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STOKER

(2013)
Título original: “Stoker”.
Dirección: Park Chan-wook.
País: Estados Unidos.
Duración: 98 min.
Interpretación: Mia Wasikowska (India Stoker), Matthew Goode (Charles Stoker), Dermot
Mulroney (Richard Stoker), Jacki Weaver (Gwendolyn Stoker), Nicole Kidman (Evelyn Stoker).
Guión: Wentworth Miller.
Producción: Ridley Scott, Tony Scott y Michael Costigan.
Música: Clint Mansell.
Fotografía: Chung Chung-hoon.
Montaje: Nicolas De Toth.
Diseño de producción: Thérèse DePrez.
Vestuario: Kurt Swanson y Bart Mueller.

Solo era cuestión de tiempo que un cineasta como Park Chan-wook, que lo ha logrado todo en
su país de origen, acabara probando suerte en la industria norteamericana. No por necesidad
sino como un paso lógico en su carrera, la conquista del oeste, de un público más amplio. Se da la
circunstancia de que este mismo año otros dos directores surcoreanos también han realizado sus
primeros trabajos en inglés; en enero pudimos ver “El último desafío” (The Last Stand, 2013) de Kim
Jee-woon y más adelante nos llegará “Rompenieves (Snowpiercer)” (Snowpiercer, 2013) de Bong
Joon-ho, una ambiciosa producción internacional en la que ha colaborado Park.

Casualidad o no, es una buena noticia que estos autores amplíen horizontes y aporten miradas
frescas a un mercado tan saturado de fórmulas, franquicias y reciclajes. Precisamente -y aquí va
otra coincidencia-, este año también se estrena una nueva versión del trabajo más celebrado de
Park Chan-wook, “Oldboy” (Oldeuboi, 2003), camuflada como readaptación del cómic, con Spike
Lee al mando. Y aunque es habitual que los estudios ofrezcan remakes a cineastas extranjeros, el
coreano no se sintió tentado a desembarcar en América hasta que le llegó un proyecto con una
historia original. Al menos, en apariencia. Porque STOKER podría haberse titulado perfectamente
“La sombra de una duda” (Shadow of a Doubt, 1943) en clara referencia a la película dirigida por
Alfred Hitchcock.

El destino final del guión de STOKER ha sido inmejorable. Me lo imagino dando tumbos por los
cajones de algún estudio hollywoodiense, mientras los capitostes del mismo se lo pasaban unos a
otros cuchicheando entre ellos, diciendo “otro guión de un actor pretencioso que se cree cineasta y
que no llegará ni a rodarse”. Y en parte no es de extrañar que pensasen así porque a Wentworth
Miller, aparte de en la serie “Prison Break” y en un videoclip de Mariah Carey, no recuerdo haberle
visto en ninguna otra parte. Si su carrera como actor languidece, imagínate si intenta la de
guionista…

Pero, a pesar de que en Hollywood los que allí trabajan valen lo que su último proyecto, el guión
no fue desechado. Permaneció en un cajón hasta que un señor coreano vino a echarle un vistazo.
Un señor llamado nada menos que Park Chan-wook. El realizador surcoreano más conocido en
el extranjero se sintió tentado por la máquina de sueños de Hollywood y finalmente se decidió
por pensar en imágenes el guión de Miller. Anteriormente le habían ofrecido dirigir el remake de
“Posesión Infernal” (The Evil Dead, 1981), la cinta de culto de Sam Raimi, pero Park debió pensar
“¿por qué no crear mi propia película de culto?”.

El guión, al final, es lo de menos. Porque si hubiese acabado en las manos de un director con menos
talento, podría ser un telefilme, algo de lo que aún acusan a STOKER sus detractores. Pero no lo es,
simplemente por que su puesta en escena es inconmensurable. La intriga es poco original e incluso
torpe. La trama está llena de agujeros sin solución. Pero no importa. Park aprovecha las flaquezas
del guión para crear un pastiche hitchcokiano a la altura de los mejores thrillers de Brian De Palma.
STOKER es el melodrama que De Palma nunca llegó a rodar. Toda la película está trufada de
referencias hitchcokianas. Desde el omnipresente “Tío Charlie”, evidente referencia al malvado (y
encantador) asesino de viudas de “La sombra de una duda” (Shadow of a Doubt, 1943), la cabina
telefónica que recuerda a la de “Los pájaros” (Alfred Hitchcock’s The Birds, 1963), la escalera de
“Sospecha” (Suspicion, 1941), hasta los incontables homenajes a “Psicosis” (Psycho, 1960): los pájaros
disecados, la ducha, la conductora acosada por el agente de policía… Al final, todo parece un juego
en el que lo único que importa es la belleza de las imágenes. Nunca la fotografía de Chung Chung-
hoon había sido tan hermosa y la música de Clint Mansell crea un aura de ensueño en torno al
conjunto. Pero, claro, hay que querer jugar para que te guste.

Pocos directores se adivinan más dinámicos que Park Chan-wook, quien exhibiera con su Trilogía
de la Venganza todo un mapa audiovisual, erigiéndose en maestro del cine surcoreano. En la
Corea menos ruin, tan lejos de la Meca del Cine, se facturan grandes productos cargados de aristas,
de ritmo, de vigor; ejercicios de estilo -véase “Encontré al Diablo” (I Saw The Devil, 2010) o “The
Yellow Sea” (Hwanghae, 2010)- que torpedean implacablemente a las majors de Hollywood, que
ahora han decidido reclutar al mencionado director de “Oldboy”.

Lentamente sin excesos, el debut americano de Park aumenta varios puntos de grises y gira hacia
un lugar retorcidamente atractivo, aquella cinematografía que se antoja subyugante y acaba
estallando en violencia. Por ello se beneficia de primeras figuras de la gran pantalla como son Nicole
Kidman y Mia Wasikowska, seguramente el rostro más indescifrable del cine actual. No es guapa,
más bien al contrario. Su físico no aumenta las pulsaciones, pasaría inadvertido en cualquier desfile
de estrellas exóticas hollywoodienses. Su factor diferencial radica en lo que no enseña, es decir, en
lo que calla. Es tan sosa que resulta interesante oírla y verla moverse por esa mansión, hurgando
-sin hacer ruido- en tu cabecita al mismo tiempo que Matthew Goode se sabe equivocadamente
victorioso. Me cansa su expresión pétrea y vanidosa.

Mientras tanto, Nicole Kidman interpreta a la viuda que se deja querer con la figura retórica del
vino: últimamente sólo escoge papeles de milf trasnochada. La capa de esmalte o bótox nubla
su expresividad y, por tanto, su mejor instrumento es la voz. Detrás de esa cortina pervive una
excelente actriz, sin duda. Su personaje no es tanto un catalizador como una presencia abatible,
que oscila entre dos extremos de la trama, cosida a sorpresivos golpes que nos retrotraen a la
estilizada estética de Park Chan-wook.

Tal y como pasó con las obras maestras de De Palma de principios de los ‘80, STOKER crecerá con el
tiempo. Si ahora puede haberse confundido con la marabunta de de thrillerzuchos norteamericanos
que asola nuestra cartelera, el tiempo, que se encarga de separar el grano de la paja, le dará la
relevancia que se merece. Es probable que Park Chan-wook no vuelva a dirigir en Hollywood
pero con esta vez es suficiente: ha conseguido una película de culto, que puede servir, además,
como puerta de entrada de miles de cinéfilos de todo el mundo al resto de su imprescindible
filmografía.

NOTA: 9

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