptos de sucio, muy sucio y guarro van a seguir existiendo, pero aplicados a situaciones diferentes. Quieras o no, vas a tener que reescribir tu diccionario personal. Hay que adaptarse. Ya se sabe: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Lo primero que vas a tener que decidir es la decoración: ¿Pongo muchos posters, moqueta, lámparas y fotos o dejo las paredes como están y les pego mocos? Gran dilema, sin duda. Llegar a la habitación y encontrarse con un lugar desangelado e impersonal puede provocarte una verdadera depresión si has tenido un mal día. Sin embargo, la máxima que rige en estas situaciones es “Toda la mierda que entra debe salir” (“antes o después” añade el corolario). La primera consecuencia que se desprende del teorema es que todo lo que metas en la habitación te lo tendrás que llevar, y lo más seguro es que cuando te larges no te esté esperando la furgoneta de mudanzas, así que piénsatelo dos veces antes de meter “ese sillón tan bonito que vendían en el mercadillo por cuatro euros”. Por otro lado, si no eres amigo de la escoba y el plumero, limpiar el museo todos los días te tocará los cojones, y si no limpias la colección de cachivaches, sabrás lo que vale un peine. Lo bueno de Francia es que hace tanto frío fuera que rara vez tienes la ventana abierta, y en todo caso, como en el aire ?ota agua en vez de polvo, por ese medio será poca la mierda que se propague. Las habitaciones de las españolas eran impresionantes, puñeteros museos itinerantes: moqueta, pañuelos haciendo de cortinas, posters por todas partes, cartas de los amigos colgadas de las paredes, fotos de los colegas, lámparas de pie, retratos, alfombrillas, cuadros, mini-cadenas, gorras, plantas... Toda la mierda que puede caber en una habitación y que uno ni siquiera se atrevería a meter en el dormitorio de casa. Aquellas habitaciones eran tan barrocas que las dueñas podían haber cobrado por entrar en ellas. En el buen sentido, claro. ¿Y qué es lo que queda cuando uno tiene que marcharse, ese momento tan lejano en el tiempo que un buen día llega? Pues queda romperse el corazón tirándolo todo porque, desengáñate, en el tren o en el coche tendrás suerte si puedes traerte de vuelta la ropa que llevaste y los cuatro libros que has usado. Comprobarás que las prendas de vestir se in?an con el tiempo y que la impresión que tenías de que estabas leyendo demasiado era correcta. En ?n, que tendrás que encontrar el equilibrio entre el impulso de vivir entre accesorios y la necesidad de mantener un ambiente práctico y fácilmente limpiable, porque la limpieza de la habitación es tema aparte. Lo normal es que el suelo sea sufrido; un color oscuro y un diseño tal que parece que ya esté sucio. Necesitarás poco mantenimiento para mantenerlo decente: una escoba y un poco de maña te permitirán salir del paso. Si te consiguieras hacer con un cubo y un mocho ya sería la hostia, speaking in silver, pero esta combinación también tiene sus

inconvenientes. Llenar el cubo de agua no es tarea baladí, y además el suelo tarda horas en secarse porque no hace precisamente calor. Si tienes el suelo de tu reducido espacio vital mojado durante dos horas, ya me dirás qué haces mientras tanto. No te compliques la vida y pasa del mocho. Un aspirador ya son palabras mayores. Si consigues hacerte con uno serás el rey de la limpieza. ¿Cuándo necesita el suelo una barridita? Buena pregunta. Pasar el cepillo es una tarea laboriosa y poco grata cuando no estamos en una iglesia, así que, a menos que seas alérgico a los ácaros esos de los anuncios de limpiadoras a vapor, bastará con que barras cuando se empiecen a formar las clásicas pelotillas rodantes de las películas del oeste. Así de fácil; acción y reacción. El resto de accesorios de la habitación no necesitan prácticamente mantenimiento. Las ventanas allí se limpian cuando llueve, que es todos los días; así que no te molestes. Los estantes no cogen prácticamente polvo en comparación con el suelo, y a la mesa le bastará un pañuelo por encima cuando puedas escribir sobre ella con el dedo. Eso es todo.

