André Castaigne

LA AVENTURA OPUESTA AL SOL

Dedicada a todos mis amigos.

Marzo 2017
CAPÍTULO 1

Corría sin parar por aquel lugar inhóspito. Ni
una señal de vida en ese bosque gris en el que los
árboles estaban muertos, petrificados. El suelo era
infértil, duro, seco. Hacía mucho frío y viento. El
cielo blanco, así estaba desde hacía tres días. El
adolescente en
fuga odiaba la
atmósfera de
desolación que
se hacía
presente en
cada rincón, en
cada metro.
Aun así debía
estar atento y el crujir de una rama podía alertar
su sentido auditivo sin mucho esfuerzo.

Cualquier sombra entre la gris arboleda podía
representar un peligro inminente. Tenía hambre,
pero la ausencia de olor no aumentaba sus ganas
de comer. Otra brisa, temblor en su cuerpo. La
capa que llevaba puesta aminoraba el sufrimiento
pero no era muy cómoda a la hora de dormir. El
sueño y el cansancio también acompañaban.

Lo consolaba saber que se alejaba de aquella
inmensa ciudad, conocida por todos como La
Metrópolis.

Otra brisa, más fuerte que la anterior, esta vez
acompañada de un crujido. Miró a todos lados,
nadie. El viento debió haber ocasionado tal sonido.
Volvían a su mente imágenes de edificios
espantosos y multitudes infelices, una verdadera
pesadilla en vida. El sonido de centenares de
vehículos sin nombre, el venenoso olor de los
humos que salían de centenares de chimeneas
industriales, luces que parpadean, sonidos
chillones, gritos, histeria… en pocas palabras, una
ciudad insufrible. Tenía que escapar.

A decir verdad, no tuvo que estar mucho
tiempo en la ciudad maldita, solo lo que tomó
escapar de ella, o sea dos días.

Más difícil que quitarse todos esos recuerdos
sería olvidar el moreno y alegre rostro de Handrez
Kaz-Tani’e. Por un instante el frío del bosque
desapareció al recordar la noche que lo motivó a
escapar de la infame Metrópolis.

Abrió los ojos para ver el cielo estrellado,
miles de astros luminosos tendidos en el cósmico
manto, profundo y placentero. Era, claramente,
una imagen que definía el esplendor de la
infinidad. Al cabo de pocos segundos, mientras
miraba las constelaciones supo que no andaba
solo. Estaba acostado en el húmedo pasto, se
sentó y miró alrededor, divisó no muy lejos lo que
parecía ser una fuente y una figura delgada y de
baja estatura, semejante, si no idéntica, a la de su
cuerpo.

Se acercó cautelosamente. El otro advirtió su
llegada y dejó de mirar a la gran fuente de oro
para dirigirse al adolescente con una sonrisa tan
carismática como su notable turbante.

“Me alegra verlo bien. Mi nombre es Handrez
Kaz-Tani’e. Espero que le guste este lugar, no
estamos muy lejos del Reino Estelar. Es más, creo
que por allá está El Templo de Stella y si no me
equivoco es posible escuchar a La Murga Estelar”.

“Yo soy…”.

Lo interrumpió mostrándole la palma de su
mano.
“Tranquilo, sé quién es. Contempla La Fuente
de la Juventud, dudo que puedas apreciar algo así
en un futuro, todo se está tornando realmente
oscuro. En realidad hace tiempo que tendrías que
haber despertado, pero aparentemente no estabas
listo, y era mi responsabilidad custodiarte. Pero
ahora el que debe partir soy yo”.

“¿Usted está muerto?”

Handrez rió pero sin faltarle el respeto. Lo
miró a los ojos y siguió:

“Digamos que tengo que marcharme, nunca
me gustó como suena eso de la muerte. Creo que
es adjudicarle más importancia de lo que merece.
Prefiero admirar la luna, mírela ¿no es bella
acaso?”

El adolescente estaba tan fascinado como
confundido, ¿qué buscaba Handrez? La
conversación no parecía conducirlo a nada. Al
menos el lugar era hermoso, no cuestionó la
posibilidad de que fuera tierra divina.

“Su nombre es Mapache Dominus. Es normal
que no recuerde nada, estuvo dormido durante
siete años, una suerte de prolongado letargo diría.
Su madre lo salvó de aquel monstruo…”

“Sinceramente no entiendo. Me está
preocupando”.
“Tengo en frente mío al Príncipe Opuesto Al
Sol. Heredero auténtico de la dinastía Dominus y
probablemente único habitante vivo de La Cuidad
Opuesta Al Sol, la cual fue destruida por completo
por La Emperatriz”.

“¿Destruida?”

Se quedó callado. Algo dubitativo Handrez le
respondió a Mapache:

“Estoy casi seguro que sí… si no al menos
desaparecida, oculta… en algún lugar… lo que
logró salvarlo a usted fue La Máxima Adómina, un
regalo con cualidades especiales, que pertenecía a
la misma Diosa de la Luz, Ahuramazda. Su madre
se la dio para protegerlo del peligro, teniendo fe
en que algún día despertaría y enfrentaría a La
Emperatriz para restablecer el orden en El Desierto
Opuesto Al Sol, en cuyo centro ahora se erige la
maldita Metrópolis”.
Mapache estaba procesando demasiada
información de repente, y eso que era un sujeto
muy inteligente. Recordaba vagamente algunas
cosas, el rostro de su madre, su nombre (Ápona…
Ípana… ¡Épona, sí, Épona!), la desesperación… sí,
comenzaba a acordarse de muchas cosas… pero
todo tan vago, difuso… los detalles se confundían
en su mente…

“Ya le dije su nombre, eso es lo más
importante. Confío en que poco a poco descubrirá
más cosas, no lo juzgo, fueron siete años
durmiendo. Tremenda siesta, podría decirse. Nos
volveremos a ver Mapache, por ahora escape de la
ciudad, y le sugiero que vaya a Tecnópolis, hogar
de Los Robots, o intente localizar al Rey Dopamino.
Todos ellos podrán ayudarlo en su aventura”.

En un segundo Mapache había recobrado los
sentidos. Estaba en el suelo de una polvorienta
habitación de madera sin luz ni ventanas. En su
posesión no tenía más cosas que la ropa que
llevaba puesta y una capa que le serviría de abrigo.
Se fue por la puerta, tomó un ascensor y salió a la
calle solamente para toparse con un mundo
nuevo, agresivo, ruidoso, vertiginoso, demente,
insano: tenía que escapar, y siguiendo los consejos
de Handrez, así lo hizo.

Consultando a un par de amargados
ciudadanos supo que para llegar a Tecnópolis
tendría que atravesar el desolado bosque gris y así
lo hizo.

Nada lo detuvo, ni el frío ni el hambre. Era un
joven fuerte, le habían confiado la tarea de
devolver el orden y la paz a aquel mundo.

Siguió caminando por el bosque y no
solamente aumentaba el frío sino también la
oscuridad, se acercaba la noche una vez más. Se
acomodó en las raíces de un árbol y con mucho
esfuerzo logró quedarse dormido. Despertaría a la
mañana y seguiría caminando, sin perder el rumbo
ni la motivación.

Aun así eran tanta las dudas… ¿Qué había
realmente detrás de toda la aventura? No tenía
otra opción que descubrirlo. Llegaría al fondo del
asunto.
CAPÍTULO 2

Mapache siguió
caminando envuelto en
la capa que le servía de
abrigo. El viento soplaba
con fuerza en el desierto,
y si bien tenía fría no
pasó mal rato, pudo
darse el lujo de disfrutar
de un espectáculo propio
de la naturaleza.

Las dunas parecían eternas, se extendían más
allá del horizonte, y a pesar de no ver por ningún
lado la ciudad de Tecnópolis se quedó
contemplando con sumo asombro el azul cielo
nocturno cubierto de estrellas. La luna radiante
emitía una luz capaz de guiarlo.

Sus pasos continuaron sin disminuir la
velocidad.

Observó con detenimiento cada uno de los
astros, no conocía las constelaciones pero había
oído hablar de ellas, en alguna ocasión. Por
momentos creía reconocer Las Tres Marías (como
la canción de El Salmón) o a Leo.

“Son hermosas. Son únicas. Están ahí arriba y
a la vez están solas, por más que intentemos
agruparlas” reflexionó a sus adentros.

El viento emitía un débil silbido que no llegaba
a molestar, más bien acompañaba.

Caminó tranquilo, estaba seguro que no se
encontraría con ningún peligro allí, lo intuía. Su
mirada se dirigía a las estrellas, por momentos, y al
horizonte, buscando indicios de Tecnópolis.
Por más raro que pareciera, el nombre de la
ciudad de Los Robots le traía vagos recuerdos de
su infancia. Algo le decía en lo más profundo de su
psiquis que había visitado el lugar hacía años.

Si… Robots caminando por las calles, la más
sofisticada tecnología, computadoras, edificios
iluminados con puertas metálicas, escaleras
mecánicas, pantallas táctiles, naves de todos los
tamaños… ¿auténticos recuerdos o meras
fantasías? Tenía que averiguarlo, al menos algo
interesante encontraría, de no ser así ¿por qué
otro motivo Handrez lo hubiese mandado al
aventurero?

Entonces algo muy pesado se desplazó detrás
suyo con una rapidez alarmante.

Mapache se dio vuelta: no había nada.

Se quedó quieto, su corazón latía más rápido
de lo normal. Miró a todos lados, nada.
Siguió caminando, sin mirar atrás.

Tenía hambre y sed, mucha sed.

“¡Cómo me tomaría una cerveza!” pensó con
ilusión. En ese momento una enorme estrella fugaz
recorrió el firmamento, y por alguna razón eso le
dio esperanza. No sabía a ciencia cierta a qué se
enfrentaría, no conocía a La Emperatriz, pero algo
le decía que era un ser peligroso: había logrado
apoderarse de todo El Desierto Opuesto Al Sol y
eso no era poco.
Dejó de pensar en ello. No se había percatado
de lo afortunado que había sido en el bosque o en
el desierto mismo. Tuvo la suerte, o la
coincidencia, de que ningún enemigo se apareciese
en su camino. Presentía que las cosas no andaban
bien, más allá de la horrible Metrópolis, y el
peligro acechaba en muchos lugares.

Entonces la vio...

A lo lejos… en realidad no muy lejos… estaba
Tecnópolis.

Aceleró el paso, primero trotando, luego
corriendo. Estaba entusiasmado, no tanto por
revivir los posibles recuerdos sino también por
encontrar comida, bebida y un lugar para dormir
dignamente. Una sonrisa eufórica recorría su
rostro.

Se acercaba y comenzaba a divisar sus
edificios. Notó que la ciudad no tenía muros, por lo
cual era fácil acceder. Aun así la decena de torres
que la rodeaban sugerían responder a su
seguridad.

No redujo la velocidad, sus piernas soportaban
el esfuerzo. Si quería, podía.

A medida que se acercaba algo, quizás la
decoloración en las paredes, la cual se notaba a
kilómetros, insinuaba abandono. Eso no le gustó
en absoluto a Mapache.

Toda la magia de la noche parecía venirse
abajo. Eso no sería impedimento para buscar un
lugar dónde conciliar el sueño hasta el amanecer,
estaba agotado.

Llegó a la ciudad. Como sospechaba: estaba
completamente vacía.
Los
numerosos
edificios
enseñaban
una
tecnología
admirable,
pero con excepción de alguna que otra luz, el resto
estaba completamente apagado, el abandono era
evidente.

“¡Hola! ¿Hay alguien?”

El diálogo era bilateral entre Mapache y el
silencio.

“¡Hola!... ¿Nadie?”

Por más que gritara no obtenía respuesta
alguna.
Caminó un rato por las amplias calles, apenas
iluminadas por las escasas luces que aún seguían
prendidas. Muchos vidrios, notó, estaban rotos.
Algún que otro pozo en la calle o veredas.
Vehículos futuristas abandonados. Todo lo que
veía contrastaba con sus recuerdos, los cuales
podía confirmar que correspondían a días pasados
en Tecnópolis.

Ni un Robot.

Entonces, bastante desilusionado, Mapache se
metió en un edificio que tenía la puerta abierta, y
a pesar de no hallar comida pudo servirse un vaso
de agua antes de cerrar la puerta y desplomarse en
un gomoso colchón. Al cabo de un rato advirtió
que la temperatura comenzaba a descender y se
abrigó por completo con una mantita roñosa que
colocó encima de su capa. Sin mucho esfuerzo se
quedó profundamente dormido.
CAPÍTULO 4

Un ruido fuerte logró despertar a Mapache.

Abrió los ojos sobresaltado, ¿Había sido su
imaginación? ¿Espejismo acústico?

Aguardó un rato, acostado boca arriba en el
gomoso colchón. La penumbra indicaba que
todavía no había amanecido, y algo en el cansancio
del joven evidenció que tampoco había dormido lo
suficiente, era probable que tuviese que esperar
un par de horas hasta que aclarara el día.

Tras cinco minutos de espera decidió cerrar los
ojos. Se hubiese dormido en seguida, de no ser
porque volvió a escuchar el ruido. Ésta vez sonó
con más fuerza. Era como un animal, gigante, que
se estrellaba contra una pared metálica a no
muchos metros del edificio en el que dormía.

No podía quedarse de brazos cruzados, debía
conocer el origen de tales ruidos, estruendosos,
pesados. La frecuencia aumentaba, al igual que la
intensidad. Más golpes, y más fuertes. La cosa
estaba furiosa.

Salió a la calle, donde las pocas luces le
permitían ver entre tantas sombras. No tuvo
necesidad de tantear, pero caminaba con suma
prudencia. Sumado a los golpes comenzó a
escuchar otros sonidos: algo que se arrastraba.
Podían ser sus piernas, o en su defecto su cuerpo,
y escalofriantes gruñidos.

La cosa se tranquilizó. Mapache estaba detrás
de una pared, debía asomar su cabeza y ver más
allá de la esquina que lo ocultaba. Espió por no
más de un segundo, no había necesidad de
presenciar detalles. Palideció con solo conocerlo:
un primate tremendamente fuerte, de piel blanca
y movimientos ágiles estaba pegándole a un tacho
de basura, ¿por diversión, por enojo?... pero lo
peor era su rostro, una máscara deforme,
inexpresiva, de facciones aberrantes y… esos no
eran ojos… no, ¡eran agujeros, oscuros y profundos
agujeros!
En aquel momento Mapache se preguntó: ¿no
había sido aquella cosa la que rondaba cerca suyo
en El Desierto Opuesto Al Sol?

Su figura animalesca transmitía enfermiza
maldad.

Comenzó a golpear las paredes de un edificio y
a romper vidrios. El joven aventurero sabía que era
hora de correr. Sin hacer ruido escapó de la
escena. La tiniebla de los pasillos era luz al lado de
la perversidad que acababa de presenciar.

Buscó la manera de cerrar las puertas
metálicas, pero no había interruptores ni llaves. El
monstruo podía ubicarlo con facilidad, el tiempo le
jugaba en contra. No desesperó, trató de pensar
en claro, sabía que se enfrentaba ante un peligro
mortal.

Escapó del edificio en el que dormía, buscando
con la mirada el sitio más seguro de Tecnópolis:
nada, todas las puertas abiertas, oxidadas o rotas,
y los vidrios destruidos… ¿Dónde más podía ir?

Sintió la presencia del monstruo, lento,
pesado, espeluznante. Solo podía hacer una cosa,
correr… sí, ¡pero con sumo cuidado de que no lo
escuchara! Y mientras avanzaba Mapache se
percataba de que la luces de la ciudad lo
abandonaban rápidamente, adentrándose en
zonas aún más oscuras de la abandonada ciudad.
Comenzaba, poco a poco, a inquietarse, sentía por
momentos que lo perseguía.

De repente se dio cuenta que todo ruido cesó.
Había perdido al enemigo.

La respiración del joven era agitada. Se agachó
y colocó sus manos en sus rodillas, dispuesto a
tomar aire.

En menos de un segundo vio al engendro a
pocos metros. No se había dado cuenta que había
girado la esquina. Se quedó tieso, vio su rostro
para saber lo peor: un odio animalesco, rabioso, se
vio acompañado de una especie de rugido. Y así el
aventurero comenzó a correr, dio media vuelta y
se ocultó en un callejón. Sentía que lo perseguía a
una velocidad impresionante debido a sus
gruñidos y el temblor en el suelo que provocaba a
medida que avanzaba.

La ventaja de ser pequeño era que le permitía
ocultarse. Así Mapache pudo perderlo
rápidamente. La cuestión era poder evadirlo
definitivamente. Estaba en un callejón
zigzagueante lleno de vidrios rotos en el suelo.
Buscó algún elemento para poder dañarlo, o en su
defecto distraerlo.

Un bidón de gasolina, grande y cilíndrico ¿Su
salvación? El pobre solamente podía hacer una
cosa: lo tomó y lo dejó acostado en una cercana
calle apenas empinada, pero lo suficiente como
para hacer rodar el objeto y distraer al ser.

Lo consiguió: no muy lejos lo vio persiguiendo
al objeto.

“Y todavía pensaba buscar algo para dañarlo”
se dijo a sí mismo el joven. Tenía razón, lo
superaba por mucho en tamaño.

Aun así debía encontrar un sitio dónde
ocultarse. Miró nervioso su entorno. Le llamó la
atención un edificio no muy alto pero sí bastante
grande. Había una doble puerta metálica corrediza
entreabierta. Cabía la posibilidad de poder cerrarla
por completo desde adentro, pero Mapache se
estaba arriesgando. De momento parecía no tener
otra opción, y así fue cómo se ocultó allí.
Escuchó el rugir del monstruo y corrió como
nunca lo había hecho en su vida, de eso estaba
seguro. Ni bien pasó el umbral del edificio buscó
desesperado algún interruptor para cerrar la doble
puerta.

El ser lo había descubierto, se acercaba con
suma rapidez.

“¡Por favor… dónde… dónde!”
Pasos acelerados, golpes en el piso…
corpulento pero ágil avanzaba enfurecido…

“¿Esto?... ¡No!... ¿Aquí…?”

Se acercaba… más y más cerca…

“¿Será este botón?”

Mapache oprimió un botoncito verde y
discreto.

Las puertas se cerraron lentamente, pero con
suficiente tiempo como para no dejar pasar al ser.
“Eso estuvo cerca” pensó y se sentó en el suelo,
calmando sus nervios. Lo peor había pasado, allí
estaba más seguro: de todos modos había
quedado atrapado.

No tenía sueño, no era difícil entender por
qué. Recorrió el lugar.

Ordenadores, todo tipo de tecnología
avanzada. Prendió un CPU, la computadora
despertaba. Mientras esperaba a que se
encendiera, cosa que hizo sin pensar en un
propósito específico, siguió observando cada
detalle del edificio.

Habían muchos papeles, ordenados en pilas.
Leyó fugazmente la portada y las primeras hojas
de tales documentos: compra y venta de
compuestos químicos, como por ejemplo Toxik,
Vínom o Éxita-Spiritum; estadísticas que
representaban tendencias de consumo o patrones
de comportamiento de los habitantes de
Tecnópolis; planos, arquitectura, investigaciones
varias; etc.

Entonces reparó en un archivo particular que
mostraba dos máscaras, un rostro sonriente y otro
melancólico. Por encima estaba escrito un nombre
que bien conocía.
“Dopamino Hedoni Tutá-Tutá XXI…” leyó en
voz alta Mapache. Siguió leyendo, pero para su
desgracia luego de la primera página estaba todo
manchado con una tinta verdosa, pegajosa,
¿Habría sido intencional? Intentó ver si podía leer
algo dentro de todo ese enchastre, sacar alguna
conclusión.

Solamente pudo leer una frase, bastante
oculta entre tanta tinta: “…posible cómplice: El
Rey Patricio de Rockgun Town…”.

Desconocía el significado de aquello, pero al
menos era una pista, o eso creía. No sabía dónde
estaba Dopamino, pero podía viajar al pueblo y
consultar a Patricio, él sabría algo.

La computadora encendió por completo.
Mapache se acercó con los documentos en mano.

“Contraseña” pedía la máquina. El joven no
supo qué hacer. Luego de pensar decidió que
solamente podía intentar. Pensó en personajes
famosos, celebridades, “Tarcelo Minelli… no.
Meme Contempomi… tampoco. A ver… Yo
Ventura… nada…” se decía a sí mismo mientras
tecleaba.

Pensó en su número favorito, ¡el 69!

“Acceso denegado” indicaba una y otra vez el
ordenador. Intentó durante varios minutos con
todo tipo de cosas: Bicharraco Electróquino,
Ábrete Sésamo, Andrew James, Cuarteto de Rodio,
Dengue Merengue, Capitán Meduza, Angry Aztec,
Porcelito, Benjamin Breathbuther’s Lonely Potters
Club Band, Ricardo Ford, Edgard Carnaby, Los
Nietos del Todo, Ronald Trump, Speis, Verano del
'92, Todos Tus Vivos, Sheik Yerbouti, Xöthwa,
Aleph, Zelda, Les Fleurs Du Mal, Emma Roberts,
Aphokalepcis-Khamphanas, Niandra Lades and
Usually Just a T-Shirt… pero nada funcionó…
“Seguramente ya amaneció. Escaparé de aquí
lo antes posible, evitando al maldito monstruo.
Luego partiré en busca de Rockgun Town y hablaré
con El Rey Patricio” pensó en voz alta. Sabía que
no podría entrar en los archivos de la
computadora, y bastante frustrado la apagó.
CAPÍTULO 6

Después de una incómoda siesta, si se la
puede llegar a considerar como tal, Mapache tomó
una decisión: salir del edificio y enfrentar, de ser
necesario, al primate que tanto temía.

Allí adentro había perdido noción de todo, no
sabía siquiera si era de día o de noche. Esperaba al
menos no toparse con el monstruo para lograr así
un escape sin problemas. ¿Y adónde se dirigiría
luego? Definitivamente a Rockgun Town. Debía
encontrar al Rey Patricio, debía estar enterado de
muchas cosas que el joven ignoraba por completo.

Tomó la palanca y la jaló hacia abajo. Salió con
decisión, el cielo negro, las calles también.
Silencio absoluto. Existía la opción de escapar
inadvertidamente. Corrió sigilosamente,
atravesando las calles sumidas en la más completa
soledad. Miraba con atención cada rincón, cada
esquina. Extrañaría ese lugar, le revivía buenas
memorias, pero su enemigo no tendría piedad
alguna.

Entonces escuchó un sonido detrás suyo.
Nada, falsa alarma. Por otro lado el viento se hacía
más notable y su silbido cobraba fuerza. Siguió
corriendo.

“Oh… no…” susurró cuando en medio de la
penumbra se encontró con el engendro.

De cerca dimensionó el peligro de otro modo:
esa cosa era mucho más feroz y asquerosa de lo
que creía. Los pocos metros que los distanciaban al
uno del otro les enseñó quienes eran realmente.
Mapache lo miró fijamente, el otro tan solo rugía,
atacaría en cualquier momento. El viento soplaba
con fuerza.

No podía dar media vuelta y correr, lo
atraparía con facilidad, era extremadamente
rápido, contaba con una agilidad sorprendente
para su tamaño. Tampoco podía pelear, Mapache
era pequeño y débil, sin experiencia en la lucha a
mano, el otro un enorme ser animalesco, siniestro
y despiadado. Podía ser el fin, el joven era
consciente de ello y estaba nervioso. Tenía miedo,
demasiado a decir verdad.

Otro segundo, otro silbido del viento, otro
rugido. Mapache aun así no corría su mirada del
enemigo. Atacaría en cualquier momento… ¡Un
amague de embestida! No concretó el acto, pero el
aventurero se asustó. Un ademán cruel, el
enemigo quería divertirse, hacerlo sufrir antes de
destruirlo, aniquilarlo, despedazarlo, devorarlo…

Entonces el monstruo simiesco saltó sobre El
Príncipe.

