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Son siete relatos breves cuyo argumento extrae el autor de su particular
experiencia como miembro de la Patrulla Pesquera de California, narrando y
relatando el trabajo de los patrulleros en la Bahía de San Francisco durante los
primeros años del siglo XX en contra de los pescadores furtivos, sus
persecuciones, cómo se escondían, cómo eran cazados, y las penurias y dureza
de aquellos tiempos en alta mar.

Se considera una serie de relatos muy biográfica, pues narra mucho de lo que
aconteció al propio Jack London, aunque introduce mucho del género
aventurero para no crear un monólogo aburrido de anécdotas solo, sino toda
una epopeya de aventuras, interconectando varios relatos con un lazo común:
la furia desatada del mar y cómo allí también hay delincuencia y patrulleros
que lo dan todo por sus trabajos respectivos.

Jack London
Cuentos de la Patrulla Pesquera

ePub r1.2

Titivillus 14.01.17

2 .Título original: Tales of the Fish Patrol Jack London. 1905 Traducción: Eva Mintenig Ilustraciones: George Varian Retoque de cubierta: JeSsE Editor digital: Titivillus ePub base r1.

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En estos sitios. ya que entonces yo pertenecía a la famosa patrulla. esta clase de pesca no tendría nada de reprensible. las que acaban de nacer y que ni tan siquiera miden un centímetro de largo. El papel de los patrulleros consiste en impedir esta destrucción inútil. A los dieciséis años. están infestadas por la peste que producen los desechos de la pesca. . no pueden escapar. donde hay pueblos enteros de pescadores de gambas. cogidos en delito flagrante. la red es tan apretada que las gambas más pequeñas. Las gambas viven en grandes colonias y se arrastran sobre los bancos de fango. Para proteger a la fauna marina contra una población flotante tan abigarrada se han promulgado unas leyes llenas de sabiduría. En sí misma. por lo que su superficie se ve continuamente cruzada por toda clase de barcos de pesca pilotados por toda clase de pescadores. La vida de los patrulleros no carece ciertamente de emociones: muchos de ellos han encontrado la muerte en el cumplimiento de su deber. un balandro de la Comisión de Pesca. y una Patrulla Pesquera vela por su cumplimiento. los chinos sumergen grandes buitrones: las gambas son atrapadas para ser seguidamente transferidas a la marmita. Sus aguas contienen toda clase de peces. BLANCO Y AMARILLO La bahía de San Francisco es tan vasta que a menudo sus tempestades se revelan más desastrosas para los grandes navíos que las que desencadena el propio océano. han caído bajo las balas de los defensores de la ley. Las magníficas playas de los cabos San Pablo y San Pedro. 1. Los pescadores chinos de gambas se encuentran entre los más intrépidos de estos delincuentes. dan media vuelta para volver al agua salada. si no fuera por la finura de las mallas de las redes empleadas. cuando el agua se extiende y se retira con cada marea. y un número más considerable todavía de pescadores. Cuando se encuentran con el agua dulce en la desembocadura de un río. yo ya era un buen marino y navegaba por toda la bahía de San Francisco a bordo del «Reindeer».

El agua continuaba entrando. los chinos dormían en el fondo de sus embarcaciones. Puse al «Reindeer» de la otra amura y corrí a sotavento de un junco. trazamos en seguida un plan de batalla. Después de un trabajo agotador entre los pescadores griegos de la parte superior de la bahía. esperamos al crepúsculo antes de ponernos en ruta. Alegremente. todo había sucedido muy silenciosamente. en efecto. disminuí la velocidad y conseguí deslizarme bajo la popa del junco. sin hacer ningún progreso. Nosotros haremos lo mismo y nada nos impedirá coger por lo menos seis juncos a la vez. se había abierto una vía a bordo del «Reindeer». y. Cuando los primeros resplandores del alba palidecían en Oriente. me dejé llevar. donde demasiado a menudo el destello de un puñal resplandecía al comienzo de una trifulca. Después del café. atravesamos oblicuamente la bahía hacia el cabo San Pedro. Debimos igualmente entregarnos a la ingrata tarea de achicar el agua de nuestro barco. oculté la vela mayor. espesa por encima del agua. la vela mayor se hinchó y me dirigí hacia un segundo junco. pero del primer junco . y ciñendo estrechamente el viento de tierra. Los dos barcos navegaron juntos hasta que el sol apareció en el horizonte dispersando la bruma: la flotilla de pescadores de gambas se desplegaba en forma de media luna. Pronto adivinamos lo que se preparaba. Cada junco estaba amarrado a la boya de una red para gambas. En espera de que hubiera mar plana para sacar del agua las redes llenas de peces. nos impedía ver cualquier cosa. cuyas puntas distaban cinco kilómetros una de otra. en dos barcos. tres de nuestros hombres subieron a la otra embarcación. —Que cada uno de tus dos hombres ataque uno de los juncos —me susurró Le Grant desde el otro barco—. y sólo nos quedamos dos en el «Reindeer». Al acercarme. y donde los contraventores de la ley no se dejan arrastrar más que con el revólver bajo la nariz. Éramos seis. Después. La bruma matinal. Nos separamos. tuvimos que doblar la guardia en la cabina y continuamos echándola por la borda. tan lentamente y tan cerca que uno de mis hombres saltó a bordo. Pero nada se movía y no se distinguía ningún signo de vida. una barca para la pesca del salmón. Hasta aquí. pero pasamos la mitad de la noche desplazando lastre y explorando las juntas. acogimos con gozo la orden de dirigimos un poco más hacia el sur para dar caza a los pescadores chinos de gambas. emprendimos de nuevo nuestro viaje. con el fin de no despertar ninguna sospecha. Tú mismo salta sobre un tercero. pero nos calentábamos tomando café hirviendo. Aún ahora no me explico cómo se había producido. Lanzamos el ancla al abrigo de un promontorio conocido bajo el nombre de cabo Pinole.

Un chino gordo de aspecto terrible. En aquel momento. armado con un hacha. cortó la amarra. los pescadores apenas empezaban a aparecer sobre el puente. Dirigí el «Reindeer» hacia aquella embarcación. Parecido a una mano gigante.capturado por el barco de mis compañeros surgió una gresca: gritos agudos en lengua oriental. toda la flotilla estaba en movimiento. Orcé rápidamente. Al punto se oyó un grito de los que te hielan la sangre. Haciendo una pausa suficientemente larga para dejar caer el . Están avisando a sus camaradas —me dijo Georges. Además de las velas. inclinados sobre los remos. los chinos habían sacado largos remos y toda la bahía estaba surcada en todos los sentidos por juncos que huían. donde la ventaja estaba de mi parte. tiré progresivamente de la escota de la vela mayor intentando conservar la mayor potencia posible. —La mecha se ha encendido. y muy pronto nos llegó el sonido de una caracola marina. se dejó ir bruscamente. Los puentes hormigueaban de chinos medio desnudos y apenas despiertos. tratando febrilmente de capturar un tercer junco. salmodiaban en cadencia un ritmo salvaje. Pero a nuestra izquierda. y empecé a concebir cierto respeto por aquel esquife privado de gracia. Entraba a barlovento con algo más de medio cuarto que el «Reindeer». Nos encontrábamos ahora en el centro de la flotilla y la noticia de nuestra presencia se había propagado a una velocidad increíble. tiré de la escota de la vela mayor y me dirigí rápidamente hacia los juncos que estaban a sotavento. ya que izó a fondo sus velas y avanzó con el viento de manera sorprendente. El primero que intenté atrapar se me escapó sin ningún esfuerzo. Comprendiendo la inutilidad de la persecución. Empujando todo el timón hacia el viento y manteniéndolo en esta posición con mi cuerpo. mientras los mongoles. clavó un largo bichero en la proa del «Reindeer» y se dispuso a separar las dos embarcaciones. Los gritos de alarma y los alaridos de cólera flotaban sobre el agua tranquila. y después corrió a ayudar a los hombres de su tripulación a izar su extraordinaria vela de tercio. Pero no me cogieron desprevenido. en otro junco. con la cabeza envuelta en un pañuelo de seda amarillo y la cara picada de viruela. y cuando yo borneaba ampliamente para hacer un abordaje esmerado. el capitán de un junco. A partir de entonces me quedé solo a bordo del «Reindeer». A nuestra derecha. el viento infló sus velas y partió decididamente. lo dejé ir. el bauprés del «Reindeer» alcanzó el puente por debajo y barrió el mástil achaparrado y la vela desproporcionada del junco. lo bastante lentamente como para permitirle a Georges saltar a bordo. Los dos remos de estribor del junco toparon con estrépito. el otro patrullero que se encontraba a mi lado en la caseta del timón. El que había escogido flotaba de manera indecisa ante mí. un tiro y nuevos aullidos.

y vaciló. Le ordené que tirara el ancla en la popa del junco. metí la mano en el bolsillo de mi pantalón. —¡Que cuatro de vosotros suban a mi barco! —ordené en voz alta. me fui yo mismo a la parte delantera del barco y tiré el ancla. con aire amenazador. Adivinando. la inutilidad de toda discusión. En modo alguno estaba armado.foque. pero los chinos han aprendido a desconfiar de los bolsillos de los americanos. como a su feroz tripulación. salté sobre el junco con un trozo de cuerda y lo amarré sólidamente. y por más que les explicase claramente por signos lo que deseaba. en el momento en que el «Reindeer» se separaba y empezaba a retroceder. El hombre de rostro picado y de pañuelo de seda amarillo avanzó hacia mí. … metí la mano en el bolsillo de mi pantalón… Los demás hombres de la tripulación respondieron en los mismos términos. se obstinaron en no comprender. y yo ya contaba con esto para mantenerlo a distancia. a lo que respondió: —No comprender. indicando con .

les hubiera sido muy difícil restablecer el orden. coge cuatro. La mar ya estaba plana. Habiéndose producido el intercambio. El hombre del pañuelo amarillo titubeó. y como el reflujo comenzaba. y que el quinto debía permanecer en el junco. que se habían refugiado en la cabina y sobre el techo de la misma. pero yo repetí la orden en tono amenazador (exagerando mi cólera) y al mismo tiempo me llevé la mano al bolsillo. En un momento dado. comunicaba con la bahía por un largo canal fangoso. Georges poseía un revólver que podía sernos útil si las cosas se complicaban. donde debíamos poner a nuestros prisioneros en manos de las autoridades. Por su parte. tortuoso y cenagoso. había que darse prisa si no queríamos esperar medio día hasta la siguiente marea. debido a que el barco era muy pequeño y los patrulleros se encontraban revueltos entre sus prisioneros y. el barco de nuestros colegas había recogido a sus doce prisioneros. y dejando el foque abatido. la brisa de tierra se había debilitado y no nos llegaba sino lentamente. De esta manera la tarea resultaba más fácil. Aquí estamos apretados como sardinas. De nuevo. cuando me inclinaba sobre el barandal de la caseta . Yo miraba a mis prisioneros. y vino a situarse a nuestro lado con su pesada carga. cerca de las puertas de la cabina. Largué las velas rápidamente. —Es absolutamente necesario que nos ayudes —me dijo Le Grant. aparte de que éramos dos. con aire sombrío. y si llegara a producirse una pelea. y Bill vendrá aquí —sugirió el otro (Bill era el tercer hombre de la patrulla)—. cuatro de los chinos fueron llevados a mi balandro y sólo uno permaneció en el junco. otros cuatro chinos se sumaron a nuestra lista de pasajeros. Instalé el foque y puse al «Reindeer» en la misma dirección. condujo a tres de sus hombres a mi barco. El salmonero sacó sus remos y pronto nos dejó atrás. ya es demasiado un blanco contra dos amarillos. en caso de rebelión. —Puedo tomar tres —le respondí. Algunos de mis chinos permanecían en la parte anterior de la caseta del timón. Le Grant izó la tarquina y dirigió su barco hacia el sur de la bahía a través de las marismas de San Rafael. —Vamos. Como acababa de hacer con la tripulación del junco atrapado por mí. el hombre del pañuelo de seda pareció intimidado y.mis dedos que cuatro de ellos debían seguirme. navegable solamente con marea alta. emprendí la carrera hacia el junco de Georges. Del tercer junco. Con la salida del sol. San Rafael. Su situación era peor que la nuestra.

Georges era un verdadero marinero de agua dulce. Entretanto el agua subía de nivel y era necesario tomar una decisión a cualquier precio. Pocas veces he encontrado un tipo tan incapaz como aquel Georges. Ordené de nuevo a los pescadores de gambas que nos ayudaran a vaciar el agua. se deslizaba entre los demás prisioneros y les cuchicheaba con un aire muy serio.del timón. pero por el rabillo del ojo constaté que el hombre del pañuelo amarillo acababa de descubrir el vacío de aquel bolsillo que hasta entonces lo había mantenido a raya. mientras discutían mi orden entre ellos en su propia lengua. se mostraba más arrogante. y yo sabía que si trataba de achicar el agua corría el riesgo de sufrir una hemorragia. por lo que se trataba sin duda de un vendaval. otros treparon al techo. El viento soplaba directamente del cabo San Pedro y de las altas montañas que se levantaban detrás del mismo. para ceñir el foque desinflado. Durante todo el tiempo que había durado el abordaje de los juncos. la brisa inflando por momentos la vela y en otros sacudiéndola perezosamente. contenían algo de amenaza. no «comprendían». la vela mayor se infló dando una sacudida y el «Reindeer» se inclinó. Desde que el hombre del pañuelo de seda se había dado cuenta de que el bolsillo de mi pantalón estaba vacío. y ahora ésta invadía el suelo de la caseta del timón. les ordené poner manos a la obra. El viento de la mañana se anunciaba. Hice ver que no me daba cuenta. También hay que decir que estaba bastante incapacitado. pero apenas había empezado cuando la botavara se balanceó sobre mi cabeza. Pero estallaron en risas. —Sí. Sus burlas no auguraban nada bueno. Levanté tres o cuatro planchas. y tuve que abandonar mi cubo para ocuparme del timón. cogí un par de cubos pequeños de un armario. o al menos así me lo hicieron saber por medio de cabeceos. dentro de poco nos hundiremos todos. noté que alguien se frotaba contra mi bolsillo. Se reían con aire desafiante. y a través del lenguaje infalible de los signos. una maldad que se reflejaba en sus miradas sombrías. algunos entraron en la cabina. ¿Comprendido? No. Reprimiendo mi despecho. y los que se encontraban en la cabina con el agua hasta las rodillas mezclaban sus risas burlonas con las de sus compañeros encaramados en el techo. si no os dais prisa en achicar este agua. habíamos dejado de vaciar el agua del «Reindeer». bajé hasta la caseta del timón y me puse a achicar. Los pescadores de gambas me mostraban el agua y me miraban con aire interrogante. . ya que estaba enfermo del pecho.

El hombre del pañuelo amarillo se acercó a mí y. Entonces vi brillar sus ojos con esperanza. Si quieres salvar el pellejo. y a nosotros con él. a cambio sacarían el agua del barco. Los de la cabina abrieron el armario de las provisiones. —Si escapan a nuestro control. Los chinos veían tan bien como yo su falta de autoridad. y su insolencia se hacía cada vez más insoportable. Más que a los chinos y al agua. Sin embargo. No quiero dejarme ahogar por un puñado de sucios chinos. me negué. se pusieron a correr de un lado para otro de tal modo. Entre los chinos amenazantes y el agua que nos invadía. Los prisioneros. yo temía a Georges y a las decisiones que podía adoptar bajo la influencia del miedo. —¡Nos hundiremos o nos salvaremos juntos! —le dije—. —Y yo no cederé ante un «puñado de sucios chinos» —repliqué vigorosamente. No replicó. Yo pataleaba de cólera. Georges no conseguía ocultar su despecho. Pero él movía la cabeza y no hacía más que evidenciar su espanto. presagio de una fuerte brisa. En aquellos momentos ésta llegaba ya a las literas de la cabina y las mantas estaban empapadas. pásame tu revólver. El agua continuaba subiendo y las rachas de viento. —Si no te muestras más enérgico. Dame ese revólver y yo . por lo que durante la siguiente calma icé a bordo la pequeña embarcación. —¿Y qué puede importarnos eso? —me dijo Georges con voz doliente. el miedo le paralizaba. —En este caso —gimió—. pero le vi temblar de una manera lastimosa. ¿De qué te servirá? —Cada uno tiene su opinión. los que estaban sobre el techo bajaron para unirse a ellos y entregarse a una comilona a costa de nuestras galletas y latas de conserva. —Lo mejor sería dejarlos en tierra —murmuró tímidamente—. —Sería mejor que sacases tu revólver para obligarles a achicar —le advertí a Georges. Lanzaba desesperadas miradas hacia el minúsculo bote amarrado en la parte posterior. vas a hundir el «Reindeer». pero antes de que adivinara mi intención. desfondé el casco con un hachazo y el agua inundó el bote hasta la borda. que al cabo de un instante el «Reindeer» se balanceaba como la cáscara de una nuez. Lo mejor sería obligarlos a obedecer en seguida. señalándome con el dedo su pueblo sobre el arenal de San Pedro. habiendo devorado nuestras provisiones de una semana. se abalanzarán sobre nosotros y nos arrojarán por la borda —le hice ver—. será demasiado tarde para contenerlos. aumentaban su violencia. me hizo comprender que si ponía rumbo a esa dirección y los conducía a tierra.

le di la espalda. disimulado por un pequeño archipiélago llamado las islas Marinas. Movió la cabeza. —No poder. Yo poder hablar-hablar muy bueno. Tras la amable sonrisa que arbolaba se escondían oscuras intenciones. se hubiera hundido infaliblemente. ya hablaremos. —No soy de tu opinión —respondí brevemente. Esbozó una débil sonrisa. Pues va. Creo… humm… —¡Atrás! —exclamé. —Son demasiados —se lamentó—. autoritario. —Ahora. (En ese momento. en efecto. Muy malos chinos. Yo chino honrado. Al ruido de nuestro altercado. el agua de la cabina chapoteando entre sus piernas. ¿Por qué hablar-hablar? No sabes inglés. esperar ninguna ayuda por aquel lado. Tú saber hablar-hablar. —Creo que harías bien en ganar la orilla —me dijo Georges de repente. —Mantente a esa distancia y no te acerques. los chinos salieron de la cabina. muy malos. —Sí. El tono de su voz indicaba que su miedo le decidía a actuar. Le ordené retroceder en un tono tan perentorio que obedeció inmediatamente. ¿vas a volver a tierra? . «Pañuelo Amarillo» vino hacia mí con descaro. venía de tierra y apenas rizaba la superficie de la bahía. de que la mano de mi hombre había desaparecido bajo su blusa y que su cuerpo se tensaba para saltar. Hacía ya rato que habíamos perdido de vista el salmonero. yo sabía que había comprendido lo que había ocurrido entre Georges y yo)—. El «Reindeer» continuaba hundiéndose y sus movimientos eran cada vez más desordenados. —Mi misión es conducir a estos prisioneros a San Rafael —repliqué. cuando soplaba. pero el viento. ¿Qué podemos contra una banda como ésta? Descorazonado. —Hablar-hablar —repetí en tono amargo. Desconcertado. señalando con el dedo a sus compañeros por encima del hombro. Con un fuerte oleaje. no podíamos. yo mucho saber hablar. pues. La expresión de su cara no me decía nada bueno. a juzgar por el parloteo resultante. saca el agua mucho- mucho. Acababa de darme cuenta. volvió a la cabina a parlamentar con sus camaradas.me encargo de hacer vaciar el «Reindeer» en un abrir y cerrar de ojos. —Bueno —respondí—. —¡Te lo ordeno! —exclamó. —¿Por qué? —preguntó. Después. indignado—.

seguido de su banda. No tardé en calibrar toda la diferencia que existe entre el hecho de abatir a unos hombres que atacan. la defectuosa explicación que debería dar a Le Grant y a los demás patrulleros. arrancándole así el arma de la mano y haciéndole perder el equilibrio. Pasaron quince minutos. La situación. Un instante después. Se desplomó contra las rodillas de «Pañuelo Amarillo». saboreando ya su triunfo. impasibles. y los dos hombres rodaron por el agujero del suelo de cabina habilitado por mí para poder achicar el agua. estos individuos permanecían sentados. Un raudal de luz iluminó mi cerebro. Era la buena brisa que desde hacía tanto rato esperaba. se precisaba netamente ante mí: la humillación de dejar escapar a los prisioneros. el agua haría zozobrar el barco. Entonces les señalé con el dedo la vela y el agua que había a bordo. Pero a la altura del cabo San Pedro. Georges se atrevía a hablarme así. en sus mínimos detalles. que cayó de cabeza por encima suyo. e incluso bajo la amenaza del revólver. y oponían una fuerza de inercia increíble. apunté con el revólver a aquellos salvajes pescadores de gambas. por medio de signos les hice comprender que cuando el viento hinchase la vela. por cobardía. No era momento para titubeos. divisé una línea oscura encima del agua que se acercaba a nosotros. Pegué un salto. El «Reindeer» se hundía cada vez más. Levanté la mano y agaché la cabeza. La acogieron con gritos de alegría. . y el segundo poner mi cabeza a salvo de la bala que fue a silbar detrás de mí. Una de mis manos se crispó sobre el puño de Georges mientras la otra agarraba el arma. no había utilizado para hacer obedecer a los chinos. «Pañuelo Amarillo». Con toda mi energía. empujé a Georges hacia delante y me eché hacia atrás prontamente. y la vela mayor ondeaba en la calma. Se la enseñé a los chinos. El primer gesto tuvo por efecto desviar el cañón del revólver. Por el rabillo del ojo. y el de disparar sobre unos prisioneros culpables tan sólo de desobediencia. en la cabina inundada o sobre el techo. Aquello no iba a quedar así. no habían querido oír nada. Cuando les había pedido que vaciaran el agua del agujero. la inutilidad de mis esfuerzos y el vergonzoso fracaso en el momento en que iba a conseguir la victoria. veía a los chinos reunidos en la puerta de la cabina. se abalanzó hacia mí. y apuntaba hacia mí el cañón de su revólver… del revólver que. que retrocedieron asustados.

seguida de las portillas de la camareta. soportaría por más tiempo la amenaza de una muerte inminente y cedería primero. evitar la catástrofe. emprendimos rápidamente la marcha sobre nuestra aleta. el «Reindeer» se inclinaba aún más. llevado por la brisa. Pude así manipular la escota con una mano. otras veces hacia mí con un temor que ahora eran incapaces de disimular. Todo espíritu de revuelta había muerto en los chinos. los que estaban debajo corrieron un serio peligro de asfixiarse.Pero me respondieron con una risa burlona desafiante. Otra racha de viento y adiós a mi balandro. una vez más. Mientras que. Al mismo tiempo las olas se estrellaron por encima del barandal de la caseta del timón. me preguntaba a mí mismo si iba a ceder o no. Sólo entonces. se habían vuelto tan obedientes que antes de llegar a San Rafael se ocupaban del remolque. y con la otra sostener el revólver. los hombres. dejándola flamear. orcé y aflojé la escota de la vela mayor. si ellos o yo. El «Reindeer» se enderezó muy lentamente y cuando hubo recuperado el equilibrio estaba tan hundido en el agua que dudé de poderlo salvar. atravesamos por los pelos los bancos de fango y penetramos en el estrecho canal. y no antes. Contrariamente. La inclinación continuó acentuándose y una parte del puente. Nunca una melodía tan dulce había llegado a mis oídos. se levantó orgulloso sobre la superficie de la bahía. manteniendo mi barco. Los chinos se precipitaron dentro de la caseta del timón y se pusieron a achicar con cubos. la botavara se enderezó. El viento se abatió sobre nosotros. con «Pañuelo . Y cuando el «Reindeer». de largar la escota de la vela mayor y. Mi inteligencia y mi fuerza de voluntad entraban en conflicto con las suyas: faltaba saber quién. la enrollé a la cornamusa con una vuelta y. se sumergieron a su vez. cacé la escota uno o dos pies. Qué magnífico espectáculo: el agua volaba por encima de la borda. La vela mayor se puso tiesa con un brusco rechinamiento de los motones. Dentro de la cabina. luego la vela se hinchó y el «Reindeer» hasta tal punto se inclinó que la borda no tardó en sumergirse en el agua. La línea oscura se acercaba cada vez más y los chinos dirigían sus miradas unas veces hacia esa dirección. ollas y todo lo que caía en sus manos. potes. los chinos imploraron piedad. ya que sabían que no dejaría de orzar. Entre tanto yo ya había tomado mi decisión. sostuve el timón con la espalda. rodaron hacia un lado en un revoltijo inexplicable. Habiendo aumentado ligeramente la brisa. Hubo un momento en que creí que zozobraba. arrojados violentamente los unos contra los otros. apoyándome sobre los pies.

un trabajo de chupatintas en San Francisco se adaptaba mejor a sus gustos. éste fue su último viaje con la patrulla de pesca. Nosotros compartimos plenamente su opinión. Esta clase de deporte no le entusiasmaba. explicó. . En cuanto a Georges.Amarillo» dando el ejemplo.

nadie violaba las reglas de la pesca de manera tan sistemática y desvergonzada como Alec el Fuerte. Carmintel le conocía: se estrecharon la mano como personas que se habían visto anteriormente. y que dos hombres que esperaban volver a tierra con su cadáver habían perecido en el mar. después de varios fracasos. un número incalculable de anécdotas sobre su extraordinaria fuerza circulaban entre los pescadores. Le llamaban Alec el Fuerte a causa de su gran anchura de pecho. él defendía sus derechos. los tres nos encontrábamos a bordo del «Reindeer» y nos estábamos preparando para hacer una ronda de inspección cuando Alec el Fuerte saltó sobre el puente. ninguno lo había conseguido. había renunciado a ello. de todos los que habían intentado capturarle. Era prodigiosamente musculoso y sólido como el acero. y contaba a todo aquel que quisiera escucharle que. En aquella época. nada más llegar nos hizo una visita. Como tal. desde que me enteré de que el rey de los griegos iba a llegar a Benicia. los arrancaba de las garras de la ley cuando por desgracia les pillaban en falta y. —He venido aquí para pescar el esturión durante uno o dos meses —le anunció a . 2. En otro tiempo. Alec el Fuerte no nos prestó ninguna atención ni a Charley ni a mí. Charley Le Grant y yo trabajábamos a las órdenes de un tal Carmintel. A todas luces. la patrulla había intentado arrestarle y. EL REY DE LOS GRIEGOS Alec el Fuerte nunca se había dejado coger por la patrulla de la pesca. en los momentos de peligro. se pusieron bajo su protección y le obedecieron como a un jefe. Sin embargo. La población de pescadores. Con su audacia habitual. por eso. Tan audaz y dominante era como robusto su cuerpo. y la anchura de sus hombros y la profundidad de su pecho eran por el estilo. les enseñaba a unirse en la lucha. No tuve que buscarle por mucho tiempo. los amparaba con su influencia. compuesta en su mayoría por griegos. Se vanagloriaba de que no le cogeríamos vivo. Medía seis pies y tres pulgadas de alto. también se le conocía por otro nombre: El rey de los griegos. deseé ardientemente verlo.

