ENTRE LAS BESTIAS

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El calor se hacía presente cada minuto del día, día que se adentraban poco a poco dentro del cálido y árido verano, verano de cuyo comienzo somos conscientes cuando vemos en los noticiarios las trágicas cogidas que soportan entre unos y otros, aquellos que creen poder sin saber, demostrar su coraje y valentía delante de un morlaco. Y sin tener en cuenta que no sólo es cuestión de buevos sino de destreza y avidez, se valentonan colocándose frente a semejante masa de quinientos kilos dispuestos a comenzar una sin igual carrera de apenas unos minutos de distancia, pero que para algunos se puede convertir en el martirio más largo que jamás hayan podido presenciar. Acechaba la hora en la que el cántico a San Fermín retumbaba por las callejuelas pamplonicas, miles de voces al unísono alardeban de su miedo al pedir valor al Santo para arremeter la corrida de sus vidas. Mi voz apenas podía graznar por el miedo de ser golpeado, atropellado, pisoteado, y que ninguno de mis compañeros fuera capaz de ayudarme en caso de desvanecerme en el frío y húmedo asfalto, era mi primera vez, y quizás fuese la última. Un sudor frío recorría mi cuerpo, empapado, jadeando incluso antes de comenzar el martirio... no, yo no estaba hecho para esto... ya me habían hablado de estos días... no, no podía creer que ahora fuese yo quien corriera, ¿por qué habría de venir aquí? Casi sin esperarlo se abrieron las puertas, cientos de personas asomadas viendo cómo salían las bestias de su recinto a ritmo de caña golpeando sobre el lomo... gritos y embestidas corporales parecían ser los gestos más normales en esta plaza donde todo comienza y de la misma forma en la que acabará. Las moles asustadas comenzaron su particular salida ahuyentados por borrachos y mozos,... los primeros tropiezos llegaron en esa primera curva, en la que algunos golpearon sus kilos de masa sobre los muros de aquella vieja vivienda en la que asustadizos pseudovalientes se agolpan para conseguir un pequeño hueco de reja y alejarse del peligro... sería lo más cerca que jamás estarían de un toro. Tropecé con mi propia pierna y caí sin apenas poder remediarlo, hinqué mi boca sobre el suelo restregando y probando el sucio suelo pisado por miles de personas y bañado por los más extravagantes cócteles que aquella fiesta podía dejar. Dos de mis compañeros cayeron aplastándome por mi culpa, ávidos se incorporaron por miedo a sus cazadores, el peso me hirió en un tobillo, apenas podía moverme, pero venían hacia mi, en manada, los miré a los ojos y el miedo eliminó el dolor para sacar las fuerzas que jamás tuve de joven. Mi carrera había comenzado. Con la cabeza bien alta me levanté y procuré la coordinación de mis extremidades para no volverme

a tropezar, en continua lucha contra el resbaladizo suelo, y los seguidos palos y empujones que recibo de las gentes que corren a mi alrededor. Un nuevo giro sobre el firme donde ya se han resbalado varios compañeros, frenar sería perder terreno frente esas bestias, y desviar el camino se hace cada vez más imposible al no poder conjugarlo con mi equilibrio... fuerzas contrapuestas destinadas a elevarme al nivel del piso para encauzar una vez más mi masa frente a mi centro de gravedad, para visualizar al fin las puertas en las que acaba mi calvario. Sin huecos en las vallas donde saltar, sin lugares donde poder agarrarme y esperar que pase la marea, ni un mísero refugio donde apaciguar el pánico que me acosa desde hacía varios días... Exhausto percibo el sutil movimiento de los pañuelos rojos hondeando a nuestra entrada entre gritos y vitoreos. Como héroes de guerra sin batalla en desigualdad, el manso y la bestia, traspaso las puertas triunfante al haber arribado finalmente donde la corriente de mozos, corredores y demás incautos me arrastraba desde mis inicios. Y una vez ahí, en el centro del ruedo, sólo me queda agachar la cabeza y reconocer mi derrota frente a la humillación de masas entre capotes y recortadores, donde la furia y el odio tornan en serenidad y lucidez gracias al cansancio y al aturdimiento provocado por las caídas y palos con los que alardeaban de falso valor. Desnudo quedo avasallado por silbidos y gritos, rindo mi valor y mi orgullo ante tal muestra de gentes civilizadas. Sin nada más que yo mismo ante la masa de gente civilizada, despojado de mi valor y mi orgullo, avasallado por los gritos y los silbidos de todo aquel que entra en el ruedo, y humillado por aquellos que me han hecho morder el polvo, me postro sobre mis codillos rindiendo mis respetos ante quienes han demostrado ser más bestias que aquellos que venimos de este manso reino, con la única intención de encontrar el indulto para así intentar salvarme del fatídico final que me esperaba. Sin duda, la peor carrera de mi vida.