Fue un segundo, pero sucedieron bastantes
cosas:

Saltó lleno de furia. El adolescente quieto,
mirándolo fijo. Alzó una mano, como por impulso,
sin saber qué hacía. Un viento tremendamente
fuerte comenzó a soplar su rostro, sus cabellos
acompañaron el movimiento del aire. Su ceño
fruncido adoptaba un carácter aún más severo a
medida que sus ojos se tornaban amarillos,
brillantes… ¡emisores de una potente luz! La palma
abierta, sudor sobre todo el cuerpo. Un grito,
desgarrador, apasionado, triunfante…

Una gigantesca llamarada salió de su mano,
con una potencia comparable a la de su
ensordecedor grito. El monstruo estuvo
completamente envuelto en llamas. Emitió un
alarido espantoso, y fue tal su desintegración que
ni cenizas cayeron sobre Mapache. El fuego cesó
casi tan
rápido
como
había
aparecido.
El héroe
recobró el
color original en sus ojos, su transpiración se volvió
fría, su piel palideció, cayó de rodillas y respiró con
agitación.

Detrás suyo salía el sol, amanecía. Magnífica y
resplandeciente era la esfera plasmática que
ascendía imponente en el cielo. Giró su cabeza y
contempló cómo lograba brillar entre las densas
nubes de color blanco de aquel cielo tan desolado
como Tecnópolis misma. Recobró el aliento y
caminó lenta pero decididamente. Siguiente
destino: Rockgun Town.

Tenía menos miedo, se sentía confiado.
Inclusive el viento lo respetó, no silbó en absoluto.

“Así que… por eso veíamos El Anti-Atardecer…
estoy empezando a entender estas habilidades
ocultas…” pensó mientras dejaba la ciudad y
pisaba las primeras arenas del Desierto Opuesto Al
Sol.
Caminó de día y noche, no podía perder un
segundo. Los peligros no lo intimidaban tanto. Sin
embargo mantenía cautela, no buscaría pelea.
Unas aves enormes enmascaradas pasaron a lo
lejos, tan pálidas como los otros monstruos, pero
no representaron amenaza alguna.

Volvía a amanecer y a lo lejos vio una enorme
falla transformante (como la de San Andrés, para
los incultos/ignorantes). Un puente de madera era
el único lazo entre las dos partes del desierto: por
donde Mapache caminaba, llena de dunas, y el
otro lado, una llanura árida en donde
supuestamente se encontraba Rockgun Town.

Escuchaba por momentos un ruido molesto,
¿zumbido? Parecía una abeja gigante, pero no veía
nada. Poco se preocupó y siguió caminando sin
pensar en ello.
Al atardecer logró cruzar el puente. Tenía frío,
lamentó haber olvidado su capa en Tecnópolis.
Hambre, más que sed. Agotado. Paso a paso
deseaba una cama, y comida, confort, seguridad.

Anocheció, pero a pesar de no ver muchas
estrellas pudo vislumbrar no muy lejos las luces de
las casas de Rockgun Town. Al cabo de un par de
horas estaba entrando en el pueblo.

Un considerable número de sujetos vestidos
con camperas de cuero, peinados rebeldes y
motocicletas, siguieron con la vista al recién
llegado extranjero. No eran miradas hostiles, sino
más bien curiosas. “Debo tener un aspecto
terrible” se dijo a si mismo mientras buscaba un
hotel o pensión donde dormir.
Las casas eran todas de madera, tenían un
fuerte aspecto cowboy al igual que las tipografías
de los carteles. Se escuchaba en el aire música…
¿Rock? Parecía ser así.

Rápidamente se topó con un lugar espacioso
en cuya entrada se leía “Saloon”. Entró y habló con
el hombre de la barra, un tal Papp, gordo de pelo
largo, chaqueta de cuero y mirada dura pero
bondadosa.
“¡Estás destruido por lo que veo! Quedate
tranquilo que venimos ganando bien este fin de
semana, te invito una cerveza y una hamburguesa.
Si querés te podés quedar en la Habitación 10, la
última al final del pasillo, tenés que subir por la
escalera” le respondió.

El barcito era pintoresco, con suelo de madera
y decenas de mesas redondas con hombres y
mujeres tomando. La jukebox, antigua, tenía
pintado “Route 66” y alternaba su repertorio entre
blues y country, a veces rock and roll. Papp le dio
la comida a Mapache, que le agradeció con una
sinceridad difícil de no creer, y luego se puso a
limpiar unos vasos hablando con su compañero de
trabajo, un tal Chizz.
Terminó de comer en silencio. Saludó a sus
anfitriones y se dirigió a la escalera ubicada a un
costado. Subió y entró en la Habitación 10.
Adentro las paredes eran rojas, la lamparita no
alumbraba mucho, además había olor a vaca. Pero
no le importó, solamente se tumbó en la cama y
durmió. Al otro día tendría que hablar con El Rey
Patricio.
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M. B. = OBJETIVO LOCALIZADO. UBICACIÓN DE
MAPACHE DOMINUS: SECTOR 25-A.C., LATITUD
91,07 : 20 AL ESTE.

GENERAL K. R. R. = EN CASTELLANO.

M. B. = VE A ROCKTOWN GUN, YA INFORMÉ AL
DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD INTERNA. SERÁS
ESCOLTADO POR MIS HIJOS.

GENERAL K. R. R. = ¿HIJOS?

M.B. = PERDÓN… CRIATURAS. DIEZ AUTÓMATAS,
ESPECÍFICAMENTE.

GENERAL K. R. R. = ODIO CUANDO TE HACES EL
COMPLICADO, DEJA DE DECIR ESTUPIDECES
METAFÓRICAS. EN CINCO MINUTOS ESTOY
SALIENDO EN LA NAVE ALFA-013.
M. B. = EXCELENTE. ESPERO QUE NO LES PRESENTE
COMPLICACIONES TRAERLO AQUÍ.

GENERAL K. R. R. = ¿COMPLICACIONES, A MI? ME
CONOCES DESDE HACE AÑOS… NUNCA ME VISTE
CAER.

M. B. = CIERTO, PERO NO LO SUBESTIMES. SÉ DE
QUÉ ES CAPAZ ESTE CHICO.

GENERAL K. R. R. = COMO DIGAS VIEJO. SUBIENDO
A LA NAVE.

M. B. = DESPUÉS TRAELO A MI LABORATORIO,
QUIERO VERLO YO MISMO.

GENERAL K. R. R. = LO TENDRÁS EN BREVE.
CAPÍTULO 7

“¿Dónde está Mapache?” preguntó
intimidante Krushna.

“No sabemos” fue lo que vaciló el habitante
de Rockgun Town antes de recibir un puñetazo en
la cara por parte de aquel que cuestionaba. Cayó
inconsciente en el suelo. El resto de la gente
permaneció en sus casas, atemorizada. El cielo
blanco y el sonido del viento acompañaban
triunfante al infame escuadrón enviado a
investigar el pueblo. No eran más de diez los
blancos y enmascarados soldados, pero tenían
espadas y su líder, El General Krushna Roderik
Razrusheniye (Разрушение para los amigos) era
un tipo áspero, uno de los hombres más fieles de
La Emperatriz, y también uno de los más crueles y
fuertes. Era corpulento, absolutamente blanco,
como su ropa. Un corte tacita rubio de cabellera,
músculos grandes y su mirada fría e intimidante,
los ojos rojos y las diversas cicatrices en el cuerpo
complementaban su imagen.

“Entréguenlo o destruimos el lugar. No me
gusta que hagan esperar” anunció casi gritando,
acto seguido sacó una bazooka que tenía atada a la
espalda. Comenzó a cargar munición.
Todos los habitantes se dispersaron. Uno de
ellos, Skai, fue a avisarle a Papp. Sin dudarlo
ambos fueron a la Habitación 10 para advertirle a
Mapache que escapara. Mientras tanto ellos le
mostrarían el bar a Krushna para que no lo
destruyera (o al menos eso esperaban).

Habitación 10: el huésped no estaba.

Papp y Skai se miraron asombrados, ¿Dónde
se había metido el jóven?

“Aparece Mapache, no seas cobarde. La
Emperatriz quiere verlo” repetía El General a
medida que avanzaba por Rocktown Gun,
obligando a la gente a abrir sus puertas para que
los soldados investigaran cada rincón.

Pasaban los minutos… casi una hora.

El pueblo era chico, habían buscado en todo
rincón. Nada.
“¿Dónde estás cobarde? Sé que te escondes en
algún rincón. Aparece o abrimos fuego. No me
provoques, sé de lo que hablo” gritaba Krushna
agarrando con fuerza su bazooka. Disparó al cielo.
Una explosión tremenda liquidó el silencio y llenó
de fuego el firmamento.

No era broma hacer enojar a ese tipo.

“¿Me buscabas?” preguntó con burlón enojo
Mapache saliendo de un caminito. Había ido a la
casa del Rey Patricio, para encontrar que no
estaba.

“¿Dónde está Patricio?” le preguntó
desafiante a Krushna, que tan solo respondió con
una forzada sonrisa. Lo tomó del brazo y le puso
dos esposas. Toda resistencia era insignificante,
aquel monstruo era extremadamente fuerte.

Partieron los diez soldados, El General y el
joven en dirección a La Metrópolis. Subieron los
doce a una especie de pequeña nave con faroles
fluorescentes y en pocos segundos se elevaron y
remontaron vuelo a una velocidad increíble. Papp,
Chizz y Skai, junto al resto del pueblo, se quedó
mirando, impotentes ante la situación.

EL cielo se tornó más gris y al rato comenzó a
llover, lenta y melancólicamente.

Dentro del vehículo Mapache estaba en una
diminuta habitación, mirando preocupado por una
ventana redonda las dunas del Desierto Opuesto
Al Sol y las gotas cayendo sobre la arena.

No tenía muchas esperanzas, pero al menos
podría ver quién estaba detrás de todo.

Ya era de noche cuando llegaron a la gran
ciudad gris.

Disminuyeron la velocidad. Miles de ventanas
iluminaban los contornos de las diversas
edificaciones que tenía que esquivar la nave. En el
medio de semejante lugar se encontraba El
Panóptico, una torre extremadamente alta en la
cual vivía La Emperatriz.

Un relámpago iluminó los cielos y la lluvia
aumentó agresivamente. Por un segundo
solamente se vio la torre, origen de tantas
pesadillas que luego tomaron forma en el resto del
planeta.
Entraron por un enorme túnel escondido a un
costado. Antorchas violetas eran las únicas luces.
Luego llegaron a un vestíbulo con alto techo.

Predominaba un estilo gótico. Las gárgolas y
vitrales lograban provocar escalofríos en Mapache.
Las paredes estaban conformadas por rocas
negras. La nave frenó, aterrizó y los doce
tripulantes descendieron y caminaron por una
alfombra violeta. Atravesaron varios pasillos y
puertas. Cuadros de personajes oscuros parecían
seguirlos con la mirada. Una tenue melodía
ejecutada en órgano impregnaba la atmósfera de
un aspecto aún más tétrico.

“El estilo del lugar, por dentro, contrasta
notablemente con el del resto de la ciudad”
pensaba Mapache a medida que avanzaban.

Abrieron una nueva puerta, esta vez era
metalizada. El General tuvo que sacar una suerte
de tarjeta e introducir un código de cuatro dígitos
antes de entrar en el temible laboratorio.

“¿A qué hora es la reunión, Mono Blanco?”
preguntó Krushna ni bien abrió la puerta. No era
un sujeto de muchos modales a decir verdad.

Entre tantos microscopios, computadoras y
tubos de ensayo El Mono Blanco rió
inexpresivamente. Era inclusive más pequeño que
Mapache en tamaño, pero su mirada y andar
insinuaban una inteligencia tan prodigiosa como
poco moral. Su traje formal, de saco y corbata, y su
larga
cola
blanca,
le
daban
un
aspecto
algo cómico entre tanta maldad presente.

“Así que se topó con El Gigantopithecus… ¡y
encima lo destruyó!” dijo con asombro subiendo
sus cejas y mirando a Mapache directo a los ojos.
No corría su mirada, el otro tampoco.

“¿Qué era esa cosa?” preguntó Mapache
manteniendo la calma, pero sintiendo un profundo
miedo ante lo que tenía delante suyo.

Río otra vez, pero con más ruido. Le gustaba
poner nerviosos a los otros.

“Eso era mi hijo, no genética pero sí
simbólicamente. Verá, represento la parte
intelectual de la elite que opera para La
Emperatriz. Soy El Doctor Gregor Mengueleiev,
también conocido como El Mono Blanco en alusión
a mi físico. Hace tiempo que mandé un drone para
rastrar sus movimientos, era la única manera que
disponía para ello.
Mapache recordó el lejano pero molesto
zumbido cuando estaba cerca de Rockgun Town.

“Al monstruo al que se enfrentó, como
también los diez guardias escoltados por Krushna,
los llamo Autómatas, porque solamente obedecen
órdenes mías, de Krushna o La Emperatriz, Su Real
Majestad. No piensan, solo dañan, destruyen… y lo
odian, Mapache” explicó. Luego de reír de una
forma inmunda siguió “Surgieron de mis
experimentos. Son rebeldes que por oponerse al
régimen sufrieron alteraciones en la corteza
cerebral ocasionadas por electro-shocks que les
proporcioné en conjunto con una sustancia que les
inyecté previamente. A modo de adorno, les
coloco máscaras… para ocultar sus rostros”.

“Usted puede ser lúcido, racional… pero es
más monstruo que ellos” contestó furioso el
aventurero. Estaba sumamente indignado por
cómo el doctor les había quemado las neuronas,
transformando aquellas pobres almas en seres
atroces.

El Mono Blanco exponía en su discurso una
cuota de sadismo preocupante.

En esa torre había maldad… mucha maldad.

“Acompáñenos a la reunión…” concluyó el
científico sonriéndole a Krushna, que rió por lo
bajo con crueldad.

Salieron del laboratorio y caminaron por un
negro pasillo.

Consultando un cuaderno de notas El Mono
Blanco susurró a sus adentros palabras como
“Sincrotrón” y “Numertórica” entre otras, con un
ligero temblor en su voz.

Una esencia maléfica acrecentaba, el corazón
de Mapache latía con fuerza, sudor recorría su
frente. Cada vez menos antorchas, cada vez más
oscuridad.

Una puerta de madera pesada. Se abrió.
Pasaron.

Sintió un mareo… náuseas. Una espantosa
sensación se apoderó de todo su cuerpo, porque
allí estaba, sentada en su trono con la mirada fija
en la suya.

¿Mirada? ¿Esos eran ojos o agujeros? Poco
importaba, La Emperatriz no ejecutó el menor
movimiento desde su llegada.

La sala era oscura y amplia. Una mesa de
madera larga en el medio. A los costados los más
siniestros seres reían en sus sillas, emocionados al
ver al adolescente y su angustiado semblante. Al
final de la mesa, inmóvil, la mujer
extremadamente alta, tan blanca como su vestido,
con lacio cabello negro, y una tiara, abrió la boca.
Las risas cesaron ni bien comenzó a hablar. La
voz de la Emperatriz provocaba escalofríos, era
hueca, profunda, abismal…

“Te hiciste esperar… y eso no me gusta”
sentenció.
CAPÍTULO 8

En la negra sala el silencio era absoluto.
Mapache estaba nervioso. Y por raro que sonara
se sintió realmente solo cuando tanto Krushna
como El Mono Blanco y Los Autómatas se fueron.

Las sillas de la larga mesa, en la que en un
extremo estaba La Emperatriz sentada, estaban
ocupadas por los más extraños seres, secuaces
fieles de Su Real Majestad. Detrás de la soberana
había un enorme vitral, no había ventanas:
contenía un dibujo indescriptible, amorfo y con
matices grises y violetas que dejaban filtrar una luz
exterior que lograba añadir una atmósfera extraña
a la situación.
“¿Por qué me trajo aquí?” se animó a
preguntar el prisionero.

La respuesta no fue rápida, La Emperatriz no
tenía prisa y con su actitud lo dejaba en claro sin
mucho esfuerzo. Su mirada era intimidante, tan
fría como su voz, y por más que quisiera Mapache
no podía verla directamente por mucho tiempo.

“Sé de tu encuentro con Handrez Kaz-Tani’e”
respondió cortante, una afirmación que logró
asustar a Mapache, “Y sí… puedo leer la mente de
quien sea, es uno de mis tantos dones. También sé
que tu amigo onírico lo quiere llevar hacia el único
objeto capaz de detenerme. Aun así le tengo malas
noticias: solo tú puedes llegar a ella. En definitiva,
eres mi único enemigo potencial y tarde o
temprano voy a destruirte con facilidad”.

El joven no respondió, estaba paralizado. Ella
lo conocía en detalle. Mapache apenas sabía quién
era él mismo, tenía que descubrirse… esa era la
verdadera aventura.

“Lamentablemente alguien en esta mesa se
equivocó en la táctica de ataque ¿Acaso habrá sido
Vegan Fox?” preguntó
Su Real Majestad a una
dama zorra de vestido
rojo.

La acusada abrió los
ojos y quiso hablar,
pero parecía demasiado nerviosa.

“¡Fue Flora! Yo sugerí a El Bizarra… aquel otro
primate fue idea de Flora” vaciló rápidamente
señalando a una alta y delgada mujer verde llena
de hojas y cabeza de flor.

La Emperatriz giró sutilmente su cabeza en
torno a Flora, no era necesario creerle mucho a
Vegan Fox, no solamente por tratarse de una
recurrente mentirosa, sino porque al ser psíquica
la soberana sabía perfectamente quién era el
culpable. Solamente interrogaba por el placer de
verlos sufrir.

“No fui yo.
También apoyé la
decisión de El
Bizarra. Sabía que
Mapache no
podría combatirlo,
hubiese bastado con verlo para que enloqueciera
¡Fox me acusa porque sabemos que el verdadero
culpable es su amigo Rey Patricio! ¡Solamente
quiere distraerla!”

“Ya me encargué de encerrarlo en una celda”
agregó La Emperatriz sin gesto alguno, mirando
fijamente a la nada. Tres segundos de silencio y
agregó: “Todavía no me decido qué hacer con él,
¿Mismo destino que su predecesor Luis Alberto
Spiroketta? Los días de ese duraron poco como
alcalde de Rockgun Town. Nunca me agradaron los
oriundos del Reino Estelar, no son buenos
administradores, demasiado corazón”.

Otro de los seres sentados en la mesa tosió.
Era una mujer vestida de color azul, llevaba puesta
una capa. Encima de su pálido rostro, cubriendo su
cabeza, tenía un casco de centurión con
abundantes pelos azules, a modo de cepillo, y
estrellas dibujadas sobre el metal.

“Yo, Nitannia, admito haber estado en contra
de El Bizarra como opción… pero solo al principio.
Sucede que siempre sentí más confianza en
recurrir a uno de nosotros y
no a esos Autómatas. En un
comienzo me incliné por
recurrir a El Monje Lunar”
dijo con una preocupante
sonrisa en su rostro.

“Lo sé” respondió sin
emociones La Emperatriz. Al
cabo de dos segundos se
dirigió a un esquelético ser con armadura
cibernética y preguntó “Rotvlox… confiesa, ¿Fuiste
tú el que canceló el plan de El Bizarra, con ayuda
del Rey Patricio, y envió al Autómata?”.
El resto de los secuaces sonreían y lo miraban,
eran casi tan sádicos como la máxima autoridad
presente.

“Si… si…”
tartamudeo sin agregar
más. Algo en sus
facciones, o en su grave
voz, no sugería mucha
inteligencia.

“Odio trabajar con gente estúpida e incapaz.
Lo sobreestimé” reconoció La Emperatriz. Acto
seguido levantó levemente su brazo izquierdo e
hizo un movimiento con la mano: como si abriera
una puerta en el aire. Rotvlox abrió los ojos y se
agarró del cuello, no podía respirar. Al cabo de
unos segundos su cuerpo se transformó en cientos
de burbujas de colores que se desintegraron al
instante.
Mapache supo entonces a qué tipo de cosas se
estaba enfrentando. Solo tenía una opción: ser
valiente.

El aventurero rompió el silencio con una
pregunta: “¿Qué pasó en Tecnópolis?”

La Emperatriz no lo miró, pero le respondió
secamente: “Sinceramente no lo sé. Nunca ordené
un ataque”.

Eso no convenció a Mapache, ella bien lo
sabía. Pero poco le importaba.

“Enciérrenlo en la celda 731. Ya voy a tener
tiempo para torturarlo y matarlo lentamente. Por
el momento quiero que todos se vayan de la sala”.

Se abrió una puerta al costado e ingresaron
dos Autómatas. Tomaron de los brazos al
adolescente y se lo llevaron.
“No debe encontrar La Máxima Adómina”
concluyó La Emperatriz mirando al vitral con un
volumen de voz lo suficientemente fuerte como
para que Mapache lo escuchara con suma claridad.
CAPÍTULO 10

“Mapache necesita encontrar Las Cuatro
Llaves Preciosas para acceder al único objeto que
puede detener a La Emperatriz, La Máxima
Adómina. Dopamino lo ayudará, créame” dijo
Handrez Kaz-Tani’e. Su voz era un eco que se
repetía y repetía a medida que el joven
despertaba. Más allá de la tarea asignada miraba
las estrellas: eran brillantes, harmónicas. El Reino
Estelar, sabía sin siquiera haberlo visitado
físicamente, era un lugar idílico.

Mapache en el suelo se reincorporó. Estaba
cansado de comer siempre lo mismo. En un
colchón mugriento El Rey Patricio susurraba
pensamientos propios: “… y en el paroxismo de la
soledad encontramos nuestras identidades
perdidas. Ay, si hay un Dios, que me deje disfrutar
esta enfermedad…”.

Su discurso se convirtió en un consuelo en el
medio del silencio de aquella celda. Las palabras lo
distraían de la pena que les acontecía, y eso, en el
fondo, beneficiaba a ambos.

Se abrió la pesada puerta de hierro del pasillo.
Flora entró danzante, con una gran sonrisa en su
rostro. Con ambas manos hacía malabares con
cuchillos tan verdes como su cuerpo. Las armas
inquietaron a Mapache.

“Siempre fui hábil con estas cosas” dijo con
una indiferencia mal disimulada. Evidentemente
quería llamar la atención, jugar con los prisioneros.
De todos modos, no obtuvo respuesta por parte de
éstos.
“Su presencia no es de nuestro agrado” se
animó a decir El Príncipe Opuesto Al Sol.

Ella lanzó una carcajada. Luego lo miró
sosteniendo su sonrisa.

“El sol es tu aliado Mapache, pero desde aquí
no puedes obtener la energía necesaria para
prenderme fuego como a aquel otro gorila. Esa es
una característica de tu especie, como bien nos
explicó El Mono Blanco. Tienes células
fotosensibles en la espalda, y al ver al lado
opuesto al sol, durante el amanecer o atardecer,
tus energías son capaces de provocar resultados
como los demostrados. Es cuestión de tiempo para
que ese viejo loco experimente contigo… ¡Y voy a
seguir riendo, y mucho!”

“Oh, impresionante ¿Y cuál es su verdadero
motivo para estar del lado de La Emperatriz?
¿Miedo?” preguntó con solemnidad el alcalde de
Rockgun Town.

Otra risa. Cada vez se hacía más irritante
escucharla.

“En absoluto. Sabemos que a su lado tenemos
poder. Y todos en su corte nos aprovechamos de
ello. Míralo al estúpido Rey Carmín. Se rebeló ante
La Emperatriz y vive en un estado de crónico
temor, esperando con los nervios exaltados a que
algo ocurra. Le seguimos el juego psicológico, y por
mera diversión le damos algún que otro susto.
Anda con la espada en mano todo el día y noche.
En cambio nosotros estamos tranquilos, sabemos
que dominamos todo este desierto. Pero prefiero
dejarlos solos, debo practicar para mi espectáculo
de cuchillos. Además, querido Patricio, su vieja
amiga Vegan Fox, va a exhibir sus profundas
piletas llenas de tiburones. No puedo perderme
eso”.

Y así como entró se fue.

Los dos prisioneros se quedaron viendo a la
puerta. Hacía días, semanas, que estaban ahí
dentro, no sabían cómo escapar.

Sentados de nuevo esperaron, hasta que cayó
la noche.

La bombita de luz que iluminaba el vacío
pasillo, cuya única celda llena era la del Rey
Patricio y Mapache, empezó a titilar.
“Al parecer se va a apagar en cualquier
momento, como nuestra esperanza” suspiró el de
lentes oscuros y redondos.

Se apagó la luz. Un minuto entero de silencio.
Luego el chirrido de la puerta metálica abriéndose
lentamente

“¿Quién… quién está ahí?” tartamudeo
Mapache.

Pasos lentos y ligeros, elegantes a su manera.
La luz seguía ausente. Los otros dos sintieron
miedo.