El baño: lo odiarás si lo tienes y lo echarás de menos si no. Tener un baño en la habitación es un verdadero lujo, pero también una gran responsabilidad. Un baño es el espejo del alma guarra: si uno es muy limpio se podrá comer sopas en el suelo, pero si uno ha salido guarro, entonces que el cielo nos asista. No se sabe por qué la mierda que no se acumula en la habitación se hace fuerte en el cuarto de baño. Compra algo de lejía y procura darle un repaso a fondo de vez en cuando, si no, estás perdido. El espejo precisa poco mantenimiento. Puedes pasarle un pañuelo cuando te veas entre brumas o, puntualmente, cuando explotes un grano contra su super?cie. El lavabo pide, al igual que el váter, algo de lejía de vez en cuando, sin las necesidad ocasional, eso sí, de limpiar el borde cuando mees fuera (si tienes dudas sobre si normalmente meas dentro o fuera de la taza, consulta a tu madre). En la taza recuerda que el uso de la escobilla es fundamental, especialmente si esperas visitas. Marcas de derrape sobre la porcelana pueden arruinar tu reputación, y aunque lo de que todo el mundo come ?ores y caga mierda es cierto como el sol que nos alumbra, poco podrás decir para arreglar el trauma causado. En ?n, del baño no cuento mucho más porque todavía tengo mucho que aprender. Hasta que reluzcan como cuando los limpia mi madre aún me quedan años de práctica.

La colada, esa gran desconocida Una cosa es segura: no importa la cantidad de ropa que lleves ni lo cerdo que seas, al ?nal tendrás que poner una lavadora. Hasta ahora has vivido en un ambiente donde la palabra lavadora sonaba como algo lejano y distante. La ropa sucia era recogida del suelo de tu habitación por unos enanitos que salían por las noches de tu armario, y

entonces lavada y depositada de nuevo en los cajones. Pues bien, te lo diré claramente: en el extranjero no hay enanitos. Hay, por tanto, muchas cosas que necesitas aprender, y rápido. Para lavar la ropa se necesita jabón, regla número uno. Asegúrate de que lo añades a la lista de la compra, junto con los cereales y las birras. No hace falta que compres el que deja los jerseys de lana como una ovejita, ni ese que es tan cremoso como un buen chocolate a la taza: echa el más barato al carro y añade más cervezas, no seas tonto. Venden el clásico en pastillas que viene con unos dibujos explicativos la mar de apañados, imposible fallar en la dosis. Si encuentras algo más sencillo, cómpralo. Mucha gente dice que si pones un chupito de suavizante en la colada la ropa queda mucho mejor, más suave y esponjosa. No te dejes engañar: deja el suavizante en el estante y echa otra caja de birras al carro. Equilibrando el presupuesto. Segunda cuestión: ¿Cuándo necesita mi ropa una lavada? He aquí una compeja cuestión sobre la que versa una amplia bibliografía. Numerosos autores han escrito ríos de tinta sobre el tema y ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo entre sí. Bueno, los expertos sí: las madres. Según este colectivo, la máxima es “Una puesta y punto”. Nada es reciclable. Como todos sabemos de toda la vida, los extremos no son buenos, y en el mundo de la ropa sucia esta verdad universalmente aceptada no va a ser menos. Si es cierto que nunca nada está demasiado limpio, no es menos verdad que nunca hay nada demasiado sucio como para no darle un último pase. Y es ahí cuando entra en juego el sentido común. Si es que todo en esta vida se reduce a lo mismo, sentido común y sexo. Empecemos revisando conceptos: ¿Qué es la suciedad? ¿Cuándo podemos decir que algo está sucio? Una camiseta puesta 4 ó 5 veces, ¿está sucia? ¿Lo estará con 5 puestas más? La suciedad es un concepto completamente relativo, y por tanto establecer reglas es extremadamente difícil. Además, cuanto menos tiempo tienes para poner una lavadora y menos ropa limpia tienes disponible, menos sucias parecen las cosas. Así pues, si en el tema de la limpieza de la habitación teníamos una idea más o menos precisa de cuándo debíamos pasar la escoba, en el universo de la ropa sucia deberemos dejarnos llevar por el instinto. Una buena máxima sería, simpli?cando mucho: “Si no cruje, póntelo otra vez”. De todas maneras, que sepas que, de la misma manera que aquella chica que el primer mes te parecía tan poco agraciada ahoratiene su aquel, al cabo de cinco meses estarás oliendo la ropa de un Sábado noche como si fuera esencia de lavanda. Tiempo al tiempo. El guarro no nace, se hace. La ropa de cama es punto y aparte. La ropa de cama es el nombre que recibe, en los círculos técnicos, el conjunto de sábanas, funda de almohada y cubrecama. Dependiendo de la bibliografía y del autor, la ropa de cama puede incluir también el pijama, pero no es un concepto universalmente aceptado. Nosotros, sin embargo, consideraremos al pijama como parte del conjunto ropa de cama, ya que tienen lo que en la literatura especializada se denomina un periodo de rotación similar. Pueden por tanto asociarse como la “familia cama” y por tanto ser tratados de manera uni?cada en el proceso de plani?cación agregada. El pijama se lavará cuando la ropa de cama, y la ropa de cama se lavará cuando dios nos dé a entender. Es difícil saber cuándo se debe