—Entendido. Los hombres tenían por misión capturarlo vivo preferiblemente. Charley me miró significativamente. llamada también «house-boat». ya que tuvo que procurarse los servicios de los mejores abogados. —Él mismo se entregó y el juicio tuvo lugar —respondió Charley. me contó el relato auténtico de una expedición dirigida contra la casa flotante de Alec el Fuerte. Al cabo de media jornada de lucha. los patrulleros se retiraron con sus embarcaciones en un lamentable estado. bajamos al bote y nos fuimos al muelle del viejo vapor. Los Estados Unidos son lo suficientemente fuertes como para hacer comparecer a este hombre ante la justicia. Dejándolos en su reunión. pues decían que había sostenido más de una batalla y que su casco estaba acribillado por los agujeros dejados por las balas. Sus ojos brillaban desafiantes. Para consolarme. la barca permaneció escondida entre los altos juncos de Suisun durante meses. pero yo me olía algo turbio en aquel asunto. le es tan necesario a los pescadores de la bahía superior como lo son sus redes y sus botes. Todos nos moríamos de ganas de ver de cerca el arca de Alec el Fuerte. A Alec el Fuerte le costó cincuenta mil dólares ser absuelto.Carmintel. Charley se echó a reír ante mi desengaño. por lo que no comprendí lo que Charley había querido decirme. Todos los pescadores griegos de la bahía contribuyeron con su dinero. Alec —dijo Carmintel en voz baja—. Al día siguiente por la mañana volvieron con refuerzos. muerto si era necesario. Vimos en efecto los agujeros (taponados con clavijas de madera pintadas). que se parece bastante al arca de Noé. Un arca es una pequeña gabarra de fondo plano habilitada como vivienda. Alec el . no conocía muy bien a los hombres ni los procedimientos que algunos utilizaban entre ellos. donde estaba amarrada el arca de Alec el Fuerte. y vimos que nuestro jefe bajaba los suyos bajo la mirada arrogante del visitante. y no encontraron más que los postes de amarre del arca de Alec el Fuerte. que lo sacaron de allí gracias a sus hábiles tácticas. Entra en la cabina y lo hablaremos más detenidamente —añadió. —¿Por qué no lo han colgado por asesinato? —pregunté—. Te dejaré tranquilo. llevando consigo un muerto y tres heridos. Demasiado joven aún en aquella época. Este tipo de barco. pero no eran tan numerosos como me figuraba. No me dio ninguna explicación. Cuando hubieron cerrado la puerta de la cabina detrás suyo.

Y no es menos cierto que Alec el Fuerte es un monarca en el seno de una nación. Por un simple sistema de flotadores. entre el flujo y el reflujo de las mareas. Por tanto. se colocan miles de anzuelos. Dentro y fuera de esta cala. las leyes que rigen la pesca llaman «trampa» a este instrumento y. la corriente de la marea circulaba como el agua en el saetín de un molino y era imposible. y dijo con voz enigmática: —Ya veremos qué pasa. Charley se encogió de hombros. y los anzuelos dispuestos en ángulos diferentes retienen al desdichado pez hasta que le llega la muerte. El esturión pertenece a esta categoría. Rebusca en la tierra como un cerdo. Estábamos seguros por adelantado de que Alec el Fuerte pensaba tender uno de estos sedales chinos ante las mismísimas narices de los representantes de la ley. pega un brinco de sorpresa y entra en contacto con otra media docena de anzuelos. constituyen un formidable obstáculo para el pez que avanza por bandadas en el fondo del mar. levantar. lo dedujo de sus impuestos. Los anzuelos se colocan a pocas pulgadas el uno del otro y cuando varios miles de estos artilugios están suspendidos como una franja sobre una longitud de cuatrocientos a quinientos metros. con su propio reino y sus propios súbditos. . cada uno en un sedal especial. salvo en caso de mar plana. deslizar o poner un sedal chino en este lugar. y por esta misma razón se le denomina «cerdo de mar». —¿Qué piensas hacer a propósito de la pesca del esturión? Seguramente empleará un «sedal chino». hijo mío. en vez de estar provisto de una lengüeta. es afilado y termina en una punta aguda como la de una aguja. Un «sedal chino» es un artefacto muy ingenioso inventado por los ciudadanos que le dan nombre. como su uso conduce al exterminio del esturión. pesas y anclas. está prohibido. Sabíamos que esta cala era un sitio donde abundaba el esturión: por eso no dudamos ni un instante de que el rey de los griegos iba a emprender su tarea. Cogido por el primer anzuelo. Remolcó su arca a lo largo del muelle de Solano hasta la cala del Astillero de Construcciones Navales Turner. Entonces se debate tan violentamente que por todos lados las puntas de aguja penetran en su tierna carne. —Los Estados Unidos son todopoderosos. Durante unos cuantos días.Fuerte. Charley y yo vigilamos las idas y venidas de Alec el Fuerte. Lo más destacable de esta clase de sedal es que el anzuelo. como si de un rey se tratase. Al no poder ningún esturión escapar al sedal chino. a una distancia variable de seis pulgadas y a una profundidad de un pie por debajo del mar.

—No lo dudo —dije con voz entusiasta. —Alec el Fuerte ha puesto un sedal chino en la cala que hay más allá de los Astilleros Turner —le anunció a mediodía Charley Le Grant a Carmintel. El mar estaba en calma.Charley o yo nos apostábamos en el muelle Solano para vigilar la bahía. —Entonces. y antes de que el bote volviera de nuevo a la orilla. Conteniendo su ira. Si tan sólo pudiéramos acercarnos a él. Estábamos sobre el salmonero. Dos hombres la manejaban y. a pesar de todo. a pesar de Carmintel. el barco que. perfecto —dijo Charley brillándole los ojos de decisión—. pequeño? —me preguntó más avanzada la tarde. había visto lo suficiente como para afirmar que el rey de los griegos acababa de poner su sedal. de pasar a lo largo de su bordo. sedales y pescado. Al cuarto día. lo conseguiremos. Es absolutamente necesario que entre tú y yo pesquemos a Alec el Fuerte. donde podía vernos llegar y prepararnos una de las cálidas recepciones que constituían su especialidad. luego respondió de forma evasiva y ahí quedó todo. Para acusar a un hombre de faltar a las leyes de pesca había que sorprenderlo en delito flagrante y con las pruebas en la mano: anzuelos. estaba echado al sol detrás del cerco del muelle cuando vi a lo lejos un bote ligero que se alejaba de la orilla y avanzaba hasta el medio de la cala. pues de acuerdo —dijo estrechándome la mano. Dicho de otra manera. las posibilidades serán las mismas para él que para nosotros. —¿Tienes agallas. Una expresión de fastidio pasó por los rasgos del jefe. —Bueno. —Imposible sorprenderlo —dijo Charley una mañana—. teníamos que capturar a Alec el Fuerte en mar abierto. Después de esto nos fuimos a dormir. Charley se mordió el labio y dio media vuelta. y cuando dimos la . ¿Puedo contar contigo? No va a ser fácil —añadió tras una pausa— pero a pesar de todo. con un poco de valor. Mi garganta se contrajo y no pude responder más que con un movimiento de cabeza. había dado caza a los pescadores de gambas. Me llevé rápidamente los prismáticos a los ojos y seguí todos los movimientos de la embarcación. vi que uno de ellos era Alec el Fuerte. en compañía del «Reindeer». Probemos. aunque se encontraba aproximadamente a una milla de distancia. La tarea que nos habíamos asignado presentaba diversas dificultades. en el momento en que acabábamos de lavar los puentes del «Reindeer» y nos preparábamos para bajar a acostamos.

Ese tipo es peligroso y no sacaríamos nada con molestarle. vosotros. seguidamente. Era una piedra echada sobre el tejado de Carmintel y. Nos encontrábamos a quinientos metros de él cuando el gordo pescador nos gritó: —Eh. Charley masculló entre dientes: —Volvamos. ¿qué queréis? —Sigue adelante —me dijo Charley en voz baja—. con aspecto huraño. y Charley se sentó sobre un travesaño en medio del barco. vimos a Alec el Fuerte volver a subir el sedal y sacar el pescado.vuelta al extremo del muelle Solano. —Si se le ocurre disparar —me aconsejó—. empezó a enrojecer y repitió: —Más vale dejarlo tranquilo. Decepcionado. El barco se deslizaba suavemente sobre el agua y nos acercábamos cada vez más a Alec el Fuerte. Enderecé el timón y aflojé la escota de la vela. con el revólver al alcance de su mano. por la expresión del jefe. Se llevó el fusil a la altura del hombro y me apuntó. creo comprender que es más provechoso dejarle en paz. sarcástico. y reemprendió su trabajo. Hemos fallado por esta vez. métete en el fondo y lleva el timón de tal forma que sólo se vea tu mano. —Cambiemos de sitio —ordenó Charley—. Los minutos siguientes fueron pródigos en emociones. . —¡Vaya! ¿Se te ha venido a quejar? —le preguntó Charley. sí o no? —preguntó. Alec el Fuerte nos siguió con la mirada hasta que estuvimos fuera de su alcance. Me hice cargo del timón. Asentí con un movimiento de cabeza. Mantente justo detrás suyo. ya que de repente nos soltó: —¡Largaos de una vez! Os agujerearé la piel si os quedáis ahí. como si te dirigieras hacia la cala de sirga. Sin duda adivinó nuestra identidad. mientras cada segundo nos acercábamos lentamente a él. —¿Os vais a largar. guardamos silencio. —En efecto —replicó Charley—. incómodo. Alec el Fuerte nos observaba con insistencia. —Sería mejor que no os metierais en los asuntos de Alec el Fuerte —le recomendó Carmintel a Charley aquella noche. Le veíamos claramente retirar los esturiones y lanzarlos al fondo del barco mientras su compañero largaba el sedal y separaba los anzuelos antes de sumergirlos en el agua. lo que nos apartó de nuestra ruta primitiva en cinco o seis puntos. Haz ver que no le oyes. Carmintel.

Dándole al ancla la cuerda justa para que apenas tocara el fondo. Cuando el mar esté en calma. desde Benicia a Vallejo. —No veo más que una manera de actuar —dije después de varias semanas de infructuosas reflexiones—. —¿Acaso insinúas…? —empezó a decir Carmintel con voz amenazadora. que le quitaremos de la misma manera. a fe mía… Se encogió de hombros. La marea empezaba a subir de nuevo cuando llegamos más o menos al lugar donde creíamos que se sumergía el sedal. a la primera encalmada de marea baja. has captado perfectamente el sentido de mis palabras. por lo menos tenemos ahí un medio excelente para desanimarlo. Aguardamos el momento propicio y. cortado. aprovecharemos que Alec el Fuerte haya vuelto a tierra con su pescado para mangarle el sedal. la hicimos . a la vista de todos. Carmintel nos enviaba. Era notorio que Alec el Fuerte estaba tan dispuesto a sobornar a la policía como a luchar contra ella. entre las dos mareas. se contentó con abrir desmesuradamente los ojos. expresamente. en mar abierto. Durante los días siguientes me devané los sesos para descubrir una estratagema con la cual dos hombres. Le hará falta algún tiempo y dinero para procurarse otro. Alec el Fuerte echaba su sedal al agua. tras haber retirado el pescado del sedal. —No insinúo nada —dijo—. Por otra parte. y nos fue fácil localizarlas. ¿Qué te parece? Charley respondió que no le parecía mala idea. Lo más exasperante era que todos los pescadores. tirador excepcional y que no se separaba jamás de su arma. estaban al corriente de las malas pasadas que el rey de los griegos nos jugaba impunemente. regresó al pueblo. un día que habíamos intentado vanamente sorprender a Alec el Fuerte en la grisalla de la aurora. y si te das por aludido. Carmintel. que se convirtió en nuestro cuartel general. Conocíamos la situación del sedal por las señalizaciones que habíamos hecho en tierra. contra los pescadores de sábalos de San Pablo. Pero la mujer y los hijos de Charley vivían en Benicia. y se citaban los nombres de más de un patrullero a quien el rey de los griegos había untado la mano. salimos en el salmonero.vimos que Charley había puesto el dedo en la llaga. Si el tipo se nos escapa. Una salva de disparos de fusil nos había forzado a batirnos en retirada. pudieran capturar a un tercero. Cada día. Pero Charley no lo dejó continuar. echamos el tipo de ancla que usan los barcos de pesca. —Lo que tenemos que hacer es competir en imaginación con ese tipo —me dijo Charley. cuando Alec. de modo que nos quedaba muy poco tiempo para ocuparnos del célebre Alec. y al cual volvíamos bastante regularmente.

Acabábamos de empezar a soltar el sedal para alcanzar el extremo por el cual podríamos levantarlo. —Usa pólvora sin humo —añadí—. Un instante después se reprodujo un ruido parecido y la andana se resquebrajó en el lugar situado entre Charley y yo. Un tercer proyectil dio en el agua. todos los pescadores le aplaudieron. —Eso se parece mucho a una bala. pero al no ver nada sospechoso nos pusimos de nuevo a trabajar. . Sin duda se escondía detrás de alguna roca desde donde nos tenía a su merced. estimó oportuno burlarse abiertamente de nosotros delante de todo el mundo. Por su parte. le hizo varias observaciones sarcásticas e incluso intentó sacarle de sus casillas. Al punto las balas cesaron y nos alejamos de allí. Miramos a nuestro alrededor. ¿Qué opinas tú? Yo compartía su opinión y le hice observar que no teníamos nada que hacer con aquel trozo de sedal. Mucho peor aún: al día siguiente. Carmintel se burló de la actitud de Charley. Charley. izamos la cuerda hasta que apareció el ancla con el sedal para esturiones enredado en una de sus patas. Lo dejamos todo e izamos la vela a un tercio. Juntos. rojo de ira. pero Alec el Fuerte demostró su prestigio real restableciendo la calma entre sus hombres. Escruté la orilla sin descubrir a Alec el Fuerte.resbalar muy suavemente hasta que se enganchó y el barco se quedó tenso y parado. Alec nos envía peladillas de largo alcance. —¡Ya lo tenemos! —exclamó Charley—. Alec se jactó de que ningún patrullero le había cogido todavía y que nunca le cogerían. cuando un ruido seco dentro del barco nos sobresaltó. con el pensamiento de que Alec el Fuerte a los lejos se reía de nosotros. Según su costumbre. hijo mío —me dijo mi compañero—. Pronto decenas de anzuelos de aspecto mortífero brillaron ante nuestras miradas. —Mejor sería que nos fuéramos —señaló Charley con voz calmada—. pero le prometió solemnemente al rey de los griegos que un día conseguiría meterlo entre rejas. rebotó y silbó por encima de nuestras cabezas antes de caer de nuevo un poco más lejos. Los hombres se excitaban cada vez más y una pelea podía estallar de un momento a otro. Ayúdame a subirlo a bordo. en el muelle de pesca donde inspeccionábamos las redes. midiendo con la mirada la distancia hasta la orilla. tuvo la fuerza suficiente para contenerse. decepcionados. que estimé aproximadamente en una milla.

aunque tuviera que dedicarse a ello el resto de su vida. Charley respondió a estas provocaciones con una sangre fría admirable. … estimó oportuno burlarse abiertamente de nosotros… Aunque hervía de cólera. Un tipo de . lo cogeré. En efecto. Este gran yate. —No sé de qué manera. tan cierto como que me llamo Charley Le Grant. surgió de la manera más insólita. pero. Aquel mediodía estábamos patrullando cuando vimos un yate averiado cargado de pasajeros mareados. se encontraba en una difícil situación. La idea me vendrá a la mente en el momento preciso. sabíamos. Me aseguró no obstante que estaba completamente decidido a capturar a Alec el Fuerte. debido a que el alisio soplaba fuertemente y a que no había ningún marino digno de tal nombre a bordo. durante el cual habíamos surcado la bahía de arriba abajo sin poder distraernos un momento para ocuparnos de cierto pescador que. aparejado como un balandro. utilizaba un sedal chino en la cala del Astillero de Turner. Había pasado un mes entero. Desde el muelle de Selby seguíamos con indiferencia las torpes maniobras ejecutadas para que el barco pudiera fondear y enviar el bote a la orilla.

Fue una bordada dura. habían echado el ancla ante Selby con la intención de abandonar el barco o de encontrar a alguien que los condujera a Benicia. quien esbozó una tímida sonrisa al oír conferírsele este título. nos pasó la amarra de la embarcación y saltó sobre el embarcadero después de que varias veces casi hiciera volcar el barco en las turbulentas aguas. aunque rápida. así como los tripulantes. Nadie estaba en condiciones de echarnos una mano. los dos solos. todos ellos enfermos e incapaces de sentir la más mínima satisfacción ante nuestra presencia. —No soy más que el propietario del yate —explicó a guisa de excusa. ¿sabíamos de algún marino que quisiera pilotar el yate hasta Benicia? Charley me interrogó con la mirada. pasar algunas horas en tierra y volver a Selby en el tren de la tarde. Con la brisa que había. izar una vela y sacar el ancla. En una palabra. todos los marineros estaban enfermos. temblaban cuando el barco subía. dirigían ávidas miradas hacia la orilla. El único marino de verdad a bordo. ora apuntando al cielo. había tenido que ir a San Francisco a causa de un telegrama. pero la mayoría de los pasajeros permanecían . Había allí una docena de hombres y mujeres.aspecto lamentable. y nos explicó sus dificultades. El yate se movía terriblemente de un lado a otro. La tempestad y las grandes olas de la bahía de San Pablo habían podido con el resto de la tripulación. planeaba y se deslizaba vertiginosamente sobre las olas. y habían intentado continuar solos el viaje. En pocos golpes de remo lo devolvimos a bordo y constatamos el lamentable estado de los pasajeros. y apenas el propietario había puesto el pie sobre el puente. que vestía un uniforme de un blanco más que dudoso. No teníamos ningún trabajo en particular antes de medianoche. entre los cuales se encontraba el propietario. que deshacer el montón embrollado de aparejos deslizantes. El estrecho de Carquinez era un inmenso campo de espuma y de olas encrespadas. —De acuerdo. El resto se apiñaba. Pero los pasajeros. Agachados dentro de la caseta del timón. lo atravesamos a toda velocidad viento en popa. en el suelo de la cabina. con la botavara de la inmensa vela mayor ora sumergiéndose en el agua. Se tambaleaba como si la tierra se abriera bajo sus pies. El «Reindeer» estaba fondeado en un lugar seguro. y ninguno de ellos sabía ni podía hacer nada. De vez en cuando alguno emitía un gemido. permanecían indiferentes a todo. el único con el que se podía contar en caso de mal tiempo. de manera que Charley y yo tuvimos. dos o tres hombres. capitán —le dijo Charley al desdichado balandrista. sobre los cojines. podíamos singlar hasta Benicia en dos horas. En los intervalos. se derrumbó y se unió a los demás.

inertes como cadáveres.
La cala de Turner se encontraba en nuestra ruta, y Charley se adentró en ella para
buscar aguas más tranquilas. Benicia estaba a la vista, y navegábamos sobre un mar
relativamente tranquilo cuando, justo delante nuestro, divisamos un pequeño bote
tambaleándose sobre las olas. La marea estaba baja. Charley y yo intercambiamos
significativas miradas. No pronunciamos ni una palabra, pero al punto el yate inició
una serie de movimientos extravagantes, virando mal a propósito y dando bandazos
como si el más novato de los aficionados llevara el timón. Nuestro barco ofrecía el
espectáculo de un yate huyendo ante el tiempo; corría como enloquecido a través de la
bahía, tratando de vez en cuando de recuperar un poco de su dominio en un
desesperado esfuerzo por alcanzar Benicia.
El propietario olvidó momentáneamente su mareo y la inquietud invadió de nuevo
sus facciones. El bote, que al principio no era más que un punto sobre el agua, pronto
se agrandó en el horizonte, y reconocimos a Alec el Fuerte y su socio quienes, tras
haber enrollado un trozo del sedal en una cornamusa, detenían su trabajo para reírse a
nuestras expensas. Charley bajó su capucha sobre sus ojos y yo seguí su ejemplo, sin
adivinar todavía la idea que había surgido en su mente y que, con toda evidencia,
quería llevar a cabo.
Con la popa cubierta de espuma llegamos a la altura de la embarcación, tan cerca
que pudimos oír, por encima del ruido del viento, las voces de Alec y de su
compañero. Escupían sobre nosotros todo el desprecio que sienten los marinos
profesionales por los aficionados, sobre todo por los aficionados torpes.
Pasamos en tromba cerca de los pescadores, y no pasó nada. Viendo mi
decepción, Charley se rió burlonamente y me gritó:
—¡Atención a la vela mayor y al foque!
Puso todo el timón a barlovento y el yate, dócilmente, viró al mismo tiempo. La
vela mayor, sin viento, se aflojó, se quedó fláccida, osciló un instante con la botavara,
y bruscamente se puso tirante sobre la perilla de mesana. El yate se inclinó hasta mojar
el extremo de los baos, y profundos gemidos surgieron del grupo de pasajeros
aquejados de mareo, que rodaron por el suelo de la cabina para ser, en resumidas
cuentas, comprimidos en montones en las literas de estribor.
No teníamos tiempo para pensar en ellos. El yate, completando la maniobra, puso
proa al viento, con las velas en relinga, y recuperó el equilibrio. Pero avanzábamos sin
parar y la embarcación se encontraba ahora justo delante de nuestra ruta. Entonces vi
a Alec el Fuerte lanzarse al agua y a su compañero saltando para agarrarse a nuestro
bauprés. Después sobrevino un estruendo, seguido de una serie de golpes y chirridos,

mientras la embarcación pasaba por debajo de nuestra quilla.
—Esta vez ya no hay que temer ningún tiroteo —murmuró Charley corriendo a la
parte posterior para ver qué había sido de Alec el Fuerte.
El viento y el mar detuvieron pronto nuestro movimiento hacia adelante, y
empezamos a derivar retrocediendo hacia el lugar de la colisión. La cabeza oscura y la
cara morena del rey de los riesgos emergieron del agua y, manifestando solamente su
ira contra los torpes aficionados, el hombre se dejó izar a bordo. Además, estaba sin
aliento, ya que había tenido que sumergirse un buen rato y profundamente para evitar
nuestra quilla.
Charley saltó sobre Alec el Fuerte y lo mantuvo debajo suyo en la caseta del timón
mientras yo le ayudaba a maniatarlo con sólidas cuerdas. Consternado, el propietario
del yate pedía explicaciones, cuando el socio de Alec el Fuerte, que venía del bauprés,
se dejaba caer en la parte trasera y echaba una mirada llena de aprensión por encima
de la brazola al interior de la caseta del timón. Bruscamente Charley le rodeó el cuello
con su brazo y lo mandó rodando sobre la espalda al lado de Alec el Fuerte.
—¡Más cuerdas! —gritó Charley.
Se las procuré rápidamente.
La embarcación, abandonada a una corta distancia, flotaba tranquilamente a
barlovento. Tensé las velas mientras Charley, tomando el timón, se dirigía hacia ella.
—Son dos viejos delincuentes —le explicó Charley al propietario, que estaba
furioso—. Violan continuamente las leyes de pesca. Acabáis de verlos cogidos en
flagrante delito, y seguramente seréis llamados como testigos en el tribunal.
Mientras hablaba, alejaba la embarcación. El sedal se había roto, pero un trozo se
había quedado enganchado. Retiramos unos cuarenta o cincuenta pies, con un joven
esturión atrapado en un montón de anzuelos sin barbas. Charley cortó de un navajazo
esta parte del sedal y lo lanzó a la caseta del timón cerca de los dos cautivos.
—He aquí la prueba… la muestra —añadió Charley—. Miradla bien a fin de
reconocerla ante los jueces, y acordaros de la hora y el lugar de la captura.
Sin volver a virar mal a propósito ni dar bandazos de un lado a otro, llegamos
triunfalmente a Benicia, llevando con nosotros al rey de los griegos sólidamente atado
en la caseta del timón, prisionero por primera vez por la Patrulla Pesquera.