Una risa, femenina… que curiosamente no
denotaba maldad alguna.

La luz titiló una vez más, revelando a la
persona que tenían en frente, del otro lado de las
numerosas barras metálicas. Era una chica no
mucho más grande que Mapache en edad y
tamaño. Delgada, tremendamente sexy, de piel
blanca, ropa azul, brillante, glamorosa, que
combinaba a la perfección con sus brillantes ojos y
su cabello azules también. Era una diosa, sin lugar
a dudas.

“Soy Aqua. Diosa del Agua” reveló. Seguía
sonriendo.

Con una delicadeza divina abrió la celda sin
ningún problema.
“Síganme” les ordenó antes de que Mapache y
El Rey Patricio se miraran atónitos el uno al otro.

Caminaron por el pasillo y salieron por la
puerta metálica. Atravesaron laberínticos
corredores cuyas paredes y techos estaban
conformados por ladrillos negros. No había
ventanas, solamente antorchas verdes,
fosforescentes. El único sonido que apenas se
escuchaba era el de sus pasos. Cada tanto
frenaban, y veían alguna que otra tenue sombra
que anunciaba la aproximación de Los Autómatas
que vigilaban la gran torre.

“Tardé un poco en hallarlos porque no tenía la
menor idea de dónde estaban. Investigué por
todos lados, pero nadie me ayudó mucho… a
excepción de un tal Handrez Kaz-Tani’e…
meditando lo encontré, o mejor dicho, me
encontró. Me pidió que los ayudara a escapar ya
que Mapache es, aparentemente, el único que
puede enfrentarse a La Emperatriz. Salgamos de
este lugar asqueroso y busquemos a Dopamino”
dijo en voz baja La Diosa del Agua.

Siguieron caminando, estaban todos ansiosos.

Doblaron en una esquina y pasaron por debajo
de un arco de piedra negra.

“Por acá entré” pensó en voz alta Aqua con
una notable sonrisa en su rostro. Se acercó a un
viejo armario y lo corrió, y con mucha facilidad
comenzó a sacar los ladrillos, revelando un oscuro
túnel. Agarró una antorcha e hizo un ademán para
que los otros dos la siguiesen. Bajo órdenes de la
diosa El Rey Patricio dejó pasar a Mapache delante
suyo y acomodó los ladrillos para tapar de nuevo
el agujero.

Lo único que se veía era la verde luz
fosforescente.
“¿Cómo conocías este túnel?” preguntó
tímidamente Mapache.

“Lo cavé yo. Usé mis poderes de agua para
controlar la humedad de la tierra y rápidamente lo
construí sin necesidad de usar mis manos, tan solo
concentrándome. La tierra misma se corrió y me
dejó paso libre para ir a buscarlos. Estuve todo el
día, por suerte pude esconderme de todos Los
Autómatas y llegar a la celda que los contenía… ya
estamos cerca…” respondió con una calma
seductora. Los tres aceleraron el paso.

Tras unos minutos salieron por un hoyo en el
suelo lleno de pasto… ¿No sería acaso La Plaza
Shomt? Los árboles grises y moribundos y las
numerosas estatuas de figuras tétricas así lo
sugerían.

Aqua sacó de su bolsillo una ocarina azul y
tocó una melodía mística, mágica y misteriosa. Al
cabo de pocos segundos apareció una enorme
burbuja que bajó del cielo.

“Entren. Es segura. Viajaremos en dirección a
la amurallada Ciudad Joda, que le pertenece a
Dopamino, Rey de la Fiesta” explicó Aqua, y con
más confianza a ella que a la burbuja los otros dos
subieron.

“¡Las despedidas son esos dolores dulces!”
exclamó El Rey Patricio antes de subir, con la
mirada fija en El Panóptico.

La burbuja se elevó vertiginosamente. Y a
cientos de metros de altura comenzó su trayecto
en dirección a Ciudad Joda. Viajaba a varios
kilómetros por hora, y aun así tardaron en dejar
atrás la inmensa Metrópolis. Las innumerables
calles y los altos edificios grises no brindaban un
panorama para contemplar, a diferencia del
Desierto Opuesto Al Sol: la luna y algunas estrellas,
y las incontables dunas, constituían un paisaje
digno de apreciar y recordar.

La noche estaba hermosa.

Al cabo de unas horas comenzaron a divisar
una gran cantidad de luces, a lo lejos estaba la
amurallada Ciudad Joda. El lugar, con una decena
de torres con cúpulas doradas, brindaba un
espectáculo fascinante.
En el aire se cruzaron con una multitud de
seres carismáticos que volaban en coches viejos.
Por lo general eran habitantes de la ciudad misma.
Aqua saludó a uno con rostro de chacal.

“Anubis ¿Es necesario descender para
ingresar?” preguntó la diosa.

“Definitivamente, si no son capaces de
dispararle a la burbuja, ya que legalmente
consideran que invade territorio aéreo, lo cual
implica amenaza” respondió rápidamente. Una
sonrisa se dibujaba en su rostro caniforme.

Primero descendió su coche. A pocos metros la
burbuja comenzó a seguirlo, imitando velocidad y
altura.

“¿Y ese quién era?” fue la pregunta de un
desconcertado Mapache.

“Era el más fiel ayudante de La Diosa de la
Muerte, pero su trabajo lo deprimió bastante.
Ahora consiguió abrir un bar en la calle Alem, la
principal de Ciudad Joda, le va muy bien” dijo
Aqua.

La entrada era pequeña, custodiada por dos
sujetos morenos con el cabello teñido de rubio. A
juzgar por la informalidad y la buena onda
parecían surfers.

¿Todo en orden? Permítanme sus
identificaciones” dijo uno de ellos.
La Diosa del Agua miró a sus acompañantes. El
Rey Patricio sacó un viejo papiro con un retrato
suyo (“algo era algo” pensó Aqua). Mapache por
su parte no tenía documentación.

“Usa ésta” le dijo ella y de su bolsillo sacó una
identificación plastificada de un hombre pequeño,
delgado, moreno y sensual cuyas facciones eran
idénticas a las de Mapache. Aquello le pertenecía
un tal “André Castaigne”.

“Pasen” dijeron al unísono ni bien vieron sus
documentos. Y así de fácil pasaron el portal…
¡cuánta seguridad!

Aqua hizo desaparecer la burbuja ni bien
descendieron de ella.

“Esta es la calle principal, Alem, bautizada
como la diosa misma. Van a ver que son todos
bares, boliches, discotecas, los ciudadanos festejan
todo el día… y noche. Para un lado está Arisdelva,
una calle tranquila con múltiples edificios, y del
otro lado Berdeiri, tranquila pero con un par de
bares y un hermoso boulevard con palmeras. Las
dos calles que mencioné se llaman así por otras
dos diosas, muy leales a Alem. Ciudad Joda, como
verán, cuenta con diez torres. En la principal de
éstas, la más alta, ubicada en el centro de la
ciudad, vive Dopamino. Las otras son los
ministerios… cumbia, cuarteto, murga, batucada, y
otros géneros similares son la música presente en
todo momento, al igual que la interminable
bebida, regalo de Ninkasi.”

A juzgar por las pirámides, palmeras,
pequeños obeliscos, jeroglíficos, monumentos y
esfinges, predominaba un estilo egipcio que se
complementaba con las luces de casinos, hoteles,
salones de fiesta, bolas de disco… un peculiar
sincretismo.
Caminaron por Alem, llena de personas que
sonreían y tomaban cerveza, fernet, licores,
campari, gin tonic, vino, y otras bebidas similares.
La música sonaba con fuerza en todas partes e
incitaba a bailar. El lugar era una fiesta, Mapache
estaba contento, pero también tenía mucho
sueño.
CAPÍTULO 12

Mapache se vistió de un modo que por ciertos
segundos llegó a incomodarlo. El traje verde con
corbata naranja, lentes oscuros y ese sombrero
con pluma rosa no eran su estilo. Aqua por su
parte le decía que de todos sus trajes masculinos
ese era el que mejor le quedaría.

El joven Príncipe de La Ciudad Opuesta Al Sol
se miró un rato más, y terminó aceptando su
nuevo look en el momento en que se encontró
sonriendo con naturalidad: tenía estilo,
personalidad.

La Diosa del Agua estaba divina: un largo y
ajustado vestido azul con lentejuelas hacían lucir
su delicada figura. Su cabello recogido en un
rodete resultaba tan seductor como gracioso. Por
su parte El Rey Patricio decidió no ir a la fiesta que
celebraría Dopamino por su regreso a la ciudad.
Todos los habitantes de Ciudad Joda estaban
contentos de
que su monarca
haya sobrevivido
al ataque de un
monstruo
espacial
mientras volvía
con sus músicos
desde El Reino
Estelar.

“Y como siempre adieu bye bye…” dijo
solemne el alcalde de Rockgun Town,
estrechándole la mano a ambos. Regresaría con
muchísima tranquilidad a su pueblo, pero
ocultándose en cualquier otra casa que no sea la
suya. La Emperatriz seguramente seguía
teniéndolo en la mira.

Se pusieron perfume, un lujoso Astolfo
Dominguez 1997. El aroma envolvió todo el
departamento de Aqua. Los azules muebles
quedaron impregnados.

“En una hora abrirán las puertas, por suerte
pude conseguir entradas para los dos. Suelen ser
algo caras, los aristócratas de la fiesta son los
amigos más cercanos del Rey Dopamino. Su torre
está a cinco cuadras de este edificio, no nos llevará
mucho tiempo llegar” explicaba la diosa
ordenando con obsesión su hogar.

Mapache se acercó al balcón y vio la Anti-
Puesta de Sol. El firmamento naranja se tornaba
azul profundo, místico, hermoso. Las estrellas
aparecían en el cielo, luminosas, numerosas. Miró
abajo y aprendió a identificar a los habitantes de la
ciudad: diferían de los de La Metrópolis ya que
eran morenos, con el cabello rubio y luminoso
(¿natural?, dudaba severamente, alguna tintura
supuso), reían sin parar y lucían ropa colorida. Las
mujeres gritaban, de emoción, revoleando
carteras. Habían muchos que usaban lentes
oscuros, gorros extravagantes. Conducían autos
coloridos, lujosos, música fuerte, cumbia, cuarteto,
ska, reggae… sintonizaban la televisión y reían
viendo programas como el que conducía Tarcelo
Minelli o los sketchs cómicos del Gordo Casero.

En conclusión: una cultura única. La fiesta
estaba presente en todo aspecto de la vida, no
paraban de reír en ningún momento.

“En un rato va a pasar la limusina a buscarnos”
dijo Aqua mientras se arreglaba frente al espejo.
Luego sacó un Campari de la heladera y lo guardó
en su cartera junto con unos packs de jugo de
naranja para mezclar ambas bebidas.

“¡Hoy estoy peor que ayer… pero mejor que
mañana!” cantaba una murga no muy lejos.
Vestían como arlequines, graciosos, contentos,
ruidosos, ¡unos personajes!

“No creo que tome bebidas fuertes hoy…”
prometió Mapache, probándose otros lentes
oscuros.

Aqua rió a sus adentros, de un modo picarón.

La limusina tocó bocinazo y ambos bajaron por
el ascensor con rapidez.

“A La Torre de Marfil” dijo la diosa ni bien
subieron al vehículo.

“Enseguida” respondió el esqueleto vestido de
chofer. Un sujeto tan callado como educado.
“Mapache, mañana si tenemos tiempo
podríamos pasar por el puerto de la ciudad, no te
mostré. Se llama Mar del Oro y hay un lugar
llamado Playa Grande en donde viven Los Lobos
Marinos. Son simpáticos, aunque algo apestosos”
contaba emocionada su amiga.

El transporte fue solamente un capricho… a
quinientos metros estaba la torre de Dopamino, en
medio de Ciudad Joda. La edificación era blanca y
debía tener como treinta pisos, finalizando en una
cúpula dorada. La construcción más grande y alta
de toda la ciudad.

Tenía múltiples ventanas y balcones. Por
encima del portón se leía claramente “LA ALEGRÍA
CONTINÚA”, oración que resumía la filosofía de su
dueño.
La fila para ingresar era larga pero el
corpulento tipo de seguridad los vio a ambos y los
dejó pasar de inmediato sin siquiera pedirles
documento.

Habían entrado. Todo estaba oscuro, se
divisaban los contornos de la pista de baile y de los
invitados gracias a luces azules y láseres que se
mezclaban con una espesa niebla producida por
máquinas. El techo y el suelo recordaban a un
tablero de ajedrez, azulejos blancos y negros.
Música disco, funk, reggaetón, eran los géneros a
medida que subían los pisos. Los DJs se daban sus
gustos, inclusive Aqua saludó a uno rubio llamado
David Guetto y a un divertido moreno con afro que
respondía al nombre de The Monkey Jimenex.

La gente que había dentro de la torre era bien
distinta a la de afuera: la aristocracia de Ciudad
Joda era fiestera, pero la vestimenta, los modales,
y los exóticos antifaces se podían comparar con los
del famoso Carnaval de Venecia.

“¿Por qué me miran raro?” preguntó el joven.

“Y… con la poca luz que hay en este lugar no
es común andar con lentes oscuros” le respondió
la diosa.

“¿Me los quito?”

“Naaahhh… dejátelos. En el último piso está
Dopamino”
Subieron una escalera de caracol que los
condujo a un largo blanco pasillo totalmente
iluminado. Dos arlequines corpulentos y
enmascarados los detuvieron.

“Soy la diosa Aqua, venimos a ver al Rey
Dopamino Hedoni Tutá-Tutá XXI”.

“Un segundo. Ahí consulto”.

Fue a preguntar. Volvió a los pocos segundos.

“Disculpas. Pueden pasar” dijo e hizo un gesto
de que entraran. El otro acompañó.

Ingresaron a una iluminada sala con las
paredes pintadas en oro y repleta de cuadros,
joyas y esculturas cómicas, en el medio se lucía
una larga mesa de cristal… ¡Que ostentoso era
aquel rey!

Dopamino y múltiples arlequines
enmascarados, ministros de la ciudad, estaban
sentados en la mesa. El rey, desde la punta de la
mesa, sentado en su trono, vio a Aqua y Mapache
entrando escoltados por los guardias y soltó una
fuerte carcajada.

“¡Cheee! ¿Qué hacen ustedes acá? ¡Estamos
todos locos hoy!” fue lo primero que dijo,
sonriendo de oreja a oreja. Se levantó y le dio la
mano a ambos. Ese tipo transmitía comodidad y
confianza, irradiaba felicidad. Estaba vestido con
un traje rosado oscuro, con bordes dorados. Su
cabello amarillo, de raíces negras, estaba
engominado para atrás. Erguido demostraba ser
dueño de una figura muy alta y delgada.
“Necesitamos de su ayuda. Buscamos Las
Llaves Preciosas y creemos que sabe dónde hay
una de ellas” explicó Mapache educadamente.

Silencio absoluto. Luego Dopamino se rió.

“¡Pará, calmate un poco! Tomense algo.
Recién estábamos en una reunión importante, no
sean ansiosos. Termino de discutir algo con ellos y
los atiendo mejor… ¡Siéntense!... ahhh, trajeron
escabio… ustedes muchachos, pongan la música en
bajo volumen… Bruno tráele vasos a los invitados
así se sirven” indicó Dopamino.

A los pocos segundos electrónica comenzó a
sonar. Mapache notó a dos Robots programando
la música desde sus ordenadores: “Dub Funk” se
leía en sus parlantes, “sería el nombre del dúo”
supuso.

Mapache y Aqua mezclaron el Campari con el
jugo de naranja: delicioso.
Al cabo de dos minutos en que El Rey de la
Fiesta y los demás ministros discutieron algo
acerca de un acueducto, la sesión terminó.

“Bien, así que andan buscando las llaves” dijo
Dopamino sentado mientras los demás
enmascarados se paraban y se iban por un
ascensor. Su mirada se centraba en su celular de
pantalla táctil que estaba arriba de la mesa, como
si esperara un mensaje.

“Yo soy Mapache Dominus, Príncipe de La
Ciudad Opuesta Al Sol” dijo Mapache y el delgado
monarca dejó de ver su teléfono y abrió los ojos
asustado, reparando en el joven.

Silencio.

“Entonces…” vaciló desconcertado el anfitrión.

“Entonces debes ayudarnos a encontrar Las
Llaves Preciosas. Esa fue la misión que nos encargó
Handrez para poder acceder a La Máxima
Adómina, la única herramienta que tenemos para
derrocar a La Emperatriz y que todo vuelva a la
normalidad” explicó la diosa. Luego tomó un largo
trago.

“Me temo que nada volverá a ser como
antes… han pasado tantas cosas… y Handrez… no
puede ser… los ayudaré, pero admito estar tan
confundido como ustedes” dijo Dopamino con la
mirada perdida.

Otro silencio.

“Tenía pensado divertirme hoy… con ustedes
obviamente, pero debemos salir ya a buscar las
llaves… sé que una la tiene El Rey Carmín” explicó
el rey, esta vez sonriendo con optimismo notable.

“La tiene El Rey Carmín” repitió Mapache.
Luego tomó su trago.

“Ese tipo hoy en día no confía en nadie. Va a
ser difícil. Vamos primero a la casa de un amigo,
Edgard Carnaby, seguramente hayan escuchado
hablar de él…” dijo Dopamino, y tenía razón.
Mapache ubicaba ese nombre de algún lado,
posiblemente de la televisión, de algún programa
(es más, lo había usado para la contraseña de la
computadora en Tecnópolis).

Los tres bajaron por unas escaleras casi
ocultas y descendieron a una cueva de cristal con
computadoras modernas. Allí estaba el vehículo
del Rey. Una especie de pequeño tanque militar
con estrellas dibujadas.

“No perdamos más tiempo” sentenció con
seriedad Dopamino. Los tres subieron enseguida.
CAPÍTULO 13

“¿Así que precisan de mi ayuda?” preguntó el
detective de lo paranormal, el famoso Edgard
Carnaby. Con su chaqueta de cuero estaba distinto
a como Mapache lo recordaba (con aquel traje a lo
1920, prominente bigote y peinado hacia atrás,
con un cabello corto y castaño intenso). Su
sobriedad era un rasgo característico que no había
cambiado. Tenía más canas y estaba recién
afeitado.
Le sirvió té a Mapache, Aqua, Dopamino… y a
Los Zombies.

“Salimos ayer a la noche. Por suerte usamos El
Dopamóvil y pudimos llegar, como ves, al
atardecer” dijo sonriente El Rey de la Fiesta
tomando su sorbo de té.

El gramófono estaba pasando “El Vals del
Adiós (Opus 69)” de Chopin.

“¿No tienen El Danubio Azul? ¡Está buena la
canción, pero es medio deprimente!” exclamó con
educación La Diosa del Agua.

“Después la ponemos” gruñó un Zombie
cordialmente.

La Mansión era un lugar tan aterrador como
cálido y familiar. Polvo y olor a humedad por
doquier. Los focos titilaban. Las puertas chirriaban.
Sin embargo había algo en la atmósfera que la
hacía sumamente atractiva. Todos los habitantes
de la vivienda vecina al pantano eran Zombies, a
excepción de algún que otro Fantasma,
Extraterrestre, o el mismo Carnaby.

“Seguramente ya bajó el sol… La Dama de
Negro debe estar por despertar…” susurró a sus
adentros el detective y siguió tomando el té.

Se pasaban los bizcochos y pastelitos, como
también la pastafrola, y se hablaban cosas sin
mucha importancia. Los Zombies eran fanáticos
del fútbol y el que menos hablaba era Mapache. Le
dolía un poco la cabeza por el trago de la noche
anterior combinado con el viaje mareante arriba
del Dopamóvil, que saltaba dunas y dunas a una
velocidad increíble.

“¿Cómo llegamos al castillo del Rey Carmín y
lo convencemos de que nos dé su llave?” preguntó
por fin Dopamino.
“La verdad hace años que no hablo con él. No
será fácil convencerlo. Posiblemente lo rete a
duelo a usted o sus amigos, pero puedo mostrarle
un túnel que los conducirá a la zona costera en
dónde se encuentra su castillo” explicó Edgard.

“¿Alguno de ustedes es bueno en el arte de la
esgrima?” preguntó Dopamino a Mapache y Aqua.

“Podríamos intentarlo, en el peor de los casos
no sufriremos por mucho más” respondió la diosa
y todos rieron.

“Terminamos de merendar y les muestro el
túnel secreto” dijo por fin el detective, mirando
fijamente su revolver 38. Un modelo elegante, a
decir verdad.

Los Zombies se llevaron a la cocina los platos y
tazas. Entonces los tres invitados y el anfitrión se
pararon y caminaron por el pasillo de la enorme
Mansión. Llegaron a una especie de oficina. En el
medio había un escritorio cuadrado y pesado
hecho de madera.

Edgard Carnaby se acercó a un escudo,
colgado en la pared, que tenía dos sables. Movió
uno y el escritorio se corrió a un costado
automáticamente, enseñando unas escaleras que
descendían a un lugar muy sombrío y profundo.

El detective tomó una linterna de aceite y los
cuatro descendieron.

Era un túnel de piedra muy oscuro. Como no
era un lugar muy alto, todos menos Mapache
caminaban con la cabeza baja.

Caminaron y caminaron por alrededor de una
hora. Nadie hablaba, no querían seguir allí. Por
suerte ninguno era claustrofóbicos.

“Llegamos” anunció con sobriedad Edgard.
Salieron por una cueva que conducía a una
playa muy amplia. El mar apenas se movía, su
superficie era iluminada por la gran luna
menguante. Centenares de estrellas estaban
presentes. No muy lejos había un castillo de estilo
románico, con una sola luz prendida: la de la torre
más alta, ubicada en el centro. Aquella edificación
de piedras negras se ubicaba, en parte, arriba de la
arena, y en parte arriba del agua salada.

Carnaby la señalo: “Hogar de mi amigo…
envíenle saludos, si pueden. Suerte” dijo y se fue
por la cueva de regreso a La Mansión Zombie.
Mágicamente la entrada de aquel túnel se cerró
ante sus ojos. Solamente había arena y rocas.

“Bien, vamos” dijo decidido Mapache y los
otros dos asintieron con la cabeza.
Tardaron menos de media hora en acercarse al
gran portón del castillo. Si bien no habían guardias
era imposible entrar por la reja del portón. De
repente vieron una gran tubería en un costado, y
como imaginarán Dopamino no tuvo mejor idea
que meterse.

“Vamos, casi no hay agua… no se pongan en
modo princesa, bánquensela” exclamo entre risas
El Rey de la Fiesta a medida que se metía por el
caño negro tan grande que no había necesidad de
agacharse. Mapache lo siguió y con gesto de asco
la sensual Diosa del Agua también.

Caminaron por la oscuridad otra vez. Por
suerte, si bien Carnaby se había llevado la linterna
de aceite, Dopamino contaba con la luz del celular
de pantalla táctil para mostrar el camino. El olor a
duende y aserrín era insoportable. La que más se
quejaba era Aqua.

Varios caños similares aparecían por doquier.
El agua no era mucha, pero hacía escuchar sus
pasos. Esas cañerías quedarían grabadas en su
memoria cada vez que fueran al baño.

Entonces se toparon con una escalera
metálica.

“¡Upa, nos topamos con una escalera
metálica!” exclamó Dopamino asombrado.
Sin pensarlo dos veces subieron. Primer el rey,
luego el príncipe, luego la diosa.

“¿Faltará mucho?” preguntó ansiosa Aqua.

“No veo luz alguna… ¿qué hora es?” preguntó
distraído Dopamino.

“Consultá el celular” respondió secamente la
mujer del grupo.

“¡Noooo! Hoy era 13, me perdí el recital de
Tutankamón… habíamos sacado la entrada con
Anubis, lo dejé re plantado…” dijo con algo de
bronca el fiestero mientras subía con el celular en
mano, la única luz en ese momento. Entonces se
dio la cabeza con algo realmente duro. Lo empujó
con las manos: una trampilla aparentemente.

Los tres salieron. Habían llegado a un salón
muy iluminado lleno de cuadros que mostraban
figuras extrañas. Con excepción de los múltiples
candelabros colgantes y estatuas doradas el resto
era de color carmín, incluyendo el contenido de las
obras pictóricas.

“Veo que llegaron” dijo una voz grave,
intimidante, con un ligero acento íbero.

Los tres vieron para todos lados. Nada.

“¿Quién habla?” preguntó con valentía
Mapache.

