PRENSA CATÓLICA Y LIBERALISMO EN LA REPÚBLICA RESTAURADA, O DE

LA UTILIZACIÓN DE LA PRENSA PARA LEGITIMAR UN PROYECTO POLÍTICO

Liberalism and the Catholic Press During the “Restored Republic” Period (on the
Collaborations of Media to Legitimaze a Political Agenda)

Recibido: 19 de Enero 2015

Aprobado: 23 de Febrero 2015

Guadalupe C. Gómez-Aguado de Alba
Centro de Enseñanza para Extranjeros, Universidad Nacional Autónoma de México
México
gucega@unam.mx

Licenciada en Historia por el Instituto Cultural Helénico. Maestra en Historia Moderna y
Contemporánea por el Instituto Mora. Candidato a Doctor en Historia por la Facultad de
Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se han centrado en la época
decimonónica, especialmente el estudio del conservadurismo mexicano. Es jefe del
Departamento de Historia y Ciencias Sociales del Centro de Enseñanza para Extranjeros de la
UNAM; coordinadora del diplomado “Un recorrido por la historia de México”; profesor de
tiempo completo en el mismo Centro en el que imparte cursos sobre historia de los siglos XIX y
XX mexicanos.

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1 IBEROAMÉRICA MAYO-SEPTIEMBRE 2015.
Resumen

La caída del segundo Imperio mexicano y el triunfo de la República marcaron la desaparición de
los “conservadores” de la escena política, que a partir de entonces comenzaron a referirse a sí
mismos como “católicos”. No obstante, éstos mantuvieron una constante actividad desde las
páginas de la prensa, y cuestionaron abiertamente el proyecto de nación de Benito Juárez y
Sebastián Lerdo de Tejada (1867-1877). En esos años los periódicos fueron un medio para que
los católicos simpatizantes del conservadurismo manifestaran su descontento con el gobierno y
en sus páginas dieron a conocer sus ideas sobre cómo debía ser la nación, qué valores era
necesario conservar, cuál era la mejor forma de gobierno y presentaron una idea del liberalismo
como la síntesis de todos los males que agobiaban a la nación por haber abandonado los ideales
católicos. El presente artículo ofrece una revisión de algunos periódicos católicos de la época con
el fin de contextualizar un conflicto que se dio sobre todo en las páginas de la prensa, ya que en
esos años la institución eclesiástica había sido despojada de sus bienes y los conservadores no
podían participar en política, de manera que el debate fue, sobre todo, ideológico. Así, las
trincheras periodísticas fueron la única opción de los grupos católicos que después de la derrota
bélica trataron de atacar al liberalismo con las armas a su alcance, es decir, las de la pluma. De
todo ello daremos testimonio en las páginas que siguen.

Palabras clave: prensa católica, conservadurismo, catolicismo tradicional, liberalismo, Iglesia,
Estado.

Abstract

After the fall of the second Mexican Empire and the Republic triumphant once again,
“conservatives” were obliterated from the political spectrum and begun recasting themselves
merely as “catholics”. However, they kept engaged with public opinion throughout 1867-1877
often questioning in newspapers Benito Juárez’s, as well as Sebastián Lerdo de Tejada’s,
projects for the nation. It was in those years that the press became rather an important medium
for conservatives, and catholics at large, to demonstrate and expound in those pages about
improving government, their cherished values, and scold liberalism as responsible for the
ailments of the nation abandoning catholicism. This article endeavours to review and
contextualize some catholic publications, at a time when their ecclesiastic institution had been
severed from their former properties, conservatives banned from active politics, and their only
resort to debate remained purely ideological. So, it was in journalistic trenches that defeated
catholic groups in war, were able to berate liberals with those only weapons in hand. The
following pages abound on such quills.

Keywords: Catholic press, conservatism, traditional Catholicism, liberalism, Church, State

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Introducción

La caída del segundo Imperio mexicano y el consiguiente triunfo de la República marcaron la
desaparición de los “conservadores” de la escena política, que a partir de entonces comenzaron a
referirse a sí mismos como “católicos”. Esos años también fueron escenario del nacimiento de
una historiografía liberal que anuló la actuación de los grupos identificados con el
conservadurismo, como si se hubieran convertido en fantasmas después del fracaso del proyecto
imperial. Sin embargo, la disputa pública que sostuvieron esos grupos católicos contra los
gobiernos de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada (1867-1877) y que se dio
principalmente en la prensa, es prueba de que buscaron nuevos espacios de acción en un
panorama adverso. Así, los periódicos les sirvieron para manifestar su oposición a las políticas
liberales, su descontento con el gobierno, su idea de la historia y sus temores por el negro futuro
que esperaba a México al haberse alejado del seno de la Iglesia. El presente artículo ofrece una
revisión de algunos periódicos católicos de la época con el fin de contextualizar un conflicto que
se dio sobre todo en las páginas de la prensa, ya que en esos años la institución eclesiástica ya
había sido despojada de sus bienes y los conservadores no podían participar en política. Las
trincheras periodísticas fueron su única opción.