lavar unas sábanas, ya que el deterioro y engorrinamiento es tan progresivo que uno sólo aprecia la apabullante diferencia cuando se mete en la cama la noche después de lavarlas. En la siguiente clasi?cación vemos los diferentes niveles de frecuencia de lavado que podemos encontrar, y por los que seguramente pasaremos de uno en uno:
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Nivel mamá: Cambio de ropa de cama todas las semanas. Duración de la fase: 1 semana. Nivel “guarro en ciernes”: Una vez cada 15 días. Esta fase comienza tras el primer mes. Nivel guarro: Una vez al mes. Este estadio aparece tras el tercer o cuarto mes de independencia. Nivel “guarro de cojones”: Cambio de ropa de cama cada tres meses o por tiempo inde?nido. Se da en sujetos genéticamente predispuestos a la mierda o en erasmus de año completo. Se basa en el postulado de “Si al ?nal se acabará ensuciando otra vez”, y en las teorías que opinan que existe un máximo para la cantidad de mierda acumulable por un sólo artículo e intentan sacar partido de ello.

Una vez puestos más o menos de acuerdo en el formato de la señal de alarma, llega por ?n el momento de poner la lavadora. Desgraciadamente, lo más probable es que no dispongas de una lavadora para ti sólo, y lo más normal es que la urgente necesidad de lavar la ropa te llegue de sopetón, en el momento más imprevisto, como un buen apretón. Intenta, aunque te será difícil, hacer un planning de lavado. Prevé las necesidades y asigna recursos. Lavar la ropa no es un juego. Lo que sí debes saber antes de lavar la ropa es que, si entras en la lavandería con 10 pares de calcetines, saldrás con 9 pares y un calcetín desparejado. No preguntes por qué. Las lavadoras funcionan con ?chas y cobran un tributo de un calcetín por cada lavado. No lo busques, no preguntes; simplemente es así desde tiempos inmemoriales. Todo el mundo lo sabe. Llega el momento. Estamos delante del bicho. Un universo de temperaturas y ciclos de lavado se abre ante nosotros, así como un cajoncito ávido de detergente. Hagamos un breve esquema y empecemos por derribar otro mito: la ropa de color y la blanca SÍ se pueden lavar juntas. Seguro que has oído toda tu vida que la ropa blanca se lava en caliente y aparte de la ropa de color porque destiñe y patatín patatán: paparruchas. Todo al mismo bombo y agua del tiempo, a 30 grados. Te garantizo que sale todo del mismo color que entró y las molestias son mínimas. En todo caso, ahora eres un guarro; aprende a tomar riesgos y a asumir consecuencias. Otra cuestión peliaguda es si vamos a poner prelavado o no. Veamos. Las pastillas que compras en el super vienen de dos en dos, una para el prelavado y otra para el lavado, aunque sean iguales. Metes una en cada compartimento y le dices que lave antes de lavar, si es que eso tiene algún sentido. Míralo de esta manera: el prelavado es gratis y la ropa está un cuarto de hora más en remojo; ¿a cuántas cosas en esta vida les puedes pedir lo mismo? Tras el lavado viene el secado. Lo normal es que donde estés no se estile el secado de ropa al aire libre, más que nada porque lo que hace la ropa al aire libre por esos lares es empaparse, así que seguramente dispondrás de una secadora a tu alcance, oh máquina prodigiosa. Los mandos de este artilugio son algo más sencillos, y tan sólo tendrás que elegir la temperatura de secado. El tiempo de secado va normalmente en función de la