Entonces se escuchó un ruido estruendoso. El
Rey Carmín había descendido del techo mismo, era
enorme y estaba vestido a lo Felipe II. Con
excepción de la blanca lechuguilla alrededor del
cuello el resto era carmín. Su capa y sombrero
apenas más oscuros. Sus botas y guantes tampoco
eran del color que lo identificaba, eran marrones.
Su rostro era blanco, inmóvil… ¡una máscara, como
los ministros de Dopamino!

“Ese no es de los míos” aseguró El Rey de la
Fiesta.
“Miren en su cuello, es la llave” señaló
enseguida Aqua.

Ahí estaba la pequeña y tierna llavecita de
puro rubí. Al ver que estaban interesados el
enorme Rey Carmín sacó su espada. Estaba a la
defensiva, sin dejar de mirar a los intrusos.

“Si la quieren deben luchar por ella. Arthurio
Dominus me encomendó cuidarla con mi vida, y
soy fiel a mi palabra” explicó con firmeza
sosteniendo el arma en posición de guardia, a la
altura de los ojos.

Ese nombre le trajo recuerdos a Mapache…
si… era su padre…

“Soy hijo de Arthurio” explicó entonces.

“Bien, si realmente lo eres, deberás
demostrármelo” sentenció El Rey Carmín.
“Yo voy primero” dijo El Rey de la Fiesta sin
dudarlo y se colocó una máscara blanca sonriente,
además de un gorro de arlequín blanco y celeste
con monedas de oro en sus puntas. Sacó un florete
plateado y filoso y comenzó el duelo entre ambos.

Un espectáculo de esgrima digno de admirar
por los otros dos. Asombrados Mapache y Aqua
permanecieron quietos.

Cling. Ching. Chic. Cling. Clung.
Ataque tras ataque, uno retrocedía y otro
avanzaba. Por momentos Dopamino parecía ganar,
por momentos El Rey Carmín. Ambos grandes
espadachines, maestros del arma blanca.

“Esto es inútil” dijo transpirado Dopamino.
Estaba agotado, El Rey Carmín no parecía cansado.

“¡Voy a intentar yo!” exclamó Aqua alzando
sus brazos con ambas manos abiertas.

Así pasaron aproximadamente diez segundos.
Ninguno de los otros tres sabía qué intentaba
hacer la sexy divinidad.

“No tiene sentido. Soy capaz de controlar el
agua, pero sé perfectamente que si me concentro
y provoco un maremoto no solamente destruiré el
castillo entero, los ahogaré a todos ustedes”
concluyó tras su esfuerzo infructuoso.
Hubo un silencio incómodo. El Rey Carmín
permanecía quieto, en guardia, a la espera de un
ataque.

“Es bueno. Y yo no podré ganarle con mis
poderes, es de noche y necesito mirar al lado
opuesto al sol. Tampoco soy bueno con la
espada…” susurró Mapache, con poca intención de
ser escuchado. Solamente podía ser valiente: le
guiñó un ojo a Dopamino y éste le alcanzó la
espada. El Príncipe Opuesto Al Sol pelearía cara a
cara contra El Rey Carmín.

El joven tenía miedo, pero no contaba con otra
opción. Respiró profundo y se abalanzó a su
oponente.

Espadazo de uno, de otro. Defensa, ataque.
¡Un corte! Solamente ropa rota, la manga de
Mapache logró alarmarlo. Por milímetros no cortó
la vena de su mano izquierda.
“Me cortó dos centímetros de manga… podría
haber perdido la mano y en consecuencia la vida
misma. Este tipo no es broma” pensó con miedo.

Sin previo aviso El Rey Carmín lo atacó. Tuvo
tiempo para esquivarlo saltando a un costado.
Otro ataque del adversario, Mapache se defendió
con la espada, pero era muy fuerte.

¿Esperanza? Nada certero.

Dopamino y Aqua eran conscientes del peligro
que representaba la situación. Mapache estaba
más asustado que nunca, frío sudor recorría todo
su cuerpo, su corazón latía agresivamente, ¿sería
escapar la mejor opción? O mejor dicho: ¿era
escapar una opción?

Entonces algo muy raro ocurrió: había
solamente una ventana, redonda y algo pequeña
(un metro de diámetro, aproximadamente). A
través de ella la luna reflejaba su luz. El mar
comenzó a golpear con brusquedad el castillo, las
olas cada vez más potentes.

“¿Qué ocurre Aqua? ¿Estás pensando en
actuar ahora?” preguntó agitado el joven.

“Yo no estoy haciendo nada” respondió ella
igual de desconcertada por el acontecimiento.

De repente la luna comenzó a brillar y a
provocar una suerte de destello. La luz que emitía
crecía descomunalmente. Se rompió el vidrio, los
cristales estallaron sin llegar a lastimar a nadie. Las
olas embestían aún con más fuerza. Los cuatro
estaban asustados.

“¿Qué ocurre?” preguntó preocupado El Rey
Carmín.

“Vine a ayudar a mis amigos” explicó una
figura luminosa.
Y para sorpresa de los tres corrió hacia El Rey
Carmín, robándole la llave. El agresivo monarca no
tuvo tiempo para atacar con su espada.

“Ahora ustedes tres agárrense de mí,
escaparemos volando por la ventana” dijo el ser
luminoso. En menos de un segundo estaban
Mapache, Dopamino y Aqua volando con aquel
sujeto por encima de las olas. Desde el castillo se
oía el lamento del Rey Carmín. Le había fallado al
Rey Arthurio y no se lo perdonaría jamás.

A medida que dejaban aquel lugar atrás la
luminosidad se apagaba en su cuerpo. Era un
hombre de cabello castaño, ligeramente moreno y
vestido de traje blanco.

“Soy El Rey de La Luna Radiante, Seleno”
explicó mientras los otros seguían agarrados a su
ropa. A los pocos segundos de decir esto bajaron a
la playa. Todos agotados, si… ¡pero con la primer
Llave Preciosa! Mapache sin dudarlo la guardó en
su bolsillo.

Todos se miraron entre sí, sonrientes.

“Menos mal que los vi de casualidad” aclaró
Seleno antes de que le preguntaran cómo se había
dado cuenta que estaban en peligro.

Todos rieron y se acostaron en la arena. No
era cómoda pero estaban muy cansados, y al cabo
de segundos los cuatro se durmieron. La luna y las
estrellas eran testigos de la alegría de los héroes
dibujada en sus rostros soñadores.
CAPÍTULO 16

“Here comes the sun turururu… here comes
the sun… valió la pena sentarse en la vereda…”
cantaba La Duquesa Jazmín mientras tocaba la
guitarra. Amaba alternar canciones en castellano y
en inglés, era su desafío. Mapache, Dopamino,
Aqua y Seleno, por su parte, no buscaron
interrumpirla, disfrutaron de su bella voz.
Entonces la flor cesó de cantar, los miró y una
sonrisa bastó para darles la bienvenido a los cuatro
aventureros que habían llegado al Valle de la
Fotosíntesis.

“Muy bien Duquesa” dijo Tulipán mientras se
acercaba aplaudiendo con su séquito de
admiradoras, Las Margaritas. Sus lentes oscuros y
su sonrisa causaban un efecto cómico.
El lugar era hermoso, repleto de pequeñas
flores y árboles. Lo único gris eran las nubes.

“¿Qué buscan?” preguntó Jazmín a los cuatro,
fijando su mirada especialmente en Mapache.

El joven se acercó a la flor parlante y le dijo
con suma claridad:
“Preguntando en Punta Monigote un viejo, un
tal Zadok, nos dijo que usted tiene una de las
llaves para acceder a La Máxima Adómina”

La sonrisa de Jazmín se desvaneció por
completo. El asunto era serio. Chasqueó los dedos
verdes y detrás de un árbol apareció Rosa, La
Maravillosa.

“Oh, Rosa… al parecer estos son los
aventureros que anda buscando La Emperatriz” le
explicó La Duquesa a La Consejera Real.

“Entiendo, pero creo que es poco prudente
entregarlos. Son valientes, veo”

“Concuerdo. Les podríamos dar la llave, a
cambio de un favor, ¿no cree?”

Entonces Jazmín y Rosa se fijaron en el cielo
nublado. Se miraron entre sí y afirmaron con la
cabeza. Tulipán y Las Margaritas también estaban
serios.
“Les cuento, aventureros. Si quieren la llave se
las daremos con gusto, pero tendrán que destruir
una máquina que crea estas nubes tan poco
elegantes. Necesitamos del sol para vivir y hace
semanas que sufrimos por culpa de ellos” enunció
Jazmín.

“¿Quiénes?” preguntó Aqua.

“Son un grupo de Autómatas, trajeron la
máquina como parte de un experimento del Mono
Blanco…”

“Más que un experimento me atrevo a decir
que como castigo por no pagar tributo a La
Emperatriz” interrumpió Girasol, una sofisticada y
alta flor.

Todas aquellas flores tenían un aire
aristócrata, con modales un tanto victoriano, por
así decirlo. El único varón era Tulipán, y parecía
divertirse, pero algo era seguro: esos lentes no
correspondía con la moda del lugar.

“¡Todo esto es culpa de su hermana, Flora!”
expresó con enojo Rosa, La Maravillosa.

“¿Y qué tengo que ver yo con lo que haga mi
hermana?” preguntó la otra totalmente ofendida.

Ambas se
señalaban
entre sí
amenazantes
con el dedo.

“Dejen de
pelear” ordenó Jazmín y se volvió a los
aventureros.

“Ya mismo vamos al origen del problema… a
propósito ¿dónde está la máquina?” preguntó
Mapache.
No fue necesario que le respondieran, todas
las flores miraron para el mismo lado. En lo alto de
una montaña no muy alta había un objeto
cuadrado, grande como un auto, que expulsaba
toneladas de humo negro y turbio.

“Bien, andando” dijo el joven con decisión. El
resto de sus amigos se miraron entre sí y lo
siguieron.

La Duquesa Jazmín no pudo ocultar una
sonrisa de sincera satisfacción.

Los cuatros héroes pronto atravesaron La
Aldea de la Fotosíntesis. Casitas hechas de
elementos naturales, decoradas con flores.

Decenas de niñas Dientes de León
persiguieron al valiente grupo, con notable
curiosidad.

Siguieron caminando por una llanura de pasto
hasta encontrarse con un río.
La corriente era muy fuerte, no podían
atravesarlo así nomás.

“Hago un esfuerzo y freno la velocidad del
agua, así podemos cruzar” dijo Aqua.

“No es necesario” exclamó La Tía Petunia,
delgada y un tanto soberbia.

Les enseñó un puente a pocos metros.

“Gracias” dijo Seleno a la planta.
“¿Gracias? ¡No muchacho! Son 100 beatcoins”
le respondió La Tía Petunia.

Los cuatro se miraron entre sí. Luego
Dopamino reaccionó:

“Bueno, bueno, siempre soy yo el que pone la
tarasca…”

El Rey de la Fiesta sacó un billete con la cara
de Patoruzito.

“Ahora sí. Disfruten de su viaje” les deseó la
flor parlante pero nadie agradeció.

Pasado el puente Aqua le preguntó a
Dopamino:

“¿Era verdadero ese billete?”

“Si… pero no eran 100 beatcoins, era un
patacón”.

Ambos rieron. Los cuatro siguieron
caminando.
Subieron la pequeña montaña en la que se
encontraba la máquina. No les llevó más de veinte
minutos, y para sorpresa de todos no había nadie
cuidándola.

Se acercaron a la enorme máquina: cuadrada,
metálica, llena de interruptores y palancas, sin
pantallas, muchas lucecitas que apagaban y
prendían, con una pequeña chimenea que
exhalaba humo negro. Por lo bajo hacía
exactamente el mismo ruido que un viejo modem
noventero conectándose a internet.

“Veamos el modo de apagar esta maquinaria.
Debe haber seguramente un botón que diga
encendido/apagado. Es cuestión de buscarlo” dijo
Seleno planteando la manera más adecuada de
terminar con el problema.
Por su parte Dopamino ya estaba sacando de
su pantalón un enorme martillo dorado con
estrellitas rojas dibujadas.

“A un
lado”
ordenó El
Rey y
comenzó a
darle
duro…

“Cual Alejandro y El Nudo Gordiano, la
solución más directa puede ser la más efectiva…”
reflexionó asombrado Seleno.

El humo negro cesó. Al cabo de dos minutos
las nubes desaparecieron dejando brillar el sol. A
lo lejos se oían aplausos, la segunda llave les
pertenecía.
Entonces oyeron un ruido. Diez Autómatas
blancos, delgados y armados con lanzas subieron
la montaña a toda prisa.

“Me parece que tenemos compañía” dijo con
miedo Aqua.

“Háganse a un lado, por favor” fue la petición
de un enojado Mapache.

Los Autómatas venían corriendo. Sus gritos
eran enfermizos, pero eso no intimidó a Mapache,
que estaba de
espaldas al sol.

Mostró las
palmas de sus
manos, estaba
decidido a usar
sus poderes.
Entonces como un potente lanzallamas el
fuego se abrió paso a una velocidad increíble. No
fue necesario incinerar a los enemigos, éstos
salieron corriendo de inmediato. Un par se
quemaron apenas… se veían tan patéticos en ese
momento, la fuga los hacía ver ridículos.

“Menos mal que el sol salió en tan poco
tiempo. Si nos los hubiésemos encontrado con el
cielo nublado no podríamos haber hecho mucho:
eran muchos para Dopamino, Aqua no está cerca
del agua y tendría que haber hecho un esfuerzo
enorme para atacar con el río. Y yo sin la energía
lunar no soy un combatiente digno” explicó
Seleno, con mucha razón.

“Ahora a buscar lo nuestro” dijo impulsiva La
Diosa del Agua sin prestarle mucha atención.

El trayecto de vuelta fue más lindo: todos los
habitantes del Valle de la Fotosíntesis aplaudían a
los héroes. Las flores se triplicaron e intensificaron
su color, al igual que el resto de los árboles y
plantas, inclusive el pasto tenía un color más vivo.

“Bien, entonces declaramos que la parte
actora: El Príncipe de La Ciudad Opuesto al Sol,
Mapache Dominus; La Diosa del Agua, Aqua
Atlanteaux; El Rey de la Fiesta, Dopamino Hedoni
Tutá-Tutá XXI; El Rey de la Luna Radiante, Sir
Selenus Moonchild; son los nuevos propietarios de
La Llave Fotosíntesis cuya posesión perteneció a La
Duquesa Jazmín de Xilema” sentenció una de las
juezas en el tribunal. Eran cinco lo miembros de La
Corte Suprema de Pensamientos, y sonreían.

Mapache se acercó al estrado y tomó el papel
firmado por todos. Entonces La Duquesa, con
orgullo, le dio la segunda Llave Preciosa, que era
de pura esmeralda.
“Gracias” dijo el joven.

“Gracias a ustedes, buen viaje” respondió La
Corte Suprema de Pensamientos al unísono.

“Mapache gracias… pero antes de irte: ¿sabes
dónde está la otra llave?” preguntó Jazmín.

“Necrochea, creo, pero desconozco el camino”
admitió el joven.

“Ven, te mostraré”.

Afuera del castillo de La Duquesa Jazmín
estaban Dopamino, Aqua y Seleno.

“Bien, ya es nuestra. Voy en camino a la tercer
llave ¿vamos?” preguntó con emoción Mapache.

“La verdad tengo cosas que hacer, pero luego
te alcanzo” se excusó Aqua.

“Yo tengo que organizar muchos asuntos en
Ciudad Joda” respondió Dopamino sin siquiera
verlo a los ojos, estaba ocupado con el celular.
“Y yo no creo que te sea de mucha ayuda, la
verdad estoy agotado” dijo por último Seleno.

Ninguno de ellos tenía muchas ganas de seguir
adelante con la aventura. Mapache no invirtió
mucha energía en intentar convencerlos. Él era
una persona con objetivos claros y nada lo
detendría, no se dejaría frenar por las limitaciones,
o desmotivaciones, de sus amigos.

“Bien. Seguiré solo, no puedo atrasarme. Me
hubiese encantado poder viajar más tiempo con
ustedes, pero no los voy a obligar. Gracias…” dijo
con seriedad Mapache.

Entonces antes de irse Aqua lo tomó del brazo.

“Cuidate. Si nos necesitás lo sabremos” le dijo
La Diosa.

Mapache no dijo nada, se alejó y siguió a
Jazmín. Un minuto después de su partida los tres
amigos se miraron entre sí, tendrían que haber
sido más considerados… sintieron algo de
remordimiento.

“Sigue por este sendero, ¡oh, joven príncipe!”
exclamó con un acento sofisticado y aire
aristócrata La Duquesa Jazmín. Le señaló un
bosque oscuro.

“Mejor me apuro antes de que anochezca…”

Mapache miró fijamente el sendero y se
marchó decididamente, caminando, pero a paso
rápido.
CAPÍTULO 18

“Bien, un poco por aquí… y otro tanto por esta
parte…” decía el barbero de Necrochea a medida
que le daba los últimos retoques al nuevo “look”
de Mapache.
En la entrada del pueblo le había sugerido un
lugareño que se vistiera tal cual el resto de los
habitantes, ya que las costumbres conservadoras
veían con malos ojos a los extranjeros. Y no hubo
remedio alguno por más que le explicara quién era
y su noble propósito.

El joven se compró un atuendo a lo 1800,
totalmente negro, anticuado como el resto del
lúgubre lugar. En la barbería pidió que le corten el
cabello y se lo engominaran, ya que así parecería
más elegante y tradicional.

“Póngase esto” le dijo el barbero Gustav al
terminar su labor, y le alcanzó unos lentes oscuros.

Mapache se miró al espejo, le gustaba su
nueva apariencia, bastante gótica a decir verdad.

Entonces El Príncipe salió a la calle. Necrochea
era un lugar oscuro, cerca del mar. Siempre había
niebla y las casas tenían tejados puntiagudos.
Estaba repleto de catedrales, edificios antiguos y
cementerios. Algunos barcos negros se acercaban
al puerto esporádicamente durante el día. Los
lugareños tenían la piel gris y el cabello blanco,
eran un tanto escalofriantes. Pero a lo largo del
viaje Mapache se había acostumbrado a todo.
Vestían una moda similar al atuendo que había
comprado hacía poco. No habían calles asfaltadas
y tenía que pisar el barro. Tampoco habían autos,
el medio de trasporte más rápido eran las
carrozas. Lloviznaba constantemente, y a la noche
con más intensidad, junto a los ruidosos truenos,
un firmamento sin estrellas y una luna tan grande
como misteriosa.

Y a un costado del pueblo, al borde del
acantilado, había una suerte de fortaleza con una
tétrica torre en el medio. El visitante no podía
sacar su mirada de ella, con admiración y algo de
temor. Un relámpago la iluminó por un segundo y
leyó las siglas de la reja: NPC (del inglés
Necrochea’s Psychiatric Center). Era el famoso
Centro Psiquiátrico de Necrochea, a cargo del
disparatado Doctor Calzetta.

A Mapache también le llamó la atención una
montaña no muy alta, en las afueras del pueblo.
Era totalmente negra, e infértil. En lo más alto
había un castillo medieval, con piedras grises y
pocas ventanas iluminadas.

“Una cerveza” pidió Mapache en la barra del
bar. El lugar era tan sombrío por afuera como por
adentro. El barman lo miró con suma seriedad,
como se lo trataba en aquellas tierras a todo
extranjero.

Entonces, por curiosidad, unos sujetos se
miraron entre sí y se acercaron a la barra.
“Buenas noches, mi nombre es Edgar Allan
Ghost” dijo el primero, un señor con bigote,
tendiéndole la mano. El joven estrechó
sonriéndole.

“Yo soy Mapache Dominus y ando buscando
una llave” explicó Mapache.

“Imagino que no debe ser cualquier tipo de
llave. Déjeme presentarle al resto de mis amigos:
H.P. Hatecraft, Ernst Sabbath, Oscar Wild, Sherlock
Le Fanu y Guy de Mazapán” dijo Edgar
mostrándole a sus compañeros.

“¿Una llave?” preguntó entonces Ernst con su
voz temblorosa. Se tocó el bigote pensativo y
luego se acomodó los anteojos.

“¿Sabe algo?” preguntó impaciente Wild. Era
un tipo muy alto y corpulento pero elegante a su
manera.
“Hace meses compré una llave de zafiro a un
empresario de Metrópolis. La recibí pero había un
sujeto muy interesado que me pagó una gran
suma de dinero por ella. Acepté pensando que no
sería tan valiosa…” confesó Ernst con nerviosismo.
Mapache lo miraba fijamente, no le había gustado
aquel último comentario.

“¿A quién se la vendió?” preguntó entonces
Hatecraft, delgado e inquietante.

“A Detritus, el loco que vive detrás del
cementerio más grande de Necrochea. El tema es
que para llegar a él es preciso ganarle a La Esfinge
y sus acertijos” explicó Ernst.

“¿Qué ocurre si alguien falla?” preguntó
Sherlock Le Fanu. Sus patillas no dejaban de
asombrar a Mapache.
“Uno muere. Dispara láseres de sus ojos”
respondió tajante Guy de Mazapán. No se podía
ver su boca debido al inmenso bigote.

“No creo ser bueno para los acertijos.
Necesitamos ayuda, mientras más seamos para
enfrentar a La Esfinge y su juego mejor…” dijo
Mapache, mirándolos a todos. Entonces el barman
le trajo su cerveza. El Príncipe comenzó a tomarla.
Los otros quedaron atónitos, el aventurero los
necesitaba y ellos bien lo sabían.

“Ahí
entraron
las
damas”
dijo con
timidez
H. P.
Hatecraft
mientras Ligeia, Berenice y Morella saludaban
desde lejos. Luego se fueron a sentar a una mesa.

Tan concentrados estaban todos que ni
siquiera se habían percatado del dulce vals
ejecutado en piano por el viejo Chopin.

“Frédéric se podría unir a nosotros, es muy
culto” sugirió Edgar. El resto asintió con la cabeza.

“Y las mujeres” dijo Mapache firmemente.
Luego se encaminó hacia la mesa en donde
estaban hablando y riendo.

“Buenas noches caballero, ¿está interesado en
alguna de mis amigas?” preguntó Morella
sonriente. Su cabello era ondulado y lo movía de
una forma hipnotizante.

“No, necesitamos que nos ayuden. Mientras
más seamos mejor” contestó el joven.
“Así nunca conseguirá novia…” dijo con algo
de soberbia Ligeia.

Y aunque al principio las damas no quisieron
terminaron siendo convencidas por el valiente
adolescente y todos salieron del bar, inclusive el
barman y el viejo Frédéric Chopin.

“El cementerio más viejo queda por este
condenado camino…” enseñó Edgar Ghost a
Mapache. Los dos estaban adelante del grupo. Por
suerte no llovió aquella noche, aunque la niebla
era espesa, y aun así la luna brillaba mientras
algún lejano lobo aullaba… detalle que molestó al
Príncipe. Luego un grupo de murciélagos voló
chillando por los aires, anunciando la llegada de
los visitantes al cementerio gris, lleno de lápidas y
cruces, y un pasto débil sumergido en barro.

El campanear de la catedral más cercana
anunció la medianoche. La atmósfera era macabra,
¿cuántos oscuros secretos esconderían los diversos
mausoleos y sus criptas que Mapache
contemplaba con asombro?

Para colmo H. P. Hatecraft no paraba de
hablar con Wild sobre horrores más allá de lo
comprensible:

“… es así, en el mar viven aquellos seres
nefastos que desde hace eones poblaron el
planeta. Cada tanto se acercan al puerto, son
mitad rana o pez y la verdad aterran con sus ritos.
Sin embargo no son nada comparados con El
Bizarra, ese ente ominoso, indescriptible,
aborrecible…”

Entonces todos se metieron por un pequeño
camino entre dos paredes inmensas. Un pasillo
negro que se extendía por cientos de metros. Al
final había una figura tremendamente grande cuya
mirada lograba atemorizar.
Era una suerte de león alado, con rostro de
una bella mujer de carácter divino y ancestral. Su
cuerpo era verde y repleto de símbolos de
interrogación.

“Soy La Esfinge. Si quieren pasar por este
camino para llegar a la guarida de Detritus tienen
que adivinar mis acertijos” dijo con firmeza.