Los católicos tradicionales buscan nuevos caminos1
A pesar de la visión que ha trascendido en la historiografía católica sobre la hostilidad contra la
Iglesia como signo distintivo de los gobiernos de la República restaurada, hay una clara
diferencia entre la política seguida por Juárez y la que implementó Lerdo de Tejada. El primero
trató de suavizar sus acciones contra la Iglesia mediante una propuesta que buscaba que los
sacerdotes pudieran votar y ser electos para cargos públicos, que si bien no prosperó por la
oposición liberal en el Congreso sí manifestó la intención conciliadora por parte del presidente;
éste toleró la desobediencia clerical a las Leyes de Reforma, lo que dio a su gobierno cierta
tranquilidad porque hubo menos conflictos con los católicos tradicionales (Pi-Suñer, 2001). Por
su parte la institución eclesiástica diseñó estrategias pastorales para recuperar el espacio perdido

1
Se habla de “católicos tradicionales” para distinguirlos de los liberales que también eran católicos. Por otra parte,
el término “conservador” es impreciso en el periodo que abarca este estudio, ya que no hubo un solo bloque
conservador sino varios grupos con propuestas distintas que, aunque se identificaron a sí mismos como tales,
tuvieron claras diferencias entre sí (Pani, 2009).

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a partir del triunfo liberal: se puso énfasis en la educación religiosa de la familia y en la
formación de los sacerdotes en los seminarios mexicanos y se profundizó en la reforma territorial
de las diócesis (García Ugarte, 2007).

Así, los antiguos conservadores comenzaron a incursionar en el campo de las actividades
sociales coordinadas por la “Sociedad Católica de la Nación Mexicana” como un primer intento
de enfrentarse de un modo inédito al Estado liberal. La “Sociedad Católica” se fundó el 25 de
diciembre de 1868 con el fin de “conservar, defender y propagar, con el auxilio de Dios, la
religión católica, apostólica, romana” (Reglamento, 1875). Su primer presidente fue José de
Jesús Cuevas, un acaudalado abogado y terrateniente que había sido secretario particular de
Maximiliano de Habsburgo (Brading, 2001).
La Sociedad Católica tuvo una publicación del mismo nombre entre 1869 y 1873 y además editó
varios periódicos dirigidos a públicos diversos, entre ellos El Semanario Católico; El Pueblo; La
Idea Católica; El ángel de la Guarda; El Pobre y El Mensajero católico. El más destacado de
ellos fue La Voz de México, que salió a la luz en 1870 y se publicó hasta 1908, aunque rompió
con la Sociedad en 1875 por diferencias entre sus miembros y los editores del periódico. Como
es evidente, los católicos tradicionales no se resignaron a desaparecer de la escena, y si bien en
repetidas ocasiones declararon sus afanes de buscar la conciliación y manifestaron su intención
de alejarse de toda actividad política, mantuvieron una actividad incesante desde las páginas de
la prensa.
Tras la muerte de Juárez y la llegada de Sebastián Lerdo de Tejada a la presidencia, la política
implementada por el gobierno dio un giro y se volvió más radical, sobre todo en sus afanes de
aplicar la legislación reformista hasta sus últimas consecuencias. En contraste, la actitud de la
jerarquía católica fue de “intransigencia pacífica” mientras proponía la fundación de
“asociaciones, grupos y corporaciones que rivalizarían con las instituciones estatales liberales”
(Bernal, 2006). Después de la elevación a rango constitucional de las Leyes de Reforma en 1873
(Tena Ramírez, 1999), los obispos mexicanos emitieron una carta pastoral colectiva contra estas
disposiciones y a diferencia de lo ocurrido cuando aquéllas fueron promulgadas en 1859,
convocaron a la “acción católica”: llamaron a los laicos a impulsar obras de caridad, de
educación, de divulgación de la fe y de culto religioso para que se mantuvieran la moral y la
forma de vida cristianas pero sin atacar frontalmente al Estado liberal (Alcalá y Olimón, 1989).