temperatura, así que seguramente no tendrás que asignarlo tú, sin embargo, de sufrirlo, no habrá quién te libre. Dependiendo del país, las posibilidades de secado varían. Aunque existe una gama de unos cinco secados diferentes, trabajaremos con los equivalentes locales de “Secado Caluroso” y “Secado Infernal”, más que nada porque cuando tú vayas a lavar meterás toda la ropa que te quepa, y secar eso precisa de calor y paciencia. Un Secado Infernal puede rondar las dos horas, así que vete a dar una buena vuelta mientas la ropa da los últimos coletazos. Una última pregunta sería: ¿Qué puedo meter en la secadora? La respuesta corta es: todo lo que salga de la lavadora. Probablemente tu madre te recomendará no meter una chaqueta de lana en un Secado Infernal. Recuerda que las madres suelen tener razón. Este es, a grandes rasgos, el proceso de lavado hecho fácil. Ya sabes, todo junto, temperatura moderada y prelavado. Y en caso de desastre, recuerda: hay cosas más importantes en la vida que una camiseta.

La cocina, territorio comanche La cocina es como el cuarto de baño: si la tienes la odias, y si no la tienes... ¡ay si la tuvieras! Comparar la cocina con el cuarto de baño quizá sea un poco fuerte, pero al ?n y al cabo son el principio y el ?n del ciclo y tienen mucho que ver. Tienes varias posibilidades según el lugar en el que vayas a vivir:
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Sin cocina: a comer en la cafetería. Parece increíble que esto suceda, pero existe. Con cocina “individual”: La cocina individual es una habitación tan pequeña que no puede cocinar más de una persona a la vez. Quizá sería más correcto el término “cocina por turnos”. Yo no lo he vivido, pero tiene que ser de órdago. Tiene que acabar siendo algo muy parecido a la opción sin cocina. Me gustaría extenderme más en este apartado, pero no me gusta hablar sin conocer. Con cocina compartida: La opción a priori más adecuada. Yo tuve la suerte de caer en este último grupo, así que será aquí donde me extienda.

Existen muchos mitos en torno a las cocinas compartidas. El primero es que, como vas a estar con más gente, haces amistad enseguida. Falso. Dos personas no tienen por qué hacerse amigas aunque las encierres dos días en un armario. Y no es cierto por varios motivos. Primero: como estudiante español, tus horarios de comida están completamente desfasados, y es difícil que coincidas con alguien en la cocina. Segundo: Cuando coincidas, desearás que la otra persona que está jugando con los fogones o usando todos los cazos estuviera muerta. Cuando uno cocina mal, lo último que necesita son interferencias.Tercero: Cuando vayas a utilizar una sartén y estén todas sucias, te cagarás en la familia de todos los que comparten la cocina contigo, probablemente sin excepciones. Cuarto: En los desayunos, única comida en la que no se necesitan alardes culinarios y que además todo el mundo toma a la misma hora, seguramente compartirás mesa con tus compañeros de cocina. Verás entonces que, de buena mañana, nadie tiene ganas de hablar, y en caso de que alguien las tenga, desearías que un rayo le fulminase allí mismo y cerrara la puta bocaza. La convivencia es dura, señores. Y más con gentuza como ustedes. Háganse cargo.

