MEMORIAS DE LA INFAMIA

Tewalos Doduar
Primera edición digital: marzo de 2017

Título: Memorias de la infamia
© Tewalos Doduar (Omar Duarte) / Autor
Twitter: @tewalosdoduar
Facebook: www.facebook.com/tdoduarescritor
Blog: http://www.el-cieloesazul.blogspot.com.co
E-mail: oduartemieng@gmail.com
Bogotá, 2017.

Edición digital del autor © Tewalos Doduar (Omar Duarte).
Portada y diagramación: Tewalos Doduar (Omar Duarte).
Imagen de portada: “V1… V2… V3…”.

La presente obra se terminó de escribir en diciembre de 2014.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en
todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de
información en ninguna forma, por ningún medio que sea mecánico, fotoquímico,
electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia, impreso o cualquier otro,
sin el previo permiso escrito del autor.
«Pajom echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba
agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies
descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era
imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a
nadie, y se hundía cada vez más.

“Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer
demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?”

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el
sol se aproximaba al horizonte.

Pajom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez
más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar.
Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y
conservó sólo la azada que usaba como bastón.

“Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo
que llegar antes de que se ponga el sol.”»

Lev Tolstoi – ¿Cuánta tierra necesita el hombre?
Contenido

Prefacio 1
Primera Parte

1. 9
2. 15
3. 24
4. 35
5. 43
6. 50
7. 60
8. 62
9. 65
10. 68
11. 79
12. 89
13. 95
14. 101
15. 110
16. 117
17. 121
18. 124
19. 127
20. 130
21. 134
22. 145
23. 150
24. 153
25. 161
26. 167
Segunda parte

1. 173
2. 181
3. 188
4. 191
5. 193
6. 202
7. 215
8. 217
9. 226
10. 232
11. 245
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Prefacio

Memorias de la infamia no pretende ser una reflexión
profunda, ni en favor, ni en contra, de la captura del cuerpo.
Parafraseando a José Martí, estoy convencido que el
problema de la esclavitud no es una cuestión que se
materializa en el cuerpo físico, sino en una especie de cuerpo
abstracto.

Quizá Martí no lo plantease con tal nivel de sutileza. Pero
baste decir que de todos los conceptos posibles, creados por
el hombre, la libertad es el más etéreo y difícil de explicar,
aún por encima del amor, el odio o la guerra.

¿En qué radica tal dificultad? Quizá en el hecho que existan
tantas ideas de libertad como seres humanos deambulan
sobre la tierra. Una infinidad de comprensiones sutiles sobre lo
que significa ser libre se extiende a lo largo y ancho de las
naciones que colman el planeta. Siendo así que es más fácil

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

hablar con certeza de la esclavitud. Todo el mundo
comprende con facilidad lo que esto significa.

Porque la esclavitud es, en resumidas cuentas, una captura
definitiva del cuerpo en desmedro del desarrollo de todas las
virtudes que un ser humano puede cultivar, para quedarse
solo y casi exclusivamente, con la virtud abstracta y
extenuante que es el trabajo.

No quiere decir que liberar el cuerpo implique materializar la
liberación de la persona. Por el contrario, quizá sea un paso
sofisticado hacia maneras más sutiles de sometimiento,
porque la estética y la ética de la esclavitud se perpetúan a
costa de ese sofisma distractor que es la emancipación del
cuerpo. Aquellos quienes practican las artes de la higiene
corporal, quienes se dedican al yoga y quienes pretenden
limpiar su organismo de la contaminación de su mundo, por
desgracia caen en tal sofisma.

No implica ello que liberar el cuerpo no sea un asunto
admirable. Quienes logran sobreponerse al menos a una de
las infinitas esclavitudes que atormentan al sujeto humano,
merecen llamarse héroes. Pero no por ello merecen ser
llamarse libres.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Luego de la liberación del cuerpo viene la liberación del
sujeto, del cuerpo abstracto. Que no es otra titánica tarea
que librarse de las investiduras más sutiles del poder. Bien ha
sugerido Foucault –en numerosos apartes de su obra–, que el
poder mayúsculo no existe, así como no existe la dominación
absoluta, porque siempre, de una u otra manera, hay
posibilidades de juego que permiten al sujeto librarse de
dicha dominación. Ese juego eterno, Hegeliano, Marxista o
Foucaultiano –da igual desde dónde se lo mire–, que es un
juego dialéctico, se repite en sucesivas espirales a lo largo de
la historia.

Contrario al planteamiento del eterno retorno, o todas
aquellas ideas cíclicas que postulan la repetición de la
historia, en términos de poder y dominación jamás existen
dos momentos idénticos, salvo por las apariencias que así lo
enuncian. Si la dominación no puede ser absoluta, y por ello
el poder no es posible como gran sustancia abstracta, al
menos queda la posibilidad de detectar, en cada instante, a
quién favorecen las pequeñas prácticas de poder, las
concretas, las materiales, las directas; y es en esto que
ninguna época o pueblo, se parece a otro.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Porque independientemente que el poder sea abstracto o
concreto, su saldo debe ser denunciado: ¿quién se
beneficia? ¿Quién se apropia de aquello que no le
pertenece? La mecánica del poder, es apenas una
anécdota digna de museos y programas superficiales de
televisión; no es por el contrario, la cuestión esencial.

Por otra parte, los detractores de todas las filosofías de la
sospecha han llegado a negar rotundamente el poder como
categoría esencial y, en una idea prístina del género
humano, han intentado borrar esa “realidad espiralada” que
es el decurso de la humanidad, para proclamar el fin de la
historia. Tal noción se afinca en una idea romántica y
apriorística: el paraíso es un estado probable, en el que la
humanidad solo deberá preocuparse de pequeños asuntos,
pues los esenciales ya habrán sido resueltos.

Entender la historia como un gran fenómeno resultante de
posturas radicalmente opuestas permite pensar que, si tales
radicalismos son superados, la historia pasa a ser una
categoría innecesaria. La postmodernidad ha invertido el
tiempo de importantes pensadores, intentando demostrar la
muerte de todas las grandes categorías: la historia, la
ciencia, el súper hombre y Dios, se cuentan en la larga lista

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de denuncias mortuorias que los autores más recientes se
han ocupado en narrarnos.

Así, creemos que la esclavitud es uno de tales conceptos
titánicos y que, por la simple vía de la liberación de los
cuerpos, la libertad emerge, convirtiéndose en reina absoluta
de la humanidad.

Empantanados en aquella frugal falta de pragmatismo y en
esa insana lógica que es ser “políticamente correcto”,
creemos que si no existe paz sobre la tierra es tan solo porque
la libertad es un bien máximo que debe propagarse por
doquier, bien sea con panfletos, dictadores o fusiles.

Me aventuraría a decir que todas las guerras de nuestro
actual milenio son, de cierto modo, guerras de “liberación”.
Guerras en las que alguien quiere enseñar a algún otro cómo
debe definir su propia libertad. Laissez faire, laissez passer, que
era la consigna máxima de los fisiócratas, quizá es, hoy por
hoy, la más grande de las consignas religiosas. “Dejad hacer
la guerra, dejad pasar los tanques”, diría yo que es la
dimensión verdadera y actual de tal consigna dieciochesca.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Así que en nuestro tiempo, la esclavitud del cuerpo es casi un
fenómeno accidental: trata de blancas, explotación sexual,
trabajo infrahumano y adhesión al ejército de una nación,
son sus manifestaciones más evidentes. Pero no por ello
diríamos que el mundo es un remanso en el que los hombres
son libres de tomar todas las decisiones que les son posibles.
Algunas, ni se les ocurren.

Por el contrario, vivimos en un extraño mundo de restricciones
impuestas y autoimpuestas. Las más férreas de ellas son las
que pertenecen al segundo grupo. Porque luego de liberar el
cuerpo subsisten aquellos rasgos que nos atan a las prácticas
culturales, y que nos impiden desplegar todas nuestras
posibilidades de desarrollo.

Queremos lucir de maneras determinadas, queremos la
aceptación del colectivo, dejamos que nos impongan
sueños y metas, yendo por ellas como niños corriendo tras un
juguete.

El cuerpo abstracto continúa capturado, impidiendo que
desarrollemos a profundidad todas nuestras potencias y
virtudes. Capturado por nosotros mismos, aunque
impuestamente atrapado; por esa fuerza extraña e invisible

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

que nos rodea, y que trasciende el cuerpo. Por esos
mecanismos que generan saldos en los lugares y en favor de
sustancias y personas extrañas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Primera Parte

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

1.

¿Recuerdas acaso, el tiempo aquel, borroso y remoto,
cuando el mal no existía? Las estepas se ensanchaban a su
antojo, las aves volaban y los felinos corrían, todos sin prestar
atención al sentimiento humano. Porque entonces los
hombres eran incapaces de cualquier sentimiento. Aún no
eran humanos. Eran iguales a los reptiles que se arrastraba o a
los peces acelerando su paso río arriba para llegar a tiempo
a su lugar de su desove.

Por aquel entonces, no creo que pudiera hablarse de
humanidad. La humanidad no existía porque los seres
humanos no estaban aún listos para alzarse sobre sus propios
hombros. ¡Cruel destino! Alzarse sobre los propios hombros
supone que alguien debe permanecer abajo, sosteniendo el
peso de los exitosos, los superiores, los nacidos para estar
arriba. ¿Cuántas diatribas y panfletos se han escrito para
señalar su existencia? ¿Cuántos ensayos, columnas y
discursos?

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Pero los que se alzan sobre los hombros de los demás siguen
allí. O sus hijos, o los hijos de sus hijos. Y si acaso han tropezado
y caído, luego, tarde o temprano se alzan nuevos verdugos.
Alzarse sobre los hombros de la humanidad es el acto
perfecto de sadismo. La especie contra la especie. El hombre
es lobo para el hombre. Un titán alimentándose de su propia
carne.

Mientras camina, concentrado en su labor más sutil y
elevada, arranca trozos de sus muslos, fuertes y carnosos, y
los devora. Su conciencia solo quiere permanecer arriba,
hacerse con su mejor destino y aunque sus piernas tiemblen,
las maltratará para continuar en lo suyo. El pez grande
devora al chico. Está bien utilizar esta frase si hablamos de los
ríos.

Pero si hablamos de la humanidad, el débil devora al
poderoso. El de arriba es débil. No ha trabajado como el de
abajo. Sus manos no solo son límpidas; son inmaculadas obras
de arte, llevadas a la perfección, carentes de cayos, marcas,
heridas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

¿Alguna vez ha dado usted la mano a las gentes que
trabajan como mulas? Son robustas, anchas, firmes… Su calor
es excepcional y al apretar pareciera que uno está a punto
de perderse en un abrazo minúsculo que lo puede aplastar al
instante.

Los “poderosos” que acaballan a los demás hombres, ganan
sus guerras acongojados por el frío, con sus panzas llenas, sus
habitaciones acolchadas con terciopelo, sus cuentas de
banco, sus lujos y tribulaciones, gracias a que afuera, en el
campo, los poderosos, los verdaderos hombres, se aniquilan
ciegamente por un “amo”; por la creencias que él les ha
inculcado, por valores marchitos, pero exaltados en
estandartes.

Sus creencias, sus reparos éticos o morales son solo la
manifestación de una subordinación que les coloca en medio
de la turba enfurecida, dispuestos a morir desangrados
mientras el débil, el carnívoro más tembloroso y
desamparado de todos, se asoma por la ventana, al calor de
su chimenea, para apreciar, desde la seguridad de su
mundo, cómo el campo de batalla se plaga de cadáveres
putrefactos, rodeados de moscas, habitados por gusanos,
devorados por las ratas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

¿Recuerdas aquellos años milenarios cuando la maldad no
existía y las manos de todos los seres humanos eran
igualmente poderosas? ¿Lo recuerdas? No se alzaba nadie
sobre los hombros de los demás: ni la curia, ni la corona, ni el
docto, ni el político, ni el conquistador.

Fue un tiempo remoto. Perdido tan lejos en el pasado, que
ahora me dices: “siempre ha habido un líder y siempre le han
seguido sus borregos”. O: “la injusticia es tan antigua como la
humanidad misma”. Difiero. Decir ello y admitirlo, es el
equivalente a aceptar que el látigo siempre debe castigar a
aquel que descubra la debilidad de sus amos, pues allí radica
la pimienta de toda rebelión: en saber que el amo no posee
realmente razones de peso para comandar.

Admitir la existencia perpetua del tirano supone una
pretensión macabra: afirmar que cuando la mano del
oprimido –quien desconoce ser el verdadero poderoso–
arrebata el látigo a su verdugo, aquel pobre desdichado
comete un acto contra natura.

Admitir al tirano, per sé, es nada más que negar a su esclavo.
Reducirle a una especie de papel pasivo en el que se le

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

niega cualquier derecho, cualquier capacidad, cualquier
virtud, cualquier posibilidad de salvación. Su humanidad
misma está en tela de juicio; pues, si lo que es esencial a lo
humano existe, aquello invisible a la mirada, por razón
esencial debe ubicarse en las entrañas de los amos y no en
las de sus rebaños.

Los amos, los tiranos, los verdugos, los poderosos y los nobles
se han especializado en remarcar la “inferioridad” de sus
subalternos, reduciendo su calidad humana; ya sea por
cuestión de sangre, por la fisionomía, por el color, por el
hacer…

Los suyos, sus propiedades apacibles que pastan por la vida
sin preguntarse mucho sobre su existencia, se terminan
acomodando en la plácida posición de la aceptación. El
mito del poder es tan poderoso, que el poderoso lo recita y
el débil lo acepta; con miedo a veces, con fe
generalmente, con resignación casi siempre.

Y así, el género humano terminó buscando una excusa, una
caricatura, un retrato mal hecho o una fábula mentirosa,
para justificar la más grande de las infamias: borrar el
recuerdo de aquel tiempo cuando nadie se alzaba sobre los

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

hombros de los suyos, cuando no existía alguien llamado a
comandar a las masas, ni super-hombres, ni atletas
formidables, ni políticos sabios, ni hacendados, ni animales
humanos nacidos para obedecer ciegamente, no había
mediocres o sabios, ni amos o esclavos.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

2.

Dembá está de pie sobre una grada que permite a los de su
clase esperar y apreciar el desembarcadero, sin acercarse a
la zona donde los señores pasajeros tocan tierra. Solo tiene
acceso a la zona de descargue, a la cual se puede ingresar si
se tiene una boleta firmada por el amo, a cargar algún baúl o
bulto pesado que ha llegado en encomienda.

La noticia ha corrido de boca en boca. El Ars Majoris fue
encontrado en la profundidad del mar, apenas cruzando la
bahía, y será remolcado hasta el puerto.

Dembá tiene a lo sumo ocho años. Está solo, pues su amo le
ha abandonado allí mientras ocupa un lugar en la grada de
los señores, que se extiende por varios peldaños. Dicha grada
permite apreciar el desembarco de esclavos y hacerse una
idea de los cargamentos que arriban al puerto, antes de ir a
ofertar en las subastas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá no sabe qué debe hacer. Ahora está sentado al
borde de un peldaño, con los codos sobre las rodillas y su
cabeza balanceándose sobre sus dos manos, tarareando un
ruido indecible en su cabeza. Sus sandalias se frotan
involuntariamente y de vez en cuando alguna alimaña
termina aplastada debajo de ellas, pues Dembá disfruta el
chasquido que los pequeños cuerpecillos despiden al ceder
por el inmenso peso de aquel humano.

Al cabo de media hora una estela de humo blanquecino se
hace visible a lo lejos, sobre la entrada de la bahía. Las
personas que están en la grada de los señores se apresuran a
hacer comentarios. Dembá no puede escucharlos y tampoco
le interesa. Ya ha venido un par de veces al puerto y su
inmarcesible ruido le agobia tanto que preferiría estar
ocupado en otras cosas.

Al cabo de unos minutos la estela de humo se hace más
clara: un pequeño barco de carga remolca un planchón. Se
aproxima al borde del desembarcadero, ladeándose
suavemente para ubicarse de manera paralela a este.
Entonces el planchón puede apreciarse de manera clara,
desde cualquier punto de las gradas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Un arrume de cajas ha sido organizado de manera simétrica
en la parte anterior. Todas ellas de madera. Atrás, en el
centro del planchón y en la sección posterior, domina un
arrume de desechos y unos diez bultos organizados de
manera trasversal, cubiertos con telas de diferentes colores.
El remolcador se detiene. A Dembá le parece que aquello
asemeja una casita de madera colocada sobre el mar.

No suena tan mala esa idea: ¡Podría navegar por todo el
océano si construyese una casa que flotara sobre él! Sería
una manera muy ingeniosa de ir a la profundidad del
horizonte para ver lo que no muchos hombres han visto.

Una campana suena agudo. El hombre en el
desembarcadero hace algunas señales en dirección a la
cabina del remolcador y la pequeña embarcación se
acomoda poco a poco hasta descansar al borde del andén
de roca pulida que le sirve de atracadero.

Es atada con celeridad de sus dos extremos por unos pocos
hombres; la embarcación está lista y un pequeño puente de
madera es tendido hacia tierra firme. Un par de sujetos
debaten al lado del planchón. Uno de ellos porta un uniforme
que Dembá jamás ha visto y sostiene un listado que mira con

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

preocupación. Parece que los dos sujetos que Dembá ve allá
abajo intentan ponerse de acuerdo. Entonces una tropa de
hombres blancos descarga con celeridad las cajas.

Al rato alguien arriba al lugar escoltado por dos hombres
uniformados. Los encargados de coordinar el descargue le
reciben con pleitesía y le invitan a abordar el planchón.
Junto con sus hombres revisa los bultos que aún yacen allí y
alguien a su lado toma apuntes. Mientras esto sucede, una
embarcación más se acerca al muelle: un bote con dos
remos se ha venido aproximando lentamente; pero la
atención la roba la escena más próxima.

Al arribar al borde, del pequeño bote sale con dificultad un
negro enorme. Su piel es tan oscura que refleja el sol. Se ve
agotado. Confundido. Está atado de manos y deben
ayudarle a desembarcar pues el borde del andén es muy alto
como para que él pueda subir por sus propios medios.

El amo de Dembá se acerca acompañado de algún
camarada a quien el pequeño nunca había visto; comenta
algo en voz alta, que al pequeño negro no le queda claro:
“al parecer mi mercancía viene en alguna de esas cajas
que acaban de desembarcar, según me dijo el inspector…

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

parece que finalmente se salvó del naufragio”. Sonríe con
algo de satisfacción y junto con su acompañante aguardan
a que la diligencia se realice.

Dembá permanece atento a lo que ocurre allá abajo, en el
desembarcadero; el negro inmenso se encuentra de pie a un
lado del planchón. El hombre que estaba realizando la
revisión asiente mientras mira a otros que permanecen arriba,
con la cabeza. Entonces estos proceden a retirar las telas y
debajo de ellas se revelan los cuerpos de diez blancos que
han fallecido debido al naufragio causado por una fuerte
tormenta. Las personas presentes en las graderías para
blancos dejan escapar un chillido al unísono, en el que
predominan los timbres agudos de las viudas y las hijas que
se han quedado sin padres.

Sin embargo, el hombre acompañado por los dos
uniformados decide romper el silencio.

“¡Ciudadanos!... –su voz es más chillona de lo que
podría esperarse. Hace una pausa y mira con pesar los
cuerpos de sus compatriotas–. En atención a las cédulas
y autorizaciones expedidas por las autoridades de la
República, hemos realizado una inspección detallada

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de los cadáveres rescatados del naufragio del Ars
Majoris. Por desgracia para todos nosotros no hay un
solo sobreviviente a la tragedia. Pero también hemos
encontrado que los cuerpos de los hombres que hemos
rescatado muestran signos de violencia en diferentes
partes de sus cuerpos. Gracias a ello sabemos que
aprovechando la tormenta, algunos de los esclavos que
se transportaban allí adelantaron una revuelta y han
asesinado a la tripulación. Luego, los ignorantes fallaron
en su intento de guiar la nave y la hicieron encallar
hasta que el agua le llevó a sucumbir. Por fortuna y
gracia de la providencia todos recibieron el castigo que
se merecía, por parte de las turbulentas aguas. Y este –
señalando con la mano derecha en dirección al negro
de pie en la acera– es el único de los asesinos que ha
logrado salvarse. Le hemos descubierto escondido en
una cueva junto a los acantilados”.

Al acabar aquellas palabras, la muchedumbre entornó
colectivamente su ojos dejándolos blancos como si un
demonio colectivo les hubiera poseído instantáneamente.
“¡Asesino!” Gritaron entonces, casi al unísono; y al primer
reflejo desmedido, la ira se materializó en un frenesí que se
fue haciendo más denso e inmanejable.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

El hombre negro –en aquel contexto, decirle “hombre” era ya
un exabrupto– se sintió horrorizado. No entendía una sola
palabra de lo que allí se decía. Tal era la continuación de su
rapto, que rescatado a la fuerza, mejor dicho: cazado por
segunda vez en poco tiempo, ahora era objeto de gestos y
tonos de voz que bien indicaban un odio inagotable. Trataba
de refugiarse, pero le sostenían por sus brazos. Sus hombros se
arquearon hacia arriba y su rostro bajó para cubrirse del
primer golpe, con un anticipado gesto de dolor que
vaticinaba su desgracia. El primer lance pasó cerca; no logró
atinarle.

Luego, los hombres que le sostenían le empujaron hacia
adelante como ofreciendo un cordero a los leones en medio
de la “justa” romana. Sus guardianes no querían untarse de la
sangre de negro. Les parece asquerosa; de hecho no
escondían su fastidio mientras sostenían al sujeto con sus
manos, si bien estaban protegidas con guantes de cuero.

Así, animados por el ofrecimiento simbólico, los más cercanos
a aquel hombre se abalanzaron con mayor decisión y detrás
de ellos la mayoría de los espectadores en la grada se
arrojaron de inmediato, tratando de no perder la oportunidad

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de linchar al pobre infeliz, quien en el piso lanzaba patadas
inofensivas y un chillido constante que se entrecortaba con
un par de palabras en “lengua bárbara”.

Lengua de negros, lengua de esclavos. Lengua nacida para
decir pecados, confabular, renegar de Dios y traicionar a los
amos. La lengua que Dembá ya no recibió como herencia.

Al cabo de unos segundos los alaridos de horror fueron de
completo dolor… más secos, ahogados por el sabor a sangre
en la boca, los huesos partidos y la caída de objetos
contundentes.

Dembá no puede ver los detalles pues la turba cubre por
completo al negro. Solo ve los brazos alzarse para descargar
su furia y las piernas impulsarse atrás y adelante. No se
detienen. El negro se ha silenciado pero aún quedan saña y
odio por liberar. Los golpes siguen. Los insultos siguen y como
si se tratase de una obra macabra de teatro, la
muchedumbre arrastra el cadáver unos metros cual si
quisiera exhibirlo como trofeo, y le colocan en el centro del
andén.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá ve aquel bulto de carne magullada con nitidez.
Siente horror y morbo. Su cráneo ha estallado y sus sesos se
han esparcido al arrastrar el cuerpo. Una de sus piernas
parece un trapo y se deforma contra el suelo de roca. Su
abdomen exhibe una abertura lateral y de ella salen parte
de sus vísceras. Colocado en el centro, aún recibe pedradas
y ataques con cuchillos y varillas. Como si se hubieran
olvidado de su asco, mujeres, jóvenes y hombres blancos
escupen insultan y manchan sus ropajes de la visceral
humanidad del esclavo.

Dembá siente una náusea que le obliga a vomitar sobre la
grada. Al hacerlo salpica a uno que se ha parado cerca a
ver la sangría; dos palabras salen de su boca: “negro
asqueroso” y de inmediato Dembá debe correr antes de que
un golpe de una fuerza colosal le destroce el rostro.

Su amo se interpone y al cabo de un instante la policía está
evitando una gresca entre dos ciudadanos honorables.

A los ocho años Dembá aprendió, si es que alguna duda
había tenido antes, que la injusticia estaba siempre del lado
en el que él se encontrara.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

3.

Diez años después del linchamiento en el puerto, Dembá ha
abandonado la Gran Casona. De hecho lo hizo cuando
estuvo alrededor de los quince años de edad. Su labor como
criado personal del amo terminó y fue reemplazado por uno
más joven que él, a quien se entrenó poniéndole a su lado
durante unos días.

Por alguna razón el amo prefiere niños a mujeres negras,
como es la costumbre. Dembá debía ofrecer la biblia para su
lectura, pulir sus zapatos, traerle los alimentos a su cuarto,
organizar su habitación y demás cosas propias de un criado
de confianza.

Encadenado para evitar que huya, si caso se le ocurriese,
Dembá ha sido traído por los capataces al río, donde
deberá ayudar a reconstruir un puente que fue dañado por
una creciente. Nunca ha intentado escapar, pero desconfían

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de él, pues haber trabajado en la casa le haría resistirse a las
labores fuertes. También creen que les va a saltar encima. Su
mirada es profunda y en numerosas ocasiones le han azotado
por mirar de cierta manera que produce escalofrío.

El miedo de Dembá es procesado dentro de su cabeza
como si se tratara de una negación profunda a defenderse y
luego es expulsado como una agresión fiera que empieza
con su mirada fija. Dembá mira a los ojos. Tan persistente que
puede llegar a causar horror. Algunos le han acusado de
llevar adentro el miedo del este, una especie de fiebre que
aunque no es mortal, causa un sufrimiento inmenso
acompañado de alucinaciones.

Dembá sufrió aquella extraña enfermedad introducida por
algunos negros capturados en ultramar y convertidos en
esclavos. En medio de una alucinación febril vio cómo un
inmenso hombre negro le perseguía y al alcanzarlo con su
veloz zancada, le arrancó uno a uno los miembros. Haló tan
fuerte que una de sus piernas se desprendió. Luego la otra y
al final los brazos. Su cabeza giraba mientras el atacante
daba vueltas al tronco y extraía por un costado las vísceras
para engullirlas frente a su mirada atónita. En medio de su

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

extraño estado, entre la vigilia y el sueño, Dembá quería
morir. Pero seguía consciente.

De hecho no sentía dolor, sino el miedo infinito de ver su
cuerpo irreparable siendo engullido por otro ser. Pensaba
ingenuamente como resolver su futuro con semejante
mutilación y temía que los amos decidieran arrojarlo al río, así,
hecho trizas, por no poder trabajar más en la hacienda.

Así, narra el mito de los ancestros, la fiebre saca el diablo
que desde el nacimiento se ha incubado dentro de cada
humano, haciéndole ver aquello que más horror causa a
cada cual. Mientras los negros alucinan con bestias que les
persiguen en medio de la tundra, destazándoles vivos, a los
blancos que la enfermedad infecta les atormenta con
alucinaciones en las que máquinas extrañas deforman la
realidad, hasta convertirla en algo completamente extraño,
con suspicaces saltos en el tiempo, objetos convertidos en
cosas inmateriales, personas que cambian de apariencia y
asesinos invisibles que con jeringuillas inyectan nano-bots
diseñados en laboratorio.

26
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Así que el negro Dembá, atado de pies, trabaja con una vara
de madera apalancando la roca dentro del río para aflojarla
y poder así apilarla luego en la orilla.

El capataz se ha quedado solo con la cuadrilla de trabajo.
Sus dos compañeros le han dejado para retornar por otro
hombre que han olvidado pues ha estado castigado por
una semana en el foso. Una decena de esclavos trabaja
bajo el sol del valle y aunque el agua del río les sirve para
hidratarse, el agotamiento es evidente.

Los negros tararean canciones improvisadas. Su fatiga les
hace sudar pequeñas gotas que poco a poco se condensan
en su piel… ruedan por sus pieles, caen en el río y escapan
por entre la corriente, disolviendo su sabor a sufrimiento
impalpable pero latente que el río canta a media noche,
como voces escapando por entre las rocas lisas,
atormentando a los ribereños que no logren conciliar el
sueño.

El jadeo de la cuadrilla es mayor. Un pequeño grupo trabaja
más arriba extrayendo la piedra mientras los que se ubican en
la parte baja, al oeste del puente, apilan las rocas que han

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

sido preparadas y las golpean para amoldarlas poco a poco
de tal manera que encajen con facilidad en la estructura.

El capataz silva una canción de dudosa procedencia. La ha
oído de ciertas mujeres que le brindan su cariño los días en
que visita la taberna, perdiéndose en el alcohol artesanal.
Sentado al borde sur del río, dando la espalda a la inmensa
hacienda, juguetea con un bastón y mantiene a la mano
un fuete y un revolver de seis disparos.

El agotamiento del grupo es progresivo. La obra se detiene
poco a poco. El ritmo del trabajo se malogra y el capataz,
pendiente de su regreso a tiempo, solo quiere escapar de allí;
así que la demora comienza a irritarle un poco. Se distrae
mirando un par de aves que saltan y canturrean sobre la
copa del viejo árbol a la entrada del puente.

Piensa en la perfección de la naturaleza. En cómo las cosas
han sido creadas con un poco de ingenio, pero sobre todo
con mucho cuidado. Se escapa de la realidad imaginando
que son los hombres quienes contaminan la perfección de la
naturaleza, irrespetando los mandatos divinos.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Como por un acto reflejo, se persigna, como si con este acto
reconociera la bendición de la creación. Pasa su pulgar por
la frente, el pecho y sus dos hombros y a continuación besa
la uña. Uno de los esclavos le ha mirado solapadamente.

–¿Hasta qué hora estaremos aquí, Maistro Anébal?
–¡Hasta que el puente sea seguro de cruzar, candomblé!

El capataz Aníbal ha expulsado su voz ronca que retumbó
por entre el caño del río. No hay remedio. Son cerca de las
doce y el sol florea en la parte más alta de la bóveda. Aníbal
se pone de pie y observa, con una mano cubriendo con la
sombra sus ojos, que no hay nubes en el cielo. “No caerá una
gota de lluvia hoy… –piensa con desesperanza– el calor
azotará más fuerte en la tarde”; por ello decide acelerar el
ritmo de la obra:

–¡Debemos seguir, negros!, ¡ea!

Un latigazo zumba por el aire estallando con un sonido seco
que hace temblar a los trabajadores. Un grupo de aves
revuela espantado de entre el pastizal aledaño. Aníbal mira
con rabia pues no se hace a la idea de ver anochecer y
tener que volver al día siguiente. Su severidad contrasta con

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

su cómoda posición. La palabra que mejor le definiría sería
“ineficiencia”… pero así está hecho el mundo. Al menos en
esta región austral de la república, el trabajo y el descanso se
han dividido de acuerdo a un criterio simple: el pigmento. Al
centro y norte de la República subsiste otro modo de vida,
basado en máquinas extrañas que jugueteando con la
realidad deforman objetos y gentes; un modo al que los
terratenientes de esta región se han negado, mediante una
posición férrea, pues consideran que el fundamento de todas
las cosas es aquello a lo que llaman “vida natural”.

Aquí, como casi todo lo que marca la vida de los humanos,
dominan mayoritariamente las mismas viejas categorías
polares: blanco y negro, arriba y abajo, bueno y malo,
hombre y mujer, adulto e infante. Un desfile de clasificaciones
que ubican a todas las cosas en algún lado entre dos posibles
opciones.

Aníbal mira con odio profundo a Milcíades. Le ve trabajar con
tal desgano que decide redoblar su carga:

–¡Negro Milcíades! –grita con autoridad y sutil rabia– ¡Ve a
traer las rocas que han quedado arriba del río!