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La oposición de los católicos a las medidas adoptadas por el presidente Lerdo tuvo en la
prensa confesional airadas manifestaciones de descontento y desde las páginas de La voz de
México, la Idea Católica y El Hisopo, se criticó con dureza, y a veces con sorna, a un presidente
al que habían considerado un posible aliado y que por motivos hasta ahora desconocidos no sólo
no apoyó a la Iglesia, sino que endureció sus acciones anticlericales. Así, frente a un panorama
adverso por las políticas del gobierno lerdista, los católicos tradicionales decidieron que la única
forma de defender sus derechos era participando en la discusión política desde las páginas de la
prensa.
En la coyuntura antes descrita, a lo largo de los gobiernos de Juárez y de Lerdo la prensa
confesional fue la voz pública de los grupos católicos. Cabe aclarar que los periódicos de
entonces no eran como los contemporáneos: no tenían reportajes de investigación, incluían pocas
noticias o crónicas informativas y muy rara vez hacían el equivalente a reportajes gráficos. Su
columna vertebral fueron los artículos de opinión y también publicaron piezas literarias como
poemas y novelas por entregas. El objetivo de los periódicos de entonces no era informar, sino
adoctrinar, crear opinión; algunos sólo tenían uno o dos pliegos de texto. Sin embargo, a pesar de
su modesta apariencia fueron un arma eficaz contra el gobierno, ya que dieron voz a políticos,
intelectuales y grupos de poder (Barajas, 2005). En ese sentido, la prensa católica fue un arma
para convencer. Como un ejemplo de lo dicho antes se hará un análisis de los temas tratados por
algunos de los periódicos católicos que se publicaron entre 1869 y 1875.

La voz de la prensa católica
El Semanario Católico fue el primer periódico publicado por la Sociedad Católica de la Nación
Mexicana. Fue su órgano de información y estaba dirigido al “pueblo pobre” por el que, según
los miembros de la organización, Jesucristo y la Iglesia tenían especial preferencia. Se destinó a
la gente de escasos recursos. El editor responsable fue Tadeo Romero y se propuso “propagar,
defender y ensalzar el Catolicismo” (Castro y Curiel, 2003).
Para los editores de este periódico, frente a los “innumerables y crecidos males que
atribulaban al pueblo mexicano” la religión católica era un “bien inestimable”. En el semanario
se recurría al pasado para explicar todos los beneficios que la religión católica había traído a
México. En su edición del 20 de febrero de 1869 se afirmaba que en la época colonial “creció de
año en año el verdadero progreso de nuestra sociedad” y ello se debió a “la moralidad del país

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[por] la influencia de [la] religión en el gobierno”. La idealización del pasado virreinal como una
era de progreso, de paz, de crecimiento económico y de orden está presente en sus páginas, así
como la afirmación de que todos los males de la sociedad se debían a “la revolución”, es decir, al
liberalismo.
En cuanto a la situación de la Iglesia con respecto al Estado, el 3 de abril de 1869 se publicó un
artículo que afirmaba: la Iglesia es una, y en cambio Estados o naciones hay muchos. Ambos son
independientes, soberanos, cada uno en su esfera respectiva. El poder del Estado termina con la
muerte del súbdito; el poder de la Iglesia alcanza la eternidad. En el caso específico de México,
los redactores del Semanario afirmaban que dado que el pueblo mexicano era católico, los
legisladores no debían formular “un sistema que excluyera y desconociera la fe, la autoridad y la
legislación de esa misma iglesia”, ya que ello se convertiría en un atentado contra la soberanía
nacional. Es claro que los redactores del semanario recurrían a conceptos liberales, como el de la
soberanía, para criticar a los legisladores por no seguir el mandato popular. Afirmaban que
mantener “una política separatista” era un desacierto, ya que quitaba el afecto del pueblo hacia el
gobierno al oponer los deberes del ciudadano y los del cristiano.
Por otra parte, en las páginas del semanario se alertaba a los católicos contra “las sectas
protestantes” que repartían libros, oraciones, folletitos, cuentos y novelas en donde estaba
“infiltrado con astucia verdaderamente satánica el veneno del error”. En la editorial del 8 de
octubre de 1869, después de exaltar el proyecto católico del “gran Iturbide” se criticó la política
liberal, especialmente en lo relativo a la nacionalización de los bienes eclesiásticos ya que ni se
había pagado la deuda pública, ni se habían fundado establecimientos de instrucción ni se habían
hecho las mejoras materiales prometidas. En cambio, lo que sucedió fue que se enriquecieron
unos cuantos, “perdió la Iglesia y no ganó el Estado”.
La crítica a los liberales que “seguían en todo a Estados Unidos” también se hizo presente en las
páginas del Semanario. El 4 de diciembre de 1869 usaron los argumentos del enemigo y pusieron
como ejemplo al presidente norteamericano porque un día de cada año se dedicaba a tributar un
homenaje de agradecimiento “al ser Supremo por los beneficios que su providencia se dignaba
dispensar a la República”. Los redactores del periódico recomendaban al gobierno federal y a los
de los estados que “dejaran ese ateísmo político, que ninguna nación muestra, dando un
testimonio público y solemne de gratitud a Dios, Soberano de los gobiernos y de las naciones”.
Es decir, era lícito seguir el ejemplo de la nación vecina que a pesar de consignar en su

