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¿Optimismo racional?

Roberto Blum
18 de marzo del 2017
Hay tiempos en los que es difícil mantener una posición optimista. El “enfant
terrible” del siglo XVIII, François-Marie de Arouet, mejor conocido como
Voltaire, pudo mofarse del optimismo de Leibnitz, en su avatar de doctor
Pangloss, mentor del personaje Cándido. “Este es el mejor de los mundos
posible”, afirmaba a cada paso el buen doctor, cuando la fortuna se volvía
contra ellos.
Sin embargo, en la segunda década del siglo XXI, ¿podemos aún ser
optimistas racionales? Tal parece ser la opinión de Matt Ridley, escritor,
científico, banquero y “lord” inglés, que en su vasta obra publicada intenta
aprovechar la poderosa idea darwiniana de la evolución de todo, unida a la
metáfora de la “mano invisible” de Adam Smith, para explicar su visión
optimista y racional de la realidad presente y futura.
Ridley tiene razón cuando, basado en datos incontrovertibles, afirma que los
seres humanos vivimos hoy más tiempo y mucho mejor que nuestros
antepasados de tan solo hace doscientos cincuenta años. Nadie puede
racionalmente negar que la humanidad ha progresado enormemente en
estos últimos dos siglos y medio. La población mundial ha crecido de poco
menos de mil millones en 1798 –cuando el clérigo inglés Tomás Roberto
Malthus escribió su ensayo sobre la población– hasta los 7,500 millones
actuales, sin que haya habido una gran hambruna que nos haya diezmado.
No sólo hemos crecido numéricamente, sino que el hombre promedio actual
disfruta de casi veinte veces más bienes y servicios que sus antepasados
recientes. La revolución industrial unida a la democracia constitucional y los
mercados libres han generado un verdadero “tsunami” de innovaciones
tecnológicas, cuyo resultado ha sido el incremento exponencial de la riqueza
y el bienestar mundial. Pero ¿podremos concluir del progreso indudable de
los últimos doscientos cincuenta años que los próximos doscientos cincuenta
años serán igualmente exitosos?
Diversos estudiosos consideran que el periodo que comenzó a mediados del
siglo dieciocho con la introducción de la máquina de vapor a las
manufacturas y al transporte, multiplicando así enormemente la fuerza y la
riqueza disponible, está llegando a sus límites. El periodo de crecimiento que
hemos disfrutado les parece ser completamente anormal e imposible de
mantener por mucho más tiempo. Tal es la tesis del Club de Roma, publicada
en sus reiterados reportes sobre los límites del crecimiento, como
consecuencia inevitable de vivir en un planeta limitado.
Los acontecimientos que los periódicos, la televisión y los medios sociales
reportan constantemente parecen indicar que algo no está funcionando bien
en el planeta. En todas partes la gente parece inquieta, desazonada,
temerosa del futuro. La desigualdad económica entre los individuos ha
crecido en los últimos treinta años, el crecimiento de la economía mundial es
mediocre y las expectativas de bienestar futuro están cayendo. Existe en
muchos un espíritu de pesimismo y desesperanza.
Quizás convenga reconsiderar críticamente qué tan racional es mantener
una actitud pesimista, dados los enormes avances que como humanidad
hemos logrado en los últimos doscientos cincuenta años. Posiblemente Matt
Ridley y los optimistas racionales tengan razón y la desazón actual sea solo
un mal sueño.