Viri Probati

Roberto Blum
11 de marzo del 2017
La noticia ha recorrido el mundo. El papa Francisco ha dicho esta semana
que quizás podría ordenarse a los “viri probati”, hombres probados; es decir,
hombres mayores, casados y que han demostrado fidelidad y compromiso
con la Iglesia católica. Esta noticia parece ambigua. Si esa ordenación es
solamente como diáconos y no como presbíteros, no es ninguna novedad. Ya
hay diáconos casados. Y también hay sacerdotes de ritos católicos orientales
casados o bien aquellos sacerdotes anglicanos incorporados a la Iglesia
romana.
En la tradición católica romana se distinguían diferentes “órdenes” o
ministerios específicos, que se clasificaban en mayores y menores. Así,
recibían las órdenes menores el ostiario, el lector, el exorcista, el acólito y el
subdiácono; y las órdenes mayores, el diácono, el presbítero y el obispo. El
Concilio Vaticano Segundo eliminó las órdenes menores y las convirtió en
simples ministerios. En la actualidad sólo quedan como individuos
consagrados específicamente los diáconos, los presbíteros y los obispos.
Según esa tradición, los individuos consagrados se comprometen a
permanecer célibes: es decir, a no contraer matrimonio. Hay que aclarar que
el celibato simplemente es la condición en que la persona consagrada no se
casa con otra persona. Su actividad sexual personal es otra cosa. El celibato
es una condición formal, que se impuso a los clérigos en la tradición romana
por razones económicas, sociales y políticas muy específicas y no por
razones doctrinales.
Fue el Segundo Concilio de Letrán (1139) quien impuso el celibato obligatorio
a quienes querían recibir las órdenes mayores de la Iglesia. Hasta ese
concilio, el celibato sacerdotal era opcional, aunque desde el siglo IV había
existido una preferencia institucional por que los hombres ordenados se
mantuvieran alejados del matrimonio. Esta predilección se atribuía tanto a la
creencia de que Jesús había sido célibe, como a la recomendación de Pablo
en contra del matrimonio.
Sin embargo, las verdaderas razones de la imposición autoritaria del
celibato sacerdotal y episcopal en el siglo XII fueron varias: primero, impedir
que los dirigentes eclesiásticos heredaran a sus hijos y nietos los bienes que
la Iglesia corporativa recibía como donaciones de sus fieles. En este sentido,
el celibato fue una decisión legal y administrativa para impedir la
privatización de los bienes y recursos de la institución eclesial. La prohibición
absoluta a diáconos, sacerdotes y obispos de casarse les impedía tener
descendencia legítima y por lo tanto heredar los bienes de la Iglesia que
estaban a su cuidado temporal.
En segundo lugar, los padres conciliares del Segundo Concilio de Letrán
tenían clara conciencia de que la dirigencia eclesial tendía a convertirse con
el tiempo en una casta hereditaria. Es fascinante observar cómo, ya desde
entonces, se reconocía lo que en el siglo XX se ha llamado la “ley de hierro
de la oligarquía”, formulada por el sociólogo alemán Robert Michels.
La tendencia a la privatización oligárquica en una institución como la Iglesia
católica representaba un grave peligro para su supervivencia. Con la
imposición del celibato obligatorio en el siglo XII, sin duda se intentó frenar
este peligro, que ya entonces se había manifestado con brutal claridad en la
época de Marozia –hija, amante, madre, abuela y bisabuela de papas– y la
apropiación de la institución papal por la familia de los condes del Túsculo,
en los siglos noveno, décimo y undécimo.
Así, la decisión de revertir la obligatoriedad del celibato eclesial no es una
cuestión puramente doctrinal, sino que tiene implicaciones económicas,
sociales y políticas de gran importancia, que el papa Francisco deberá
meditar con mucho cuidado. Toda decisión tiene consecuencias no previstas.