La nevera es centro de disputas. El espacio está limitado y todo el mundo quiere conservar sus alimentos al cobijo del frío, así que la lucha por el territorio es más o menos como en los documentales de animalicos: atroz y sin piedad. Si tienes suerte, sólo lucharás por el espacio. Si no la tienes, lucharás por que no te manguen los ?letes. Haz la prueba el primer día: compra un ?lete de los caros y déjalo en un lugar bien visible. Si a la mañana siguiente ha desaparecido, mira precios de neveras pequeñitas o no compres nada que necesite de frío hasta que llegue el invierno y lo puedas dejar en la repisa de la ventana. El friegue de los cacharros es un segundo foco de violencia. Lo normal es que lo que uno utilice lo friegue después. El problema es que las sartenes pasan por muchas manos, y en cuanto un eslabón falla el sistema se va al carajo, lo cual no tarda demasiado en pasar. Una cocina es un universo al límite del caos, y por tanto sus movimientos son impredecibles. Sólo se sabe que, si puede ir a peor, irá a peor. Esto es aplicable a todo, no sólo a las cocinas. Otro punto caliente es la reposición de los consumibles. En una cocina los consumibles básicos son el líquido lavavajillas y los estropajos. En un segundo nivel se situarían los trapos para secar los cacharros y el aceite y la sal. Los consumibles básicos se gastan con rapidez (buena señal, todo sea dicho) y alguien tiene que reponerlos. Tú en tu buena fe lo harás una vez, pero no más. Multiplica eso por el número de habitantes de la cocina y tendrás el periodo de disponibilidad de consumibles. Si sois muchos podéis lavar los platos con jabón varios meses, pero si sois pocos... Un nuevo foco de discusión es la manipulación de la basura. Si se establecen turnos, porque nadie los cumple, y si no se establecen, porque la gente apila la mierda en equilibrio hasta que alguien tira el montón y se tiene que hacer cargo. Por cómo manejan la basura los conoceréis, que dice el refrán. Comer como si estuvieras en un vertedero es una experiencia al alcance de la mano si compartes cocina. ¿No es una maravilla se mire por donde se mire? Una gozada, oiga. Total, que si vas a compartir cocina, que sepas que has tenido suerte, pero prepárate para lo que tiene que venir. Los vasos relucientes, los platos limpios y las sartenes listas para usar de las primeras semanas, se tornarán en vajilla sin fregar amontonada en la pila. Las mesas impolutas se transformarán en super?cies pegajosas y con restos de mierda por doquier. Un in?erno. Y eso que has tenido suerte... En ?n, hemos venido aquí a curtirnos, ¿no?

Una dieta sana y equilibrada Estamos lejos del hogar, pero aún así tenemos la responsabilidad de comer sano y su?ciente. El cuerpo es una máquina delicada, y más cuando se la somete al ritmo de un Erasmus. Es por esto que hay que plantear bien la situación y programar las comidas de manera adecuada. En Francia, por ejemplo, se desayuna a las 7:30 como muy tarde y hasta mediodía no comes, así que ya me dirás cómo llegas hasta la comida sin un desmayo. La solución pasa por una chocolatina o unas galletas de esas para cagar duro a media mañana. Eso te

dará la energía su?ciente para llegar a las 12 sin perder el conocimiento. El segundo problema se presenta cuando sales del curro a eso de las 5:30, los franceses y el resto de europeos aguantan hasta las 7, cenan y se van al catre. Pero el español, sin nada que llevarse a la boca desde el mediodía, ya me diréis cómo llega a las 7 de la tarde. La solución pasa por una nueva barrita de chocolate o galletas de las.. bueno, de esas, y una merendola de órdago nada más llegar a casa. Sí, la merendola nos quitará las ganas de cenar, claro, pero es que si cenábamos a las 7 tampoco íbamos a llegar a la hora de acostarnos sin llevarnos algo al gaznate, no nos engañemos. Así pues, habiendo establecido una serie de intervalos horarios para la ingestión de calmantes estomacales, veamos ahora qué es lo que vamos a comer. El desayuno es prácticamente tema libre. Sin embargo, servidor recomienda los clásicos cereales de toda la vida. Son sencillos de preparar, requieren poco movimiento de cachivaches y apenas hay que fregar luego. La leche te aportará calcio para los huesos, y los cereales, pues eso, ya se sabe que son buenos para todo. Para una dieta equilibrada, es prácticamente fundamental comer fuera de casa; en la cafetería o en un comedor universitario. Esto, que podría parecer a primera vista un sinsentido, tiene su explicación. En casa de tus padres no comes pescado nunca, y eso que te lo hacen. Imagina si tuvieras que hacértelo tú: comprarlo, guardarlo en la nevera sin que se haga malo, cocinarlo... ¡y con lo exótico que es el pescado como alimento! Vamos, que debes saber que no va a caer un pez en tu sartén ni de coña, y no me vale decir que te haces barritas de merluza congeladas, que eso no es pescado y no engañas a nadie. Es entonces cuando entra en juego el comedor universitario. Normalmente tienes menú a elegir y, al menos una vez por semana, uno de esos platos es pescado. Haz el esfuerzo de comer pescado cada vez que venga en el menú. El resto de días puedes comer lo que quieras, pero cuando le digas a tu madre que comes pescado todas las semanas se le saltarán las lágrimas. También le puedes decir que comes pescado y no hacerlo, pero nadie es tan malvado. Merienda aparte, sólo nos queda la cena. Por negados que seamos en las artes culinarias, al menos cuatro platos sabremos preparar, lo cual nos asegurará una dieta relativamente variada. El repertorio mínimo de platos a dominar pasa por:

El ?lete: No tiene ningún misterio. Se echa un poco de aceite y se hace por un lado. Cuando creas que ya está, le das la vuelta. No tengas miedo; si no se ha hecho bastante siempre puedes darle la vuelta, no corres ningún peligro. Lo sacas con unas pinzas y lo tiras sobre un plato. Discutiremos la guarnición más tarde. La tortilla: Su complejidad va un nivel más allá que el ?lete, pero si no se intenta no se consigue. Lo bueno de la tortilla es que siempre es comestible. No importa si se te hace mierda, siempre la podrás poner en un plato y llevártela a la boca. Y los huevos son parte importante de toda dieta que se precie. La pizza: Es sin duda la estrella de la cocina. Precalientas el horno si te sale de los cojones y luego la metes. Esperas unos minutos hasta que se caliente un poco, la sacas y al buche. Este plato conlleva sus riesgos, ya que si no estás al tanto puedes quedate sin cenar. Así pues quedamos en que es fácil pero que hay que controlar. Lleva queso, jamón y todo lo que quieras, así que te mantendrá en forma.

Pasta: Sencilla pero nutritiva, requiere sin embargo algunas dotes gastronómicas. Un poco de bacon y de natita y te quedarán de vicio, pero hasta solos (que te los comerás así alguna vez, que lo sepas) están buenos y llenan el buche. Difícil es que los hagas mal, pero un poco de práctica antes de salir del país te vendrá bien.

Como guarnición para semejantes manjares, existe una amplia gama de productos que harán nuestra cena más llevadera. Veamos la lista:

Patatas fritas: La hay de dos tipos, las naturales y las congeladas. De las naturales despídete, porque tienes cosas mejores que hacer que pelar patatas; y el problema de las congeladas es que ocupan mucho espacio en en congelador y no estamos para tirar cohetes. Bueno, casi mejor que te vas olvidando de las patatas. Total la buenas son las naturales. Las congeladas son todo aceite y seguro que te las darán en el comedor universitario, así que tampoco pierdes tanto. Que les den a las patatas... Puré de patatas: Esto sí que mola, el alimento del futuro. Si los astronautas lo toman tú no vas a ser menos. Sólo tienes que calentar un poco de agua y echar unos polvillos que vienen en un sobre. Hasta un mono sería capaz de hacerlo. Está para chuparse los dedos y anima la cena que no veas. Imprescindible en el carrito de la compra. Salchichas: Típicas salchichas de Frankfurt de toda la vida. Las venden en cualquier sitio y es difícil hacerlas mal. La puedes hacer hasta sin aceite y en el cazo del que acabas de sacar el puré de patatas. Ten en cuenta que hay que economizar recursos. Maíz: Lo venden en latitas. Lo tiras con las salchichas y que se caliente un poco. Eso es todo. Acompaña las tortillas y carnes que da gusto. Ten siempre a mano unas latitas de maíz. Y si no te gusta, pruébalo igual, tonto, que está muy bueno.

Entre los cereales de la mañana, la comida en el comedor universitario y tus cocinitas nocturnas, verás cómo no pierdes ni un solo kilo. Vas a llegar a tu casa sonrosado y lustroso cual cerdito atiborrado a bellotas. Tu madre va a estar contentísima.
Este Manual es cortesía del sitio Web: http://www.elsentidodelavida.net/manual-desupervivencia-del-estudiante-erasmus. Visítenlo para encontrar más información al respecto.