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Milcíades asiente con la cabeza y cruza al lado del grupo en
el que está Dembá, para torcer hacia su derecha por el
vado y encontrar más arriba un arrume de piedra que ha
sido dejado allí, listo para llevarlo al puente y picarlo. El
capataz le sigue desde el lado elevado en la orilla. Al cruzar
por el grupo de Dembá el capataz Aníbal exige a este y a un
negro anciano que acompañen a Milcíades.

Unos treinta metros más arriba está el arrume de piedras.
Milcíades hace un esfuerzo terrible. Dembá le ayuda a
cargar una primera piedra sobre su hombro derecho,
cuidando que el cuero con tela que le amortigua no se
mueva de lugar.

Milcíades parte río abajo. Mientras se aleja, paso a paso,
Dembá se agacha para tomar la siguiente roca. El anciano
intenta ayudarle, pero Aníbal los interrumpe:

–¡Él solo!

Ambos lo miran sin entender qué quiere decir, así que
continúa:

31
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Solo ayúdenlo a cargar las piedras en su espalda –añade
Aníbal.

Milcíades vuelve al minuto. Otra roca es colocada en su
espalda. Esta vez deben hacerlo entre Dembá y el anciano,
pues es irregular y muy pesada. Milcíades se aleja
lentamente. Sus pies se hunden en el agua. Demora más que
la vez anterior.

Acumula ya unos quince viajes agotadores. Es el turno de
transportar una roca inmensa. Milcíades sugiere que sea
picada allí mismo para al menos convertirla en dos piezas.
Aníbal se niega; le recrimina por su pereza, percepción esta
que tiene grabada en su cabeza con letras de acero, sin que
nada pueda borrar de él esa sensación acumulada a lo
largo de los años.

Dembá y el negro anciano hacen un esfuerzo titánico para
levantarla, hasta que logran colocarla sobre el hombro
izquierdo de Milcíades. El protector de cuero está en su lugar;
sin embargo el peso parece que va a quebrar sus huesos. Es
evidente que duele demasiado, según el gesto que él deja
escapar.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¡Así se trabaja, candomblé perezoso! –Le recrimina Aníbal.

Milcíades parte hacia el puente; parece que su espalda no
va a soportar el horrible peso.

Su cuerpo jadea, sus piernas tiemblan, su espalda se arquea y
al final, hundiéndose a cada paso entre la arena del río, un
tropiezo ridículo hace que el peso sea más poderoso que su
fuerza, y se derrumba. La roca cae sobre él pues al perder el
equilibrio no logro apartarla de su cuerpo, de tal manera que
ha rompe su clavícula y varias costillas.

El grito de dolor de Milcíades fue como un llanto ahogado…
como si se hubiera quedado atrapado en el fondo de su
humanidad más íntima, sin poder escapar de la carne forjada
por el látigo. El crujir de sus huesos horrorizó a Dembá y el
capataz Aníbal se apresura a descender de la orilla, lanzando
toda clase de improperios odiosos contra Milcíades, como si
todo aquello fuese un engaño.

Junto con el anciano intentan socorrerlo. La piedra hunde
bajo el agua la mitad del cuerpo de Milcíades quien yace
boca abajo y lucha porque la corriente no corte su
respiración.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Al intentar mover la pesada roca, las manos del anciano y de
Aníbal resbalan fácilmente. Por desgracia ha hecho cuña
con un par de pedruscos encajando firmemente bajo la
superficie y ellos no logran entenderlo a tiempo.

Dembá corre río abajo por la vara de madera que ha usado
toda la mañana, con el fin de hacer palanca y liberar el peso
que aplasta aquel hombre. Cuando vuelve, puede ver de
cerca a Milcíades: completamente sumergido bajo el agua
mientras de su boca sale un revuelto entre sangre y vómito.
Solo puede ver la mitad de su rostro. En su sien luce un golpe
que ha desprendido parte de su piel y la sangre brota
tiñendo el río. Su ojo inmenso parece mirarle con fijeza
buscando un poco de ayuda. Pero es demasiado tarde.
Aníbal se acerca y suelta sobre aquel cráneo una roca
inmensa que pesadamente sostenía entre sus manos, sin
saber si aquello sería un acto de rabia o misericordia.

Gracias al capataz, por fin Milcíades ha logrado liberarse del
yugo de su esclavitud.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

4.

Durante los años de su infancia, Dembá permaneció bajo la
tutela y crianza de la Gran Casona. Desde los modales hasta
los oficios, todo lo que implicase ser una “cosa viva” fue
objeto de una profusa enseñanza que se orientó hacia la
rectitud, la disciplina y la rigidez, de tal modo que cada uno
de aquellos valores quedaría introducido en su alma,
férreamente, de por vida.

Pero lo más importante era alejar a Dembá de las creencias
paganas de los candomblés. Dentro de una estricta casta de
señores, siervos y esclavos, Dembá disfrutó del privilegio de ser
educado como blanco; bajo la fe de la casa.

Nada común, por cierto. Para muchos de los hacendados del
Valle, la formación de los criados bajo la fe oficial parecía un
estúpido experimento de humanización, pues era el
equivalente a suponer que los negros tienen alma. ¿Cómo

35
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

puede una bestia, creada para el servicio de los humanos,
tener algún tipo de espiritualidad interior? Si es así, deben
tener alma las vacas, las gallinas y los caballos. Al fin y al
cabo todos esos seres son propensos a los ritos y las
costumbres. Es este un silogismo tan simple, que rebatirlo
resulta de lo más inoficioso.

Sin embargo, contra toda oposición, el Señor de la casa, don
Ramiro Acosta, supuso tan solo que si la fe calaba en el
esclavo, no demostraría la existencia de alma negra sino a lo
sumo cierta capacidad de cambiar de supersticiones.

Y la creencia supersticiosa en un dios diferente a la de los
negros del común haría, sin lugar a dudas, la diferencia para
proteger la casa de cientos de amenazas cotidianas.

No había fallado su hipótesis jamás. No fallaría. Propensos a
regirse por creencias, sin importar cualquiera que fuese su
significado o implicación, los esclavos de la casa desean
casarse acorde con las reglas de los cultos blancos,
propenden por la comunión, y profesan una fe que convierte
en pecado el más básico instinto de la especie humana: el
que impulsa a todos los seres humanos a querer ser libre.

36
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Porque ya en el capítulo primero del gran “libro sagrado”, la
rebelión está castigada con las penurias de lo mundano.
Porque más odioso que aceptar las cadenas, es el hecho
mismo que el esclavo desee ser libre; porque ello, en sí,
contiene el sabor y la etimología de la rebelión. El mayor de
los pecados es entonces, querer rebelarse contra el orden
natural de las cosas, y desear que el mundo se transforme.

Pero por desgracia, Dembá sufrió tal doctrina: la del miedo al
castigo divino y a su propia libertad. Podría decirse que teme
menos a los látigos relampagueantes, que a intentar
cualquier cosa que le coloque en la posición de insurrecto.

Conspicuo servilismo, mayor propensión a atar las cadenas
propias y arrojar la llave en el fondo del río más tumultuoso.
Un par de efectos bondadosos que son útiles para las
labores de la casa y los abusos más íntimos del amo.

Aníbal, el capataz, ha hablado con Dembá de manera
concreta: “dirás que fue el anciano quien le asesinó”.
Dembá ha temido, claramente, que dicha afirmación le
afecte, pero lo cierto es que la formación recibida en la Gran
Casona, le ha convertido en el negro más extraño de las
plantaciones de algodón y caña de todo el Valle.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Es el único negro que ha salido de la Gran Casona a trabajar
en el campo. Y es a la vez el único negro que cree en las
afirmaciones del libro sagrado de los amos blancos. Su
juventud está matizada por cierta belleza innegable y un
rechazo generalizado de los suyos. Un rechazo silencioso y
brutal, pues las creencias y su color son barreras que le
apartan simultáneamente de los negros y de los blancos.

El capataz Aníbal teme que se le cobre la muerte del esclavo
Milcíades. Es algo que le costaría una dura sanción y
menguaría gravemente su bolsillo. Y pondrá en tela de juicio,
también, su capacidad para guiar las labores del campo.

Aníbal es delegado, con mucha frecuencia, para dirigir
trabajos pesados, pues su severidad y conocimiento le
permiten resultados satisfactorios. Por ello, y por el exagerado
castigo impuesto a Milcíades, aceptar un error suyo sería
equivalente a decir que aquella muerte era previsible; y por
ello mismo, premeditada.

Aníbal sugiere a Dembá un trato razonable: tarde o temprano
será azotado. Por cualquier razón su espalda se deberá
descubrir y él deberá postrarse contra el tronco. Es lo normal.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Un azote es tan corriente como respirar. Hace parte de la
larga fila de castigos que reciben los negros, pues los castigos
se corresponden con una larga fila de prohibiciones. La vida
misma está prohibida a los negros del Valle; por ello, el látigo
encabeza el lugar ocupado por los vejámenes dentro de las
técnicas de coacción.

Dembá puede recibir cierta benéfica interpelación por parte
de Aníbal cuando las cosas se pongan feas, con lo cual su
próximo azote será de facto menos cruel o tal vez se libre de
él.

Al acabar la tarde Dembá ha asegurado al amo que el
anciano remató a Milcíades luego de accidentarse en el río,
pues llevaban horas en una sutil refriega de comentarios
ofensivos. Según las versiones de Dembá y Aníbal, el asunto
no era motivado por otra cuestión que la hija del anciano, a
quien Milcíades pretendía.

El anciano nunca pudo defenderse. Fue escuchadocon
desinterés mientras el amo pensaba, con su cabeza distraída
en los detalles, la intensidad del castigo que recibiría por
hacerle perder uno de los trabajadores más eficientes.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Los azotes estaban decididos por descontado. Duplicar sus
jornadas de trabajo podría funcionar. Aunque el foso no era
mala idea. Ya miraría si en la próxima cosecha ganaba para
comprarse una media docena de negros junto con algunas
tierras en el piedemonte de la serranía que los esclavos
deberían ayudar a adecuar para cultivar algunos árboles
frutales.

El amo ha hecho su elección: le esperan un fuerte azote y
una semana en el foso. Luego de ello deberá trabajar el
doble hasta que muera de cansancio o de hambre. Da
igual.

Es de noche. La familia del anciano se lamenta de la
crueldad del castigo en su retirada choza. A los esclavos
mayores rara vez se les somete a tal crueldad pues a pesar
de todo, se considera que han aportado a la hacienda
demasiado trabajo no sin poco esfuerzo: son frágiles y les
aguarda una muerte próxima. Se les trata con cierta
indulgencia, como si hubieren alcanzado la edad de
jubilación.

Sus dos hijas lloran, su hijo mayor jura entre dientes una
venganza y su esposa gimotea calmadamente; pues aunque

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

no le ama y detesta su terquedad, solo está acostumbrada a
él, y sabe que difícilmente sobrevivirá a esto.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, se da rienda suelta
al azote. El primer rayo del sol adorna la espalda del anciano
y su familia debe observar el castigo que ha sido impuesto
frente a su propio rancho. La sangre brota de su cuerpo por
entre un par de aberturas que muestran en el fondo algo
blancuzco que parece una costilla y la carne del hombre
desplomándose al suelo en estado de shock.

Luego dos sujetos inmensos le arrastran sin dificultad, colina
abajo y le introducen en el foso. Su esposa desesperada logra
lanzar adentro de aquella celda una hogaza de pan y tanto
el azotador como sus dos ayudantes lo permiten pues saben
que ese mínimo acto de bondad no hará daño a nadie.

Dos de ellos se han conmovido con la manera como el
anciano ha recibido el castigo: sin chistar; lanzando apenas
un quejido tenue ante cada impacto recibido y un gesto de
desgarrador y profundo dolor acompañado de un sudor
profuso y asfixiante.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

No más estar encerrado a oscuras pero bajo el abrazador
impacto del sol, las heridas paran de sangrar y abiertas se
convierten en el nido de una infección que le devorará
rápidamente junto con la sed y unas ganas infinitas de no vivir
más.

Cinco días más tarde Dembá se habrá convertido en
cómplice activo, aunque silencioso, de la injusticia que ha
llevado a dos asesinatos.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

5.

¿Acaso puede ser cierto que el demonio exista? Se pregunta
Dembá, atemorizado por su influjo, una noche, perdido entre
lo más profundo de sus pensamientos. Ha sido instrumento y
testigo de dos actos horribles en apenas un par de días. Quizá
debiera auxiliar al anciano en el foso… llevar agua a
hurtadillas durante la media noche aún a riesgo de ser
descubierto y castigado seriamente. El capataz no cumpliría
su palabra de atenuar el castigo. Todo lo contrario. Si se
hubiese negado a acusar a aquel hombre por la muerte de
Milcíades, al cabo de pocas horas habría sido víctima de un
frugal azote. No importa la razón: el capataz la habría
inventado sin dilación.

¡Pero son tantos los personajes a los que el coraje no les va! Y
Dembá es uno de ellos. No puede, ni aún desde lejos,
contemplar la posibilidad de cometer un acto heroico. De
hecho, eso mismo sería, per sé, un pecado. No uno de

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

aquellos pecados menores y pintorescos que las personas
suelen cometer, a hurtadillas, colándose por la trastienda de
la cocina para galguear alguna cosa dulce. Sería un
pecado cruel y digno de castigo divino. Un pecado consigo
mismo. Un error que le llevaría de inmediato al patíbulo.

Así que apenas pusiera un pie en el inmenso terreno donde
se encuentra el foso, su suerte estaría echada. No duda que
le sorprenderían de inmediato y acabaría con su sangre
secándose bajo el sol.

Así que la tercera gran culpa absurda que le carcomerá
silenciosamente por dentro, será esa: la omisión; no mover un
dedo en favor de aquel hombre viejo al que ayudó a llevar a
la muerte.

Pasados los días, y para su desgracia personal, Dembá tuvo
que ver luego cómo sacaban el cadáver fétido del foso
mientras trabajaba en la jardinería del solar contiguo.

Uno de los ayudantes del capataz Aníbal debía, como todas
las mañanas, arrojar un balde de agua fría sobre el techo
del foso para que el líquido se filtrase mojando al pobre reo.

44
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Pero al ir hacia allí, parándose encima del enrejado, reparó
en un olor diferente al normal, colmado a heces y orín.

El cuerpo fue arrastrado fuera. Dembá trató de no darse por
enterado. Su mente se evadió a las orillas de una región
extraña en la cual los sujetos suelen basarse en excusas de
todo orden para explicar sus actos. Pensó en por qué no fue
del todo malo aquel asesinato, e incluso alcanzó a discernir
que de hecho no era un asesinato, pues cuando un blanco
quita la vida a un negro, no puede tratarse como tal… Es
como si la cocinera fuese juzgada de asesinato cuando
tuerce el cuello de una gallina contra su muslo, para echarla
luego a la olla... ¿Acaso no son ellos, los amos y las criadas
quienes permiten a los esclavos y las gallinas vivir tanto como
sea necesario?

Sobre la tarde, a eso de las seis, que es la hora cuando los
exhaustos negros se van a descansar, una pequeña
procesión fúnebre llevó a hombros la mortaja del anciano. Le
soltaron sobre un planchón improvisado para que flotara
sobre el río y le llevara pendiente abajo. Algunos hombres
tuvieron que sumergir sus cuerpos hasta la cintura pues unas
cuantas ramas y una roca detuvieron su partida. Parecía que
no quería irse, cual si deseara sentarse a escuchar cada una

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de aquellas frases que un cántico espeso, medio alegre y
medio triste, lanzaba resignadamente al aire brillante y cálido
de la rivera, envolviendo en sus rizos la tristeza resignada de
un pueblo torturado eternamente.

La hacienda es tan grande que en ella conviven familias
enteras que apenas sí se tocan. No hay indígenas. Como
siempre, fueron resguardados debido a la pretensión
generosa de los blancos, de atribuirles un alma. No es que
sean más débiles que los negros. Si lo fueren, serían a lo
menos alimañas de pastoreo, listas para ser azotadas por
cualquier capricho.

Los indios tienen algo parecido a un alma. Es como un alma
infantil. Un alma chiquita. Como la de los niños, quizá. Por eso,
en la hacienda hay de todos los tipos posibles de negros. Muy
negros unos, no tanto otros. Llegados algunos de ultramar,
nacidos en la hacienda los más. Grandes y fuertes, pequeños
y debiluchos. Hombres, mujeres, ancianos. Todas las clases de
negros viven aquí, compartiendo la mansedumbre de una
esclavitud que les agobia, pero que les ata con un grillete
silencioso que se ha alojado en su propio corazón.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Los blancos odian en la profundidad de su ser a los negros.
Por eso no se han limitado a conquistarles… también les han
hecho sus mascotas más íntimas, buscando a toda costa que
cumplan sus caprichos. Esclavizar es un acto de humillación
que invade aquello más preciado de todo ser humano: su
cuerpo. Lo único que le queda luego de perder su paisaje y
su familia.

Pero en esta hacienda la cosa ha mutado. No porque sea
diferente a las demás haciendas del valle y en general de
todo el sur de la república. Es solo que los negros ya no se
saben esclavos. Ya no luchan más. Conviven unos junto a
otros como si se tratase de una comunidad plácida, en la
que morir cocinado en el foso fuera apenas natural.

Dembá escucha a lo lejos los cantos. Si pudiera decirse de
manera un tanto diferente, Dembá es un negro diferente
pues en el fondo de su corazón percibe la insatisfacción de
la injusticia. Nadie disfruta de los azotes, claro; pero para
Dembá aquellos hechos le han dejado en un estado de
inconcebible molestia interior.

Pareciera como si algo le martillase por dentro. Como si su voz
interior hablara en una especie de lengua originaria,

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

acusándole de traición. Como si se supiera esclavo por el
hecho de haber participado en la injusticia. ¿Acaso debe
colocarse del lado del capataz y aceptar las cosas tal y
como se le presenten?

Dembá lo sabe: un revuelto confuso entre tristeza, decepción
personal y culpa, le abraza. Todos esos sentimientos deben
contrarrestar las justificaciones más simples: “es demasiado
viejo… igual moriría más pronto que tarde”, “ya no era bueno
para el trabajo duro”, “estorbaba más de lo que ayudaba”,
etc.

Las pasiones internas de Dembá se amalgaman. Una bestia
pequeña con una voz incandescente alardea de su astucia.
De su capacidad de silencio y su palabra en el momento
preciso. Nadie en aquellos campos, valles, riveras y colinas
puede preciarse de un acto más simple y voluminoso.

Dembá se recuesta sobre su estera. Sus brazos se cruzan tras
de su cabeza sirviendo de almohada. Sobre el tapiz negro de
su habitación, colándose por las rendijas de las paredes de
paja, aún se aprecian las distantes estelas de las antorchas
funerales que ya retornan del río hacia las chozas en las que
escupirán su último brillo, levitando de la mano de

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

acongojados hombres. El verdugo silencioso intenta conciliar
el sueño.
En los rincones de su ser, allá adentro donde la conciencia se
granjea su verdadera dimensión, Dembá resuelve el dilema
implícito de una vida en sufrimiento. Callar o decir, solo como
expresión de su instinto más elemental: la supervivencia.

49
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

6.

Los funerales son ritos y solo eso: ritos de despedida. Ritos en
los que la mano temblorosa de un ser adolorido se estrecha
con la mano insustancial de un ser que ya no está.

Luego, la rivera empieza a tender una distancia implacable
con las aguas profundas, como si aquello materializase el
símbolo más funesto de todos: la pérdida paulatina de la
memoria, hasta convertir al difunto en una especie de
abstracción distante de la que apenas sobreviven imágenes
difusas y situaciones inconexas que los suyos pronto dejarán
de citar.

El anciano, mecido por las aguas, abrió sus ojos en medio de
la penumbra. Se sentó sobre su planchón con el fin de
observarse a sí mismo. Miraba cómo su carne fría empezaba
a florecer con pétalos blanquecinos que se movían como
presa de un dolor silencioso: como si la vida fuera un fiasco

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

tormentoso. Observó sus manos firmes y huesudas, sus piernas
delgadas y un par de heridas en el costado por las que
brotaba un par de líquidos: uno acuoso y rojizo y otro espeso
y color hueso.

Observó cómo las costillas se marcaban en su costado…
apreció la flacidez de su pecho y la delgadez de sus brazos.
Se miró con cuidado reparando en cada detalle de sí mismo:
los pómulos remarcados, los labios delgados y cuarteados,
los ojos profundos, la nariz ancha.

Luego de verse, por entre aquella manta que le rodeaba
como si fuera un santo dejando tan solo ver su rostro pálido,
miró hacia la orilla. Allí estaban todos: niños, mujeres, hombres
y ancianos.

A un lado, un grupo conmovido lanzaba flores al río. Escuchó
los cantos de un coro milenario que despedía su cuerpo
como si estuviera festejando la bendición de la lluvia en la
estepa. Como si el león rugiera para sellar el influjo de la vida
con un anuncio de ira.

Pudo escuchar una a una las voces que le despedían. Una
era temblorosa y suave, tratando de corear con cuidado lo

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

indecible: su hermano. Había nacido con él y por culpa de la
buena ventura no se habían separado nunca. Escuchó otra
voz, infantil y juguetona que al parecer trataba de
sintonizarse con la indignación colectiva: su nieta de tres
años.

Y así, una a una, pudo escuchar las voces que le despedían
mientras el río le suspendía sobre sus aguas. Las aguas tibias
del milenario río que recorre la nación incansablemente, que
le acariciaban mientras permanecía sentado sobre el
planchón de madera, observando su carne inerme tendida
boca arriba.

Las aguas lo llevaron por un paraje indecible. A ambos
costados pudo ver las orillas que conducían la corriente,
floridas y reverdecidas. Las aves cantaban y jugueteaban de
rama en rama y los aromas de todo cuanto crece a ambos
lados, se colaban por entre el espacio de las anchas aguas,
sacudidos por la brisa.

Los últimos rayos de sol se alejan hacia el espacio tocando
con pereza las cimas de una distante serranía. El anciano
permanece atónito, consciente de su ser completo, aunque
sin racionalidad. Es como si no pudiera entender todo ello:

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

haberse librado de la esclavitud, haberse librado de los
azotes, del sufrimiento, de la tortura y del miedo.

Ha dejado atrás a su familia, a los suyos, una manada de
negros que le recordarán tal y como le vieron la última vez,
reinventando un pasado que les hará decir cosas maravillosas
sobre su existencia, al menos mientras tengan tiempo para
recordarle.

Seguirán siendo esclavos; pero para el anciano ya no
importa. Con el último gramo de sudor pagó la cuota final de
un sufrimiento ineludible y ahora podrá descansar vagando
por ahí, a la espera de que los dioses le tomen de la mano.

El firmamento se luce de gala. Un traje carente de impudor
desnuda la bóveda y ofrece un espectáculo de brillos que se
agrupan a lo largo de una columna centelleante de lucecitas
de muchos tamaños que recorren el firmamento de un lado
a otro.

El anciano coloca sus pies dentro del agua y descubre que
no percibe calor ni frío. Apenas una leve resistencia que
revela su materia insustancial. Decide descender del
planchón para despojarse de una carne pútrida que ya no le

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

pertenece. Al hacerlo se hunde dentro de las aguas, pero no
es arrastrado. Desciende suavemente hasta tocar el lecho y
camina cauto como si flotara sobre un algodón viscoso. Se
dirige hacia la orilla. Varios peces le atraviesan como si fuera
una ilusión, y el los observa con la naturalidad de quien ha
perdido el miedo a todo, luego de padecer una vida entera.

Al llegar a la orilla el agua desaparece de su piel,
inexplicablemente, pues no se ha mojado. No puede mojarse.
No puede impregnarse de materia aquello que carece de
toda materialidad. Camina por entre un bosque y se funde
atravesando sin dificultad las enramadas, los insectos, la
hierva y hasta el grueso tronco de un árbol.

Por primera vez se enfrenta a la realidad de su irrealidad. No
tendrá que trabajar ni padecerá de hambre. Carecer de
cuerpo le ha librado de todo ánimo instintivo o de cualquier
impulso físico. Ya no existen las necesidades ni los peligros de
la carne.

Al sentarse bajo la luz del infinito cúmulo de estrellas, una
noche sin luna, decide que tras una vida ocupado por los
efectos de las cosas externas, ahora podrá dedicarse a
escudriñarlo todo por dentro.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Quizá le lleve toda la eternidad saciar sus curiosidades
infantiles alrededor del mundo, pero le alcanzará
infinitamente la paz interior que solo le lleva a sentir tibieza
sobre sí, como si le rodease un clima perfecto. Mientras tanto
hará su hogar en el interior de un árbol al que ha decidido
llamar Milcíades.

Ha pasado la noche entera; un murmullo de voces le saca de
sus pensamientos y se ve obligado a asomarse fuera del
tronco de su árbol para ver qué sucede.

Al asomarse desde el interior, robusto e inmenso, el sol de la
mañana le sorprende. Frente a su hogar, un hombre mayor
lanza gemidos, cantos y ruidos, tratando de visualizar un
mundo que no le pertenece; ambos se miran fijamente a los
ojos.

Al anciano brujo aquel quien tiene el poder extraño de
escudriñar la mirada suya, como si ya no estuviese muerto, le
acompaña un grupo de personas, quienes con una señal
suya se acercan al árbol para dejar un montoncito de fruta y
carnes exquisitamente preparadas.

55
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

El alma cauta y pacífica de aquel árbol, trascendiendo más
allá de su vida material, luego de haber pasado largos días
que ni siquiera pudo percibir como una sumatoria de tiempo,
ha recibido por fin la primera ofrenda de su familia.

Mientras aprecia aquel primer acto de añoranza de los suyos,
el anciano piensa que no basta con que el bien se expanda,
para que el mal ceda terreno. Solo basta con que el acto
malvado sea olvidado, para que el mal se expanda; porque
recordar lo bueno es menos lucrativo que olvidar lo malo.

La maldad es una forma silenciosa de obtener lucro. Solo
hace el mal quien se beneficia de ello, mientras que la
bondad presupone valores que no siempre resultan
lucrativos. El malvado azota, tortura, empala y asesina, ante
el horizonte personal de una satisfacción que poco tiene que
ver con el beneficio recibido por parte de quien decide
inclinarse hacia el bien, de manera desinteresada.

Los únicos seres por naturaleza proclives al poder son los
hombres. Y por lo general, los actos malvados implican per sé
una retribución de poder, un saldo a su favor y en desmedro
de la víctima. Las víctimas deben ser condenadas al olvido,
tanto como la crueldad de las afrentas propinadas a su

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

carne, pues gracias a ello el poder se perpetúa. Promover el
olvido de la maldad es una estrategia que arrastra a la
víctima hasta el absurdo de sentirse culpable cada vez que
pone en tela de juicio los actos de su victimario.

Los súbditos dudan de la maldad real, los siervos de la
maldad de su señor y los esclavos de la maldad del amo,
porque han olvidado los actos malvados que les han sido
propinados y por ello, han olvidado que el poder que unos
han obtenido descansa sobre una resbalosa senda,
adoquinada con los huesos y bañada con la sangre, de sus
víctimas.

Por eso, cada mendrugo de pan que el esclavo recibe es
como una bendición que borra los dolores de una vida de
limitaciones. Como si esa prebenda sirviera como el mejor
paliativo para anular la memoria.

Dembá, por ejemplo, ha olvidado su ancestro porque la cruz
se ha instalado en sus huesos y le hace sentir cómodo. A su
corta edad desconoce el pasado común que le ata a los
suyos y por desgracia considera paganas las costumbres de
sus semejantes. Durante días escucha a lo lejos, distanciados
de la naturaleza artificiosa de su alma, los pagamentos que

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

la procesión lleva hasta el árbol del viejo. ¿Cómo puede
alguien habitar dentro de un árbol? Mucho menos podría
devorar las viandas que le llevan cada día; menos aún,
podría venir hasta su choza a vengarse.

La operación mental del verdugo le lleva a pensar en su
silencio como el mejor de los dones y en su palabra como la
mejor de sus armas.

La inmensa hacienda limita con otros terrenos. Sin embargo,
más allá de ella solo existe un ojo furtivo que aceche en
busca del pecado. Dembá sabe que está a salvo mientras
permanezca en aquella tierra pues afuera podría ser
embestido por un infortunio inconcebible.

La venganza del anciano es un evento improbable, pero su
propio Dios, piensa Dembá, tarde o temprano le cobrará
aquel acto.

“Moriré en las aguas de un río –piensa Dembá–, arrastrado
por las corrientes sinuosas mientras mi carne es golpeada con
fuerza contras las rocas, hasta parecer una masa informe. O
quizá seré devorado por una fiera que me quitará solo un

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

poco de mi aliento, y veré luego cómo de mi vientre son
extraídas mis vísceras”.

Se siente atrapado. No por los hombres. Ni tampoco por las
creencias de los suyos. Su cárcel es la certeza que tarde o
temprano la divinidad cobrará su pecado.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

7.

–No basta con acercarse a un sujeto y decir: “estoy
arrepentido”. Así es como los blancos se perdonan unos a
otros y luego salen a sonreír como si nada hubiera sucedido.
–Es cierto –su voz es de tristeza, pues aún no logra deshacerse
del estupor causado por la muerte del abuelo–. Pero… ¿Qué
puede hacerse? Somos negros, somos una cosa diferente a
los blancos, y aun así ellos nos imponen su justicia. Y él, negro
como el que más, actúa amparado en un dios que no le
pertenece.
–¿Crees que el amo le considera cristiano?
–No del todo. Pero sí está más del lado de los blancos. No
hubiera dicho aquello y el abuelo estaría aún vivo. El capataz
le mira con indulgencia.
–Y sin embargo falta aún demostrar si esa injusticia podrá ser
olvidada.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Lo será… tenlo por seguro. El martirio de los nuestros es tan
profuso que al primer látigo zumbando aquello quedará en
el pasado. Cada día trae su tortura. ¡Traidor!
–Lo siento mucho; debemos evitar que eso suceda… busca
algunos huesos, el ave que te he pedido y las demás cosas:
haremos que el alma del asesino purgue.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

8.

Anoche, la choza de Dembá ardió en llamas. Los perros
salvajes aullaron en medio de la selva, conmovidos
instintivamente por el aroma del fuego, como
comunicándose unos a otros el peligro que aquello fuese una
debacle que podría extenderse a lo largo de toda la
espesura.

El anciano abandonó su estado de reposo, que ya llevaba
unos días ocupándole, abstraído en la anatomía interior de
un insecto que siempre le pareció admirable, empujado por
aquellos sonidos lastimeros. Asomó su cabeza en medio de la
oscuridad, hacia las afueras de su leñoso hogar. Solo pudo
percibir una profunda oscuridad amainada por un cielo
encapotado que apenas sí permitía apreciar la presencia de
los astros. No percibió nada que le indicase la razón de
aquellos lamentos arrojados por los canes.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Levitó decidido sobre la manigua circundante a su hogar. Y
al hacerlo, percibió las sombras de otros espectros que como
él abandonaban los árboles en busca de una explicación a
aquel barullo distante. No le importó saber que estaban allí
con él. Era como si hubiera perdido aquel obtuso instinto
gregario que le había movido la vida entera, pero a
sabiendas que una extraña conciencia común se extendía
entre ellos, haciéndoles de alguna manera uno solo.

Se elevó un poco sobre el suelo y pudo moverse como si
flotara, a gran velocidad, hasta aquel lugar, distante y
perdido en la maleza, en el que una hembra dejaba
escapar su chillido.

Afuera de su guarida, sentada en actitud celosa, aguardaba
la calma la respuesta de los suyos, olisqueando con afán
mientras sus crías chillaban dentro de su foso de tierra bajo
las raíces de la maleza.