“Acepto” declaró Mapache con suma valentía,
siendo consciente del peligro al que se exponía.
“Bien, primer acertijo: ¿qué empieza con N y
termina con T?”

“Un negrito tocando el tambor” respondió
Mapache cuando Chopin se lo susurró de
inmediato. A decir verdad era una contestación
extraña.

“Bien. Segundo acertijo: ¿alguna vez has
parlado ante la luna?”

Mapache miró a todos. Entonces Ligeia se le
acercó y le dijo en voz baja la respuesta

“¿Solo los lunáticos hablan con la luna?”
respondió a modo de pregunta.

“Excelente. Tercer acertijo: ¿Quién compuso
La Cumbia del Mono?”

Chopin volvió a ayudar al joven.

“Un monarca azteca playboy… Mocterresta”.
“Perfecto. Cuarto acertijo: ¿Quién vive en El
Palacio de Cristal?”

Wild se acercó y susurró al aventurero la
respuesta.

“El ser más peligroso sobre la faz del
planeta…”

“Excelso. Quinto acertijo: ¿Quién es el hombre
con más glamour intelectual del mundo?”

Hubo dos segundos de silencio que comenzó a
incomodar a Mapache, ¿nadie tenía la respuesta?
Miró a todos… nada. Con mucha duda Guy de
Mazapán le sugirió una posible contestación.

“André Castaigne…” respondió dubitativo
Mapache, en voz baja, apenas audible.

La Esfinge lo miró con el ceño fruncido.
Silencio absoluto interrumpido por una ráfaga de
frío viento. La luna era testigo del momento
incómodo.

“Correcto… correcto. Faltan dos acertijos.
Vamos por el sexto: ¿Cuál es la agencia de
publicidad más exitosa de Ciudad Joda?”

Berenice conocía la respuesta, había trabajado
allí por unos meses. Le susurró a Mapache.

“Los Auténticos de CAECE”.

“Brillante. Ahora, último acertijo: ¿Quién es el
dueño del Bingo Banana?”

A Sherlock Le Fanu se le iluminaron los ojos. A
Ghost también. Pero rápidamente ambos
comenzaron a discutir.

“¿Qué sucede?” les preguntó con enojo
Mapache.
Le explicaron que tenían respuestas distintas,
y a ese problema Wild le agregó una tercera
posibilidad.

“Rápido. Se agota el tiempo” anunció severa
La Esfinge.

Los tres necrochenses discutían. Mapache no
tuvo más remedio.

“Son tres los socios: La Torta Santillán, Johnny
Bolera y Filiberto Tutú” contestó algo agitado
Mapache. Sudor recorría todo su cuerpo a pesar
del frío que aumentaba. Su corazón latía
rápidamente.

“¿Seguro?” preguntó con malicia y una cruel
sonrisa La Esfinge.

“Seguro” dijo el joven, con pocas esperanzas.

“Entonces pueden pasar” y se corrió a un lado,
para abrirles paso a la guarida de Detritus. Todos
se quedaron sin palabras, pero no tardaron en
avanzar.

Siguieron
cien metros
más hasta
toparse con
una pequeña
fortaleza en
cuyo mástil
había una
banderita
extraña. Al lado una suerte de OVNI.

Sin permiso alguno todos entraron en la casa
de Detritus.

“¿Qué les pasa? ¿Cómo se atreven a entrar así
a mi guarida súper secreta?” les gritó ni bien
ingresaron. Tenía argumento para enojarse, los
otros entraron con poca cordialidad.
“No estoy de humor, denos La Llave Preciosa y
terminemos con esto” dijo un enojado Mapache. El
mal rato que pasó con La Esfinge había alterado
sus nervios.

“Bien, aquí tiene” le dijo el pequeño
extraterrestre verde con trompita y le dio la llave
de zafiro.

“Gracias” respondió el joven calmándose un
poco.

Se detuvo en su hogar, era cálido. El fuego, las
cortinas pintorescas, la pecera redonda con un
axolotl…

“¿Qué es eso?” preguntó con curiosidad Ligeia
señalando un extraño cubo de colores.

“Es un Koyosegi Kitsune” dijo sin más Detritus,
estaba de brazos cruzados. No quería a nadie en su
casa, lo habían invadido.
“Bien, ya mismo nos vamos” dijo Mapache
mirando a todos.

Ni bien se fueron Detritus cerró la puerta y se
quedó mirando fijamente al Koyosegi.

“Nadie pudo abrirte. Debes esconder secretos
milenarios. Lo sé…” pensó el extraterrestre. Nunca
pudo resolver aquel puzzle que encerraba tantos
enigmas…
CAPÍTULO 19

Llovía con intensidad. Mapache caminaba bajo
los negros árboles sin hojas, solitario pero con tres
Llaves Preciosas. Faltaba una y eso lo consolaba. El
frío lo hacía temblar, y cada tanto se asustaba. Los
truenos eran potentes, los relámpagos por su
parte sugerían formas grotescas y arabescas.

Nunca, pero nunca, tuvo que haber pasado
cerca de aquella montaña negra en cuya cima
estaba ese castillo de piedras grises: hogar de La
Wacha de los Eskíes.

Siguió caminando, bordeando la montaña. La
luna enorme emitía la única luz capaz de guiarlo,
estaba todo demasiado oscuro. Tiniebla por
doquier.
Entonces lo capturaron. Dejó de pisar el suelo
y comenzó a ser abducido por un enorme OVNI
con múltiples luces de colores que titilaban.

“¿Qué quiere conmigo Detritus?” se preguntó
molesto Mapache mientras se elevaba varios
metros de la tierra.

Pero, para su asombro, allí no había ningún
Detritus. Eran todos Esqueletitos al mando de
controles y ordenadores de pantalla táctil.

“¿Quiénes son ustedes? ¿A dónde me llevan?”
preguntó furioso Mapache a sus captores. En el
fondo sentía miedo por ellos, no sabía si eran
amigos o enemigos.

“Nuestra ama quiere verlo” contestó uno de
ellos.

El Príncipe palideció instantáneamente… ¿la
ama, sería La Emperatriz? Tenía que escapar, pero
no sabía qué hacer exactamente, eran diez ellos,
no podía pelear con todos… y si hubiese podido:
¿cómo habría escapado de la nave?

Tuvo que cruzar sus brazos y esperar. El OVNI
entonces regresó al castillo de la montaña y
descendió en un patio muy mal cuidado, con
esculturas aberrantes, de seres extraños e
inverosímiles.
Habían
también
gárgolas
espantosas.
Mapache
prefirió seguir
caminando ni bien bajó de la nave. Pasó por un
puente de piedra. Las aguas del río que atravesaba
eran negras. Otro trueno. Los Esqueletitos lo
apuntaban con lanzas o espadas, muchos vestían
armaduras medievales.
Entraron al castillo.

Salas espaciosas y laberínticos pasillos se
alternaban confusamente. Puertas negras
conducían a otras habitaciones. Cráneos, tubos de
ensayo, cuadros de nobles con aires excéntricos,
instrumentos de música fabricados por
demenciales luthiers, estantes llenos de libros
arcaicos, cofres, cabezas reducidas que hablaban y
reían, y entre otras cosas, el piso con baldosas
negras y rojas que recordaban a un tablero de
damas, eran elementos que dotaban al lugar de un
misterio tan fascinante como temible.
Los dos guardias con armadura que escoltaban
al Príncipe casi no emitían palabra, lo dejaban
caminar delante suyo y le indicaban, solamente, si
tenía que seguir recto, doblar o subir alguna que
otra escalera de caracol.

Ascendieron varios pisos. Una pieza ejecutada
en órgano se hacía cada vez más evidente. Un
relámpago iluminó por un segundo todo el castillo.
La lluvia se volvió más intensa.

Mapache estaba tan nervioso que no se había
percatado del intenso olor a humedad en todo el
lugar, superior al de La Mansión Zombie. Era
nauseabundo, daba sensación de extremo
abandono. Solamente un loco podía vivir allí… o
una loca…

De repente una carcajada enfermiza se
escuchó con mucha potencia desde arriba. Al
aventurero se le heló la sangre. El órgano
ejecutaba piezas cada vez más raras, canciones
que alteraban sus tiempos, melodías inconexas
que se perdían y volvían a encontrarse, parecían
sacadas del mismo “PBX Funicular Intaglio Zone”,
una joya para los melómanos vanguardistas.

Entonces llegaron arriba. Uno de Los
Esqueletitos tocó la puerta.

“Somos Los Frikis, trajimos a Mapache” dijo
tímidamente.

La música paró de inmediato.

“Adelante” contestó una voz femenina entre
risas.

Los tres entraron y ahí estaba la dueña del
castillo: La Wacha de los Eskíes, La Reina de la
Excentricidad. Delgada y vestida de negro lucía una
capa roja, la cual se movía al compás de su baile
extravagante. Su cabello largo y su piel blanca
llamaron la atención de Mapache. En ese
momento tenía una pluma rosa en su frente,
sostenida por una cinta de cabeza. Usaba botas
marrones, que seguramente eran mucho más
grandes que sus pies, y colgaba de su cuello un
singular collar de oro con símbolos.

La luna llena iluminaba con su luz la
habitación, se podía ver su figura por una inmensa
y circular ventana que ocupaba casi toda la pared.
Debajo del astro se extendía el cementerio que
Mapache había cruzado la noche anterior para
encontrar la tercer llave.

En un costado había un órgano, lo tocaba un
Esqueletito vestido elegante. Centenas de cajas
musicales se ubicaban por doquier. Y decenas de
velas encendidas con llamas rosas iluminaban los
rincones polvorientos y llenos de telarañas.

“¡Eureka! Buen trabajo Frikis… mañana
llevaremos a Mapache a La Metrópolis para
entregárselo a La Emperatriz y nos darán una gran
suma de beatcoins como recompensa, pero hoy es
obligatoria la ceremonia, ¡no olvidemos que es 31
de Octubre!” gritó excitada alzando los brazos.
Tenía la habilidad para incomodar a todos a su
alrededor.

Un trueno se sumaba a la risa malvada de La
Wacha.
“¿Le hacen caso a esa loca?” le preguntó
entonces Mapache a los dos Frikis que se lo
llevaban por las escaleras de caracol.

“No es loca. Es una genia” respondió uno.

“La diferencia entre un genio y un loco radica
en que mientras que el primero tiene éxito, el
segundo no. Y por lo que vemos La Wacha no
solamente tiene este castillo, estas tierras y estos
lacayos… sino que también te tiene a ti y mañana
cobrará por lo que vales” contestó el otro.

El Príncipe Opuesto Al Sol se calló, odiaba
estar de acuerdo con sus oponentes.

Salieron del castillo y fueron a un enorme
patio trasero repleto de arbustos podados con
formas de dragones y monstruos extraños. La
lluvia se había calmado, tornándose leve pero
constante.
Caminaron cientos de metros hasta llegar a un
palo en donde ataron a Mapache. Alrededor, pudo
ver, había siete pequeños monolitos. No tardaron
en llegar el resto de los peculiares invitados a la
ceremonia: Esqueletitos Frikis con vestidos
elegantes, Zombies, Brujas, Hechizeros,
Fantasmas, Poltergeists, Chamanes, Houngans,
Barrabravas de Ultratumba, y entre todos esos
fenómenos el mismo Edgard Carnaby.
“¡Edgard!” gritó Mapache ni bien lo distinguió
entre la multitud.

El detective lo vio, le guiñó un ojo pero apartó
la mirada… ¿traición o disimulo? Nada era seguro.

Entonces llegó el sacerdote de la ceremonia.
Pequeño y con cabeza de calabaza Jack O’ Lantern
iba acompañado de La Wacha vestida con piel de
lobo, incluyendo la cabeza del animal a modo de
sombrero.

“Que empiece El Ritual de las Siete Piedras”
anunció con orgullo Jack. En su brazo izquierdo
sostenía un libro cuyo título era “Wiccapedia”.

Una suerte de orquesta de ultratumba empezó
a tocar violines alocadamente. Los vientos
entonaban canciones tan viejas como la noche
misma. La luna acompañaba el espectáculo con su
luz capaz de iluminar todo el jardín sin necesidad
de que prendan velas.
“Y pensar que hoy mismo atrapé a Mapache.
Una gran coincidencia” dijo sonriente La Wacha.

“¿Coincidencia? Viniendo de usted solo veo
intencionalidad y un plan fríamente calculado”
reflexionó Jack.

“A veces es bueno dejar cosas en manos del
azar. Lo impredecible divierte, me hace sentir
viva…” remató la excéntrica.

Jack no dijo nada, miró el espectáculo. La
fiesta tenía éxito. Nadie se fijaba en Mapache,
todos bailaban la música de la muerte…

“Tengo un cuchillo, te desato y corres ni bien
dejen de verte…” susurró Edgard al joven.

“¿No puedes huir conmigo?” preguntó por lo
bajo el aventurero.

“Son amigos míos casi todos los presentes. Y si
bien muchas veces no estoy de acuerdo con La
Wacha de los Eskíes, es una persona con mucha
influencia en este ambiente. Debo cuidar mis
relaciones” respondió el detective de lo
paranormal.

Entonces Edgard se fue y abrazó a un Friki
corpulento. Se alejaron riendo.

Sonaba una desastrosa versión de “La Danza
Macabra” de Saint-Saëns ejecutada por la
desafinada orquesta. Eso distrajo a muchos, casi
nadie miraba a Mapache. La Wacha misma había
tomado mucho y no paraba de reír junto a Jack O’
Lantern. Pero… ¿lo había desatado su amigo?

Hizo un esfuerzo, no podía moverse.

¿Qué más podía hacer? ¿Esperar?

Otro esfuerzo… nada. Quizás con más fuerza.

La música se volvía más malsana… cambiaba
de ritmos, enloquecía, desesperaba. La lluvia
aumentaba junto al viento, el pulso de Mapache
también. La luna, Los Fantasmas, la niebla cada vez
más espesa, risas, delirios, truenos, aplausos, risas,
miradas, sudor, el pulso, aceleraba el corazón.
Otro esfuerzo… nada… nada… nada…

Entonces dio un paso adelante, no sabía cómo
pero se había desatado y nadie lo había visto. Se
alejó caminando despacio un par de metros sin
que nadie lo viera.

“¡Ehhhh… se escapa el prisionero!” gritó un
Houngan señalándolo.

La música se detuvo, Mapache comenzó a
correr.

Escapó del jardín y con un esfuerzo propio de
la adrenalina saltó una de las paredes de piedra.
Todos los invitados de la fiesta perseguían al
Príncipe, inclusive su amigo el detective, para no
levantar sospechas. Un trueno, insultos, gritos,
amenazas y demás completaban la atmósfera de
persecución.

A una considerable velocidad y sin tropezar
Mapache descendió por completo la negra
montaña en donde estaba el castillo. Se dirigió en
dirección al bosque por el que había llegado a
Necrochea, para escapar definitivamente.

La lluvia aumentaba y pisar el barro era cada
vez más molesto, pero nada lo detendría.

Desde atrás escuchó la característica risa de La
Wacha.

“¡No escaparás!” le gritó desde el cielo. Ella
flotaba a varios metros, en un carro de guerra
romano decorado con cráneos, que era tirado por
cuatro medusas gigantes. Dio un latigazo para que
aceleraran.
Mapache corría, totalmente agitado. Quería
frenar, pero definitivamente no podía darse
semejante lujo.

Todo se volvía más negro, la lluvia más
intensa, el barro más líquido… casi tropieza varias
veces...
No podía más, Mapache no podía respirar
casi… y sin embargo faltaba para el bosque, su
meta, su objetivo…

La Wacha se acercaba con su carro, las
medusas avanzaban con una velocidad que
superaba considerablemente al Príncipe en fuga.

Casi tropezó de nuevo. Ella rió alocadamente,
amaba verlo sufrir, era parte de su espectáculo. Su
semblante se deformaba, estaba excitada, ansiosa,
con una amplia sonrisa insana.

Entonces ocurrió un hecho que benefició al
joven aventurero: un rayo impactó con
brusquedad sobre el carro, destruyéndolo por
completo. Tanto las medusas como La Wacha
volaron por los aires. Ella gritó intensamente.

Mapache regresó al bosque. Un potente
relámpago le reveló al aventurero un gastado
cartel de madera que indicaba el nombre del lugar
al que se dirigía: bajo la intensa lluvia y la luz de la
luna volvería a adentrarse en las sombras de Forst
Woods…
CAPÍTULO 21

De día Mapache dormía en las dunas del
Desierto Opuesto Al Sol, de noche caminaba sobre
ellas. Comenzó a tener pesadillas recurrentes que
involucraban seres que solamente buscaban
hacerle daño, como si fueran proyecciones
inconscientes de sus propios miedos.

Al salir del bosque Forst Woods, había perdido
el rumbo por completo.

Cada tanto veía algún que otro oasis, pero no
más que espejismos.

Calor, sed, hambre… Mapache se sentía débil,
muy débil. Caminaba y caminaba… no podía hacer
otra cosa…
Una noche estrellada siguió las constelaciones.
Caminaba procurando no ver la luna, ya que en sus
sueños adoptaba un matiz insano.

Entonces El Príncipe sintió una extraña
presencia: la sombra proyectada por delante suyo
era inmensa y deforme. El ser se retorcía
viscosamente y avanzaba pero sin emitir ruido
alguno, salvo una apenas perceptible musiquita
enfermiza que sonaba desde algún lugar. Sin dudar
comenzó a correr, sin mirar atrás (detalle no poco
importante).
La cosa lo seguía a una velocidad
impresionante. El aventurero se quedaba sin
aliento, pero no podía detenerse… entonces vio
algo no muy lejos: ¿una ciudad?

Poco a poco la imagen se aclaraba ante sus
ojos. Distinguía edificios, y lo que parecía ser una
esfera gigante y roja que flotaba por encima de
toda la ciudad. Sin embargo no cantó victoria,
podía tratarse de un espejismo más.

La cosa se acercaba. Mapache se alejaba.

Por momentos sentía la tentación de ver qué
era aquello, pero se convencía rápidamente que
no, conocer su aspecto implicaba una pérdida de
tiempo (y más tarde se enteraría que de cordura
también).

Entonces, tropezó.

Rodó y rodó por una gran duna. No
desaceleró, sino más bien todo lo contrario.
No tuvo tiempo de gritar, tampoco sentía
dolor alguno.

Una vez abajo siguió corriendo varios minutos
más… hasta que la sensación de persecución
terminó, al igual que la sombra correspondiente a
la cosa…

Para cuando se quiso acordar ya estaba frente
a la ciudad de edificios altos y geométricos, de
colores rojos, azules, amarillos, blancos y negros,
que seguían patrones de simetrías y proporciones
admirables y armónicas. La esfera que flotaba era
inmensa y de color rojo intenso.
Cruzó un umbral dorado, sin puertas, muy
misterioso. Se adentró en calles vacías. Quien
había creado tal lugar era definitivamente una
divinidad, el súmmum de la perfección.

Caminaba y caminaba, sin prisa alguna,
contemplando cada rincón, cada espacio. La
soledad no se sufría allí, Mapache era acompañado
por el brillo de las estrellas y una luna reflejada en
la esfera flotante.

Entonces el aventurero fue a la plaza principal,
en el centro exacto de la ciudad. Era rectangular,
en el medio había una fuente con un líquido verde
brillante.

La miró por unos segundos.

“Cuánta belleza…” pensó.

Y sin previo aviso apareció una figura brillante
que flotaba por encima de la fuente. Era una
hermosa dama de piel blanca y lentes oscuros, su
cabello rojo recogido. Su delgada figura estaba
envuelta en un manto verde y brilloso, con mucho
glamour, cubierto de números ceros y unos.

Lo miró al visitante y comenzó el diálogo:

“Bienvenido.
Debo felicitarlo, no
todos huyen de El
Bizarra y viven para
contarlo. Ese
monstruo enloquece
a todo aquel que lo
contempla…”

El Bizarra…
Mapache había escuchado su nombre pronunciado
por H. P. Hatecraft, pero pensó que eran solo
rumores. Miró a su interlocutora y le preguntó:

“¿Quién es usted?”
“Permítame presentarme: soy La Diosa
Binaria. Éste es mi hábitat: La Ciudad Geométrica”.

“¿Y dónde están todos?”

“Los seres mortales suelen enamorarse de la
ciudad debido a su perfección, razón por la cual se
olvidan del resto del mundo: entonces abandonan
este lugar porque ya no le encuentran sentido a
sus vida”.

“Extraño”.

“Predecible diría yo. La perfección tiene una
gran desventaja: es predecible. Si todo está
calculado y las cosas ocurren como uno espera,
¿qué sentido tiene el porvenir? La incertidumbre
es un condimento que hace a la vida más
interesante”.

“Concuerdo, pero insisto, la situación es
extraña… este lugar es demasiado hermoso,
demasiado armónico…”
“Que no le engañen sus sentidos, no todo
aquello que responda a una estética determinada
es dueño de belleza. Miles de atrocidades se
esconden en las formas más sublimes del
universo”.

Silencio absoluto, a lo lejos comenzó a soplar
un tenue viento. Luego Mapache preguntó:

“Entiendo. A todo esto, ¿sabe dónde puedo
encontrar una llave...?”

“¿Como ésta?”

La Diosa Binaria le mostró La Llave Preciosa
que necesitaba. Era de topacio amarillo.

“Si, esa misma”.

“Se la daré, a cambio de un favor”.

“Dígame”.

“Que se quede un rato a hablar conmigo. Hace
años no viene nadie”.
“Acepto”.

Mapache no imaginó nunca que la naturaleza
de tal conversación podía ser tan destructiva,
había cometido un error que acarrearía consigo
enormes dudas… pero necesitaba esa llave y
estaba dispuesto a conversar con la diosa.

“Bien, ¿qué busca con exactitud?”

“Las cuatro llaves que me permitirán ganar
acceso a La Máxima Adómina. Se trata del único
objeto capaz de ayudarme a detener a La
Emperatriz”.

“¿Detenerla o destruirla?”

Mapache se quedó callado, luego respondió
con firmeza:

“No busco hacerle daño a nadie, ni siquiera a
ella, si bien no merece piedad… pero si no tengo
otra opción…”
“La mataría”.

“Espero no hacerlo. Tan solo quiero quitarle el
poder, para que todo vuelva a la normalidad, para
que todos los habitantes de Metrópolis sean
realmente felices, para que no exista más guerra,
ni hambre, ni dolor, ni…”

“¿Vio mucho hambre y dolor?”

Otra vez Mapache se quedó callado. La Diosa
Binaria le respondió en tono suave:

“Usted busca recuperar algo que perdió. Las
personas son como sistemas, predecibles también.
Se comportan de un modo determinado y uno es
capaz de sacar conclusiones con solamente deducir
a partir de detalles. Ahora le pregunto: el antiguo
Rey Opuesto Al Sol, Arthurio Dominus, ¿era
realmente un buen monarca? ¿Se preocupó por su
pueblo y los alrededores? ¿Sus enemigos eran
malvados, o simplemente tenían otra manera de
ver al mundo u otros intereses?”

“¡Me está provocando!”

“Eso significa que le estoy ganando. Tranquilo,
la llave será suya, pero le preguntaba nada más…”

El cielo de repente se volvió totalmente negro,
la esfera roja que flotaba tornó su color a un gris
opaco. Mapache la miró enfurecido y le gritó:

“¡Sabía de antemano a quién tenía en frente!
¡Por eso habla así delante mío!”

“Obviamente sabía. Mapache Dominus, El
Príncipe que se ausentó por tanto tiempo
ignorando a su pueblo, mírese ahora lo
zaparrastroso que está. Usted es un desastre y
haga lo que haga, por más que obtenga todo el
poder del mundo no saciará su sed, buscará más.
De príncipe a rey, y luego a emperador. El poder lo
motiva, es presa de ello, no puede escapar, está en
lo más profundo de su ser, lo veo en la mirada”.

“Deme la llave”.

“No quiere escucharme porque sabe que
tengo razón. Muy dentro suyo hay un monstruo
aún más peligroso que El Bizarra, aún más
peligroso que La Emperatriz. Ahora libra una
batalla contra los otros, mañana será consigo
mismo”.

La Ciudad Geométrica entera, al igual que la
esfera flotante y que el firmamento mismo, se
tornó completamente negra. La fuente
desapareció. Todo era oscuridad, menos La Diosa
Binaria, que irradiaba luz pura. Ella rió con fuerza.