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Constitución la libertad de cultos, rendía un testimonio público de reconocimiento al Ser
Supremo.
La Idea católica fue un impreso destinado a la mujer, y a partir de 1871 se llamó Semanario de
la Sociedad Católica de Señoras. Las féminas, como encargadas del hogar y de la educación de
los hijos, debían recibir por medio del periódico lecciones de política y de buenas costumbres.
Esta publicación sufrió ligeros cambios en su línea editorial, ya que al principio sus redactores
fueron José Dolores Ulibarri y Tirso Rafael Córdoba, y a partir de noviembre de 1871, Mariano
Fernández de Lara (Castro, 2003).
Lejos del tono moderado de El Semanario Católico, en las páginas de La Idea Católica el
discurso evolucionó de una pretendida neutralidad a una gran virulencia especialmente contra
Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada. En su edición del 30 de julio de 1871 trataron temas
como la independencia de la Iglesia y el Estado; afirmaron que la libertad de cultos y el Estado
laico no debían ser pretexto para perseguir a la institución religiosa e impedir que predicara “la
verdad”. Los gobiernos y los legisladores no sabían lo que hacían cuando “abandonan la religión,
como si fuera una vergüenza, y prohíben la enseñanza de su doctrina, como si fuera un crimen, y
no le permiten salir a la calle, como si fuera un escándalo”. También pusieron a Estados Unidos
como ejemplo, ya que “se inició invocando el auxilio de la Providencia” y tanto sus presidentes
como su pueblo eran religiosos. Así, no podía decirse que los mexicanos fueran más demócratas,
más amigos de la república y de la libertad que los estadounidenses por haber desterrado a Dios
de la vida pública.
En su edición del 3 de mayo de 1872 el tema fue la exclaustración de las Hermanas de la
Caridad, que, según afirmaban los redactores, habían quedado reducidas a la mendicidad y
obligadas a conseguir el sustento con labores “propias de su sexo”, como la enseñanza a niñas y
la costura. Sin embargo, contraviniendo las garantías consignadas en la Constitución de 1857,
eran perseguidas como fruto de la “descatolización de la República” para hacer más “irrisoria la
tolerancia de cultos y la libertad de pensamiento.”
Mientras que tienen sus fueros la prostitución, el libertinaje, la embriaguez, la
vagancia, el protestantismo, la masonería y tantas otras reuniones que son un
continuo amago a la paz pública, todo lo que puede mantener el espíritu católico es
visto con positivo odio, y se hace objeto de una constante persecución. De aquí

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proviene sin duda que algunos quieren no sólo disolver a las monjas, sino que se les
arroje por fuerza a los burdeles, ¡para que cumplan con el destino de la mujer!!!

En el artículo “La Constitución es la guerra”, del 26 de mayo de 1872, se acusó a la Carta
Constitucional de 1857 de ser “el piélago inmenso de males en que se halla sumergida [la
patria]” y al gobierno de ser el primero en no respetarla, ya que a pesar de garantizar el derecho
de propiedad y de asociación, la Iglesia había sido despojada de sus bienes y se habían disuelto
las comunidades religiosas. Frente a las acusaciones de que los conservadores habían lanzado el
grito de guerra, declaraban que el “partido conservador” se mantenía retraído desde 1867 cuando
decidió dejar libre el camino al liberalismo para que llegara “por sí mismo a su fin”. No querían
la guerra sino el “don precioso” de la paz. Los principios conservadores “irresistibles elementos
de saber, de moralidad, de orden, de influencia social”, planteados por “el genio de Iturbide” y
plasmados en “el plan maravilloso de Iguala” sólo buscaban el bien de México; los redactores
defendían “el principio de autoridad”; condenaban las revoluciones y esperaban tranquilos el
triunfo de sus ideales.
El 23 de julio de 1873 criticaron las medidas reformistas como la expropiación de los bienes
eclesiásticos, por haber “reducido a la miseria a innumerables familias, sólo para provecho de
unos cuantos especuladores”; la libertad de cultos por ser “la persecución más encarnizada al
catolicismo”; el matrimonio civil que “acaba con la familia, que destruye los lazos que unen a los
padres con los hijos y a los maridos con sus mujeres”; la extinción de las comunidades religiosas
que “hacían de su propio peculio más beneficios a los pobres que los que se imparten hoy en las
casas de asilo”; la masonería, el protestantismo y los interminables males que había traído
consigo el liberalismo.
Con la muerte de Benito Juárez el tono del semanario se hizo más agresivo. El 11 de agosto de
1872 le reclamaron a Lerdo que hubiera decidido sostener las Leyes de Reforma, ya que un
“gran círculo católico” las reprobaba porque “pugnaban abiertamente con su conciencia”, pero
esperaban que su administración no se fundara, “como la de su antecesor en la intriga, en la
seducción y en la fuerza bruta”. Confiaban en la prudencia del presidente y en que no seguiría
“la senda inundada en crímenes y sangre que recorrió constantemente la que por disposición
divina terminó el 15 de julio de 1872.” En diciembre de ese mismo año afirmaron que el
gobierno de Juárez fue una época que trastornó el orden público y estuvo marcado “por el sello