No podía ver a su visitante curioso, pero le percibía. Y él,
gracias a la actitud de la perra, pudo comprender de qué se
trataba todo aquel barullo. Intentó acariciarla como para
decirle que todo estaría bien, cosa que ella no pudo percibir
sobre su piel, y sin embargo dejó de prestar atención a tanto

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

ruido, para retornar a la tibieza de su lecho y esperar el
amanecer junto a sus crías.

Dembá ha escapado de las llamas, pues el fuerte olor de los
ramales del techo cubierto en llamas, le despertó. Alrededor
de su modesta vivienda varias familias alarmadas por el olor
también se pusieron de pie; y al salir Dembá, horrorizado
pues casi muere asfixiado, los rostros de los suyos le miraban
con indiferencia.

Nadie movió un dedo para auxiliarle. Nadie. Dembá rodó al
salir y por un segundo gritó pidiendo auxilio. Al ver los rostros
enajenados de una muchedumbre que poco a poco se
reunió para ver arder su rancho, comprendió que apenas era
el comienzo de un martirio propinado colectivamente.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

9.

–Solo hay una solución para este asunto, negro Dembá.
Deberás volver a las labores de la casa y rehacer tu cobertizo
más cerca para que no te maten. Sin embargo no te
preocupes: has hecho lo correcto; lo que un buen cristiano
haría; así que aquellos negros paganos no podrán tocarte.
¡Manos a la obra! Por ahora ve al sótano y prepara un poco
de betún para arreglar los cueros de los aparejo y las sillas
montar. Luego a la cocina. Ayudarás a preparar el almuerzo
de los trabajadores. ¿Creíste acaso que en esta hacienda
sobran las manos?

Dembá se retiró del despacho y al cruzar acelerado el umbral
de la puerta tropezó con Antonia, la hija del amo.
Horrorizado, pues recordaba que ella había sido la causa de
muchos azotes y castigos crueles que había sufrido durante el
servicio prestado anteriormente a la casa, rehuyó mirarla y
lanzó un tímido aliento que dejaba adivinar cierta disculpa

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

enredada con la saliva de un parlamento envuelto en el
miedo.
Antonia no volteó a mirar. Ni tan solo aún se molestó un poco
por aquel sutil empujón que accidentalmente acababa de
recibir. Las cosas han cambiado demasiado desde los años
de su infancia. Entró al despacho de su padre revisando una
libreta que contenía innumerables notas que daban cuenta,
día tras día, de los asuntos de la casa.

Una vez frente a su padre, descubrió que algo extraño
perturbaba el aroma normal del despacho; al habitual
revuelto entre sudor de negro, disgusto y miedo, se sumaba el
aroma a leña ahumada que Dembá acababa de dejar tras
de sí.

Minutos más tarde Antonia, encargada de los asuntos
domésticos, disponía todo lo necesario para acoplar a
Dembá a las labores de la casa y para que recibiera un baño
formidable que le arrancase ese aroma detestable a leño
humeante y le devolviera su natural olor a esclavo.

Antonia, jovencita dispuesta a casarse con cualquier hombre
blanco que llenara sus expectativas y las de su padre, pudo
ser indiferente a Dembá: a sus empujones, a su aspecto de

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

joven asustadizo, a su espalda recta y ancha, a su color
uniforme y a los pegotes de mugre que escapaban de su
cabello, cayendo a la tina mientras las negras de la casa le
bañaban no sin poco asco. Todo ello fue para ella un
espectáculo rutinario que permaneció en segundo plano
mientras escogía la ropa apropiada para que no pareciera
un vulgar jornalero sino un criado de la mansión.

Sin embargo, poco pudo hacer cuando Dembá se puso de
pie sobre la tina para ser secado cuidadosamente por dos
matronas que le trataban con brusquedad y desdén pues ya
todo lo habían visto sobre la faz de esta tierra azotada
cruelmente por los mortales.

Antonia descubrió que Dembá no solo poseía un rostro
sutilmente diferente al de los suyos, cosa que le hacía lucir
especialmente interesante ante sus ojos; también se percató
de sus atributos que, a la edad de Antonia, innegablemente
podrían despertar más que curiosidades anatómicas, para
intentar responderse ciertas preguntas intrépidas a cerca de
la interracial mecánica reproductiva.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

10.

El miedo de Dembá es igual a la suma de todas las
supersticiones que llevan a cuestas los negros del campo: un
miedo frío y quedo que parece subir por sus carcañales y
revolver su estómago hasta instalarse en lo más profundo de
su pecho.

Dos semanas, desde que recibió la primera orden de vuelta
en la casa, no han bastado para disipar el odio que profesan
hacia él los hombres y mujeres de los cultivos de caña y
algodón.

Aunque la servidumbre de la casa está domesticada con la
fe de los blancos, los criados no dejan de tener ciertos
temores que se esconden en el inconsciente dando espacio
a las supersticiones. No sucede diferente con Dembá. Evita
salir de la casa durante la noche. Ya lo tuvo que hacer una
vez para revisar si los perros estaban atados apropiadamente

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

y el horror lo carcomió, pues imaginó que los muros que
rodean la gran casona eran derribados por un hombre
muerto traído de nuevo a la vida para que le devorase.

Sin embargo, las cosas horrorosas suceden a plena luz del día.
Uno de los hombres del campo fingió necesitar con urgencia
una venda, por lo que pudo ingresar a la enfermería; la
enfermera ató con fuerza aquel trapo alrededor de la pierna
del negro, que después se escabulló cautamente por entre
los recovecos de la casa, tan solo para acercarse a Dembá y
lanzar un huevo pútrido contra su humanidad: pocas cosas
pueden ofender más a un negro que las agresiones sutiles;
Dembá sabía que aquel incidente era una muestra
ritualizada de odio; una demostración del deseo colectivo
por asesinarle.

Dos semanas, y tres incidentes como aquel le han dejado
claro que un inducido infortunio le eliminaría si tan solo se le
diese una silenciosa y solitaria oportunidad.

El amo lo tiene en la casona tan solo porque evita perder un
esclavo más. No puede permitirse una matanza, pero espera
que en algún momento los odios se disipen. Ya se ha dicho: la
maldad debe su prolongación al olvido que las personas

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

sistemáticamente arrojan sobre los actos injustos, así que
tarde o temprano la muerte del anciano y el papel que
Dembá cumplió en todo aquel asunto, serán cosa del
pasado; nadie querrá mancharse las manos de sangre por
ello.

Sin embargo, esta vez, las cosas no son tan simples… Al
cobijo de la comunicación sutil y silenciosa de los negros,
trozos de hueso, ave y cabello y cuanta sustancia
inimaginable hay en el reino de los hombres, fue acopiada
poco a poco para consumar un hechizo; no con el fin que
un mal de ojo azote a Dembá, o que una fiebre misteriosa
similar a la malaria le haga alucinar con su propia muerte.

Todo ello fue hecho con la única finalidad que la muerte del
anciano no fuera olvidada. Para que nadie pudiese borrar de
su memoria aquel acto sanguinolento ni la innecesaria
delación protagonizada por Dembá.

Pasarían años: nadie recordaría a Milcíades y su cráneo
aplastado bajo el agua. Aquello será como un mal sueño que
a veces retornaría para asustar a los niños durante veladas en
las que los adultos dejarán salir de entre sus labios narraciones
extrañas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Sin embargo, el nombre de Dembá y los zumbidos del látigo
cayendo hasta abrir la carne de un hombre indefenso al cual
le condujeron a la muerte en el foso, no se borrarán hasta ser
necesario: hasta que la afrenta sea cobrada.

Como una pesadilla, aquel conjuro irá conquistando los
sueños de los negros de la hacienda. Les costará trabajo
conciliar el sueño, sentirán como si alguna voz les hablase
pidiéndoles vengar la afrenta que ha recibido la familia del
anciano.

Entre tanto, pareciera que la vida discurre de manera
tranquila. La mañana es cálida y el aire abraza a todos con
esa tibieza asfixiante que desearían espantar mediante
cualquier truco: un vaso con agua, un abanico improvisado,
quitarse la camisa, mojarse la cabeza… Al medio día estarán
todos desesperados.

Afuera, en los campos, el panorama pinta enloquecedor;
¡Hay tanto trabajo por hacer! Los capataces querrán
escapar cuanto antes del calor, por lo que llenarán el aire de
improperios y órdenes sin parar, con el único fin que los
negros terminen su labor cuanto antes.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Por el contrario, al interior de la Gran Casona pareciera que
hoy reina cierta calma; no se para de trabajar. Pero, a pesar
de la hora, la señorita no ha salido a los pasillos a impartir
órdenes a diestra y siniestra, pues se encuentra
particularmente ocupada en sus asuntos privados. Es como si
el miedo colectivo a una fiera que acecha día y noche,
atenta a atacar por la espalda, se hubiera disipado hoy, y
todos pudieran moverse con menor rigidez,
desprendiéndose del miedo colectivo a los intempestivos
arrebatos de ira de la señorita ama.

Dentro de la Gran Casona la palabra “señorita” es más
común que la palabra “amo”. Resuena como un eco que
recorre cada centímetro de las paredes, reptando por entre
los muebles, encaramándose sobre los retablos de los santos,
paseándose bajo las enaguas de las mujeronas blancas y
escondiéndose dentro de una inmensa tina de baño que se
halla en el centro de la habitación de Antonia.

Es como una amenaza silenciosa, el símbolo quedo y pertinaz
que en cualquier momento, una negra acusará a otra de
hacer mal sus labores y un castigo cruel vendrá a cobrar el
despropósito.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Es una palabra que acecha, se arrastra y conspira. Sirve de
sombrero y asiento. Marca la línea entre la ama y la esclava,
y delimita el territorio sagrado entre la obediencia y el
mandato.

Es una moneda de cambio. Al ser pronunciada retumba
como amenaza y logra apaciguar iras o despertar la furia de
los más cautos.

Antonia prepara su tercer viaje a Bacatá. “No sé por qué
extraña razón los sureños amamos cuanta cosa anticuada
existe” protesta ella, mientras la mucama negra le observa
pelear con el pequeño equipaje de mano forrado en cuero y
adornado con gruesas hebillas, mientras organiza las prendas
que Antonia lucirá luego de recibir su baño.

–En las ciudades del norte no necesitas que una negra te
acerque tinajas con agua fresca. Ella brota por entre una
tubería y uno se la echa a voluntad.
–Ha de ser porque en el sur amamos las tradiciones, señorita.
–¿Las tradiciones? –pregunta Antonia– ¿A qué le llamas tú
“tradiciones”?

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–A honrar a Dios, respetar la familia y vivir en el campo según
las reglas de nuestras costumbres, señorita.

Antonia acaricia sus pies y revisa el estado de sus uñas, aún
mientras el agua permanece aceptablemente fría. El clima es
bochornoso. El aire caliente se enrosca como una serpiente
exprimiendo la paciencia del más resistente. La ama cavila
alrededor de la respuesta de su criada.

–Dime una cosa, María, ya que estás tan convencida de las
tradiciones y todas esas cosas: ¿Crees que tener esclavos a
los que les negamos la propiedad de ser humanos, es una
tradición? Quiero decir: ¿no será acaso la más importante de
nuestras tradiciones?
–Estoy segura, señorita, de que si así es, ha de ser porque así
ha sido siempre.
–Te entiendo: claro que siempre ha sido así, María…. Me
pregunto: ¿Cuántos negros tuvo Nuestro Señor a su servicio?

María se siente contrariada. Decide responder aquella
cuestión frunciendo sus hombros y pensando que tal vez
aquel ser mítico que toca todo con su persistente
omnipresencia fuera negro; y que al liberarse de los blancos
hubiera transmutado en blanco para significar que los negros

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

podían ocupar su lugar. Pero inmediatamente se siente
víctima de pensamientos blasfemos y se persigna.

Antonia no desiste:

–Tu silencio me abruma… ¿Cuánto es tu paga María?
–¿Descontando los gastos de mi estadía, señorita?
–¡Si, si, si! –Replica molesta Antonia– ¿Cuánto te queda de
todo eso?
–Cero Ϩps, señorita. Mi paga es exactamente lo que cuesta
mi estadía en la casa.
–¿No es interesante que un soldado del imperio ganase más
por clavar la lanza en el costado de Nuestro señor?

Antonia mira desprevenida sobre su hombro para rastrear la
expresión de María. Ella está paralizada. No sabrá jamás
cómo responder a tal inquisición. Ante la expresión de María,
Antonia sonríe solo para que su mucama le vea. Con esto la
confunde aún más.

Sale de la tina y un cuerpo de tela rebosa su figura, con la
ayuda de las temblorosas manos de María. La pobre esclava
está al borde del colapso: teme a Antonia más que al más
fiero de los capataces, aunque no sabe por qué. Y teme que

75
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

aquella conversación sea un anuncio de violencia
desmedida.

Aquello de la paga es un eufemismo que se repite cada mes
tan solo para propagar la creencia que el trabajo de los
criados es valorado de alguna manera, por encima del de
los hombres y mujeres que trabajan fuera de la Gran Casona.
¿Por qué habla de su paga cuando los esclavos no reciben
ni un céntimo de Ϩps por lo que hacen? ¿Acaso trata de
acusarla de robo?

María trata de huir. Sus nervios están a punto de colapsar. Ya
se ve con su ropa raída mientras el cuero hecho girones
zumba por entre los aires del patio y rasga su espalda. No
queda, de hecho, un solo lugar en su espalda por el cual el
látigo no haya pasado.

Antonia solo juguetea: su viaje en tren hasta Bacatá le llena
de emoción, aunque deba soportar primero un tortuoso
trayecto en un carruaje.

Los sureños, tan ortodoxos en sus costumbres y metódicos en
sus prácticas miran aún con desconfianza el tren. Lo miran
con la misma desconfianza que a los cambios, las ideas

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

novedosas y las herramientas demasiado sofisticadas. Pero lo
toleran porque es la única manera de comunicarse con el
resto de la República.

En el caso de Antonia, no es que dude del todo de las
tradiciones sureñas; tan solo no cree en todas ellas. María
encuentra la excusa que necesita para huir de la habitación
y escapar a sus miedos. Antonia le ha pedido que traiga sus
maletas de viaje...

–…Esta mañana las he dado al negro Dembá para que las
cepille; dile que me las envíe.

María llega hasta la puerta, presa de los nervios; al retirar el
gozne su sonido metálico retumba anunciando que a
continuación las bisagras chillarán y la luz de la mañana
entrará revelando las minúsculas partículas de polvo que
inundan la habitación de la ama Antonia.

–Mejor, María… –La esclava se detiene sosteniendo aún la
puerta, sin salir de la habitación, y mira con miedo– Ocúpate
de prepararme un buen desayuno y dile a Dembá que me las
traiga personalmente… quiero saber cuántos azotes puede
merecer si no ha dejado impecable el cuero.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

María se retira… El alivio de su huida le llena de tranquilidad.
Al salir al patio interior encuentra a Dembá sentado junto a la
cocina apretando las correas de una de las maletas de
cuero, pues fue necesario retirarlas para que el cepillado
fuera uniforme. Con una seña y dos palabras queda enterado
del llamado de la ama Antonia. María le mira con algo de
rudeza.

Dembá recoge las dos maletas que ya están terminadas y
empieza un viaje que le enseñará un paisaje inesperado:
sinuoso, blanquecino y limitado por precipicios de un sabor
extraño.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

11.

Dyembe es robusto y fuerte. Su estatura es mayor a la de la
mayoría de los negros de la hacienda. Él es el pago por una
deuda que don Ramiro Acosta supo negociar, cuando ya
estaba casi echada a perder. La paga se acordó en
especie, luego que su contraparte mostrara cierta laxitud a la
hora de hacer efectivo el reembolso en dinero.

Así que don Ramiro Acosta aceptó la visita de su compadre,
el hacendado don Martín Blanco, como una cortesía
necesaria para entregar la paga en especie.

Dyembe llegó una tarde mientras la gallina más gorda del
corral privado era despescuezada para hacer el almuerzo de
cortesía que Acosta ofrecería a Blanco. Mientras departían
haciendo chistes de sentidos inescrutables, pero que muy
seguramente pretendían poner de manifiesto la superioridad
mental de los hombres sobre su servidumbre negra y sobre las

79
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

mujeres, Dembá observó a Dyembé moverse guiado por una
criada por toda la casa.

“Ya era hora que tuviera a mi servicio un verdadero
mayordomo”, escuchó decir Dembá a su amo Acosta. Y era
cierto: hacía muchos años no tenía un ejemplar tan
específicamente entrenado en el servicio doméstico. El
actual “mayordomo” de la casa, con quien Dyemde
alternaría las labores durante la noche y el día, era un
hombre al que se le había moldeado con el filo simple de la
experiencia, a costa de gazapos y coscorrones proferidos por
la más experimentada de las negras caseras.

Pero Dyembé había sido educado con mucho más cuidado,
tacto y estilo. Conocía ciertas reglas del servicio que eran
novedosas. De pequeño fue formado por su antecesor, de tal
manera que a su corta edad dominaba la gallardía y el estilo
de una servidumbre doméstica detalladamente organizada,
digna de un señorío de alcurnia.

Ya adulto, su entrenador era un hombre venido de Bacatá
que sabía al detalle los designios cambiantes de la etiqueta y
que se había codeado con algo llamado “la flor y nata” de
la sociedad capitalina. Administraba un restaurante de

80
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

verdadero nivel que no solo era frecuentado por Consejeros
de Estado, sino por hombres de todos los altos círculos de la
sociedad, quienes se preciaban de ser comensales de un
establecimiento que les trataba con especial cuidado:
tecnoescultores, coleccionistas de arte, abogados,
empresarios y demás. La gente que toma decisiones y que
no escatima en gastos para sostenerse en el peldaño
elevado del buen gusto y el poder capitalinos.

Dicho entrenamiento ocasional costaba una fortuna y era la
verdadera razón por la que Acosta aceptaba a un esclavo
como paga. Sin dicha escuela el joven Dyembé valía lo que
una mula envejecida por el látigo o el clima severo y ni por
accidente, aquel montón de carne cubriría por sí misma el
monto de la deuda.

Dembá le mira con recelo. No es descabellado pensar que
sienta invadido un territorio en el que se desenvuelve con
holgura desde hace ya dos meses. Tampoco es que
comprenda las dimensiones reales de un hombre dedicado
con experticia al servicio doméstico, pues sus labores se le
antojan aburridas y monótonas. Durante los dos meses que
lleva sirviendo en la casona ha observado cómo Tembasi
permanece de pie cual estatua, al lado de la mesa, mientras

81
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

el amo y su familia devoran cada bocado que se les sirve al
frente.

El amo Acosta trata a Tembasi con el respeto que se ganaría
un hombre mayor luego de años de servicio. Dembá sabe
que aquel negro de unos cuarenta años, recio, robusto y
alto fue educado como él, en la casa, es fiel creyente,
devoto servidor y dedicado siervo. Pero por desgracia, sabe
que él mismo, a diferencia de Tembasi y a pesar de todas las
ilusas similitudes, no es un mayordomo realmente entrenado.

No se es un mayordomo con tan solo lucir un traje planchado,
una camisa almidonada o permanecer de pie junto a la
mesa. Y Dembá, por la gracia desafortunada de la
ignorancia, no logra imaginarse qué es un verdadero
mayordomo, pues siente que Tembasi, con su rostro grave y
su actitud serena y ceremoniosa, es estupendo en su labor.

Aura, la negra mayor a la que Antonia gusta fastidiar guía a
Dyembé. Le muestra la alacena, justo en el momento que
Dembá organiza los bultos con granos, el azúcar y algunas
hortalizas. Al fondo de la alacena hay un pequeño cuarto frío.
Algunos de los pocos artilugios tecnológicos que el

82
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

pensamiento conservador del sur se ha permitido aprender
del centro y norte de la República, son los refrigeradores.

Dyembé observa al interior del almacén para los alimentos.
Dembá gira su mirada hacia afuera y lo ve ahí parado en el
umbral mientras Aura emite una ráfaga de instrucciones
sobre el funcionamiento del cuarto frío y el manejo de los
alimentos en la alacena. Al fondo, en la cocina, Tembasi se
empeña en servir el café para el amo y su visitante,
organizando la charola de plata. La cocinera demuestra su
destreza cocinando el cadáver del ave cuya alma hace ya
una hora ha sido enviada al reino de los cielos, con el fin de
servir de banquete a los ángeles.

Al rato, la señorita Antonia entra empujando bruscamente la
puerta de doble giro que separa la cocina del resto de la
casa, y con su voz autoritaria da instrucciones mientras
prueba el cocido que hierve expulsando su aroma a papas.

El ambiente es aromatizado por la albahaca mientras las
pequeñas hojas sucumben al filo del cuchillo. Antonia exige
que más ramitas aromáticas sean recolectadas en la huerta,
por lo que la cocinera corre a través de la puerta posterior
que dirige al huerto.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dyembé, de pie como una estatua, observa fijamente a
Antonia. Ella le ignora y sin emitir un solo sonido se entiende
con Aura mediante un intrincado lenguaje de gestos sutiles,
esperando que siga su labor, incorporando al nuevo sirviente
en sus rutinas. Pero Aura se apresura a resolver algo urgente
en el patio y por ello abandona la cocina por un instante.

Dembá sale de la alacena y en la cocina ya solo están
Antonia y Tembasi.

–¡No vas a llevar nunca ese café si sigues a este paso! –
Recrimina Antonia– ¡Será mejor que te apures!

Dembá coloca en el inmenso mesón las piezas de cerdo que
servirán para preparar la chuleta que compondrá la cena.
Antonia no había notado su presencia, así que le mira con
aire inquisidor, como si tuviera la obligación de anunciar su
entrada, aún en las situaciones más rutinarias.

–¡Tu! –arrojando su mirada fiera– ¡No estorbes y ayúdalo a
llevar los pasa bocas!
–Sí, señorita ama… –responde Dembá atemorizado.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Toma una charola en la que se agrupan en platos de
porcelana fina varios arrumes con galletas y bizcochos. Sale
de la cocina y se dirige tras de Tembasi hacia la inmensa sala
de recibo que se ubica hacia el frente de la enorme casa.
Este sostiene otra charola con las tazas, la azucarera y los
cubiertos.

Al ingresar en la sala, se aproxima a una mesa auxiliar para
colocar en ella la bandeja. Dembá permanece de pie a su
lado esperando que él tome lo que necesite de la charola de
plata que sostiene. Con un pulso admirable toma primero las
dos tazas de café. Se aproxima a los dos comensales y
coloca sus bebidas en la mesa de centro. Luego toma las
galletas, complementa la labor haciéndose cargo de la
azucarera y así sucesivamente con cada uno de los
elementos de las dos bandejas.

Blanco ultima detalles de la entrega. Dembá escucha
aunque no esté interesado:

–(…) una vez al mes –afirma Blanco.
–Esta bien… –agrega Acosta– pero garantízame que no
tendremos interrupciones.

85
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¡En absoluto! El maestro debe venir hasta acá por muchas
cuestiones que tiene pendientes.

Antonia ingresa en la sala y se sienta rápidamente a un lado
de su padre.

–¡Pobre tipo! ¡Es un viaje muy largo! –replica Acosta sin reparar
en la entrada de Antonia.

–No realmente –agrega Blanco–. El tren rápido permite hacer
el viaje en no más de tres horas.
–Es verdad… –reitera Antonia–. Yo misma lo pude comprobar
en mi último viaje a Bacatá.

–¡Ah! ¡Estuviste en Bacatá! –señala Blanco.
–Antonia intenta ultimar algunos negocios con empresarios
del interior –responde Acosta–, si bien son un tanto…
escrupulosos.

–Lo sé, lo sé. Aunque todo depende de contactar a las
personas adecuadas.
–Cierto –agrega Antonia–. Creo que ya encontré un buen
par de prospecto a quienes venderles las cosechas de
algodón…

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Bueno –interviene Acosta–, creemos que podemos ganar
mejor sin los intermediarios.
–Es muy buena idea… no se me habría ocurrido. En fin: el
caso es que este sujeto, amigo mío de años, viene una vez al
mes a resolver diversos asuntos, así que ultimará el año de
formación que le falta Dyembe.
–¡Y lo recibiremos con gusto! –añade Antonia.

Blanco no se esfuerza en ocultar su rostro de escepticismo:

–La verdad, será Dyembe quien se moverá hacia mi
hacienda… –repone de inmediato.
–¿Y cómo es eso? –inquiere sin dudarlo el amo de la casa.
–Verás, Acosta… yo debo pagar los servicios del entrenador
de Dyembe, así como su estadía y sus desplazamientos, así
que se complicaría mucho su rápida estadía mensual si
además debe moverse hasta acá…

Blanco toma un sorbo de café mientras la taza conserva aún
la cuchara al interior. Acosta hace lo correspondiente y
Antonia toma un bizcocho de una de las charolas, no sin
poca dificultad pues debe evitar que se deshaga entre sus
dedos.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Tembasi permanece de pie, unos pasos detrás del amo
Acosta; con una señal simple indica a Dembá que debe
retirarse.

88
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

12.

Blanco se levanta este domingo con la satisfacción de haber
dado un paso hacia adelante. Se pone de pie y se coloca
junto a la ventana, que enseña tras el velo de la cortina el
panorama inmenso de una hacienda que se exteiende más
allá de la planicie ante sus ojos.

Durante años ha acumulado varios anhelos obsesivos: la
necesidad de vengar algunas afrentas personales que en
realidad son deudas que su familia le ha heredado, y el
deseo de expandir su reino personal aún más de lo que ya
posee.

Su fetichismo con la tierra es inmenso. No podría saciarse
aunque debiera tardar una vida entera recorriendo el
contorno de sus propiedades. Blanco es, de hecho, el tercer
hacendado con mayor extensión de tierra en el Valle. Podría

89
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

decirse que esto es ya, per sé, suficiente para justificar su
poder local.
La asamblea departamental escucha sus sugerencias con
una facilidad pasmosa: los veinte delegados municipales que
participan en ella con frecuencia se ponen de acuerdo
para respaldar las posturas de Blanco, que por naturaleza,
son coherentes con sus dos intereses fundamentales: la
venganza y la expansión.

Si alguien quisiera hacerse una imagen más exacta de
carácter grandilocuente de Blanco, bastaría con decirle que
es un perfecto punto de equilibrio entre Pajom –de Tolstoi– y el
Gran Inquisidor –de Dostoyevski–. No en verdad un punto
intermedio: tal vez una suma vulgar de ambos personajes.

Profesa la máxima afinidad por la tierra, de tal manera que si
pudiera alzarse con el globo sobre sus hombros
convirtiéndose en Atila, escaparía de escena con el mundo
entero a sus espaldas, sin sonrojo, habiéndose apoderado de
todo. También le caracteriza una grandilocuente fe religiosa
que, en su clímax, suele invocar el derecho al uso personal y
provechoso de todas las cosas ante su vista, aun cuando
deba hablar de humildad, precisamente para evitar
cualquier acto humilde.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Quizá Blanco represente, del modo más puro, el espíritu
mismo del hombre sureño. El espíritu de la fe en la tierra, por
decir lo menos, y el espíritu mundano del credo, por otra
parte.

Mientras observa por el ventanal de su habitación, el sol en
levante arrellanando pausadamente desde el firmamento
sobre la planicie, imagina los primeros días de Dyembe en la
hacienda Acosta, escudriñando los pequeños detalles que le
podrían ser útiles para algún día quizá, extender hacia ella su
dominio.

Por desgracia el precio de tal propiedad es demasiado alto;
Blanco ha planteado su compra y Acosta ha respondido con
una cifra tan exorbitante que equivale a una sutil negativa.
También ha agregado que es una cifra innegociable. Pero
Blanco, igual que Pajom, no sabe cuándo detenerse.

Por ello, seis meses después de intentar comprar la hacienda
Acosta con su dinero, Blanco observa por la ventana de su
alcoba hacia el lugar donde ella se ubica, y sonríe pues su
astucia parece haber empezado a dar pequeños pero
prometedores frutos.

91
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Otros, además de la anexión de la hacienda Acosta, son los
asuntos menores que preocupan a Blanco. Su espíritu
guerrerista le ha costado no solo los enemigos que sutilmente
reptan alrededor suyo, como los odios encarnados que él
profesa hacia ellos, hasta el punto que lo que aquellos no
harían contra su humanidad, él piensa constantemente –en
medio de su delirio– cómo devolverlo.

Blanco está seguro que la mayoría de sus vecinos no le
respetan lo suficiente, y que planean hacerle daño. La
cordialidad que suele mostrar es la cobertura ideal para sus
pensamientos. Agazapada tras de aquellos ojos claros,
aquella piel blanca y los rasgos cordiales de señor inofensivo,
se aprieta la humanidad odiosa de quien rumea cada
palabra, cada acto y cada sonrisa, con el único fin de
calcular las tangentes, las hipotenusas y los adyacentes
necesarios para sus labores de desquite.

Martina, su mujer, desprende de su boca una voz suave que
le acaricia como a un chiquillo desconsolado que espera
escuchar aquello y solamente aquello que le dará consuelo:

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Ya vendrá el día en que aquello que sueñas viaje directo
hacia ti con determinación.
–¿Qué sabes tú de determinaciones? –Pregunta distraído
Blanco–, si apenas eres la mujer que luce sus vestidos blancos
en medio de las galas del día a día…
–Sé mucho, y tú sabes de qué hablo: si no fuese así, no estaría
aquí junto al hombre que algún día será el más poderoso de
todo el país sureño.

–Lo sé… me has atrapado contra viento y marea.
–Y tú, Blanco, has caído con la naturalidad de quien desea
el infortunio pues adolece de masoquismo.

Mientras la tarde se torna cauta y la brisa que se desprende
desde las distantes colinas acaricia el valle con sus remolinos
caprichosos, Martina acerca un trago de ron a su esposo.
Blanco bebe de su vaso. Ella le mira mientras sonríe.

–Ya tienes dos hijos salidos de este vientre y espero aún darte
más.
–Cuando crezcan serán mi perdición, lo sabes; todo lo que
hago, mujer, es para que luego ellos sean una extensión
poderosa de estas tierras. De cuna habrán evadido el
hambre, pero espero que sufran de la sed que me agobia,

93
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

que me carcome, queme enceguece y me hace
levantarme a diario.
–La misma sed que de cierta forma me inunda –añade ella.

Blanco toma a Martina por la cintura. La acerca hacia sí y le
besa con calma en la frente. Ella por su parte, tan recia y
determinada como él, deja caer su cabeza contra su
hombro. Sus cabellos rubios brillan con los rayos de sol que
tocan el balcón este.

Las tardes de sol pleno suelen agotarse en un tono naranja
que despide el afán de los negros con un acento
melancólico y tibio. Así que la pareja de hacendados se
balancea tranquilamente en el vaivén de sus pensamientos,
seguros de los éxitos venideros.
.
–¡Será un mes interesante! –asegura ella.
–¿De qué hablas?
–De Dyembé

Se miran a los ojos. Una nueva sonrisa escapa de ambos.

–Falta un mes para que sepamos al menos un pequeño
detalle. No será interesante… Será intrigante.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

13.

El sabio Consejero se halla en su despacho esta tarde,
descansando de las acaloradas discusiones del presupuesto
nacional. Toma el sobre que ha estado esperándole desde
temprano en la mañana, cuando su secretaria personal lo ha
dejado a su disposición sobre el escritorio de su despacho.

Lo mira con atención. El color del papel y la textura del mismo
lo arrastran a las vísperas mismas de su posesión en el cargo
más alto de la nación, unos tres años atrás. Recuerda con
añoranza el Valle y sus paseos a lo largo del río.