3. INCURSIÓN CONTRA LOS OSTREROS FURTIVOS

Entre los diferentes jefes a cuyas órdenes estuvimos Le Grant y yo como
patrulleros, el más apreciado era sin duda Neil Partington. Honrado y valeroso, exigía
una estricta obediencia, pero al mismo tiempo mantenía con nosotros relaciones de
buena camaradería y nos dejaba una gran libertad, a la que no estábamos muy
acostumbrados.
La familia de Neil vivía en Oakland, puerto situado a unas seis millas de San
Francisco, en la orilla opuesta. Un día en que vigilábamos a los pescadores de gambas
de San Pedro, nuestro jefe fue avisado de que su mujer estaba muy enferma; una hora
más tarde, el «Reindeer» se dirigía a Oakland, impulsado por una fresca brisa de
noroeste. Remontamos hasta la boca del puerto de Oakland y tiramos el ancla.
Durante los días siguientes, Charley y yo aprovechamos que Neil estaba en tierra para
tensar los tirantes de fijación, rectificar la estiba del lastre, rascar la parte de abajo y
poner de nuevo el balandro en excelente forma.
Una vez finalizado el trabajo, el tiempo se hacía interminable. El estado de la mujer
del jefe permanecía estacionario y había que esperar una semana para saber el
desenlace de la crisis. Charley y yo errábamos a lo largo de los diques, desocupados,
no sabiendo qué hacer, cuando fuimos a parar a la flotilla de los pescadores de ostras
fondeada en el embarcadero del puerto de Oakland. En su mayoría, se trataba de
bonitos y peripuestos barcos, muy rápidos, y bastante sólidos para poder afrontar el
temporal. Los observamos, sentados en el parapeto del embarcadero.
—Yo diría que la pesca les ha ido bien —declaró Charley, designando con el dedo
los montones de ostras que, clasificadas en tres medidas, había en los puentes.
Los vendedores de pescado alineaban sus camionetas al borde del muelle, y
escuchando las conversaciones entre los pescadores y los comerciantes, acabé por
saber el precio de venta de las ostras.
—Ese barco contiene por lo menos doscientos dólares de mercancía —calculé—.
¿Cuánto tiempo crees tú que ha sido necesario para arramblar con todo ese

Aquellos ojos y aquella cabellera presentaban un contraste tan chocante que Charley y yo nos paramos a considerar al tipo a quien pertenecían. —¡Daría mil dólares por veros en prisión. a juzgar por su aspecto y su vestimenta. las ostras son siempre ostras. a causa de sus largos brazos)—. reconoces tus ostras tan pronto como las ves! —se burló el «Mil Patas». Dos hombres formaban su tripulación. —¡Vaya! Buenos días. en cualquier lugar donde las cojas. con pruebas evidentes. como supimos más tarde. Pronto vimos acercarse a un hombre de cierta edad. ¡Buenos días. deje de insinuar que estas ostras le pertenecen y que somos unos ladrones. Su compañero intervino: —Según mi experiencia. señor Taft. Taft! —repitió en el mismo tono guasón—. Fue una buena idea. Desconcertado. observaba el puente del «Fantasma». más crecía su cólera. ¡eso es lo que digo! —¡Ah! ¡Qué listo eres. Uno de ellos. pero. —Sé que son mis ostras —replicó el otro—. —Esas ostras me pertenecen —declaró por fin—. no podía demostrar. el otro. Parecía estar de un humor execrable. cada uno. De pie cerca de nosotros. por más seguro que estuviera de ello.cargamento? —Tres o cuatro días —respondió Charley—. el «Fantasma». Habéis visitado mi criadero esta noche y las habéis robado. No deseamos de ningún modo pelearnos con usted. Esos dos tipos se ganan bien la vida: veinticinco dólares por día. El barco en cuestión. especie de rateros! —exclamó—. un rico comerciante. debido a su extraordinaria habilidad como nadador. que aquellas ostras provenían de sus parques. y se parecen mucho de una punta a otra de la bahía. Naturalmente. Taft se encogió de hombros. ¡Me dejaría cortar una mano! —¡Las pruebas! —soltó el alto y gallardo de ojos azules a quien. ¿Qué te pasa para gruñir así? —Habéis robado estas ostras en mi criadero. y cuanto más miraba el barco. antes de poder aportar pruebas. se lo ruego. alto y bien proporcionado. Los hombres del «Fantasma» levantaron la cabeza. le apodaban la «Marsopa». tenía unos ojos azules muy claros y cabello negro y lacio. Taft —soltó el rechoncho con insolente familiaridad (entre los vagabundos de la bahía se le conocía como «Mil Patas». M. tenía los brazos largos como los de un gorila. Afirmo que son mías. ¡Ya lo . estaba fondeado justo detrás nuestro. rechoncho y ancho de hombros.

señor… ¿le importaría repetirme su nombre? —Le Grant —respondió Charley. ofrezco cincuenta dólares por cabeza… y aún salgo ganando. si a mí o a esos rufianes. El delito se cometió en plena noche. Mientras tanto. Sobre todo. para quien os haga apresar y condenar. —¡Las ostras dan más que eso! —observó secamente la Marsopa. Le seguí y nos alejamos con paso indolente por una calle opuesta a la que había tomado M. ¿Qué dices? —¡Por supuesto. no repare en gastos. Desgraciadamente. y me alegraría ver cómo los capturan y los meten en la cárcel. me es imposible aportar las pruebas. Charley se levantó tranquilamente. arrancado las boyas de señalización. Hasta hoy. Como he dicho hace un momento. cuando hubo desaparecido tras una esquina. Unos minutos más tarde. Se los reembolsaré todos. nadie ha conseguido atrapar a uno de esos piratas. Taft. . No tenía más que el cadáver del pobre guardián y ninguna pista: por tanto. señor Le Grant. A Neil quizá lo detendrán una semana más por la enfermedad de su mujer. Taft cuando Charley se presentó y le explicó sus intenciones—. nos deslizamos entre las encrucijadas. Cambiando rápidamente de dirección. —Voy a interrogar a este buen hombre acerca de esa recompensa —explicó Charley cuando llegamos a la altura del propietario del banco de ostras—. Por mi parte. Esos piratas me sustraen varios miles de dólares cada año. me alegraré mucho en facilitarles la tarea. —Le decía.creo! Ofrezco una prima de cincuenta dólares por cabeza. M. tú y yo podríamos realizar un buen trabajo. recorrimos en diversos sentidos las calles adyacentes hasta que por fin la silueta corpulenta de M. La situación se está volviendo insostenible y hay que hacer algo a cualquier precio… se trata de saber de una vez por todas a quién pertenecen los parques de ostras. Por el rabillo del ojo. y matado a uno de ellos el año pasado. o telefonee a cobro revertido. que le estoy muy reconocido por los servicios que tiene a bien ofrecerme. aterrorizado a mis guardianes. Taft se perfiló ante nosotros. tantos como seáis. por supuesto! —exclamó M. Venga a verme a mi despacho de San Francisco el día que usted quiera. ya que el resto de los piratas había escuchado la discusión. Una enorme carcajada surgió de los diversos barcos. Mis guardianes y mis barcos están a su disposición. Por lo tanto. Charley se fijó en la dirección que tomaba. Lleno de cólera. mientras sean razonables. los detectives no pudieron hacer nada. —¡Deprisa! ¡Corramos! —murmuró Charley. Taft dio media vuelta y se alejó. una vez que estuvimos fuera del alcance de la vista de los saqueadores de ostras. Han saqueado mis parques de ostras.

Antes de poner manos a la obra. Charley permanecería en la orilla con los guardianes de M. y os presentáis en los lugares habituales de pesca. dicho de otro modo. vayamos a ver a Neil —dijo Charley cuando dejamos a M. pero el «Reindeer» era demasiado conocido por los piratas. que está fondeado en Tiburón. se nos daba un porcentaje de las multas impuestas a los delincuentes. Es un viejo balandro de forma extraña. Le propusimos a Neil compartir con él todas las generosidades que M. se nos retribuía en proporción con nuestro trabajo. ¡Sobre todo. sino que nos prestó una preciada ayuda. Taft y un destacamento de policías que nos echarían una mano llegado el momento. en aquel lugar. Taft. Neil Partington. Nuestras fisonomías no les resultaban conocidas a las gentes de esta parte de la bahía. Por las explicaciones que Nicolás nos había dado sobre la disposición de los bancos y los movimientos de los saqueadores. mientras que nuestro jefe la conocía a fondo como ninguno. Llegados a este punto de mi relato. prudencia! Nicolás y yo alquilamos el susodicho barco por una suma irrisoria: pero en el . Neil Partington no tan sólo no puso ninguna objeción a nuestro proyecto. añadió. de poder aprovechar esta ocasión para correspondemos un poco por los servicios que le habíamos prestado. mientras que a Charley y a mí. en la Patrulla Pesquera. sería posible. o. sorprenderlos flagrantemente robando y capturarlos al mismo tiempo. por lo tanto. patrullero de oficio. debo explicar que. pero el patrullero no quiso oír hablar de ello… demasiado contento. Taft tuviera con nosotros. alquiláis la barcaza por cuatro chavos. que regresaba a San Francisco. simples auxiliares. —Ahora. Nicolás y tú vais hasta allí con el transbordador. Nicolás y yo alquilaríamos algún velero de aspecto menos comprometedor y singlaríamos hasta la isla Aspargus donde nos uniríamos a la flotilla de los ladrones de ostras. juzgamos oportuno sostener un largo conciliábulo para trazar las líneas maestras de nuestro plan de acción. Charley y yo gozábamos de una absoluta independencia. nos puso en contacto con un chico de diecisiete o dieciocho años que respondía al nombre de Nicolás y para quien el saqueo de los parques de ostras no tenía secretos. —Sé precisamente cuál es el barco que necesitáis —dijo Neil para concluir—. conservábamos íntegramente las recompensas que nos otorgaban los particulares. —¡Buena suerte! —nos dijo dos días más tarde en el momento de separarnos—. Acordaos de que os las tenéis que ver con tipos peligrosos. Nosotros no entendíamos nada de la industria ostrícola. recibía un salario regular. al cabo de una hora aproximadamente. Por otro lado. Además.

de pie sobre el puente del «Fantasma». mientras bromeábamos. balanceándose sobre la cubierta en una crisis de hilaridad. ¿Cuál es vuestro puerto de atraque? No hicimos el menor caso a sus bromas. —¡Dime su nombre y te haré un regalo! —respondió otro. donde llegamos al día siguiente por la tarde. —¿Qué cacharro es ése? —preguntó alguien. enredada. estaban fondeados en el lugar denominado «los bancos abandonados». como broche final. nos dimos cuenta de que era mucho más viejo y más raro de lo que nos habían dicho. Olía terriblemente a alquitrán: de la popa a la proa. —¡Que me cuelguen si no es la verdadera arca de Noé! —dijo el «Mil Patas» con guasa. estaba escrito con grandes letras a lo largo de los dos lados del barco. haciendo un agujero de las dimensiones de una puerta cochera. Acabamos por conseguirlo. . El «Maggie-Alquitrán». con un mástil bamboleante. Los ladrones de ostras. en medio de los sarcasmos. derivamos y fuimos a chocar contra el «Fantasma». luego. nos dejaron salir del apuro como mejor podíamos. —¡Eh! ¡Los de la fina goleta! —gritó otro en tono burlón—. actuando como novatos. El «Mil Patas» y la «Marsopa». la que hicimos desde Tiburón a la isla Aspargus. que manejábamos no sin cierta dificultad. Pero la cadena continuaba enredada y. La manera en que lo hizo pareció totalmente desordenada: la cadena. pero con una torpeza sin igual. impedía al ancla llegar al fondo. llegó hasta ellos contoneándose. Divertidos por el aspecto grotesco de nuestro viejo barco. Era una gran embarcación de fondo plano. A los ojos de todos. multiplicando por cien su ridículo aspecto. cuyo bauprés reventó nuestra vela mayor. y se divirtieron de lo lindo con nuestras torpezas. hicimos un esfuerzo inaudito para desenredar todo aquel «follón». Todos se subieron a los puentes para mirarnos. Los piratas se dejaron engañar por nuestros fingimientos. impulsado por una ligera brisa. más bien risible. el nombre. aproximadamente una docena de balandros. velas completamente gastadas y duras al tacto. igualmente desmañados. desenredamos la cadena del ancla y la dejamos correr unos cien metros. obenques aflojados. Nicolás y yo nos complacíamos en manejarlo torpemente. sino que. Fue una carrera sin historia.momento de izar la vela. con aparejos de balandro. popa cuadrada. estaba impregnado de esta sustancia maloliente y. fingimos estar absortos en el manejo del «Maggie-Alquitrán». del techo de la cabina a la orza. y Nicolás corrió adelante para echar el ancla. «Maggie-Alquitrán». Lo puse a sotavento del «Fantasma».

esto le permitía a la «Maggie-Alquitrán» bornear sobre un círculo de doscientos metros de diámetro. Seguidamente la cara bestial de «Mil Patas» apareció por la escotilla y bajó por la escalera. balanceándose sobre la cubierta en una crisis de hilaridad… Los barcos de los piratas estaban todos amigablemente fondeados a poca distancia los unos de los otros. ¿Por qué dejar tal cantidad de cadena? No contentos con protestar. Nicolás y yo bajamos para felicitarnos mutuamente y prepararnos la cena. en efecto. hacía. nos obligaron a recoger nuestra cadena y a no dejar fuera más que una decena de metros. Apenas habíamos acabado de comer y de guardar los platos cuando un pequeño bote atracó junto al «Maggie-Alquitrán» y unos pasos pesados hollaron nuestro puente. Los dos hombres acababan de sentarse cuando un . en el cual podía golpear al menos contra la mitad de la flotilla. Habiéndonos hecho pasar ante todos por unos torpes principiantes suficientemente. El «Mil Patas» y la «Marsopa». un tiempo magnífico. Protestaron abiertamente ante nuestra ignorancia. seguido de «Marsopa».Con una profundidad de tres metros de agua bajo nosotros.

Tras algunas recomendaciones de la misma naturaleza. —¿Cómo podíamos saber cómo era antes de probarlo? —exclamó Nicolás tan ingenuamente que todos estallaron en risas—. nos equiparemos debidamente. os pesará. —No lo hemos birlado —respondió Nicolás. que si jugáis limpio y demostráis ser buenos compañeros — continuó el «Mil Patas»—. luego un tercero. Decidme —se apresuró a añadir—. —¿Dónde habéis birlado esta vieja cubeta? —preguntó un hombrecillo peludo de ojos crueles y aspecto de mejicano. a fe mía. Y para alentar a los otros a creer que habíamos robado el «Maggie-Alquitrán». y un cuarto hasta que por fin toda la flotilla se halló representada en nuestra cabina. —Te voy a dar un consejo… sólo uno… y es éste: espabilaros. si no tenéis inconveniente. y a la vista de que nuestros visitantes se divertían cada vez más. Precisamente os estaba mirando: de ahí me vino la idea de imitaros… al menos — añadí—. ¿Queda bien claro? —Perfectamente —dije. les daré unas cuantas a los compañeros.segundo bote atracó. cogiendo el toro por los cuernos —. desde luego! —respondí yo sin parpadear. —Y. Yo hubiera preferido criar moho en tierra antes que subirme a ese trasto. en el mismo plan. ¿Entendido? —Naturalmente —respondí—. para conseguir un barco mejor. ¿Cómo hacéis para coger las ostras? Nos gustaría llevarnos unas cuantas. Cuando hayamos vendido algunas ostras. No aceptaremos ser deshonrados por una cubeta como ésta. —¡Oh!. Sólo quería deciros que no admiro vuestro buen gusto —se rió burlonamente el mejicano—. tu amigo y tú. claro. Si no —aquí su voz se tornó dura y amenazadora—. Esta reflexión provocó una nueva carcajada. Por eso hemos venido hasta aquí. podréis probar suerte con nosotros. —¡Sí. prosiguió: —Y si lo hubiéramos hecho. —¿Y qué piensas hacer con tus ostras? —preguntó el «Marsopa». ¿qué os importa a vosotros? —Nada. la conversación se . Supongo que vosotros hacéis lo mismo con las vuestras. —¡Eh! ¿No te vi yo a ti el otro día en el muelle de Oakland? —me preguntó de sopetón el «Mil Patas». deducimos que no sospechaban en modo alguno nuestra identidad y nuestros propósitos.

cogimos algunos sacos y nos dirigimos hacia donde estaban los demás. —No son verdaderos ladrones de ostras —explicó Nicolás—. Después de charlar durante una hora. Tras haber recorrido una media milla sobre el fango. y como el agua aún debía bajar durante una hora y media. Todos los botes estaban reunidos y la intención de los piratas era hacer una expedición a los cercos de redes de ostras. Ante mi estupefacción. los piratas saltaron de sus barcas. Los viaderos de M. el «Marsopa». Yo ya había oído hablar de la banda de los deportistas. y el que le acompañaba se llama Skilling. sin embargo los piratas avanzaban con una seguridad adquirida a base de una larga experiencia. los piratas volvieron a sus barcos y nos invitaron a unimos a ellos. Pero el «Mil Patas». La luna llena estaba en parte oculta por las nubes. nos dijeron. que remontamos a remo. «Cuantos más seamos. más reiremos». Sentados en la caseta del timón. una pandilla de granujas y de asesinos que aterrorizaban los barrios bajos de Oakland. no quedaban más que unos centímetros de agua en el lugar donde había echado el ancla con tres metros de profundidad. Por fin alcanzamos los lugares de la pesca. Cuando regresaron a sus respectivos balandros. Por fin chocamos contra un banco de barro apenas recubierto de agua en el cual nuestros botes no podían flotar. Verdaderas riberas formadas por montones de ostras muertas se levantaban por todos lados bajo el agua. encontramos un canal profundo. Taft estaban situados a tres millas de allí. Han venido aquí para divertirse un poco y ganar algunos dólares. discutíamos los detalles de nuestro plan cuando.generalizó. Entre los dos se puede obtener una recompensa de cinco mil dólares. Sin perder un minuto. nuestro barco se encontraría sobre la arena antes de encalmarse el mar. Nicolás me confió: —¿Te has fijado en el hombrecillo de aspecto mejicano? Es Barchi. Dos hombres encaramados sobre uno de los montículos de ostras nos interpelaron y nos conminaron a retirarnos. proveniente de la dirección del «Fantasma». forma parte de la banda de los que practican ese deporte. habrá que ir con los ojos muy abiertos. Con ellos. Barchi y Skilling . Era la gran marea de la luna llena de junio. rastrillando el fondo de vez en cuando. y nos enteramos de que los parques debían ser visitados aquella misma noche. Durante un buen rato remamos en silencio siguiendo a las demás barcas. y continuamos avanzando empujando y tirando de nuestras ligeras embarcaciones de fondo plano. y de los cuales los dos tercios se encontraban habitualmente entre rejas por crímenes que iban desde el falso testimonio hasta el asesinato. Echamos nuestro bote al agua. hacia las once. y tocando sin cesar la arena con nuestros remos. oímos el crujido de un remo en un bote.

Algunos momentos las nubes. —Mejor sería que os largaseis rápidamente —dijo Barchi en tono amenazador—. el nuestro. y subiéndose a su bote. los empujamos a flote atados los unos a los otros en una flotilla informe. En el momento en que deslizábamos el último bote sobre el agua. de pie. Remamos con todas nuestras fuerzas. Uno a uno y sin hacer ruido. Cuando alcanzó el montículo de ostras. No podíamos ser alcanzados más que por casualidad. Era Barchi. Por suerte. ahora grandes nubes cubrían la luna y en la oscuridad los hombres tiraban al azar. remaron en dirección a la orilla. en vez de volver con los sacos de ostras llenos. Esta huida de los guardianes. Un disparo de revólver partió del banco de ostras. pero nos deshicimos de él de un fuerte empujón y lo dejamos chapotear con el agua por encima de su cabeza. dio la alarma. Había pasado media hora. que entonces ya flotarán. —Pues yo sólo pido que la luna continúe tapada —murmuró mi compañero. los dejarán donde estén. unos treinta hombres en quince barcos. Dentro de un momento se alejarán cada vez más en el banco de ostras. uno de los hombres se acercó. Nicolás y yo hicimos varios viajes a los botes con pequeños cargamentos. Sabiamente. Cuando la marea suba. y como el trayecto será demasiado largo. con todos aquellos barcos a remolque. porque si no os agujerearemos la piel como un colador. Un momento . —No nos apresuremos —me dijo Nicolás—. y el flujo ya subía. luego un segundo y un tercero. Inquietos. después. de los que los piratas volvían con más sacos vacíos. pero no íbamos muy rápido. cuando nos decidimos a actuar. menos espesas ante la luna. —Hubiera preferido una pequeña canoa a vapor —suspiré. los dos guardianes se batieron en retirada ante una fuerza tan impresionante. Izamos nuestros botes sobre el montón de ostras del lado del arenal. Su mirada intensa abarcó al punto la situación y se abalanzó sobre nosotros. corrimos hacia los botes. y pronto llegaron a la altura de los dos guardianes.siguieron adelante seguidos del resto de la banda. Dejando a los piratas con su tarea. nos permitían distinguir las ostras grandes. y los hombres se dispersaron para empezar la recolección. pero cada golpe de remo nos alejaba del banco de ostras y nos acercaba a la orilla. Pronto el tiroteo cesó y cuando la luna emergió de las nubes nos encontrábamos ya lejos y fuera de peligro. pero cada vez nos cruzábamos con piratas que iban o venían. una verdadera salva crepitó a nuestro alrededor. En muy poco tiempo los sacos estuvieron llenos y fueron llevados a los botes. por otra parte. El tiempo parecía transcurrir lentamente. formaba parte de nuestro plan. irán a buscarlos en sus botes.

y todos se iban agrupando sobre los montículos de ostras muertas más elevados. Cuatro pares de ojos rastrearon la superficie líquida. y Nicolás y yo volvimos en uno de los «Whitehall». como la luna revelaba de nuevo su forma brillante. Con un gruñido de ira y dejando ir el aire bruscamente.después respondimos a un saludo que provenía del muelle y dos botes «Whitehall». La marea está subiendo y antes de que haya llegado el agua a la altura de sus cuellos. hemos hecho funcionar nuestra inteligencia… En ese preciso instante oí un gorgoteo de agua apenas perceptible. con Charley detrás nuestro. Dimos unos cuantos golpes de remo y nos dejamos llevar por la corriente. La gran figura de Charley se inclinó hacia nosotros. Hacía un tiempo espléndido y bajo la luz plateada de la luna vigilábamos a nuestros buenos mozos con los catalejos. Además. Me volví y les señalé a los demás una pequeña ola ondulante que se ensanchaba poco a poco en un círculo. Desde hace años. pero el círculo no se reprodujo y no . Los piratas se hallaban en una delicada situación: la marea de aguas vivas hacía subir el nivel del agua y creaba una corriente tan violenta como la del saetín de un molino. se lanzaron en nuestra dirección. la cabeza desapareció rápidamente bajo el agua. divisamos a los piratas con sus montones de ostras. a unos veinte metros de nosotros. Al cabo de un minuto. Cuando nos vieron nos saludaron con una bandada de disparos. el agua empezaba a cubrir los bancos de ostras y en pocas horas también cubriría la cabeza de los hombres. inmóviles. Situados entre ellos y la orilla. Nos apresuramos a ponernos fuera del su alcance. —Tenemos tiempo —dijo Charley—. les impedíamos la huida por aquel lado. Nosotros. hubo un chapoteo de agua dos metros más allá y una cabeza oscura y unos hombros blancos aparecieron bajo la claridad de la luna. Otros dos botes nos seguían y. Taft ha intentado atraparlos por la fuerza bruta y ha fracasado. La una de la madrugada. cualquier resistencia les abandonará. por el contrario. Apoyados en nuestros remos. Nos tomó las manos y no pudo más que exclamar: —¡Enhorabuena! ¡Habéis hecho un buen trabajo! ¡Bravo! La flotilla fue llevada a tierra. —He aquí la ventaja de poseer una pizca de imaginación —decía Charley—. con el agua a la cintura. impulsado cada uno de ellos por tres pares de remos. esperamos a que la marea cumpliera con su trabajo. y ni el mejor nadador del mundo hubiera podido cruzar las tres millas que separaban a los piratas de sus chalupas. Esperamos. mientras le relatábamos a Charley las peripecias del viaje a bordo del «Maggie-Alquitrán». las dos.