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de la inmoralidad, de la injusticia y del despotismo más absoluto”. Afortunadamente la
Providencia los había librado “de esa horrible plaga”. Se advertía a Lerdo de las graves
dificultades que tendría que enfrentar, entre otras “los bastardos intereses que crió Juárez en
provecho de sus partidarios, la inmoralidad que sembró por todas partes, las complicaciones en
que dejó a la nación por sus contratos con los Estados Unidos y finalmente, la persecución que
declaró al catolicismo”. Después de defender a Maximiliano de Habsburgo y de decir que fue “la
mejor esperanza de la nación mexicana”, los redactores de La Idea recomendaron a Lerdo
abandonar “la senda tortuosa que le dejó marcada su antecesor” para marchar “con paso firme
por el camino de la verdad y la justicia”.
El 3 de agosto de 1873 a los redactores del semanario no les quedaba ninguna duda de
que Lerdo, tanto como Juárez, habían usurpado “a la Iglesia sus bienes y sus derechos”. El
segundo, “mal engendro de una sublevación criminal, […] en su furor contra la Iglesia católica
se apoderó de todos sus bienes […] extinguió las comunidades religiosas que tanto protegían las
artes, la agricultura y la industria, destruyó templos, monopolizó la enseñanza […] y redujo el
arte de gobernar a una sola persecución del catolicismo”. El pueblo, esperando que las cosas
mejoraran, eligió a Lerdo como gobernante, quien se burló de las esperanzas puestas en él y
sostuvo las Leyes de Reforma, además de fomentar “la opresión del catolicismo”.
En octubre de 1873 se criticó a Miguel Hidalgo porque su movimiento de insurrección
había sido la puerta de entrada de la Reforma que con el tiempo dio “los más horribles frutos”.
También se le reprochó a Lerdo que a pesar de su aparente moderación hubiese permitido tantos
males para México. El 24 de enero de 1875 se publicó un artículo en el cual se acusó a Lerdo de
fomentar la persecución y abolición total del catolicismo, de usurpar los bienes de la Iglesia y de
ser un enemigo tenaz de la religión católica y de todas las libertades “que ni los bárbaros niegan
al hombre”.
El Defensor Católico. Periódico de religión, política, ciencias y bellas letras fue otro
periódico dedicado a la defensa de la religión católica, tal como su nombre lo indica. Su editor
fue Narciso Bassols y su redactor en jefe fue José Joaquín Arriaga. Afirmaba ser “un periódico
Católico, Apostólico, Romano, redactado por fieles y obedientes hijos de la Santa Iglesia de
Jesucristo” (Castro, 2033). Comenzó a publicarse en junio de 1872. El 16 del mismo mes se
publicó un artículo dedicado al liberalismo y los males que esta doctrina había traído consigo en
todas las naciones que la habían adoptado, ya que proclamaba la libertad religiosa, pero