Las andadas en la capital regional, su profusa vida política y
el ascenso que le tomó más de veinte años hasta el puesto
de consejero de la asamblea de la localidad sureña, cargo
previo a su actual título.

95
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Las tardes de pesca y los banquetes que en las haciendas de
sus coterráneos festejaron tantos momentos apreciables.

Finalmente tuvo que protagonizar una dura puja para
demostrar que no es un señor esclavista, con el fin de ser
avalarse como candidato ante el Consejo de Sabios, pues la
constitución impide que un esclavista posea representación
nacional. Antes de ser aceptada su candidatura, el consejero
borró cualquier pequeño rastro de activismo racial.

Teniendo claro su futuro, abonó a su favor miles de recibos y
contratos que demostraron que en la casa de su propiedad
tuvo personal asalariado, incluso algunos blancos. Igualmente
acopió con calma las pruebas de que jamás participó en los
debates políticos que abordaron temas raciales, ni en favor
ni en contra.

El concejero se abstuvo siempre de participar en tales pujas.
Así que es uno de los dos concejeros que participan en la
circunscripción nacional. ¡Hazaña! Casi nunca sucede esto,
en cualquiera de los cinco territorios esclavistas, pues las
corporaciones departamentales suelen estar plagadas de
señores esclavistas que no escatiman esfuerzo en los debates
que favorecen su posición y sus intereses.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Sin embargo, el hecho de haber evadido cualquier
inhabilidad por asunto racial, no indica que el Concejero no
posea una marcada posición favorable hacia las haciendas
esclavistas. ¡Era de esperarse! Nació y se hizo en medio de los
servicios de la servidumbre de color.

Observa la misiva. En medio de las letras confusas que la
adornan alcanza a leer el apellido “Blanco” y una leyenda
que reza: “correo no oficial”. Toma el cortapapel y rasga el
costado del sobre, tratando de no maltratar su contenido.
Extrae la carta. La despliega y la lee cuidadosamente:

“Estimado X… –Como siempre la hermosa letra de
Blanco sorprende al concejero– No puedo menos que
sentirme agradado de poderle saludar de nuevo por
este medio… Nos ha hecho falta (a mí, mi familia y a los
más allegados a nuestras ideas en común) su alegre
sentido del humor y su acento amable para darnos una
regocijante voz de aliento. Por demás, espero que sus
labores, aquellas que a los hermanos de sangre y espíritu
no nos competen, vayan de maravilla.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

“La razón de la misiva, sencilla: deseo contarle que nos
hemos reunido justo ayer para discutir el asunto de la
propuesta de reforma a la ley de tierras. Y nos hemos
apiñado en la tienda de mi hacienda, mientras
bebíamos algo de vino, a debatir sobre las maneras más
convenientes de impulsar una reforma.

“La moral está en alto, de hecho, pero también la
ansiedad, pues sabemos todos que llevar nuestras ideas
al Consejo Nacional de Sabios no es cosa de poco
esmero. Algunos han hablado de la hora justa para
pedirle a usted, amigo mío, la retribución de los favores
recibidos. No importa. Siempre hemos hablado con una
sinceridad que a otros sonrojaría y por ello sé que la
causa que nos une permite y exige que nos seamos
francos, por monstruoso que a cualquier incauto
pudiera sonarle.

“Así que la preocupación que a muchos por acá
agobia consiste en que el Consejo por fin apruebe la
proposición para ampliar el área máxima de tierras
permitidas por señor esclavista. No es más lo que a todos
acá preocupa, teniendo en cuenta que la reciente

98
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

bonanza textil está permitiendo una alta rotación de las
tierras.

“Como sabe, nuestra condición de fieles creyentes en
las doctrinas de fe que justifican el uso de negros como
sirvientes vitalicios limitan que tengamos cierto nivel
poder; ¿pero nuestros bienes serán siempre controlados?

“Es cierto que perdimos la guerra hace cien años, pero
no por ello nuestras creencias y entonces tampoco el
derecho final a poseer nuestras costumbres y nuestra
necesidad de tierra. Esta es una verdad que logramos
sacar a flote en nuestras abdicaciones: por ello
conservamos nuestro modo de vida”.

(…)

El Consejero permanece un segundo en silencio, luego de
observar la firma de Blanco en la parte inferior, antecedida
de una protocolar despedida.

Pliega la carta, la introduce dentro de su respectivo sobre y
la deposita en una pequeña máquina en una de las paredes
de su despacho que acto seguido somete el papel a una

99
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

hilera de flamas pequeñas que en cuestión de segundos
destruyen el documento, sin dejar aún rastro de humo o
ceniza.

Posteriormente el consejero se dirige de nuevo a su escritorio y
realiza algunas anotaciones en su libreta: la lista de reuniones
que podría adelantar para agilizar el proceso de aprobación
de las reformas a la ley sobre esclavistas. A su juicio, más que
un compromiso, es una necesidad. Sin rebasar las fronteras de
los territorios sureños, los suyos tienen derecho a tener mayor
libertad.

En la noche, pausadamente y en su hogar, responderá a
Blanco para que transmita un mensaje de tranquilidad a los
preocupados hacendados.

100
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

14.

No hay crimen sin amor, aunque no todos los amores son
criminales. Los hay prístinos, que enceguecen a sus remitentes
aún a despecho de los destinatarios… o amores ilíquidos que
se petrifican en un recuerdo. Amores a cosas intangibles,
amores a personas… a cosas… y amores ciegos hacia
sistemas de gobierno.

Extraño aquel, quien no ama al menos una cosa, así como es
extraño el “amor a todo”.

Y de todos los amores, resalta aquel que nos hace leales. La
lealtad a algo que representa más de lo que es, aquello que
resulta intangible pero que nos motiva a movilizarnos: amor
al arte, amor al oficio, amor a las letras. La lealtad al oficio, a
la pasión de vida, al proyecto personal, a la cofradía de
camaradas.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dyembé organiza su dormitorio tan sistemáticamente que al
parecer su entrenamiento es apenas una justificación; un rito
ancestral, quizá, pareciera moverle a desplegar cada
movimiento con absoluta precisión y método. Afuera, frente
a la casona, un carro llevado por dos caballos lo espera para
marchar hacia la Hacienda Blanco. Su lealtad está jugada
hace años.

Desearía ser portador de grandes secretos; sin embargo en
este primer mes de estadía en la Hacienda Acosta no ha
logrado más que moverse con naturalidad y conocer el
carácter de quienes le rodean. Piensa así, que pocas útiles
serán las que podrá contar a Blanco.

¿Acaso su labor está movida por algún interés? Al menos no
por uno racional: el beneficio derivado directamente de sus
los actos no parece claro.

El carro abandona la hacienda remarcando en la cabeza de
Dyembé las inmensas extensiones de tierra que poseen los
dos hombres a los que sirve.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Y cómo es ese tal Tembasi? Lo he visto un par de veces,
pero es demasiado reservado –pregunta Blanco mientras
saborea un poco de licor en su vaso.
–Lo es, amo Blanco… Por lo general obedece todo antes que
se le ordene. Muy efectivo, pero como le he dicho, parece
una extensión de los ojos del amo Acosta.

–Así me ha parecido. Se mueve como un fantasma… Nunca
opina sobre nada. Y jamás ha habido una referencia sobre su
labor por parte de Acosta.
–¡Es de mal gusto preguntar por la servidumbre, amo Blanco!

–Lo sé mejor que nadie; por eso estás ahí… Déjame
preguntarte algo: ¿crees que si Tembasi perdiera la confianza
de su amo, nos facilitaría la labor?

Dyembé cavila un poco y deja escapar algunas sílabas
temblorosas.

–Creo que será la ama Antonia la que se resentiría. Tembasi
apoya mucho su trabajo. Sin él se le volvería inmanejable.

–Comprendo… ¿Y Dembá?

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–No podría reemplazarlo, amo Blanco –responde Dyembé
con determinación–. Por alguna razón la ama lo trata
demasiado fuerte…

–¿Demasiado fuerte?
–Con desprecio…

–¿Qué tan seguido lo hace azotar?
–¡Nunca!
–Entonces no lo odia…

Dyembé hace la señal de la cruz sobre su rostro como gesto
de asombro ante la sugerencia que aquella afirmación
contiene.

–Jajajaja... –Ríe estrepitosamente Acosta–. Se ve de todo en
la viña del señor. ¿No es extraño que no lo haga azotar y que
lo conserve en la casa?
–Puede ser amo Blanco… Si le dejaran volver al campo los
demás le asesinarían.

–¡Interesante! ¿Y cómo es eso?

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Dicen que por su culpa murió un anciano al que los demás
esclavos querían demasiado… Lo acusó de un crimen y fue
azotado hasta que falleció en el foso…

–¿Era inocente?
–Todos los que me lo han contado lo aseguran, amo.

Blanco cavila largamente. Dyembé mira sus gestos silenciosos
con no poca curiosidad.

–Por ahora debes concentrarte en Tembasi. Si logramos saber
su punto débil podremos romper la confianza que se le tiene,
eso sí, ¡a condición que tú la ganes! Deberás reemplazarlo
poco a poco.
–¿Y Dembá, amo?

–Gánate su confianza, pero no dejes que los demás te vean
muy cercano a él… sigue averiguando qué enemigos tiene…
Si fuera demasiado leal a la casa tal vez nos convenga que
le hagan volver al campo. En cuanto a Acosta…

–Lo siento amo –interrumpe Dyembé con algo de culpa–; no
tengo mucho que decir sobre él.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Lo sé… Si fuera fácil conocer sus pensamientos no estarías
allí. Tan solo no lo pierdas de vista. ¡Recuerda que eres su
mayordomo y nadie más debe serlo!

–Por ahora trato de ganar mi lugar.
–Y está bien… –el tono comprensivo de Blanco es evidente–;
gánate el espacio que necesitas. Lo importante es no
cometer errores.
–Eso procuro… –responde Dyembé, intentando mostrar
convicción.

Blanco asiente satisfecho y guarda silencio como tratando de
sopesar sus palabras, o como si tratase d recordar algo que
ha pasado por alto. Al cabo de un instante vuelve a retomar
la palabra:

–¡Casi lo olvido! –Exclama extrañamente como si se hubiese
alegrado de recordar algo esquivo–. ¿Qué hay de esos viajes
de Antonia a la capital?
–No mucho –repara Dyembé–, desde que estoy allí solo lo ha
hecho una vez y sin demorarse más de una semana.

–¿Y no sabemos a qué se debe esa premura? ¡Es un viaje muy
largo como para correr de esa manera!

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–No se lo he oído decir, amo Blanco. Ni al amo Acosta… Sin
embargo los criados hablan de negocios.

Blanco vuelve a uno de sus estados silenciosos, sopesando
toda la información que ha recibido. Una vez más, como lo
hará inagotablemente a lo largo de todo el día, dando
muestras de su persistencia y metodismo, rompe su silencio.

–Ante todo procura mantener los ojos bien abiertos… lo más
importante puede ocurrir delante de tus narices sin que
apenas puedas percibirlo.

Luego de una conversación que ha merodeado por casi
todos los rincones de la Gran Casona, parece que el día está
a punto de escapar por completo y Dyembé debe retornar a
la casa de sus nuevos amos.

El mayordomo observa la puesta de sol mientras el carruaje se
desplaza de vuelta hacia la hacienda Acosta. En sus manos
sostiene la boleta que certifica la lección recibida el día de
hoy. Aquel trozo de papel posee tanto valor que debería
protegerla con su propia vida, por lo que ingenuamente la
sostiene a la vista, como evitando que escape de su
presencia. Como si entre algún bolsillo pudiera deslizarse a un

107
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

lugar asombroso, evaporando su sustancia y dejando en
cambio un desproporcionado lugar vacío.

Los innumerables kilómetros que separan ambas propiedades
le resultan inaguantables. El carro le resulta más que
incómodo: no es del tipo que utilizan los amos para moverse
por la región, sino uno utilizado para llevar y traer bultos de
alimentos y materiales. Carece de techo; apenas lo cubre un
tímido toldo y la banca en la que Dyembe se encuentra se
sacude bruscamente con cada accidente del terreno.

El hombre que guía el vehículo mantiene el paso leve para
evitar que en un descuido vaya a perderse alguna de las
ruedas radiadas de madera, forradas con cueros de reses. Si
aquello sucediera sería complicado de reparar pues el
tiempo ha dejado una marca en cada componente.

Sin embargo, Dyembé tiene la extraña percepción que a
cada viaje el trayecto se hace más corto. Y aún así, su
melancólico aspecto contrasta esa sensación de
aburrimiento infinito que le agobia segundo a segundo.

–Y tú, en lugar de soportar esta tortura… –se dirige Dyembé
al cochero– ¿por qué mejor no huyes?

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Porque no hay a dónde ir sin que mi carne termine
destrozada. Si no son los perros serán los látigos. Si no son los
látigos serán las bestias de la selva.
–Podrías tomar este carro y desaparecer hasta pisar tierra
libre –insiste Dyembé.
–Ni aunque lo hubiera pensado lo confesaría… a un extraño –
el cochero mira con recelo por encima de su hombro a
Dyembé–.

El pasajero comprende la recriminatoria misión de aquella
mirada: permanece en silencio durante el resto del viaje. A
veces la libertad es tan abstracta e incierta que se manifiesta
en decisiones paradójicas. La noche cae. Al tiempo el coche
ingresa en el gran patio de la Hacienda Acosta.
Nuevamente Dyembé se encuentra lejos de casa.

109
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

15.

–¡La ama desea que revises los ponederos!

Un silencio nervioso recorre la cocina una vez que la voz
profunda y autoritaria de la negra Aura se ha extinguido.
Afuera las bestias de la noche aúllan, se arrastran y
revolotean… Toda la hacienda duerme frugalmente, salvo el
servicio doméstico, que víctima de los caprichos culinarios de
la casa, debe ultimar los detalles del menú venidero.

Dembá siente un humor helado recorrer sus pantorrillas. Aura
le mira con la profundidad decidida de un poso que está
dispuesto a tragarse un humano entero. La luz de las velas
alumbra su imponente cuerpo de caderas anchas. Agacha
la cabeza y continúa pelando las papas mientras allí, de pie
en la puerta ella respira desafiante.

110
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Deseas desobedecer? ¡Podemos decirle a la ama Antonia
que baje desde su habitación a “pedirte el favor”!
–Los revisaré inmediatamente termine con esto –responde
con voz trémula, acorralado por las circunstancias–.

Aura permanece de pie. Dembá le mira nuevamente
interrogándola con su expresión.

–Ella me ha pedido que me cerciore que lo harás…

Dembá termina al cabo de cinco minutos. Al ponerse en pie
sostiene en su mano izquierda un cuchillo que acto seguido
sumerge en una batea con agua; lo frota contra un trozo de
piedra para dejarlo nuevamente en su punto. Mientras lo afila
repasa uno a uno los movimientos que hará.

La inusual orden le pone alerta. Jamás ha sido su
responsabilidad revisar los ponederos; la ama Antonia suele
asegurarse que no salga en la noche. De otro modo: Aura
haría cualquier cosa por que le azotaren.

Cubre un poco sus manos de la vista de aquella enemiga
silenciosa utilizando el volumen de su propio cuerpo. Se
asegura de realizar a la perfección un sencillo acto de

111
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

prestidigitación; luego enciende una lámpara y desaparece
con ella sostenida entre sus manos, a través del umbral de la
puerta trasera de la cocina.

Afuera la fina brisa cubre todo. El bochorno del Valle
asciende en pequeños remolinos, arrastrando a su paso el
vapor del agua recién caída. Con la lámpara sostenida a la
altura de su rostro Dembá intenta que la luz se proyecte lo
más lejos posible. Una sinfonía de animalillos pequeños deja
escapar su barullo por entre los huertos. Un camino de
piedrecillas se enseña ante sus ojos. La noche es oscura.
Apenas decide dar tres pasos hacia la inmensa profundidad
negra que cubre el campo, Aura se ubica a su espalda tras
la puerta, interesada en observar su avance.

Dembá siente miedo; pero no por ello ha dejado que el
pánico le impida pensar con un poco de cautela. Al girar su
vista y observar a Aura de pie tras de sí, comprende que está
en la situación que algunos han querido verle durante
semanas.

Ella le mira con aire triunfal. A cambio de ello recibe una
suspicaz sonrisa: Dembá da un par de pasos más y un sonido
suave escapa de sus labios apagando la lámpara con su

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

aliento. Aura no comprende lo que aquel hombre se
propone. A oscuras desaparece por entre la noche, sin poder
ver nada, más allá de unos cuantos pasos.

Dembá camina por el sendero adaptándose lo mejor que
puede a la oscuridad. Al llegar a los ponederos permanece
de pie.

Espera que sus ojos se adapten por completo a la oscuridad,
para distinguir cada detalle ante sus ojos y conservar algo
de ventaja. Ha dejado atrás sus zapatos y la lámpara, pues
sus bisagras ruidosas podrían delatar su ubicación. Tan
silenciosamente como le es posible, casi sin respirar, rodea el
galpón para ingresar por el lado opuesto al que se supone
debía llegar.

Espera un poco. Agudiza lo mejor que puede su olfato, su
oído y su vista. Respira lo más pausadamente que puede y se
desliza sin hacer el menor ruido por entre la construcción de
madera en la que duermen unas doscientas aves, apenas
despidiendo ronquidos suaves y sonidos de plumas
frotándose en medio de un sueño profundo.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

No más unos pasos adentro, observa que una figura inusual,
agazapada en un rincón, se acomoda suavemente. Aquel
sujeto vigila la entrada que dirige por el camino hacia el
patio de la casa, y por ende a la cocina. Sin embargo
Dembá ha ganado la retaguardia de aquel infeliz que espera
ver un brillo acercarse para atacar luego a su víctima.

Se coloca detrás del cazador, agazapado de manera
idéntica a como él se encuentra. Su pulso tiembla. Contiene
el aliento y piensa qué sería más provechoso: ¿dejarle ir,
cansado de esperarle para así conocer con certeza su
identidad? ¿Atacarle por la espalda mientras sea fácil?

Dembá decide actuar contra toda lógica y despidiendo un
sutil sonido por entre sus labios se deja ver. Su oponente se
muestra tan sorprendido que al girar la cabeza solo puede
ver que algo se abalanza sobre su cuerpo y entonces tres
movimientos rápidos terminan dejándole tendido en el piso
con igual número de perforaciones en su muslo derecho.

Dembá huye antes que su atacante pueda al menos saber
qué ha sucedido. Mucho menos ha podido ver con claridad
su rostro.

114
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Al llegar cerca a la casa, la negra Aura permanece vigilante
en el pórtico. Dembá sonríe nuevamente.

–¿Por qué has apagado la lámpara?
–Así es como debe hacerse… Hay que asegurarse que
ninguna bestia está rondando las aves…

Dembá cruza triunfante a lo largo del pórtico y de nuevo
continúa con sus labores en la cocina. Aura resuella
fastidiada, dejando en evidencia lo molesta que le pone
aquella actitud del joven. La noche transcurre luego sin
ningún sobresalto, pero no por ello Dembá baja la guardia.

Luego de cumplir con las labores asignadas, es hora de ir a
dormir. Por alguna razón extraña Dembá concilia con
facilidad el sueño. En lugar de sentir miedo posee la certeza
que nada podrá sucederle: sería muy extraño que dos planes
se urdieran en su contra en una misma noche.

Así que ha dormido profundamente sacando especial
provecho a sus cortas horas de sueño, hasta que los trinos de
la madrugada le obligan a ponerse en pie de nuevo en
medio de la penumbra.

115
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

A primera hora de esta mañana, lejos de la vigilancia de
Aura, Dembá fue al cobertizo de las aves para borrar los
rastros de sangre. Ha actuado con extrema cautela. Solo
debe esperar. Siendo claro el plan, la necesaria curación de
la pierna delatará la identidad de su propietario.

No tarda en tener la razón; cierto jornalero no ha salido a
trabajar a los campos, se dice, pues al parecer sostuvo una
riña.

Dembá sabe que aquel hombre, saludable y fuerte se ha
ofrecido a atacarle aunque no hace parte de los dolientes.
Como temió hace tiempo cuando logró se le refugiase en la
casa, el asunto del anciano no ha terminado con un entierro.

Ahora también sabe, mientras a media tarde las labores de
la casa le han dado un descanso y yace recostado en su
camarote, que deberá tomar medidas para conjurar a
quienes desean hacerle daño.

116
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

16.

Dembá permanece en la cocina pues se le ha pedido que
ayude a preparar los vegetales que componen el menú del
día. Lava, corta y aliña. Son apenas las siete de la mañana,
pero está de pie desde las cuatro. Ya luce agotado y Aura le
vigila con la rigurosidad de la cocinera experta que prevé
una tragedia en el menú como resultado de cualquier
minúsculo descuido. Dembá se siente agobiado con tantas
instrucciones sucesivas. El sueño lo vence… ha dormido
menos de lo habitual.

–¡Amo! ¡Amo! –escucha gritar Dembá a lo lejos, mientras un
coro disímil de mujeres asustadas se aproxima hacia la
cocina, por la amplia planicie que hay detrás de la mansión.

Los gritos se hacen más fuertes… Dembá, Aura y Dyembé se
asoman a la ventana. En un instante un grupo de unas ocho

117
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

personas, mayormente mujeres, arriban por la puerta trasera
portando el cuerpo inanimado de un hombre joven.

El tropel es tan poderoso que aunque Aura intenta cerrarles
el paso, en un instante el cuerpo acaba postrado en la mitad
de la cocina y un barullo descontrolado se toma el lugar.

Dyembé mira sorprendido. Aura observa con temor el
espectáculo y antes que alguien haya logrado decir algo
certero, Acosta y Antonia ingresan a la cocina atraídos por el
revuelo que invade la casa entera.

–¿Qué ha pasado aquí? –pregunta Acosta con autoridad…
–Amo –responde alguien en medio de las demás voces–, “R”
se ha ahogado en el río…

El hacendado, su hija y un par de capataces que acaban de
arribar por la puerta trasera se abren espacio en medio de los
curiosos y auxiliadores, que juntos ya han invadido por
completo la cocina haciendo difícil respirar. Aura intenta
limpiar el piso mientras hace gala de un escrúpulo que la
muestra acertada en la más desacertada de las situaciones.

118
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá observa con detenimiento el cadáver que se exhibe
como si aquello fuera una escena del teatro, en medio de un
corifeo que aúlla y murmura la desgracia entera de la
tragedia griega.

El hombre luce azuloso. Sus ojos permanecen entre abiertos.
Sus articulaciones están rígidas. Puesto que por alguna razón
solo posee su ropa interior, su muslo derecho luce la venda
de tela ensangrentada por las tres heridas que recibió hace
algunas noches.

–Es una lástima que un esclavo tan trabajador haya caído al
río –sentencia Antonia dirigiéndose a su padre mientras
observa el cadáver.

–No solo eso, señorita Antonia –agrega uno de los capataces
con sarcasmo–. Es una lástima que estando tan mal de esa
pierna, al punto de no poder sostenerse sin ayuda, haya
decidido caminar quinientos metros en plena noche desde su
cabaña hasta el río.

–¿No podía moverse? –pregunta de inmediato Acosta.
–Yo mismo revisé anoche su herida, señor… estaba tan grave
que necesitaba ayuda hasta para ir al baño.

119
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Mientras las especulaciones y la preocupación de Antonia y
su padre se hacen evidentes en frases que para Dembá no
tiene importancia atender, una sonrisa escapa
silenciosamente para sus adentros.

120
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

17.

–¿Qué crees que ha podido pasar?
–Le han asesinado, ama Antonia –responde él con aire
sabiondo.

–Eso lo sabemos… No se necesita ser un espiritista para
invocar un fantasma que nos narre lo evidente. Me refiero a
cómo habrá pasado y por qué…
–Ama… yo diría que la misma persona que le apuñaló vino a
vengarse de él.

–¡Vengarse! ¿de qué iba a vengarse si no hay nadie con un
solo rasguños además de él?
–He oído que fue un crimen pasional… Ya sabe, ama…
algunos negros son muy celosos con sus hermanas.

–¿Dicen eso?

121
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Bueno… según he oído, hay quienes dicen que todo este
asunto es causado por la hermana de alguien.
–El derecho nos obliga a saber de cada lío amoroso para
prevenir estas cosas, ¿lo sabes?
–Sí ama Antonia…

–Entonces alguien sostiene amoríos sin que sus dueños lo
sepamos. ¿Y qué pasará mañana? ¿Procrearán sin nuestro
permiso?
–Tal vez… o quizá haya más muertos…

–¿Más muertos? Dios nos libre… No creas negro que los
esclavos son gratuitos por el simple hecho que los ves andar
por ahí… Mi padre está preocupado por los costos de las
recientes muertes…
–Si es un crimen pasional, ama Antonia, no tardarán las
venganzas…

Antonia luce preocupada. La luz de la lámpara refulge al
ritmo del canto de las bestias que recorren el campo a media
noche. Su cuerpo aún luce sudoroso y brillante, si bien
algunas prendas a medio deshacer cubren un brazo y una
pierna.

122
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Es tarde… –agrega mientras deja escapar una exhalación
resignada.

Como si se tratase de una orden indirecta, su acompañante
toma la iniciativa y se viste tan rápido como puede.

Dembá desaparece en la oscuridad de un pasillo que lo
lleva directo a la cocina, por la cual sale, recorriendo a lo
largo de una tarima de madera que lo conduce hasta su
habitación.

123
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

18.

No pueden gustarte los caramelos si no los has probado…
decir que no te gustan, sin probarlos es caer en una falacia
esencial. No se puede agregar adjetivos a lo desconocido.

Lo mismo sucede con el crimen. ¿Cómo decir “no me gusta
matar” si no se comete un atentado contra la vida de otro?
Solo cuando se aprecia el horror de la víctima y se siente el
extraño sabor del acto silencioso, agazapado en la oscuridad
de un lugar indecible, puedes decir si sientes o no gusto por
aquella particular prueba de poder.

Si contrario a placer sientes náusea, culpa, resquemor…
podrás decir que el asesinato es un acto deleznable. Que no
lo cometerías de nuevo. Que es un pecado imperdonable; y
así, por miedo al peso negativo del acto criminal tratarás de
justificar tu acción refiriéndola como un acto ineludible, de
defensa propia, vital, necesario aunque irrepetible.

124
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Pero si al contrario las imágenes del acto macabro te asaltan
y en la intimidad de tu yo interior sientes placer por las
palabras de clemencia que la víctima ha lanzado antes de
morir, si rehaciendo el pasado en un intento por hallar en él
nuevos matices, recuerdas con pródigo morbo la mirada
huidiza de la víctima, y tu interior excitado se inflama con la
idea de la venganza consumada, tal vez admitas en tu fuero
interno que el asesinato es un acto del que puede derivarse
placer; Por lo anterior, sujeto hedonista, tal vez pienses que no
solo está bien, sino que te procura satisfacción personal.

Como una droga. Como el placer recóndito que se oculta en
el acto sádico de azotar personas. Como el alcohol que
descentra los sentidos y distorsiona el mundo haciendo
parecer que se mueve de otro modo, el sutil acmé del crimen
cometido por necesidad, puede despertar un gusto
insospechado por el asesinato.

Si es así, volverás a matar. Lo harás de nuevo, mejor, más
pulcramente. Más rápido, con mayor premeditación y
apoyado en más sutiles justificaciones, hasta que ya no sea
más un acto de defensa propia, sino una especie de
performance artístico. Pensarás el crimen como obra de arte.

125
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Te ocuparás de una mecánica sutil que sirve para arrancar la
vida de otro ser vivo y acabarás ritualizando con mayor
detalle cada crimen, hasta convertir el asesinato en un relato
digno de ser contado. Descubrirás entonces que el arte del
crimen no radica en el crimen mismo, sino en controlar los
pasos perspicaces e inteligentes que, aunque sutiles, en
conjunto conducen al acto mórbido.

Como una infección que invade la consciencia, cooptándola
con pensamientos cada vez más estructurados alrededor de
la mecánica del crimen. Como un placer de infancia que
contiene todos los matices del riesgo, reforzados por aquel
momento dulce de la catadura a escondidas. Sin remedio, al
cabo de unos días, habrán desaparecido las galletas
guardadas con recelo en un tarro de hojalata.

Al cabo de unas semanas no tienes uno, sino tres asesinatos
cometidos al interior de tu pacífica hacienda, suspendida en
el tiempo, inamovible e incapaz de mutar.

126
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

19.

Tembasi permanece al pie de la puerta que conduce desde
el estudio a las habitaciones del segundo piso, aguardando
por órdenes de Antonia o su padre, ya que el mayordomo
oficial, Dyembe, se encuentra hoy en su sesión de
entrenamiento semanal, por allá en la Hacienda Blanco.
Entre tanto, ante la mirada distante del mayordomo
encargado, ella y su padre conversan.

–¡Así que tenemos un asesino entre los negros! –refunfuña con
desesperación Acosta.
–Así es… casi una víctima por semana… –responde Antonia.

–¡Por Dios! ¡Guardé la esperanza que se tratara de tres
desagradables coincidencias! ¿Aún crees que este embrollo
se relaciones con una cuestión de faldas?
–No sabría nombrar más posibilidades…

127
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Sin embargo no tenemos ni idea de las “faldas” que están
involucradas en todo esto, ¿cierto?
–Cierto, padre…

–Entonces es un lío de faldas, pero sin faldas… ¡Gran misterio!
Detrás de esta maraña de hechos se encuentra Algo más
que una doncellita.
–¿Tendremos que resolverlo por nuestra cuenta? –pregunta
Antonia.

–No hay alternativa posible –agrega Acosta–. El asesinato de
un negro no amerita que ocupemos la justicia de los blancos
con este asunto. Además no conviene que esto se sepa hasta
que debamos legalizar la ejecución del criminal.
–Perseguir y atrapar asesinos es algo que no aprendí con las
hermanas –refunfuña Antonia.

–Lo sé… Yo mismo no sé cómo se hace. Sé azotar y perseguir
negros fugitivos, mas no realizar pesquisas. Sin embargo
estamos solos en esto. No saldremos de esta habitación hasta
que no hayamos definido cómo abordar este problema.
Almorzaremos, cenaremos y dormiremos aquí de ser
necesario.

128
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Así que Antonia y su padre se miran como encerrados en un
universo conformado por un solo problema. Con suspicacia
se comunican mientras Antonia hace entender que por
tratarse de una cuestión tan delicada, nadie podrá saber lo
que allí se hable… Acosta exige a Tembasi que se retire de la
habitación y se dirija hasta la escalera al final del pasillo,
donde deberá permanecer, pase lo que pase. No dejará
subir a nadie hasta el segundo piso sin autorización expresa
de sus amos.

129
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

20.

–Entonces –asegura Blanco con aire ensoñador mientras se
mantiene rígido en una pose casi teatral, con un vaso de ron
en una mano, y su esposa en la otra–: tenemos dos asuntos
por resolver: uno bueno y uno malo. El malo es saber quién
está cometiendo los crímenes en la Hacienda Acosta y el
bueno, lograr sacar provecho de tal situación.
–Así parece –agrega Dyembe.

–Como siempre, todo depende de ti, Dyembe. ¿Lo tienes
claro?
–Absolutamente, amo Blanco…

Un silencio se extiende por la inmensa sala del primer piso.
Blanco toma un sorbo d elidcor de su vaso mientras mira al
infinito tratando de agregar algo inteligible que facilite la
labor de Dyembe. Martina, su esposa, interpela:

130
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿No hay forma de que nuestros amigos de la gendarmería
apoyen este caso?
–Acosta tratará, estoy seguro de ello, de mantener esto en
absoluta reserva… Así que no puedo sugerirle nada pues
pondría en evidencia al pobre Dyembe. Tú misma lo has oído:
prometió que lo azotaría personalmente si nos contaba algo
de lo sucedido.