Si. muchachos. —Ahora. Seguidamente subió Barchi. Se echó a reír a mandíbula batiente. En seguida abrieron y una agradable bocanada de aire caliente llegó hasta nosotros. los piratas manifestaron los primeros síntomas de desfallecimiento. empezando por los más bajitos! El «Mil Patas» fue el primero que izamos a bordo. Cuando tuvimos a diez en nuestro bote. Acaba de pasar gruñendo como un cerdo. la voz bien reconocible de «Mil Patas» dominaba por encima de las otras. guapos. y os daremos un café caliente — anunció Charley. Charley se contentó con reírse. os abandonaremos a vuestra suerte y el océano se encargará del resto. Sólo le podremos coger en pleno día. como si la huida de ese bandido menguara nuestro éxito. A las tres menos cuarto. Charley llamó a la puerta. —Nunca hay que hacer las cosas a medias —declaró—. y todos estaréis a salvo. os subiremos a bordo. —¿Y el «Marsopa»? —¿No lo habéis cogido? —exclamó el «Mil Patas» con aire triunfal. se entregó sin resistencia aunque protestó cuando el policía le puso las esposas. volvimos a ver al «Marsopa». ¿Entendido? —¡Sí! —respondieron a coro con voces roncas. sois buenos. Cuando uno se pone a . Si os portáis mal. por el contrario. suavizado y resignado tras esta tempestad. ¡No podéis escaparos! —dijo Charley en voz alta—. uno a uno. no dispararon sobre nosotros. dimos media vuelta y el segundo «Whitehall» tomó una carga similar. Sólo las cabezas y los hombros de sus camaradas sobresalían de la superficie. Y allí. Esta vez. sentado muy triste ante el fuego. —¡Vale pues. El tercero no recibió más que a nueve. y se apiñaban los unos contra los otros para luchar contra la corriente y sostener a «Mil Patas». con una taza de moca entre las manos. Era una banda de temblequeantes y avergonzados piratas la que subió por la arena conducida por nosotros hacia las oficinas de las Pesquerías de ostras. —Es el «Marsopa» —anunció Nicolás—. cuando nos acercamos. —Entrad a calentaros un poco. haciéndolos desfilar delante de él. Hay que decir que «Mil Patas» se hallaba en una situación particularmente peligrosa. Nicolás y yo nos volvimos rápidamente hacia Charley. uno a uno. cuyos pies no tocaban el fondo. —Seguramente también irá hacia la orilla. Les oímos pedir socorro. lo que nos daba un total de veintinueve prisioneros. ya os tenemos.volvimos a ver la cabeza oscura sobre los hombros blancos.

. no hay que omitir ningún detalle. Pensé en la playa.elaborar una táctica. Ése es todo el secreto. y aposté a dos policías.

permanecía sentado sobre su red mientras nosotros izábamos la vela del barco. las ratas bailan». reza el dicho. Después de nuestra aventura con los saqueadores de ostras. un salmonero último modelo de Columbia River. desde nuestra aparición en la bahía de San Pablo. Esta huida sospechosa exigía una averiguación. Charley Le Grant y yo consagramos dos semanas a ello. Charley y yo subimos con el otro prisionero a bordo del barco capturado. divisamos una gran actividad entre los pescadores de gambas y. durante el resto de la travesía de la bahía de San Pablo no nos encontramos con ningún otro pescador. La cuestión fue tan difícil de resolver como una ecuación matemática: sólo la más pura casualidad nos permitió salir bastante bien de todo ello. durante estas cuatro semanas. y el primer barco. y aquellas mallas no tenían más que ocho. En vano alababa Charley las cualidades de su barco. provisto de una red prohibida por la ley. los pescadores habían recuperado su audacia y violaban la ley descaradamente. El reglamento prohibía la utilización de toda red cuyas mallas midieran menos de veinte centímetros entre los nudos. el griego . en efecto. al que conseguimos acercarnos. el único. «Cuando el gato no está. EL ASEDIO DEL «LANCASHIRE QUEEN» La prueba más exasperante que recuerdo en el curso de mi estancia en la Patrulla Pesquera fue el asedio a un gran barco inglés de cuatro mástiles. Neil Partington tomó a uno de ellos para que le ayudara a dirigir el «Reindeer». un griego velludo y bronceado. Nuestro cautivo. Fue pues después de una ausencia de un mes cuando el «Reindeer» puso rumbo a Benicia. estaba. volvimos a Oakland. Pasando por delante del cabo San Pedro. Cogidos en delito flagrante. donde pasaron otros quince días antes de que la mujer de Neil Partington se encontrase fuera de peligro y en vías de curación. toda una flotilla de barcas retiraron a toda prisa sus redes y se dieron a la vela. Pero la flotilla había puesto rumbo prestamente a Portulama y. por lo demás. 4. los dos pescadores fueron inmediatamente arrestados. Por tanto. que visiblemente efectuaba su primera travesía y se podía manejar sin ninguna dificultad.

Mientras Charley gobernaba el barco él cazaba la vela. Charley tuvo el tiempo justo de ponerse a barlovento y correr hacia el bote. dimos con dos italianos tranquilamente instalados en su bote y que se disponían a echar un sedal chino para esturiones. se contentaban con remar vigorosamente con el viento a favor. pesadamente cargado. a estribor de un gran navío. y a pesar de la vivacidad de Charley. y allí mismo. no podíamos esperar poder alcanzarlos a fuerza de remar. cuyo punto más próximo se encontraba a una buena milla de distancia.rehusaba hablar o prestar la más mínima atención a sus palabras. como nuestro prisionero durante la caza que iniciamos. Esta maniobra nos desconcertó al principio. por lo que abandonamos a su suerte a un individuo tan poco sociable. rozando pesadamente contra el bote. Nunca he visto a un hombre tan dispuesto a echar una mano. Varios veleros ingleses de acero esperaban el cargamento de cereales. se dilataban. . en el lugar donde habíamos pillado a Alec el Fuerte. Uno de los italianos ató un extremo a una cornamusa mientras yo me apresuraba a poner nuestra vela mayor a un tercio. para capturar a otro. Empezamos a derivar a sotavento. ya que con nuestro gran barco. Charley avanzó para abordarlo. Las aletas de la nariz le temblaban. Sus ojos negros lanzaron chispas y su cara enrojeció de alegría contenida mientras bajaba la orza. nuestro salmonero empezó a retroceder. divertido. Pero nuestro prisionero griego vino en nuestra ayuda inesperadamente. nos lanzamos sobre ellos antes de que se dieran cuenta. Los italianos evitaban la orilla. el «Lancashire Queen». el griego casi no podía dominar su impaciencia. precipitándose al timón. Al otro lado del buque se extendía una capa de agua de dos millas hasta la playa. Demasiado prudentes para intentar la experiencia. Tras sobrepasar los estrechos de Carquinez. nos habríamos lanzado sobre ellos con el viento de lado y los habríamos cogido antes de que hubieran recorrido la octava parte de la distancia. La sorpresa fue recíproca. pero cuando yo jalaba nuestra amarra para unir las embarcaciones. mientras ellos sacaban dos pares de remos y guiaban su ligero esquife para ponerse de lleno a barlovento. los italianos aprovecharon para largar la suya. entramos un poco en el interior de la cala de Turner para encontrar aguas más tranquilas. Yo me precipité a la proa y les eché a los delincuentes un trozo de cable dándoles la orden de amarrarlo. Si hubieran intentado alcanzarla. saltaba a la parte delantera de un brinco e izaba la vela. y abría los ojos desmesuradamente. —Siempre he oído decir que los griegos detestan a los italianos —señaló Charley. Hecho esto.

Los italianos remaban a lo largo de estribor y de nuevo nosotros navegábamos ciñendo al máximo y esforzándonos por ganar terreno con el viento al avanzar a lo largo del navío. Entonces Charley enderezó el timón y nos lanzamos a lo largo del lado de babor. mientras el griego. Cada vez que fallábamos nuestra presa en la parte trasera de su barco. y divisamos las cabezas de los marineros alineados a lo largo de la barandilla. En suma. ya que la embarcación que perseguíamos encontraba cada vez el medio de escapársenos por los pelos al llegar a la parte trasera del barco y empezar otra vuelta. viramos a barlovento y dimos la vuelta a la proa del «Lancashire Queen». pasando la proa a nuestra vez y corrimos hacia ellos con el viento en popa del otro lado. Nosotros. hacía gestos de alegría. y luego todos se precipitaban al otro lado para seguir las peripecias de la caza con el viento en contra. no podían hacer más que remar a babor hacia la popa. cuando estábamos orzando. —¡Venme ahora a hablar de hipódromos marítimos! ¡Por Dios! ¡Este espectáculo supera en comicidad a todo lo que he visto hasta ahora! —afirmó otro. el bote se precipitó bajo la bovedilla del navío. estábamos igual que al principio. en el salmonero. ciñendo el viento de cerca.No había nada que temer en esta dirección. Los italianos estaban ya a media altura del barco. Los espectadores aguardaban esta demostración de furor. un concierto de aclamaciones salvajes se elevaba en el aire. pero la fresca brisa que soplaba nos empujaba hacia ellos más deprisa de lo que ellos podían ir. lo que los ponía fuera del viento y nos daba ventaja. poniéndose momentáneamente otra vez fuera de peligro. Vertían sobre los italianos y sobre nosotros una sarta de burlas y de consejos. Por aquel entonces la tripulación del navío inglés empezaba a interesarse por lo que pasaba abajo. lo cual exasperaba hasta tal punto a nuestro griego que cada vez blandía hacia ellos su puño amenazador. —¡La ronda de los seis días! —anunció un tercero—. bajaron de nuevo por el lado de babor. que invariablemente desencadenaba en ellos una alegría delirante. Cada vez más. en el momento en que me disponía a cogerlo. Cuando llegaron a la proa del «Lancashire Queen». También esta vez. La carrera prosiguió varias veces alrededor del barco. desde donde nos observaban. Dieron la vuelta alrededor de la proa. nos acercábamos y ya me inclinaba hacia delante para coger el bote cuando éste se precipitó bajo la bóveda del «Lancashire Queen». cazando la escota de la vela. ¿Quién saldrá victorioso? ¡Los Macarroni! A la bordada siguiente. el griego propuso cambiar de . y de nuevo nosotros viramos al viento. —¡Un verdadero circo! —exclamó uno de los marinos ingleses. ya que rápidamente los habríamos alcanzado.

mi mente no permanecía inactiva. Pero nuestros adversarios ya no se sentían seguros. Até un trozo de cuerda a un pequeño gancho que había encontrado en el sumidero y amarré el otro extremo del cabo al eslabón de barboquejo y. esperé la ocasión de poder utilizarlo. Avanzamos lastimosamente durante la nueva bordada al viento. que fue arrastrada bruscamente fuera de su refugio cuando la cuerda se tensó bajo la acción de nuestro barco. Nos acercábamos cada vez más y yo fingía quererlos atrapar como antes. La popa del bote se encontraba apenas a dos metros de mí y los italianos se burlaban descaradamente de nosotros en el momento en que alcanzaban la bovedilla trasera del barco. ¡Renunciad a la persecución! Ferozmente. Era un rudo golpe para el orgullo profesional de Charley. Dimos aún tres vueltas alrededor del barco. —¡No los cogeréis! —gritó uno de los marinos asomados desde la barandilla—. el griego alzó el puño. Alcanzó su objetivo y se enganchó plenamente en la borda de la embarcación. y desde su sitio en la cámara trasera Charley se inclinó y agarró el bote por la popa. guardando en mi poder el gancho.sitio con Charley. Una vez más hicieron su descenso a babor y nos lanzamos sobre ellos con el viento en popa. . De la fila de espectadores surgió un gruñido que pronto se mudó en una formidable carcajada: uno de los italianos había sacado un largo cuchillo y cortaba el cabo. Mientras tanto. y por fin una idea surgió en mi cerebro. y el griego tuvo que reconocer que no lo podía hacer mejor que Charley. Súbitamente me levanté y lancé el gancho de hierro. según su costumbre. —¡Dejadme conducir el barco y les atraparé… seguramente! —declaró. sin embargo. le cedió el timón al prisionero y lo reemplazó en la vela. que se jactaba de saber gobernar un barco.

El griego. el segundo italiano le asestó con el remo un golpe en la cabeza. mientras yo me ocupaba de Charley. Charley soltó la presa y se derrumbó. cuyo cráneo se adornaba con un chichón que se hinchaba por momentos. pero éstos siguieron remando tranquilamente. . Súbitamente me levanté y lancé el gancho de hierro. aturdido. conservando su ritmo. Los italianos se inclinaron sobre los remos y una vez más se metieron bajo la bovedilla del «Lancashire Queen». en el salmonero. El gozo de los espectadores alcanzaba su punto álgido y. sin preocuparse lo más mínimo por Charley. sacando el revólver de su funda. unánimemente. Charley se levantó. y miró a su alrededor con aire amenazador. La escena apenas había durado un segundo: en el momento en que el primer italiano cortaba la cuerda y Charley se agarraba a la borda. —¡Esta vez no les dejaremos escapar! —exclamó. A la siguiente vuelta. apoderándose a la vez del timón y de la escota. continuó solo la persecución. animaban a los italianos. amenazó a los italianos con el arma. con una mano sobre la cabeza.

—¡Deteneos o disparo! —dijo éste.
La terminante orden no produjo ningún efecto, así como tampoco las balas que
siguieron y que pasaron por encima de sus cabezas. Los italianos sabían tan bien
como nosotros que Charley nunca se atrevería a disparar sobre unos fugitivos
desarmados; por lo tanto prosiguieron su ronda alrededor del barco.
—¡No les dejemos! El cansancio acabará por vencerlos. ¡Muy pronto estarán sin
aliento! —exclamó Charley.
Así pues, la caza prosiguió. Veinte veces seguidas dimos, con ellos, la vuelta al
«Lancashire Queen» y por fin constatamos que sus músculos de acero empezaban a
flaquear. Estaban casi agotados; unas vueltas más y se rendirían, cuando bruscamente
la situación cambió de aspecto.
En el momento de la carrera en que teníamos el viento en contra, iban más rápido
que nosotros y ya habían recorrido más de la mitad del largo del navío a sotavento
mientras nosotros sólo estábamos a la altura de la proa. Pero esta vez, cuando dimos
la vuelta a la proa, los vimos ponerse a salvo por la escalera de bordo, que había sido
momentáneamente bajada. El complot de los marineros había sido efectuado, con toda
evidencia, con el consentimiento del capitán, ya que en el momento en que nos
acercamos al lugar en que la escalera había sido bajada, ésta fue izada a bordo, y el
bote suspendido en los pescantes del navío se balanceaba sobre nosotros fuera de
nuestro alcance.
El diálogo intercambiado entre el capitán y Charley fue tan breve como categórico.
El capitán nos prohibía absolutamente subir a bordo del «Lancashire Queen» y se
negaba enérgicamente a entregamos a los dos hombres. En ese momento, Charley
estaba tan furioso como el griego. No sólo había sufrido una lastimosa derrota tras
una larga y ridícula persecución, sino que había estado a punto de ser molido a golpes
por sus adversarios.
—¡Los tiparracos esos me han dejado un chichón! —decía indignado, golpeando
uno de sus puños en la palma de la otra mano—. ¡Pues me las pagarán! No me
moveré de aquí sin haberme vengado, aunque tenga que pasarme el resto de mis días.
¡No se me escaparán, tan cierto como me llamo Charley Le Grant!
Comenzó entonces el asedio del «Lancashire Queen», asedio tan memorable en los
anales de los pescadores como en los de la Patrulla Pesquera. Cuando el «Reindeer»
volvió después de una persecución en vano de la flotilla de pesca, Charley le rogó a
Neil Partington que le enviara su propio salmonero con mantas, víveres y un hornillo
de madera. El intercambio de barcos tuvo lugar antes de la puesta de sol, y nos
separamos de nuestro griego, que fue conducido a Benicia y encarcelado por haber

infringido la ley.
Después de cenar, Charley y yo hicimos guardias alternativas, cada cuatro horas,
hasta la salida del sol. Aquella noche, los italianos no intentaron huir, aunque el navío
inglés había mandado un bote de exploración para asegurarse de que el peligro había
pasado.
Al día siguiente, comprendiendo que debíamos llevar a cabo un asedio en toda
regla, pensamos en cómo perfeccionar nuestra táctica. El muelle Solano, que costeaba
la orilla de Benicia, contribuyó a la realización de nuestro plan. Por pura casualidad, el
«Lancashire Queen», la orilla del Astillero de Turner y el muelle Solano formaban las
puntas de un gran triángulo equilátero. Del buque al Astillero, lado del triángulo por el
que debían huir nuestros italianos, había la misma distancia que del muelle Solano al
Astillero, lado del triángulo que debíamos seguir nosotros para llegar a la costa antes
que ellos. Podíamos, gracias a nuestra vela, ganar en velocidad a los remeros y
permitirles recorrer la mitad de la distancia antes de ponernos en camino. Pero si les
dejábamos sobrepasar aquella mitad, nos ganarían sin lugar a dudas en la carrera hacia
la orilla; por otra parte, si arrancábamos antes de que estuvieran a medio camino, les
dábamos tiempo a volver impunemente al buque.
Una línea imaginaria trazada desde el muelle Solano hasta un molino de viento
situado en la orilla opuesta dividía en dos partes iguales el lado del triángulo que
tomarían los italianos para llegar a tierra. Esta línea nos ayudó a localizar el punto
preciso hasta el que dejaríamos avanzar a los fugitivos antes de lanzamos en su
persecución.
Día tras día les veíamos, a través de los prismáticos, aventurarse remando
tranquilamente hacia el punto determinado por nosotros; cuando se acercaban,
saltábamos al salmonero y poníamos la vela. Cuando nos veían, daban media vuelta y
volvían al «Lancashire Queen» seguros de que no los podríamos alcanzar.
En previsión de posibles calmas, en las que nuestro salmonero a vela sería inútil,
teníamos a nuestra disposición un bote ligero provisto de remos en forma de cuchara.
Cuando no había viento, estábamos obligados a abandonar el muelle tan pronto como
se alejaban del navío. Además, durante la noche, había que vigilar las inmediaciones
del «Lancashire Queen», y Charley y yo debíamos montar la guardia en turnos de
cuatro horas. Sin embargo, los italianos parecían preferir huir en pleno día, de manera
que nuestras largas horas en vela no servían para nada.
—Me da rabia privarme de mi cómoda cama mientras esos bribones duermen
tranquilamente ahí abajo —decía Charley—. ¡Pero les pesará! Les forzaré a
permanecer tanto tiempo en ese navío que el capitán tendrá que cobrarles alquiler.

Nos encontrábamos ante un problema extremadamente arduo: mientras les
vigilábamos, a los italianos les era imposible escapar; si maniobraban con prudencia,
no los podíamos coger. Charley no dejaba de exprimirse el cerebro, pero por una vez
la imaginación le falló. La única solución parecía ser la paciencia. Se trataba de
esperar: el que aguantara más tiempo ganaría la partida.
Aún aumentó más nuestro furor, pues amigos de nuestros italianos establecieron
un código de señales entre el «Lancashire Queen» y la orilla, lo cual nos impedía
abandonar ni un solo instante nuestro puesto de observación. Por otra parte, uno o
dos pescadores, de aspecto más bien sospechoso, rondaban las aguas del muelle
Solano y espiaban todos nuestros movimientos. No podíamos hacer más que tascar
nuestro freno, según la expresión de Charley. Mientras tanto, aquel asedio absorbía
todo nuestro tiempo, en detrimento de nuestras otras ocupaciones.
Los días transcurrían sin que la situación cambiara lo más mínimo. No es que no
se intentara nada para remediarlo. Una noche, dos amigos de los italianos
abandonaron la orilla en un bote y trataron de engañarnos mientras los delincuentes
abandonaban el «Lancashire Queen». Su artimaña fracasó a causa de la falta de aceite
en los pescantes del navío. Los chirridos de los pescantes llegaron hasta nosotros,
abandonamos la persecución del bote y llegamos al «Lancashire Queen» en el preciso
momento en que los italianos bajaban su canoa.
Otra noche, media docena de barquitos se pusieron a circular alrededor nuestro en
las tinieblas, pero esta vez no dejamos de vigilar el navío y nuestros dos italianos,
furiosos al ver venirse abajo su plan, nos llenaron de injurias.
Charley se reía él solo en el fondo del barco:
—Es una buena señal —me dijo—. Cuando un hombre recurre al insulto, créeme,
es que su paciencia se está agotando. Y cuando se pierde la paciencia, no tarda en
perderse la cabeza. Escucha bien lo que te digo: si sabemos aguantar hasta el final, un
buen día cometerán una distracción y les echaremos el guante.
Sin embargo, eran cada vez más desconfiados, y Charley tuvo que reconocer que
sus pronósticos eran equivocados. La resistencia de aquellos italianos igualaba a la
nuestra, y la segunda semana de asedio se hizo larga y monótona. Entonces la
imaginación de Charley le sugirió una idea. Peter Boyelen, un nuevo patrullero que
los pescadores no conocían, acababa de llegar a Benicia. Le pusimos al corriente de
nuestro proyecto. A pesar de toda nuestra discreción, no sé cómo el secreto trascendió
y los italianos fueron avisados por sus amigos de la orilla para que estuvieran en alerta
constantemente.
La noche fijada para llevar a cabo nuestro ardid, Charley y yo montamos en un

con los pies en el agua. hijo? Al decir esto. habríamos corrido el riesgo de provocar. No debería designar aquel barco con ese nombre. Cuando oímos el ruido de sus remos. no lejos del «Lancashire Queen». pero de una forma tan inesperada que experimentamos una sorpresa igual a la de los hombres que intentábamos capturar. Al llegar al portalón del «Lancashire Queen» saludó al hombre que estaba de guardia. Tras nuestra vigilancia nocturna a lo largo del «Lancashire Queen». le preguntó la dirección del «Scottish Chiefs». al muelle Solano. ¿verdad. pasar al puente y bajar a calentarse y a secar sus ropas. El vigía bajó corriendo la escalera del portalón y lo sacó del agua. —¡Vaya! —exclamó Charley. como de costumbre. problemas internacionales bastante molestos. Charley y yo volvimos. Las burlas de la tripulación. hizo zozobrar expresamente su barco y luego cayó al mar. lo dejó encaramado en el último escalón del portalón. Nuestro patrullero pensaba subir a bordo del navío. compadecidos. hubiéramos apelado a los poderes superiores.bote y fuimos a apostarnos. vi en efecto la lancha motora más extraordinaria del mundo. hasta que. como cada mañana. pero se parecía mucho más a una lancha motora que a cualquier otra clase de embarcación. que se había despertado. los mismos italianos se inclinaron sobre la borda y se burlaron a costa nuestra. Podríamos haber recurrido a la policía regular de los Estados Unidos y abordar el buque inglés con el apoyo de la autoridad. aunque parezca imposible. En la mañana del catorceavo día algo vino en nuestra ayuda. Pero el capitán. ¿Tendré telarañas en los ojos? ¿Has visto alguna vez en tu vida una embarcación como ésa? Amarrada al muelle. La segunda semana de asedio tocaba a su fin. otro carguero de trigo. temblándole todo el cuerpo. Peter Boyelen salió en un horrible barcucho. nos alejamos en las tinieblas y aguardamos a que se desarrollasen los acontecimientos. pero discerní que en su voz había más decisión que esperanza. Consolémonos con no ser los primeros en reír y conservemos nuestra hilaridad para el final. Medía veintidós metros de largo. Al oscurecer. nada hospitalario. Pero las instrucciones del servicio de los pescadores obligan a los patrulleros a evitar cualquier complicación. y si. —¡Está bien! —me susurró Charley en voz baja—. en este caso. con los brazos cruzados sobre los remos. muy extrañado—. pero era tan estrecho y pobre de superestructura que parecía más pequeño de . del género de barcos que llevamos bajo el brazo. y todos permanecíamos en nuestras posiciones. resonaron cruelmente en nuestros oídos. salimos de las tinieblas para ir a buscar a nuestro hombre. me dio una palmadita en el hombro.

