Poetas jóvenes salvadoreños

Miguel Huezo Mixco Vladimir Amaya ha reunido en un solo libro a 34 poetas nacidos a partir de 1980. Ninguno de los seleccionados pasa de los 30 años de edad. El libro se titula “Una madrugada del siglo XXI” y pretende ser la expresión de una nueva generación de poetas. De la lectura de este volumen concluyo que la estética literaria del último medio siglo sigue gozando de buena salud. Amaya, poeta él mismo, leyó la obra de sus contemporáneos que fue encontrando en libros y, sobre todo, en publicaciones electrónicas. Hizo la selección, el prólogo y las notas sobre cada uno de los incluidos. Como no encontró una editorial interesada, se decidió a publicar el libro con sus propios recursos. Habrá quienes no estén de acuerdo con la lista (un poco extensa), el tamaño de la muestra de cada uno de los seleccionados y la calidad de los versos incluidos, o hasta con el contenido de su prólogo. Pero el libro es, sin duda, una campanada. Amaya sostiene que a comienzos del siglo XXI en El Salvador apareció una “generación precoz” de poetas, en un contexto muy diferente al que se vivió durante la mayor parte del siglo pasado, pues el fin de la guerra civil permitió el disfrute de libertades públicas, lo que a su vez propició una explosión de grupos y talleres literarios. Para Amaya, esta generación ha roto el "círculo vicioso" de sus predecesores,

profundizado en lo erótico y lo social, con un sesgo hacia el romanticismo. Aunque, dice, la atmósfera de violencia que vive el país también ha impactado la sensibilidad de estos nuevos poetas. “Esta generación abre de nuevo la esperanza, trae consigo un panorama alentador, y en este país eso ya es mucho”, concluye. Al igual que todas las generaciones o grupos que le antecedieron, esta generación XXI surge con una convicción de renovación y originalidad. Aceptemos humildemente, sin embargo, que no hay nada nuevo bajo el sol. Como suele decirse, todo hablante (o escritor) está en deuda con su entorno y su historia. Esto configura un canon de modelos (nacionales y extranjeros) del cual no es fácil despegarse sin arrancarse un poco la piel. El Salvador no es la excepción. Como la pobreza y la exclusión, las manías literarias también pasan de generación en generación. Veamos unos pocos ejemplos. Cuando Tomás Andreu (uno de los incluidos), dice: “escribí incólume el nombre de mi país/ con la tinta de mis heces”, estos versos parecen sacado del entorno del poeta Mauricio Marquina (1945). Como también “Mi rosa”, un soneto de Alberto López Serrano, podría provenir del jardín de nuestro recordado Rolando Elías (1940), el “poeta de la rosa”. Cuando Amaya anota la vena “nerudiana” de Efraín Caravantes, no hace sino repetir un dilema (nerudianos versus vallejianos) que sigue siendo causa de debate en tertulias de adultos mayores. De igual manera, pretérita es su polémica con nuestro “paisano inevitable”, Roque Dalton. Sentencia: “En esta generación, Roque está y no está”… (Como en la mía, si acaso la tuve, agrego en voz baja). Nada de lo dicho, desde luego, debe desanimar a nadie para intentar romper con nuestras maldiciones heredadas. En el libro hay suficiente talento visible como para enfrentar ese desafío. Con esto, además de celebrar la irrupción de esta generación XXI, solo quiero decir --si se me permite el lirismo-- que el alba, siendo la misma, siempre es nueva. Publicado en La Prensa Gráfica, 1 de abril de 2010 Imagen: Arthur Rimbaud

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