–Es cierto, ama… Una sospecha y estaré medio muero en el
foso.

Martina hace un gesto solapado de conmiseración, como si
por un instante hubiera olvidado que en lo más profundo de
su ser no le interesa el martirio de un hombre de color pues
para ella la posesión de alma no es una cualidad entre lso
esclavos.

–¡Malaya sea la hora en la que estos granjeros atrasados
impidieron que las antenas de sincronización se instalaran en
nuestras tierras! –grita Blanco golpeando con el talón de su
pie el piso de mármol. Un sorbo de ron se sacude tembloroso
al borde del vaso, saliendo al fin disparado hacia el suelo.
–¿De qué hablas amor mío?

131
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Ya sabes: si no fuéramos tan retrógrados y puritanos, hace
mucho tendríamos la tecnología suficiente para resolver
este asunto por otros medios…
–Comprendo… ¿Y si contrataras los servicios de un soldado
Vasili?

–Justamente de eso hablo, mujer… –Blanco no oculta su
poca paciencia–. Ningún soldado Vasili aceptaría trabajar en
estas condiciones tan riesgosas… Sin antenas de radio que
sincronicen los equipos que le hacen invisible, podría sufrir
graves incidentes…

–Parece que soy la única alternativa –agrega de inmediato
Dyembe.

–¡Sin soberbia negro! –replica airadamente Martina– ¡Que no
se te olvide que tú haces solo lo que nosotros te digamos!

A pesar de la reprimenda, Dyembe sabe que es clave para
los intereses de Blanco y su esposa.

132
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Ofrece una disculpa y agacha su frente en señal de sumisión
mientras reflexiona sobre las posibles maneras que podría
emplear para descubrir las pistas que le conduzcan al asesino
suelto en la Hacienda Acosta.

133
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

21.

Hoy en un día atípico… El asesino ha producido cinco
víctimas entre los culpables de conspirar para atentar en su
contra. Una sexta persona se ha salvado de las aversiones
planificadas del asesino en serie.

Acabar con Aura equivaldría a declarar que ni los amos están
a salvo, pues la muerte de aquella mujer dedicada
exclusivamente al servicio doméstico sería tan intimidante
como ingresar a la casona y destrozar a hachazos la mesa
del comedor.

Por su parte, encerrada constantemente en su lugar de
trabajo, Aura teme a cada segundo por su vida pues ha
desentramado la lógica de los crímenes que ocurren en la
Hacienda Acosta: el asesino no solo ahogó la primera de sus
víctimas en el río; antes de arrojarle a las aguas le hizo escupir

134
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

los nombres de los conjurados que quisieron emboscarle en el
ponedero.

O tal vez confesó tan soloprimer nombre, suficiente para
llegar a la segunda víctima y de ella a la tercera y así
sucesivamente.

En todo caso, Aura teme. Sus manos tiemblan en ataques de
pánico y días hay en los que quisiera no tener que salir de su
habitación. ¿Podría acaso pedir ayuda? ¡A quién! Está sola…
no puede, por miedo, erigir una nube de sospecha sobre el
nombre del verdugo. Así que su silencio es resultado de la
extraña mezcolanza de certeza y miedo.

–La Ama Antonia desea que lleves las sábanas al río –dice
Dembá con cierto aire burlón, mientras sostiene un cesto de
mimbre con los tendidos que deben lavarse.
–¡Déjalas allí en aquel rincón, negro! Lo haré cuando termine
las labores de la cena…

Dembá mira directamente a sus ojos…

–¿Acaso quiere que ella le dé la orden personalmente?

135
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Aura siente que su alma de mujer mayor se consume con la
angustia penetrante que le produce la actitud de Dembá.
“Lo sabe…”, piensa ella atragantada por su propio miedo…
“y ahora disfruta con su venganza…”.

No es para menos: en pocas semanas Dembá ha volteado la
situación pasando de cazado a cazador. Ha logrado
trasmutar su miedo en coraje y su debilidad defensiva se ha
convertido en un arma sutil que transfigurada rasga la carne
de lo que se ponga delante suyo.

¡Peor aún! Dembá se ha transformado en un ser inescrutable
para Aura, de tal forma que todo lo sucedido puede ser una
suma de fatídicas coincidencias y en realidad ella no sea
objeto de sus vengativas intenciones.

¿Y si en verdad fuera el asesino? ¿Si accediera a salir hasta el
río y viera en lo profundo de las aguas el influjo fatídico de su
último respiro?

Está helada… Sus piernas tiemblan y siente que su pulso
puede estallar en cualquier momento; su encerrona es
evidente. La penumbra que cubre la hacienda mientras la

136
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

noche se aproxima desde el este, es un factor de desventaja
manifiesta.
Decide que solo puede desplazarse y cumplir la orden
recibida, con la condición de permanecer constantemente
a la vista de alguien. Quizá las lavanderas se encuentren
aun realizando su trabajo en la orilla del río. ¿Y si al llegar allí
no estuvieran ya para resguardarla? ¡Mejor llevar el cesto
cuanto antes!

Por ahora solo puede espera a que alguno –Dyembe o
Tembasi– ingrese a la cocina. Por fortuna no demora en
ingresar uno de ellos, y mientras Dembá está de pie, esos
segundos eternos que han transcurrido parecen llegar a su
fin…

–Dembá –resopla con autoridad el mayordomo oficial–: los
amos desean té.

Automáticamente, cual si hubiera recibido una orden
explícita, Dembá abandona su posición triunfante y se hace
con la bandeja para organizar en ella los utensilios
necesarios.

137
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dyembe se acerca a la estufa de carbón y agita el rescoldo
con una larga vara de hierro que en el extremo opuesto al
mango termina en tres vueltas de tornillo como si se tratase
de un sacacorchos; retira la olleta con agua hirviendo y
desborda su contenido al interior de un cestillo en el que
tardará un minuto haciéndose la infusión.

Aura se desliza entre ambos como si fuera un lince y sale
desde la cocina hacia el hogar. Dembá la mira sobre el
hombro derecho y Dyembe actúa de manera indiferente.
Cuando aún no han acabado de alistar la bandeja para
que Dembá la suba a las habitaciones, Aura retorna con
Tembasi.

–Mira –explica ella con voz aireada–: me acompañas a llevar
esta cesta…
–¡Pero si es apenas un juego de sábanas! –protesta Tembasi.

–Lo sé… ¡no refunfuñes! Pero de vuelta me ayudas a traer las
prendas que se han dejado esta mañana para lavado: de
seguro ya están listas y hay que recogerlas.

–¡Ha vuelto el dolor de espalda, por lo que veo!

138
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Esta negra…. –responde Aura con resignación– esta negra
ya no es la misma de antes.

Dyembé espera a que Dembá salga primero con la bandeja
cargada con las tasas, la tetera, la azucarera, las cucharitas y
los platos para servir las porciones; le sigue de inmediato
llevando en una mano la bandeja con las galletas horneadas
hoy mismo, mientras que en la otra porta los individuales y el
limpión.

Casi al mismo tiempo Tembasi y Aura abandonan la casa,
camino al río.

La noche se apodera de todo. Las pequeñas alimañas se
arrastran por los troncos de los árboles aventurándose a lo
largo de los espacios minúsculos de sus extrañas existencias,
para conseguir alimento o procrear… Las bestias salvajes
olisquean el aire tibio y sus ojos inmensos escudriñan los
escasos reflejos de luz a la espera que una sombra en
movimiento se ofrezca como alimento. Aura y Tembasi han
vuelto hace horas, sanos y salvos. La Gran Casona duerme.
Pero un par de voces quedas escapan como un murmullo,
sin que pueda comprenderse lo que conversan, más allá de
un par de metros.

139
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–La fiebre del amo Acosta no cede…

–¿Y los vómitos?
–Han menguado.

–La diarrea….
–No aún; quizá se trate de una infección producida por algún
alimento rancio.

–¡Cállate! –responde ella, mirando molesta a su alrededor
como si quisiera descubrir algún oyente accidental–. Si tan
solo llega a sospechar de los alimentos, me hará azotar veinte
veces… ¡Y yo me haré azotar contigo!

Dyembe sonríe maliciosamente pensando que la cocinera
podría terminar atada al poste de castigo debido a su
imprudencia, pero jamás por ello le azotarán a él, pues servir
los alimentos no le hace responsable de su preparación.

Son las once de la noche. Es normal que el servicio se haya
retirado a sus habitaciones, pero hoy Aura y el mayordomo
oficial permanecen en el pórtico a la espera de cualquier

140
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

instrucción, pues el malestar de Acosta, que ya lleva tres días
seguidos, exige atención inmediata.

–Dime una cosa, negra Aura… –La cocinera atenta mira de
soslayo– ¿Qué tan bien sabe leer Dembá?
–Mucho mejor que yo, imagino.

–¿Y cómo es eso?
–Hace años Dembá era el favorito del amo Acosta, así que
fue educado en la fe, lo cual como se sabe incluye la lectura.

–Es un tipo afortunado por eso… leer de su propia mano las
escrituras. ¿Para qué más podría serle útil a un negro leer, si
no para intentar salvarse con las escrituras?

Aura permanece en silencio un instante.

–Yo aprendí a leer con el padre de Acosta cuando aún era
una niña… Lamentablemente lo olvidé casi por completo. Al
parecer la salvación no me tocará.
–Y según tu juicio –repone Dyembe– ¿Quién lee mejor las
escrituras? ¿Dembá o la señorita Antonia?

Aura sospecha la dirección de la conversación.

141
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Tal vez la ama Antonia se ocupe de otras cosas mientras
recibe la lectura de las escrituras…
–No entiendo cómo alguien pueda renunciar a la lectura por
sí mismo…–Aura se siente cuestionada y lanza un gesto
defensivo; Dyembe lo percibe y corrige sonriendo–. No hablo
de usted, Aura, sino de una persona blanca. Nosotros
estamos condenados a buscar el camino y no encontrarlo,
porque desde siempre estuvo extraviado. Así que poco
importa si leemos o no un libro, ya recibimos en vida nuestras
condenas.

–Es cierto… Pero nuestra labor no es cuestionar a los amos,
sino servirles. Imagino que ella se ocupa de demasiadas
cosas a la vez, teniendo en cuenta que en la casa no hay
ama de llaves y por eso pide a Dembá que lea para ella.

Dyembé suspira como si los problemas de la casa fueran los
suyos propios. Pensando mientras su mirada se alinea con la
magnificencia de los astros, rumea un par de ideas; le
parecen torpes, pero tal vez no sean tan insensatas como lo
indica la apariencia.

142
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Si algo ha aprendido Dyembe es la astucia implícita en los
detalles insospechados. El movimiento inesperado, el reflejo
que emerge de manera instintiva para salvar a la presa, en el
último momento, de las fauces del depredador. En pocas
palabras, sabe valorar el aroma de esa intuición que emerge
como flor aromática, para inundar los pensamientos con una
sutil sospecha.

Y ahora, esa intuición, esa sospecha, esa idea se matiza en
su cabeza. Debe depurarla. Pareciera que le ha venido por
adivinación, pero debe garantizarse a sí mismo que es
posible, fáctica, probable.

Le resta emprender la demostración fáctica de una hipótesis
torpe, desdentada, sin manos ni pies… ¡Descabellada! Así,
luego de obtener la certeza de los sentidos, seguro de la
realidad de sus pensamientos, podrá lanzar la ponzoña con
su veneno. Hacer el movimiento apropiado y pasar
activamente a actuar como cazador.

Antes de abandonar el lugar para ir a descansar, Dyembe
mira a Aura con tal afable cariño, que esta, sin dudarlo dos
veces, imagina que en él encontrará un instrumento silencioso
para defenderse de los peligros que pudieran acecharle.

143
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Como si un acto sutil de simpatía pudiera interpretarse cual
complicidad, sonríe a Dyembe en aceptación de conjura
para dejarle ir a descansar a su dormitorio.

144
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

22.

Caminar sin que emane el espíritu de la madera es un asunto
complicado. La madera es trepidante, crujiente, alarmista y
lastimera. Hay que tratarla de tal modo que al pasar no
delate las intenciones del paseante. Que no malogre la
oportunidad de asirse con la presa. Que no le espante; que
no coloque al cazador en evidencia, en especial cuando la
lo que ese cazador busca es evidencia.

Lleva unas dos semanas tratando de definir las regularidades
que le han traído hasta aquí, caminando cautamente sobre
este maderamen. Mediante un metódico ejercicio nada
despreciable ha definido los movimientos que debe hacer,
acorde con su lectura de los hechos. Sin saberlo ha actuado
como un hombre de ciencia, aunque de hecho no conozca
las implicaciones de ello.

145
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Camina silenciosamente a lo largo de las anchas escaleras,
dirigiéndose al pasillo que desemboca en la sección de las
habitaciones: donde nadie debería aventurarse luego de
cierta hora a menos que una campanilla que se requiere de
ello

Desembocando desde el último escalón hasta el descanso,
permanece de pie por unos cuantos segundos tanteando la
relación entre su peso y la flexible reacción de la madera, a
fin de no emitir sonido alguno: balanceándose suavemente
hacia adelante y hacia atrás. Luego da un paso retrasado,
lento y cauteloso y procede con un nuevo balanceo; otro
paso nuevamente… y así, un discurrir taciturno y teatral
hasta la puerta que oculta sus anheladas delaciones.

Suda frío. Sabe que si alguno de los habitantes del piso
decide salir al pasillo por cualquier razón, estará terminado.

Los azotes serán terribles y quizá se ordene regar sal en sus
heridas para profundizar el daño. Tal vez se ordene que le
entierren en un pozo al lado de un hormiguero y que su rostro
sea lavado con agua azucarada. Quizá se ordene que le
sean sacados los ojos, cortada la lengua o amputadas sus
manos.

146
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

En todo caso, espiar a los amos es un acto tan grave que no
alcanza para que el suplicio más terrible desemboque en el
dulce acto liberador que es la muerte. Se lo castiga con
mayor ira que robar. Si es sorprendido deambulará lisiado,
atormentado por algún dolor irreparable, convertido en un
animal inútil.

Una vez ante la puerta, la luz de una vela, trémula, tintineante
y silente, se extiende hacia afuera por debajo del resquicio; él
puede ver sus pies desnudos alumbrados tenuemente por el
fulgor amarillento que escapa desde la habitación.

Recuerda los consejos de su amo: “arriésgate apenas lo
estrictamente necesario”; pero aquello que puede descubrir
es tan valioso que tal vez valga la pena ir más allá del límite.

Moviéndose con la mayor cautela se aproxima aún más; su
cuerpo toca la lámina externa de la puerta, adornada con
florituras y bajo relieves. A continuación, como una estatua
que atestigua el impersonal tiempo que se despliega durante
décadas ante sus ciegos ojos, escucha.

147
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Reconoce allá adentro las voces de quienes espera delatar.
Solo escucha murmullos. Rumores tenues que aunque
indescifrables, delatan con su timbre la identidad de sus
propietarios.

Así, sin querer perder en esto más tiempo, su oreja se posa
contra el maderamen y escucha pacientemente, cerrando
por reflejo los ojos, como si al permanecer abiertos el mundo
lo distrajera; como si por sus ojos pudiera escapar el
significado de los sonidos tenues que se le ofrecen.

Siente entonces contra su rostro las vibraciones de las pisadas
desnudas dentro de la habitación, el sonido de algunos
objetos contra la mesa auxiliar, el trepidar de la madera en la
pequeña chimenea, el rechinar de los muebles propios del
dormitorio y los murmullos de las gentes cautas que tras
aquella puerta habitan.

Luego escucha los sonidos de un hacer rítmico que sucede a
las risas tímidas, indicio de un juego pre configurado al que
toda la especie humana debe sus albores.

Y al final ese abandonarse al instinto que termina
coordinando cada impulso nervioso, durante la caída a un

148
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

precipicio blanquecino que, mientras es recorrido, nubla los
sentidos justo antes del abatimiento final.
Un par de sonidos bastan para delatar el placer
materializado; basta conecta un par de hechos visibles e
invisibles para que la hipótesis se convierta en certeza
irrefutable.

Sorprendido con su descubrimiento, si bien había previsto
encontrar esta cúpula coronando el templo edificado por su
imaginación, su sonrisa victoriosa no alcanza a aplacar
aquella extraña sensación de nerviosa sorpresa que poco a
poco se transforma en un nirvana.

Por fin el cazador tiene en sus manos algo digo de ser
llamado “presa”.

149
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

23.

Cierto día, un mensajero llega a la Hacienda Acosta.
Antonia lo recibe personalmente; y luego de las atenciones y
saludos protocolares, aquel extiende una nota que luce el
sello lacrado de la Casa Blanco.

Antonia lee la nota con cuidado. Mira a los ojos del
mensajero que la ha traído, un capataz dorado por el sol,
quien luce un sombrero ancho y todo el atuendo para
montar, pues la distancia entre ambas casas amerita tal
cuidado. Parece que el hombre desea retirarse.

–Espere… –musita Antonia, escueta y directamente.

Se retira de la antesala de la casa mientras el mensajero
permanece en pie allí, y busca a su padre en los alrededores
del estudio. Sin mediar mayor palabra le extiende el sobre. Él
lo lee y la mira a los ojos.

150
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Qué aconsejas, hija?
–No estaría mal, pienso, que también él reciba un poco de
entrenamiento.

–Blanco no es muy listo con los números, según puedo ver. Al
menos se ha aventurado a proponer una manera de saldar la
diferencia.
–Pero es honesto, al parecer.

–Quizá, si llamamos “honestidad” al hecho de pagar sus
deudas por cualquier medio.

Acosta toma una hoja similar a la recibida y procede a
depositar en él un mensaje cuyos términos exactos
permanecen ocultos a los ojos de Antonia. Al terminar sella el
sobre con el lacre de la Casa y lo entrega a su hija, quien
abandona el lugar sin mediar palabra.

Recorre el espacio hasta el recibidor y allí encuentra al
capataz de Blanco quien la mira con impaciencia. La negra
Aura sostiene junto a él una bandeja en la que aquel coloca
un vaso con agua cuyo contenido ha sido medianamente
vaciado. El mayordomo oficial no tiene permitido prestar

151
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

servicio a la servidumbre de otras casas ni a la servidumbre de
la propia. Aura se retira. Antonia la ve alejarse sin mostrar
reacción alguna y extiende el sobre con la respuesta.

El mayordomo abandona la casa y desaparece en medio de
la calurosa tarde dejando una estela vaporosa tras de sí, por
lo que Aura aparece de la nada cerrando la puerta antes
que dicho polvo malogre el interior de la vivienda.

152
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

24.

Dyembe y Dembá suben al carro, el uno con su secreto a
cuestas y el otro con el indudable sabor de la duda pesando
sobre sus hombros.

Al final del camino verán a Blanco agazapado tras su actitud
de amo cauto, un tanto benevolente y dispuesto a las
concesiones de la amabilidad.

Pocas veces Dembá ha salido de la frontera de la Hacienda
Acosta. El vehículo desenvuelve su trasegar por entre los
baches del camino, sacudiéndose bruscamente. Ver los
campos silenciosos con las manchitas blancas trabajando a
lo lejos, su congéneres y los hijos comunes de sus ancestros, le
llena de una emoción apabullante.

Jamás había tenido la oportunidad de ver el mundo como si
fuera un telón: una escenografía montada para su deleite,

153
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

una reminiscencia de las posibles casualidades
insospechadas de la vida, gracias a las cuales imaginó por un
instante que en algún mundo posible los suyos eran amos de
sus propios dominios.

¿Acaso sabía Dembá de la guerra aquella que les relegó de
nuevo, como hace tantas centurias a la escatológica
condena del servilismo?

Pocos de los suyos poseen conciencia que la libertad luce,
sabe y huele indefectible, ineludible e infranqueablemente
como la sangre. No hay libertad sin sangre, así como no
existe la sangre más allá de la esclavitud incontenible que la
somete al encierro de las venas y las arterias. La sangre busca
correr, escapar, irse a otros lugares. Decir algo distinto del
mundo, diferente a que es una sucesión infinita de cavernas
y cavidades que le permiten transcurrir benevolentemente a
lo largo de una existencia contenida por el látigo y las
privaciones.

¿Cuánta sangre cuesta la libertad de un esclavo? Los amos
consideran que la libertad de un esclavo cuesta lo necesario
para hacerle morir de hambre, de frío o por efecto del látigo.
Porque no puede ser libre lo que por sí mismo no pelea.

154
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Aquellos hombres blancos se sienten benefactores naturales
de la naturaleza humana. Porque le impiden desvincularse
de la tierra, porque admiten francamente cierto hedonismo
que se aloja más allá de las fronteras del trabajo sudoroso, y
porque se sienten benefactores de una raza hecha para el
arrastre y la carga. Si no fuese por la sumisión –que no
siempre aceptan de buena gana– aquellos hombres
“nacidos para la servidumbre” acabarían abandonados,
dóciles y serviles, a los colmillos de las fieras que vagan
afuera de las fronteras del complejo sistema feudal.

Así que algunos no desean la libertad, pues no conciben
siquiera que exista algo que pueda llamarse así. O porque la
transvaloración que sobre sus mentes ha operado, les hace
verse libres en medio de inmensas praderas, como lo hacen
las reses en medio de los campos cercados o los cerdos en
los corrales que desembocan en el matadero.

–Así que dime, Dembá… ¿Cuánta sangre cuesta tu libertad,
en caso que la quisieras?

Dembá suda congelado. Del camino accidentado ha
saltado a una habitación en la que le hacen preguntas
inconcebibles; porque se refieren a una sustancia que no es

155
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de este mundo, que no ha pensado y que no conoce, a
menos que se trate de una metáfora para amainar los
efectos indeseables de la muerte.

En medio de la sala de Blanco, Dembá recibe una sutil
atención de un hombre negro, como si se tratase de un
visitante blanco.

Ni él mismo puede entender esta transfiguración de las cosas
que ocurre tan solo a unos pasos de su propia casa. El
sirviente le extiende la charola para que, sentado cual si
fuera un ser de igual estirpe a la de Blanco, tome un vaso
con agua que ha sido servido con la expresa intención de ser
engullido por el impuro visitante. ¡Nada ocurre por accidente
allí!

Toda una violación de los valores, pues como se sabe, un
negro criado en una casa no atiende a otros negros; y un
negro de visita, sea como mensajero o como prenda de
deuda, jamás ingresa a la casa ni hace uso de las cosas de
un hacendado, como no sea para obrar como animal de
carga.

–No sé, amo Blanco, cómo responder a eso.

156
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Solo dime Dembá: ¿deseas ser libre o continuar tus días
como esclavo?

Dembá titubea… parece que va a desmayarse en medio del
palidecimiento que todo aquello le produce. Dyembé actúa
con fuerza, apretando un poco más el torniquete, por lo que
su voz áspera irrumpe en la sala.

–¡Responde en litros de sangre, tú que has hecho de tus amos
un objeto digno de ser llevado a la cama!

Dembá palidece… Acosta continúa con su sutil y prudente
labor quirúrgica, ignorando el tono altisonante de Dyembé:

–¿Un litro? Tal vez dos… ¿o cien? ¿Cuántos litros de sangre
cuesta tu libertad?
–Sigo sin entender, amo… –La voz de Dembá tiembla
aflautada, como si se tratase de un niño clamando
silenciosamente por salvarse de un castigo.

–Este que ves aquí –continúa Acosta señalando en dirección
a Dyembe con la mano entreabierta como si estuviera
cediendo el camino a una dama– sabe que cierta mujer
blanca permite que le visites en su habitación al menos una

157
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

vez a la semana… ¿Crees que debería azotarlo por mentir?
Yo creo lo que dice… Lleva toda su existencia sirviendo en
esta casa y… lo seguirá haciendo, claro. O ¿acaso hay algo
de verdad en esas palabras? “Dembá el amante de blancas”
–resalta finalmente Blanco, con una evidente sonrisa
sarcástica como si hablara de una atracción de circo.

Pero Dembá sabe que es cierto; no lo ha soñado. Ha visitado
a la ama Antonia en su habitación y por onírico que todo
aquello parezca, le han sorprendido.

–Solo una cosa podría hacerse aquí –continúa Acosta–, frente
a tal exabrupto: informar de esto al padre de Antonia para
que te despelleje vivo y te deje secar al sol, negro…
–Nadie creería eso que usted dice –repone desafiante pero
tímidamente Dembá, intentando escabullirse por el costado
de las evidencias, para que no le abracen con su fuerza
condenatoria.

Mientras tanto su temperatura cambia, su exudación y su
aspecto se hacen temerosos; Blanco sonríe y mira a Dyembe:

–¡Astuto! No puedo negarlo; aunque quizá esto deba
resolverse como lo hacemos siempre los blancos: manchar

158
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de rojo un látigo con la sangre de un negro, para que algo,
cualquier cosa que eso sea, se convierta en la verdad
confesada… –Blanco calla un instante; parece estar
evaluando cada palabra que dirá–. ¿Alguna vez has
confesado algo en contra de tu voluntad, negro Dembá?
Bueno, de eso se trata la confesión; de decir algo que no
quiere decirse. Permitir que el delator que llevamos dentro
hable por nosotros siendo nosotros mismos, estando dispuesto,
como otro yo, a conceder nuestra carne para expiar su
profunda culpa.

Dembá ve arrojarse sobre sí lo inevitable. Un par de
capataces ingresan tan solo durante dos minutos a la
habitación, mientras Blanco sale al balcón posterior y degusta
un puro.

Al retornar mira con agrado el espectáculo que ha
presenciado con anterioridad: la miseria del hombre
fracturado desde adentro. El que ya no es dueño de sí. El que
ha cedido ante el dolor del miedo, y no ya ante el miedo al
dolor.

–De eso hablo, negro Dembá: dos empujones, y aquel otro
yo saldrá de adentro de las entrañas, rasgándolas,

159
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

encantado de cantar al mundo sus culpas, sin importarle ya
lo que esté por venir… ¿Deseas más pruebas o me
preguntarás qué deseo a cambio de mi silencio?

Dembá asiente sin que haya la más remota posibilidad de
negarse. Si lo hiciera seguramente acabaría hecho un
guiñapo a manos de aquel par de gorilas enfermos de
sangre; y luego a manos de su amo Acosta, a quien le dirán
que ha confesado el abuso a su hija Antonia. Y ella quizá lo
niegue… O tal vez librará su culpa acusándole de intentar
sobrepasarse.

Es la encrucijada, el acorralamiento perfecto para un sujeto
que solo desea, ahora por primera vez en su vida, huir;
marcharse. Enfrentarse a aquello fantasmas milenarios que
están encarnados en el cuerpo de los suyos quienes han
viajado desde las profundidades del continente negro,
trayendo con ellos esos misteriosos seres que ahora acechan
por fuera de los terruños de los blancos, durante el ocaso, al
alba, mientras la noche permanece despierta.

Al acabar a tarde, más adolorido por dentro que por fuera,
Dembá retorna a su hogar junto a Dyembe quien será por
desgracia su nuevo capataz.

160
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

25.

Como aquellas tardes perdidas en las que el sol reluciente se
oculta tras los distantes cerros de la cordillera herrumbrosa,
abrochando los valles con la sombra de un firmamento que
se cubre de violeta y naranja. Como el río fresco
descendiendo en medio de los matorrales, curvas diestras y
siniestras, para perderse por entre el filo silencioso de la
noche.

Como los pequeños grillos que se escupen en cantos
irrepetibles mientras escapan dando saltos en la hierba ante
los pasos de un viajero que huye a la vida.

Como los nubarrones blanquecinos que el viento, lo más alto
sobre las cabezas de los hombres, despliega en girones
abandonando sus formas sinuosas para terminar convertidos
en el manto silencioso de una noche que deja entrever los
astros nacidos mucho antes que el hombre… y le sobrevivirán

161
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

para luego precipitarse en una masa de luz informe y
parpadeante… mañana, en un futuro distante desprovisto
de humanidad, quién sabe qué seres verán con admiración,
asombro y horror aquellos destellos, sintiéndose
ineludiblemente devorados por la eterna noche cósmica.

Como todo lo que se acaba, a diario, pues en el fondo de
todas las cosas, solo una inmanencia nos llena de certeza: la
decadencia de su final.

Desde el inefable inicio solo una verdad: el fin. El fin como
necesidad, mas no como intención. No como fin de la
existencia sino como precepto subyacente a todas las
cosas, plantas, animales y humanos. ¿Cuántos seres han
pasado sobre esta errática tierra? ¿Cuántos seres vivos
podrían ser escuchados luego de acabar esa circunlocución
insospechada de frases, monólogos y adjetivos temerosos,
que es la vida?

Pobres aquellos que estuvieran asomándose al margen
mismo del final de las cosas: los que creen que el mundo es
“uno” e inmodificable, y aquellos quienes se creen tocados
por una vara encantada que les lleva a creerse indelebles
ante el paso de los eones. Pobres…. No porque la ilusión de la

162
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

eternidad no merezca ser fantaseada en pergaminos y
tarjetas perfomagnéticas, sino que tarde o temprano sus días
acabaran en un enfriamiento que les reducirá a materia
inerte. ¡Toda máquina está condenada a enfriarse! Y en
medio de la super conductividad del mundo
contemporáneo, los átomos se enfrían, aunque no parezca
que lo hacen… La información que guardan se hace inútil…
¡La muerte termodinámica les abraza!

¿Acaso no mueren los ángeles y los fantasmas? El más
implacable cúmulo de energía se disipa en un transcurso,
que aunque distante, arroja como resultado el transformarse
aquel que le convierte en otra cosa.

Así como el tigre envejece, como el puma cae por descuido
a lo largo del acantilado, como el cóndor limita su vuelo por
una vejez insuperable, como los ríos se desecan y se pierden
en la memoria, como los cerros se aplastan y deshacen en
arena, así, el final de Aura fue sellado un ocaso cualquiera.

Todo acaba, bien o mal, porque se ha cerrado su ciclo o
porque algo le ha empujado al fondo del precipicio térmico.

163
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Temo salir al solar… que alguien me ataque por la espalda y
mis días terminen sin más.

Dyembe le escucha con calma, como todos los atardeceres
sentados juntos, al borde del descanso que adorna la salida
trasera de la cocina, hacia la nada.

–No creo que algo vaya a pasarte… ¿por qué piensas eso?

–Por el asesino –responde ella con seguridad–. ¡Ha sido tan
certero! no hay forma de escapar de él.
–Yo temería más que un tigre venga y me devore mientras
espero que el cubo, al fondo del pozo, se llene de agua.

–Sin duda temo lo mismo; pero aquello sería un accidente….
¿Pero que mi vida sea arrancada por un hombre? No tolero
esa idea…
–¿Cómo sabes que es un hombre?

–Porque no es un fantasma… Los fantasmas reciben ofrendas,
divagan por la planicie sin fijarse mucho en la manera como
corre el tiempo y luego se disuelven en él, o van al cielo si son
bendecidos por la cristiandad… Pero son los humanos
quienes cobran venganza.

164
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Tú y yo sabemos Aura, que aquel de quien hablas no toma
venganza… solo se defiende de un acto de venganza que
ha salido mal porque la torpeza ha puesto al descubierto los
rostros de los conjurados…

Aura mira a Dyembe con subrepticio asombro; le ha dado
demasiadas pistas sobre la causa de sus temores cada vez
que se ha visto enfrentada a ese miedo que parece milenario
y que hace encenderse sus ojos con el ánimo triste de quien
teme y a la vez debe.