—No. riéndose llanamente. leímos la palabra «Streak» pintada en minúsculas letras blancas. de pie sobre el puente. El joven le escuchó con una expresión divertida en el rostro. de toda clase de temas que sobrepasaban mis conocimientos técnicos. un poco delante del «Streak» y justo por debajo de nuestro barco. Unos minutos más tarde mi compañero volvió a mi lado. Está durmiendo. es M. contemplaba la salida del sol. ¿Podría hablar con él? El mecánico meneó la cabeza. —Cuatro mil caballos de vapor y cuarenta y cinco millas por hora. —¡No. ¡Esta vez ya los tenemos! La suerte quiso que abandonásemos el «Streak» antes de que apareciera uno de los pescadores espías. En aquel momento. Al pasar bajo su popa. ya que vi a Charley hacer muchos gestos. desde . Charley y yo subimos a bordo y trabamos conversación con un mecánico que. Tate y le dirigió la palabra. —¡Rápido! Bajemos al muelle —me dijo—. Os dejo pasmados. joven millonario californiano locamente aficionado a la velocidad. que pertenecía a Sillas Tate. Su popa larga y afilada. que era su primer viaje. estaban situadas sobre una sola línea en medio del navío. indicaba claramente que el barco estaba construido pensando en la velocidad. Charley fue hacia M. Sin duda debió inquietarse por la profundidad del agua en las proximidades del Astillero de Turner. un hombre joven vestido de azul subió al puente y se detuvo un poco más lejos hacia la parte trasera para mirar salir el sol en el horizonte. ahora no. Construido enteramente en acero. ya que sólo me apasionaba la navegación a vela. y de bielas…. —¿Dónde está el propietario? —preguntó rápidamente Charley—. de la ausencia de pistones. de aplicación directa del vapor. Muertos de curiosidad. tan delgada como la hoja de una cuchilla. —Cuatro mil caballos de vapor y cuarenta y cinco millas por hora —repitió el mecánico.lo que era en realidad. Tres chimeneas. Habló de turbinas. no es posible! ¡No he oído bien! —exclamó Charley muy excitado. Contestó a nuestras preguntas de muy buen grado y al cabo de pocos minutos supimos que el «Streak» había llegado la víspera por la tarde de San Francisco. dándole explicaciones. Charley y yo volvimos a nuestro sitio habitual en el borde del muelle. sin embargo. bastante distantes la una de la otra y muy inclinadas hacia atrás. —¡Ahí está! Es él…. desbordante de alegría. ¿eh? —concluyó con orgullo. Tate —anunció el mecánico. estaba pintado de negro. capté el sentido de las últimas palabras del mecánico.

la superficie líquida. Nos desplazábamos con tal rapidez que una ola rompía a . a igual distancia del navío que de la costa. tranquilizados por la señal. tampoco dejaba de estar intrigado por nuestra indolencia. cuyas amarras delanteras y traseras fueron largadas en un abrir y cerrar de ojos. El espía que habíamos dejado sobre el muelle sacó un revólver y disparó cinco tiros al aire. sentado a nuestro lado en el borde del muelle. Charley aún no se movía. Cuando el bote hubo salvado tres cuartos de la distancia del «Lancashire Queen» a la orilla. Cuando estuvieron completamente a la altura del molino de viento. Los italianos del bote comprendieron esta señal. y los dos hombres. me confió: —Cuarenta y cinco millas por hora…. Los dos italianos. los dos italianos abandonaron el buque inglés y recorrieron su lado de triángulo hacia la orilla. la desconfianza se apoderó de ellos. los italianos del bote continuaban avanzando. ¡esta vez ya los tenemos! Los dos remeros casi estaban llegando a la altura del molino de viento. en aquel momento. Charley me dio una palmada en el hombro mientras gritaba: —¡Esta vez ya está! ¡Los tenemos! Saltamos rápidamente al «Streak». y más cerca de la costa de lo que les habíamos permitido remar hasta entonces. es decir. Lo observamos a través de nuestros prismáticos: de pie en el bote. con lo cual sólo les quedaban un cuarto de milla por recorrer. El pescador espía. Pero desde la orilla un hombre agitó un pañuelo en señal de que no había ningún peligro. Rozábamos. antes de que hubieran cubierto un cuarto de la distancia. Charley siguió con una mirada tranquila la barca de los fugitivos y. intentaban ver qué es lo que estábamos haciendo. Pero su velocidad no podía compararse con la nuestra. Mientras tanto. y éste pegó un brinco hacia delante y se alejó del embarcadero. al llegar cerca de la orilla.donde podíamos vigilar cómodamente el «Lancashire Queen». constataron con sorpresa que no dábamos ninguna señal de vida. que esperaban esta maniobra. nada puede salvarlos…. se inclinaron sobre sus remos y se pusieron a remar cada vez más deprisa. No se produjo ningún acontecimiento antes de las nueve. ya que los vimos redoblar al punto sus energías y remar como unos locos. se levantaron de nuevo y escrutaron la playa como si sospechasen que estábamos escondidos. En este punto era cuando generalmente nosotros saltábamos a nuestro salmonero e izábamos la vela. por así decirlo.

No obstante. detrás. Entonces. En realidad. virando con un viento de cuarenta y cinco millas.cada lado de nuestra popa y la espuma. reconociéndonos a Charley y a mí. pero ¿ha funcionado peor por ello? . se elevaba en una serie de tres olas que verticalmente se erguían. formando en la popa un enorme rulo de cresta espumeante que nos perseguía ávidamente y parecía a cada momento querer derrumbarse dentro del barco y engullirnos. pasamos delante suyo como una tromba. Charley no se dejó desanimar por ello. señalando con el dedo el «Streak»—. El humo de las chimeneas se doblaba en ángulo recto con la perpendicular. —Dime. y tuvimos que volver atrás y describir un círculo para situarnos entre ellos y la orilla. El «Streak» jadeaba y vibraba como un ser viviente. íbamos tan deprisa como un tren expreso. —La imaginación —repitió. En cuanto a los italianos. que aminorar la marcha antes de llegar a su altura. Imposible hacerle frente sin quedarse sin respiración. evidentemente. Charley —le preguntó Neil Partington cuando discutíamos juntos el asunto sobre el embarcadero—. me gustaría saber dónde entra en juego esta vez tu famosa imaginación. apenas nos habíamos puesto en camino cuando ya nos abalanzamos sobre ellos. se dieron por vencidos. Tuvimos. Mirad un poco ese ingenio y respondedme francamente: ¿la invención de una máquina como ésa no es el fruto de una imaginación prodigiosa? —Reconozco —añadió— que se trata de la imaginación de otro. recogieron los remos y tristemente se dejaron apresar. Fiel a su manía.

Pero esta libertad comportaba una restricción importante: desde la puesta del sol del sábado hasta la aurora del lunes estaba expresamente prohibido echar una red al mar. este reglamento había sido en general respetado por los griegos que apresaban el salmón para las fábricas de conservas y la venta en los mercados. 5. un domingo por la mañana. Prontamente Charley y yo saltamos al salmonero y singlamos hacia el lugar del delito. Permitidme antes que nada describir los métodos utilizados para esta clase de pesca. pero también la más peligrosa. nuestra hazaña más cómica. sorprendimos a la flotilla en pleno trabajo. es decir. en efecto. cruzamos los estrechos de Carquinez. a una veintena de merodeadores completamente rabiosos. era necesario. cargada con el peso. Sabia precaución por parte del Servicio de la Pesca. Los merodeadores se servían de una red para agallas. la bahía de Suisun y. darles a los peces el tiempo de remontar el río para ir a depositar los huevos. Charley fue advertido por una llamada de teléfono de uno de sus amigos de Collinsville que la flotilla entera de pescadores había salido a echar las redes. Hasta entonces. con el borde superior retenido en la superficie a base de flotadores. Este dispositivo tensa la red verticalmente en medio de la corriente y sólo permite . Fue. En cuanto a los pescadores delincuentes. me parece. no tienen más de algunos metros de ancho. los pescadores estaban autorizados a coger tanto pescado de aquella clase como su barco pudiera contener. De ciento cincuenta a doscientos o incluso doscientos cincuenta metros de largo. EL «GOLPE» DE CHARLEY Un día. y en vez de permanecer estacionarios. mientras que la parte inferior. Impulsados por una buena brisa. provisto de simples mallas en forma de rombos con una distancia al menos de veinte centímetros entre los nudos. y remolcamos. flotan con la corriente del agua. se hunde. Charley y yo apresamos de un golpe. Desde la apertura de la pesca del salmón. nunca el desafío desvergonzado de la ley fue castigado de manera tan enérgica y despiadada. tras sobrepasar el faro de la isla Ship. Ahora bien.

cuando llegamos a la red más cercana. otra bala silbó en nuestros oídos y casi nos rozó. fue seguido de la débil detonación de un fusil. Cuando la red está completamente tirante. que habían llegado a la orilla. Hacen falta dos pescadores para esta clase de operación: uno rema mientras el otro. demasiado bien. continuaron como si tal cosa. los pescadores a los que pertenecía desataron su barca y remaron tranquilamente hacia la orilla. podremos confiscar la red. fingieran ignorar hasta tal punto nuestra presencia. sólo podremos coger. ¿Será posible que no nos reconozcan? Era. empezaron de nuevo los disparos. desenrolla las mallas con cuidado. un barco. en efecto. que fue a dar en el agua. Pero cuando volvió a tirar de la red. de pie en la parte trasera. disparaban ahora sobre nosotros. En ese tiempo. Los disparos cesaron. —Qué raro —señaló Charley—. —Es curioso —murmuró Charley—. por otra parte.a los peces pequeños remontar el río. no podrían retroceder. A la segunda brazada. que nos conocían. que por lo general. los hombres atan su barco a uno de los extremos y se dejan llevar por la corriente. Los salmones. En las circunstancias actuales. el silbido de una bala. —Mi único pesar —me dijo Charley— es no poseer un centenar de brazos para apresarlos a todos de una sola vez. nadan cerca de la superficie. los dos pescadores largaron su red y alcanzaron la orilla. Los hombres. Cada barco seguía a su red y los pescadores no nos prestaban la más mínima atención. y no pueden avanzar debido a la anchura de su cuerpo. Cuando llegamos ante la flotilla de los delincuentes. Sin embargo. por desgracia. sumergen primero la cabeza en las mallas de la red. Nos dirigimos entonces hacia la segunda red. pero a la primera brazada. inadmisible pensar que todos aquellos hombres. cada barco estaba apostado a dos o trescientos metros de su vecino y. a lo sumo. pues Charley quería comprobar si estábamos expuestos a una revuelta organizada. cogimos un extremo de la red y empezamos a subirla a bordo. Al acercarnos. —Ya tenemos la respuesta —dijo tirando el extremo de la red por la borda. Charley enrolló la red en una cornamusa y se detuvo un momento. Nuestra llegada no suscitó ninguna emoción entre los pescadores. En cuanto a los otros. Amainamos la vela. hasta donde alcanzaba la vista. ya que sus agallas quedan atrapadas en las mallas. En cualquier caso. los demás aprovecharán para sacar las redes del agua y salir corriendo ante nuestras narices. a los que normalmente nuestra aparición llenaba de agitación. mientras los dos primeros volvían remando y . la superficie del río estaba cubierta de embarcaciones y de redes.

su arrogancia hacía aumentar nuestra humillación. se nos revelaban tan malos los unos como los otros. donde se repitió la misma táctica. En cuanto a los delincuentes. Neil y el griego se emboscarían a lo largo de la orilla para sorprender a los pescadores que desembarcarían con la intención de disparar sobre nosotros. Por esta época. Pero me temo mucho que en la espera el salmón sea exterminado. pues fueron ellos los que se apoderaron de Neil y de Nicolás y los retuvieron prisioneros. Charley los pinchó sin piedad. asombrándose de que la imaginación de Charley no hubiera descubierto mucho antes el medio eficaz para hacer observar el reglamento del Servicio de la Pesca. A menos que llamáramos a una compañía de soldados armados. Vencidos una vez más. se lo pasaban en grande. Al igual que él. En otras palabras. disparándonos a cubierto apenas nos dispusimos a recoger sus redes. La estrategia no carecía de astucia. la pesca dominical proseguiría hasta el día en que Charley tuviera una inspiración luminosa. y que tu idea milagrosa no sirva para nada. —Paciencia. tuvimos que alejarnos. yo me exprimía las meninges para descubrir una estratagema capaz de forzar a los griegos a respetar la ley. con aire avergonzado. Pero los griegos nos ganaron la partida. el mismo Charley tuvo que reconocerlo. Neil Partington y Nicolás fueron soltados. La insubordinación . Se reunieron con nosotros. Establecimos un plan largamente meditado: mientras Charley y yo izábamos las redes a bordo. y a lo largo de todo el río Sacramento. no podíamos intentar nada contra aquellos piratas. y los dos nos echaron una mano. regresó a la Bahía Inferior. Derrotados por completo. y a los dos se nos ocurrieron varios proyectos que. Neil Partington llegó de la Bahía Inferior. acabaré por encontrarlo —prometió Charley.amarraban la red que acabábamos de abandonar. la ley fue transgredida abiertamente. Venía acompañado de Nicolás. donde se había quedado unas cuantas semanas. cuando los discutíamos. el joven griego que nos había ayudado a capturar a los ladrones de ostras. Neil Partington. Neil le pagó con la misma moneda. —Sin ninguna duda —consintió Neil—. Durante varios domingos seguidos. Nos fuimos hacia la tercera. furioso por el contratiempo. abandonándonos a Charley y a mí con nuestros propios recursos. En la segunda red nos acogió una salva de disparos de fusil. Habían descubierto un procedimiento inédito y lo utilizarían hasta que pusiéramos las cosas en su sitio. Desbarataron nuestros planes. izamos la vela y emprendimos el largo viaje en zigzag y con el viento en contra para regresar a Benicia.

la red había servido de remolque a la embarcación. que fue arrastrada a una cincuentena de kilómetros de su puerto de atraque. Una bella mañana surgió la famosa idea. Aunque desgarrada en varios sitios y completamente embrollada. Nos encontrábamos en el muelle reservado al atraque de los barcos a vapor de servicio en el río Sacramento. Ole! —le gritó Charley a un sueco que vestía un mono azul y que engrasaba las mordazas del cuerno de la vela mayor con una corteza de tocino. Al punto comprendí lo que pensaba. pero objeté: —¡Pero no podemos fletar un carguero! —No tengo la más mínima intención. vendía el producto de su pesca en el mercado local de Berkeley. La víspera por la tarde. se había quedado dormido en el fondo de su barca. a poca distancia delante suyo. he aquí lo que había pasado. En el mismo momento vio. El interpelado masculló unos buenos días. decían: «la viejecita». a una cincuentena de kilómetros de la desembocadura del río Sacramento. pues. tiró de su pipa y volvió al trabajo. se dio cuenta de que su barco rozaba suavemente los pilotes del muelle de los cargueros de Benicia. Nuestro fracaso alentaba la desobediencia y la falta de respeto engendraba el desprecio. Hablando de Charley. Cerca de nosotros. Allí encontraré lo que me hace falta. un grupo de marineros y de curiosos se agrupaban alrededor de un tipo joven calzado con botas de marino y le escuchaban explicar sus desventuras. había que asestar un gran golpe. Pescador aficionado. que tan bien conocíamos. y «El Apache» había arrastrado su red. —¡Hola. En una palabra. No se despertó hasta el día siguiente por la mañana y. Charley me dio un codazo. Nos fuimos. atrapada entre las paletas de la rueda. yo era el «mequetrefe». Se considera que el capitán de una goleta debe ponerse a trabajar al igual que los . el vapor fluvial «El Apache»: dos hombres de la tripulación se dedicaban a desenredar los jirones de su red. Mientras el joven chico dormía. calaba ciento cuarenta toneladas y llevaba una superficie de lona mayor que ninguna de las otras goletas de la bahía. al abrir los ojos. La situación se hacía intolerable. al muelle de Turner y Charley me condujo a la cala de sirga donde el «Mary Rebecca» estaba depositado sobre los diques donde debía ser carenado y revisado. Aquella pesada goleta. Pero vayamos al Astillero de Turner. su linterna se había apagado. ciudad situada en la Bahía Inferior.crecía visiblemente entre todos los pescadores. después de haber puesto su red. Si queríamos ganarnos de nuevo la deferencia que no hacía mucho les inspirábamos a aquellos griegos.

introdujimos la punta del garfio y Charley. porque el «Mary Rebecca» se deslizará al agua esta misma noche. —No. pero Ole Ericsen movió enérgicamente la cabeza. no era la brisa habitual de la tarde. Ole Ericsen confirmó la opinión de Charley: el «Mary Rebecca» remontaría hasta el río San Joaquín. pero después de la copiosa comida que le ofrecimos. Entonces Charley le hizo una proposición al viejo marino. Nos fuimos a casa del herrero del Astillero. nos fabricaron un garfio de acero redondeado. A la mañana siguiente sus previsiones se confirmaron. Una vez terminada la operación. —Un simple garfio. desde el interior. sino una brisa endiablada que ya empezaba a levantarse. ya que sin una buena brisa nuestro plan estaba destinado al fracaso. Detrás de la orza. golpeando su enorme puño en la palma de la otra mano—. Aquella noche. Desde fuera. El «Mary Rebecca» se encallaría en cada banco de barro con ese gancho. Nos lo llevamos a bordo del «Mary Rebecca». siguiendo las indicaciones de Charley. El sol brillaba con todo su . un garfio de gran tamaño —repetía Charley. —¡De acuerdo. Charley y Ole interrogaron con inquietud el cielo para descubrir algún indicio de viento. el «Mary Rebecca» fue lanzado al agua y los preparativos para la expedición rápidamente fueron terminados. y lo fijaremos en el interior con ayuda de una tuerca. rayos y truenos! —exclamó. pero más acentuada. Cuando ya no lo necesitemos. a través de lo que le servía de quilla. Descubrieron señales seguras de un fuerte viento del oeste…. para tomar un cargamento de trigo. acabó por ceder. a través del fondo del barco. el gancho sobrepasaba en treinta y cinco centímetros el fondo de la goleta. Pero tendréis que daros prisa. no lejos de Stekten. no quiero —contestó Ole Ericsen—.hombres de su tripulación. donde. Hacia el atardecer. para sacarlo nos bastará con bajar a la bodega. Ole Ericsen se mostró indeciso un buen rato. Introduciremos el extremo superior del gancho desde fuera. hicimos un agujero. enroscó fuertemente la tuerca. Aquel día era sábado y Charley también tenía razones para apresurarse. Su curva se parecía a la de una hoz. Esta goleta representa todo lo que poseo y no tengo ningún interés en perderla. desenroscar la tuerca y el gancho caerá por su propio peso. ¡no temas nada! —se apresuró a decir Charley—. Volveremos a tapar el agujero con una clavija de madera y el «Mary Rebecca» no sufrirá ningún daño. —Que no.

a modo de boya. y se veían arrastradas a tal velocidad que los pescadores tenían que vigilar que su barco no se hiciera añicos contra las otras embarcaciones. La boya y el barco se fueron acercando poco a poco y los pescadores. por lo que Charley y Ole Ericsen convinieron que. Por lógica. Los pescadores no se alarmaron demasiado. —¡Ya pican! —exclamó Charley. enrollada en una capa contra el mástil. sacudidos por la brusquedad del movimiento. y en el otro estaban los dos pescadores en su barca. los barcos con sus redes colocadas a lo largo del río hasta donde alcanzaba la vista. se pusieron a gritar. ante nosotros. ya que los veleros de río tienen unas quillas de «talones» especiales que les permiten deslizarse sobre las redes sin que éstas se enganchen. La consternación de los pescadoras era asombrosa. como en aquel domingo de nuestro primer fracaso.esplendor. nos gritaban que orzáramos. Boyas y barcas se dirigían las unas hacia las otras desde que cogíamos la red por la mitad. aunque tuviéramos un viento tan favorable. Estaban allí. pero soplaba un violento vendaval en los estrechos de Carquinez y el «Mary Rebecca» se puso en ruta con dos rizos en la vela mayor y uno en la trinquetilla. fue subida hasta su sitio para poder colocar la vela en el momento preciso. Charley sugirió que tuviéramos lista para izar una vela mayor de estay de barco de pesca. Con viento en popa. que llevaba el timón. A la derecha había un estrecho pasaje reservado a los cargueros. extendidas a lo largo. condujo al «Mary Rebecca» directamente hacia las redes. Los pescadores. largamos los rizos. Dos minutos más tarde enganchamos una segunda red. y la espiga. y así pasamos a toda velocidad en medio de toda la flotilla. El mar estaba encrespado en los estrechos y en la bahía de Suisun. Así llegamos hasta la flotilla de pescadores de salmones. con las velas desplegadas en abanico. mientras pasábamos sobre una línea de flotadores. aunque la fuerza del viento no disminuía. pero a medida que penetrábamos en aguas más protegidas por las riberas el mar estaba más calmado. pero Charley. tendríamos que haber pasado por el pasaje de la derecha. que anunciaba la presencia de una red. creyendo estar ante un puñado de marineros de agua dulce en estado de embriaguez. En un extremo de esta línea había un barrilete. siguiéndonos a remolque. y el resto del río estaba cubierto por las redes. la trinquetilla a estribor y la vela mayor a babor. Pasado el faro de la isla Ship. ¡No podían imaginarse que formábamos parte de la Patrulla Pesquera! El arrastre de una sola red es de por sí bastante difícil. surcamos las aguas a toda velocidad. diez redes . luego una tercera.

esta vez también hubierais vuelto con las manos vacías!… Fue interrumpido por un disparo de fusil que crujió en la parte trasera: una bala arañó la pintura fresca de la cabina. Una segunda bala fue a estrellarse en la cabina. viramos para separarnos de la flota y poner rumbo hacia Collinsville. A la vista de su bonito trabajo estropeado de esta manera. alzó un puño amenazador hacia los pescadores. Charley llevaba el timón como el que regresa triunfador de una regata. Aquello era demasiado para el pobre Ericsen. Los dos marinos que formaban la tripulación del «Mary Rebecca» se reían y hacían bromas. a veinte centímetros apenas de su cabeza. Radiante. se frotaba sus grandes manos. con diez barcas conteniendo dos hombres cada una. mientras que Ole Ericsen. —¡Eh! ¡Sin el viejo Ole Ericsen. La consternación de los pescadoras era asombrosa.constituían una presa suficiente para el «Mary Rebecca». rebotó en un clavo y silbó en el aire. presa de una alegría juvenil. . Cuando tuvimos diez redes detrás nuestro.

¿qué vamos a hacer ahora? Ole Ericsen. furiosos. en poco tiempo los reptiles saltarían sobre nosotros. Las vacilaciones de Charley estaban sobradamente justificadas. Las balas se estrellaban con estrépito sobre el metal. enganchadas bajo el «Mary Rebecca». —Fondeemos en Collinsville —dijo el capitán. La ancha cara de Ole Ericsen adquirió una expresión consternada. las redes. en cuyo salvamento había participado el «Mary Rebecca». mantenían la parte trasera de nuestro barco en el viento. Era el turno de Ole Ericsen para lamentarse: —¿Por qué yo. Arrastrábamos detrás nuestro un nido de serpientes: si nos deteníamos en Collinsville. no tenía nada que ver en todo esto! Una bala rebotó en la popa y pasó a estribor silbando como un insecto maligno. . un navío que se había hundido más allá de Golden Gate. Arrastrándonos con cuidado sobre el puente. apenas podía sostener los barrotes más bajos de la rueda y mantenía el rumbo con grandes dificultades. —Y de cuchillos —añadió su compañero. los griegos. se volvió de lado y miró a su interlocutor.Se echó sobre el puente al abrigo de la borda. me he metido en este asunto? ¡Caray. Entonces Ole Ericsen bajó a la bodega vacía y volvió a subir con una gran plancha de acero que provenía del «New Jersey». Íbamos a toda velocidad: detrás nuestro. —Todos esos tipos están provistos de fusiles —señaló uno de los marineros. —No había pensado en ello. tendido sobre la espalda contra el costado del barco. un sueco. y seguimos haciendo nuestro camino. mientras una lluvia de balas caía a nuestro alrededor. tumbado sobre el puente. Si no hubiera sido por las redes que remolcábamos. pero Charley se reía burlonamente en su refugio y continuaba tranquilamente pilotando el barco. pero nos es imposible detenemos allí —gruñó Charley. Nos acercábamos a Collinsville. no dejaban de injuriarnos a voz en grito. Tuvimos que escondernos todos y el mismo Charley tuvo que abandonar momentáneamente el timón. Ole y yo transportamos la gruesa hoja de acero a la parte de atrás y la colocamos como una pantalla entre los pescadores y el timón. hubiéramos estado a merced de los pescadores rabiosos: por suerte. Charley. —Ole —dijo Charley en voz baja—. Todos los delincuentes estaban armados y pronto se desencadenó un tiroteo en toda regla. aunque con algunos zigzags.