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perseguía a la única religión; se apelaba al libre sufragio mientras se recurría a la intriga; se
declaraba la soberanía del pueblo, y se le encerraba en los cuarteles; se prometía un progreso
ilimitado y solamente se alcanzaba una crisis violenta. Lo único que podía esperarse del
liberalismo era la desmoralización de la sociedad y las naciones liberales sólo podían salvarse
por la educación católica que se había conservado a pesar de todo.
El 22 de junio de 1872 afirmaron que la causa de la difícil situación por la que atravesaba
México era, sin duda, el haber hecho a un lado “el elemento católico” y haber dado entrada a
otros cultos “enteramente disolventes”. El Dios Estado2 quiso arrebatarle a Dios la dirección del
pueblo mexicano y el “ateísmo oficial” pensaba que podía encaminar a la nación por el buen
sendero. La pretendida libertad que pregonaba el liberalismo sólo había logrado prescindir del
principio de autoridad, lo que causaba el aumento de los delitos, la embriaguez, la prostitución y
la inmoralidad. El 27 de ese mismo mes y año, el Defensor sostuvo que la enseñanza religiosa en
las escuelas públicas era una necesidad, ya que “los preceptos de la moral y de la religión […]
forman la verdadera felicidad del hombre y de la familia, de los pueblos y de las naciones”.
El 5 de julio de 1872 se denunció en sus páginas “la carrera de continuos desaciertos y de
injusticias que ha formado la órbita de nuestros gobiernos, muy especialmente de aquéllos que
son la causa de la pública desmoralización”. Se hacía responsable al gobierno de los males que
aquejaban a los habitantes de México, especialmente de la situación de inseguridad que era fruto
de la negligencia de las autoridades. El Defensor sostuvo polémicas con el Diario Oficial, que
“atac[aba] a la religión católica por sistema”. Al referirse a la ciudad de Roma y llamarla
Famosa Ramera3, el Diario recogía “las invectivas groseras y las especies calumniosas” con que
el protestantismo pretendía agredir a la Iglesia católica. El 16 de julio de 1872 los editores del
Defensor afirmaron que el Diario no tenía derecho a actuar así, porque al ser un órgano oficial, y
dado que el gobierno había asegurado que permitía la libertad de cultos, aquél no podía combatir
al Defensor Católico sin faltar a la libertad que decía defender, es decir, usaron los argumentos
de sus contrincantes para echar en cara a los periódicos liberales su falta de compromiso con los
principios que enarbolaban.
Después de la muerte de Juárez, el 25 de julio de 1872 el Defensor publicó un artículo
significativamente llamado “Primeras palabras sobre política”, y en éste expresó su descontento

2
En cursivas en el original.
3
En cursivas en el original.

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con el estado de cosas reinante en México. Sus redactores decían que la persona que sucediera a
Juárez, si quería “establecer la paz de una manera sólida y permanente, si se propone cortar la
gangrena social que nos está matando, si pretende […] hacer de este país, hasta hoy infortunado,
una nación rica y feliz”, debía expedir una ley de amnistía para los conservadores. El
fallecimiento de Juárez no alegraba a los editores del periódico, pero sí lo consideraban una
oportunidad para “cimentar la paz y la prosperidad de la República”.
En su edición del 26 de julio afirmaron que ponían en Lerdo de Tejada sus esperanzas de
que pudiera lograrse la reconstrucción social y se hiciera “a la República feliz y respetada del
mundo entero”. En cuanto al “partido conservador”, afirmaban que “consecuente con sus
creencias, y decidido resueltamente a no hacer daño alguno a esta desgraciada patria,
[procuraría] el triunfo de los buenos y sanos principios de la moral y de la religión por los
medios legales.” En su crónica del funeral de Juárez los redactores hicieron notar que “el pueblo
miró con marcada desaprobación los signos de las tinieblas”, en referencia a los elementos
masónicos, y por ello “no hicieron demostración alguna de dolor, ni hubo cabeza que se
descubriese.” No podían dejar de recordar la muerte de Iturbide, así como la de Maximiliano, por
quien había llorado “una nación entera”, lo que no había sucedido con Juárez ya que “nunca llora
un pueblo al enemigo de su religión”.
El tono de los artículos del Defensor fue cada vez más crítico hacia Juárez. Al
reflexionar sobre el alivio que sentían al pensar que había muerto el presidente, el 28 de julio
argumentaban que ello era porque “con el Sr. Juárez marchábamos mal, muy mal, y con su
voluntad de hierro íbamos siendo empujados automáticamente a la orilla del profundo y
tenebroso abismo.” Es significativo que si bien antes de la muerte de Juárez en el Defensor ni
siquiera lo mencionaban, a partir de su fallecimiento le dedicaron varios artículos en los cuales
explicaron las acciones del presidente que a juicio de los redactores del periódico habían
contribuido a la ruina del país.
El 11 de agosto de 1872, una vez disipadas “las gruesas nubes que amenazaban aumentar
las tormentas desencadenadas sobre la nación”, los redactores de El Defensor afirmaron que el
horizonte político se había aclarado con la llegada del “legítimo sucesor” de Juárez en quien
depositaban “la felicidad de México”, aunque estaban conscientes de las dificultades que tendría
que enfrentar el nuevo presidente, entre ellas lograr la reconstrucción “de la parte moral de la
nación, perdida por tantos desmanes” por haberse querido “matar el espíritu religioso”.