Él, hombre con el olfato de un sabueso viejo que no necesita
rastrear el campo para saber dónde se esconden los secretos
carnosos de la pradera, mira tibiamente a Aura, intentando
transmitir la calma que ella necesita para ir por el agua que
necesita en la cocina.

–Mira –señala él hacia la penumbra que poco a poco se
convierte en gris rubor–: son doscientos metros hasta el pozo,
justo en línea recta. Mejor es que vayas por el cubo, la
lámpara de aceite y te apresures: anochece demasiado
rápido. Yo estaré mirando desde aquí…

165
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Aura ingresa a la cocina con la lámpara y un cuenco de
madera tallada y al salir ya no queda mucho de la tarde
naranja que dejó al dar la espalda.

–¿No me acompañarás?
–Aquí estoy cómodo… No te perderé de vista.

Protegida por los ojos de Dyembe se aventura por entre la
penumbra sin que le sea ya posible ver más allá de unos
cuantos pasos; sin que su testigo pueda seguir algo diferente
al fulgor relampagueante de una lámpara que se aleja con
la cadencia de un paso nervioso.

Al cabo de unas quince horas, Aura fue sacada con mucho
esfuerzo de las profundidades del pozo por un equipo de tres
tercos capataces que en más de una ocasión estuvieron a
punto de agarrarse a puños debido a sus diferencias de
opinión alrededor de la técnica necesaria para adelantar el
rescate; más que compasión cristiana, los esfuerzos buscan
salvar las aguas que alimentan la casa de la contaminación
producida por la podredumbre inminente del cadáver.

166
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

26.

Nadie guarda luto a Aura. Como era de esperarse los negros
de los campos no ven en ella una de los suyos, ni mucho
menos los blancos de la casa, para quienes jamás fue más
que una sirvienta a la que el bautizo solo sirvió como
herramienta de incorporación que mantuviese distantes sus
ancestrales ritos paganos y el poder negro de una magia
que en numerosos casos ha demostrado ser infalible.

Ungida de mala gana por un sacerdote, quien compasivo
intentaba que aquello parecido a un alma humana no
quedase abandonado en el limbo de las tinieblas para ser
devorado por las hienas fantasmagóricas que atormentan las
pecadoras almas en pena, la mortaja de Aura se pierde río
abajo para no ser vista nunca más.

167
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

No será propio de los humanos averiguar cómo los ritos
blancos matan aquellas extrañas conexiones entre los
hombres ancestrales y el mundo de los espectros.

Contrario al viejo negro muerto por el azote del capataz, fiel
a sus creencias hasta el momento de su pútrido final, Aura
jamás se levantó de la balsa, nunca redescubrió el mundo
desde la natural belleza que estaba oculto a sus ojos, nunca
habitó un árbol y jamás fue visitada con ofrendas por los
suyos.

Jamás tuvo “suyos”, jamás creyó en las leyendas de su
pueblo y nunca esperó el día de su muerte para liberarse de
las ataduras que atormentan a los hombres.

Rezó a una virgen, clamó por sus intereses ante los santos, se
persignó y fue a misa, recibió los sacramentos y falleció.
Simple. Sin las magias y supercherías de los hombres de color,
sin conexión alguna con la naturaleza, diferente a la que
establece un acaparador con un inmenso repositorio de
materiales para cocinar, lavar y atizar el fuego.

Pocas veces las supersticiones de los blancos son tan
cercanas a los de los negros, como cuando se aferran al

168
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

poder de su credo para anular las magias del mundo. Jamás
quizá supieran que el bautizo era el equivalente a matar
dioses intrusos, más allá que pensarlo como una posibilidad y
una práctica de aniquilación de las costumbres paganas.

Jamás han pensado que aquellos dioses negros fueran
medianamente reales, si bien creyeran contradictoriamente
en el poder de la magia, explicada como una invocación al
diablo, artes en la que sus esclavos al parecer son expertos.

Por ello el sacerdote local impone con desgano los
sacramentos a los negros de la casa, pues se siente que esté
salvando almas sino resguardando los dominios blancos
frente al influjo inagotable de la maldad negra.

Mayor paradoja no ha habido en el mundo: la negra Aura
fue asesinada el día mismo que recibió el primer sacramento,
pues además de empezar una vida larga plagada de
martirios y desprecio, al otro lado no habría ya nada
reservado para ella.

Su espíritu negro se desvinculó de su magia con el primer
sacramento y a la hora de la muerte, incapaz de

169
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

comprender aquel doloroso proceso de evaporación,
escapó de su cuerpo para disolverse.

Desde el mundo de los muertos, aquel en el que los negros
esclavos de la República se sienten liberados, se observa con
pesar la licuefacción de las almas africanas que han sido
convertidas al catolicismo, obligadas a olvidar su conexión
primigenia.

Y así es como esos fantasmas milenarios de los negros
pueden pasar semanas enteras vigilando con estupefacto
celo el florecer de una crisálida, hablar con voz dulce a los
oídos de las matronas para informar concejos y advertir a
algún hombre de cualquier peligro inminente mediante
trepidaciones de ramas y chasquidos de hojas; son incapaces
de tolerar –testigos silenciosos del pesar cristiano– ese fin
desesperanzado que equivale a disolverse en la nada y esa
imposición para matar el espíritu de sus congéneres.

Los blancos jamás sabrán que aquella aniquilación es tan
efectiva; de lo contrario bautizarían todo lo que odiasen
sobre la faz de la tierra.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Aura pasó al recuerdo como la útil mascota fiel que sirvió a la
casa y solo sería narrada en el recuerdo distante que realiza
un recuento contable de las propiedades perdidas por la
hacienda. Su sazón exquisito, inigualable por la ventaja de
los años y un sutil ejercicio de adivinar en las secas
expresiones de los amos sus gustos afables, los decididos y los
incalculables, fue reemplazado no en más de un día por las
sabiondas truculencias culinarias de aquella nueva cocinera
que Blanco ha suministrado a Acosta, a cambio de un pago
razonablemente bajo.

Ante la pérdida de Aura y el inmediato apoyo de Blanco,
quien no demoró en ofrecer un reemplazo conveniente, el
amo Acosta se siente tranquilo.

171
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Segunda parte

172
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

1.

De la noche a la mañana son tres los conjurados que
duermen bajo el techo de la casa Acosta: Dyembe, Dembá,
y Oneida.

–Finalmente lo has hecho, negro y ¡sin dejar huella!
–No sé de qué hablas… –su voz luce aquel sutil hilo divisorio
entre la sinceridad y el temor.

–Del último de tus enemigos.
–Te equivocas: en efecto cayó al pozo tratando de detener
el cubo porque su peso fue demasiado.

–El muro es suficientemente alto como para noperder el
equilibrio de esa manera.
–Olvidas la banca…

173
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–La banca fue un sutil detalle para hacer todo más
convincente; ¡nada más!
–Esa banca es tan vieja… –responde Dembá como si se
hubiera marchado al lugar recóndito de sus recuerdos–. Yo
mismo debía usarla cuando era niño y ayudaba en las
labores de la casa… Entonces podría haber caído fácilmente.

–Como sea… –responde Dyembe con malicia– uno menos de
tus enemigos.

Oneida escucha con calma la conversación, sentada en una
mecedora vieja que apunta como siempre al exterior: aquel
lugar extraño y perdido que es el mundo. La nueva cocinera
piensa por un momento que es como si los negros todos
supieran que el mundo está afuera de ellos, a pesar de ellos y
solo como una negación explícita para ellos.

Ella ha venido del fango mismo. Como si se tratase de una
emperatriz redimida, sus ojos observan con altivez la
oscuridad tibia mientras su cabeza escapa al mundo de los
suyos para tratar de entender los signos del tiempo.

Oneida creció como ayudante en la Casa Blanco, al lado de
la matrona quien realizaba todas las labores de confianza. Se

174
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

convirtió en la mano derecha de la cocina y por la virtud
inexplicable de sus facultades innatas, aprendió todos los
olores, sabores colores y combinaciones posibles de las
hiervas medicinales, neutras y nocivas.

Oneida era pequeña y menuda. Su cuerpo parecía el de una
niña mucho menor. Por aquellos años distantes de su infancia
una creciente del río la arrastró, poniéndole a punto de morir.
Uno de sus brazos quedó atrapado en algunos desechos que
la mantuvieron a flote mientras la corriente le arrastraba. …
Quizá recorrió decenas de kilómetros.

La ola de deshechos, fango y animales muertos la abandonó
inconsciente al borde del río, por el costado más distante a
la Casa Blanco. Fue desenterrada por una cuadrilla de
negros que al día siguiente recorrieron la rivera para revisar los
daños que podría haber causado la creciente. Acto seguido
la presentaron con los Blanco, para quienes aquel evento se
convirtió en un asunto milagroso. Nunca aparecieron sus
amos originarios, por lo que la Casa Blanco la tomó como un
regalo de las aguas y la entrenó en las labores de cocina.

Jamás pudo saberse de dónde provino. Solo la trajo la
corriente, nada más que eso, y una serie de marcas

175
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

geométricas en su espalda, algunos cortes de cuchilla
coloreadas con carbón y vegetales, mostraban que
provenía originalmente de algún lugar de la costa noroeste
africana, pero en vista que tales escarificaciones no habían
sido terminadas, se supo que fue capturada antes de
alcanzar la pubertad y contrabandeada hasta el Valle.

Si bien algunas leyes prohíben la posesión de negros que no
hayan nacido en las haciendas, con frecuencia son raptados
en sus países originarios. En general es mal visto el tráfico de
negros desde ultramar, debido a que aquellos territorios
remotos africanos que antaño proveían hombres de color, se
independizaron progresivamente y las naciones resultantes,
pintorescas y de extraños nombres, abolieron cualquier
rasgo de esclavitud.

Los piratas hacen viajes y capturan en las costas a hombres,
mujeres y niños que viven en aldeas remotas, como si se
tratase de bestias acechando a sus presas. Algunos ofrecen
trabajo en buques pesqueros y allí, en alta mar, proceden a
su rapto. O quizá embisten pequeñas naves pesqueras
haciéndolas sucumbir y luego, simulando el rescate de los
náufragos, proceden a hurtarles su libertad.

176
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Al arribar a las costas de la República, la preciada
mercancía es “legalizada”, haciéndola pasar por materias
primas. Rara vez, autoridad alguna se interpone revisando a
fondo la carga de los buques. Una cuantas monedas pueden
solucionar la mayoría de impases.

Una vez los buques de contrabandistas tocan las costas del
Valle, es imposible que un hombre escape de su destino:
todos encubrirán sistemáticamente cualquier rapto de un
negro. Sin embargo, debe decirse con justeza, que los
hacendados rara vez requieren comprar negros
contrabandeados. El mercado local provee suficientes
opciones: negros fuertes y robustos, niños, hembras
entrenadas en diversas labores, y, eventualmente, ancianos y
enfermos que son comercializados a precios irisorios.

Oneida no sabía mucho de su pasado, siendo una jovencita
con apenas diecisiete años que había viajado medio
planeta, perdido el rastro de su familia y terminado al servicio
de gentes extrañas con las que apenas compartía las
semejanzas estrambóticas de una lengua heredada por los
antiguos colonos de su patria.

177
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Sin embargo aprendió demasiado bien; y al cabo de un año
largo no solo poseía un manejo bastante bueno del idioma,
sino que había asimilado por la fuerza de su instinto todas
aquellas prácticas que le fueran útiles para su supervivencia.

Los hombres que la rescataron la arrojaron medio muerta
bajo un sol implacable que al parecer la evaporaría junto
con el agua que traía encima, dejando solo una escultura
pétrea hecha con el fango ocre del río.

Martina de Blanco, luciendo un traje digno de la matrona de
una casa rodeada por la inmensidad de un terruño
impensable, miró aquel cuerpo inerte con desconfianza.

“Ama: aún respira”, dijo alguno sin que ella hubiera
preguntado. La altivez de las mujeres del Valle las hace
imponentes y recias. Están hechas de la misma materia con
la que se cuecen los matrimonios de conveniencia, los hijos
concebidos a la fuerza y el amor aprendido por el efecto de
la costumbre y la convivencia con un sujeto extraño.

Se acercó al cuerpo de aquella infeliz, e incapacitada para
apreciar aquella masa de carne con detalle, pidió que le
rociasen agua a baldados para disipar las dudas que

178
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

necesitaba responder. Luego, los girones del vestido de
Oneida fueron arrancados, y desnuda ahí, arrojada como la
carnada hecha para un animal de carroña, la pequeña
permaneció brillando como una gema; Martina apreció
desde la cabeza hasta los pies aquel entuerto misterioso de
animalidad humanizada. Rasgos demasiado particulares,
escarificaciones en el torso y la espalda, y más extraño aún,
un escapulario atado al tobillo derecho.

Oneida había sido bautizada. Una vez que se recuperó de sus
heridas, más leves que graves y su talla retornó a la
adecuada proporción, demostró saber al pie de la letra los
cantos y rezos de una fe impuesta por sacramentos.

–¿De dónde has venido, Oneida? –se le preguntaba
insistentemente mientras se recuperaba.
–De la hacienda de los Colmenars… –respondía ella sin
dudarlo, en su acento un poco atropellado–. La avalancha
me llevó mientras lavaba las ropas de los amos.

Una misión trató de encontrar alguna hacienda que llevase
tal apellido, pero fue en vano. Los rastros del desastre se
extendían infinitamente, y Blanco concluyó que la pobre
infeliz había sobrevivido a un funesto cauce que la mantuvo

179
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

viva a lo largo de unos quinientos kilómetros. Así, que la
palabra milagro pasó a ser su segundo nombre y misterio su
apodo imborrable.

Por aquellas supercherías de los católicos, que atribuyen
causas etéreas a los hechos coincidenciales, se ordenó que
Oneida Milagros nunca fuese azotada. Martina prohibió que
se le agrediesen físicamente; pero, además, su adaptación a
las reglas de la casa fue sorprendente, razón por la cual
jamás cometió exabrupto que mereciera castigo físico,
perdón o conmiseración.

180
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

2.

Dyembe compartió su infancia con la prominente Oneida,
cuyas carnes firmes, caderas anchas y pechos erguidos se
dejaban ver por entre las telas blancas de su incipiente
vestuario, trabajando con un tesón y un silencio maravillosos.
De ella aprendió casi todas las cosas que era necesario
saber a cerca de los servicios domésticos.

Cierta noche en que una mortal fiebre estaba atormentando
el robusto y firme cuerpo de Oneida, aquella negra émula
de Moisés que ya llevaba unos quince años sirviendo en la
Casa Blanco, Dyembe le cuidaba con la paciencia de un
hijo adoptivo. Llegó a considerarla similar a una madre, y por
ello mismo, el reemplazo afectivo de su madre biológica
quien había muerto víctima de la epidemia de la fiebre
tifoidea.

181
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Ya habían transcurrido dos días desde que Oneida cayó en
cama, una semana luego de sentirse indispuesta. Ahora
deliraba y Dyembe se veía atareado preparando infusiones
con las hojas de barba de viejo, mismas que son traídas
desde las tierras distantes del norte debido a su fama curativa
que les coloca por encima de los antibióticos. Dyembe debía
administrar el agua en ayunas, tarea esta que realizaba con
de dificultad.

Delirando por la fiebre, una de esas noches en las que la
profundidad sin luna se hace inescrutable, Oneida
canturreaba extrañamente mientras se retorcía
amablemente de un lado hacia el otro del catre, como si
estuviese atrapada en un trance indómito pero placentero.

Dyembe le escuchaba mientras intentaba colocar los paños
de agua tibia sobre su cabeza para reducir el calor de su
cuerpo. Jamás fue tan cercano a alguien y nunca escuchó
con tanta atención algo tan incoherente. Por un momento
pensó que un espíritu estaba alojado tras aquellas gotas de
sudor que parecían no ceder terreno.

182
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Quién eres? –preguntó varias veces convencido de hallar
una respuesta inmersa en la jeringonza de Oneida, como si
un influjo mágico la hubiese atrapado.
–Soy yo… –respondió por fin ella, como si no atinara a estar
segura de su propio nombre, mientras su mirada parecía
escapar a la nada.

–¿Oneida?
–Soy la misma que he venido desde lejos…

–¿De dónde? –Dyembe se mostró intrigado.
–¡Atrás! ¡Muchos años atrás! Aún los míos éramos libres de
aquellos… ¿cómo fue que volvimos caer en esto?

–No puedo entender de qué hablas…
–Antes, que las cadenas que ahora llevamos, también
tuvimos el lastre de esta esclavitud… Pero hubo un instante,
un instante feliz durante el cual fuimos libres en nuestra tierra.

–Antes que fuéramos atrapados…
–No; antes no… Primero hubo una libertad natural…. Era
hermosa, como las flores al amanecer: colmadas de rocío…
Luego fuimos esclavos de aquellos hombres de cabellos
rojizos y rubios, y logramos con sangre nuestra libertad…

183
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Fuimos libres antes?
–…pero luego volvimos a decaer porque no supimos qué
hacer con esa libertad de pobres, de seres hechos para
correr por la pradera, de niños con cuerpos de grandes que
nos ha dejado al filo del desarraigo. De hombres poderosos
que no logramos el respeto del hombre débil y este,
poderoso en su debilidad, armado con sus discursos, volvió a
atar nuestros tobillos.

Dyembé se sintió apesadumbrado… Entonces el delirio de
Oneida se disipó en medio una mirada que arrojó sobre él,
como si quisiera destrozar su alma… y con ellos le hizo
convertirse en el trozo desalmado de hombre que no sabe
qué hacer para salir del fango, acostumbrado ya a la
domesticación onerosa, a la humedad tibia, al sabor de la
tierra inundada.

–Lo sé –continuó ella, mirándole fijamente–: ese sabor de la
libertad es algo desconocido para ti, que has sido como mi
hijo pero no conoces el aroma del viento, más allá de esta
atmósfera viciada con el pestilente aire de la carne
enrojecida por el látigo. Sé que suena extraño; que no
concibes que hayamos cometido este mismo pecado dos
veces… Pero créeme… Nunca pudimos atrapar el futuro.

184
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿El futuro?

–La misión que nos, tenemos, es atrapar el futuro para poder
torcer el pasado. Hacerlo irrepetible… Porque si no, el futuro
correrá libre de nosotros y no podremos ser lo que deseamos
sino lo que estamos obligados a ser … Entonces el futuro será
igual al pasado y siempre sentiremos que estamos atrapados
en un horrible presente. Hace mucho olvidamos vivir algo
diferente al presente. Hemos perdido la capacidad de
anticiparnos.
–Lo sé… –responde Dyembe– nuestra ignorancia nos impide
sobreponernos a eso que otros ven por anticipado.

–No te equivoques; no hablo de un saber como el de los
blancos, sino de la astucia que nos permite movernos por
instinto. La astucia que nos permite proyectarnos. La astucia
que nos permite tender un hilo invisible entre los hechos del
pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Eso es lo que
siempre nos ha hecho diferentes, Dyembe… nuestra
capacidad de ser astutos.
–Parece que me estás invitando a…

–No te invito –interrumpe Oneida de inmediato–. Te exijo que
seas aquel que puede ver las cosas antes que ocurran.

185
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Cualquiera que sea la diferencia que notes entre los blancos
y nos, entre los poderosos y nos, la más fundamental no
radica en el color de piel, ni en la contextura, la salud, la
educación o la ignorancia… la diferencia radica en ver el
futuro y cambiarlo antes que se convierta en nuestro
presente hasta desplegarse como una burda repetición de
nuestro pasado. Eso es lo que los hace poderosos: anticiparse.
Ellos lo hacen con ciencias que difícilmente aprenderemos,
pues tratarán de impedirlo a toda costa. Nosotros podremos
hacerlo con lo poco que jamás deberíamos haber perdido:
nuestro instinto; ese olfato sutil que nos permite atravesar
silenciosamente el ramal de la caña, como si supiéramos de
antemano cómo las hojas se frotarán, para impedir entonces
que no lo hagan y así evitar ser delatados.
–Allí está nuestra magia…

–Allí está Dyembe… Debemos ir por ella y recuperar la
capacidad de trance que nos han arrebatado.

Un silencio medió entre Oneida y Dyembe. Ella, al cabo de
unos segundos y como si jamás hubiera salido de su estado
de ensoñación, retornó al campo de batalla interior que
suponía vencer el efecto nefasto de una bacteria que

186
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

inflamaba su vaso y su hígado, y que solo gracias a Dyembe
lograría derrotar.

Dyembe se puso de pie para salir de la pobre habitación; lo
hizo pensando en aquel acercamiento imprevisto con el
interior más profundo de Oneida. Y mientras se alejaba,
aquella semilla inoculada por una ensoñación tan realista
que parecía la vida misma, le dio la certeza que nunca más
volvería a ser el mismo.

187
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

3.

Aún los tres permanecen sentados en la cocina de la casa
Acosta, revisando frases que van y vienen, como si no
importase que el complejo universo de deberes cediera por
un instante a las divagaciones alrededor de las cosas que
pueden o no haber sido. Tembasi duerme profundamente, así
como el resto de la casa. Nadie, por desgracia o fortuna,
puede escuchar el circunloquio de los tres conjurados.

–Tal vez –agrega Oneida–, no fue voluntario.
–No… involuntario no ha sido –agrega Dembá–. El infortunio
estuvo primero…

–No lo molestes, Oneida –añade Dyembe–. Debemos creer
que no ha sido más que un accidente.
–Lo sé… puedo creer eso… Pero tal vez ha desplegado su
astucia… quizá ha llegado a su original estado de trance…

188
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¡Trance! –Exclama Dyembe sorprendido– ¿Por qué el trance?
¿Qué tiene que ver con una cosa como estas?

–No sé… pienso que quizá Dembá no estaba en sus cabales
y tal vez no sea consciente de lo que ha hecho.

Dembá toma un sorbo de leche mientras observa la expresión
distante de Oneida, quien se mece sobre la silla, justo bajo el
pórtico, como si estuviese al borde de un ataque catatónico.
Dyembe se pasea arreglando pequeños detalles en la
cocina: secando cubiertos, organizando la platería,
acomodando copas de vidrio. Dembá continúa; su tono
déspota es evidente:

–Nunca he entendido aquellas leyendas sobre el “trance”…
Lo he escuchado varias veces de algunos esclavos… quizá
sean supercherías de esas que embelesan a los negros de los
campos, en medio de sus ritos paganos.

Oneida lanza una sonrisa sutil, perdida en medio de sus ojos
idos, como siempre, tratando de escudriñar algún lugar más
allá de los sucesos presentes. Calla un segundo, suspira
suavemente y al instante siguiente exhala sus palabras:

189
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Si lo hiciste y realmente no lo recuerdas, es porque lo has
hecho en trance.
–Eso es imposible… –agrega el más joven con suspicacia.

–…posible es –interrumpe Oneida–. Ha sucedido cientos de
veces. Hombres que van a la batalla y luego no se explican
cómo han cometido proezas, llegando a creer que fueron
producto de la alucinación de sus copartidarios. Pero
nosotros, los seres de sangre espesa y piel negra hemos
tenido siempre el poder del trance a nuestro favor…
–¿Siempre? –repone Dembá.

–Lo hemos olvidado… Dyembe: tú lo sabes porque yo te lo he
dicho cientos de veces –él se detiene; voltea a mirar a
Oneida y asiente con la cabeza–. Mucho antes, lo
desarrollamos por siglos con nuestros cantos y nuestras
alabanzas colectivas… En el estado de trance podremos ver
el futuro. Para los blancos su capacidad de catarsis está en
lo que llaman arte. La nuestra en el trance. Ellos ven el futuro
de una manera diferente a la nuestra. Pero a veces nuestro
trance es suficientemente poderoso como para emerger
solo…

190
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

4.

Han pasado dos largos meses desde que los tres conjurados
entraron en la casa Acosta.

–¿Puede un negro enamorarse de su ama?

–No lo creo… El amor es incondicional solo si las diferencias
de especie son respetadas –responde Blanco.
–Es verdad… Un negro amando a un blanco… ¡inocente
aberración!

–No es inocente, negro… es una aberración que merece ser
extirpada… es un cáncer que palpita y debe estimularse
hasta que estalle y mate el organismo infectado. Muerta la
chanda, muerta la cancha –sentencia estrepitosamente
Blanco.
–Jajaja… ¡cierto! –responde irreflexivamente Dyembe.

191
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Entonces, ¿al parecer tenemos un problema?

–Tal vez Dembá piensa que puede salir airoso de todo esto,
amo…

–¡Debes presionarlo aún más!
–Lo hago… Mucha de la información que tengo guardada
aquí –Dyembe señala su cabeza con el índice derecho–, se
la debo a él.

–¡Por favor, negro!… –exclama con impaciencia– No está mal
que traigas chismes… pero necesitamos que vaya más allá.
–Usted manda, amo…

–Lanzaremos un par de señales a ver qué sucede.
–Y…. ¿Oneida? –inquiere Dyembe.

–¿Cómo va con sus “trances”?
–Cada vez que puede habla de ello… Pero jamás fue tan
inofensiva…

–¿Dudas que pueda seguir con nosotros?
–En absoluto… cuando quiera, amo… lanzará su brebaje.

192
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

5.

Tembasi sintió terror… Amarrado de frente a un tronco y
completamente desnudo esperaba que su verdugo iniciara
los azotes. No sería la primera vez que lloverían sobre él los
golpes del capataz; por el contrario cierta vez fueron tan
frecuentes que el cuerpo, materia milagrosa que todo lo
soporta, se había acostumbrado a tales tormentos.

A la distancia brillaban los rayos del sol tocándolo todo con
su resplandor. Los altos cañizales, las plantas de la huerta… las
aguas de la quebrada fluyendo iridiscentes hacia el río, las
cañadas de colores cristalinos… Las aves cantando y
brincando de rama en rama, desprevenidas: ángeles
mortales… ¡qué poco les importa el mundano terruño
humano! Los polluelos correteando detrás de las gallinas y
una esclava recogiendo los huevos de entre los matorrales
tras la cocina, junto a la huerta.

193
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Todo apacible… indiferente a la tragedia cotidiana que es
la vida misma; un relámpago rompe el viento y se precipita
sobre la espalda de Tembasi. Nada cambiará sobre la faz de
la tierra mientras Tembasi sufre un castigo que le llevará a la
tumba. El mundo, como siempre, camina apacible, cruel e
indiferente ante el dolor humano. Porque el mundo no fue
hecho para ellos, aun cuando sean ellos expertos en
tomarse las cosas como propias y hacerlas sangrar para su
beneficio.

Contrario a aquel sufrimiento cotidiano, Dembá yace
pensativo en su catre ubicado en la sección posterior de la
casona. Permanece recostado sobre la paja que hace de
cama todas las noches y escucha a lo lejos, en el patio frontal
de la casa, el chillido del látigo y los gritos secos de
Tembasi… todo esto es su culpa.

Sí; su pecaminosa y única culpa; pero además, es resultado
de unos hechos a los que está atado tan fuertemente, que
el único responsable real de la segura muerte de Tembasi
será él, Dembá, el negro que con el paso del tiempo se ha
convertido en el “favorito” de la casa; el negro cuya
conciencia terminó atrapada por cierto patrón ajeno a ella,

194
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

pues le supo intimando con Antonia, la única hija del
hacendado Acosta.

Dembá es el amor secreto de aquella mujer de veinticuatro
años, quien ha descubierto los placeres de la carne forjada
por el sol y el trabajo recio e inagotable. Ella, blanca como
las sábanas y las ropas de las esclavas que trabajan en los
huertos, con su cabello negro y sus mejillas rosadas, carnudas
y límpidos, ha aceptado romper sus propios límites y hacer
del cuerpo de Dembá, una propiedad compartida: el
esclavo de su padre, el amante suyo.

Dembá fue descubierto… por un instante vio su vida
horrorosa correr ante sus ojos, pues lo único que podría
derivar de aquel asunto era ser azotado hasta perder mucha
sangre, ceder al desmayo, y permanecer bajo el sol y la
lluvia con la espalda, las nalgas y los muslos hechos girones
de carne que poco apoco se harían pútridos y acabarían
mordisqueados por los buitres y las ratas…

El amo no perdonaría que un negro abusase de su hija
mayor… Quizá le condenase a ser desmembrado vivo. ¡Ay de
aquel quien ose socorrer, descolgar o sepultar a un negro
que haya sido condenado por falta grave! Cuando era niño

195
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá vio a un negro del plantío morir pudriéndose al sol,
exhibiendo sus carnes abiertas como si las hubiesen
cercenado con un machete. Al cabo de un tiempo, su
indiferencia se convirtió en desesperación y estuvo a punto
de correr a dar agua de beber, pero sabía que de hacerlo
acabaría fuertemente castigado.

Ese día Dembá, fue consciente por vez primera de que su
vida estaba atada al horror de la esclavitud, y que su
voluntad estaba irrestrictamente limitada a los caprichos de
unas gentes a las que no podía, tan siquiera, aventurarse a
odiar, trasgredir o contrarrestar.

Aquel negro espléndido, robusto, fuerte y vigoroso, se fue
pudriendo ante los ojos del niño Dembá y este tuvo que ver
cómo uno de sus testículos, destrozado por el extremo del
látigo, fue la primera pieza de carne que se disputaron las
ratas cuando aún la conciencia de aquel hombre estaba
perdida, en algún lugar estertóreo y trémulo, hambriento y
helado, entre la vida y la muerte.

El amo Blanco, amigo cercano al padre de Antonia, pasó la
falta grave del incesto con una sonrisa seca, y la apropió

196
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

para sí, tan solo para convertir aquel secreto en una carta
provechosa a sus fines.

Alguna vez Dembá aceptó un refugio tibio en las sábanas
prohibidas, pero a continuación perdió por segunda vez su
libertad. Blanco, el patrón de los peores capataces de la
región y famoso por su crueldad, había encontrado el
esclavo perfecto. Dembá aceptó el infame “acuerdo”
ofrecido.

Un considerado silencio que le permitía librarse de la
horrenda muerte, a cambio de ciertos criminales favores para
Blanco, que por ahora, no parecían llegar a su fin.

Blanco quería a toda costa apoderarse de las mejores tierras
de la región para expandir sus cultivos de caña. Quería
vengar viejas afrentas. Quería poseer algunas carnes que se
negaban a enviudar, quería hacer padecer a ciertos
lugareños y embaucar a otros… Todo un listado de disparates
que en medio de su alucinación, le convertirían en el amo
del Valle; pero todo a cuenta y riesgo de confiar en
capataces mal pagos, y subalternos que hoy trabajarían
aquí y luego en otra hacienda.

197
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Entre esas gentes volátiles, difícilmente sus obras
permanecería en secreto, y tarde o temprano llegarían a
oídos de sus enemigos… ¡Nada mejor para mitigar aquel
riesgo que un negro quien hubiese cometido falta grave y
que estuviera lejos de sus propiedades!

Así es que, Tembasi, negro de confianza y mayordomo del
patrón, acabó acusado de un infame robo que lo llevó al
sacrificio, peor que el sufrido por los cerdos. A los cerdos se
los mata con un golpe seco en la frente; y aunque
ocasionalmente esta técnica falla, todos los amos de cocina,
las cocineras y los blancos de todas las edades y rangos,
coinciden en afirmar que el animal no sufre. No sufren los
cerdos aunque lancen un seco y sibilante chillido, y luego
sean desollados vivos, pues el golpe solo los deja fuera de
combate.