—¡Mientras el viento no afloje! —suspiró Charley. —¿Y abandonar el «Mary Rebecca»? —preguntó Ole. y echamos una ojeada a la parte trasera para enterarnos de lo que ocurría y de los movimientos de nuestros prisioneros. Charley puso el timón a estribor y torcimos hacia el río San Joaquín. El tiroteo había cesado. las barcas habían estado separadas a intervalos irregulares y vimos que las cuatro que estaban más cerca se agrupaban poco a poco. La primera le lanzó una amarra a la que le seguía. mientras Ole se preguntaba balbuceante qué pasaría cuando alcanzaran el extremo del río. estaban tan sedientos de venganza que nos hubieran seguido al fin del mundo si hasta allí los hubiéramos remolcado. echando una mirada a sus prisioneros. la velocidad del «Mary Rebecca» no les facilitaba demasiado la . como si fuera a volcar. que hasta aquel momento nos impulsaba directamente hacia delante. seguíamos nuestro camino. y entonces…. El marino se arrastró hasta la popa del barco y cambió de bordo la trinquetilla. nos venía ahora de lado y el «Mary Rebecca» se inclinaba a babor. y por lo tanto no intentarían de ninguna manera escapar abandonando las redes. Es el río el que nos jugará una mala pasada. En aquel momento llegábamos a la altura de Collinsville. —Como quieras —le respondieron—. arrastrando siempre a la flotilla de los pescadores griegos. Acabábamos de llegar a la confluencia de los ríos Sacramento y San Joaquín. Sus redes valían más que las multas que tuvieran que pagar por haber infringido la ley. pero a mí no me atrae la idea de encontrarme en alta mar cuando esos tunantes suban a bordo… —prosiguió el marino. Hasta entonces. —Lo único que nos queda es acercar el «Mary Rebecca» a la costa y ¡sálvese quien pueda! —declaró el chistoso marino. Sin embargo. señalando con el dedo a los griegos que remolcábamos. Sin embargo. Cuando los hombres de la segunda barca atraparon el extremo de la cuerda. entonces… —Podemos marcharnos lo más rápidamente posible y dejar atrás a los griegos — dijo el chistoso marino. largaron su red y tiraron de la cuerda hasta que se situaron junto al barco que iba en cabeza. como cómodamente podrían haber hecho. pero pasamos a toda velocidad ante su embarcadero. El viento. —¿Qué importa el viento? —gimió Ole—. además. Todo el mundo sabe que un pescador se siente instintivamente unido a su red como un marino a su barco. con un horror indescriptible en la voz.

seremos nosotros los que nos iremos a hacer puñetas! —le replicó Charley. se subió a la que navegaba más cerca de nosotros. Sonriendo ante sus esfuerzos. mucho más grande que la vela de espiga. aguantado por las piernas por sus compañeros. y acabó resignándose. Ole Ericsen examinó el «Mary Rebecca» y movió la cabeza. El «Mary Rebecca» se lanzó hacia adelante con una gran sacudida y el barco de los griegos sumergió el morro en el agua. un griego de cada una de las tres embarcaciones. A veces conseguían avanzar. Pronto el barco que iba en cabeza acogió. Charley ordenó: —Ole. Los cinco hombres estaban reunidos en la proa del barco. con la ayuda de las poleas de las velas. sube la espiga. Los hombres se precipitaron en desbandada hacia atrás para evitar que el barco fuera arrastrado bajo el agua. Intentaron alcanzar el «Mary Rebecca» siguiendo los flotadores de una red. a cinco hombres armados. tras rudos esfuerzos. Observé atentamente cómo seguía su barco mientras izábamos la vela de estay. Incapaces de alcanzarnos a aquella velocidad. un lugar muy peligroso en una embarcación que va a remolque. era abordar la goleta. lo que los marinos llaman un «polipasto manual». Pero los griegos redoblaron su audacia. orillamos la espiga a lo largo. pues. pero lo que ocurría más a menudo era que. Aunque su avance era lento y laborioso y a pesar de sus numerosos altos. Luego tiraron del aparejo hasta que las dos poleas se tocaron y repitieron varias veces esta maniobra. Rasgamos la capa del mástil de la espiga que contenía la vela. —Los mástiles se van a ir a hacer puñetas —observó. los hombres apenas conseguían tirar de la cuerda unos pocos centímetros. evidentemente. no dejaban de aproximarse. El «Mary Rebecca» se inclinó aún más y marchó hacia adelante más rápido que nunca. otra al barco cargado de griegos armados. No tardaron mucho en llevar a cabo su proyecto. . Entonces un hombre. Cuando las cuatro barcas estuvieron lo suficientemente próximas para que un hombre pudiera saltar de una a otra. mientras los tiros partían de las diversas embarcaciones. —¡Pon la vela de estay! —gritó Charley. instalaron. provisto de su fusil. —¡Si no sigues mis instrucciones.tarea. cuya intención. se inclinó hacia adelante sobre la proa y ató un extremo del aparejo a la línea de flotadores. Ole echó una mirada inquieta a su arboladura. y que sólo se usaba con viento flojo.

al sheriff. corría como si fuera un galgo del océano. Merryweather era una ciudad minera. lancé el pasador. Perfecto. próxima parada! —anunció el chistoso marinero a la manera de un cobrador de tranvía—. disparate de los más peligrosos con un viento tan fuerte. protegido por la plancha de acero. . que había desplegado más tela de la que razonablemente debería llevar. Todo esto pasó en un abrir y cerrar de ojos. Además. He aquí lo que escribí: «Telefonee a Merryweather. Allí. el viento recuperaba su curso normal hacia el este y nos pusimos de nuevo en marcha con el viento en popa y las velas desplegadas a cada lado. al jefe de policía o al juez. y aquel día. —Ahora —añadió Charley— únelo sólidamente a este pasador y estáte preparado para lanzarlo a tierra. rebotó algunos metros más lejos y los curiosos se precipitaron para cogerlo. que se encontraba a seis millas de distancia. La población marítima de Antioch nos había visto instalar la espiga y la vela de estay. girando los talones hacia el río San Joaquín. y se apresurarían a echarnos una mano. —¡Antioch. ¡Y luego Merryweather! —¡Ven aquí. medio inclinado sobre el costado. deprisa! —me dijo Charley. Obedecí al pie de la letra. mientras comprobaba con ansiedad la marcha del «Mary Rebecca». el «Mary Rebecca». Crucé el puente a cuatro patas y me puse en pie cerca de él. esperábamos encontrar a toda la población masculina en la ciudad. —Eso los calmará —señaló Charley. corrimos hacia Merryweather. Avanzamos a toda velocidad hacia el muelle de carga y Charley pasó tan cerca del mismo que casi habríamos podido saltar a tierra. Ole Ericsen parecía sumido en la más profunda desesperación. los mineros no sentían mucha simpatía por los pescadores griegos. Arranca una hoja en blanco y escribe lo que voy a dictarte. El viento aullaba en la arboladura. Charley y los dos marineros recuperaban su buen humor. Fue a caer sobre el suelo del muelle con un ruido sordo. por lo tanto todo el mundo acudía al muelle para enterarse de lo que pasaba. Nos acercábamos a Antioch. con la trinquetilla hinchándose a estribor. porque si no estamos perdidos». A una señal suya. Un minuto después Antioch desaparecía detrás nuestro y. domingo. Dígales que vamos a llegar y que nos envíen al muelle tantos hombres armados como les sea posible. —Busca en mi bolsillo interior y coge mi cuadernillo de apuntes —me ordenó—. no sin razón.

—¿Por qué? No hemos corrido ningún peligro —le dijo Charley. Ole se lo quedó mirando con aire incrédulo. Cuando los griegos terminaron de subir las redes a sus barcos y lo hubieron ordenado todo. recuperando su aire dominante. Sacamos la espiga y la vela de estay. veíamos a los hombres correr por la calle mayor. A medida que nos acercábamos. hicimos descender la perilla de mesana de la vela mayor y. Entonces las amarras fueron lanzadas a tierra y atadas rápidamente. Provisto de una llave inglesa. un arco parecido sobre un radio más grande. Toda esta maniobra se realizó bajo las aclamaciones y los aplausos de los mineros entusiastas. desenroscó la tuerca y dejó caer el garfio. hacia atrás. que hasta aquel momento le había abandonado. En caso de peligro no teníamos más que dejar ir el garfio…. luego la goleta se puso proa al viento hasta que se detuvo. —¡Te lo juro! —le dijo Charley—. Ole Ericsen dejó escapar un profundo suspiro. cuando llegamos a la altura del muelle principal. pasamos la botavara al otro lado. . Charley. virando con el viento en popa. Pero cambió de opinión cuando las autoridades de la ciudad subieron a bordo para felicitarle y estrecharle la mano. —Creo que me he portado como un idiota en todo este asunto —declaró Ole Ericsen. se volvió hacia los pescadores. mientras dos avispados periodistas sacaban unas cuantas fotos del «Mary Rebecca» y de su capitán. Los muelles de Merryweather estaban plagados de gente. Los griegos. El «Mary Rebecca» describió medio círculo siguiendo el movimiento. una milicia de ciudadanos se hizo cargo de nuestros prisioneros y los condujeron a la prisión. con el fusil en mano. —Creí que nunca más volvería a ver a mi mujer —confesó. abandonaron los fusiles por propia voluntad. El espectáculo que se ofreció a nuestros ojos nos produjo una inmensa alegría. La flotilla cautiva de los pescadores describió. tal como voy a hacer ahora para que los griegos puedan recuperar sus redes. aterrorizados por aquel despliegue de fuerza armada. bajó a la bodega.

No comprendían en absoluto las leyes y las juzgaban tiránicas. significaba lo mismo desde su punto de vista. les ganaba a todos los demás barcos de la bahía. los llevábamos ante los tribunales. Demetrios vivía en Vallejo. modificando ligeramente las líneas del salmonero corriente. Con una alegría delirante descubrió que su nuevo barco poseía una notoria potencia de velocidad…. particularmente las que rigen la pesca. que a menudo les habían costado mucho dinero o varias semanas de labor. ¡Ni mucho menos! Pero aquellos rudos hombres vivían en una comunidad aislada y se ganaban penosamente la vida luchando contra los elementos. consideraban a los hombres de la Patrulla Pesquera como sus enemigos naturales. Aquel barco fue la causa de todos nuestros problemas. uno se inclinaría a pensar que éstos eran congénitamente malvados. Por otra parte. que les imponían fuertes multas. Nosotros representábamos una amenaza continua para su vida. igualmente eran capaces de realizar acciones generosas. en muchas circunstancias. Confiscábamos sus redes y aparatos prohibidos. era el más valiente y el más importante entre sus compatriotas. lo que. 6. Demetrios se llenó de orgullo y de arrogancia. o para su medio de sustento. Después de Alec el Fuerte. Por esta misma razón. los hombres de la Patrulla Pesquera eran los enemigos naturales de los pescadores. Así como el perro es el enemigo innato del gato y la serpiente del hombre. les impedíamos coger ciertos peces en determinadas épocas. DEMETRIOS CONTOS Según mis aventuras precedentes con los pescadores griegos. Nunca nos había dado mucha guerra y creo que nada enojoso nos hubiera enfrentado si no se le hubiera metido en la cabeza comprarse un barco nuevo para la pesca del salmón. Ni que decir tiene que aquellas gentes nos detestaban. de hecho. con lo cual menguaban sus ganancias. Lo había hecho construir según sus propios planos. como lo demostrará esta historia de Demetrios Contos. Nuestra incursión del domingo con el «Mary Rebecca» contra los pescadores de salmón había sembrado el pánico entre la . Si aquellos hombres nos profesaban un odio tenaz. cuando los cogíamos en falta. Al aplicar las ordenanzas.

empezó a echar la red. y Demetrios lanzó un desafío contra Benicia. Ignorábamos este hecho entonces. un enorme salmón de reflejos relucientes. Charley y yo estábamos estupefactos ante el aplomo de aquel buen hombre. vigilaba la red. La . no le quedaba otro remedio que presentarse e intentar atraparlo. pero lo supimos más tarde: su red estaba. como máximo. Charley movió la cabeza y dijo: —Confieso que esto no me cabe en la cabeza. ¿le daremos tiempo a volverlos a meter? ¿Con qué intención viene aquí a desafiar a la ley ante nuestros propios ojos? ¿En la mismísima ciudad donde vivimos? La voz de Charley adquirió un tono entristecido y continuó hablando durante algunos minutos sobre el atrevimiento inconcebible de Demetrios Contos. sin embargo. unos veinte metros. izó la vela delante de todo el mundo y partió con el viento en popa. Charley y yo nos mostrábamos escépticos. por su agitación. delante de toda Benicia. al pasar. No sacó mucho trozo. Uno de los pescadores de la localidad vino a advertirnos. y mantuvo en el aire un instante. Nuestro propio salmonero era bastante rápido y no temíamos medir nuestras fuerzas con cualquier otra embarcación de la bahía. que bien pronto ofreció el aspecto de una tribuna en un día de un importante partido de fútbol. Seguidamente penetró en el estrecho y avanzó aproximadamente doscientos metros.colonia griega. los flotadores. estirado en la parte trasera de su barco. como un caballero que entra en combate. generosos aplausos crepitaron en su honor. Llegó el domingo. Cuando un pez grande se encuentra atrapado en una red de agallas. Viró a unos diez metros del embarcadero. ya que sacó cuatro o cinco metros de red. por así decirlo. pero una presa un poco pesada la habría hecho jirones. saludó al público con teatral gesto de la mano. fuera de uso. A Charley Le Grant. cuando la brisa marina empezó a soplar con fuerza. Ciertamente podía pescar algo. Bajó la vela y. antes de echarlo al fondo del barco. advierten al pescador. el patrullero. dejándose llevar de lado por el viento. El hombre en cuestión. Por la tarde. pero a la vista de aquella muchedumbre no podíamos poner en duda la audacia del pescador griego. La provocación del griego en nuestro propio terreno se había propagado como un reguero de pólvora y toda la población marítima de Benicia se había congregado a la hora prevista en el embarcadero de los Vapores. Sin duda Demetrios acababa de ser avisado de esta manera. Ni Charley ni yo habíamos oído hablar del nuevo barco de Demetrios. en respuesta. Aunque sólo sacara quince metros de red. echar la red y ponerse a pescar el salmón. Demetrios Contos proyectaba nada menos que salir de Vallejo el domingo siguiente y.

vimos al griego. cortar su vieja red completamente gastada. Charley daba muestras de júbilo. sino que ceñía el viento casi un punto más que nosotros. Este contratiempo rondó en la mente de Charley durante dos días. No sólo su vela le daba una mayor fuerza.asistencia aplaudió a rabiar. —¡Sapristi! —exclamó Charley—. Sin embargo no parecíamos en absoluto poder más que él. además. —¡Vamos! —me dijo. No dudó ni por un momento de que podría alcanzar a Demetrios. saltamos a nuestro salmonero e izamos la vela. Hizo sacar nuestro barco fuera del agua. y yo mismo compartía esta confianza. Al instante la muchedumbre empezó a gritar. Charley se serenó. Cuando llegamos a diez metros detrás suyo. la vela resultó ser tan enorme que hizo falta poner un lastre suplementario y embarcamos casi doscientos cincuenta kilos de vieja chatarra en el fondo de nuestro barco. Una buena y ligera brisa nos hacía deslizar delicadamente sobre el agua. Los pescadores del embarcadero nos ridiculizaron cuando nos vieron amarrar nuestro barco en el muelle. o nosotros arrastramos en nuestra quilla un bidón de veinte litros de alquitrán! Sea lo que fuere. inspeccionó minuciosamente las cuerdas rodantes y se pasó la mayor parte de la noche del sábado fabricando una nueva vela más grande. tensó la escota y emprendió una larga bordada hacia las colinas de Contra-Costa. pasó ante nosotros en sentido contrario a más de treinta metros a barlovento. propietario de un excelente barco y perfectamente capacitado para manejarlo. lo limpió y pintó de nuevo los fondos del buque. hizo algunas modificaciones en la orza. Conocía la rapidez de nuestro barco y. Su vela. era un duro golpe para el orgullo de un marino. pero Demetrios huía ante nosotros. En el momento en que abandonábamos el muelle. con aire más bien mohíno. Sin perder un minuto. vibraba al sol un instante después. Charley no pudo soportarlo más. lista para ser izada. En resumidas cuentas. Cuando nos anunciaron que Demetrios tenía la intención de renovar su proeza el próximo domingo. El griego corrió a la popa. al llegar a la altura de las colinas de Contra-Costa. Este hecho nos impresionó sobre todo cuando. Charley y yo nos alejamos. En efecto. el verse derrotado en una carrera por el primero que llega. Demetrios llegó a las montañas del otro lado del estrecho. En aquel momento estábamos tan lejos que Charley me pidió que cazara la escota y volvimos viento en popa hacia Benicia. armado con un gran cuchillo. ¡Una de dos: o ese barco es un caballo de carreras. se jactaba de ganarle la partida a cualquiera en materia de navegación. .

Hasta las colinas de la Contra-Costa. Demetrios se ponía un poco más a barlovento que nosotros. Además. Demetrios Contos intentaba escaparse y nosotros nos limitábamos a correr tras él. Mientras Charley se ocupaba del timón. y su propia vela estaba embicada más alto que nunca. de un simple pecadillo. Charley meneó tristemente la cabeza: —¿Para qué empeñarse? —dijo—. la risa burlona de Demetrios llegó hasta nuestros oídos. a cambio se dejaban llevar dócilmente cuando les poníamos las manos encima. Con nuestras grandes velas y la fuerte brisa que soplaba en el estrecho de Carquinez. izó la vela y arrancó ante nuestras mismísimas narices. ya que le había añadido una larga tira de tela a lo largo de la relinga de caída. lista para dejarla ir en cualquier momento. Sin duda Demetrios tenía mucho que hacer. Mientras nuestro barco abatía el rumbo a sotavento. dejándonos llevar pisándole los talones a la misma velocidad que él. En vano nos esforzamos por alcanzarlo. hallándose solo a bordo. nos dimos cuenta de que. pero hacía ya tiempo que nuestro instinto nos impedía disparar sobre un fugitivo culpable. al parecer existía un acuerdo tácito entre patrulleros y pescadores. con una sola vuelta en la cornamusa. habrá que encontrar alguna estratagema inédita. Sin embargo. El griego había construido un barco superior al nuestro y a pesar de las indiscutibles cualidades de Charley como navegante. Pero había previsto las mejoras que Charley había realizado en su barco. en suma. Aquel memorable domingo Demetrios se fue al sitio habitual con la intención de volverse a mofar de nosotros. la maniobra en el salmonero se hacía cada vez más delicada y en todo momento temíamos volcar. . Si intenta repetir su hazaña. si le ganábamos en velocidad o maniobrábamos mejor que él. el resultado fue nulo. sabíamos que se rendiría sin resistencia. yo aguantaba con la mano la escota de la vela mayor. Si nos absteníamos de hacer uso de nuestras armas cuando huían. —¡Déjalo! —me ordenó Charley. Charley manejaba nuestro salmonero a las mil maravillas y sacaba de él el máximo partido… Charley hubiera podido sacar su revólver y disparar sobre Demetrios. En cambio. ni el uno ni el otro parecían vencer o perder ante su rival. También esta vez sopló la brisa de la tarde y Demetrios sumergió quince o veinte metros de su red podrida. Demetrios posee un barco mejor. Pero al hacer la bordada para volver a las montañas de Sonoma. Esta vez mi imaginación acudió en nuestra ayuda. no pudimos competir en velocidad con Demetrios.

que todo el rato tendrá el viento en contra. empezando por Demetrios. hijito —me dijo un poco después. El atajo está en perfecto estado y llegarás mucho antes que Demetrios. mañana por la mañana haré todos los preparativos para alquilar esa yegua —dijo Charley. en vez de volver a Vallejo. y todo el resto del día sentí una honda decepción. porque si no continuará hasta la bahía de San Pablo. corro el riesgo de quedarme de plantón en el muelle. ¿Hay fuego en la casa? —No —respondí—. ¿no crees que es una novedad sensacional? ¿Se ha oído hablar alguna vez de una Patrulla Pesquera a caballo? —Y todo ello gracias a la imaginación. —Hasta aquí es perfecto —pronunció Charley mientras yo me detenía para recobrar el aliento. El domingo tú y yo nos iremos a pasear por los alrededores de Benicia hasta el momento que aparezca la vela de Demetrios. tú volverás tranquilamente a la ciudad. Charley planteó una objeción: —Todo el mundo sabrá que voy a ir a Vallejo. —Dime. aprietas a correr y te vas a casa de Dan Maloney. En ese caso. fui a despertar a mi compañero. Pero durante la noche se me ocurrió otra nueva idea. compartiendo sin vacilar mi punto de vista. —¿Qué pasa? —gruñó éste—. —¿Verdad que sí? —continué. sintiéndote vencido por adelantado. El miércoles siguiente sometí el siguiente plan a la aprobación de Charley: —¿Y si el domingo próximo persiguiera yo solo a Demetrios en nuestro barco? Tú podrías esperarlo en el muelle de Vallejo y cogerlo a su llegada. despertándome a su vez con sobresalto —. pero así que estés fuera del alcance de la vista de la gente. luego se dio una palmada en la rodilla. Es mi cabeza la que se quema. Me temo mucho que tendremos que renunciar a tu idea. Cuando Demetrios ice su vela. Todos creerán que. El jueves. es conveniente no perseguirlo muy de lejos. Te vas pues con paso indolente. Escúchame bien. Esta observación estaba bien fundada. ¿No has dicho siempre que el hecho de . Eso anulará las sospechas de los pescadores. Charley reflexionó un instante. orgulloso de mí mismo—. Les pides prestada su yegua y te vas a Vallejo a través de los campos. —Excelente idea. Al cabo de un momento añadió: —Escucha. que estaba sumido en un profundo sueño. prefieres alejarte del muelle. ¡Por fin empiezas a usar tu cerebro! Aunque permíteme decirte que todo lo has aprendido de tu profesor. Impaciente por comunicársela a Charley. —Vale.

Sin duda la decepción que se pintó en mi cara le hizo renunciar a esta sugerencia. El griego amainó su vela cuando estuvo a doscientos metros del muelle y tiró sus quince metros de red. En el momento en que Demetrios retiraba dos enormes salmones de su red. Todos estallaron en risas. que se traduce en una yegua. no me llamo Charley Le Grant. Demetrios hizo su aparición puntual el domingo. Entonces me propuso que sacáramos un trozo de tela a lo largo del borde interior de la vela. —¡Bueno! ¡Adiós. El viernes siguiente. no me permite derrotar esta vez por completo a mi oponente. —Esta comedia durará tanto como su vieja red —masculló Charley de manera que lo oyeran algunos griegos. —Entonces. Charley me preguntó: —¿Ya podrás manejar tú solo el barco? Recuerda que hemos puesto una excelente vela mayor. estimando que se podía demostrar un poco de indulgencia hacia un hombre tan corto de inteligencia. le pasaré la mía. Los pescadores habían adquirido la costumbre dominical de reunirse sobre el embarcadero para aclamar a Demetrios Contos y divertirse a costa de nuestros fracasos. siguiendo la estela del griego. También yo estaba muy orgulloso de mi habilidad para manejar un velero y me sentía feliz sólo de pensar que correría con aquella vela mayor en el estrecho de Carquinez. pequeño! —me dijo Charley unos minutos más tarde—. Yo también tengo una vieja red en reserva. salté al barco. —¿Me dejas sacar el barco? —pregunté. que tampoco vale gran cosa —replicó maliciosamente uno de los espectadores. Voy a darme una vuelta a casa de Maloney. pues me dejó en paz hasta el sábado por la noche. si quieres —respondió alejándose con paso tranquilo. —Como quieras —dijo Charley—. Incluso hicieron extrañas apuestas a mi favor entre ellos: dos de ellos se erigieron en árbitros y me pidieron solemnemente autorización para subir en mi barco para ver más de cerca qué tal me iba. Y si esta idea. Como estaba previsto en el programa. Lo debí tranquilizar bastante en esta ocasión. je! —se rió Charley en tono sarcástico—. —Sí.adelantarse en una idea a los demás constituye la condición esencial del éxito? —¡Je. Se la regalaré… si viene a buscarla. . Los pescadores se acercaron para divertirse un poco a mi costa y mientras izaba la vela me colmaron de toda clase de consejos a cuál más grotesco.