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En un tono completamente distinto a los periódicos antes mencionados, El Hisopo.
Periódico religioso y político. Ligero de cascos; mas pesado de razones: lleva por lema:
“Garrotazo y tente tiezo (sic.)”, fue un crítico mordaz del gobierno, especialmente de Lerdo de
Tejada. Su editor responsable fue Prudencio Mesquia, militar y colaborador del segundo Imperio
que tuvo a su cargo la traducción de los códigos de Instrucción y Penal franceses por órdenes de
Maximiliano de Habsburgo (Olivera y Meza, 2006). En la primera plana del número inicial,
publicado el 28 de junio de 1873, incluyeron un verso satírico en el que se burlaban del
presidente, y cuyo título era “A don Sebas”:
Nunca esperes de mí ningún halago
porque no soy vendido palaciego,
si en tus espaldas zurrigazos pego
son de tus culpas merecido pago.
¿Qué me puedes hacer si no te trago
e irreverente hasta tus barbas llego?
(Si es que barbas se llaman en un lego
las carnes tersas como terso lago).
Yo, Don Sebas, jamás seré tu amigo;
de tu nariz la gota yo no enjugo,
pues te tengo parado… en el ombligo.
Y si pudiera sacudir tu yugo
No te daría la muerte por castigo,
Sino sólo arvejones con mendrugo.

En sus artículos editoriales se hizo burla de los héroes de la independencia con excepción
de Iturbide, y se criticó que se tuviera planeada la construcción de un monumento para honrar la
memoria de Benito Juárez. En su edición del 28 de junio de 1873 afirmaron que la Reforma
había sido “el punto de partida de esa granizada de felicidades, de ese aguacero de prosperidad y
bienestar en que ya nos inundamos”, gracias al “ínclito genio” que debía contarse entre los
héroes nacionales. Decían que el monumento debía representar a Juárez “sentado en la silla que
fue su conjunta persona, y asegurado en ella no sólo con las manos, con los pies y con los

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dientes, sino con una docena de tornillos…”, en alusión a su permanencia en el poder hasta su
muerte.
Para los redactores de El Hisopo el partido liberal inundó a México “de luto, de sangre y
de crímenes sin cuento”. El 30 de junio reprocharon a los liberales el haber roto la unidad
religiosa y a pesar de proclamar la fraternidad, haber excluido de la sociedad mexicana “a una
numerosísima parte de sus miembros”. Además, pese a la declaración de independencia de la
Iglesia y el Estado, “pretendía legislar hasta cómo han de vestir los eclesiásticos”. En resumen, el
partido liberal “detesta la virtud e idolatra el vicio”.
En contraste, el 7 de julio de 1873 hicieron una descripción del “partido conservador”,
que era aquél que guardaba los principios que eran la base y sostén del edificio social.
Postulaban que la religión era el fundamento del Estado y el respeto a la familia y a la propiedad
sus bases más importantes. El partido conservador era “la salud, el bienestar, el orden de la
sociedad, y el liberalismo [era] un virus emponzoñado, [era] el germen de la muerte, [era] la
calamidad de las calamidades”.
El 19 de julio de 1873, al cumplirse un año de la muerte de Juárez El Hisopo publicó un
artículo conmemorativo en el cual criticó al ex presidente y presentó su muerte como un designio
divino que “lo hundió de un golpe en los senos oscuros de la tumba”. Su sucesor, quien debió
sacar ventajas de la situación, lo único que hizo fue despreciar a la nación y perseguir a la
Iglesia. Este pequeño periódico, que sólo se publicó unos meses, sostuvo polémicas con El Siglo
XIX, con El Padre Cobos y con El Monitor, que criticaron sus posturas políticas y sus artículos.

Consideraciones Finales

En palabras de Margo Glantz “es necesario acudir a la prensa si se quiere tener una idea precisa
de la historia política, literaria y cultural de México” en el siglo XIX (2011). De ahí que los
periódicos sean una herramienta para conocer la voz pública de los católicos que se identificaron
a sí mismos como tales en las publicaciones periódicas editadas en los años de la restauración de
la República. Como menciona Dinorah Velasco (2014), en 1867 los hasta entonces llamados
conservadores se reorganizaron y comenzaron a identificarse como “católicos”. Ello no obstante
que también los liberales se decían miembros de la Iglesia, pero como se ha visto a lo largo de
este trabajo, para los grupos de periodistas católicos que escribieron en los impresos estudiados