“Haga lo que haga nada tendrá sentido, no hay
un propósito claro en su vida… por eso le doy la
llave, no tiene valor alguno. Eso sí, recuerde, no
podrá escapar de lo que dije recién. Usted es
ambicioso, está sediento de poder, su hambre
nunca acabará, como el de los lobos…”

Le lanzó la llave. Mapache atajó. Ella sonrió
antes de desvanecerse al igual que la ciudad
entera.

Mapache estaba solo en El Desierto Opuesto
Al Sol. Amanecía de a poco. Se quedó callado,
apretando con fuerza la llave. La Diosa Binaria
había creado una ciudad perfecta que los mortales
no merecían al ser imperfectos, como El Príncipe.

Ella no se había equivocado en absoluto. Las
mentes, en el fondo, funcionan como sistemas,
bajo fórmulas comprensibles para su genio.
Mapache había sido parte de un experimento, una
prueba dolorosa, pero que derivó en resultados
interesantes. La exposición del lado más oscuro del
Príncipe: su ambición, su hambre de poder…
Caminó lentamente pero con decisión rumbo a
La Metrópolis, procurando no pensar en su padre.
Ella podría haberle mentido acerca de su persona,
con tal de hacerlo dudar sobre su misión de
recuperar la soberanía en El Desierto Opuesto Al
Sol.

De todos modos, más allá de cualquier tema
hablado, le inquietó bastante la referencia que
hizo La Diosa Binaria sobre los lobos. Mapache
estaba seguro que, por lo calculadora que era la
divinidad y lo precisa que era con las palabras, tal
mención fue absolutamente intencional.
CAPÍTULO 23

La Metrópolis entera estaba en un estado de
absoluta alerta. Los megáfonos anunciaban a
todos los ciudadanos sobre una próxima amenaza,
un asesino brutal: Mapache. El rostro del
aventurero apareció en múltiples pantallas en casi
todas las calles, la radio pedía su captura
inmediata, por una suma de 300.000 beatcoins en
los noticieros solo hablaban de él.

Eran cuatro las calles de la ciudad que
conducían al Desierto Opuesto Al Sol, cada una de
ellas custodiada por un secuaz distinto de La
Emperatriz (El Mono Blanco, Vegan Fox, Flora y
Nitannia) con su respectivo pelotón de Autómatas
armados con armas de fuego y en posición de
defensa. Desafortunadamente para todos ellos,
Mapache entró por el lugar menos esperado: las
alcantarillas.

Mapache había aprendido de Aqua y
Dopamino a esconderse de todo enemigo e
infiltrarse por lugares en los que nadie se atrevería
a entrar, con el fin de pasar desapercibido, como el
túnel secreto en El Panóptico, o la tubería del
castillo del Rey Carmín. La lluvia era muy fuerte y
El Príncipe observó cómo el agua derivaba en un
agujero a las afueras de La Metrópolis.

“Me tiro” pensó, y se lanzó. No lo dudo
mucho, a veces las grandes decisiones implican
solamente una cuota de valentía y no tanto
análisis inútil. Tuvo que aguantar la respiración
varios segundos, tampoco estaba seguro en qué
parte de la ciudad lo dejaría. Era una decisión
arriesgada, pero no la tomarían en cuenta aquellos
que lo buscaban.
El agua estaba helada. Mapache respiraba con
dificultad y era arrastrado por la corriente a través
de un túnel de negras paredes. Miraba para todos
lados, atento ante cualquier cosa.

Entonces, a lo lejos, vio una plataforma que
conducía a un pasillo seco por el cual se podía
caminar, era su oportunidad para escapar de la
corriente. Se acercó, y una vez sostenido del borde
hizo fuerza con ambas manos para levantar su
pequeño cuerpo.

Una vez arriba escurrió su húmeda y gastada
ropa. Poco después Las Cuatro Llaves Preciosas
comenzaron a arder y brillar en su bolsillo, ¿estaría
cerca de su objetivo? Solamente podía hacer una
cosa, dejarse guiar por ellas.

Comenzó a caminar y se percató de inmediato
de una gran ventaja: en aquellos túneles
subterráneos, conectados estrechamente con las
alcantarillas de La Metrópolis, no habían cámaras
ni otros sistemas de vigilancia. El lugar escapaba
de la mirada de La Emperatriz. Aun así ¿podría,
desde lejos, leer la mente de Mapache?

El adolescente avanzó y todo se tornaba cada
vez más oscuro y seco. Las únicas luces eran unos
foquitos verdes y gastados. Las llaves estaban cada
vez más calientes y fosforescentes, y por
momentos parecían temblar. Tuvo que decidir en
un momento si doblar por un túnel a la izquierda o
a la derecha. Cuando se encaminó por el primero
las llaves se enfriaron y apagaron en su bolsillo,
regresó y cuando se metió por el segundo
comenzaron a emitir luz, brillar y calentarse de
nuevo.

Al cabo de varios minutos llegó a un enorme
arco de piedra en cuyo umbral se leían símbolos
que le eran familiares. En el medio estaba grabado
el nombre del templo: Ganex Zwan.

“Aquí fue donde mi madre me escondió… en
una de las cámaras de este templo… lo recuerdo…
aquel día que todo ocurrió…” dijo con poco aliento
El Príncipe. Sentía tanta fascinación por entrar
como temor ante lo que podía encontrarse allí.

Por lo visto La Ciudad Opuesta Al Sol había
quedado completamente enterrada debajo de La
Metrópolis.
Entró. Tiniebla pura. Negro era el único color.
Nada más.

¿Nada? Sí, había algo: una suerte de luna
pequeña flotaba en el centro de una amplia sala
llena de figuras geométricas, de color bordeaux
(bordó) y casi tridimensionales que se movían
alrededor, conformando una órbita: cubos,
esferas, pirámides, cilindros. Giraban en torno al
astro luminoso. De repente se unieron al mini
astro. Segundos después, en medio de la
oscuridad, apareció un rostro blanco, las facciones
más siniestras que Mapache jamás había
contemplado en su vida, se le heló la sangre.

El semblante sonreía, sus ojos y boca eran dos
agujeros, su nariz recta, rasgos artificiales. El ser
estaba encapuchado, su largo vestido era de color
bordeaux y con múltiples figuras geométricas
dibujadas en su superficie.
“Soy El
Monje
Lunar, sé
todo sobre
ti. Y dentro
de poco
morirás” le
dijo
sonriente. Sus labios no se movían, tampoco
pestañaba, evidenciando que era una máscara. El
ser emanaba una energía extraña, difícil de
describir. El Príncipe quiso correr, pero por alguna
razón no pudo, estaba completamente paralizado.

Rió, por lo bajo. Lo miraba a Mapache.
Ninguno se movía en absoluto. El resto era
oscuridad plena.

“Y pensabas que ibas a poder contra La
Emperatriz. Fue como una madre para mí, nadie se
preocupó por mis más profundos miedos: aquellos
relativos a la muerte. Ahora serás tú quién me
contará qué hay detrás del velo que separa a la
vida del más allá…”

“No si yo te detengo” afirmó una voz.

Mapache miró para todos lados, no había
nadie en El Templo Ganex Zwan.

“Ya sé quién eres. Acabo de leer tu mente”
gritó El Monje Lunar, y rió con fuerza.

“¿Esa risa es de triunfo o desesperación?
Sabes quién soy, pero no puedes leer la mente a tu
más antiguo maestro” le contestó la voz de origen
desconocido.

“Mi único maestro fue, es y será La
Emperatriz. Fui su primer lacayo y ahora me
encomendó la tarea de cuidar La Máxima
Adómina, y definitivamente no le fallaré”
sentenció El Monje.
“Si vas a pelear contra alguien, que la batalla
sea pareja. Mapache Dominus es fuerte, pero
contra un monstruo como tú no puede. Yo tomaré
su lugar, él irá por lo que le corresponde, el tesoro
de su noble familia…” dijo la voz a medida que se
acercaba a la escena.

Entonces apareció de las sombras mismas: La
Diosa Binaria.

“¿Me… me va a ayudar en ésta…?” preguntó
con total desconcierto Mapache, casi convencido
de que la ella no era amiga.

“Si” contestó La Diosa secamente, sin mirarlo
y colocándose a su lado.

“Pero, ¿yo no era un ser malvado sediento de
poder…?”

“Sediento de poder si, ambicioso y oscuro
también, pero no malvado. El único ser que
representa la manifestación más pura de maldad
aquí es La Emperatriz. Es necesario que la
detengamos y para ello debemos juntar fuerzas.
Busque La Máxima Adómina, está por detrás del
Monje Lunar. Se encontrará con Hermes, La
Mensajera de los Dioses, leal a Ahuramazda, Diosa
de la Luz. Hermes lo evaluará, verá si merece el
preciado tesoro de La Dinastía Dominus” explicó la
divinidad viendo a los ojos a su enemigo. Acto
seguido estiró sus brazos y abrió las manos,
enseñando las palmas, y en un segundo un fuerte
rayo rojo llegó al Monje, el cual le contestó con un
rayo negro que salía de sus ojos.
Sin pensarlo dos veces El Príncipe corrió a
donde le había indicado su aliada. Tenía que
dejarlos pelear entre ellos, si intervenía podía
poner en riesgo a todas las personas que conocía y
muchas más.

Avanzó a paso rápido, sin mirar atrás.

Su respiración era agitada, el corazón le latía
con fuerza. Y sin aliento frenó, comenzó a caminar
con curiosidad a medida que veía una lejana
pirámide blanca y luminosa y una silueta femenina
que la contemplaba.

“¿Hermes?” preguntó Mapache al ver a la
joven mujer.

“Sí. Lo he estado esperando Mapache, sus
padres me encomendaron la misión de cuidar La
Máxima Adómina y la misma Ahuramazda estuvo
de acuerdo, ¿está preparado?” fue lo que dijo La
Mensajera de los Dioses con tranquilidad pura en
su musical voz. Su vestido blanco, sus alas doradas
como su cabello ondulado y
sus sandalias romanas eran
una combinación excelente.
Su forma de moverse era
lenta, lo miraba con seriedad
al Príncipe, lo inquietó un
poco con su pregunta.

“¿Preparado para qué?
¿Evaluarás si merezco La Máxima Adómina?”
preguntó con interés Mapache.

“Ven” respondió sin más. Caminó hacia otra
sala, iluminada por antorchas. En el medio había
un enorme espejo con los bordes pintados en
rodio.

Mapache se acercó solo para ver cara a cara a
Handrez Kaz-Tani’e. No comprendía o, mejor
dicho, no quería comprender. Ambos sin hablar se
miraron durante largos segundos, entonces
Handrez se quitó el turbante, revelando que no era
otro que Mapache.

“No… no entiendo…” susurró Mapache,
extremadamente confundido.

“Le explico: La Emperatriz era tan fuerte que
su madre, para salvarlo, usó el poder de La
Máxima Adómina a un alto precio. La Ciudad
Opuesta Al Sol quedó enterrada por completo,
muchos de sus habitantes murieron, otros se
transformaron en habitantes de La Metrópolis. Su
cuerpo y alma quedaron escondidos en un
sarcófago con poderes divinos, regalo de
Ahuramazda fabricado en el mismo Reino Estelar.
Durmió por mucho tiempo, hasta que finalmente
despertó en todo sentido. Handrez no es otro que
una conciencia alterna que usó su cuerpo en un
momento en que había perdido la memoria por
completo. Viajó por el mundo sin saberlo, en busca
de conocer quién era realmente… y una vez que se
encontró con La Diosa de La Luz… renació como
Mapache Dominus, dispuesto a terminar la misión
que había empezado” relató Hermes mirándolo
fijamente a los ojos a su noble interlocutor.

“Y si yo tenía La Máxima Adómina en las
manos en el momento del ataque de La
Emperatriz, ¿por qué tuve la necesidad de buscar
las llaves?” preguntó rápidamente Mapache.

“Handrez Kaz-Tani’e, por temor a que el
apreciado objeto caiga en manos
malintencionadas, decidió encerrarla en una caja
fuerte, propiedad de Arthurio Dominus, que
solamente podía ser abierta por Las Cuatro Llaves
Preciosas, y como habrá visto cada una de ellas fue
asignada a sujetos que las cuidarían con su vida.

Mapache dudó de Detritus, estaba seguro que
era más un coleccionista que un defensor… pero
prefirió no pensar en ello.

“Otra pregunta Hermes: ¿cómo puede ser que
mi padre le haya dado la llave al Rey Carmín? Él
desapareció antes de que Handrez decidiera
encerrar La Máxima Adómina”.
“La envió por caja, firmada con lacre como
Arthurio” respondió La Mensajera
instantáneamente.

Silencio. Mapache pensativo.

“Todavía no puedo creerlo, el Handrez Kaz-
Tani’e que aparecía en mis sueños no era otra cosa
que una manifestación de mi subconsciente, que
diseñó toda mi aventura. E incluso tuvo contacto
con muchos que conocí… como El Rey Carmín… ¡y
la misma Aqua, con la que se comunicaba durante
sus meditaciones!” dedujo el joven.

“Así es” afirmó Hermes.

Un minuto entero de silencio. Mapache era
muy inteligente, pero le costó comprender la
información adquirida recientemente. Todo era
una ilusión. Se dio cuenta de cuán poco se conocía
a sí mismo, quizás La Diosa Binaria no estuviera
equivocada en ciertas cosas. De todos modos el
valiente Príncipe estaba decidido a luchar contra la
malvada Emperatriz que mantenía un régimen
absolutista y abusivo en La Metrópolis y en el resto
del Desierto Opuesto Al Sol. Nada lo detendría, y
una vez victorioso emprendería un viaje para
conocerse, eso se prometió Mapache a sí mismo.

“Así que hice un montón de cosas y no las
recuerdo en absoluto” dijo con una sonrisa el
joven, algo en todo eso le causaba gracia. Se
mostraba optimista.

“En algún lugar profundo de su mente miles de
enseñanzas siguen presentes, pero en aquel
momento no era plenamente usted, ahora si…
Príncipe Opuesto Al Sol” anunció la bella mujer.

Caminaron juntos a otra sala iluminada y
repleta de estatuas antropomórficas. En el medio
un cubo de color arena brillaba con un rombo rojo
en el medio. No había ruido alguno, salvo los pasos
de los recién llegados. Mapache distinguió cuatro
ranuras en la cara frontal, ubicadas por debajo del
rombo. Colocó las cuatro llaves, éstas ardían y
brillaban demasiado.

“Bien. Espera un poco, hace tiempo que no se
activa el sistema completo” advirtió Hermes.

El rombo rojo brilló de un modo alarmante,
provocando un chirrido demasiado molesto. Luego
desapareció por completo, dejando al descubierto
un agujero.

“Mira en su interior” indicó Hermes.

Mapache le hizo caso. Se sobresaltó al ver que
dentro había un cielo violeta, repleto de nubes, y
flotando en el medio La Máxima Adómina, el
objeto divino de la familia real. La tomó con su
mano izquierda.
Era esplendorosa: una inusual joya entre roja y
naranja con bordes de oro puro que tenían
grabados símbolos correspondientes a una cultura
antiquísima, regalo místico de la misma Diosa de la
Luz.

“¿Ve eso? Quítele esa pequeña tapita, con
cuidado, adentro hay líquido. Tendrá que tomar la
pócima” ordenó la hermosa mensajera.

“Si no tengo otra opción…” dijo en voz baja El
Príncipe sin entender por qué debía hacer eso.
Bebió todo el contenido, no era mucho pero
era extremadamente fuerte. Al principio se sintió
ebrio, todo giraba a su alrededor, luego su cuerpo
entero comenzó a arder. Dejó caer La Máxima
Adómina de su mano, sin que sufriera el menor
daño. Luego gritó con todas sus fuerzas: estaba
sufriendo una increíble transformación.

Sus ojos se tornaron luminosos, su piel
brillante, su cabello creció y se volvió dorado, su
voz cambió, su físico
también. Era más
delgado y alto, con
símbolos brillantes,
arcaicos, divinos,
dibujados en su piel
aún más pálida,
blanca por completo.
Miró sus manos, no
podía creer que había fusionado su alma con
poderes propios de Ahuramazda.

“Si va a enfrentarse a La Emperatriz ya está
preparado… Ahura Mapache” dijo con una leve
sonrisa Hermes, se mostraba contenta.

“Me siento poderoso y seguro para recuperar
lo que me corresponde” dijo con una voz de eco
que retumbó en todos los rincones del templo. El
aventurero se había convertido por completo en
una suerte de Semi-Dios.

La Diosa Binaria entró en ese momento. Miró
sin sorpresa a los dos.

“Buenas noticias: logré destruir al Monje
Lunar. No es más que polvo” dijo con indiferencia
mientras se acercaba y examinaba a Ahura
Mapache.

“Tomó todo el contenido. Imagino que La
Emperatriz ya se habrá dado cuenta” dijo Hermes.
Mientras tanto, en El Panóptico, todos Los
Autómatas corrían de un lado a otro. El ambiente
era tenso. La Emperatriz de brazos cruzados
miraba desde una ventana a la gran Metrópolis.
Sabía que el héroe había tomado la pócima divina
de La Máxima Adómina. Por primera vez se mostró
irritada: apenas frunció el ceño y apretó los
dientes.
CAPÍTULO 25

Ahura Mapache contempló La Metrópolis
desde una ventana que abarcaba toda la pared del
alto piso en el que se encontraba en la inmensa
torre que era El Panóptico. Se detuvo en El
Obelisco, que se erguía imponente en el medio de
La Avenida 20 de Julio, a unas cuantas cuadras de
allí.

“Ese monumento tiene forma de…” pensó el
valiente héroe que se había transformado en Semi-
Dios. En ese momento se dio cuenta que su
agilidad mental también se había desarrollado,
como también se habían agudizado sus sentidos:
eso lo comprobó El Autómata que se lanzó a su
cuello, pero tuvo la desgracia de recibir una fuerte
patada del joven. El enmascarado cayó al suelo.
“Ahora puedo defenderme de estos. Debe ser
el décimo que me ataca desde que empecé a
subir” pensó Ahura Mapache. Luego miró un par
de segundos más al Obelisco y decidió subir por el
ascensor. Estaba seguro que La Emperatriz se
encontraría en el último piso, no podía perder más
tiempo.
Un suave jazz interpretado por Zawinul y
Shorter sonaba a medida que ascendía. A los siete
pisos se subieron tres Autómatas, que para
sorpresa del aventurero ni se cuestionaron su
identidad o propósito, tan solo lo ignoraron. Se
bajaron al cabo de un rato. El héroe continuó.

“Qué extraño, parece que solo siguen órdenes.
No deben tener poder de raciocinio… entonces por
el momento no soy amenaza para ellos…”
reflexionó acariciándose el mentón.

Un aroma a shopping inundaba tanto el
ascensor como los pasillos que había atravesado,
La Emperatriz y sus secuaces tenían un buen
sentido de la limpieza, algo positivo a reconocer.

La luz verde indicó el último piso, el 151. Allí se
abrieron las puertas. Allí Ahura Mapache bajó del
ascensor, caminando por un negro pasillo en el
cual predominaba un estilo gótico, con muchas
antorchas de fuego gris y estatuas perversas.

Se metió por un pasillo angosto de estilo más
moderno.

Caminó hasta toparse con una escalera
mecánica, donde por mera curiosidad comenzó a
ascender. Arriba, una puerta corrediza permitió a
Mapache acceder a un espacioso laboratorio lleno
de aparatos de todo tipo… y propósito.

Desde impresoras multifunción a rayos láseres
y desde smartphones a bombas atómicas se
amontonaban por doquier.

“Veo que llegaste al Sector Lado B” dijo El
Mono Blanco con tranquilidad y una siniestra
sonrisa en su rostro. Estaba detrás de Ahura
Mapache escoltado por una decena de Autómatas.

“Bien, demuéstrenme qué tienen” explicó el
héroe dándose vuelta. La sonrisa se esfumó del
Mono Blanco, no entendía el cambio de aspecto
del joven.

Boquiabierto el científico tardó en dar la orden
de ataque, la cual no tuvo sentido alguno:
Mapache luchó uno por uno contra esos
monstruos blancos, eran realmente débiles ante el
Semi-Dios, un potencial divino. Al cabo de pocos
segundos estaban todos inconscientes. El Mono se
había quedado solo y era tan débil que nada podía
hacer.
“Puedes hacer algo por mí. Indícame dónde
está La Emperatriz” dijo Ahura Mapache mirándolo
fijamente a los ojos. El simio mostraba miedo en
su mirar.

“Bien… bien… quieres saber dónde se
encuentra ella, ¿no?” preguntó con ironía y nervios
el científico, acercándose a una mesa con
elementos punzantes.

“Exacto, y dímelo rápido; no tengo mucho
tiempo” apuró el héroe.

“Entiendo… entiendo” dijo, mientras con la
mano derecha buscaba algún objeto con qué
dañarlo.

“¡Ni se te ocurra!” gritó Ahura Mapache y
abrió su palma derecha.

“Bueno… sube y dobla por la derecha, en
dirección al Sector 7, pero…” explicó El Mono.
“¿Sabes algo?, vendrás conmigo. No confío en
ti” interrumpió el joven, que seguía mostrándole la
palma.

Con El Doctor Gregor Mengueleiev, alias El
Mono Blanco, de rehén, Ahura Mapache recorrió
largos pasillos y escaleras mecánicas, hasta derivar
en una puerta metálica.

“Bien, acá debo poner la contraseña, no
mires” advirtió El Mono.

“Apúrate” dijo secamente el Semi-Dios.

La puerta se abrió y subieron por un ascensor
oscuro. Llegaron inmediatamente a una espaciosa
sala de aspecto medieval con las paredes forradas
en rojo y negro y un enorme trono de oro ubicado
en el fondo, pero no estaba La Emperatriz… sino La
Wacha de los Eskíes, que reía burlonamente.

“Hola chicos, veo que están sorprendidos. No
me digan, eeehhhh… ¿esperaban encontrarse con
la otra, no?” preguntó haciendo muecas insanas.
Estaba vestida de un modo muy extraño: un
pantalón, poncho y sombrero de bruja, todo de
color violeta a lo animal print, maquillada y usaba
lentes oscuros con afilados bordes naranjas… en
definitiva un elegante mamarracho.

“No me hagas perder tiempo, ¿dónde…?”
preguntó irritado el héroe.
“¡No me importa hacerte perder tiempo en
absoluto! ¡Yo puedo salir corriendo de aquí y el
que perderá serás vos... o podrías preguntarle a tu
amiga Aqua!” gritó La Reina de la Excentricidad.

Un silencio incómodo. Luego ella rió como de
costumbre.

“¿Dónde está?” preguntó Ahura Mapache. El
Mono Blanco sonreía disimuladamente.

“Podría estar en tantas partes y en ningún
lugar” respondió entre risas, haciendo
movimientos con sus largos brazos y piernas
mientras se movía de un lado a otro en el enorme
trono. Buscaba provocar por mera diversión.

“¿Sugieres que está muerta?” preguntó con
una ira que crecía en su interior. Su palma abierta
se dirigía a La Wacha.
“No sugerí… supuse” contestó mirándolo con
ojos abiertos, siniestros y una sonrisa que
mostraba todos sus dientes.

“¿Sabes? A partir de ahora tengo dos rehenes”
dijo el adolescente dispuesto a abrir fuego de ser
necesario.

La neuroloca lo miró fijamente, sin quitar su
sonrisa enfermiza.

“Hagamos un trato: nos dejas escapar al
monito y a mí y te diré dónde se encuentra y, de
paso, ya que somos amigos, te regalaré unos
detonadores así te diviertes…” susurró ella.

“Trato hecho” dijo rápidamente Ahura
Mapache, confiando en aquella mujer tan extraña.
No dudaba de la nula lealtad que tenía hacia La
Emperatriz. Si bien era malvada era posible que
buscara deshacerse de ella, lo evidenciaba su
postura relajada en el sillón, deseaba
reemplazarla.

Mientras tanto, en algún pequeño lugar de la
torre, oscuro y secreto, La Diosa Aqua aguardaba
ser rescatada por alguien, preocupada.
CAPÍTULO 26

Aqua estaba dentro… ¿de un ataúd? Acostada
y sin luz. No había mucho oxígeno, apenas podía
respirar y moverse. Entonces alguien abrió la tapa.