Pero el negro Dembá se salvaría de una tragedia peor que la
sufrida por los cerdos, a cambio de la carne de Tembasi. No
sufriría, aullaría ni una ni dos veces… Solo debía actuar para
que Tembasi fuese, por deducción sencilla, descubierto en
una especie de flagrancia indudable.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Luego de sacar del camino a los conspiradores que quisieron
asesinarle en los gallineros, una noche sin luna, aquella esta
sería la primera de una lista de espeluznantes pesadillas
provocadas por una mecánica cruel que poco a poco se
convirtió en placer… La muerte de Tembasi fue una más, en
el inicio de una carrera sutil pero poderosa que convertiría a
Dembá en un monstruo silencioso.

Tembasi se secó al sol, como la carne de los peces
preparada para la semana santa. El amo Acosta prohibió
cualquier auxilio al reo, pero además decidió que
permanecería allí a la vista de todos, negando su sepultura,
al menos hasta que quedaran los huesos solamente. Una
cruel lección para prevenir que el robo fuera repetido al
interior de la casa.

Antonia debió interceder. Los olores de aquel cadáver
pútrido eran nocivos, y aunque la cocina estuviese en el lado
opuesto, temía que los alimentos se infectasen.

Acosta reusó una y más veces. ¿Podría imaginar que tras
aquel acto se ocultaba el luto de un hombre decepcionado
y adolorido por la traición? El amo veía en Tembasi algo
parecido a un hijo. Un muchacho que nunca concibió y que

199
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

debió estar en la cabeza de ese pequeño matriarcado
impuesto por su fallecida esposa y que nunca pudo tolerar
del todo. Un hijo de color, negro y altivo, recio y sumiso,
servicial e incondicional, a quien veía en las mañanas y
despedía en las noches, sería su consuelo sutil y silencioso
durante años.

Pero un día, ese pequeño castillo de arena se erosionó. No
hay castillos de arena que duren una eternidad, ni tan solo el
tiempo infame de una vida humana. Se los lleva el viento. Son
pisoteados por gentes vulgares. Son arrasados por los perros.
Se derrumban por su propio peso. Acaban perdidos en el
olvido con el pesar de un recuerdo que jamás será evocado.

Acosta lamentaba en silencio la pérdida de Tembasi.
Hubiera preferido, en el fondo de su alma, no haber
recuperado su reloj de oro; haberlo dado por perdido, haber
tenido que sospechar eternamente de cien hampones
imaginarios rondando a su lado o haber enviado al foso a
toda la servidumbre… Haber encontrado, tal vez, aquel
objeto del pecado entre las cosas de su propias hija. Así, todo
aquello habría sido un impase, un malentendido, un hecho
fortuito, un accidente del destino, un acontecimiento menor.

200
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Pero a cambio, su rabia por la pérdida de la joya fue
recompensada con el más inesperado suceso… estaba allí
donde no debía estar, y donde solo debía haberse hecho
una revisión rutinaria.

Antonia revisó las habitaciones de la servidumbre
acompañada por dos capataces. Y aunque desconfiaba por
naturaleza de todo lo humano, tampoco esperaba que
Tembasi tuviera que ver con el hurto.

Pero el objeto de la discordia apareció allí: ante sus propios
ojos. El reloj brillaba inmaculado acusando a un hombre que
de inmediato palideció y que por completo se sumió entre el
pánico y la vergüenza.

Habiendo perjurado de mil maneras, y habitando una
afrenta en lo más profundo de su ser, Acosta descargó su ira.
Al fin y al cabo ese ser que veía como su hijo no era más que
una propiedad enajenable: un dócil e indefenso perro de
compañía.

201
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

6.

Las calles de la capital regional son anchas y luminosas. Hace
un calor devastador que obliga a los hombres a refugiarse en
los salones de billar y beber cervezas artesanales, y a las
damas a permanecer agitándose aire fresco sostenidas
sobre sus mecedoras al interior de las salas, en casas eternas
de puertas y ventanas abiertas a través de las cuales el
viento irrumpe refrescando lo poco que puede, pues de
hecho es húmedo y sofocante.

Hubo un tiempo cuando la ciudad fue luminosa y
cosmopolita. Colmada de transeúntes, comercio y
rascacielos. Pero ha retornado a su estado ancestral: la
calma que no se mueve ni por el rastro acelerado de una
hoja pasajera; una ciudad que no necesita moverse pues le
basta saberse tal y como la narran sus epopeyas: originada
en los viajes míticos de viajeros blancos que la fundaron y
amalgamaron acorde con su fe.

202
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Décadas atrás los ciudadanos pertenecientes a las alcurnias
vestidas de lino, se opusieron al proyecto de reconfiguración
arquitectónica; a partir de la ruina de unas mafias que
nunca supieron si debía imperar su orgullo o el bien colectivo,
rehicieron la ciudad al mejor modo de la arquitectura
colonial, descartando cualquier signo inamovible del
progreso; no hubo espacio para las antenas de sincronización
ni para las estaciones de realidad aumentada.

La ciudad se vistió con muros elevados y blanquecinos cuyo
grosor pareciera pensado para soportar los ataques de
filibusteros de la Corona, ventanales amplios calados en
madera pero con recuadros pequeños de vidrio y hojas
dobles a modo de puertas, forjas de metal que parecen artes
diseñados a partir del serpenteante baile de guirnaldas
sueltas en un carnaval, tejados de barro arqueados en uve
que caen sobre las canales bañando patios interiores, y
habitaciones que huelen a la melancolía de los tiempos
aquellos en los que Belalcázar “trajo la luz” a unas tierras
dominadas por castas inferiores.

Lejana era la época del descubridor enseñoreado quien con
su espada no solo apartaba los matorrales de la selva

203
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

húmeda e inhóspita, sino que aguzaba las carnes de los
salvajes para que no interfiriesen en su camino.

Así que aquella romántica sucesión de fachadas coloridas,
techos voladizos, enrejados arabescos, arcos coronados por
fragmentos de piedra, capillas menores, y parques con
florituras y fuentes centrales, todo ello tan extraño a la
moderna arquitectura nacional dominante, fue la respuesta
costumbrista a un complejo interés de modernización que
los habitantes de la región nunca estuvieron dispuestos a
asumir.

Mucho menos desde la época conocida por la
recolonización de los cuerpos negros. Mucho menos desde
que aquel innato interés por la servidumbre poco
remunerada y más forzosa que voluntaria se posicionó
nuevamente en la cabeza de los hacendados, y en general,
las gentes de bien del Valle.

En el centro de la ciudad, una estatua de Belalcázar señala
a algún punto metafórico, quizá indicando la proyección de
sus pasos, movidos por el interés por alcanzar con la mano las
extensiones de tierra que ya había vislumbrado con sus ojos.

204
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Alrededor de aquel monumento a la reciedumbre ancestral,
se ubicó un parque lleno de flores; y allende las calles que lo
separan de todo, una sucesión de casas de tres o cuatro
pisos con arquitecturas colmadas de florituras que revelan la
importante alcurnia de sus habitantes.

En medio de ellas se erige el Palacio de Gobierno que luce
escultural y ostentoso. Mientras la tarde transcurre asaltando
con su calor la fachada del edificio, a lo lejos, en una vitrola
de madera suena un clásico: Il sogno di Morello.

¿De qué hablan los veinte principales hacendados de la
región del Valle y del Bajo Valle, en representación de
muchos otros que no están en el salón ofreciendo sus
opiniones y angustias? Es sencillo; hablan del miedo:

–…el Gobernador recorrió varias de las haciendas para
recoger las impresiones de los propietarios acerca de aquellos
eventos desagradables…

Un barullo de rumores inunda el salón donde el alcalde
atiende las inquietudes de sus ilustres visitantes.

205
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Es claro alcalde –resuena una voz en particular, que al
hablar obliga a las restantes a silenciarse– que los recientes
hechos se salen de todo fundamento. No se trata de arte
pictórico ni de chanzas de mal gusto. Hablamos de ataques a
nuestras propiedades y a nuestras vidas.

–Lo sabemos –acota el alcalde–, por ello el Gobernador ha…
–Ha intentado apaciguarnos –interrumpe otro, a lo que el
alcalde hace un gesto con su mano derecha solicitando
prudencia–. No es más lo que ha intentado. Pero y ¿las
investigaciones? ¿Podemos esperar que lleven a algún
resultado?

–Pueden esperar que los recursos invertidos en la
investigación –responde el alcalde– serán empleados para
lograr el mejor resultado posible.

Nuevamente se alza el barullo de voces que comentan unas
y otras perspectivas personales.

–De eso no tenemos duda, alcalde –irrumpe una voz más
fuerte y decidida que todas las demás–… Sin embargo no
queremos esperar pasivamente que los investigadores estén
dispuestos a atender cada incidente… sabemos que habrá

206
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

más impases y que en algún momento la violencia se hará
descarada.

El Alcalde escucha con atención y agrega de inmediato:

–Los entiendo, los entiendo… –mientras habla, un hacendado
alza la mano para que se le conceda la palabra–. Por ahora
estamos tratando cada hecho como cosa aislada. Pero quizá
haya algo más detrás de los crímenes… ¡Lo sabemos! Pero
aún no consideramos conveniente tomarlo de otra manera.

–Es verdad, Alcalde –repone el que había alzado el brazo–.
Sin embargo alguna conexión debe haber en todo esto. No
creemos que se trate de coincidencias. Algo que no
logramos entender aún está generando estos eventos… Ese
solo hecho daría para que no se viera como cosas aislada.

–¡Magia de negros! –grita uno al fondo de la habitación
–¡Por favor! –responde incrédulo otro–. ¡No vamos a caer en
las supercherías!
–Como sea caballeros –continúa el primero–, no son hechos
aislados… Algo debe hacerse además de las investigaciones
oficiales.

207
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Varios de los presentes responden con in “sí” decidido.

–¿Y cuál sería ese algo que debe hacerse?
–Alcalde… deseamos invocar el derecho a armarnos.

La sala se silencia como si fuera el efecto natural de una
propuesta arriesgada. El Alcalde se muestra desesperado:

–Señores, por favor… Sabemos bien que ese derecho solo
existe en la imaginación de algunos de nosotros, pero no hay
un solo artículo que lo permita. Solo tenemos el recuerdo
vago de un puñado de leyes sepultadas.
–¿Por qué le temen a nuestra facultad de defendernos? –
retumba como un huracán la voz de uno de ellos, quien se
levanta de su silla…

El Alcalde se pone de pie y tratando de ser sutil golpea
suavemente su escritorio mientras pide calma a los asistentes.

–¡Señor Holguín, por favor! Le recuerdo que la cuestión no se
resuelve con un disgusto hacia este servidor… Saben ustedes
que más que nadie, yo he hecho todo a mi alcance para
resolver nuestros intereses…

208
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Eso es cierto –agrega tranquilamente la voz de Blanco entre
los asistentes mientras mantiene su brazo en alto en señal de
sumisión. El Alcalde le concede la palabra.

–Caballeros –empieza interviniendo mientras se yergue hasta
mostrar su elevada estatura–: durante los últimos cincuenta
años logramos algunas cosas necesarias para vivir acorde
con nuestras creencias; una de ellas fue la representación
por elección directa ante el gobierno central conformado
por el Consejo de Sabios. Otra, el derecho a emitir nuestras
propias reglas regionales para la tenencia de la servidumbre
negra. Pero, quizá la más importante, fue que se nos
permitiese tener organismos de gobierno unipersonales en
cada nivel de poder, lo que nosotros hemos llamado el
sistema de democracia directa. Gracias a ello, el alcalde y el
gobernador son ejemplo del tipo de personas que solo están
para ayudar en nuestros asuntos, sn el estorbo de debates y
posturas innecesarias –Blanco dirige al Alcalde una mirada
condescendiente que aquel responde amablemente con
una sonrisa sutil–. Nos hemos ahorrado horas de debates y
condicionamientos fútiles para sacar adelante las decisiones
administrativas que nos son útiles. Pero hay cuestiones que
solo serían posibles si se decidieran en el orden nacional. Una
de ellas es la tenencia de armas en las haciendas, sea cual

209
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

sea su fin o su justificación. Sin embargo nadie nos impide ser
creativos.

–¡Los norteños nos quitaron el derecho a las armas a cambio
de permitirnos conservar nuestros negros! –Aulla alguien,
mientras varios responden con voces de aprobación a su
intervención.
–¡Ha sido por perder la guerra! –añade otro.
–No perdimos ninguna guerra… –refunfuña alguien más,
marcadamente molesto.

–¿Cómo debemos ser creativos, señor Blanco? –interrumpe
Aristizábal, intentando centrar la discusión, un patriarca que
ostenta un gran respeto entre los hacendados debido a su
edad y su naturaleza aguerrida.
–Muchos de ustedes –continúa Blanco– tienen miedo de los
hechos que han ocurrido recientemente, pero no veo más
que accidentes aislados, por lo que estoy de acuerdo con el
alcalde –una risotada con sorna escapa de entre varios de
los asistentes; Blanco toma un descanso tratando de obviar
aquel detalle–. Robo de ganado, pérdida de esclavos, daños
a las haciendas… Cosas que normalmente suceden pero
que ahora parecen haberse hecho más frecuentes.

210
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Aristizábal interrumpe de nuevo:

–La última vez que alguien entró sin permiso a mi hacienda
fue hace quince años. ¡Porque se había perdido en un
camino de herradura! Y ahora, en un mes, he tenido dos
incidentes. Una con robo y otra con el asesinato de un
esclavo. Uno de mis mejores sirvientes fue descuartizado
apenas a doscientos metros de mi casa. Y no fue una fiera.
Los cortes de cuchillo eran limpios. Mis empleados deben
patrullar en la noche y a oscuras, solo pueden atender los
ladridos de los perros. Durante el día los negros están
temerosos y los capataces agotados por las rondas
nocturnas. He invertido de más en alambradas, alzar muros y
en perros de caza. ¡Si contamos los incidentes aislados que
han ocurrido en nuestras haciendas, suman casi veinte en
apenas dos meses! Y eso sin contar con los primeros muertos
que tuvimos en la Hacienda Acosta… Así que Blanco –
concluye Aristizábal sin ocultar su rabia–: déjese de
majaderías… ¡Sea lo que sea que hagamos, debemos actuar
ya!

–Y por eso estoy interviniendo, hacendado Aristizábal. Deseo
hacer una propuesta a todos ustedes, que precisamente he
conversado previamente con el señor Acosta… Permítame

211
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

continúo –Aristizábal parece recuperar la compostura–. Señor
Alcalde: ¿Las leyes nos prohíben el uso de machetes y
utensilios de labranza?
–De ninguna manera, Blanco; eso sería absurdo.
–¿Y qué hay de la pólvora?
–Excepto la dinamita que está controlada, no tenemos
limitaciones –aclara el Alcalde.
–Entonces, ya tenemos las armas que necesitamos. Solo
hacen falta los hombres. Lo sé: los capataces cobran por
cada minuto que se alejan de su horario de sueño. Pero
tenemos esclavos… cientos de ellos. Suficientes para hacer
una guardia que patrulle los límites de las haciendas.

–¿Cómo dice que suficientes? –pregunta alguien.
–Si no hubiere, yo los proporciono.

–Sí, Blanco –agrega alguien con ironía–: usted es el
comerciante de negros más influyente que conocemos… Así
que cobrará por cada esclavo proporcionado…
–Al contrario: muchos de ustedes tienen esclavos que aún
están pagándome… Basta con que los aporten a las
patrullas. Si faltan, podré el excedente. Solo cobraré por
cada esclavo muerto, si llegare a suceder, por supuesto. Y los
pagaría un fondo común. Los caballos, machetes, fuegos y

212
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

cualquier cosa adicional que se necesite vendrá del aporte
de cada uno de nosotros.

Una serie de murmullos sucede de inmediato así que el
Alcalde interrumpe de manera resuelta:

–¿Quién comandará esas patrullas? –pregunta alguien.
–Propongo que sea el mismo Blanco, para que se rinda
cuenta en caso que alguno de sus esclavos caiga abatido…
¡Negro que le entreguemos será negro que se comprometa
a cuidar! –una risotada se extiende por el lugar, mientras
Blanco hace una mueca de aceptable incertidumbre, pero
nadie hace contrapropuesta alguna.

–¡Señores! Es una propuesta sensata… Entre tanto las
autoridades harán las pesquisas correspondientes para
determinar qué sucede. Me parece que no hay necesidad
de emplear más tiempo en esta situación hasta que
tengamos noticias importantes. ¿Están ustedes de acuerdo?

Un “sí” casi unísono se extiende por el despacho del Alcalde.

–Muy bien, caballeros… Comunicaré esta decisión al
Gobernador para que brinde su apoyo en todo lo que sea

213
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

necesario. ¿Puede usted señor Blanco ocuparse de los
detalles para organizar las patrullas?
–Será un gusto, Alcalde.

–Entonces –concluye el Alcalde levantándose suavemente
de su silla– agradezco su atención… Debo retirarme de
inmediato…les ruego esperen un momento mientras el
secretario diligencia el acta. –Se dirige a aquel que anota
con cuidado los avances de lo discutido–. Por favor aclare
que no se reemplazarán las funciones de policía; léala en voz
alta y por favor haga los ajustes de forma que sean
necesarios. Ya usted sabe cómo son estas cosas.

214
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

7.

–Pensaría que el amo Blanco es más astuto de lo que hemos
calculado.
–Así es… Ahora lidera un ejército que deambulará por la
región y puede cruzar cualquier lindero sin ofrecer disculpas.

–¿Cómo funcionará la comunicación?
–Con pirotecnia: Cada mil metros habrá una estafeta con
fuegos que serán lanzados en caso de incidente. La guardia
correrá en su auxilio. Un fuego para pedir que la guardia se
aproxime. Dos si es un caso crítico. Tres si se trata de un
incidente que por su gravedad requiera de la intervención de
las autoridades.

–Ingenioso…
–La patrulla recorrerá tramos equidistantes y pasará revista a
los guardas. Todos ellos negros como tú y como yo, Dembá.

215
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá sonríe satisfecho. Dyembé lanza un silbido al aire y
Oneida revuelca los trastos en la cocina en busca de un
cucharón.

–Acosta ha aceptado que vayas en los recorridos –agrega
Dyembe–. Sin embargo irás aparte y tendrás dos hombres de
confianza que te escoltarán todas las noches. Tu grupo
utilizará rutas alternas a las de las patrullas.

216
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

8.

Un par de horas después de la media noche, la caravana de
esclavos liderada por Blanco se desplaza por los alrededores
de una de las ocho haciendas que circundan la Casa
Acosta. Hace dos semanas que los recorridos se realizan de
manera regular. Una sola noche no es suficiente para
circundar tanta tierra, así que ya son diez las patrullas que se
desplazan por la región, meticulosamente programadas por
Blanco y coordinadas con sistemas de comunicación
basados en códigos de colores con luces pirotécnicas que
difícilmente un extraño podría comprender.

Esta noche, como ya es rutinario, Dembá y dos negros más
cabalgan en sentido contrario al de Blanco. Ascienden por
un camino angosto que bordea una colina torciendo hacia
la izquierda. Al llegar a un inmenso árbol se detienen. Dembá
desciende de su bestia y se coloca en la parte alta de una
loma, desde la cual puede ver por encima de algunos

217
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

árboles medianos. Sus dos acompañantes silban para señalar
que están alerta y Dembá responde con otro que indica que
se demora aún en descender. A la distancia observa durante
unos diez minutos. Una luz azulosa se alza en elcielo indicando
que la patrulla de Blanco acaba de terminar su recorrido.

Dembá desciende de la colina y se retira hacia el lado
opuesto del camino lanzando otro silbido para que sus
compañeros sepan que se ha retirado y demorará en
regresar.

–¡Por Cristo! –Espeta uno de los dos guardas, erguido sobre su
caballo– espero que esta vez lo logre… son varias noches
esperando a cazar una sola presa.
–No todas las veces caza el tigre –responde su compañero
mientras se deshace de sus líquidos contra el tronco de un
arbusto.

Dembá llega a la base de la colina y termina rodeado por
una charca que se ilumina con la luz de las luciérnagas. Los
llamados de las ranas hacen una sinfonía que tapa cualquier
zambullido. El agua llega un poco más arriba de su cintura.

218
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Luego de atravesarla se encuentra con un área llana con
pastizales de hojas anchas que se alzan hasta sus rodillas y
que con frecuencia cortan la piel como si se tratase de
láminas de papel. El camino se hace difícil. Al cabo de diez
minutos está al lado de una quebrada y detrás de ella, a la
distancia, un grupo de luces tenues revela la ubicación de
algunas construcciones.

Dembá se acerca a ellas poniendo especial cuidado a la
presencia de perros. Ninguno ladra. Ya cerca, a unos
doscientos metros, da zancadas largas y pausadas. Lleva al
cinto un machete recortado cuya hoja está atada al muslo
para evitar que golpee contra algo alertando de su
presencia con su sonido.

En su boca llevaba, hasta hace un instante, un cuchillo curvo
y delgado que suele ser muy dañino. Ahora lo acomoda en la
parte posterior de su pretina, pues debe cubrir su cabeza con
una especie de envoltorio de telas que esconden su rostro y
cualquier cosa que pueda revelar su identidad o el color de
su piel. Una careta con cristal polarizado esconde ahora sus
ojos.

219
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Al arribar a las construcciones Dembá descubre un paso
angosto entre el granero y un corral. A treinta metros se
encuentra la casa principal. A un lado se ubica una especie
de choza en la que seguramente duerme la servidumbre.
Tiene el tiempo preciso antes que se levanten a prender los
hornos, calentar las aguas, hacer los oficios matutinos y
brindar los primeros servicios a los amos.

Hacia el frente de la casa, por el extremo opuesto a donde
se encuentra Dembá, unos dos mil metros a la distancia, los
mejores hombres de la hacienda están ocupados en la
alcabala que recibe reportes de la patrulla. Así que la casa
está virtualmente desprotegida.

Al lado del patio posterior hay una entrada que conduce a la
cocina, otra al granero de reserva de la casa y un pasillo
interior que está dominado por arcos de ladrillo con enchape
de estuco en el lado exterior. Todo permanece en penumbra,
salvo las luces que emiten algunas lámparas de bencina que
se consumen lentamente, alumbrando apenas lo suficiente
como para poder transitar sin tropezarse con algún mueble.

Dembá pisa suavemente el entarimado del corredor
posterior. Pegado a la pared interior da pasos cortos,

220
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

tanteando con su peso que no ceda la madera emitiendo
sonidos delatores. Cualquiera identifica muy bien los sonidos
de sus hogares, distinguiendo aquellos producidos por el
viento o la dilatación de los materiales, de una posible
intrusión.

Avanza por un costado hasta desembocar en la ancha
entrada que desaloja los aposentos, y tuerce lentamente
hacia la izquierda. Allí encuentra una sala de estar adecuada
con muebles de mimbre y guadua que se hacen cómodos
gracias a cojines blancos.

Hundido entre un sillón, a la espera de recibir relevo por parte
de la guardia que se aproxima por el norte de la casa luego
de despedir la caravana de Blanco, descansa un capataz
que ha sucumbido al sueño. Dembá le ha observado varias
noches y tiene claro que a escondidas bebe ron, hasta caer
rendido.

Se acerca por el costado. Aquel sujeto parece perdido en un
mundo en el que sueña con horizontes coloridos que en
estado de vigilia jamás verían sus ojos. Si decide seguir de
largo, sin ocuparse de aquel hombre, tal vez le cierre el paso
al huir. No hay alternativa.

221
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Toma su chuchillo curvo y observando con cuidado,
determina el punto preciso por el cual deberá introducirse.
Con un movimiento rápido toma la cabeza del hombre
cubriendo su boca y girando el conjunto hacia la izquierda.
Al mismo tiempo el cuchillo es introducido por el costado
derecho del cuello con tal fuerza que a su paso destroza
todo, llegando a salir al extremo opuesto. Con un poco de
fuerza Dembá realiza una palanca hasta que la hoja entera
sale rasgando todos los tejidos y un sanguinolento amasijo se
desprende suavemente hacia adelante. El hombre se sacude
con especial fuerza pero la posición de Dembá impide
cualquier defensa. Transcurren unos cuantos segundos y a la
humanidad recia, embebida en ron, le sucede un cadáver
que palpita desordenadamente producto de los reflejos
finales.

Sorprendentemente Dembá no se mancha con una sola gota
de sangre de su desapercibido adversario.

Continúa hacia el interior de la vivienda. Tuerce nuevamente
hacia la izquierda para tomar unas escaleras anchas. El
viento atraviesa la abertura inferior de la casa y acaricia a

222
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá pero las envolturas impiden que sienta su contacto.
Está sofocado por efecto de la adrenalina.
Debe detenerse pues se da cuenta que su corazón cabalga
rápidamente y sus movimientos son acelerados, por lo que tal
vez cometa un error.

Unos segundos después continúa su paso; y al llegar al
segundo piso se asoma al balcón que domina la fachada
posterior de la casa. Al fondo ve el granero, el corral y a su
derecha la vivienda de la servidumbre. Por un costado una
saliente que sirve de apoyo a una canal hecha en piedra y
que sirve de base al tercer piso. En lugar de continuar por el
interior de la casa, Dembá abandona sus sandalias de fique
y se desplaza descalzo por la saliente; intenta mantener el
equilibrio pegando lo más posible su delgado cuerpo al
muro blanco. Por desgracia en este momento es visible a
distancia debido a su ropaje oscuro.

Luego de unos diez pasos hacia la derecha una ventana
amplia se ofrece como portal. Asoma su mirada por encima
de su hombro. Las dos persianas anchas de madera que
sirven de portezuelas están plegadas hacia adentro para
permitir que la brisa refresque la habitación.

223
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá salta suavemente al interior. Como es costumbre, en
el centro de una inmensa habitación hay una cama que
contiene en su interior los cuerpos de los amos de la
hacienda, cubiertos con sábanas blancas.

Como si se tratase de un arte diseñado milenariamente,
Dembá permanece agachado al lado del lecho en la parte
más oscura de la habitación. Espera el momento en el cual
se den las mejores condiciones. Al cabo de un instante la
mujer da la espalda a su marido, quien permanece tendido
hacia el mismo costado emitiendo un ronquido leve.

El cuchillo de Dembá se desliza de igual manera a como lo
hiciera dentro del cuerpo del capataz. Esta vez el movimiento
es tan efectivo que su víctima apenas se sacude levemente
mientras Dembá lo sostiene con todo el peso de su cuerpo.
Sucede un interminable lapso de cincuenta segundos, al
cabo del cual cesan los intentos del cadáver por salvar su
existencia.

Mientras Dembá huye a lo largo del ancho pastizal que hay
tras de la casa, los gritos de la mujer empiezan a escapar de
su garganta pues se ha despertado en medio de una laguna
de sangre. Luego de veinte minutos llenos de desorden, gritos

224
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

y tropiezos, empieza una cadena de fuegos artificiales que
claman por ayuda y extienden el mensaje de la tragedia
acorde con el detallado plan diseñado por Blanco. Luego de
una hora, mientras la alarma generalizada se extiende a lo
largo de los campos, Dembá y los suyos se ocupan de una
huida meticulosa que incluye confundir su rastro con los de las
patrullas que desordenadas han cabalgado para proveer
auxilio.

225
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

9.

–El asunto más importante no es el crimen en sí…. Sino
comprender los efectos que pueden generarse a partir de él.
A veces las personas sienten miedo y consideran el crimen
como un aviso de lo mal que les puede ir a futuro. Otras, el
crimen genera unión: las personas consideran que es
importante organizarse y combatirlo. Tal vez genere
desconcierto: nadie entiende cómo sucede un crimen y
terminan actuando como si nada hubiera pasado. O
confusión: unos se atropellan y los demás chocan; al final
actúan desordenadamente permitiendo que eventos
similares continúen sucediendo.

–¡Quizá todo crimen produzca una combinación de todas
ellas!

–Es verdad…. Un crimen siempre genera miedo, confusión,
desconcierto y cohesión… pero insisto: lo importante es saber

226
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

cuál de estos efectos es el predominante. Por ejemplo, cuatro
hermanos van tras una fortuna que han heredado, pero no la
recibirán en partes iguales… Mero capricho de su padre. Así
que antes que el viejo muera, el más favorecido es
asesinado; ¿Qué podemos esperar de los restantes?
–Pensaría que desconfiarán mutuamente de los demás, y
actuarán de manera desordenada creyendo que tal vez
puedan ser víctimas a futuro.

–¡Exacto! Pero, si son lo suficientemente astutos y algunos
sutiles indicios los convencen ciegamente, tal vez decidan
sacar del camino al que menos recibirá, por considerarlo
peligroso y de paso, repartirán su parte.
–¡El crimen de los Álvarez! Es exactamente este caso.

–Perfecto. Una mezcla de miedo, desconcierto y confusión
que hemos resuelto uniendo a los dos herederos intermedios.
Y luego…
–Luego… !Basta con incriminarlos, para que pierdan
cualquier opción de heredar las tierras de su padre!
–Miremos otro ejemplo. Una pareja de esposos a los que
sabiamente se les observa durante años, de tal manera que
logramos saber que a algo más que nada teme ella: las
probables venganzas. Su esposo ha sido tan déspota que ha

227
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

desterrado a sus hijos, atacado a sus hermanos y su padre
acabó abandonado en el auspicio… Así que en medio de
una soledad inacabable ella despierta con el cadáver de su
esposo nadando en sangre en su propio lecho…
–Decide huir, lo sé… y vender todo aquello que han tenido
tan caro como pueda, pues es su única esperanza de
sobrevivencia económica…

–Perfecto… Pero esencialmente está confundida y
desconcertada pues no sabe de dónde viene el ataque. No
tiene con quién aliarse y en definitiva el crimen mismo es tan
aberrante que tiene demasiado miedo. Así que…
–Basta con reforzar el miedo… ¿me equivoco?

–En absoluto. Un ataque sutil, un leve empujón, y la silla se
derrumbará como epílogo de un acto de malabarismo que
desde el principio estuvo condenado al fracaso.
–¡Vende a precio de huevo!

–Y así… Uno a uno, cada cual atesora una razón o alguna
vivencia que puede ser aprovechada para que alguien más
logre sus objetivos…

228
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Hasta dónde, amo Blanco, se extiende la necesidad de
demostrar esa teoría alrededor de la importancia del crimen?

–Te confundes, Dyembe… Todo esto no busca demostrar una
teoría… Solo te estoy explicando un mecanismo que opera
casi sin varianza…
–Comprendo… pero… ¿Dónde opera la confusión?

–“Divide et impera”, decía Julio César, Dyembe: dividir y
reinar… Dentro de poco no valdrá un centavo sentarse en
una reunión de hacendados pues la naturaleza de los
crímenes les habrá hecho desconfiar unos de otros, hasta tal
punto que utilizarán toda su energía para vapulearse,
vigilarse o acusarse mutuamente. Ya no pensarán en la unión,
porque en el fondo de sus almas estará reinando el miedo.
–Parece que el miedo es fundamental, la más de las veces…

–Lo es: si el miedo no existiera siempre, en mayor o en menor
medida, ¿qué podría lograrse con un crimen a parte de un
beneficio inmediato? ¡Nada¡ Pero el miedo permite que el
crimen se extienda, incluso, por años. Por ello digo y repito: lo
importante no es el crimen, sino los efectos que este
produce… Saber predecir esos efectos es la verdadera
maestría del poderoso. Cometerlos acaba siendo una

229
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

doctrina ruin que solo puede llenar de satisfacción al criminal
mismo. En conclusión, finalmente el crimen es algo que
perderá su importancia y en su lugar, reinarán las
consecuencias que de él devinieron.