No le di tiempo a ello y tuvo que volver al timón y a la escota. cuyos efectos conjugados encrespaban la superficie del mar. perpendicularmente a un costado… maniobra sumamente peligrosa con una vela como aquella y un tiempo como aquel. mis manos no titubeaban y en una fracción de segundo diferenciaba los mil y un pequeños detalles que no deben jamás escapar al ojo experimentado de un marino. lo cual no impidió que de todas partes surgieran risas sarcásticas como si hubiera cometido un gran error. volvió al muelle y aflojó ligeramente su vela. de tal modo que entró una cantidad de líquido equivalente a dos cubetas de agua. No me di ninguna prisa. al no ver más que a una sola persona en la barca de los patrulleros. desde la primera gran bordada. La orza no dejaba de preocuparle. Haciendo una corta bordada cuando me hallaba solamente a diez metros detrás suyo. Para ganar tiempo. Con gran alegría por mi parte. Demetrios. Le ayudaba a causar mi perdición una fuerte brisa marina con la rápida corriente del reflujo. gracias a una hábil maniobra. con el fin de darle a Charley todo el tiempo necesario. con gran regocijo por parte de los espectadores entusiasmados. Una fuerte brisa la infló de golpe e inclinó las empavesadas a sotavento. no se atrevía a abandonar el timón de nuevo para intentar . Rápidamente dejé correr la vela y enderecé la embarcación. me apercibí de que podía ponerme a sotavento un poquito más que él. esforzándose por bajarla hasta el fondo. Pero yo rebosaba valentía y no recuerdo haber manejado tan bien un barco como aquel día. Más bien fue Demetrios el que tuvo algunos problemas a raíz de que su orza se encallaba en su agujero y no lograba descender del todo. En un momento de respiro que consiguió. como le seguía a pocos metros detrás suyo. Seguidamente hizo bordadas cada vez más cortas. Estuve a la altura de las circunstancias. me separé del muelle y partí con la vela al viento. La presencia de un compañero a bordo le habría sido preciosa en aquella circunstancia. Durante todo este tiempo lo seguí a una corta distancia. En la seguridad de que Charley habría alcanzado la casa de Dan Maloney y ya cabalgaba a lomos de la yegua. lo vi atareado impacientemente alrededor de la orza. se puso a provocarme. Dejó de provocarme y emprendió la larga carrera hacia Vallejo. mi cerebro funcionaba con agilidad y rapidez. fingí estar contrariado por la forma en que estaba extendida la vela y cambié ligeramente la posición del pequeño aparejo por la cual la gran tarquina actuaba sobre la perilla de mesana de la vela. imitando sus mínimas fantasías incluso cuando dejaba completamente toda su vela al viento. Esta clase de accidente le puede ocurrir a los mejores pilotos de barcos pequeños. yendo de aquí para allá. y que ésta era sólo un chiquillo.

Corrientes contrarias que se precipitaban en todos los sentidos. Donde se encontraban aquellas potentes masas líquidas. de tal modo que mi popa fue a chocar de lleno contra él. el viento. el viento aumentaba constantemente. Encaramado sobre la borda de barlovento. el griego había separado los dos barcos con un golpe de remo y se reía ante mis narices. Le dejé hacer hasta que me puse a barlovento de su posición. soplaba hacia la bahía de San Pablo. Incapaz de ceñir el viento tan cerca como antes. y cada uno por su lado teníamos que hacer muchos esfuerzos para no zozobrar. Una vez. rizaba y embravecía las aguas. Esto hacía flamear un poco la vela. que corrían a gran velocidad. y la misma vela estaba mojada hasta la mitad de la relinga de caída. las del río Sacramento y del río San Joaquín.bajar la orza. en una quincena de millas. y agitaba fuertemente las aguas en aquella barrera. deseaba más que nunca la presencia junto a mí de un compañero. me veía obligado a aflojar la escota en las fuertes ráfagas. El primero arrastraba las aguas del río Napa y las de la marea que bajaban. Para colmo de males. las de la bahía de Suisun. La fuerte marea. Estábamos entrando en un pasaje muy malo. Además. pero cada vez conseguía escapar. empezó a tirar ligeramente de la escota y amollar un tanto para ponerse fuera de mi camino. Demetrios demostraba ser más hábil que yo en el manejo de un barco. Pero no se trataba más que de una acción hábilmente fingida. Sin darme tiempo de llegar hasta la proa y así poder saltar a su salmonero. Confieso que no habría podido mantener mi barco sin el suplemento de lastre que había añadido Charley. chocaban entre ellas formando olas que rompían tanto a un lado como a otro. con lo cual disminuía la velocidad y. perdía terreno. las aguas del mar se precipitaban en la bahía de San Pablo con un ruido de mil demonios. Estaba calado hasta los huesos. Varias veces estuve a punto de cogerle. con el timón en una mano y en la otra la escota con una sola vuelta en la cornamusa. En medio de esta pavorosa confusión. parecía que quería ponerse a barlovento y tuve que hacer otro tanto para cortarle el camino. y recuperó su velocidad primitiva mientras yo me apresuraba a conquistar de nuevo el terreno perdido. en la conjunción del estrecho de Carquinez con el de Vallejo. se formaba una temible barrera. Cuando me acerqué. conseguí ponerme a barlovento de Demetrios. Pero me consolaba constatar que a menudo Demetrios tenía que poner en práctica los mismos recursos. En aquel momento. que no cesaban de entrar en el barco. Sin ninguna duda. en consecuencia. formando torbellinos y remolinos espumeantes. que bajaba por los estrechos en dirección contraria a la del viento. . el segundo.

el mar agitado. Dos grandes olas acabaron por llenarlo y se fue a pique. con el tiempo necesario para evitarla. En medio de aquel oleaje. Nadie sabría desconfiar lo bastante de un obstáculo como aquél. en aquella horrible confusión. Sin embargo. En el mismo instante en que. La vela inmensa. Una extraña succión me agarraba las piernas y me arrastraba bajo el agua para devolverme luego a la superficie burbujeante. Seguramente habrían desaparecido entre aquellas corrientes. Instintivamente me debatía y ya iba a perder la consciencia cuando sentí que me cogían por los hombros y me izaban desde la empavesada de un barco. como un héroe conquistador. Tragaba más agua que aire y sentía que me ahogaba. Mi excitación era comparable a la del agua. El barco se portaba estupendamente. estaba aprisionado en aquel chapoteo de mareas que llenaba mis ojos. sobresaliendo por encima de las aguas. Al levantarme. saltando y marchando sobre las olas a la velocidad de un caballo de carreras. abandonándome a una muerte segura. dominando los elementos desencadenados. A fuerza de debatirme. Mis sentidos empezaban a debilitarse y se me iba la cabeza. mi barco recibió un espantoso choque y se paró de golpe. una viga flotando en la superficie del agua. La proa del barco debió estrellarse completamente. cada vez que intentaba recobrar el aliento. Sorprendí a Demetrios mirándome por encima del hombro. Fui proyectado hacia adelante. y oí su risa socarrona y sus gritos de triunfo. arrastrado por el peso del lastre. mi nariz y mi boca. percibí una forma verdosa. cubierta de moluscos. me golpeaban. . era imposible distinguir. un pigmeo. Conteniendo el aliento. pero no vi los remos por ninguna parte. sofocado y con el pecho a punto de estallar. entonaba un canto de júbilo. Imposible resistir mucho tiempo en una situación semejante. un simple punto en el espacio. no podía tardar mucho. Apenas podía contener mi entusiasmo. el aullar del viento. Las olas con espumeantes crestas me llevaban de aquí para allá. no conseguía tragar una cantidad suficiente de aire y pronto me di cuenta de que la cuestión esencial no era tanto nadar sino respirar. me aplastaban. ya que en un abrir y cerrar de ojos empezó a entrar agua en el barco. No podía hacer más que nadar hasta que llegara el fin que. las zambullidas del barco… y yo. El accidente se produjo tan rápidamente que me quedé atrapado en la vela y fui arrastrado asimismo bajo el agua. victorioso. al fondo del salmonero. una ola se abatía sobre mi cabeza. Identifiqué rápidamente aquella obsesión de los marineros: los restos de un naufragio casi completamente sumergidos. conseguí salir a la superficie. Continuó tranquilamente su camino. conseguí desembarazarme de mis pesadas botas y de mi chaqueta.

Permanecí un rato tendido en la banqueta sobre la que me habían dejado. a Demetrios Contos… Nuestra conversación se detuvo allí. con el agua saliéndome por la boca. escota en una mano y timón en la otra. aún muy débil. Y vi. sentado en la popa. Al llegar a . boca abajo. pero. —Eres un buen marino… —me dijo— vales lo que un hombre. pero no pude responder más que con un movimiento de cabeza. había vuelto sobre sus pasos para sacarme de allí. sentado en la popa. a Demetrios Contos riéndose y moviendo la cabeza con aire de niño bueno. dejándose llevar por su buen corazón. Había pensado dejar que me ahogara. Conseguí dibujar un sí con mis labios. escota en una mano y timón en la otra. … vi. me volví para conocer a mi salvador. —¿Te encuentras mejor? —me preguntó. incapaz aún de hablar. me confesó seguidamente. y el griego estaba demasiado absorto en el manejo del barco. yo debía procurar recuperarme de mis emociones. Al cabo de un momento. Aquel cumplido por parte de Demetrios me llegó al corazón.

Como patrullero. Con los ojos húmedos de lágrimas. él no quería dar su brazo a torcer. Dos días después. Yo me acogía al espíritu de la ley y no a la letra. murmuró: —Es… es el único medio honorable de salir de todo esto. Charley y yo nos peleamos por el camino de vuelta a Benicia. hijito. Había cumplido con su deber y tenía la conciencia tranquila. y jurar haber visto a Demetrios Contos coger los dos salmones que se hallaban en su posesión cuando Charley lo arrestó. Estábamos uno al lado del otro sobre el muelle cuando Charley salió de detrás de un cabillero de redes y agarró a Demetrios Contos por el brazo. pero se borraron rápidamente y comprendí que acababa de tomar una decisión. amarró el barco y me ayudó a desembarcar. poniendo sobre el escritorio cinco piezas de veinte dólares: —Yo pago la multa. no lo detengas! Una sombra de vacilación apareció por un instante en las facciones de Charley. —¡Lo siento! —dijo—. El jurado no se ausentó más que un cuarto de hora para deliberar y condenar a Demetrios a una multa de cien dólares o a quince días de prisión. había llevado a cabo un acto generoso al salvar la vida de un enemigo. en recompensa. Luego. Tuve que acudir al estrado de los testigos. —¡No! ¡Charley! ¡Este hombre acaba de salvarme la vida. pero su culpabilidad estaba fuera de toda duda. Veo que en su barco hay dos salmones acabados de pescar y hoy es domingo. —Te repito que me ha salvado la vida —insistí. le tendí la mano. sin más argumentos. debía hacerla respetar. Sufría visiblemente al ser tratado con tanta injusticia. Era lo que suponía. y el deber pura y simplemente me ordena arrestarlo. volviéndose hacia mí. se dirigió hacia el embarcadero. . Charley se acercó al escribano y dijo. fuimos a Vallejo para asistir al juicio. Demetrios estuvo a punto de estallar de furor cuando se enteró de la decisión de Charley. Demetrios se había procurado el apoyo de un abogado. el enemigo lo llevaba a prisión. —¿Quieres pagar la mitad? —me interrumpió—. Sin embargo aquel rigor sin piedad me indignaba. Sentía compasión dentro de mí por la suerte que iba a correr Demetrios. No podría faltar a mi deber. La ley prohibía la pesca del salmón en domingo. Desechando sus malos instintos. no puedo dejarme enternecer. No. Nunca un trabajo tan molesto me resultó más doloroso. —A mí también me gustaría contribuir… —empecé a decir.Vallejo.

Charley creció en su estima y yo mismo recibí parte de aquella alabanza: era el chiquillo que sabía manejar un barco. No sólo Demetrios Contos no volvió a transgredir los reglamentos de pesca sino que se convirtió en uno de nuestros mejores amigos y en más de una ocasión vino expresamente a Benicia para charlar un rato con nosotros. insistió en pagar él mismo la multa y los honorarios de su abogado. el abogado de Demetrios le informaba de que Charley Le Grant pagaba su multa. Más que cualquier otro argumento. la acción de Charley hizo comprender a los pescadores el sentido profundo de la ley. casi se enfadó. . Mientras tanto. ante la negativa de Charley. El griego vino a estrechar las manos de Charley y su cara de meridional. enrojeció de emoción. Para no ser menos en generosidad.

. Había ahorrado para sufragar mis gastos de estudiante durante tres años. y Neil mostró su intención de conducir el barco hasta Oakland. Hacía un verdadero tiempo de otoño. sin querer influir en ti por nada del mundo. y no me gustaría que te pasara algo malo justo en el momento de tu partida. cedí ante su afectuosa solicitud y compartí su punto de vista. Se necesitaba inmediatamente el «Reindeer» al sur de la bahía. ¿por qué no considerar la captura de Demetrios Contos como tu última hazaña? Esta vez ya te has comprometido bastante pero… —su voz se quebró y por un instante fue incapaz de continuar—. Además. Ya que él vivía en aquella ciudad y yo tenía que vivir con su familia durante mis años de estudio. Entonces. Llevé pues mi equipaje a bordo y hacia media tarde izamos la vela mayor del «Reindeer» y partimos. me disponía a tomar un billete de tren para Oakland. muchacho. —A fe mía que es verdad. Riéndome de los temores de Charley. a todo le llega su fin. y aunque aún faltaban algunos meses para volver a la escuela. Tras haber vivido dos años en su compañía. 7. Hasta este momento has salido sano y salvo. —Estoy seguro de que todo irá bien —repliqué con la típica seguridad del adolescente—. No me lo perdonaría nunca si ahora te pasara algo. PAÑUELO AMARILLO —Escúchame. te aconsejo que no tomes parte en ninguna otra incursión antes de abandonar la Patrulla. cuando Neil Partington llegó de Benicia. Con todos mis objetos personales bien guardados en un baúl. Charley cruzó las piernas y se echó hacia atrás para estudiar el problema. no vio razón alguna para que no embarcase mi baúl a bordo e hiciera el viaje con él y con Charley. había dejado paso a los vientos caprichosos y el cielo nublado hacía problemático el momento de nuestra llegada. La brisa marina que había soplado todo el verano. quería repasar bien algunas asignaturas para aprobar los exámenes de ingreso. me disponía pues a dejar la Patrulla Pesquera para terminar mis estudios en la escuela secundaria.

la niebla se levanta enseguida. Habíamos dado de narices contra un junco chino fondeado. cinco chinos salieron disparados. ¿Dónde estamos. de la pequeña cabina del entrepuente. indicando con el dedo un punto por el lado de donde venía el viento a través de la cortina de bruma. En el mismo instante en que llegamos a la proa. —Yo diría que la niebla se está disipando —le dijo Neil Partington. dos horas después de haber penetrado en aquel muro de bruma—. Charley reflexionó un instante. —Las seis. y al cabo de pocos minutos el «Reindeer» corría a tontas y a locas entre la húmeda oscuridad. miré con vivo interés hacia el lugar donde algunos días antes me habría ahogado irremediablemente sin la intervención del griego Demetrios Contos. pero poseía un sentido especial para prever los vientos. constataréis que no estamos a más de un millar de millas del embarcadero Landing. donde Charley y yo habíamos sitiado el «Lancashire Queen» y apresado a Alec el Fuerte. el tiempo. Un banco de niebla. . al timón. calcular las distancias. Salimos de Benicia con la marea baja. que avanzaba a través de la bahía de San Pablo. —Podrías precisar la distancia en algunas millas más —gruñó Neil. pero si. con los ojos aún semicerrados por el sueño. Charley. —Mac Near está justo enfrente —anunció Charley. Al cruzar el estrecho de Carquinez. estamos a menos de media milla y a más de un cuarto de milla. Los tres estábamos escrutando la costa en aquella dirección cuando el «Reindeer» chocó contra alguna cosa con un ruido sordo y se inmovilizó. rey de los griegos. parecía una vez más dotado del instinto de la orientación. la velocidad de las corrientes y el rumbo de manera sorprendente. salió a nuestro encuentro. tal como tengo previsto. Aún nos quedan tres horas antes de la pleamar —señaló con aspecto tranquilo. y luego respondió: —La marea nos ha desviado un poco de nuestra ruta. Corrimos a la parte delantera y encontramos la proa enganchada en los obenques de un mástil corto y achaparrado. Charley? El interpelado consultó su reloj. Al entrar en el estrecho. eché una última mirada sobre Benicia y la cala del Astillero de Turner. —Lo que te pregunto es dónde estamos —insistió Neil. —En realidad —dedujo Charley—. como abejas. Él mismo confesaba su imposibilidad para explicar aquel fenómeno. El viento aumentó con algunas pequeñas ráfagas y la niebla se disipó sensiblemente.

Charley? —Remolquemos el junco hasta San Rafael —respondió Charley. pequeño. había estado a punto de hundir el «Reindeer». Desde la popa del junco. esta vez. es la primera vez que me encuentro con una presa tan fácil. y vimos la escotilla central del junco abierta. guiando el barco por medio de una barra de un modelo antiguo y un timón lleno de grandes agujeros romboidales que dejaban pasar el agua de un lado a otro. aprovechando la protección brindada por la espesa niebla. y luego se volvió hacia mí—: Oye. «Pañuelo Amarillo» había sacado su red en la mar plana de la marea alta y. especie de pagano de cara amarilla? ¿A quién se le ocurre fondear aquí. mejor que mires por aquí —le dijo Neil en tono tranquilo. el chino que habíamos apresado el año anterior al infringir las ordenanzas de la pesca de gambas y que. reconocible por su cara picada de viruela y por el pañuelo de seda amarillo que le hacía de peinado. armaron un gran jaleo. Distinguimos el desembarcadero de Mac Near apenas a media milla de nosotros. rodeamos la Punta Pedro. te quedarás en el junco y te pasaré una cuerda para remolcarlo. sin ni siquiera avisar con el cuerno para la niebla? —le gritó Charley. Nuestros ojos siguieron la dirección indicada por el dedo de Neil. . desde donde veíamos los pueblos habitados por los pescadores chinos de gambas. en plena ruta de los buques. Charley y Neil volvieron a bordo del «Reindeer» y se pusieron en ruta. vigilaba a mis prisioneros. mezcladas con miles de pescaditos de un centímetro de largo como máximo. —A fe mía —declaró Neil—. todo músculos. que durante toda mi vida de patrullero. ¿Qué vamos a hacer con estos chinos. se había quedado allí esperando la mar plana de la marea baja para sacar su red por segunda vez. Era «Pañuelo Amarillo». A la cabeza marchaba un gran tipo. furioso. Cuando éstos divisaron uno de sus juncos remolcado por el conocido barco de la Patrulla Pesquera. Siguiendo la orilla occidental. —¿En qué pensabas. —Si quieres saber la razón. llegaremos a San Rafael antes de que la marea sea demasiado baja. empezaba de nuevo a despreciar todas las leyes de la navegación. con el junco siguiendo al extremo de la cuerda. Si aguanta el viento. estaba medio llena de gambas recién pescadas. dormiremos allí y mañana hacia mediodía desembarcaremos en Oakland. La niebla se había desvanecido por completo y la posición estimada por Charley pronto se confirmó.

había que darse prisa. los ojos inyectados en sangre y los pesados párpados le daban un aspecto feroz. Desde la popa del junco. la navegación. Le repetí la orden a «Pañuelo Amarillo». con un escalofrío. No tengo ningunas ganas de quedarme atascado toda la noche en los bancos de lodo. el horrible cuarto de hora que me había hecho pasar cuando su anterior arresto. que ya era difícil cuando la marea bajaba. resultaba imposible con la marea baja. vigilaba a mis prisioneros… El viento de tierra soplaba a ráfagas intermitentes e inseguras. que debíamos remontar para llegar a la ciudad y entregar nuestros prisioneros a las autoridades. que la transmitió a sus hombres con voz ronca. pero el pesado junco. La costa de San Rafael. arrastrado a remolque. retenía al «Reindeer» como un cuerpo muerto. Su mirada socarrona evocó en mí. sin duda una fuerte brisa nos habría sido más favorable. Por lo tanto. Padecía un constipado y en algunos momentos una tos convulsiva lo doblaba en dos. —Diles a esos colíes que pongan la vela —me ordenó Charley por fin—. atravesaba una vasta región cenagosa. con el reflujo a mitad de camino de su punto más bajo. .

formando dos ángulos rectos con los barcos y nuestra situación invitaba a la risa. Sus hombres tiraron perezosamente de las drizas de mesana y la extraña vela. ¿Qué puede pasar ahora? En seguida alcanzaremos el canal con esta bordada y luego me sigues hasta el río San Rafael. y en el momento en que entramos en él las orillas apenas se dibujaban ante mí. —¡Deja ir la cuerda! —exclamé yo. impidiéndome así sacar la mano del bolsillo. Para evitar chocar con su popa. Charley vaciló. y con la otra mano me tapó la boca. y cuando le iba a dar la orden de retroceder —las palabras me temblaban en la punta de la lengua—. Los acontecimientos que seguirán demuestran que se dio cuenta de la situación y se aprovechó de ella. Me debatí en vano mientras me ataban piernas y brazos y me amordazaban con . A pesar de la rapidez del «Reindeer». pero no tardé en convencerme de que poco a poco se estaba acercando. creía no tener nada que temer de mis cinco prisioneros. el junco avanzó por sí mismo. Sin duda habría podido luchar y liberar mi boca para lanzar un grito de alarma. Apenas distinguía la forma de su cuerpo. apenas distinguía la desembocadura del río San Rafael. Ahora la cuerda de remolque se tensaba. Estaba sentado a pocos pasos de mí en la empavesada. Con Charley detrás mío. que se encontraba ahora a barlovento del junco. juzgué prudente llevar mi revólver del bolsillo del pantalón al de la chaqueta. Navegábamos viento en popa y cuando «Pañuelo Amarillo» tiró de la escota. pero como las tinieblas me impedían vigilarlos. Entonces lo vi acercarse más. y «Pañuelo Amarillo» mandó a uno de sus hombres a que la trajera a bordo. con sus trastos de lata. Uno de los hombres de la tripulación acababa de saltar sobre mí por el lado de sotavento. En la creciente oscuridad. —No temas —le dije—. se elevó. Me apretó el brazo derecho contra el cuerpo. el junco iba más deprisa que él. disminuyendo la acción del remolque. pero el junco continuaba yendo más deprisa. Temía especialmente a «Pañuelo Amarillo». deslicé la derecha en mi bolsillo y agarré el revólver. me puse un poco a barlovento. pero en un abrir y cerrar de ojos «Pañuelo Amarillo» se precipitó sobre mí. recibí un golpe tremendo. Charley largó la cuerda. El «Reindeer» se hallaba a unos cinco minutos detrás nuestro cuando empezamos a remontar el canal estrecho y sinuoso. donde me sería más fácil alcanzarlo en caso de necesidad. Gobernando con la mano izquierda. teñida de color pardo. y al cabo de dos minutos me encontré a la altura del «Reindeer» y cortándole el viento.

confieso no haber gozado en aquel momento de la perspectiva de aquel brillante porvenir. Cuando acabe los estudios. luego Charley continuó: —Ese chiquillo ama decididamente el mar. pero atado y amordazado como estaba en el fondo de aquel junco. «Pañuelo Amarillo» quería pura y simplemente deshacerse de mí. me di cuenta de que el junco ponía rumbo hacia un pequeño río que vertía sus aguas en aquel lugar del canal de San Rafael. Le decía a Neil: —No sabría decirte hasta qué punto me complace que el chico deje por fin la Patrulla Pesquera sin que le haya ocurrido el menor accidente. tanto menos cuanto que la voz de mi amigo se iba apagando y que el «Reindeer» seguía solo en la noche su ruta hacia San Rafael. y adiviné que el objeto de la misma era yo. Con el «Reindeer» desapareció mi última esperanza. si sigue un curso de navegación y hace viajes de altura durante algún tiempo. Neil profirió algunas palabras que no pude oír. Me abandonaron así en el fondo del junco.una camisa de algodón. Los chinos no se movían. una ruidosa discusión surgió a bordo. la tripulación izó la vela y «Pañuelo Amarillo» dirigió el barco hacia la desembocadura del canal de San Rafael. Aquellas palabras eran ciertamente halagadoras. Dos minutos más tarde costeábamos la orilla y la vela fue bajada en silencio. Por nuestra posición y los movimientos de la vela. A la salida del canal. ¡Los chinos son seres tan diferentes a nosotros! Por lo que sabía. Yo conocía lo bastante el carácter chino para . «Pañuelo Amarillo» se expresaba con vehemencia. la lealtad no era. no veo por qué no habría de convertirse en capitán de un gran buque. una de sus mayores virtudes. y los demás temían las consecuencias de una acción semejante. en todo caso. percibí la voz de Charley en el momento en que el «Reindeer» pasaba junto a la desembocadura del pequeño río. La marea estaba cada vez más baja y tenía dificultades para evitar los bancos de lodo. dando órdenes en voz baja. Después de algunos momentos de suspense. Con toda evidencia. ¿Qué me iba a ocurrir? No podía imaginármelo. «Pañuelo Amarillo» tomó el timón. Yo deseaba que se encallara en la orilla. en manos de mis propios prisioneros. «Pañuelo Amarillo» se sentó cerca de mí y yo sentía que hacía esfuerzos por contener sus accesos de tos. Al cabo de siete u ocho minutos. pero los otros le oponían una resistencia no menos enérgica. pero consiguió alcanzar la bahía sin ningún accidente. que distinguía vagamente por encima de mi cabeza como una mancha sobre el cielo estrellado.