“Creíamos que ya estabas muerta, La Wacha
se excedió en cloroformo al parecer” dijo y rió con
crueldad Flora. Tanto ella como sus dos amigas
(Vegan Fox y Nitannia) estaban vestidas de negro.
La zorra sonreía, sin embargo la otra mujer se
mostró indiferente, daba fugaces miradas al espejo
debido a su cambio de look: en vez de su
característico casco de centurión llevaba un rodete
hecho con su oscura cabellera que en conjunto con
su piel blanca, sus ojos grises y el vestido negro
daba una sensación lúgubre.
“Te dejaremos tomar aire” prometió Fox y le
hizo un gesto para que saliese del ataúd.

“Ya comenzaba a ser presa de la claustrofobia”
aclaró La Diosa del Agua.

“De haberlo sabido te dejábamos más tiempo,
pero preferimos en cambio invitarte a nuestra
fiesta de chicas” explicó Flora. La habitación era
completamente rosa, decorada en cada rincón con
un estilo paradójico entre minimalista y rococó
que se manifestaba en los muebles. Se olía además
un fuerte perfume con esencia de rosas.
“Lindo lugar, debo admitir” dijo Aqua
observando una lámpara de araña que colgaba
radiante en el techo. No habían ventanas, podía
tratarse de una habitación subterránea, tampoco
camas, ¿una sala de estar?

“La idea de la reunión femenina fue mía”
confesó Vegan Fox presumiendo, ante sus amigas.
La dama zorra era vanidosa en exceso.

“¿Y qué van a hacer conmigo?” preguntó
indignada Aqua, con sus brazos cruzados.

“Nada. Tenerte de rehén para hacerle perder
tiempo a tu amigo Mapache” respondió Flora con
antipatía seguida de una sonrisa falsa que no duró
más de dos segundos.

“Ahora es Ahura Mapache, me acabo de
enterar. Se volvió más peligroso desde que tomó
aquella porquería, al parecer ahora tiene poderes
divinos…” explicó Vegan Fox.
La Diosa abrió los ojos al escuchar lo último,
no sabía qué pensar, al parecer su amigo se había
transformado en un Semi-Dios, con poderes de la
misma Ahuramazda. Aqua, durante gran parte de
su infancia, había leído de antiguas leyendas
acerca de los efectos de La Máxima Adómina al ser
ingerida… pero no esperaba que todo aquello
fuera cierto…

“Eso significa que en cualquier momento
vendrá a rescatarme” dijo Aqua.

“Las cosas no son tan predecibles como crees”
respondió tajante Flora.

Se escuchó una lejana explosión, todas
quedaron en silencio. A los pocos segundos los
muebles comenzaron a vibrar… luego la misma
lámpara de araña. Las cuatro mujeres se miraron
entre sí, no sabían con certeza qué ocurría.
Entonces la puerta voló algunos metros. Acto
seguido, entró Ahura Mapache en escena.

“Vámonos… ya puse los detonadores” anunció
Mapache clavando su mirada en Aqua, ignorando
por completo a las otras tres mujeres.

“¿No tenemos que pelear contra él?” preguntó
en voz baja Flora.

“¡Tonta! ¿No viste lo poderoso que es?
Derrumbo la puerta…” contestó apenas audible
Vegan Fox.

“La Emperatriz nos va a matar…” le dijo la flor
parlante.

“No necesariamente, todavía podemos
escapar. Tomemos un colectivo a Mar del Oro, y de
ahí partimos a otras tierras...” dijo la dama zorra.

Nitannia las había escuchado. Se acercó y les
dio un pequeño “sermón”:
“Concuerdo en que lo mejor es huir, lejos de la
torre que está por explotar, lejos de La Emperatriz
que nos va a castigar. De todos modos no voy con
ustedes. Quiero desarrollar mi potencial, sé que el
día de mañana seré extremadamente fuerte, y
quizás ocupe un cargo similar o aún más grande al
de la soberana…”

Y sin decir más se fue.

“Yo no la invité” dijo Flora siguiéndola con la
mirada.

“¡Yo tampoco!” exclamó Vegan Fox.

Las dos salieron de la habitación.

En otro sector de la planta baja Ahura
Mapache y Aqua estaban ante un pequeño-gran
obstáculo.

“Genial. La doble puerta metálica principal
está cerrada y el interruptor para abrirla
totalmente destruido, ¿obra tuya?” preguntó
molesta la diosa.

“Definitivamente no” respondió en seco el
Semi-Dios.

“¿No puedes derribarla?” preguntó aún más
irritada.

“Intentaré, a riesgo de quedarme sin energías.
Tengo poderes de La Diosa de la Luz, pero no soy
ella. Mis capacidades tienen límites propios de los
mortales” explicó y comenzó a golpear con todas
sus fuerzas la superficie de la enorme puerta.

Ambos estaban tan concentrados en escapar
que no se habían percatado de la molesta alarma
que sonaba en todo El Panóptico. Irritaba en
extremo y había atraído a una centena de
Autómatas.

“¿No hay salida de emergencias?” les
preguntó Aqua a los enmascarados.
No respondieron.

“¡Al menos ayúdenme con esto!” gritó Ahura
Mapache, lamentándose de haber puesto los
detonadores ¿Había caído en una trampa de la
Wacha?

“¿Era necesario hacer volar todo por los
aires?” preguntó entonces La Diosa del Agua. Su
amigo no le respondió, estaba ocupado intentando
abrir la doble puerta metálica.

Entonces algo inexplicable ocurrió. Diez de los
Autómatas fueron a ayudar a Ahura Mapache.
Apoyaron sus manos y empezaron a hacer fuerza
con tal de mover los dos tablones metálicos y
dirigirlos hacia sus respectivas ranuras. Era
imposible destruir la puerta pero entre todos
podían abrirla, era cuestión de voluntad.
“No debe quedar mucho tiempo…” dijo entre
dientes el héroe.

Nada. Eran fuertes los seres de blanco, pero
no lo suficiente.

“Lástima que no hay agua en ninguna parte,
nos sería de gran ayuda…” reflexionó Aqua
preocupada.

Ahura Mapache sudaba mucho, estaba
haciendo un esfuerzo demasiado grande, sin
resultados. No habían logrado mover ambos
tablones metálicos ni un centímetro.

Entonces aparecieron Flora, Vegan Fox y más
tarde Nitannia.

“Todas las salidas de emergencias están
obstruidas. Si no logramos abrir la doble puerta
vamos a morir” anunció la última en llegar.

“No me había dado cuenta…” respondió
irónica La Diosa del Agua. Cuando se enojaba
lograba contagiar sus emociones al resto. Vegan
Fox y Flora la miraron mal.

“Todo se acabó” confesó Ahura Mapache
dejando de hacer fuerza. Sabía que el fin se
acercaba.

“¡El narrador de esta historia no entiende
nada, vos tampoco Mapache! ¡El fin no se acerca!”
gritó con alegría una voz desde el otro lado.
“¿Anubis?” preguntó Aqua sorprendida.

“El mismo. Vine con toda La Banda. Sigan
haciendo fuerza, nosotros ayudaremos desde
afuera” ordenó el de rostro caniforme.

“Acá caí con los pibes. La Murga Estelar
entera” agregó entre risas Dopamino. Por primera
vez en mucho tiempo Ahura Mapache dejó escapar
una sonrisa, ese momento fue mágico para todos.

El Semi-Dios y la decena de Autómatas
volvieron a hacer fuerza. Costó, y mucho, pero al
cabo de unos segundos ya habían abierto un
metro, separando ambas partes.

“Salgamos ya… no empujen” dijo Ahura
Mapache, y sin escucharlo todos huyeron
enloquecidos.

Afuera estaban Anubis, Dopamino, La Murga
Estelar, Las Flores del Valle de la Fotosíntesis, El
Rey Patricio, Detritus… ¡y hasta El Rey Carmín!
Todos salieron corriendo por las calles de La
Metrópolis, advirtiendo a gritos al resto de los
ciudadanos que El Panóptico estaba por explotar, y
así fue un minuto después de haberlo
abandonado.

Fuego y humo consumían la torre a medida
que se derrumbaba, expandiendo polvo por los
alrededores.

“Ocultémonos, aprovechando la confusión…”
le dijo Vegan Fox a Flora y a Nitannia. Las tres
caminaban en medio de una nube de polvo que no
permitía ver mucho más allá de pocos metros.

“¡De la ley nunca se esconderán!” declaró
Girasol, que venía acompañada de La Duquesa
Jazmín.

“Hermanita… ¿qué es de tu vida? Justo estaba
por entregar a la ley a estas dos prófugas y…”
explicó Flora buscando convencer a su hermana.
“No me vengas con explicaciones baratas, las
tres serán juzgadas por La Corte Suprema de
Pensamientos” agregó Girasol.

“Así es” concluyó La Duquesa Jazmín.

Mientras tanto, no muy lejos, Ahura Mapache
estaba con Dopamino, Anubis y Aqua.

“Bien, ahora a buscar a La Emperatriz. Hay que
detenerla antes de que siga ocasionando daños”
planteó el héroe.

“Estoy de acuerdo. Mapache, subí a mi auto,
vamos por aire. Dopamino, vos y La Murga Estelar
busquen por tierra, empezando por la ciudad” dijo
Anubis.

“Uuuhhh… cheee… ¡Justo cuando me consigo
transporte aéreo!” protestó el fiestero.

“… y Aqua, lo tuyo es el agua, comunicate con
los peces, ballenas…” continuó Anubis.
“¿Quién pensás que soy, Aquamán? No me
gusta seguir órdenes, pero lo voy a hacer porque
soy la que más conoce el territorio marino” explicó
enfurecida. Lo vivido recientemente había alterado
sus nervios.

“¿Vamos?” preguntó Anubis a Ahura
Mapache. Estaba distraído, pensando en La Wacha
de los Eskíes y El Mono Blanco, ¿qué habrá sido de
ellos?

Subieron al coche, cerraron las puertas, se
colocaron los cinturones de seguridad y se fueron
volando. Estaba anocheciendo.

“¿Duquesa, qué hacemos con éste?” le
preguntó Tulipán a Jazmín. De la mano traía al
mismo Mono Blanco.

“¿Es de los malos, no?” observó ella.

“Si, lo encontré recién. Es el científico de La
Emperatriz” afirmó Tulipán.
“¿Venía solo?” preguntó Jazmín.

“Con otra mujer, pero se fue volando ni bien
me vio, aumentando mis sospechas” explicó la flor
de lentes oscuros y eterna sonrisa.

“Bueno, a éste le espera un juicio también”
concluyó Jazmín.

“… maldición…” gruñó El Mono Blanco. Sus
días de crimen habían terminado.

“Esperen… ¿y El General?” se preguntó Tulipán
acordándose de Krushna.
CAPÍTULO 27

A pesar de la situación tensa y de la
incertidumbre que generaba no encontrar a La
Emperatriz por ningún lado, el viaje fue
sensacional.

El cielo era de un color azul profundo, y estaba
repleto de estrellas que enseñaban con gracia un
sinfín de constelaciones. Por su parte la luna
radiante iluminaba todas las dunas del extenso
Desierto Opuesto Al Sol que se extendía más allá
del horizonte y por debajo del coche volador
conducido por Anubis, y acompañado por el
heroico Ahura Mapache.

Un cassette de jazz fusion lucía su contenido
en el stereo. El dueño del auto era algo retro,
Dopamino hubiese puesto un mp3 con potente
música electrónica a su vehículo.

“Me pregunto por qué nos habrá ayudado El
Rey Carmín. La última vez que lo vi parecía
realmente furioso con nosotros” dijo el joven
Semi-Dios.

“Tranquilo, el viejo es así. Es medio bipolar”
respondió mirando para adelante aquel que tenía
rostro de chacal.

Pasaba el tiempo y nada. No había señal
alguna de ella en ninguna parte. Descendieron un
poco, nada…

Ahura Mapache sacó, a pedido de su amigo,
unos binoculares escondidos atrás del asiento.
Miró para todos lados.

“No la veo… ¿qué es eso?” preguntó el
adolescente y señaló con su mano derecha una
forma lejana en el cielo.
“No lo sé,
acerquémonos”
respondió el
cuasi canino.

No era una
nave, no era una
nube, no eran
estrellas, no era una galaxia, pero podía ser todo
aquello.

A medida que se acercaban la imagen se volvía
más definida.

“Parece un portal a otra dimensión… es como
un remolino…” dijo por lo bajo Ahura Mapache,
usando los binoculares.

“¡Imposible, en este desierto no hay nada de
eso!” exclamó Anubis, acercándose.
La música cesó. Ninguno de los dos la había
pausado.

“Deja de acelerar” ordenó el joven.

“No puedo… ¡realmente no puedo!” comenzó
a gritar desesperadamente el conductor a medida
que el vórtice dimensional los atraía.

Era enorme, y extraño. Fluorescentes fluidos
rosas y violetas se entremezclaban en su interior.

Entonces entraron.
Viajaban a la misma velocidad que los fluidos
que además de moverse para adelante giraban
alrededor del cilíndrico vórtice. Un vértigo se
apoderó de ambos.

“¿A dónde nos dirigimos?” preguntó asustado
Ahura Mapache agarrado con fuerza al asiento, su
cinturón de nada le servía mientras el vehículo
giraba.

“Ni idea…” contestó Anubis rígido con las
manos al volante. Sus ojos estaban muy abiertos.

Luego lo peor: los rayos violetas.

“¿Viste eso?” preguntó casi gritando el Semi-
Dios.

Anubis seguía viendo para adelante,
totalmente inmóvil.

Otro rayo. Otro. Otro…
Habrán sido una decena, y por suerte ninguno
había impactado en el vehículo, hasta el momento.

El automóvil se movía de un lado a otro. Las
crecientes náuseas se unían al pánico de ambos,
los cuales no paraban de gritar. El peligro era
inminente, en cualquier momento un rayo podría…

Y así de rápido, impactó.

Entonces el vórtice se desarmó. Ahura
Mapache y Anubis gritaban a medida que el coche,
con la parte de atrás en llamas, caía en picada a
una velocidad tremenda que les costaría la vida.

“¡No responden los frenos, perdí el control!”
gritaba Anubis con todas sus fuerzas. Ahura
Mapache no tenía esperanzas, era seguro que
morirían al estrellarse en la arena del desierto.

Todo era negro, ni cielo ni suelo. Todo negro,
ni estrellas ni luna. Lo único que emitía luz era el
vehículo en llamas, en cuyo interior los dos amigos
proferían alaridos con todas sus fuerzas, a modo
de consuelo.

El automóvil se partió en dos. Por un lado cayó
Ahura Mapache, por el otro Anubis.

Oscuridad. Gritos. Miedo. Angustia. Dolor.
Desesperación. Oscuridad, oscuridad, oscuridad.

Negro era el color de la escena.

Ahura Mapache abrió los ojos, pero no fue
capaz de distinguir nada.

Se tocó el rostro, podía sentirse.

No sentía dolor corporal, se picó el brazo… le
molestó, nada más. Comprobó que sus sentidos
estaban despiertos. Estaba acostado, tocó
alrededor: arena.

“¿Estaré en el desierto?” se preguntaba a sí
mismo, una y otra vez. Sin embargo algo le decía
que no. Más allá de la ausencia de estrellas, luna y
demás, una extraña, y siniestra, energía envolvía al
lugar. No era sueño, tampoco la muerte… pero
desconocía por completo su paradero.

Hizo lo único que pudo: caminar.

Tras varios minutos, quizás más de una hora,
vio algo a lo lejos. Ardía… ¿fuego? Se acercó
acelerando el paso. Cerca de la fogata distinguió
una silueta muy semejante a la suya.

¿Handrez Kaz-Tani’e? ¿Un espejismo? No
podía ser… no podía ser…
Esos ropajes blancos, ese turbante, esa
mirada… era él: Mapache disfrazado.

El Semi-Dios se quedó contemplando al sujeto
que tenía delante suyo, a pocos metros. Handrez
lo miró, sonrió y desapareció lentamente,
desvaneciéndose como una ilusión…

“Él me trajo hasta aquí, mi subconsciente
siempre supo cuál sería mi destino y me lo hizo
descubrir…” reflexionó casi sin aliento el héroe.

Entonces comenzó a recordar. Sabía qué lugar
era ese… había estado allí tiempo después de que
La Emperatriz se apoderara de todo El Desierto
Opuesto Al Sol. Cerca debían estar las ruinas de La
Ciudad Sin Nombre, donde años atrás Mapache (o
mejor dicho Handrez, su alter ego en trance divino)
se ocultaba y entrenaba para adquirir habilidades
y desarrollar su potencial.
Caminó y caminó, alejándose del fuego,
adentrándose en la penumbra.

Poco a poco pudo reconocer los contornos de
columnas y derruidas edificaciones, repletas de
antiguos símbolos familiares para Ahura Mapache.

Caminó y caminó, miró la enorme fogata y
volvió a dirigir su atención a la ciudad. Tocó los
muros, las paredes, las columnas, las estatuas de
animales exóticos… y en el medio estaba el
antiguo templo de dimensiones asombrosas, y
estilo mesopotámico, que lo incitaba una vez más
a entrar.
Entró.

“Bien, nos volvemos a encontrar” le dijo una
voz que le era conocida, su figura apenas se
distinguía del resto de las sombras.

“Puedo intuir que no va a querer
desmotivarme. No lo logrará de todos modos”
afirmó Ahura Mapache mirando todos los rincones
del templo.

“Lo sé. Y le corrijo, no lo está intuyendo: lo
está deduciendo. Hay algo en mí que puede
observar… en mi comportamiento…” añadió la
interlocutora.

“Haciéndola predecible” concluyó Ahura
Mapache volviendo su mirada a la divinidad.

“Aprendió, veo… así que enfrentará a La
Emperatriz. Está dispuesto a hacerlo. Sus ojos lo
delatan” dijo entonces La Diosa Binaria.
Un silencio de varios segundos. Ella conocía las
intenciones de Ahura Mapache, que estaba
decidido a luchar contra su enemiga.

“Está más cerca de lo que cree. Eso es bueno,
eso es malo. Ceros y unos conforman mi manera
de pensar, así es. Afirmaciones, negaciones. Si, no.
Soy racional, como pudo ver. Fui fiel a mis propios
principios al conocerlo: nunca busqué ser su
amiga, tampoco enemiga, mantuve una postura
neutral en esta lucha, y la conservaré. Le ayudé, le
aconsejé, y le hice sufrir, dudar. No sé leer mentes
pero si predecir con ayuda de mis amplios
conocimientos. Hay mucho de probabilidad en
juego, nada es definitivo, ni yo sé si va a ganar o
perder, solo puedo estimar. Debo recordarle,
posiblemente en vano debido a su prodigiosa
inteligencia, que es poderoso, quizá más que
nunca. Incluso La Diosa de la Luz está a su favor,
aceptó darle los poderes con la ingesta de La
Máxima Adómina. No me prometa nada a mí, sino
más bien a sí mismo: sea consciente de lo
importante que se volverá luego de esto. Si La
Emperatriz gana todo estará perdido, sometido a
su tirana voluntad… y si usted gana puede que se
vuelva su propio enemigo, porque entonces sabrá
lo que es el verdadero poder y eso lleva consigo
una enorme maldición: su hermana, la codicia”
explicó la diosa.

Ahura Mapache se quedó completamente
callado. Alrededor todo era penumbra, apenas se
distinguían las formas…

“Sé lo que haré… y una vez que gane iniciaré
un viaje para saber quién soy…” susurró el joven
Semi-Dios.

“¿Una vez que gane? Lo veo convencido” dijo
La Diosa Binaria.
“No tengo otra opción. Mi sistema no funciona
por dicotomías… yo actúo con el corazón…” afirmó
el valiente héroe y se marchó sin decir más,
decidido a enfrentarse a La Emperatriz. Estaba
totalmente seguro que andaba cerca, podía
sentirlo…

“… yo actúo con el corazón… víctima de sus
emociones… suerte…” concluyó casi inaudible La
Diosa. A los segundos desapareció.
CAPÍTULO 28

Ahura Mapache… completamente solo. Una
débil y fría brisa golpeó su cuerpo lleno de poder
divino. Su mirada seguía fija en la fogata,
preguntándose tantas cosas, entre ellas quién la
había armado… no era obra de la naturaleza.

Algo le dijo que estaba acompañado. No fue
un ruido, tampoco una figura en movimiento, sino
más bien una sensación, profunda.

“Tengo un mal presentimiento de todo esto…”
pensó y miró a todos lados. Lo sabía: La Emperatriz
no andaba lejos…

Siguió contemplando el fuego, en silencio.

Otra brisa volvió a golpear su espalda. Nada
más. El débil sonido de las ramas quemándose era
lo único que se oía, no era mucho pero se hacía
notar en todo el desierto. El resto era tiniebla,
profunda, llena de secretos.

“Muéstrate. No me tengas miedo” dijo con
aire provocador el aventurero Príncipe Opuesto Al
Sol.

“No es miedo lo que siento por ti. Admito de
todos modos que has logrado sorprenderme.
Nunca hubiese imaginado que alguien tan débil
fuese capaz de destruir El Panóptico” contestó su
enemiga entre las sombras. Su voz fría logró
provocarle un ligero escalofrío al joven.

“Y si no es miedo, ¿por qué no me atacas?”
preguntó el Semi-Dios apretando los puños.

“¿Insistes? Tengo prudencia, e inclusive
respeto por la nueva amenaza que tengo en frente
mío. Reconozco que te has vuelto más fuerte que
tu padre” respondió ella.
“¡No lo conociste! ¡Pelea contra mí, cobarde!”
exclamó Ahura Mapache con rabia.

Por primera vez ella rió, con todas sus fuerzas.
La risa más siniestra que jamás había escuchado. El
héroe tendría pesadillas en el futuro, no lo
dudaba.

“Terminemos con esto de una vez” dijo La
Emperatriz retomando su tono frío, monótono,
que lograba incomodar con su calma anómala
propia de alguien sin alma.

Del otro lado de la fogata su figura blanca,
delgada y alta apareció poco a poco, emergiendo
de la oscuridad misma.

“Bien. Se ve que no tendré otra opción que
destruirte. A mí nadie me falta el respeto y me
llama cobarde. Nadie se enfrenta a La Emperatriz
Thirannia Totalitarioux Shomt y vive para
contarlo” anunció mirándolo fijamente a Ahura
Mapache. El héroe había quedado completamente
inmóvil al escuchar su nombre por completo, algo
le decía que ella pelearía a muerte, sin piedad
alguna.

Entonces, en menos de un segundo, el fuego
se apagó.

Acto seguido: otra risa de La Emperatriz.

Ahura Mapache corría sin ver nada en aquel
paraje sumido por completo en tiniebla. No veía
absolutamente nada. Ella sin embargo lo seguía,
bien lo sabía.

Corrió y corrió, y para bien o para mal
comenzó a ver… los rayos violetas que habían
destruido el coche de Anubis le pertenecían, e
impactaban con fuerza en el suelo. El Príncipe
estaba seguro de que ella jugaba con él, quería
verlo sufrir antes de matarlo.
“¡Te encanta verme sufrir! ¿No es así?” gritó
desesperado Ahura Mapache mientras esquivaba
rayos cada vez más numerosos que caían a pocos
metros y lo obligaban a saltar.

Su Real Majestad reía, con fuerza y un sadismo
extremo.

De repente silencio.

El héroe miró a todos lados: no veía nada,
¿qué podía hacer?

Nada. Ni un solo ruido. Nada. Ni una sola luz.

Lo único que se escuchaba era su respiración
agitada, estaba profundamente aterrado. Los
poderes de La Diosa de la Luz no eran suficientes
contra aquel monstruo.

Entonces algo ocurrió. Sintió una extraña
sensación y se dio vuelta.
Con
una tenue,
pero
malvada,
sonrisa La
Emperatriz
sostenía
con los
brazos en
alto, y por encima de sus manos, una enorme
esfera de electricidad violeta.

“¿Quieres sentir mi poder?” le preguntó con
ironía.

Ella le lanzó la esfera eléctrica.

Impactó de lleno sobre el cuerpo Ahura
Mapache.

Él gritó de dolor y voló varios metros.
Quedó acostado en la arena, boca arriba.

“Bien. Si puedes pararte quizás logres hacerme
daño” dijo con calma La Emperatriz manteniendo
la sonrisita en su blanco semblante. Su mirada
seguía fija en el cuerpo inerte de su víctima.