Dyembe guarda silencio… Blanco le mira mientras prepara
algunas cosas para retornar a la Hacienda Acosta.

–Una cosa más, Dyembe…
–¿Sí, amo Blanco?

–No siempre un crimen es algo así como un asesinato…
–¿Cómo es eso?

–Figúrate que conocí en vida al viejo Álvarez… Era tan
tacaño y desconfiado, que llegó a viejo atesorando una
fortuna que ni él mismo sabía cómo ponderar… Pero quería
llevárselo todo con él y dejar a sus hijos en la calle… Así que
escribió un testamento para asegurar su plan; al menos
violento le dejó la mayor parte, al más ingenuo la menor
parte; al más ambicioso y al más violento, que también eran
en extremo impulsivos, les premió con partes aceptablemente
medianas, pero diferentes… Era cuestión de tiempo para que
aquello acabase en una carnicería…

230
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–¿Qué situación más desafortunada! –agrega Dyembe.

–Lo sé… tan infortunada que cuando el único hermano
sobreviviente terminó en la cárcel, las extensas propiedades
de la casa Álvarez acabaron costando una bicoca… ¡una
bicoca! ¿Comprendes?

Mientras lanza una risotada, Blanco alza las manos y mira a su
alrededor. Dyembe apenas comprende cómo encaja la
historia de los Álvarez en todo esto.

–¿Asesino usted a los hermanos Álvarez? –pregunta con
sorpresa Dyembe.

–Ni lo pienses, negro… –responde de inmediato Blanco con su
acostumbrado aire de reproche–. Solo bastaba con dar
buenos consejos al viejo Álvarez y rumorear acertadamente
al oído de los muchachos luego del fallecimiento de su
padre.

231
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

10.

¿Cómo no disfrutar un poco con algo del poder que
silenciosamente ha sido concedido? El poder está en el lado
opuesto al crimen. No se le opone. Solo está de pie en el
andén del frente observando cómo el crimen transforma la
realidad. Un poco de miedo adecuadamente administrado y
el poder se regodea. Sonríe como un anciano satisfecho con
su existencia.

Así que el criminal se sienta en el lado oscuro, agazapado y
fiel a las órdenes; golpea, entierra la daga y se retira. Luego,
por un instante se coloca en el frente, en el lado luminoso y
desde allí observa con calma el efecto sutil de su propio
trabajo. No importa que el amo, el capo, el jefe, el político o
el potentado ocupen un lugar privilegiado. Observar por un
segundo desde el lado luminoso es agradable para el
criminal.

232
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Un orgasmo silencioso. Un placer que calladamente se
manifiesta con sonrisas apartadas de la vista pública, pero
delante de todo el mundo.

La satisfacción inunda el pecho del instrumento del mal; al
hombre que se sabe agente de los desmanes que ahora
hacen al valle revolcarse en un sinfín de miedos paralizantes,
le inunda una alegría incontenible.

El cuello de un anciano terminó rodeado “por accidente”
con la soga que le suspendió de un granero, y entonces su
familia le mira con los ojos de reproche que suelen usarse
contra los suicidas.

Un esclavo de confianza a quien la conjura condenó al
destierro, deja el paso libre a un conjurado quien actuará
irremediablemente contra la casa.

Un hombre quien al parecer sus hermanos han traicionado
para hacerse con su fortuna. Una esposa que quizá haya sido
infiel al hacendado y al ser delatada termina siendo víctima
de un crimen pasional. Un pequeño grupo de capataces
que un día desaparecen y luego son descubiertos
sumergidos en cubas de vinagre, crimen del que se acusa a

233
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

los negros de la casa. Y así, la cuenta se extiende durante
medio año, dejando anotados quince actos más,
indiscriminados y fríos en los anaqueles de los investigadores.

Luego de una veintena de actos de barbarie bien logrados,
Dembá se siente más que útil: satisfecho.

Al interior de su cabeza sus actos se recrean una y otra vez
como recompensas que activan su satisfacción, igual que el
chocolate se disuelve en el paladar de un chiquillo y le
transporta a un mundo en el cual gustosamente brincaría
como demente bajo cascadas azucaradas.

Al hacerlo, Dembá trae reiterativamente de nuevo a su
mente los olores, colores y texturas de la muerte, los
resplandores de la sangre y los sutiles y embriagantes
momentos satisfactorios de la misión cumplida; en suma,
mientras el la luz del día acaricia, en su cabeza se recrean
las extenuantes jornadas nocturnas…

–¿De qué te ríes negro? –pregunta Oneida desde el lado de
la cocina en el que arde la estufa de carbón, mientras ella
atiza el rescoldo con una vara de madera.

234
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–N… nada… –responde él de inmediato, apenas ocultando
su titubeo.

–Ha sido una noche ajetreada, ¿no es así?
–Podría decirse, aunque nada fuera de lo normal.

–A veces me pregunto… ¿Qué hacen tú y esos hombres
recorriendo la planicie todas las noches? Nunca van con el
Amo Blanco.
–No importa: él quiere que sea así –Dembá gana tiempo para
ajustar su respuesta–. Desea que si algo sucede a la caravana
suya pueda hacer llegar sus mensajes a tiempo.

–Estafetas…
–Podría decirse; en un par de oportunidades hemos salvado
su pellejo corriendo a toda velocidad para pedir ayuda.

–Uno de los negros que siempre te acompañan me ha dicho
que son como escoltas tuyos...
–También… –Dembá añade sin dudarlo– cuidamos si es
necesario la espalda del amo Blanco. Él me da los mensajes y
ellos garantizan que nada me suceda.

–¿Y por qué no utiliza a un negro de su propia casa?

235
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá se siente ingratamente cuestionado. Pero debe
conservar la calma.

–Intenta que ellos, los de suma confianza, estén en su guardia
todo el tiempo. Yo solo soy un apoyo… Diría que me
sobrevaloras…

–No, negro… Solo trato de entender qué hacemos tú,
Dyembe y yo, en medio de esta confusión. Tú y yo
pertenecemos a la misma clase de personas. Servimos a
Blanco. ¡Tranquilizate! Si te hago preguntas no te incomodes.
No es más que la curiosidad de una negra entrada en años.
–Te entiendo…

–Dime una cosa: ¿crees en la libertad?
–Ahora mismo soy libre…

–No hablo de la libertad otorgada por un amo; hablo de la
libertad autoproclamada; de la que se gana a sangre fría.
–Solo se es libre si el amo te libera.

–O si el amo ya no puede dominarte.

236
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Eso equivaldría a degüellar al amo… –Dembá se persigna y
besa la uña de su pulgar como muestra de arrepentimiento
por lo dicho.

–Como sea: no hablo de la bondadosa concesión que ahora
disfrutas, sino de un premio logrado luego del sacrificio.
–No sé, si algún día seré realmente libre…

–¿Te asusta la idea?
–No sabría responder a eso pues me lleva a un conflicto…
¿Nacemos para ser esclavos? –pregunta él.

–Quizá nacemos esclavos y vivimos para ser libres.
–Tú no naciste esclava… Naciste libre. Y luego fuiste llevada a
conocer un paisaje florido en el que los caramelos colgaban
de las ramas de los árboles. Cada vez que mordías uno de
ellos, fuiste devorando tu libertad. Cada vez que las aves de
ese jardín cantaban, narraban en trinos lo desagradable que
es la libertad. Y cuando arrancabas esas flores
maravillosamente coloridas, porque alguien te dijo: “eres libre
de arrancarlas y llevarlas al florero”, arrancabas a pedazos tu
libertad. ¿Crees que jamás he pensado en esto, Oneida?

237
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–Hablas como blanco, Dembá… No hablas de la esclavitud
de los negros, sino de aquella que agobia a los blancos...
–Lo sé… Porque el día que tú seas libre, tendrás la tentación
de ir al campo con alguna pequeña, indicarle dónde crecen
las mejores flores, invitarla a que las corte y las plante en su
florero y al final, luego de hacerlo cientos de veces, le
castigaras por haber olvidado, una mañana cualquiera,
adornar aquella vasija de barro cocido con las flores del
campo. Le enfrentarás desde tu lugar privilegiado… le
ensalzarás con un discurso alrededor de la virtud y la
disciplina, y si acaso no te creyera, le aporrearás para que en
medio del traumático sabor de sus propias lágrimas aprenda
que no es libre de ir al campo a cortar las flores según su
criterio.

–Seremos esclavos una y otra vez, aunque una y otra vez nos
liberemos… ¿Es eso lo que estás diciendo?
–Digo que como esclavos, los negros, somos aún dueños de
nuestra inocencia. Pese a que pretendamos actuar como los
blancos, como aquellos que nos azotan todos los días, así,
nos guste o no, continuamos siendo inocentes. Pero el día
que perdamos nuestras cadenas, no habremos ganado la
libertad de ser libres, sino la libertad de esclavizarnos a
nosotros mismos. La única libertad real para cualquiera de

238
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

nosotros es la muerte, Oneida… Las almas de nosotros
pueden vagar libres por los campos, habitar árboles,
comunicarse con los que eligen y cambiar de estados
emocionales en medio de las prístinas alabanzas a los dioses
ancestrales. Porque nosotros somos nuestros propios dioses
ancestrales. Porque una vez muertos permanecemos
suspendidos en un universo hermoso en el que los blancos no
pueden alcanzarnos, pero sobre todo: no somos libres de
someter la libertad de nadie.

–¡Por eso matas negros… para liberarlos!
–Por eso mato blancos, para que los negros sientan un poco
de descanso adicional cuando mueren.

Dembá respira agitado. Oneida le mira con calma. Mientras
transcurre la hora de la siesta que sigue luego del almuerzo,
solo se escucha el sonido de las alimañas amortiguado por
el fragor del fuego atizado por la cocinera.

Durante una hora la hacienda parece suspendida en el
sopor producido por la alimentación del medio día. Los
campos son acariciados por el viento sin que se interponga
en su camino el cuerpo de los hombres. El capullo viejo del

239
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

algodón cae agitado sin la intervención de la mano
humana. Todo lo humano se sumerge en la ensoñación.

Sobre la estufa una vasija con agua que hierve. Ella le vacía
sobre un filtro de tela acomodado sobre la boca de un
pocillo de metal. El café está listo. Lo acerca a Dembá quien
lo recibe sin perder de vista los ojos de Oneida. Dyembé
ingresa por la puerta que da al interior de la casa. Luce
cansado… Oneida continúa.

–Los espíritus no parecen verte como a un caudillo que los
llibera… Para ellos eres un blanco.
–¿Qué sabes tú de los espíritus, Oneida? –responde Dembá
tranquilizado por el aroma de la bebida oscura–. Eres una
negra bautizada como yo. Todo lo has oído de los negros del
campo. Jamás verías un espíritu acercarse a tu costado para
hablarte al oído.

Oneida sonríe tranquilamente. Caminando en reversa, se
sienta en una banca al lado de la estufa e indica a Dyembé
quien yace de pie, que puede servirse un poco de café. Él se
niega sutilmente con un gesto suave y se echa sobre un bulto
de paja recolectada para iniciar el fuego matutino.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–No todos, Dembá, perdemos el alma negra al recibir el
bautizo Blanco. Mira afuera… Allí hay al menos tres mundos:
el de los blancos, el de los negros y la nada. En el de los
blancos la sangre es la reificación necesaria de un dominio
extenso en el que todo ha sido hecho para su disfrute. Nadie
tiene derecho a disputárselo: ni las fieras, ni las enfermedades,
ni los negros. Si las aves al cantar pusieran en peligro el
mundo de los blancos, no dudarían en lanzar a ellas sus
exterminio. En la nada, se disuelve el mundo de los blancos
cuando sus cuerpos se agotan. No existen luces, sonidos,
sabores, olores o sensaciones de cualquier tipo. Solo un
presente aberrante en el que poco a poco se disuelve la
conciencia del alma, apagándose hasta ser un nudo sin
dimensiones, sin pasado ni futuro. El eterno presente. –Dembá
mira a Oneida como quien escucha a un profeta– Nosotros,
los negros, somos reclusos en el mundo de los blancos.
Mientras ellos disfrutan del mundo como un paisaje hecho
solo para acariciar sus sentidos, nosotros yacemos en la
nada, al mismo tiempo. Atrapados en nuestro presente.
Somos conciencias sin tiempo ni espacio. Somos la sangre
necesaria que brota para que el mundo de los blancos, esos
gorilas modernos que nos han colonizado, sea dócil y amable
con ellos.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dyembe ronca suavemente. El sueño lo ha traído a su
dominio.

–Somos fantasmas atrapados en el mundo de los blancos.
Almas en pena –agrega Dembá, no con poca tristeza.

–Lo somos –copntinúa Oneida–. Sufrimos cada poro de
nuestra carne porque solo es saludable o enferma si el
poderoso decide que una u otra cosa suceda. Pero al morir,
tú lo sabes porque sabes que no son habladurías de
hechiceros, el negro se libera. ¡Lo has dicho! Pero, ¿Acaso esa
es la única liberación que podemos alcanzar? No si
aprendemos a anticipar el futuro en el mundo impuesto de los
blancos, Dembá. Y es ese quizá, tu mayor mérito… Has
aprendido a anticipar.

–Tú crees en la libertad del negro dentro del mundo de los
blancos. Para mí, de eso solo vendría una forma nueva de
esclavitud. La del negro sobre sus semejantes… Yo en
cambio, solo creo en la libertad del negro en su mundo. Un
mundo en el que la naturaleza le es dada como escenario
para rondar sin dañar a nadie, y sobre todo, la naturaleza a la
que no accede el blanco pues al morir se funde con la nada.
En el mundo de los hombres blancos, la única opción posible

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

es ser esclavos. De una u otra manera. Lo contrario es
condenarse a perder la inocencia y convertirse en nuevos
verdugos.

Oneida, como es su costumbre, evita las confrontaciones.
Guarda un prudente silencio, mirando a Dembá con la
profundidad misericordiosa de una madre que aconseja a su
extraviado hijo.

–O tal vez –agrega ella–, en algún punto puedan tocarse el
mundo de los blancos y el mundo de los negros y la liberación
carnosa, aquella que tú miras con escepticismo, podría ser
mediada por lo que algunos llaman magia, superchería,
paganismo. Quizá la anticipación consista en que los
ancestros que habitan los árboles nos hablen del futuro. Tal
vez, todo se reduzca a tener cuidado con el lugar donde nos
alzamos, a quién servimos y en quién creemos, pues en
cualquier momento los espíritus podrían decidirse a cobrarnos
nuestros errores.

Dembá cavila cuidadosamente alrededor de esto último… La
taza de café está vacía. La hacienda sale lentamente de su
sopor y empieza a revolverse con el ir y venir adormilado de

243
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

las gentes que retornan a su infinita serie artificiosa de labores
cotidianas.

Él se retira pensativo de la cocina mientras Oneida le ve
pasar, para ir a lanzar el maíz a las aves de corral.

Solo le queda la opción de sentirse abrumado y triste. Al
alejarse por entre el iluminado mundo blanco que subsiste
fuera de la cocina, Dyembe despierta lanzando un sonoro y
prolongado bostezo.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

11.

Esta noche Dembá debe, por desgracia, cumplir una misión
difícil. No saldrá al campo. Cada noche, como es costumbre
hace casi un año, las patrullas de Blanco se mueven por una
extensa región y la pequeña bandada de Dembá no irá tras
ellas ni rondará evadiendo su rastro.

En muy poco tiempo los asaltos, asesinatos y saqueos se han
convertido en cosas cotidianas. Y a estas alturas todos
aquellos hechos, seguidos por movimientos de persecución,
han convertido a las patrullas en un pequeño ejército
mayoritariamente conformado por negros que administra
justicia sin misericordia sobre su propia gente.

Igualmente ha servido para que una inquisidora lluvia de
denuncias y venganzas de unos hacia otros se ajusten al
itinerario diario de los hombres a caballo, que sin preguntar
suelen torturar, colgar y apalear a todo aquel que por
sospecha se considere potencialmente peligroso.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá se siente nervioso. Sabe que su papel está
claramente marcado por las indicaciones de Blanco y que
Dyembe conoce con lujo de detalles lo que se avecina.
Durante toda la tarde Oneida ha estado inquieta. ¿Sabe
algo de lo que pasará hoy? Por un instante Dembá siete que
ni él mismo tiene claro qué está por suceder.

Justo a las seis de la tarde Acosta ha abandonado la
Hacienda rumbo a la capital de la región, donde varios
hacendados desesperados con la problemática situación
que les agobia, desean ser escuchados por el mismo
gobernador, gracias a los oficios del alcalde. El Consejero
también vendrá desde la capital de la nación para asistir a la
reunión. La situación se ha vuelto insostenible.

Como es costumbre, Antonia reclama la presencia de
Dembá en su alcoba. Un par de criados, los que suelen
auxiliar el servicio en la casa, han sido enviados por Dyembe
a recolectar frutos. Algo que normalmente sucede durante el
día, pero les ha dicho que no habrá tiempo para hacerlo
mañana. Los tres capataces ocupados de presionar a los
negros que trabajan en los huertos regresarán al menos en

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

una hora para recibir la cena, pues estarán ocupados con la
recolecta de la cosecha, tarea ésta atrasada varios días.

En la Gran Casona solo están Antonia, Dembá, Oneida y
Dyembe.

Como si se tratase de un rito mecánico, Dembá procede a un
ejercicio de afectos pre configurado que se ha repetido
durante meses. Al finalizar su deber impuesto evita caer
profundamente dormido.

A cambio de ello, Antonia se deja caer en un sueño que la
obliga a abstraerse de la realidad, justo antes de pedir a
Dembá que se marche. Él simula hacerlo. Al salir,
convenientemente olvida asegurar la puerta desde adentro.

Espera cautamente afuera a que los sonidos de Antonia
revelen que ha caído profundamente dormida. Así que
reingresa a la habitación y luego de pensarlo con un poco
de pesar, supera aquel miedo de saberse ruin: su cuchillo se
desliza de tal manera en el pecho de Antonia, que ella tan
solo atina a abrir los ojos mientras un agudo dolor detiene su
corazón y su vida escapa por entre los resquicios de un grito
mudo.

247
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Dembá sale de la habitación y al llegar a la cocina, Dyembe
está afuera, en el patio posterior, listo para emitir una alarma
que inesperadamente iniciará un fenómeno insospechado.

La bengala que es disparada por Dyembe se alza tan arriba
como ninguna otra y allá en la altura estalla emitiendo su luz
roja para informar al mundo uno más de los eventos
desastrosos ocurridos en la casa Acosta.

Como reflejo, a unos pocos segundos otra luz estalla a la
distancia. El mensaje ha sido recibido. Otra luz clamando
ayuda se desprende a lo lejos y otra más, y aún otra; así que
en menos de un instante el cielo se llena de luces exigiendo
auxilio a la nada.

Dembá observa atónito; Dyembé y Oneida a su lado
escuchan el sonido de los fuegos, que celeste viaja a lo
ancho de todo el Valle, como si hubiese llegado el momento
en el que el cielo debiera inundarse de fuego para
proclamar la caída de un sueño.

Desde algún lugar próximo llegan algunos gritos que apenas
pueden escucharse pues el estruendo de la pólvora arrojada

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

a los aires por los puntos de control en los caminos, invade
toda la atmósfera. Dembá, de pie en el patio tras la cocina,
siente miedo con aquel estruendo; Oneida quien ahora está
a su lado y al de Dyembe, sonríe.

–¿Cuál es la probabilidad que escapen? –pregunta ella.
–Realmente ninguna –responde Dyembe–. En este momento
las comitivas ya debieron ser interceptadas… nunca llegarán
a reunirse con el alcalde. Las suyas son las luces amarillas.

–¿Y las luces rojas?
–Las que se alcanzan a ver son llamados de las casas en las
haciendas… justo ahora están siendo atacadas.

Dembá comprende a medias los colores de aquel juego de
luces que cubre todo. Unas llaman, otras parecen responder
y al cabo de un instante todo el espectáculo pirotécnico
baja de intensidad.

–¿Qué sucede Oneida? –pregunta Dembá.
–Algo sencillo: los hombres siempre terminan deseando ser
libres. Blanco nos facilitó el trabajo de una manera que jamás
pudo imaginar –Oneida mira a Dembá exhibiendo una
sonrisa triunfante–. Su intento por apoderarse de la mayor

249
Tewalos doduar – Memorias de la infamia

cantidad de tierra ha hecho salir de control todas las cosas,
hasta tal punto que los hacendados no pudieron ver que a la
sombra de todo su barullo actuaríamos nosotros.

Demba permanece atónito, sin acertar a decir mayor cosa.

–No es tan difícil de comprender –agrega Dyembe–. El
sucesivo descuido de Blanco no es gratuito. Ha pensado que
solo debía ocuparse de los intereses de los blancos, pero
olvidó por años que nuestras creencias podrían ser ciertas.
Para él eran meras ficciones. Y ahora Oneida ha ido más allá:
ha probado que quizá la libertad es algo que habita en el
fondo de todo ser humano. No es la única vidente que ha
sobrevivido a los invasivos esfuerzos religiosos de los
esclavistas. Mientras tú te ocupabas en los asuntos de Blanco,
ella organizó con las matronas una rebelión que ahora arrasa
todo el Valle.

–Ahora lo veo… –agrega Dembá–. Me han utilizado para
distraer a Blanco.
–No –responde Oneida–. Tú has elegido a quién querías servir.
Has olvidado los tiempos aquellos cuando no existía la
barbarie. Has olvidado que el poder solo puede alzarse alto a
condición de apoyarse en los hombros de alguien quien

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

obligatoriamente resulta maltratado. Así mismo has disfrutado
cada acto de barbarie que has cometido. Por su parte,
Blanco… fue perspicaz. Supo cómo llegar a ti, negro Dembá,
para hacer su labor sin dejar rastro. Eliminó a sus enemigos y
estuvo a punto de emboscar a todos quienes aún sobrevivían
con el fin de apoderarse de un terruño infinito. Se dejó cegar
por su sed de venganza, puso a unos en contra de otros y
por el camino llenó de sangre negra las haciendas. Así que
solo eres tú el responsable de tu destino, pues de uno u otro
modo, estuviste con aquel plan, esperando el beneficio que
obtendrías de todo ello. ¡Sobras para los perros! Nosotros y
miles como nosotros solo actuamos a tu sombra. Llegó el
momento en que Blanco no supo qué acción nos favorecería
o cuál lograría acercarlo a su objetivo. Algunas cosas las
provocaste tú con las incursiones de tu cuchillo; otras solo
fueron las respuestas sutiles de los nuestros, que Blanco nunca
pudo apreciar ni calcular.

–Ahora –mientras dice esto, Dyembé se muestra satisfecho–,
medio Valle arde.

–Hemos recuperado aquel tiempo perdido. Hemos
anticipado para torcer el rumbo del futuro y cambiar nuestro
presente –agrega Oneida–. Hemos traído aquel reino

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

distante en el que los negros habitan fantasmalmente entre
los árboles para entregarles el dominio de los blancos.

Mientras el valle es arrasado, los negros que por años han
labrado los campos de la Hacienda Acosta se van
acercando en medio de la profundidad de la noche a la
Gran Casona, algunos de ellos bañados en la sangre de sus
capataces.

Dembá les mira con horror. Es la primera vez que ante sus
ojos tiene a hombres negros, cuyos rostros revelan la
satisfacción de una independencia recién conquistada.

–Ahora –agrega Oneida con su voz calmada mirando a los
ojos a Dembá–, los blancos del norte se preciarán de
gobernar justamente la nación; podrán sentirse liberados de
ese extraño miedo que profesan hacia el poder de estos
hombres del sur, y deberán proclamar el fin de la esclavitud.
Pero, como siempre debiera ser, no hay liberación sin
sacrificio –Por alguna extraña razón Dembá siente cómo un
escalofrío congela sus sentidos a medida de Oneida coloca
suavemente la mano sobre su hombro izquierdo–. No existe la
liberación sin sangrado, ni prosperaría nuestra libertad si no
aniquilásemos a todos los verdugos que hemos tenido.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

El miedo de Dembá se convierte en una remembranza fría
que recorre su cuerpo. Se siente desmayar… Por un instante
siente como si los astros que brillan en lo alto del firmamento
se estuviesen derrumbando sobre su cabeza. Por arte de
magia ve los campos en los que creció, y aquellos lugares
horrendos bañados en la sangre de los esclavos que se
acostumbró a ver morir con indiferencia.

Ve los fantasmas de aquellos a quienes creyó liberar de una
esclavitud que él pensaba ineludible. Observó alejarse el
cauce del río, devorando cientos de cadáveres de hombres
inocentes que luego plagaron los bosques con sus espíritus.
Ve las brujas y hechiceras correr en las noches, libres a sus
espaldas, mientras él acechaba objetivos que carecían de
importancia. Ve cómo hablaban entre ellas y organizaban
asuntos incomprensibles, en lenguas ancestrales, ante los
enceguecidos ojos de los bautizados.

Ve cómo el santo y seña para empezar una rebelión que
jamás hubiera pensado, era disparado a los aires desde el
patio trasero de la casa Acosta. Ve a los negros de las
patrullas montados en caballo, apuñalando con cuchillos
hechos de caña a Blanco y su guardia, y atacando las

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

alcabalas de los caminos. Ve a los negros del campo y a los
de las casas, dando cuenta de cada uno de sus verdugos,
mientras dejan escapar las luces al cielo anunciando una a
una la caída de cada pequeño reino, en medio de un
mundo que les ha maltratado desde hace mucho tiempo. Ve
derrumbarse ese mundo que le pareció irremediable… y con
ese derrumbamiento ve su propio destino.

Cuatro espectros emergieron de la nada, entre las
penumbras de la noche, mientras el fuego se alzaba a la
distancia. Pudo ver cómo se acercaban a la Gran Casona,
caminando cautamente y saludando a Oneida y Dyembe
con sus sonrisas y sus brazos alzados.

Aquellos espectros lucían extraños; a pesar de ser traslúcidos y
que las siluetas de sus cuerpos oscilaban como si estuviesen a
punto de disolverse, Demba pudo ver que eran hombres
blancos, trigueños o quizá negros. Todos portaban un extraño
aparato a la cintura que parpadeaba con lucecillas azules,
verdes y rojas.

Aquel grupo de seres parecía comandado por un hombre
cuyo cuerpo mostraba una inmensa cicatriz causada por un
ataque con fuego. Aquella marca ascendía por un costado

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

de su cuello hasta cubrir todo el lado izquierdo del rostro y
enseñar la mitad de su cabeza sin cabello.

–¡Por fin podemos vernos! –exclamó Oneida dirigiéndose a
aquel quien parece comandar aquella pequeña tropa,
mientras se acerca al patio posterior de la Gran Casona, casi
bajo el pórtico de la cocina.
–Tantos años han pasado –responde él–, desde que te
dejamos al borde de aquel río para que los hombres de
Blanco te rescataran…

–¡Llegué a pensar que jamás lo lograríamos! –añade ella.

Oneida y el sujeto extraño se saludan con un abrazo caluroso
que revela una cercanía inexpugnable. Se separa luego de
un rato.

–Este es Dyembe… Lo considero como un hijo mío… –musita
Oneida a continuación, señalando respetuosamente al
mayordomo, de pie a su lado.

Dyembe extiende su mano al visitante, mientras los suyos
permanecen detrás de él.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

–No sabe cuánto me alegra verle por fin, fuera de mis
sueños… Mashíaj…
–Igualmente –agrega el extraño de pie ante Dyembe, a unos
pasos de Dembá, quien no logra comprender las
implicaciones de todo lo que ve–. Fue una tarea titánica
apoderarnos del sueño de los nuestros, hasta convencerles
que era posible alzarse…

–No es para menos… –responde Dyembe–. ¡Fueron tantos
años luego de perder la guerra, creyendo que nuestra
esclavitud era aparente, que era imposible superarla!

Ante aquellas palabras Mashíaj sonríe plácidamente, como lo
hiciera un consejero de la nación… acto seguido suelta su
mano de la Dyembe y gira observando a Dembá; este
apenas puede fijar su mirada en aquel ser, percatándose
que su propia cabeza se sacude suave pero erráticamente,
en contra de su voluntad.

Puede entonces apreciar sus propias manos y descubre que
están reducidas a huesos forrados por una piel arrugada,
venosa y manchada. Los nudillos de Dembá lucen
inflamados y sus uñas revelan los efectos de una larga vejez.

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

Quiere extender su mano derecha con la intención de
saludar a aquel sujeto, al cual ahora admira como si hubiera
escuchado de sus hazañas durante largos años; pero aquello
resulta un esfuerzo indecible, pues su brazo es demasiado
pesado y el temblor que lo sacude hace más difícil aquel
acto sencillo.

–¿Y quién es este hombre? –inquiere el sujeto extraño mientras
se adelanta a estrechar la mano de Dembá, a quien la edad
le impide tan solo arrojar una palabra por entre sus labios.

–Solo es uno –se apresura a responder Oneida–, quien por fin
ha logrado ver su propio futuro.
–Y con ello –agrega Dyembe, cuyo rostro se va transfigurando
poco a poco ante la mirada atónita de Dembá–, hemos
podido llegar hasta cada uno de los conspiradores.

–Buen trabajo… –añade el extraño; sus facciones se
transfiguran también, y parecen iluminadas por el clarear de
la mañana, mientras dejan de lucir como los rasgos de un
hombre negro y la cicatriz desaparece por completo.

–Por favor, entremos a la casa –agrega Oneida de inmediato,
cuya voz ahora suena masculina; al mirarla, Dembá descubre

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

que luce como un hombre blanco, robusto y con un extraño
uniforme de una sola pieza, de cuyo costado pende un
inusual aparato con luces titilantes, idéntico al que portan los
hombres que acompañan al extraño. Definitivamente no se
trata de ella… ¡Es alguien quien ha usurpado su apariencia!

Es de día. Dembá no logra explicar aquella extraña situación.
Ahora puede observar alrededor suyo y los cuerpos de varios
negros yacen tendidos por doquier, incluyendo los del
mayordomo y la cocinera. Cruzando el pórtico posterior de la
Gran Casona, a lo largo de la cocina, El amo Acosta guía a
varios hombres cuyos extraños uniformes de una sola pieza
exhiben en sus espaldas el código asignado para su misión:
Vasili 1… Vasili 2… Vasili 3…

–Los esfuerzos que ha hecho aquel Leblanc por liberar a estos
infelices han sido en vano –señala Acosta mientras esquiva
un par de cadáveres tendidos justo detrás del pórtico de la
cocina…
–Por fortuna –agrega Vasili 1–. No me extraña que algunos
consejeros nos pidan ir al noreste, hasta Ciutá Deuterema
para acabar con él… Esta intromisión en el sur le resultará más
cara de lo que planeó…

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Tewalos doduar – Memorias de la infamia

A continuación, el cuchillo curvo de Dembá se retira
lentamente de su costado derecho, por debajo de su brazo,
luego de perforar el pulmón hasta hundirse en el corazón.

Al sacarla completamente del costado, Vasili 4 suelta el arma
y sostiene a Dembá de cierta manera especial, evitando que
se desplome. Como si supiera que algo no está bien… Como
si todo aquello fuese parte de una ensoñación extraña, de un
hombre que quizá pueda corregir en lo sucesivo sus errores…

Como si despidiera, respetuosamente, al único hombre negro
con la capacidad de recapitular sus memorias de la infamia,
justo en el momento de comprender que la libertad solo es
posible si se es capaz de prever el futuro.

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