Poco después la vela fue amainada y el junco avanzó sólo con la ayuda de los remos. me concedí un momento de descanso cuando oí una voz . fui incapaz de descubrir sus verdaderas intenciones respecto a mí.comprender que sólo el temor a la policía los detenía. Tres de los chinos —calzados con grandes botas de agua— salieron del junco. pero al hacerlo un poco fuertemente. levantándome por los pies y dos de sus compañeros por los hombros. di varias vueltas sobre mí mismo. volví al montón de cáscaras. avanzaron chapoteando en el barro. Lo sentí encallarse lentamente en el barro. Puede imaginarse fácilmente la naturaleza de mis pensamientos en aquel momento trágico en que se jugaba mi vida. sus botas pisaron un suelo más firme y noté que caminaban sobre una arena que identifiqué sin vacilar: no podía ser más que una de las islas Marín. Atenazado por el dolor. y acabé por descubrir un estrecha grieta en la cual deslicé la cáscara. Un momento después. de la arena hasta las rocas. y luego el trío regresó al junco a través del fango. demasiado frágil. Sin embargo fui a rodar sobre un montón de cáscaras de peines de mar… sin duda alguna. desbordado por el número. Una idea brotó en mi mente. Froté la cuerda sobre su borde afilado. me corté varias veces y sufrí rampas en las piernas debidas a mi posición insoportable y a mis esfuerzos agotadores. Cansado de luchar. conseguí coger una cáscara. los desperdicios dejados por gentes que habían ido allí para darse un banquete con aquellos moluscos. De todas maneras. un grupo de islotes rocosos situado frente a la costa del Condado Marín. Una vez llegados a la arena seca. mientras los otros dos me pasaban por encima de la borda. Me acordaba de haber visto a los charlatanes deshacerse de sus ataduras a base de retorcerse y arrastrarse sobre el suelo. en el límite de la marea alta. oí subir la vela y ondear al viento. en mitad de la cual «Pañuelo Amarillo» desmontó la pesada barra del timón y se abalanzó hacia mí. Con las manos atadas a la espalda. era imposible aflojar la cuerda. Al cabo de un momento. «Pañuelo Amarillo». Luego todo se quedó en silencio: no podía contar más que con mis propios medios para recobrar la libertad. Rodando de nuevo sobre mí. y cogí tantas como mis manos podían contener. La disputa degeneró rápidamente en una pelea. juzgó prudente abandonar la partida y tomó de nuevo el mando del barco. en vano intenté imitarlos. mientras los otros le criticaban agriamente su falta de previsión. «Pañuelo Amarillo» me soltó unas cuantas patadas en las costillas. «Pañuelo Amarillo». quebré el nácar. Pero sus cuatro compañeros se interpusieron y se enzarzaron en una riña por la posesión de la barra. Rompí aún un cierto número de ellas. me dejaron caer brutalmente.

a juzgar por la rápida cadencia de los remos. pero. Una vez con las manos libres. Constaté la ausencia de mi revólver y de mi cuchillo. o más bien hacia el barro. Con el fin de activar mi circulación. Como la mordaza me impedía responder. un bote ligero. pero con toda seguridad había perdido el cuchillo en la arena. Al principio pensé en Charley. Pronto el ruido de su voz se perdió en la lejanía.familiar. lo cual. reflexionando. aquella noche californiana era en efecto helada. ¡Era «Pañuelo Amarillo»! Frustrado en su deseo de venganza por sus compañeros timoratos. No podía hacer más que tener paciencia hasta la salida del sol y moverme un poco para conservar un poco de calor en mis miembros. un ruido de remos sobre los escálamos llegó hasta mis oídos. Me tendí sobre la arena y presté atención. con el viento necesario para atravesaros la piel y llenaros de escalofríos. No había duda: se trataba de un islote del archipiélago Marín. tuve que aguantarme y permanecer allí tendido. yo también chapoteé. me prestó un servicio más precioso aún que el de conservar el calor de mi cuerpo. en seguida me di cuenta. atracó a una cincuentena de metros de donde estaba. Mientras buscaba ese objeto. Era Charley que me estaba buscando. Mi cerebro trabajó rápidamente: sin arma ni defensa. tuve curiosidad por saber si no había dejado caer nada de mis bolsillos al rodar sobre la arena. adornado con una franja de arena y rodeado por un mar de barro. pero en sentido . furioso por mi impotencia. El barco. había escapado del pueblo y volvía solo para llevar a cabo sus propósitos criminales. El ruido de los remos sobre los escálamos se percibía cada vez con más claridad. En medio de aquel ejercicio. Oí una tos ronca y mi corazón estuvo a punto de dejar de latir. «Pañuelo Amarillo» se había apoderado de lo primero. di unas quince vueltas corriendo alrededor de la isla y subí a su cresta rocosa. ¿Era «Pañuelo Amarillo?». abandonado sobre un islote minúsculo. estaba a merced de un bandido de piel amarilla. Me puse de nuevo a cortar mis ataduras y al cabo de una media hora la cuerda cedió. al cual temía y no sin razón. Seguidamente le di la vuelta a la isla para asegurarme del todo que me encontraba sobre una isla y no sobre una parte del continente. mientras él pasaba a remo ante la isla. Mientras el chino alcanzaba la arena chapoteando en el barro. el resto no fue más que un juego de niños: en pocos minutos liberé mis piernas y retiré la mordaza de mi boca. sobre el barro. Tuve una repentina premonición de peligro. me pareció que me habría llamado al acercarse a la orilla. Cualquier otro lugar que no fuera esta isla ofrecía más seguridad. Las islas Marín están aisladas y las visitas nocturnas constituyen una excepción. Instintivamente me volví hacia el agua.

Al principio tuve la intención de huir en el bote de «Pañuelo Amarillo». ya que dio algunos pasos en mi dirección e. lleno de escalofríos. Siguió por la arena hasta el lugar donde me había dejado en su primer viaje. Su primera idea fue por supuesto dar la vuelta a la isla para averiguar si algún barco había atracado. siguiendo las huellas dejadas por los chinos al depositarme en la arena y volver al junco. pero en aquel mismo momento. Volvió a la playa y se subió a la parte rocosa del islote. A continuación. a la luz de la llama de las cerillas. recorrí todo lo silenciosamente posible una veintena de metros antes de que él llegara a la arena. pero el temor me hostigaba y creí que sería mejor cambiar de sitio. En aquellos momentos. si hubiera encendido una cerilla me habría descubierto con toda seguridad. ya que el frío me hacía castañetear los dientes. La idea de que debía estar descansando sobre el barro debió venirle a la cabeza. Me tendí entonces en el barro helado. y convencido de que ningún barco había venido en mi busca. «Pañuelo Amarillo». . apenas distinguí los movimientos de «Pañuelo Amarillo» bajo la débil claridad estelar. escrutó largamente la superficie sombría. Se hallaba apenas a diez metros de mí. Al llegar allí. por lo tanto no abandoné la posición horizontal y avancé a cuatro patas siguiendo las huellas marcadas por las botas de los chinos. A partir del montón de cáscaras de peines. no tomó ninguna precaución para ocultar su llegada. Acababa de escapar por los pelos. La multitud de huellas dejadas por mis zapatos no dejó de intrigarle. Protegido por el ruido de sus pasos. como si sospechara la ejecución del proyecto que acababa de surgir en mi cerebro. creyéndome aún atado y amordazado. se inquietó por saber qué había sido de mí. Así llegué al borde del agua. cuando el azufre de las cerillas irritaba sus pulmones y le provocaba la tos. inclinado hacia adelante. escrutó la arena. No me atrevía a ponerme de pie debido al ruido de succión producido por el barro. confieso haber temblado más fuerte que nunca sobre mi lecho de barro. con su paso pesado. distinguí limpiamente su cara repulsiva y. Sentí con toda mi alma no poder ser testigo del desengaño de aquel tipo al no encontrarme allí… Pero este sentimiento fue bien pasajero. caminé hasta una profundidad de un metro y seguí una línea paralela a la orilla. bajó a la orilla y. Al no descubrir nuevas huellas en el barro. se aventuró en el barro para asegurarse de que su barco seguía todavía en el mismo sitio. pero no me atrevía a levantarme.contrario. temiendo ser descubierto por la mirada penetrante del celeste. buscándome a la claridad de cerillas encendidas.

como la marea continuaba bajando. permanecí aplastado y aterido sobre el barro. Al llegar al lugar donde me había tendido al principio. Yo sabía tan bien como él lo que pasaba por su cabeza. me esforzaba por reducir al mínimo el ruido de mis movimientos y conseguí cubrir así una cincuentena de metros. se puso a explorar la isla y volvió al montón de cáscaras. «Pañuelo Amarillo» volvió una vez más a la playa. Acababa de descubrir la huella dejada por mi cuerpo. «Pañuelo Amarillo» había atracado al otro lado de la isla y la había rodeado para intentar sorprenderme. habría visto igualmente las huellas. ¿Y si la partida de «Pañuelo Amarillo» fuera fingida? ¿Si actuaba así sólo para incitarme a volver a la playa? Aquella superchería me pareció plausible después de todo. Después las horas transcurrieron sin que el tipo aquel volviera a dar señales de vida. Aquella vez me alejé en dirección opuesta. Aún vacilaba en levantarme de mi lecho de barro para volver a la playa. volvió al bote y se alejó. Las únicas huellas visibles venían de su bote y del lugar donde había atracado el junco. Por otro lado. «Pañuelo Amarillo» estaba absolutamente convencido esta vez de que me ocultaba en alguna parte en el barro. descubrió fácilmente el surco dejado por la proa del junco. ya que tenía un frío horrible. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no dejar mi posición intolerable. Después de haber recorrido la que llevaba a su bote. encendió más cerillas y se detuvo un momento. Tiritaba hasta tal punto que los músculos de la espalda me causaban tanto dolor como el mismo frío. medio caminando. Nunca . Por lo tanto. Por fin. se puso a estudiar la segunda pista paso a paso. Yo no me encontraba en la isla: debía haber huido por alguna de aquellas dos pistas. Si otro barco hubiera atracado en aquel lugar. Intenté identificarla: pronto mis oídos percibieron una tos ronca demasiado familiar. Yo esperaba que no tardase en abandonar la isla. Una hora más tarde aproximadamente vi una forma que se movía sobre la playa. Medio nadando. persuadido de que no me había puesto a salvo por aquel lado. Hice bien al no moverme. Volvió a la playa y aún anduvo durante algunos instantes. Por otra parte. el chino renunció a su proyecto. siguió mis huellas hasta el agua. «Pañuelo Amarillo» había hecho más ruido con los remos del necesario. encendiendo cerillas. con la cabeza emergiendo de la superficie. temía morir si permanecía por más tiempo en aquella lastimosa postura. Luego salí del agua y me eché sobre el barro. pero como no existían. Buscar a un chiquillo en aquel mar de barro en una noche oscura era como buscar una aguja en un pajar. pero bajo un metro de líquido le era imposible distinguir nada.

Por fin —después de parecerme que habían transcurrido varios siglos— me despojé de la última de mis prendas. abandoné la lucha. Creía que no me las podría sacar nunca. os aseguro que encontré aquel café excelente. guardo el recuerdo bien claro de tres cosas: la aparición de la vela mayor del «Reindeer». durante mis primeros seis meses de estudios. En aquellos momentos el agua estaba muy cerca de mí y me tiré a ella para bañar mi cuerpo lleno de barro. El cielo teñido de rosa y el borde dorado del sol emergiendo sobre el horizonte me encontraron desamparado e inerte en medio de las cáscaras vacías. me arrastré sobre la arena de la playa durante el tiempo que mis fuerzas me lo permitieron. me empujaba hacia la playa. Por momentos creí que había llegado mi hora. Había abandonado la partida y había vuelto a la Punta Pedro. y los nudos constituían un verdadero desafío para mí. había recuperado toda mi fuerza y mi agilidad… Charley y Partington temían que cogiera una pulmonía. la señora Partington me rodeó de atenciones maternales. Mis dedos estaban tan entumecidos y torpes que me pareció tardar una hora para sacarme los zapatos: no tenía fuerza para deshacer los cordones de piel de marsopa. pero un dolor atroz me producía tirones en los músculos y en los huesos. Sin embargo. temiendo . Después de cierto tiempo la marea volvía a subir de nuevo y. En el momento en que la aurora palidecía por el Este.me hubiera creído capaz de soportar una prueba semejante. A pesar de lo caliente que estaba. más muerto que vivo. Pero el chino no volvió a aparecer. la boca y la garganta quemándome por el café un poco demasiado caliente que Neil Partington me hacía beber. y menos aún de caminar. Como en un sueño. La mar plana de la marea alta se produjo a las tres. poco a poco. Incapaz de tenerme en pie. la estufa roja de la cabina donde estaba envuelto en mantas. Me hallaba en un estado lamentable. No podía más que arrastrarme como un caracol. Las ropas llenas de barro y viscosas se me pegaban como capas de hielo. Tenía tanto frío que ya ni siquiera temblaba. por no decir grave. el amarre del barco a un centenar de metros y un bote que desatracaba. Por lo tanto. A costa de mil esfuerzos. vi la vela familiar del «Reindeer» que salía del canal de San Rafael impulsado por una ligera brisa matinal. Aún era incapaz de levantarme ni de caminar y temía tener que permanecer tendido allí hasta la eternidad. y en aquel momento me levanté sobre la arena. Antes de llegar a Oakland. el pecho y los hombros desnudos masajeados por las manos despiadadas de Charley. y demasiado débil para oponerle ninguna resistencia a «Pañuelo Amarillo» si hubiera caído sobre mí. Golpeé mis manos contra las rocas para intentar devolverles la circulación. Aquella visión está rodeada de algunas lagunas y algunos detalles que se me escapan totalmente.

. Mañana iré a Oakland para ver a Neil Partington. me parece que aún ayer era un chiquillo de dieciséis años enrolado en la Patrulla Pesquera. a su mujer y a su familia.ver aparecer los primeros síntomas de una enfermedad de pecho. después iré a Benicia a estrechar la mano de Charley Le Grant y recordar con él los buenos viejos tiempos. Sin embargo. Esta misma mañana he llegado de China. Los años pasan. tras una rápida travesía a bordo de mi bergantín «Herventar».

era precisamente uno de los furtivos y. primero en mi barco y. Fuimos abordados por uno de los hombres de la Patrulla Pesquera. con el resto de la flota. 9 de marzo de 1905. en la que me pregunta cómo fueron redactadas las historias de la Patrulla Pesquera. a mis quince o dieciséis años. De hecho. en su mayoría antiguos presidiarios. cuando era muy joven. Cuando los ostreros furtivos llegaron con sus pequeñas embarcaciones. a bordo de otro balandro del que era. en aquella época. Habían situado guardianes en los parques de ostras durante la marea baja y los habían dejado allí. Más tarde. EPÍLOGO: VERDAD Y FICCIÓN EN CUENTOS DE LA PATRULLA PESQUERA Piedmont (California). el «Reindeer». sin ocasionarles sin embargo ningún daño. que compartía con Nelson. antes que nada. completamente solos. Al Redactor Jefe del «Youth’s Companion» Estimado señor: Tengo en mis manos su carta fechada el 4 de marzo. Mi barco. sin la menor barca. en otro balandro. el capitán. de una flotilla de ostreros furtivos. cuya tripulación estaba formada por adultos. Creo útil precisar. el saqueo del parque de ostras que he descrito en una de estas historias es el relato casi idéntico de un saqueo verdadero. el cual nos . el «Razzle Dazzle». tras su naufragio. he pirateado bancos de ostras a la edad de quince o dieciséis años. que conozco perfectamente el tema del que estoy hablando. puesto que formé parte durante cierto tiempo. La única diferencia con la realidad es que esa incursión fue coronada con éxito y que ninguno de los saqueadores fue apresado. este último fue muerto poco después por la policía en Benicia. dejaron que éstas flotaran a la deriva y obligaron a los dos hombres de la patrulla a saltar al agua. ese Nelson y yo nos dirigimos hacia Benicia con un cargamento de ostras.

Charley y yo. a Charley y a mí. solo en su barca. siempre había conseguido salir bien librado. Todo el mundo vio perfectamente a ambas embarcaciones desaparecer tras el junco y. pero su reputación era tal que le permitimos hacerlo. «Blanco y Amarillo». Un día. El modo en que capturamos la gran flota china de pescadores de gambas está descrita en la primera historia. en lugar de capturarlo. Un día. Habían dragado el lugar y. después de un momento. estuvimos persiguiéndoles y al fin lograron escapar poniéndose bajo la . finalmente. Charley me dio todos esos detalles acerca de dicho asunto a mi regreso del Japón. acerca de su intención de ir a pescar esturiones en la cala del depósito naval de Turner. naturalmente. habían localizado el barco desfondado y a sus dos ocupantes muertos. Alec el Fuerte había matado a los dos hombres. en pleno día. Nelson y yo tomamos parte muy activa en las batidas contra los pescadores ilegales. escapó a las autoridades y desapareció definitivamente. el «rey de los Griegos». y todo el mundo estaba al corriente de ese odio. llegó a Benicia en su barco y vino a prevenirnos. a bordo de un salmonero capturado a los griegos de Vallejo. pero fue en vano: en el corto lapso de tiempo en el que habían estado ocultos por el junco. Tenía en su haber cierto número de hombres a los que había hecho pasar a mejor vida personalmente. pero con la ayuda de los griegos y algo de dinero. hundido su embarcación y proseguido su ruta como si nada hubiera sucedido. Más tarde. Alec el Fuerte (en esa época yo estaba en el Japón[1]) mató a dos marinos en circunstancias particularmente dramáticas. ver aparecer el barco de los dos marinos. arribamos al lugar donde se encontraban los dos hombres que se dedicaban a la pesca del esturión. ni siquiera me tomé la molestia de cambiar su nombre y su apodo. en la historia que lleva ese título.hizo una proposición que retuvo toda nuestra atención. y continuar el camino como si nada hubiera sucedido. hasta que casi se hubo ido a pique. como he escrito en mi historia. Esto es lo que sucedió: había existido siempre un odio mortal entre dos marinos ingleses (desertores) y Alec el Fuerte. la gente que se encontraba en el muelle de Martínez pudieron ver a Alec el Fuerte navegar en una dirección y a los otros dos marinos ir directos hacia él con su embarcación. Se esperaba. reaparecer a Alec el Fuerte. estaba oculto a los espectadores del muelle porque un junco encallado allí por casualidad impedía la visión. es verídico. El lugar en el que los dos barcos debieran lógicamente cruzarse. Es una relación muy fiel de lo que sucedió realmente. ha existido realmente. Algunos meses después. «El asedio del Lancashire Queen» es una amalgama de diversas historias auténticas. e incluso lo de la negativa por parte de los chinos a achicar el «Reindeer». Alec el Fuerte.

uno de los patrulleros más cobardes y del que he hablado en mi primer relato. Los pescadores formaban verdaderamente en aquella época una maldita banda y serán siempre una maldita banda. «El golpe de Charley» es un relato de pura imaginación. Pero habíamos capturado a un montón de pescadores en aquellas mismas aguas. al menos cuando escribo que me persiguió hasta tierra firme.protección del capitán de un junco. tal y como he explicado. Cuando venían a reclamar sus redes no teníamos más que detenerlos y declararlos culpables. a pesar de que iban en embarcaciones mucho más rápidas que las nuestras. Les dejábamos pasar delante y. le remolqué y estuvo prisionero hasta no llegar a la cala de San Rafael. desde luego. haciendo que los sumarios se pierdan de tribunal en tribunal y actuando con habilidad frente a los abogados lamentables que están encargados de defender nuestras demandas. porque se ha aplicado con todo rigor el peso de la ley. por el mismo motivo.. las arrastraban encima de la orilla. después de mi salida de la Patrulla Pesquera. cuando retornaban a tierra. fuertemente respaldados por las todopoderosas «Siete Compañías». De modo que los abandonamos. también es una ficción. Porque en la realidad. Cuando la Patrulla Pesquera llegaba para confiscar las redes. le atrapé por el timón. se depositaba el cuerpo de los pescadores muertos en las redes y se organizaban batallas en toda regla. pero que se basa en un antiguo truco de los pescadores: remolcaban sus redes hasta el agua y se marchaban. . como la que tuvo lugar en tomo al barco de Alec el Fuerte. Tampoco hay los mismos tiroteos. por un griego especialmente vengativo. etc. Demetrios no habría podido pura y simplemente dejar que me ahogara. no se pudo escapar y fue arrojado a prisión con todo el equipo. Pero. si bien. todavía quedan algunos exaltados. pero los camaroneros chinos siguen estando allí. «Pañuelo Amarillo». «Pañuelo Amarillo». abandonaban las redes con no menos de un millar de esturiones enganchados en los anzuelos. entre griegos e italianos. ha sido apuñalado. Pero el orgullo de navegar en una embarcación rápida y la reputación de la Patrulla Pesquera es ciertamente tal y como la ostenta en la vida real. En aquella época remota. «Demetrios Contos» es una ficción que supera de lejos a la realidad. en la realidad. que reclutan para ellos a los mejores elementos y contrarrestan eficazmente todos nuestros esfuerzos para inculparlos. mientras que en mi relato digo todo lo contrario. He descrito la historia de los años 1891 y 1892 en la bahía de San Francisco y las orillas de los alrededores. Los saqueadores de ostras no existen actualmente. George.

JACK LONDON . pienso que la guerra de los ostreros furtivos de Chesapeake no debe ser olvidada. a causa de que acabábamos de prender a dos de los suyos. Martínez. Escapamos de ellos en nuestro salmonero y. perseguidos por una horda vociferante de pescadores. a pesar de que tal y como he relatado los acusados habían sido sorprendidos con las manos en la masa. puedo prestar un testimonio válido acerca de las condiciones que eran el destino común de los pescadores hace diez años o más. más tarde. Es exacto que Charley. Pero el juicio fue una farsa. pues. protegidos por un numeroso contingente de hombres dispuestos a pelear en caso de problemas. Así. era en su mayor parte. cuando tuvo lugar el juicio. otros tres hombres y yo corrimos hasta perder el resuello por el muelle Martínez para salvar nuestra vida. Pero un inconmovible jurado de pescadores se oponía a nosotros. un puerto de pesca. con todo lo que está haciendo para dar a conocer mi obra en el Este. Atentamente. Ciertamente. hasta el punto de que determinaban el veredicto de «no culpable» sin ni siquiera levantarse de sus asientos. e innumerables pescadores fueron acusados por nuestros servicios. estuvimos presentes en la sala. y le agradecería que me enviara cuantas preguntas se refieran al tema que me concierne.

en alguien como él que no era precisamente un intelectual. le llevó incluso a defender la preeminencia de la «raza anglosajona» sobre todas las demás. y. Esa confusa amalgama. Malthus. Algunos de sus títulos han alcanzado difusión universal. la filosofía de Nietzsche) que le convertirían en una mezcla de socialista y fascista ingenuo. Darwin. pero tras múltiples aventuras regresó enfermo y fracasado.JACK LONDON (1876-1916). Spencer. de modo que durante la convalecencia decidió dedicarse a la literatura. fue un novelista y cuentista estadounidense de obra muy popular en la que figuran clásicos como La llamada de la selva (1903). Stevenson. En el centro de su cosmovisión estaba el principio de la lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes. apodo de John Griffith Chaney. sobre todo. En 1897 London se embarcó hacia Alaska en busca de oro. discípulo del evolucionismo y al servicio de un espíritu esencialmente aventurero. Un voluntarioso período de formación intelectual incluyó heterodoxas lecturas (Kipling. que llevó a su culminación la aventura romántica y la narración realista de historias en las que el ser humano se enfrenta dramáticamente a su supervivencia. Poe. unido a las doctrinas del superhombre. . su nombre verdadero. Marx.

Otra parte de su literatura tiene sin embargo como escenario las cálidas islas de los Mares del Sur. En uno de sus mejores relatos.Su obra fundamental se desarrolla en la frontera de Alaska. El silencio blanco. dice el narrador: «El espantoso juego de la selección natural se desarrolló con toda la crueldad del ambiente primitivo». donde aún era posible vivir heroicamente bajo las férreas leyes de la naturaleza y del propio hombre librado a sus instintos casi salvajes. .

Notas .

[1]Esto debe situarse hacia 1893. cuando London se embarcó como marino en el velero «Sophie Sutherland». << .