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los liberales habían traicionado el espíritu de la religión de Jesucristo al haber despojado a la
Iglesia de sus bienes, al atacar a los ministros de culto, al permitir la introducción de “sectas”—
como llamaron al protestantismo— y al haber impuesto el matrimonio civil, origen de vicios e
inmoralidad.
Esa imagen de una Iglesia débil frente a un estado fuerte y agresivo contrasta con una
realidad mucho más porosa y cambiante. El discurso plasmado en los artículos referidos es,
como se mencionó antes, la voz pública de los católicos tradicionales. Asimismo, es la
consecuencia de un conflicto político que llevó a la nación a una guerra fraticida. No obstante,
como afirma Antonio Annino (2003), “no sólo la Iglesia buscó y defendió a toda costa su
independencia frente al nuevo poder civil del Estado liberal, también los pueblos hicieron lo
mismo a su manera.” Es decir, el problema de la soberanía, que la Iglesia reclamaba como
característica propia —en cuanto sociedad perfecta— al igual que el Estado, implicó “una
relación contractual, pactista, entre Estado y pueblos”. Lo que se puede entender es que, lejos del
discurso católico, ni el estado era tan fuerte, ni la Iglesia lo había sido antes. Al contrario, se
trataba de dos entidades débiles que no pudieron cimentar su poder frente a la autonomía de los
pueblos.
Sin embargo, la imagen que nos ha legado la historiografía del periodo ha sido la de una
Iglesia acosada por un Estado fuerte, o la de un gobierno que logró vencer a los conservadores
identificados con los intereses eclesiásticos, traidores a la patria, ajenos por completo a los
verdaderos valores liberales. Por otra parte, la imagen de una Iglesia unida como un bloque
monolítico, que es lo que se plasma en los artículos referidos, es una construcción que no tiene
asidero en la realidad, ya que dentro de la institución eclesiástica hubo voces diversas, proyectos
encontrados y muchos grupos que no necesariamente presentaron un frente común de cara a la
política liberal (Connaughton, 2011).
El poder de la letra impresa ha sido tan fuerte en la historia mexicana, que hoy en día se
sigue difundiendo la imagen de una Iglesia monolítica, de unos católicos condenados al
ostracismo, sin capacidad de acción ni influencia social y de un país sin rumbo. Se ha plasmado
una idea del pasado mexicano enfrentada a la visión de la historiografía liberal: la imagen idílica
del pasado virreinal, como una época de orden y de moralidad; la figura de Iturbide como el
libertador de la patria y la de Hidalgo como el precursor del liberalismo, y por lo tanto, como un
traidor a los valores católicos; la defensa de Maximiliano y del proyecto conservador, frente a un

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movimiento reformista que fue el mayor de los males que se había abatido sobre México, y la
idea de que la separación de la Iglesia y el Estado provocó que los mexicanos perdieran su
identidad, católica por excelencia, es decir, una imagen en blanco y negro.
En cuanto a la línea editorial de los impresos revisados, es significativo que durante los
años del último gobierno de Juárez la prensa católica haya mantenido una actitud sobria y si bien
se hicieron críticas a los conceptos liberales, éstas mantuvieron un tono impersonal que se volvió
abierto y cada vez más agresivo después de la muerte del presidente. Ello nos habla de que la
política juarista fue moderada con la institución eclesiástica, de modo que no había motivos para
atacarlo abiertamente. Sin embargo, nunca le perdonaron haber promulgado las Leyes de
Reforma, ni su política de desamortización que despojó a la Iglesia de su riqueza material.

El tono del discurso, que fue mesurado durante la presidencia de Juárez, se volvió cada
vez más agresivo cuando Lerdo de Tejada ocupó la primera magistratura. Al parecer, su
compromiso con la libertad de expresión consignada en las Leyes de Reforma, permitió toda
clase de excesos por parte de los periodistas; de hecho, hay quien afirma que la virulencia de la
prensa opositora contribuyó a su caída (Barajas, 2005). En el caso de los impresos confesionales,
como se mencionó antes, El Hisopo es un ejemplo de esos excesos.
En conclusión, el estudio de la prensa confesional es una herramienta para conocer la voz
de los grupos católicos que trataron de combatir al Estado desde los espacios de acción que no
les fueron vedados, como es el caso de los periódicos. Su discurso buscó rescatar los valores
religiosos que ellos consideraban en peligro; trataron de mantener un papel destacado en la
sociedad de su tiempo; atacaron lo que consideraban inconsistencias del discurso liberal, y
dejaron en claro que, pese a que no podían participar en política abiertamente, seguirían siendo
parte fundamental de la sociedad mexicana de su tiempo y tendrían siempre una mirada vigilante
sobre los gobiernos liberales para evitar sus excesos y señalar sus errores, aunque fuera,
únicamente, con el poder de la letra impresa.

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Hemerografía

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El Hisopo (1873)
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La Religión (1875)
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