“Lo dijiste bien… quizás… y eso es una
probabilidad… puede que remota… pero existe”
susurró con voz débil Ahura Mapache mientras se
recomponía del ataque. Con mucho esfuerzo pudo
pararse, sus piernas tambaleaban. Respiraba con
dificultad, su ropa estaba estropeada, partes de su
cuerpo quemado, incluyendo su cabello.

El héroe comenzó a ver en la penumbra y a
reconocer su objetivo próximo: La Emperatriz.
Podía percibirla, cada vez con más claridad. La
miró por varios segundos.

“¿Vas a hacerme algo?” preguntó secamente.
Ahura Mapache frunció el ceño. Cerró los
puños. Abrió los ojos. Gritó con todas sus fuerzas.
Volvió a aparecer la brisa, y a los pocos segundos
se transformó en un fuerte viento. Algo estaba
ocurriendo.

La sonrisa de La Emperatriz comenzó a
apagarse poco a poco, algo en él lograba
sorprenderla. Podía leer su mente, pero... ¿era
capaz El Príncipe?

“No puede ser…” se dijo a ella misma.

Entonces Ahura Mapache estiró los brazos,
abrió sus
manos y
una
enorme
esfera de
fuego
dorado
salió disparada hacia La Emperatriz, la cual emitió
un alarido espantoso.

Todo oscuridad.

Incertidumbre absoluta.

“Nada mal… nada mal…” decía La Emperatriz
mientras se paraba. Estaba herida, quemada como
Ahura Mapache. Cada tanto perdía estabilidad,
pero lo ocultaba.

Un hilo de negro líquido y viscoso comenzó a
salir de la comisura de sus labios. Se tocó la boca
con los dedos, miró su mano y se dirigió al Semi-
Dios.

“Nadie me hace daño. Nadie” dijo ella con
firmeza y enseñó la palma de sus manos al
Príncipe. Alarmado, el otro hizo lo mismo.

El viento se tornó aún más agresivo. Decenas
de relámpagos comenzaron a aparecer a lo lejos,
junto a una fría lluvia. La Emperatriz gritó con
todas sus fuerzas, Ahura Mapache también. Se
acercaba un final digno de ser presenciado.

¿Quién ganaría? ¿Ella? ¿Él? ¿Ambos vencidos?
¿Ambos vencedores?

Todo era tan incierto. Los dos eran poderosos,
muy poderosos.

En las manos de La Emperatriz se formaba una
esfera de electricidad violeta, brillante, llena de
maldad, violencia, odio. En las manos de Ahura
Mapache se formaba una esfera de fuego dorado,
intenso, llena de bondad, paz, amor.

Al mismo tiempo los dos lanzaron sus poderes.

Las esferas chocaron, una explosión inmensa.

Gritos por parte de ambos.
Los cuerpos volaron, cada uno a extremos
distintos.

El viento, los relámpagos, la lluvia… todo cesó
de repente.

De nuevo, todo oscuridad. Silencio. Silencio.
Silencio.

Una respiración…
CAPÍTULO 29

… un respirar… un respirar…

Abrió los ojos. Se paró, buscando señal alguna
del otro.

Era necesario saber si había muerto.

Caminó en la oscuridad absoluta, nada.

El viento regresó, suave, golpeando su rostro.
Al cabo de unos segundos vio a lo lejos una fogata,
aún mayor a la anterior. Se acercó con algo de
prudencia.

Miró las llamas, no había indicio alguno de
posible peligro…

“¿Sigues con vida?” preguntó al poco rato de
estar allí.
No hubo respuesta. Al cabo de un minuto
empezó a escuchar unos pasos detrás suyo.

“Creías que me habías ganado, ¿no? Esto
todavía no termina” le contestó con enojo La
Emperatriz. Caminaba con esfuerzo, estaba
quemada, despeinada, desarreglada, herida, y
aquel líquido negro no paraba de chorrear por su
boca. Tosió con brusquedad, estaba destruida.
Cayó de rodillas a la arena, con su mirada fija en el
héroe: esos ojos irradiaban profundo odio.

“Al parecer uno de nosotros tiene que caer” le
dijo Ahura Mapache, también herido, lo
evidenciaba su renguera en la pierna izquierda,
con la ropa hecha jirones, raspones, cortes,
quemaduras. No apartó la mirada de su enemiga
mortal, no quería mostrar signos de debilidad… y
algo le decía que ella tenía un arma secreta.
“Sí. Tengo un
arma secreta.
Como supones…”
susurró La
Emperatriz
cambiando su cara
de odio por una
sonrisa perversa,
llena de crueldad.

Entonces rió una vez más… un horror difícil de
imaginar se aproximaba. El ritmo cardíaco del
joven héroe aumentó rápidamente, sintió miedo.

La Emperatriz se incorporó y sacó de un
bolsillo secreto un pequeño frasco de vidrio con
una sustancia negra. Quitó la tapa, sonriente se
dirigió al Semi-Dios:
“Bien. Si pudiste darte el lujo de usar La
Máxima Adómina a tu favor, ¿por qué no puedo
recurrir a La Máxima Necrómina?”

Tomó el líquido entero, saboreando gota por
gota de aquella porquería, veneno maldito.

“… oh, no…” susurró Ahura Mapache con
suma preocupación. Comenzó a sudar, lo peor
estaba cerca…

Silencio absoluto. El viento cesó por completo.
Una vez más la fogata se apagó, sumiendo todo el
desierto en sombras.

La Emperatriz profirió un grito ensordecedor.
Por momentos se acercaba a un chillido atroz, era
extremadamente agudo, dañino para cualquier
oído, propio de una pesadilla.

Siguió gritando por, al menos, diez segundos.
No se detenía.
Sin dudarlo El Príncipe huyó del lugar,
haciendo el esfuerzo de correr a pesar de la
renguera. La adrenalina lo ayudó mucho.

Corrió en la tiniebla. Corrió y corrió. Una vez
más escuchó la risa, ¿amplificada? El sonido
provocado retumbaba por todos lados, y una vez
más una gran cantidad de relámpagos aparecieron,
enseñándole al Semi-Dios algo que no esperaba
encontrar en aquel rincón oculto del Desierto
Opuesto Al Sol: una camioneta.

Sin pensarlo dos veces se metió. Tal decisión le
costó un pequeño corte en el brazo derecho, “¿qué
había sido eso?” se preguntó.

Un relámpago le reveló que del techo
colgaban encadenados varios filosos cuchillos que
se movían ligeramente de modo pendular, tenía
que tener cuidado.
A Ahura Mapache no le agradaba para nada
tales armas blancas, no quería cortarse, pero
tampoco podía quitarlas. Tanteó al costado del
volante: ¡había llave! Costó un pequeño esfuerzo
pero pudo poner en marcha el vehículo. Prendió
las luces, tanto las de afuera como las del interior,
ni bien arrancara los cuchillos comenzarían a
balancearse… y así fue, solo podía esquivarlos.

Prendió el motor y salió en primera, nunca
sintió simpatía por los cambios manuales, pero no
tenía otra opción. Aceleró y tuvo que correr la
cabeza, un cuchillo pasó cerca de su ojo izquierdo.

Fue difícil manejar la camioneta, subiendo y
bajando dunas que cada vez eran más
pronunciadas. Los cuchillos iban y venían, fue una
situación realmente incómoda, pero tenía que
escapar de La Emperatriz, su risa se seguía
escuchando y eso no era nada bueno.
Entonces, cuando las cosas no podían ponerse
peor, empeoraron.

Ahura Mapache subió por una gran pendiente
de arena, esperando encontrarse con un terreno
más estable, pero no: todo lo contrario. Del otro
lado había una pendiente aún más inclinada, que
desembocaba en un abismo inmenso un par de
kilómetros adelante. Comenzó a descender con
gran velocidad.

“Menos mal que tengo frenos” se dijo a sí
mismo, antes de comprobar que no los tenía.
Pudo, en consecuencia, darse el lujo de gritar con
todas sus fuerzas.

Pensó en saltar. Era solo cuestión de armarse
de valor.

Entonces la vio a lo lejos.

Un relámpago le reveló a Ahura Mapache la
nueva forma de su enemiga, Angra Emperatriz,
que perseguía la camioneta a una velocidad aún
mayor.

El Semi-Dios no podía creerlo… no…

Los cuchillos, el vehículo sin frenos y el abismo
no eran nada en comparación a la nueva
apariencia de su enemiga, que se había
transformado en una araña inmensa, blanca, que
conservaba aquellas temibles facciones femeninas
y que con una voz de eco reía enfermizamente.
Ella perseguía la camioneta sabiendo que su
presa estaba dentro. Si Ahura Mapache saltaba del
vehículo moriría despedazado por Angra
Emperatriz, sin dudas. Si no lo hacía caería en el
profundo precipicio que le esperaba y estaba cada
vez más cerca.

No sabía qué hacer. Un cuchillo lastimó su
oreja. La enemiga volvió a reir, esa mirada… esa
mirada…

Todo oscuridad. Se apagó la luz del vehículo.
Un par de relámpagos a lo lejos. El viento volvió y
consigo la lluvia.

De nuevo apareció la luz en la camioneta.
Ahura Mapache quiso mover el volante, en un
intento irracional de desesperación. La máquina no
respondió, avanzaba sin control. Ella estaba cada
vez más cerca.
No le quedaba más voz para gritar. Podía
sentir la presencia de la muerte misma cerca suyo.
Temió por su vida como nunca. Todos sus miedos
más profundos acechaban en aquel instante:
oscuridad, cuchillos, arañas, gran velocidad arriba
de un vehículo que no podía controlar, al igual que
su destino.

Angra Emperatriz, por lo visto, era incapaz de
formular palabras, tan solo emitía ruidos
asquerosos y reía alocadamente. Tampoco era
necesario que hablara, Ahura Mapache conocía
bien sus intenciones, y sabía que ella gozaba a
pleno el hecho de verlo sufrir.

Quedaba menos para aproximarse al abismo,
las luces delanteras lo revelaron.

“Si salto moriré devorado por mi enemiga… si
no salto moriré al caer al abismo…” pensó en una
posición que anticipaba un aparente salto.
Fue la circunstancia misma la que lo obligó a
decidir. Faltaban menos de cien metros para caer
al precipicio en el momento en que un cuchillo se
movió de tal modo que cortó, apenas, la parte
superior de su espalda. Ahura Mapache no pudo
gritar a pesar del inmenso dolor sino porque cayó
en la arena y rodó mucho. A los pocos segundos la
camioneta se perdió en el abismo. Se terminó la
luz, apenas podía vislumbrar a su enemiga en la
penumbra, a veces iluminada por algún que otro
relámpago lejano.

Sin pensarlo el Semi-Dios se paró y rengueó un
poco, hasta volver a caer. Procurando no hacer
ruido se arrastró. Siguió el recorrido del borde del
abismo, estaba a un par de metros de distancia.

Por su parte la araña blanca lo buscaba. Y
logró encontrarlo.
Ahura Mapache no se rendía, arrastrándose
como podía. No se iba a dejar vencer, de ello
estaba seguro.

Angra Emperatriz avanzaba rápidamente,
abriendo y cerrando sus fauces, babeando en
cantidades aquella sustancia negra y viscosa. No
tendría piedad, acabaría con su vida en cuestión de
segundos.

“¡Eeeyyyyyy! ¿Estás aquí?” preguntó una voz a
lo lejos.

“¡Ayuda!” contestó el joven aventurero con lo
poco que quedaba de aire en sus pulmones. No
tuvo miedo de delatar su ubicación, su enemiga
sabía dónde estaba a pesar de la penumbra, podía
leer su mente aún en modo arácnido.

“¡Amigo! ¿Sos vos?” gritó la voz desde un
aeroplano que se aproximaba. Dos luces blancas
permitían distinguirlo, volaba bastante bajito,
razón por la cual se podía escuchar a su conductor:
Dopamino. Sonriente El Rey de la Fiesta iba
acompañado de Anubis.

“¡Sálvenme de Angra Emperatriz!” quiso decir
Ahura Mapache pero su voz no daba para más.
Cayó rendido, de cara a la arena. Por su parte, la
terrible enemiga dirigió su atención al cielo negro,
buscando a los aviadores.

¡Un rayo violeta!

“¡Aaaaaahhhhhh!” exclamó el Rey de la Fiesta
cuando el ataque impactó
cerca del ala izquierda.

Su Real Majestad rió
salpicando con sustancia
negra alrededor. Dejó de
ver al firmamento y se
concentró en El Príncipe.
Estaba cada vez más cerca
de su presa, que yacía inmóvil en la arena, casi
inconsciente.

Con su mente dirigió otro rayó, y otro, y otro.
El conductor esquivaba preocupado por dos cosas:
que tales ataques no los mataran, y que tampoco
le quemaran los goggles y la chaqueta con flecos
que traía puesta, eran únicos en su ciudad y
gracias a ellos había ganado El Premio Macho Alfa
2009.

“¡No puedo arriesgarme más, ahí va!” anunció
Dopamino y al tocar un botón abrió la bomb bay
door y un líquido verde y luminoso descendió a
gran velocidad, empapando por completo a Angra
Emperatriz.

La arácnida emitió un gemido estrepitoso. Se
retorcía sobre sí misma. Ahura Mapache asomó la
cabeza y dirigió su mirada hacia ella… estaba muy
cerca suyo.
“¡No… no… noooooo!” gritaba la malvada
soberana moviéndose de un lado al otro, un
espeso vapor blanco envolvió su cuerpo… al cabo
de unos segundos volvió a su forma original…
aunque, naturalmente, más herida.

Miró con furia al cielo. Levantó el brazo
derecho e inmediatamente un rayo violeta cayó
sobre el aeroplano de Dopamino. El vehículo
terminó cubierto en llamas y siguió volando recto,
Ahura Mapache lo perdió de vista. Dejó humo
negro a su paso, apenas perceptible en el oscuro
firmamento.

“De nuevo… tu… y yo…” dijo en voz baja La
Emperatriz clavándole su mirada amenazante.

“Debo admitir que eres fuerte. Yo no puedo
más…” reconoció Ahura Mapache, acostado en la
arena. Le dolía todo el cuerpo, casi no podía
moverse, tampoco hablar mucho.
“Si… soy… fuerte…” dijo ella tambaleándose.
Alzó ambas manos y con gesto serio dirigió una
última mirada a su enemigo.

Ahura Mapache cerró los ojos.

Un ruido extremadamente fuerte, como un
rayo.

Un sacudón en la tierra.

“Descendiste del cielo… maldito…” fueron las
palabras de La Emperatriz. El Semi-Dios abrió los
ojos para comprobar lo imposible.

Una suerte de enorme felino endemoniado
miraba amenazante a la tirana. Su color era el
negro, aunque con un ligero matiz rosa… sus ojos
rojos, intensos, llenos de pura maldad.

“No… ahora, no…” vaciló La Emperatriz. Por
primera vez el héroe vio miedo en su rostro. El
animal la miraba con una tranquilidad que
inquietaba.

Y, sin más,
emitió un sonido
que estaba entre el
rugido y el chillido.
Una experiencia
infernal, que no era
propia de ser
conservada como
recuerdo.

Entonces, sin
previo aviso, saltó
sobre La Emperatriz,
embistiéndola con
ferocidad.

Ambos cayeron al abismo.

Ella gritó… gritó como nunca lo había hecho…
Un grito prolongado, pareció eterno. Cesó. La
Emperatriz había llegado a su fin.

El felino saltó desde las profundidades mismas
del precipicio. Ahura Mapache sudaba y temblaba,
sintió miedo. El animal le clavó la mirada
intensamente, sonrió con maldad (no ironía, sino
pura maldad) y de otro salto volvió al negro cielo.

El Príncipe Opuesto Al Sol respiraba para
calmar sus nervios. El ritmo de su corazón volvió a
la normalidad. Cerró los ojos y durmió. En plena
oscuridad logró conciliar sueño. La Emperatriz era
historia.
CAPÍTULO 30

“¿Agua?” fue la pregunta que hizo la voz
femenina.

Había mucha luz, a Mapache le costó abrir los
ojos, seguía acostado en lo que podía llegar a ser
una camilla.

(Esperen… ¿Mapache, sin el prefijo Ahura?)

Se sobresaltó. Abrió los ojos y sentado se miró
a las manos. Había perdido sus poderes divinos.
“Tranquilo, tenés suerte de no haber muerto”
le explicó Aqua vestida como Indiana Jones. Le dio
una botella de agua, el joven la tomó rápidamente,
vaciándola por completo.

Estaban en un vehículo inmenso, una suerte
de ambulancia descapotable que atravesaba el
desierto bajo un sol glorioso y unas nubes dignas
de ser contempladas.

“¿Y Anubis… y Dopamino?” preguntó
asustado.

“Están bien. Ninguno sufrió lesiones graves. A
vos te hicieron mucho daño. Rasguños, golpes,
moretones, quemaduras… te tuve que poner una
venda en el pie e incluso inyectar morfina” le
explicó La Diosa, la cual agarró la botella vacía,
pronunció palabras inentendibles y se volvió a
llenar de agua. Le ofreció de nuevo al sediento
Mapache.
“¿Por qué perdí mis poderes?” preguntó
confuso Mapache.

“Porque no te correspondían. La Diosa de la
Luz te los prestó para que puedas así enfrentar a
La Emperatriz. Y por lo visto saliste victorioso” le
respondió su amiga.

Ambos se quedaron callados. El héroe con la
mirada vacía.

“¿Pasa algo?” preguntó ella.

“Un enorme felino endemoniado me salvó de
La Emperatriz” le respondió secamente.

“Ahhh… claro…” dijo Aqua sin creerle ni
importarle mucho.

“¿A dónde vamos?” preguntó el príncipe.

“A tu ceremonia. Sos el Rey de La Metrópolis”
le respondió ella con una sonrisa en el rostro. Tocó
su hombro y se fue a hablar con el conductor.
Mapache miró al horizonte, no estaba de ánimos.
El héroe tenía muchas dudas, sobre lo que había
pasado, sobre sí mismo. Recordó a La Diosa
Binaria, ¿aquella criatura lo había ayudado la
noche anterior a sabiendas que Mapache era
alguien oscuro? No, él estaba convencido de ser
una persona correcta, “¿pero ser correcto es lo
mismo que ser bueno?” le preguntaría la deidad
clavándole la mirada. Mejor era sacar esos
pensamientos de su cabeza, haría lo siguiente:
llegaría, aceptaría su posición, la delegaría e
iniciaría un viaje para conocerse, como había
prometido. Conocer quiénes eran su familia, qué
era realmente La Ciudad Opuesta Al Sol.

“¡Estamos cerca!” exclamó Aqua. A lo lejos se
veía la enorme Metrópolis. El joven se metió en el
baño del vehículo y se puso la nueva ropa que
había dejado su amiga a un costado: un vestido de
seda muy elegante, que correspondían a la antigua
moda usada por los habitantes de La Ciudad
Opuesta Al Sol, un detalle intencional que le
agradó, un homenaje.

Entraron. Aplausos. Todos los ciudadanos
vestían largos vestidos rojos, naranjas, amarillos, y
portaban sombreros de los mismos colores.

“Qué cambiada está la gente” pensó Mapache
mientras veía como muchos Autómatas se
quitaban las máscaras, revelando sus verdaderas
identidades: ciudadanos comunes y corrientes, con
la muerte de La Emperatriz volvieron a la
normalidad, a ser conscientes. Observó los
edificios: los colores blancos o grises
desaparecieron por completo, siendo
reemplazados por un delicado tono arena que
causaba placer a la vista. Las ventanas estaban
pintadas de dorado, los balcones llenos de flores,
los boulevares con palmeras, las paredes con
dibujos y símbolos divinos, y las avenidas con
estatuas de animales fascinantes. La publicidad
había desaparecido por completo, siendo
reemplazada por auténticas obras de arte.

Las multitudes estaban viviendo un periodo de
alegría casi eufórica. Gritaban, sonreían,
aplaudían, bailaban. Cumbias, cuartetos, ska,
murgas y demás ritmos fiesteros se escuchaban
por todas las calles, las comparsas estaban
presentes y se habían sumado habitantes de
muchos otros lugares. Mapache pudo distinguir
ciudadanos de Ciudad Joda o inclusive de Rockgun
Town, o del mismo Valle de la Fotosíntesis.

El héroe sonrió, levantó los brazos y saludó a
todos.

Llegaron a la ex-Plaza Shomt, rebautizada
como Plaza Dominus.

Globos dorados y plateados por doquier.

Entonces Mapache subió unas escaleras y en
una tarima se encontró con El Rey Dopamino, La
Duquesa Jazmín, El Rey Patricio y otras figuras
destacadas. Aqua le alcanzó un micrófono.
Mapache miró a todos los habitantes.

“¿Saben? Estoy contento… no, mejor: soy feliz.
Pude enfrentarme a aquella opresora, terrible
Emperatriz que los sometió por años y los privó de
poder gozar de la vida, de ser libres,
esclavizándolos mediante su sistema camuflado en
mentiras”.

Miró a todos a los ojos. Entre ellos, allí abajo,
estaba la misma Diosa Binaria.

Mapache afirmó con la cabeza. A los pocos
segundos siguió:

“Bien. Hoy habrá una gran fiesta a la cual
están todos invitados en el Hotel Yeraton. Y
mañana se comenzará a edificar La Torre de Babel
donde antes estaba el terrible Panóptico, pero
quiero que sepan que delego mi cargo” concluyó.

Todos callaron. Nadie entendía. Excepto
Mapache y su verdadero maestro.

“Me quedaré unas semanas. Luego iniciaré un
viaje. Muchas gracias” fue lo último que anunció y
se bajó. Silencio. La Diosa Binaria fue la primera en
aplaudir, el resto hizo lo mismo, luego también
aquellos que estaban arriba de la tarima.
“¡Pero vos estás loco!” exclamó Dopamino.

“Tranquilo. Y gracias por todo” respondió
Mapache, le dio una palmada en la espalda al Rey
de la Fiesta y se fue.

A la noche todos en la ciudad fueron al
Yeraton. Llegaban en autos de todo tipo, Mapache
en una limusina acompañado de Dopamino, Aqua
y Anubis. Todos muy elegantes, con trajes blancos,
engominados y con lentes oscuros, a excepción de
La Diosa que llevaba un vestido azul brillante y un
rodete en la
cabeza.

Caminaron
por la alfombra
roja, siendo
fotografiados.
“Nos aman, nos aman…” se repetía a sí mismo
El Rey de la Fiesta mientras sonreía a más no
poder.

“Somos celebrities” le dijo Aqua saludando a
las cámaras.

Luego de cruzar la alfombra los cuatro
homenajeados entraron al enorme hotel.

Adentro habían mesas redondas llenas de
manjares: hamburguesas, tortillas, milanesas, etc.
Y las bebidas espléndidas: cerveza, fernet,
campari, champagne, vodka, y demás. Comieron y
tomaron viendo videos en una gran pantalla. Eran
sketchs cómicos del Gordo Casero, todos rieron.

“Y ahora una gran sorpresa” dijo La Torta
Santillán, el presentador de la noche.

Corrió un velo y apareció La Murga de La
Muerte, adelante el mismo Matador.
“¡Wooow! ¡Sigue vivo!” exclamó fascinado
Dopamino. Muchos no entendieron a qué se
refería.

Todos aplaudieron.

“¡Revienta la bailanta ya comienza el show, ha
vuelto El Matador, ha vuelto El Matador!” cantaba
Cacho con el micrófono en mano mientras todos se
paraban de las mesas y comenzaban a bailar.

Cacho terminó y le siguió los cuartetos de The
Monkey Jimenex y la presentación del DJ David
Guetto.

“¿Y dónde está Mapache?” preguntó Aqua a
Dopamino.

El otro le respondió algo poco entendible.

La Diosa del Agua buscó al Rey de la
Metrópolis por todos lados, sin saber que estaba
afuera, en el balcón contemplando el extenso
paisaje del Desierto Opuesto Al Sol, con la luna
llena y el azul firmamento lleno de estrellas.

“Bueno. Al parecer puedo descansar
tranquilo… al menos por un rato” dijo con una
sonrisa de felicidad en su rostro.

Pensó en La Ciudad Opuesta Al Sol, pensó en
toda la aventura, pensó en sus amigos y en las
cosas por las cuales valía la pena luchar.

Se prometió quedarse allí afuera un rato más,
luego volvería a la fiesta y seguiría disfrutando, lo
tenía merecido.

Una estrella fugaz cruzó el cielo.